Pesadilla en Pacote Street - Los 12 del 21

Noche de brujas, noche de muertos. Un momento en el que el mundo real y el onírico se interconectan de maneras que, quizás, nunca lleguemos a comprender. Halloween nos da la oportunidad de tocar aquellos temas más oscuros y repudiados, de investigar en lo profundo de la psique humana, de avanzar donde pocos se atreven.

Unas semanas atrás os invitamos a participar en Pesadilla en Pacote Street 2021, la segunda edición de un evento muy especial que empezamos el año pasado, donde buscábamos leer vuestros mejores relatos de terror, dando una muestra más de lo que esta comunidad es capaz de hacer.

Aunque inicialmente os dijimos que todos los relatos entrarían en el recopilatorio escrito final, y también en el ebook, comentamos que apenas los 10 mejores relatos entrarían en las narraciones que grabaríamos y editaríamos para vosotros. Sin embargo, al recibir 12 relatos, una vez más, hemos decidido que lo más justo y adecuado es incluir estos 12 relatos en esa grabación donde serán narrados. Esta grabación, y su antología escrita en formato ebook, ya están en proceso, y esperamos traéroslos lo antes posible.

Y ahora, sin más dilación, una vez más nos llena de tétrico orgullo y oscura satisfacción presentaros los relatos de esta nueva edición, que conjugan el evento de Pesadilla En Pacote Street 2021. Esperamos que sea de vuestro máximo deleite.

Que los disfrutéis…

:ghost: :jack_o_lantern: :bat:

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Ahí tenéis los 12 relatos de Halloween que nuestros pacoteros han realizado para este segundo evento literario de Pesadilla en Pacote Street. Queremos dar las gracias a todos los autores por habernos traído este contenido de un nivel tan elevado y esperamos todos los comentarios de nuestros lectores para saber cuáles son vuestros favoritos. Y hacemos una extensión de agradecimiento a @Isolee, @Tarquin y @Uzu por haber organizado el evento y procesado todos los textos.

Recordad que este evento, aunque Halloween termine hoy, no acaba aquí. Volveremos a vernos en unos días con una antología escrita y una grabación los relatos narrados, en especial para todos los pacoteros.

Si, después de leer todos estos relatos, todavía queréis seguir disfrutando de contenido de terror, os dejamos unas recomendaciones, en varios formatos, que harán vuestras delicias:

Tened un fantasmagórico y asustador Halloween y…

¡Nos vemos en el foro!

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Lluvia

Escrito por @elkilian

Relato Nº 1

Después de toda la tarde viajando en coche de alquiler por las distintas provincias de Japón, era hora de volver a Osaka. Carlos había contactado hacía unos meses con Hiroshi, su amigo japonés, y nos convenció a Estefan y a mí para ir una semana de vacaciones a Japón. A mí no me apetecía venir, pero por presión de grupo acabé acompañándolos a Oriente.

El que conducía era Hiroshi porque, por temas de papeleo y burocracia, era mejor que condujera él. Nos llevó por las distintas zonas residenciales y pueblos de Japón, y pudimos apreciar los bosques y templos que estaban congelados en el tiempo en esos lugares recónditos. A la vuelta, lo que podría pasar acabó pasando. El coche empezó a soltar humo por el capó y tuvimos que parar.

“Puede que sea un manguito… Ojalá no sea el radiador” dijo Estefan, quien era el que más sabía de nosotros de coches. No pude contenerme después de oír eso, y empecé a comportarme de forma sarcástica, diciendo cosas como “con un manguito ahora hubiera estado en la piscina de mi casa”. Obviamente se lo tomaron muy mal y les mandé al carajo. “Ojalá morirme para no escucharos más”, les dije mientras discutían sobre qué hacer.

“Se ve una casa a lo lejos, tal vez puedan ayudarnos. Hiroshi, ven conmigo. Vamos a preguntar” fue lo último que le oí decir a Carlos antes de que él y Hiroshi marcharan hacia una casa que se veía bastante lejos. “Tranquilo, que yo me quedo vigilando el coche, no vaya a ser que se mueva”, les dije mientras se iban y me dejaban a solas con Estefan, que seguía revisando el motor del coche. No supe por qué, pero sentía ganas de irme de allí y no volver nunca.

***

“Joder con Alberto. Desde que se le murió el perro está muy irritable, o melancólico, por momentos. Como cuando se puso a llorar al ver a aquel perro en el templo Tenryū-ji”, le dije a Hiroshi. Menos mal que lo dejamos en el coche, porque ya me estaba empezando a enfadar. Tras la cháchara, llegamos a la casa. Era una casa humilde, con un gran tejado triangular, cubierto por una especie de paja o hierba. Hiroshi llamó a la puerta y preguntó, en japonés, si había alguien, o eso creo que dijo. Y, tras unos ruidos, salió un anciano japonés. Fue bastante cordial, muy respetuoso, y nos invitó a entrar. Nos sentamos en unos cojines, con el anciano en frente de nosotros dos. El salón no era muy grande y tenía una de esas televisiones antiguas en las que apenas se ven canales. En las estanterías tenía las típicas figuritas de Buda y de monjes. Se sentía un aura de tranquilidad inmensa, que fue interrumpida por una lluvia que acababa de comenzar. El anciano echó un vistazo fuera y, con Hiroshi como traductor, nos contó una historia del folclore japonés.

“Hubo una vez una mujer casada, que regresaba de sus labores en el campo cuando se puso a llover. A su lado, apareció un joven noble con un carruaje, y le ofreció llevarla consigo a su casa. La mujer, sin pensárselo dos veces, se subió al carro con el noble, pues se le veía cara de buena persona. Por desgracia para la mujer, no fue así. El hombre la violó e hirió de muerte en su carruaje. Luego, la tiró por la puerta con el carruaje todavía en marcha. La mujer todavía no estaba muerta, pero no se podía mover de los ataques del noble. La lluvia se hacía cada vez más fuerte, y la mujer acabó ahogada, mientras miraba cómo el carruaje se alejaba por el horizonte. Se dice que esa mujer se volvió un fantasma vengativo que asesina a todo aquel que se atreva a recogerla los días de lluvia como este.”.

Después de esa historia nos dijo que, de joven, había sido mecánico y, si conseguíamos traer el coche hasta aquí, lo podría arreglar ya que, como ya estaba viejo, apenas podía moverse y tampoco pensaba salir con esta lluvia tras la historia que nos acababa de contar. “No te preocupes, voy yo”, le dije a Hiroshi mientras me ponía la capucha de mi chaqueta, “que yo tengo capucha y tú no”.

Hiroshi se quedó con el hombre a solas. Mientras estaban hablando de otra historia, el anciano se levantó a buscar algo en el mueble que estaba detrás de mi amigo. En un descuido de Hiroshi, el hombre, desde su espalda, le rajó el cuello con un cuchillo serrado grande. Quiso gritar mi nombre, pero, si lo hizo, no le pude escuchar, ya me había alejado de la casa.

Ya estaba anocheciendo y, con la lluvia cada vez más densa, se podía ver poco. Tampoco es que estos pueblos y calles estuvieran muy bien iluminados con sus faroles de madera cada varios metros. Lo único que se podía escuchar eran mis pisadas en el barro y la lluvia caer. Ni un pájaro, ni el viento. Ya estaba llegando a la carretera cuando escuché un chapoteo detrás de mí. De repente, una mujer asiática venía corriendo hacia mí con algo en la mano. Tuve miedo y no me pude mover, y cuando me quise dar cuenta me había clavado algo en la barriga. Era un cuchillo largo, seguramente para cortar algún tipo de carne o hueso. No solo se limitó a clavarlo, sino que empezó a apuñalarme repetidamente. Pude reaccionar y le di una patada que la lanzó para atrás y se cayó de culo, llegando casi a dar una voltereta hacia atrás. Me puse a correr como pude hacia mis amigos, pero con el suelo mojado me acabé resbalando. La mujer me alcanzó, se montó encima de mí y fui atravesado. Me costaba respirar, ya que mis pulmones se estaban llenando de sangre, pero me dio misericordia y me clavó el cuchillo en el cuello.

***

“Ya está, arreglado. Aunque solo temporalmente”, dijo Estefan mientras me sentía un inútil por no hacer nada, tan solo quejarme. “Pues arreando que es gerundio, que ya está lloviendo”, le dije para que se subiera al coche. “Yo conduzco”. Nos dirigimos a la casa aquella con el coche, cogimos nuestras chaquetas, fuimos hasta la puerta y nos recibió una mujer asiática hablando en inglés que nos invitó a entrar.

Entramos y fuimos hacia una sala con sillas y una mesa. Antes de sentarme, me fui al baño porque había comido demasiado y me estaba cagando, y tampoco es que la depresión me ayudara a controlarme. De reojo vi a Hiroshi, muerto sobre un gran charco de sangre, y un viejo a su lado, mordiéndole el brazo. El viejo se percató, me miró y corrió hacia mí. Rápidamente corrí y me metí en el baño. Grité, pero Estefan no respondía. Entonces me fijé en que había una ventanita. Me subí al inodoro y salí por ahí. Me di un buen golpe al salir y acabé todo lleno de barro, pero pude huir y correr al coche.

Miré por el retrovisor y vi cómo dejé atrás la casa aquella. Respiré aliviado, pero detrás de mí había una mujer. Abalanzó sus brazos y me agarró contra el asiento. Me estrellé contra un árbol. Así es cómo morí.

Hazlo por ella

Escrito por @TimeyWimey

Relato Nº 2

Las luces de los coches de policía pintaban las fachadas de las casas antiguas. Dependiendo de cómo se mirase era hasta bonito, lo más parecido a la decoración navideña que podría verse en aquel barrio de mala muerte.

Corrió la cortina. Era el pan de cada día, lo raro era que en las calles se pudiera respirar silencio.

—¡Ah, mis ojos, me queman, no puedo ver nada, quitádmelo! —Risas enlatadas.

El payaso de pelo verde gritaba por la televisión mientras Maggie reía y aplaudía ajena al exterior.

—Y, entonces, ¿qué vas a hacer? —dijo la voz al otro lado del teléfono.

—No lo sé. No sé qué hacer, sinceramente. Con lo que saco como carpintero casi no nos llega para vivir — contestó mientras miraba tristemente el medio paquete de salchichas que quedaba en la nevera.

—Tienes que buscar tra…

—¿Te crees que no lo sé? Lo sé perfectamente. Pero no soy capaz. Desde que perdí a Marge no levanto cabeza.

—¿Y tu hija? ¿Qué clase de vida le espera si no te pones las pilas? La pobre criatura terminará viviendo en la miseria si no le puedes conceder una vida mejor. Una casa que no esté comida por las ratas, una carrera universitaria para que tenga un futuro mejor…

Lanzó el teléfono contra el suelo. Maggie se giró momentáneamente atraída por el ruido, y continuó absorta con la televisión.

Estaba cabreado. Cabreado y frustrado. Era el primero en preocuparse por su hija, era lo único que tenía, quería lo mejor para ella. Pero no era tan fácil. En el último trabajo no duró ni una semana.

Se había labrado mala fama en el barrio. Decían que era un hombre extraño, incluso había escuchado historias sobre él entre los más pequeños.

Eso no ayudaba, de la misma forma que tampoco lo hacía no dormir bien por las noches por culpa de las pesadillas y que al día siguiente le costara mil infiernos ponerse en pie cuando sonaba el despertador.

Dedicó una tarde más a hacer números, revisar facturas y contar varias veces el dinero que le quedaba en su raída cartera. Si a duras penas podía ponerle un plato de comida caliente a su hija, ¿cómo iba a poder darle algo mejor el día de mañana? Maggie tendría que seguir viviendo en aquella casa, o en las ruinas que quedaran de ella, trabajando para vivir y cargando con sus deudas, observando en la nevera medio paquete de salchichas y sintiéndose tan miserable como él se sentía diariamente. Aquel pensamiento estaba apegado a él, impidiéndole vivir.

Aquella noche se fue a la cama de madrugada, después de estar medio dormido en el sofá, con la televisión de fondo. Se levantó como pudo y, al hacerlo, escuchó un leve tintineo. Se detuvo. Al dar otro paso, ahí estaba de nuevo. Un sonido agudo, como el chocar de metales.

Clin.

Se giró bruscamente y sonó con más fuerza. No conseguía adivinar de dónde venía. Rebuscó en sus bolsillos, encendió la luz y miró a su alrededor. Nada.

El sonido no cesaba. Siguió aumentando hasta sonar como una máquina tragaperras escupiendo el premio gordo. Presionó sus oídos con fuerza. Aquello le martilleaba los tímpanos, lo sentía en el pecho.

—Cariño.

Se giró mientras la máquina seguía regalándole su bote.

Era su mujer. Preciosa, como siempre había sido. Vestía su camisón de pájaros, el pelo suelto, los pies descalzos. Estaba atónito.

—Cariño —repitió ella—. Creo que jamás te había visto tan hermoso.

Se acercó, posó su delicada mano en el rostro de él y le acarició la barba sin dejar de mirarle a los ojos.

—Esta noche brillas con luz propia. —Sonrió.

El ruido seguía sonando. Como si aquellas monedas cayeran desde el piso superior de un rascacielos, estampándose contra el suelo. Le costaba escuchar las palabras de su mujer.

Apretaba las palmas de sus manos contra sus oídos con más fuerza, en un intento de detener aquello, pero sólo conseguía escuchar el sonido más insistentemente.

Abrió la boca para responder.

—¿Ma…?

Sintió algo en la garganta. Tosió. Algo estaba atascado, algo que salía de sus entrañas. No podía respirar, los ojos se le tornaron vidriosos. Sintió ganas de vomitar y, al hacerlo, monedas brillantes empezaron a emanar de su boca a borbotones. Las sentía bajo su lengua, golpeaban contra sus dientes de forma tan violenta que creía que los perdería. Se cubrió la boca frenando la cascada dorada. Pero las seguía notando ahí, en el fondo del paladar.

El sonido de su cabeza continuaba retumbándole. Se arrodilló en el suelo doblándose sobre sí mismo. No podía gritar, no quería gritar. Sentía que, si volvía a abrir la boca, iba a desangrarse de algún modo, a quedarse vacío y morir. Sólo un ronco gruñido desesperado emergía de él, acompañando el tintineo de cientos de monedas.

—Cariño mío, ¿es que no lo ves?

Marge volvió a hablar, pero él tenía miedo incluso de levantar la mirada.

-—Ahora podrás hacer feliz a nuestra hija. Podrás comprarle una casa en la ciudad, podrá estudiar y ser alguien en esta vida, no como nosotros. ¿No lo ves? Eres la persona más afortunada del mundo y estás ahí, hecho un ovillo cual niño asustado. Ven, deja que te muestre…

Marge le ofreció su mano. Él, que la escuchaba de lejos como un leve murmullo, se atrevió a mirarla de soslayo.

Tenía razón. Podría, al fin, hacer feliz a su mujer y a su hija. Podría, al fin…

Agarró su mano. Al levantarse sintió una arcada y escupió varias monedas. Le pesaban en el estómago y le mellaban la garganta al salir. El suelo se había convertido en una manta de monedas sanguinolentas.

Ella le guió hasta el baño y, al entrar, pudo contemplar su propia imagen. Donde en algún momento habitaron dos ojos, ahora eran cuencas vacías rellenas de brillantes monedas.

—Estás resplandeciente.

Su ser inconsciente olvidó que no quería gritar.

Dejó escapar un alarido, mezcla de pánico y dolor, y abrió los ojos.

Su respiración iba a un ritmo desenfrenado, su cama estaba empapada en sudor. Todo él temblaba y se sentía febril. Algo tintineaba.

Encendió la lamparita y se levantó, tambaleante, para ir a refrescarse. Clin.

Se giró, esperando ver de nuevo a su mujer en el pasillo, pero sólo la oscuridad le devolvió la mirada. Clin-clin.

Al entrar se mojó la cara con abundante agua mientras sus oídos volvían a llenarse de monedas, golpeándose entre ellas. Cerró el grifo de manera torpe y nerviosa. Su mirada encontró sin querer la imagen que le devolvía el espejo. Donde en algún momento habitaron dos ojos ahora eran cuencas vacías rellenas de brillantes monedas.

Gritó. Gritó como jamás había gritado, lo hizo hasta desgarrarse, dándole vía libre a todo aquel dinero que quería salir.

La niña, que dormía tranquilamente en su cama, se despertó sobresaltada. Se levantó encendiendo todas las luces a su paso, siguiendo el camino que aquellos gritos grotescos le marcaban, hasta llegar al baño. Allí, abrió la puerta y pudo ver a su padre tirado en el suelo, arañándose los ojos.

—¡Ah, mis ojos, mis ojos, quítamelas, quítamelas!

Trataba de ver a su hija a través de la sangre que emanaba de sus pupilas, con los oídos casi sordos, sin dejar de intentar vaciarse las cuencas de monedas que caían rodando mientras lloraba.

Y Maggie, de pie e inmóvil ante aquel espectáculo que la noche dorada y resplandeciente le ofrecía, rio.

La caída del Teatro Reschester

Escrito por @momone

Relato Nº 3

Todos los padres cumplen sus promesas, o al menos para Dylan, que va feliz de la mano de su padre, dando un paseo por la avenida Dalloway, en Randytown. Su padre le prometió que, si lograba superar su problema de claustrofobia, pasarían un día inolvidable en la ciudad, divirtiéndose, paseando por sus calles y conociendo sitios y lugares donde pasarlo bien: un museo, una exposición de esculturas etruscas y un zoo de animales exóticos fueron los objetivos de padre e hijo para pasar buenos ratos juntos, en un día festivo como suelen ser los domingos.

Al llegar al final de la avenida, Dylan observa la gran estructura que compone el Teatro Reschester, llamado así en honor al creador del teatro, Oswald Shepperton Reschester, quien logró, sin contratiempos, realizar el teatro en el tiempo establecido que el alcalde y sus operarios le exigieron. Sus gárgolas y otros seres de ultratumba resaltan en la estructura del edificio, pareciendo una versión siniestra de un lugar de ocio y esparcimiento. A Dylan le llama la atención una luz violácea que emana del interior del teatro, al tener las puertas parcialmente abiertas. Y, como si hubiese una voz o sonido familiar, el pequeño se introduce corriendo en el teatro.

—¡Dylan!

Asustado, el padre sigue al pequeño al teatro y, una vez que está dentro, las puertas se cierran, revelando un teatro lleno a rebosar, donde los que están en palcos son seres grotescos, repulsivos, que despiden un fétido hedor a muerte y descomposición, mientras que los que están en los asientos o butacas son seres mitad humanos mitad animales, que permanecen fijos en sus asientos, mirando al pequeño Dylan, el cual está subido en una mesa, de pie, sujetando un cuchillo de cocina con su mano derecha.

—¡Dylan, sal del escenario, deja ese cuchillo!

Del escenario emerge una figura encapuchada, de color escarlata, situándose detrás del niño para después decir, con una voz femenina, el nombre del padre:

—Derek Erickson. Acércate

Arrastrado como por arte de magia ante su orden, Derek camina hacia el escenario, mientras la gente del palco comienza a dar palmas con las pezuñas o con sus manos, comenzando a sonar una marcha o melodía más propia de los años 40 que de los tiempos actuales, sonando cada vez más alto conforme Derek sube al escenario y se pone frente a su hijo y a la figura encapuchada escarlata.

—Eres el último, Derek Erickson. El último para el gran número final.

Entre asombrado y asustado, Derek pregunta:

—¿Número final?

La figura encapuchada escarlata se baja su capucha, asumiendo los rasgos del rostro de Carol Anne, la fallecida esposa de Derek, la cual murió al dar a luz a Dylan.

—Oswald creó este teatro como algo más que una fábrica de sueños. Nosotros hicimos realidad muchos de esos sueños tras llegar a un pacto con él: un pacto con sangre. Los pactos deben cumplirse, Derek Erickson, y tú cumplirás tu parte.

“Carol Anne” mira a Dylan y, de manera rápida y certera, el muchacho clava el cuchillo de cocina varias veces en el pecho de Derek, que grita de dolor ante la impasividad del muchacho, que se baña de sangre con las salpicaduras que sus puñaladas provocan en el maltrecho cuerpo de su padre, quien, finalmente, yace sin vida en el escenario.

—Sangre derramada, alma reclamada. Cien almas necesarias para que el alma de Oswald Shepperton Reschester descanse donde debe descansar, y así el teatro dejar por fin en paz.

Dylan ve una figura fantasmal aparecer brillando de rojo sangre por donde hay un charco de sangre, formando la figura de una persona mayor, calva, con barba, delgado y con traje y corbata.

—El alma de ese infeliz era la última alma. Mi deuda para con vosotros ha sido saldada, ya no pertenezco más a este teatro que construí con tu ayuda en vida, y que fuese mi maldita morada en la muerte, vagando por estos muros y escenarios como un espectro invisible por quienes usasen o utilizasen mi gran obra, o simplemente asistiesen a ellas. Solo podía ser testigo de lo que aquí pasaba, viendo crímenes, robos, venganzas…

“Carol Anne” vuelve a ponerse la capucha y toca en la frente al fantasma de Oswald Shepperton Reschester.

—Te libero de tu maldición, Oswald, puedes descansar en paz.

La figura del creador del teatro se desvanece con otro toque de la figura encapuchada, la cual se dirige ahora hacia Dylan, arrodillándose ante el pequeño.

—Únete a nosotros, Dylan Erickson. Ven con nosotros a un mundo donde no hay maldad, no hay enfermedades y no hay pobreza.

—¿Y está mi madre allí?

—Claro que sí, Dylan. Todos y todas a quien quieres estarán allí, donde deben estar. Ven con nosotros, Dylan, ven conmigo a tu nuevo hogar.

Dylan suelta el cuchillo y asiente.

—Sí, iré contigo, iré con vosotros.

La figura encapuchada sonríe y dice:

—Buena elección.

Dylan se abraza a dicha figura escarlata y ambos desaparecen en un fulgor rojizo, mientras los seres del palco y las bestias de las butacas destrozan el teatro por dentro, prendiendo fuego con su aliento a los asientos o a las cortinas del telón, o rompiendo a zarpazos o golpes las columnas que sostienen el teatro, haciendo que el techo del mismo vaya derrumbándose y hundiéndose encima de ellos, generando una gran nube de humo y polvo. Varias llamaradas pueden verse emerger de los escombros del teatro, llegando a oler a azufre por el lugar. Los bomberos y la policía buscan supervivientes en el teatro, pero no encuentran a nadie, no encuentran nada, salvo los restos de una foto quemada donde se ve al creador del teatro sonriendo en la entrada al mismo durante su inauguración hace ya más de cien años.

Sin embargo, en ocasiones, los policías y bomberos oyen susurros y lamentos, pero no logran encontrar cuerpos o heridos, tan solo un intenso hedor a azufre… y una sensación de agobio y malestar en lo que queda del Teatro Reschester, cuyos restos ven los transeúntes al pasar por el lugar.

Z-Z-Top

Escrito por @yavanna

Relato Nº 4

Días antes ya se podían escuchar ciertas noticias perturbadoras, como un rumor sordo que ignoramos hasta que nos afecta, hasta que ya es demasiado tarde. Y tuvo que pillarme justo en Las Vegas, la cuna del mal gusto… La empresa había tenido la maravillosa idea de mandarme a una convención a ese casino en mitad del desierto: los mejores vendedores de seguros del país compartirían mentiras, chascarrillos, coca y putas durante cinco días.

No fue fácil decirle adiós a la familia. Antes de marcharme me giré por última vez. Recuerdo esa imagen como parada en el tiempo, un matiz trágico impregnaba la escena… “Qué tontería”, pensé, “ni que fuera la primera vez”. El viaje en avión fue una pesadilla, como siempre. Mi miedo a las alturas me persigue incluso sin ver el vacío bajo mis pies. Entre vómito y vómito, pastilla y pastilla, fui cruzando el país desde la fría Minnesota al desierto sureño, prácticamente mejicano.

Agradecí pisar tierra firme. No tanto ver el paisaje que me rodeaba, y menos aún la fauna de turistas obesos vestidos con camisas hawaianas. Un amable taxista pretendió estafarme, como a otro de esos gordos, lo que me costó pelearme con aquel energúmeno maloliente. La radio emitía noticias inquietantes de fondo. Sin embargo, nadie parecía hacerles caso: la vida se desarrollaba de forma normal. Acaso había notado una presencia militar inusitada en el aeropuerto, pero, al fin y al cabo, esto es América.

Nero’s Palace, escenario estelar de la convención, al fin te contemplo. Mole grotesca elevada hasta el cielo. No pude evitar sentirme mareado al contemplarla. Algo de la bilis del viaje en avión vino a mi boca en aquel momento. Opresión en la garganta.

—¿Se encuentra bien, señor? —dijo un botones a mi lado. Verdaderamente, debía de tener un aspecto muy jodido si ese panchito se preocupaba tan desinteresadamente por mí. Mientras tanto, el amable taxista pateaba mis maletas junto a mí mientras soltaba tacos.

—Per… perfectamente, sí.

El contraste entre el calor flamígero de la calle y el interior era perfecto para pillar una neumonía, como poco. El botones, cargado con mi equipaje, me dirigió hasta la recepción. Por supuesto, mi habitación estaba en la planta 26, y se supone que tenía que disfrutar de las vistas. Menudo infierno… Solo cinco días…

He de reconocer que hasta ese momento estaba demasiado ensimismado como para hacerme una idea cabal de todo cuanto me rodeaba. Me concedí un minuto para echar un vistazo a los salones del hotel (sin llegar al casino) y, aunque no podría decir ni un solo motivo concreto, se me pusieron los pelos de punta. El ambiente refrigerado del magno hotel-casino estaba cargadísimo de una tensión impalpable que me oprimió el diafragma. Pero… ¿qué era? ¿Por qué tenía la sensación de que todo el mundo estaba conteniendo la respiración? ¿De que el sudor, quizás, no fuese solo por el calor?

Soy un aprensivo, eso es, y un neurótico. Si sigo así voy a acabar en un puto manicomio. Subí a ver mi habitación. Gracias a dios pude echar las cortinas con un mando a distancia y no tuve que acercarme al abismo. Puse las noticias. ¿Qué diablos estaba pasando en Europa? ¿Una enfermedad nunca vista, extraños síntomas, caos inminente? ¿Pero qué cojones…? En mi estado no podía soportar una dosis tan elevada de amarillismo, así que apagué la tele, llamé a la parienta y me acosté.

Un sueño intranquilo dio paso a un abrupto despertar: un tipo me zarandeaba de forma violenta. En total confusión, no fui capaz ni de interponer los brazos o gritar. Me incorporé y vi a otro en la esquina de la habitación con algo en las manos.

—¿Qué cojones…?

—Señor, debemos hacerle unas pruebas inmediatamente. Haga lo que le decimos.

—¿¡Quién coño eres!?

Entonces el otro vino a agarrarme. Me sacaron de la cama y me pusieron contra el suelo. Yo me resistía como una alimaña, totalmente confuso, esperando despertarme en cualquier momento de esa pesadilla y sonreír al sol de la mañana. Pero no, eso no iba a pasar. Estaba demasiado fuera de mí mismo como para entender lo que me decían. Me giraron y me apuntaron con una linterna a los ojos, me abrieron la boca y me apartaron los labios al máximo… Fui recobrando la calma, dejé de oponer resistencia y la presión que ellos ejercían fue, igualmente, disminuyendo.

—Bien… parece que las encías están bien, ¿no?

—Joder, sí, eso parece…

—¡Eh, Bill! ¿Te queda mucho ahí? Venid a ayudarnos aquí al lado en cuanto podáis, tenemos problemas —dijo otro tipo asomándose a la puerta, protegido por un extraño delantal.

—Sí, sí, este parece estar bien. Vamos para allá.

Y esos dos se fueron como habían llegado. Una rodilla clavada me había jodido el costado, que ahora me dolía terriblemente. Me quedé tirado sobre la moqueta de la habitación, jadeando, con la vista perdida en el techo, intentando entender qué coño pasaba. En la habitación contigua empezaron a sonar unas voces amenazantes que ordenaban a alguien que no se resistiera… cinco, diez segundos de silencio y luego un grito desgarrador que me levantó del suelo, aterrorizado. Aquel grito no era humano, jamás había escuchado nada como eso.

-—¡AHHHHHHHHHH!! ¡¡ME HA MORDIDO!!

—¡Rápido, rápido! Salgamos de aquí, bloquead la puerta.

Un portazo, y dentro una fiera enjaulada en el paroxismo de su ferocidad: gemidos de ultratumba, golpes por doquier, gritos que helaban la sangre.

—Bill, ¿estás bien?

—Agh… Me ha desgarrado el músculo, mira.

—Tienes que ir a que te lo vea un médico.

—¿Con la que hay montada? ¡Ja! Esto se va a poner muy feo, amigos. Dentro de poco cada uno va a tener que buscarse la vida como pueda, no va a tardar mucho en reventar, ya sabéis que…

Sus palabras se perdieron junto con sus pasos por el pasillo. En aquel momento solo pensaba en salir de allí pitando. La puerta estaba bloqueada, la tarjeta magnética no servía… estaba encerrado. Los golpes del loco de la habitación vecina se habían centrado, por alguna razón, en el tabique que nos separaba y eran de una fuerza sobrehumana. No tardaría mucho en abrir un agujero. El corazón me latía en el pecho como una bomba, las sienes me palpitaban como un martillo sobre el yunque. Un frenesí se apoderó de mí y cogí todo lo que tenía a mano para golpear la puerta hasta hacerla astillas. Era una carrera: o esa bestia o yo, y prefería ser yo.

El mecanismo de la puerta acabó cediendo y me precipité a abrirla… Era Bill, el puto Bill. Mantenía una postura extraña y se giró lentamente hacia mí. Me quedé paralizado. Llevaba el brazo derecho envuelto en una sábana ensangrentada, todo él puro temblor sollozante, los ojos hundidos, la mirada perdida, la boca contraída en una mueca imposible, la piel macilenta y traspasada de venas cerúleas. No quedaba nada de humanidad en ese ser. Se abalanzó hacia mí, intenté cerrar la puerta que yo mismo había dejado inservible. Mientras, mi vecino había finalizado su butrón con éxito y pasaba a mi habitación a través del agujero en una inhumana contorsión que le partía los huesos.

Estaba rodeado, sólo tenía una salida. Abrí el balcón y lo cerré justo antes de que esas fieras cruzasen. Al quedar tras las cortinas y no verme, dejaron de golpear el cristal. Así que aquí estoy, tirado en el suelo, sometido a mi vértigo insuperable, observando desde la vigesimosexta planta del Nero’s Palace cómo el mundo se va a la mierda. Ya llevo dos días aquí, pronto tendré que entrar a buscar agua y comida. Sé que están ahí, en la habitación, aún puedo oírlos…

Fractal

Escrito por @Uzu

Relato Nº 5

Elena se despertó sobresaltada del mal sueño, y le costó unos segundos estar segura de que estaba despierta, pues la pesadilla había sido muy real. A pesar de ello, ya se estaba desvaneciendo de su memoria. Apenas recordaba algo sobre un incendio en casa.

Se desperezó y bajó a la cocina. Encontró unas tostadas con mermelada preparadas en la mesa. Papá habrá aprovechado que amanece temprano para hacerle el desayuno antes de irse a dormir.

Habiéndose aseado y vestido, Elena se marchó al colegio. Aunque odiaba tener que ir, sí que le encantaba el paseo desde su casa al núcleo de Suðurnesjabær. Raro era el día que no veía, como mínimo, un frailecillo. En los días buenos, se le cruzaba un zorrito por el camino. Le encantaban los animales. Sus compañeros, no tanto. Se metían con ella por el oficio de su padre. Pensaban que con el GPS ya no hacían falta faros. Qué sabrían ellos.

Ensimismada como iba, no escuchó el motor del coche hasta que lo tuvo a unos pocos metros de ella. Lo que más por sorpresa le pilló fue que el vehículo venía por su espalda y no era el coche de su padre. Se apartó y dejó pasar a la conductora, que la miró como si también le hubiese sorprendido a ella encontrarse con Elena en la carretera.

Lo cierto es que la niña se la quedó mirando. Esa joven le resultaba muy, muy familiar. Por un momento, pensó que podría ser su madre; pero no, mamá murió hace dos años. Aunque… Nada, sería su mente jugando con ella.

Continuó su camino y, cuando se veían ya las primeras residencias del pueblo, otro coche se acercaba, aunque esta vez de frente. Se hizo a un lado, pero el vehículo continuó por el centro del camino. No le hizo mucha gracia a Elena, pero se apartó hasta el fango más allá del arcén; más vale prevenir. El coche aminoró la velocidad; se habría percatado del peatón. La niña rezongó; ya se había manchado las botas. Quiso mirar mal al conductor, pero se dio cuenta de que era el mismo coche de antes, con la misma conductora que volvía a mirarla fijamente.

El coche se paró a unos cincuenta metros. La conductora, que cada vez le parecía más familiar, parecía agarrarse al volante con mucha fuerza, sin apartar la vista de la niña. De súbito, arrancó y cogió rápidamente velocidad. Apuntó el coche hacia el lateral donde se encontraba Elena, que en todo momento le aguantó la mirada a la conductora, incluso cuando la atropelló.

Elena se despertó sobresaltada del mal sueño, y le costó unos segundos estar segura de que estaba despierta, pues la pesadilla había sido muy real. A pesar de ello, ya se estaba desvaneciendo de su memoria. Apenas recordaba algo sobre que su madre la había atropellado.

Bajó a desayunar con su padre. El hombre le alborotó el pelo a modo de saludo cariñoso y volvió a su café. Elena se preparó un gofre con chocolate, que para algo era sábado. Le comentó que el peldaño de la escalera cada vez crujía más fuerte, a lo que papá contestó con una sonrisa que entonces no le afectaría. Pero el ambiente se agrió al entrar su madre en la cocina, otra vez completamente borracha. El trabajo de farera no está hecho para la gente que no aguanta la soledad.

Mamá se sentó a la mesa y papá fue rápidamente a prepararle un desayuno-cena. Elena se concentró en su gofre. Hoy su madre tenía ojos de pelea. Y, efectivamente, en cuanto su padre le puso su plato, ella le miró despectivamente y le exigió explicaciones.

El hombre se las dio como pudo. Su forma de usar la lengua de signos le hacía parecer aún más sumiso. Por el contrario, la agresiva gesticulación de su madre acrecentaba la sensación de violencia inminente que contenían sus signos.

Elena se centró en acabar su gofre mientras su madre pegaba a papá con la cuchara de madera para remover el estofado. No se explicaba cómo ese hombre tan dulce y comprensivo acabó con este monstruo que les pegaba y trataba tan mal. A veces Elena deseaba… No, estaba feo pensar en esas cosas.

Acabó su desayuno y se fue hacia su habitación. Cuando pisó el escalón delator, se quedó paralizada durante unos segundos, instintiva pero innecesariamente, y continuó hacia su cuarto.

Allí se recluyó con su música y sus libros, deseando que su madre se fuese a dormir cuanto antes para poder ir a dar un paseo con su padre por Sumba. No habría pasado más de media hora cuando un jaleo en el pasillo le llamó la atención. Seguramente mamá habría tirado por las escaleras a papá otra vez. Salió para curar a su padre, pero la escena que vio le pilló por sorpresa.

El peldaño chirriante debió ceder bajo el peso de su madre cuando subía a acostarse, y era ella la que estaba tendida en el suelo con el cuello en una postura extraña y la cabeza en un charco creciente de sangre. Arrodillado a su lado estaba su padre, llorando desconsoladamente, o de alegría, o las dos cosas.

La niña bajó rápidamente y se puso a su lado. Su padre le dio las gracias por haber aflojado el escalón y avisarle en el desayuno para que no subiera él primero.

Elena se despertó sobresaltada del mal sueño, y le costó unos segundos estar segura de que estaba despierta, pues la pesadilla había sido muy real. A pesar de ello, ya se estaba desvaneciendo de su memoria. Apenas recordaba algo sobre que había tirado por las escaleras a su madre.

Subió hasta la sala de cristal y comprobó que la luz seguía dando vueltas a plena potencia. Aunque necesitaba subirse a una silla para llegar a los mandos del tablero de control, ella era la farera de Fuencaliente, y la persona de la que dependían todos los barcos que cruzaban entre La Palma y La Gomera.

Habiendo comprobado que estaba todo en orden, bajó a la cocina y preparó dos molletes con tomate y jamón. Se comió su desayuno y bajó el otro plato al sótano, donde una sucia, temblorosa y encadenada mujer se alejó cuanto le dejaron sus ataduras de la escalera por la que bajaba la niña.

Elena se despertó sobresaltada del mal sueño, y le costó unos segundos estar segura de que estaba despierta, pues la pesadilla había sido muy real. A pesar de ello, ya se estaba desvaneciendo de su memoria. Apenas recordaba algo sobre que había ingresado a su madre en una residencia.

Dio un beso en la frente a mamá y salió de debajo de la sábana. Se arregló un poco el pelo y se puso las zapatillas. Comprobó que el cuchillo seguía anclando bien el pecho de su madre al colchón de la cama, y bajó a desayunar.

Elena se despertó sobresaltada del mal sueño, y le costó unos segundos estar segura de que estaba despierta, pues la pesadilla había sido muy real. A pesar de ello, ya se estaba desvaneciendo de su memoria. Apenas recordaba algo sobre que su madre abusaba de ella.

Delirio arácnido

Escrito por @subrosandro

Relato Nº 6

Pedro entró en la habitación del hotel cuando estaba a punto de anochecer. La luz crepuscular penetraba con facilidad a través de unas cortinas apolilladas y descoloridas, iluminando una estancia muy austera. Una cama sencilla ocupaba la mayor parte del espacio, flanqueada por una mesilla metálica sobre la que descansaba un teléfono y varios panfletos del hotel. Al fondo, bajo la ventana, un tablón de contrachapado anclado a la pared servía de escritorio, actuando para ello la misma cama de asiento. Un pequeño armario de madera carcomido completaba la lista de enseres de aquel cuchitril minimalista. En el aire flotaba un intenso olor a alcanfor que no lograba ocultar el hedor a humedad subyacente de aquella habitación de quince euros la noche.

Pedro no podía permitirse mucho más. El subsidio se le estaba agotando, y había dilapidado gran parte de él en bebida. Había realizado un gran esfuerzo económico para venir a Úbeda a ver a su hija, Esther. Desde que había perdido la custodia compartida, no había podido más que oír su delicada voz a través de los audios de WhatsApp. Pedro había perdido su voz tras una infección de garganta dos años atrás, así que solo podía comunicarse con su hija escribiéndole mensajes de texto. Pedro temía que después de un año sin ver su rostro ni oír su voz, Esther terminase por olvidarlo. Así pues, había viajado hasta su antigua ciudad para tratar de restablecer los lazos paternales. Al día siguiente, vería de nuevo a Esther y la espera habría merecido la pena.

Pedro posó su maleta encima de la cama, sacó su portátil y lo instaló sobre el escritorio. Mientras arrancaba, extrajo de su chaqueta un paquete de cigarrillos y un mechero. Había sustituido el tabaco por el alcohol tras su enfermedad, pero, como había decidido mantenerse sobrio para ver a Esther, pensó que volver a fumar sería la única manera de conseguirlo. Abrió la ventana, encendió su primer cigarrillo, y creó un nuevo documento de Word. La hoja en blanco lo miró amenazadoramente desde el otro lado de la pantalla. Pedro era periodista independiente. Escribía artículos para diarios deportivos, pero en los últimos años había perdido la inspiración y la mayor parte de sus contratos. Llevaba ya un par de días de retraso con el último, por lo que estaba dispuesto a terminar el artículo esa misma noche.

Tras quince minutos contemplando la página en blanco, Pedro decidió tomarse un breve receso. Salió de la habitación para ir al baño compartido al final del pasillo. Al regresar, contempló asustado la pantalla del ordenador. En el documento había escritas unas palabras.

Te estoy observando

Pedro no recordaba haber escrito aquella frase. Comprobó de un simple vistazo que estaba solo en la habitación. Aquel hotel no disponía de wifi, por lo que nadie había podido acceder a su portátil de forma remota. Llegó pues a la conclusión de que algún bromista había entrado en su habitación mientras estaba ausente. Cerró con pestillo la puerta de la estancia y regresó a su ordenador. Había aparecido otra frase debajo de la anterior.

Estoy delante de ti

Pedro observó horrorizado que encima del portátil había una araña oscura del tamaño de un puño. Sus ocho patas peludas y alargadas se extendían por el teclado. ¿Acaso aquella araña había escrito el texto? Parecía imposible. Pedro estaba asustado, pero mantuvo la cabeza fría. Dedujo que el bromista había soltado aquella araña allí encima intencionadamente. Aun así, Pedro no estaba seguro de intentar matarla. ¿Y si era venenosa? Se acercó al teléfono para llamar al servicio de habitaciones, pero apenas había descolgado cuando recordó su condición. Llevaba dos años siendo mudo y todavía no lo había asimilado por completo. Cuando volvió a mirar hacia el portátil, descubrió que la araña había desaparecido. Había una frase nueva en la pantalla.

Nunca nos encontrarás

Pedro buscó frenéticamente la araña por la habitación. Miró en su maleta, debajo de la cama, de la mesilla y hasta se asomó por la ventana, pero no encontró ni rastro de ella. De repente, notó un movimiento por el rabillo del ojo. Giró en redondo. El armario carcomido se erguía ante él. La puerta del mueble estaba ligeramente entreabierta. Pedro cogió el diario deportivo que había estado leyendo en el tren, lo enrolló hasta darle forma cilíndrica y lo blandió como si fuese una porra. No sentía que un endeble trozo de papel fuese suficiente para acabar con aquella araña, pero enarbolar el arma improvisada le infundió el valor suficiente para acercarse al armario. Abrió la puerta lentamente. Dentro, Pedro descubrió una enorme telaraña que cubría el interior del armario. La recorrió impaciente con la mirada, intentando encontrar la araña, pero la tela estaba vacía. Cansado de buscar, cerró la puerta y se volvió. Entonces la vio. Yacía sobre su maleta, inmóvil, observándole. Pedro se acercó lentamente, con el periódico en alto, decidido esta vez a acabar con ella. Inspiró hondo y la golpeó con fuerza. Le acertó de pleno. Repitió varias veces el gesto hasta que la convirtió en una plasta peluda y viscosa. Luego, posó la mirada en la pantalla y respiró con alivio al ver que no habían aparecido nuevas frases. En ese momento se percató de que la última estaba escrita en plural. Notó entonces cómo algo trepaba por su espalda. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. Dio un manotazo y sintió cómo su palma golpeaba algo duro. Al volverse, contempló con horror cómo el suelo de la habitación se había llenado de aquellas arañas peludas. Pero esta vez no estaban quietas, sino que se aproximaban lentamente hacia él, moviendo sus patitas. Pedro gritó, aunque de su garganta solo surgió un ronco quejido. Se subió a la cama, pero observó aterrado cómo las arañas trepaban por las patas. Miró hacia su portátil, donde una cuarta frase había aparecido.

No puedes escapar

Entonces se fijó en el mechero que yacía al lado del ordenador. Lo cogió y prendió el rollo de periódico, creando una antorcha improvisada con la que trató de espantar a las arañas. Estas no parecían asustarse, por mucho que Pedro la agitase frenéticamente. Las cortinas no tardaron en prenderse, así como la colcha. En pocos segundos, la habitación estaba ardiendo. Las arañas seguían avanzando, inmutables ante las llamas. Pedro soltó la antorcha, saltó de la cama y corrió hacia la salida. Trató de abrir la puerta, pero estaba bloqueada. El humo le obstruía la visión, y le costaba respirar. Las arañas le alcanzaron y empezaron a trepar por su cuerpo. Pedro las notó morder dolorosamente su piel. Trató de gritar, y las arañas aprovecharon para entrar por su boca abierta, ahogándole. Intentó toser, pero fue incapaz. Se asfixiaba. Todo se volvió borroso, las fuerzas le abandonaron y cayó al suelo. Sintió cómo las arañas cubrían su cuerpo y entraban a montones por su boca. Finalmente, perdió el conocimiento.

El fuego se extendió por el hotel y afectó a varias casas aledañas. Cuando los bomberos localizaron el origen del incendio, descubrieron en aquella habitación el cadáver de un hombre, totalmente carbonizado. Al fondo de la estancia, un portátil ennegrecido que había sobrevivido milagrosamente a las llamas mostraba un documento de Word en blanco.

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La llamada

Escrito por @DrPingas

Relato Nº 7

Hace unos días me llevaron al psicólogo. Por alguna extraña razón, de repente me entraba un pánico terrible. El diagnóstico era claro: miedo a los espacios abiertos. Lo que me faltaba a mis diecisiete años de edad. Tope dabuti, oiga.

Ya es por la mañana. Desayuno, me pongo la falda y me dispongo a ir a clase. Como me han dado la siguiente cita con el psicólogo la semana que viene, voy a tener que ingeniármelas para convivir con el pánico de salir a la calle como pueda.

Para distraerme me pongo el walkman y los cascos para escuchar Wannabe. Agh, llevo andados muchos metros, pero esto no sirve, noto un terrible terror. ¡Quiero volver a casa! Detengo la canción, y algo llama mi atención.

¡Oh! ¿Una cabina telefónica? Me refugiaré en ella. Acabo de meterme, llamaré a mi tía para que venga a recogerme. Cómo me gustaría tener un móvil de esos tan fashion como el que tiene Patricia, eso de no tener que usar cable mola cantidubi.

A ver si llevo suficiente, que ayer no tenía nasti de plasti en la cartera. Bien, parece que tengo suficientes pelas. Un momento, el teléfono… ¿Está sonando? No tiene sentido, nunca había entrado en una cabina donde sonara. Extrañada, me da por descolgarlo y, entonces, oigo una voz.

—Servirás.

Y cuelgo. ¿Una especie de broma? Si lo es, no tiene ningún futuro como comediante. Durante un instante siento que me observan; miro detrás, pero no hay nadie. Decido obviar todo eso e introducir las monedas, pero qué raro, salen por debajo. El teléfono no se las traga, me imagino que está estropeado, así que voy a salir.

N-no, no puedo salir, me es imposible. La agorafobia había aumentado mucho, no me veía capaz ni de dar un paso. Empiezo a notar un extraño picor en la muñeca derecha, me la miro y… ¡No! ¡No puede ser! ¡DIOS MÍO! ¡¿QUÉ ES ESO?!

Una vena enorme está moviéndose en mi muñeca, bombeando líquido, uno que puede verse a través de la vena, transparente. Es verde con virutas negras. Me entran ganas de vomitar, suelto toda la pota ahí mismo. Y otra vez aquel sonido. Efectiviwonder, es el teléfono.

Casi instintivamente, y un poco también por olvidar lo que me estaba ocurriendo en ese momento, descuelgo el teléfono otra vez.

—Que nos.

Y vuelta a colgar. Esta vez me fijo más en su voz: es masculina, sonaba como muy grave, pero a la vez como una voz doble, parecía que estaba alterada de alguna manera. ¿Acaso este cómico urbanita usa algún tipo de modulador? No sonaba como algo de este mundo.

La muñeca izquierda me empieza a picar también, y cuando le doy la vuelta… No puedo creer lo que estoy viendo, hay un ojo que se mueve y retuerce en ella. Como si aquella imagen no fuera lo suficientemente espantosa, de aquel ojo brotan en forma de gotas lo que parecen lágrimas de sangre.

Quiero tocarlo, para ver si es real y, al hacerlo, me duele. No me duele cuando sangra, sino cuando lo toco; lo mismo ocurre con la vena mugrosa. Aquel ojo no es operativo, no puedo ver a través de él. Simplemente se mueve de forma intermitente, mirando de un lado a otro, mientras sigue soltando sangre.

Una sombra extraña me acaba de sorprender justo a mi derecha, fuera del cristal de la cabina, donde se pueden ver unos ojos luminosos acechándome. Me asusto y me tiro al suelo, sentada, arrinconada en una esquina de la pequeña cabina. Y la sombra se desvanece.

Ahora sí que no quiero salir a la calle. ¿Cómo voy a hacerlo con esa criatura o lo que coño sea eso rondando por aquí? Esta situación es demasiado, sigo vomitando. Ni siquiera el mejor tripi me había hecho ver cosas como estas cuando fui a la ruta del bacalao.

El teléfono vuelve a sonar. Ese ring-ring constante es lo que lo empezó todo, quizás lo más inteligente sea no cogerlo. Sí, esa tiene que ser la clave: si ignoro la llamada, todo esto se detendrá. Espero.

Han pasado cinco minutos. Mi reloj digital nuevo de Mickey es lo único que he podido mirar durante ese tiempo en el que el teléfono no ha dejado de sonar. No tengo más remedio que cogerlo, las piernas me tiemblan, con mucho pavor acerco mi oreja de nuevo, y puedo oír:

—Temas, di.

Y se fue la voz misteriosa de nuevo. ¿Qué quieren decir sus palabras? “Servirás, que nos, temas, di”. No tiene ningún sentido. Ahora tengo otro picor, esta vez detrás del cuello. Tengo miedo de tocarme, con mucha cautela acerco el dedo y… ¡Ay! Lo he tenido que apartar. ¿Qué es lo que me ha salido esta vez?

Uso el espejo de maquillaje que llevaba en la mochila para mirar qué aberración tengo en el cuello y es aún más increíble que lo anterior: esta vez se trata de una boca, de la cual se pueden ver colmillos, una lengua de serpiente con pelos que se mueven como lombrices. De esa boca cae una especie de baba amarilla con espuma roja.

Mi espalda está empezando a mojarse, me siento horrible. ¿Acaso esto es una pesadilla? Cierro los ojos y me estampo contra la puerta para tratar de salir, a pesar de todo el miedo que siento.

Y justo cuando salgo, sin saber cómo, me encuentro otra vez dentro de la cabina. ¡No es posible! ¿Es que acaso esta será mi prisión siempre? ¿Es que acaso algún tipo de espíritu maligno quiere que desarrolle claustrofobia?

Ya lo tengo: en vez de seguir llorando, voy a cerrar los ojos, y seguro que acabo despertando. Esto tiene que haber sido algún rollo que me rayara mazo que me he llevado al subconsciente, y una vez que me metí en el sobre y quedé grogui…

Bien: tres… dos… uno… ¡ya!

No ha cambiado nada en absoluto, ¡no lo entiendo! Voy a gritar bien fuerte. ¡Por favor! ¡Ayuda! ¡Socorro!

Escucho una risa maléfica, me giro totalmente exaltada, y veo una figura sombría de pequeña estatura, gran cabeza, orejas puntiagudas, ojos como luces y color amarillo. Y su sonrisa también brilla, el esmalte blanco de sus dientes parece destacar como si fuese el foco de una linterna.

Ha acercado lo que parecen ser unas garras negras que arañan el cristal. ¡Tonta de mí! Tanto miedo que tenía por quedarme encerrada dentro, que olvidé por completo que esa criatura estaba fuera.

Un momento, otro sonido está sonando justo ahora. ¡El teléfono! Sé que, si lo descuelgo, algo malo me ocurrirá, mas es la única cosa que puedo hacer.

—No.

¿Sólo eso? Espera, ¡ya lo tengo! ¡Está al revés! La frase entera es:

“No temas, di que nos servirás”.

El cristal está empezando a agrietarse. Y esa carcajada… ¡Es la voz del teléfono!

—¡Sí! —empiezo a gritar—. ¡Os serviré!

La criatura deja de arañar. La puerta de la cabina se abre sola y, cuando pongo un pie fuera, ya no siento ningún miedo.

“He perdido el miedo”, pienso para mis adentros, “ya no tengo nada que temer”.

No —me interrumpe aquella estremecedora voz—, te equivocas. El miedo empieza justo ahora. Bienvenida al purgatorio.

Apagón

Escrito por @Tenma

Relato Nº 8

Diana no paró de quejarse a sus amigas por haber escogido un bar tan lejos de casa para celebrar Halloween. Marta se había encaprichado con ir a un barrio más, digamos, humilde, porque así lo tétrico del lugar le daría más ambiente. Pero el bar-restaurante en el que habían conseguido reservar era un verdadero tugurio siniestro, hasta el punto de que los adornos de Halloween parecían embellecer el lugar. Pero habían pagado por adelantado y ya no había vuelta atrás. Diana acabó aceptando, resignada y víctima de la presión de grupo de sus cuatro amigas. Después de todo, lo más probable es que, al empezar la universidad, este fuera el último Halloween que celebrarían juntas.

La música no estaba mal, con un recopilatorio de bandas sonoras de películas de miedo bastante acertada, pero la comida dejaba mucho que desear, y tenía un aspecto un tanto desagradable. ¿Y en qué clase de fiesta de Halloween ponían estofado para acompañar la cerveza y los cubatas?

Diana miró en derredor. Se fijó en la cocina, que tenía la puerta entreabierta, y justo en ese momento el cocinero le devolvió la mirada, sonriendo con una dentadura con más dientes carcomidos que sanos. Sostenía dos grandes cuchillos, y tenía una mano llena de sangre fresca. Al darse cuenta de que Diana le estaba escudriñando, el cocinero se apresuró a limpiarse la sangre en el delantal; tras lo cual, se aseguró de cerrar bien la puerta.

—El cocinero es muy sospechoso —le dijo Diana a Marta—. Creo que deberíamos irnos… Me da todo muy mala espina. Seguro que es un desquiciado…

—¿Quién?

—El cocinero. ¿No me estás escuchando?

—Te escucho, pero sólo dices tonterías, ¿no puedes divertirte para variar? Vas a aguarnos la fiesta.

—Pero fíjate. Fíjate en lo que nos han servido, esto podría ser carne de cualquier cosa y… ¡Joder! ¿Y si nos están dando de comer carne humana? ¿Y si nos quieren drogar para- ser nosotras el próximo menú? En serio te lo digo, esto me da muy mal rollo. ¡Tenemos que irnos!

—¡Ya estamos con tus delirios! Que no pasa nada… Te estás comiendo el tarro… Ooootra vez.

Casi con una sincronía perfecta, en cuanto Marta dijo la última palabra, la luz se fue de forma repentina. Música, luces, todo fuera en un instante. Quedando sólo el murmullo de las conversaciones que pronto se transformaron en quejas sobre el fiasco que suponía ver la fiesta interrumpida así.

De pronto, Diana sintió un golpe en la cabeza y todos los sonidos se esfumaron.

Estaba tumbada cuando volvió en sí. Además de sentir la cabeza embotada, notó que el apagón no había terminado. Llamó a sus amigas, pero sólo recibió el eco de su voz, propio de una sala con poco mobiliario. Poco a poco, fue centrándose. La cabeza le dolía mucho y no sabía qué estaba pasando. ¿Acaso sus amigas se habían largado sin ella cuando se terminó la fiesta por culpa del apagón? Pero nada de eso tenía sentido. ¿Acaso se había golpeado con algo a oscuras, se había caído al suelo, habían desalojado el local y se habían olvidado de recogerla tanto el personal como sus amigas?

Se incorporó a tientas. Por el tacto, descubrió que había estado tumbada sobre una mesa de metal. No había mesas así en el bar. ¿La habrían trasladado? Con la cabeza más despejada fue consciente de su verdadera situación y se sintió aterrada.

—Joder, joder, joder. ¡Que tenía yo razón, que me han secuestrado! Mi móvil… ¡¿Dónde está mi móvil?!

Se cacheó toda la ropa, buscando sus objetos personales, incapaz de aceptar que se los habían sustraído. Necesitaba llamar, necesitaba la linterna para saber dónde estaba. La oscuridad se volvió más y más envolvente y asfixiante. Sin luces a la vista, intentó penetrar la negrura a base de concentrarse, esperando que sus ojos se adaptaran rápido a la oscuridad y pronto pudiera discernir contornos.

Los minutos pasaron, y la oscuridad seguía siendo igual de perfecta. Aquello era extraño, una oscuridad tan densa, tan negra, parecía irreal… No le quedaba más remedio que confiar en el tacto y avanzar con paso lento pero seguro, hasta localizar un acceso e intentar salir.

Tras unos minutos que parecieron horas, dio con el pomo de una puerta y sintió un profundo alivio cuando ésta se abrió sin problemas y le recibieron los sonidos propios de una urbe. Sentir el aire libre en la cara fue revitalizante, pero, acto seguido, le invadió un profundo desasosiego porque la oscuridad que la envolvía se negaba a irse. Algo iba mal, muy mal, hasta el punto de que no se atrevía a plantearse y dilucidar el motivo porque sospechaba que sería mucho peor de lo que podría esperar.

Entonces, alguien gritó de terror no muy lejos de ella. Diana no podía ver quién había sido, pero algo en su fuero interno le decía que ella misma era el motivo del grito.

—¡Ay, Dios mío! ¡¿Pero qué te han hecho? —sintió que alguien decía a su lado.

—¡Llamad a emergencias! —escuchó a unos metros que decía otra persona, que parecía acercarse—. Niña, tranquila, ya estás a salvo. Los médicos están de camino.

—¿No es la que secuestraron el otro día? —escuchó que alguien murmuraba, sin contemplaciones—. Sí, tío, en la noche de Halloween.

—Hostia, sí, tiene que serlo. ¿Pero qué le ha pasado en la cara…? ¿Son sus…?

—¡Callaos, gilipollas! Idos antes de que se me hinchen los cojones y empiece a repartir hostias.

Abrumada por los comentarios, Diana fue incapaz de hablar. Desbordada por la acumulación de emociones, le dieron muchas ganas de llorar, e instintivamente se llevó las manos a la cara. Y entonces lo supo. En realidad, lo había sabido desde hacía rato, pero su mente había sido incapaz de reconocerlo. Y gritó, gritó desesperada, porque ni el sol más radiante podría espantar de su lado la oscuridad abrumadora. Cuando atisbó a comprender lo que suponía que sería su vida a partir de ahora, sin los ojos, se desmayó. Su último pensamiento antes de perder la consciencia fue lamentar no haber seguido la intuición que tuvo en la noche de Halloween.

La deuda pendiente

Escrito por @Jimla

Relato Nº 9

Con el rabillo del ojo observo cómo el boli rueda sobre el escritorio, hasta que alcanza el borde del mismo y cae contra el suelo. No produce sonido, al menos no para mis oídos. Hace ya mucho que esa parte de la realidad se perdió para mí, cuando la sordera me ganó la partida en plena infancia. Me agacho para recogerlo y, al levantar la cabeza, le veo ahí, más cerca que nunca. Pero, rápidamente, aparto la mirada y me centro en el texto a medio terminar de la pantalla del ordenador.

Debo ignorarlo, todavía no es el momento. Primero, debo escribir mi historia, una historia real.

Todo comenzó con una misteriosa caja que me dejó mi tío como herencia tras su prematura muerte cuando yo era pequeño. El testamento decía que no debía abrirla hasta que no llegara el momento oportuno, y así hice. Esperé diez años, en los cuales aquella caja de madera quedó aparcada en una esquina de mi memoria. Pero, finalmente, un día volvió a mi cabeza como un viejo recuerdo que parecía olvidado. En aquel momento no me cuestioné nada, ahora sospecho que fue Él quien decidió cuándo era el momento oportuno. Simplemente encontré la caja por casualidad en el fondo de un armario y, al contrario que tantas otras veces, en esa ocasión sentí el impulso de abrirla. Recuerdo acariciar sus relieves tallados en la madera y girar un pequeño pestillo para, nada más abrirla, encontrarme una nota de mi difunto tío.

Querido Dani,

De pequeño te gustaba inventar historias junto a mí. Si sigues teniendo esa afición, este antiguo teléfono te ayudará. No te cuestiones cómo ni por qué; simplemente, cuando lo necesites, ahí estará. Con respecto a él, no te preocupes, estará ahí desde la primera vez. A veces, ni te darás cuenta de su presencia; simplemente, no dejes que llegue a acercarse lo suficiente. Con eso debería bastar. Es el pequeño precio a pagar.

Era cierto, de pequeño siempre había querido ser como mi tío, crear historias como él y —¿por qué no?— ganarme la vida con ellas. Eso se le había dado bien al viejo. En cambio, las veces que yo lo había intentado siempre resultaban textos confusos y poco inspirados que provocaban que acabara tirando la toalla.

Eché otro vistazo a la caja y vi que dentro había un viejo teléfono negro, impoluto y, curiosamente, sin ninguna tecla, completamente liso. Lo saqué y lo puse sobre mis piernas.

¡Ring!

De pronto el teléfono comenzó a sonar y, por primera vez en años, volví a experimentar lo que era el sonido. Me pegué tal susto que el teléfono cayó al suelo y se descolgó, aunque continuó sonando. Entonces me di cuenta, con asombro, de que no sonaba realmente, sino que dicho sonido salía del interior de mi cabeza. Alargué el brazo y descolgué. Absurdamente me llevé el auricular al oído, como si eso pudiera significar algo en mi caso, y lo primero que noté fue un leve olor nauseabundo que salía del auricular.

—Toma nota —dijo una voz que no parecía ser de este mundo.

Y aquella extraña voz comenzó a relatar una historia de principio a fin. Quizás no una de las que te hacen ganar premios importantes, pero sí una de esas con las que te hartas a vender y, siendo sincero, esa era la clase de historia que yo quería.

—A partir de ahora, siempre estaré ahí, vigilante. Cada vez que lo necesites, tendrás mi ayuda y, así, yo me acercaré más, pues a partir de hoy tienes algo que me pertenece.

Aquellas palabras fueron acompañadas de un escalofrío que me recorrió la espalda, y el silencio volvió a mi cabeza.

No tuve que esperar mucho tiempo para verlo. La primera vez ocurrió en la universidad, en clase. Fue al mirar por la ventana cuando le vi, una figura oscura y trajeada asomaba entre la arboleda a la que daba ese lado del edificio. Habría unos cien metros entre nosotros y su rostro estaba cubierto por una sombra, pero me atrevería a jurar que me estaba mirando fijamente, y que incluso me sonreía. Me asusté y aparté rápidamente la mirada. Al final de la clase miré y ya no estaba allí, pero no se fue por mucho tiempo. A partir de entonces, comenzó a ser una constante. En cualquier momento del día, si lo buscaba durante el tiempo suficiente, acababa encontrando la oscura figura del traje. En el parque, en el centro comercial, tomándome un café… Siempre estaba ahí, siempre de pie… expectante. Al principio reconozco que me perturbaba aquel extraño espectador, pero, como se dice, a todo se acostumbra uno, y comprendí que, como me decía la nota de mi tío, mientras se mantuviera a distancia sería inofensivo.

Comencé a ignorarlo hasta el punto de no darme cuenta de su presencia durante semanas y, cuando recaía en él, miraba a otro lado y seguía con mi vida. Un pequeño precio a pagar por cumplir mi sueño de ser escritor, ¿no crees? Él estuvo en mi graduación, en mi boda, en el nacimiento de mi hijo… Aparentemente invisible para los demás, pero no para mí.

Los años pasaron y continué escribiendo novelas que me alzaron a los primeros puestos de los más vendidos. A cada llamada que recibía, Él me relataba una historia y se acercaba un poco más, lento pero imparable; aunque había margen y eso me tranquilizaba. De esos primeros cien metros pasó a cincuenta, después siguió acercándose hasta que ya no hubo día en que no le viera. Tras unas cuantas novelas y mucho éxito, se atrevió a cruzar el umbral de mi casa; de eso ya hace un tiempo…

Mientras termino de escribir estas líneas, Él está aquí, más cerca que nunca. Ahora apenas nos separa un metro. Desde esta distancia aprecio mejor su sonrisa, porque, sí, a veces me sonríe, especialmente cada vez que recibo otra de sus llamadas. Es lo único que alcanzo a ver entre las sombras que esconden su cara: una retorcida hilera de desgastados dientes amarillos. Hace ya tiempo, el aire siempre está impregnado del hedor que desprende el maldito teléfono, ese olor pútrido. Ahora entiendo que es su aliento, el olor de su interior descompuesto, pero ¿qué está tan podrido ahí dentro? ¿Las almas de los ingenuos que vinieron antes de mí? ¿La de mi tío también? ¿Será la mía la siguiente? Sí, quizás sea eso; seguramente es lo que quiere, lo que reclama a cambio de sus servicios. Ahora que lo pienso, podría dejarlo todo, dejar de escribir y, por una vez, dejar una historia sin final, al menos de momento. Quizás, incluso, si pasa el tiempo suficiente, se olvide de mí y desaparezca (No, no creo, algo me dice que Él no acostumbra a perdonar las deudas). Acabo de volver a mirarle, me está sonriendo, sabe lo que estoy pensando.

¡Ring!

El teléfono vuelve a sonar en mi cabeza. Ya no necesito alcanzar el teléfono, hace tiempo que simplemente descuelgo en mi mente y oigo su voz; eso lo único que oigo. Así lo hago, porque no puedo resistirme, porque esta historia necesita un final.

Un hálito de muerte lo envuelve todo. Sé que el fin está cerca, solo espero que me dé tiempo a escribirlo y que tú seas el testigo de este encuentro. Empiezo a oír su voz, que me relata cómo termina todo esto. Da un paso adelante. La sonrisa se ensancha y los dientes se separan, la boca se desencaja y la oscuridad de su interior me da la bienvenida. Noto el frío de su interior y veo el abismo que me espera. Apenas puedo mover los dedos para teclear estas últimas palabras. El frío interior me engulle y la oscuridad lo cubre todo.

La lucidez de la memoria

Escrito por @Karamazov y @Lyn

Relato Nº 10

Cálmate. Tranquilo, todo esto es cosa de tu imaginación. Mira, ahí, a tu derecha, la silla. Siéntate un momento. Espera, enciende antes la luz. O abre esa ventana y que te dé el aire. Mejor, ¿verdad? Repasa un poco las cosas, ordena esos pensamientos.

Estabas en tu dormitorio, medio tumbado en la cama. Tenías la tele puesta mientras mirabas cosas por el móvil. Como cada día a estas horas. Hasta aquí, todo bien. Todo normal. En la tele, daban ese programa de animales y supervivientes. Para. No te líes. ¿Qué más da lo que daban? Estabas tú ahí, perdiendo el tiempo. Como siempre, dejando pasar tu vida ante una pantalla, siendo eterno espectador… Eso no importa. Lo que importa es que estabas ahí, con la tele y el móvil. Y te ha sonado el móvil, ¿verdad? Podría ser cualquiera. Cualquiera podría llamarte. Pero ¿quién va a llamarte a ti? Los del curro, de la residencia, tu hermano y algún vecino. Antes tenías más gente, antes salías más. Ahora en cambio… Para. No te líes. Coges la llamada. ¿Sí? Nada. ¿Sí? Ruido, pero no contestan. Cuelgas. Se habrán equivocado. O quizá no. O quizá haya fallado la llamada. Cosas de las antenas. Te dices, quizá era alguien conocido; quizá llaman de la residencia. Te dices, voy a llamar yo. Llamas a ese número. Suena el primer bip por el auricular. Al mismo tiempo, suena una melodía, un tono, en alguna parte del apartamento. Cuelgas inmediatamente.

Cálmate. Tranquilo. Ya te lo has dicho antes. Debe ser tu imaginación. O algún ruido del vecino. Vives solo. Claro que vives solo. ¿Quién va a vivir contigo? Así que no, no hay nadie aquí. Podrías volver a llamar. Salir de dudas. Levantarte de tu silla y comprobarlo tú mismo. Sí. Eso puedes hacerlo. Te levantas. Bien. Sales al comedor. Enciendes todas las luces. Eso da paz. Coges el móvil. Marcas el número de nuevo. Verás que cuando suene el primer bip ya no sonará nada en ninguna parte de este apartamento. Bip. Una melodía suena en alguna parte del apartamento. Tus pulsaciones, al máximo. Sales corriendo de casa. Bajas hasta la primera planta sin pensar. Ahí te paras de nuevo. Calma, calma. Para. No entiendes nada. Debes de haber hecho mucho ruido. Bajando. Quizá gritabas del susto. No lo recuerdas. Pero has hecho ruido, porque la vecina del primero abre la puerta. ¿Juan? Te dice. Es Conchi, la de los gatos. ¿Estás bien? Te dice. Con tu madre se llevaba bien. Hasta iban juntas al local de la tercera edad. ¿Juan? Insiste. Sí, dices. Perdona. Creo que hay alguien en casa, añades. ¿Quién va a haber en tu casa? Te contesta. Cómo te conoce. Nadie viene a tu casa. Anda, pasa, toma un vaso de agua, te dice.

Entras en su casa. La misma distribución que la tuya. Las construyeron todas bajo el mismo patrón, allá en los años sesenta. La decoración es semejante a la que tenías antes de que reformaras el piso de mamá. De pequeño alguna vez estuviste aquí. Tu madre te dejaba bajar hasta este apartamento para jugar con los gatos de Conchi. Sigue habiendo gatos. A granel. Conchi te trae un vaso de agua. Anda, bebe, Juan. Te habrás asustado, te dice. Le explicas lo que ha pasado. Te sientes algo más tranquilo. Simplemente estar con otra persona ya te calma. Te ayuda a pensar mejor. Así que piensa. Cálmate. Ordena tus pensamientos. Podría ser una broma de alguien. Algún vecino. Desde aquí te sientes más seguro. Le dices a Conchi que vas a llamar. Llamas. Primer bip. Segundo bip.

Tercer bip. Descuelgan. ¿Sí? Dice. No sabes qué contestar. ¿Sí? Vuelve a decir. Coges aire, fuerzas y valor. Le preguntas que quién es. Sube a casa, Juan; te contesta. Reconoces la voz, aunque te opongas a ello. Es la voz de tu madre. Pero tu madre está en una residencia. Con un Alzhéimer tan avanzado que hace años que ni anda ni habla. Conchi, tu vecina, te mira y te pregunta si es tu madre, que si puedo pasársela luego. Cuelgas. Respira. Conchi insiste que cuando veas a tu madre le digas que el bingo es el sábado. Le dices que no es tu madre. Le dices que hace años que está en la residencia, incapacitada. Pues tu madre hace semanas que se pasa por aquí, dice. Está como rejuvenecida, ella.

Va, venga, cálmate. Sube a casa de nuevo. Llénate de valor, que todo debe ser fruto de un error. Subes. La puerta sigue todavía abierta, tal y como la has dejado hace un rato. Entras. Preguntas si hay alguien ahí. Una silueta se mueve por el pasillo hacia el baño. Te quedas helado. La silueta se gira. Es tu madre. Anda perfectamente. Te mira. Te dice, Juan, qué haces ahí parado. Ayúdame y pon la mesa, que tu padre no tardará mucho en llegar. Tu padre murió hace muchos años. Respira. Piensa. Se habrá escapado de la residencia. Será ésta una de esas situaciones en que el cerebro se reactiva tras años parado por el Alzhéimer, de los que salen luego en la tele. Llama a la residencia. Llamas. Les dices que se les ha escapado tu madre. Les dices que está aquí, en tu casa. Te dicen que no puede ser, pero que lo comprueban. Que esperes. Esperas. Tu madre, mientras, se ha metido en la cocina preparando algo. Te contestan de nuevo. Tu madre está aquí, en su habitación; dicen.

Cuelgas. Te muerdes las uñas. Oyes una voz al fondo del apartamento, te dice que no lo hagas, un no te muerdas las uñas, Juan. Te separas la mano de la boca instintivamente. Llega tu madre con un plato, te lo pone delante. Lo miras, la miras a ella, sus arrugas no existen. Su cara es como cartón, como una foto, piensas cuál. Lo recuerdas, la de la mesita del comedor. Va vestida igual, su sonrisa es perfecta. Miras el plato, basura, es tu basura, la echaste allí esta mañana. Ella te dice, come, Juan, con esa sonrisa congelada. Niegas con la cabeza, la agachas, esperas el golpe. Lo notas en la nuca. Te duele. Coges el tenedor, sin mirarla pinchas el trozo de piel de plátano, lo acercas a tu boca temblando, lo metes dentro y masticas. Lo tragas con dificultad. Otro golpe, esta vez te dice que la mires. Su cara está cambiando delante de ti. Era él, ahora lo entiendes. Tu padre te mira con desprecio y no es una foto. Te vuelve a pegar, te obliga a coger el tenedor con la derecha, lloras. Comes, tragas, masticas, vuelves a tragar.

Paras. Lo miras, lo odias. Te levantas y lo empujas, cae y su cabeza revienta, llenándolo todo de sangre. Te apartas mirando la sangre con aprensión, ves a tu padre cayendo una y otra vez. Metes tu cabeza entre las rodillas. Vuelves a marcar, primer bip, sexto bip, tu madre no contesta, tienes miedo. Te mueves de delante a atrás. Golpean la puerta, llaman a Conchi a gritos. Te apartan, te esposan. Ya no es tu padre, su cara es la de la vecina, se parece a tu padre, está llena de sangre.

Luminosa panspernia

Escrito por @Tarquin

Relato Nº 11

Bender Rodríguez se instaló en la Luna con la intención de construir el parque de atracciones más caro del sistema solar. No tardó en darse cuenta de que el verdadero dinero no estaba en los parques temáticos: cerró el parque y construyó casinos y burdeles bajo la infraestructura de las antiguas montañas rusas, norias y casas del terror.

Dr. Carablanca, payaso de vocación, no estuvo de acuerdo; una voz disonante en este mundo de delincuencia. Dr. Carablanca se opuso al magnate venido a mafioso, le plantó cara y murió defendiendo su profesión.

En el tejado de un burdel, Dr. Carablanca, fantasma contra su voluntad, persiguió a uno de los sicarios de Rodríguez. El hombre escaló apresuradamente unos raíles que desembocaban en la nada. Huyó por su vida, llegó al final de su camino y un mal paso le precipitó al vacío.

***

—Tendríais que haber visto su cara cuando cayó. No eran ni veinte metros, apenas un saltito en esta gravedad, pero estaba cagadísimo. Me acerqué al cadáver después y no tenía ni un rasguño. Se murió del susto.

Mi público estalló en risas ante el highlight de la semana.

—A mí no me hace ni puta gracia —dijo el antiguo sicario.

Le ignoramos educadamente. Era un fantasma nuevo; ya aprendería. Su aura aún marcaba con nitidez su cuerpo material, incluida la pistola al cinto.

—¿Habéis notado eso? —preguntó Leela.

Sí lo había notado: alguien había entrado en la casa del terror. Alguien que no sabía que ahora la casa estaba encantada de verdad. Leela se alejó flotando hacia la entrada para recibir al recién llegado.

—Vale, esta semana ganas tú —continuó Amy—. Pero ayer fui a la noria-hotel, donde…

En ese momento todos sentimos cómo Leela murió por segunda vez. Un rasguido se extendió por nuestra alma; notamos cómo el espíritu de Leela era arrancado de este plano a la fuerza. Varios fantasmas atravesaron las paredes en el sentido contrario, huyendo instintivamente. El sicario fue hacia la fuente, moviendo los pies y usando la puerta. Le seguí.

En la entrada, rodeado de animatrónicos apagados, un hombre se erigía delante de un montoncito de polvo plateado. Era un gigante de dos metros de altura, con la cara oculta por un anticuado sombrero y una barba larga y descuidada. Apoyado en un bastón, contaba las cuentas de un rosario con la mirada fija en los restos de Leela.

El hombre levantó la cabeza y nos miró, directamente y sin dudar. En sus ojos vi una profundidad ajena al plano material, y un odio radiante, intenso y puro. El sicario y yo salimos huyendo, con los ojos del exorcista clavados en nuestra nuca.

***

El siguiente en morir fue Hermes. Había sido un obrero en el parque de atracciones, años atrás, y una plancha de acero al rojo le golpeó en la cabeza. El exorcista lo encontró en la cima del Alto Casino, construido en espiral alrededor de la que sería la caída libre más alta del satélite.

Brannigan y yo nos mantuvimos juntos. Sobrevivimos escondidos en los callejones menos transitados. Evitamos el más mínimo contacto con los vivos; si veíamos a alguien, atravesábamos una pared y esperábamos hasta que los pasos desaparecieran, temiendo en cualquier momento oír los del monstruo.

Kif intentó esconderse cambiando de lugar continuamente. El exorcista lo encontró y esparció sus restos por la ventilación para que a todos nos llegase la noticia.

Cada día uno de nuestros compañeros moría. Tarde o temprano nos encontraría; no descansaría hasta encontrarnos y expulsarnos a todos. Solo teníamos una oportunidad: embarcar en una nave y llegar hasta la Tierra. Abandonamos nuestro refugio y fuimos al puerto, temiendo divisar el sombrero elevándose entre la multitud. No vimos a Bender Rodríguez hasta que apareció a nuestro lado.

—¿Está seguro? —preguntó Rodríguez a un lacayo a su lado.

—Sí, señor —dijo el siervo—. Fue muy meticuloso. Dice que solo le faltan Brannigan y un payaso. Dice que parecen haber desaparecido.

Rodríguez meditó durante casi dos segundos.

—La familia de Brannigan sigue viviendo en el sector norte. Que la use para llamar su atención.

—Sí, señor.

El hombre salió corriendo. Mi compañero, el último que me quedaba, se deslizó tras él, rumbo hacia el norte. Le agarré, mis dedos le traspasaron fútilmente.

—Sabes que es una trampa.

Brannigan asintió y siguió su camino. Miré la nave, sabiendo que este plan no funcionaría una segunda vez. Me di la vuelta y busqué a mi amigo, ya perdido en la distancia.

***

—Ab imo irato pectore dei fortioribus Adsunt. Consumatum est.

Llegué tarde. Joder, llegué tarde. Brannigan murió bajo un rayo de luz roja, maligna y podrida; su cuerpo se pulverizó en plata. Su mujer y su hijo lloraban, más aterrorizados del exorcista de lo que podrían estarlo de un fantasma.

El hombre me miró y sonrió con malicia. Salí de allí. Corrí en dirección contraria, atravesando paredes y personas por igual. Crucé el barrio rojo, las zonas abandonadas, los límites de la cúpula hacia el exterior y entré en el silencio del mar lunar. Sobre mí se extendía un cielo plagado de estrellas, y la Tierra regía en cuarto creciente. Un resplandor amarillo la cubría, casi invisible, tirando de mí. La famosa luz al final del túnel. Totalmente inalcanzable.

A unos cientos de metros del límite del parque, una fuerza invisible me bloqueó, anclándome al lugar donde abandoné el plano material. En silencio, el exorcista apareció detrás de mí. Me giré, y mantuve la mirada de esos ojos oscuros, profundos, temibles y furiosos. Levantó su cruz y pude oír sus palabras a través del vacío.

—Pedicabo ego vos et irrumabo. Gloria in excelsis Deo.

La primera vez que morí no lo noté. Estaba gritando, amenazando a Brannigan y sus compañeros de armas. Ellos me dispararon y, antes de que pudiese comprender qué pasaba, era un fantasma y mi cuerpo estaba ante mis pies. Esta vez fue diferente. Fui consciente de cómo mi alma, por segunda vez, abandonaba el plano etéreo e iba más allá.

La luz fantasmal de la Tierra se apagó, sumiendo la Luna en una oscuridad que solo mis ojos podían apreciar. La Luna era más oscura, más apagada; el mundo material era sutilmente más frío y distante. El exorcista murmuraba dentro de su traje, observando mis restos. Detrás de él estaban Brannigan, Leela, Hermes y los demás. El llamar de la Tierra, su luz, ya no hacía efecto en mí, pero noté otro más, nuevo y distante, proveniente de las estrellas.

El exorcista levantó la vista y se volvió más sólido. Su cuerpo entró en este plano. Levantó su cruz y morí por tercera vez.

***

El exorcista nos persigue, incansable, matándonos en este plano y en el siguiente. Cada vez que nos encuentra nos asesina sin piedad, alejándonos milímetro a milímetro del mundo de los vivos. El parque es cada vez más distante, volviéndose débil, hueco y humo.

La luz, el salto último hacia el Más Allá, con cada muerte se distancia en la profundidad de las estrellas. Pasa de sistema en sistema, recorriendo decenas de galaxias, en su camino inverso al origen de la vida en el universo.

El mundo es cada vez más tenue y el exorcista nos persigue, tan sólido como siempre.

Dulce de dos chocolates

Escrito por @Vulture

Relato Nº 12

El bosque de las Ardenas ha sido testigo de muchas historias. Desde batallas medievales que regaron con sangre los árboles a orillas del río Mosa, hasta, hace unos años, nazis conteniendo a los estadounidenses gracias al parapeto que ofrecía su frondosidad, dejando allí a soldados que antaño eran compañeros y hermanos para poder seguir adelante. Pero que estas tragedias no nos distraigan de Rupert; simplemente quería que os quedase claro de dónde estoy hablando, que habéis salido muy poco de Bruselas.

El joven orondo que protagoniza este berenjenal era hijo de un francés y de una belga, aunque fue criado en una casita en el bosque por su abuela materna. Su padre se asustó por el embarazo y no se le volvió a ver el poco pelo que le quedaba. Su madre era demasiado joven y estaba más preocupada por su tienda de costuras en Amberes que por su hijo. Y, como no podía ser de otra forma, la abuela Mila se hizo cargo de Rupert desde bien pequeño en la casita de las Ardenas.

Por allí no hay muchos niños, así que Rupert fue educado en casa. Sabía leer y escribir, no penséis mal de Mila, que su esfuerzo puso para que Rupert saliese adelante. No era el niño más espabilado, pero ella siempre le destacaba por carta a su madre que su pequeño tenía mucho mundo interior.

Siendo sinceros, y que conste que esto os lo cuento a vosotros, así que, por favor, que Mila no se entere, mucho mundo interior tampoco tenía. Su vida se basaba en jugar con los cuatro juguetes de madera y hojalata que conservaba su abuela de sus tíos y de su madre y, sobre todo, en ponerse hasta las orejas de comida. Pretzels, croissants, matentarts, trufas de chocolate belga… Se podría decir, de hecho, que el mejor amigo del pobre Rupert siempre fue una tarta, una fina tarta de dos chocolates y crocante de nuez que su abuela le hacía siempre que le veía triste.

Cuando cumplió dieciséis años, su abuela le pidió que trabajase en la granja que había colina abajo. No en vano, pues salía caro mantener a Rupert. Aunque no parecían muy convencidos, la granja le abrió las puertas por deferencia hacia su abuela. Y Rupert empezó a conocer mundo. O bueno, más que mundo a Rupert lo que le importaba era su último antojo, aunque esta vez no era un dulce: era Vincent, el hijo del dueño de la granja.

No es que yo sea psicólogo, ya lo sabéis, así que no toméis esto al pie de la letra, pero siempre me ha dado la sensación de que Rupert no había conocido a ningún chico de su edad mientras vivió con su abuela, y claro, con dieciséis años y un cuerpo mucho más definido que el suyo de trabajar en el campo, era fácil de imaginar esto. Lo que empezó, supongo yo, como puro interés antropológico, pronto se volvió en una idea carnal que él mismo no comprendía. Aunque lo que más me sorprendió es que a Vincent también le gustase Rupert. Supongo que es lo que tienen las aldeas de las Ardenas, ¿verdad? Que o le pones la mirada encima a tu prima o te tienes que buscar otras opciones más originales.

Nuestro querido Rupert todavía subía la colina para dormir en casa de su abuela. Escribía en su diario lo que iba viviendo en la granja y cómo Vincent le tenía obnubilado, absorto y obsesionado. Pero Rupert, que no tenía claro si eso estaba bien, prefería guardar el diario bajo uno de los tablones del suelo de su habitación.

Rupert sentía que estaba viviendo unas Navidades constantes. Para otra persona diría vacaciones de verano, pero a Rupert el verano no le gustaba, sudaba mucho; sin embargo, en Navidad se encontraba absolutamente en su salsa, nunca mejor dicho. Lechón, dulces, nada de verdura sobre la mesa y una abuela incentivándote a que comas. Un sueño, vamos. A lo que voy, que me distraigo: Rupert sentía que estaba en el mejor momento de su vida, y disfrutaba retozando con el turgente Vincent en el pajar cuando el padre de este se distraía en otras tareas. Hasta que llegó un día fatídico.

Jean-François, el hermano de Vincent, escuchó ruidos en el pajar y se asustó. Su padre, horca en mano, entró al pajar tras su aviso buscando la alimaña que allí parecía encontrarse. Pero no había alimañas, o no de las que esperaba. Solamente encontró a un joven sudoroso, moreno y prieto encima de una barriga blanca y estriada. Ya sabéis, los dos chocolates de la tarta. Horca en mano y borracho de cólera, se lanzó hacia los jóvenes. Vincent se apartó del susto, y la herramienta se clavó en el estómago de Rupert, que lloraba y miraba desconcertado antes de desmayarse y de morir desangrado. Vincent golpeó a su padre y salió corriendo, vistiéndose como podía. Huyó de la granja de las Ardenas para nunca más volver. Su padre, fuera de sí y angustiado por lo que acababa de hacer, cortó a Rupert en pequeños cachitos con ayuda de un traumatizado Jean-François, que nunca volvió a ser el mismo. Rupert, amante de las costillas, esta vez sería pasto de aquellos a los que aterrorizaba: los cerdos.

El padre de Vincent actuó delante de Mila, explicándole que Rupert y Vincent habían decidido marcharse a la gran ciudad robándole dinero, del cual ella, con mucho sentimiento de culpa, pagó la mitad. Esquilmada y avergonzada, deseó morir allí mismo y olvidarse de Rupert.

Tres años después, un ruido en la habitación de Rupert la despertó. Allí encontró lo que parecía ser un fantasma. Y digo parecía porque siendo Rupert esa presencia no iba a llevar encima una sábana; necesitaría, al menos, la carpa de un circo. El fantasma no hacía ningún movimiento, solo levitaba sobre un tablón de la habitación. Mila, en un arrebato por intentar comprender qué sucedía, levantó ese tablón, que estaba más suelto que los demás, y encontró el diario.

Varios días después, Mila volvió a la granja. Llevaban más de un año sin saber de ella, desde el último invierno. Pero apareció con su bastón en una mano y con una caja de cartón en la otra. Se sentó con los padres de Vincent y con Jean-François en la mesa del salón, y abrió la caja.

Los familiares de Vincent se asomaron con ilusión. Una fina tarta de dos chocolates y crocante de nuez siempre impacta, y más si la señora de la casa cocina a desgana y prioriza mucho la legumbre. Con la cándida cara que siempre tenía, Mila se la ofreció a la familia. Era una manera más de pedir disculpas por los problemas ocasionados por su nieto. La familia parecía encantada, y ella les dejó disfrutar de la tarta con una sonrisa.

Por lo que me contó el oficial Pierre, allí encontraron tres cuerpos que estaban empezando a descomponerse. Por lo visto, envenenados con arsénico. Parece que la abuelita ató cabos y se tomó la venganza por su mano. No tuvo piedad ni con el pequeño de la familia. Y colina arriba no había nadie, una casa vieja y abandonada. En Amberes tampoco tienen noticias suyas. A mí con esto me queda clara una cosa: a la última a la que te conviene joder es a la abuela de un nieto malcriado.

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Los he leído todos. TODOS.

Resumen

De Lluvia me gusta Japón. El país tiene un folclore muy rico, plagado de monstruos, y me alegro que el relato haya intentando replicar una de esas historias populares.

De Hazlo por ella me gusta que haya sacado un relato de terror muy competente basándose plenamente en las condiciones, sin concesiones. Aunque al final el relato tire por terrores más tradicionales, yo el relato lo siento como terror psicológico, lleno de incertidumbre, dudas y miedo.

De La caída del teatro Reschester me gusta que el elemento de terror beba del mundo de las hadas (aunque no se deje claro qué son), criaturas medio animales y malvadas, propensas a hacer tratos y jugar con los pobres humanos.

De Z-Z-Top me gusta cómo se transmiten las sensaciones del protagonista como si lo estuvieramos viviendo.

De Fractal me gusta la lírica del relato. La estructura del relato corre el riesgo de ser repetitiva, pero yo la he sentido poética, llevándome en un viaje muy disfrutable.

De Delirio arácnido me gusta lo de prenderle fuego a la habitación; es una solución lógica y razonable cuando ves una araña.

De La llamada me gusta la forma sutil de describir la acción con un narrador que es el flujo de pensamientos en primera persona y presente del protagonista. No me gusta que Pingas escriba mejores relatos en los eventos de Halloween que en el torneo.

De Apagón me gusta la parte final de la ceguera, y cómo es evidente pero el relato se toma su tiempo antes de decirlo explíticamente.

De La deuda pendiente me gusta la maldición en sí, el demonio ominoso que se acerca cada vez que haces un trato con él. Puedes dejar de hacerlo en cualquier momento, pero el protagonista sigue vendiendo su alma para escribir una historia más.

De La lucidez de la memoria me gusta la siempre sublime prosa de Karamazov y, sobre todo, que salen gatos.

De Luminosa panspermia me gusta que lo he escrito yo.

De Dulce de dos chocolates me gusta que es el relato que más se esfuerza en contar una historia completa, y el tono canalla está bien conseguido.

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Me he leído unos cuantos, que buenos son joder

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Yo, contrariamente a lo que suelo hacer en los concursos, los comentaré todos como el año pasado. Poco a poco, eso sí.

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A ver cuando saco un rato y me los voy leyendo.

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Dejo por aquí mis breves comentarios sobre los cinco primeros relatos y, en otro momento, seguiré leyendo y subiré los seis restantes:

Resumen

Lluvia: Me gusta la ambientación del relato y el como, pese a lo limitado de la extensión, consigue meter diferentes puntos de vista sin que quede muy apresurado. Me ha llamado la atención también el tono sincero y natural de Alberto. Me choca dentro de una historia de terror asiática por la falta de costumbre, pero no le queda nada mal.

La caída del Teatro Reschester: Me ha gustado la parte descriptiva, ha sido sencillo poder visualizarlo todo mientras leía el relato. La fantasía sectaria del interior del teatro, con su figura encapuchada, los seres medio humanos medio animal… Es algo a destacar también. Me hubiera gustado ahondar más en ello.

Z-Z-Top: Podría ser el episodio piloto de una buena serie. La amargura del protagonista mezclada con el título que me ha hecho ponerle banda sonora al relato lo dotan de un toque canalla que le sienta bien. En general está muy bien escrito pero, en particular, la escena donde se encuentra con Bill me encanta.

Fractal: Me chifla cómo está estructurado. No se llega a hacer pesado y ha conseguido ponerme el vello de punta. Me lo he leído dos veces para disfrutar del segundo enfoque tras la primera vuelta.

Delirio arácnido: Muy bueno. Me parece genial la vuelta de tuerca que da con el tema de las arañas al incorporar el portatil. Vuelve original un tema manido. Además, siento que la extensión del relato es perfecta, ni sobra ni falta. De mis favoritos.

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He copiado los relatos a un archivo de texto y los he pasado a pdf, epub y mobi. Están también en docx y odt por si alguien quiere mejorar la maquetación y esas cosas, la verdad es que no me he parado mucho :sweat_smile:

https://drive.google.com/file/d/1nGhr3y2A5qRTDeV3SbvqzoOKPFoUqtxv/view?usp=sharing

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Solo por si acaso,

En unos días tendréis el ebook con los relatos y un enlace a las narraciones.

Igualmente, te agradezco tu trabajo para traer un formato más sencillo de manejar hasta entonces :wink:

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Vaya por dios :rofl:

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Yo me voy a esperar a las narraciones, pero por lo que he visto, pinta muy bien :grin:

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Ahora sí, con todos los relatos leídos, enhorabuena a todos los escritores por sus relatos.

Resumen

La llamada: Me ha gustado la cabina telefónica como un elemento de terror, dictándole palabras de la frase al revés en cada llamada y el final es uno de esos finales abiertos que quedan bien. Quizás por el lenguaje utilizado por la protagonista pero me ha recordado a los libros de terror que leía en la adolescencia.

Apagón: Creo está bien logrado a la hora de meterte dentro de la protagonista y sentir ese terror y esa frustración de saber que algo malo te sucede pero no saber el qué, añadiendo más presión todavía cuando escucha diversas voces hablar de ella.

La deuda pendiente: Me ha parecido un relato muy equilibrado. Está bien escrito, mantiene el nivel y tiene un buen final. El hecho de terminar viendo a este ser en todas partes hasta el punto de llegar a acostumbrarte y que nadie más lo sepa… Poca broma.

La lucidez de la memoria: Ya sea por gusto personal o qué sé yo, pero este ha sido mi relato favorito. Una pequeña maravilla, no puedo decir más.

Luminosa panspernia: Es el que más mérito tiene, sin lugar a dudas. Consigue hilar unos conceptos poco terroríficos y nada sencillos haciendo que quede una historia de lo más entretenida.

Dulce de dos chocolates: Me ha encantado el tono con el que está contado y la manera de utilizar la tarta de chocolate dentro de la historia. Bien escrito y bien pensado.

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Estaría bien poner en spoiler al final del relato las condiciones con las que hubo que lidiar. Siempre es interesante saber a qué se tuvieron que enfrentar los autores y ver el talento (y paciencia) que tuvieron al usarlas.

La semana que viene voy a tener días libres. Así que en unos días leeré y comentaré todos y cada uno de los relatos.

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A mi me han gustado buena parte de los relatos, teniendo en cuenta que tenían que contar con unas condiciones que muchas veces, distan mucho de un relato de terror o de horror, lo cual tiene su mérito.

Por lo demás, dar las gracias a quienes hayan leído mi relato y les haya gustado. Como dije en su momento, me encantaron las condiciones que me tocaron a la hora de hacer el mío, no me quejo por ello, ya que me ayudaron a componer el relato de la mejor manera que pude.

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Estaría guay

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Yo estoy deseando que escuchéis los relatos grabados a ver qué os parecen

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@Bayonetta ie com va

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Estamous trabajandou en ellou :eyes:

Una pequeña muestra del progreso. Cada “mitad” es solo un relato, con sus voces, efectos, música y ajustes varios. Por eso tarda un poco más de lo que me gustaría :sweat_smile:

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Llegó el día:

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