Pesadilla en Pacote Street 2022 - El Eneagrama

Noche de brujas, noche de muertos. Un momento en el que el mundo real y el onírico se interconectan de maneras que, quizás, nunca lleguemos a comprender. Halloween nos da la oportunidad de tocar aquellos temas más oscuros y repudiados, de investigar en lo profundo de la psique humana, de avanzar donde pocos se atreven.

Unas semanas atrás os invitamos a participar en Pesadilla en Pacote Street 2022, la tercera edición de esta ya tradición anual de juntar vuestras mejores historias de terror, compilarlas en un ebook y, por qué no, narrarlas con voces geniales y un poquito de efectos especiales por detrás, demostrando, una vez más, aquellas maravillosas hazañas de las que esta comunidad es capaz.

Para celebrar este Halloween tenéis un total de 9 historias escritas por diferentes autores pacoteros, con un proceso de recepción y revisión organizados por @isolee y @tarquin, como no podía ser de otra manera, dando el disparo de salida, otro año más, por la gran voz de Pacotes, @oriotna, al que escucharéis en breve.

El proceso para realizar la versión narrada, aunque completamente cubierta por las voces ya unos días atrás, ha tenido un pequeño traspiés en backstage y os pedimos disculpas porque demorará unos días más en llegar a vosotros. @Bayonetta sigue trabajando para tener todo listo lo antes posible y os avisará de ello en cuanto esté publicado.

Sin embargo, tenéis ya mismo disponibles todas las historias para aclimataros en este Halloween que celebramos hoy, tanto publicadas en el foro como en formato PDF. Si preferís el ebook en otro formato más allá de PDF, como puede ser Epub, podéis contactar con Bayonetta por privado y os pasará el formato que mejor os convenga.

Y ahora, sin más dilación, una vez más nos llena de tétrico orgullo y oscura satisfacción presentaros los relatos de esta nueva edición, que conjugan el evento de Pesadilla en Pacote Street 2022. Esperamos que sea de vuestro máximo deleite.

:ghost: :jack_o_lantern: :bat:

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Ahí tenéis los 9 relatos de Halloween que nuestros pacoteros han realizado para este tercer evento literario de Pesadilla en Pacote Street. Queremos dar las gracias a todos los autores por habernos traído este contenido de un nivel tan elevado y esperamos todos los comentarios de nuestros lectores para saber cuáles son vuestros favoritos. Y hacemos una extensión de agradecimiento a los ya mencionados @Isolee y @Tarquin por haber organizado el evento y procesado todos los textos.

Recordad que este evento, aunque Halloween termine hoy, no acaba aquí. Volveremos a vernos en unos días con la esperada grabación de los relatos narrados, en especial para todos los pacoteros.

Si, después de leer todos estos relatos, todavía queréis seguir disfrutando de contenido de terror, os dejamos unas recomendaciones, en varios formatos, que harán vuestras delicias:

Tened un fantasmagórico y asustador Halloween y…

¡Nos vemos en el foro!

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Carta de amor

Escrito por @Uekisama

Relato Nº 1

Escucho la lluvia caer a través de la ventana de esta pequeña habitación mientras me traen recuerdos que no pretendo olvidar.

Aún recuerdo la primera vez que nos vimos. Yo estaba realizando el mismo espectáculo de siempre con la desgana habitual. Otro día gris en mi insulsa vida. Hasta que tú la cambiaste. Tu risa llegó a mí entre todas las demás como un salvavidas en mitad del océano. No pude evitar mirarte e incluso me tropecé, interrumpiendo el show. Por suerte todos pensaron que era parte del mismo y solo produje más carcajadas. Desde ese momento caí prendido en tu ser. Ya nunca podría separarme de ti.

Los siguientes días sucedieron con lentitud. Los nervios me comían y no podía dejar de pensar en ti ni un solo instante. Las dudas corroían mi mente. «¿Será solo cosa mía?», «¿Sentirá lo mismo que yo?», «Es mejor que me olvide».

Por suerte conseguí ignorar todas aquellas inseguridades y me armé de valor para ir a visitarte. El primer día llegué con varias horas de antelación y me quedé como un bobo esperando en el coche. Por fin llegó la hora de tu salida y dio un vuelco mi corazón cuando vi que aún te acordabas de mí. Me sonreíste y me saludaste. Yo me ofrecí a llevarte a casa y tú aceptaste mi invitación. Te pido disculpas por aquel primer viaje. No hablé mucho y seguro que pensaste que debía de ser tonto. Estaba muerto de miedo. No quería estropear el momento. Aun así nos reímos en un par de ocasiones y todo eso solo reafirmó que estábamos hechos el uno para el otro.

Esto se convirtió en la rutina que daba sentido al despertarme por las mañanas. Los siguientes viajes fueron mucho más amenos. Bromeábamos constantemente. Tú me contabas cómo te había ido el día y yo te hablaba de mi siguiente espectáculo. El quinto día me comentaste que te habías enfadado con tu familia y que estabas harta de que no te dejasen hacer aquello que te apetecía. Una nueva idea rondó mi cabeza. No fue hasta varias jornadas después, cuando ya lo había cavilado lo suficiente, que te lo dije.

Te ofrecí venir a mi casa. Allí podías despejarte un rato de esos idiotas que no te respetan. Me dijiste que sí y no me lo podía creer.

Aquel primer día en mi hogar fue maravilloso. Cociné el mejor plato de pasta que jamás se ha hecho, al menos en este continente. No dejaste nada en la vajilla. Después nos sentamos un rato y vimos una película.

Quizás me aceleré un poco, pero ese momento me pareció que era el adecuado. Te dije que podías quedarte a dormir si querías. Dudaste un poco, sobre todo porque eres tan buena persona que te preocupabas de que tu familia se sintiese mal si no llegabas a casa. Te argumenté de varias maneras y al final me diste la razón. El único problema es que solo tenía una cama. Aunque tampoco lo fue de verdad ya que a ti no te importó. Dormimos juntos y yo estaba tan nervioso que me quedé rígido como un palo toda la noche.

Al despertar no pude contener más mis sentimientos y me declaré. Te dije que estaba completamente enamorado de ti y que estábamos hechos el uno para el otro. La vida sin ti no tendría ningún sentido y te pedí que te quedaras a vivir conmigo.

Nuestros primeros días de convivencia no fueron los mejores, lo admito, pero en parte fue culpa tuya. Estabas muy triste y lo entiendo. La primera vez que abandonas el nido es difícil. Pasar de la comodidad de que tus padres lo hagan todo a tener que ser independiente es un cambio brusco. Aunque todo eso daba igual. Yo estaba dispuesto a hacer todo lo que me pidieses. Solo por verte sonreír de nuevo. No me lo pusiste fácil, eh.

Por suerte, de vez en cuando te olvidabas de ellos y volvíamos a pasarlo bien. Te compré una consola y jugábamos juntos. Te reías de mí cada vez que me ganabas. Eso sí, confieso que la mayoría de veces me dejaba vencer, pero merecía la pena por verte feliz.

Sabes que siempre te respeté, aunque me moría de ganas de oírte decir que también me querías nunca lo hiciste. La maldita vergüenza te podía. Por suerte yo lo sabía y podía verlo en tu brillante mirada.

Por desgracia, tras el segundo mes comenzaste a palidecer y tuve que llevarte a la cama. Es increíble cómo la pena te fue consumiendo. Supongo que hay personas que tardan demasiado en acostumbrarse a dejar atrás a la familia. Yo no me rendí y seguí cuidándote. Por tu propio bien tuviste que quedarte en la cama permanentemente. Estabas muy débil y podías hacerte daño si te levantabas. Te traje medicamentos, tus comidas favoritas y todas las películas que podías desear, pero no mejorabas.

Al fin me di cuenta de que lo que necesitabas era aquello que por cobarde yo no te daba. Para poder arreglarlo todo necesitabas una muestra de mi amor. No estabas triste por tu familia ni por que echaras de menos tu vida anterior: lo que te consumía era que yo no daba el siguiente paso. Eres demasiado tímida para darlo tú o para simplemente pedírmelo.

Como una princesa de cuento, de una de esas historias que tanto te gustan, yacías débil en la cama de mi dormitorio. Al fin, cuando viste que mi boca se acercaba a la tuya, soltaste una lágrima de pura felicidad. Estabas a punto de recuperar toda la vitalidad que te pertenecía. Fui tan imbécil de no darme cuenta antes de que lo que requerías era tan simple…

Pero entonces todo se estropeó. Llegaron quien tú ya sabes y derribaron la puerta de la habitación. Se lanzaron sobre mí, causándome graves heridas, y, lo peor, impidiendo que te curase de tu tristeza. Antes de darme cuenta te sacaron de la habitación y no pude verte. Grité y lloré esperando volver a oír tu voz, pero no sucedió.

Me encerraron aquí porque no entienden lo que tenemos tú y yo. Nunca lo harán. Se inventaron mil excusas. Las correas de la cama eran para protegerte. Dicen que no querías estar conmigo. Están completamente locos.

Tranquila. No podrán separarnos para siempre. Espero que puedas aguantar como yo lo hago. Puedes recordarme cada vez que te apetezca viendo la foto que nos hicimos juntos, el día que nos conocimos, en tu décimo cumpleaños.

Un día. Pronto. Saldré y te podré dar aquel beso que nunca se forjó.

Tú y yo estaremos juntos.

Para siempre.

La puerta roja

Escrito por @momone

Relato Nº 2

Cuando Elizabeth Fuller se instaló en el 289 de Purgatory Point, recibió tres normas de la dueña de la casa: nada de traer chicos a casa, nada de fiestas más allá de la medianoche… y nada de abrir la puerta roja que hay al fondo del pasillo y cuya llave, colgada en un gancho junto a la puerta, jamás debe tocar. Si bien aceptó todas las condiciones, la curiosidad hizo que Elizabeth investigase sobre esa misteriosa puerta roja en busca de alguna pista que revelase el por qué no debe ser abierta, sin encontrar nada al respecto en la puerta o en la llave.

Cansada de tanto misterio, Elizabeth decide invitar a sus amigos Alexander, Kayla, el matrimonio de Evan y Xenia Tuscher, y Emma, su hermana pequeña, para hacer un minifestival de películas de miedo en su casa, aprovechando Halloween, siendo el plato fuerte abrir la misteriosa y extraña puerta roja. Después de ver varios clásicos del terror y compararlos con sus nuevas versiones llenas de efectos por ordenador, finalmente llega el gran momento:

—Veamos qué se esconde tras la misteriosa puerta roja.

Elizabeth coge la llave de la puerta roja, notándola caliente en su mano. La usa para abrir la puerta y la llave se deshace en una gran nube de polvo rojizo que flota por el aire. La puerta roja está abierta, y lo primero que ven Elizabeth y sus invitados son escaleras en sentido descendente, iluminadas por antorchas.

—Bajemos, esto se pone emocionante.

—¿No debería haber alguien fuera esperando?

—Vamos, Alexander, no me seas “Shaggy”.

—Solo decía que no es bueno bajar todos juntos.

—Anda, “Shaggy”, dile a Kayla que te dé una “scoobygalleta”.

—Muy gracioso, Evan.

El grupo sigue bajando las escaleras, encontrando escritos en las paredes, casi siempre con tinta rojiza, con frases como “ABANDONAD TODA ESPERANZA” o “VUESTROS PECADOS OS HARÁN LIBRES”. Hasta que finalmente llegan al final de los escalones, saliendo a una gran extensión de terreno con unas grandes y enormes puertas de color rojo sangre al fondo, iluminadas por el fuego de dos antorchas similares a dos cabezas humanas.

—Esto da muy mal rollo, tíos. Subamos arriba, ya hemos visto bastante.

—¿Bromeas, Xenia? Esto se pone interesante.

Guiados por Elizabeth, el grupo se acerca a la puerta y le dan dos golpes. La puerta se abre, mostrando a un joven atractivo vestido con un esmoquin de color rojo sangre.

—¡Vaya, hacía mucho tiempo que no recibíamos visitas, pero sean bienvenidos! Ah, mi nombre es Mel. Pasad, por favor.

—¿Y este sitio es…?

—El lugar donde todo es permitido y nada está prohibido, el sitio donde gente de todo tipo viene a divertirse sin ser juzgado, lejos de miradas o juicios.

—¿Una discoteca clandestina?

—Algo así. Venid, os mostraré vuestras instalaciones.

Emma, que nota un terrible olor a azufre en dicho lugar, dice:

—¿Ha dicho “vuestras instalaciones”?

Mel, mirando traviesamente a Emma, dice:

—Claro, querida. Habéis venido hasta aquí por vuestra cuenta, y eso que os advirtieron de no entrar aquí. Al Infierno uno siempre entra, pero nadie sale.

Mel comienza a transformarse en un enorme perro de tres cabezas con fauces color rojo sangre y babas de azufre que derriten el suelo nada más caer.

—¡Os dije que era mala idea bajar!

Kayla es devorada por “Mel”, que escupe su cabeza cerca de los pies de Elizabeth. Esta, aterrada, emprende la huida hacia las escaleras, pero las puertas se cierran antes de que pueda atravesarlas.

—Joder, joder, joder.

Masticando todavía el cuerpo de Kayla, “Mel” mira atentamente a los que tiene enfrente, que deciden correr hacia adelante en vez de hacia la puerta, como hizo Elizabeth. Eso hace que “Mel” corra hacia ellos con sus grandes y enormes patas, atrapándolos uno por uno. A Emma la parte en dos con sus colmillos, a Alexander le devora su cabeza para dejar su cuerpo caído en el suelo, y a Xenia se la come y escupe sus implantes mamarios de silicona, que se derriten con el azufre de su boca. Queda tan solo Evan, que observa cómo del suelo aparecen brazos que le van arrancando sus extremidades, dejando su cuerpo listo para ser devorado por “Mel”.

Elizabeth golpea varias veces las enormes puertas intentando de alguna manera forzar que se abran, pero solo consigue que sus nudillos sangren. “Mel”, una vez vuelto a su forma humana, se acerca a Elizabeth.

—Solo hay una salida, Elizabeth, y yo sé cuál es.

—No, no, no, no…

“Mel” arranca con violencia el corazón de Elizabeth, manchándose con su sangre el rostro y su esmoquin rojo. Devora con ganas el órgano vital de la joven, que se marchita hasta morir.

—Al Infierno uno siempre entra, pero nadie sale.

En el 289 de Purgatory Point la puerta roja se cierra y el polvillo rojo del suelo se forma de nuevo en una llave roja sólida, que mágicamente se cuelga en su sitio, como si nadie la hubiera usado nunca.

La araña

Escrito por @S3G3A

Relato Nº 3

Seamos sinceros: la locura bien sabemos que es un trastorno el cual achacamos, como si médicos fuésemos, a cualquiera que bajo nuestra razón haga algo fuera de lo normal. Nuestro diagnóstico, como expertos en nada que somos, es que está loco, o medio loco. Un doctor nos mandaría un ibuprofeno y guardar cama. Nosotros no, nosotros nos reímos a pecho henchido hasta que nos duela la garganta y nos falte el aire.

Pero la locura es algo serio; es una enfermedad que, a pesar de tener tratamiento a base de pastillas (los que vivieron la ruta del bakalao en Valencia saben bien de qué va el rollo de las pastillas), no es algo agradable de sufrir.

Pedro y compañía están en la edad tonta o, más bien, en la era del aplatanamiento social. No es culpa de ellos, tan solo son pobres víctimas de la tecnología y los tiempos en que les ha tocado morir. Es por ello que, armados con un móvil, el equivalente a la pistola en el viejo y no tan viejo oeste americano, desenfundan ávidos en cuanto atisban una situación que así lo requiera, sin importar nada. Sin filtros, duro y real, así es la vida y los vídeos que graban a resolución 4k.

Los cuatro amigos, que forman piña desde segundo curso, se dirigen hacia casa al terminar el sufrido instituto. Cada uno viaja imbuido, clavando sus ojos en los demoníacos aparatos obra de satanás, que diría el cura del pueblo. No miran al frente; miran a sus pantallas, pero el ser humano es un ser extraordinario y desarrolla habilidades increíbles, tales como las de escribir o jugar al móvil y caminar como autómatas hacia el destino, sin perder la orientación, sin mirar dónde se pisa… Bueno, algunos no acaban de desarrollar del todo dicha habilidad, pero estos cuatro amigos la ejercen sin problema.

—Eh, Pedrín, ¿tu padre aún sigue viendo a la araña? —pregunta Marta.

—¿Qué? Sí… Creo que sí, que aún suele ir detrás de ella de cuando en cuando —responde Pedro.

—Tu padre está loco, Pedro —añade Chiti (apodo con el que conocen a José).

—¡Eh, eh! ¿Os acordáis aquella vez que no dejaba salir a Pedro porque decía que estaba en la puerta? —se ríe con ímpetu Carlos.

—No os riáis, chicos, no es demasiado divertida esa situación —finaliza diciendo Marta, la voz de la coherencia en el grupo de cuatro.

Jorge, el padre de Pedrín, se encuentra navegando por internet intentando ponerse de acuerdo con un cazador ya retirado para unos negocios. Está concretando una compra un tanto ilegal, algo «arriesgado, pero necesario», asegura el cabeza de familia.

—¡Papá, ya estoy en casa! —saluda el adolescente al cruzar el umbral de la puerta.

La respuesta es el silencio… Jorge se encuentra imbuido en su turbio asunto de negocios. Mientras tanto, Pedrete se dirige hacia la cocina a por la merienda de, como buen adolescente que es, refresco y ganchitos del palo.

Hecho esto, no queda más que apalancarse en la habitación y sumergirse en el mundo que hay más allá de la pantalla del móvil, a navegar por Youtube y demás.

Es pasado un rato cuando Jorge cierra sesión en su ordenador y se dirige al salón. En el camino, pasa por la habitación donde está Pedro manoseando con su móvil.

—¿Cuándo has llegado? —pregunta su padre.

—Hace un rato largo que llegué, papá. Te grité al entrar pero, como siempre, ni caso —responde Pedrete.

—Pues no te he oído, hijo —responde de nuevo—. Por cierto, al entrar, ¿has visto a la araña? Creo que esa hija de puta se ha escondido detrás de la nevera…

—No, papá, no he visto ninguna araña… —responde con una voz desganada y de cansancio Pedro.

—¡Ten cuidado si la ves! Tengo que atraparla como sea… —alega el padre mientras marcha para el salón.

Pedrillo está ya un poco quemado con el asunto de su padre y la maldita araña que no consigue atrapar… Es por ello, y junto con la adolescencia, que está distante tanto con él como con su madre.

Madre la cual es quien tira hacia delante con todo. Trabaja, atiende la casa, a su marido, al adolescente llamado Pedro… El eje del matrimonio y de la familia en cuestión.

Pedrillo es sobresaltado al escuchar un grito proveniente del salón. Al salir para ver qué demonios había pasado, ve a su padre desesperado corriendo y tropezando con los muebles del salón, zapato en ristre, con la esperanza de dar caza o muerte a la maldita araña que le está tocando ya la moral desde hace un tiempo. Asegura que no es una batalla que está dispuesto a perder.

Pedrillo, al contemplar tan alocada escena, no tiene más que enfocar y empezar a grabar con el móvil que ya portaba en la mano.

Se parte de risa mientras graba.

Es en ese momento llega a casa su madre, a tiempo de presenciar el circo. Un marido armado peligrosamente con un zapato en la mano recorriendo el salón buscando quién sabe qué, y su hijo, grabando la escena con el móvil. «La perfecta postal navideña», piensa para sus adentros la pobre mujer.

—¡Jorge! ¡Estate quieto ya! —le recrimina a su marido.

Éste, encabronado y obsesionado con la tarea de cazar a la araña, hace oídos sordos a la voz de su mujer.

Pedrillo pulsa stop en su cámara móvil y se vuelve a su habitación donde hará un meme con el vídeo de su padre e irá directo al grupo de Whatsapp.

Mientras que la madre deja sus enseres en su sitio habitual, vuelve a pedir a su marido que cese en su empeño de perseguir al diminuto animal.

—Jorge, cariño, déjala. Se ha escondido detrás de la lavadora, mañana cuando salga la atrapamos, venga, siéntate.

—La has visto, ¿no? ¿Has visto que casi la tenía? Se ha escondido en la lavadora, ¿no? —pregunta con espasmos de cansancio Jorge.

—Sí… Pero si vas así a lo loco detrás de ella te va a dar esquinazo, tienes que ser más prudente —le refuerza la buena de Clarita.

—¡Sí, sí, la pienso pillar! ¡Esa no sabe donde se ha metido! ¡La pienso matar! —dice riendo sardónicamente Jorge.

Clarita se dirige a la nevera tomando aire para aprovisionarse de una botella de agua fresca, seguidamente, echa mano de una pastilla que acompañará su fresco trago. A veces desearía salir corriendo, pero siente que no puede.

—Hola, ¿hace mucho que empezó? —pregunta Clarita a su hijo que estaba tumbado en la cama riendo con el móvil.

—No… Justo había empezado en el momento que has llegado —responde Pedro sin mirar a su madre.

—Podrías haberle dicho algo y haberle dado la medicación, en vez de ponerte a grabar la escenita… —le espeta desanimada su madre.

—No sirven de nada, cada día monta alguna… —responde con tono de importancia nula Pedro.

Al día siguiente, en el instituto, el vídeo del padre de Pedrillo es lo más viral del día. La imaginación y el arte de los chavales parece no tener límite, y las versiones del mismo son abundantes y variadas, un meme versátil que les dará que hablar y reír en el día.

Pedro, lejos de ocultar lo que sucede en su casa de puertas adentro, lo muestra al mundo y aprovecha para crear y reír con ello. Quizá aplique el dicho de: si no puedes contra tu enemigo, únete a él. Pero aplicado a su situación personal.

Están Chiti, Carlitos y Pedrín partiéndose de risa al leer los comentarios que el mundo deja reflejados en código binario en la red.

—Ya veo que tu padre sigue igual el pobre… Que lástima —vuelve a resonar la voz discordante de la coherencia y razón que forma parte de ese grupete de zánganos. Es Marta.

—¡Es gracioso! —respondió rápido Chiti.

—¡Sí! ¡Su padre es la hostia de gracioso, ve cosas donde no las hay! —añade el Carlos.

Pedro no dice nada, mantiene el silencio mientras ríe y comenta su efímera obra. Marta, por su lado, no se identifica con el humor de sus congéneres de grupo, sencillamente es más madura que estos tres cenutrios.

Avanzados unos días y ya pasada la fiebre del meme del padre de Pedrito, los chavales se preguntan qué meme hacer viral de nuevo… A lo que surge una lluvia estúpida de ideas absurdas.

Si en la receta que estos chavales intentan crear juntamos un móvil, un sujeto susceptible de ser carne de cañón, ideas desmedidas, ningún control y donde se acepta de todo y cualquier cosa, solo puede surgir otro meme viral, mejor que el anterior.

Al menos eso aseguran esta panda de mosqueteros…

Carlitos, Chiti y Pedrico se dirigen a casa de este último, van comentando el plan y saboreando los likes que se van a ganar con el vídeo que van a hacer. Ya saborean el éxtasis de esos me gusta que son como droga.

—¡Papá! ¡Papá! ¡Ven! ¡Ahora, tengo la araña en la cara, corre, atrápala! —vocifera cual loco Pedrín mientras Chiti y Carlos graban desde atrás en segundo plano.

Jorge sale despavorido, como alma que lleva el diablo.

—¡Quieto! ¡Aguanta! ¡Es mía!

Chiti y Carlitos se parten de risa porque en la cara de Pedro no hay araña ninguna; están troleando al padre y les está saliendo de puta madre. Pedrito sigue en su papel, haciendo creer a su padre que tiene la araña en la cara.

Esta vez Jorge juega con ventaja; esta vez no va a atacar con el zapato, con el trapo, o la toalla o con lo primero que ha pillado a mano. No, no, no… Jorge tiene un plan, y ese plan se llama escopeta.

Sale endiablado escopeta en mano directo a por la araña. «¡Esta vez eres mía!». Apunta y sin tiempo de respirar descerraja un disparo casi a bocajarro contra la cara de su hijo.

La sangre decora el entorno y las pantallas de los móviles que graban desde atrás. La misma ofrece un filtro atractivo al vídeo que sigue grabando en manos de los ojipláticos chavales que no creen lo que ven.

Al día siguiente en el instituto todos esperan lo nuevo de Pedrete. Pero Pedrete no está entre ellos para ofrecerles algo nuevo, al contrario: hoy él es el protagonista.

—¡Eh! Chavales, ¿hay nuevo vídeo? —pregunta un grupo de compañeros a Chiti y Carlitos.

La lógica respuesta sería decir que no. Pero son creadores de contenido y se deben a sus seguidores. Por lo tanto, sí, sí hay vídeo. Eso sí, esta vez no será un meme, será un vídeo snuff.

Su único hijo

Escrito por @yavanna

Relato Nº 4

Alexei caminaba lentamente hacia casa por la acera helada. Volvía de toda una mañana en la universidad y se sentía cansado. El paseo le servía para despejar la mente; se evadía en ensoñaciones que le permitían sobreponerse a esa realidad tan áspera que le había tocado vivir. La ciudad y todo el país estaban patas arriba con la guerra. Muchos habían huido, otros sencillamente habían desaparecido y todos pasaban penurias.

El pánico se extendía por doquier. La guerra era una locura desde el principio y Putin, atrincherado en Moscú, solo parecía capaz de hundirse más y más en el fango con un reclutamiento masivo e indiscriminado: viejos, padres de familia, convictos… A veces un grupo de reclutamiento aparcaba el furgón en cualquier calle y los que tuviesen la mala suerte de toparse con ellos quedaban marcados por un destino aciago. La situación era tanto peor a medida que uno se adentrase más y más en Siberia, allí donde los medios de comunicación no tenían tanta presencia. Ese era el caso de Ekaterimburgo.

Un destartalado bloque de pisos de hormigón húmedo y sucio era el hogar de Alexei, que lo contemplaba desde la calle con una mueca de repugnancia. Fue subiendo con paso cansino cada uno de los escalones que le llevaban a su destino en el sexto piso. En la ascensión pudo paladear el hedor a humanidad desaseada, mísera y borracha que poblaba aquel hormiguero. Nada más entrar en casa notó un ambiente extraño. Algo pasaba. Sospecha que confirmó la visión de sus padres sentados en el sillón, muy juntos y cabizbajos. En la mesa, una carta.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué estáis así?

—Hijo… —dijo su madre con voz trémula, sin levantar la mirada—. Ha venido esta carta y…

La madre se echó a llorar, cubriéndose el rostro con ambas manos. El padre la abrazó como a un saco de patatas e intentó consolarla como mejor pudo. Alexei, que ya no soportaba más la expectación y que, en el fondo, ya sabía lo que decía esa carta, se abalanzó hacia la mesa y la cogió. Lo primero que vio fue el sello del Ministerio de Defensa, todo lo demás ya se sabía: tenía tres días para presentarse en el centro de reclutamiento Ekaterimburgo y unirse a la tropa. La carta se le escurrió de las manos y quedó mirando al infinito; a través de la ventana solo nubarrones negros y calles heladas.

—No… ¡No te preocupes, hijo mío! —dijo el padre, levantándose de un salto del sofá—. Tú mismo has visto que hay gente que se libra: los hijos de los generales, y los de los jerarcas y…

—¡Y yo soy el hijo de un general o de un jerarca! —respondió con gesto desesperado y mirada despectiva hacia su progenitor.

—No, hijo, pero otros también se libran, ya verás. Dicen que al hijo de los Ivanovich también lo llamaron y huyó.

—¡Hace dos semanas era fácil salir del país, padre! Ahora está todo cerrado. Rusia es una cárcel enorme en la que pescarnos­ —y se echó a llorar.

La cena fue lúgubre aquella noche. Un silencio denso se apoderó de todos ellos, solo roto por el ocasional choque de los cubiertos contra el plato o la masticación del escaso condumio. Cada cual pensaba en cómo salir de aquella desesperada situación, cómo evitar que su amado hijo único fuese a esa guerra de la que ya, seguro, no volvería.

Alexei se marchó a su cuarto con el último bocado y se tumbó en la cama, buscando una soledad que necesitaba para pensar con claridad. Pero esa claridad no llegó; se sentía demasiado acuciado como para ser racional. En su lugar un millón de pensamientos inconexos le freían la mente sin que se pudiera sacar de ellos nada de provecho. Le ardía la cara, y el corazón parecía sentirse estrecho dentro de su pecho. Dejó de intentarlo y se entregó a una serie de imágenes en las que él, como soldado, perecía de mil formas distintas en el frente. Los sueños que le siguieron, una vez dormido, fueron pesadillas aún más negras.

Se despertó muy temprano, con la boca seca y un fuerte dolor de cabeza. No había descansado nada. Le sorprendió que la puerta de la cocina estuviese cerrada. Colocó la oreja y escuchó a sus padres cuchichear. También sentía pena por ellos. Tenía tres días… ¿Iría a la universidad y haría como si nada pasase o pasaría esos días como un condenado a muerte, encerrado en aquel cuchitril, contando las horas que le quedaban? He ahí la cuestión.

Mientras se debatía entre estas dos opciones se abrió la puerta de la cocina. Al fondo quedaba su madre llorosa, recogida en sí misma, y en primer plano su padre, en cuyo gesto había algo extraño. Era como si su mirada chispeara, poseía una energía muy poco acorde con lo que Alexei habría esperado. ¿Estaría borracho?

—Ven aquí, hijo, ven… Bueno, voy a cerrar la puerta, estas paredes son de papel y más vale… Bien, Alexei, tu madre y yo hemos estado discutiendo toda la noche y bueno… No tenemos más salida, Alexei, compréndelo. Y a nuestra edad perderte sería lo mismo que morir en vida, ¿no? Claro, claro, si tú lo sabes que eres listo y vas a la universidad, no como tu padre, jejeje…

—Por dios, me estás poniendo de los nervios, ¿qué coño pasa?

—¡Oh, hijo! —dijo la madre, interrumpiendo su llanto y echándose a llorar acto seguido.

—Mira. La única forma de que te libres de ir a esa maldita guerra es presentando alguna tara física severa o alguna lesión grave. Ya has visto que hay gente partiéndose piernas y brazos para librarse.

—-Dios mío… no, no… ¡NO! ¡Ni se te ocurra! —Alexei iba retrocediendo hasta chocar con la pared.

—Hijo, compréndelo. No podemos perderte y esto va a ser cosa de un momentito. Luego ya a reponerte y que pase todo este follón mientras, ¿eh? ¿Qué me dices?

—Que estás loco, déjame, me voy a la universidad, ¡déjame!

Pero su padre no lo dejaba, sino que lo mantenía contra la pared, le sujetó los brazos contra ella e intentaba reducirlo mientras este se resistía cada vez más. El forcejeo se prolongaba ya algunos minutos y ambos jadeaban como jabalíes cuando del fondo, inesperadamente para ambos, emergió la madre como una aparición de La Dolorosa, rodillo de cocina en mano, y lo descargó con inusitada fuerza contra la frente del muchacho, quien no tardó en desplomarse, el rostro velado por la sangre.

—Mira, ya despierta. Hola, hijo, esto lo hacemos por tu bien, lo sabes, ¿no? —dijo su padre desde arriba.

Pero Alexei no podía responder porque tenía un calcetín (y no de los más limpios) en la boca, ni podía moverse, porque estaba atado a la mesa del comedor y desde allí observaba el trajín de ambos progenitores en torno a él.

­—¡¡¡HMMMMMM!!! ¡¡¡HMMMMMM!!!

—Tranquilo, hijito, todo pasará rápido —dijo la madre, dándole un besito justo en la zona donde antes le había acertado con el rodillo, ahora tumefacta.

De repente vino el padre con un mandil de delantera, imagen no demasiado tranquilizadora si se tiene en cuenta la situación de Alexei, y el hecho de que luego blandiera un mazo de acero no contribuyó a paliar el desasosiego.

—¡¡¡HMMMMMM!!! ¡¡¡HMMMMMM!!!

La madre se puso detrás de él cogiéndole la cabeza y le susurraba al oído:

—No mires, hijito mío, mi Alexei. No mires.

—¡¡¡HMMMMMM!!! ¡¡¡HMMMMMM!!!

El padre balanceaba el pesadísimo mazo por el aire, calentando sus músculos, afinando su puntería. Y ya estaba ahí, a su vera, haciendo pruebas de trayectoria que acababan en su tibia, lentamente al principio y cada vez más rápido.

—¡¡¡HMMMMMM!!! ¡¡¡HMMMMMM!!!

Una última mirada a su hijo. Los ojos de ambos, vidriosos; uno por el vodka, otro por las lágrimas. Último repaso a la trayectoria. Bien.

—¡¡¡HMMMMMM!!! ¡¡¡HMMMMMM!!!

El mazo surca el aire viciado del piso con presteza. La fuerza impresa en él por el padre es suficiente y, más que suficiente, se podría decir que incluso excesiva para el caso, pero Amor da fuerzas al que ama. Por lo que respecta a la trayectoria, en honor a la verdad, poco se parece a la que se había ensayado previamente. Esta no olvida la tibia mas se eleva y la besa en su inserción con la rótula. La rótula naufraga en la carne deshecha, más abajo la tibia emerge como un submarino en un mar de piel desgarrada.

Pasó una semana. El suboficial Kotov se personó en el piso, acompañado de cuatro soldados. Nada más abrirle la puerta, gritó preguntando por Alexei Kovalenko. Daba tremendas voces. La madre, dejada caer en una esquina, intentaba plegarse sobre sí misma y desaparecer, sin conseguirlo. El padre tartamudeó y señaló con el dedo la puerta de la habitación de su hijo. Allá fue el grupo con paso marcial, sus pisotones resonaron en todo el edificio. Abrieron la puerta e inmediatamente tuvieron que echarse hacia atrás: una bofetada de hedor insoportable y caliente les golpeó la cara. Arcadas. Tras unos segundos se rehacen y, con gran esfuerzo, entraron en la habitación.

En el centro, una cama, y en la cama, tapado hasta el cuello, Alexei. A primera vista tiene todo el aspecto de un cadáver, pero Kotov era meticuloso y se acercó al muchacho, tapándose nariz y boca con la mano. Pudo observar que respiraba, aunque muy débilmente, que tenía los ojos hundidos y cerrados, que su piel era blanca como la cera y que sus ojeras, en contraste, muy oscuras. Retiró la sábana por completo y lo encontró desnudo de cintura para abajo. Su pierna izquierda estaba completamente negra desde el pie hasta la rodilla y, además, casi separada del resto del cuerpo en ese punto. El muslo estaba adquiriendo también dicha tonalidad. En definitiva, una necrosis que se iba apoderando rápidamente del joven y que, probablemente, ya lo había condenado a muerte.

Volvió a echarle la sábana, esta vez con delicadeza, y salió de la habitación con pasos suaves. Cerró la puerta tras de sí. Sacó su arma, cogió al padre por el cogote y se la puso en la sien.

—¿Qué habéis hecho, desgraciados? Casi le has arrancado la pierna a tu hijo para librarlo del reclutamiento, ¿eh? Puedo entender que un padre proteja a su hijo pero, ¿que los destroce y ni siquiera lo lleve a un hospital? ¡¡Dime por qué coño no llamaste a un médico, hijo de puta borracho!!

—Te… teníamos miedo, señor. Cuando se cayó por las escaleras…

—¿Que se cayó? Mira, escoria, ¿encima te vas a reír de mí?

—Jamás, señor. Es… es cierto. Todo se nos fue de las manos. Estábamos asustados. Amamos a nuestro hijo. ¡Es nuestro único hijo!

—¿Por qué no hicisteis nada?

—Ya se lo he dicho. Teníamos miedo. Lo llevamos a la cama para que se recuperase, pero se puso peor…

—¿Estás loco, viejo, o es que eres idiota? ¿¡Le has arrancado una pierna a tu hijo y esperabas que se recuperase con unas horas de sueño!?

La pareja de viejos se abrazó en el centro de la sala. Los soldados los rodeaban, contemplando un espectáculo de lo más triste.

—Sí, teníais miedo, claro. Miedo a que os acusasen de deserción o incluso traición, ¿verdad? Miserables. Cobardes… Habéis mutilado a vuestro hijo por miedo a perderlo, y por miedo a perderos vosotros lo habéis matado a él. Pero tú te vienes con nosotros, ¡tú ocuparás el puesto de tu hijo!

—¡NOOO! No, señor, eso jamás. Yo no puedo combatir. Mi hijo se recuperará y cumplirá con su deber de buen patriota…

Mientras decía esto, se arrojó a las piernas de Kotov y fue rechazado con un puntapié en la boca. Se lo llevaron a rastras entre alaridos. Un inmenso silencio se adueñó del piso entonces. La madre salió de su quietismo y lentamente fue hasta su hijo. Le cogió la cabeza y le dio un beso. El último beso. Acto seguido cogió la almohada y lo ahogó. Ella ya no lloraba. Después abrió el balcón y se arrojó por él, sin la menor vacilación, cayendo a pocos metros del furgón en el que introducían a su marido como a un perro rabioso.

El silencio de la penumbra

Escrito por @Zero

Relato Nº 5

Agazapado entre la maleza, Derek observaba. A una distancia corta se encontraba Bryan, capturado por el enemigo. El soldado estaba en el suelo, rogando a sus captores que parasen mientras lo pateaban con saña. Sus gritos desesperados, pidiendo auxilio, helaban el alma.

Derek tragó saliva. Podía tener a su pelotón detrás, pero el enemigo estaba mejor entrenado. A pesar de ello, sus soldados, Valerie y Charlie, estaban armados y dispuestos a sacar a su amigo del conflicto.

Una gota de sudor escurrió por su frente cuando dio la orden.

—¡A la carga!

En ese instante, su equipo emergió y corrió a toda velocidad en dirección al campo de batalla, arrojando piedras y gritando de forma intimidante.

—¡¿Pero qué…?!

—¡Ay!

—¡Joder!

Los gritos de los tres grandulones no se hicieron esperar ante la lluvia de pedradas.

Derek y su pelotón agitaban las manos con presteza, mientras corrían sobre Harrison Street. Aquella tarde del 93, las calles del vecindario estaban desiertas. Las nubes, apacibles en el cielo anaranjado, parecían ajenas a la caótica escena que se desarrollaba bajo su sombra.

Tres niños arremetiendo contra tres adolescentes para salvar a su aterrado amigo. Bryan Barker, de 8 años, estaba hecho un ovillo en el suelo.

—¡Ya lo veréis, malditos críos! —gritó uno de los abusones, huyendo junto a sus camaradas.

Habían conseguido hacerlos retroceder.

—¡Bryan! ¡¿Estás bien?! —exclamó Valerie, al llegar junto al pequeño soldado caído.

Temblaba de frío, sangraba por la nariz y tenía un ojo hinchado.

Charlie y Derek lo condujeron hacia la acera.

—¡Tienes que contarlo a tus padres! —dijo Derek, furioso.

Al escuchar esas palabras, Bryan recuperó la cordura. Miró a Derek con miedo, y negó con la cabeza.

—¡No puedo hacerle eso a Daniel!

Sus amigos lo miraron con desaprobación. Bryan había ido a buscar a su hermano para cenar con él. Sus padres no estaban en casa y se sentía solo. Daniel Barker, hermano mayor de Bryan, era uno de los chicos que lo habían golpeado. El trío de vándalos se dedicaba a fumar y beber cerca de la casa abandonada, donde pocos se atrevían a acercarse. Según los rumores, el lugar estaba maldito.

—Pelotón, ¡hora de irnos! —clamó Valerie.

—¿A dónde os vais?

Una fiera voz se escuchó. Daniel, que sangraba por la cabeza, había vuelto y agitaba el tablón roto de una valla de forma amenazante.

—¡Corred!

Los niños llevaron al herido a la casa abandonada. Detrás de ellos, Daniel se acercaba, balanceando la peligrosa tabla en sus manos.

—Ven aquí, Bryan, sólo quiero llevarte a casa.

Daniel rompió parte de la puerta para entrar. Las sombras del interior resaltaron la sangre en su rostro, conformando una expresión cadavérica.

Los maltrechos muros de la antigua y polvorienta casa estaban mohosos. La madera podrida del suelo crujía con cada paso. Un hedor pútrido invadía todo el lugar. La poca luz que brindaba el ocaso no alcanzaba a iluminar los rincones más profundos, sumiendo los pasajes en una misteriosa penumbra.

—Bryan, sal de ahí, no te haré daño.

La respiración agitada de dos chicos quedaba opacada por la voz de Daniel, llamando a su hermano. Derek y Bryan estaban ocultos bajo la decrépita cama del segundo piso; Charlie y Valerie, en el armario.

El crepitar de los pasos de Daniel por las escaleras les provocaba escalofríos. Estaba cerca, pero cada vez se volvía más difícil distinguir cualquier cosa entre las sombras que devoraban los últimos vestigios de luz diurna.

—¿En dónde estás, Bryan? —habló el chico, en tono burlón.

Bryan y Derek dieron un brinco cuando el estruendo de diversos objetos cayendo y rodando por el suelo inundaron la habitación.

«Shh». Derek hizo una seña con el dedo. Bryan se cubrió la boca y asintió en silencio.

El grito de dos niños siguió el sonido de un portazo.

—¡Ajá! —exclamó Daniel, blandiendo la tabla en la oscuridad.

Derek y Bryan se quedaron inmóviles, paralizados, mientras escuchaban a Charlie y Valerie salir corriendo de la habitación, a toda prisa, entre gritos histéricos. Daniel iba tras ellos, dando coléricos golpes a ciegas, rompiendo y derribando todo tipo de obstáculos en su camino.

Instantes más tarde, el bullicio cesó de forma repentina, dejando anonadados a los niños bajo la cama.

—Espera aquí, iré a ver qué ha ocurrido. Te llamaré si es seguro —dijo Derek, deslizándose hacia afuera de su escondite.

—No te vayas, ¡tengo miedo!

Bryan intentó llamarlo, pero Derek ya se había ido. El pequeño no tuvo más remedio que quedarse ahí, aterrorizado. Aún sentía palpitaciones en su ojo hinchado, y tenía un fuerte dolor en las costillas.

El tiempo pasó y Derek no regresó. Bryan estuvo tan inmerso en su pesar que se sintió aturdido cuando cayó en cuenta de lo que eso significaba. Sin indicio alguno de los demás, era como si Bryan se hubiera quedado completamente solo.

Al menos eso creía, hasta que escuchó de nuevo la voz de Daniel, lejana, como si lo estuviese llamando desde el fondo de un pozo.

—¡Bryan! Bryan, ¡¿dónde estás?! Hermano, discúlpame. ¡Vamos a casa! ¡No quise lastimarte!

La voz de Daniel sonaba perturbada, y eso hizo que Bryan se estremeciera.

Tragó saliva, sin moverse. De pronto, la voz de Daniel volvió a escucharse, esta vez fuerte y clara, justo detrás de su nuca.

—¡Bryan!

Bryan huyó sin parar hasta salir de la habitación. Estaba tan asustado que ni siquiera se dio cuenta de que la madera no volvió a crujir con sus pasos. Había un silencio sepulcral.

Jadeando, y haciendo un esfuerzo sobrehumano para romper la parálisis que se acumulaba en su cuerpo, se dio la vuelta, esperando ver a Daniel, pero no había nadie. De repente, un intenso aroma a sangre lo golpeó de lleno. Bryan se cubrió la nariz, buscando el origen.

Arriba.

Algo goteaba. Sin embargo, la oscuridad se volvía tan densa que no se alcanzaba a ver nada.

Bajó las escaleras y corrió hacia la puerta. En ese momento, lo único que deseaba era salir de ese endemoniado lugar.

Saltó el último escalón y corrió hacia el umbral. Lo alcanzó y salió a toda prisa, jadeando.

Se detuvo en el patio para dar una última mirada atrás. La casa abandonada de Harrison Street se veía lúgubre bajo el cielo grisáceo del anochecer, con las grandes ramas de un árbol seco sobresaliendo por detrás.

Bryan frunció el ceño. ¿Cuánto tiempo había pasado? Seguía siendo el anochecer, pero él habría jurado que pasó horas debajo de esa cama. Tampoco recordaba el árbol que estaba en la parte trasera de la casa.

Apesadumbrado y desorientado, decidió volver a casa. Y mientras caminaba por la solitaria avenida, abrazándose a sí mismo, pensaba en cómo podían haberlo abandonado en ese lugar tan aterrador.

Temblaba de frío.

Vaya que hacía frío. La extraña neblina que inundaba las calles era la prueba de ello. Sin embargo, con todo y eso, el niño se las arregló para llegar a salvo a su hogar.

Se detuvo frente al patio delantero, junto al buzón con el nombre «Barker» tallado en el metal oxidado. ¿Desde cuándo estaba oxidado? El padre de Bryan lo había pintado hacía cuánto, ¿una semana?

El pequeño atravesó el camino entre hierba alta que parecía llevar años sin podarse. Llamó a la puerta, pero nadie respondió.

Esperó unos momentos y volvió a hacerlo.

La puerta se abrió de pronto. Bryan se asustó en cuanto vio al hombre demacrado que estaba al otro lado. Ambos se miraron por unos instantes y las reacciones, a pesar de que compartían la sorpresa, no pudieron ser más diferentes.

—Disculpe, creo que me equivoqué de…

—¡Tú! —dijo el hombre, de forma visceral. Su voz se escuchaba igual que la de un viejo decrépito consumido por la locura—. Criatura infeliz, ¡otra vez has venido a atormentarme!

—No yo no… Lo siento.

Bryan estaba aterrado. Quería correr, pero el hombre que había salido de su casa lo había sujetado por los hombros.

—Maldito demonio, ¡largo de aquí! Deja de tomar la forma de mi hermano.

Al escuchar esas palabras, Bryan pareció comprender algo.

—Da… ¿Daniel? ¿Eres tú? Co… ¡¿Cómo?! —tartamudeó, sin poder dar crédito a lo que veía—. ¡No soy un demonio! ¡Soy yo, Bryan!

—¡Mentira! —gritó Daniel—. Mi hermano murió hace más de 30 años, en esa maldita casa. ¡No eres más que otro recuerdo, una alucinación! ¡Deja de atormentarme! ¡Ya no más!

Los ojos del Hombre destellaban ira y locura, como si estuvieran ardiendo en un fuego infernal.

Daniel levantó al pequeño Bryan, sin importarle sus ruegos desesperados, y lo llevó adentro. Desde el exterior, lo único que pudo escucharse fue el sonido de un cráneo resquebrajándose, una y otra vez.

Los gritos cesaron.

Era natural. ¿Cuántas veces lo había hecho ya? Siempre era lo mismo. En los últimos 30 años, el recuerdo de su hermano y sus amigos, colgando de hilos en el interior de esa maldita casa, lo seguía atormentando. Desde entonces, Daniel no volvió a ser el mismo. Su cuerpo se convirtió en un cascarón vacío que terminó arruinando la vida de todos aquellos que lo rodeaban.

Cada año, el mismo día, volvía a ver a su hermano, llegando a casa con el ojo hinchado y las costillas rotas, rogando por su perdón. Esa era su condena, el castigo por haber maltratado tanto a quien más lo admiraba.

Lo que Daniel no sabía era que, ahí, en la intersección entre Harrison Street y Delaware Avenue, cierta tarde del 93, cuatro niños y un adolescente habían entrado a la casa abandonada, pero ninguno de ellos había salido.

Fue una noticia atroz. Los vecinos contaron el suceso por años, hasta convertirlo en una leyenda urbana. La casa del titiritero, la llamaron. Bryan y Daniel Barker, Charlie Hilton, Derek Thompson y Valerie Martínez. Todos ellos, desangrados hasta morir por heridas que nadie pudo explicar. Sus cadáveres aparecieron colgando de hilos, como marionetas. Nunca se encontró al responsable.

La casa fue demolida en el 96, después de que otros dos niños sufrieran el mismo destino. Sin embargo, todavía hoy, la gente jura que aún puede verse en pie, al menos una vez al año, entre el silencio y la penumbra que brinda el ocaso.

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Salvar al coronel Durand

Escrito por @Tarquin

Relato Nº 6

La espalda de Nguyên aparecía intermitentemente entre los árboles, cada vez más alejado y con menos frecuencia. Se movía por la selva con una familiaridad canina; caminaba descalzo, sin hacer ningún ruido, dejando atrás a Thomas Écheveaux y su pelotón.

—¡Nguyên, espere! —gritó Thomas.

El guía apareció a su lado, desandando su ventaja con facilidad. Era un anciano delgado y bajito, vestido con ropas gastadas que probablemente fueran más antiguas que él. Cuando Thomas, que superaba el metro noventa, hablaba con el minúsculo vietnamita, únicamente podía ver la parte superior de su sombrero cónico y debía imaginar que había un rostro debajo.

—Debe darse prisa, monsieur Écheveaux —contestó Nguyên—. Aún tenemos mucho que recorrer antes de la noche si quiere encontrar a su compañero mañana.

Nguyên había llegado al campamento el día anterior, armado con la identificación del coronel Durand. Lo había encontrado malherido en la selva, dijo el anciano, y lo había llevado a su poblado para cuidarlo. El coronel Durand no podía andar aún, pero había recuperado la conciencia y mandó a Nguyên al campamento con instrucciones de buscar ayuda.

Y ahí estaba Thomas, al mando de esta misión de rescate. Se giró y vio a sus tres hombres, Dufour, Carpentier y Kraft, cargando con las provisiones, un kit de primeros auxilios y una camilla. Cargó con una de las mochilas de Kraft y les apremió a seguir adelante. El vietnamita ya había vuelto a separarse de ellos.

***

Al atardecer, Nguyên les hizo parar en un minúsculo claro del bosque. Los militares, aliviados, soltaron la carga y se tumbaron en el suelo durante quince segundos antes de levantarse a montar el campamento. Como los sargentos no se cansaban de repetir, allá en la seguridad de la instrucción, todo el maldito bosque era un campo de batalla.

En un instante, el atardecer terminó y los soldados estaban sentados alrededor de una pequeña hoguera, con la cacofonía de monos y pájaros a su alrededor. El calor era insufrible, pero Nguyên insistió en que el humo espantaba a los mosquitos, y Thomas tenía que darle la razón en que el calor era mejor que los insectos.

—Voy a mear —dijo Carpentier. Thomas escuchó sus pisadas perderse entre los árboles cercanos.

—¿Cuánto queda hasta tu poblado? —preguntó Thomas.

—Un día —contestó Nguyên, mientras afilaba su machete—. Mañana haremos noche con mi familia.

El estruendo de los monos aumentó en la oscuridad y Thomas se sintió una vez más terriblemente lejos de casa. Kraft y Dufour dormitaban, aprovechando las pocas horas antes de su guardia.

—Hablas muy bien francés. ¿Por qué? La mayoría de los locales con suerte nos ignoran.

El guía le miró unos segundos antes de responder. Únicamente se escuchaba el crepitar de la hoguera.

—Mi familia es chó sói, pero yo no soy chó sói. Me acogieron de pequeño. Soy diferente. No hay lugar para mí en la vida del pueblo. No puedo trabajar, no puedo ir a la iglesia. Francia es buena, monsieur Écheveaux. Francia da trabajo.

Thomas iba a responderle cuando el grito de Carpentier desgarró la noche.


No encontraron el cuerpo de Carpentier, únicamente un charco de sangre a diez metros de la hoguera. Con la primera luz del alba levantaron campamento y siguieron adelante. Nguyên insistió en que su poblado estaba cerca y allí estarían seguros. Los soldados cogieron las provisiones y se adentraron en la selva.

—Sargento, ¿qué ha pasado? —susurró Kraft—. Carpentier no puede haber desaparecido.

—Tal vez un leopardo estaba cazando para sus crías. O un tigre. O un puto elefante. ¿Cómo quiere que lo sepa? A partir de ahora nadie se separará ni para mear.

—¿Podemos fiarnos de él? —preguntó Kraft, bajando aún más la voz—. Pienso yo que un guía tendría que ser capaz de prevenir estas cosas.

—Nadie tiene control sobre los animales salvajes, soldado —contestó Thomas, también en susurros—. Además, no le perdí la vista en toda la noche. Deje que yo me preocupe de Nguyên. Y acelere el paso, quiero salir de esta selva lo antes posible.

Al mediodía, unas cabañas aparecieron entre los árboles y pasaron del medio de la selva a un pequeño reducto de civilización. Una docena de cabañas de madera, con techos de paja y construidas en plataformas a unos centímetros del suelo, dominaban un pequeño claro entre la impenetrabilidad de los árboles. Y no había ni un alma en ellas.

Nguyên corría de casa en casa, abriendo las puertas y gritando nombres. Nunca obtuvo respuesta. Thomas y su equipo, con cuidado y con las armas desenfundadas, entraron en una de las casas. Si esperaban encontrar rastros de sangre se llevaron una decepción: las cabañas estaban ordenadas, limpias y sin ningún tipo de evidencia de lucha. Simplemente, no había nadie allí.

—Nguyên, ¿dónde está el coronel? —preguntó el sargento, tras alcanzar al guía en la cabaña más grande del pueblo.

—Estaba aquí —contestó Nguyên—. Mire, ahí están su bolsa y rifle. No entiendo qué ha pasado.

Sus últimas palabras se ahogaron por un estruendo proveniente de la selva. Decenas de aullidos sonaron al unísono, silenciando cualquier otro ruido. Los árboles, demasiado cercanos, dejaban ver sombras con ojos amarillos moviéndose entre ellos.

—Entrad a la cabaña —ordenó Thomas, su voz tranquila y sosegada—. Vigilad las entradas. Preparad las armas.

Los soldados entraron, nunca dándole la espalda al bosque. La cabaña únicamente tenía una entrada y los tres hombres apuntaron sus armas hacia el exterior. Thomas levemente más adelantado, protegiendo a sus hombres.

—Kraft, Dufour, disparad en cuando entren. No tengáis miedo de gastar balas. Tened un cargador a mano.

Nadie le respondió. Sus compañeros cayeron hacia delante, sin más sonido que el de su cuerpo al golpear el suelo. Cuando Thomas intentó girarse, rifle levantado, notó algo frío y ardiente atravesarle el costado. No llegó a dar la vuelta. Sus brazos dejaron caer el arma y sus piernas no sostuvieron su cuerpo. Cayó al suelo de espaldas, con el rifle a un lado y su cabeza mirando hacia la puerta. Una docena de lobos entraron a la cabaña, tranquilos y confiados.

El pie sucio de Nguyên apareció en su cara y movió su cabeza para mirar al guía. Los lobos le rodearon mientras él limpiaba un machete ensangrentado en la ropa del sargento. No notaba nada.

Nguyên cogió otro cuchillo y empezó a romperles la ropa. Los lobos empezaron a devorar a sus compañeros.

—No le mentí del todo, monsieur Écheveaux. Esta es mi familia, y yo, que soy adoptado, no puedo salir a cazar con ellos.

El hombre le clavó el cuchillo en el estómago. Uno de los lobos se acercó a la espalda de Nguyên, se convirtió en mujer y le abrazó mientras le besaba el cuello.

—Pero puedo hacer mi parte.

Cortó dos trozos de carne del estómago de Thomas. El sargento únicamente podía rezar a cualquier dios para que perdiese el conocimiento.

—Sí soy chó sói.

Le dio un trozo de carne a la mujer y mordió el otro con unos dientes tallados en punta.

Sin consecuencias

Escrito por @Eileen

Relato Nº 7

—¿Sabes? Eso es lo que más me gusta de ti —dice Beatriz mientras me abraza desde la espalda, con su cabeza apoyada en mi hombro izquierdo—. No se te escapa nada. Siempre sabes exactamente cómo me siento y lo que deseo en cada momento.

—Es que te conozco muy bien —contesto girándome para besarla—. Por dentro y por fuera, hasta tus más íntimos secretos.

—¿Cómo de íntimos? —pregunta con una sonrisa mitad pícara mitad inocente.

—Muy íntimos. Pruébame.

—Está bien. ¿De qué color son mis braguitas hoy? —dice echándose a reír, ligeramente avergonzada por la ocurrencia.

—Moradas, por supuesto —le contesto de inmediato, sin dudar.

—¡¿Pero cómo lo sabes?! —exclama Beatriz asombrada, al borde de un ataque de risa.

Después, ligeramente ruborizada, se sube un poco la camiseta blanca que lleva para comprobar si se le veían por encima del pantalón vaquero. Parece anonadada. Sin poder ocultar una creciente curiosidad, añade sonriendo:

—Oye, en serio, ¿cómo lo has podido adivinar? Son nuevas y nunca las he llevado antes, y el pantalón me va ajustado y no se ven nada por fuera —añade sonriendo, pero sin poder ocultar una creciente curiosidad.

—Es un secreto —le susurro al oído, sabiendo que con ello la voy a hacer rabiar más.

—¡Jo! No seas así… ¡cuéntamelo, por favor! —me implora haciendo un mohín realmente irresistible.

—Te aseguro que no quieres saberlo —contesto de forma misteriosa mirándola directamente a los ojos.

Hay un instante de tensión que rompo de inmediato con mi risa. Beatriz se relaja, pero vuelve rápidamente a la carga, lanzándose esta vez hacia mi costado mientras grita:

―¡Sí que quiero saberlo! ¡O me lo dices ahora mismo o te haré cosquillas hasta que te mees encima!

—¡Vale! ¡Vale! Está bien. Pero no más cosquillas ¿vale? Ya sabes que odio las cosquillas.

—Lo sé, lo sé —contesta sacándome la lengua—. ¿Y bien?

—Es muy sencillo. Ya las he visto muchas veces antes. —Mi respuesta la deja visiblemente descolocada, y la zozobra reflejada en sus ojos aumenta cuando continuo—: Las he visto, te las he quitado, arrancado, roto con tijeras o a la fuerza, colocado en tu boca… Sí, podría decirse que conozco muy bien esas bragas moradas tuyas.

Su sonrisa había ido deshilvanándose poco a poco, pero todavía quería seguir agarrándose a algo, aunque fuera a un clavo ardiendo.

—No tiene gracia ¿sabes? —me dice seria, mirándome fijamente a los ojos, tratando de encontrar un resquicio en aquella mirada oscura, un brillo, ah era una broma, jajajá, no pasa nada, lo siento, ven aquí, todo está bien. Pero no consigue encontrarlo.

—¿Sabes tú lo que de verdad no tiene gracia? ¿Ni pizca de gracia? Que llegado a este momento siempre contestes tan seria “No tiene gracia ¿sabes?” —interrumpo su ensimismamiento imitándola de forma burlona—. Tienes muy poco sentido del humor. No hablemos ya de imaginación…

Beatriz se queda momentáneamente sin habla, demasiado sorprendida como para reaccionar o al menos protestar. Apenas llega a farfullar:

—No entiendo…

—Ah, en eso estamos igual, me temo —la interrumpo—. Yo tampoco lo entiendo. No sé cuál es la razón, ni por qué solo yo lo recuerdo, ni si se supone que he de hacer algo en concreto para que todo esto termine de una puñetera y maldita vez.

Aunque los dos seguimos sentados en la parte lateral de su cama, Beatriz había ido retrocediendo su posición, alejándose lentamente de mí y acercándose a su mesilla.

—¿Has visto esa película de Bill Murray, la del día de la marmota que se repite una y otra vez? —prosigo mientras alzo la vista al techo, haciendo como si no me diera cuenta de lo que pretendía—. Pues esta debe de ser la versión reducida en clave hija de puta. Al principio tenía su gracia. Era extraño, por supuesto, increíble incluso, pero estupendo al mismo tiempo. No sabía si me había vuelto loco o qué, pero al terminar el día vuelvo a aparecer aquí, contigo, a las cinco de la tarde, como si nada hubiera pasado. Solo que yo lo recuerdo todo; no solo la vez anterior sino todas las veces que ha ocurrido…

—Cariño, ¿no ves que todo lo que estás diciendo no tiene ningún sentido? ¿Qué te ocurre? ¿Te sientes enfermo? —me pregunta Beatriz intentando parecer menos intranquila de lo que ya está, y sin dejar de alejarse centímetro a centímetro de mí.

—Tú no puedes entender lo que es esto —suspiro amargamente—. Estoy atrapado en este maldito día, reviviéndolo continuamente, y nada de lo que haga tiene importancia. Y créeme cuando te digo que he hecho de todo. No sirve. Al final, siempre volvemos a la primera casilla… Hemos escuchado música, visto decenas de películas, jugado a la consola, tonteado, follado… A veces hemos discutido de todo esto y en otras ocasiones he preferido no contarte nada…

—Tranquilo, vamos a hablar de esto. Tratemos de razonar… —me interrumpe temblando visiblemente.

—¿Es que no me estás escuchando? Ya hemos hablado de esto. Cientos de veces, solo que tú no lo recuerdas ―río cansadamente—. Tampoco es que tuvieras nada importante que decir, solo intentas aproximarte lo suficiente a esa mesilla.

Beatriz se queda repentinamente paralizada por la sorpresa, con los ojos fijos en mí, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Resulta extraño, dado que, a diferencia de ella, yo sí que lo sé.

—Olvídalo, las tengo yo —digo sacando las tijeras del bolsillo trasero de mi pantalón y mostrándoselas mientras el alma se le cae al suelo—. Ya me sorprendiste una vez con ellas, querida. No fue agradable, pero ya aprendí la lección.

—Por favor, por favor… —me suplica lloriqueando Beatriz, con la vista ahora clavada primero en las tijeras y luego en mí.

— Te he arrancado la ropa —continuo con crueldad mirándola fijamente a sus ojos, contemplando el impacto de mis palabras, clavándose una a una como cuchillos, reflejado en su rostro—, violado, apagado cigarrillos en tus pezones y en tu lengua. He hecho que me la chuparas hasta el fondo, hasta que acabas vomitando esos asquerosos macarrones que al parecer has debido de comer hoy.

Beatriz está devastada y no puede contener ya el llanto mientras se tapa la boca temerosa con la mano sin parar de temblar. Apenas alcanzo a escucharla:

—No te conozco. No sé quién eres…

—Te he utilizado como retrete, te he follado por el culo hasta rompértelo mientras gritabas sin parar y acababas llenando la cama de sangre. ¿O eso es cuando te meto las tijeras por el coño y te violo con ellas? Ahora mismo no me acuerdo…

—¿Por qué? ¿Por qué me dices estas cosas horribles? —pregunta mientras las lágrimas le caen irrefrenables por las mejillas.

—¿No has dicho que querías saber por qué sabía que llevabas esas bragas? Ahí tienes tu respuesta.

—¿Pero por qué ibas a hacer todo eso? ¡Nosotros nos queremos!

—¿Que por qué iba a hacerlo? Porque puedo, naturalmente. ¿No lo entiendes todavía? No hay consecuencias, ni crimen ni castigo. Da igual lo que te haga, que te pegue, que te viole, que te mate… —continuo—. Tarde o temprano todo vuelve a empezar, aparecemos aquí y me miras con ojos enamorados, sin recordar nada.

—¡Estás loco! ¡Socorro! ¡Te has vuelto loco! ¡Socorro, socorro! —grita llorando, aunque la voz se le quiebra.

—Por más que grites, nadie va a escucharte. O igual alguien sí que lo oye pero sube el volumen del televisor o del equipo de música para hacer como que no. La gente es así… ―comento despreocupadamente mientras jugueteo con las tijeras del pelo en mi mano.

—Pregúntele si lo hizo él solo o si tenía un cómplice.

—¿Qué? ¿De dónde viene esa voz? —sorprendido miro hacia todos los lados.

—¿Qué voz?

—Una voz de hombre, ¡como si estuviera aquí mismo!

—Las cosas no funcionan así. Tenga paciencia. Es lo más cerca que ha estado hasta ahora de confesar todo lo que le hizo a esa pobre chica.

Se me resbalan las tijeras de entre las manos cayendo al suelo.

—Otra voz, ahora de mujer. Pero aquí solo estamos nosotros dos… —La voz me resulta familiar, pero no consigo ubicarla.

—Yo no oigo nada. Por favor, déjame marcharme. ¡No se lo contaré a nadie!

—No vas a ir a ningún sitio. ¿Pero qué truco es este? ¿De dónde salen estas voces?

—No necesitamos ninguna confesión, tenemos pruebas más que suficientes de que fue él quien lo hizo. Y, desde luego, no tengo ningún interés en escuchar todas las terribles atrocidades que le hizo a esa desgraciada chica antes de matarla. Lo único que quiero saber es si estaba solo o si había alguien más con él cuando entró en la casa forzando la cerradura; y, en ese caso, la identidad de la persona o personas que le acompañaban.

La cabeza parece estarme a punto de estallar. Las voces… ¿están en mi interior? ¿Me he vuelto realmente loco? ¿Lo estoy imaginando todo?

—Le permití asistir a la sesión a condición de que se mantuviera callado. Mire en qué estado de confusión se encuentra ahora. Lo ha echado todo a perder…

No entiendo nada. ¿Y dónde está Beatriz? ¿Ha huido mientras yo no estaba atento? El espacio parece encogerse. Siento una opresión insoportable en el pecho.

—A la voz de tres despertarás y te encontrarás muy tranquilo y relajado, feliz de haber sido útil, y dispuesto y deseoso de volver a intentarlo de nuevo mañana.

Las luces oscilan y el suelo tiembla como si hubiera un terremoto. Un sudor frío recorre todo mi cuerpo.

—Uno…

Las paredes se resquebrajan y de ellas empieza a manar sangre oscura y espesa a borbotones. Un alarido inhumano, prolongado, surge de mi garganta.

—Dos…

En la cama yace inerte el cuerpo de una chica joven a la que nunca había visto antes, desnuda y abierta en canal, con las tripas saliéndosele por la abertura y una expresión de puro terror en su rostro.

—Tres.

Abro los ojos.

—¿Sabes? Eso es lo que más me gusta de ti —me dice Beatriz mientras me abraza desde la espalda, con su cabeza apoyada en mi hombro izquierdo.

—¿Que no se me escapa nada y que siempre sé exactamente cómo te sientes y lo que deseas en cada momento? —me adelanto con la mejor de mis sonrisas.

Déjalo estar

Escrito por @Hebihime

Relato Nº 8

El sudor caía inexorable por la sien de Marcus, moviendo palada tras palada de tierra. Irónico sudar dentro de su traje, haciendo, por lo menos, 250 grados bajo cero fuera del mismo. La tierra rojiza iba cubriendo poco a poco el agujero en el suelo, haciendo desaparecer la caja de plomo tan pesada que había roto incluso el único robot de carga que todavía funcionaba. Marcus accionó los pesos de sus botas al notar las ráfagas de viento cada vez más y más fuertes, apretando la mandíbula y moviéndose todavía más rápido para terminar aquel entierro solitario. Ni siquiera tuvo tiempo de farfullar unas palabras antes de salir corriendo al ver el resplandor de los rayos acercarse a apenas cien metros de la entrada subterránea.

La pesada puerta de acero de varios centímetros de grosor retumbó como uno de los truenos por todo el pasillo de hormigón al cerrarse de un solo golpe, ayudada por el viento, ya a varias decenas de kilómetros por hora. Marcus tiró la pala contra una pared, empujó el robot para alejarlo de sí y se quitó el casco. Ahora, respirando un oxígeno menos viciado y más fresco, notó cómo los labios se le apretaban, forzando un nudo en la garganta que llevaba horas negando. Frunció el ceño, respiró hondo, pero aquello no hizo más que acelerar el proceso. Pegando la espalda contra la pared, Marcus se dejó caer hasta el suelo. Allí, sentado en silencio, rompió a llorar. Lo que al principio no eran más que sollozos, poco a poco creció, retumbando sus gritos por todos los túneles que se abrían ante él. Golpes en el suelo con los puños. Lloros desgarradores. Emociones que nadie más podría sentir.

Marcus se acercó hasta las pantallas y se frotó los ojos inflamados. Revisó todas las cámaras internas y externas. Nada se movía, como nada se había movido en los últimos meses. Revisó todos los sensores, entradas y logs de los rastreadores individuales. Apenas había una luz parpadeante en toda la Tierra. Su propio rastreador. Dio unos golpecitos, distraído, al que había pertenecido a Abraham hasta hacía unas horas, el mismo tiempo que llevaba apagado.

“Déjalo estar”, le decía Abraham cada mañana y cada noche cuando revisaba los rastreadores, desde que apenas quedaron los dos. Por algún extraño motivo, ese hombre había asumido muy rápidamente el destino que les quedaba a ambos. Por eso, quizás, no le había dicho hasta la noche anterior que su “pequeña tos” era una infección por exposición a las muestras que guardaban en el piso inferior del búnker. Esa muestra, en concreto. Aquella que había diezmado a la Humanidad hasta recluirles en esas cárceles subterráneas. Marcus le había agarrado por la pechera del traje, sacudiéndolo entre gritos, preguntándole si lo que quería era morir, si se había suicidado. Gritos y preguntas que le salieron del alma, la misma que se le cayó a los pies al comprender la verdad en el fondo de sus ojos. Por supuesto que se había suicidado. Por supuesto que ese hombre había asumido demasiado rápido su destino, porque ya tenía un plan trazado desde hacía mucho, mucho tiempo. “Déjalo estar”, le había dicho la noche anterior, ya demasiado débil como para luchar contra él o hacerle entender que no había futuro para ninguno de los dos.

Marcus volvió a hacer otra ronda de los rastreadores, con la nula esperanza que se tiene al saber que no servirá para nada. Porque nunca había servido para nada una vez empezaron a apagarse como las estrellas se pierden al amanecer. Al principio fue un alivio llegar al búnker y ver que sí, que todavía quedaba más gente, que todavía se podían comunicar con ellos. Luego comprendieron que, aunque se pudiesen comunicar, nunca más podrían juntarse, ni siquiera caminar por la tierra sobre sus cabezas. No mientras esa bacteria siguiese matando cualquier tejido vivo sobre la faz de la tierra. Al caer los sistemas de defensa, asumieron que esa bacteria les había ganado… pero no pensaron que entraría dentro de los búnkeres, sino que allí seguían a salvo. Por eso, cuando las luces de los rastreadores comenzaron a apagarse una detrás de otra, los suicidios aumentaron. Los gritos de horror cada mañana al encontrar otro cadáver se volvieron casi una rutina diaria. “Déjalo estar”, le decía Abraham cuando intentaba hablar con las familias e infundirles algo de esperanza. Normal, él ya tenía su plan marcado.

Cuando Vanessa dijo que no aguantaba más y salió corriendo por el pasillo, Marcus la siguió para atraparla. “Déjalo estar”, repitió Abraham de nuevo, a lo que Marcus respondió que era la última mujer del búnker. Porque si ella moría, si la última mujer sobre la Tierra moría, la esperanza, agonizante, terminaba por morir con ella. “Déjalo estar”, repitió el hombre, más alto y con más fuerza. Marcus la alcanzó en la puerta del búnker, la sujetó por un brazo, pero ella ya había abierto un resquicio. El viento de la tempestad la atrapó y la arrastró consigo. En pleno arranque de supervivencia, Marcus la soltó, y vió cómo la mujer subía y subía por los cielos, hasta caer como un plomo contra la tierra rojiza, apenas para repetir el proceso una y otra vez, hasta que su cuerpo quedó desmadejado. Una semana atrás había sido testigo de tan horrible muerte. Siete días después un nuevo horror, uno nunca más sentido por otro ser vivo en la Historia.

Las semanas pasaron entre sollozos, llantos, golpes y, después, nada. Nada fuera del búnker ni dentro de Marcus. Su corazón apenas podía sentir las peores emociones, quebrándose poco a poco. Dormía, despertaba, comía, revisaba los rastreadores, hacía ejercicio, comía, rastreadores nuevamente, y vuelta a empezar. Un día detrás de otro, en silencio, hasta que se olvidó de cómo sonaba su propia voz.

Pero las noches… las noches eran las peores. Tomaba pastillas para dormir, porque si no era totalmente imposible. Cuidadoso, eso sí, en no sobrepasar la dosis. Seguía sin plantearse, siquiera, la opción de suicidarse y acabar con ese dolor interminable sin solución. Pero esas pastillas le forzaban a tener las más vívidas pesadillas, como si no tuviese suficiente con su día a día. Una noche soñó que llamaban a la puerta de metal que sellaba el búnker, y hasta se sentó en la cama de un salto, sudando entre sacudidas. Por supuesto, no volvió a oír esa llamada y empezó a pensar en que se estaba volviendo loco, finalmente.

Hasta que un día, tiempo después y con el más nítido sonido, tres golpes rítmicos sonaron contra aquella puerta de grueso metal.

Marcus saltó en su asiento, con el corazón latiendo desbocado y su estómago encogiéndose. “Debe ser el viento, que ha lanzado algunas piedras”, pensó. Pero su mirada surcaba todas y cada una de las cámaras que mostraban el exterior. En los siguientes minutos revisó los previos a la llamada cientos de veces, pero nunca jamás vio a nada ni a nadie llamar a aquella puerta.

Las noches se volvieron difusas a partir de ese momento, al dejar Marcus de tomar las pastillas para nunca dormir tan profundamente. “¿Y si vuelve a llamar?”, pensaba el hombre, mientras que su lado racional intentaba convencerle de que nadie podía llamar porque nadie más existía. Que estaba solo, y no sería de otra manera hasta el fin de sus días.

A continuación, los días. Apenas un mes después, estos y las noches no eran si no una amalgama de minutos donde ya ni sabía, ni le interesaba, cuándo era qué. Solamente comía cuando el estómago le dolía a rabiar, la higiene brillaba por su ausencia, y dormir… ¿Qué era eso, sino caer casi desmayado en algún momento? Siempre, por supuesto, frente a las pantallas de las cámaras que enfocaban el exterior, frente a los rastreadores apagados por todo el mundo. Casi sin parpadear.

Pero, entonces, sucedió lo esperadamente inesperado: tres sonoros golpes retumbaron por todos los pasillos, conduciendo hacia la pesada puerta de entrada al búnker. Marcus corrió como alma que lleva el diablo hasta situarse frente a ellas, con una pantalla portátil mostrándole en todo momento lo que había más allá de esos muros de hormigón. Pero no se veía nada, aunque los tres golpes se repetían una y otra vez. “Déjalo estar”, molestaba una vocecilla al fondo de su cabeza, pero Marcus se mordía las uñas mirando a los portones. “Si no hay nada fuera… no pasa nada porque abra, ¿verdad?”, pensaba el hombre.

Durante los siguientes treinta minutos los golpes se sucedieron de tres en tres y con los mismos intervalos de pausa entre ellos. Tan rítmicos que no parecían humanos, tan insistentes que invitaban a la esperanza de que lo fuesen. Y, al final, Marcus abrió la puerta.

Allí, frente a él, un remolino de tierra roja le recibió, metiéndose en sus ojos y cegándolo momentáneamente. Luego comprendió que era de día, con un filtro macilento por todo lo que veía. Cuando la arena se calmó, Marcus vio a una figura parada frente a él, observándole fijamente. El hombre cayó de rodillas al verla y reconocerla, con su baja estatura, largo cabello rubio y delicado pijama de verano.

—Mi amor… —susurró el hombre, de garganta rota y herida por tantos días en silencio.

—¿Por qué, papá? —habló la niña, con su voz rebotando contra la puerta de metal tras él.

—Mi reina. Por favor, puedo explicártelo. No te marches. —Marcus se arrastraba contra el suelo, con el helado viento reventándole la piel expuesta de la cara.

—¿Por qué te fuiste, papá? —decía la niña, impasible a la ventisca que se estaba formulando.

—¡Mi vida, lo siento! ¡Perdóname, no fui fuerte! —gritaba ya Marcus, implorando perdón mientras se arrastraba de manos y pies sobre el suelo.

—¿Por qué me abandonaste cuando llegaron los soldados, papá? —dijo la niña, mientras unos hilos de sangre comenzaban a caer por su cabello sobre su cara.

—¡Fui un cobarde! ¡Déjalo estar y ven! —Las manos del hombre mostraban ya los músculos y los tendones bajo jirones de piel helada y arrancada por el viento.

—Me duele mucho la cabeza, papá. ¿Por qué me dejaste morir? —susurró la niña, mientras su cráneo se agrietaba y la sangre manaba a borbotones.

—¡Déjalo estar! ¡Déjalo estar! —vociferaba Marcus, ya más destruído que completo, con su cuerpo desmadejado lanzado contra el viento y perdido en el infinito de aquel mundo muerto.

El general Hoft caminó por los pasillos del edificio entre las filas de soldados que le flanqueaban. Todos callados, pálidos y con la mirada perdida. Esos soldados que habían luchado en las batallas más cruentas y se habían regocijado ante el sufrimiento más horrible del enemigo. Frunciendo el ceño, el general llegó al cuarto donde le habían guiado. Allí esperaba su mano derecha, inmersa en papeles y decenas de pantallas que le mostraban pasillos de hormigón y tierras baldías, todo ello exento de cualquier tipo de vida.

—Teniente general Hammerson, ¿a qué viene tanta prisa?

—General Hoft, esto… No sé realmente por dónde empezar.

Hammerson parecía tan perdida como los soldados del pasillo una vez dejó a un lado los informes que parecía leer. Hoft, viendo el percal, se sentó en la silla más próxima y estiró su pierna bajo el exoesqueleto. Hammerson le tendió los informes y el general los leyó por encima.

—Prisión subterránea… Rastreadores… Suicidios… Un segundo, ¿qué diantres es todo esto? ¿Una historia de ficción?

—No, señor, es lo que estaban haciendo. Y es mucho, mucho peor de lo que habíamos podido imaginar. ¿Recuerda… Recuerda aquellos alemanes? ¿Aquellos que se dedicaron a encerrar gente?

—Por supuesto, Hammerson. No han pasado más de dos siglos como para olvidarse de lo que hicieron.

—Pues…

—Espera… ¿Estás insinuando lo que creo que estás diciendo?

—Tortura psicológica, señor. Algo que nunca habíamos visto.

—Y estas cámaras… ¿Era para verles?

Hammerson asiente lentamente y Hoft, aguantando la respiración, sigue leyendo los informes, cada vez más y más pálido. Susurra palabras como “El Fin de los Días” o “El último sobre la Tierra”, apretando más y más los puños de puro horror.

—¿Pero qué tipo de delito habían cometido, por el amor de los Dioses?

—Delitos ideológicos, señor. Algunos solo quisieron escapar, otros vistieron la ropa incorrecta.

—Ese maldito monstruo sediento de sangre… Pena que ya se haya reventado la cabeza o lo haría yo personalmente —gruñe el general.

—Señor, tengo los vídeos preparados por si quiere verlos.

—Prefiero… Será mejor que los vean en el Consejo Internacional. Debo llamar al Presidente. Mientras tanto, déjalo estar…

Sorrow

Escrito por @subrosandro

Relato Nº 9

Pacoteros, vengo a advertiros de algo muy extraño que me sucedió hace unos días. Veréis, muchos me conoceréis por mi actividad en el foro, pero en la vida real yo no soy más que otro programador de esos que tan fácilmente son absorbidos por el mercado laboral. Dedico mi día a picar código en una oficina cochambrosa, bajo la presión de unos jefes que no aceptan el teletrabajo ni pagan las horas extras. El sueldo no es malo, y me permite alquilar un apartamento para mí solo en Salamanca. Llevo poco tiempo en esta ciudad, pero, por lo que he podido ver en mis breves paseos dominicales, es un lugar agradable para vivir. El resto de la semana, sin embargo, salgo tan cansado y tan tarde de la oficina que lo único que quiero es llegar a mi casa, calentarme la cena en el microondas y comérmela en la habitación mientras leo vuestros posts.

El otro día, como sabéis, Bayonetta actualizó el foro a una nueva versión. Se me hacía un poco extraño ver las categorías desplegadas a la izquierda, pero no tardé en acostumbrarme y verle su utilidad, y hasta me animé a poner el modo oscuro del que tanto hablabais en los posts. La noche que empezó toda esta historia era como otra cualquiera. Me puse a navegar por Pacotes en busca de debates interesantes mientras cenaba un sándwich mixto. Fue entonces cuando vi un post extraño. Me llamó la atención porque debajo de su título, “Sorrow” (tristeza en castellano), no estaba el típico cuadrito de colores que indicaba la categoría. A la derecha del título había un único avatar circular con la letra S en fondo rojo, característica de los usuarios nuevos. Su nombre de usuario también era Sorrow. Entré en el post. Había un mensaje muy raro. En letras de color rojo, que destacaban sobre el fondo negro de mi modo oscuro, ponía “Estoy muy triste”. Parecía una broma de Halloween. Le di a responder y escribí una pole chistosa, pero, cuando envié la respuesta, Pacotes me avisó de que el post no existía. Efectivamente, había desaparecido, probablemente borrado por alguno de los moderadores. En ese momento no le di más importancia.

A la noche siguiente, con una bolsa de patatas fritas en la mano, me dediqué a navegar por el subforo de Política. Di un respingo cuando volví a ver el nombre de Sorrow entre tantos temas polémicos. ¿Cómo era posible que ese post se hubiese colado, si estaba dentro de una categoría tan seria? Pensé que aquel troll habría puesto el mismo post en todas ellas, y entré para reportarlo. El mensaje, de nuevo en letras rojas, había cambiado. Ahora ponía “Necesito salir de aquí”. Pero lo más extraño de todo era que su avatar ya no era una S en fondo rojo. Ahora tenía exactamente el mismo avatar que yo. Si bien es cierto que mi avatar es muy genérico, me parecía una coincidencia muy rara. Intenté reportar el post a los moderadores, pero de nuevo salió el mensaje de que el tema no existía. Lo busqué por las demás categorías, pero se había esfumado completamente. Al intentar buscar al usuario, tampoco encontré nada. Es como si Sorrow nunca hubiese existido. Debo confesaros que en ese momento tuve algo de miedo. Infundado, seguramente, porque no dejaba de ser un foro de internet. ¿O no?

A la noche siguiente, busqué deliberadamente el post de Sorrow. No tardé en encontrarlo, entre los temas candentes del día. Sentí alivio al darme cuenta de que su avatar ya no era idéntico al mío, sino que mostraba una fotografía de una iglesia. Probablemente, lo del día anterior hubiese sido una coincidencia. El mensaje seguía en su enigmática línea. “Ya veo la salida”. Intenté darle un “Me gusta”, pero, de nuevo, Pacotes me advirtió de que el post no existía. Pronto me olvidé del tema, y me puse jugar al Overwatch hasta altas horas de la madrugada, pues libraba al día siguiente.

El domingo hacía un día espléndido, así que me fui a dar un paseo por Salamanca. La Casa de las Conchas, el puente romano… Cuando paseaba por la plaza de Anaya, me quedé completamente paralizado. Delante de mí estaba el avatar de Sorrow. La catedral de Salamanca. No había caído en la cuenta hasta que la tuve delante. ¿Otra casualidad? Se me quitaron las ganas de seguir paseando. Volví a casa apresurado, encendí el ordenador y entré en Pacotes. Refresqué frenéticamente la página principal durante casi una hora, impacientándome cada vez más. Finalmente, apareció el post de Sorrow. Me fijé en su avatar. Mostraba una gasolinera. Parecía una imagen genérica de internet, pero algo en mí me decía que era la gasolinera de la calle paralela a la mía. Sorrow se estaba acercando. Entré en el post, y unas letras rojas me miraron triunfantes: “Por fin he logrado escapar”. Saqué rápidamente una captura de pantalla, antes de que el post desapareciese, y le escribí un mensaje privado a Bayonetta. Le expliqué todo lo que sucedía y le mandé la captura. Ella, muy amablemente, me explicó que no existía ni había existido nunca un usuario llamado Sorrow en Pacotes, y que en la captura no se veía nada, pero que estaría atenta por si aparecía de nuevo. Abrí entonces la imagen que le había enviado y descubrí que estaba completamente en negro. Esa noche dormí con la luz del salón encendida y cerré con llave la puerta de mi apartamento. Me estaba arrepintiendo de vivir solo.

Al día siguiente, me entretuve en la oficina. No quería volver a casa, y estuve haciendo cuantas horas extras pude. Cuando finalmente llegué al apartamento, cerré la puerta, encendí todas las luces y cené una ensalada en la cocina. Me sentía un poco tonto, pero no conseguía perder el miedo. Miraba de reojo el monitor apagado de mi ordenador, temiendo lo que me pudiese encontrar al otro lado. Pero la curiosidad me pudo, y acabé encendiéndolo y abriendo Pacotes. Me quedé helado. Todos los posts y categorías del foro habían cambiado, y ahora solo se veía una misma palabra repetida una y otra vez. Sorrow. Sorrow. Sorrow. Cliqué en el avatar y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me vi a mí mismo enfrente del monitor, de espaldas, con la misma camiseta verde que llevaba ese día. Era una fotografía de mi habitación. Me di la vuelta lentamente, esperando ver a una criatura grotesca en la puerta del dormitorio. Pero no había nadie. De repente, el sonido de una campanita. Una notificación de Pacotes. Me volví para ver el monitor y me fijé que mi avatar tenía un circulito verde encima. Un mensaje privado. Era de Sorrow. Se titulaba “Ya estoy aquí”. Mi reacción fue apagar el ordenador, ir corriendo a la cocina y coger un cuchillo. Estaba sudando frío, y el corazón me latía a mil por hora. Fui despacio hacia el salón y desconecté el router. Me sentí algo más aliviado, como si al apagarlo hubiese cortado cualquier vía por la cual Sorrow pudiese llegar a mí. De repente, el sonido de inicio de Windows. El ordenador se había encendido solo. Me acerqué a la habitación con el cuchillo en la mano, sintiendo que no me iba a servir de nada contra aquel ser. En la pantalla de mi ordenador estaba abierto el mensaje privado de Sorrow. Ponía, en letras rojas, “Hola”, seguido de mi nombre real. Me acerqué al teclado y le envié un “¿Quién eres?”. Mientras esperaba la respuesta, me fijé que el símbolo del wifi del ordenador mostraba “Sin conexión”. ¿Cómo era posible que estuviésemos hablando? Sorrow no tardó en responder. Su mensaje fue directo: “Tu nuevo compañero de piso”. Yo le contesté: “No quiero un compañero de piso”. De repente, las luces de todo el apartamento se apagaron, siendo la única iluminación restante el propio monitor. Escuché unas pisadas que venían de la cocina. Se acercaban. Sorrow escribió: “No querrás enfadarme, ¿verdad?”. Yo estaba aterrado. Respondí rápidamente: “No”, y los pasos cesaron. Todo seguía a oscuras. Sorrow escribió: “Ahora, acéptame. Estaremos juntos para toda la eternidad”. Los pasos volvieron a escucharse, cada vez más cerca. No sé cómo se me ocurrió. Una corazonada, quizás el impulso de un animal acorralado, o simplemente un golpe de suerte. Pero entonces supe que mi única salvación estaba en los ajustes de Pacotes. Noté una mano muy fría tocar mi hombro. Cambié entonces al tema diurno y todo se iluminó. Las luces del apartamento se encendieron. Me levanté de la silla y me di la vuelta, cuchillo en mano. Pero no había nadie. Refresqué el foro y me saltó el error de “Fallo de conexión”. Cuando volví a encender el router, Pacotes había vuelto a la normalidad. Era como si nunca hubiese pasado nada. El hombro, sin embargo, me escocía un poco. Me bajé la camiseta y miré. La piel estaba enrojecida por partes, como si me hubiese quemado. Desde lejos, parecía la marca de una mano huesuda.

Sé que es difícil de creer, pero os juro que es verdad. Os pido a todos, por vuestro bien, que, si veis un post de Sorrow, no lo abráis. Y no uséis el modo oscuro. Sorrow necesita un hogar, y os aseguro de que no tardará en encontrarlo.

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Esta versión del ebook es provisional, a falta de incluir un prefacio, agradecimientos, enlaces a los diferentes formatos de la versión narrada y cualquier revisión necesaria.

Pesadilla en Pacote Street 2022 - ebook.pdf (991,4 KB)

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Mira @mamá salgo en pesadilla de pacote street

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Gracias por el trabajazo y por la contribución de [email protected] al PEPS de este año. Estoy deseando escuchar la versión narrada jeje

Espero que os guste mi homenaje a los creepypastas. Es el primero que hago :grin:

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Muy buena la edición de la antología. Mis dieses.

Acabo de terminar de leerlos todos. Muy buenos y la edición genial. Gracias por el currazo.

Eso sí, me los he leido ahora solo y a oscuras. Que mal rollo tengo en el cuerpo xD

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A mi me han gustado todos, aunque uno ya lo había leído antes. Lastima que no haya mas, nueve te saben a poco y encima, si son buenos y aterradores, se te queda escaso.

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Yo creo que mi favorito es el de yavanna. No es terror terror, pero creo que es el que captura mejor una atmósfera macabra y oscura.

El peor el de Zero. Menuda cara hay que tener para presentar el mismo relato en dos concursos a la vez. Menuda jeta. Solo la peor calaña lo hace.

(Esto es broma porque yo he hecho lo mismo. Me gusta más la versión extendida de Zero que el que se presentó al torneo).

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A mi uno que me ha gustado bastante para mí sorpresa es el de @subrosandro, del que al empezar no esperaba nada, y me acabó gustando mucho

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Me alegro de que te haya gustado, porque fue completamente improvisado. Estuve hablando con una chica el día anterior sobre creepypastas famosos y al día siguiente en el gimnasio se me ocurrió hacer uno del foro. Lo escribí en hora y media todo apresurado porque ya me pasaba de la fecha límite :joy:

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Ya tenéis las narraciones publicadas en el #magazine , junto con la versión definitiva del ebook.

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