Miles de personas lo perdieron todo en la masacre racial de Tulsa

POR TUCKER C. TOOLE


J.B. Stradford, antepasado del autor, hizo su fortuna a partir de muy poco.
FOTOGRAFÍA DE JOHN W. ROGERS JR.

Cuando estaba en primaria, mi abuelo, Theron C. Toole, me llevó aparte en su casa. Me dijo que tenía que contarme algo importante: la historia de nuestra familia. Me habló de mi tátara-tatarabuelo, J.B. Stradford, que era dueño de varias propiedades, entre ellas un hotel, en la calle Black Wall Street de Tulsa. Entonces no comprendí la importancia de sus palabras, pero el nombre «Black Wall Street» se me quedó grabado.

Ahora sé más. El 31 de mayo es el centenario de la masacre racial de Tulsa de 1921, cuando una turba blanca destruyó la próspera comunidad negra de Greenwood y asesinó a hasta 300 personas. Los atacantes quemaron más de mil viviendas y numerosos negocios —entre ellos las propiedades de mi antepasado J.B.— y dejaron a casi 10 000 personas sin hogar, casi toda la población negra.

Además de vidas, los residentes de Greenwood —y sus descendientes, como yo— perdieron lo que hoy equivaldría a unos 610 millones de dólares en riqueza acumulada. También perdimos un barrio dinámico creado por propietarios de negocios y emprendedores negros de éxito, apenas 50 años después del fin de la esclavitud. Y en el centro de todo ello estaba J.B., que hizo todo lo que estaba en su mano para apoyar y mejorar la próspera comunidad de Greenwood.

Antes de la masacre, Greenwood, recordada más adelante como Black Wall Street, contaba con 41 ultramarinos, 30 restaurantes, 11 hostales, nueve salas de billar, cinco hoteles y muchos otros negocios, como servicios de lavandería, cines y un club de baile. Uno de los más destacados era el Hotel Stradford de mi tátara-tatarabuelo.

«En todas las salas de banquetes y en el vestíbulo colgaban las arañas de cristal más hermosas», escribió J.B. en sus memorias inéditas, que mi primo Nate Calloway compartió conmigo hace poco. «Parpadeaban luces brillantes por todas partes y los huéspedes, que venían de lugares lejanos y cercanos, bailaban al ritmo de la música, disfrutando de la inauguración hotel más grande y elegante de Estados Unidos propiedad de un afroamericano que lo gestionaba y construía».

Las memorias de J.B., que escribió bien entrado en años, relatan cómo pasó de una infancia empobrecida a una vida de emprendimiento y activismo cívico. Su historia comienza en Versailles, Kentucky, donde nació el 10 de septiembre de 1861. Su padre, Caesar, había sido esclavizado, pero se esforzó por conseguir su libertad y formarse, aunque ello pusiera su vida en peligro.

La hija abolicionista de la familia que lo esclavizó enseñó a leer a Caesar. «Después de cada lección», escribió J.B. sobre su padre, «colocaba el libro en la parte superior del sombrero», y solo lo sacaba cuando podía estudiar sin ser visto. «Se pasaba la mañana y la noche estudiando. Este procedimiento se prolongó lo suficiente hasta que aprendió a leer y escribir».

La esclavitud y el proceso educativo de su padre hicieron que J.B. se impusiera a sí mismo un alto nivel educativo. Obtuvo su título universitario en el Oberlin College de Ohio durante una época en la que la mayoría de las universidades no admitían a estudiantes negros y más adelante se graduó en Derecho en la Facultad de Derecho de Indianápolis, que posteriormente fue absorbida por la Universidad de Indiana.

Comenzó su andadura empresarial en Oberlin, donde trabajó en una barbería a 16 kilómetros del campus. «Tras el primer mes en Oberlin y cuando se me terminó el dinero, alquilé dos habitaciones, una para dormir y la otra para una barbería», escribió. «Muchos de mis compañeros y ciudadanos me financiaron, lo que me permitió hacer mis gastos ordinarios».

En Ohio conoció a Bertie Wiley, la mujer con quien se casaría. Tras graduarse, regresaron a Kentucky, donde J.B. trabajó como director de un colegio y regentó una barbería.

En Kentucky, J.B. tuvo una experiencia que lo marcó durante el resto de su vida: vio cómo linchaban a un hombre. Una mujer blanca había acusado a un hombre negro de violación, pero J.B. relató en sus memorias que ella tenía una aventura con el hombre y su marido los había descubierto.

Cuando sacaron al hombre de la cárcel para lincharlo, el resto de la comunidad negra corrió a esconderse, pero J.B. decidió quedarse a observar. Describe la muerte del hombre de forma vívida: No se le rompió el cuello y le colgaba la lengua de la boca «tan grande como una lengua de vaca [sic]». Desde aquel momento, J.B. decidió hacer todo lo posible para detener los linchamientos.

Pero ya no se sentía seguro en su estado natal. Bertie y él se mudaron a Indiana con 15 000 dólares ahorrados. Abrió un taller de bicicletas y otra barbería y se graduó en Derecho en 1899. Más adelante, la pareja se trasladó a Coffeyville, Kansas, donde Bertie falleció.

El 9 de marzo de 1905, J.B. se trasladó a Tulsa justo cuando se estaba convirtiendo en una ciudad pujante tras el descubrimiento de la reserva de petróleo de Glenn Pool. Las personas —negras y blancas— acudían en masa a la ciudad, abrían negocios y aprovechaban las nuevas oportunidades laborales. J.B. prosperó.


La mañana del 1 de junio de 1921, las multitudes se congregan en Tulsa mientras Greenwood arde. FOTOGRAFÍA DE DEPARTMENT OF SPECIAL COLLECTIONS, MCFARLIN LIBRARY, UNIVERSITY OF TULSA

«A principios de 1917», escribió, «había amasado una gran fortuna. Poseía 15 viviendas en alquiler, un edificio de apartamentos de ladrillo de dieciséis habitaciones. El valor del alquiler era de 350 dólares al mes. Los ingresos de otras fuentes eran el triple. Tenía una cuenta bancaria espléndida y vivía en el “Sunnyside” de la calle. Decidí hacer realidad mi mayor sueño… erigir un gran hotel en Tulsa, solo para mi gente».

El 1 de junio de 1918, tres años antes de que tuviera lugar la masacre, el Hotel Stradford celebró su gran inauguración. Descrito como la joya de la corona de Greenwood, el enorme edificio contaba con 55 habitaciones, un gran vestíbulo, una farmacia, una sala de billar, una barbería, un restaurante y una sala de banquetes. Fue un éxito inmediato.

Pero a J.B. no solo le interesaban las ganancias materiales. También quería defender a su pueblo de los brutales linchamientos. Él y A.J. Smitherman, editor del Tulsa Star , uno de los dos periódicos de Greenwood, reunían a grupos de hombres para enfrentarse a las turbas de linchamiento en los pueblos de los alrededores. Pero no pudieron impedir lo que ocurrió en Greenwood.

El 30 de mayo de 1921, Dick Rowland, de 19 años, entró en un ascensor del edificio Drexel, en el centro de Tulsa. La ascensorista blanca, Sarah Page, de 17 años, gritó por motivos desconocidos (la explicación más habitual es que el joven negro le pisó el pie o tropezó). El redactor del Tulsa Tribune «se fue directamente a su oficina», escribió J.B., «y puso un gran titular en primera plana que decía “UN NEGRO ATACA A UNA MUJER BLANCA EN EL ASCENSOR DEL EDIFICIO DREXEL”, lo que garantizaba la ira del Ku Klux Klan».


Un escuadrón de la Guardia Nacional llega a Tulsa el 1 de junio de 1921, con una ametralladora cargada en la parte trasera del camión. FOTOGRAFÍA DE DEPARTMENT OF SPECIAL COLLECTIONS, MCFARLIN LIBRARY, UNIVERSITY OF TULSA


Los tulsanos negros son conducidos al Centro de Convenciones de Tulsa, donde los detuvieron tras la masacre racial de Tulsa. FOTOGRAFÍA DE FRANCIS A. SCHMIDT, DEPARTMENT OF SPECIAL COLLECTIONS, MCFARLIN LIBRARY, UNIVERSITY OF TULSA

Se había puesto en marcha la masacre racial de Tulsa. Cuando la turba de blancos enfurecidos terminó su matanza de dos días, casi 10 000 personas se habían quedado sin hogar y 6000 habían sido llevadas a campos de detención. Se impuso la ley marcial y se desplegó la Guardia Nacional.

J.B. fue detenido y acusado de instigar los disturbios. Mientras la Guardia Nacional se lo llevaba, vio cómo ocho de las casas de sus inquilinos, así como su propia casa, eran pasto de las llamas. Fue trasladado a un campo de internamiento con su nueva mujer, Augusta. Para él, el campo fue casi más mortal que el ataque contra Greenwood.

«Mi hijo John estaba confinado en el mismo lugar que yo», escribió J.B. «Había oído por casualidad la conversación entre un excongresista y un senador estatal, etc. “Tendremos a Stradford esta noche”, dijo uno de ellos. “Lleva aquí demasiado tiempo (15 años o más) y les ha enseñado a los negros que son tan buenos como los blancos. Esta noche lo lincharemos.”».

Para evitar que lo lincharan, J.B. actuó con rapidez. Los presos negros necesitaban un padrino blanco para salir del campo. J.B. recurrió a un hombre blanco con el que tenía buenas relaciones para que les ayudara a él y a su esposa a escapar por una puerta lateral y los llevara al pueblo cercano de Sand Spring. Desde allí viajaron a Independence, Kansas, donde vivía su hermano. J.B. nunca volvió a Greenwood.

Había más peligro por llegar. El ayudante general de Oklahoma emitió órdenes de detención contra J.B. Cuando las autoridades llegaron a Kansas para detenerlo, el hermano de J.B. se enfrentó a ellos con un arma, advirtiendo que les dispararía y mataría para proteger a su hermano. Finalmente, J.B. fue detenido, pero su hijo C. Francis Stradford, que era abogado en Chicago, pagó la fianza.

Tomaron un tren a Chicago, donde J.B. murió a los 74 años. Había perdido su fortuna, pero dejó un legado de esfuerzo y determinación a sus descendientes, muchos de los cuales se convirtieron en abogados y otros profesionales.

En 1996, en una ceremonia en Tulsa a la que asistieron miembros de mi familia, J.B. fue absuelto de todos los cargos de haber incitado o iniciado la masacre. «No me cabía duda de que el gran jurado que realizó estas acusaciones estaba sesgado emocional y políticamente», dijo entonces Bill LaFortune, exalcalde de Tulsa y fiscal del distrito. «Teniendo en cuenta todo eso, me pareció que lo mejor para la justicia sería desestimar las acusaciones contra él».

Mi tátara-tatarabuelo fue absuelto del delito del que fue víctima, pero nunca fue compensado por la fortuna que tanto le costó construir. Me pregunto cómo habría sido su historia —y la de mi familia— si la masacre nunca hubiera ocurrido, si los delincuentes no hubieran estado tan llenos de odio, si sus vecinos de Greenwood y él hubieran seguido prosperando. No me cabe duda de que habría hoteles Stradford por todo el país, si no por todo el mundo.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

Joe Biden reconoce la matanza de afroamericanos de Tulsa 100 años después con una visita a la ciudad

Probablemente, de no haber sido por las protestas, a menudo acompañadas de actos vandálicos y saqueos, desencadenadas tras la muerte de George Floyd, hace un año, el centenario de lo que en Estados Unidos se denomina caritativamente como “los disturbios raciales de Tulsa” habrían pasado desapercibidos.

Sin embargo, EEUU vive un momento de tensión en sus relaciones raciales, y hoy el presidente Joe Biden hizo algo excepcional: viajó a la ciudad de Tulsa, en el estado de Oklahoma, se reunió con los supervivientes de la matanza, y anunció una serie de medidas para favorecer el desarrollo económico de las minorías en EEUU. Esas medidas incluyen dar prioridad a las empresas propiedad de grupos étnicos minoritarios en la concesión de contratos públicos, dar créditos a fondo perdido para favorecer el desarrollo de servicios e infraestructuras en esas comunidades, que a menudo están aisladas por la falta de medios de comunicación y la ausencia de transporte público. Son decisiones con las que Biden espera reforzar su apoyo entre el electorado afroamericano , que votaron mayoritariamente por él, en un país en el que, cada día más, el Partido Republicano es el de los blancos, y el demócrata el de las minorías. Unas minorías que en algunos casos -negros- están marginadas económicamente, en otros -asiáticos- políticamente, y en algunos más -hispanos e indígenas- las dos cosas.

Ésa es una consecuencia de los “disturbios” de Tulsa. Aunque aplicar la palabra “disturbio” a Tulsa en 1921 es impreciso. Lo que se produjo en esa ciudad en 1921 fue en realidad un pogromo en el sentido estricto de la palabra, en el que varios cientos de negros fueron cazados como animales en la ciudad de Tulsa , en Oklahoma. Fue más una guerra de exterminio que un linchamiento en masa. Al menos ocho de los quince aviones del aeródromo local fueron empleados, primero para identificar dónde había negros, y después para arrojar bombas incendiarias sobre las casas. Así es como se destruyó el barrio de Greenwood, el llamado ‘Wall Street negro’ de Tulsa: un área en la que los descendientes de los esclavos estaban alcanzando un considerable grado de prosperidad.

Las propiedades se perdieron. No hubo indemnizaciones ni seguros. Y, como consecuencia, el camino hacia la prosperidad del barrio desapareció. Así lo recordaba esta semana en la revista financiera Barron’s John Rogers, que en 1983 se convirtió en la primera persona de una minoría racial -negro, hispano, asiático o indígena- en fundar una gestora de fondos de inversión en Wall Street, Ariele Investments, que en la actualidad tiene 15.000 millones de dólares (12.250 millones de euros) en activos.

El bisabuelo materno de Rogers se llamaba J.B. Stradford, y no solo era el primer miembro de su familia que había nacido como una persona libre, sino, también, el dueño del mayor hotel propiedad de un negro en Estados Unidos, el Hotel Stradford, de tres plantas y 54 habitaciones, situado en el número 301 Norte de la Avenida Greenwod, en pleno centro de la masacre. El 31 de mayo, durante el primer día de la matanza, Stradford logró defender el edificio acompañado de dos afroamericanos armados . El 1 de junio, el hotel fue atacado por una avioneta, y una turbamulta le prendió fuego. No quedaron ni los cimientos. Sus otros 15 inmuebles en Greenwood también ardieron. Stradford pasó de ser el negro más rico de Tulsa a no tener nada.

Esa pauta de empobrecimiento es una constante en la historia de las minorías en EEUU. En muchos casos, la ausencia de títulos de propiedad legalmente reconocidos, ha hecho que los miembros de estos grupos vayan siendo progresivamente privados de sus activos. Es algo que sigue sucediendo hoy en áreas como la costa de Carolina del Sur y Georgia, una región en la que los descendientes de los esclavos vivieron de manera prácticamente independiente durante un siglo, hasta el punto de que mantienen palabras africanas, pero que en la actualidad está viviendo un ‘boom’ inmobiliario. Las personas de nivel sociocultural bajo no tienen títulos de propiedad y, cuando los poseen, son defectuosos, o no definen bien los límites de las parcelas, o a los herederos. Todos esos factores hacen que sea relativamente fácil para un promotor hacerse con un terreno a un precio muy inferior al de mercado.

De hecho, mientras tenía lugar la matanza de Tulsa, a menos de 100 kilómetros de distancia, en la Reserva de la tribu india Osage, se producía una todavía mayor: el asesinato y desaparición de cientos de personas de esa comunidad para arrebatarles sus pozos de petróleo. Sus títulos de propiedad fueron para blancos. El petróleo de Oklahoma no ha vuelto a pertenecer a los indígenas. Igual que el hotel de J.B. Stradford.

https://www.elmundo.es/internacional/2021/06/01/60b6850bfc6c8328048b460a.html

7 Me gusta

En la película de Spike Lee sobre un judío que se infiltra sobre el KKK traen a colación esta masacre, y cómo los americanos blancos aprovecharon la supuesta violación de una mujer caucásica por parte de un adolescente negro para destruir dicha comunidad.

“Los negros no se superan porque no quieren”…

1 me gusta

Y por errores tan lamentables de EEUU, el resto del mundo tenemos que pagarlo con la oleada de agresiones imaginarias

Defender ese argumento es de ignorantes que no conocen la historia. Lo grave es cuando no quieren conocerla, porque les importa más defender su despreciable política reaccionaria que conocer la verdad y actuar en consecuencia.

Aparte de eso, recuerdo a los lectores que esta masacre fue sólo una muestra muy visible del racismo de Estados Unidos, pero ni fue la única, ni fue la excepción. El racismo se ejecutó de mil maneras distintas, unas muy visibles otras muy discretas, y juntando todas se ha acabado llegando a extremos intolerables que alimentaron el movimiento por los derechos civiles de los sesenta, los disturbios en las décadas siguientes, y ahora el movimiento BLM. Y mientras no se actúe desde arriba para paliar sus efectos y restaurar la justicia, Estados Unidos seguirá sufriendo problemas con el racismo.

mucho texto.

1 me gusta

Una cosa terrible. Por suerte esto es imposible que pudiera pasar hoy en día.

Resumen: La diversidad cultural no funciona y los cambios politicos forzados mediante la violencia traen consigo decadas de consecuencias nefastas que arramplan con la vida de inocentes, capitulo 87416498916054979870946594º de nuestras historia. Asimilacion o nada.

1 me gusta

Le doy un empujón, me parece una historia muy interesante.

En las serie Lovecraft Country aparece el episodio de Tulsa bastante crudo.