Pesadilla en Pacote Street - Los 13 Relatos

Noche de brujas, noche de muertos. Un momento en el que el mundo real y el onírico se interconectan de maneras que, quizás, nunca lleguemos a comprender. Halloween nos da la oportunidad de tocar aquellos temas más oscuros y repudiados, de investigar en lo profundo de la psique humana, de avanzar donde pocos se atreven.
Unas semanas atrás os invitamos a participar en Pesadilla en Pacote Street, nuestro primer evento literario de terror, donde queríamos leer todos vuestros relatos de miedo y provocar a todas esas grandes mentes que nuestra comunidad alberga.
Tras reconducir las guías para el evento, os contamos que recibiríamos todos los relatos, serían publicados hoy, 31 de octubre, día de Halloween, y que abriríamos una votación para seleccionar los 10 mejores relatos, los cuales serían narrados y grabados, sumándose a la antología escrita donde recopilaríamos todos los enviados. Sin embargo, dado que el resultado final es de 13 relatos, muy cercano a esa selección de 10, hemos decidido que lo más justo y adecuado es incluir los 13 relatos en esa grabación donde serán narrados además de, por supuesto, ser todos incluidos en la versión escrita. Esta grabación, y su antología escrita, comienzan a hacerse hoy mismo, y esperamos traéroslas en 1-2 semanas.
Porque, claro, tenían que ser 13 relatos… :smiling_imp:
Y ahora, sin más dilación, nos llena de tétrico orgullo y oscura satisfacción presentaros Los 13 Relatos que conjugan el evento de Pesadilla En Pacote Street. Esperamos que sea de vuestro máximo deleite.

Que los disfrutéis…

:ghost: :jack_o_lantern: :bat:

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Ahí tenéis los 13 relatos de Halloween que nuestros pacoteros han realizado para este primer evento literario de Pesadilla en Pacote Street. Queremos dar las gracias a todos los autores por habernos traído este contenido de un nivel tan elevado y esperamos todos los comentarios de nuestros lectores para saber cuáles son vuestros favoritos. Y hacemos una extensión de agradecimiento a @Isolee y @Tarquin por haber organizado el evento y procesado todos los textos.
Recordad que este evento, aunque Halloween termine hoy, no acaba aquí. Volveremos a vernos en 1-2 semanas con una antología escrita y una grabación los relatos narrados, en especial para todos los pacoteros.
Si, después de leer todos estos relatos, todavía queréis seguir disfrutando de contenido de terror, os dejamos unas recomendaciones, en varios formatos, que harán vuestras delicias:
Tened un fantasmagórico y asustador Halloween y…

¡Nos vemos en el foro!

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Los monstruos no están debajo de la cama.

Escrito por @Lyn
Relato Nº 1
Alicia empezaba ya a cansarse. Estaba sentada a la orilla del río con su hermana, sin tener nada que hacer. Había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. Se aburría sin su móvil y ahora se arrepentía de no haberlo cogido antes de salir. Alicia había empezado a sacar malas notas en la escuela y a comportarse mal en casa, incluso insultaba a su familia. Por eso habían decidido que tenía que acompañar a su hermana: para que así la vigilara de sus amigos del instituto, seguramente los causantes de su mal comportamiento
—Ni se te ocurra levantarte, Alicia. No voy a dejar que vayas sola, solo tienes doce años. Lee el libro que tienes al lado si te aburres. A ver si así aprendes algo de una vez.
Alicia volvió a tumbarse en la hierba, derrotada. Definitivamente su hermana era un monstruo, uno muy aburrido. Cuando volviera a ver a Lewis se lo contaría y se reirían juntos de ella; solo por eso dejaría que él la manoseara y esta vez no protestaría. Hurgó en el bolsillo de su pantalón y cogió la pastilla blanca con forma de conejo que le había quitado a Lewis sin que se diera cuenta. Lewis le decía que esas pastillas eran demasiado fuertes para ella, y la regañaba por pedírselas. Alicia se metió la pastilla en la boca y ojeó el libro que le ofreció su hermana. Le demostraría a Lewis que ya no era una niña. Se la tragó y al poco rato se durmió.
*****
Cuando despertó se encontró tumbada en una cama de hospital. Su familia estaba a su lado. Al mirarlos se dio cuenta de que eran muñecos, hasta se les veían los hilos como a las marionetas. Quiso gritar pero no pudo; no podía moverse ni hablar. Entonces vio que Lewis estaba también allí y la miraba fijamente. Tuvo miedo, como cuando le hacía esas cosas y después le decía que no se lo contara a nadie.
Lewis hizo una reverencia y le sonrío con sorna. Levantó su sombrero y de él empezó a salir agua sin parar. Alicia seguía sin poder moverse mientras veía como el agua lo inundaba todo. Las marionetas la miraban sin verla y tampoco la ayudarían esta vez, mientras Alicia se ahogaba y Lewis se reía a carcajadas. Cuando pensó que iba a morir, el agua se retiró y los maniquís que antes fueron su familia se quedaron desparramados por el suelo. Alicia levantó la cabeza justo cuando Lewis se acercaba hacia ella inexorablemente.

—No te asustes, mi pequeña Alicia, y mírame.

Alicia vio como Lewis se retorcía convulsivamente y se iba trasformando en un hombre alto con cicatrices y un tornillo en su sien. El nuevo Lewis se acercó a ella con una sonrisa estúpida, y le limpió las lágrimas con un grueso dedo mientras le ofrecía una flor. La apoyó con tanta fuerza sobre ella que le rompió las costillas. Alicia estaba tan aterrorizada que casi no sentía el dolor. Lewis se esfumo ante ella en una nube de polvo, como hacen los magos en el circo, para volver a resurgir de la nada, esta vez, con una gran capa negra y los ojos inyectados en sangre.

—Alicia, mi dulce niña. Ahora te daré tu beso de buenas noches para que tengas bonitos sueños.

Cuando la lengua húmeda de Lewis le rozó el cuello, unos grandes colmillos se clavaron en su piel y la sangre empezó a brotar. El dolor era insoportable, pero lo que hacía llorar a Alicia eran los ojos de Lewis que seguían fijos en ella. Unos ojos tan fríos e insoldables que solo podían reflejar oscuridad.
*****
Los padres de Alicia estaban sentados en el sofá, al lado de la cama donde ella seguía en coma. Su hermana lloraba desconsolada mientras su padre se agarraba la cabeza entre las manos, derrotado. Fue su madre la que rompió el silencio:

—¿Qué hemos hecho mal? ¿De dónde sacó esa pastilla? Son las malas compañías, son las malas compañías…

El doctor se acercó a su lado y le puso la mano en el hombro para tranquilizarla. La madre de Alicia sonrió y le dijo:

—Usted desde siempre ha estado a nuestro lado como médico de la familia. Gracias, doctor Lewis.


La isla de la locura.

Relato Nº 2
Auckland, 12 de diciembre de 1925
Querida Elisabeth:
Para cuando recibas esta carta ya estaré muerto. Lamento no haber podido despedirme como debería. A continuación te relataré los hechos que me hicieron caer en desgracia.
Todo empezó en agosto, cuando el Anne partió de Auckland. La expedición consistía en investigar una isla desconocida que descubrió la tripulación del Emma, o, mejor dicho, lo que quedaba de él. Según los informes policiales, un marinero llamado Johansen llegó a Sídney en el pasado mes de abril. El hombre portaba consigo el inquietante fetiche de un ser alado cuya cabeza se parecía a la de un calamar.
El capitán Reginald estaba convencido de que allí realizaríamos un gran hallazgo que nos haría ricos a todos. Mi codicia era tan grande como mi insensatez, y por culpa de esa estúpida promesa firmé mi sentencia de muerte.
Las primeras semanas fueron tranquilas, salvo alguna que otra tormenta. Pese a la bravura de las aguas del Océano Pacífico, el timonel era capaz de amansarlas con un mero golpe de timón.
A partir de la tercera empezaron a suceder los infortunios. Henry, un grumete de tan sólo dieciséis años, enloqueció y asesinó al viejo George con un garfio. Entre unos cuantos logramos reducirlo y lo encerramos con llave en su camarote para nuestra seguridad. Los golpes y sus gritos incesantes nos hicieron pasar algunas noches en vela. El pobre acabó ahorcado dos días después.
Algunos comenzamos a sufrir pesadillas y a tener alucinaciones, sentíamos que nos observaban desde las sombras, oíamos susurros de ultratumba e ininteligibles provenientes de ninguna parte y tiritábamos de frío pese a estar en verano. Muchos de nosotros estábamos tan asustados que pedimos al capitán dar media vuelta. Como era de esperar, Reginald se negó en rotundo.
El día en el que llegamos a la isla nos envolvió una niebla tan espesa como un bosque frondoso. La embarcación impactó contra un arrecife y tuvimos que anclar cerca de la playa. No hubo que lamentar ningún daño personal, por fortuna.
Tras unas horas andando, nos encontramos con una enorme estructura de piedra consumida por el musgo y los líquenes. Reginald gritó de excitación y aceleró el paso. En cuanto nos acercamos, un bloque de piedra se deslizó como si de una rueda de molino se tratara. En el interior de la hendidura sólo había oscuridad y tinieblas. Algunos de los marineros huyeron atemorizados, perdiéndose en la bruma. Los que quedamos nos adentramos en la apertura, sin saber que nuestra curiosidad sería nuestra perdición. Nada más entrar, un hedor a sangre y muerte se impregnó en nuestras fosas nasales. Nuestras botas chapoteaban a la vez que se adherían en una sustancia viscosa. Al encender nuestros candiles se revelaron unos jeroglíficos de piedra donde estaba tallado un orbe frente a varios astros alienados, como si fuera una procesión de diamantes. En el lado opuesto del grabado había la misma figura que el fetiche de Johansen: el ser con cabeza de sepia y cuerpo de dragón.
De la oscuridad aparecieron centenares de ojos observándonos, y entonces un rugido atronador restalló en nuestros oídos. Era una visión cuyo horror no se puede describir con palabras. La mano de esa criatura cayó como cometa del cielo, aplastando a varios compañeros, con Reginald entre ellos. Solté el candil y corrí sin mirar atrás. Por el camino encontré varios cadáveres con señales de violencia. Los ignoré y seguí hasta subir en el barco. Sin vacilar emprendí el viaje de vuelta, escapando de esa isla infernal, abandonando a los rezagados a su suerte. No sabía si ellos habían logrado salvarse o bien perecieron allí, pero en ese momento lo único que me importaba era seguir con vida.
Desde entonces no ha habido noche en la que haya podido dormir en paz. Esa horripilante visión me perseguirá toda la vida, sin darme ni un momento de tregua. Ahora sólo me queda una manera de poner fin a esto. No llores por mí, pues si bien es una tragedia que todo acabe así, prefiero la muerte a caer más allá del límite de la cordura.
A Dios ruego que se apiade de mi alma.
Conrad

¿Con qué mano escribes?

Relato Nº 3

—Ja, eso os pasa por escribir con la izquierda —dijo uno de los alumnos del curso de desempleados al que habíamos asistido Verónica y yo aquella tarde.

Nos fuimos juntos cuando todo terminó. La lluvia empezó a mojarnos y ella sacó su paraguas. Hubiese deseado que no lo hubiéramos traído alguno de los dos para ir bajo el mismo a la parada de autobús, pero supongo que eso sería soñar demasiado por mi parte. Se notaba que sólo me quería como un amigo, y si ella no daba ningún paso yo ya me había hartado de intentar nada, no me daba la gana de hacerlo yo todo.
Pero eso no podía evitar que me quedara embelesado con su larga cabellera negra, sus ojos verdes como esmeraldas y lo bien que le sentaba esa cazadora. Pero ¿qué estaba haciendo? Mejor bajar de las nubes: un pobretón como yo, con pelo desaliñado y que llevaba como un viejales metalero, no podría ser interesante para nadie. Si al menos no tuviera tanta nariz y barriga…

—¿Te puedes creer lo que dijo? —me dijo, pinchando mi burbuja mental—. Estoy harta de que ese tío se ría de nosotros por ser zurdos.

—Mujer, creo que lo dijo de broma.

—Eso es lo que dice todo el mundo, pero estoy segura de que lo hizo adrede. Además, es algo normalizado.

—¿Normaqué?

—Sí, ya sabes, es algo que ha pasado siempre. A lo largo de la historia siempre se ha denostado a los que escribimos con la izquierda, imponiendo que la manera correcta de escribir sea con la derecha.

—Ahora que lo dices, es verdad. Mi padre me contaba historias donde les daban con una regla sólo por no escribir con la diestra. Y muchos objetos parecen estar hechos para sujetarse solamente con la derecha.

—Eso es. Mira, mañana que es sábado vamos a hacer una cosa. Ven a mi casa sobre las doce.

Tras decir aquello se despidió, porque el bus había llegado, y yo estaba contento porque ya tenía una excusa para quedar con ella. Pero le estuve dando vueltas a lo que dijo y era cierto: los que escribíamos con la izquierda estábamos jodidos. La mayoría de la gente cuando piensa en alguien escribiendo es con la derecha, no piensa en alguien escribiendo con la izquierda.
Al día siguiente fui a su casa, me invitó a subir a su cuarto y evidentemente no era lo que uno cabría esperar teniendo en cuenta los sueños nocturnos que había tenido pensando en su habitación.

—Fíjate bien —espetó—, he creado una plataforma web donde denuncié lo que te dije ayer, y el contador de visitas se ha vuelto loco.

—Eso es fantástico, pero ¿qué quieres hacer exactamente?

—Yo no, nosotros. Vamos a denunciar todo lo que podamos las injusticias que sufrimos los zurdos.

Y así fue. Empezó con una página web, pero no quedó la cosa ahí: durante las siguientes semanas se empezó a hacer viral por toda la red, más gente se unió e incluso actores y políticos empezaron a hablar de ello. Todo se había formado en muy poco tiempo con una fuerza arrolladora. La verdad es que me sentía abrumado por todo esto, no sabía muy bien cómo digerirlo todo.
Pero empezó a surgir un movimiento contrario que, al igual que nosotros, contaba con escritores y gente del cine más conservador, que se sentían amenazados por algunas de las proclamas que defendían, bueno, defendíamos… se supone que yo también formaba parte del movimiento. Y digo se supone, porque había empezado a tener dudas del mismo.
Se organizó una manifestación por los derechos de los zurdos, reclamando leyes que nos otorgaran ventajas sólo por el hecho de ser zurdos. De hecho, Verónica consiguió subvenciones del gobierno para llevar el bloque zurdista.

—¡No seáis diestrolos —gritó Verónica—, uníos a la causa, por un mundo más de izquierda y mejor para todos!

Diestrolo era el término despectivo que inventó Verónica para referirse a los diestros. Decía que, por culpa del imperio de derechas que se había instaurado desde el mismo momento en que el ser humano inventó la escritura, los diestros se habían dedicado a hostigar a los zurdos de manera hegemónica y, por lo tanto, cualquier diestro era culpable y cómplice de aquel crimen histórico repetido a lo largo de los siglos.
La gente hacía pintadas por la calle repitiendo los lemas que formaban parte de nuestra campaña mediática, tiraba ladrillos a las ventanas y no paraba de gritar. El ambiente no me estaba gustando nada, empezaba a asustarme un poco el sitio donde me había metido. Me acerqué a Verónica ahora que había bajado el megáfono por un segundo.

—Verónica, no termina de gustarme lo que estamos haciendo, ¿en qué momento pasamos de defender que se tratara mejor a los zurdos a usar la violencia y el miedo contra la gente?

—No me gusta tu actitud, ¿acaso estás de parte de los diestrolos?

—¡No, pero los diestros de ahora no tienen culpa de lo que ocurriera en el pasado! Lo siento, creo que accedí a esto más por ti que por otra cosa. Me siento sucio si sigo con esto. Lo dejo.

En ese momento, Verónica se acercó lentamente y me cogió del cuello, a la par que empezaba a elevarme. Su mirada furiosa era irreconocible para mí, quizás siempre fue así y lo que yo tenía en mi mente era sólo una versión idealizada de ella. Era curioso que en ese momento me preocupaba más cuestionarme lo que sentía por ella que el hecho de estar quedándome sin aire mientras me apretaba más y más.

—¡No! —gritó en mi cara—. ¡Tú no serás el que se vaya, yo te expulso! ¡Fui yo quien te dio la oportunidad de formar parte de nuestros ideales! ¡Fui yo quien construyó todo esto para que juntos pudiéramos construir un mundo mejor! ¡¿Y así me lo pagas, hijo de puta?!

De repente, un ladrilló cayó en su frente con una velocidad vertiginosa. Verónica cayó directamente al suelo, la sangre le salía por la cabeza y se colaba por los huecos de una tapa de alcantarilla. Yo estaba en shock, quieto, sin saber muy bien cómo reaccionar. Un extraño hombre me agarró de la mano y me gritó.

—¡Vamos, chico, no hay mucho tiempo!

Me llevó corriendo a lo largo de varias callejuelas, tratando de evitar en la medida de lo posible a las marabuntas y los objetos arrojadizos que campaban a sus anchas. Al mirar la ciudad mientras corríamos, me di cuenta de lo destrozado que estaba todo, hasta había heridos y muertos por las calles. La cosa se había ido de madre. Llegamos a una tienda que tenía el cartel de cerrado.

—Ya hemos llegado.

—¿Quién eres tú?

—Me llamo Hernán. He visto lo que has hecho, has sido muy valiente, pero también muy gilipollas. Mira que rebelarte justamente contra la líder de los izquierdistas…

Izquierdista era el término que usaban los diestros conservadores para insultar a los zurdos, aunque, la verdad, diestrolo me sonaba más despectivo que izquierdista. Me puso a la mesa junto a varias personas bien uniformadas. Hernán abrió un mapa que tenía diversas marcas dibujadas en él. No entendía muy bien lo que estaba pasando.

—Señores —se dirigió Hernán a los demás—, lo he encontrado: el joven que siempre acompañaba a la escoria de Verónica en todos sus eventos. El que nunca dice nada, pero que siempre está acompañándola. Y, por si fuera poco, he conseguido alcanzar a su líder. La victoria está en el bote.

—Así que los rumores eran ciertos —mencionó uno de ellos—: el chico quería renunciar.

—Exacto. Si lo tenemos en nuestra causa, los diestros volveremos a gobernar como siempre ha sido.

—Espera. —Me levanté de la silla—. Pensaba que queríais recuperar la normalidad de antes, no jugar a lo mismo.

—Chico, esto es la guerra, ya es tarde para cualquier normalidad. Ellos empezaron todo esto, si no usamos las mismas armas que ellos, perderemos. Además, piénsalo: si estás con nosotros, el caballo ganador, tendrás un puesto muy alto y superior al que tenías antes. Lo único que tienes que hacer es empezar a escribir como un diestro, y sólo con eso ya serás mi mano derecha.

—Pero yo soy zurdo, no se me da bien escribir con la derecha.

—¿Estás con nosotros o con ellos? Si escribes con la izquierda, defiendes un modelo de izquierdistas.

—¡Basta! Esto ya no tiene nada que ver con la derecha y la izquierda, se trata de la gente. ¿No podéis dejar vuestras estúpidas ideologías a un lado y centraros en lo importante?

—A por él. —Hernán hizo un gesto al grupo que nos acompañaba.

Enseguida, salí corriendo de aquella tienda mientras ellos me perseguían. Casi conseguí despistarlos, pero entonces un policía me vio.

—¡Eh! ¿Tú no eras el que estaba con Verónica? Ven aquí inmediatamente, eres sospechoso de asesinato.

Oír esa palabra me estremeció, salí corriendo nada más ocurrió. Mientras corría pensaba en todo lo que había pasado. Fue en ese momento cuando caí en que aquello de la opresión a la que nos sometían los diestros era una ilusión. El diestrolarcado no era más que un mito para disfrazar acciones violentas e inmorales de acciones justificadas por el bien común, un lavado de cerebros para idiotas como yo, que creían que estaban haciendo algo para evitar que más zurdos sufrieran en el mundo.
Verónica me vendió el discurso, a mí y al resto de los que estaban dentro, de que los zurdos muertos y heridos eran causados por la gente diestra y su opresión. Que había que hablar más con palabras que acompañaran a la palabra izquierda, llevar a cabo políticas de izquierda, pensar como la izquierda. Y ese engaño lleno de violencia, al que realmente no le importaban ni zurdos ni diestros, sino perpetuarse en el poder, generó un movimiento similar, pero desde el otro lado del espectro: el derecho.
La ciudad estaba perdida, sumida en el caos por el odio que se había engendrado entre toda la ciudadanía. De querer estar con alguien a no poder estar con nadie. La gente estaba muy polarizada, y todo por algo tan absurdo como es la mano con la que coges un lápiz. Estaba viviendo una pesadilla, y ojalá lo hubiera sido, porque, cuando llegué a mi casa, vi que estaba en llamas.
Por la ventana vi cómo mi propia madre se estaba carbonizando. Su cadáver cayó al suelo de la calle, desde la segunda planta hasta mis pies. Ya no tenía ganas de seguir viviendo, caí de rodillas rendido ante todo lo que estaba ocurriendo. Ojalá nunca hubiera accedido a ayudarla. Ojalá nunca hubiera creído sus palabras. Ojalá nada de esto se hubiese hecho realidad.

Un lugar encantador.

Escrito por @frankvothe
Relato Nº 4
Sus manos agarraban con firmeza el volante del antiguo Chevrolet Nova que había heredado de su padre. Se trataba de la posesión más valiosa del viejo y le había pedido que lo conservase tras su muerte. Al principio aceptó por puro compromiso, arrinconó el automóvil junto a la casa familiar y lo tapó con una lona. Un par de años después, impulsado por su conciencia, comenzó un lento y laborioso proceso de restauración en el que se sintió cada vez más implicado. Acabó absorbido por el proyecto y en él se dejó las horas y parte del alma.
El ruido del poderoso motor V8 rompía el silencio de la noche. Llevaba cientos de millas a su espalda, siempre hacia el oeste, hacia donde se pone el sol. En su huida de sí mismo no había establecido un destino, sólo intentaba dejar atrás su vida, sus recuerdos y el sentimiento de culpa por haber dado la espalda a su amigo en la situación que a la postre lo llevó a la tumba.
Jake le había llamado hacía dos noches. Su tono de voz denotaba un nerviosismo poco habitual en una persona tan tranquila. Le había pedido pasar la noche en su casa debido a que se había metido en un lío y necesitaba ocultarse. Cualquier otra noche habría accedido. Cualquier otra noche habría cobijado a su amigo, pero no aquella. Aquella noche había invitado por fin a Stacey a cenar en casa. Debía ser una velada para recordar y necesitaba intimidad. Diecisiete horas después la policía le comunicaba que el cadáver de Jake había aparecido flotando en la bahía. No pudo soportar la presión, tenía que alejarse. Hizo una maleta con lo justo para una semana, se subió al coche y se entregó a la carretera.
Hacía un rato que no recibía ninguna emisora de radio, tan solo estática, por lo que decidió apagar el aparato. Bajó la ventanilla para ventilar el ambiente cargado del interior del automóvil, provocado por el humo de los cigarrillos que había consumido. El cansancio había comenzado a hacer mella debido a la acumulación de horas al volante. La monótona oscuridad del desierto lo acunaba, provocando un embotamiento de sus sentidos. Era el momento de hacer una pausa y tratar de dormir. Estaba a punto de parar a un lado de la carretera cuando vio una luz a lo lejos. Tal vez se tratase de un pueblo con un motel en donde pasar la noche.
Siguió la luz y minutos más tarde llegó al aparcamiento de un único edificio profusamente iluminado y de fachada imponente. Albergaba un hotel: «Hotel California». Se trataba de un edificio demasiado grande para estar aislado en aquel tramo de desierto. Parecía fuera de lugar. Dejó el Nova aparcado al lado de dos viejos Ford que tenían pinta de no haber sido utilizados en años. Eran los únicos vehículos en todo el aparcamiento. Cogió su maleta y se dirigió a la entrada.
El interior del hotel estaba decorado con un estilo un tanto peculiar, mezcla de lujo decadente y refugio de montaña. Resultaba muy pintoresco. En el lado izquierdo del hall había un mostrador de madera detrás del cual se encontraba una mujer de mediana edad. Poseía una mirada hipnótica y una sonrisa radiante, demasiado exagerada para ser natural.

—¡Buenas noches y bienvenido al hotel California! —saludó la recepcionista con entusiasmo.

—Buenas noches. Deseo alquilar una habitación para esta noche, si tienen alguna disponible.

—Encantada de recibirle señor…

—Henley, Glenn Henley.

—Encantada, señor Henley. Se trata de su día de suerte. Acaba de alquilar nuestra última habitación disponible.

Glenn enarcó una ceja. El comentario de la edulcorada recepcionista sonaba a embuste. El aparcamiento vacío y el silencio sepulcral que reinaba en la recepción no invitaban a pensar en un hotel a rebosar. No obstante, era cierto que a aquella hora de la noche la mayoría de los huéspedes estarían durmiendo.
Una vez finalizado el registro de entrada, la recepcionista se ofreció a guiar a Glenn hasta su habitación. La mujer llevaba una vela encendida en la mano, a pesar de que la iluminación era más que suficiente. Subieron las escaleras hasta el segundo piso y enfilaron un largo pasillo. Al pasar por las diferentes puertas de los cuartos se oían una especie de murmullos. Glenn los asoció a conversaciones de los huéspedes o al sonido de televisores, pero no conseguía quitarse de encima la sensación de que había alguien tras las puertas observándole. La recepcionista se paró al final, justo antes de doblar la esquina. Giró la cabeza hacia la puerta de la izquierda y le dedicó una mirada fugaz para, a continuación, abrir la puerta de la derecha.

—Habitación 238. Aquí tiene su llave. Si necesita cualquier otra cosa no tiene más que pedírmela en recepción. Estaré allí toda la noche. Que descanse.

Se marchó sin dar tiempo a réplica. Glenn se quedó observando cómo se alejaba antes de entrar en la habitación. Caminaba de manera muy sigilosa, sin hacer ruido y como si prácticamente no rozase el suelo. Por un instante creyó verla flotar sobre el pasillo alfombrado. «El cansancio me está volviendo paranoico», pensó. Sacudió la cabeza y entró en la habitación.
El cuarto le generó una mejor impresión de la que esperaba. Era amplio, limpio y muy bien iluminado. Disponía de televisor y un pequeño frigorífico. La cama era ancha, de metro y medio, y, en apariencia tras tumbarse unos segundos, muy cómoda. Junto a un rincón había un par de butacas orientadas hacia la ventana, debajo de un cuadro con un paisaje nevado.
Se encontraba observando su rostro cansado en el espejo cuando la electricidad empezó a fallar. Las bombillas perdían intensidad y la recuperaban en un vaivén rítmico en el que llegaban incluso a iluminar más que en estado normal. El sonido chirriante que acompañaba las subidas y bajadas de tensión puso nervioso a Glenn. Cuando parecía que el flujo eléctrico comenzaba a estabilizarse sobrevino el apagón. Decidió salir al pasillo y comprobar si todo el hotel se había visto afectado, pero, al llegar a tientas a la puerta, la luz se restableció.
En el breve espacio de tiempo que tardó en regresar al baño escuchó que alguien llamaba a la puerta. Abrió desconcertado, esperando ver a la recepcionista. En el umbral esperaba un tipo muy alto, de aspecto imponente, intimidatorio. Vestía completamente de negro, a juego con sus ojos que parecían pozos de oscuridad infinita. El tipo sonreía de la misma manera que debe sonreír un lobo antes de devorar a su presa.

—Disculpe que le moleste a estas horas. Me hospedo en la habitación de enfrente. Como consecuencia del apagón mi televisor ha dejado de recibir señal. —Glenn echó un vistazo a la puerta de la habitación del tipo, la 237, y la vio cerrada. Pensó en si era posible que el individuo tuviese tiempo de comprobar su televisor, salir de la habitación, cerrar la puerta y llamar en la suya en el breve espacio de tiempo transcurrido desde el apagón. No, no era posible—. ¿Podría comprobar el suyo para saber si se trata de un problema general o específico de mi aparato?

El individuo desprendía un olor muy desagradable, como a huevos podridos, pero había algo en él extrañamente atrayente. Su voz era cautivadora y sus movimientos gráciles.

—Sí, no hay problema. Ahora mismo lo compruebo.

Se giró, con los sentidos alerta, hacia la mesa en donde reposaba el televisor. No conocía las intenciones de su siniestro visitante, pero estaba claro que se trataba de un mentiroso. Encendió el televisor y comprobó si podía visualizar algún canal. Nada. Antes de que pudiera volverse notó la presencia del extraño justo a su lado. El pánico lo invadió, aquello tampoco era posible. Sus poros empezaron a chorrear un sudor frío. Observó la puerta: estaba cerrada. En ese momento pensó que se encontraba en los últimos segundos de su vida. Esperaba el golpe fatal por parte del hombre de negro, un golpe que no llegó. En su lugar, el extraño continuó con su verborrea:

—Veo que su televisor tampoco funciona. Es evidente que se trata de un problema general. El insomnio no me deja dormir y, por lo que veo, al verlo despierto tan tarde, usted es también un avis nocturna. Podemos aprovechar ese rincón con las butacas para conversar.

Se acercó a las butacas y observó el cuadro.

—Esta es mi época del año favorita, siempre…

—Déjese de juegos —cortó Glenn—. ¿Qué quiere de mí?

El hombre de negro pareció dudar unos segundos, valorando a su interlocutor.

—Quiero ayudarle, naturalmente. Digamos que me dedico a proporcionar aquello que otros necesitan. Dinero, poder, mujeres. Cualquier cosa.

—¿Y pretende que le crea?

—Claro que sí, amigo mío. Lo único que busco es un trato que nos beneficie a ambos. Usted podría obtener una vida nueva, romper con el pasado. Convertirse en figura mediática si así lo desea. Lo que me pida. Sólo tiene que mirar la pantalla del televisor y ver lo que puedo ofrecerle.

En la pantalla comenzó a reproducirse una grabación en la que se veía a Glenn disfrutando de una vida de lujo y desenfreno. Una vida de excesos que nunca había ocurrido. El mundo era suyo.

—Ese no… no soy yo —balbuceó Glenn. Aquello tenía que ser un sueño.

—Pero podría serlo, amigo mío. Yo puedo hacerlo real.

—¿Qu-Quién coño es usted? —Glenn creía saber la respuesta, pero se negaba a creer en algo así. Necesitaba escucharla de los labios del tipo. Su corazón estaba a punto de estallar. Sintió un espasmo en la espalda, tan intenso que creyó que iba a caer desplomado.

—He recibido muchos nombres a lo largo de la historia, más de los que se pueda imaginar. La pregunta no es quién soy, sino qué soy. Soy su oportunidad de empezar una nueva vida de cero. Su oportunidad de dejarlo todo atrás. ¿Qué pensaría si yo le dijese que puedo proporcionarle alivio con respecto a la situación que lo atormenta?

—Diría que me toma usted por necio. Algo así sería imposible, y nadie da algo a cambio de nada —dijo Glenn sin convicción.

—No lo tomo por necio, amigo mío, ni he dicho que fuera a cambio de nada. ¿Pero y si fuera a cambio de algo que usted no necesita?

—¿Mi alma? —preguntó Glenn con un hilo de voz casi inaudible.

Los ojos del extraño comenzaron a brillar, inundados por la codicia.

—¿Acaso tendría algún problema en entregarme algo en lo que nunca ha creído?

—Ahora mismo ya no sé en lo que creo —respondió Glenn.

—No voy a aburrirle con los detalles, pero en su caso necesitaría incluir su automóvil en el trato.

La voz del hombre de negro parecía ahora muy antigua y procedente de un lugar remoto. El brillo de sus ojos había incrementado su intensidad hasta parecer la del propio sol.
Glenn sintió un escalofrío, el más intenso de su vida, por todo su cuerpo. Tenía que poner fin a aquello, abandonar aquel lugar maldito y alejarse de aquel hombre. Sintió la ira extendiéndose por su cuerpo.

—¡Fuera de aquí! ¡Márchese! ¡Abandone mi habitación! —gritó Glenn fuera de sí.

—No tome una decisión precipitada.

—¡LARGO!

El extraño parecía visiblemente dolido y la temperatura en la habitación bajó varios grados de golpe. Sin embargo, se recompuso a los pocos segundos.

—Lamento que desaproveche esta oportunidad, señor Henley.

—No recuerdo haberle dicho mi nombre.

—No lo hizo, señor Henley. Piense en lo que acabo de decirle. Si cambia de opinión venga a hablar conmigo. Estaré en la habitación de enfrente.

El hombre de negro se acercó a la puerta que se abrió por sí misma y se cerró una vez la hubo atravesado. Glenn decidió marcharse inmediatamente de ese hotel de pesadilla. Cogió sus cosas y atravesó el pasillo corriendo. Podía escuchar las voces de los condenados, llamándole, desde detrás de las puertas. Sin ver a nadie en recepción salió al aparcamiento. El edificio ya no estaba iluminado y parecía mucho más pequeño y deteriorado que cuando entró. Se subió al coche y pisó a fondo el acelerador.
En la oscuridad de la noche no pudo ver la figura de un hombre, vestido completamente de negro, que lo observaba alejarse desde uno de los balcones. El hombre sonreía de oreja a oreja con una sonrisa que parecía decir: «Volverá».

Delfos.

Escrito por @Uzu.
Relato Nº 5

—¿Qué quieres decir con que hubo profecías anómalas?

—Pues eso, doctora Christine —explicó un cansado Daniel tras un movido turno—, tres sujetos dieron el paso a la vez con la misma predicción.

—Bueno, eso ya ocurrió con el huracán Paulette, ¿no?

—No, no. Lo raro es que han dicho: «Aipaloovik nos ha descubierto».

—¿No estarían tomándonos el pelo? —preguntó enarcando una ceja.

—Imposible. Dos fueron en el módulo de eutanasia y uno en el de criminales.

—¿Y de verdad no te pareció lo suficientemente importante como para despertarme?

—Pe-pero, en el procedimiento no había nada. No se me ocurrió…

—Y hasta hace dos años a nadie se le ocurrió que cuando alguien muere cerca de los polos geomagnéticos puede avisar de un desastre natural, ¡pero aquí estamos, encima del puñetero lago Vostok! Brandon, comunícate con la estación del Polo Norte, a ver si les ha pasado algo parecido.

—Están con ventisca. Tiempo estimado de recuperación de las comunicaciones…

—¡Inténtalo! —gritó Christine, provocando que el técnico diera un salto.

Beep. Una luz verde pasó a roja en un panel. La doctora lo observó.

—La de hoy estaba programada para de aquí a una hora. —Activó el comunicador de su escritorio—. Doctor Maksim, ¿qué ha pasado?

—Muerte espontánea, doctora —se oyó la contestación por los altavoces—. Ha dicho que…

Beep. Tres luces verdes pasaron a rojas en el panel y hubo unos largos segundos de silencio.

—¡Justo eso! Acaban de morir dos y han dicho lo mismo: «Se acerca Aipaloovik, daos prisa».

—Mmm… Brandon, ¿algo en nuestra base de datos sobre Aipanosequé?

—Lo buscamos anoche, ningún resultado.

—No sé qué coño está pasando, pero necesitamos más información. A ver, Maksim, necesito que adelantes el paso de un par.

—¡Doctora! —se indignó Daniel—. ¡Es altamente irregular! El protocolo…

—Pon una queja. Vamos a ciegas.

Beep. Nueve luces verdes se volvieron rojas en un panel.

—Joder, Max, dije un par, ¿qué coño haces?

—¡No he sido yo! Han dicho que cerremos las puertas.

—¿Cerrar puertas? —Christine estaba perpleja. Meditó durante unos segundos y activó el micrófono—. Mata al que tengas más cerca.

—Voy.

Beep. Una luz verde se tornó roja en el panel al cabo de unos instantes.

—Hecho. Ha dicho: «Ayudadnos. Cerrad las puertas.».

—Mierda. Joder, mierda. —Apoyó los puños sobre la mesa y bajó la cabeza. Se mantuvo en silencio durante casi un minuto hasta que miró a la sala—. Código blanco. Tú y tú: con Maksim. Vosotros tres: al módulo de eutanasia.

—¡¿Christine, joder, te has vuelto loca?! —Daniel se levantó, muy nervioso y olvidándose de todos los protocolos—. No puedes hacerlo, vas a mandar a la mierda el proyecto. La junta…

—Prestadme atención. ¿Todos habéis entendido lo mismo que yo? ¿Alguien opina lo contrario, o tiene alguna idea mejor? ¿Nadie? Bien. Código blanco. ¡Moveos! Y tú Max, ve empezando.

Beep. Mientras los equipos se desplazaban, varias de las luces verdes cambiaron a rojas en el panel, y no todas en el módulo de Maksim.

—Ya estamos con Max. Aplicando el código blanco.

Beep. Gradualmente, muchas luces verdes se tornaron rojas en el panel.

—Estamos en eutanasia. Código blanco, chicos.

Beep. Más luces verdes fueron desapareciendo, hasta que en el panel sólo había rojo.

—Buen trabajo equipo —comunicó la doctora—. Volved, tenemos muchas grabaciones que analizar. Brandon, avisa a los equipos de limpieza. Daniel, ¿cuándo llegará el próximo lote?

—En cuatro días salen de Nueva Zelanda.

—Bien, me dará tiempo a redactar el informe. Turno de noche, a dormir. Turno de mañana, revisad grabaciones. Ah… Creo que hemos evitado otro tipo de desastre. Si necesitáis algo estaré en mi…

Beep. Una luz roja se volvió verde en el panel.


LA OUIJA.

Escrito por @Melon
Relato Nº 6
Santiago, Marta y Ana habían quedado en casa de esta última para jugar a la ouija. Era Halloween y los padres de Ana esa noche habían ido a un escape room a un castillo abandonado. Tenían la casa para ellos solos.

—Bueno, son las doce… ¿Empezamos? —dijo Marta con una media sonrisa.

Ana sacó la ouija de la mochila y empezaron a leer las instrucciones.

”El tablero ouija tiene como objetivo el contacto (con o sin entrar en un trance mental) de las personas que participan en la sesión con espíritus o «almas en pena», personas y mascotas fallecidas… No recomendado para menores de 18 años… Coloque el tablero sobre una superficie plana y comience el cuestionario sujetando el puntero entre todos los participantes.”

Colocaron el tablero de madera en el centro de la habitación. Había un “SI” y un “NO” en las esquinas superiores, números del 0 al 9 en la parte inferior y el abecedario en el centro.
La habitación estaba en penumbra. Habían creado un poco de ambiente, bajando las persianas y colocando unas cuantas velas, suficientes para ver las letras del tablero y tener sus caras a media luz.
Se sentaron alrededor del tablero con los dedos sobre el puntero y comenzaron a jugar.

—¿Hay algún espíritu en la habitación? —dijo Santiago nervioso.

Se quedaron mirando el puntero, pero no se movió. Marta parecía divertida.

—No creo que esperarais otra cosa, ¿no? Son sólo supersticiones, historias para meterle miedo a la gente.

—Vamos a volver a probar —dijo Ana algo decepcionada—. Había gastado sus ahorros en ese tablero, que había pedido por Amazon especialmente para aquella noche.

—Bueno, venga, no sé…, quizá los espíritus esta noche están algo ocupados…

Pusieron los dedos otra vez en el puntero.

—¿Alguien nos oye? —insistió Santiago.

El puntero se movió ligeramente.

SI.

Santiago se sobresaltó y soltó el puntero.

—Joder, qué fuerte.

Las dos amigas se miraron divertidas.

—Cállate y sigue preguntando. Hay que aprovechar ahora que están por aquí.

—¿Quién eres? —preguntó Santiago volviendo a poner el índice sobre el puntero.

El puntero comenzó a moverse lentamente.

S-O-Y-T-U-M-A-D-R-E-S-A-N-T-I

Santiago miró a las dos chicas que rieron a carcajadas revolcándose por el suelo.

—¡No tiene gracia! ¡No tiene ninguna gracia! Si este era vuestro plan para esta noche yo no hago nada aquí.

Santiago cogió su móvil y lo guardó en la mochila cuando, de repente, el puntero empezó a moverse solo y los tres se quedaron en silencio.

E-S-T-O-Y-E-N-E-L-B-A-Ñ-O

Se empezó a oír una voz cantando que parecía provenir del baño al final del pasillo. Era una voz femenina, aguda y suave, como de una niña pequeña. Una ráfaga de aire apagó las velas de la habitación y quedaron prácticamente a oscuras, a excepción de unas rendijas de luz que se colaban por la persiana. Un escalofrío les recorrió el cuerpo. Se oyó un breve zumbido.

—Te juro que no somos nosotras, Santi —dijo Marta.

Santi volvió a coger el móvil que acababa de guardar en la mochila y encendió la linterna.

—¿Dónde hay un interruptor, Ana?

—Ve hacia adelante y al lado de mi cama hay uno, justo sobre la mesilla.

Ellas se quedaron esperando en el suelo sujetándose las manos temblorosas, también encendieron la linterna del móvil de Ana, el de Marta estaba sin batería para variar.

—No funciona. Parece que han saltado los plomos.

La voz de la niña seguía sonando y cada vez se oía más fuerte y molesta.

—Voy a ver qué es eso —dijo Ana—. Si no voy, no va a parar de sonar.

—¿Vas a ir tú sola?

—Bueno, es mi casa. Quizá mi hermano nos esté gastando una broma —dijo Ana con poca convicción.

Ana salió de la habitación y se dirigió al baño del final del pasillo, con la linterna del móvil encendida.

Pasaron diez minutos y Ana no había vuelto. La voz ya había dejado de cantar hacía rato. Santiago y Marta empezaron a moverse inquietos.

—Mira, Santiago, te íbamos a gastar una broma, pero parece que Ana ha cambiado de idea. Esto ya no tiene gracia. Yo me voy a mi casa.

—Pero… ¿te vas a ir tú sola?

—Bueno, vivo a cinco minutos, no pasa nada. Tú haz lo que quieras, si quieres te puedes quedar. A lo mejor Ana cambia de planes y termináis la noche de otra manera. —Le guiñó un ojo—. Aunque con este ambiente yo ya no sé en qué está pensando… —Puso los ojos en blanco con indignación.

Marta encendió un mechero y salió por la puerta. Santiago oyó la puerta de la calle cerrarse.

No se atrevía a moverse de allí, estaba cagado de miedo. Cogió el móvil y le escribió un whatsapp a Ana.

Ana…

¿Estás bien?, te estoy esperando

Los mensajes salían, pero Ana no los recibía. Miró la última conexión de Ana; a las doce menos cuarto, poco antes de que empezaran a jugar. Hacía ya una hora desde la última conexión.
Al cabo de un rato empezó a oír unas llaves intentando abrir la puerta de la calle. «¡Mierda! Deben de ser los padres de Ana que han vuelto antes de tiempo», pensó Santiago. «¿Qué hago?, se supone que no tengo que estar aquí». Fue gateando a tientas hasta el armario empotrado que se encontraba cerca de la ventana y se metió dentro. Allí se puso de pie y miró entre las rendijas de las lamas de madera del armario. Todo estaba oscuro. Al cabo de unos minutos empezó a notar una presencia dentro del armario y una leve respiración, se puso tenso y se quedó inmóvil esperando que no notara la suya. Unas manos lo agarraron fuertemente del cuello y empezaron a estrangularlo, eran unas manos huesudas de dedos extraordinariamente largos y fuertes. Intentó aflojarlas con sus manos, pero era inútil, dio algunas patadas espasmódicas cada vez más débiles y poco a poco se fue apagando.
:bat: :bat: :bat:
Marta se dirigía su casa. No estaba a cinco minutos, pero no quería que Santiago la acompañara. En realidad el plan era ese; Ana saldría un momento de la habitación y a Marta le surgiría algo y tendría que irse. El momento se había alargado un poco más de la cuenta y no había contado con que se iba a quedar sin batería y no podría fingir una llamada o mensaje. En cualquier caso, ya daba igual, la excusa para largarse había sonado bastante convincente.
No quedaba mucha gente por la calle a pesar de ser Halloween. La zona era tranquila y residencial. Empezó a oír unos pasos tras ella y giró disimuladamente la cabeza, eran unos adolescentes, un poco más jóvenes que ella, volviendo de fiesta, cabizbajos, la noche parecía que no había ido demasiado bien. Al cabo de un rato los adolescentes doblaron una esquina pero le pareció seguir escuchando unos pasos. Se paró a fingir que se ataba los cordones y dejó de escucharlos, tampoco vio a nadie por el rabillo del ojo. Se volvió a poner en marcha y otra vez los pasos, aceleró el ritmo y los pasos aceleraron.
«Me cago en mis muertos». Empezó a correr y a buscar frenéticamente las llaves en el bolso, veía su edificio desde donde estaba y, era rápida, pero tenía que encontrar las putas llaves.
:bat: :bat: :bat:
Ana volvió a la habitación y no encontró sus amigos. «Qué raro, sólo he estado unos minutos en el baño». Poco antes de abrir la puerta del baño la voz dejó de cantar, quizá fuera algún vecino. La verdad es que las paredes de ese bloque de pisos eran poco más anchas que papel de fumar, pero el puntero… se había movido solo.
«Vaya amigos», pensó Ana. Se habían ido y se habían dejado la ouija tirada en medio de la habitación y todas las velas desparramadas. Lo de Marta era lo planeado pero le decepcionaba un poco que Santi no se hubiera quedado después de haberle dicho que sus padres no iban a volver en toda la noche.
«Vaya, el móvil de Santiago en el suelo. Qué raro que no se haya dado cuenta». Era de los que parecía que llevan un USB conectado al culo, siempre en línea. Debían de haberle asustado muchísimo.
Ana empezó a ponerse el pijama. Menudo Halloween de mierda.
Se acostó y se cubrió hasta la cabeza. Llegó un mensaje a su móvil, de Santiago, miró el móvil de Santiago y se quedó perpleja, ¿quizá tenía dos tarjetas?
Ana…

¿Estás bien?, te estoy esperando
«Pobre Santiago, ¡pero si no he tardado nada en el baño!». Miró la hora de recepción, la una menos cuarto. «¿Dónde se supone que me está esperando?»
Volvió a sonar un mensaje, esta vez de un número desconocido.
Estoy debajo de la cama…
«¿Qué cojones?» Se tapó como si el edredón fuera de acero y se encogió todo lo que pudo. «No pienso mirar una mierda».
:bat: :bat: :bat:
A la mañana siguiente los padres de Ana volvieron antes de lo previsto. Habían oído por televisión que una chica de la edad de su hija había sido atacada en su portal mientras intentaba abrir la puerta. Antes de volver habían llamado a Ana pero no contestaba a su móvil.
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Un mal despertar.

Escrito por @Tenma
Relato Nº 7
Alan despertó en el suelo, desorientado y con un dolor de cabeza enorme. Era como tener la peor resaca de la historia, pero no recordaba haber bebido ni una gota de alcohol. Tras un esfuerzo titánico, consiguió hacerse paso a través de su memoria abotargada: le habían contratado hacía unos días —en ese momento, le parecía imposible decir cuántos habían pasado— para encargarse de la seguridad en las instalaciones secretas que una multinacional tenía en la Antártida, tanto para asegurarse de que se cumplieran los contratos de confidencialidad como para hacerse cargo, con su equipo, de cualquier complicación que pudiera surgir. Desconocía la naturaleza de los experimentos, pero sabía que tenían que ver con el descubrimiento de larvas, o huevos, o algo de eso, bajo el hielo más profundo y antiguo. Lo de ir la Antártida le había parecido una idea romántica y aventurera, probablemente por culpa de la crisis de los cincuenta, pero resultó ser un aburrimiento en medio de la nada, azotado por ventiscas que rara vez dejaban ver el monótono paisaje. A menudo tenía días en que se arrepentía de haber firmado el contrato, y éste parecía ser uno de esos.
Se incorporó trabajosamente y escudriñó la oscuridad a su alrededor: parecía que estaba en el almacén de víveres junto al comedor, y la puerta estaba cerrada. No tenía ni la más remota idea de cómo y por qué había llegado allí. Los indicios indicaban que él mismo había atrancado la puerta desde dentro con una tubería, pero su memoria a corto plazo seguía negándose a cooperar. Tras retirar el objeto, le bastó un empujón para poder salir.
Los cadáveres de sus compañeros estaban en el suelo, y parte de ellos también estaba en las paredes o goteando del techo. Les habían disparado… No, se habían disparado unos a otros —recordó— después de que esas cosas salieran reptando por la rejilla de ventilación. Cientos de miriápodos, algunos con alas, otros con largas pinzas, sorprendieron a sus compañeros y se les introdujeron por todos los orificios, haciendo que perdieran la cordura y gritaran de desesperación.
«Por eso me encerré —se dijo tras recuperarse del shock inicial, en lo que pareció una eternidad—. Esos bichos… Los huevos encontrados… Los experimentos… No puede ser… ¡No se atreverían! ¿Nos han usado de cobayas en una última prueba? ¡Es una locura! Pero ¿por qué tanto secretismo si no? Esto siempre me ha olido a armas biológicas…»
Tenía que avisar al resto de su equipo. Y necesitaba respuestas, y si aquellos seres que invadían tu cuerpo hacían lo que creía que hacían, también necesitaba armas. Rebuscó entre los restos de sus compañeros y encontró una escopeta y una pistola con medio cargador. Sintiéndose más seguro, se dirigió al pasillo con intención de poner fin a lo que fuera que estuviera ocurriendo. El túnel comunicaba los habitáculos, evitando el exterior en los días más fríos, y, nada más poner un pie en él, localizó a uno de los científicos al final del pasadizo. En ese momento estaba de cara a la pared, murmurando por lo bajo mientras se mecía lentamente.

—¡El de ahí! ¿Qué cojones está ocurriendo? —gritó Alan desde la otra punta.

El científico se giró como un resorte en cuanto escuchó la voz. No dijo nada, sólo empezó a caminar hacia Alan, cada vez más rápido.

—Deténgase. No me obligue a usar la fuerza. ¿No me oye? ¡Le voy a reventar como no se detenga en el acto! Joder…

Había algo en la mirada de aquel tipo que le inquietaba, así que no dudó en dispararle en una pierna cuando estuvo a menos de tres metros de él. Casi falló, pero suficientes perdigones dieron en el blanco y el científico tuvo que hincar una rodilla tras perder el equilibrio. Alan se acercó sin dejar de apuntarle, o al menos intentarlo, porque le costaba mantener el pulso firme.

—No te muevas.

Entonces sus ojos repararon en el filo de un bisturí. Alan le disparó en la cara justo en el momento en el que el científico hizo el ademán de apuñalarlo. Murió en el acto.

—¡Joder, joder, joder!

Siguió avanzando por el pasillo hasta llegar a la sala de administración, que hacía las veces de recepción. La mitad de las luces funcionaban a un cuarto de su potencia, parpadeaban o se negaban a encenderse, por mucho que Alan apretara todos los interruptores. A dos pasos de donde estaba, el cadáver de un científico empezó a convulsionar y cientos de bichos, de incontables patas, empezaron a surgir por los ojos, la boca, orejas… algunos incluso atravesaron su cerúlea piel. Alan se asustó y disparó mientras retrocedía de espaldas hasta quedarse sin cartuchos.

—¡Su putísima madre! —masculló, con el corazón desbocado. Estaba convencido de haber destruido a la mayoría de los pequeños inquilinos del cadáver, pero no pensaba acercarse para comprobarlo.

Apenas había conseguido dejar de hiperventilar cuando apareció otro científico, que se lanzó al ataque tras saltar el mostrador de la recepción. Alan le dio el alto y, al no obtener ningún tipo de respuesta, directamente le lanzó la escopeta a la cabeza, a fin de frenar su avance y tener tiempo de desenfundar la pistola. Falló tres veces y, cuando ya estaba a menos de un metro de él, le acertó en el entrecejo con un tiro fortuito. Achacó su falta de puntería a la tensión del momento, pero lo cierto es que le estaba costando mucho centrarse.
Alan se acercó el cuerpo muy poco a poco, con los nervios a flor de piel. Si el atacante tenía algún arma, no logró verla por ninguna parte.

«¿Qué coño pretendía? Es como si quisiera que le cosiera a tiros…»

Casi como si lo hubiera pedido, apareció otro científico en la otra punta de la sala, esta vez empuñando un abrecartas. En esta ocasión Alan ni se planteó la opción del diálogo. Apuntó, tomándose su tiempo, cuando el objetivo aún estaba a bastante distancia, pero cada vez le temblaba más el pulso y erró la mayor parte de los disparos. Finalmente le acertó en el estómago, pero ni soltó el abrecartas ni detuvo su avance. La pistola se negó a disparar más por mucho que apretara el gatillo y Alan tuvo que improvisar: primero le tiró la pistola, a la desesperada; después localizó la escopeta y la utilizó de garrote. El científico casi pareció poner la cara para que le derribaran de un golpe y Alan continuó golpeándole con saña en la cabeza hasta que el rostro quedó irreconocible.
Con la mente ida y sin soltar la escopeta, ahora ensangrentada y adornada con trozos de carne y hueso, siguió avanzando hasta llegar a la sala de reuniones principal, donde encontró la ya habitual estampa de cadáveres; incluía tanto de científicos como del personal de seguridad. Tras observar los cuerpos detenidamente, apreció que todos tenían heridas mortales pero ninguna era defensiva. Entonces un ruido le sorprendió a su espalda: una superviviente.

—Los has matado… —dijo temerosa una joven con bata blanca—. ¡No me hagas daño, por favor!

—¿Qué? ¡No! ¡Ha sido en defensa propia! Creo que todo es cosa de esos bichos… Me desmayé y no recuerdo qué ha pasado en las últimas horas. ¿Qué sabes tú?

—Lo único que sé es que no hay nadie más vivo y que hablas como un loco.

—No estoy loco.

—Pero tienes síntomas de deshidratación. Eso afecta a la mente y las alucinaciones…

—Sé lo que he visto. Esos bichos se te meten dentro y te vuelven violento. —Hizo una pausa para centrarse. Si ella era la única superviviente, su deber como encargado de la seguridad era protegerla—. Lo importante ahora es ponerte a salvo.

Lentamente, como un ruido blanco imperceptible, el sonido de miles de pequeñas patas fue tomando forma. Cuando Alan se dio cuenta, una alfombra de incontables seres estaba entrando por la puerta.

—¡Están aquí! ¡Corre a la otra puerta!

La joven obedeció. Ambos se dirigieron al pasillo que daba a la zona de carga y descarga, donde también estaban los vehículos y todo lo necesario para salir al exterior, abrigados y protegidos de las condiciones climáticas de la Antártida. Alan no se relajó hasta que estuvieron montados en un vehículo con tracción de oruga, adentrándose en el páramo helado bajo el sol de medianoche.

—Tenemos que ir a la base más cercana… —dijo Alan de repente, como si se hubiera quedado traspuesto al volante. Fue a comprobar el GPS, pero ella atrajo su atención cogiéndole de la mano.

—No creo que sea necesario —dijo con tono dulce.

—Estás en estado de shock… Claro que lo es. Necesitamos ayuda, voy a llamar…

Fue a coger la radio y ella le distrajo de nuevo, esta vez acariciándole suavemente la mejilla. Al girar la cara hacia ella se percató que el sol estaba ya en la otra punta. Había perdido la noción del tiempo.

—Tienes uno de esos bichos en la cabeza. Por eso estás evitando comprobar si arreglaron el GPS y la radio, o que queda poco combustible —explicó la joven.

—Que yo estoy evitando…

Entonces cayó en la cuenta. No había ninguna chica tan joven en la expedición. Y los demás no se habían disparado unos a otros…

—Todos se han suicidado —dijo ella—. La mayoría al no soportar la visión de horrores primarios, y otros han necesitado ayuda; tu ayuda. Algunos resultaron un desafío, pero Galikiath, la diosa primigenia, es sabia. Sabe empujar a los humanos a la autodestrucción. Esos parásitos que encontraron bajo el hielo son una extensión de su ser. ¿No lo entiendes? Tú también te estás suicidando.

El vehículo se detuvo para no volver a arrancar nunca más. Aislado en medio de la nada, rodeado de horizonte blanco, Alan volvió la cabeza hacia ella, pero en un parpadeo la chica ya no estaba ahí. Nunca lo había estado.

NOCHES DE DUENDES.

Escrito por @momone
Relato Nº 8
Las visperas de Halloween en el Daily Bugle muchas veces distan de ser normales… y la de este año no parece una excepción: en los despachos de Peter, Ben Urich, y de Jonah, ha aparecido una calabaza con un sobre negro y una nota escrita que decía lo siguiente:

¡Hola!

Te espero a las 20:00 en la azotea del periódico para hacer un truco o trato bastante especial, con la presencia de tus familiares y seres mas queridos en una reunión que puede ser para partirse de risa… ¡O no!

O.

En el caso de Peter, su nota ponía una Post Data:

PD: Lleva tu mejor traje, vas a necesitarlo.

Tanto Ben, como Peter y el propio Jonah comenzaron a llamar a familiares y seres queridos por teléfono, encontrando todos ellos el silencio como respuesta o grabaciones robóticas que dicen que el teléfono al cual llaman no se encuentra disponible. Discusiones, decisiones… y un abandono, el de Peter, el cual dice que él no acudirá a la “cita” pero que un… “amigo”, irá por él. Con el fin de no alarmar al personal al respecto por las “invitaciones”, decidieron comentar que era “una fiesta privada”.
Pasan las horas y Peter cumple su palabra de irse del edificio y no subir a la azotea, quedando solamente Ben y Jonah, que a diez minutos de la hora fijada en la nota deciden subir juntos en un ascensor que les llevaría a la azotea, pero antes de que se cerrasen las puertas del mismo, una figura enmascarada y vestida con leotardos rojos y azules se cuela en el mismo para enfado de Jonah. Finalmente el ascensor les sube hasta la azotea, pudiendo ver un espectáculo terrorífico: las esposas de Peter, Jonah y Ben, así como la tía de Peter, amordazadas y atadas al luminoso con la forma del nombre del periódico, y bajo sus pies, calabazas de Halloween con un diseño demasiado siniestro para ser hecho manualmente. Frente a ellos, había un hombre alto, trajeado, de pantalón y chaqueta color verdoso y corbata violeta, luciendo un peinado muy particular y por qué no decirlo, pasado de moda.

—Bienvenidos, caballeros.

Para Ben y Jonah, oír esa voz trae recuerdos de una persona a la que creyeron muerta, atravesada por un planeador en forma de murciélago en una pelea a muerte contra la figura enmascarada de leotardos rojo y azul, con una enorme araña roja en su espalda y una pequeña araña negra en su pecho. Esa voz era la de Norman Osborn, el fallecido Duende Verde… o eso creían hasta ahora.

—Por todos los demonios… ¡Estabas muerto, maldita sea!

Norman sonríe mientras comienza a quitarse el traje, comenzando con la corbata verde.

—Jonah, Jonah… siempre con ese sentido del humor tan previsible… oh, veo que finalmente me hiciste caso, muchacho.

Las palabras de Osborn provocan una airada respuesta por parte del Hombre Araña:

—Libéralas. Deja a Jonah, a Ben… y a ellas en paz. Esto siempre ha sido entre tú y yo.

Norman ya se había quitado su camisa blanca y su chaqueta violeta, revelando un segundo traje o uniforme, más ceñido a la piel, marcándose sus musculos.

—Antes era así, pero dime, ¿no crees que ellas deberían saber la verdad? O ya puestos… ¿Ben? ¿Jonah?

El Hombre Araña sabe a lo que Norman se refiere: su identidad secreta.

—Ellos saben que tú eres el Duende Verde, un criminal… y un asesino.

Osborn ya no llevaba puestos sus pantalones violetas, luciendo casi por completo su traje del Duende Verde. Sus ojos verdes permanecían clavados en el Hombre Araña.

—Bueno, eso son infundios y calumnias que el bueno de Ben publicó en su libro, aunque claro, buena parte de la culpa es de Jonah por permitírselo. Sin embargo, el mayor fraude aquí eres tú. “Truco o trato”.

—¿”Truco o trato”?

—Es lo justo en estas fechas: quítate la máscara y las personas que más quieres… vivirán. No lo hagas… y morirán. En el caso de Jonah y Ben, liberaré a sus mujeres si a cambio se arrodillan y se retractan de lo publicado sobre mí.

Ante tamaña oferta, los ojos de Ben, Jonah y las mujeres se clavan en el Hombre Araña, al que finalmente no le queda otro remedio que quitarse la máscara, revelando que bajo esa mascara arácnida se encontraba el rostro de Peter. Caras de sorpresa y de tristeza se forman al verse el rosto hasta hora oculto del superhombre arácnido al que Jonah criticaba y publicaba las fotos que Peter, en principio, le sacaba.

—Libéralas, a todas.

—Yo soy el que decido a quién libero, muchacho.

Apretando un botón oculto en el cuello de su traje, un deslizador que estaba parado en una parte de la azotea se pone en marcha y se eleva en dirección a Osborn, llevando consigo una bolsa marrón que él coge antes de que el deslizador dé una vuelta alrededor de la azotea. Norman saca una máscara y unos guantes de esa bolsa, ajustándose primero los guantes y luego la máscara… para después sujetar sobre un hombro, el derecho, su bolsa de armas.

—Jonah, Ben… marchaos. Esto se va a poner feo.

—Parker, cuando esto termine, tú y yo…

—Ahora no, Jonah, ahora no.

El deslizador termina de dar la vuelta completa, volviendo hacia donde estaba Norman, vestido ya como Duende Verde.

—Hoy es noche de brujas… ¡Y de duendes!

Osborn salta y se coloca sobre el deslizador, disparando rayos con sus dedos de su mano derecha a las esposas de Jonah y de Ben Urich, siendo protegidas por un escudo de telaraña.

—Eres un cobarde, Osborn. ¡Déjalas a ellas, enfréntate a mí, vamos!

Ante la actitud retadora de Peter, el Duende Verde mete la mano derecha en su bolsa de armas y dice:

—¡Toma, tus golosinas!

Una gran cantidad de navajas con forma de murciélago vuelan hacia Peter, oyendo la risa de Norman amplificada por la máscara que lleva, causándole no poco dolor y fallando en esquivar varias de esas navajas, rajándole parte del costado, los brazos y las piernas, provocando que caiga de rodillas por el dolor. No contento con eso, el Duende Verde decide ir a por él en el deslizador, buscando embestirle como, años ha, él fue embestido, pero para su sorpresa, Peter lanza un puñetazo tremendo al deslizador, haciendo que salgan chispas y humo de su propulsor, cayendo al suelo y de paso, hacer caer a Norman.

—¡Malditos seáis, Parker, tú y tu asquerosa familia!

Norman se pone en pie y patea fuertemente a Peter en la cabeza, mandándolo cerca de la calabaza que hay a los pies de Doris, la mujer de Ben Urich.

—Caerás, Peter, esta noche será tu tumba.

Medio desorientado, Peter se deja llevar por su sentido arácnido y esquiva los dedorrayos que Osborn lanza, impactando uno de ellos en la calabaza. La sangre en el rostro de Peter es visible y evidente, enfureciéndolo hasta el punto de lanzar telaraña a las manos de Osborn, bloqueando así la posibilidad de lanzar más rayos de los dedos de sus guantes.

—No más rayos, Norman, no más trucos.

Peter salta hacia Norman para después golpearle el rostro a puñetazo limpio, usando toda su fuerza arácnida, logrando que Osborn sangre por la nariz a través de la máscara.

—Al menos tienes fuerza en esos puños enanos.

El Duende Verde trata de conectar varios puñetazos al rostro de Peter, pero éste se zafa no sin dificultad de sus golpes, volviendo a conectar derechazos y ganchos a la máscara que Norman lleva puesta, logrando romper el cristal del ojo izquierdo de la misma.

—Para volver de entre los muertos, peleas fatal, Norman.

—Yo al menos he vuelto, Peter. Gwen no merecía volver de entre los muertos.

Gwen: un nombre que para Peter es sagrado. El nombre de la hija de un policía, el nombre de un amor verdadero… que Norman asesinó.

—¡No vuelvas a decir su nombre! ¡Nunca más!

Cegado por la rabia y la ira ante el recuerdo de Gwen asesinada por Norman, Peter lanza puñetazos sin ton ni son al Duende Verde, quien logra conectar un fuerte puñetazo en su cara, tumbándolo al suelo.

—Era una furcia, ¿Sabes? Salía contigo pero luego… se acostaba conmigo. Ella sí que sabía hacerme feliz.

Peter se levanta medio conmocionado por el puñetazo recibido, sangrando por una ceja y la nariz.

—¡Mientes!

El Duende verde vuelve a meter su mano derecha en la bolsa de armas, lanzando varias bombas con forma de calabaza, provocando que Peter dispare instintivamente escudos de telaraña por sus lanzarredes, protegiéndose de las explosiones.

—Ya te gustaría que mintiese, muchacho, pero esa furcia no era mujer de un solo hombre.

Varios chorros de telaraña envuelven en una especie de capullo al Duende Verde, tumbándolo en el suelo. Un Peter Parker medio tambaleante se acerca al lugar donde Norman ha caído y comienza a atizarle puñetazos en la máscara:

—¡NO…

—… VUELVAS…

—… A …

—… HABLAR…

—… DE…

—…GWEN…

—… NUNCA…

—… MÁS!

El puño derecho de Peter tiene sangre en los nudillos debido al destrozo de su guante al golpear violentamente la máscara del Duende Verde, la cual está destrozada por los golpes de Peter, que finalmente le retira la máscara: Una cara magullada, nariz sangrante y ojos morados.

—Mátame, Peter. Vamos, mátame.

—No soy como tú, Norman, no soy un asesino.

—Sabes que tarde o temprano deberá pasar: tú, yo… hasta que al final solo uno de los dos quede en pie.

Peter ignora a Norman, ya que camina tambaleándose hacia Mary Jane y la mujer de Ben, quitándolas las mordazas y desatándolas, tirando con fuerza las ataduras con las cuales estaban sujetas no solo ellas dos, sino las demás mujeres: la esposa de Jonah… y May, su tía. Con delicadeza, Peter les quita las mordazas y de repente, Osborn comienza a reír en el suelo.

—¡Sálvalas, sé el héroe, pero aún no hemos terminado!

Usando su fuerza, Norman rompe el capullo de telaraña en el cual estaba envuelto y al verse libre, se quita los guantes cubiertos de telaraña y con la mano derecha, toca el destrozado deslizador en una junta, activando un mecanismo de emergencia por si ocurría algo como lo ocurrido anteriormente. El deslizador vuelve a funcionar, si bien no a pleno rendimiento, flotando cerca de Osborn.
Siguiendo a Mary Jane, las mujeres corren al ascensor de la azotea con el fin de llegar hacia donde están Jonah y Ben, testigos también de tan terrible y cruento enfrentamiento entre Peter Parker, el asombroso Hombre Araña, contra Norman Osborn, más conocido como el Duende Verde.

—¡Están condenadas, al igual que tú!

El deslizador se lanza a toda velocidad hacia la pobre May, la cual es la última que queda por llegar al ascensor, pero dos largos disparos de telaraña y algo de fuerza arácnida hacen que el deslizador no solo se frene, sino que haga una parábola en el aire que hace que el deslizador decapite a Osborn con una de sus alas, cayendo su cabeza cerca de sus pies… y después, su cuerpo. Peter tira de la telaraña para que el deslizador se acerque para destrozarlo de nuevo con un puñetazo certero, esta vez con su mano izquierda. El engendro mecánico emite un chisporroteo hasta que se apaga en el suelo, con signos evidentes de que no volverá a funcionar. Tambaleante, Peter se acerca al cadáver de Norman Osborn y dice:

—Hasta nunca, Duende Verde. Tu legado ha acabado contigo.

Dolorido, con heridas por todo el cuerpo y a punto de desmayarse por todo el esfuerzo hecho, Peter se dirige hacia el ascensor donde están esperándole todos aquellos a los que ha salvado.

“Tío Ben, he hecho lo que me enseñaste: todo gran poder conlleva gran responsabilidad”


Ciudad de monstruos.

Escrito por @Tarquin
Relato Nº 9
El… el monstruo ha muerto. Está bajo las escaleras, en una postura extraña. El suelo a su alrededor se tiñe de rojo.
Llaman a la puerta. Mamá ha vuelto. Mamá se va a enfadar. Tengo que esconderlo todo.
*
Veo al niño sentado en un banco, balanceando los pies mientras imagina formas en las nubes. Me acerco a él, le doy un empujón y lo tiro al suelo.

—No ha muerto. Hice todo lo que me dijiste y no ha muerto.

El niño se levanta y me mira, veo sus iris de color blanco.

—Cuéntame todo lo que has hecho.

—Primero pasó como en tu visión. Estábamos en su casa y él tenía un trapo, me ahogaba con él. Esperé a que se cansara y se metiera en el baño.

El niño nuevo se ha acercado y está escuchando lo que digo. Es nuevo y aún no ha descubierto a su monstruo.

—Cuando cerró la puerta fui a la cocina, llené un vaso de agua y lo eché en el tercer escalón. Subí las escaleras y puse una canica en el penúltimo y un coche en el piso de arriba, cerca del borde, sobre una quemadura en el suelo.

El niño de los ojos blancos me interrumpe y habla.

—Entonces te escondiste, él salió del baño, pisó el coche, cayó por las escaleras y murió. Así fue como lo vi en mi visión.

Yo niego con la cabeza. No fue así. No fue así y él va a vengarse.

—No murió. Mi madre llegó y lo llevó al hospital. Está vivo y sabe que he sido yo y va a hacerme mucho daño.

El niño de ojos blancos no dice nada, no sabe qué decir. A veces puede ver el futuro y nunca antes había fallado. Yo me voy y le dejo hablando con el niño nuevo. Quiero pegarle por haberse equivocado, pero eso no me va a ayudar cuando el monstruo decida vengarse.
*
Mamá me lleva a rastras por un pasillo blanco. Mientras andamos veo a un hombre viejo, y él me devuelve la mirada y me sigue con los ojos. Me llega el olor del hombre viejo, un olor raro. Todo el hospital huele raro.
Mamá entra en la habitación y yo la sigo, apretando fuerte su mano. Tengo miedo de entrar, pero no quiero que mamá se enfade. Me asusta mucho cuando está enfadada. Mamá cierra la puerta y me suelta la mano.
La habitación es pequeña, blanca también, con dos camas apretujadas con una cortina en medio. Una señora está dormida en una cama, en la otra está él. Está tumbado, conectado a muchos aparatos y con un enorme tubo saliendo de su boca. Las máquinas a su alrededor pitan y bombean y pitan y bombean.
Mamá mira a la señora dormida y me habla.

—Quédate aquí un momento. Voy a hacer una llamada.

Y sale de la habitación, dejándome sola con el monstruo y la mujer dormida.
Él me mira con sus ojos cerrados. Las máquinas pitan. El tubo de su boca parece la trompa de un mosquito y él parece un insecto gigantesco en la luz pálida del hospital.
El monstruo habla y tengo miedo.

—Ven aquí, niña fea. Voy a cortarte los pies y vas a tener que ir arrastrándote.

Doy un paso atrás y pego la espalda a la pared. El monstruo me asusta, el monstruo va a hacerme daño, el monstruo sigue hablando.

—No te vayas, niña tonta. Ven aquí. Voy a sacarte esos ojos tan feos que tienes.

Mamá entra en la habitación y él se calla pero me sigue mirando, yo lo sé. La señora de la otra cama se ha despertado y también me está mirando. Mamá me grita, pero ya no puedo dejar de llorar.
*
La señorita me dice que cuánto lo siente, que puedo hablar con ella y que no haga los deberes si no tengo ganas. Yo no digo nada, porque lo que quiero hacer es ir al patio. Espero a que termine de hablar y salgo corriendo.
Están todos juntos, rodeando al niño nuevo. Está hablando. Parece que ya ha encontrado a su monstruo.

—Y… y mi padre no me cree. Se lo dije y me castigó y me dijo que no estaba bien que me inventara esas cosas de los mayores. Pero es verdad…

El niño nuevo se echa a llorar. Le pregunto a una niña y me dice que el monstruo del niño nuevo es su vecino. El niño de los ojos blancos se acerca a él y le habla de los monstruos que están escondidos entre los adultos del pueblo.

—Ese es su poder. Ningún mayor puede verlo. No nos creen, no ven las marcas y no se dan cuenta de que los monstruos existen. Solo los niños podemos verlos.

El niño nuevo llora más fuerte. Está tan destrozado como lo estuvimos todos cuando nos encontramos por primera vez con nuestro monstruo.

—¿Pero por qué? ¿Por qué son malos? Donde yo vivía antes todos los mayores eran buenos…

El niño de los ojos blancos no le responde, no le gusta decir que no sabe algo. Le respondo al niño nuevo.

—No lo sabemos. Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio monstruo, alguien cercano en quien todos los demás mayores confían. Son malos y vivimos con miedo y no podemos hacer nada.

El niño nuevo llora aún más fuerte y yo empiezo a notar en la garganta las ganas de llorar. Hace la pregunta lo que todos hemos preguntado en su lugar.

—¿No podemos hacer nada?

El niño de ojos blancos le responde mientras me mira.

—Nadie ha conseguido librarse de su monstruo. Solo podemos esperar a crecer, esperar a que ellos nos dejen y nosotros nos convirtamos en mayores y se nos olvide.

El timbre suena y volvemos a clase tan tristes como siempre.
*
Las manos de la abuela están más arrugadas que nunca. Hoy no se ha pintado las uñas. Me gustan más cuando están pintadas, porque si les paso la uña por encima puedo hacer líneas blancas y escribir mi nombre.
Me llega un olor raro. La abuela me habla.

—¿Te estás aburriendo, cielo?

Digo que no con la cabeza. Por el rabillo del ojo veo al hombre viejo del olor raro a su lado. Le dice algo a mi abuela, pero no lo entiendo. Su boca no tiene dientes y no habla bien. Mi abuela le contesta.

—El hermano de mi yerno está en esa habitación. Se cayó por las escaleras y se dio en la cabeza. Imagínese, toda la vida viviendo en la misma casa, y de golpe un resbalón y…

La abuela me quita la mano de mis rodillas y me la pasa por los hombros.

—Ella le quería mucho, ¿sabe? Pasaba las tardes en su casa, cuando mi hija estaba trabajando. Estaba con él cuando ocurrió el accidente.

La puerta de su habitación se abre y salen los mayores. Mamá se separa de ellos y viene con nosotras. Dice que tiene que ir al trabajo. Dice que esta tarde me quedo con la abuela y que me porte bien y que no haga ruido que estamos en un hospital. Digo que vale, que me portaré bien. Mamá se va y la abuela se levanta y entra en la habitación del monstruo. Voy con ella.
*
La señora de antes creo que ha muerto, ya no está en la habitación. Ahora la abuela duerme en la cama y yo tengo miedo porque el monstruo me está gritando pero la abuela es buena y no quiero despertarla.
Las máquinas pitan y bombean. El monstruo me mira con sus ojos cerrados.

—Dime, niña fea, ¿no le habrás hablado a la abuela de mí? Como lo hayas hecho te arrancaré la lengua de un mordisco.

El monstruo ríe. Su trompa de mosquito se mueve arriba y abajo, con el bombear de las máquinas. Me siento en el suelo y me escondo tras mis manos porque el monstruo me va a hacer daño y no quiero que lo haga y tengo miedo.
Él sigue hablando.

—Ven aquí, que te voy a hacer cosquillas. ¿No te gustan las cosquillas?

No, no, no. Me agarro fuerte la camiseta con la esperanza de que esta vez no me la quite. Intento no llorar, porque si lo hago me hará más daño y podría despertar a la abuela. Cierro los ojos y le oigo reír y pitar y bombear y reír…
Y no duele.

—¿Qué es lo que te pasa, niña tonta? ¿Quieres que te arranque los huesos y te desplomes sobre el suelo?

Me levanto y doy un paso más cerca de la cama. No duele. Él está aquí, está a mi lado, pero no me duele. Doy un paso más, y ahora puedo alargar la mano y tocarle… pero no lo hago.

—Niña…

El monstruo ya no grita. El ruido de las máquinas no me deja oírle. La abuela duerme. Ya no tengo miedo.
*
El niño nuevo llega corriendo donde nosotros estamos y asiente muchas veces, haciendo que el flequillo se mueva hacia adelante y atrás. Nos cuenta que la visión se cumplió y su monstruo está muerto.

—Cuando estaba en el entierro le oí. No me molestó, porque solo eran gritos, pero me alegré mucho cuando echaron la tierra encima. Cuando lo estaban enterrando dijo: «Niños, os arrepentiréis. Nosotros dominamos este pueblo».

El niño nuevo coge aire antes de seguir.

—Pero no es verdad. Los monstruos no controlan el pueblo, solo a los mayores. Nosotros sabemos que hay monstruos escondidos entre los adultos. A nosotros no pueden engañarnos.

Por eso nos torturan. Nos asustan y nos hacen daño porque no les gusta que los niños podamos ver cómo son. Pero gracias a las visiones ahora podemos luchar. Miro a los demás y creo que todos están pensando lo mismo. El niño de los ojos blancos habla.

—Tenemos que acabar con ellos.

Todos asentimos.
*
Mamá friega una vez más el suelo que está justo debajo de las escaleras. Está agachada y frota con todas sus fuerzas, pero el suelo sigue estando rojo.
Estoy en un sofá, frente a la tele encendida, pero no le estoy prestando ninguna atención. Al lado del sofá hay una mesita de cristal y en la mesita hay un enorme mechero. Es su mechero, grande y rojo, que tantas veces he visto en sus manos. Lo cojo.

—¿Te dejaste algo la última vez? Si se te olvida algo no voy a volver a recogerlo.

—No, mamá.

Tengo que usar las dos manos, porque está duro, pero consigo que el mechero me dé una llama. Lo guardo en el bolsillo del vestido. Tengo que tener cuidado de que mamá no lo vea, o se enfadará. Hoy vamos a ir otra vez al hospital y espero que el monstruo pueda sentir dolor a través del cuerpo del hombre en coma.

EL LIBRO.

Escrito por @Napias
Relato Nº 10
Initium sapientiae timor Domini
(El inicio de la sabiduría es el temor a Dios)
Curioso es el mundo de la literatura, noble arte poblado de historias, recuerdos y leyendas que la humanidad ha querido guardar para la posteridad. Todos hemos leído libros, mas hay otros, si es que pueden como tales, que encierran antiguos saberes ya olvidados donde lo onírico y lo real convergen creando mundos de espanto y terror.
Relataré los hechos tal y como sucedieron, de forma lo más fiel que me sea posible, para que puedan ustedes valorar, si es que acaso creen cuánto hay de verdad en estas páginas, el ominoso suceso que cambió mi destino.
Quisiera, no obstante, comenzar mi relato diciendo que siempre, desde niño, me ha fascinado el mundo de las letras. Nunca me ha gustado tener relaciones sociales, pero no por ello me considero una persona solitaria y sin amigos. Mis camaradas han sido siempre los libros, en especial los tomos más antiguos y desconocidos que encontraba. Me gustaba pensar que había en ellos alguna semejanza a mí, tomos olvidados, marginados, pero no obstante con una gran sed de transmitir conocimientos. Mi padre, conocedor del entusiasmo que procesaba hacia este tipo de manuscritos, no cesaba en acrecentar mis fantasías, regalándome nuevos volúmenes que añadir a mi colección.
En cierta ocasión tuve la fortuna de conocer, gracias a un pariente, la existencia de un hombre, que, se decía, albergaba una compleja colección de obras de arcaicos conocimientos, muy del agrado mío. Este viejo erudito vivía en las afueras, en lo que resultó ser un caserón de varios siglos de antigüedad que se erguía impertérrito al paso del tiempo. Sin ninguna otra casa colindante, este caserón tenía un yermo jardín donde solo espinos y zarzas crecían y dibujaban vagamente un sendero que conducía a su puerta. El olor a antiguo se introducía en uno como si no quisiera escapar nunca jamás. La mansión, de cuatro pisos de altura, escasas ventanas y erosionadas paredes, parecía advertir de los peligrosos secretos que en ella se albergaban. En la puerta, un horrendo picaporte con apariencia de ser sobrenatural aguardaba a mi llamada.
Aún con la horrible sensación que dicho artilugio me producía, golpeé en la puerta y de ella salió al cabo de un tiempo un decrépito anciano. Me miró con sus diminutos ojos negros al tiempo que se mesaba su barba blanca y sentí como los clavaba en mí y me exploraba aguardando a una explicación de por qué osaba alterar su rutina. Le conté en parcas palabras qué hacía allí y me permitió cruzar la puerta de su mansión. Dentro, la oscuridad se lo comía todo. Sin decir absolutamente nada, el anciano hizo un ademán de que le siguiera y conduciéndome escaleras arriba me llevó a una inmensa librería que cubría la última planta. Innumerables filas de libros contemplé frente a mí en aquella ocasión, libros probablemente perdidos hacía tiempo, otros quizá nunca publicados y muchos perseguidos por lo que contenían. Habló ahora sí el anciano, con una voz ajada, preguntándome qué era lo que deseaba. Yo le dije que quería adquirir algunas de sus reliquias. Asintió y me concedió algo de tiempo para ojear los ejemplares, desapareciendo con una reverencia.
El estudio de volúmenes se prolongó varias horas. Muchos estaban en otros idiomas: egipcio, griego, latín, francés, lenguas con los que estaba familiarizado en cierto grado. Explorando, como decía, la librería, encontré en un estante un libro diferente al resto. El mero contacto con el lomo me hizo comprender que estaba ante una extraña obra, pues nunca ser humano ha contemplado otro libro como el que en ese momento sujetaba. Si bien no tenía un tamaño fuera de lo normal, era su tacto y la portada lo que lo hacía extraño. Era evidente que no estaba hecho de ningún material común; el cuero me resultaba desconocido, pero más insólita era la portada. En ella aparecía un desierto donde se ponían dos soles. En una de las múltiples dunas de aquella vasta extensión de arena caminaban dos individuos al parecer en dirección a una construcción que se asemejaba a las antiguas pirámides mayas. No había título alguno, ni firma que relevara su autoría.
Lo abrí, ansioso por observar qué podía ofrecerme aquel ejemplar, mas cuando mi vista se posó en las páginas, solo vi garabatos sin sentido, amorfas formas de escritura que no correspondían con ninguna antes concebida por el hombre. Pasé páginas en busca de algún fragmento que pudiera reconocer, pero solo encontré aquella grafía demoníaca. Las últimas ni siquiera estaban escritas.
Oí entonces un crujido a mi espalda. Era aquel misterioso anciano de blanquecina barba y lúgubres ojos, ahora ataviado con una especie de túnica al estilo oriental, con esbozo de lo que en mi opinión eran dragones u otros seres mitológicos. Una expresión mal disimulada de maldad se dibujó en su sonrisa y con una señal me dirigió a la puerta de entrada. Apenas había tenido tiempo para preguntar el precio de tan extraña obra cuando de un portazo, me devolvió a la soledad del mundo. Mis manos, lívidas como la muerte, aferraban el libro.
Solo diré, pues el tiempo apremia, que pasé largo tiempo intentando descifrar aquellos malignos retazos que se habían incrustado en mi mente y que ni tan siquiera en sueños me dejaban libre. Pues ahora había empezado a soñar con seres antropomórficos aunque de horrible apariencia, dimensiones que nada se parecían a la nuestra y demás macabros pensamientos.
Habían pasado algunas semanas desde mi último repaso al volumen, cuando me desperté de la mayor pesadilla que hubiera tenido en mi vida. Asustado por los indescriptibles horrores que había contemplado y sintiéndome incapaz de volver a conciliar el sueño aquella noche, me senté en el escritorio con el fin de leer algo. Mis ojos, involuntariamente, se posaron sobre aquel maldito libro. Y sin saber cómo, ya lo tenía en mis manos a punto de abrirlo.
Pero mi turbación mutó en júbilo al darme cuenta de que en esta ocasión era capaz de dar sentido a su escritura. Y fue al leer la primera palabra en voz alta, que como si de un oscuro conjuro se tratara, desperté en un desierto.
Rodeándome no había más que desoladoras dunas, infinitas desde mi posición, perdiéndose en un horizonte sin el menor atisbo de vida. Dónde me encontraba, era, y sigue siendo, un misterio. Dos soles, uno más rojizo que el otro, se ponían en el horizonte dándole a aquella grotesca escena cierto punto de melancolía. Dispuesto a saber dónde me encontraba, me dirigí en la dirección que creí en aquellos momentos más adecuada. Ya oscurecía cuando a lo lejos vi sentado en medio del desierto a un beduino. Me encaminé hacia él con la mayor prontitud que mi reseco cuerpo me permitió. Sobra decir que no se inmutó ante mi presencia. Pareció, de hecho, esperar mi llegada, pues al verme allí, de pie frente a él, dijo a la vez que se incorporaba:

—Te esperaba. Sígueme.

Y sin más dilación, se puso en marcha. Yo no sabía qué hacer así que me dispuse a seguirlo, haciéndole preguntas a las que no les correspondían respuesta alguna. Llevábamos veinte minutos andando cuando de improviso atisbé una faustuosa construcción en medio de aquel innoble desierto. Ésta se asemejaba en forma a una pirámide maya, escalonada y con una especie de santuario en su cima. Sobre ella, una nube de color plomizo y azul eléctrico de extraña apariencia parecía que iba a descargar una tormenta de rayos de un momento a otro. Al mirar al beduino para encontrar respuesta, nuestros ojos se cruzaron y, tras estudiarme brevemente, dijo:

—Él te aguarda arriba.

Tras un breve instante en el que volví la mirada al templete que estaba situado en la cima en busca de aquel ser y retornando otra vez mi atención hacia aquel extraño personaje, solo encontré arena. Por arte de magia se había esfumado, no había presencia hasta donde la vista alcanzaba de hombre alguno. Como no sabía qué otra cosa hacer, me dispuse a subir.
Triste y fatigosa fue tal empresa. Mis piernas, no acostumbradas al esfuerzo, se resentían gravemente y notaba como el aire iba abandonando mi cuerpo. Tras lo que me parecieron horas, logré con el último aliento de fuerza llegar arriba. Pero no había nadie, nadie que me aguardara. Solamente un pequeño altar con una aberrante figura demoníaca se mostraba ante mí. Cansado y sin saber qué hacer, notaba cómo el lamento y la pesadumbre iba ganando fuerza, mas escuche una atronadora voz que provenía del cielo, al parecer, de aquella informe nube. Y dijo lo siguiente:

—Tú, mortal, que buscas el saber por encima de todas las cosas, hazme caso, pues YO soy La llave y la Puerta, El Todo—En—Uno, El Abridor del Camino y mi palabra es sagrada. Te concederé, fiel seguidor de la erudición, la omnisciencia de la que gozan los Dioses, si a cambio me prometes servidumbre y lealtad incondicionales.

—Sí, sí, por favor –contesté—. Permíteme ser tu súbdito, oh gran fuerza cósmica, déjame entrar en tu reino y contemplar tu hechura, imploro tu bendición.

Tras pronunciar esa última palabra, me he despertado en mi cama. Estoy escribiendo esta narración a modo de testamento en el arcano volumen que se hallaba en mi estantería con la misma grafía que hasta esta noche no he sido capaz de entender.
Pero ahora lo entiendo todo.
Él es la clave; la clave de la sabiduría y de la salvación. Si cumplo su voluntad, me proporcionara un conocimiento solo a la altura de los dioses. No habrá entonces ser sobre la tierra que se atreva a discutir mis argumentos y mi palabra será la ley. Solo tengo que darle una prueba de mi fidelidad incondicional. Un pequeño precio para tan grata recompensa. Espérame, oh todo poderoso. Espérame, amo. Ya voy. El revólver. El revólver ya está cargado. Adiós.

Una noche en el centro comercial.

Escrito por @guetto_spirit
Relato Nº 11
Silvia avanzó lo más rápido que pudo, tambaleándose y abriéndose paso entre el apiñado gentío; no la detuvieron ni las malas caras de las personas a las que empujaba, ni la mano que, nada accidentalmente, alguien posó en su trasero. El muro humano, bañado por unas luces brillantes e intermitentes, se movía en una sucesión de momentos congelados al ritmo de la estridente música.
Entró al baño haciendo caso omiso del resto de jóvenes que hacían cola y, aprovechando que una chica salía de uno de los cubículos, se metió a todo correr dentro, echando el pestillo. Tuvo el tiempo justo para arrodillarse sin miramientos en el sucio suelo e inclinar la cabeza sobre el inodoro, antes de vomitar violentamente: sus tripas parecían decididas a abandonar su cuerpo a través de la boca. Apenas era consciente de los golpes que alguien propinaba en la puerta, ni de los insultos que le dedicaban. Al fin, tras el esfuerzo realizado, se apoyó sobre una de las paredes y perdió la consciencia.
Silvia abrió los ojos. Su cuerpo estaba dolorido por la tensión; sus piernas, agarrotadas tras haber estado dobladas tanto tiempo; y su cabeza, embotada por el alcohol. Apoyándose en el retrete, consiguió ponerse en pie y salir del pequeño habitáculo. Se enjuagó la boca y se lavó la cara, aunque no logró eliminar la pesadez de su mente. Salió del baño y el parpadeo de las luces y el golpeteo de los altavoces asaltaron sus sentidos. Titubeó por unos instantes, y entonces cayó en la cuenta de qué fallaba allí: el local estaba vacío. En el baño de mujeres, recordó entonces, tampoco había nadie; ni —comprobó en un rápido vistazo— en el de hombres.
No lo entendía, ¿cuánto tiempo había estado desmayada? Sacó el móvil para mirar la hora —hacía años que no usaba reloj—, pero parecía estar sin batería. No podía haber llegado la hora de cerrar; además, la música y la iluminación funcionaban con normalidad. Simplemente la gente había desaparecido. Cruzó la sala para comprobar detrás de la barra, sobre la que aún había vasos y copas: nadie, aunque aprovechó para coger una botella de agua de la nevera. Se dirigió entonces a la salida, y le pareció distinguir con el rabillo del ojo que algo se movía a su izquierda, por la pista de baile. Se volvió, pero no vio nada, por mucho que miró hacia todas partes. Tenía una mala sensación, así que salió de allí con celeridad, sin dejar de observar alrededor suyo.
El pub estaba dentro de un centro comercial, y Silvia vio que en este tampoco había un alma. En la vecina terraza de un establecimiento de comida rápida, algunas mesas permanecían con vasos e incluso con platos de comida a medio consumir, pero en las sillas no había nadie sentado. A través de las cristaleras vio que el interior también estaba vacío. Sentía la boca seca y la lengua se le pegaba al paladar, así que bebió un buen trago de la botella de agua. Decidió dirigirse a la salida del centro con paso rápido. Había recorrido unos cincuenta metros cuando un ruido hizo que se diese la vuelta, alarmada: una de las grandes macetas ornamentales había volcado y la tierra negra se derramaba por el suelo, mezclándose con las verdes hojas de la planta. Alrededor no había quien pudiese haberla tirado. Se quitó los zapatos de tacón, se giró y corrió sin mirar atrás.
El sensor de las puertas de salida no se activó al acercarse la joven, y las hojas acristaladas no se movieron. Intentó meter los dedos entre ambas para abrirlas de forma manual, pero resistieron sus esfuerzos. Al lado, las puertas de emergencia permanecieron impasibles cuando empujó las barras antipánico. Golpeó sin éxito los cristales, demasiado gruesos y resistentes para que los rompiese con sus puños desnudos. Arrojó la ya vacía botella de agua contra las puertas, en un gesto fútil.
Podría haber probado en otras salidas, pero para ello tenía que atravesar los pasillos de las tiendas, que por la noche tenían una iluminación más tenue. En su lugar, cogió uno de los postes que, unidos por cintas, separaban la zona de compras de la de ocio, y lo usó a modo de ariete para intentar romper los cristales de las puertas. Sus débiles golpes ni siquiera lograron astillar el vidrio. Finalmente dejó caer el cilindro metálico, que impactó con estruendo contra el suelo; el repiqueteo resonó por el centro comercial. Su cuerpo se derrumbó poco después: Silvia se sentó contra las puertas, apoyó la cabeza en las rodillas y comenzó a sollozar de pura impotencia.
Algo golpeó con una fuerza inusitada el cristal. Sobresaltada, Silvia se alejó gateando de la puerta, y sólo cuando estuvo a una distancia prudencial se atrevió a darse la vuelta, jadeante. Nada ni nadie tras las puertas, aunque sí observó que una densa niebla se había instalado en los alrededores del lugar, haciendo que fuese imposible distinguir nada más allá de unos pasos.
Resignada, la joven decidió que valía la pena buscar las otras salidas. Sin embargo, al poco de cruzar las cintas separadoras de zonas, la exigua iluminación de la parte comercial se apagó completamente. Rígida y sintiendo un sudor frío cayendo por su nuca, Silvia retrocedió sin apartar la vista de la oscuridad, hasta volver a encontrarse en la zona iluminada, frente a las puertas. Agotada y con los nervios destrozados, se sentó de cara a estas, pero en el lado contrario del pasillo, apoyada en el escaparate de una tienda de telefonía.
No tardó mucho en sentir hambre: la vomitona había dejado su estómago totalmente vacío, y ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado desde entonces. Se levantó y optó por volver a la hamburguesería en busca de algo que comer. Miró con aprensión la maceta volcada cuando pasó por su lado, pero en esta ocasión nada más se cayó.
Tras comprobar que la poca comida que había en las mesas de la terraza estaba mordisqueada, Silvia entró en el establecimiento de comida rápida en busca de alguna hamburguesa entera. Por suerte había algunas en la zona de pedidos, con lo que incluso tuvo para elegir. Cogió también un vaso y lo rellenó en la máquina de refrescos. Dejó comida y bebida un momento en el mostrador y pasó a la zona de cocina, que como esperaba estaba desierta; tan sólo la habitaba una leve humareda. La joven se acercó a la freidora y sacó del burbujeante aceite una cesta llena de patatas carbonizadas. Recuperó los alimentos y se sentó en una mesa de fuera para comérselos. No necesitó mucho tiempo para terminar. La botella de agua y el vaso grande de refresco hicieron efecto y Silvia sintió la imperiosa necesidad de ir al baño, así que volvió a entrar en el restaurante.
Con la vejiga vacía, salió del baño y se dirigió a la puerta de salida. En ese momento, el logo de la cadena, unos arcos dorados de grandes dimensiones, cayó al suelo y se hizo añicos, extendiendo cristales amarillos por toda la terraza. Silvia se libró por apenas tres metros de que la gran M le cayera encima, aunque varias esquirlas impactaron con su cuerpo y le hicieron algunas heridas. Aturdida y aterrada, volvió a meterse en el lavabo. Echó el pestillo y empezó a lavarse los arañazos y a quitarse un par de cristales que se le habían clavado. La tarea no era fácil debido al temblor nervioso que atacaba a sus manos.
De repente escuchó unos ruidos, como si alguien rascase la puerta. Apoyándose en el lavabo, se quedó petrificada, en silencio, contemplando con aprensión el frágil trozo de madera que la separaba de lo que fuera que hubiese detrás. No vio cómo unos brazos surgieron del espejo de pared, que parecía haberse transformado en una superficie líquida y permeable; sólo sintió que algo la atrapaba y tiraba de ella con una fuerza sobrehumana. El cuarto de baño quedó vacío y los arañazos en la puerta cesaron.

PEQUEÑAS CRIATURAS.

Escrito por @Eileen
Relato Nº 12
Alicia introdujo la fotografía por detrás del cristal del marco, tratando de que no se doblara. “Menuda pandilla”, pensó sonriendo. Los cuatro se conocían desde pequeños y se habían hecho prácticamente inseparables. Incluso uno de ellos, con el paso del tiempo, había llegado a convertirse en algo más que un buen amigo para ella. Golpeó el clavo en la pared y colocó el precioso marco, disponiéndose a contemplar qué tal quedaba la fotografía ya colgada. De repente notó una extraña presencia a su espalda y, antes de poder siquiera volverse para ver lo que era, sintió un golpe desgarrador y se desmoronó cayendo inconsciente.
Cuando por fin despertó, Alicia pensó que se había quedado dormida mientras tomaba un baño, pero al abrir los ojos no pudo creer la escena que tenía ante sí. Toda el agua estaba teñida de rojo y, frente a ella y también metido dentro de la bañera, yacía el cadáver salvajemente degollado de su novio Álvaro. Alicia gritó horrorizada e intentó incorporarse de un salto, pero algo tiró de ella hacia abajo y acabó volviendo a caer dentro de la bañera. Sacó la cabeza del agua tosiendo y escupiendo, histérica y muerta de miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era todo esto? Notó que acababa de orinarse. Su corazón latía tan fuerte que apenas podía ni oír sus propios pensamientos. Miró hacia debajo y vio qué era lo que le había impedido salir. Unas esposas. Su muñeca izquierda estaba unida por ellas a uno de los tobillos de su novio. Intentó liberarse, pero le resultó totalmente imposible. Gritó pidiendo ayuda, aunque de pronto decidió callarse. ¿Dónde estaba? Aquella no era su bañera, ni su casa, ni la de su novio. Por Dios, ¿dónde se encontraba? ¿Qué lugar era ese? ¿Cómo había llegado a parar allí? La puerta del cuarto de baño estaba abierta y podía ver desde la bañera parte del lúgubre pasillo. Escuchó un ruido de pisadas acercándose, como si alguien estuviera corriendo. Un grito. “¡Por favor, no! ¡No!”. ¿Era la voz de Carlos? Podía ser, aunque le resultaba irreconocible. Nunca antes le había oído chillar de esa manera. Carlos había sido de siempre el más gallito y atrevido de la pandilla, pero por el tono de voz parecía estar ahora verdaderamente aterrorizado. Alicia le vio cruzar cojeando por el pasillo por delante de la puerta. Tenía la cabeza ensangrentada y avanzaba todo lo más deprisa que podía, arrastrando una de sus piernas, que parecía llevar casi colgando. Pasó de largo. Alicia se había quedado inmovilizada. Pensó en llamarle, pero en ese momento una segunda figura cruzó por delante de la puerta. Dios mío. Parecía un niño de no más de diez años, pero su rostro era horrible y deforme, como si alguien lo hubiera rociado con ácido. En su pequeña mano hinchada sostenía un martillo por el que se escurría un líquido rojizo y espeso. Un sonido escalofriante y macabro salía de su boca de dientes podridos y torcidos, y sólo entonces comprendió Alicia que aquella era su forma de reír. Sintió pánico e instintivamente se sumergió en la bañera para tratar de ocultarse, pero el ruido del chapoteo provocó que el monstruoso niño se diera la vuelta y entrara en la habitación. Alicia se quedó quieta aguantando la respiración bajo el agua. Esposada e indefensa como estaba, no se le ocurrió nada mejor. Escuchó los pasos que se iban acercando lentamente hacia donde ella se encontraba. Estaba perdida. No podía escapar. Vio el rostro de la criatura por encima, escudriñando el interior de la bañera, mientras ella seguía tumbada quieta, deseando hacerse invisible, suplicando mentalmente para que el agua turbia por la suciedad y la sangre impidiera que aquel ser la pudiera ver, o que al menos pensara que se había ahogado allí dentro. Algo cayó dentro del agua golpeando secamente el interior de la bañera y Alicia cerró los ojos estremecida sabiendo que había llegado su hora. Esperaba que en cualquier momento empezaran a caer los golpes con el martillo que destrozaran su rostro y su cuerpo, arrebatándole la vida de una forma terrible e insoportablemente dolorosa, pero nada de eso ocurrió. Volvió a abrir los ojos y comprobó aliviada que allí ya no había nadie. Sacó la cabeza del agua. La habitación parecía estar vacía. El niño se había ido. Seguía viva, pero sabía que no podía quedarse allí por más tiempo. Seguramente aquel ser había vuelto tras los pasos de Carlos, a acabar lo que había empezado, y luego volvería a por ella sabiendo que no podría escapar de allí. Alicia rompió a llorar. Volvió a intentar desembarazarse de las esposas por la fuerza, pero no había manera de conseguirlo y sólo consiguió despellejarse la mano. Pero espera. Al mover su cuerpo para liberarse había notado cómo algo en el fondo de la bañera se le había clavado en la rodilla. Buscó con las manos y finalmente encontró un pequeño objeto metálico. Una llave. Temblando de miedo la introdujo en la diminuta cerradura de las esposas, y suspiró emocionada y aliviada al oír el sencillo clic que hizo al ceder y abrirse. Alicia se incorporó y pudo salir por fin de la bañera. Tiritaba de frío, así que buscó algo con lo que poder cubrirse, pero allí no había nada que pudiera utilizar, ni una mera toalla. Sollozando, miró por última vez el cadáver de su novio. No era un corte limpio en el cuello, se habían ensañado con él. No quería dejarlo, pero tampoco podía quedarse allí por más tiempo. Debía encontrar una salida cuanto antes.
Salió de la habitación y fue avanzando lentamente por el pasillo, tratando de no hacer ni el más mínimo ruido. Era una mansión vieja y destartalada, y a cada paso se le iban clavando astillas de madera en sus pies descalzos. Llegó hasta las escaleras, desde las que se podía ver la planta baja. Tuvo que taparse la boca para evitar gritar o vomitar. Allí abajo, frente a la puerta de entrada, yacía Carlos tumbado en el suelo sobre un charco de sangre. Un grupo de cuatro de esos niños deformes, con martillos en las manos, le golpeaban con furia en la cara y el cuerpo mientras reían divertidos abriendo sus bocas negras e inmensas. Alicia se había quedado paralizada. Dios, su cara no era ya más que un pedazo de pulpa sanguinolenta y sin forma, pero esas horribles criaturas no paraban de golpearla una y otra vez. Por fin reaccionó y regresó corriendo despavorida al pasillo por donde había venido antes. Entró en varias habitaciones, pero todas las ventanas tenían barrotes y era imposible poder salir por ahí. Fue entonces cuando se dio cuenta de dónde estaba. La casa de los horrores. Había salido en todos los periódicos de la época. La mujer que vivía en ella se había vuelto loca y había ahogado a sus hijos en la bañera, y después los había cortado en pedazos con una sierra. Alicia ya había estado aquí antes. Una tarde, años después de esa terrible matanza, ella y el resto de la pandilla entraron en la casa maldita. Fue toda una decepción. Al final se pusieron a jugar al escondite. ¿Cuándo había sido eso? Hacía ocho o nueve años al menos, pero reconocía aquel lugar. Estaba en aquella casa de nuevo y esta vez no era ningún juego.
Entró en otra habitación, un dormitorio, y se dirigió al armario en busca de algo de ropa con la que vestirse y mitigar el frío que sentía. Casi se le salió el corazón del pecho al abrir la puerta y encontrarse cara a cara con Patricia.

—¡Gracias a Dios, Patri! ¿Qué haces aquí dentro?

—Me escondo de ellos. ¿No los has visto? —susurró Patricia aterrorizada.

—Sí, han matado a Álvaro y a Carlos. ¡Es horrible! ¿Qué está pasando? ¿Qué hacemos aquí? ¡¿Qué son esas cosas?!

—No lo sé. Tengo mucho miedo.

—No puedes quedarte aquí, Patri, acabarán encontrándote. Tenemos que encontrar una forma de salir.

—No puedo moverme, Alicia. De verdad, tengo demasiado miedo. Por favor, cierra con llave la puerta del armario.

—Pero Patri, así no podrás huir si ellos vienen.

—Si ven que la puerta está cerrada con llave, no sospecharán que estoy escondida aquí dentro.

—Está bien, buscaré una salida y volveré a por ti. Pero por el amor de Dios, no hagas ruido, no llores, no respires. ¡Volveré! ¡Te lo prometo!

La única ropa que encontró Alicia dentro del armario fue una blusa vieja en el suelo, pero era de niña pequeña y no le servía. Se despidió entre lágrimas de su amiga y cerró la puerta del armario con llave.
Recorrió de nuevo el pasillo abriendo el resto de puertas. En una de las habitaciones encontró a su amiga Lucía revolviéndose en el suelo, amordazada y atada con cinta de embalaje. Alicia la liberó con dificultades y ambas se fundieron en un abrazo.

— ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿Dónde estamos?!

—Es la casa de los horrores, Lucía. Hay unas criaturas deformes. ¡No parecen humanos! Deben de ser los espíritus de los hijos de aquella mujer…

—¿Pero qué dices? ¿Y qué hacemos aquí? Lo último que recuerdo es cuando me subí al coche…

—¡Han matado a Álvaro y a Carlos! Dios, ¡no sabes lo que les han hecho! ¡Tenemos que escapar de aquí! ¡Pueden venir en cualquier momento!

Lucía miró a Alicia incrédula, aunque enseguida comprendió que le estaba contando la verdad. Rompió a llorar aterrorizada, pero Alicia consiguió calmarla acariciándole el pelo y la frente.

—Tenemos que marcharnos ya. Me ha parecido oírlos.

—No puedo andar, Alicia. Cuando me he despertado antes, he intentado desatarme y me he caído. Me duele muchísimo. Me debo de haber torcido un tobillo, o los dos.

Alicia le ayudó a caminar para salir de la habitación, pero Lucía no podía aguantar el insoportable dolor y acabó cayendo al suelo. Probó a quitarse las botas y un mar de sangre manó de ellas. Le habían seccionado los pies con una sierra. Lucía chillaba sin parar y Alicia empezó a llorar de nuevo. No podía más. Aquello era demasiado, pero al final consiguió reaccionar:

—Shhhh Shhhh. Te juro que vamos a salir de aquí, Lucía. Patri está escondida. Entre las dos podremos ayudarte.

Lucía la miraba horrorizada, sin parar de gemir y gritar pidiendo auxilio. Alicia no necesitó darse la vuelta para saber lo que estaba viendo su amiga. Las criaturas se abalanzaron sobre Lucía y empezaron a golpearla con saña y furia mientras reían. Después la desnudaron y hundieron sus horribles dientes podridos en ella, mordiendo y desgarrando la carne. Alicia escapó de allí a toda prisa chillando. Las paredes de la casa maldita parecían estar vivas y de ellas empezó a manar sangre hasta el suelo, tiñendo todo de rojo. Alcanzó el dormitorio y casi se le cayó el alma al suelo al ver que el armario donde estaba escondida Patricia estaba bloqueado por unas planchas de madera.

—¿Patri? —sollozó temiéndose lo peor.

—¿Alicia? ¡Alicia! ¡Déjame salir, por favor! ¡Tengo mucho miedo y no puedo respirar! Vinieron esas criaturas y empezaron a dar martillazos al armario. Creía que me iban a matar, pero después se marcharon y yo me quedé aquí, sola.

—¡No te preocupes! ¡Ahora mismo te saco, Patri! ¡Te lo prometo! —suspiró aliviada.

Las planchas de madera estaban firmemente clavadas, pero Alicia consiguió apartarlas tras un rato. Tenía las uñas rotas y ensangrentadas y los dedos en carne viva, pero pese al dolor pudo girar la pequeña llave y abrir la puerta. Patricia no estaba dentro. En la parte inferior del armario se encontraba el esqueleto de una niña muerta muchos años atrás. Su vieja blusa estaba tirada a sus pies.

—¿Patri? ¡Perdóname, Patri! —suplicó abrazándose a los restos de la niña. Desde ahí contempló su propia imagen reflejada en el espejo interior del armario. Desnuda, con la boca y los dientes bañados en sangre. El martillo se le cayó de las manos y se quedó ahí acurrucada, llorando, junto a su amiga.


Negro sobre blanco.

Escrito por @Isolee
Relato Nº 13
La mayoría de las veces tirarse a la mujer de tu mejor amigo suele ser una mala idea. Sobre todo si vives en un entorno extremo y el afectado es el científico encargado de supervisar personalmente tus misiones fuera de la base. Que tu vida dependa de quien acabas de bendecir con dos cuernos del tamaño de un autobús es un mal negocio, especialmente si termina enterándose, tu culo está fuera de la base a cuarenta grados bajo cero y tienes un problema mecánico que te ha dejado incomunicado a la espera de un rescate que nadie va a querer ordenar.
Dicen que morir de frío no es tan malo, que entras en una especie de letargo que te va adormeciendo con una sensación de dulzura en el paladar, como si Morfeo tratara de competir contra las prácticas monopolísticas de Caronte, llevándote en un castillo de arena hasta el mundo de los muertos sin pagar peaje al barquero. Lo que nadie dice es que el cuerpo no responde a ese adormecimiento de forma simétrica. Primero son los dedos de los pies, se agarrotan y retuercen hasta que duros como una piedra se despegan al mínimo golpe. Con tu nariz es distinto, empiezas por sentir un suave aroma a turba quemada, como si alguien estuviera preparando una barbacoa, aunque solo sea tu organoléptica abandonando tu cuerpo por las fosas nasales. Con las orejas ni te das cuenta, dejas de sentirlas al poco tiempo, luego estornudas (o crees hacerlo) y se caen, dejándote con la cara de Mister Potato después de una intensa sesión de juego con un niño con un interés precoz por el cubismo. Por supuesto, el pene no se salva. Notas como se endurece, pero esta vez no hay erótica, juegos ni intimidad, tampoco traición… Después la nada, un último aliento. Alguien te ofrece una mano, pero la rechazas, la declinas porque te queda algo por hacer en este mundo. Siendo un fantasma ya no sientes frío, ni hambre, ni sed, ni tan solo miedo. La fuerza que dirige tu existencia espectral es solo una: venganza.
Bajo tus pies, la tundra antártica se extiende hasta donde tus inexistentes ojos te muestran. Flotando a medio metro del suelo, observas tus manos transparentes. Cierras el puño con fuerza, la ira te puede. Quizás tu comportamiento no fuera el idóneo, pero no merecías una muerte tan cruel. Te desplazas en un vaivén. Delante de ti el sonido del viento aúlla, como las trompetas del Apocalipsis. El paisaje helado ha dejado de tener importancia, en tu mente sobrenatural solo cabe imaginar cómo vas a hacerlo. ¿Hundirás tus espectrales garras en su cabeza? ¿Le arrastrarás al cobertizo y pintarás un cuadro con sus intestinos? ¿Le torturarás durante semanas hasta que se vuelva loco? Tus poderes son ilimitados y tu sed de venganza mayor.
***

Al mismo tiempo en la base:

—Aquí Alfa, ¿pueden confirmar el hallazgo? Corto.

—Alfa, aquí Delta. Confirmamos el hallazgo. Hemos encontrado el cuerpo sin vida del doctor Johansson. Corto.

—Gracias, muchachos, vuelvan a casa sanos y salvos. Corto.

—Eso pretendemos, doctor North. Corto y cierro.

—Maldito bastardo, ¿tenías que morir antes de poder decírmelo a la cara? Ni eso has podido hacer bien…

***

La posesión es algo interesante, te permite entrar por un orificio cualquiera y dominar un cuerpo durante unos instantes. No todos los espectros tienen esa facultad aunque, por algún motivo, sí es mi caso.

Vestido de blanco mi antiguo amigo convertido en enemigo. Dar vueltas en un torbellino infernal para buscar el mejor ángulo de entrada, abalanzarse con todas tus fuerzas por su ano. A causa de la cinética un prolapso del tamaño de una manzana grande surge abruptamente de su cuerpo manchando su pantalón de sangre. Es divertido estar dentro de North. Ver como North. Sentir como North… Un atisbo de duda golpea mi mente. A trompicones te acercas al armario para coger una pistola de bengalas. Titubeante, la colocas en su boca, que ahora es también la tuya, aprietas el gatillo y vuestra cabeza estalla en una fogata multicolor. A lo lejos un interino piensa que el doctor está preparando un bonito árbol de Navidad.
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@PacoEscritores assemble.

Genial que se publiquen los 13, no podía ser de otra manera^^.

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:heart_eyes:

Genial :smiley:

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Trece gran número para Halloween, mejor rima.

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Agradecedme que no acabase mi relato. Os habría fastidiado con un sucio 14.

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Bravo!!!

De momento, como ensayo, voy a copiar y pegar los relatos en el traductor de Google y voy a ir probando los diferentes idiomas a ver en cual me hace más gracia.

Viva internet!

Prueba con la lengua de Mordor, a ver si así dan más miedo

Es una pena que todavía no conozcamos la identidad del autor del relato número dos.

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Y no solo porque fuera el 14. :BBB

No me acordaba que había límite, me alegro que sean todos los que pasan.

Estaré expectante por esas antologías, narrada y escritas :heart_eyes:

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A veces las palabras hacen mucho daño

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Curisoso que vea a Alicia en 2 relatos

¿Alicia en el Pais de las Maravillas y Alicia a través del Espejo? :]]

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Exactamente :grin:

A mí lo que me parece curioso es que no hayas escrito, bribón. Esperaba esa continuación que nos debes de Rickard y Daimiel.

O al menos la parte de Daimiel. ;]]

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Eso daría para una mini-novela