II Torneo de minirelatos pacotero - Hilo de relatos (no comentar)

Semifinal. Recluta patoso vs Orfebre del Zhongguo
Condición: Un mendigo ha de ser el protagonista o un personaje muy principal en el relato.


Memorias de Marco Aurelio

Con ayuda de los frumentarii, Marco Aurelio se atavió con unos harapos y guardó sus ropas en un zurrón. Durante la Pax Romana los viajes por el Imperio necesitaban de menos tiempo y de menos personal, así que el emperador se había desplazado con cuatro frumentariis y veinte guardias pretorianos, llegando una quincena antes de lo previsto a las afueras de Ulpia Trajana, capital de la Dacia, donde el legado propretor Plubio Livio esperaba la visita del emperador.

Marco Aurelio pidió a su comitiva que acampase a las afueras de Ulpia dos noches, ya que quería ver por sí mismo el estado de la capital de la Dacia. Cruzó de día la muralla como otro de los muchos mendigos, hijos de dacios que fueron vendidos como esclavos, que todos los días buscaban su porvenir.

El emperador de pelo ceniciento comenzó a charlar con otro de los mendigos que atravesaban la muralla en dirección al mercado. Al ser preguntado por cómo trataba el legado a los habitantes de Ulpia estalló en una carcajada.

—Fenomenal, fenomenal —comentó entre risotadas—. ¡Cómo se nota que aún no has dado con ninguno de sus soldados, viejo!

Marco Aurelio decidió indagar al respecto, así que al llegar la noche visitó una de las principales tabernas de legionarios, la Vulpes Inculta. Encontró soldados borrachos agarrando a las taberneras y meretrices que rondaban aquel tugurio, abofeteando a aquellas que mostraban una mínima resistencia y tomándolas en la misma taberna. Borrachines apoyados en la barra que evitaban el contacto visual con cualquier legionario por miedo a las represalias. Un joven dacio desmembrado por dos soldados tras pedirles una moneda.

El emperador consideró su deber ahondar en los problemas que Ulpia mostraba, así que la mañana siguiente buscó al tabernero tuerto que había visto tras la barra de la Vulpes Inculta. Le encontró hablando con un vinicultor de la zona, que pedía seis sestercios más por cada tinaja. Tras unos aspavientos y una teatralidad notable, el tabernero logró evitar la subida de precio y el vinicultor marchó refunfuñando. Marco Aurelio, todavía vestido con ropas pobres y sin su característica barba, se acercó al tuerto.

—Hoy no puedo regalar las sobras de vino, mendigo. Anoche perdí cuatro tinajas y tengo el justo para esta noche —comentó al emperador antes de que este hablase—. Vuelve otro día.

—Verá, buen hombre, ya que no hay vino, le pido al menos un panecillo y el deleite de escuchar su historia —pidió el emperador, mirando fijamente la cuenca sin ojo del tabernero—. ¿Sería posible?

—Observo que no eres de aquí, ya que todos saben la historia. Pero veo en tus ojos interés sincero, y para los míos, los que no nos quedamos lamiendo las botas de esos putos legionarios, siempre tengo la despensa abierta —dijo el tabernero mientras se sentaba en un taburete—. Al cerrar mi taberna encontré al legado forzando a dos niñas enfrente de mi taberna. Era algo sabido, pero nunca lo había visto por mí mismo. Uno de sus soldados me sorprendió mirando la escena y me llevó a un callejón donde me arrancó el ojo, para que aprendiese a ser más selectivo observando. Esos fellators me arrancaron un ojo por cometer el ultraje de salir de mi taberna, pero no tuvieron valor de matarme porque su mierda de legión no iba a tener una mejor taberna donde caer redondos noche sí y noche también.

Pasó el resto de la tarde charlando con el tabernero, sin revelar su identidad, y ofreciéndole el hombro que parecía necesitar. El tabernero le ofreció una cama y aseo como agradecimiento.

Al día siguiente, Marco Aurelio salió vestido con sus ropajes habituales, desechando ya el papel de vagabundo, y se reunió con su comitiva de camino al palacio del legado. Plubio Livio recibió al emperador con sorpresa, pues todavía no esperaba su llegada, apresurando a todo el servicio a preparar un banquete. Marco Aurelio le calmó, y le pidió reunirse en privado.

—Verás, Livio, no tengo ni hambre ni sed. Prefiero que me consigas compañía, aunque mi guardia y yo tenemos gustos especiales —susurró el emperador—. Queremos carne joven, nada de compartir putas con tu legión.

Plubio Livio sonrió y se acercó a uno de sus ayudantes, que salió corriendo del salón luego de recibir las órdenes. A la hora, después de pasar por un baño, toda la comitiva de Marco Aurelio, además del legado, se encontraban en una habitación con niños y niñas. Uno a uno, fueron desfilando por delante de estos mientras Livio se vanagloriaba de la calidad del género mostrado.

Sin más aviso que una gesticulación del emperador, dos de sus guardias pretorianas sacaron unas dagas de la toalla que les cubría y degollaron ahí mismo a Plubio Livio. Marco Aurelio aseguró a los niños que serían liberados y que no tendrían que pasar más por eso. Se reunió con la corte del legado para explicarles que todos aquellos que no fuesen leales morirían en ese instante, e hizo llamar al tabernero.

—Amigo, quiero pedirte un favor más para el Imperio. Has visto durante los últimos años lo desastroso que es tener un mal líder, y has tratado con toda la legión en momentos de máxima bajeza —aseveró el emperador—. Tú, mejor que nadie, sabrás cual es el mejor soldado de la Dacia para gobernar con honor esta legión y esta parte del Imperio. Házselo saber al consejo en los días venideros para que le formen como general, mientras yo elijo a un buen cónsul que encauce la política de Ulpia.

El tabernero abrazó al emperador, entendiendo ahora el interés de ese indigente de pelo blanco. Comprendió en ese mismo instante la grandeza de la que todo el mundo hablaba cuando el emperador era mencionado. Supo, al momento, que la Pax en el Imperio estaba asegurada mientras Marco Aurelio viviese.

La Dacia pasó a ser el orgullo del emperador, reforzando su relación con las provincias del este, las cuales iba a necesitar de su lado para la guerra venidera con los pueblos germánicos.

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Semifinal. Recluta patoso vs Orfebre del Zhongguo
Condición: Un mendigo ha de ser el protagonista o un personaje muy principal en el relato.


El humano

Carlos sintió frío, se arrimó a su gato e intentó taparse un poco mejor con un trozo de tela que había encontrado esa misma tarde. En esta época era mejor no acercarse mucho a otros humanos como él. El Ictum lo había trastocado todo. Esos experimentos y esas vacunas del demonio, pensó Carlos, lo habían echado todo por la borda.

Recordó cuando era alguien con un trabajo estable y una familia, se preguntó dónde estaría ahora su mujer. Viviría en el mismo piso y ella y su hijo ya habrían matado al perro estaba seguro de eso. Abrazó instintivamente a Jack, su gato, para protegerlo. Ahora podía pensar con claridad ya que Jack dormía. Los grandes animales habían desaparecido pero no por el cambio climático sino por genocidio. Los humanos se defendieron del Ictum de la única manera que sabían, con la fuerza. Millones de ellos murieron masacrados antes de que pudiesen influir a los humanos. Para la humanidad fue una victoria. Los últimos animales libres fueron encerrados en un zoo especial dormidos sin posibilidad de comunicarse, como si fueran peluches para disfrute de curiosos.

Los animales de compañía les siguieron después. Los ciudadanos en los barrios hacían batidas liberando a los humanos poseídos por ellos. Carlos se revolvió recordándolo. Eso provocó que Jack se despertase y se desperezase mientras le decía un «Buenos días». Carlos recibió el saludo con la sensación de efecto narcótico de siempre. Era el mismo efecto de estar enamorado, el culpable era un aumento de la dopamina cuando te “hablaba” uno de ellos. Los animales de sangre caliente podían comunicarse con los humanos además de leerles la mente a voluntad y manipulaban la dopamina del cerebro para conseguirlo, pero los humanos no podían hacer lo mismo. A la humanidad no le gustó, por eso ya no existían ni siquiera los pájaros o las esquivas ratas.

Esto ocurrió justo después de la gran pandemia de la veinteava ola, cuando las nuevas vacunas basadas en micro partículas de uranio produjeron ese efecto secundario. Los insectos aumentaron y ellos son ahora nuestra nueva fuente de proteínas. Hay mascotas pero son IA, y no muy realistas para que no recuerden mucho a los reales. Por lo tanto, tener una mascota viva era algo repugnante digna de drogadictos además de un delito.

Jack se empezó a lamer el culo a la vez que le hablaba «No lo pienses mucho más, Carlos. No van a cambiar las cosas y ahora mismo tengo hambre».

—Tienes razón, vamos a ver qué encontramos entre los cubos de la basura.

Carlos se dirigió al final del callejón donde tiraban la basura orgánica, Jack iba a su lado. A esas horas ni los otros vagabundos aparecían por allí. Jack subió ágilmente y rebuscó junto a su humano. Encontraron un par de restos de licuados de insectos que devoraron vorazmente aunque no les pareció suficiente. Al poco oyeron un ruido, Jack inmediatamente se metió entre el abrigo de Carlos. Un par de policías aparecieron a lo lejos y se acercaron a él mientras seguía rebuscando. Los policías hablaban entre ellos.

—Mira a este apestoso vagabundo, un amigo de los Ictum. Está así por los efectos del síndrome de abstinencia. Busca, no encontrarás ni una cucaracha. Solo porquería como lo que tú eres. —Uno de ellos le dio una patada tirándolo al suelo—. Aparta. Solo eres un deshecho, un vagabundo que prefirió a esos inmundos seres antes que a los humanos.

Cuando se fueron Carlos se levantó y abrió su abrigo con preocupación buscando a Jack. Este saltó al suelo restregándose por sus piernas ileso y entonces ocurrió, ahí estaba ella. El primero en percatarse de la presencia de alguien fue Jack, y Carlos antes de ver el pelo erizado del gato lo sintió en su cerebro como un pinchazo. Los ictum también eran capaces de producir dolor.

—Hola, no tengáis miedo, os he visto de casualidad. Soy de una organización en defensa de los ictum. Intentamos ayudarlos.

La chica avanzó con los brazos en alto y los bajó para acariciarlo cuando Jack se acercó a ella zalamero. Carlos supo que estaban “hablando” cuando un sentimiento de ira y celos le invadió, esos sentimientos eran solo suyos. Los ictum no podían comunicarse con dos humanos al mismo tiempo. Carlos sabía que era cuestión de tiempo, tendría que actuar rápido.

La chica hablaba sin parar sobre el proyecto de la ONG, como iban a crear un refugio y crear un partido político y muchas más cosas que tenían a Jack fascinado, incluso le ronroneaba en su regazo. Carlos se agachó a coger una vara de hierro sin que ninguno de los dos se percatara. Golpeó a la chica con la barra y esta cayó al suelo. Jack se apartó instintivamente y miró a Carlos fijamente. «Tírala», este obedeció inmediatamente arrojando la vara lejos. Jack se acercó a olisquear a la chica. «Está muerta». Jack no le preguntó la razón, no le hacía falta ya que lo veía en su mente. Carlos sabía que a Jack no le había gustado que lo hiciera, seguramente le castigaría sin hablarle un tiempo, pero al final le hablaría y lo importante es que seguirían juntos. Se seguirían protegiendo juntos como siempre. Esta vez habló él.

—Bueno, piensa que tendremos comida por un tiempo. No era de fiar y lo sabes, Jack. No es tan grave.

Carlos empezó a cortar algunos trozos de la chica para llevárselos, el resto los tiró al contenedor de los restos plásticos, ahí no mirarían los otros vagabundos. Cuando terminó buscó a Jack, lo encontró agachado lamiendo la sangre de la chica en el suelo. Se acercó a él un poco temeroso y le acarició el lomo, notó cómo arqueaba el lomo hacia su mano a la vez que empezó a ronronear, y así se quedó un buen rato pensando que eso era la felicidad.

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Semifinal. Beatrix Kiddo vs Pechitos McTetis
Condición: El protagonista debe trabajar con cadáveres.


La mano del muerto

«Sólo necesito doce más», pensaba Wyatt mientras cavaba. A pesar de la oscuridad reinante, rota solamente por el leve resplandor de la lámpara de aceite apoyada en la tierra, llevaba puesto un pañuelo que ocultaba sus facciones, como un vulgar bandolero. El revólver, bien engrasado, se encontraba metido en su cartuchera. No era probable que alguien apareciese por allí después del crepúsculo, pero de darse el caso, tendría que liquidarlo antes de que fuese corriendo a contarle al sheriff lo que Wyatt estaba haciendo, situación que implicaría una soga alrededor de su cuello. Él, que se había convertido en un respetado sepulturero en la ciudad vecina, sería ajusticiado como un burdo ladrón de tumbas.

La pala golpeó el ataúd. Con el martillo que había traído hizo palanca para desclavar la tapa. El plazo expiraba a medianoche, y ese era el último cadáver que le podría proveer. Su última oportunidad. Tan solo necesitaba que el muerto estuviese bien surtido. Allí de pie, mirando el cadáver tenuemente iluminado del hombre que había sido enterrado esa misma tarde por un compañero de profesión, recordó el origen de aquella siniestra aventura.

Todo comenzó hacía exactamente un año. Como muchas otras noches, Wyatt estaba jugando al póker en la mesa del Little Creek Saloon con varios de los habituales. Después de varios manos, y de que el whisky hubiese calentado los cuerpos y las voluntades de los jugadores, un forastero misterioso entró en el salón y pidió unirse a la partida.

El forastero vestía como un hombre muy rico, y fue rápidamente aceptado. Jugaba de manera descerebrada, reflejo de una gran inexperiencia o de una gran temeridad, y bebía más que cualquiera de los presentes.

La partida avanzaba y se repartió una nueva mano de cartas. A Wyatt le cayó en suerte un as y un ocho, la mano del muerto. Tras el flop, consistente en otro as y una pareja de ochos, el forastero apostó una escandalosa cantidad de dinero. Wyatt, envalentonado por su full, se lo jugó todo: el dinero que tenía, el que no tenía y el que nunca llegaría a tener. Cegado por el alcohol y la codicia, aseguró poseer bonos de la compañía ferroviaria que servirían para cubrir la descabellada apuesta de su rival. Y, con la pareja de ases que el forastero tenía en la mano, Wyatt perdió.

—Tenemos que hablar, sepulturero —dijo el forastero mientras recogía sus ganancias—. Te espero en la esquina de la barra.

Wyatt, desesperado conocedor de sus finanzas, no sabía cómo salir de aquel aprieto. Se acercó a la barra intentando imaginar una excusa aceptable. Sin embargo, antes de que pudiese abrir la boca, el forastero tomó la palabra.

—Sé que no dispones del dinero suficiente para pagar tu deuda, sepulturero. Te propongo un acuerdo alternativo con el que condonaré tu deuda. Necesito un mercancía un tanto especial, y tú puedes proporcionarmela. Volveré dentro de exactamente un año, y me entregarás mil dientes arrancados de cadáveres frescos. Iré a verte a medianoche, en la loma del Diablo, a las afueras de la ciudad.

Wyatt se habría negado en rotundo a aceptar semejante disparate de no ser por los ojos del forastero. En ellos observó una oscuridad profunda, antigua e inhumana. Ningún hombre se atrevería a contrariar al poseedor de aquellos ojos.

—Recuerda. Me debes mil dientes.

Y sin esperar respuesta, el forastero se marchó.

A partir de ese día, comenzó a extraer los dientes de los cadáveres que preparaba, justo antes de cerrar sus ataúdes. Cuando amaneció el día en que finalizaba el plazo, poseía novecientos ochenta y ocho dientes. Le faltaban doce para llegar a los mil, y aquella tarde enterraban a un hombre en el pueblo más cercano. Decidió asaltar su tumba al amparo de la noche. Y allí se encontraba.

Wyatt abrió la mandíbula del cadáver con mucho esfuerzo, debido al rigor mortis, y observó dentro de la boca, acercando la lámpara. Lo que encontró le provocó un gran desasosiego: al muerto sólo le quedaban nueve dientes. Wyatt sintió un profundo escalofrío, desde la base de la columna vertebral al cuello, recordando la mirada de infinita oscuridad del forastero. «Seguro que no los cuenta», se dijo con poca convicción. Arrancó los dientes del cadáver con la ayuda del martillo, y los metió en el saco en el que transportaba el resto. Recogió su equipo y se dirigió a la loma del Diablo.

Llegó cuando apenas faltaban unos minutos para la medianoche, momento en que apareció el forastero, silencioso como una sombra.

—No te has olvidado de mí, sepulturero.

Wyatt no respondió. Alzó el saco de dientes y lo entregó. El forastero sopeso el saco con ambas manos y, sin abrirlo, dijo:

—Faltan tres dientes, Wyatt.

—No he tenido ocasión de conseguir más —balbuceó Wyatt visiblemente alterado—. Sólo necesito que muera alguien más. No faltan más que tres dientes. El viejo Roberts está muy enfermo, tal vez en un par de días…

El brazo del forastero salió disparado hacia la cara de Wyatt con la velocidad del rayo. El sepulturero no vio venir el puñetazo, que impactó en su mejilla izquierda. Fue como si lo arrollase un tren de mercancías. Antes de llegar al suelo, ya había perdido la consciencia.

Cuando volvió en sí, ya había amanecido y no había rastro del forastero. Se levantó aturdido y con un terrible dolor palpitante en su maltrecha mejilla. Algo llamó su atención. En el suelo, sujeto por una piedra, había una nota escrita en la parte de atrás de un cartel de «Se busca». «Has saldado tu deuda», decía la escueta nota. Wyatt no acabó de entender el significado de la misma hasta que, presa del dolor, palpó su mejilla herida con los dedos. Notó un hundimiento, una ausencia. Abrió la boca y comprobó lo que ya imaginaba: le faltaban tres dientes.

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Semifinal. Beatrix Kiddo vs Pechitos McTetis
Condición: El protagonista debe trabajar con cadáveres.


C’est la vie

La mayor parte de los casos de asesinato se resuelven encajando entre sí todas las pistas extraíbles de la escena del crimen, el arma asesina y el cuerpo del delito. Por ello, no es raro que existamos los especialistas en hacerlas desaparecer. Más concretamente, yo me encargo de los cadáveres: un cliente me llama, concertamos una cita, manda a un matón a mi casa que deja en el garaje una enorme bolsa rellena de muerto, y empieza mi trabajo.

Se podría decir que me ocupo de trasladar a los difuntos a su lugar de descanso final, llevando el significado de enterrar un paso más allá: cojo un contenedor biodegradable, introduzco al finado, relleno los huecos de abono y sustrato, y me adentro en el monte para plantar un árbol sobre el fallecido.

Muchos están en este ramo porque así dan salida a sus rasgos psicopáticos; yo solamente trabajaba en jardinería pero tenía gustos caros. Y aunque es media jornada a pico y pala, está bien remunerado, es simple y es fácil.

Pero esta vez algo ha salido mal. O bien, según el punto de vista, pues cuando abro la bolsa para mover el cuerpo al bidón, me encuentro a un niño, vivo, de unos 10 años, con la cabeza ensangrentada, mirándome con ojos llenos de terror.

Yo también entro en pánico. Jamás he matado a nadie, y no iba a empezar con un crío. Tampoco puedo llamar al cliente, lo único que haría es rematar el trabajo.

El chaval sigue en shock. Llora silenciosamente sin atreverse a apartar la mirada. Le digo que no se preocupe, que todo va a salir bien. Lo llevo en mis brazos hasta el coche, conduzco hasta el hospital más cercano y le dejo en la entrada de urgencias. No puedo arriesgarme a más.

Aunque realmente mi carrera ya se ha acabado, y quizás alguna otra cosa también.

En las películas, la gente como yo siempre tiene un plan para exponer los crímenes de sus clientes en caso de defunción prematura por obra de un socio de negocios, pero en la vida real… eso no funciona. Medios, policías, jueces y políticos están en el ajo lo suficiente como para que no valga como seguro de vida.

Doy vueltas con el coche para concentrarme en encontrar una solución, pero en apenas una hora la noticia ya ha llegado al foco de atención pública. Se ve que sus padres declararon ayer en el juicio por un caso de corrupción inmobiliaria tan típico de por aquí. Más concretamente, son testigos clave y su declaración podría derrumbar al partido que gobierna la región. El niño sin duda estaría en el programa de protección, pero un policía cobra demasiado poco.

Cualquier posibilidad de salvarme se ha desvanecido.

Voy a una tienda de productos gourmet y compro un buen solomillo de ternera argentina. Una botella del mejor tinto que encuentro. Un tarro de helado de vainilla de Madagascar con nueces de macadamia.

Mientras se oxigena el crianza y se calienta la sartén, llamo a mi madre, le pregunto que qué tal su día, me río de sus anécdotas en el mercado y le digo que la quiero. Cuando el solomillo reposa en el plato para acabar de hacerse, llamo a mi hermano pequeño y le comento que recibirá una transferencia para los regalos de Navidad de sus críos, que aproveche para un viaje a Disneyland, que cuide de mamá, que le quiero, y que me tengo que ir, que se me enfría la carne.

La última cena es realmente exquisita, y parece que aún me queda algo de tiempo, así que me siento en el sofá con una cuchara y el tarro de helado y me pongo mi película favorita.

Más o menos por el principio del tercer acto llaman a la puerta. Me encuentro a mi cliente acompañado de dos gorilas. Les invito a pasar, les indico que tienen vino en la encimera si les apetece, y me vuelvo al sofá.

Los matones ponen mala cara, malinterpretando mi resignación como burla, y avanzan hacia mí, pero su jefe les ordena que se detengan y esperen fuera. Suspira, no le gusta lo que tiene que hacer, pero es lo que tiene que hacer. Saca su pistola y me pega un tiro.

Abro los ojos y me sorprende tanta claridad. ¿Estoy en el hospital? ¿Estoy de pie? ¿Sigo con vida?

—No, has muerto. Sigues en tu casa.

Observo a mi interlocutor: un hombre mayor, con profusa barba cana, de tez morena y nariz afilada, porta una larga túnica blanca inmaculada y me contempla desde el otro lado de mi sala de estar. A mi lado, en el sofá, se encuentra despatarrado mi cadáver. Por la puerta se marcha mi asesino.

—¿Quién… quién eres?

—Para ti, supongo que soy San Pedro. También soy Anubis, Caronte o las Valquirias. Según toque.

—La Parca, entonces.

—No, no. Destino es mi hermano. Sólo soy la Muerte. Normalmente ya habríamos acabado, pero te has preparado toda la noche para recibirme. Me parece un detalle bonito. Podemos retrasarnos un poco antes de marcharnos.

—¿El niño?

—Está bien. No es su hora.

—¿Dónde me llevas?

—Ahora lo verás, no te voy a arruinar la sorpresa. Acabemos de ver la película. Me encanta La Jungla de Cristal.

Gruber se precipita al vacío. John y Holly se abrazan. El agente Powell culmina su arco de redención y superación. La pareja se va en la limusina.

—Genial, como siempre. —Miró su smartwatch, totalmente anacrónico en su figura, hizo una mueca y añadió—: Tenemos que irnos.

El anciano se levanta, me tiende la mano y, aunque no desee hacerlo, me siento compelido a aceptarla.

—No… No quiero irme.

—¿Preguntabas a tus encargos si querían ir?

Touché.

Me encogí de hombros y le seguí.

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Interludio. Fuera de concurso.
Condición: Un mendigo ha de ser el protagonista o un personaje muy principal en el relato.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Reflejos de un paria

El Brummel resaltaba el olor a triunfador que le dejaba el gel Magno en su cuerpo y, con sus gafas de aviador y su traje navy blue recién comprado en El Corte Inglés, acompañado de su pelo engominado, terminaba por pulir el aspecto de un auténtico tiburón de las finanzas.

Armando sabía hacer dinero, o eso pensaba para sí, y por eso le costaba creer que no se peleasen por él las grandes firmas. Seguía siendo un cualquiera en la empresa que le abrió las puertas hace doce años, cuando despuntó en la promoción de 1993 de ADE en Valladolid, siendo el duodécimo de los veinte graduados. Pero claro, él sabía que esforzándose más hubiese sido, fácilmente, el primero. Un potencial Premio a la Excelencia que adolecía de motivación. Pero daba igual, las grandes firmas se lo perdían, él sabía que un día daría un pelotazo y tendría más dinero que todas juntas.

Salió con presteza del autobús, asqueado del olor de los pobres y turistas, a dos manzanas de su oficina. Al lado de la puerta se encontró al indigente que solía ver allí, entre sus cartones, todos los días. Veía a algunos de sus compañeros saludar al mendigo, e incluso regalarle alguna manta para que este febrero tan frío le fuese más fácil, lo cual resultaba incomprensible para Armando. Él prefería fingir que ese vagabundo no estaba ahí porque la simple idea de interactuar con un paria como Isidro le parecía vomitiva.

—Amigo, ¿tienes unas monedas sueltas por ahí? —preguntó Isidro incorporándose y acercándose a Armando—. Solamente necesito para comer algo hoy.

—Y una mierda te voy a dar mi dinero para que te compres vino, asqueroso —respondió Armando mientras se apartaba—. Échate para allá, joder.

—Por favor, amigo, que anoche no pude cenar y me rugen las tripas —insistía Isidro, llegando a agarrar el brazo de Armando—. Con dos euritos yo me apaño.

En ese mismo instante, Armando se soltó con fuerza de Isidro, haciéndole caer al suelo de boca, golpeándose la cara con la acera. Armando, totalmente furioso, pateó dos veces en las costillas a Isidro.

—Puto vagabundo de mierda —espetó mientras se estiraba el camal de su traje—. Qué coño hace tocándome un puto mierdas como tú.

Armando vio a Isidro en el suelo, con la cabeza agachada, y decidió marcharse al trabajo mientras balbuceaba el tremendo asco que le daban los pobres. Alcanzó la puerta del edificio y comprobó rápidamente por la expresión de la recepcionista que nadie se había dado cuenta de su percance con el indigente. Aliviado, pasó su tarjeta y accedió al ascensor.

Dos horas después, Isidro por fin tuvo suerte, ya que una señora que debía de vivir por el barrio le dejó una ensaimada y un vaso grande con café al lado de los cartones. Isidro hizo el amago de levantarse a agradecérselo pero las costillas maltrechas frenaron su movimiento y, para cuando quería estar erguido, la señora ya se había alejado demasiado.

—Cómo se nota que los jefes son unos putos cutres, ¿eh? —comentaba Armando a uno de sus compañeros en la terraza, mientras fumaban—. Mucho chalet y mucho cochazo pero tienen el edificio hecho un puto asco. Mi cuñado es técnico en Prevención en Riesgos Laborales y dice que el día que venga una inspección se nos cae el pelo. Menudas ratas están hechos.

—Bueno, ya será para menos, hombre —dijo con mesura su compañero—. Es invierno, es normal que los aires acondicionados funcionen mal o que los ascensores se paren alguna vez. Tienes que pensar que esto se inauguró hace veintiséis años.

Armando refunfuñó, pero ya tenía el cigarro casi terminado, así que lo lanzó apuntando al aire acondicionado que había en la planta veintiuno, donde intentaba acumular toda la basura posible lanzándola desde la terraza.

El encargado de Armando la había vuelto a tomar con él. Otro día más que se escaqueaba para fumar más de lo que establecía el convenio, así que hoy iba a hacer que se quedase hasta que terminase lo que había dejado por hacer. El resto de sus compañeros habían abandonado la oficina, y allí estaba el tiburón de las finanzas, castigado dos horas más, y encima siendo sábado. Quién le mandaría ir un sábado a intentar ganar puntos con los jefazos, pensaba para sí mismo.

Distraído, no podía evitar pegar vistazos por la ventana de la planta veintiuno, y en uno de estos se sorprendió al ver humo saliendo del famoso aparato con el que practicaba su puntería desde la terraza. El cigarro no había caído apagado y se había prendido el resto de basura que había acumulada encima. Armando se empezó a agobiar, así que apagó el ordenador desenchufando el cable y decidió bajar a avisar a la recepcionista.

Isidro había engullido su ensaimada y apurado su café, pero conservaba el vaso de papel con algo de agua que había encontrado en una botella en una papelera. Estaba en el callejón entre la empresa de Armando y el edificio de al lado, ya que no quería estar cerca cuando ese bruto saliese del trabajo. Isidro probó el agua que llevaba en el vaso y escupió al momento, notando un olor y un sabor extraño en su vaso. Asqueado, lo lanzó contra un contador eléctrico que había al lado. El contador pegó un chispazo e Isidro decidió marcharse antes de que alguien le echase la culpa.

El ascensor de Armando se paró a mitad de bajada. Estaba entre dos plantas, así que al abrir las puertas con fuerza solo encontró hormigón. Notaba como el calor se empezaba a acercar desde arriba, y por mucho que pulsase la alarma del ascensor, nadie contestaba al otro lado.

—¿Hablo con los bomberos de Madrid? —preguntó un vigilante de Prosegur—. Les llamo desde la Torre Windsor, en AZCA. Aquí hay un incendio inmenso. Se ve humo y llamas en las plantas de arriba. Eso sí, ya nos hemos encargado de evacuar a las pocas personas que quedaban dentro. Vengan cuanto antes.

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Interludio. Fuera de concurso.
Condición: El protagonista debe trabajar con cadáveres.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Victoriosa

Cumplo ya mi tercera singladura en la carabela Victoriosa, mas mi espíritu aún se inquieta al pensar en su cargamento. La Corona ha querido devolver a su patria a los valerosos soldados muertos en la conquista de las Indias Occidentales, para que reciban allí cristiana sepultura. No es una misión sencilla: en nuestro primer viaje, casi la mitad de la tripulación enfermó debido a los efluvios de los cuerpos en descomposición, hasta que logramos sellar cada grieta de la bodega con brea. Seis de mis compañeros acabaron por entregar sus almas al Hacedor y sus cadáveres se unieron a nuestra carga. Para la segunda travesía, se decidió además quemar la carne de los muertos, para transportar únicamente sus osamentas. La vuelta a España transcurrió entonces sin problemas.

Por desventura, Dios no ha querido que este tercer regreso sea plácido también. Baldeaba la cubierta de la nave cuando el vigía anunció a pleno pulmón una vela a estribor. El capitán Mendoza confirmó con su catalejo un bergantín con todo su trapo desplegado y con la bandera negra como pabellón. ¡Piratas! ¡Corsarios! No tardamos en desplegar el trinquete, pero pronto quedó patente que nuestro perseguidor era mucho más veloz que nosotros.

El bergantín se encuentra ya casi a tiro de cañón. Parapetados tras la borda o tras improvisadas barricadas, esperamos esa primera detonación que comience la masacre. Un trueno precede a la lluvia de astillas, trozos de madera y jirones de tela que barre nuestra cubierta, y al chasquido de varias jarcias al ser cortadas. Algunos marineros resultan heridos y sus gritos de dolor enervan aún más el ambiente. Nuestra embarcación se sacude al devolver el fuego, pero estoy demasiado asustado como para comprobar si hemos hecho mella en el bajel pirata. Entiendo que no, porque su siguiente andanada no tarda en llegar. La fortuna nos es esquiva: un proyectil alcanza el mástil de mesana, que tras unos segundos se quiebra cerca de la base, cayendo vela y aparejos al mar, frenándonos al arrastrarla. El abordaje es inminente.

El caos reina en cubierta. Más y más piratas saltan a nuestra embarcación, y nos defendemos como podemos: espadas, cuchillos y bicheros chocan entre sí y cortan piel, carne y huesos. Ya me he desecho de dos enemigos, y me enfrento ahora a un gigantón malencarado, con una larga cicatriz en el rostro que alcanza hasta el lugar donde sólo quedan restos de su oreja. Bloqueo como buenamente puedo los golpes que me lanza con una especie de garrote, mas finalmente mi arma se quiebra y recibo un impacto en la sien que me deja sin sentido.

Recupero la conciencia maniatado junto a mis compañeros supervivientes. Observo que los vencedores arrojan a la mar a los que han sucumbido a la batalla, sin hacer distinciones entre los suyos o la tripulación de la Victoriosa. Uno de los corsarios, supongo que su líder, interroga a nuestro capitán, vociferando en inglés. Mendoza, tras unos momentos, le responde algo que no entiendo: «¡No gold! ¡Dead! ¡Dead! ». Sus palabras parecen no gustar al pirata, que le propina un fuerte golpe con la empuñadura de su espada. A continuación, grita unas órdenes y varios de sus hombres bajan a la bodega. Se escuchan golpes contra la madera, seguramente intentando echar abajo la puerta sellada. A fe mía que esos granujas se llevarán un buen chasco cuando descubran que no transportamos mercancía de valor.

Un crujido y un golpe me indican que la puerta ha caído. Aguardo unos gritos de furia y frustración que no se dan; en su lugar, nos llegan unos alaridos de sorpresa, prontamente interrumpidos. El capitán pirata vocea, pero no obtiene respuesta alguna. Ladra una orden a uno de sus subordinados, señalando con la punta de la espada la entrada a la bodega. El corsario avanza dubitativo, deteniéndose ante la portezuela. Y es entonces cuando el extremo de una hoja fantasmal asoma por su espalda. El hombre cae sin emitir un ruido, aparentemente sin derramar una gota de sangre, y pasando sobre su cadáver aparecen seis espectros. La mayoría no reacciona ante tan pavorosa aparición, y antes de darnos cuenta sus etéreas armas han dado buena cuenta de los bandidos, alguno de los cuales ha tratado de defenderse, inútilmente. Una de las apariciones se yergue frente a nuestro capitán.

—Teniente Alonso de Vidarreta, para serviros a Dios y a vos—dice solemnemente mientras inclina la transparente cabeza en señal de saludo—. Nuestro agradecimiento por trasladarnos a nuestra amada España para poder reposar allí al fin, y por darnos la oportunidad de prestar un último servicio a la Corona. Todo hidalgo español debe regocijarse ante la perspectiva de aniquilar a unos bellacos hijos de la pérfida Albión, aunque sea tras su muerte.

Y con estas palabras, y en medio de un silencio sepulcral, los seis soldados desaparecen a través de la puerta por la que subieron a cubierta.

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Final. Orfebre del Zhongguo vs Beatrix Kiddo.
Condición: construir un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich. No es necesario que vuestra historia haga referencia a lo descrito en el título, vuestro relato puede ser totalmente original y, simplemente, reflejar lo que se ve dentro del cuadro


Quebrantahuesos

La elegancia del vuelo del quebrantahuesos desaparece rápidamente cuando observas sus ojos sedientos de sangre mientras deja caer otro caparazón contra la escarpada cumbre de Castro Valnera. Alfonso Yagüe lo sabía, y le encantaba esa dualidad. La precisión de obtener información; la contundencia con la que la extraía de los detenidos. En dos días tenía que volver a la crudeza del trabajo, así que aprovechó el día sin xirimiri para subir a lo alto de la montaña y ver como el mar de nubes tapaba su Cantabria natal. Disfrutaba con las caricias del sol y los susurros del viento. Ahí no había ni gritos ni sangre, solo monte y naturaleza.

Como siempre, condujo sin excesos de velocidad ni excentricidades. Aparcó su Opel Kadett a las afueras de Rentería. Sacó del maletero un chándal de táctel, se cambió la ropa en el aparcamiento y empezó su caminar hasta el cuartel. No quería destacar como un forastero que se metía en los asuntos del pueblo, así que llevaba más de un año pareciendo un yonqui itinerante que se acercaba dubitativo al cuartel de noche, como tantos otros, a preguntar si algún familiar estaba pasando la noche en el calabozo. Al llegar recibió una mueca del teniente Domínguez y, después de comprobar que no había nadie oyendo la conversación, le invitaron a pasar a los interiores del cuartel.

Alfonso Yagüe era conocido dentro del Cuerpo. Todos los destinados en el País Vasco sabían que era el mejor exprimiendo etarras. No mostraba clemencia alguna, pero sabía hacer creer a esos pobres diablos que su hora no iba a llegar esa noche. Que Yagüe volviese a Euskadi solía significar que alguien gordo de ETA iba a caer.

Hoy se enfrentaba a una rara avis para él. Lo que le esperaba en la sala de interrogatorios era una mujer que sabía donde estaba uno de los líderes de ETA. Estuvo observando a través del cristal más de hora y media de interrogatorios que no iban a ningún lado, pero los inspectores le aseguraron que estaba ocultando información. Yagüe había terminado con su plan de actuación, y así se lo hizo saber al sargento Remiro. Este puso una cara poco habitual en un Guardia Civil curtido como él: no sabía como alguien podía tener estómago para hacer pasar por eso a una chica de veinte años que no pasaba de los sesenta kilos.

Yagüe pidió que la sujetasen mientras le iba cortando la ropa con una tijera para poder retirársela más fácilmente. Totalmente desnuda, le hizo unos cuantos cortes superficiales en la piel y la dejó atada de manos y pies en una silla metálica. Mandó sacarla al patio del cuartel. La orden era clara: durante los próximos dos días, un manguerazo de agua cada hora. El resto de Guardias Civiles no podía acercarse ni mucho menos tocarla, y tampoco se le podía dirigir la palabra.

Tras dos días reservándose para su gran velada, por fin llegó la gran noche: tenía delante un caparazón con grietas. La encontró temblando en el patio, fría como un témpano, y con los ojos muy abiertos. Había marcas de arañazos en los brazos de la silla, sangre en las uñas y unas clavículas mucho más marcadas. Mandó que cortasen las bridas que la mantenían sujeta al asiento y la recibió en la sala de interrogatorios. Allí la esperaba con una sopa caliente y un bocadillo. La pobre no pudo pensar ni en rechazar el alimento, así que se lanzó desesperada a beber el caldo.

De golpe, empezó a toser sangre. Trozos de cristal muy pequeños en la sopa le habían cortado el interior de su boca. No podía contener la tos, y cuando por fin consiguió frenarla, recibió un puñetazo en toda la sien al mirar al frente. Derribada contra la silla, Yagüe la volvió a atar de manos y pies. Por fin escuchó las primeras palabras de su captor:

—Habla. Por tu bien, habla.

—No se nada, lo juro —empezó a sollozar, vocalizando con dificultad—. No sé ni que hago aquí. No he hecho nada. Solo soy una estudiante.

—Sé que sabes donde se esconde el Dortoka. De ti depende que pare ya.

Ella simplemente negó con la cabeza, y Yagüe se encogió de hombros. El caparazón necesitaba más grietas, así que iba a lanzarla desde más alto. Con unos alicates, empezó a desplazar sus uñas ligeramente hacia arriba mientras ella lloraba de dolor. En la apertura, colocaba pequeños trocitos de bambú ya astillados. Cuando tuvo preparados los cuatro dedos, apretó todas las uñas a la vez. El ruido del grito se escuchó desde fuera de las paredes acolchadas. Sin dejarla prácticamente respirar, empezó a levantar el resto de uñas.

—Está en un piso de Oyarzún, al lado de la parroquia. Es el número 21, en el tercero. El resto del bloque está vacío —gritó mirándole a los ojos—. Por favor, no me hagas más daño.

Una unidad acudió al lugar, y a la hora supieron que lo habían detenido. Yagüe recibió la noticia por el interfono y antes de que terminase de recibirla, este propinó un golpe contundente en el cráneo con su codo a la chica. Con una sonrisa de oreja a oreja la pateó hasta que su rostro quedó totalmente desfigurado. Los Guardias Civiles que observaban desde fuera no amagaron con entrar. Sabían que era parte del proceso. Pura cadena alimentaria. El quebrantahuesos había vuelto a abrir un caparazón y ahora se estaba divirtiendo con sus entrañas. Con el Dortoka detenido, Alfonso Yagüe podía volver a la paz en Cantabria.

El sadismo no existe en el reino animal, solo hay depredadores y presas. Nadie culpa al quebrantahuesos de sobrevolar el mar de nubes para romper las durezas que le niegan sus nutrientes. Es su naturaleza, es su alimento, nada más. Yagüe necesitaba depredar vidas para estar bien. Ayudar a la Guardia Civil o luchar contra el terrorismo era el pago al que se había comprometido para que le permitiesen romper vidas contra el mar de nubes.

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Final. Orfebre del Zhongguo vs Beatrix Kiddo.
Condición: construir un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich. No es necesario que vuestra historia haga referencia a lo descrito en el título, vuestro relato puede ser totalmente original y, simplemente, reflejar lo que se ve dentro del cuadro


Maestro del pincel

Hermes abría la comitiva, volando a escasos centímetros sobre el suelo. Detrás, a pocos metros de distancia, lo seguían dos hombres. El primero, Caspar David Friedrich, cansado por la dureza de la ascensión; el segundo, Eugène Delacroix, agotado por tener que cargar además con un caballete, el lienzo y sus pinturas.

—Perfecto, caballeros. Hemos llegado a la cima. ¿Ven? No ha sido tan duro —dijo Hermes. Los dos hombres lo fulminaron con la mirada—. Señor Delacroix, monte el caballete sobre esa elevación. Señor Friedrich, usted será el modelo. Colóquese sobre esa roca mirando hacia el horizonte. Ese mar de nubes es impresionante.

—Disculpe, señor Hermes. No sé cómo debo referirme a usted. No estoy acostumbrado a dirigirme a un Dios —dijo Friedrich.

—Sí, usted es más de blasfemar. Llámeme Hermes, a secas.

—Bien, pues… disculpe, Hermes. ¿Me devuelve mi bastón?

—¿Su bastón? Yo no lo he cogido. Lo habrá perdido por el camino.

—He visto como lo ha cogido y se lo ha pasado a Delacroix cuando he parado a orinar. De hecho, cualquier tonto puede ver que ha tratado de ocultarlo adosándolo al caballete. Con escaso éxito, debo decir.

El aludido intentó disimular encogiéndose detrás del lienzo.

—No es posible que me haya visto —dijo Hermes—. Cuando se ha parado a orinar el viento iba hacia usted. La única forma de que me haya visto es que usted haya meado contra…

—¿Se acuerda que le pregunté si tendría una toalla?

—¡Oh! Recuérdeme que no vuelva a tocarle. Bien, recoja su bastón y continúe con el posado.

Friedrich adoptó una posición solemne, con la pierna izquierda adelantada y ligeramente flexionada al estar en una posición más elevada, y el bastón en la mano derecha. Varias horas después, Delacroix dio por finalizado el boceto.

—Ya tengo las líneas maestras —dijo—. A partir de aquí podré terminarlo en el estudio.

—Perfecto —contestó Hermes—. Pongámonos en marcha. Caballeros, suban a las nubes, les espera una buena caminata hasta el Olimpo.

—¿Por encima de las nubes? ¡Pero si estamos en Sajonia! —exclamó Friedrich.

—Ya conoce el dicho: todos los caminos conducen al Olimpo

—En realidad, el dicho es: todos los caminos conducen a…

—Ni se le ocurra mencionarlo. ¡Malditos romanos y su apropiación cultural!

Después de varias horas de nubosa ruta en silencio, Friedich no pudo contenerse.

—¿De verdad merezco esta tortuosa marcha?

—Debe pagar por su error, artista. Le sugiero que no vuelva usted a cagarse en el olimpo y en todos sus dioses.

—Tampoco fue algo tan grave.

—La verdad es que no. Debería haber visto la metedura de pata de Caravaggio. Zeus me ordenó que lo condujese al Olimpo a través de la guarida de Medusa.

Friedrich decidió que sería más prudente no preguntar. Permaneció callado el resto del camino, que pareció prolongarse durante varios días, a pesar de que en ningún momento se hizo de noche. El tiempo debía transcurrir a un ritmo diferente al que él conocía.

Al llegar al Olimpo, Delacroix se encerró en el estudio de los pintores sin perder tiempo en despedirse. Hermes explicó lo que ocurría al desconcertado Friedrich.

—Siguiendo la tradición, el señor Delacroix pintará dos copias del cuadro y podrá volver a su casa. Una de las copias se quedará en la pinacoteca del Olimpo y la otra será para usted, señor Friedrich, que la firmará y presentará como suya. No se sorprenda, lo hacemos siempre. Le hablé antes de Caravaggio. Su famosa cabeza de Medusa fue en realidad pintada por Velázquez. Es una especie de broma entre los dioses. Vamos, el cónclave está reunido. Debe presentarse allí de inmediato.

Friedrich entró en la sala y esperó. Tras unos minutos, Zeus pareció tomar consciencia de la presencia del pintor.

—Mortal, por tus pecados has sido condenado. Permanecerás en el Olimpo como pintor de cámara hasta que otro tonto artista cometa un desliz y te sustituya. No te preocupes demasiado, la estancia media es de dos meses.

—¡Dos meses aquí arriba!

—Silencio, mortal. O no seré tan benévolo con tu falta. Hermes te explicará las normas de comportamiento principales, pero me gustaría recalcar dos de ellas. En primer lugar, nada de probar la ambrosía, pues está reservada a los dioses; en segundo lugar, nada de intentar cortejar a Afrodita.

Friedrich dirigió una mirada de reojo a la diosa de la belleza y recibió al instante un descarga eléctrica del dedo de Zeus.

—Co…comprendido, mi señor —tartamudeó Friedrich.

—Sois todos de la misma calaña, artistas. Puedes retirarte. Hermes te mostrará tus estancias.

—Muchas gracias, mi señor.

El pintor hizo una reverencia y abandonó la sala.

***

Friedrich llevaba casi un mes en el Olimpo cuando Hermes se cruzó con Hera, visiblemente turbada.

—¿Qué te ocurre, Hera?

—¡Es el idiota de mi marido! Creo que ha vuelto a las andadas otra vez. Estúpido y seductor Zeus. ¡En cuanto lo vea, cogeré uno de sus rayos y se lo meteré por su divino trasero!

—Está bien, está bien, cálmate. Hablaré con él.

Hermes, que estaba puntualmente informado de cualquier cotilleo que ocurriese en el Olimpo, sabía que Zeus y Friedrich pasaban cada vez más tiempo juntos en el estudio de pintura. Fue a hablar con Zeus y éste se comprometió a zanjar el asunto para calmar a su encolerizada esposa. Zeus convocó a Friedrich a su presencia.

—Seré breve, Caspar. Mi esposa no ve con buenos ojos nuestras reuniones. La última vez que estuvo tan enojada agarró la caja de Pandora y amenazó con volver a abrirla. No puedo permitir que algo así ocurra, así que me veo en la tesitura de despedirme de ti. Quiero que sepas que siempre recordaré tu gran habilidad con el pincel.

—Lo comprendo, gran Zeus. Debo decir que me ha sido difícil plasmar tu gran majestuosidad en mi lienzo. Yo tampoco te olvidaré. ¿Pero se quedará el Olimpo sin pintor?

—Oh, no. Le diré a Hermes que otro pintor se ha cagado en la estatua de Cronos. Francisco de Goya, por ejemplo.

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Interludio. Fuera de concurso.
Condición: El protagonista debe trabajar con cadáveres.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Ragnarök

Y llegó el día en que Heimdall hizo sonar su cuerno Gjallarhorn, y cada ser vivo en los nueve mundos sintió miedo, y los cimientos de toda la Creación se resquebrajaron. El Ragnarök, el profetizado fin de todo y de todos, alcanzaba al devenir de la Historia.

En Valhalla, Brunhilda dejaba al último héroe reclutado cuando escuchó el cuerno. Desde la muerte de Balder, la señal detonante del Ragnarök, ella y sus camaradas valquirias habían acelerado la recolección de muertos en combate, a fin de engrosar las filas del ejército que participaría en el choque final. La mujer apenas tuvo tiempo para armarse. A una orden de Freyja, las doncellas guerreras de Odín encabezaron la marcha de los Einherjar, las huestes del Valhalla, hacia la batalla que marcaría el fin de su ciclo eterno de batallas y banquetes.

Al llegar a los campos de Vigrid, Brunhilda vio que los Aesir luchaban ya contra los gigantes de fuego y contra los Jotun, los colosos de hielo. Divisando que un tercer bando, las hordas de Hel, los demonios del inframundo, se dirigían a otro de los flancos de los dioses, los Einherjar cabalgaron directamente a interceptarlos. Las primeras filas de los muertos, a pie, fueron fácilmente barridas por la caballería, hasta que por el mero número lograron frenar el empuje de los del Valhalla. El combate se trabó entonces, con las líneas fluctuando como las olas del mar en la orilla. Cada metro se ganaba a base de espadas hendiendo carne y escudos, y se perdía con un alto coste en sangre y miembros cercenados.

Un aullido se escuchó por encima del clamor del combate: Fenrir, el lobo gigantesco, había llegado a la batalla. Y Odín, armado con su lanza y sobre su caballo de ocho patas, salió a su encuentro. Thor quiso ayudar a su padre en tan temible enfrentamiento mas, ay, la aparición de Jörmungandr, la serpiente del mundo, cuya longitud era tal que podía rodear la Tierra entera, reclamó toda su atención: su rival empequeñecía al de Odín el Tuerto. El choque entre ambos titanes llenó el aire de relámpagos y unos bramidos que empequeñecían a los truenos, y no hubo entre el resto de contendientes quien no se sobresaltara al oírlos.

Los Einherjar, en sus caballos, eran como islas rodeadas por un mar de cabezas y brazos que trataban de desmontarlos. Unas islas mayores allá donde un grupo lograba permanecer unido, y muchos pequeños islotes cuando alguien había quedado separado de sus compañeros. Brunhilda pertenecía a estos últimos, hundiendo su espada sin descanso en la marea de enemigos. Veía caer, aquí y allá, a sus hermanos de armas, muchos de los cuales habían sido llevados por ella misma al Valhalla, tras morir en combate. Nunca volverían a sus dorados salones, a sus verdes praderas. Finalmente, la valerosa valquiria fue derribada junto a su caballo. En el suelo y rodeada por multitud de enemigos, su suerte parecía echada; pero en ese mismo momento, Fenrir logró devorar a Odín y a su corcel. La muerte del Padre de Todos se dejó sentir a lo largo del campo de batalla. Brunhilda aprovechó el desconcierto general, sobreponiéndose a su propio aturdimiento, para ponerse en pie y crearse un espacio libre a su alrededor a base de cuchilladas. Pese a ello, su situación continuaba siendo más que precaria. Eso cambió cuando un jinete se abrió paso hasta ella a través de las hordas de Hel y le tendió el brazo. La valquiria alzó la vista y comprobó que era Sigfrido el que acudía en su ayuda, siglos después de que hubiese terminado su relación tras llevarlo al Valhalla. Agarró el antebrazo del héroe y se impulsó a la grupa de su caballo. Desde esa posición elevada pudieron contemplar el golpe de gracia de Thor a Jörmungandr; el inabarcable corpachón de la serpiente se derrumbó, haciendo temblar el suelo como si aconteciera un terremoto. El hijo de Odín sólo pudo retroceder tambaleándose unos pasos antes de caer muerto también. Más allá, Surt, el mayor de los gigantes de fuego, llegó al pie de Yggdrasil, el fresno del mundo, y abrazó al fin su profetizado destino. El Universo entero contuvo la respiración cuando alzó su espada llameante y la hundió hasta la empuñadura en el árbol, incendiando así la Creación entera en un estadillo flamígero.