II Torneo de minirelatos pacotero - Hilo de relatos (no comentar)

Fase de grupos. Grupo LEOPARDO.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.


Nuestras cosillas

Todos tenemos nuestras cosas, nuestras historias. Al vecino del quinto le da por alimentar a las palomas del barrio cada día, echándoles migas de pan y pienso. A Puri, la del colmado, le suele gustar, que la he visto yo, tragarse botellas enteras de colutorio mentolado. A Juan, el vendedor de cupones de la plaza, que cuando no está soltándoles piropos a las chicas que pasan, le gusta, ahí en su cabina, a hurtadillas, escuchar audios de vídeos eróticos desde su móvil. O, el peor de todos, Antonio, el viudo, que con una obsesión mórbida y enfermiza, sigue buscando todavía a la hija, la Toñi, que se le perdió años atrás. Nadie, realmente nadie, está libre de tener sus cosas, sus pequeños vicios, sus particularidades alejadas de la norma, sus obsesiones.

Porque, supongo, todos necesitamos salpimentar nuestra rutina con cosillas quizá excéntricas, pero que a pesar de su rareza, nos dan ese punto necesario para superar lo cotidiano. Y está bien, que no pasa nada porque así sea. A mí no me gustan las palomas, pero quién soy yo para juzgar al del quinto por su afición. O Puri y sus colutorios, que no hace daño a nadie, si acaso a su hígado. Qué decir de Juan, el pobre, que ya tiene suficiente con su condición; como para que ahora vengamos nosotros a decirle que un piropo es malo, ¡que no hace daño a nadie!, o que nos escandalicemos por el volumen de esos gemidos que a veces se escuchan tras la cabina de cupones. Y Antonio, el viudo, qué disgusto y qué pena lo suyo; que no es fácil perder a una hija y no saber dónde está, más aún siendo viudo. Como para no querer buscar a su hija Toñi con esa obstinación con la que lo hace, recorriendo, él, cada día, el mismo itinerario que supuestamente ella hizo. Todos, absolutamente todos, tenemos nuestras cosas.

Y, de hecho, voy un poquito más lejos y espero y deseo que la vida siga dándonos la oportunidad para disfrutar de estas cosillas nuestras. Qué bueno sería que sigan viniendo más palomos y que al del quinto no le falte nunca el pan y el pienso. Deseo, con toda mi alma, que a Puri no se le mentole lo hepático y pueda seguir tragando locutorio sin ser juzgada ni ingresada por cirrosis; que lo disfrute ella. A Juan le auguro un futuro lleno de piropos y espero que el mundo no cambie lo suficiente como para que la sociedad lo culpe de sus pequeños vicios. Que con un poco de suerte se mejoran las tecnologías del ver y un buen día hasta podrá no sólo oír, sino también ver esos vídeos y esas mozuelas. Y Antonio, el viudo, qué bueno sería que pudiera seguir buscando toda su vida a su hija la Toñi, que no la encuentre, que en su búsqueda, creo, está su motivación vital, su. Que no cambie nunca su cosilla ésa de recorrer ese mismo itinerario cada día y que no descubra nunca el pozo en el que, hace unos años, se fue a caer a la Toñi. Y así, todos contentos, todos salpimentados, todos con esa chispilla necesaria para superar el cotidiano. Ellos con sus cosillas, yo con la mía, la de poder sentarme cada tarde, al salir del trabajo, ahí en el borde del pozo y observar a la Toñi en ese agujero, haciendo sus cosillas también, gritando, llorando, saltando, escalando sin suerte, pidiéndome pan y pienso como los palomos del vecino. Todos, en definitiva, con nuestras cosillas.

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Fase de grupos. Grupo LEOPARDO.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.


Rabia de perros

Peñíscola, a 12 de marzo de 2019.

A quien me lea:

No siento lo más mínimo que estéis presenciando esta escena. Me había prometido a mí mismo que esto tendría un final, y hoy se lo he dado. Pero, en mi benevolencia y magnanimidad, me apetece explicar qué ha pasado aquí.

Huyó de Valencia y le encontré. Se mudó a Cerdanyola y supe dar con él. En San Javier pensó que no le encontraría y también pude. Se niega a abandonar el Mediterráneo: parece que es lo único que le ayuda, lo único que conserva, y hasta eso le he quitado. Y escribo esto en papel porque, aunque sólo el acero es digno de mi confianza, necesito culminar mi venganza. Y tengo que reconocer que he encontrado hasta cierta diversión en que notase mi persecución, en saber de su incomodidad e intranquilidad.

Me niego a dejarle ir. No hay sitio donde pueda esconderse de mí. Me propuse destruir su vida a todos los niveles. Todos sus números de teléfono están pintarrajeados en las puertas de los baños de estaciones de metro, tren y bus. Mudanzas exprés, haber hecho que sea incapaz de tener nuevos círculos, de que su familia siempre le vaya a repudiar. Estoy cumpliendo con todo lo que me juré hace cuatro años, él ahora es mi presa.

Y si algo tengo claro, reflexione lo que reflexione, pase el tiempo que pase, es que este perro sidoso se merece todo lo que le haga. Me da igual sentir que el odio me está consumiendo. Me da igual dar mi vida por esto, total, yo ya perdí la mía en Madrid.

Me niego a creer que fuese culpa mía. Yo no sabía lo que me iba a pasar cuando reservamos ese Airbnb en la capital para ver nuestro primer Orgullo allí. Lo había vivido en Ciudad Real, pero a una escala mucho menor. Era el momento de vivirlo de verdad.

Por ese piso pasó medio Orgullo, había nieve hasta que no pudieses respirar más, había M para aguantar despierto, había lo que quisieses que hubiera. Rendíamos tributo a Dioniso a todas horas, todas las noches, todos los días. Pero después de ver a mi Baco particular el segundo día, solo tuve ojos para él. Daba igual quién me entrase, quién me ronease, era de hielo para cualquier otro. Él, sin embargo, me tenía totalmente absorto.

Su seguridad me hacía sentir arropado y al mismo tiempo frágil, sabiendo que me ponía en sus manos, con confianza, con unos cuidados que no había vivido hasta ese momento. Estaba viviendo una luna de miel constante desde que lo conocí. Y ahí cometí mi error y bajé mis defensas. Fue la única persona con la que no usé protección, y resultó ser la que me iba a joder la vida.

Días después del Orgullo comentábamos entre risas que lo mismo nos debíamos unas pruebas después de aquellas bacanales. Y las pedimos. Ni la guarra más viciosa de mis amigos tenía nada, el único puto pringado de los seis que fuimos era yo. Desde ese momento no solo le odié a él, odié a mis amigos por haber esquivado esa bala y, sobre todo, me odié a mi con todas mis fuerzas por haber acabado en el que iba a ser mi nuevo mundo estos años.

Positivo en VIH con 21 años. ¿Cómo podría explicarlo en casa? Preferí callármelo, comenzar a tomar PrEP a escondidas e intentar mirar hacia delante, pero era imposible. Él me ignoró cuando le hablé explicándole lo que me pasaba, y después de insistirle mucho me dijo que con medicación no era para tanto, que no le molestase más. ¿Cómo podía tener la desfachatez de prometerme las cosas más bonitas una noche y tres semanas después y con mi vida jodida decir que le estaba molestando? ¿Quién coño se creía? Esa puta cerda me había convertido en un enfermo sin contar conmigo, a traición.

Me niego a no poder tener hijos por su culpa. Me niego a tener que explicarle a cualquier próxima pareja lo que me pasa y que me repudien. Me niego al odio y a la desconfianza que pueda generar. Me niego a que mi vida quede magullada de por vida por el error de haberle conocido. Yo no soy un sidoso. No lo soy, y no lo voy a ser. El culpable siempre va a ser él, aunque paguemos los dos.

Y aquí le tengo, tal y como lo veis. Dormido profundamente, para siempre. Con los ojos arrancados para que la mezcla de dolor e incertidumbre le acompañasen hasta el final. Con cortes y hematomas por todo el cuerpo, que es lo mínimo que este perro se merece con todo lo que me ha hecho sufrir. Se me fue demasiado pronto, he de reconocer, me apetecía hacerle más daño. Pero sé que le he hecho un favor al mundo, sé que he actuado bien, que era lo que tenía que hacerse.

Y para el conserje, bedel, portero, cerrajero, bombero o policía que sea el primero en entrar, aquí dejo mi cuadro, dos maricones sidosos que ya no sufrirán más. Tú y yo sabemos la verdad, y la verdad es que merecía esto y más.

Se despide,
Máximo.

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Condición: El protagonista debe ser un stalker.


Sueños de likes

Clara no podía dormir. Intranquila cogió el móvil de la mesita, al hacerlo su rostro y sus manos se iluminaron con un pequeño fulgor de color verde. La habitación seguía a oscuras, sus pupilas se dilataron y sus ojos febriles se movían casi al mismo ritmo que sus dedos por la pantalla. Repasaba las redes sociales para atisbar una señal de Carlos. Repitió su nombre en su cabeza, por fin había descubierto su nombre real y ahora lo atesoraba. Miro su instagram buscando me gustas de Carlos, luego tuiter, twich… Así hasta repasarlas todas sin encontrar nada, era raro. Pensó que quizás le había pasado algo. Dejó el móvil en la mesita y se levantó a oscuras sentándose en la silla al lado de la ventana. La movió un poco, no había calculado bien el ángulo ya que hacía solo un día que se había cambiado de piso para estar cerca de él, y ahora estaba justo enfrente de su casa. Esta vez acercó mejor la silla y miró apartando un poco las cortinas. Nada. Desde ahí podía verse mejor la habitación de Carlos pero no había rastro de movimiento. Empezó a tener sudores fríos pensando que quizás había sufrido un ataque al corazón, o incluso un ictus. No podía consentir que muriera. Entonces lo hizo. Le llamó. Había conseguido el número de Carlos hace solo unas horas y ya era de madrugada, pero la razón para llamarle era importante, podía estar en peligro. Los dedos le temblaban. El tono sonó una vez, dos, Clara se mordió el labio, se hizo sangre cuando escuchó por primera vez el sonido de la voz de Carlos:

—¿Di…diga? —Clara suspiró aliviada a través del teléfono. Carlos pasó de estar dormido y un poco asustado por la hora a estar enfadado. —¿Quién demonios es a estas horas?

Clara se dispuso a hablarle, por fin lo haría. Abrió la boca y en ese momento se encendió la luz en la habitación de Carlos. Desde su ventana Clara lo vio todo completamente horrorizada, no podía articular palabra.

— ¿Quién es, cariño? —se oyó a través del teléfono. Era una voz de mujer. Bostezos, maldiciones e insultos de Carlos. Después, el silencio.

Las lágrimas de Clara no paraban de brotar y a través de ellas vio cómo la mujer acariciaba a Carlos, lo besaba, y ni siquiera apagaron la luz cuando continuaron abrazándose hasta terminar follando delante de ella. Clara se sintió morir, había sido engañada. Ella, que se preocupaba tanto por Carlos y él la estaba traicionando. Empezó a romper todas las fotos que había reunido de él y a arrancarlas de las paredes hasta que cayó en la cuenta. Se preguntó quién era esa mujer, esa zorra que se había metido en su cama durante esas dos horas en las que Clara se permitió descansar. No iba a permitir que esa puta le quitara a su Carlos.

Cuando amaneció, Clara aún estaba en el suelo pegando los trozos de las fotos que había roto mientras murmuraba para sí misma lo siento, una y otra vez. Cuando terminó salió a la calle sin ni siquiera desayunar. Se posicionó enfrente de la casa de Carlos y espero. Empezó a llover, la lluvia le hacía parecer aún más flaca y desvalida, pero ella se aferró al cuchillo que llevaba debajo de la chaqueta. Solo cabía un pensamiento en su mente, matar a la bruja que había engañado a su amado y quería separarla de él. Se dijo a sí misma que en realidad Carlos le estaba pidiendo ayuda. Cuando oyó su voz tras el teléfono, ella lo supo, supo que se dirigía a ella y le suplicaba que le salvara. ¿Cómo no iba a ayudarlo? Pensó aliviada que cuando matara a esa zorra, ella le pediría perdón por haber dudado de él y Carlos la besaría por fin. Al poco, vio como la pareja salía del edificio bajo un gran paraguas de color rojo. Clara avanzó hacia ellos sacando el cuchillo. Esta vez tampoco lo vio venir, quizás fueran las gotas de lluvia que le caían en los ojos, o las ganas de que Carlos la conociera por fin. El caso es que no vio el camión que en ese momento cruzaba la calle, con tan mala suerte que el golpe la reventó en un instante al mismo tiempo que el cuchillo salía disparado hacia ninguna parte, cayendo al lado de un gato que escapó aullando a toda velocidad; y en el extremo opuesto, un trozo sanguinolento de lo que antes fue Clara, cayó en el paraguas de Carlos moviéndose con parsimonia hacia abajo. Rápidamente, la lluvia hizo desaparecer cualquier resto de Clara sin llegar siquiera a rozar a la pareja. El camión no paró, nadie se percató hasta horas más tarde, cuando después del aguacero, un barrendero llamado José descubrió un móvil con un par de dedos agarrándolo con fuerza. Carlos en ese momento, en la otra punta de la ciudad, estaba revisando los mensajes de su ordenador. Arqueó una ceja cuando vio más de veinte mensajes privados en tuiter. Los eliminó sin leer y bloqueó a una tal Clara. Pensó que esa chica era una pesada. Solo había hablado con ella en un foro para darle un par de consejos, aun así, cada día eliminaba un montón de mensajes de ella. No le preocupaba ni tenía ningún miedo porque con bloquearla estaba a salvo, ya se cansaría. Respiró hondo y se sumergió en su trabajo sin mayor problema.

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Condición: El protagonista debe ser un stalker.


Verano del 97

A aquellos que me preguntan sobre lo que más detesto de mi trabajo, les suelo referir con frecuencia la tediosa espera que se antepone al fugaz momento por el que recibo mi estipendio. Aquel día de verano no era diferente. Los tenues cirros decoraban el cielo de mediodía, apenas dando un breve respiro al húmedo y bochornoso ambiente de ciudad, resultado de la cargante mezcla de asfalto caliente y humo tóxico del tráfico meridiano. Me encontraba yo sentado en un banco bien situado, agazapado detrás de un periódico. Mi cámara fotográfica con teleobjetivo reposaba en mi regazo, adecuadamente escondida tras las imágenes del diario, como un artista primerizo observando las obras de maestros. Mi sombrero, aunque ejercía su leal rol protector de mi lampiña cabeza, me estaba cociendo vivo, y el sudor estaba empezando a resbalarme por mis coloradas mejillas. Llevaba ya tres horas allí y mi objetivo seguía sin salir del edificio donde presuntamente se veía con su amante. Mi cliente me había asegurado que su esposa había ido a visitarlo aquel día, así que todo era cuestión de esperar, apuntar, disparar y cobrar. Una tarea fácil, pero soberanamente tediosa e incómoda.

Marcaba ya mi reloj las cuatro pasadas cuando finalmente la mujer apareció. Enfoqué mi cámara hacia el portal y confirmé por el visor que era la misma que aparecía en la fotografía que mi cliente me había proporcionado. La instantánea no le hacía justicia alguna. Se trataba de una chica joven y muy hermosa, de unos veintitantos años, pelo castaño y liso, tez morena por el sol y labios carnosos. Un vestido veraniego muy florido dejaba entrever las curvas de su figura, ensanchándose generosamente a la altura de sus caderas. Tomé una fotografía donde se apreciaba claramente su comprometida y culpable salida del adúltero escondite. El sonido del obturador me alivió al instante. Mi cometido había terminado, y ya solo restaba entregar la prueba a mi cliente y cobrar la recompensa. La mujer, que se había apartado del portal, se había apoyado en una pared cercana y revisaba su agenda. En aquel momento, y a pesar del agobiante bochorno, del sudor pegajoso y del agarrotamiento de mis piernas, decidí seguir observándola por el visor. Al hacer zoom pude comprobar el color de sus ojos: castaños con un leve toque esmeralda que combinaba con su vestido. Dos pequeños bultitos sobresalían de sus pechos, evidenciando la ausencia de sostén. Apreté entonces el obturador, sin poder evitar sentir un atisbo de vergüenza y un leve calentón en la entrepierna. Observé entonces que el vestido tenía una abertura vertical, tras la cual se vislumbraba un muslo mucho más claro que su tez. En mi cabeza surgieron fugaces pensamientos que trataban de imaginar la cumbre de aquel pilar marmóreo. Su prenda más íntima, protegiendo lo más privado de su ser. ¿Cuál sería su color? ¿Su forma? Me ruboricé al instante, abochornado por pensamientos tan obscenos, y decidí marcharme de allí.

Una vez en mi oficina, ordené a mi secretaria que citase a mi cliente y me dispuse a revelar las fotografías. Todavía me encontraba en el cuarto oscuro, inmerso en la metódica rutina, cuando escuché el estridente timbre de la puerta. «Impaciente», pensé, mientras tendía en un cordón los dos negativos. Cuando estuvieron secos, cogí el que debía entregarle al marido cornudo y guardé el otro en un cajón. Cuando llegué a mi despacho, me encontré con el hombre que me había contratado. Parecía visiblemente emocionado, a juzgar por la velocidad a la que se levantó de la silla al verme.

—¿Ha visto a mi mujer con el otro? —inquirió, sin mediar saludo alguno.

—Buenos días, señor Martínez. Está usted de suerte —respondí, con una fugaz sonrisa que duró el tiempo que tardé en escucharme—. Es decir, siento mucho comunicarle que efectivamente he fotografiado a su esposa saliendo del edificio en cuestión.

Saqué el negativo y se lo tendí a mi cliente, que lo observó a la contraluz de mi lámpara halógena. El ceño fruncido y un audible gruñido me indicaron que había reconocido a su mujer.

—Esa arpía se va a enterar. Ahora no tiene ninguna excusa. ¡Gracias, y buenas tardes!

El marido cornudo salió como una exhalación de mi despacho, y confié en que mi secretaria fuese lo suficientemente ágil para interceptarlo y cobrarle la minuta.

No recuerdo cuántos días pasaron desde aquello. No más de un mes después, estaba yo caminando por el parque de Gracia, de camino a una vigilancia, cuando volví a ver a aquella mujer. La reconocí al instante, pues llevaba el mismo vestido floreado con la abertura vertical que tanto me había fascinado. En su lento caminar, su pierna asomaba intermitentemente por ella, destacando su blancura sobre el verde floreado. Recordé en aquel momento el negativo que yacía olvidado en el cajón del cuarto oscuro, más por desdén que por vergüenza. Había pensado en positivarlo alguna vez, para mi gusto personal, pero la imagen de los pezones alzados sobre sus pechos turgentes había dejado de interesarme desde el momento en que vi su muslo de alabastro. Pensé en seguirla, mas tenía un cometido aquella tarde que no aceptaba retraso alguno si quería cobrar el estipendio. Continué mi camino hacia el barrio del Carmen cuando, no sé cómo, me encontré volviendo sobre mis pasos, corriendo apresurado hacia el parque. Allí seguía la mujer, el vestido y su abertura. El muslo, aflorando entre rosas estampadas al andar. Saqué mi cámara y me agazapé torpemente tras un álamo, descuidando toda discreción profesional. Y allí, a la vista de curiosos, disparé obsesivamente veintitrés veces el obturador, capturando cada hipnótica oscilación de su pierna. Solo entonces exprimí hasta el último aumento del teleobjetivo, afirmé mi pulso y esperé para tomar la última fotografía. Sentía la mirada de los transeúntes clavada en mi espalda, pero la ignoré. Quería a toda costa intentar captar lo que se escondía en la cima de aquella pierna infinita, en toda su forma y color, escondido en lo más alto de la raja de su falda.

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El vecino de abajo

Llevo mucho tiempo esperándote, y hoy, te has mudado al piso de abajo. Tus movimientos son gráciles, a pesar de ser un hombre fornido. Tu expresión es dura, la de alguien que conoce el lado oscuro de la vida. Todavía no conozco tu nombre, pero la paz que me transmites me hace desear saberlo todo sobre ti. Te observo a través de los pequeños agujeros practicados en mi suelo, sabiendo que tú no puedes verme a mí. Son las ventajas de una construcción tan antigua y deteriorada. A pesar de que no entables contacto visual conmigo, sé que tú también has notado la conexión, ese fino hilo invisible que nos une. Intuyo que nos vamos a llevar muy bien.

***

Hace ya unas semanas que te has mudado, Carlos, y parece que te conozca de siempre. Cada vez que te veo llorar en el baño, o en tu habitación, sufro y me rompo contigo. Conseguiré que te sientas bien, y que olvides a Laura. Ella no merece tus lágrimas. Sé que al principio te resultará difícil, pero no debes preocuparte. Yo cuidaré de ti, y cuando te rehagas, ambos nos iremos de aquí. Juntos.

***

No me gusta que abuses de esas sustancias, Carlos. Crees que las necesitas, que te ayudarán a superar el desánimo, la soledad y el abandono. ¿Acaso no ves que la solución es mucho más sencilla? Sé que no tardarás en darte cuenta de que tu guardián silencioso, tu protector vigilante, se encuentra apenas a unos metros sobre ti. El día en que lo comprendas, abandonarás tu prisión y me rescatarás de la mía. Seremos dos almas libres.

***

Me encanta cuando te sientas en el sofá a leer. Es el momento en que realmente desconectas de los pensamientos que te atormentan. Coges una de esas novelas policíacas que tanto te gustan y te sumerges en un mundo de crímenes, pistas y sospechosos. ¿Sabes una cosa? No te pegan. Tú eres más de historias románticas, de pasiones, de venganzas. Te imagino como un moderno Edmundo Dantés, esperando pacientemente a que llegue su momento. Igual que yo.

***

Hoy me he acercado a tu puerta. He pasado unos minutos de un lado al otro del rellano, imaginando cómo sería nuestro encuentro, la cara que pondrías cuando nos encontrásemos por fin frente a frente. Al final, he considerado que todavía no era el momento adecuado. Me he vuelto a casa, no sin antes acercarme a los buzones. En el tuyo, había una carta remitida por Laura diciéndote que te echaba de menos y que, tal vez, se había precipitado con la separación. No te enterarás nunca, pues la he destruido. Lo he hecho por tu bien, ya que esa carta sólo te provocaría dolor. Debes pasar página y olvidar a Laura.

***

Esta mañana han venido un par de tipos a buscarte. Un par de matones, de esos dispuestos a desmembrar un cuerpo por la cifra de dinero adecuada. Venían de parte del señor Gutiérrez, ese al que, por lo que sé, le debes ya varios miles. Cuando sepas cómo he resuelto la situación, te sentirás muy orgulloso de mí. Les he dado un susto de muerte. Deberías haberlos visto, asustados como niños. Soy un especialista causando temor. Es una de mis grandes habilidades. Esos dos no volverán, y si mandan a otros en su lugar, correrán su misma suerte. Tu casa es tu templo, y me encargaré de que sea respetado.

***

Hoy has muerto, Carlos. La policía ha recibido el aviso y han derribado tu puerta. Más tarde ha venido el juez y ha ordenado el levantamiento del cadáver. Se llevan tu cuerpo, pero te daría igual, pues hace horas que te has ido. Tu espíritu ha continuado su camino y me has dejado atrás. Hace ya mucho tiempo que de mi cuerpo no quedan ni siquiera las cenizas, y, sin embargo, sigo anclado a esta absurda existencia incorpórea. Mi espíritu continúa ligado a este edificio, esperando a que de una vez aparezca la persona que me permita abandonar este mundo al que ya no pertenezco.

***

Te veo. Llevo un tiempo esperándote, aunque tú no lo sepas. Conozco tu nombre, Silvia, ya que lo he oído de boca de tu amiga, la que te está ayudando a mudarte al piso de abajo. La expresión de tu cara es amable y soñadora. Sé que serás tú, esta vez sí, la persona adecuada. La que me libere de este encierro, de esta prisión para mi alma. Sé que has notado nuestra conexión, esa invisible transmisión de energía que nos convierte en las dos mitades de un todo. Intuyo que nos vamos a llevar muy bien. Y juntos, seremos libres.

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Condición: El protagonista debe ser un stalker.


La llave

Siempre fui un investigador profesional y nunca se me escapaba una pero esta vez fue diferente , no salió como estaba planeado .

Me contrataron para robar una reliquia en un museo , un cofre con una llave , que estaba en el piso de arriba, cosa que fue fácil , mil euros por el trabajo. De ida al museo me cruce con una bella señorita de pelo negro bien largo , minifalda roja y bien escotada , parece que salía de algún teatro y estaba sola y que no dejaba de mirarme , bah , no tengo tiempo para eso ahora.

Media noche , esperaba que los guardias cambien de ronda , use una ganzúa para entrar por la parte de atrás , fácil paso por la despensa , luego por la recepción y veo un guardia , estudio su camino de ronda , lo sigo sigilosamente , por tres habitaciones sin que se dé cuenta y zas! Casi me pilla , se le había caído el móvil , logro subir las escaleras y arriba debería de estar la llave antigua .

Subo y la encuentro , por suerte no había guardia aquí , voy a su posición , corto el cristal protector con precisión y saco la llave , la guardo en mi bolso y salgo por la ventana sin hacer ruido .

Abajo ya tranquilo , a pensar en que gastar esos mil euros , pensaba a ir a tomar un café y vaya casualidad , me encuentro con la bella señorita de pelo largo con minifalda otra vez , esta vez me decidí y fui a invitarle un café , charlamos y ella muy misteriosa no hablaba mucho , me dijo que se llama Diana Escobar y si que me preguntaba , pero tuve que mentirle , no le diré que soy un ladrón profesional .

Cenamos y bebimos mucho vino , al final nos pusimos cachondos y fuimos a un hotel donde pedí champaña y bebimos mas , follamos por toda la noche , y quedamos dormidos , luego despierto y veo que la señorita , …como se llama …Diana , no estaba en la cama , me levanto , y escucho un golpe de la puerta , era una mujer , que no era del servicio del hotel , fui así desnudo como estaba , todavía con resaca de la noche anterior y la saludo y me da un puñetazo que logro esquivar , pero siento una descarga eléctrica por detrás , era Diana … ya casi perdiendo el conocimiento le oigo decir , gracias por la llave guapo… todo queda negro.

Me despierta la mujer del servicio y me visto y pago y vuelvo a la oficina , no podía decirle al jefe que perdí la llave , investigue sobre la llave y según una leyenda abría un cofre de un tesoro en una isla del caribe , decidí ir , que podría perder .

Por lo visto no estaba equivocado , en el aeropuerto logro divisar a la amiga de Diana y me siento me pongo gafas oscuras y sombreo y me dispongo a mirarlas , las 2 están ahí , solo debo seguirlas.

Se subieron en un bus , así que pedí un taxi y le pedí al chofer seguir ese bus con cuidado , después de 2 kilómetros se bajaron y registraron en un hotel , yo debí hacer lo mismo

Me mantuve en muy bajo perfil para no ser detectado , debía seguirlas y recuperar esa llave , pero solo la llave … también quería ver si el tesoro existía , así que espere y las seguí , salieron y fueron a las montañas , yo las seguí como pude y llegamos al lugar.

Era una cueva , nada raro , iba vestido de negro así que iba a poder camuflarme bien en lugares oscuros , las chicas entraron y parece que tenían un mapa , no pude divisar bien , empezaron por marcar puntos y siguieron adelante , por la derecha , las seguí despacio , luego por la derecha de nuevo , me agache un poco para ser poco perceptible , las seguí durante 20 minutos sin que me notara , aunque pensé que nuca llegaríamos , , de repente dijeron

Dina , esta es la zona , aquí debemos usar la llave , busca una zona que deba tener una mariposa o algo parecido y yo curioso mire y me acerque un poco y escuche :

Por aquí debe de estar un tesoro de vikingos escondido hace miles de años –

Wow , eso me interesa y quiero ese tesoro , en eso se escucha que lo localizaron y que se abre un portal , tiembla todo y se ilumina un poco el lugar , voy a mirar y las chicas ya no están , voy ,las sigo y veo que están en una habitación iluminada con antorchas y que hacen brillar todo el oro que había ,mucho oro!

Sigo avanzando sin que me vean y recojo unas monedas de oro , en eso escucho que una de las chicas lee en una pared de la caverna , no se debe tocar nada sin leer antes este conjuro y yo dije , que puede pasar , no creo en supersticiones .

Empieza a temblar todo y se rompía el piso detrás mío y tuve que saltar hacia ellas y me pillaron infraganti y Diana me sonrió y me dijo que ya la cagamos y le dije que no hay tiempo y se empezó a romper todo el piso empezamos a correr y se nos cerraba un camino y probamos otro y así hacíamos hasta que finalmente logramos salir y saltar a un estanque lleno de ranas , sin llave , sin tesoro , sin dinero , la amiga de Diana , que resulto ser su madre , me dio un puñetazo de nuevo jajaja.

Les dije que si querían un café y dijeron que si

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Fase de grupos. Fuera de concurso.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Sálvame deluxe

—Buenas tardes y bienvenidos a esta edición especial de Sálvame. Un programa que trae una exclusiva mundial, algo nunca visto en televisión. Vamos a publicidad y ahora volvemos.

[15 minutos de anuncios después, dos de ellos de Operación Camarón]

—Aquí estamos de nuevo. Una exclusiva mundial, decía antes. Se acercan las Navidades, y este programa está en disposición de ofrecerles algo totalmente inédito: la residencia de Papá Noel. Sí, amigas y amigos, tras muchos años de investigaciones hemos logrado encontrarla. Tenemos en el terreno un dron y vamos a intentar introducirlo en la casa para mostrarles el interior y, quién sabe, quizás al mismísimo Papá Noel.

»Enviamos a Laponia a Belén Esteban para obtener una entrevista, pero por desgracia no tuvimos en cuenta lo mal que se llevarían las temperaturas extremadamente bajas y un tabique nasal de platino. Belén está ahora mismo en el hospital con un shock frío en el lóbulo frontal del cerebro. Nuestros mejores deseos para que tenga una pronta recuperación. ¡Y ahora, vamos con las imágenes!

La pantalla gigante del plató nos muestra lo que parece un pequeño claro en medio de un bosque nevado, ocupado casi por completo por una casa de madera. La cámara se acerca a ésta y comienza a rodearla, moviéndose arriba y abajo a la par, buscando algún punto de acceso. Finalmente, aparece abierta una pequeña ventana casi a ras de suelo. El dron se introduce despacio por ella.

—¡Estamos dentro, señoras y señores! Están viendo las primeras imágenes existentes del interior del hogar de Papá Noel, parece que del sótano. A ver qué nos encontramos.

La cámara se mueve despacio por un pasillo que parece demasiado largo para el tamaño exterior de la casa. Hay varias puertas a los lados, pero todas cerradas. Casi al final se aprecia una abierta. El dron se asoma con sumo cuidado, y muestra una vasta sala, con multitud de hombrecillos ataviados de verde trabajando en mesas de montaje.

—¡Increíble!¡Son los legendarios elfos, fabricando juguetes para los niños! Los están viendo en directo, solo aquí en Sálvame, solo en Telecinco. Y también en Telecinco podrán ver mañana el gran estreno de Operación Camarón, Telecinco y Mediaset con la cultura europea.

Tras recorrer varios pasillos, el dron se encuentra ante unas escaleras de subida, que remonta con prudencia. El cambio de ambiente es evidente, y esta nueva planta sí tiene el aspecto de un hogar: muebles, cuadros en las paredes, alfombras… Al igual que pasaba con el sótano, el interior del lugar desmiente el reducido tamaño exterior del mismo. Numerosas salas y dormitorios, una enorme cocina donde no se está preparando alimento alguno… El silencio y la falta de habitantes contrastan con los bulliciosos elfos del taller del sótano. Algunas chimeneas y candelabros en las paredes mantienen la luz en un nivel bajo.

Al final del corredor hay una puerta entreabierta, por la que escapan resplandores parpadeantes. El espacio entre marco y hoja permite el paso del aparato volador. Éste se encuentra ahora en una gigantesca sala, mayor que la que ocupaban los elfos. Cientos de monitores recubren sus paredes, cada uno mostrando imágenes distintas y cambiantes. El dron los recorre despacio.

—Son como cámaras de seguridad, debe ser el sistema de vigilancia que tiene Papá Noel para controlar quién se porta bien y se merece sus regalos. Ya sabéis, cuidado con lo que hacéis cuando creéis que nadie os ve, jajaja. Vaya, allí parece haber un sillón y, ¡atención!, parece que hay alguien sentado. ¿Veremos al fin al dueño de la casa?

En efecto, un amplio sillón se encuentra colocado frente a un panel con cuatro monitores mayores que el resto, y parece distinguirse una silueta sentada, moviéndose —¿haciendo anotaciones, quizás?—. Al aproximarse la cámara, se pueden apreciar las imágenes de los monitores grandes: uno de ellos muestra a Scarlett Johanson duchándose; otro a Elsa Pataky teniendo sexo con su marido, Chris Hemsworth; un tercero a Charlize Theron en una bañera, aparentemente masturbándose; y el cuarto a Gal Gadot durmiendo desnuda sobre una cama.

—Pero esas son… y él se está… se está…

En ese momento Papá Noel —pues él es el ocupante del sillón— percibe la presencia del dron y, sobresaltado, guarda su erecto miembro dentro del pantalón con un rápido movimiento. Los cuatro monitores se apagan, aunque aparentemente no ha pulsado ningún mando para ello. El anciano se levanta, mirando fijamente a la cámara, que tiembla pero no se mueve del sitio. Aún con gotas de sudor corriendo por su rostro, habla con una voz profunda y antigua:

—No os molestéis en intentarlo, ese trasto no se va a mover mientras yo no quiera. No me juzguéis, estoy muy solo desde que la señora Noel falleció hace un par de años, e incluso yo tengo mis necesidades. Habéis invadido la intimidad de mi hogar, así que te aseguro, Jorge Javier, que tú y tu equipo vais a tardar en volver a tener unas buenas Navidades. Y ahora, ¡adiós! Ah, y no veáis Operación Camarón, es una puta mierda.

Y con estas palabras y un leve gesto cerrando el puño, el dron deja de transmitir y la pantalla se queda en negro.

[Estamos experimentando problemas técnicos. Lamentamos las molestias]

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Condición: El relato debe comenzar con el protagonista sentado en el alfeizar de una ventana de un edificio, las piernas colgadas hacia el vacío, y la ventana cerrada.


Tarde de lectura

Todas las tardes de domingo se sentaba en el mismo lugar a tomarse un café, leer un libro y disfrutar de la agradable brisa que recorría todo su cuerpo. A Clara le gustaban las vistas que tenía desde allí arriba, era un sexto piso, y pese a la dureza de la piedra ella encontraba confort en estar sentada sobre el alfeizar de la ventana. Le gustaba sentarse de tal forma que sus pies mirasen directamente al suelo, había algo atractivo en la sensación que le provocaba el vacío, la nada.

Había días donde avanzaba muy poco con su novela, simplemente se quedaba mirando el paisaje y fantaseando sobre las vidas de la gente que circulaba por las callejuelas. Hoy no era uno de esos días, eran fiestas en el pueblo y casi todo el mundo se había congregado en el descampado de las afueras en donde todos los veranos, durante dos semanas, la gente se agolpaba en los diferentes puestos de comida y bebida, y donde los chavales y no tan chavales se dejaban la paga en las casetas de las distintas atracciones. Clara no solía ir, no le gustaban las aglomeraciones, y, lo que era peor, al quedarse desierto el pueblo se quedaba sin uno de sus entretenimientos favoritos.

Después de un par de horas absorta en la lectura, sólo salió de su estado de trance cuando, por quinta vez consecutiva, su larga melena negra le tapó por completo la cara. Se dio cuenta de que estaba helada; empezaba a atardecer y el viento era cada vez más fuerte. Estaba tan relajada allí sentada que decidió entrar en casa a coger una manta y continuar leyendo hasta la cena.

Clara siempre cerraba la ventana para que no entrase polvo en la casa y ponía un pequeño tope de plástico flexible con forma triangular que impedía el completo cerrado de la misma. No fue hasta que se incorporó y empujó la ventana que se dio cuenta de que el tope no estaba, había desaparecido. El corazón le dio un vuelco y su primer impulso fue pegar un gritito ininteligible con el cual exhaló la angustia que había acudido a ella con la misma rapidez con la que se puso a aporrear repetidas veces el cristal de la ventana. Era inútil, estaba cerrada de forma hermética y no cedía ni un milímetro. Empezó a maldecir el día en el que decidió poner un cristal doble y se sentó frustrada durante unos segundos para tomar aire, dado que sus incontables gritos de auxilio no habían obtenido ninguna respuesta.

Repasaba mentalmente una y otra vez sus actos previos a salir al alfeizar y estaba completamente segura de haber puesto el tope, aunque con cada repaso mental dudaba más de sus actos. Se maldijo una y otra vez, no podía haber sido tan tonta. “Igual ha sido el viento”, se dijo poco convencida mientras volvió a pegar otro alarido. Nada, ninguna respuesta. De repente fue plenamente consciente de su situación. El lugar que antes le proporcionaba tanta paz ahora le daba verdadero terror. Miró hacia abajo y, por primera vez en su vida, tuvo vértigo, era incapaz de mirar al vacío. Las lágrimas de desesperación resbalaban por sus mejillas mientras intentaba controlar su ansiedad e idear un plan para salir de allí.

Se fijó en que se oía el golpeteo de la ventana del piso de arriba, tenía que estar abierta. Intentó auparse por el balcón y hubo un momento donde parecía que lo podía conseguir, pero no tenía suficiente fuerza y además le daba miedo resbalar y caer. Se dijo que tenía que esperar tranquila a que alguien pasase y volviera a casa, pero no podía controlar sus nervios.

A lo lejos oyó como un coche con la música sonando a todo trapo circulaba a una calle de donde ella estaba. Chillar no sirvió de mucho y, en un intento desesperado, lanzó la vacía taza de café en su dirección con la esperanza de captar su atención. La taza se hizo añicos a pocos metros de donde estaba Clara al mismo tiempo que el coche se alejaba más y más en dirección a la feria.

Cuando los sollozos alcanzaron su cota más alta oyó un ruido extraño en su piso. Cesó su llanto abruptamente y prestó atención. Ya era de noche y no se veía bien, pero acertó a ver una silueta moverse dentro de su piso. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, no entendía nada de lo que sucedía. La silueta se acercó a ella con paso decidido y encendió la luz de la habitación. Tenía el tope que solía sujetar la ventana en su mano izquierda, y una sonrisa diabólica de oreja a oreja. Una sonrisa que una vez amó y que ahora era el fruto de sus pesadillas. Cuando mostró su mano derecha vio un cuchillo de desproporcionadas dimensiones apuntando hacia ella.

—No te muevas o te rajo —dijo él tras abrir la ventana

—¿Cómo has entrado aquí? —preguntó ella histéricamente—. ¿Por qué me haces esto?

—Conseguí una nueva copia de las llaves —dijo con altanería—. Te crees una zorra muy lista pero siempre haces lo mismo todos los putos domingos. Sólo tenía que esperar el día y momento adecuado. Estabas tan abducida con tu novela de mierda que ni con sigilo me habría hecho falta entrar.

—¿Qué vas a hacer, Marcos? —preguntó nerviosa.

—Lo que debí hacer hace mucho tiempo. Date la vuelta y mira hacia la calle.

—¿Por qué no acabas con esto de una maldita vez?

—No pienso pringar por una guarra como tú. Haré que parezca un accidente.

—No me pienso lanzar —dijo Clara con valentía—. Si quieres matarme tendrás que hacerlo tú.

—¡Salta o te acuchilló!

—¡No! ¡No tienes ningún poder sobre mí! ¡Ya no!

Marcos se abalanzó sobre ella para empujarla cuando resbaló con el libro. Ella aprovechó a girar y apartarse mientras él se precipitó al vacío impactando sobre la acera donde esparció sus sesos ante la atónita mirada de Clara.

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Encerrado fuera

Al comprobar tres veces, primero incrédulo, segundo asustado y luego maldiciendo, que la ventana estaba firmemente cerrada, me sentí como un verdadero idiota. En mala hora se me tenía que haber ocurrido lo de sentarme a fumar en el alfeizar de una ventana de un quinto piso. Un verdadero imbécil es lo que era, ni siquiera tenía la excusa de haber bebido, sólo había querido sentir la libertad de tener las piernas colgando a esa altura.

Sopesé las opciones. Podía intentar romper el cristal para abrir el cierre… Pero parecía muy sólido y me preocupaba perder el equilibrio. Podía llamar al cristal para que alguien me abriera, pero la única persona que vivía ahí era yo y estaba a este lado de la ventana. Si al menos tuviera el teléfono móvil en el bolsillo, podría llamar al vecino de enfrente, que tenía un juego de mis llaves, pero antes de encaramarme a la ventaba había decidido que era peligroso llevar el móvil, por si se me escurría del bolsillo. No es un móvil de los buenos, pero me da pereza tener que configurar uno nuevo, conseguir de nuevo la tarjeta SIM y demás zarandajas.

Quizá porque tenía pinta de querer llover, pero alguien decidió mirar hacia arriba y me vio. Yo instintivamente sonreí y me encogí de hombros, avergonzado por la situación y por mi torpeza. Me hizo gestos, que no entendí muy bien, pero yo igualmente le repliqué, señalando la ventana. Le grité para explicarle mi situación, pero justamente en ese momento, con toda la mala leche que podía tener el universo, un trueno ahogó mis palabras y empezó a llover de forma torrencial. Fabuloso.

Tuve la impresión que el que estaba abajo me gritaba algo, pero la lluvia no me dejaba oír más que palabras sueltas. Finalmente, dos palabras se hicieron paso cuando el cielo aflojó brevemente su mala leche: “no saltes”.

¿Que no salte? Había dado por sentado que era un suicida y no el típico imbécil que se sienta en la ventana y se queda encerrado fuera. Intenté gritarle que no, que no era el caso, gesticulando aún más, pero ya se había hecho a la idea de que me había cansado de la vida y de ahí ya no lo iba a sacar. Y como las ideas así se contagian rápido, pronto media calle quedó expectante de la situación, pese a la lluvia.

Yo empezaba a mojarme poco a poco; no directamente, porque quedaba a cubierto por la forma exterior de la ventana, pero el viento decidió que me correspondían unas cuantas decenas de gotas de lluvia.

Estaba maldiciendo al respecto cuando empecé a oír las sirenas. Al poco, la calle estaba llena de una muestra de todos los vehículos de emergencia que se podían encontrar en una ciudad. Las cámaras de televisión no tardaron en aparecer. La que se había liado en un momento. Y yo me sentía cada vez más idiota. A ver cómo iba a quedar yo en la televisión explicando que sólo había salido a fumar y me había quedado atrapado como un imbécil. Me iba a convertir en un puñetero meme y la historia siempre me precedería. No, ni de puta coña iba a tener ese sambenito.

Cuando los bomberos tiraron la puerta al suelo y apareció en la parte interior de la ventana el hombre que, imagino, es el que suele convencer en estos casos que alguien no salte, decidí que prefería hacer el papel de víctima suicida que el de imbécil. Uno quedó como un héroe, la gente sintió la importancia y valor de la vida, y en general, hubo regocijo. Sí, me tuvieron vigilado un tiempo, tuve que ir a terapia y la gente se volvió tan amable conmigo que rozaba lo siniestro, pero mucho mejor que pasar por la vergüenza de reconocer al mundo lo torpe que soy.

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La decisión

Otra noche más me hallaba sentado en el alfeizar de mi ventana. Ya he perdido la cuenta de las veces que he hecho esto, la de veces que me he levantado de esta cama mugrienta, en dar los mismo cinco pasos en este piso derruido, abrir esta ventana medio carcomida por el paso del tiempo y sentarme afuera. A mis ojos se encontraba toda París, la ciudad del amor. La verdad es que era una vista encantadora y acogedora. Pero hoy, ya sea por fortuna, suerte o destino, no era como los otros días. Al poco de sentarme afuera y perderme en mis pensamientos, escuché un ruido a mis espaldas. Me di la vuelta y comprobé que la ventana se había cerrado. No había forma de abrirla. Mis labios dibujaron una sonrisa.

–Hoy es el día–dije.

Ya había tanteado con el suicidio otras veces, en verdad, lo he pensado cada maldito día que estaba sentado aquí. No podía hacer nada más que lanzarme al vacío. Aunque eso era una mera excusa: podía gritar y pedir auxilio, podía esperar al alba hasta que alguna buena hormiguita trabajadora y madrugadora me viera y llamara a los bomberos, podía hasta romper el cristal de un simple codazo. Pero no… sabía perfectamente que no iba a hacer nada de eso. La salvación de mi vida estaba claramente ahí pero no la cogeré. El sonido de la ventana al cerrarse fue realmente mi salvación. Entonces salió una vocecilla de mi cabeza.

–¿A qué esperas? Deja de postergarlo.

Tenía razón. ¿Por qué seguir demorándolo? Hubo un tiempo en el que mis noches empezaban y acababan tendido en la cama, pero con el paso del tiempo me fui desplazando. Empecé a incorporarme y a estar sentado en la cama, después caminaba lentamente hacia la ventana y contemplaba las vistas a través del cristal ennegrecido por el polvo. Primero cerrada, siempre cerrada, para pasadas las semanas atreverme a abrirla. Y por fin, estos últimos meses me sentaba aquí. Ahora sé dónde empiezan mis noches y también sé que hoy, no acabará en la cama.

No existe nada que me ate a este mundo, ninguna razón, ningún sentido. Los políticos parecen que estén en un coral increpándose qué no han hecho los otros y escupiendo frases para ver quién dice la majadería más grande. En el trabajo, lo que al principio era una sensación de impotencia al no poder hacer nada, se transformó en resignación para acabar en la aceptación. Perdí la fe en Dios cuando vi cómo eran las personas que habitaban esta tierra. “A su imagen y semejanza” dicen los feligreses, cuando todos somos unos seres deleznables e irracionales los cuales solo piensan en su bien y en la de los suyos si me apuras. Y en el amor…el amor. Levantarme, ir a trabajar, comer, seguir trabajando, dormir y vuelta a empezar.

Es una preciosa noche de primavera, lo podía ver todo con bastante claridad gracias a la iluminación de la ciudad y a la luna. Todo está en calma, no hay ni un alma en la calle. Está todo en regla, ya es el momento. Me disponía a lanzarme pero en ese momento apareció una brisa. Una brisa que parecía acariciarme suavemente las mejillas, bajar hasta mi mentón para después alejar su mano dócilmente. Entonces un hilo de voz salió de mi boca

–Claire…

Claire. Compramos el piso juntos. Un piso pequeño donde se podía apreciar el desgaste debido al inevitable paso del tiempo, pero era nuestro piso. He estado enamorado otras veces, lo reconozco, pero al conocerla fue realmente cuando descubrí lo que es el amor. Cada vez que hablaba, me embelesaba como una encantadora de serpientes. Ella sabía muy bien cómo hablarme para conseguir que reaccionaría de una forma u otra. Podía pasarme horas escuchando cómo tocaba el piano el cual ambos sabíamos que lo tocaba mal, pero nos daba igual. Algunas noches la observaba mientras dormía, viendo su pelo rubio, sus labios rojos cual manzana de película de dibujos, su figura, sentir como su torso se agrandaba y encogía debido a la respiración. ¿Cómo era posible que una persona me hiciera el hombre más fuerte del mundo y al mismo tiempo el más débil? Todo mi mundo y todo mi ser era de ella, estaba completamente a su merced. Hasta que me la arrebataron… Una enfermedad se la llevó. Era insufrible el verla de esa manera, una mujer joven y llena de vitalidad ahora postrada en la cama. Los meses pasaron y vi con mis propios ojos cómo se iba consumiendo lentamente, al igual que una vela que se está quedando sin cera. Ahora todo eso no tiene importancia.

Cuando me quise dar cuenta, se podían apreciar los primeros rayos del sol.

–Mi último amanecer.

Ya no había ira, no estaba nervioso, las lágrimas ya no brotaban de mis ojos, se secaron hace tiempo. Solo una sensación de vacío y desolación como una cáscara vacía. He alargado durante años este día, este preciso momento. La gente se estaba despertando, ya empieza a haber movimiento.

–Soy más libre que cualquiera de vosotros. No le temo a la muerte, me da igual vivir que morir.

Sonreí por segunda vez desde hace años, me lancé, y antes de estamparme contra el suelo, mientras estaba recordando toda la serie de sucesos que me han llevado hasta aquí, suspiré su nombre por última vez.

Me desperté en un charco de sudor, jadeando, me faltaba la respiración. Por la ventana entraban los rayos del sol, estaba de nuevo en mi cama, en mi piso, pero no era exactamente el mismo lugar, parecía más…limpio. Cuando estaba reflexionando acerca de la situación escuché un ruido.

–Mmmm

Empezaron a salirme las lágrimas, me mordí el labio hasta que empezó a salir un poco de sangre. No era un sueño. Claire estaba durmiendo a mi lado. La desperté mientras la abrazaba.

–Referente a lo que dijiste ayer, sí, me casaré contigo.

Ahora sé bien cómo sería mi vida sin ella.

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¿De qué están hechos los sueños?

Descalzo, sentado en el alfeizar de su ventana, un hombre de mediana edad oteaba el infinito. Había sido un día muy largo, cansado; un día más en una sucesión de jornadas que le habían llevado a su estado mental actual, a un nihilismo desaforado. El hombre se incorporó. Lo hizo palpando el cristal de la ventana cerrada a cal y canto. Bajo él la Nueva York de siempre, gris, ajetreada en sus idas y venidas de gente anónima formada por una multitud de individuos, cada cual de ellos con sus problemas y contradicciones, todos ellos muy importantes en sus cabezas.

John, que así vamos a llamarle, solía observar a la gente desde la distancia. A veces iba a la estación de tren, se sentaba en la cafetería de delante y observaba a los viajeros ir y venir. Le gustaba ponerles nombres, imaginar sus vidas, jugar a ser un dios omnisciente un tanto curioso. Una deidad poco participativa en todo caso, porque John nunca hablaba con nadie. Él solo miraba.

***

Hoy era su último día antes de jubilarse. Hank había trabajado la friolera de cuarenta y cinco años, siete meses y doce días como taxista. Nunca había tenido otro empleo. Para poner en contexto la vida de Hank hay que entender que ser taxista en Nueva York no es tarea fácil: el tráfico, las prisas, los gritos, el sonido de los cláxones y, en general, el mal humor por el que son conocidos los neoyorkinos de punta a punta del país… Pero todo eso ya había terminado, acababa de hacer su última carrera y se dirigía a la estación de taxis para dejar su coche, devolverle las llaves a su jefe y recorrer por última vez las siete manzanas contadas que le separaban de su hogar y los brazos de Elizabeth, su mujer. Hoy venía Sarah, su hija, a cenar; había que celebrar la jubilación de papá y, además, quería presentarles su último novio. O el penúltimo, con Sarah nunca se sabía. Hank sonrió en el interior de su taxi pensando en su familia.

***

Los enormes rascacielos se dibujaban con formas geométricas, recortando un cielo azul que empezaba a tornarse naranja. John observaba ahora el horizonte, pensando en esos seres diminutos moviéndose por el interior de esos titanes de acero y cristal, como hormigas en un hormiguero. Todas y cada una de ellas con su propia historia, con un plan vital. John desconocía ese plan, no había forma humana de saberlo, por eso creaba su propia narrativa. Por un instante quiso ser una deidad activa, un dios capaz de cambiar las cosas a su voluntad o quizás lanzando unos dados en un tablero celestial en la cima de una montaña sagrada. Un ser inoperante en todo caso, porque John nunca hacía nada. Él solo orquestaba.

***

Hank pasó por delante de Clayton’s, bajó la velocidad y le dio un pequeño golpe al claxon. Eddie, el propietario del local, le saludó desde el interior del restaurante. Habían sido amigos durante décadas, compartido mucho juntos, lo bueno y lo malo. Le echaría de menos; aunque todavía podrían verse de vez en cuando no sería lo mismo. Se habían acabado los calzones al terminar el turno nocturno o las cervezas a media mañana brindando por cualquier excusa que se les ocurriera, Elizabeth se encargaría de eso.

El taxista sonrió de nuevo al ver la valla publicitaria del local «La mejor pizza estilo Chicago de Manhattan». Siempre le hizo gracia esa frase. ¿Existiría una cafetería en Illinois que se anunciara como «La mejor tarta de queso estilo Nueva York de Chicago»?

***

John volvió a mirar hacia abajo. La gente seguía deambulando. El plan que tenía en sus mentes para ellos empezaba a no encajar con su comportamiento.

Mary. Treinta y cinco años. Una vida de desamores. Apresurándose a su encuentro con la enésima cita a ciegas. De repente, un hombre baja de un taxi, se ven, se abrazan, se besan como solo harían dos amantes.

Michael. Cincuenta y ocho años. Perdió el habla tras un accidente de tráfico hace veintisiete años. De golpe, empieza a tocarse la chaqueta, coge un móvil de un bolsillo interior, empieza a hablar con la confianza de quien siempre ha gozado de buena salud.

John dejó que su vista se perdiera en los rascacielos, en el infinito que se erguía frente a él: David, Adam, Margaret, Andrew, Anna… La idea de su falibilidad empezaba a resultarle desagradable. Miró otra vez hacia abajo.

Un taxi. En su interior estaba Hank. Sesenta y cinco años. Era su último día de trabajo. Deseaba llegar a su hogar, abrazarse a su mujer, cenar con su hija.

El hombre al que hemos llamado John cerró los ojos, cruzó sus manos sobre el pecho y saltó al vacío. Lo hizo con gracia, como un saltador olímpico, estirando su cuerpo primero para flexionar las piernas después, en una coreografía que había practicado innumerables ocasiones en su mente.

***

Cuando John cayó como una bomba humana sobre el parabrisas de su coche, Hank no lo vio venir y aunque lo hubiera visto no hubiera podido hacer nada. El callejón de detrás de la estación de taxis era lo suficientemente estrecho como para impedir que una persona y un coche pasaran uno al lado del otro. Como dictado por una voluntad superior el contexto hacía del volantazo un hecho imposible.

Más tarde dirían que Hank había tenido mala suerte, que había muerto por accidente al interponerse en el camino de un suicida. Elizabeth y Sarah llorarían, le echarían de menos y con el tiempo pasarían página. Elizabeth se casaría de nuevo, Sarah tendría un bebé al que llamaría Hank y John, el suicidia fallido que había dictado su historia, pasaría el resto de su vida en coma, fabricando en su letargo realidades que habrían de acontecer.

Él ahora concebía.

FIN

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Condición: El relato debe comenzar con el protagonista sentado en el alfeizar de una ventana de un edificio, las piernas colgadas hacia el vacío, y la ventana cerrada.


Imágenes de una vida

Santiago se encontraba sentado en el alfeizar del piso ochenta y ocho; las piernas colgando hacia el vacío y la ventana cerrada tras de él. Miraba con ojos inexpresivos al Empire State Building y el resto de rascacielos de Nueva York. De vez en cuando, bajaba su vista al teléfono móvil, que agarraba con ambas manos. Un oficinista del edificio frente a él le saludó con la mano, pero Santiago no se percató. De repente, unos golpecitos en la ventana le sacaron de su ensimismamiento: Un minuto, leyó en los labios del hombre al otro lado. Santiago entonces alzó el brazo derecho sujetando su móvil, puso su mejor sonrisa y se hizo varios selfies, asegurándose de que en ellos se apreciaba el lugar y la altura a la que se encontraba. Hizo un gesto al hombre y éste le abrió la ventana. Santiago entró al edificio, se quitó el arnés y se dirigió al ascensor.

Pasó por la inmensa cola de gente que esperaba su turno para salir a la fachada del rascacielos, que llegaba a la puerta del ascensor y luego continuaba por todo el vestíbulo del primer piso, y a continuación por fuera del edificio. Santiago había esperado en esa misma cola durante dos horas. Antes, ese día, tambien había esperado en la cola de Fatties’ durante hora y media para comprar uno de sus famosos donuts y otra hora en StreetBucks para acompañarlo con café. Y también había hecho una cola de otras dos horas a lo largo de la Cuarta Avenida para hacerse una foto junto al impresionante mural del grafitero Bronksy. Santiago pensó que había sido un día productivo.

Cuando llegó al hotel, esperó quince minutos a poder usar el ascensor para llegar a su habitación. Cosas de la pandemia: los habitáculos preparados para subir y bajar hasta veinte personas a la vez ahora no tenían más de uno o dos viajeros, aquellos que compartían habitación. Ya en su cama, subió a Instagram su selfie en el rascacielos, la fotografía del donut y el café y una imagen retocada del mural que encontró en Google, pues en la que él hizo se había colado el pie de un neoyorquino. Ahora sí, Santiago se acostó pensando en todo lo que haría al día siguiente.

En su casa de Segovia, Laura navegaba por Instagram, observando las fotos que habían subido ese día sus contactos. Llegó a las tres fotografías de Santiago, a quien conoció en Twitter por un tweet muy gracioso que escribió. No lo conocía de nada más, pero observó con fascinación las imágenes de Nueva York y el pequeño texto que las acompañaba. Envidió a Santiago y su fascinante vida. Lo que daría ella por disfrutar de una vida tan emocionante como la de él…

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Condición: El relato debe comenzar con el protagonista sentado en el alfeizar de una ventana de un edificio, las piernas colgadas hacia el vacío, y la ventana cerrada.


Respirar

Nunca me había parado a pensar en lo viva que es esta ciudad cuando toda persiana echa el cierre al terminar la tarde. Pese a ser una ciudad pequeñita, de esas de las que muchas personas nunca optarían por vivir en ellas, la gente se agolpa y sale a disfrutar del ocio que tiene por su entramado de calles y alrededores. Cosas que quizá no me hubiese fijado en admirar si esa maldita ventana, la cual llevo semanas diciéndole a Peter que arregle porque se no aguanta el pestillo de sujeción, no me hubiese jugado una mala pasada.

-¡Maldita sea Peter!, Maldita sea tu: <Ya lo haré un día de estos> y tu <Tranquila, ya me pondré con ello>

A pesar de su personalidad despistada, no podía quererlo más. Además, ¿Quién soy yo para juzgarle? Estaba aquí sentada en el alfeizar de la ventana por querer cotillear el pequeño nido que habían construido, lo que parecen ser una pareja de golondrinas, cuando de repente la contraventana cayó de golpe y se cerró. Y para colmo, viva mi bendita suerte, el teléfono tenía que estar cargado por haberme tirado la tarde colgada del teléfono por cuestiones de trabajo. Odiaba eso, tenerme que llevar trabajo a casa, pero siempre había algo a medio solucionar. Un informe que no se entregaba a tiempo, un archivo que se perdía en la nube, una reunión que aplazar y otra que concretar…

No podía hacer nada más que esperar a que mí también despistado marido apareciese de recoger al pequeño Nico de natación o que quizá algún vecino curioso vislumbrase que una loca quería tirarse del 6º piso y viniesen los bomberos.

Pero, aun así, estaba tranquila. Esa tranquilidad que podía darte el tener espacio suficiente entre el alfeizar y la contraventana, como para estar sentada con cierta seguridad sin hacer malabarismos para tener una cierta posición de comodidad sin ver mi vida peligrar si no me movía y agitaba en exceso. Peter no debería de tardar mucho. Así que me centré en dejar pasar los minutos.

La brisa corría ligeramente y el atardecer, el cual casi nunca me había parado a contemplar, tenía un rojo brillante y muy particular. No muy a lo lejos, una bandada de estorninos echó a volar repentinamente cuando sonaron varios fuegos de artificio, petardos y similares sonoros, en la calle colindante. Y es que había olvidado que eran las fiestas de ese barrio por estas fechas. Así que desde la ventana podía ver la iluminación de las calles y el alboroto de la gente alternando en los bares. Gracias a que mi edificio se encontraba en una posición perfecta en la zona alta de una calle en cuesta, podía ver desde una posición de ventaja estratégica gran parte de la ciudad y podía ver todo lo que acontecía en gran parte de ese barrio.

Grupos de personas y amigos disfrutaban de una gran variedad de pinchos y raciones, todo ello regado de vino y cerveza. No obstante, aquí nos gusta el buen comer y la tarde y el momento invitaban a ello. No pude parar de reírme, pese a que me puse nerviosa porque había olvidado como estaba, cuando un niño fue a la mesa de los que intuyo serían sus familiares y se escapó corriendo por la calle con un plato lleno de aceitunas

-¡Manuel! ¡Para quieto y trae eso aquí! -Le gritaba una señora la cual parecía ser su madre mientras hacía ademán de levantarse de la mesa e ir detrás de él. - ¡Que traigas eso aquí te digo!

El niño entre risas y carcajadas se alejaba más, hasta que pasó lo que todos esperábamos que ocurriría. El niño tropezó y mandó al garete toda su operación de despiste y sustracción. La madre finalmente se levantó para ir tras él y consolarle ya que de las risas se pasó a los lloros por el golpe o quizá por la pérdida de lo que él consideraba una batalla ganada. Las madres son madres y algunas entienden que no todo debe ser regañar y ella lo debió poner en práctica abrazando a su hijo y dándole lo que le quedaba a ella en su plato de ración.

Sin darme cuenta, la noche había caído ya y el aire pasó de una ligera brisa a ser algo molesto. Me estaba empezando a impacientar. Tenía frío. Estaba incómoda y yo solamente quería volver a mi sofá. Miraba el reloj y lo volvía a mirar y nada. Simplemente nada. Cuando pensaba que solo me quedaría llamar la atención de los transeúntes, con todo lo que ello conllevaba mi héroe y salvador apareció por la puerta de casa.

-Mujer del demonio, ¿quieres matarnos de un disgusto? -Dijo Peter con un nerviosismo aparente mientras me ayudaba a salir del embrollo

Intenté explicarle que yo solo quise acceder al nido que vi y ver a los polluelos y que la ventana se cerró y el pobre Peter, debatiéndose entre echarme la bronca y un sentimiento de culpa se abalanzó sobre mí y sin mediar palabra me apretujó y besó con tanta fuerza que apenas podía respirar. Nico, que parecía parecía ajeno a la situación, puso cara de rechazo cuando su padre y yo nos besamos en una escena un tanto cómica y repentina.

-Mamá, mira que haces cualquier cosa por llamar la atención de papá. -Dijo mientras nosotros nos mirábamos con una sonrisilla cómplice.

-De verdad Clare, me tienes en el bote ya, no necesito estas dosis de recuerdo de todo lo que te quiero y lo que pasaría si ya no te tuviese en mi vida. – Contestó Peter con cara de alivio y algo de condescendencia.

-Mamá, ¿pero se puede saber que hacías ahí subida? -Dijo el niño como si fuese a regañarme…

-Respirar hijo, simplemente, respirar.

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Condición: El relato debe de transcurrir íntegramente en una cocina.


La casita de la luna llena

Y ahí estaba, la última habitación de aquella casa que jamás volvería a ver. El resto de las habitaciones me habían traído muchos recuerdos de todos aquellos años atrás, pero la cocina era, sin lugar a dudas, la habitación más especial de la casa.

Aún recuerdo la primera vez que crucé aquella puerta, tímida y con miedo, esa cristalera con el dibujo de un pequeño colibrí de colores. La abuela ya había entrado y desde la puerta se escuchaba su dulce voz comentar sobre aquellos azulejos de colores.

-Mira que colores y que bien queda con esta luz tan bonita - decía la abuela.

Sin pensarlo más, entró y, por primera vez, pudo ver aquella cocina.

No era la cocina más grande del mundo, aunque tampoco la más pequeña, pero tenía algo que la hacía especial. Papá y mamá habían escogido aquel verde esmeralda que se parecía tanto al color de los ojos de mamá.

No sabía por donde empezar a empaquetar las cosas de aquella cocina, aunque decidí empezar por aquel mueble feo que un día mamá decidió colocar allí. Antes de poner ese mueble, recuerdo el hueco que había y como la abuela aquel día quiso comprar patatas y ponerlas en una caja. La abuela no sabía que con las patatas venía un inquilino. Un pequeño ratón empezó a correr por toda la cocina hasta que papá consiguió atraparle, pero María ya había empezado a llorar, aunque nosotras veíamos la escena, no paramos de reír hasta después de un par de horas.

El mueble tenía pocas cosas que guardar por lo que conseguí cerrar la primera caja. Ahora le tocaba el turno a los otros muebles. En cuanto abrí otra puerta, ahí estaba aquel jamonero viejo, con la madera oscurecida y las tuercas medio oxidadas por el tiempo.

-Hija, pero ¿para que vas a guardar ese jamonero si está roto? – dice mi abuela, mirándome como lo guardaba en una de las cajas.

-¡Aahh! ¡Qué susto me has dado abuela! Este jamonero está viejo y oxidado, pero aún recuerdo aquel jamón tan rico que compraste y cogíamos a escondidas para que no nos regañases.

-¡¿Cómo no queríais que os regañase?! ¡¡Si cogíais el cuchillo tan grande que me daba miedo que os cortaseis un dedo!!

-¡Qué cosas dices abuela! – Digo mientras nos reímos.

-Bueno, venga, que los de la mudanza ya están por aquí. Que vacío está todo, hija. Ya pocos días nos quedan en la casa. – iba diciendo mi abuela, mientras salía de aquella cocina.

Ya habían pasado un par de horas y ya estaban todas las cajas cargadas en el camión y los últimos minutos en nuestra casa estaban llegando a su fin. Pronto vendría su nueva familia a instalarse en el que había sido nuestro hogar. Nuevas historias y nuevos recuerdos se crearían en aquellas paredes.

Y yo, por última vez, como hace quince años entré por primera vez en aquella cocina, quise despedirme de mi hogar. Aquella casita que me vio crecer y soñar. Al bajar la persiana de la cocina, allí estaba ella, la luna, iluminando aquellos muebles verdes por última vez.

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Condición: El relato debe de transcurrir íntegramente en una cocina.


El ABC de los atracos

Alba se asomó al patio interior, mirando en todas direcciones.

—Cierra la ventana, no queremos que nos vean.

—Pues eso estoy comprobando, Carlos, si había alguien cotilleando.

Borja entró en la cocina con los demás tras cerrar la puerta del piso con llave, cerrojo y cadenita. Se paró a examinar el jamón en el jamonero. Carlos, mucho menos calmado, no tuvo más paciencia.

—¿Qué hacemos ahora? El segurata me habrá reconocido.

—De la forma en la que le has abierto la cabeza al pobre, me sorprendería si puede volver a hablar —dijo socarronamente Alba.

—¿Y yo qué sabía que iba a hacerse el héroe? Si se escaquea siempre que puede para ir a tomarse una caña al bar de enfrente.

—Lo que yo sí sé es que estamos con un follón importante y el cabrón este se está comiendo tu jamón.

—A ver —atajó Borja—. No ganamos nada poniéndonos nerviosos. Y qué coño. Está bastante bueno.

—No me vengas con polladas. Hemos atracado la agencia en la que trabajo y seguro que estoy en la lista de sospechosos.

—Bueno, eso siempre, con tu historial…

—¡Cállate, Alba! Joder, ¿es que nadie se lo va a tomar en serio?

—Yo estoy con Borja: el problema lo tenemos igual. Y también tengo hambre.

Alba cogió una nectarina del frutero, un cuchillo del taco de la encimera, y se puso a comer.

—Veamos —recapituló Borja—. Tenemos en el maletero del coche los novecientos mil euros en efectivo del pago del IMSERSO del mes de agosto. Nos da para un chalé en la sierra a cada uno. Lo único que tenemos que hacer es esperar a que amaine el temporal.

—Para algo ha tenido que servir la preparación —relató Alba—. Zapatos más grandes y con plataformas, varias capas de ropa, máscaras, guantes, tres cambios de coche para cruzar Madrid…

—Exacto. Pasamos desapercibidos unos meses y entonces lentamente vamos ingresando el dinero.

—Es fácil para vosotros —añadió un abatido Carlos—. Yo vuelvo a la agencia en cuanto se me acaben las vacaciones.

—Si quieres guardo tu parte —se burló la joven—. Así, si te pillan por matar al de Prosegur, no se pierde tu dinero.

Carlos fue hacia la esquina en la que estaba Alba, pero Borja puso en medio de ellos el cuchillo jamonero.

—Venga, vamos a llevarnos bien. Carlos, puedes pedir la baja por ansiedad un tiempo.

La propuesta pareció gustarle. Se quedó pensativo unos instantes, y finalmente asintió desde una esquina.

—Me parece una buena idea. Pero esta es una bocazas. No me creo que no se vaya a ir de la lengua.

La chica se limpió la boca con el dorso de la mano y miró con cara de malos amigos a Carlos.

—En dos semanas me voy un semestre de Erasmus, ya lo conté, pero estarías distraído mirándome las tetas.

—Alba —medió Borja—. Sí, ella pasará desapercibida una buena temporada. Y yo ya sabes que vivo y trabajo aislado en el monte. Nadie se va a ir de la lengua.

—Bien. Pues hagamos el reparto y no volvamos a vernos más —dijo Carlos.

—Sí. En cuanto a eso… Quiero un porcentaje mayor por la planificación y los materiales —añadió Borja—. La lanza térmica me costó un ojo de la cara.

—No, no, no, no. La lanza la podemos pagar entre todos —propuso Carlos—, pero no te vas a llevar un pellizco mayor por preparar nada.

—Te sigo recordando que tú el lunes que viene tienes que ir a fichar en la agencia, no te sale a cuenta discutir.

—Y por eso la atracamos, que la información la pasé yo. Si quieres escatima a la idiota esta, pero a mí no.

—Uo uo uo. Los coches los conseguí yo, si no pueden relacionar sus matrículas con nosotros es gracias a mí. Merezco mi parte como los demás, y a quien tenga un problema le corto como si fuese una nectarina.

A Carlos no le hizo ninguna gracia tener a un atracador con un cuchillo jamonero a su izquierda y a una atracadora con un cuchillo de cocina a su derecha, pero tampoco le gustó verse relegado al rincón de la amasadora, sin más herramientas a mano para defenderse que un rodillo de cocina.

—A ver, a ver. Se está yendo de madre esto. Pensemos.

—Déjalo ya, Borja, que esto no es La Casa de Papel y tú no eres el puto Profesor —añadió mosqueada Alba.

—¿Pero —exclamó Carlos—, de qué hablas tú ahora?

—Que esto es solo un mexican standoff en La Latina, lo cual ahora que me doy cuenta me parece perfectamente apropiado —dijo riéndose.

—¿Quieres dejar de decir gilipolleces, cría de mierda?

—Para gilipollas el tío que se trae un rodillo de amasar a un duelo a muerte con cuchillos —remató Alba riéndose cada vez más fuerte.

—Te está provocando para quitarte de en medio. No piques.

—No, no —dijo Alba ofendida—. El que ha empezado a exigir más del reparto eres tú, el más interesado en que nos matemos eres tú. Si tengo que pinchar a alguien, quizás sea a ti.

Carlos no sabía si dejarse llevar por la rabia o por la avaricia. Alba no tenía claro si quería defenderse de una agresión o proteger su dinero. Borja aparentaba estar totalmente tranquilo, por lo que decidió dar el primer paso.

Blandió el jamonero como si fuese una catana, pero no era una espada samurái que cortase el viento así que no partió a Carlos por la mitad, solamente le hizo un profundo corte en el costado. Alba vio su oportunidad y la aprovechó, abalanzándose sobre Borja y clavándole el cuchillo en el cuello; pero no pudo evitar el duro golpe de rodillo en la cabeza.

En diez segundos, los tres atracadores estaban en el suelo, cogiéndose de sus heridas y sangrando profusamente.

Alba se reía como si le acabaran de explicar la broma más graciosa del mundo.

—Verás la cara de quien tenga que fregar esta cocina.

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Condición: El relato debe de transcurrir íntegramente en una cocina.


El tamaño no importa

Me estaba preparando en la cocina un bol de cereales Special K, los mejores, nada puede superarlos ahora que están a un 20% de descuento. Mientras echaba la leche, recordaba como los compré en el super. Me encontré con una gitana al salir, que me empezó a mirar sobresaltada.

Ya me lo esperaba, seguro que quería que le comprara romero. Pero no, lo que empezó a decir con los ojos moviéndose hacia dentro adoptando una tez blanquecina, fue lo siguiente.

—¡Esa caja está maldita! ¡No la toques! ¡No te la lleves! Toma, te vendo este amuleto de la buena suerte, te evitará grandes males.

Le saqué un corte de manga, a mí no me iba a estafar la vieja esta. No sabía muy bien porque estaba recordando ese evento de ayer mientras preparaba los cereales, pero muy pronto los azares del destino no tardarían en mostrarme la respuesta.

Cuando terminé con el cuenco hasta arriba de cereales y leche, le di mi primera mordida a la cucharada que me metí entre dientes.

De repente, algo extraño pasaba. El cuerpo empezaba a dolerme mucho, notaba como tenía muchos sudores fríos. Pero si ya hacía tiempo que me puse la vacuna, no podía tener efectos secundarios ahora. ¿O tal vez sí?

Ya no podía pensar con claridad, la cabeza me daba vueltas, y, de repente, me desmayé. Cuando me desperté, no podía creerlo, estaba en medio de la nada.

Estaba en una especie de cuadrado gigantesco, y en techo estaba tan alto que apenas llegaba a ver dónde estaba. Ya no sentía ningún dolor, y estaba ahí de pie, como si de un sueño se tratara.

Traté de averiguar dónde estaba, no tenía ni el móvil ni la cartera encima, estaba en pijama todavía y descalzo. De repente me fijo en lo parecen edificios enormes, pero eso. No, no puede ser…

¡Era el frigorífico! ¡Y la encimera! ¡He encogido! ¡Ahora parezco David el gnomo!

¿Con que me evitaría grandes problemas, eh? A esto se refería esa hija de puta. Escucho grandes pasos acercándose. Oh, es mi gato Tom, el podría sacarme de aquí y llevarme ante alguien que me ayude.

Espera, Tom. ¿Porqué me miras así? ¡No! ¡Nooo!

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Un día más

Al despertar preparo dos tazas de café, tostadas y saco la mantequilla del refrigerador. Un desayuno sencillo y con poco sabor. Cruzo una mirada simple con mi pareja que alguna vez fue apasionada. Observo como muerde la tostada de forma tímida y da un sorbo de café. El olor de su aliento se mezcla con el aroma del café, es probable que haya estado fumando durante la noche. Los últimos fragmentos de café y cigarrillos se esfuman con el golpe de la puerta al salir de casa, cuando el romanticismo se convierte en rutina y das por sentado que las cosas se mantendrán iguales, congeladas en el tiempo, no es necesario despedirse de alguien. El tiempo puede matar la más bella de las historias y convertirla en algo soso y descafeinado.

Tan solo va a pasar un día más, otro ciclo de tareas del hogar. Mientras paso el aspirador por la cocina de casa puedo rememorar algunos momentos mejores, duran un instante en mi memoria, como las migas del desayuno se desvanecen. Una foto de mi época universitaria sujeta al refrigerador por un imán. Elegí la titulación que me sonaba mejor, aún puedo escuchar la voz de mi padre: “Elige lo que quieras, pero tienes que estudiar, si estudias todo irá bien”. Cuando escuchas estas palabras, a menudo la persona que las pronuncia utiliza el término bien como sinónimo de aburrido, si sigues el camino construido sin más, nada estará bien, todo será aburrido.

Guardo el aspirador y me dirijo a pelar patatas, prepararé un guiso para cenar. Al abrir el cajón donde guardo los cuchillos puedo ver ese abre botellas que compramos en aquel viaje a Madrid. “Por ver el mundo contigo” me dijo, pero nunca lo vimos. Me gustaría poder culpar a mi amor de esta desdicha, de este ciclo de aburrimiento que te mata lentamente, pero esta no es una historia de mentirosos y embusteras, no es una tragedia romántica, tan solo es un día más. Mi pareja se encuentra en estos momentos rellenando filas de una hoja de cálculo, en un ordenador gris en su escritorio marrón. El trabajo es tan monótono que no puedes ni odiarlo, parecen estar diseñados para congelar las emociones, para realizarlo con el único pensamiento de que pase un día más.

Cojo el cesto de la ropa sucia de un pequeño armario que contiene productos de limpieza, la lavadora está a tan solo unos pasos de mí. Cojo la ropa sucia de ambos y la pongo dentro mezclada, la separo por colores por un mero hábito, pues en realidad no es necesario con nuestro detergente, pero cuando estás viviendo un día más no es necesario reaccionar, pensar podría romper el aburrimiento. Las camisas y los calcetines me hacen recordar navidades y cumpleaños, el ciclo de monotonía se propaga incluso a días especiales, un envoltorio cuadrado significa una camisa y uno pequeño ropa interior.

El tiempo pasa rápido cuando te concentras en un día más, unas pocas tareas son suficientes para que las horas vuelen, es una recompensa, como el premio al terminar el nivel de un videojuego. La cena está lista y la colada tendida, todo terminado entre cuatro paredes de una habitación que sólo abandono para llenar un cesto de la compra. Ahora me mantengo sobre una de las sillas que usamos para desayunar, esperando escuchar el sonido de las llaves que anuncie le llegada de mi amor. Deseando escuchar de sus labios una historia de infidelidad, un relato de su despido o sorprenderme con un ladrón que le ha robado las llaves. Deseando escuchar cualquier cosa por terrible que sea para romper mi prisión de aburrimiento. Aunque se que nos sentaremos a cenar y habrá pasado por fin un día más.

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Con las manos en la masa

—Sé que es un topicazo, pero la clave para preparar un buen plato es ponerle cariño. Por ejemplo, estas verduras. Podría cortarlas de cualquier manera, pero hay que saber hacerlo con el grosor adecuado, aunque tardes un poco más. Así, ¿ves? Lo justo para que después pochen bien. Vaya, me encanta cómo corta este cuchillo. Afilado y bien equilibrado, como debe ser.

»A la sartén. Ahora voy a picar la cebolla… Hablando de cebolla, la gran pregunta: ¿eres cebollista o sincebollista? Ah, veo que eres de los míos, una tortilla de patatas en condiciones debe llevarla; punto para ti. Bien picadita, que no sientas que está ahí pero que se note su toque de sabor; lo que te decía del cariño, ¿recuerdas?

»¿Qué más, qué más…? Ah, sí, el vino. Veamos… vaya, no hay tinto, tendré que echar este blanco. No me gusta desperdiciar un vino de cuarenta euros la botella para guisar, pero qué remedio… Medio vaso, y a dejar que poche. Y ahora que tenemos algo de tiempo, querido Roberto, hablemos de negocios. Canales, quítale la mordaza. ¿Dónde tienes el libro que me robaste? Mis hombres han registrado toda tu casa y no lo han encontrado. No, por favor, no insultes mi inteligencia. Sé que fuiste tú, no tengas la desfachatez de negármelo a la cara.

»Te diré, Roberto, lo que vamos a hacer. Vas a responder con toda sinceridad a lo que te he preguntado, o de lo contrario mis hombres van a subir a la habitación de tu pequeña Claudia, me van a traer sus deditos y os los voy a servir a ti y a tu encantadora esposa, aquí presente, acompañados de la salsa que tengo en el fuego. Y me aseguraré de que hasta mojéis pan y no dejéis más que los huesitos. Conque, ¿qué va a ser? Bien, sabía que serías razonable. Así que un trastero de alquiler, muy astuto por tu parte. Reyes, Yáñez, id a esa dirección y llamadme tanto si encontráis el libro como si no está allí.

»Bueno, sólo queda esperar, y con tanto cocinar y hablar de comida, me ha entrado hambre. Voy a prepararme ese chuletón que he visto antes en tu nevera. No te importa, ¿verdad? Sí, ya sabía yo que no, por eso lo saqué antes para que se fuera atemperando; la carne no queda igual si la pasas directamente del frigorífico al fuego. Así, un poco por este lado… y enseguida le damos la vuelta, personalmente la carne me gusta poco hecha. Un poco de sal, y al plato. Disculpad que me siente a comer con vosotros y no os ofrezca, pero no quisiera que se os quitara el hambre, ya sabéis, por si luego tenéis carne en salsa en el menú. Mmmm, delicioso. Mis felicitaciones a tu carnicero.

»¿Sí? Yáñez, cuéntame. ¿Ya lo tenéis? ¿Ningún inconveniente? Bien, volved a casa de Roberto. Hasta ahora.

»Asunto resuelto, me alegro de que no hayas intentado ningún jueguecito. Las manitas de tu hija están a salvo. Pero, como comprenderás, no puedo dejar que te vayas de rositas después de haberme robado. En algunos países, a los ladrones les cortan las manos. No, no, tranquilidad, no voy a ser tan radical: sólo serán un par de dedos. Para que cada vez que te mires la mano recuerdes tus malas decisiones. Peeero, alguien se los va a comer, o tú o tu mujer. Tú decides quién va a pasar el mal trago en lo que termino de hacer la salsa; te aseguro que va a quedarme para chuparse los dedos.

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Interludio.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Naranja

Con apenas levantarme de la cama, ya podía verle desde ahí llegar a su casa. Entra por la puerta cabizbajo, eso significa que su cita nocturna no salió bien… Otra vez.

John, tu vida es un desastre, yo soy lo único que le da sentido, lástima que no te hayas dado cuenta aún. Está llorando de manera patética en la cama, a su edad debería afrontar las cosas echándole más cara, como yo.

Al día siguiente, veo como intenta olvidar sus penurias sacando a su estúpido perro, un cachorro labrador que no para de babear todo lo que ve y se queda con cara de gilipollas mirando con la lengua fuera esperando aprobación, bah.

¿Y yo qué, John? Siempre he estado ahí para ti, yo debería ser lo único que deberías adorar en esta vida, reconócelo, soy lo mejor que te ha podido pasar, pero claro, tú no puedes entenderme a pesar de lo mucho que intento llamar tu atención.

Es cierto, tengo una panza algo ancha, pero con lo que como es normal. Pero no eres nadie para juzgar eso, tú misión es servirme como la servidumbre que eres.

Espera. ¿Qué es eso que traes ahí? No sólo has vuelto con esa desgracia con pulgas, sino que además llevas una bolsa. Tengo tal emoción ahora mismo si es lo que creo que es, que estoy viendo cómo lo sacas de la bolsa a cámara lenta.

—Deja de mirarme de esa forma. En cinco minutos tendrás lista la lasaña, Garfield.

Oh, como te quiero John, retiro todas las palabras de antes. Menos lo del perro.

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Interludio.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


El algoritmo

Los humanos tenemos una gran habilidad para saber cuando alguien nos está siguiendo. Milenios de evolución han programado nuestro cerebro de mono para reconocer una cara en la multitud, para diferenciar las pisadas de la gente a tu alrededor y para captar, subconscientemente, que hay un depredador observándote entre la hierba.

Por otro lado, nadie mira hacia atrás. Si sigues a una persona con la distancia justa para que no escuche tus pasos, puedes dedicarte a esto durante horas sin que nadie se dé cuenta.

La víctima de hoy es uno de mis clientes favoritos. Guillermo V. B.: varón, treinta y ocho años, soltero, acaudalado y con solo el más leve autocontrol en sus compras. Está caminando por Gran Vía, rumbo al nuevo bar de moda. Le veo pararse, mirar con curiosidad un escaparate y seguir su camino.

No pierdo el tiempo y logueo la parada en su perfil. El Algoritmo añadirá el dato a sus cálculo y, si le parece conveniente, Guillermo empezará a ver anuncios de esta tienda concreta. Guillermo es una ballena: sus gastos son mayores que los del noventa por ciento de los usuarios del Algoritmo, juntos. Es un cliente tan valioso que merece tener soporte personalizado, y un servicio completamente afinado a su día a día. Es decir; me tiene a mí.

Las luces de la calle luchan por tapar al tenue sol, añadiendo tonos azules y rojos a la calle. Guillermo sale a una calle lateral, y le sigo diez pasos más tarde. La multitud ha desaparecido, y la calle está vacía entre los dos. No hay nada de qué preocuparse: está mirando direcciones en su móvil y no volteará la cabeza en ningún momento.

Cuando llegamos al bar las calles son oscuras, el poco sol que queda es bloqueado por los edificios, y una música suave sale del establecimiento. La víctima entra y, cuando la puerta se cierra tras él, corro y recorto toda la distancia que nos separa. Este es el momento en el que más riesgos tengo de ser reconocido. Si la víctima se sienta antes que tú se quedará mirando a la puerta, esperando a sus amigos, y te verá la cara. No es un problema la primera vez, pero solo puedes mostrar tu cara dos, puede que tres veces, antes de que su cerebro de mono deduzca patrones y se acerque, con la temida pregunta de «eh, ¿nos conocemos de algo?».

No, el momento más seguro es unos pocos segundos después de que entre al bar, cuando está distraído dirigiéndose a su mesa. Me pego a su espalda y le adelanto, sentándome al final del local. Guillermo se sienta en una mesa del medio, con la espalda vuelta hacia mí y la mirada hacia la puerta.

Si el Algoritmo ha podido seguir mis instrucciones, sus amigos estarán distraídos y llegarán tarde a la cita. En su lugar, otra de mis víctimas debería hacer acto de presencia: Julián C. M., varón, soltero, cuarenta y dos años. No tan rico como Guillermo, pero con hobbies muy concretos en los que no tiene problemas en gastar gran parte de su sueldo.

Con una sincronización perfecta, Julián entra en el bar apenas tres minutos después que nosotros. Se acerca a la barra, pide su cerveza y se sienta espalda con espalda con Guillermo. Me doy la vuelta con disimulo, dándoles mi nuca. Una canción de los ochenta suena mientras el camarero termina el cubata de Guillermo y sirve la cerveza de Julián. Y después, con un despiste muy fácilmente esperable si tenemos en cuenta que le he pagado, lía las órdenes y las intercambia.

Ambos se dan cuenta del error, hablan a la vez, se miran, se ríen. Se cambian las bebidas, Guillermo reconoce al grupo en la camiseta de Julián. Uno se sienta en la mesa del otro, ya sin interés en que vengan sus amigos. Hablan, se ríen otra vez y recuerdan que no se han presentado.

Pago mi cuenta y me voy, echando una fugaz mirada al trabajo de hoy. Están concentrados en su conversación y apenas hay riesgo de que me dediquen media mirada. Esta noche se empezarán a conocer, se harán tilín y en unos días empezarán a salir. El Algoritmo indica que son perfectos el uno para el otro. Se casarán, adoptarán un par de críos y tendrán una vida feliz.

Y, mientras tanto, el gasto conjunto de la pareja será mucho mayor que lo que podrían pagar por separado. Los anuncios pasarán a ser de parejas y esto abrirá todo un nuevo mercado. Cuando tengan un hijo, el gasto alcanzará el mayor pico posible de beneficio para el Algoritmo.

Cuando sean viejos y arrugados, dirán entre risas que se conocieron de casualidad, porque un camarero confundió sus bebidas.

Sonrío para mí mientras me voy por las calles demasiado iluminadas de Madrid. No existen las casualidades. Solo existo yo.

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