II Torneo de minirelatos pacotero - Hilo de relatos (no comentar)

Repesca.
Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Piquito de oro

Otra vez la misma rutina de siempre. De nuevo los compañeros que no se enteran de nada a pesar de que todo se explicó detalladamente en la reunión. Volvemos a estar desactualizados con las herramientas que nos han proporcionado, por detrás del resto de empresas más punteras del sector.

Somos el hazmerreír, me avergüenzo de estar en esta empresa, pero por desgracia no puedo aspirar a algo mejor con los conocimientos que poseo. En fin, parece que estaré atascado aquí una buena temporada, voy a comprarle unas botellas a un vendedor ambulante, mi mujer no se fía, así que me las ventilaré en un santiamén en la vera del río yo solo… Eran ya las doce de la noche, y no tenía ganas de cenar, solo de beber hasta el amanecer.

Ups, litros y litros ya acabados, creo que me he pasado. Ay, ay; ya empiezo a notarme como se me sube del todo, la cabeza me da vueltas, será mejor que me siente. Ahí viene otro tipo borracho, más que yo parece, no puede llevar bien el paso. Ay, voy a esperar un rato a ver si se me baja.

Ese de ahí, una de dos. O tiene menos aguante que yo, o se ha metido más alcohol en vena, acaba de caer rendido al suelo. En fin, al menos me queda una vista bonita, puedo ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua. Este césped tan fresco me reconforta, no será una cama de un hotel de lujo, pero ya es mejor que el último bloque de cemento donde me tiré la última vez que me emborraché.

Unas burbujas en el agua empezaron a llamarme la atención, ¿será algún escape subterráneo? Estaba equivocado, enseguida una especie de bolita negra apareció donde estaban las burbujas. ¿Es un pez muerto? Me habría gustado haberme acercado más para comprobarlo, pero estaba demasiado beodo como para levantarme de la hierba sobre la que estaba.

La cabeza asomó un poco más, y se veía un ojo enorme. Era de color amarillo, con una pupila oblicua y de color negro. No sé mucho de peces, ese debía de ser uno enorme, ¿un esturión quizás?

Pronto mis dudas se disiparon, porque, en el momento que la cabeza emergió de las aguas, pude comprobar que de pez nada, oiga. Un enorme pico de color negro con rayas rojas al estilo de un tucán, y del tamaño de un coche. Estaba atónito, mis ojos no podían creer lo que estaba viendo. Decidí hacer un esfuerzo, acercarme al agua y lavarme la cara para tratar de espabilarme, lo que estaba viendo no era real, ¡no podía serlo!

Pero no, la enorme cabeza de pájaro seguía ahí. De repente, el gran pico se abrió y soltó un enorme graznido. Sonaba como el grito de una señora mayor que se asusta al ver una cucaracha, mezclado con el sonido vibratorio de un didyeridú. Me es difícil de explicar cómo sonaba, jamás había escuchado nada igual. Pero puedo asegurar que no era nada agradable, el corazón me latía a mil, ya no estaba seguro de si aquello era real o no.

Empecé a gritar, pidiendo ayuda desesperadamente, pero nadie venía. Me callé, porque caí en la cuenta de que si seguía gritando podría venir a por mí. La cabeza empezó a emerger aún más del agua, esta vez dejando entrever un enorme cuello, como el de un avestruz, pero muchísimo más grande.

Estaba entrándome tanto miedo, que no podía moverme de aquel sitio. Empezó a entrarme hipo, maldije haberme emborrachado en aquel momento, ya que el pájaro se quedó quieto un momento, y su pupila se dirigió hacia donde yo estaba. Lo que no habrían provocado mis alaridos anteriores, lo iba a provocar un simple hipo, maldigo mi suerte.

La cabeza del pájaro descendió lentamente ante mí, de lado, moviéndose como un robot. Entonces erizó las plumas de la cabeza, su ojo clavaba la mirada en mí de una forma casi diabólica, jamás olvidaré una mirada como esa en toda mi vida. Pensé que sería mi fin, pero pronto dejé de llamarle la atención. Y su mirada se dirigió hacia el tipo que estaba tirado a unos cuantos metros de mí.

Salió del agua, su cuerpo era como el de un kiwi, pero de color negro, con plumas muy primitivas y feas, casi parecían pelos de hippy. Sus patas eran enormes, del tamaño de un gran sofá, de color amarillo chillón y garras punzantes de color rojo carmesí. Con esas mismas garras, las uso para clavarlas en el hombre, el pobre diablo no tuvo tiempo ni de percatarse que estaba pasando antes de morir en el acto.

Nada más que puso una pata encima suya, varias tripas saltaron del impacto. El pájaro miró con la cabeza ambos lados, como si estuviera vigilante ante quien quisiera quitarle su presa. Empezó a desgarrar la carne del cuerpo mientras lo sujetaba con la pata. Primero los intestinos, se los tragó cual espagueti.

Volvió a mirar a ambos lados repitiendo la acción anterior, y esta vez fue a arrancar la cabeza mientras se la tragaba como cuando un loro se traga un fruto seco. Era demasiado para mí, me estaban entrando náuseas y empecé a vomitar ahí mismo. La peste a alcohol estaba por todo el césped, pero ya estaba mejor gracias a eso, así que me levanté y fui corriendo a casa.

Mi mujer ya estaba dormida, me metí en la cama con la esperanza de que todo aquello hubiera sido una pesadilla, aunque en mi interior me parecía demasiado real para ser producido por el alcohol. ¿Ese vendedor extraño me echó droga? Mañana era sábado, así que podría descansar y olvidar tan mala noche que había tenido.

Al día siguiente, el timbre de la puerta me despertó. Eran una pareja de policías, un hombre fornido, moreno, y una mujer bajita y rubia. Me dijeron que debía acompañarlos esposado, estaba acusado de asesinar presuntamente un cadáver que estaba descuartizado cerca del río.

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Resacón en Caná

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un reino de fantasía que nunca existió, Israel, se celebraba una boda en la que los novios no tuvieron en cuenta la alta capacidad etílica de los invitados. Debido a su falta de planificación, en mitad del convite se quedaron sin vino que servirles, lo cual afectaría las cantidades del protocolario sobre con denarios.

—Marido, debemos buscar una solución —dijo la recién casada.

—Calla. ¿En qué siglo crees que estamos? Vuelve a la cocina, yo me ocuparé —respondió el recién casado.

Se dirigió hacia su padre Yôsef y le comentó el problema de la bebida. Este, un borracho desde que su amada mujer le puso los cuernos hace tres décadas, le prometió que lo solucionaría, pues una boda sin vino era como un pene con prepucio y no se podía permitir la familia una deshonra de ese calibre.

Yôsef consideró sus opciones. Podría comprar más vino, pero sus talentos no llegaban a tanto. Podría alargar el vino con agua, pero su hígado no merecía ese respiro. Podría robar más vino, pero su estado de embriaguez no auguraba un éxito en ese cometido. Ah, pero sí podía pedir que alguien lo robase por él, y así lo hizo.

—Maryam —dijo a su esposa—, ¿sigue por aquí el niño? Necesito que le pidas una cosa.

—Está allí, en el gazebo, con sus amigotes. ¿Qué necesitas? —respondió la solícita Maryam.

Yôsef puso al día de la situación a su señora, que fue a hablar con su hijo mayor.

—Yeshua, los novios se han quedado sin vino.

—Mujer —contestó el joven—, ¿y a mí qué más me da? Solamente he venido por las hermanas de la novia.

—Veeeenga, que es la boda de tu hermano. Consíguenos vino y te pago el viaje a Yerushalayim que tienes pensado hacer con tus compañeros para las vacaciones de Pascua.

Era una oferta que no podía rechazar. Aceptó el trato y se puso manos a la obra. Su madre, prefiriendo no saber nada de lo que tenía en mente su primogénito, se alejó del gazebo y dijo a los sirvientes del banquete:

—Haced lo que sea que os pida.

Se miraron extrañados, preguntándose quién sería esa señora, pero se acercaron al grupo de jóvenes. Igual les caía una propina.

—Genial, genial —dijo Yeshua cuando llegaron—. Hacedme un favor, llenad estas seis jarras con agua.

Como el rol de aguador entraba en sus tareas habituales, los trabajadores se encogieron de hombros y procedieron a llenarlas.

En cuanto estuvieron repletas, el grupo de Yeshua cogió cada una de ellas entre dos, y le siguieron hasta el otro lado de la finca de la boda, donde se estaba celebrando un bar mitzvah.

—¡Hola! —saludó al portero—. Venimos a traer el agua para el lavado de manos y pies.

Como en Palestina ni existía entonces ni existe ahora el agua corriente, al vigilante le encajó y les permitió el paso, sin saber que su objetivo era ir a las bodegas y pegar un cambiazo de agua por vino. Con el nuevo contenido en su poder, volvieron a la boda y le entregaron el cargamento al novio.

—Menudo perro judío estás hecho, hermano —le dijo entre risas cuando le explicaron la hazaña.

—Pues verás cuando te enseñe el truco de los panes y los peces en el que he estado trabajando —le contestó Yeshua.

La situación estaba salvada, y resultó que el vino era de una gran calidad. Porque Yeshua sería un timador, pero no un tonto. Tanta categoría tenía la bebida, que el padre de la novia se acercó al recién casado y le dijo:

—Vaya, todo el mundo sirve primero la bebida buena, y después, cuando ya está la gente borracha, saca el garrafón. Pero tú has dejado el vino bueno para el final. Eres un poco tonto, pero está realmente cojonudo, te felicito.

Y se fue a seguir con sus asuntos, dejando al novio avergonzado. Yeshua, habiendo presenciado la escena y un poco apenado por el corte que le había hecho ese cerdo, intentó animarlo un poco.

—Bueno, no te preocupes, siempre nos podemos inventar lo que ha pasado para no quedar mal cuando la gente pregunte. A mi amigo Yohanan seguro que se le ocurre una buena milonga en cuanto tenga una revelación.

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Vera usted

Déjeme que le cuente. Estaba yo paseando por la calle Paz cuando vi que el nuevo restaurante japonés del barrio, el Kojima, estaba de inauguración. Parece ser que ofrecían unos pinchos gratis para promocionar el local. Decidí entrar a cenar algo, pues estaba canino de no haber probado bocado en toda la tarde. El sitio estaba hasta la bandera, y a las bandejas de sushi las habían dejado temblando. Solo quedaba lo que tenía más pinta de pescado crudo. Di buena cuenta de ello, pues soy de buen comer y no le hago ascos a nada. Bueno, a casi nada, pues el sake que acompañaba las bandejas de sushi no quise ni probarlo, y esto quiero remarcarlo. La cuestión es que debió de verme el dueño ahí, fervientemente afanado con el sushi, que se acercó a mí, probablemente con la intención de preguntarme si le gustaba su cocina, o quizás de invitarme a platos más suculentos. Me lanzó un par de piropos en japonés y me hizo señas para que le siguiese, de seguro que para poder comentarme sus secretos culinarios en privado. Íbamos por un pasillo y entonces fue cuando vi hombre en cuestión, en concreto a través de una ventana lateral del pasillo. Una ventana bastante sucia, todo sea dicho, por lo que no pude evitar cuestionar la salubridad del restaurante. Yo no le recomiendo ir.

El asunto, y perdónenme por la digresión, es que vi a un hombre muy misterioso. Y dirá, ¿cómo sabía usted que era misterioso? Pues porque era más joven que yo y llevaba sombrero. Estamos en pleno siglo veintiuno, y nadie que no esté cubriendo canas lleva ya sombrero, ¿sabe? Me picaba mucho la curiosidad, así qué, deshaciéndome en excusas por no poder quedarme al coloquio culinario, salí corriendo a través del pasillo y, confieso, tiré un par de jarrones por el camino. Eso sí, de mal gusto. Encontré una puerta a la calle, e intercepté al hombre cuando se disponía a entrar en un local para mí desconocido. Le di los buenos días, pues es de buena educación, y le pregunté de forma aún más cortés que por qué llevaba sombrero, intercalando un par de por favores y gracias por si las moscas. El paisano, muy amable y servicial, me confesó entre susurros que llevaba un enanito escondido debajo, y que si le acompañaba dentro me lo enseñaría. Me disponía a declinar su oferta, pues ya había satisfecho mi curiosidad, cuando observé por el rabillo del ojo a mi admirador, el dueño del Kojima. Se acercaba a mí con claras intenciones de entablar un coloquio culinario, pues portaba una sartén de grandes dimensiones en una mano. Tras ver la ventana en tal repulsivo aspecto había decidido rehuir aquella pocilga, por lo que decidí aceptar de buen grado la oferta de aquel buen hombre y entré en el garito.

El bar se parecía por la decoración al Gandul, pero con una barra estilo Porrón y la música más tipo Trébol o Aluvión, no sé si conoce. No es que frecuente esos bares, pero ya sabe, uno ve cosas a lo largo de su vida. El hombre me llevó a través de una marea de hombres inusualmente pegajosos hasta la barra. Me ofreció un whisky bastante malo, la verdad, pero ni lo probé, ¡eh! Ni una gota. Bueno, pues un rato después el tipo debió de coger confianza que me invitó a un reservado. No tenía nada que perder, y ya que me había quedado tanto tiempo, quería ver al enanito. Pues una vez dentro del reservado, y para mi sorpresa, el paisano se sacó una jeringuilla del bolsillo y se pinchó lo que sea que fuese su contenido en pleno brazo. Me ofreció otra jeringuilla de colegas, pero eso sí que ni de coña. Y va y luego se empieza a desnudar, sombrero incluido. Era todo muy turbio, si quiere mi opinión, y de enanitos ni rastro. Tuve entonces una corazonada, pues ya soy perro viejo, de que el paisano ese era un desviado y me había llevado allí a drogarnos y hacer cochinadas. Pensé en largarme de allí, que tengo mucho aprecio por mi trasero, pero va el tipo ese y de repente se desmaya. Joder, menudo marrón, pensé. ¿Qué hago yo ahora con un tío inconsciente desnudo? Pues soy buena persona, ¿sabe?, no podía dejarlo allí. Así que lo arrastré como pude hasta la salida de emergencia. Había policía fuera, de palique con el dueño del Kojima, y pensé que estando yo arrastrando a un tipo drogado, desnudo e inconsciente, aún iba a haber algún malentendido. Así que busqué un coche para llevarlo al hospital sin llamar la atención. Siendo noche cerrada, pensé, pues uno negro que se camufla mejor, y de maletero grande para esconder bien al desviado sin que se viese por fuera. Y entonces vi el coche perfecto, aparcado enfrente de la funeraria. Lo forcé, lo confieso, pero era una emergencia, así que no creo que sea delito. Pues no flipo entonces yo con el maldito coche cuando abro la puerta y descubro que es inglés, con el volante cambiado ¿A quién se le ocurre, con la de buenos coches que hay en España? La cuestión es que no tengo ni idea de conducir coches británicos. Lo único que sé es que va todo al revés. Lo peor de conducirlo era pues el tener que ir esquivando los coches que me venían de frente. Y en una de esas, mal que me pese, me salí de la carretera y me choqué con esta parada de autobús. Y esa es toda la respuesta, señor policía, a su pregunta de por qué estaba conduciendo un coche fúnebre robado con cadáver incluido en dirección contraria por la carretera. Le aseguro que el hombre que está dentro del ataúd no está muerto, que yo no estoy borracho y que puede usted ahorrarse esa prueba de alcoholemia, que le aseguro va a dar negativo.

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


El principio del fin

–Por dios, mi cabeza…

Desperté con los rayos de sol pegándome en la cara. Me hallaba tumbado en un suelo desconocido, al lado de una cama donde debajo de ella se podían apreciar motas de polvo tan grandes que parecía ratas (o al menos esperaba que solo fuera polvo) y mi única vestimenta mis vaqueros pitillos. Podían pasar días, estaciones y no había ningún desgaste aparente a pesar del inexorable paso del tiempo, ahí seguían manteniendo el tipo, como la zorra de mi madre, cómo mantiene el tipo la jodida.

–¿Se puede saber dónde estoy?

Me intenté incorporar. Lo que para una persona normal le costaría 3 segundos, a mí me costó dos minutos de reloj. Después de superar este desafío titánico, pude comprobar que estaba en una habitación de hotel. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Dónde estoy exactamente? ¿Por qué no llevo camisa, y ya que estamos, calzoncillos? Mientras estaba haciéndome estas cuestiones con una cara pensativa tipo sherlock holmes y con mi mano derecha en la boca simulando que me fumaba una pipa (lo cual, pese a que me hayan repetido en reiteradas ocasiones que parezco un discapacitado yo lo encuentro de lo más útil) algo entro en mi campo de visión que me hizo olvidar todas estas preguntas banales. Ahí estaba mi petaca, encima de la cómoda, abierta y con manchas de pintalabios.

–¿Qué clase de so cerda ha osado beber de mi Clara?

Después de limpiarla gentilmente fui al baño a enjuagarme la boca con la diferencia de que usé a Clara en vez de agua y en vez de escupirlo me lo tragaba. Después de repetir este proceso cinco veces, a la sexta me percaté que detrás de las cortinas de la ducha había alguien dormido. Metí a Clara en el bolsillo de atrás de mi pantalón y cogí el cepillo de dientes como arma.

–Sal de ahí seas quien seas. Tengo un arma y como esté igual de sucio que el suelo no va a haber medicamento que te salve.

Me moví ligero como un gato. Una vez en frente de la bañera deslicé raudo la cortina y mis ojos no daban crédito. Era mi amigo Matt.

–¿Matt? ¿Qué haces tú aquí?

–¿A ti qué coño te parece? Estaba durmiendo hasta que has empezado a pegar esos chillidos. Ayúdame a salir de aquí.

Solté el cepillo de dientes que aún tenía en la mano y lo saqué de ahí.

–Tienes suerte --le dije–. Si no llego a parar mi ataque a tiempo, ahora mismo estarías convulsionando en el suelo.

–Por favor, cada paso que das haces que retumbe el suelo, sin mencionar la de cosas que has tirado. –Matt dijo eso mientras señalaba el suelo lleno de jabones y toallas que acababa de tirar. –Además –añadió–, no sé qué ibas a hacer con un cepillo de dientes.

–Tú no has visto debajo de la cama –le respondí con cara preocupada.

No lo vi venir, me arreó tal bofetón que me dejó temblando los dientes.

–¿Pero cómo osa…?.

–Menuda noche la de ayer –me interrumpió a mita de frase mientras me salía una lagrimilla. Nos encontrábamos de nuevo en el cuarto–. Imagino que no te acordarás de mucho después del pedal que cogiste.

–Habló el de la bañera.

–A callar. Y bien ¿qué pasó después de que me fuera? ¿Qué tal con esa chica? Y ni se te ocurra ponerme esa cara de subnormal cuando piensas que te va otra.

Dicho esto paré mi mano que iba directo a mi boca e intenté recordar la noche anterior sin hacer mi pose de pensar, lo cual me costó horrores. Recuerdo que estábamos en el bar del hotel bebiendo, se acercaron unas chicas, charlamos y luego… negro. Le expliqué lo que recordaba y mi despertar hasta nuestro encuentro.

–Así que no recuerdas nada… --dijo Matt.

–¿Acaso no has escuchado que han mancillado a Clara? –le insistí.

–No pasa nada –dijo como si no hubiera oído lo que acababa de decir–. Tengo vídeos en mi teléfono, el cual no sé dónde coño está la verdad. Hazme el favor y coge el teléfono de la habitación para llamar a mi teléfono, el número es… ¿Qué haces tecleando si ni siquiera he empezado?

–¿Recepción?—dije mientras pegaba un trago de Clara–. El cuarto que se nos ha dado está hecho una pocilga… Sí, como lo oye usted. No han limpiado debajo de la cama lo cual demuestra la falta de profesionalidad por su parte. Exijo la intervención de una persona instruida en la limpieza ipso facto y debido a esta conmoción desearía una botella de bourbon a cuenta de la casa, que Clara se está quedando vacía. –Colgué al instante. —Asunto zanjado, ¿Qué me estabas comentando?

Antes de que Matt me alcanzara con sus enormes manos conseguí zafarme de él. Iba a empezar un discurso grandilocuente acerca de la suciedad, gérmenes y la hepatitis hasta que vimos una nota en la cómoda. Lo empezamos a leer y rezaba lo siguiente:

“Al sujeto de anoche:

Seguramente no te acuerdes de lo de anoche así que te voy a hacer memoria. Después de conocernos en el bar y de beber, subimos a tu habitación tu amigo, tú y yo. Después de charlar un rato tu amigo supo leer el ambiente y dijo que tenía que irse. Imagínate lo doblado que iba que se equivocó de puerta y se metió en el baño. Supongo que no salió por vergüenza. Más tarde te quitaste la camiseta porque “tenías calor” y la lanzaste debajo de la cama cual bola de bolos. Luego te apostaste conmigo a que podías quitarte los calzoncillos sin quitarte los pantalones. Después de 20 minutos lo conseguiste, dijiste que estabas exhausto y te dormiste o mejor dicho te desmayaste en el suelo. Yo viendo el panorama le pegué un trago a tu petaca y me fui”.

–Matt, creo que Clara y yo tenemos que distanciarnos.

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Cuartos. Lázaro vs Recluta Patoso
Condición: Eres un granjero, feliz con tus lechugas, y todo sería perfecto si no fuese porque la maldita oveja se ha escapado otra vez.


Calma chicha

La oveja. Pedro estaba cansado de tener que ir a buscarla cada vez que se escapaba. Antes de marcharse revisó el huerto, comprobó cómo estaban las lechugas y reforzó las cañas de las tomateras. Programó el riego para después de dos horas, y se marchó con paso hastiado en busca de Dolly.

Le gustaba esa hora de la mañana, se podía ver cómo la oscuridad se iba retirando y la luz mezclada con la niebla dotaba a las cosas de una trasparencia casi irreal. Lo que hacía nada parecía frágil o imposible, se impondría de manera rotunda con la nueva luz del amanecer, y aparecerían las cosas ante sus ojos, como si las sombras anteriores que las hacían fantasmagóricas fueran ya un sueño lejano.

Al poco, vio enganchado a un árbol un trocito de lana, lo agarró fuertemente y siguió por esa senda hasta un claro. Allí el sol le reflejaba en la cara y solo pudo atisbar algo de lo que acontecía en aquel lugar.

Un montón de ovejas reunidas balando alrededor de una figura negra que hacía grandes aspavientos. Pedro se acercó para ver mejor y el ruido hizo que la figura de negro desapareciera como por encanto delante de sus ojos. El granjero pensó que seguramente solo era un reflejo. Pedro se sorprendió de lo confuso de sus sentidos, debía ser por el libro que le prestó el otro día ese vecino nuevo que había llegado a la aldea. Maldijo entre dientes y escupió en el suelo, como una especie de contra hechizo para que su mente se despejara de esas tonterías. Cuando se acercó las ovejas habían escampado, quedando algunas tiradas por el suelo muertas. Llamó a Dolly con desesperación hasta que su oveja perdida volvió junto a él. La agarró por el pescuezo contento y se marchó de allí, llegando a la conclusión de que había sido un maldito lobo el que hizo todo aquel destrozo.

Al día siguiente se despertó dispuesto a ir a la aldea a preguntar a sus vecinos por sus ovejas desaparecidas. Se vistió y lo primero que vio saliendo al porche fue a su Dolly en el suelo, había estirado, literalmente, sus cuatro patas. Pedro se acercó a su oveja muerta. Le sorprendió ver como su boca estaba totalmente inflamada y negruzca. En ese momento recordó que las ovejas de ayer estaban bebiendo en una especie de riachuelo multicolor. ¿Sería eso el 5G al que se refería su nuevo vecino?

Se dirigió hacia la aldea y su intranquilidad aumentó conforme se iba acercando tras percibir algo que le puso los pelos de punta, no escuchaba nada, ningún pájaro ni insecto, no se oía ningún ruido. Cuando llegó a la aldea todo estaba patas arriba, como si se hubieran marchado a toda prisa, no había rastro de nadie. Pedro se empezó a preocupar de verdad. Cuando volvía hacia su granja le pareció ver por el rabillo del ojo una forma oscura, se giró rápidamente y suspiró al comprobar que solo era un espantapájaros movido por el viento. Llegó agotado a su casa, su fatiga no era normal. Fue hacia el cajón de su armario y cogió el móvil, lo encendió y comprobó que no había cobertura. Se preguntó dónde habrían ido todos y maldijo la hora en que decidió aislarse en su granja sin televisión ni internet. Estaba tan cansado que se durmió en la silla.

Al alba, Pedro se encontraba mirando un reflejo inusual en dirección contraria a la salida del sol. Cuando amaneció, la luz de la mañana hizo desaparecer lo que fuera aquello. Se dispuso a realizar las tareas de la granja y entonces los escuchó, levantó la vista y ahí estaban los aviones de los que le había hablado su vecino. Iban dejando unos rastros de humo tal y como le había contado, esas estelas lo contaminaban todo, chemtrails o algo así los llamaba. Volvió a escupir otra vez en el suelo y esta vez escupió sangre. Se tocó el rostro y notó una sangre espesa saliendo de su nariz. Lanzó una maldición y supo lo que debía hacer. Fue a su arcón y sacó la escopeta. Tenía claro qué pasaba, alguien había secuestrado a sus vecinos y ahora iban a por él, ahora que sabía de todos sus experimentos.

Habían pasado unos tres días desde entonces y Pedro se había atrincherado en su porche, desde ahí veía la carretera. Algo nubló su vista, levantó su mano apartando un mechón de su cabello y este cayó al suelo. Se llevó las dos manos a la cabeza comprobando cómo el pelo le caía a puñados, se arrodilló en la tierra y lloró desconsolado e impotente.

Al día siguiente llegaron. Primero se acercó un camión, bajaron unas figuras pero esta vez no eran oscuras sino blancas, aun así, a él no podrían engañarle ya que se movían torpemente haciendo aspavientos como siempre. Apuntó sin que le temblara el pulso y disparó. Alcanzó a la primera de las figuras que cayó al suelo manchando el blanco impoluto con su sangre. Las figuras gritaron, desde un altavoz en el camión también le decían algo. Lo ignoró, ya había abatido a tres y el resto estaban escampando, la escena le recordaba a las ovejas en aquel riachuelo multicolor. Pero entonces notó un dolor en el brazo y su fusil cayó. Le habían disparado, se preguntó si incluso habrían conseguido que las ovejas fueran capaces de disparar. Una de las figuras de blanco se acercó hacia él y le habló:

—¿Qué hace?

La blancura del traje le cegaba. Pedro solo consiguió articular una palabra:

—¿Dolly…?

—¿Qué Dolly? Maldito loco. Es usted el único al que no lográbamos encontrar. La central nuclear ha sufrido una fuga. Tenemos que evacuar toda la zona.

Lo agarró y sintió su abrazó cálido y mullido, sonrió y se dejó llevar. Al fin y al cabo era su Dolly quien había venido a buscarlo.

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Cuartos. Lázaro vs Recluta Patoso
Condición: Eres un granjero, feliz con tus lechugas, y todo sería perfecto si no fuese porque la maldita oveja se ha escapado otra vez.


Leche de Oveja

Hoy es un día más en mi granja. Hace tiempo que vendí todos mis terneros y los cerdos a Jack el propietario de la granja contigua, un hombre algo codicioso, aunque parece buena persona y trabajador. Tan sólo me quedan algunas ovejas y mi huerto. Hubiera vendido a estas ovejas con el resto de los animales, pero mis padres heredaron esta granja con tan solo un puñado de ellas. Me criaron bebiendo leche de oveja por las mañanas, con ese sabor graso que en principio se te hace difícil de tragar, pero maldita sea la nostalgia, no puedo simplemente librarme de ellas, echaría de menos los recuerdos que me producen.

Contando las ovejas en la finca percibo que falta una, se ha vuelto a escapar una dichosa oveja y con ella mi perfecta paz. Todo sería perfecto si tan sólo tuviera que cuidar de mis lechugas. A lo lejos puedo ver como la puerta trasera del redil está rota. Al acercarme piso algo que parece metal oxidado, son las bisagras que estaban en malas condiciones. Suelo revisar los rediles con frecuencia, ayer por la noche debería haber comprobado esta misma puerta, pero fui perezoso y decidí demorarlo para el día de hoy. Este golpe de mala suerte ha arruinado un día perfecto. Esta salida debe haberla conducido a la granja de Jack, espero que ese viejo avaro no me dispare por andar merodeando en sus tierras.

No tardo mucho en pisar una boñiga de ternero una vez dentro de su granja, como no he podido percibir este olor nauseabundo, además ha entrado dentro del zapato, al pisar las bisagras el metal debe haber agujereado la suela. No pienso caminar con un zapato oliendo a deshechos de vaca mientras busco a la maldita oveja. Tiro mi bota lejos, no tiendo a ser temperamental pero esta situación me supera.

Continúo andando por el redil de Jack, veo a los terneros pastando, mi oveja debe estar cerca. Me impaciento y avanzo hacia los pastos cuando vuelvo a notar como piso otra boñiga de vaca, aunque es algo diferente, empieza a picarme la pierna tras pisarla. Joder, joder y de nuevo joder. Era un maldito grupo de procesionarias, putos gusanos, pisas a un grupo de ellos y te aseguran una urticaria por todo el cuerpo, corro y me alejo, pero tengo el pie y las manos lleno de ronchas. Se puede saber que tuerto me ha mirado, todo por mi maldita pereza, todo por no comprobar dos malditas bisagras.

Huelo a mierda, un puñado de gusanos me ha envenenado y aún no encuentro mi oveja. Pero mi suerte está a punto de cambiar, puedo ver a lo lejos a la dichosa bola de lana, está corriendo en mi dirección. Le siguen algunos terneros, aunque ahora que me fijo, son muchos terneros, me cago en dios, es una estampida de terneros, vienen todos hacia mí. Corro con todas mis fuerzas, me dirijo a un bosque cercano con la esperanza de perder al ganado. No puedo describir lo que duele el veneno de las malditas procesionarias, creo que ha reventado alguna de las ronchas mientras corría, siento como la sangre empapa mi calcetín en mitad de la carrera. He llegado al bosque, pero con la suerte que tengo hoy, posiblemente caerá un árbol y me aplastará. Este es el peor día de mi vida, en este instante solamente lo puede empeorar una cosa, el crujido de una escopeta de caza cargándose detrás de mí.

- ¿Has tenido un mal día vecino? Estoy seguro de que sí.

Era la voz de Jack. ¿Podía tener algo que ver con todo esto?

- Mis tierras empiezan a quedarse pequeñas y tú tienes una buena parcela. Estoy interesado en comprártelas, pero estoy seguro de que quieres mantenerlas. Sería difícil negociar con alguien que solo quiere vivir su vida en paz.

¿Algo codicioso? He estado viviendo al lado de un puto demonio todo este tiempo.

- Así que sólo me quedaba una opción. Y recurrí a la magia, a una gitana. La gente ya no cree en lo sobrenatural, pero nosotros, en el campo, sabemos que hay cosas que no se pueden explicar. Así que hablé con esta gitana, me dijo que le añadiera una botella de un aceite raro al agua de tus ovejas y este es el resultado.
- ¿Tanta complicación para todo esto? Por el amor de dios Jack, quédate la maldita granja, déjame beber mi maldita leche de oveja por las mañanas y olvídate de mí. Te regalo mis tierras, no las quiero, pero baja el puto rifle de caza.
- Acepto tu oferta vecino, pero para tener garantías de que todo va a salir como espero, te voy a pegar un tiro.

Supongo que no pensaste tus palabras con claridad Jack, aunque siendo honestos, yo tampoco. Aceptaste mi oferta, sentiste mi granja como tuya y por eso la bala rebotó en una piedra y acabó entre tus cejas. Debiste haber entendido que la avaricia es también una forma de mala suerte.

[2 semanas más tarde]

Han pasado dos semanas desde mi día de mala suerte. Ahora mantengo también al ganado de Jack mientras intento pensar en como solucionar esto. Ya no siento la granja como mía, me lo repito constantemente y creo en ello por miedo a lo que pueda pasar.

Han llamado a la puerta y al abrir encuentro a una inspectora de policía mostrando su placa.

- Buenas tardes, señor. Vengo a hacerle unas preguntas acerca de Jack, el dueño de la granja que se encuentra frente a la vuestra. ¿Le importaría que echara un vistazo en su recinto?
- En absoluto, sienta que está en su propiedad.

La inspectora avanza por el redil de las ovejas. Espero que se sienta como en su propia casa y tenga la confianza de meter las narices donde desee, así me aseguraré de que la mala suerte, como una calamidad, me permita disfrutar de mis lechugas y mi vaso de leche de oveja.

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Cuartos. Beatrix Kiddo vs Lazy dude
Condición: Cuando te presentaste a presidente lo hiciste como una broma. Nunca pensaste que ibas a salir elegido.


Reflexiones desde el despacho oval

Pues aquí estoy, solo al fin, tras haberse marchado los periodistas y asesores, en el mismísimo despacho oval. Aún me cuesta creer que un comentario jocoso y en estado totalmente etílico me haya terminado trayendo hasta la presidencia de los Estados Unidos.

Recuerdo ese primer mitin en el que no sabía ni qué decir, en una situación totalmente nueva para mí. Afortunadamente tenía un discurso que leer, aunque estaba plagado de puntos con los que no comulgaba. Salí relativamente airoso de ese primer embate, y comencé a introducir propuestas de mi cosecha en las disertaciones, hasta que terminé por desechar por completo las que me entregaban. Simplemente, mis propuestas me parecían más lógicas y beneficiosas para el país. Las encuestas y los comentarios en las redes sociales parecían darme la razón, y la gente me aplaudía con fervor en aquellas multitudinarias reuniones para escucharme.

Y fue en ese momento cuando tuve vértigo por primera vez. No porque creyese en mis posibilidades de victoria, pero tampoco quería arriesgarme. La perspectiva de ser presidente, con el agravante de no querer serlo, me resultaba tediosa, incómoda y falta de beneficios para mi persona. Así que hice lo que parecía más práctico: cambiar el discurso. Donde había defendido la bajada de impuestos, propuse la subida de varios de ellos y la creación de otros tantos nuevos. Igual que primero propuse un control más férreo de las fronteras y una entrada ordenada, cabal y por cupos de inmigrantes, después pasé a abogar por una política de puertas abiertas y papeles para todos. La sanidad universal a cargo del Estado dejó paso a un sistema prácticamente privado, y así con decenas de propuestas que había hecho previamente.

Quedé estupefacto: tras unos primeros días de titubeo, la reacción a mis nuevas directrices era positiva. Seguía terminando los mítines en olor de multitudes; las redes, aunque había ―qué menos― críticos con mi cambio de rumbo, hervían en alabanzas a mis políticas; periodistas y tertulianos realizaban sesudos análisis sobre las modificaciones en mis medidas estrella, ensalzando la valentía con la que había cambiado el rumbo de mi programa electoral. Contra toda lógica, subía en las encuestas, aunque aún lejos de la intención de voto de mi rival.

A falta de una semana para las elecciones, ocurrió un hecho que sacudió los cimientos de la campaña electoral. Alguien logró tomarme unas fotos en la intimidad de mi hogar, fotos que corrieron como la pólvora entre los medios de comunicación y que parecían aniquilar mi corta carrera política. En ellas se me veía relajándome y abandonando mi forma humana para adoptar mi efigie real.

Sí, soy un alienígena metamórfico. Un alienígena que, estando una noche de fiesta e ingesta descontrolada de licor keevaliano con unos amigos en la estación-casino de Zaalek VI, tuvo la feliz idea de responder «claro, yo lo podría hacer sin problemas», cuando mi compañero Zxtyww, borrachísimo también, dijo que los terrícolas eran seres estúpidos y que cualquiera podría infiltrarse entre ellos y hasta conseguir que lo nombrasen gobernante. Me desmayé poco después de pronunciar esas fatídicas palabras y cuando desperté estaba en la casa de uno de los candidatos a la presidencia estadounidense, con una escueta nota de mis amigos diciendo que ya pasarían a recogerme un día de estos y que monitorizarían mis peripecias electorales para echarse unas buenas risas. Desconozco qué hicieron con el legítimo propietario de la casa y de mi actual cara.

El caso es que di por hecho que esa revelación haría que me expulsaran de la campaña y que mis flexibles huesos acabaran en algún laboratorio donde harían mil experimentos conmigo. Para mi sorpresa, se alzaron voces que defendían la legitimidad de mi candidatura, porque un presidente extraterrestre era el máximo exponente del “sueño americano” y lo contrario sería un vil acto de alienfobia. Hubo un encendido debate entre seguidores y detractores —algunos incluso defendieron la construcción de un muro de fuerza para impedir el acceso de inmigrantes espaciales al país—, y finalmente y contrarreloj la Junta Electoral dio el visto bueno a mi participación en las elecciones. Afortunadamente, o no, la prohibición a los no nacidos en Estados Unidos para ser candidatos había sido revocada unos años antes por el presidente Schwarzenegger Jr.

A los tres días fueron las elecciones y, sorpresivamente y gracias a los votos de California, que fueron los últimos en contabilizarse, salí ganador de los comicios. Y aquí estoy, probablemente el ocupante de toda la historia de la Casa Blanca que menos ganas tiene de estar aquí, ante la horrenda perspectiva de pasar los próximos cuatro años dirigiendo el destino de un país que no es el mío y de unas criaturas a las que no entiendo, a expensas de que mis queridos amigos decidan poner fin a mi sufrimiento y vengan a llevarme a mi planeta natal. Aunque, conociéndolos, seguro que preferirán dejarme aquí para disfrutar de mis andanzas como presidente. De verdad que estoy viendo el botón rojo y cada vez me tienta más desatar el apocalipsis nuclear…

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Cuartos. Beatrix Kiddo vs Lazy dude
Condición: Cuando te presentaste a presidente lo hiciste como una broma. Nunca pensaste que ibas a salir elegido.


Yo voté a Kodos

En la sede de su candidatura, Prudencio se encontraba reunido con su amiga Margarita. La noche electoral avanzaba, y el escrutinio comenzaba a reflejar que Prudencio, para su desgracia, sería el próximo presidente del gobierno de España.

—¿Cómo es posible que vayas a ganar, Prudencio?

—A mí no me mires, Margarita, yo voté a Kodos.

—Confieso que yo también. Era el mejor candidato, y te lo digo yo, que apenas he seguido la campaña. No te lo tomes a mal, pero al fin y al cabo lo tuyo era un vacile. Nadie se podía haber imaginado que la gente decidiese votarte.

—¡Nunca debí aceptar esa maldita apuesta! ¿Qué probabilidades había de que ganase? Pensé que el vencedor sería uno de los candidatos veteranos. A saber, cyborg Aznar, o la mano derecha de Felipe González.

—Ah, no sabía que se había presentado Alfonso Guerra.

—No me has entendido. Me refería literalmente a la extremidad de Felipe. Formaba parte del candidato Frankenstein.

—Oh.

Después de un silencio incómodo, Margarita volvió a tomar la palabra.

—En fin, tú te lo has buscado. Te están esperando. Es hora de que salgas a dar la cara y afrontes las consecuencias de tus jueguecitos.

Tras unos instantes de reflexión, Prudencio asintió y se dirigió a la sala de al lado, en donde una multitud de periodistas esperaba su comparecencia.

***

Tras la pandemia zombi de 2022 se había modificado todo el sistema parlamentario, transformándolo en uno más simple y reducido. Los grandes partidos se habían disuelto, y se establecieron las candidaturas unipersonales.

El debate decisivo se había realizado una semana atrás, organizado por el medio de comunicación más importante del país, Pfizer-Twitch. Para favorecer el espectáculo, además de haber invitado a los candidatos con más posibilidades, hicieron lo propio con los más extravagantes. No tardaron en tomar protagonismo los extravagantes, eclipsando totalmente a los más serios. Al finalizar la noche, prácticamente todo el país había tomado partido, o por el alienígena Kodos, o por el embaucador Prudencio.

Kodos conquistó a una parte de la audiencia con su tecnología sanitaria. Prometió el fin de las enfermedades y el aumento de la esperanza de vida. Prudencio contraatacó alegando que la bolsa de paro resultante, entre doctores, sanitarios, investigadores y servicios funerarios, sería inasumible, y el sistema de pensiones, insostenible.

Kodos afirmó que había visto muchos mundos a lo largo del universo, que conocía sus problemas, que no cometería sus mismos errores, y que aportaría soluciones eficientes. Prudencio lo ridiculizó afirmando que alguien con un solo ojo no podía haber visto más que la verdad a medias, y mucho menos, ofrecer soluciones completas.

Kodos aseguró que en su planeta no existía la corrupción y que el dinero de los impuestos sería bien empleado. Prudencio lo puso en duda, asegurando que sería imposible que alguien con tantos tentáculos resistiese la tentación de meter la mano en la caja.

El golpe de gracia llegó en la última intervención de Prudencio, cuando miró a cámara y realizó una pregunta a la audiencia. Una pregunta digna de un alumno de matrícula de honor en quinto curso de Manipulación.

—Ciudadanos y ciudadanas de España. Decidme. ¿Qué clase de nombre es Kodos? A mí me suena a británico, o a francés. ¿Vais a permitir que nos gobierne alguien con un nombre británico o francés?

La pregunta cayó sobre la audiencia como un mazo. Si algo nos ha unido a los españoles es nuestra aversión a los británicos, y a los franceses, y a los murcianos. Pero, sobre todo, a los británicos y a los franceses. Prudencio todavía no lo sabía, pero su malintencionada pregunta le había convertido en ganador del debate, y una semana después, en presidente del gobierno de España.

***

Prudencio se acercó al atril con paso tambaleante y cara de haberse comido un plato entero de pimientos de Padrón. De los que pican.

—Buenas noches, conciudadanos —comenzó con voz temblorosa—. El escrutinio de los votos está a punto de finalizar e indica que seré el vencedor de las elecciones.

La sala estalló en aplausos y vítores, al grito de «¡Presidente, presidente!». El aludido pidió calma gesticulando con las manos.

—Un momento, por favor —continuó Prudencio—. Dejadme acabar. Quiero deciros que no voy a ser vuestro presidente. Presenté mi candidatura como fruto de una apuesta, y no esperaba haber llegado tan lejos. Ni siquiera voté por mí. Yo voté a Kodos. Creo que es el mejor candidato para que nuestro país progrese. Y es por ello, que anuncio la retirada de mi candidatura.

Los presentes en la sala se quedaron callados, intentando asimilar lo que acababan de oír. La conmoción provocada en la sala por las declaraciones de Prudencio, apenas duró unos instantes, hasta el momento en que apareció el rostro de Kodos en todos los monitores. El alienígena, con cara de pocos amigos, comenzó a hablar.

—Buenas noches, torpes humanos. Habéis tenido la oportunidad de vivir una vida mejor, pero vuestra decisión ha sido la de seguir en la oscuridad y el atraso. No sois dignos merecedores de todas las virtudes que os he ofrecido. Sois tan necios que no merecéis vivir. He decidido destruir…

Kodos interrumpió su discurso cuando su responsable de prensa se acercó a toda prisa, tropezando con varias sillas en su alocada carrera hacia el atril del alienígena. Durante unos segundos, ambos hablaron en voz baja. A continuación, Kodos tomó de nuevo la palabra.

—Ejem… Me comunican que mi gran rival ha decidido retirar su candidatura, sin duda, sabedor del vuelco electoral que se iba a producir con el escrutinio de los últimos votos. Acepto con orgullo y humildad el puesto de presidente de todos los españoles, y prometo ser justo y leal. Hoy es el primer día de una nueva era. La paz y la prosperidad estarán siempre asociadas al pueblo español. Seré vuestro líder. Hasta el fin de los días.

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Cuartos. Jackie Daytona vs Orfebre del Zhongguo
Condición: En este mundo donde cualquier hijo de vecino tiene un superpoder, tienes mucho cuidado de que nadie sepa cuál es el tuyo.


Saber que te pienso

Bruno estaba incómodo en la sala de espera. El mismo mes que cumplía 18 años, como el resto de la población, sería tratado al fin con la técnica de radiación para la modificación genética avanzada, o RaMoGA, como se conocía comúnmente. La alteración de su genoma determinaría su futuro. Poder ser de la clase alta, como los lanzarrayos o sanadores, que eran la fuerza militar o los médicos de la sociedad, o un simple cargador o elástico, proletarios encargados de labores de transporte, logística, reparación y mantenimiento. Cualquier cosa, eso sí, antes que mentalista. Se podía tener una vida digna en la clase alta e incluso como obrero, pero un mentalista estaba condenado al ostracismo.

Nadie percibe de forma negativa que aceleres la recuperación de las lesiones o que puedas estirar y afinar tus manos para realizar un apaño con gran precisión, ni siquiera hay problemas en contar entre tus amigos o familiares con lanzarrayos, poderosos soldados que pueden volatilizar un edificio a más de un kilómetro, pero la incomodidad de tener a tu alrededor a alguien que podía leer tu mente era enorme: auténtico pavor a quedar expuesto, a que se saltasen todas sus protecciones y supiesen hasta lo más íntimo de ti, lo que guardabas con más celo y miedo. Nadie quería cerca a un mentalista, y serlo solía significar morir en vida y no existir para la gente a la que querías. Era, en conclusión, la mayor tragedia que te podía suceder. También era la alteración menos común, así que la mayoría fingía tener uno de los otros poderes para no ser completamente apartado del mundo.

Bruno comprendió a los días de salir del hospital su aciago destino, pero lo mantuvo en silencio. Fingía que todavía no se había desarrollado en él y que estaba a la espera. Hijo de una cargadora y de elástico, no esperaban tener la suerte de tener un lanzarrayos o un sanador en casa, pero deseaban con todas sus fuerzas que no fuese un mentalista por el mal que eso le podía ocasionar. Ellos no se lo dijeron, pero él lo pudo leer en sus mentes. Su agobio era cada día mayor. Habiendo terminado el instituto y a falta de saber a qué se dedicaría en función de su alteración, se dedicó a las tareas mundanas mientras pretendía seguir esperando.

Un día, mientras hacía la compra de la semana, se percató de que en la tienda había una nueva dependienta que no paraba de mirar hacia él. Bruno, que por primera vez sentía que no tenía nada que perder en la vida, decidió armarse de valor y presentarse, y ahí conoció a Adriana.

Desde el primer momento comprobaron que su historia era la de un amor digno de película. Hicieron click al instante. No dudaron. Sabían, de alguna manera, que estaban predestinados. Querían verse a todas horas, tenían detalles constantes con el otro, y no había más que amor sincero. Adriana parecía estar en una nube, y Bruno en ocasiones también, pero seguía acordándose de que, en el momento que ella supiese su poder, la relación se acabaría. ¿Qué clase de relación puede mantener alguien sin el amparo de la privacidad que te dan tus propios pensamientos? ¿Cómo de tóxico se podía volver eso? Él no quería hacerle daño a Adriana, y optó por fingir que la mutación que iba apareciendo en él era otra. Si Adriana necesitaba ayuda para colocar el género en la tienda, él hacía de cargador y llevaba al hombro con cajas inmensas, acabando destrozado y fingiendo que apenas le había costado, pero sin terminar de dejar claro claro que ese era su poder. Si a ella le dolía la cabeza, él le ponía una mano encima, pretendiendo que lo mismo emanaba algún poder curativo que la aliviaba. Por probar, hasta reparó el aire acondicionado de la tienda explicándole que había notado más hábiles y finas sus manos en el proceso, cuando él simplemente se limitó a llamar a un verdadero profesional y a pagarle con lo poco que tenía ahorrado.

Bruno hacía lo imposible para que Adriana no descubriese que él era un mentalista, y ella le quería más cada día que pasaba. Cada noche, le abrazaba más fuerte. Él la sentía cada vez más cerca, y le daba aún más vértigo contar su realidad y tener que olvidarla para siempre. Pero, cada vez que se quedaba absorto en su tristeza, Adriana aparecía por detrás con un abrazo aún más cálido que la última vez, sin decir nada, solo apretando fuerte y prometiendo que no lo iba a soltar jamás.

Siete meses después de haber conocido a Adriana, Bruno decidió que había llegado el momento. No podía seguir viviendo en algo que no era para siempre. Ella no se lo merecía, y tampoco se lo merecía la historia de amor que juntos habían construido. Con la voz temblorosa, entre jadeos de auténtica desesperación, se sentó frente a ella y le pidió perdón por el daño que le iba a hacer, asegurando que ella no lo merecía. Le dijo, mirándole a los ojos, que, si bien jamás lo había usado con ella, él era mentalista. Que jamás se aprovechó de eso para enamorarla, pero que era su realidad y ella se merecía saberlo. Y se hizo el silencio.

Adriana, como tantas otras veces, solamente se levantó y le abrazó. Con la boca casi pegada a su oído, le dijo con voz muy tenue que ella también lo era, y que había sabido lo que le pasaba a Bruno desde que empezaron a salir. Ella estaba enamorada de aquel hombre que había confiado en ella y jamás se había intentado aprovechar de sus poderes. Él supo que a partir de ahora la sociedad no tendría forma de hacerle sentir solo. La sinceridad y la bondad que se habían demostrado les permitió convertirse en un tándem que desde ese momento siempre iría al unísono. Desde ese día, Bruno y Adriana agradecieron cada mañana su suerte.

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Cuartos. Jackie Daytona vs Orfebre del Zhongguo
Condición: En este mundo donde cualquier hijo de vecino tiene un superpoder, tienes mucho cuidado de que nadie sepa cuál es el tuyo.


El hombre que vendió el mundo

Otro día más en un mundo en continua decadencia. Incluso en aquel pueblo apartado y pobre del norte de la India, Ernesto podía percibir en el ambiente que la gente se había rendido; la población había tirado la toalla ante el inevitable fin de la era de la humanidad. Pasarían años todavía, claro, pero el punto de no retorno ya se había rebasado.

Y la culpa la tenían los héroes, que surgieron en grandes cantidades de la noche a la mañana. Literalmente, porque dependía de si tenían La Pesadilla mientras dormían. Cuando ocurría, podían pasar dos cosas: o morían aterrorizados o despertaban con un superpoder. El fenómeno había empezado hacía ya cuarenta y seis años; Ernesto lo sabía muy bien porque él había sido el primero de todos. Y desde entonces cada día había más y más.

Al principio fue bueno. La era de los paladines, lo llamaron. Motivados seguramente por el imaginario de los cómics y películas, la mayoría optó por hacer el bien de forma desinteresada. Detuvieron guerras, terminaron con el hambre y cesaron numerosas de las calamidades que asolaban el planeta. Pero poco a poco, el idealismo fue dejando paso al egoísmo. Si nadie podía evitar que hicieran lo que querían… ¿por qué contenerse? Empezaron a delinquir, a montar sus pequeños imperios y a enfrentarse violentamente entre ellos sin preocuparse por los daños colaterales. El Gobierno Mundial apenas podía contenerlos, y ya había decenas de regiones que habían sido abandonadas tras ser conquistadas. Además, la tasa de mortalidad por culpa de La Pesadilla, que en los primeros años había estado muy por debajo del uno por ciento, había aumentado hasta convertirse en el mayor temor de la humanidad. La gente cada vez dormía menos, y lo hacía peor.

Ernesto había decidido quedarse al margen de todo. Aunque dudaba que quedara gente que pudiera reconocerle, y menos en aquel recóndito lugar, prefería ser cauto y esperar otro par de décadas más antes de volver a España; tenía todo el tiempo del mundo, después de todo.

Pero un día alguien le reconoció mientras comía en una austera cantina.

—¿Profesor Ernesto Dasalla, es usted? —Ante él tenía un hombre que aparentaba sesenta y cinco años. Llevado quizá por el aburrimiento, Ernesto decidió revelarse. Afirmó con la cabeza en silencio—. ¿Pero cómo? Parece más joven que yo, y solía tener ochenta y tantos cuando desapareció de la universidad… Ah, por supuesto. Es usted uno de Los hijos de la pesadilla, claro.

—Así es. Y usted, si la memoria no me falla, es Gutiérrez. Estaba en mi clase de historia precolombina, ¿no es así?

—Sí, hace más de cuarenta años ya…

Decidieron sentarse a comer algo de la cocina local y se enfrascaron en una larga charla trivial propia de dos viajeros. Finalmente salió el tema de la desaparición.

—Todos pensamos que se había suicidado —dijo Gutiérrez—. Ya sabe, por lo de que su cáncer era terminal… Decían que había una nota de suicidio.

—La había —admitió Ernesto—, pero nunca perdí el control de esa forma, no. Sólo fui a la búsqueda de un mito: la fuente de la juventud.

—¿Y la encontró?

—Obvio, tengo más de ciento veinte años y aparento cincuenta. Aunque no era realmente una fuente… Se trataba de una metáfora. Tenía el aspecto de una puerta.

En la cara de Gutiérrez pudo apreciarse cómo elucubraba varias ideas. Ernesto supo que había encajado todas las piezas cuando vio que la ira tomaba forma en el rostro de su antiguo alumno.

—¡Hijo de puta, tú lo empezaste todo! —espetó Gutiérrez perdiendo las formas—. Las fechas coinciden… ¡Dios mío, pero si encajas en la descripción del hombre que sale en La Pesadilla junto a la puerta de piedra! ¿Por qué lo hiciste?

—Por lo que más deseaba. Algo tan básico que me da vergüenza admitirlo: quería vivir para siempre. No supe que había un precio hasta que llegué al templo y aquellas sombras espectrales aparecieron y me hablaron. Me dijeron que habría consecuencias, que afectaría a muchas personas, pero como ya no me quedaban seres queridos y sólo iba a sufrirlo gente desconocida, me dio igual. Ahora que lo veo con perspectiva, probablemente no lo pensé suficiente. Con este caos mundial que no para de aumentar, ser inmortal va a ser una mierda si me quedo solo en el planeta… Si es que queda algún planeta. Creo que rompí el candado de una puerta que se está abriendo poco a poco, y La Pesadilla no es más que un avance de los que están por venir. Aún estoy intentando traducir esa parte de…

—¡Voy a denunciarte ahora mismo! Aún quedan algunos paladines, el Gobierno Mundial te encerrará para siempre. Tienes que pagarlo, ¡pasarás tu inmortalidad en una celda!

Ernesto empezó a reírse. Le costaba creer que alguien de la edad de Gutiérrez fuera tan ingenuo.

—Y me lo tendría bien merecido… Después de todo, soy el hombre que vendió el mundo. Pero con esta confesión sólo pretendía desahogarme un poco, no entregarme. Llevo mucho tiempo escondiéndome y sin ver una cara conocida, y como últimamente todo me resulta tan tedioso… La verdad es que charlar de todo esto ha sido liberador, le estoy agradecido.

—No trates de detenerme —dijo mientras se preparaba para llamar por teléfono; entonces se desplomó sobre la mesa de forma fulminante.

Ernesto manipuló la posición de brazos y cabeza del cadáver para colocarlo como si estuviera durmiendo. Después sacó un espejo de bolsillo y se echó un vistazo.

«Era demasiado viejo, apenas habré rejuvenecido un par de días».

Una de las pegas de hacerse inmortal a la edad a la que lo había conseguido era quedarse eternamente con ochenta años. Por suerte, podía rejuvenecer poco a poco su aspecto a base de alimentarse de vida. Al principio le dio reparo y se contuvo, pero hacía tiempo había abandonado todo atisbo de empatía. Había asumido que su papel en la historia era el de villano.

—En fin, menos da una piedra.

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Cuartos. Novak Chokapic vs Pechitos McTetis
Condición: Una noche más, tu compañero/a de piso ha vuelto a casa, de madrugada, con la cara llena de heridas.


Carme

—Papá, ha vuelto a pasar. Estoy harto.

Jordi entraba por la puerta con arañazos en la cara y un ojo morado.

—¿Ha sido otra vez Mireia? Es la tercera vez en dos meses de curso.

—Sí, entre clase y clase. Se empezó a meter con mi pelo, la he mandado a hacer puñetas y se me ha tirado encima. Debí haberle dado un puñetazo.

—Hijo, recuerda lo que decimos siempre.

—«La violencia es el último recurso del incompetente» —dijimos al unísono.

—No te preocupes, mañana me acercaré a hablar con tu profesor.

***

El pobre maestro se avergonzó de hacerme saber que Mireia era la hija de la jefa de estudios, y que básicamente tenía bula para hacer lo que quisiera, porque era tan mal bicho como su madre. Pero que podría ir a su despacho a hablar con ella, a ver si conseguía algo, aunque lo dudaba.

—Hola, Carme. ¿Se puede? Soy el padre de Jordi. Se ve que ha vuelto a tener un encontronazo con tu hija.

La señora levantó la vista de su pantalla y me invitó a entrar y sentarme en la silla frente a su escritorio.

—Marc, ¿verdad? Sí, algo me ha dicho su profesor, pero creo que quizás tu hijo ha exagerado.

—Bueno, me explicó que Mireia le insultó por ser pelirrojo como su madre, que en paz descanse, y que a partir de ahí discutieron, acabando él con la cara hecha un mapa.

—No es eso lo que me ha dicho ella, así que poco podemos hacer. Si hubiese hecho algo malo, seguro que le pasarían cosas malas; y no nos está pasando nada malo. Quizás deberías trabajar con tu hijo el bloquear opiniones que no le gusten. Buenos días.

Entendí que nuestra conversación había terminado, así que me levanté y me fui para casa, un poco anonadado por los huevazos que mostraba la individua.

Me puse a pensar en qué podría hacer yo para “arreglar” un poco la situación. La violencia es el último recurso del incompetente, sí; pero el sabotaje…

Porque Carme no sabe que en mis tiempos libres soy un greyhat: utilizo mis conocimientos informáticos para detectar fallos de seguridad, sin que me importe saltarme una o dos leyes absurdas.

***

Encontrar su casa en las Páginas Blancas fue fácil. Su wifi llegaba hasta mi coche, y en esa casa no cambiaban las contraseñas, por lo que pude entrar en su router con admin admin.

Una vez dentro, lo manipulé para que solicitara periódicamente a un servidor proxy un script que bloquease Instagram, Netflix, la prensa y los correos salientes (pero no los entrantes). Recogí, y me fui.

***

—Papá, casi me tira por las escaleras.

—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

—Bajábamos al patio por el evento de Halloween y Mireia me ha empujado por la espalda. Me he podido agarrar a la barandilla, pero por los pelos no acabo en el rellano.

***

—Hola, Carme. ¿Se puede? El viernes me contó Jordi que Mireia le empujó por las escaleras. No sé qué les pasa, pero deberían acabarse las peleas de estos dos. Trifulcas de patio es una cosa, pero esto…

La hija de puta puso cara de sorpresa y de ofensa por siquiera haber insinuado algo así de su niña. Me dijo que nadie había visto nada de eso, por lo que no podían actuar, y remató con:

—¿Quizás estaba Jordi medio dormido y se tropezó? Algunos chicos no duermen bien y llegan al colegio cansados. Pero tampoco ha pasado nada, así que no hay nada que resolver.

***

En la anterior incursión me fijé en que tenían una placa anunciando la empresa de seguridad que vigilaba la casa, así que en esta ocasión me colé en la red de la jefa de estudios y localicé sin mucho problema los puertos de la centralita. A ver cómo de descansada llega a trabajar cuando le salte la alarma unas madrugadas sí, unas madrugadas no.

***

—Papá, tienes que hacer algo. Hoy me ha bajado los pantalones en mitad del pasillo, y en el patio me ha enganchado un chicle en el pelo. La profe de plástica me ha tenido que cortar un mechón. ¡No voy a poder participar en la función de Navidad así!

—¿A ver? No te preocupes, recuerda que llevarás gorro de pastoret. Mañana hablaré de nuevo con su madre y esta vez conseguiré que haga algo con su hija.

***

—Hola, Carme. Tenemos que hablar. Tu hija no para de hacerle la vida imposible a mi hijo, y si no se resuelve de una vez por todas, me veré obligado a denunciaros a la policía.

Eso sí pareció afectar a la ojerosa jefa de estudios, que pegó un brinco en su silla y se levantó para intentar convencerme de que no había para tanto.

—Además —añadió—, piensa que es la palabra de tu hijo contra la de mi hija. ¿Quién te asegura que sea verdad? Igual es el clásico acto infantil de llamar la atención de la persona que le gusta, y en vez de tirar de sus coletas se inventa que le hace perrerías.

La violencia es el último recurso del incompetente. La violencia es el último recurso del incompetente. La violencia es…

***

Esa noche estuve capturando el tráfico de su red hasta que conseguí su correo personal, su móvil y su cuenta de Facebook. Creé perfiles en Tinder y en otras seis webs del estilo asociando sus datos, y me fui a casa.

***

—¡Papá! ¡No te lo vas a creer!

—¿Qué? ¿Qué ha pasado ahora? Si hoy era el primer día después de las vacaciones, ¡no ha habido tiempo para que te pase algo!

—¡No! ¡Es algo bueno! El profe me ha dicho que Mireia se ha cambiado de colegio por irse a vivir con su padre a otra ciudad.

—¡Vaya!

—¡Sí! Él también está contento porque Carme está de baja. Me ha dicho que esto debe servirme de lección: vale la pena ser bueno, porque a la gente buena le pasan cosas buenas.

—Sí hijo, es el karma.

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Cuartos. Novak Chokapic vs Pechitos McTetis
Condición: Una noche más, tu compañero/a de piso ha vuelto a casa, de madrugada, con la cara llena de heridas.


El monstruo

Miré a Marcos mientras devoraba su bol de cereales. Cuando me acosté la noche anterior aún no había llegado a casa, y al igual que los últimos cuatro domingos, tenía la cara llena de heridas. Él bajaba la cabeza hacia la leche para intentar ocultarlo de forma absurda. Yo respetaba su intimidad y no le había dicho nada aún, pero era mi amigo desde que empezamos la universidad y ya me estaba preocupando por él.

Ha sido en la sierra, me contestó cuando le pregunté. Ya sabes, haciendo senderismo con los de Cercedilla. Podría ser una buena excusa, pero llevaba años subiendo a la sierra los fines de semana y nunca antes había vuelto pareciendo un Picasso. No cuela, le contesté. Son ya muchos años conociéndote y tú me estás ocultando algo. Finalmente, se sonrojó y me confesó todo: era su novia. Al parecer, a Patricia le iba la marcha. En las últimas semanas ella había estado disfrutando de algunas prácticas sexuales algo insólitas y Marcos era el que las había estado sufriendo. Por lo visto, a ella le ponía cerdísima pegarle y arañarle, y él me dijo que era el mejor sexo que había tenido en la vida, a pesar de las heridas. Yo escuché, callé y noté el pantalón más apretado de lo normal. Jamás me habría imaginado eso de Patri. A Marcos se le escapó una risa nerviosa. No le digas nada, por favor. Y con esas palabras zanjó la conversación.

Casualmente me encontré con ella días después en un centro comercial. Su pelo rubio platino y el enorme bolso de Gucci donde llevaba a su bichón maltés me transportó quince años atrás. ¡He viajado a Beverly Hills y no me he dado cuenta! Al verme, me saludó con un Hola, cuqui-Fran. No podía creer que a esta tía le pusiera el bondage. Le devolví el saludo y ella me obligó a dar un beso a Poppy. Iba a seguir con mis compras cuando me riñó por mis aventuras con Marcos. A ver si dejáis de hacer esas barbaridades que hacéis los dos; ya van varias semanas que mi cuchi-muchi viene a casa con la cara destrozada. Fue tal mi estupefacción que tardé varios segundos en reaccionar. Mientras, Poppy me ladraba, visiblemente enfadada conmigo.

Nos tomamos un café carísimo y sosísimo mientras nos poníamos al día. Marcos nos había mentido a ambos sobre sus misteriosas actividades nocturnas. ¡Me está engañando con otra! ¡Seguro que es eso! Patricia no dejaba de llorar, desconsolada. Si fue él quien me propuso una vez que me disfrazara de gatita y le pegara… Yo no sabía muy bien cómo consolarla, pero le comenté que no teníamos la seguridad de que le estuviera poniendo los cuernos. Vamos a seguirle, me propuso ella. Llega así todos los domingos cuando quedamos. Le seguimos el próximo sábado y le pillamos con las manos en la masa. Aunque no me parecía una buena idea, no repliqué. Pensé que algo teníamos que hacer: Marcos nos importaba a los dos y saber la verdad nos ayudaría a los tres.

Al sábado siguiente, Patricia y yo nos encontrábamos en mi coche frente a un viejo edificio del extrarradio de Madrid. Vimos a Marcos entrar al edificio, y a juzgar por las luces del portal, acabó en un apartamento del tercer piso. ¿¡A qué estamos esperando!? La voz aguda de Patricia se me clavó en el cerebro. Si quieres pillarle en pleno acto, tendremos que esperar unos minutos, le dije. Poppy me ladró como respuesta. ¿Me explicas por qué te has traído al perro? Ella ignoró mi pregunta y a los pocos minutos bajó del coche, enfilando el portal.

Patricia fue llamando por todas las puertas del tercer piso. Si abrían hombres o mujeres de cierta edad, los ignoraba y pasaba a la siguiente. Finalmente, tras una de las puertas abrió una mujer joven. Ni siquiera sabíamos si Marcos estaba allí, pero su novia entró empujando a la chica. Está aquí, ¿verdad? Los ojos de Patricia transmitían una mezcla de furia y tristeza. Tú debes de ser la novia de Marcos, contestó la joven. ¡Sabía que me los estaba poniendo! Patricia intentó cogerla de los pelos, pero pude reaccionar a tiempo para evitarlo. La chica intentó explicar que se equivocaba y apuntó con el dedo hacia una habitación cerrada. Intenté calmar a la novia de mi amigo y me encargué yo de abrir la puerta del dormitorio.

Jamás podré olvidar aquella escena. Bajo las mantas de la cama había varios bultos. Uno de ellos pertenecía a mi amigo, pues le escuché gemir. ¿Con cuántas chicas se lo estaba montando? ¿Eres tú, Marcos? En cuanto escuché un maullido por respuesta, me acerqué rápidamente a descubrir el pastel. Allí estaba mi colega, en calzoncillos, retozando con cinco gatos. ¿Qué clase de filia era aquella? Los felinos intentaban zafarse de los besos de él arañándole por todas partes. Cuando Marcos se dio cuenta de lo que estaba pasando, me miró con cara de culpabilidad.

Salimos del edificio los tres, poco después; Marcos aún se estaba terminando de vestir. Patricia no dejaba de llorar y de tirarle a su novio trastos que sacaba del bolso. Tenemos que hablar, cielito, suplicó Marcos. Lo podemos arreglar. Pero ella no parecía dispuesta a pasar por alto lo que había sucedido. Sin embargo, lo que más me sorprendió no fue su reacción, ni la más que obvia ruptura, sino el motivo: ¡Me has engañado todo este tiempo! ¡Me dijiste que amabas los perros! No puedo creer que le hayas hecho esto a Poppy, engañarla de esta manera. ¡Con cinco asquerosos gatos! ¡Eres un monstruo! No queremos volver a verte: lo nuestro ha terminado.

Nos quedamos mirando a Patricia mientras se alejaba caminando. Pensé que a Marcos le vendría bien ir a tomar unas birras o un buen copazo. Qué va, me dijo. Que la loca esta me ha dejado a medias. Y ahí me quedé yo, de pie, viendo cómo volvía a entrar en el edificio.

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Semifinal. Recluta patoso vs Orfebre del Zhongguo
Condición: Un mendigo ha de ser el protagonista o un personaje muy principal en el relato.


Memorias de Marco Aurelio

Con ayuda de los frumentarii, Marco Aurelio se atavió con unos harapos y guardó sus ropas en un zurrón. Durante la Pax Romana los viajes por el Imperio necesitaban de menos tiempo y de menos personal, así que el emperador se había desplazado con cuatro frumentariis y veinte guardias pretorianos, llegando una quincena antes de lo previsto a las afueras de Ulpia Trajana, capital de la Dacia, donde el legado propretor Plubio Livio esperaba la visita del emperador.

Marco Aurelio pidió a su comitiva que acampase a las afueras de Ulpia dos noches, ya que quería ver por sí mismo el estado de la capital de la Dacia. Cruzó de día la muralla como otro de los muchos mendigos, hijos de dacios que fueron vendidos como esclavos, que todos los días buscaban su porvenir.

El emperador de pelo ceniciento comenzó a charlar con otro de los mendigos que atravesaban la muralla en dirección al mercado. Al ser preguntado por cómo trataba el legado a los habitantes de Ulpia estalló en una carcajada.

—Fenomenal, fenomenal —comentó entre risotadas—. ¡Cómo se nota que aún no has dado con ninguno de sus soldados, viejo!

Marco Aurelio decidió indagar al respecto, así que al llegar la noche visitó una de las principales tabernas de legionarios, la Vulpes Inculta. Encontró soldados borrachos agarrando a las taberneras y meretrices que rondaban aquel tugurio, abofeteando a aquellas que mostraban una mínima resistencia y tomándolas en la misma taberna. Borrachines apoyados en la barra que evitaban el contacto visual con cualquier legionario por miedo a las represalias. Un joven dacio desmembrado por dos soldados tras pedirles una moneda.

El emperador consideró su deber ahondar en los problemas que Ulpia mostraba, así que la mañana siguiente buscó al tabernero tuerto que había visto tras la barra de la Vulpes Inculta. Le encontró hablando con un vinicultor de la zona, que pedía seis sestercios más por cada tinaja. Tras unos aspavientos y una teatralidad notable, el tabernero logró evitar la subida de precio y el vinicultor marchó refunfuñando. Marco Aurelio, todavía vestido con ropas pobres y sin su característica barba, se acercó al tuerto.

—Hoy no puedo regalar las sobras de vino, mendigo. Anoche perdí cuatro tinajas y tengo el justo para esta noche —comentó al emperador antes de que este hablase—. Vuelve otro día.

—Verá, buen hombre, ya que no hay vino, le pido al menos un panecillo y el deleite de escuchar su historia —pidió el emperador, mirando fijamente la cuenca sin ojo del tabernero—. ¿Sería posible?

—Observo que no eres de aquí, ya que todos saben la historia. Pero veo en tus ojos interés sincero, y para los míos, los que no nos quedamos lamiendo las botas de esos putos legionarios, siempre tengo la despensa abierta —dijo el tabernero mientras se sentaba en un taburete—. Al cerrar mi taberna encontré al legado forzando a dos niñas enfrente de mi taberna. Era algo sabido, pero nunca lo había visto por mí mismo. Uno de sus soldados me sorprendió mirando la escena y me llevó a un callejón donde me arrancó el ojo, para que aprendiese a ser más selectivo observando. Esos fellators me arrancaron un ojo por cometer el ultraje de salir de mi taberna, pero no tuvieron valor de matarme porque su mierda de legión no iba a tener una mejor taberna donde caer redondos noche sí y noche también.

Pasó el resto de la tarde charlando con el tabernero, sin revelar su identidad, y ofreciéndole el hombro que parecía necesitar. El tabernero le ofreció una cama y aseo como agradecimiento.

Al día siguiente, Marco Aurelio salió vestido con sus ropajes habituales, desechando ya el papel de vagabundo, y se reunió con su comitiva de camino al palacio del legado. Plubio Livio recibió al emperador con sorpresa, pues todavía no esperaba su llegada, apresurando a todo el servicio a preparar un banquete. Marco Aurelio le calmó, y le pidió reunirse en privado.

—Verás, Livio, no tengo ni hambre ni sed. Prefiero que me consigas compañía, aunque mi guardia y yo tenemos gustos especiales —susurró el emperador—. Queremos carne joven, nada de compartir putas con tu legión.

Plubio Livio sonrió y se acercó a uno de sus ayudantes, que salió corriendo del salón luego de recibir las órdenes. A la hora, después de pasar por un baño, toda la comitiva de Marco Aurelio, además del legado, se encontraban en una habitación con niños y niñas. Uno a uno, fueron desfilando por delante de estos mientras Livio se vanagloriaba de la calidad del género mostrado.

Sin más aviso que una gesticulación del emperador, dos de sus guardias pretorianas sacaron unas dagas de la toalla que les cubría y degollaron ahí mismo a Plubio Livio. Marco Aurelio aseguró a los niños que serían liberados y que no tendrían que pasar más por eso. Se reunió con la corte del legado para explicarles que todos aquellos que no fuesen leales morirían en ese instante, e hizo llamar al tabernero.

—Amigo, quiero pedirte un favor más para el Imperio. Has visto durante los últimos años lo desastroso que es tener un mal líder, y has tratado con toda la legión en momentos de máxima bajeza —aseveró el emperador—. Tú, mejor que nadie, sabrás cual es el mejor soldado de la Dacia para gobernar con honor esta legión y esta parte del Imperio. Házselo saber al consejo en los días venideros para que le formen como general, mientras yo elijo a un buen cónsul que encauce la política de Ulpia.

El tabernero abrazó al emperador, entendiendo ahora el interés de ese indigente de pelo blanco. Comprendió en ese mismo instante la grandeza de la que todo el mundo hablaba cuando el emperador era mencionado. Supo, al momento, que la Pax en el Imperio estaba asegurada mientras Marco Aurelio viviese.

La Dacia pasó a ser el orgullo del emperador, reforzando su relación con las provincias del este, las cuales iba a necesitar de su lado para la guerra venidera con los pueblos germánicos.

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Semifinal. Recluta patoso vs Orfebre del Zhongguo
Condición: Un mendigo ha de ser el protagonista o un personaje muy principal en el relato.


El humano

Carlos sintió frío, se arrimó a su gato e intentó taparse un poco mejor con un trozo de tela que había encontrado esa misma tarde. En esta época era mejor no acercarse mucho a otros humanos como él. El Ictum lo había trastocado todo. Esos experimentos y esas vacunas del demonio, pensó Carlos, lo habían echado todo por la borda.

Recordó cuando era alguien con un trabajo estable y una familia, se preguntó dónde estaría ahora su mujer. Viviría en el mismo piso y ella y su hijo ya habrían matado al perro estaba seguro de eso. Abrazó instintivamente a Jack, su gato, para protegerlo. Ahora podía pensar con claridad ya que Jack dormía. Los grandes animales habían desaparecido pero no por el cambio climático sino por genocidio. Los humanos se defendieron del Ictum de la única manera que sabían, con la fuerza. Millones de ellos murieron masacrados antes de que pudiesen influir a los humanos. Para la humanidad fue una victoria. Los últimos animales libres fueron encerrados en un zoo especial dormidos sin posibilidad de comunicarse, como si fueran peluches para disfrute de curiosos.

Los animales de compañía les siguieron después. Los ciudadanos en los barrios hacían batidas liberando a los humanos poseídos por ellos. Carlos se revolvió recordándolo. Eso provocó que Jack se despertase y se desperezase mientras le decía un «Buenos días». Carlos recibió el saludo con la sensación de efecto narcótico de siempre. Era el mismo efecto de estar enamorado, el culpable era un aumento de la dopamina cuando te “hablaba” uno de ellos. Los animales de sangre caliente podían comunicarse con los humanos además de leerles la mente a voluntad y manipulaban la dopamina del cerebro para conseguirlo, pero los humanos no podían hacer lo mismo. A la humanidad no le gustó, por eso ya no existían ni siquiera los pájaros o las esquivas ratas.

Esto ocurrió justo después de la gran pandemia de la veinteava ola, cuando las nuevas vacunas basadas en micro partículas de uranio produjeron ese efecto secundario. Los insectos aumentaron y ellos son ahora nuestra nueva fuente de proteínas. Hay mascotas pero son IA, y no muy realistas para que no recuerden mucho a los reales. Por lo tanto, tener una mascota viva era algo repugnante digna de drogadictos además de un delito.

Jack se empezó a lamer el culo a la vez que le hablaba «No lo pienses mucho más, Carlos. No van a cambiar las cosas y ahora mismo tengo hambre».

—Tienes razón, vamos a ver qué encontramos entre los cubos de la basura.

Carlos se dirigió al final del callejón donde tiraban la basura orgánica, Jack iba a su lado. A esas horas ni los otros vagabundos aparecían por allí. Jack subió ágilmente y rebuscó junto a su humano. Encontraron un par de restos de licuados de insectos que devoraron vorazmente aunque no les pareció suficiente. Al poco oyeron un ruido, Jack inmediatamente se metió entre el abrigo de Carlos. Un par de policías aparecieron a lo lejos y se acercaron a él mientras seguía rebuscando. Los policías hablaban entre ellos.

—Mira a este apestoso vagabundo, un amigo de los Ictum. Está así por los efectos del síndrome de abstinencia. Busca, no encontrarás ni una cucaracha. Solo porquería como lo que tú eres. —Uno de ellos le dio una patada tirándolo al suelo—. Aparta. Solo eres un deshecho, un vagabundo que prefirió a esos inmundos seres antes que a los humanos.

Cuando se fueron Carlos se levantó y abrió su abrigo con preocupación buscando a Jack. Este saltó al suelo restregándose por sus piernas ileso y entonces ocurrió, ahí estaba ella. El primero en percatarse de la presencia de alguien fue Jack, y Carlos antes de ver el pelo erizado del gato lo sintió en su cerebro como un pinchazo. Los ictum también eran capaces de producir dolor.

—Hola, no tengáis miedo, os he visto de casualidad. Soy de una organización en defensa de los ictum. Intentamos ayudarlos.

La chica avanzó con los brazos en alto y los bajó para acariciarlo cuando Jack se acercó a ella zalamero. Carlos supo que estaban “hablando” cuando un sentimiento de ira y celos le invadió, esos sentimientos eran solo suyos. Los ictum no podían comunicarse con dos humanos al mismo tiempo. Carlos sabía que era cuestión de tiempo, tendría que actuar rápido.

La chica hablaba sin parar sobre el proyecto de la ONG, como iban a crear un refugio y crear un partido político y muchas más cosas que tenían a Jack fascinado, incluso le ronroneaba en su regazo. Carlos se agachó a coger una vara de hierro sin que ninguno de los dos se percatara. Golpeó a la chica con la barra y esta cayó al suelo. Jack se apartó instintivamente y miró a Carlos fijamente. «Tírala», este obedeció inmediatamente arrojando la vara lejos. Jack se acercó a olisquear a la chica. «Está muerta». Jack no le preguntó la razón, no le hacía falta ya que lo veía en su mente. Carlos sabía que a Jack no le había gustado que lo hiciera, seguramente le castigaría sin hablarle un tiempo, pero al final le hablaría y lo importante es que seguirían juntos. Se seguirían protegiendo juntos como siempre. Esta vez habló él.

—Bueno, piensa que tendremos comida por un tiempo. No era de fiar y lo sabes, Jack. No es tan grave.

Carlos empezó a cortar algunos trozos de la chica para llevárselos, el resto los tiró al contenedor de los restos plásticos, ahí no mirarían los otros vagabundos. Cuando terminó buscó a Jack, lo encontró agachado lamiendo la sangre de la chica en el suelo. Se acercó a él un poco temeroso y le acarició el lomo, notó cómo arqueaba el lomo hacia su mano a la vez que empezó a ronronear, y así se quedó un buen rato pensando que eso era la felicidad.

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Semifinal. Beatrix Kiddo vs Pechitos McTetis
Condición: El protagonista debe trabajar con cadáveres.


La mano del muerto

«Sólo necesito doce más», pensaba Wyatt mientras cavaba. A pesar de la oscuridad reinante, rota solamente por el leve resplandor de la lámpara de aceite apoyada en la tierra, llevaba puesto un pañuelo que ocultaba sus facciones, como un vulgar bandolero. El revólver, bien engrasado, se encontraba metido en su cartuchera. No era probable que alguien apareciese por allí después del crepúsculo, pero de darse el caso, tendría que liquidarlo antes de que fuese corriendo a contarle al sheriff lo que Wyatt estaba haciendo, situación que implicaría una soga alrededor de su cuello. Él, que se había convertido en un respetado sepulturero en la ciudad vecina, sería ajusticiado como un burdo ladrón de tumbas.

La pala golpeó el ataúd. Con el martillo que había traído hizo palanca para desclavar la tapa. El plazo expiraba a medianoche, y ese era el último cadáver que le podría proveer. Su última oportunidad. Tan solo necesitaba que el muerto estuviese bien surtido. Allí de pie, mirando el cadáver tenuemente iluminado del hombre que había sido enterrado esa misma tarde por un compañero de profesión, recordó el origen de aquella siniestra aventura.

Todo comenzó hacía exactamente un año. Como muchas otras noches, Wyatt estaba jugando al póker en la mesa del Little Creek Saloon con varios de los habituales. Después de varios manos, y de que el whisky hubiese calentado los cuerpos y las voluntades de los jugadores, un forastero misterioso entró en el salón y pidió unirse a la partida.

El forastero vestía como un hombre muy rico, y fue rápidamente aceptado. Jugaba de manera descerebrada, reflejo de una gran inexperiencia o de una gran temeridad, y bebía más que cualquiera de los presentes.

La partida avanzaba y se repartió una nueva mano de cartas. A Wyatt le cayó en suerte un as y un ocho, la mano del muerto. Tras el flop, consistente en otro as y una pareja de ochos, el forastero apostó una escandalosa cantidad de dinero. Wyatt, envalentonado por su full, se lo jugó todo: el dinero que tenía, el que no tenía y el que nunca llegaría a tener. Cegado por el alcohol y la codicia, aseguró poseer bonos de la compañía ferroviaria que servirían para cubrir la descabellada apuesta de su rival. Y, con la pareja de ases que el forastero tenía en la mano, Wyatt perdió.

—Tenemos que hablar, sepulturero —dijo el forastero mientras recogía sus ganancias—. Te espero en la esquina de la barra.

Wyatt, desesperado conocedor de sus finanzas, no sabía cómo salir de aquel aprieto. Se acercó a la barra intentando imaginar una excusa aceptable. Sin embargo, antes de que pudiese abrir la boca, el forastero tomó la palabra.

—Sé que no dispones del dinero suficiente para pagar tu deuda, sepulturero. Te propongo un acuerdo alternativo con el que condonaré tu deuda. Necesito un mercancía un tanto especial, y tú puedes proporcionarmela. Volveré dentro de exactamente un año, y me entregarás mil dientes arrancados de cadáveres frescos. Iré a verte a medianoche, en la loma del Diablo, a las afueras de la ciudad.

Wyatt se habría negado en rotundo a aceptar semejante disparate de no ser por los ojos del forastero. En ellos observó una oscuridad profunda, antigua e inhumana. Ningún hombre se atrevería a contrariar al poseedor de aquellos ojos.

—Recuerda. Me debes mil dientes.

Y sin esperar respuesta, el forastero se marchó.

A partir de ese día, comenzó a extraer los dientes de los cadáveres que preparaba, justo antes de cerrar sus ataúdes. Cuando amaneció el día en que finalizaba el plazo, poseía novecientos ochenta y ocho dientes. Le faltaban doce para llegar a los mil, y aquella tarde enterraban a un hombre en el pueblo más cercano. Decidió asaltar su tumba al amparo de la noche. Y allí se encontraba.

Wyatt abrió la mandíbula del cadáver con mucho esfuerzo, debido al rigor mortis, y observó dentro de la boca, acercando la lámpara. Lo que encontró le provocó un gran desasosiego: al muerto sólo le quedaban nueve dientes. Wyatt sintió un profundo escalofrío, desde la base de la columna vertebral al cuello, recordando la mirada de infinita oscuridad del forastero. «Seguro que no los cuenta», se dijo con poca convicción. Arrancó los dientes del cadáver con la ayuda del martillo, y los metió en el saco en el que transportaba el resto. Recogió su equipo y se dirigió a la loma del Diablo.

Llegó cuando apenas faltaban unos minutos para la medianoche, momento en que apareció el forastero, silencioso como una sombra.

—No te has olvidado de mí, sepulturero.

Wyatt no respondió. Alzó el saco de dientes y lo entregó. El forastero sopeso el saco con ambas manos y, sin abrirlo, dijo:

—Faltan tres dientes, Wyatt.

—No he tenido ocasión de conseguir más —balbuceó Wyatt visiblemente alterado—. Sólo necesito que muera alguien más. No faltan más que tres dientes. El viejo Roberts está muy enfermo, tal vez en un par de días…

El brazo del forastero salió disparado hacia la cara de Wyatt con la velocidad del rayo. El sepulturero no vio venir el puñetazo, que impactó en su mejilla izquierda. Fue como si lo arrollase un tren de mercancías. Antes de llegar al suelo, ya había perdido la consciencia.

Cuando volvió en sí, ya había amanecido y no había rastro del forastero. Se levantó aturdido y con un terrible dolor palpitante en su maltrecha mejilla. Algo llamó su atención. En el suelo, sujeto por una piedra, había una nota escrita en la parte de atrás de un cartel de «Se busca». «Has saldado tu deuda», decía la escueta nota. Wyatt no acabó de entender el significado de la misma hasta que, presa del dolor, palpó su mejilla herida con los dedos. Notó un hundimiento, una ausencia. Abrió la boca y comprobó lo que ya imaginaba: le faltaban tres dientes.

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Semifinal. Beatrix Kiddo vs Pechitos McTetis
Condición: El protagonista debe trabajar con cadáveres.


C’est la vie

La mayor parte de los casos de asesinato se resuelven encajando entre sí todas las pistas extraíbles de la escena del crimen, el arma asesina y el cuerpo del delito. Por ello, no es raro que existamos los especialistas en hacerlas desaparecer. Más concretamente, yo me encargo de los cadáveres: un cliente me llama, concertamos una cita, manda a un matón a mi casa que deja en el garaje una enorme bolsa rellena de muerto, y empieza mi trabajo.

Se podría decir que me ocupo de trasladar a los difuntos a su lugar de descanso final, llevando el significado de enterrar un paso más allá: cojo un contenedor biodegradable, introduzco al finado, relleno los huecos de abono y sustrato, y me adentro en el monte para plantar un árbol sobre el fallecido.

Muchos están en este ramo porque así dan salida a sus rasgos psicopáticos; yo solamente trabajaba en jardinería pero tenía gustos caros. Y aunque es media jornada a pico y pala, está bien remunerado, es simple y es fácil.

Pero esta vez algo ha salido mal. O bien, según el punto de vista, pues cuando abro la bolsa para mover el cuerpo al bidón, me encuentro a un niño, vivo, de unos 10 años, con la cabeza ensangrentada, mirándome con ojos llenos de terror.

Yo también entro en pánico. Jamás he matado a nadie, y no iba a empezar con un crío. Tampoco puedo llamar al cliente, lo único que haría es rematar el trabajo.

El chaval sigue en shock. Llora silenciosamente sin atreverse a apartar la mirada. Le digo que no se preocupe, que todo va a salir bien. Lo llevo en mis brazos hasta el coche, conduzco hasta el hospital más cercano y le dejo en la entrada de urgencias. No puedo arriesgarme a más.

Aunque realmente mi carrera ya se ha acabado, y quizás alguna otra cosa también.

En las películas, la gente como yo siempre tiene un plan para exponer los crímenes de sus clientes en caso de defunción prematura por obra de un socio de negocios, pero en la vida real… eso no funciona. Medios, policías, jueces y políticos están en el ajo lo suficiente como para que no valga como seguro de vida.

Doy vueltas con el coche para concentrarme en encontrar una solución, pero en apenas una hora la noticia ya ha llegado al foco de atención pública. Se ve que sus padres declararon ayer en el juicio por un caso de corrupción inmobiliaria tan típico de por aquí. Más concretamente, son testigos clave y su declaración podría derrumbar al partido que gobierna la región. El niño sin duda estaría en el programa de protección, pero un policía cobra demasiado poco.

Cualquier posibilidad de salvarme se ha desvanecido.

Voy a una tienda de productos gourmet y compro un buen solomillo de ternera argentina. Una botella del mejor tinto que encuentro. Un tarro de helado de vainilla de Madagascar con nueces de macadamia.

Mientras se oxigena el crianza y se calienta la sartén, llamo a mi madre, le pregunto que qué tal su día, me río de sus anécdotas en el mercado y le digo que la quiero. Cuando el solomillo reposa en el plato para acabar de hacerse, llamo a mi hermano pequeño y le comento que recibirá una transferencia para los regalos de Navidad de sus críos, que aproveche para un viaje a Disneyland, que cuide de mamá, que le quiero, y que me tengo que ir, que se me enfría la carne.

La última cena es realmente exquisita, y parece que aún me queda algo de tiempo, así que me siento en el sofá con una cuchara y el tarro de helado y me pongo mi película favorita.

Más o menos por el principio del tercer acto llaman a la puerta. Me encuentro a mi cliente acompañado de dos gorilas. Les invito a pasar, les indico que tienen vino en la encimera si les apetece, y me vuelvo al sofá.

Los matones ponen mala cara, malinterpretando mi resignación como burla, y avanzan hacia mí, pero su jefe les ordena que se detengan y esperen fuera. Suspira, no le gusta lo que tiene que hacer, pero es lo que tiene que hacer. Saca su pistola y me pega un tiro.

Abro los ojos y me sorprende tanta claridad. ¿Estoy en el hospital? ¿Estoy de pie? ¿Sigo con vida?

—No, has muerto. Sigues en tu casa.

Observo a mi interlocutor: un hombre mayor, con profusa barba cana, de tez morena y nariz afilada, porta una larga túnica blanca inmaculada y me contempla desde el otro lado de mi sala de estar. A mi lado, en el sofá, se encuentra despatarrado mi cadáver. Por la puerta se marcha mi asesino.

—¿Quién… quién eres?

—Para ti, supongo que soy San Pedro. También soy Anubis, Caronte o las Valquirias. Según toque.

—La Parca, entonces.

—No, no. Destino es mi hermano. Sólo soy la Muerte. Normalmente ya habríamos acabado, pero te has preparado toda la noche para recibirme. Me parece un detalle bonito. Podemos retrasarnos un poco antes de marcharnos.

—¿El niño?

—Está bien. No es su hora.

—¿Dónde me llevas?

—Ahora lo verás, no te voy a arruinar la sorpresa. Acabemos de ver la película. Me encanta La Jungla de Cristal.

Gruber se precipita al vacío. John y Holly se abrazan. El agente Powell culmina su arco de redención y superación. La pareja se va en la limusina.

—Genial, como siempre. —Miró su smartwatch, totalmente anacrónico en su figura, hizo una mueca y añadió—: Tenemos que irnos.

El anciano se levanta, me tiende la mano y, aunque no desee hacerlo, me siento compelido a aceptarla.

—No… No quiero irme.

—¿Preguntabas a tus encargos si querían ir?

Touché.

Me encogí de hombros y le seguí.

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Interludio. Fuera de concurso.
Condición: Un mendigo ha de ser el protagonista o un personaje muy principal en el relato.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Reflejos de un paria

El Brummel resaltaba el olor a triunfador que le dejaba el gel Magno en su cuerpo y, con sus gafas de aviador y su traje navy blue recién comprado en El Corte Inglés, acompañado de su pelo engominado, terminaba por pulir el aspecto de un auténtico tiburón de las finanzas.

Armando sabía hacer dinero, o eso pensaba para sí, y por eso le costaba creer que no se peleasen por él las grandes firmas. Seguía siendo un cualquiera en la empresa que le abrió las puertas hace doce años, cuando despuntó en la promoción de 1993 de ADE en Valladolid, siendo el duodécimo de los veinte graduados. Pero claro, él sabía que esforzándose más hubiese sido, fácilmente, el primero. Un potencial Premio a la Excelencia que adolecía de motivación. Pero daba igual, las grandes firmas se lo perdían, él sabía que un día daría un pelotazo y tendría más dinero que todas juntas.

Salió con presteza del autobús, asqueado del olor de los pobres y turistas, a dos manzanas de su oficina. Al lado de la puerta se encontró al indigente que solía ver allí, entre sus cartones, todos los días. Veía a algunos de sus compañeros saludar al mendigo, e incluso regalarle alguna manta para que este febrero tan frío le fuese más fácil, lo cual resultaba incomprensible para Armando. Él prefería fingir que ese vagabundo no estaba ahí porque la simple idea de interactuar con un paria como Isidro le parecía vomitiva.

—Amigo, ¿tienes unas monedas sueltas por ahí? —preguntó Isidro incorporándose y acercándose a Armando—. Solamente necesito para comer algo hoy.

—Y una mierda te voy a dar mi dinero para que te compres vino, asqueroso —respondió Armando mientras se apartaba—. Échate para allá, joder.

—Por favor, amigo, que anoche no pude cenar y me rugen las tripas —insistía Isidro, llegando a agarrar el brazo de Armando—. Con dos euritos yo me apaño.

En ese mismo instante, Armando se soltó con fuerza de Isidro, haciéndole caer al suelo de boca, golpeándose la cara con la acera. Armando, totalmente furioso, pateó dos veces en las costillas a Isidro.

—Puto vagabundo de mierda —espetó mientras se estiraba el camal de su traje—. Qué coño hace tocándome un puto mierdas como tú.

Armando vio a Isidro en el suelo, con la cabeza agachada, y decidió marcharse al trabajo mientras balbuceaba el tremendo asco que le daban los pobres. Alcanzó la puerta del edificio y comprobó rápidamente por la expresión de la recepcionista que nadie se había dado cuenta de su percance con el indigente. Aliviado, pasó su tarjeta y accedió al ascensor.

Dos horas después, Isidro por fin tuvo suerte, ya que una señora que debía de vivir por el barrio le dejó una ensaimada y un vaso grande con café al lado de los cartones. Isidro hizo el amago de levantarse a agradecérselo pero las costillas maltrechas frenaron su movimiento y, para cuando quería estar erguido, la señora ya se había alejado demasiado.

—Cómo se nota que los jefes son unos putos cutres, ¿eh? —comentaba Armando a uno de sus compañeros en la terraza, mientras fumaban—. Mucho chalet y mucho cochazo pero tienen el edificio hecho un puto asco. Mi cuñado es técnico en Prevención en Riesgos Laborales y dice que el día que venga una inspección se nos cae el pelo. Menudas ratas están hechos.

—Bueno, ya será para menos, hombre —dijo con mesura su compañero—. Es invierno, es normal que los aires acondicionados funcionen mal o que los ascensores se paren alguna vez. Tienes que pensar que esto se inauguró hace veintiséis años.

Armando refunfuñó, pero ya tenía el cigarro casi terminado, así que lo lanzó apuntando al aire acondicionado que había en la planta veintiuno, donde intentaba acumular toda la basura posible lanzándola desde la terraza.

El encargado de Armando la había vuelto a tomar con él. Otro día más que se escaqueaba para fumar más de lo que establecía el convenio, así que hoy iba a hacer que se quedase hasta que terminase lo que había dejado por hacer. El resto de sus compañeros habían abandonado la oficina, y allí estaba el tiburón de las finanzas, castigado dos horas más, y encima siendo sábado. Quién le mandaría ir un sábado a intentar ganar puntos con los jefazos, pensaba para sí mismo.

Distraído, no podía evitar pegar vistazos por la ventana de la planta veintiuno, y en uno de estos se sorprendió al ver humo saliendo del famoso aparato con el que practicaba su puntería desde la terraza. El cigarro no había caído apagado y se había prendido el resto de basura que había acumulada encima. Armando se empezó a agobiar, así que apagó el ordenador desenchufando el cable y decidió bajar a avisar a la recepcionista.

Isidro había engullido su ensaimada y apurado su café, pero conservaba el vaso de papel con algo de agua que había encontrado en una botella en una papelera. Estaba en el callejón entre la empresa de Armando y el edificio de al lado, ya que no quería estar cerca cuando ese bruto saliese del trabajo. Isidro probó el agua que llevaba en el vaso y escupió al momento, notando un olor y un sabor extraño en su vaso. Asqueado, lo lanzó contra un contador eléctrico que había al lado. El contador pegó un chispazo e Isidro decidió marcharse antes de que alguien le echase la culpa.

El ascensor de Armando se paró a mitad de bajada. Estaba entre dos plantas, así que al abrir las puertas con fuerza solo encontró hormigón. Notaba como el calor se empezaba a acercar desde arriba, y por mucho que pulsase la alarma del ascensor, nadie contestaba al otro lado.

—¿Hablo con los bomberos de Madrid? —preguntó un vigilante de Prosegur—. Les llamo desde la Torre Windsor, en AZCA. Aquí hay un incendio inmenso. Se ve humo y llamas en las plantas de arriba. Eso sí, ya nos hemos encargado de evacuar a las pocas personas que quedaban dentro. Vengan cuanto antes.

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Interludio. Fuera de concurso.
Condición: El protagonista debe trabajar con cadáveres.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Victoriosa

Cumplo ya mi tercera singladura en la carabela Victoriosa, mas mi espíritu aún se inquieta al pensar en su cargamento. La Corona ha querido devolver a su patria a los valerosos soldados muertos en la conquista de las Indias Occidentales, para que reciban allí cristiana sepultura. No es una misión sencilla: en nuestro primer viaje, casi la mitad de la tripulación enfermó debido a los efluvios de los cuerpos en descomposición, hasta que logramos sellar cada grieta de la bodega con brea. Seis de mis compañeros acabaron por entregar sus almas al Hacedor y sus cadáveres se unieron a nuestra carga. Para la segunda travesía, se decidió además quemar la carne de los muertos, para transportar únicamente sus osamentas. La vuelta a España transcurrió entonces sin problemas.

Por desventura, Dios no ha querido que este tercer regreso sea plácido también. Baldeaba la cubierta de la nave cuando el vigía anunció a pleno pulmón una vela a estribor. El capitán Mendoza confirmó con su catalejo un bergantín con todo su trapo desplegado y con la bandera negra como pabellón. ¡Piratas! ¡Corsarios! No tardamos en desplegar el trinquete, pero pronto quedó patente que nuestro perseguidor era mucho más veloz que nosotros.

El bergantín se encuentra ya casi a tiro de cañón. Parapetados tras la borda o tras improvisadas barricadas, esperamos esa primera detonación que comience la masacre. Un trueno precede a la lluvia de astillas, trozos de madera y jirones de tela que barre nuestra cubierta, y al chasquido de varias jarcias al ser cortadas. Algunos marineros resultan heridos y sus gritos de dolor enervan aún más el ambiente. Nuestra embarcación se sacude al devolver el fuego, pero estoy demasiado asustado como para comprobar si hemos hecho mella en el bajel pirata. Entiendo que no, porque su siguiente andanada no tarda en llegar. La fortuna nos es esquiva: un proyectil alcanza el mástil de mesana, que tras unos segundos se quiebra cerca de la base, cayendo vela y aparejos al mar, frenándonos al arrastrarla. El abordaje es inminente.

El caos reina en cubierta. Más y más piratas saltan a nuestra embarcación, y nos defendemos como podemos: espadas, cuchillos y bicheros chocan entre sí y cortan piel, carne y huesos. Ya me he desecho de dos enemigos, y me enfrento ahora a un gigantón malencarado, con una larga cicatriz en el rostro que alcanza hasta el lugar donde sólo quedan restos de su oreja. Bloqueo como buenamente puedo los golpes que me lanza con una especie de garrote, mas finalmente mi arma se quiebra y recibo un impacto en la sien que me deja sin sentido.

Recupero la conciencia maniatado junto a mis compañeros supervivientes. Observo que los vencedores arrojan a la mar a los que han sucumbido a la batalla, sin hacer distinciones entre los suyos o la tripulación de la Victoriosa. Uno de los corsarios, supongo que su líder, interroga a nuestro capitán, vociferando en inglés. Mendoza, tras unos momentos, le responde algo que no entiendo: «¡No gold! ¡Dead! ¡Dead! ». Sus palabras parecen no gustar al pirata, que le propina un fuerte golpe con la empuñadura de su espada. A continuación, grita unas órdenes y varios de sus hombres bajan a la bodega. Se escuchan golpes contra la madera, seguramente intentando echar abajo la puerta sellada. A fe mía que esos granujas se llevarán un buen chasco cuando descubran que no transportamos mercancía de valor.

Un crujido y un golpe me indican que la puerta ha caído. Aguardo unos gritos de furia y frustración que no se dan; en su lugar, nos llegan unos alaridos de sorpresa, prontamente interrumpidos. El capitán pirata vocea, pero no obtiene respuesta alguna. Ladra una orden a uno de sus subordinados, señalando con la punta de la espada la entrada a la bodega. El corsario avanza dubitativo, deteniéndose ante la portezuela. Y es entonces cuando el extremo de una hoja fantasmal asoma por su espalda. El hombre cae sin emitir un ruido, aparentemente sin derramar una gota de sangre, y pasando sobre su cadáver aparecen seis espectros. La mayoría no reacciona ante tan pavorosa aparición, y antes de darnos cuenta sus etéreas armas han dado buena cuenta de los bandidos, alguno de los cuales ha tratado de defenderse, inútilmente. Una de las apariciones se yergue frente a nuestro capitán.

—Teniente Alonso de Vidarreta, para serviros a Dios y a vos—dice solemnemente mientras inclina la transparente cabeza en señal de saludo—. Nuestro agradecimiento por trasladarnos a nuestra amada España para poder reposar allí al fin, y por darnos la oportunidad de prestar un último servicio a la Corona. Todo hidalgo español debe regocijarse ante la perspectiva de aniquilar a unos bellacos hijos de la pérfida Albión, aunque sea tras su muerte.

Y con estas palabras, y en medio de un silencio sepulcral, los seis soldados desaparecen a través de la puerta por la que subieron a cubierta.

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Final. Orfebre del Zhongguo vs Beatrix Kiddo.
Condición: construir un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich. No es necesario que vuestra historia haga referencia a lo descrito en el título, vuestro relato puede ser totalmente original y, simplemente, reflejar lo que se ve dentro del cuadro


Quebrantahuesos

La elegancia del vuelo del quebrantahuesos desaparece rápidamente cuando observas sus ojos sedientos de sangre mientras deja caer otro caparazón contra la escarpada cumbre de Castro Valnera. Alfonso Yagüe lo sabía, y le encantaba esa dualidad. La precisión de obtener información; la contundencia con la que la extraía de los detenidos. En dos días tenía que volver a la crudeza del trabajo, así que aprovechó el día sin xirimiri para subir a lo alto de la montaña y ver como el mar de nubes tapaba su Cantabria natal. Disfrutaba con las caricias del sol y los susurros del viento. Ahí no había ni gritos ni sangre, solo monte y naturaleza.

Como siempre, condujo sin excesos de velocidad ni excentricidades. Aparcó su Opel Kadett a las afueras de Rentería. Sacó del maletero un chándal de táctel, se cambió la ropa en el aparcamiento y empezó su caminar hasta el cuartel. No quería destacar como un forastero que se metía en los asuntos del pueblo, así que llevaba más de un año pareciendo un yonqui itinerante que se acercaba dubitativo al cuartel de noche, como tantos otros, a preguntar si algún familiar estaba pasando la noche en el calabozo. Al llegar recibió una mueca del teniente Domínguez y, después de comprobar que no había nadie oyendo la conversación, le invitaron a pasar a los interiores del cuartel.

Alfonso Yagüe era conocido dentro del Cuerpo. Todos los destinados en el País Vasco sabían que era el mejor exprimiendo etarras. No mostraba clemencia alguna, pero sabía hacer creer a esos pobres diablos que su hora no iba a llegar esa noche. Que Yagüe volviese a Euskadi solía significar que alguien gordo de ETA iba a caer.

Hoy se enfrentaba a una rara avis para él. Lo que le esperaba en la sala de interrogatorios era una mujer que sabía donde estaba uno de los líderes de ETA. Estuvo observando a través del cristal más de hora y media de interrogatorios que no iban a ningún lado, pero los inspectores le aseguraron que estaba ocultando información. Yagüe había terminado con su plan de actuación, y así se lo hizo saber al sargento Remiro. Este puso una cara poco habitual en un Guardia Civil curtido como él: no sabía como alguien podía tener estómago para hacer pasar por eso a una chica de veinte años que no pasaba de los sesenta kilos.

Yagüe pidió que la sujetasen mientras le iba cortando la ropa con una tijera para poder retirársela más fácilmente. Totalmente desnuda, le hizo unos cuantos cortes superficiales en la piel y la dejó atada de manos y pies en una silla metálica. Mandó sacarla al patio del cuartel. La orden era clara: durante los próximos dos días, un manguerazo de agua cada hora. El resto de Guardias Civiles no podía acercarse ni mucho menos tocarla, y tampoco se le podía dirigir la palabra.

Tras dos días reservándose para su gran velada, por fin llegó la gran noche: tenía delante un caparazón con grietas. La encontró temblando en el patio, fría como un témpano, y con los ojos muy abiertos. Había marcas de arañazos en los brazos de la silla, sangre en las uñas y unas clavículas mucho más marcadas. Mandó que cortasen las bridas que la mantenían sujeta al asiento y la recibió en la sala de interrogatorios. Allí la esperaba con una sopa caliente y un bocadillo. La pobre no pudo pensar ni en rechazar el alimento, así que se lanzó desesperada a beber el caldo.

De golpe, empezó a toser sangre. Trozos de cristal muy pequeños en la sopa le habían cortado el interior de su boca. No podía contener la tos, y cuando por fin consiguió frenarla, recibió un puñetazo en toda la sien al mirar al frente. Derribada contra la silla, Yagüe la volvió a atar de manos y pies. Por fin escuchó las primeras palabras de su captor:

—Habla. Por tu bien, habla.

—No se nada, lo juro —empezó a sollozar, vocalizando con dificultad—. No sé ni que hago aquí. No he hecho nada. Solo soy una estudiante.

—Sé que sabes donde se esconde el Dortoka. De ti depende que pare ya.

Ella simplemente negó con la cabeza, y Yagüe se encogió de hombros. El caparazón necesitaba más grietas, así que iba a lanzarla desde más alto. Con unos alicates, empezó a desplazar sus uñas ligeramente hacia arriba mientras ella lloraba de dolor. En la apertura, colocaba pequeños trocitos de bambú ya astillados. Cuando tuvo preparados los cuatro dedos, apretó todas las uñas a la vez. El ruido del grito se escuchó desde fuera de las paredes acolchadas. Sin dejarla prácticamente respirar, empezó a levantar el resto de uñas.

—Está en un piso de Oyarzún, al lado de la parroquia. Es el número 21, en el tercero. El resto del bloque está vacío —gritó mirándole a los ojos—. Por favor, no me hagas más daño.

Una unidad acudió al lugar, y a la hora supieron que lo habían detenido. Yagüe recibió la noticia por el interfono y antes de que terminase de recibirla, este propinó un golpe contundente en el cráneo con su codo a la chica. Con una sonrisa de oreja a oreja la pateó hasta que su rostro quedó totalmente desfigurado. Los Guardias Civiles que observaban desde fuera no amagaron con entrar. Sabían que era parte del proceso. Pura cadena alimentaria. El quebrantahuesos había vuelto a abrir un caparazón y ahora se estaba divirtiendo con sus entrañas. Con el Dortoka detenido, Alfonso Yagüe podía volver a la paz en Cantabria.

El sadismo no existe en el reino animal, solo hay depredadores y presas. Nadie culpa al quebrantahuesos de sobrevolar el mar de nubes para romper las durezas que le niegan sus nutrientes. Es su naturaleza, es su alimento, nada más. Yagüe necesitaba depredar vidas para estar bien. Ayudar a la Guardia Civil o luchar contra el terrorismo era el pago al que se había comprometido para que le permitiesen romper vidas contra el mar de nubes.

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Final. Orfebre del Zhongguo vs Beatrix Kiddo.
Condición: construir un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich. No es necesario que vuestra historia haga referencia a lo descrito en el título, vuestro relato puede ser totalmente original y, simplemente, reflejar lo que se ve dentro del cuadro


Maestro del pincel

Hermes abría la comitiva, volando a escasos centímetros sobre el suelo. Detrás, a pocos metros de distancia, lo seguían dos hombres. El primero, Caspar David Friedrich, cansado por la dureza de la ascensión; el segundo, Eugène Delacroix, agotado por tener que cargar además con un caballete, el lienzo y sus pinturas.

—Perfecto, caballeros. Hemos llegado a la cima. ¿Ven? No ha sido tan duro —dijo Hermes. Los dos hombres lo fulminaron con la mirada—. Señor Delacroix, monte el caballete sobre esa elevación. Señor Friedrich, usted será el modelo. Colóquese sobre esa roca mirando hacia el horizonte. Ese mar de nubes es impresionante.

—Disculpe, señor Hermes. No sé cómo debo referirme a usted. No estoy acostumbrado a dirigirme a un Dios —dijo Friedrich.

—Sí, usted es más de blasfemar. Llámeme Hermes, a secas.

—Bien, pues… disculpe, Hermes. ¿Me devuelve mi bastón?

—¿Su bastón? Yo no lo he cogido. Lo habrá perdido por el camino.

—He visto como lo ha cogido y se lo ha pasado a Delacroix cuando he parado a orinar. De hecho, cualquier tonto puede ver que ha tratado de ocultarlo adosándolo al caballete. Con escaso éxito, debo decir.

El aludido intentó disimular encogiéndose detrás del lienzo.

—No es posible que me haya visto —dijo Hermes—. Cuando se ha parado a orinar el viento iba hacia usted. La única forma de que me haya visto es que usted haya meado contra…

—¿Se acuerda que le pregunté si tendría una toalla?

—¡Oh! Recuérdeme que no vuelva a tocarle. Bien, recoja su bastón y continúe con el posado.

Friedrich adoptó una posición solemne, con la pierna izquierda adelantada y ligeramente flexionada al estar en una posición más elevada, y el bastón en la mano derecha. Varias horas después, Delacroix dio por finalizado el boceto.

—Ya tengo las líneas maestras —dijo—. A partir de aquí podré terminarlo en el estudio.

—Perfecto —contestó Hermes—. Pongámonos en marcha. Caballeros, suban a las nubes, les espera una buena caminata hasta el Olimpo.

—¿Por encima de las nubes? ¡Pero si estamos en Sajonia! —exclamó Friedrich.

—Ya conoce el dicho: todos los caminos conducen al Olimpo

—En realidad, el dicho es: todos los caminos conducen a…

—Ni se le ocurra mencionarlo. ¡Malditos romanos y su apropiación cultural!

Después de varias horas de nubosa ruta en silencio, Friedich no pudo contenerse.

—¿De verdad merezco esta tortuosa marcha?

—Debe pagar por su error, artista. Le sugiero que no vuelva usted a cagarse en el olimpo y en todos sus dioses.

—Tampoco fue algo tan grave.

—La verdad es que no. Debería haber visto la metedura de pata de Caravaggio. Zeus me ordenó que lo condujese al Olimpo a través de la guarida de Medusa.

Friedrich decidió que sería más prudente no preguntar. Permaneció callado el resto del camino, que pareció prolongarse durante varios días, a pesar de que en ningún momento se hizo de noche. El tiempo debía transcurrir a un ritmo diferente al que él conocía.

Al llegar al Olimpo, Delacroix se encerró en el estudio de los pintores sin perder tiempo en despedirse. Hermes explicó lo que ocurría al desconcertado Friedrich.

—Siguiendo la tradición, el señor Delacroix pintará dos copias del cuadro y podrá volver a su casa. Una de las copias se quedará en la pinacoteca del Olimpo y la otra será para usted, señor Friedrich, que la firmará y presentará como suya. No se sorprenda, lo hacemos siempre. Le hablé antes de Caravaggio. Su famosa cabeza de Medusa fue en realidad pintada por Velázquez. Es una especie de broma entre los dioses. Vamos, el cónclave está reunido. Debe presentarse allí de inmediato.

Friedrich entró en la sala y esperó. Tras unos minutos, Zeus pareció tomar consciencia de la presencia del pintor.

—Mortal, por tus pecados has sido condenado. Permanecerás en el Olimpo como pintor de cámara hasta que otro tonto artista cometa un desliz y te sustituya. No te preocupes demasiado, la estancia media es de dos meses.

—¡Dos meses aquí arriba!

—Silencio, mortal. O no seré tan benévolo con tu falta. Hermes te explicará las normas de comportamiento principales, pero me gustaría recalcar dos de ellas. En primer lugar, nada de probar la ambrosía, pues está reservada a los dioses; en segundo lugar, nada de intentar cortejar a Afrodita.

Friedrich dirigió una mirada de reojo a la diosa de la belleza y recibió al instante un descarga eléctrica del dedo de Zeus.

—Co…comprendido, mi señor —tartamudeó Friedrich.

—Sois todos de la misma calaña, artistas. Puedes retirarte. Hermes te mostrará tus estancias.

—Muchas gracias, mi señor.

El pintor hizo una reverencia y abandonó la sala.

***

Friedrich llevaba casi un mes en el Olimpo cuando Hermes se cruzó con Hera, visiblemente turbada.

—¿Qué te ocurre, Hera?

—¡Es el idiota de mi marido! Creo que ha vuelto a las andadas otra vez. Estúpido y seductor Zeus. ¡En cuanto lo vea, cogeré uno de sus rayos y se lo meteré por su divino trasero!

—Está bien, está bien, cálmate. Hablaré con él.

Hermes, que estaba puntualmente informado de cualquier cotilleo que ocurriese en el Olimpo, sabía que Zeus y Friedrich pasaban cada vez más tiempo juntos en el estudio de pintura. Fue a hablar con Zeus y éste se comprometió a zanjar el asunto para calmar a su encolerizada esposa. Zeus convocó a Friedrich a su presencia.

—Seré breve, Caspar. Mi esposa no ve con buenos ojos nuestras reuniones. La última vez que estuvo tan enojada agarró la caja de Pandora y amenazó con volver a abrirla. No puedo permitir que algo así ocurra, así que me veo en la tesitura de despedirme de ti. Quiero que sepas que siempre recordaré tu gran habilidad con el pincel.

—Lo comprendo, gran Zeus. Debo decir que me ha sido difícil plasmar tu gran majestuosidad en mi lienzo. Yo tampoco te olvidaré. ¿Pero se quedará el Olimpo sin pintor?

—Oh, no. Le diré a Hermes que otro pintor se ha cagado en la estatua de Cronos. Francisco de Goya, por ejemplo.

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