Se supone que la carne cultivada en laboratorio es inevitable. La ciencia cuenta una historia diferente

Dejo un megatocho que critica de forma excepcional una tecnología de la que soy fanático. No es necesario leerlo entero (ni yo lo hice) para opinar, pero para el que quiera un resumen, la carne de laboratorio a gran escala no es económicamente factible.

Los llamativos titulares han eclipsado durante mucho tiempo verdades incómodas sobre la biología y la economía. Ahora, una nueva y extensa investigación sugiere que la industria puede estar en un curso de choque de mil millones de dólares con la realidad.

Paul Wood no se lo creyó.

Durante años, este antiguo ejecutivo de la industria farmacéutica observó de reojo cómo las nuevas empresas de biotecnología se lucían con el capital de riesgo, haciendo audaces declaraciones sobre el futuro de la carne. Le fascinaba su argumento central: la idea de que un día, muy pronto, los seres humanos ya no necesitarán criar ganado para disfrutar de la proteína animal. Podremos cultivar carne en gigantescos biorreactores de acero inoxidable y en cantidad suficiente para alimentar al mundo. Estos avances tecnológicos, según el discurso, cambiarán fundamentalmente la forma en que las sociedades humanas interactúan con el planeta, haciendo que el cuidado, el sacrificio y el procesamiento de miles de millones de animales de granja sean una reliquia de un pasado barbárico.

Es una narrativa de la era digital que hemos llegado a aceptar, incluso a esperar: Las nuevas y potentes herramientas permitirán a las empresas replantearse todo, desvinculándonos de sistemas que antes dábamos por sentados. Innumerables artículos de prensa han sugerido que un cambio de paradigma impulsado por la carne cultivada es inevitable, incluso inminente. Pero Wood no estaba convencido. Para él, la idea de cultivar proteína animal era una noticia vieja, por muy de ciencia ficción que sonara. Las empresas farmacéuticas han utilizado un proceso similar durante décadas, un hecho que Wood conocía porque él mismo había supervisado ese trabajo.

Durante cuatro años, Wood, doctor en inmunología, fue director ejecutivo de descubrimientos globales de Pfizer Animal Health. (Su división se convirtió posteriormente en Zoetis, hoy la mayor empresa de salud animal del mundo). Una de sus responsabilidades era supervisar la producción de vacunas, que puede consistir en infectar células vivas con cepas de virus debilitadas e inducir a esas células a multiplicarse dentro de grandes biorreactores. Además de producir grandes cantidades de virus para vacunas, este método también crea cantidades significativas de residuos de células animales, similares al producto que las empresas de proteínas de nueva generación quieren procesar para convertirlo en carne. Wood sabía que el proceso era extremadamente técnico, que requería muchos recursos y que era caro. No entendía cómo podrían utilizarse las costosas técnicas de biomanufactura para producir alimentos humanos baratos y abundantes.

En marzo de este año, esperaba obtener por fin su respuesta. Ese mes, el Good Food Institute (GFI), una organización sin ánimo de lucro que representa a la industria de las proteínas alternativas, publicó un análisis tecnoeconómico (TEA) que proyectaba los costes futuros de producir un kilo de carne cultivada con células. El documento, elaborado de forma independiente para el GFI por la consultora CE Delft, y con datos propios facilitados bajo NDA por 15 empresas privadas, mostraba cómo la superación de una serie de obstáculos técnicos y económicos podría reducir el precio de producción de más de 10.000 dólares por kilo en la actualidad a unos 2,50 dólares por kilo en los próximos nueve años, una asombrosa reducción de 4.000 veces.

En la campaña de prensa que siguió, GFI se atribuyó la victoria. “Nuevos estudios demuestran que la carne cultivada puede tener enormes beneficios medioambientales y ser competitiva en cuanto a costes para 2030”, afirmó, sugiriendo que se acerca rápidamente una nueva era de proteínas cultivadas baratas y accesibles. El hallazgo es fundamental para GFI y sus aliados. Si los inversores privados, filantrópicos y del sector público van a invertir en carne cultivada con células, los costes deben bajar rápidamente. La mayoría de nosotros tiene un apetito limitado por nuggets de pollo cultivados en laboratorio de 50 dólares.

Con los resultados de la TEA en la mano, GFI ha trabajado incansablemente para defender la inversión pública masiva. Su principal recomendación política, según el análisis en profundidad de los resultados de la TEA realizado por GFI, está dirigida a los gobiernos “con visión de futuro”: Deben “aumentar los fondos públicos para la I+D en tecnología de la carne cultivada” con el fin de “aprovechar la oportunidad y cosechar los beneficios de convertirse en líderes mundiales” en este ámbito. A finales de abril, sólo seis semanas después, ese mensaje fue ampliado por The New York Times. En una columna titulada “Lancemos un Moonshot para la carne sin carne”, Ezra Klein, cofundador de Vox y ahora uno de los escritores más visibles e influyentes del Times, argumentó que el gobierno de Estados Unidos debería invertir miles de millones para mejorar y ampliar tanto las alternativas a la carne de origen vegetal (como la Impossible Burger) como la carne cultivada.

Bruce Friedrich, fundador y director general de GFI, apareció en el reportaje para argumentar que la necesidad de una inversión pública significativa era urgente y necesaria.

“Si dejamos esta tarea a merced del mercado, habrá muy pocos productos entre los que elegir y tardará mucho tiempo”, dijo a Klein. El mensaje era claro: si queremos salvar el planeta, debemos apostar por la carne cultivada.

Wood no podía creer lo que estaba escuchando. En su opinión, el informe TEA de GFI no justificaba el aumento de la inversión pública. Le pareció un documento extravagante, que traficaba más con las ilusiones que con la ciencia. Estaba tan indignado que contrató a un antiguo colega de Pfizer, Huw Hughes, para que analizara el análisis de GFI. En la actualidad, Hughes es un consultor privado que ayuda a los fabricantes de productos biológicos a diseñar y proyectar los costes de sus instalaciones de producción; ha trabajado en seis centros dedicados al cultivo celular a escala. Hughes llegó a la conclusión de que el informe de GFI proyectaba descensos de costes poco realistas y dejaba sin definir aspectos clave del proceso de producción, al tiempo que subestimaba considerablemente el gasto y la complejidad de construir una instalación adecuada.

En una entrevista telefónica, Wood se preguntó si GFI estaba siendo poco sincera, o si la organización era simplemente ingenua.

"Después de un tiempo, uno piensa: ¿Me estoy volviendo loco? ¿O es que esta gente tiene una salsa secreta de la que nunca he oído hablar? dijo Wood. “Y la realidad es que no: sólo hacen fermentación. Pero lo que dicen es: ‘Oh, lo haremos mejor de lo que nadie ha hecho nunca’”.

De hecho, GFI era muy consciente de la línea de crítica de Wood. Varios meses antes, Open Philanthropy -una entidad polifacética de investigación e inversión con una rama de concesión de subvenciones sin ánimo de lucro, que también es uno de los mayores financiadores de GFI- completó un TEA propio mucho más robusto, que concluía que la carne cultivada con células probablemente nunca será un alimento de coste competitivo. David Humbird, el ingeniero químico formado en la Universidad de Berkeley que pasó más de dos años investigando el informe, descubrió que el proceso de cultivo celular estará plagado de desafíos técnicos extremos e insolubles a escala alimentaria. En una extensa serie de entrevistas con The Counter, dijo que era “difícil encontrar un ángulo que no fuera un absurdo callejón sin salida”.

Humbird comparó el proceso de investigación del informe con el encuentro de un impenetrable “Muro del No”, término que utiliza para referirse a las barreras de la termodinámica, el metabolismo celular, el diseño de los biorreactores, los costes de los ingredientes, la construcción de las instalaciones y otros factores que deberán superarse antes de que la proteína cultivada pueda producirse de forma suficientemente barata para desplazar a la carne tradicional.

“Y es un no fractal”, me dijo. “Ves el gran no, pero cada gran no se compone de cien pequeños no”.

El GFI examinó el informe de Humbird antes de su publicación e hizo amplias sugerencias de revisión. Su propia TEA, publicada unos meses más tarde, presentaba un panorama mucho más optimista. Con sus propios resultados en la mano, el GFI sigue instando a los gobiernos del mundo a invertir dinero en carne cultivada. Si no actúan pronto, según un reciente comunicado de prensa, esas naciones corren el riesgo de “quedarse atrás”.

¿Quién tiene razón? ¿Es la carne cultivada nuestra mejor esperanza para salvar el clima, un despilfarro de mil millones de dólares o algo intermedio? ¿Tendrá algún día sentido producir alimentos de la misma forma en que actualmente fabricamos nuestros medicamentos?

Lo que está en juego no podría ser mayor. En agosto, las Naciones Unidas publicaron un informe de casi 4.000 páginas que constituye lo que llamó un “código rojo para la humanidad”: A menos que las naciones del mundo realicen un gran esfuerzo coordinado para dejar de quemar combustibles fósiles y arrasar los bosques, nos veremos abocados a un futuro aún más terrible e implacable que el actual. En un momento en que se necesitan soluciones medioambientales audaces, sólo podemos permitirnos dirigir la inversión pública y privada hacia soluciones que realmente funcionen. Pero sin examinar más de cerca los fundamentos -algo que los medios de comunicación se han negado a hacer- no podemos saber si la carne cultivada es nuestra salvación o una costosa distracción.

1. Las pequeñas fábricas más grandes del mundo

Es el comienzo de un cambio en el pensamiento humano, facilitado por la biotecnología: En lugar de criar animales enteros, podríamos cultivar sólo las partes que comemos. ¿Por qué gastar energía en cultivar las complejas estructuras sensibles que llamamos ganado -con huesos, cuernos, pezuñas y órganos vitales- cuando sólo queremos el filete terminado? Cultivar la carne en biorreactores elimina esos inconvenientes, eliminando la molesta tarea de cultivar un cuerpo, de sostener una conciencia.

Gramo a gramo, los animales son un vehículo tremendamente ineficiente para producir proteínas comestibles (como les gusta señalar a los defensores de la carne cultivada). El ganado consume aproximadamente 25 calorías de material vegetal por cada caloría de proteína comestible que produce, según algunas estimaciones. Incluso los pollos, la forma de ganado más eficiente desde el punto de vista de la alimentación, consumen entre 9 y 10 calorías de alimento por cada caloría de proteína comestible producida. Friedrich, el director de GFI, ha dicho que eso es como tirar 8 platos de pasta por cada plato que comemos. Tiene razón, aunque no sólo es un despilfarro. Nuestro consumo excesivo de carne está intrínsecamente ligado a la sobreproducción mundial de cereales, uno de los principales motores de la deforestación y la pérdida de biodiversidad en todo el mundo. La próxima vez que se pregunte por qué los agricultores brasileños están quemando la selva para plantar más soja, piense en los mil millones de cabezas de ganado del mundo, cada una de las cuales come muchas veces su peso en hierba, legumbres y grano a lo largo de su corta vida.

En cambio, la economía incorpórea de la carne cultivada podría permitir enormes ventajas de producción, al menos en teoría. Según el informe de Open Philanthropy, una industria madura y ampliada podría llegar a alcanzar una proporción de sólo tres o cuatro calorías de entrada por cada caloría de salida, frente a las 10 del pollo y las 25 del buey. Eso seguiría haciendo que la carne cultivada fuera mucho más ineficiente en comparación con el simple consumo de plantas; tiraríamos dos platos de pasta por cada uno que comiéramos. Y las propias células podrían seguir alimentándose con una dieta de cereales básicos, los insumos más baratos y más destructivos para el medio ambiente que existen. Pero representaría una gran mejora.

Pero el aumento de la eficiencia de la carne cultivada da lugar a una nueva ineficiencia: la necesidad de maquinaria intensiva y sofisticada, y en gran cantidad.

El análisis que encargó GFI planteó una visión de este futuro, prediciendo la aparición de un nuevo tipo de megafábrica con el poder de transformar nuestros hábitos alimentarios para siempre. La idea era proyectar cómo deberá ser la producción de carne cultivada en el año 2030 -en términos de escala y coste- si se quiere avanzar significativamente hacia el desplazamiento de la agricultura animal. En otras palabras, si la carne sin sacrificar va a salir alguna vez del ámbito de las degustaciones exclusivas de la prensa y llegar a los estantes de los supermercados, tendrá que ocurrir a través de instalaciones como la que describe el informe.

La instalación imaginada por GFI sería a la vez impensablemente amplia y, bueno, diminuta. Según la TEA, produciría 10.000 toneladas métricas -22 millones de libras- de carne cultivada al año, lo que parece mucho. Para contextualizar, ese volumen representaría más del 10% de todo el mercado nacional de alternativas cárnicas de origen vegetal (actualmente unos 200 millones de libras al año en Estados Unidos, según los defensores del sector). Y sin embargo, 22 millones de libras de proteína cultivada, en comparación con la producción de la industria cárnica convencional, apenas se registran. Es sólo un 0,0002, o una quincuagésima parte del 1%, de los 100.000 millones de libras de carne que se producen en Estados Unidos cada año. La planta de envasado de carne de JBS en Greeley, Colorado, que puede procesar más de 5.000 cabezas de ganado al día, puede producir esa cantidad de carne lista para el mercado en una sola semana.

Sin embargo, con un coste previsto de 450 millones de dólares, las instalaciones de GFI no serían más baratas que un gran matadero convencional. Con cientos de biorreactores de producción instalados, el alcance del equipo de alta calidad sería asombroso. Según una estimación, toda la industria biofarmacéutica cuenta hoy con unos 6.300 metros cúbicos de volumen de biorreactores. (Un metro cúbico equivale a 1.000 litros). La hipotética instalación descrita por el GFI necesitaría casi un tercio de esa cantidad, sólo para producir una porción de la carne del país.

El proceso, según GFI, comenzaría con un vial de 1,5 mililitros de células animales optimizadas para la producción (el informe no especifica qué especies de ganado). Esas células se utilizarían para inocular un matraz de 250 ml, un recipiente más pequeño que una lata de refresco. El resto del frasco se llenaría con un medio de crecimiento especialmente formulado, un caldo denso en nutrientes compuesto por agua purificada, sales, glucosa, aminoácidos y “factores de crecimiento”, es decir, hormonas, proteínas recombinantes, citoquinas y otras sustancias que regulan el desarrollo y el metabolismo de las células. En cierto sentido, la función de este líquido es aproximarse a la sangre de toda la vida, el fluido que lleva los nutrientes y las hormonas a las células del cuerpo de un animal vivo.

Poco a poco, las células iniciales de la semilla comienzan a multiplicarse. Al cabo de 10 días, según GFI, las células pasan a su primer biorreactor, un modelo pequeño de 50 litros. En otros 10 días, pasarían a un reactor de lotes agitados mucho más grande, de 12.500 litros, el tipo de recipiente de acero que se puede ver en una fábrica de cerveza, capaz de contener el mismo volumen que una piscina de patio. Esta progresión gradual es necesaria; no se puede echar una pequeña cantidad de células en un gran biorreactor y esperar que empiecen a dividirse. Las células son “fastidiosas”, me dijo Hughes, y tienen estrictos requisitos metabólicos para crecer, incluida la tensión de oxígeno. Debido a esta característica, se bombea más líquido en el reactor a medida que las células se multiplican, manteniendo una proporción específica de líquido y células. Cualquier instalación de carne cultivada, real o imaginada, probablemente tendrá que funcionar así: con una serie graduada de reactores cada vez más grandes, como una secuencia de muñecas rusas.

Hasta aquí, la línea de producción imaginada por GFI se parece en cierto modo a lo que se puede encontrar en una planta de fabricación de vacunas actual. Las vacunas Oxford-Astrazeneca y Johnson & Johnson Covid-19, por ejemplo, se producen con un método similar (a través de líneas de cultivo de células de riñón y retina humanas, respectivamente). Pero la versión de GFI supone un paso adicional que transformaría las células en alimento humano. El gran reactor de lotes agitados se cosechará tres veces para llenar cuatro reactores de perfusión más pequeños, recipientes más sofisticados que ayudan a las células a madurar y diferenciarse. Cada reactor de perfusión producirá un total de 770 kilogramos de carne cultivada, algo más que el peso de un buey vivo antes del sacrificio, esta vez sin los huesos ni el cartílago.

Se trata de un proceso complejo, preciso y que requiere mucha energía, pero la producción de este único tren de biorreactores sería comparativamente diminuta. La hipotética fábrica necesitaría tener 130 líneas de producción como la que acabo de describir, con más de 600 biorreactores funcionando simultáneamente. Nunca ha existido nada de esta envergadura, aunque si queremos pasar a la carne cultivada para 2030, más vale que empecemos ya. Si queremos que la proteína cultivada represente siquiera el 10% del suministro mundial de carne en 2030, necesitaremos 4.000 fábricas como la que prevé GFI, según un análisis de la publicación comercial Food Navigator. Para cumplir ese plazo, construir a un ritmo de una megafábrica al día sería demasiado lento.

Además, todas esas instalaciones tendrían un precio desorbitado: un mínimo de 1,8 billones de dólares, según Food Navigator. Ahí es donde las cosas se complican. Es donde los críticos dicen -e incluso los propios números de GFI sugieren- que la carne cultivada con células puede no ser nunca económicamente viable, incluso si es técnicamente factible.

2. ¿Un informe enterrado?

En 2015, Open Philanthropy reconoció públicamente que le preocupaba el problema de la carne cultivada. En un largo y detallado post en su sitio web, la organización resumió todo lo que sabía, explorando si la tecnología emergente era una solución potencialmente transformadora que merecía una inversión seria, o algo más descabellado. Después de luchar con una serie de cuestiones de fondo, desde los problemas de esterilidad hasta los diseños de los andamios, Open Philanthropy llegó a la conclusión de que simplemente no tenía suficientes datos para sacar una conclusión. “Esencialmente no hay datos industriales en torno al costo de escalar la producción de células”, escribió.

En 2018, la propia Open Philanthropy intervino para llenar ese vacío, contratando a Humbird para hacer un análisis sólido del potencial de la carne cultivada. Era el hombre adecuado. Tras obtener su doctorado en ingeniería química por la UC Berkeley en 2004, Humbird aprovechó su formación para dedicarse a hacer predicciones rigurosas y científicamente fundamentadas. En la actualidad, además de su trabajo como consultor del sector privado, Humbird realiza análisis tecnoeconómicos para el Laboratorio Nacional de Energías Renovables (NREL), un reputado centro de investigación con financiación federal situado en Golden (Colorado). La mayoría de los ingenieros del NREL utilizan el dinero del Departamento de Energía de Estados Unidos para concebir, probar y mejorar nuevas tecnologías de energía verde. El trabajo de Humbird es mirar en la bola de cristal. Es uno de los expertos que el NREL contrata para averiguar qué enfoques son viables a escala, cuánto costarían y, en última instancia, si el gobierno debería financiarlos.

Humbird pasó más de dos años preparando su análisis para Open Philanthropy. El documento resultante, que consta de 100 páginas a un solo espacio con notas y apéndices, es el estudio público más completo sobre los retos a los que se enfrentarán las empresas de carne cultivada. (Desde entonces, ha aparecido una versión abreviada y revisada por pares en la revista Biotechnology and Bioengineering). Su futuro no tiene buena pinta. Humbird partió de la base de que la industria crecería hasta producir 100 kilotoneladas al año en todo el mundo, lo que equivale a la cantidad de “carne” de origen vegetal producida en 2020. Descubrió que, incluso con esas economías de escala, que reducirían los costes de los insumos y los materiales a precios que no existen en la actualidad, una instalación que produjera aproximadamente 6,8 kilotoneladas de carne cultivada al año no lograría crear un producto competitivo en cuanto a costes. Según el análisis, el uso de reactores grandes de 20.000 litros supondría un coste de producción de unos 17 dólares por libra de carne. Recurrir a reactores de perfusión más pequeños y de eficacia media sería aún más caro, lo que supondría un coste final de más de 23 dólares por libra.

Basándose en el análisis de Humbird sobre la biología celular, el diseño del proceso, los gastos de entrada, los costes de capital, las economías de escala y otros factores, estas cifras representan los precios más bajos que las empresas pueden esperar. Y si 17 dólares por libra no le parece demasiado alto, considere esto: El producto final sería una papilla monocelular, una mezcla de 30% de células animales y 70% de agua, adecuada sólo para productos de carne picada como hamburguesas y nuggets. Con los aumentos de precio que existen, una libra de carne cultivada molida de 17 dólares en la fábrica se convierte rápidamente en 40 dólares en la tienda de comestibles, o en un cuarto de libra de 100 dólares en un restaurante. Cualquier cosa que se parezca a un filete requeriría procesos de producción adicionales, introduciría nuevos retos de ingeniería y, en última instancia, supondría un gasto adicional.

Aunque Humbird expone su caso con un nivel de detalle técnico sin precedentes, su argumento puede resumirse de forma sencilla: El coste de las instalaciones de cultivo siempre será demasiado oneroso y el coste de los medios de crecimiento siempre será demasiado alto para que la economía de la carne cultivada tenga sentido. Se trata de un hallazgo muy duro, inusualmente inequívoco para un documento científico, que debería haber causado sensación en el ámbito de las proteínas alternativas.

En cambio, poca gente se enteró. El 28 de diciembre de 2020, en vísperas del fin de semana de Nochevieja, Humbird subió discretamente su artículo a un archivo de código abierto para estudios de ingeniería de procesos. En el momento de escribir este artículo, Open Philanthropy no ha hecho referencia a sus innovadores hallazgos en las redes sociales o en su sitio web, ni siquiera en sus páginas dedicadas a la agricultura animal.

Open Philanthropy declinó ser entrevistada para este reportaje. “Pasamos de una entrevista en parte porque las implicaciones totales para la concesión de subvenciones y la estrategia de inversión de impacto no están totalmente resueltas”, escribió Michael Levine, responsable de comunicación de la organización, en un correo electrónico.

Levine señaló que Open Philanthropy sigue financiando “una variedad de esfuerzos para ayudar a la industria alimentaria a dejar de lado la agricultura intensiva en sufrimiento”, incluyendo el trabajo de GFI.

“Esperamos que el informe del Dr. Humbird ayude a otros donantes e inversores a hacer planes informados sobre el futuro de esta industria”, concluyó.

Si esos donantes e inversores se sienten desanimados por la complejidad técnica del informe, Humbird se complace en resumir sus conclusiones de forma más contundente.

“Está claro que no creo que la carne cultivada tenga futuro”, me dijo. “Creo que lo dejo claro en el documento, aunque no en términos tan coloquiales. Pero a mí me parece una chorrada”.

3. Tan grande y tan limpio

GFI estaba muy al tanto de los hallazgos de Humbird incluso antes de que se publicaran, examinando un borrador de su documento y haciendo amplias sugerencias de revisión. Algunas de esas sugerencias, según Humbird, eran “incoherentes con las buenas prácticas de diseño de bioprocesos industriales”. Los representantes del GFI también le recomendaron que diera más detalles sobre su cálculo de los costes de capital. Esta información, combinada con los comentarios de sus propios colegas, le llevó a realizar otro minucioso análisis y, en última instancia, a estimar unos costes de proyecto y de equipo más bajos en sus estudios de caso actualizados, aunque algunos comentaristas del GFI, según Humbird, se quejaron de lo elevados que seguían siendo esos costes.

“El borrador de julio salía a cien dólares el kilo”, dijo, o unos 45 dólares por libra. “Di un poco más de margen en todo lo que hice. Todos los demás cambios en el nuevo borrador hicieron que los costes bajaran de cien, pero aún así, eran demasiado altos.”

Pero mientras que el trabajo de Humbird comienza con una pregunta abierta -si la carne cultivada se escalara a un volumen global de 100 kilotones al año, ¿cuál sería su coste?- la propia TEA del GFI aborda el mismo problema a través del otro extremo del telescopio. El informe no demuestra que la carne cultivada “pueda” alcanzar la paridad de precios en 2030, como sugeriría más tarde GFI. En cambio, expone lo que deberá cambiar para que sea posible un producto competitivo en cuanto a costes.

“Básicamente, lo que hace es tratar de determinar cuáles son los insumos clave -de dónde vienen, cuánto cuestan- para determinar realmente cuál es el coste de los bienes de producción”, dijo Elliot Swartz, científico principal del GFI para la carne cultivada. Esto, dijo, “nos dirá, con suerte, cuáles son los cuellos de botella económicos o técnicos que hay que superar para conseguir un determinado coste de los bienes”.

Según admite GFI, los retos son serios: los costes actuales son entre 100 y 10.000 veces más altos que los de la carne comercial, según los analistas de CE Delft. A pesar de esta premisa, la TEA de GFI muestra obstinadamente un camino a seguir, reduciendo el coste de producción de un kilogramo de carne cultivada desde la estimación actual de más de 22.000 dólares hasta un objetivo de 5,66 dólares en 2030.

Sin embargo, los autores del informe parecen admitir la derrota: si el objetivo es crear una nueva generación de empresas de carne cultivada muy rentables, es posible que la economía de la construcción de instalaciones a gran escala nunca resulte.

“Los requisitos de rentabilidad de la inversión deben ser mucho más bajos que la práctica habitual en las inversiones con fines comerciales”, escriben los autores. En otras palabras, las entidades que inviertan en el crecimiento de esta industria naciente deben tener expectativas muy modestas sobre los beneficios.

Según los analistas de GFI, el pago de una línea de crédito de 450 millones de dólares en un plazo de cuatro años, que es favorable a los inversores, supondría añadir 11,25 dólares por kilogramo al coste de la carne cultivada. Pero con un plazo de amortización de 30 años, la instalación propuesta podría reducir sus gastos de capital a unos 1,50 dólares por kilo de carne producida, lo que supone una reducción de más de siete veces, esencial para lograr la paridad de precios.

El problema es que es poco probable que los inversores tradicionales relajen sus condiciones de reembolso de forma tan drástica: Están en esto por el dinero. El informe del GFI señala que los inversores preocupados por las causas sociales podrían ser más pacientes; otros, conscientes de los enormes pagos potenciales que pueden producirse en el futuro, podrían ser más flexibles. Si el altruismo de los inversores resulta escaso, GFI aclara que la opción restante es que los “organismos gubernamentales” y los “financiadores sin ánimo de lucro” asuman la carga. Esto puede leerse como una concesión: Es posible que la carne cultivada nunca alcance la paridad de precios por sí misma. Es probable que necesite apoyo público o filantrópico para ser competitiva.

Para ser justos, la industria cárnica tradicional ya se beneficia de enormes subvenciones gubernamentales directas e indirectas. Sin embargo, los críticos dicen que GFI puede estar subestimando significativamente el coste de construir y equipar instalaciones de carne cultivada a gran escala. Dependiendo de a quién se escuche, el resultado final puede ser una factura que ningún inversor razonable esté dispuesto a pagar.

Piénselo así: La hipotética instalación de GFI, con un coste previsto de 450 millones de dólares, no es barata. Pero ese objetivo es sólo una estimación aproximada, que se convertiría rápidamente en irreal si se utilizan prácticas de grado farmacéutico. El informe de GFI lo evita asumiendo que las futuras plantas de carne cultivada podrán construirse con especificaciones más baratas.

“Una diferencia clave en el estudio de CE Delft es que se asumió que todo era de grado alimentario”, dijo Swartz. Esa distinción, la de si las instalaciones podrán funcionar con especificaciones de grado alimentario o farmacéutico, determinará quizá más que nada la futura viabilidad de la carne cultivada.

El informe de Open Philanthropy supone lo contrario: que la producción de carne cultivada tendrá que realizarse en “salas blancas” asépticas en las que prácticamente no exista contaminación. Para su cálculo de costes, Humbird proyectó la necesidad de una sala limpia de clase 8, un espacio cerrado en el que el oxígeno purificado entubado elimina las partículas amenazantes mientras los trabajadores enmascarados y encapuchados entran y salen, probablemente a través de una esclusa o una sala de batas estériles. Para cumplir las normas internacionales sobre partículas en el aire, el aire interior se cambiaría entre 10 y 25 veces por hora, frente a las 2 ó 4 veces de un edificio convencional. La zona en la que se mantienen y siembran las líneas celulares necesitaría una sala limpia de clase 6, una especificación aún más intensiva que funciona con una tasa de sustitución del aire de 90 a 180 veces por hora.

La razón es sencilla: en el cultivo celular, la esterilidad es primordial. Las células animales “crecen tan lentamente que si tenemos alguna bacteria en un cultivo, entonces sólo tenemos un cultivo de bacterias”, dijo Humbird. “Las bacterias crecen cada 20 minutos, y las células animales se atascan a las 24 horas. Con un evento de contaminación, el cultivo se va a aplastar en horas”.

Los virus también presentan un problema único. Dado que las células animales cultivadas están vivas, pueden infectarse del mismo modo que los animales vivos.

“Hay casos documentados de, básicamente, operadores que enferman el cultivo”, dijo Humbird. “Ni siquiera porque el propio operario estuviera resfriado. Pero había una partícula de virus en un guante. O por no haber limpiado una línea. El cultivo no tiene sistema inmunitario. Si hay partículas de virus que pueden infectar las células, lo harán. Y por lo general, las células simplemente mueren, y entonces ya no hay producto. Simplemente lo tiras”.

Si una sola bacteria puede estropear los lotes y detener la producción, las salas blancas pueden resultar una condición previa básica y necesaria. Los críticos afirman que no importa si los gobiernos terminan permitiendo que las instalaciones de carne cultivada produzcan con especificaciones de grado alimentario: las células son tan intensamente vulnerables que probablemente necesitarán protección para sobrevivir.

“Estamos diciendo, chicos, que tiene que ser de grado farmacéutico porque el proceso lo va a exigir”, me dijo Wood. “No se trata de si alguien te permitirá [funcionar con especificaciones de grado alimentario], sino del hecho de que no puedes hacerlo físicamente”.

Por supuesto, las empresas podrían intentarlo. Pero esa podría ser una estrategia arriesgada, dijo Neil Renninger, un ingeniero químico que ha pasado mucho tiempo alrededor del tipo de equipo necesario para el cultivo de células. En la actualidad, forma parte del consejo de administración de Ripple Foods, una empresa de alternativas lácteas que cofundó. Antes, durante años, dirigió Amyris, una empresa de biotecnología que utiliza la fermentación para producir moléculas raras como el escualeno, un ingrediente que se utiliza en una serie de productos, desde cosméticos hasta terapias contra el cáncer, pero que tradicionalmente se obtiene de forma insostenible del aceite de hígado de tiburón.

“La contaminación era un problema” en Amyris, dijo. “Se está llegando al nivel de asegurarse de que las soldaduras individuales son perfectas. Unas soldaduras deficientes crean pequeños agujeros en las tuberías, y las bacterias pueden esconderse en esos agujeros y arruinar por completo la fermentación.”

Si no está claro dónde está la brecha, las cosas pueden empeorar rápidamente. Renninger dijo que las empresas de biotecnología a veces tienen que desmontar una planta entera, limpiar todo y volver a montarlo todo para mitigar un problema, un proceso que puede ser necesario por un pequeño remolino en una sola pieza de soldadura de la tubería, que puede ser “increíblemente costoso” en términos de mano de obra y pérdida de productividad.

(Renninger se doctoró en ingeniería química en la Universidad de Berkeley, donde coincidió con Humbird; fue uno de los expertos a los que Humbird recurrió para que le dieran su opinión sobre el borrador, y se le agradece en los agradecimientos del artículo).

Los riesgos son aún más graves cuando se trata de células animales de crecimiento lento en grandes reactores, porque las bacterias abrumarán a las células más rápidamente. A la escala prevista por los defensores de la carne cultivada, hay poco margen de error. Pero si la producción aséptica resulta necesaria, no va a ser barata. Humbird descubrió que una sala blanca de clase 8 lo suficientemente grande como para producir aproximadamente 15 millones de libras de carne cultivada al año costaría entre 40 y 50 millones de dólares. Esta cifra no refleja el coste del equipo, la construcción, la ingeniería o la instalación. Simplemente refleja los materiales necesarios para hacer funcionar un entorno de trabajo estéril, una sala blanca vacía.

Según el informe de Humbird, es probable que estos aspectos económicos limiten algún día el tamaño práctico de las instalaciones de carne cultivada: Sólo podrán ser lo suficientemente grandes como para albergar dos docenas de biorreactores de 20.000 litros o 96 reactores de perfusión más pequeños. Si son más grandes, los gastos de la sala blanca empiezan a contrarrestar los beneficios de añadir más reactores. Los costes de construcción crecen más rápido que los de producción.

A modo de comparación, la hipotética planta de GFI tendría 130 reactores de alimentación por lotes y 430 reactores de perfusión, una instalación que podría costar fácilmente más de mil millones de dólares si las especificaciones y los precios de Humbird resultan ser correctos. Pero si las empresas de carne cultivada pueden encontrar formas de operar en un entorno más parecido al de una fábrica de cerveza o la cocina de un restaurante, ese coste podría ser más alcanzable algún día.

Swartz argumentó que aún no está claro si serán necesarias precauciones estrictas, y que se necesita más investigación.

“Creo que tener salas limpias, de por sí, como las que hay en la biofarmacia, no sé si es una suposición que deba tomarse aquí”, dijo. “No conozco las respuestas a estas preguntas y, sinceramente, no creo que nadie las conozca”.

Pero Humbird dijo que ya sabemos lo suficiente como para señalar una contradicción básica y aleccionadora.

“Se puede hacer una planta grande, o se puede hacer una planta limpia”, me dijo. “Así que si quieres alimentar a millones y millones de personas, tiene que ser grande. Pero si quieres hacerlo con células animales, tiene que ser limpia. Necesitamos ambas cosas, y no se puede hacer eso”.

4. El precio de la sangre (sintética)

Cuando se procesa el ganado en un matadero, a veces los trabajadores abren el cuerpo de una vaca y descubren un feto. Las vacas lecheras se mantienen perpetuamente preñadas para que puedan producir leche, y las granjas a menudo pasan por alto el estado de los animales cuando finalmente son enviados al matadero. Una vez que se descubre un feto vivo dentro de un cadáver, es demasiado tarde para que nazca. En su lugar, se llama a un técnico que puede practicar la eutanasia y, a partir de ahí, extraer la sangre del feto.

La sustancia resultante, conocida como suero fetal bovino (FBS), supone un último regalo para la humanidad. Según un artículo de la publicación online revisada por expertos Bioprocessing Journal, el FBS y otros sueros animales han permitido desarrollar remedios que salvan vidas, como las terapias celulares y genéticas. También se utiliza en algunas formas de cultivo de células animales, como la investigación y el desarrollo de nuevas vacunas.

El FBS sería un ingrediente perfecto para incluir en los medios de cultivo de carne, porque contiene proteínas y vitaminas clave que las células necesitan para mantener la salud y la estabilidad. De hecho, puede ser difícil hacer que las células crezcan adecuadamente sin FBS. “En muchos medios de cultivo comunes, la única fuente de micronutrientes es el suero fetal bovino (FBS)”, según un artículo de 2013 publicado en la revista revisada por expertos BioMed Research International.

Sin embargo, para la carne cultivada, el FBS es un anatema. La proteína animal cultivada no puede ser realmente “carne sin sacrificio” si depende de un ingrediente que está entrelazado con las actuales y sombrías realidades de la producción de carne de vacuno. Así que las empresas de carne cultivada también se enfrentan al reto de cultivar sus células en medios sin FBS, aunque eso no va a ser fácil. Cuando el año pasado la empresa de proteínas alternativas Eat Just recibió la aprobación para empezar a vender pequeñas cantidades de carne cultivada en Singapur, un acontecimiento que fue aclamado como un cambio sísmico por la industria, todavía utilizaba una pequeña cantidad de suero fetal bovino en la producción.

Para ser viables, las empresas de carne cultivada tendrán que encontrar formas de producir grandes cantidades de producto sin FBS. Por ahora, sin embargo, los medios sin suero pueden ser enormemente caros y difíciles de desarrollar; según la estimación de CE Delft, su uso puede elevar el coste de la carne cultivada a más de 20.000 dólares por kilogramo. Sin embargo, el informe encargado por el GFI también concluye que el coste de la carne cultivada podría reducirse a tan sólo 17 dólares por kilo si las proteínas recombinantes y los factores de crecimiento que normalmente se suministran en el suero pudieran comprarse de forma más barata. Una proteína recombinante como la transferrina puede costar 260 dólares el gramo. Los factores de crecimiento como el TGF-β pueden costar varios millones de dólares el gramo, lo que significa que son más caros por peso que los propios diamantes, aunque se utilizarían en cantidades mucho menores que las proteínas. Si se reduce el coste de estos insumos, el coste de la carne cultivada puede bajar casi un 90%.

Pero el informe no aporta ninguna prueba que explique por qué se reducirán los costes de los micronutrientes, y tanto Wood como Hughes se mostraron escépticos al respecto.

“Dicen, oh, pero estos costes simplemente van a desaparecer en cinco o diez años”, dijo Hughes. “Y no se explica cómo ni por qué”.

El informe de Humbird prevé que los costes del factor de crecimiento se reducirán a medida que el sector madure, simplemente por las economías de escala. Es un ejemplo de lo que dejó de lado mediante una suposición más generosa. Pero también dijo que existe el riesgo de que el coste de producción de los factores de crecimiento no baje nunca de forma significativa, incluso a escala; en este momento, nadie lo sabe con certeza.

“Entonces no tendríamos esta conversación”, dijo. “Es un no inicio. Se acabó el análisis”.

Hay otro problema: Al centrarse en los micronutrientes como principal factor de coste, GFI puede haber subestimado el coste y la complejidad de proporcionar macronutrientes a escala. Al igual que otros animales vivos, las células cultivadas necesitan aminoácidos para desarrollarse. En la proyección de Humbird, el coste de los aminoácidos por sí solo acaba añadiendo unos 8 dólares por libra de carne producida, ya mucho más que el coste medio de una libra de carne picada. El estudio de GFI, en cambio, señala que el coste de los aminos puede llegar a ser de 40 céntimos por kilo.

¿A qué se debe esta discrepancia? Una nota a pie de página en el informe de CE Delft lo aclara: las cifras de los precios de los macronutrientes se basan en gran medida en un polvo de proteína de aminoácidos específico que se vende a 400 dólares la tonelada en el extenso mercado de comercio electrónico Alibaba.com. Sin embargo, es probable que esa fuente no sea adecuada para el cultivo de células. A través de una herramienta de chat, pregunté al vendedor de Alibaba si el producto sería aceptable para su uso en aplicaciones de grado farmacéutico. “Querido”, me respondió, “es un fertilizante orgánico”. (Tal y como se describe en la página web, el producto está destinado a ser utilizado en sistemas de riego para ayudar a la absorción de nutrientes por parte de las plantas. El vendedor confirmó que sería apropiado utilizarlo como aditivo en la alimentación del ganado.

Pero las fuentes de nutrición como la que se vende en Alibaba probablemente nunca funcionarán para el cultivo de células animales, a pesar de su atractivo precio. Como no están destinadas al consumo humano, pueden incluir metales pesados, arsénico, toxinas orgánicas, etc. Eso es un problema. Las células animales carecen de una pared celular rígida, por lo que las sustancias extrañas que no son consumidas por las células -o que no las matan directamente- probablemente acaben dentro de ellas. En otras palabras, las células son lo que comen: Si está en el pienso, acabará en la carne cultivada.

“Incluso si estos contaminantes no inhiben directamente el crecimiento o el desarrollo de las células en los medios de cultivo celular, es muy probable que queden en el producto”, escribe Humbird.

Eso no es todo. Incluso pequeñas variaciones en el perfil nutricional hacen que las células se metabolicen de forma diferente, lo que añade un nivel de incertidumbre inaceptable en un proceso comercial a gran escala. Al mismo tiempo, los agentes de procesamiento resistentes, o incluso los péptidos vegetales naturales, pueden matar las células o limitar su crecimiento. Debido a los requisitos de esterilidad, a las consideraciones de salud humana y a las necesidades biológicas de las células, pedir proteínas en polvo a Alibaba probablemente no sea suficiente.

Swartz no pudo explicar de inmediato por qué el polvo de Alibaba figuraba como ingrediente crudo adecuado en el informe de GFI, aunque dijo que las empresas implicadas lo habrían señalado si consideraban que era un problema. Aun así, reconoció que los aminoácidos van a ser “un reto”.

“Creo que probablemente habrá algún tipo de límite inferior en cuanto a la crudeza de los ingredientes que se pueden poner en un medio de cultivo celular”, dijo. Aunque dijo que algunas empresas han tenido éxito reformulando el medio de cultivo celular con ingredientes de calidad alimentaria, ese límite inferior todavía se está resolviendo.

Humbird considera que todo esto significa que los aminoácidos tendrán que producirse y comprarse individualmente, una tarea agotadora que describe con gran detalle.

En la actualidad, la producción mundial de aminoácidos individuales es demasiado baja para apoyar la producción de carne cultivada, incluso a una escala modesta. Por ejemplo, la L-tirosina, un aminoácido esencial: Según Humbird, actualmente sólo se producen 200 toneladas métricas al año en todo el mundo. Para mantener una producción modesta de carne cultivada, necesitaríamos producir seis veces esa cantidad, y todo tendría que ser apto para el cultivo celular. Esto significa, esencialmente, que hay que reestructurar por completo la cadena de suministro de aminoácidos para satisfacer la demanda, empezando ahora mismo.

“No puede haber un aumento de la producción de carne cultivada sin un aumento espectacular de la producción de aminoácidos”, concluye el informe de Humbird.

Hay un leve motivo de esperanza. En su informe, Humbird señala que si las empresas pueden encontrar un modo de obtener un perfil completo de aminoácidos a partir de la soja básica barata, se podría reducir drásticamente el coste de los macronutrientes del medio de crecimiento. Sin embargo, el éxito en este frente está lejos de estar asegurado. Podrían necesitarse años de investigación y desarrollo para idear un método de transformación de la soja en formas adecuadas para el cultivo celular, a una escala lo suficientemente grande como para abastecer a la industria de la carne cultivada.

Pero hay otro problema con este enfoque, en el que Humbird no insiste: Depende de la continua abundancia de soja barata, que tal como se produce actualmente es una de las facetas más destructivas de nuestra agricultura. El maíz y la soja estadounidenses son tan baratos sólo porque el gobierno de Estados Unidos paga a sus agricultores para que los produzcan en exceso en vastos monocultivos, un enfoque de la agricultura que derrocha y consume muchos recursos y que contribuye al cambio climático y a la contaminación del agua. En otras partes del mundo, la producción de soja es uno de los principales impulsores de la deforestación tropical.

Un enfoque basado en la soja para el cultivo de la carne probablemente afianzaría esta dinámica, ya que se seguirían necesitando grandes cantidades de producto barato a granel. En lugar de alterar el paradigma actual de la producción de alimentos, o ayudar a incentivar un giro hacia una agricultura más dinámica y diversificada, la carne cultivada alimentada con proteína de soja sólo podría encerrarnos aún más.

5. “¿Qué sabe usted que nosotros no sepamos?”

El 29 de junio, cuando GFI organizó una videollamada sobre el futuro de la carne cultivada a la que sólo se podía acceder por invitación, se suponía que iba a ser lo habitual: una sesión informativa amistosa para los conocedores del sector entusiasmados con el potencial de la tecnología. Las cosas no salieron como estaba previsto.

Para iniciar la parte de preguntas y respuestas del público, Ricardo San Martín, director del laboratorio Alt:Meat de la Universidad de Berkeley, comenzó con una pregunta escéptica a Friedrich, basada en años de investigación: ¿Qué sabe usted que nosotros no sepamos? Porque, dijo, la idea de una carne cultivada con células a gran escala y asequible parece estar en desacuerdo con la ciencia actual. Como me dijo San Martín más tarde, “simplemente no lo veo”.

A continuación se produjo un polémico intercambio de opiniones. Según San Martín y otro asistente a la llamada que confirmó su relato, Friedrich argumentó que la aceptación de los inversores era la prueba de facto de que la carne cultivada tenía futuro. Los principales envasadores de carne, las empresas de capital riesgo más importantes, el gobierno de Singapur… Se podía confiar en que estas partes interesadas habían hecho su debida diligencia y querían participar. También remitió a San Martín al informe TEA de GFI, para sugerir que la paridad de precios era posible en un futuro no muy lejano.

Pero San Martín siguió presionando. En su opinión, la ciencia está básicamente establecida: la carne cultivada no será económicamente viable hasta que las empresas puedan hacer crecer las células más allá de ciertos límites biológicos ampliamente reconocidos. Una mayor densidad celular significa más carne por lote, lo que a su vez significa que el número de biorreactores puede disminuir y el tamaño de la sala blanca puede reducirse.

“No digo que nadie sepa cómo hacerlo”, recordó San Martín. “Digo que si alguien lo sabe, ¿puede compartirlo con nosotros?”. Su esperanza era que Friedrich, a quien conoce desde hace años, se limitara a indicar que se ha producido un avance sin precedentes en una o varias de las empresas que representa GFI, sin revelar nada sobre la propiedad intelectual de una empresa concreta, en una llamada cerrada a la prensa. Pero San Martín dijo que Friedrich se negó a confirmar o desmentir, continuando sólo para redirigirlo de nuevo a los datos de GFI-el reciente aumento de los dólares de inversión, y los escenarios esbozados en el informe de TEA.

Unos días después de la videollamada, cuando hablé con él por teléfono, San Martín sonaba decepcionado y escéptico. En su opinión, si las empresas no han avanzado en la densidad celular, la idea de la carne cultivada a escala no es un plan de negocio: Es una especulación.

“Puedes jugar con los números todo lo que quieras, pero a menos que veas a los fermentadores cultivar las células a escala, entonces es sólo un escenario muy teórico”, me dijo. “No recibimos respuestas directas de las empresas. No tienen que compartirlo con nosotros, porque somos una universidad; ¿qué sentido tiene compartirlo con nosotros? Pero estaría bien saber que alguien lo ha hecho a escala, no en una pequeña coctelera. A escala. Nadie ha publicado nunca algo que diga que podemos hacer esto a escala con esta cantidad de células por ml, y que lo hacemos utilizando este truco y este otro”.

Lo más probable, pues, es que las empresas sigan luchando contra un reto inherente y ampliamente documentado: la tendencia de las células a limitar su propio crecimiento. Como todos los seres vivos, las células animales en cultivo excretan residuos. Estos llamados catabolitos, que incluyen el amoníaco y el lactato, son tóxicos y pueden ralentizar el crecimiento celular incluso en bajas concentraciones. Como dice San Martín, “se inhiben por su propia caca”.

“En el cultivo de células para productos biofarmacéuticos, la acumulación de catabolitos tóxicos es un límite más frecuente que cualquier límite físico del propio biorreactor”, escribió Humbird.

La cuestión de los residuos puede abordarse, pero las soluciones introducen nuevos problemas. Los catabolitos pueden repetirse en ciclos utilizando reactores de perfusión, pero es probable que este enfoque no sea viable desde el punto de vista financiero porque -como señala Humbird- requiere recipientes más pequeños y mucho más espacio, lo que limita las economías de escala. La otra opción es diseñar nuevas líneas celulares que excreten menos pero que sigan creciendo rápidamente. Humbird me dijo que estos dos objetivos se contradicen entre sí, de acuerdo con un principio básico de la termodinámica: Las líneas celulares que crecen más lentamente tienden a metabolizar más eficientemente, mientras que las que crecen más rápido tienden a producir más residuos.

Este reto debería hacer reflexionar a cualquier inversor. Incluso las legendariamente eficientes y versátiles células de ovario de hámster chino -una línea celular inmortalizada que se ha beneficiado de más de 60 años de investigación y desarrollo constantes- “probablemente no son lo suficientemente eficientes para la producción de masa celular a bajo coste”, según Humbird.

Tal vez las líneas celulares optimizadas específicamente para la producción de alimentos tengan mejores resultados con el tiempo. Sin embargo, la cuestión de la densidad celular es uno de los problemas más difíciles a los que se enfrentará esta industria emergente. Si se tiene en cuenta que la industria farmacéutica ya ha gastado miles de millones en este mismo reto -suma que hace que la inversión total en carne celular parezca una gota de agua-, resolverlo sería un logro impresionante. Sería una historia de David y Goliat de lo más apasionante e impactante: Una industria incipiente logra un avance científico impensable que los poderosos jugadores han estado persiguiendo durante años, y en un período de tiempo más corto, con sólo una fracción del dinero.

Pero Paul Wood sugiere un ejemplo diferente de la literatura mundial, uno que cree que describe mejor la realidad.

“Para mí, esto se parece a la historia de El traje del emperador”, escribió, en un correo electrónico. “Es una fábula impulsada por la esperanza, no por la ciencia, y cuando los inversores se den cuenta finalmente de ello, el mercado se derrumbará”.

6. El terror de la prueba y el error

Se le podría perdonar por pensar que la carne cultivada con células es inminente. El lunes, Eat Just reveló que su línea de carne cultivada, GOOD Meat, había recaudado otros 97 millones de dólares, además de los 170 millones anunciados en mayo. Esto se produce tras la noticia del mes pasado de que Eat Just está preparando la apertura de una planta de carne cultivada a gran escala en Doha (Qatar), en asociación con dos organizaciones respaldadas por el Estado: Doha Venture Capital, una empresa de capital riesgo, y la Autoridad de Zonas Francas de Qatar (QFZA). La QFZA supervisa las “zonas francas” económicas de Qatar, áreas designadas que cuentan con incentivos favorables a las empresas, como tipos impositivos nulos para las empresas y exportaciones libres de impuestos. Situada estratégicamente cerca del aeropuerto y el puerto de Doha, una fábrica de éxito daría a Eat Just acceso no sólo a los mercados de Oriente Medio, sino al mundo entero.

“Desde el principio, estamos estudiando cuál es el plan de exportación”, dijo Lim Meng Hui, director general de QFZA, a Bloomberg News.

Cuando Friedrich sugiere que los gobiernos deben apoyar el desarrollo de la carne cultivada, este es el tipo de acuerdo al que se refiere. La Autoridad de Inversiones de Qatar, el fondo soberano del país, que realizó una inversión de 200 millones de dólares en Eat Just a principios de este año, ayudará a cubrir una parte importante de los costes de capital de la instalación, según Bloomberg. Entre los incentivos corporativos y la ubicación estratégica, la asociación qatarí teóricamente posiciona a Eat Just para producir carne cultivada a gran escala y exportarla a todo el mundo.

Sin embargo, cuando hablé con el director general de Eat Just, Josh Tetrick, no dudó en admitir que todavía hay muchas incógnitas, entre ellas, tener que afrontar los mismos retos que Humbird describe en su informe.

“Habrá que superar una serie de importantes retos de ingeniería”, dijo Tetrick, con una franqueza que me sorprendió. “Tenemos un equipo de ingeniería de alta calidad. Disponemos de suficiente capital para poder afrontarlo. Entendemos cuáles son los retos, y si tenemos éxito en la gestión de estos retos, nos pondremos en un lugar donde podamos hacerlo. Y si no lo hacemos, no lo haremos. Creo que esa es la realidad”.

Si no lo hacemos, entonces no lo haremos. Nunca había oído a un director general admitir tan fácilmente que un producto prometido -en este caso, uno para cuya producción Eat Just ha recaudado cientos de millones de dólares sólo en los últimos seis meses- podría no ser posible.

Tetrick habló conmigo por teléfono desde la isla hawaiana de Kauai, donde ha estado trabajando a distancia. Las gallinas salvajes vagaban por los alrededores y, de vez en cuando, su ruido interrumpía la llamada, un extraño y vivo telón de fondo para una conversación sobre el sueño de cultivar células de pollo en masa. A Tetrick no se le escapó la ironía.

“Mientras hablo de esto, ellos me escuchan”, se rió. “Pensando: ‘No, será mejor que lo hagas con bastante seguridad’”.

Pero a medida que iba conociendo los planes de Eat Just, quedaba claro que la incertidumbre era la única postura lógica. Tetrick dijo que las instalaciones de Doha tendrán que ser grandes, y que la empresa define “grandes” como capaces de producir 10 millones de libras de carne al año. Eso es sólo dos tercios de la producción de las hipotéticas instalaciones de Humbird, y menos de la mitad de las de GFI. Pero esas instalaciones son proyecciones; aún no existen. Nunca ha habido una instalación en la tierra que pueda producir células animales cultivadas en ese tipo de volumen - no en la biofarmacia, y no en cualquier lugar. A modo de comparación, la publicitada operación de carne cultivada de Eat Just en Singapur produce actualmente cientos de kilos de carne al año, y en un reactor de 1.200 litros.

Para que el objetivo de los 10 millones de libras sea factible, dijo Tetrick, la producción tendrá que realizarse en recipientes de 100 metros cúbicos o más. Esa escala es difícil de entender. Un biorreactor de 100 metros cúbicos tendría capacidad para 100.000 litros y podría tener fácilmente 6 metros de altura; Tetrick dice que necesitará 15 de ellos. El resultado sería una reluciente ciudad miniaturizada de biorreactores más pequeños, a escala de semilla, que conducirían secuencialmente a un grupo de enormes recipientes en el centro, metafóricos rascacielos llenos de medio y carne.

La producción a esta escala es todavía muy teórica. "No puedo ir a ninguna empresa que diseñe biorreactores y decirles: "¿Pueden entregar un reactor de 100.000 litros en este lugar de Doha en tres meses? “Lo que me dirían es: ‘Nunca, ni ninguna empresa del mundo, ha diseñado y fabricado un reactor de 100.000 litros para el cultivo de células animales. Esto no ha ocurrido nunca’”.

Puede que nunca ocurra. Según Renninger, hay una razón por la que los mayores biorreactores de la industria biofarmacéutica para el cultivo de células animales tienden a alcanzar un máximo de unos 25.000 litros.

“No es tanto que no se haya hecho nunca. Es que nunca se ha hecho porque no tiene sentido”, dijo. “Nunca se ha hecho porque no se puede. Sólo vas a producir cubas de carne contaminada una y otra vez”.

Debido al lento tiempo de crecimiento de las células, dijo Renninger, la contaminación en los grandes reactores tendrá que ser casi nula. Y, añadió, “el cero no es algo que exista”.

La esterilidad no es el único reto que se hace más grave con volúmenes de producción mayores. Los biorreactores más grandes también tienen dificultades para proporcionar a todas las células la misma cantidad de nutrientes y oxígeno. La única solución es agitar las células con más rapidez o insuflar más oxígeno, pero ambos métodos pueden ser fatales. Al carecer de una pared celular rígida, las células animales son propensas al “estrés por cizallamiento”; son pequeñas y frágiles cosas que pueden romperse fácilmente por el aumento de las burbujas de aire, las colisiones entre células y los impulsores giratorios. Esta necesidad de mayor agitación y oxígeno ha limitado históricamente el tamaño de los biorreactores, un problema que sigue sin resolverse a escalas muy inferiores a las previstas por Tetrick.

“Cuando las células mueren en grandes cantidades, se convierten en una especie de sustancia viscosa que es realmente horrible”, me dijo Hughes. “Realmente no puedes permitirte que eso ocurra”.

Resolver estos retos interrelacionados requerirá algo más que destrezas de ingeniería. Va a requerir mucho dinero y nervios de acero, porque la prueba y el error a escala de 100.000 litros podría dar lugar a enormes costes de desarrollo. Un biorreactor de ese tamaño podría costar 20 millones de dólares y tardar 12 meses en construirse, dijo Humbird. Y no hay forma de saber si las células funcionarán como se desea en su interior. Se puede utilizar la IA para modelar hasta cierto punto, pero al final las empresas tendrán que dar un salto de fe y probar un proceso real conocido como “prueba destructiva”. Si el proceso falla lo suficiente, podrían verse obligados a despedirse de su flamante reactor y volver a la mesa de dibujo.

La noción de ensayo y error a esta escala es alucinante. “Es algo que ni siquiera la industria biofarmacéutica se atrevería a hacer”, dijo Humbird.

Es un puente que Tetrick tendrá que cruzar si sus enormes recipientes se hacen realidad. Con 1.200 litros, el mayor tamaño de reactor que ha producido su empresa hasta la fecha, Tetrick afirma que las cosas funcionan de maravilla: Las células prosperan en los medios sin suero que ha desarrollado Eat Just y se producen lodos celulares. Pero más allá de esa escala, poco se puede dar por sentado.

Tetrick parecía optimista sobre las perspectivas, pero me pareció que reconocía la gravedad del reto. Describió el proceso como una serie de apuestas informadas, utilizando una combinación de modelización y observación del mundo real para decidir si la siguiente fase de magnitud es un riesgo que merece la pena asumir.

“Si las empresas del sector de la carne cultivada no se sienten cómodas individualmente al hacer apuestas informadas sobre la asignación de muchas decenas de millones de dólares de capital, probablemente deberían dedicarse a otra línea de trabajo”, dijo.

A medida que avanzaba, quedó claro que Tetrick realmente cree que la carne cultivada asequible y abundante es inevitable. Pero no necesariamente en nuestro tiempo.

“Creo que en los próximos cien años es seguro que la gran mayoría de la carne del mundo se hará de esta manera”, dijo. “Lo que es muy incierto es si eso será así en los próximos 30 años. La respuesta está en la pregunta: ¿Somos capaces de construir esta infraestructura? ¿Somos capaces de clavarla? ¿O tenemos suficientes empresas que apuestan con conocimiento de causa? Obviamente, esperamos que acabe dando sus frutos, pero existe un riesgo real de que no sea así. Y eso sería una verdadera lástima”.

7. Moviendo los postes de la portería

Ya hay indicios de que las nuevas empresas de carne cultivada han moderado sus expectativas. Los primeros días de la industria estaban llenos de optimismo. Los cofundadores imaginaban biorreactores gigantes que producían carne sin esfuerzo y los inversores tenían el signo del dólar en los ojos: incluso desplazar una modesta fracción de la industria cárnica mundial, que mueve un billón de dólares, podría significar ganar miles de millones. Ahora, a pesar de la retórica de GFI, algunas empresas están planeando silenciosamente -o abiertamente- un futuro mucho más modesto.

“Creo que estamos de acuerdo con tu premisa básica”, me dijo Justin Kolbeck, cofundador y director general de la empresa de alimentos marinos cultivados Wildtype, con sede en San Francisco, después de que le explicara las objeciones que había escuchado de los críticos de la carne cultivada. “Cuando iniciamos Wildtype, nunca pensamos -al menos a corto o medio plazo- que los productos del mar que produciríamos eliminarían por completo o incluso reducirían extraordinariamente la necesidad de la producción de marisco convencional”.

Por el contrario, ve la industria como algo que crecerá a medida que lo haga la población mundial; es de esperar que sea sólo una parte de una serie de soluciones diferentes, incluidas las carnes de imitación a base de plantas, que ayudarán a satisfacer el creciente apetito del mundo por las proteínas animales. Él y su cofundador, Aryé Elfenbein, coinciden en que la carne cultivada será probablemente cara y escasa en un futuro próximo, y Wildtype tiene un modelo de negocio a la altura.

“La gente está acostumbrada a pagar mucho dinero por los productos de sushi”, afirma Kolbeck. “La diferencia entre lo que necesitamos para que nuestros costes sean los de un trozo de sushi de salmón o atún de alta calidad son un par de órdenes de magnitud mayores que los del pollo. Me cuesta mucho creer que en los próximos cinco años vayamos a tener una hamburguesa de pollo que tenga el mismo coste que los productos de pollo convencionales. Creo que es más probable que aparezca en lugares como tu restaurante de sushi favorito, donde estás acostumbrado a pagar un poco más por el pescado y puede que ya estés en una especie de estado de ánimo exploratorio para probar algo nuevo”.

En la actualidad, Wildtype está tratando de reducir los costes del pescado cultivado con células de cientos de dólares la libra a cinco o seis dólares la libra. La empresa planea abrir una sala de degustación en San Francisco, donde su pequeña planta de producción sostendrá un turismo de carne cultivada -los clientes intrigados pagarán por una experiencia que el mercado de otros lugares no puede soportar.

Future Meat Technologies, una startup israelí que ha declarado haber recibido 45 millones de dólares de capital de inversión, está adoptando el enfoque opuesto al de Eat Just: Quiere utilizar reactores de perfusión más pequeños que eliminen el material de desecho y ha desarrollado un proceso que también permite la reintroducción de proteínas y otros nutrientes. Estos factores contribuyen a reducir el volumen de los medios necesarios, lo que parece un resultado impresionante: 18 dólares para producir una libra de pollo cultivado, según un representante de prensa.

Es la cifra más baja que he oído en el mundo real durante la elaboración de este artículo, pero no refleja el coste total de la tecnología. Según el director científico de Future Meat, Yaakov Nahmias, la cifra de 18 dólares sólo incluye el precio de los medios de cultivo, los consumibles y los servicios. En un correo electrónico, Nahmias dijo que la empresa está reduciendo rápidamente el coste de los nutrientes en su solución y está encontrando nuevas formas de utilizar menos medios en general. Sin embargo, el coste de los edificios, la construcción, los equipos, la instalación, la mano de obra y otros factores tendrán que reflejarse en el precio de los productos de Future Meat si la empresa quiere ser rentable.

Ahí es donde un enfoque basado en la perfusión puede convertirse en un reto. Las empresas de carne cultivada sólo pueden perseguir tres economías de escala: menores costes de los ingredientes de los medios, células más eficientes o biorreactores más grandes. Future Meat ya ha cerrado la puerta a la última opción. Trabajar con reactores de perfusión significa probablemente poner límites duros a la escala de una instalación; su menor tamaño significa que se necesitan muchos más biorreactores en general, lo que significa más costes de inversión y una sala limpia más grande.

Puede que por eso, en el podcast de 2019, Nahmias dijo que no veía instalaciones a gran escala en el futuro de la carne cultivada.

“No quieres construir estas megafábricas fuera de las ciudades para alimentar a todo el mundo”, dijo. “Hay que asegurarse de que la tecnología pueda distribuirse”.

A partir de ahí, pasó a imaginar un escenario en el que los agricultores y ganaderos abandonan la ganadería y se hacen con sus propios biorreactores, produciendo varios miles de kilos de carne cultivada cada año (y, supongo, pagando una licencia a Future Meat por el uso de su tecnología). Otros pueden debatir si este enfoque es o no factible en la práctica, aunque el control de la esterilidad y la falta de formación especializada parecen ser los principales obstáculos. El problema mayor es el económico. Sin escala y centralización, la carne cultivada no será diferente de cualquier otro método de producción de alimentos: es cara.

En mis conversaciones con Swartz, quedó claro: GFI cree que estos enfoques más caros y exclusivos serán suficientes para que la carne cultivada se imponga entre los consumidores. Un cierto número de consumidores ricos, aventureros y concienciados podría sostener un mercado modesto. Si la industria puede aguantar el tiempo suficiente atendiendo a esos primeros adoptantes, tal vez pueda innovar más antes de que los inversores pierdan el interés y el capital se estanque.

Isha Datar, directora ejecutiva de New Harvest, un instituto de investigación sin ánimo de lucro dedicado al avance de la carne cultivada, dijo que, de todos modos, no es justo comparar los productos cultivados con los precios actuales de la carne. En su opinión, la cadena tradicional de suministro de carne sólo va a ser más precaria y cara a medida que recursos como la tierra y el agua escaseen en nuestro planeta, cada vez más poblado y sobrecalentado.

“No podemos dar por sentado que la agricultura animal vaya a continuar como hasta ahora, ya que se ha enfrentado a grandes dificultades”, dijo, señalando que la cadena de suministro de carne tradicional se derrumbó cuando la pandemia golpeó, mientras que las ventas de hamburguesas a base de plantas se dispararon. “Sólo puedo ver el precio de la carne cultivada bajando, y sólo puedo ver el precio de la carne de animales subiendo, en un mundo cambiante”.

Puede que tenga razón. Y sin embargo, la carne cultivada podría seguir siendo demasiado cara para tener sentido en las regiones donde la población crece más rápidamente. Basándose en su experiencia en la junta directiva de la Alianza Global para las Medicinas Pecuarias, una organización sin ánimo de lucro financiada por la Fundación Gates que apoya a personas de África, India y Nepal que dependen del ganado para su subsistencia, Wood considera que las soluciones propuestas por los defensores de la carne cultivada están irremediablemente alejadas de las necesidades del mundo en desarrollo.

“No son soluciones para estas personas”, dijo. “Así que en todo este debate sobre el futuro de la alimentación, estamos terminando con soluciones que se adaptan a la gente rica de clase media que quiere más opciones. No tengo nada en contra de ello, pero no pretendamos que vaya a solucionar la alimentación en el mundo. Eso es lo que me parece más ofensivo”.

Ya tenemos un sistema alimentario en el que la gente con suficientes medios puede pagar por carne de animales “felices”. La carne cultivada a menor escala probablemente sólo extendería esa lógica. Es decir, que si uno es lo suficientemente rico, puede pagar para saber que su carne no tuvo una muerte dolorosa; de hecho, que su carne nunca vivió.

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La última parte del megatocho, Pacotes no me lo dejó publicar entero:

8. El precio del fracaso

El 14 de septiembre, el presidente Joe Biden visitó el NREL, el laboratorio de energías renovables financiado por el gobierno federal que contrata a Humbird para el análisis de la energía. Con una hilera de paneles solares, un molino de viento y una vista de las Montañas Rocosas a sus espaldas, Biden afirmó que los próximos 10 años serán “una década decisiva”, subrayando la necesidad de nuevas infraestructuras en un discurso transmitido en directo.

“No tenemos mucho tiempo. No tenemos mucho más de 10 años”, dijo.

Biden describió la visión de los restos del devastador incendio de Caldor en California en helicóptero, pocos días después de viajar a Luisiana, Nueva York y Nueva Jersey para ver la destrucción del huracán Ida. Habló de los deslizamientos de tierra que arrasaron un tramo de la autopista I-70 de Colorado, y de los padres que tienen miedo de dejar que sus hijos jueguen fuera cuando el aire está lleno de humo. Habló de las sequías que diezman las comunidades agrícolas y de las tormentas tropicales que azotan las ciudades del litoral oriental. Dijo que 44.000 incendios forestales habían arrasado 5,6 millones de acres de tierra estadounidense sólo este año, “el tamaño de todo el estado de Nueva Jersey quemado en plano”.

Esto, subrayó Biden, es sólo el comienzo de la terrible nueva realidad a la que nos enfrentaremos si no actuamos. Tenemos que empezar ahora: “hoy, no el año que viene, ni dentro de 10 años”, dijo.

¿Cómo debemos emplear la próxima década, la breve ventana que tenemos para reinventar nuestra relación con el clima? Para Biden, la elección está aparentemente clara. Después de todo, ya sabemos cómo frenar los peores efectos del cambio climático: Tenemos que dejar de quemar combustibles fósiles y sustituirlos por otras alternativas lo antes posible. Es un objetivo alcanzable, en teoría. Las tecnologías de energías renovables, aunque todavía pueden mejorarse y abaratarse, ya existen.

“Estas tecnologías no son ciencia ficción”, dijo Biden, hablando de los paneles solares, molinos de viento y baterías de última generación desarrollados en el NREL. “Están listas para ser instaladas y ampliadas en todo el país ahora mismo”.

Esa reconstrucción tendrá que producirse de todos modos si la carne cultivada va a ser alguna vez una solución.

Las instalaciones de cultivo celular consumen muchos recursos, y los críticos sostienen que, si se alimentan con combustibles fósiles, su huella medioambiental podría ser incluso peor que la de la carne tradicional. El propio análisis del ciclo de vida de GFI concluyó que la carne cultivada podría tener un impacto climático peor que algunas formas de pollo y cerdo si se utiliza energía convencional.

Pero algunos optan por un camino más arriesgado. A principios de este año, en un número de la revista de estilo de vida alimentario Eating Well que lo nombró “Héroe de la Alimentación Americana”, Friedrich lamentó que el gobierno de EE.UU. pusiera sólo 5 millones de dólares en la investigación de proteínas alternativas, incluyendo la carne cultivada, en 2020.

“Esa cifra debería ser de miles de millones”, dijo.

Podemos discutir sobre la validez de esa estrategia. Pero primero tenemos que ser más honestos sobre la posibilidad de éxito.

Cuando GFI afirma que la carne cultivada puede ser competitiva en costes para 2030, da la sensación de que un futuro radicalmente reformado se precipita hacia nosotros. Se ha utilizado esa conclusión para sugerir que el tren está saliendo de la estación, que las innovaciones necesarias ya se han producido, que el resultado es inevitable y que la única cuestión es si se está dentro o fuera. Cada nueva inversión, cada mejora incremental, es aclamada como una primicia mundial histórica, prueba de un cambio de tendencia.

Es fácil dejarse llevar por esa sensación de posibilidad. Lo sé, porque los medios de comunicación también lo hacen. La carne cultivada es tentadora por su potencial perturbador. Los actores son carismáticos, incluso visionarios en su lenguaje; hay degustaciones para disfrutar, muestras cultivadas en laboratorio para masticar y reflexionar. Los temas -antiguo frente a nuevo, advenedizo frente a tradicional, sintético frente a natural- tienen un atractivo rico y universal. Ha sido muy fácil insistir en la novedad radical de todo esto, aumentando nuestra sensación compartida de que el mundo se desliza hacia un futuro desconocido. Quizá el arco de la historia se inclina realmente hacia el progreso. ¿Por qué pensar en los desafíos técnicos cuando podemos soñar colectivamente con el potencial de la carne sin matanza, de comer sin culpa, de consumir sin consecuencias?

Pero la verdad es ésta: Para que la carne cultivada pueda mover la aguja del clima, será necesaria una serie de avances aún no previstos. Tendremos que entrenar a las células para que se comporten de una manera que ninguna célula ha hecho antes. Tendremos que diseñar biorreactores que desafíen los principios ampliamente aceptados de la química y la física. Tendremos que construir una cadena de suministro de nutrientes totalmente nueva utilizando prácticas agrícolas sostenibles, inventando formas de producción de aminoácidos a granel que sean baratas, precisas y seguras. Los inversores tendrán que preocuparse menos por el dinero. Los gérmenes tendrán que comportarse más o menos bien. Será un trabajo digno de muchos premios Nobel, seguramente de ciencia, posiblemente de paz. Y este costoso, frágil e infinitamente complejo rompecabezas tendrá que encajar en los próximos 10 años.

Por otro lado, nada de eso podría suceder.

Swartz insistió en que la perspectiva merece una apuesta. Aunque no discutió los retos específicos expuestos en el informe de Humbird, dijo que GFI los ve de forma diferente: no como límites inherentes, sino como oportunidades de crecimiento.

“Las cosas de las que hemos hablado hoy son cuestiones abiertas y es justo plantearlas, incluida la trazabilidad de la velocidad a la que podemos llegar”, dijo. “Pero no creo que estas limitaciones deban interpretarse como obituarios para la industria. La innovación y las nuevas ideas, así como los nuevos esfuerzos de investigación y desarrollo, pueden contribuir en gran medida a abordar retos que la gente nunca pensó que podrían alcanzarse.”

Pero Renninger considera “frustrante” ver que se destinan tantos recursos a la carne cultivada.

“Es un juego de suma cero, hasta cierto punto”, dijo. El dinero que gastamos en la carne cultivada es dinero que no podemos emplear en convertir las plantas de carbón en biomasa, o en ampliar la energía solar y eólica, o en modernizar el hormigón y el acero.

Hay una razón por la que el gobierno de Estados Unidos emplea a personas como Humbird para que realicen una rigurosa diligencia debida sobre las nuevas ideas atractivas. Cuando se gastan miles de millones en ciencia que no funciona, los mayores perdedores no son realmente las empresas privadas y las asociaciones comerciales, ni la clase de inversores profesionales que se enriquecen con la tecnología especulativa. En cambio, el público sale perdiendo y nosotros perdemos un tiempo que no tenemos.

Como dijo Humbird, “si la sociedad paga por ello y no funciona, entonces la sociedad se queda con la bolsa”.

Los estragos medioambientales a los que nos enfrentamos son vastos, desestabilizadores y están invadiendo nuestras vidas reales ahora mismo. Los incendios, las inundaciones, ya están a nuestra puerta. En todo esto, sería muy bueno saber que tenemos una bala de plata. Pero hasta que la ciencia sólida y accesible al público demuestre lo contrario, la carne cultivada sigue siendo una apuesta, un último viaje al casino, cuando nuestra suerte se agotó hace tiempo. Deberíamos preguntarnos si es un riesgo que queremos correr.

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Da

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Ese tochaco es más difícil de digerir que un filete cultivado en laboratorio.

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49 minutos de lectura para que la síntesis sea un no. Jesús.

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Yo llevo leída la mitad (la otra mitad para más adelante)…

Resumen:

Hacer carne sintética es mucho más caro (brutalmente más caro en realidad), y si logras sacarla al mercado seguramente tampoco podrías abastecer la demanda porque es un proceso lento y un coñazo. Además la energía, personal, y recursos que se requieren para fabricarla también implicaría que no sería tan ecológica (los recursos como agua y electricidad no salen de la nada).

En fin, que la carne sintética es un timo para sacar pasta a gobiernos e inversores privados.

En boca del que hizo el estudio…

“Está claro que no creo que la carne cultivada tenga futuro”, me dijo. “Creo que lo dejo claro en el documento, aunque no en términos tan coloquiales. Pero a mí me parece una chorrada”.

Luego leeré el resto porque veo que es un tochaco impresionante.

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No jodas!

Si tan solo existiese un sistema productor de carne auto-replicante y que funcionase con una fuente de energía renovable…

Os lo imaginais? Algo así como un dispositivo al que echarles yo que se, hierba, y que produjesen carne, y que encima se multiplicasen por si mismos…

Solo nos quedaría soñar que además llevasen millones de años perfeccionando el ratio de consumo de combustible/producción de materia

El problema es que seguramente esa carne no pueda compararse en términos de calidad con la carne producida en laboratorios…

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make love bunny GIF by BBC

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Ahora me loleo.

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La madre que te parió.

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Las únicas pechugas de laboratorio que me comería serían las de Ester Expósito.

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¿La ciencia? Bah ¿Acaso la ciencia ha besado a una mujer? ¿O ganado la Superbowl? ¿O enviado un hombre a la Luna?

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He leído la primera parte del tocho con la voz de Eduardo Casanova pidiendo más dinero para el cine español.

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Madre mía, este es posiblemente el tocho mas grande jamás publicado en Pacotes.

Lo que he leido por encima es que la carne cultivada es un timo.

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Me esperare a que hagan la película inclusiva de este tocho

Ahora

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a ver si te clonan a ti pa matarte 3 veces, criminal

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Tus tochos en historia son mil veces más amenos de leer

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