II Torneo de minirelatos pacotero - Hilo de relatos (no comentar)

Fase de grupos. Grupo LINCE
Condición: El relato debe de transcurrir íntegramente en una cocina.


Un día más

Al despertar preparo dos tazas de café, tostadas y saco la mantequilla del refrigerador. Un desayuno sencillo y con poco sabor. Cruzo una mirada simple con mi pareja que alguna vez fue apasionada. Observo como muerde la tostada de forma tímida y da un sorbo de café. El olor de su aliento se mezcla con el aroma del café, es probable que haya estado fumando durante la noche. Los últimos fragmentos de café y cigarrillos se esfuman con el golpe de la puerta al salir de casa, cuando el romanticismo se convierte en rutina y das por sentado que las cosas se mantendrán iguales, congeladas en el tiempo, no es necesario despedirse de alguien. El tiempo puede matar la más bella de las historias y convertirla en algo soso y descafeinado.

Tan solo va a pasar un día más, otro ciclo de tareas del hogar. Mientras paso el aspirador por la cocina de casa puedo rememorar algunos momentos mejores, duran un instante en mi memoria, como las migas del desayuno se desvanecen. Una foto de mi época universitaria sujeta al refrigerador por un imán. Elegí la titulación que me sonaba mejor, aún puedo escuchar la voz de mi padre: “Elige lo que quieras, pero tienes que estudiar, si estudias todo irá bien”. Cuando escuchas estas palabras, a menudo la persona que las pronuncia utiliza el término bien como sinónimo de aburrido, si sigues el camino construido sin más, nada estará bien, todo será aburrido.

Guardo el aspirador y me dirijo a pelar patatas, prepararé un guiso para cenar. Al abrir el cajón donde guardo los cuchillos puedo ver ese abre botellas que compramos en aquel viaje a Madrid. “Por ver el mundo contigo” me dijo, pero nunca lo vimos. Me gustaría poder culpar a mi amor de esta desdicha, de este ciclo de aburrimiento que te mata lentamente, pero esta no es una historia de mentirosos y embusteras, no es una tragedia romántica, tan solo es un día más. Mi pareja se encuentra en estos momentos rellenando filas de una hoja de cálculo, en un ordenador gris en su escritorio marrón. El trabajo es tan monótono que no puedes ni odiarlo, parecen estar diseñados para congelar las emociones, para realizarlo con el único pensamiento de que pase un día más.

Cojo el cesto de la ropa sucia de un pequeño armario que contiene productos de limpieza, la lavadora está a tan solo unos pasos de mí. Cojo la ropa sucia de ambos y la pongo dentro mezclada, la separo por colores por un mero hábito, pues en realidad no es necesario con nuestro detergente, pero cuando estás viviendo un día más no es necesario reaccionar, pensar podría romper el aburrimiento. Las camisas y los calcetines me hacen recordar navidades y cumpleaños, el ciclo de monotonía se propaga incluso a días especiales, un envoltorio cuadrado significa una camisa y uno pequeño ropa interior.

El tiempo pasa rápido cuando te concentras en un día más, unas pocas tareas son suficientes para que las horas vuelen, es una recompensa, como el premio al terminar el nivel de un videojuego. La cena está lista y la colada tendida, todo terminado entre cuatro paredes de una habitación que sólo abandono para llenar un cesto de la compra. Ahora me mantengo sobre una de las sillas que usamos para desayunar, esperando escuchar el sonido de las llaves que anuncie le llegada de mi amor. Deseando escuchar de sus labios una historia de infidelidad, un relato de su despido o sorprenderme con un ladrón que le ha robado las llaves. Deseando escuchar cualquier cosa por terrible que sea para romper mi prisión de aburrimiento. Aunque se que nos sentaremos a cenar y habrá pasado por fin un día más.

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Fase de grupos. Grupo LINCE
Condición: El relato debe de transcurrir íntegramente en una cocina.


Con las manos en la masa

—Sé que es un topicazo, pero la clave para preparar un buen plato es ponerle cariño. Por ejemplo, estas verduras. Podría cortarlas de cualquier manera, pero hay que saber hacerlo con el grosor adecuado, aunque tardes un poco más. Así, ¿ves? Lo justo para que después pochen bien. Vaya, me encanta cómo corta este cuchillo. Afilado y bien equilibrado, como debe ser.

»A la sartén. Ahora voy a picar la cebolla… Hablando de cebolla, la gran pregunta: ¿eres cebollista o sincebollista? Ah, veo que eres de los míos, una tortilla de patatas en condiciones debe llevarla; punto para ti. Bien picadita, que no sientas que está ahí pero que se note su toque de sabor; lo que te decía del cariño, ¿recuerdas?

»¿Qué más, qué más…? Ah, sí, el vino. Veamos… vaya, no hay tinto, tendré que echar este blanco. No me gusta desperdiciar un vino de cuarenta euros la botella para guisar, pero qué remedio… Medio vaso, y a dejar que poche. Y ahora que tenemos algo de tiempo, querido Roberto, hablemos de negocios. Canales, quítale la mordaza. ¿Dónde tienes el libro que me robaste? Mis hombres han registrado toda tu casa y no lo han encontrado. No, por favor, no insultes mi inteligencia. Sé que fuiste tú, no tengas la desfachatez de negármelo a la cara.

»Te diré, Roberto, lo que vamos a hacer. Vas a responder con toda sinceridad a lo que te he preguntado, o de lo contrario mis hombres van a subir a la habitación de tu pequeña Claudia, me van a traer sus deditos y os los voy a servir a ti y a tu encantadora esposa, aquí presente, acompañados de la salsa que tengo en el fuego. Y me aseguraré de que hasta mojéis pan y no dejéis más que los huesitos. Conque, ¿qué va a ser? Bien, sabía que serías razonable. Así que un trastero de alquiler, muy astuto por tu parte. Reyes, Yáñez, id a esa dirección y llamadme tanto si encontráis el libro como si no está allí.

»Bueno, sólo queda esperar, y con tanto cocinar y hablar de comida, me ha entrado hambre. Voy a prepararme ese chuletón que he visto antes en tu nevera. No te importa, ¿verdad? Sí, ya sabía yo que no, por eso lo saqué antes para que se fuera atemperando; la carne no queda igual si la pasas directamente del frigorífico al fuego. Así, un poco por este lado… y enseguida le damos la vuelta, personalmente la carne me gusta poco hecha. Un poco de sal, y al plato. Disculpad que me siente a comer con vosotros y no os ofrezca, pero no quisiera que se os quitara el hambre, ya sabéis, por si luego tenéis carne en salsa en el menú. Mmmm, delicioso. Mis felicitaciones a tu carnicero.

»¿Sí? Yáñez, cuéntame. ¿Ya lo tenéis? ¿Ningún inconveniente? Bien, volved a casa de Roberto. Hasta ahora.

»Asunto resuelto, me alegro de que no hayas intentado ningún jueguecito. Las manitas de tu hija están a salvo. Pero, como comprenderás, no puedo dejar que te vayas de rositas después de haberme robado. En algunos países, a los ladrones les cortan las manos. No, no, tranquilidad, no voy a ser tan radical: sólo serán un par de dedos. Para que cada vez que te mires la mano recuerdes tus malas decisiones. Peeero, alguien se los va a comer, o tú o tu mujer. Tú decides quién va a pasar el mal trago en lo que termino de hacer la salsa; te aseguro que va a quedarme para chuparse los dedos.

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Interludio.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Naranja

Con apenas levantarme de la cama, ya podía verle desde ahí llegar a su casa. Entra por la puerta cabizbajo, eso significa que su cita nocturna no salió bien… Otra vez.

John, tu vida es un desastre, yo soy lo único que le da sentido, lástima que no te hayas dado cuenta aún. Está llorando de manera patética en la cama, a su edad debería afrontar las cosas echándole más cara, como yo.

Al día siguiente, veo como intenta olvidar sus penurias sacando a su estúpido perro, un cachorro labrador que no para de babear todo lo que ve y se queda con cara de gilipollas mirando con la lengua fuera esperando aprobación, bah.

¿Y yo qué, John? Siempre he estado ahí para ti, yo debería ser lo único que deberías adorar en esta vida, reconócelo, soy lo mejor que te ha podido pasar, pero claro, tú no puedes entenderme a pesar de lo mucho que intento llamar tu atención.

Es cierto, tengo una panza algo ancha, pero con lo que como es normal. Pero no eres nadie para juzgar eso, tú misión es servirme como la servidumbre que eres.

Espera. ¿Qué es eso que traes ahí? No sólo has vuelto con esa desgracia con pulgas, sino que además llevas una bolsa. Tengo tal emoción ahora mismo si es lo que creo que es, que estoy viendo cómo lo sacas de la bolsa a cámara lenta.

—Deja de mirarme de esa forma. En cinco minutos tendrás lista la lasaña, Garfield.

Oh, como te quiero John, retiro todas las palabras de antes. Menos lo del perro.

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Interludio.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


El algoritmo

Los humanos tenemos una gran habilidad para saber cuando alguien nos está siguiendo. Milenios de evolución han programado nuestro cerebro de mono para reconocer una cara en la multitud, para diferenciar las pisadas de la gente a tu alrededor y para captar, subconscientemente, que hay un depredador observándote entre la hierba.

Por otro lado, nadie mira hacia atrás. Si sigues a una persona con la distancia justa para que no escuche tus pasos, puedes dedicarte a esto durante horas sin que nadie se dé cuenta.

La víctima de hoy es uno de mis clientes favoritos. Guillermo V. B.: varón, treinta y ocho años, soltero, acaudalado y con solo el más leve autocontrol en sus compras. Está caminando por Gran Vía, rumbo al nuevo bar de moda. Le veo pararse, mirar con curiosidad un escaparate y seguir su camino.

No pierdo el tiempo y logueo la parada en su perfil. El Algoritmo añadirá el dato a sus cálculo y, si le parece conveniente, Guillermo empezará a ver anuncios de esta tienda concreta. Guillermo es una ballena: sus gastos son mayores que los del noventa por ciento de los usuarios del Algoritmo, juntos. Es un cliente tan valioso que merece tener soporte personalizado, y un servicio completamente afinado a su día a día. Es decir; me tiene a mí.

Las luces de la calle luchan por tapar al tenue sol, añadiendo tonos azules y rojos a la calle. Guillermo sale a una calle lateral, y le sigo diez pasos más tarde. La multitud ha desaparecido, y la calle está vacía entre los dos. No hay nada de qué preocuparse: está mirando direcciones en su móvil y no volteará la cabeza en ningún momento.

Cuando llegamos al bar las calles son oscuras, el poco sol que queda es bloqueado por los edificios, y una música suave sale del establecimiento. La víctima entra y, cuando la puerta se cierra tras él, corro y recorto toda la distancia que nos separa. Este es el momento en el que más riesgos tengo de ser reconocido. Si la víctima se sienta antes que tú se quedará mirando a la puerta, esperando a sus amigos, y te verá la cara. No es un problema la primera vez, pero solo puedes mostrar tu cara dos, puede que tres veces, antes de que su cerebro de mono deduzca patrones y se acerque, con la temida pregunta de «eh, ¿nos conocemos de algo?».

No, el momento más seguro es unos pocos segundos después de que entre al bar, cuando está distraído dirigiéndose a su mesa. Me pego a su espalda y le adelanto, sentándome al final del local. Guillermo se sienta en una mesa del medio, con la espalda vuelta hacia mí y la mirada hacia la puerta.

Si el Algoritmo ha podido seguir mis instrucciones, sus amigos estarán distraídos y llegarán tarde a la cita. En su lugar, otra de mis víctimas debería hacer acto de presencia: Julián C. M., varón, soltero, cuarenta y dos años. No tan rico como Guillermo, pero con hobbies muy concretos en los que no tiene problemas en gastar gran parte de su sueldo.

Con una sincronización perfecta, Julián entra en el bar apenas tres minutos después que nosotros. Se acerca a la barra, pide su cerveza y se sienta espalda con espalda con Guillermo. Me doy la vuelta con disimulo, dándoles mi nuca. Una canción de los ochenta suena mientras el camarero termina el cubata de Guillermo y sirve la cerveza de Julián. Y después, con un despiste muy fácilmente esperable si tenemos en cuenta que le he pagado, lía las órdenes y las intercambia.

Ambos se dan cuenta del error, hablan a la vez, se miran, se ríen. Se cambian las bebidas, Guillermo reconoce al grupo en la camiseta de Julián. Uno se sienta en la mesa del otro, ya sin interés en que vengan sus amigos. Hablan, se ríen otra vez y recuerdan que no se han presentado.

Pago mi cuenta y me voy, echando una fugaz mirada al trabajo de hoy. Están concentrados en su conversación y apenas hay riesgo de que me dediquen media mirada. Esta noche se empezarán a conocer, se harán tilín y en unos días empezarán a salir. El Algoritmo indica que son perfectos el uno para el otro. Se casarán, adoptarán un par de críos y tendrán una vida feliz.

Y, mientras tanto, el gasto conjunto de la pareja será mucho mayor que lo que podrían pagar por separado. Los anuncios pasarán a ser de parejas y esto abrirá todo un nuevo mercado. Cuando tengan un hijo, el gasto alcanzará el mayor pico posible de beneficio para el Algoritmo.

Cuando sean viejos y arrugados, dirán entre risas que se conocieron de casualidad, porque un camarero confundió sus bebidas.

Sonrío para mí mientras me voy por las calles demasiado iluminadas de Madrid. No existen las casualidades. Solo existo yo.

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Interludio.
Condición: El relato debe comenzar con el protagonista sentado en el alfeizar de una ventana de un edificio, las piernas colgadas hacia el vacío, y la ventana cerrada.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


San sacabó

Cerré la ventana, me dejé las piernas colgadas en el alféizar de la ventana mientras miraba hacia abajo. Todavía me temblaban las piernas mientras colgaban en el aire.

Fue entonces cuando me dije que ya está bien, que habíamos venido para jugar. Así que me tiré, así sin más. Y ahí se acabó todo.

Varios días antes, venía de la escuela donde estudiaba, con el ojo morado. Al verme mi madre, me dijo que me había excedido en jugar con mis amigos, que tuviese más cuidado la próxima vez.

Le dije una y otra vez que no eran mis amigos, que eran unos matones que no dejaban de pegarme, pero ella insistía en que dejará de decir sandeces.

La razón es que nuestra familia es muy rica, y tenemos relaciones con otras personas del mismo nivel económico. Los padres de esos imbéciles son clientes de los negocios de mis padres, así que ellos prefieren hacer como que no han visto nada para que sus relaciones con ellos no se calienten.

De qué me sirve ir a un colegio de ricos si vivo con la esperanza de vida de un pobre. Además, están estás absurdas reglas de convivencia y saber estar por llevar el apellido que tengo. No puedo salir de casa hasta que sea mayor de edad, excepto para la escuela y las actividades familiares como el golf.

Pero eso no es lo peor, lo peor es que por culpa de ello no tengo libertad ni siquiera dentro de casa. Sólo hay libros aburridos, enciclopedias y novelas sobre buena conducta y caballeros de mi genealogía familiar.

Estoy harto de esta vida, por eso dentro de poco, aprovecharé que habrá una fiesta familiar para escabullirme y ponerle fin a esta vida enjaulada. Por fin seré libre.

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Repesca.
Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Otra noche de fiesta más

Pedro fue con paso decidido, pero no firme, hacia la barra del abarrotado local. Utilizó su astuta e infalible táctica de clavar su huesudo codo en las caderas enemigas para abrirse paso y colocarse en la primera línea de la parrilla de salida. Oyó de fondo algún insulto pero no prestó mucha atención a ello, estaba concentrado en algo más importante. Después de pedir por sexta vez un gin tonic , la escotada camarera decidió al fin que estaba harta de escuchar esa voz aguda y molesta y servirle al pesado su copa. Ella ni le miraba a la cara mientras le servía, él no apartaba sus ojos de sus tetas como si éstas escondiesen alguno de los grandes enigmas de la humanidad.

Pedro se fue sin dar las gracias y con la mitad de la copa en su mano, parte bebida con ansia, parte derramada encima de los zapatos de un pobre diablo. Enfiló en dirección a la pista de baile pero sus amigos ya no estaban en el mismo sitio, o lo que el consideraba que era el mismo sitio. La sensación de abandono fue reprimida momentáneamente al ser absorbido por un grupo de desconocidos que saltaban, formando un círculo y brazo en el hombro amigo, al ritmo de una canción sobre un cefalópodo. Para Pedro salió el sol ese breve momento de éxtasis bailongo el cual finalizó abruptamente para él con el chasquido de su copa cayendo al suelo durante un choque, con el posterior crujido de cristales provocado por los saltos. Maldijo en alto con un grito que fue ahogado por el coro de voces de sus compañeros de baile que pronto fueron hacia otros grupos dejando a Pedro solo de nuevo y sin copa.

Acertó a duras penas a encender el móvil y preguntar a sus amigos, con un mensaje de texto, que donde estaban. Mientras esperaba respuesta decidió que era momento de ir al baño. Después de dar vueltas en círculos alrededor de la pista se acordó de que el baño estaba en la planta de arriba. Subió las escaleras agarrado a la barandilla mientras era observado por la gente que bajaba en dirección contraria. Se saltó la fila del baño de forma poco disimulada, pero nadie le objetó nada. Él pensaba que era el respeto que infundía. Liberó la presión con un aliviador chorro que oscilaba de izquierda a derecha entre la pared del baño y el rollo de papel higiénico. Cuando terminó, tiró de forma innecesaria de la cadena del retrete y sacó el móvil. Tenía un audio, de su amigo Pablo, el cual reprodujo apoyando el altavoz contra su oído, pero ni con esas acertó a escuchar nada por encima de la canción electrónica con temática aviar que retumbaba por toda la discoteca.

Como un albatros salió a toda velocidad en dirección a la salida, para poder escuchar el mensaje de voz, con tan poca precaución, considerando su embriaguez, que resbaló escaleras abajo durante un bloque entero de las mismas. Seguramente tener el mocasín plano totalmente encharcado de orín había contribuido enormemente a la caída. Después de un momento de shock y de risas de fondo, sacó un poco de dignidad de dónde no la había y se aupó con la ayuda de un buen samaritano. Sonrió y dijo que estaba perfecto pese a que su ensangrentada camisa, a la altura del codo, y su mano, la cual tenía la palma totalmente pelada, sugerían lo contrario. De los moratones del glúteo y del hombro izquierdo sólo sería consciente al día siguiente. Terminó de bajar las escaleras aún aturdido y consiguió salir de la discoteca.

Pedro decidió apartarse del local y apoyarse en un portal de una tienda que había en frente para poder escuchar bien el audio. Cuando sacó el móvil la pantalla estaba totalmente resquebrajada y llena de manchas negras. El panel táctil, contra todo pronóstico, aún respondía, pero no acertaba a ver dónde estaba pulsando. Durante un breve segundo de lucidez fue consciente de que el móvil que había adquirido a crédito hacía dos meses estaba inservible. Le habían sugerido en la tienda de la manzana mordida que se hiciera un seguro, pero él consideraba aquello un auténtico timo. Fue en ese momento de autoconsciencia cuando la angustia y el exceso de alcohol decidieron entrelazarse formando un mismo sentimiento en forma de náusea irrefrenable y provocando su expulsión, sin previo aviso, por la boca de Pedro. Con su primera arcada Pedro venció súbitamente su cabeza hacía abajo, formando una ele invertida, chocando sin ninguna precaución su frente contra la columna del portal, provocando simultáneamente su caída al suelo mientras regaba su cuerpo con el vómito que restaba por salir. Tumbado en el suelo y rebozado en bilis su mente sucumbió al cansancio y cerró sus ojos durante un lapso indefinido de tiempo.

La siguiente imagen que Pedro presenció fue la de su amigo Pablo bailando delante de él con la bragueta bajada y agitando su mano al grito de “merengue, merengue” mientras el resto de sus amigos reía a carcajada limpia. Pedro acertó a sonreír, sin saber qué lo provocaba, mientras le intentaban incorporar. No se sostenía en pie por sí solo y tuvo que apoyarse en los hombros de dos de sus amigos para poder iniciar el penoso camino de vuelta a casa. Alrededor de cuarenta minutos después, que a Pedro le parecieron cuatrocientos, le dejaron sus amigos en la puerta de su casa. Al quinto intento consiguió introducir correctamente la llave en la cerradura, entrando así en casa, y fue directamente a su cama no sin antes dar un sonoro portazo y tirar una silla de la cocina por el camino, despertando así a sus padres, con los que aún convivía para desgracia de ellos.

Al día siguiente Pedro despertó sin recordar casi nada de lo sucedido. Cogió el móvil para regodearse de las fotos y anécdotas del día anterior pero sólo pudo ver la pantalla hecha pedazos invadiéndole una sensación de soledad e incomprensión a partes iguales.

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Repesca.
Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Los viejos hábitos nunca mueren

Era la primera reunión del grupo, una amalgama de personajes de lo más variopinta, todos con un nexo común, una realidad palpitante que hacía de sus vidas un infierno, pero que a su vez les unía en una especie de hermandad: todos eran adictos.

Algunos venían trajeados, recién llegados de Wall Street, solían llevar aires de superioridad y en sus historias solían retratarse como una suerte de héroe caído en desgracia, dejando la culpa a un tercero por determinar (normalmente la ex de turno) que ejercía como centro focal de toda su desdicha.

Otros, los más, vestían ropa corriente, como la que usaría cualquiera en la mayoría de trabajos que pudieras encontrar en el norte de Manhattan, gente común como tú o como yo, sin historias espectaculares que merecieran una película o, ni tan solo, un par de líneas en el periodicucho local.

Luego estaban los raritos, individuos inclasificables, difíciles de situar ya fuera por sus pintas o por lo estrafalario de sus historias, gente a la que, por puros prejuicios, no dejarías a solas en tu casa cuidando de tus hijos; inadaptados por vocación que asistían a estas reuniones porque alguien en una posición de poder les había obligado a hacerlo. Decir que nuestro protagonista era uno de ellos sería subestimar su situación en la pirámide social de la hermandad de los adictos.

Nuestro protagonista, por su parte, era el único integrante de un nuevo grupo más allá de la marginalidad de los raritos; nuestro protagonista era un adicto tal que si no consumía cada pocas horas vería su cuerpo arder y luego apagarse como una enana roja en sus últimos estertores; nuestro protagonista, y perdónenme la anáfora, era un vampiro con una única adicción: la sangre con un alto contenido de alcohol en su composición. O, hablando en plata, la sangre del borrachuzo del barrio, del beodo de taberna, de la prostituta piripi que te la chupaba por cinco pavos detrás de la estación de bomberos, del alcohólico empedernido que constituía un peligro al volante…

«Gra…cias narrador, a partir de a…hora tomo el mando del relato. En ef…ecto, ese soy yo… El vampiro borracho. Pero, oh, no se sor…prendan, entre los muchos poderes vam…píricos está el de romper la cu…arta pared. No es muy di…fícil si sabes cómo hacerlo. Es poco efec…tivo en el cine, así que continúa siendo un se…creto para la mayoría.

Tam… poco se sorprendan porque un vampiro saliera de su ano…nimato, de las sombras, digamos, para dar a conocer su adicción. Hace años que los vampiros son una raza re…conocida y respetada por estos lares. Al humano corriente le chupamos la sangre, sí, pero solo lo necesario y con mo…deración. Un poco como Ha…cienda. En todo caso hace más de cien años que no se reporta la muer…te de nadie por un ataque vampírico. Nuestra especie cuenta con la plena coo…peración del resto de la sociedad. Por ejemplo eso que vas al cine, sesión noc…turna nada más levantarte, y te apetece un refresco, pues le preguntas educadamente a la chi…ca de al lado si podrías clavarle los colmillos en la muñeca y segu…ramente acepte sin mayores problemas.

Luego, hay que reconocer que el vam…pirismo literario nació de forma tácita como una representación de la apertura de la se…xualidad en una sociedad puritana que encerraba sus pasiones más bajas en lo más profundo del armario y lo hizo por motivos de peso. Lo reconozco, hay mucho de pa…rafilia en nuestros hábitos alimenticios. Algunos solo pueden beber del cuello de una doncella; otros solo de su rotundo pecho; los hay, incluso, quienes sienten pre…dilección por los vasos sanguineos que, digamos, se encuentran en las partes pudientes mas…culinas. Es todo un mundo. Pero todo es sorteable con educación y bue…nas formas. La gente suele responder bien por su ma…yor parte.

Lo mío, sin embargo, es más complejo. Yo, verán, era un alcohó…lico antes de que mi hacedor me convirtiera. El hombre me tenía gran apre…cio y con toda su buena intención pensó en sanarme de esa adicción que me estaba matando con…virtiéndome en vampiro. Qué idea más feliz, pen…samos. Siendo los vam…piros seres incapaces de digerir cualquier otra substancia que no sea la sangre, mi adicción estaría sol…ventada. Pues no. Según parece la naturaleza vampírica guardaba un as en su manga y el alcohol cuando se encuentra en sangre no tiene problemas para ser absorbido por nues…tros cuerpos. Claro que eso lo descubrimos poco tiempo después de mi ha…cedura, cuando sin pensarlo mucho asalté al viejo Joe cuando dormía la mona sobre unos cartones delante del Wal…mart de la calle Renfield y recuperé mis viejos há…bitos.

Ahora, claro, es un gran pro…blema. En primer lugar porque ir beodo todo el rato es un engorro incluso para un ser in…mortal como yo mismo; es que ni volar en línea recta me sa…le. En segundo lugar porque la adicción puede llevarte a que quieras terminarte la bo…tella y NADIE quiere eso. Na…die lo quiere y yo el que menos, claro. No quiero ser el primer vam…piro en más de un siglo que se carga a alguien por dejarlo más seco que una mo…jama. No quiero pasar a la historia por algo horrible, como John Cum…blood pasó a la historia por ser el primer vampiro en hacerse actor porno y en su primera es…cena eyaculó cubo y medio de sangre en la cara de su sufrida com…pañera de reparto. Cualquier cosa an…tes que eso.

Ah… Me dice el na…rrador que todo el grupo me está mirando. Parece que han escuchado lo que iba di…ciendo. Es que entre los poderes vam…píricos también está el leer las mentes ajenas y, claro, su contrapuesto, hablar…les a ellas. En todo caso ya era ca…si mi turno para presentarme ante la her…mandad. Perdón por interrumpirle, señor de la cor…bata roja con adicción a esnifar cocaína en el culo de su se…cretaria. Estoy seguro de que, como dice, todo es culpa de su ex».

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Repesca.
Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Le pigeon brun

El pueblo apenas se sostenía en pie. Media docena de casas viejas, un par de corralas con animales de granja y alguna zona de cultivo embarrada por las lluvias estivales. La iglesia, casi derruida, aguantaba estoica a pesar de faltarle media techada, pero a tenor de las luces de los candelabros interiores aún era funcional. Lo único que parecía tener vida activa allí, era la posada. El griterío podía escucharse a tres cuadras de distancia lo que hacía sospechar que era una zona de paso donde se comía bien, a juzgar por la cantidad de rocines apostados en sus proximidades.

Un cartel, casi desgastado, colgaba a duras penas encima del poste de la entrada. Le pigeon brun. «Espero que esos francos nos garanticen buen vino y comida decente». Dejé a Sombra atada en uno de los pocos lugares libres al lado del abrevadero mientras busqué con la mirada al muchacho que se encargaba de que los caballos tuviesen heno y agua. Le solté un par de ardites, uno por su trabajo y otro de más para garantizar que mis pertenencias estaban a buen recaudo a salvo de ladronzuelos de manos largas.

Abrí la puerta y constaté que, en efecto, era una taberna franca. Los blasones de las familias nobles de la zona colgaban de las paredes. Algo que no parecía importales al numeroso grupo de caballeros germanos que se arremolinaban en torno a un par de mesas al lado de la chimenea.

—La calidad del vino hace justicia con la de tus mujeres, Belmont—dijo uno entre risas.

—¿Basto, turbio y con cuerpo? —contestó otro de los presentes a la par que llevaba una de sus manos al trasero de la joven que los estaba sirviendo, lo que despertó las risas y burlas de todo el grupo cuando la muchacha se revolvió y le vertió encima una de las jarras al caballero de manos largas.

Este se levantó y soltó un rápido y pesado manotazo al aire impactando en el rostro de la joven.

El posadero miró a la muchacha haciendo ademán con la cabeza de no reaccionar.

—Perdonad a mi hija, es joven y algo altiva, no entiende todavía que hay acciones que tienen sus consecuencias —dijo buscando apaciguar los ánimos.

Belmont agarró del brazo a la moza mientras le decía por lo bajo —hoy no—.

Con el lío del momento, pasé desapercibido y me acerqué a la zona de servicio con afán de pedir con total normalidad mientras llegaba el hombre. Cuando este se acercó, me dispuse a entablar conversación:

—¿El faisán asado, más bien dulce o salado? —le dije a nuestro rechoncho anfitrión.

—Salado si es marinado, dulce y tierno con manzana en estofado —me contestó mientras me indicó que pasase a la trastienda.

En el salón el ambiente se iba caldeando. La cocinera sacó un pequeño guiso de cerdo con verduras y le hizo un gesto a su hija. Esta, se había unido al grupo portando unas jarras de vino especiado. Y lo que antes parecía desagradarle, ahora había pasado a tolerarlo de buena guisa.

—Tomad con agrado esto presentes. No queremos enemistarnos con los buenos soldados del ejército del gran Duque —dijo la cocinera mientras entre risas repartía las viandas entre todos.

Los caballeros bebían y comían como si llevasen semanas sin hacerlo. Cada vez eran más ruidosos y más patosos. No en vano, el vino especiado era famoso por su gran contenido alcohólico y espoleado por él, uno de los soldados empezó a cantar:

Crecía una flor a orillas de una fuente
más pura que la flor de la emoción
Y el huracán troncho la de repente
cayendo al agua la preciosa flor

Todos los presentes se unieron a coro:

Un colibrí que en su enramada estaba
corrió a salvarla solicito y veloz
y cada vez que con el pico la tocaba
sumergiese en el agua con la flor

—¡Va…vamos moza! Me se hace que vos también la co…conocéis —graznó el ya perjudicado jefecillo de la cuadrilla.

La chica miró hacia la trastienda y sonrió consciente de que su padre la había visto mientras iba incorporándose a la tonadilla:

El colibrí la persiguió constante
sin dejar de buscarla en su aflicción,
y cayendo desmayado en la corriente
corrió la misma suerte que la flor.

El posadero se separó de la entrada de la trastienda y se puso a hurgar entre las cestas de panes y vegetales.

—Vamos, es el momento Valois ¡Ahora! —. Al mismo tiempo que me facilitaba mis enseres guardados a buen recaudo. Mi preciosa Castigo y los pequeños Dolor y Miedo. Dos puñales tan pequeños como cruelmente afilados.

Me coloqué los puñales en las botas y sujeté firmemente la espada mientras salía raudo del cuarto trasero. Belmont me seguía empuñando una maza en una mano y un machete de carnicero en la otra.

Lo siguiente fue una sucesión de golpes y estocadas sin opción alguna de contrataque. No en vano, las chicas prepararon bien el terreno. Con la guarnición ebria sin poder dar un paso recto, la emboscada fue perfecta. Medio giro y un esquive para sortear su golpe mientras cercenaba un brazo. Un golpe de maza seco en la cabeza hundir un cráneo. Hasta la afable cocinera hundió el cucharon del estofado en la garganta del pobre soldado con alma de trovador sin poder mediar palabra.

La escena, un tanto grotesca, no daba más de sí.

—¡Mierda! —dijo Belmont —. Aquí no hay nada. En algún lugar ha debido de esconderlo esa maldita escoria.

Recordé algo que me dijo mi mentor «Ten siempre cerca aquello que tenga valor, pero ten siempre a mano aquello que valga más que tu vida»

Rebusqué y vi no lejos el brazo del capitán en la pila de vísceras. Le quité el guantelete y en efecto, ahí estaba la misiva. El texto era claro.

—¡Aprisa, preparad los caballos! No hay tiempo que perder, el ataque tendrá lugar dentro de tres días. Y no precisamente donde todos se lo esperan…—.

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Repesca.
Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Mi vida en bucle

-Señor, volvamos al principio de toda esta historia. Aun no consigo entender cómo ha podido terminar su coche en el mar. Por favor, tome asiento y explíquese.

-(Joder, vaya mierda de policía que no se enteran nunca de nada, repitiendo las cosas quinientas veces) A ver, agente, por última vez, había llegado a casa y mi novia no ha tenido otra idea que jugar al escondite hoy.

-Cálmese, ¿qué quiere decir con jugar al escondite? ¿No estará su novia dentro del coche todavía?

-¡Pero como va a estar ahí dentro, animal! Vamos a ver, el otro día llegue a casa después de una juerga con los colegas y entre risas y cachondeo, la cosa se alargó hasta las 5. Cuando conseguí llegar a casa, mi novia estaba esperando y no podía verme tan borracho porque habíamos hecho una apuesta. Total, que lo primero que se me ocurrió es proponerla matrimonio, pero siempre que buscase el anillo. Así que ella se emocionó tanto que no se fijó en el pedo que llevaba encima.

-Y entonces, ¿cómo acaba su coche en el rio?

-Pues estaba el otro día con los colegas, y entre cubatas y risas nos quedamos hasta las 6 de la mañana. Cuando conseguí llegar a casa, estaba mi novia esperando y tuve que inventarme un atraco.

-A ver, a ver, a ver. Señor, ¿usted me está tomando el pelo? ¿Ha bebido o solo quiere hacerme perder el tiempo?

-Le estoy intentando explicar lo que ha pasado. Se lo vuelvo a repetir, el otro día fui con los colegas y entre unas cosas y otras…

-¡Paré! Bebió y llego a casa, siga a partir de ahí.

-De acuerdo. Pues cuando llegue a casa, mi novia estaba en la puerta esperándome y le había prometido que no iba a beber más. Mi colega el Tropi lo ha pasado muy mal con su parienta y le hemos sacado de copas para olvidarse. Entonces, se nos fue un poco de las manos y todos bebimos unas copas de más. Mi novia no podía enterarse así que antes de llegar a casa tuvimos la idea de ir a la playa para que se nos bajase un poco la borrachera, pero dejamos el coche en el muelle. El imbécil de Tropi no puso el freno de mano y cuando nos quisimos dar cuenta el coche ya no estaba.

-Pero si eso fue la otra noche, ¿por qué han esperado hasta hoy para venir a por el coche?

-A ver, agente, después de que el coche desapareció, tuve que ir a casa y mi novia no podía enterarse de nada así que tuve que inventarme una historia de un robo para que no me echase la bronca por beber y perder el coche.

-Vamos a ver, ustedes bebieron, cogieron el coche y, para colmo, dejaron caer el coche por el muelle hasta que terminó en el mar. Y no con todo eso que, además, no han avisado a las autoridades para que pudiesen sacar el vehículo lo antes posible.

-A ver, agente, el coche desapareció, pero usted no conoce a mi novia. Si yo llego a casa otra vez borracho como estaba y, para colmo, sin el coche, la bronca que me echa llega hasta China.

-Madre mía… Para qué le habría cambiado el turno a Rufino… Caballero, va a tener que pagar una multa por abandono de su vehículo en vía pública y por daños a la vía pública. Ya puede marcharse.

“BIP, BIP”. Mensaje de Tropi.

“Tío, ya he vuelto a discutir con la Sandi. Me ha dejado, esta noche salimos que quiero emborracharme”

Pues nada, otro día más. Creo que hoy cogeré algo menos fuerte para beber porque vaya resaca tengo.

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


La lanza del imperio

Tras lograr una victoria aplastante, la dinastía Sui logró unificar China en el año 589. Nueve años después, Yang Jian, el emperador chino, envió durante la estación de lluvias a su hijo Yang Lian junto al almirante Zhou Louhou a tomar Corea por sorpresa, acompañados de una fuerza de más de 300.000 hombres.

***

Zhou Luohou marchaba con semblante serio por delante de toda su tropa, encima de un caballo gris extenuado por la humedad de la zona. Divisó a lo lejos una de las montañas que indicaban la frontera con Corea.

Varias divisiones detrás de la cabeza de la expedición se encontraba la caravana donde Yang Lian dormía tras otra noche de excesos. A pesar de haber cumplido 28 años y de ser el héroe de guerra que iba a heredar el trono de su padre, seguía comportándose como un adolescente. De nada servían las miradas de desaprobación de Louhou cuando le encontraba apostando con soldados o bebiendo miju, un vino de arroz típico de su región. Una señal de Louhou hizo que el tamborilero y los flautistas indicasen a las tropas que estaban aproximándose a su destino, y ese ruido despertó a Lian. Louhou se acercó a la caravana del heredero para detallarle el plan de choque.

***

La estación de lluvias había puesto en serios problemas a la expedición. Muchos de los carros se quedaron atrás, y las tropas enfermaban. La defensa coreana era esquiva, planteaba trampas y emboscadas y eludía el choque frontal. La moral estaba bajo mínimos y eso provocaba una ansiedad incontrolable en Lian. Se había acostumbrado a amanecer con un vaso de miju para evitar todos esos malos pensamientos. Era la única forma de aplacar y minimizar toda la presión que tenía sobre sus hombros y, únicamente, seguir cabalgando. Los truenos que se oían indicaban la llegada de un monzón, y la mayoría de caballos y carros que todavía conservaban se encontraban sobre suelo arcilloso. Louhou se acercó con presteza a Lian, pidiéndole que buscase refugio, mientras indicaba a todas sus tropas que saliesen de la zona de arcilla y buscasen cobijo pegándose a la cara de alguna montaña. Todos siguieron las órdenes de Louhou menos Lian, que gritó a los cielos:

—¡A la dinastía Sui no la frenará una tormenta!

Lian había sido un guerrero muy respetado por sus soldados cuando repelió a la dinastía Chen en Daxing con un tercio de los hombres que disponían los invasores. Pero todo eso quedó atrás, Lian era la sombra etílica y triste de ese héroe, mitad hombre y mitad Dios. Esta pérdida de confianza hizo que sus tropas siguiesen las órdenes de Louhou e ignorasen a Lian, que acabó refugiándose con resignación tras un montículo cercano.

***

Las emboscadas coreanas se habían intensificado debido a que los exploradores habían descubierto que el ejercito chino había quedado reducido a un cuarto de su número original por los estragos que causaban sus trampas y las inclemencias del tiempo. Lian, absolutamente desesperado y después de agotar una de las últimas botellas de miju que llevaba la expedición, se acercó a hablar con Louhou:

—Esta vez te pienso acompañar en la carga contra esos bastardos –balbuceó en un tono nervioso, arrastrando las sílabas—. No voy a consentir que me vuelvas a tratar como a un niño.

—Si se comporta como un niño, mi señor, le pienso tratar como tal –respondió Louhou con contundencia—. El objetivo militar es importante, pero prometí a su padre mantenerlo con vida.

—¡Soy un hombre y hoy te lo pienso demostrar! —dijo, con un semblante de confianza que recordaba al Lian de épocas pasadas—. ¡El héroe de Daxing va a hacerse con Corea!

Louhou, que asintió con frialdad, sin darle más importancia, se puso en marcha en su maltrecho corcel. Lian espoleó a su caballo e intentó alcanzar a Louhou. Detrás de ellos, una partida de cien hombres, los más sanos y entrenados, los acompañaban.

***

Una nueva emboscada coreana había separado a la expedición del resto del grupo. Mediante el uso de zanjas ocultas mermaban a la expedición, que no disponía de ningún caballo que pudiese correr de vuelta, y solamente seis hombres se mantenían al lado de Lian y Louhou. El heredero sollozaba, consciente de que, al menos, veinticinco soldados coreanos se estaban acercando, utilizando la lluvia para mantenerse ocultos hasta que decidieran atacar. Aquel que antaño hizo frente a huestes Chen ahora se sentía incapaz de luchar, tembloroso y totalmente indefenso. Louhou se acercó a Lian:

—Saldremos de esta, majestad —dijo, mirándole a los ojos.

—No vamos a salir de aquí, estamos perdidos —contestó Lian en un tono casi indistinguible en la lluvia—. No debimos de haber venido durante la estación de lluvias.

—Le prometo, majestad, que la lluvia y yo le protegeremos —concluyó Louhou con severidad.

Los miembros de la expedición empezaron a vislumbrar a los soldados coreanos. Louhou, que había sido entrenado en todas las armas del Wushu, eligió la lanza para su última pelea. La blandió mientras la carga coreana avanzaba. Y, al mismo ritmo que las gotas golpeaban en los cañizos del bosque donde sufrieron la emboscada, Louhou fluyó.

Fluyó al ritmo del agua, de las gotas. Cada sutil movimiento de lanza significaba un coreano menos. Bloqueaba, batía en movimientos circulares, esquivaba, desarmaba, clavaba y volvía a saltar, como en una coreografía digna de un artista, no de un guerrero. Los miembros de la expedición iban cayendo, pero también los coreanos, hasta que, al final, solo quedaron Louhou y Lian en pie.

—Cuando nos reunamos con las tropas, Lian, nos batiremos en retirada —dijo un extenuado Louhou, esperando la desaprobación del heredero—.

—Cuando volvamos a casa, Louhou —dijo con una cálida sonrisa Lian—, no volveré a ser un lastre beodo y patético. Seré yo otra vez.

Louhou le devolvió la sonrisa, encontrando un leve consuelo en la mayor derrota que había sufrido un batallón a su nombre. No sabía si el padre de Lian le perdonaría, pero se consolaba sabiendo que hoy le había devuelto la vida a su protegido.

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Piquito de oro

Otra vez la misma rutina de siempre. De nuevo los compañeros que no se enteran de nada a pesar de que todo se explicó detalladamente en la reunión. Volvemos a estar desactualizados con las herramientas que nos han proporcionado, por detrás del resto de empresas más punteras del sector.

Somos el hazmerreír, me avergüenzo de estar en esta empresa, pero por desgracia no puedo aspirar a algo mejor con los conocimientos que poseo. En fin, parece que estaré atascado aquí una buena temporada, voy a comprarle unas botellas a un vendedor ambulante, mi mujer no se fía, así que me las ventilaré en un santiamén en la vera del río yo solo… Eran ya las doce de la noche, y no tenía ganas de cenar, solo de beber hasta el amanecer.

Ups, litros y litros ya acabados, creo que me he pasado. Ay, ay; ya empiezo a notarme como se me sube del todo, la cabeza me da vueltas, será mejor que me siente. Ahí viene otro tipo borracho, más que yo parece, no puede llevar bien el paso. Ay, voy a esperar un rato a ver si se me baja.

Ese de ahí, una de dos. O tiene menos aguante que yo, o se ha metido más alcohol en vena, acaba de caer rendido al suelo. En fin, al menos me queda una vista bonita, puedo ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua. Este césped tan fresco me reconforta, no será una cama de un hotel de lujo, pero ya es mejor que el último bloque de cemento donde me tiré la última vez que me emborraché.

Unas burbujas en el agua empezaron a llamarme la atención, ¿será algún escape subterráneo? Estaba equivocado, enseguida una especie de bolita negra apareció donde estaban las burbujas. ¿Es un pez muerto? Me habría gustado haberme acercado más para comprobarlo, pero estaba demasiado beodo como para levantarme de la hierba sobre la que estaba.

La cabeza asomó un poco más, y se veía un ojo enorme. Era de color amarillo, con una pupila oblicua y de color negro. No sé mucho de peces, ese debía de ser uno enorme, ¿un esturión quizás?

Pronto mis dudas se disiparon, porque, en el momento que la cabeza emergió de las aguas, pude comprobar que de pez nada, oiga. Un enorme pico de color negro con rayas rojas al estilo de un tucán, y del tamaño de un coche. Estaba atónito, mis ojos no podían creer lo que estaba viendo. Decidí hacer un esfuerzo, acercarme al agua y lavarme la cara para tratar de espabilarme, lo que estaba viendo no era real, ¡no podía serlo!

Pero no, la enorme cabeza de pájaro seguía ahí. De repente, el gran pico se abrió y soltó un enorme graznido. Sonaba como el grito de una señora mayor que se asusta al ver una cucaracha, mezclado con el sonido vibratorio de un didyeridú. Me es difícil de explicar cómo sonaba, jamás había escuchado nada igual. Pero puedo asegurar que no era nada agradable, el corazón me latía a mil, ya no estaba seguro de si aquello era real o no.

Empecé a gritar, pidiendo ayuda desesperadamente, pero nadie venía. Me callé, porque caí en la cuenta de que si seguía gritando podría venir a por mí. La cabeza empezó a emerger aún más del agua, esta vez dejando entrever un enorme cuello, como el de un avestruz, pero muchísimo más grande.

Estaba entrándome tanto miedo, que no podía moverme de aquel sitio. Empezó a entrarme hipo, maldije haberme emborrachado en aquel momento, ya que el pájaro se quedó quieto un momento, y su pupila se dirigió hacia donde yo estaba. Lo que no habrían provocado mis alaridos anteriores, lo iba a provocar un simple hipo, maldigo mi suerte.

La cabeza del pájaro descendió lentamente ante mí, de lado, moviéndose como un robot. Entonces erizó las plumas de la cabeza, su ojo clavaba la mirada en mí de una forma casi diabólica, jamás olvidaré una mirada como esa en toda mi vida. Pensé que sería mi fin, pero pronto dejé de llamarle la atención. Y su mirada se dirigió hacia el tipo que estaba tirado a unos cuantos metros de mí.

Salió del agua, su cuerpo era como el de un kiwi, pero de color negro, con plumas muy primitivas y feas, casi parecían pelos de hippy. Sus patas eran enormes, del tamaño de un gran sofá, de color amarillo chillón y garras punzantes de color rojo carmesí. Con esas mismas garras, las uso para clavarlas en el hombre, el pobre diablo no tuvo tiempo ni de percatarse que estaba pasando antes de morir en el acto.

Nada más que puso una pata encima suya, varias tripas saltaron del impacto. El pájaro miró con la cabeza ambos lados, como si estuviera vigilante ante quien quisiera quitarle su presa. Empezó a desgarrar la carne del cuerpo mientras lo sujetaba con la pata. Primero los intestinos, se los tragó cual espagueti.

Volvió a mirar a ambos lados repitiendo la acción anterior, y esta vez fue a arrancar la cabeza mientras se la tragaba como cuando un loro se traga un fruto seco. Era demasiado para mí, me estaban entrando náuseas y empecé a vomitar ahí mismo. La peste a alcohol estaba por todo el césped, pero ya estaba mejor gracias a eso, así que me levanté y fui corriendo a casa.

Mi mujer ya estaba dormida, me metí en la cama con la esperanza de que todo aquello hubiera sido una pesadilla, aunque en mi interior me parecía demasiado real para ser producido por el alcohol. ¿Ese vendedor extraño me echó droga? Mañana era sábado, así que podría descansar y olvidar tan mala noche que había tenido.

Al día siguiente, el timbre de la puerta me despertó. Eran una pareja de policías, un hombre fornido, moreno, y una mujer bajita y rubia. Me dijeron que debía acompañarlos esposado, estaba acusado de asesinar presuntamente un cadáver que estaba descuartizado cerca del río.

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Resacón en Caná

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un reino de fantasía que nunca existió, Israel, se celebraba una boda en la que los novios no tuvieron en cuenta la alta capacidad etílica de los invitados. Debido a su falta de planificación, en mitad del convite se quedaron sin vino que servirles, lo cual afectaría las cantidades del protocolario sobre con denarios.

—Marido, debemos buscar una solución —dijo la recién casada.

—Calla. ¿En qué siglo crees que estamos? Vuelve a la cocina, yo me ocuparé —respondió el recién casado.

Se dirigió hacia su padre Yôsef y le comentó el problema de la bebida. Este, un borracho desde que su amada mujer le puso los cuernos hace tres décadas, le prometió que lo solucionaría, pues una boda sin vino era como un pene con prepucio y no se podía permitir la familia una deshonra de ese calibre.

Yôsef consideró sus opciones. Podría comprar más vino, pero sus talentos no llegaban a tanto. Podría alargar el vino con agua, pero su hígado no merecía ese respiro. Podría robar más vino, pero su estado de embriaguez no auguraba un éxito en ese cometido. Ah, pero sí podía pedir que alguien lo robase por él, y así lo hizo.

—Maryam —dijo a su esposa—, ¿sigue por aquí el niño? Necesito que le pidas una cosa.

—Está allí, en el gazebo, con sus amigotes. ¿Qué necesitas? —respondió la solícita Maryam.

Yôsef puso al día de la situación a su señora, que fue a hablar con su hijo mayor.

—Yeshua, los novios se han quedado sin vino.

—Mujer —contestó el joven—, ¿y a mí qué más me da? Solamente he venido por las hermanas de la novia.

—Veeeenga, que es la boda de tu hermano. Consíguenos vino y te pago el viaje a Yerushalayim que tienes pensado hacer con tus compañeros para las vacaciones de Pascua.

Era una oferta que no podía rechazar. Aceptó el trato y se puso manos a la obra. Su madre, prefiriendo no saber nada de lo que tenía en mente su primogénito, se alejó del gazebo y dijo a los sirvientes del banquete:

—Haced lo que sea que os pida.

Se miraron extrañados, preguntándose quién sería esa señora, pero se acercaron al grupo de jóvenes. Igual les caía una propina.

—Genial, genial —dijo Yeshua cuando llegaron—. Hacedme un favor, llenad estas seis jarras con agua.

Como el rol de aguador entraba en sus tareas habituales, los trabajadores se encogieron de hombros y procedieron a llenarlas.

En cuanto estuvieron repletas, el grupo de Yeshua cogió cada una de ellas entre dos, y le siguieron hasta el otro lado de la finca de la boda, donde se estaba celebrando un bar mitzvah.

—¡Hola! —saludó al portero—. Venimos a traer el agua para el lavado de manos y pies.

Como en Palestina ni existía entonces ni existe ahora el agua corriente, al vigilante le encajó y les permitió el paso, sin saber que su objetivo era ir a las bodegas y pegar un cambiazo de agua por vino. Con el nuevo contenido en su poder, volvieron a la boda y le entregaron el cargamento al novio.

—Menudo perro judío estás hecho, hermano —le dijo entre risas cuando le explicaron la hazaña.

—Pues verás cuando te enseñe el truco de los panes y los peces en el que he estado trabajando —le contestó Yeshua.

La situación estaba salvada, y resultó que el vino era de una gran calidad. Porque Yeshua sería un timador, pero no un tonto. Tanta categoría tenía la bebida, que el padre de la novia se acercó al recién casado y le dijo:

—Vaya, todo el mundo sirve primero la bebida buena, y después, cuando ya está la gente borracha, saca el garrafón. Pero tú has dejado el vino bueno para el final. Eres un poco tonto, pero está realmente cojonudo, te felicito.

Y se fue a seguir con sus asuntos, dejando al novio avergonzado. Yeshua, habiendo presenciado la escena y un poco apenado por el corte que le había hecho ese cerdo, intentó animarlo un poco.

—Bueno, no te preocupes, siempre nos podemos inventar lo que ha pasado para no quedar mal cuando la gente pregunte. A mi amigo Yohanan seguro que se le ocurre una buena milonga en cuanto tenga una revelación.

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Vera usted

Déjeme que le cuente. Estaba yo paseando por la calle Paz cuando vi que el nuevo restaurante japonés del barrio, el Kojima, estaba de inauguración. Parece ser que ofrecían unos pinchos gratis para promocionar el local. Decidí entrar a cenar algo, pues estaba canino de no haber probado bocado en toda la tarde. El sitio estaba hasta la bandera, y a las bandejas de sushi las habían dejado temblando. Solo quedaba lo que tenía más pinta de pescado crudo. Di buena cuenta de ello, pues soy de buen comer y no le hago ascos a nada. Bueno, a casi nada, pues el sake que acompañaba las bandejas de sushi no quise ni probarlo, y esto quiero remarcarlo. La cuestión es que debió de verme el dueño ahí, fervientemente afanado con el sushi, que se acercó a mí, probablemente con la intención de preguntarme si le gustaba su cocina, o quizás de invitarme a platos más suculentos. Me lanzó un par de piropos en japonés y me hizo señas para que le siguiese, de seguro que para poder comentarme sus secretos culinarios en privado. Íbamos por un pasillo y entonces fue cuando vi hombre en cuestión, en concreto a través de una ventana lateral del pasillo. Una ventana bastante sucia, todo sea dicho, por lo que no pude evitar cuestionar la salubridad del restaurante. Yo no le recomiendo ir.

El asunto, y perdónenme por la digresión, es que vi a un hombre muy misterioso. Y dirá, ¿cómo sabía usted que era misterioso? Pues porque era más joven que yo y llevaba sombrero. Estamos en pleno siglo veintiuno, y nadie que no esté cubriendo canas lleva ya sombrero, ¿sabe? Me picaba mucho la curiosidad, así qué, deshaciéndome en excusas por no poder quedarme al coloquio culinario, salí corriendo a través del pasillo y, confieso, tiré un par de jarrones por el camino. Eso sí, de mal gusto. Encontré una puerta a la calle, e intercepté al hombre cuando se disponía a entrar en un local para mí desconocido. Le di los buenos días, pues es de buena educación, y le pregunté de forma aún más cortés que por qué llevaba sombrero, intercalando un par de por favores y gracias por si las moscas. El paisano, muy amable y servicial, me confesó entre susurros que llevaba un enanito escondido debajo, y que si le acompañaba dentro me lo enseñaría. Me disponía a declinar su oferta, pues ya había satisfecho mi curiosidad, cuando observé por el rabillo del ojo a mi admirador, el dueño del Kojima. Se acercaba a mí con claras intenciones de entablar un coloquio culinario, pues portaba una sartén de grandes dimensiones en una mano. Tras ver la ventana en tal repulsivo aspecto había decidido rehuir aquella pocilga, por lo que decidí aceptar de buen grado la oferta de aquel buen hombre y entré en el garito.

El bar se parecía por la decoración al Gandul, pero con una barra estilo Porrón y la música más tipo Trébol o Aluvión, no sé si conoce. No es que frecuente esos bares, pero ya sabe, uno ve cosas a lo largo de su vida. El hombre me llevó a través de una marea de hombres inusualmente pegajosos hasta la barra. Me ofreció un whisky bastante malo, la verdad, pero ni lo probé, ¡eh! Ni una gota. Bueno, pues un rato después el tipo debió de coger confianza que me invitó a un reservado. No tenía nada que perder, y ya que me había quedado tanto tiempo, quería ver al enanito. Pues una vez dentro del reservado, y para mi sorpresa, el paisano se sacó una jeringuilla del bolsillo y se pinchó lo que sea que fuese su contenido en pleno brazo. Me ofreció otra jeringuilla de colegas, pero eso sí que ni de coña. Y va y luego se empieza a desnudar, sombrero incluido. Era todo muy turbio, si quiere mi opinión, y de enanitos ni rastro. Tuve entonces una corazonada, pues ya soy perro viejo, de que el paisano ese era un desviado y me había llevado allí a drogarnos y hacer cochinadas. Pensé en largarme de allí, que tengo mucho aprecio por mi trasero, pero va el tipo ese y de repente se desmaya. Joder, menudo marrón, pensé. ¿Qué hago yo ahora con un tío inconsciente desnudo? Pues soy buena persona, ¿sabe?, no podía dejarlo allí. Así que lo arrastré como pude hasta la salida de emergencia. Había policía fuera, de palique con el dueño del Kojima, y pensé que estando yo arrastrando a un tipo drogado, desnudo e inconsciente, aún iba a haber algún malentendido. Así que busqué un coche para llevarlo al hospital sin llamar la atención. Siendo noche cerrada, pensé, pues uno negro que se camufla mejor, y de maletero grande para esconder bien al desviado sin que se viese por fuera. Y entonces vi el coche perfecto, aparcado enfrente de la funeraria. Lo forcé, lo confieso, pero era una emergencia, así que no creo que sea delito. Pues no flipo entonces yo con el maldito coche cuando abro la puerta y descubro que es inglés, con el volante cambiado ¿A quién se le ocurre, con la de buenos coches que hay en España? La cuestión es que no tengo ni idea de conducir coches británicos. Lo único que sé es que va todo al revés. Lo peor de conducirlo era pues el tener que ir esquivando los coches que me venían de frente. Y en una de esas, mal que me pese, me salí de la carretera y me choqué con esta parada de autobús. Y esa es toda la respuesta, señor policía, a su pregunta de por qué estaba conduciendo un coche fúnebre robado con cadáver incluido en dirección contraria por la carretera. Le aseguro que el hombre que está dentro del ataúd no está muerto, que yo no estoy borracho y que puede usted ahorrarse esa prueba de alcoholemia, que le aseguro va a dar negativo.

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El principio del fin

–Por dios, mi cabeza…

Desperté con los rayos de sol pegándome en la cara. Me hallaba tumbado en un suelo desconocido, al lado de una cama donde debajo de ella se podían apreciar motas de polvo tan grandes que parecía ratas (o al menos esperaba que solo fuera polvo) y mi única vestimenta mis vaqueros pitillos. Podían pasar días, estaciones y no había ningún desgaste aparente a pesar del inexorable paso del tiempo, ahí seguían manteniendo el tipo, como la zorra de mi madre, cómo mantiene el tipo la jodida.

–¿Se puede saber dónde estoy?

Me intenté incorporar. Lo que para una persona normal le costaría 3 segundos, a mí me costó dos minutos de reloj. Después de superar este desafío titánico, pude comprobar que estaba en una habitación de hotel. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Dónde estoy exactamente? ¿Por qué no llevo camisa, y ya que estamos, calzoncillos? Mientras estaba haciéndome estas cuestiones con una cara pensativa tipo sherlock holmes y con mi mano derecha en la boca simulando que me fumaba una pipa (lo cual, pese a que me hayan repetido en reiteradas ocasiones que parezco un discapacitado yo lo encuentro de lo más útil) algo entro en mi campo de visión que me hizo olvidar todas estas preguntas banales. Ahí estaba mi petaca, encima de la cómoda, abierta y con manchas de pintalabios.

–¿Qué clase de so cerda ha osado beber de mi Clara?

Después de limpiarla gentilmente fui al baño a enjuagarme la boca con la diferencia de que usé a Clara en vez de agua y en vez de escupirlo me lo tragaba. Después de repetir este proceso cinco veces, a la sexta me percaté que detrás de las cortinas de la ducha había alguien dormido. Metí a Clara en el bolsillo de atrás de mi pantalón y cogí el cepillo de dientes como arma.

–Sal de ahí seas quien seas. Tengo un arma y como esté igual de sucio que el suelo no va a haber medicamento que te salve.

Me moví ligero como un gato. Una vez en frente de la bañera deslicé raudo la cortina y mis ojos no daban crédito. Era mi amigo Matt.

–¿Matt? ¿Qué haces tú aquí?

–¿A ti qué coño te parece? Estaba durmiendo hasta que has empezado a pegar esos chillidos. Ayúdame a salir de aquí.

Solté el cepillo de dientes que aún tenía en la mano y lo saqué de ahí.

–Tienes suerte --le dije–. Si no llego a parar mi ataque a tiempo, ahora mismo estarías convulsionando en el suelo.

–Por favor, cada paso que das haces que retumbe el suelo, sin mencionar la de cosas que has tirado. –Matt dijo eso mientras señalaba el suelo lleno de jabones y toallas que acababa de tirar. –Además –añadió–, no sé qué ibas a hacer con un cepillo de dientes.

–Tú no has visto debajo de la cama –le respondí con cara preocupada.

No lo vi venir, me arreó tal bofetón que me dejó temblando los dientes.

–¿Pero cómo osa…?.

–Menuda noche la de ayer –me interrumpió a mita de frase mientras me salía una lagrimilla. Nos encontrábamos de nuevo en el cuarto–. Imagino que no te acordarás de mucho después del pedal que cogiste.

–Habló el de la bañera.

–A callar. Y bien ¿qué pasó después de que me fuera? ¿Qué tal con esa chica? Y ni se te ocurra ponerme esa cara de subnormal cuando piensas que te va otra.

Dicho esto paré mi mano que iba directo a mi boca e intenté recordar la noche anterior sin hacer mi pose de pensar, lo cual me costó horrores. Recuerdo que estábamos en el bar del hotel bebiendo, se acercaron unas chicas, charlamos y luego… negro. Le expliqué lo que recordaba y mi despertar hasta nuestro encuentro.

–Así que no recuerdas nada… --dijo Matt.

–¿Acaso no has escuchado que han mancillado a Clara? –le insistí.

–No pasa nada –dijo como si no hubiera oído lo que acababa de decir–. Tengo vídeos en mi teléfono, el cual no sé dónde coño está la verdad. Hazme el favor y coge el teléfono de la habitación para llamar a mi teléfono, el número es… ¿Qué haces tecleando si ni siquiera he empezado?

–¿Recepción?—dije mientras pegaba un trago de Clara–. El cuarto que se nos ha dado está hecho una pocilga… Sí, como lo oye usted. No han limpiado debajo de la cama lo cual demuestra la falta de profesionalidad por su parte. Exijo la intervención de una persona instruida en la limpieza ipso facto y debido a esta conmoción desearía una botella de bourbon a cuenta de la casa, que Clara se está quedando vacía. –Colgué al instante. —Asunto zanjado, ¿Qué me estabas comentando?

Antes de que Matt me alcanzara con sus enormes manos conseguí zafarme de él. Iba a empezar un discurso grandilocuente acerca de la suciedad, gérmenes y la hepatitis hasta que vimos una nota en la cómoda. Lo empezamos a leer y rezaba lo siguiente:

“Al sujeto de anoche:

Seguramente no te acuerdes de lo de anoche así que te voy a hacer memoria. Después de conocernos en el bar y de beber, subimos a tu habitación tu amigo, tú y yo. Después de charlar un rato tu amigo supo leer el ambiente y dijo que tenía que irse. Imagínate lo doblado que iba que se equivocó de puerta y se metió en el baño. Supongo que no salió por vergüenza. Más tarde te quitaste la camiseta porque “tenías calor” y la lanzaste debajo de la cama cual bola de bolos. Luego te apostaste conmigo a que podías quitarte los calzoncillos sin quitarte los pantalones. Después de 20 minutos lo conseguiste, dijiste que estabas exhausto y te dormiste o mejor dicho te desmayaste en el suelo. Yo viendo el panorama le pegué un trago a tu petaca y me fui”.

–Matt, creo que Clara y yo tenemos que distanciarnos.

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Cuartos. Lázaro vs Recluta Patoso
Condición: Eres un granjero, feliz con tus lechugas, y todo sería perfecto si no fuese porque la maldita oveja se ha escapado otra vez.


Calma chicha

La oveja. Pedro estaba cansado de tener que ir a buscarla cada vez que se escapaba. Antes de marcharse revisó el huerto, comprobó cómo estaban las lechugas y reforzó las cañas de las tomateras. Programó el riego para después de dos horas, y se marchó con paso hastiado en busca de Dolly.

Le gustaba esa hora de la mañana, se podía ver cómo la oscuridad se iba retirando y la luz mezclada con la niebla dotaba a las cosas de una trasparencia casi irreal. Lo que hacía nada parecía frágil o imposible, se impondría de manera rotunda con la nueva luz del amanecer, y aparecerían las cosas ante sus ojos, como si las sombras anteriores que las hacían fantasmagóricas fueran ya un sueño lejano.

Al poco, vio enganchado a un árbol un trocito de lana, lo agarró fuertemente y siguió por esa senda hasta un claro. Allí el sol le reflejaba en la cara y solo pudo atisbar algo de lo que acontecía en aquel lugar.

Un montón de ovejas reunidas balando alrededor de una figura negra que hacía grandes aspavientos. Pedro se acercó para ver mejor y el ruido hizo que la figura de negro desapareciera como por encanto delante de sus ojos. El granjero pensó que seguramente solo era un reflejo. Pedro se sorprendió de lo confuso de sus sentidos, debía ser por el libro que le prestó el otro día ese vecino nuevo que había llegado a la aldea. Maldijo entre dientes y escupió en el suelo, como una especie de contra hechizo para que su mente se despejara de esas tonterías. Cuando se acercó las ovejas habían escampado, quedando algunas tiradas por el suelo muertas. Llamó a Dolly con desesperación hasta que su oveja perdida volvió junto a él. La agarró por el pescuezo contento y se marchó de allí, llegando a la conclusión de que había sido un maldito lobo el que hizo todo aquel destrozo.

Al día siguiente se despertó dispuesto a ir a la aldea a preguntar a sus vecinos por sus ovejas desaparecidas. Se vistió y lo primero que vio saliendo al porche fue a su Dolly en el suelo, había estirado, literalmente, sus cuatro patas. Pedro se acercó a su oveja muerta. Le sorprendió ver como su boca estaba totalmente inflamada y negruzca. En ese momento recordó que las ovejas de ayer estaban bebiendo en una especie de riachuelo multicolor. ¿Sería eso el 5G al que se refería su nuevo vecino?

Se dirigió hacia la aldea y su intranquilidad aumentó conforme se iba acercando tras percibir algo que le puso los pelos de punta, no escuchaba nada, ningún pájaro ni insecto, no se oía ningún ruido. Cuando llegó a la aldea todo estaba patas arriba, como si se hubieran marchado a toda prisa, no había rastro de nadie. Pedro se empezó a preocupar de verdad. Cuando volvía hacia su granja le pareció ver por el rabillo del ojo una forma oscura, se giró rápidamente y suspiró al comprobar que solo era un espantapájaros movido por el viento. Llegó agotado a su casa, su fatiga no era normal. Fue hacia el cajón de su armario y cogió el móvil, lo encendió y comprobó que no había cobertura. Se preguntó dónde habrían ido todos y maldijo la hora en que decidió aislarse en su granja sin televisión ni internet. Estaba tan cansado que se durmió en la silla.

Al alba, Pedro se encontraba mirando un reflejo inusual en dirección contraria a la salida del sol. Cuando amaneció, la luz de la mañana hizo desaparecer lo que fuera aquello. Se dispuso a realizar las tareas de la granja y entonces los escuchó, levantó la vista y ahí estaban los aviones de los que le había hablado su vecino. Iban dejando unos rastros de humo tal y como le había contado, esas estelas lo contaminaban todo, chemtrails o algo así los llamaba. Volvió a escupir otra vez en el suelo y esta vez escupió sangre. Se tocó el rostro y notó una sangre espesa saliendo de su nariz. Lanzó una maldición y supo lo que debía hacer. Fue a su arcón y sacó la escopeta. Tenía claro qué pasaba, alguien había secuestrado a sus vecinos y ahora iban a por él, ahora que sabía de todos sus experimentos.

Habían pasado unos tres días desde entonces y Pedro se había atrincherado en su porche, desde ahí veía la carretera. Algo nubló su vista, levantó su mano apartando un mechón de su cabello y este cayó al suelo. Se llevó las dos manos a la cabeza comprobando cómo el pelo le caía a puñados, se arrodilló en la tierra y lloró desconsolado e impotente.

Al día siguiente llegaron. Primero se acercó un camión, bajaron unas figuras pero esta vez no eran oscuras sino blancas, aun así, a él no podrían engañarle ya que se movían torpemente haciendo aspavientos como siempre. Apuntó sin que le temblara el pulso y disparó. Alcanzó a la primera de las figuras que cayó al suelo manchando el blanco impoluto con su sangre. Las figuras gritaron, desde un altavoz en el camión también le decían algo. Lo ignoró, ya había abatido a tres y el resto estaban escampando, la escena le recordaba a las ovejas en aquel riachuelo multicolor. Pero entonces notó un dolor en el brazo y su fusil cayó. Le habían disparado, se preguntó si incluso habrían conseguido que las ovejas fueran capaces de disparar. Una de las figuras de blanco se acercó hacia él y le habló:

—¿Qué hace?

La blancura del traje le cegaba. Pedro solo consiguió articular una palabra:

—¿Dolly…?

—¿Qué Dolly? Maldito loco. Es usted el único al que no lográbamos encontrar. La central nuclear ha sufrido una fuga. Tenemos que evacuar toda la zona.

Lo agarró y sintió su abrazó cálido y mullido, sonrió y se dejó llevar. Al fin y al cabo era su Dolly quien había venido a buscarlo.

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Cuartos. Lázaro vs Recluta Patoso
Condición: Eres un granjero, feliz con tus lechugas, y todo sería perfecto si no fuese porque la maldita oveja se ha escapado otra vez.


Leche de Oveja

Hoy es un día más en mi granja. Hace tiempo que vendí todos mis terneros y los cerdos a Jack el propietario de la granja contigua, un hombre algo codicioso, aunque parece buena persona y trabajador. Tan sólo me quedan algunas ovejas y mi huerto. Hubiera vendido a estas ovejas con el resto de los animales, pero mis padres heredaron esta granja con tan solo un puñado de ellas. Me criaron bebiendo leche de oveja por las mañanas, con ese sabor graso que en principio se te hace difícil de tragar, pero maldita sea la nostalgia, no puedo simplemente librarme de ellas, echaría de menos los recuerdos que me producen.

Contando las ovejas en la finca percibo que falta una, se ha vuelto a escapar una dichosa oveja y con ella mi perfecta paz. Todo sería perfecto si tan sólo tuviera que cuidar de mis lechugas. A lo lejos puedo ver como la puerta trasera del redil está rota. Al acercarme piso algo que parece metal oxidado, son las bisagras que estaban en malas condiciones. Suelo revisar los rediles con frecuencia, ayer por la noche debería haber comprobado esta misma puerta, pero fui perezoso y decidí demorarlo para el día de hoy. Este golpe de mala suerte ha arruinado un día perfecto. Esta salida debe haberla conducido a la granja de Jack, espero que ese viejo avaro no me dispare por andar merodeando en sus tierras.

No tardo mucho en pisar una boñiga de ternero una vez dentro de su granja, como no he podido percibir este olor nauseabundo, además ha entrado dentro del zapato, al pisar las bisagras el metal debe haber agujereado la suela. No pienso caminar con un zapato oliendo a deshechos de vaca mientras busco a la maldita oveja. Tiro mi bota lejos, no tiendo a ser temperamental pero esta situación me supera.

Continúo andando por el redil de Jack, veo a los terneros pastando, mi oveja debe estar cerca. Me impaciento y avanzo hacia los pastos cuando vuelvo a notar como piso otra boñiga de vaca, aunque es algo diferente, empieza a picarme la pierna tras pisarla. Joder, joder y de nuevo joder. Era un maldito grupo de procesionarias, putos gusanos, pisas a un grupo de ellos y te aseguran una urticaria por todo el cuerpo, corro y me alejo, pero tengo el pie y las manos lleno de ronchas. Se puede saber que tuerto me ha mirado, todo por mi maldita pereza, todo por no comprobar dos malditas bisagras.

Huelo a mierda, un puñado de gusanos me ha envenenado y aún no encuentro mi oveja. Pero mi suerte está a punto de cambiar, puedo ver a lo lejos a la dichosa bola de lana, está corriendo en mi dirección. Le siguen algunos terneros, aunque ahora que me fijo, son muchos terneros, me cago en dios, es una estampida de terneros, vienen todos hacia mí. Corro con todas mis fuerzas, me dirijo a un bosque cercano con la esperanza de perder al ganado. No puedo describir lo que duele el veneno de las malditas procesionarias, creo que ha reventado alguna de las ronchas mientras corría, siento como la sangre empapa mi calcetín en mitad de la carrera. He llegado al bosque, pero con la suerte que tengo hoy, posiblemente caerá un árbol y me aplastará. Este es el peor día de mi vida, en este instante solamente lo puede empeorar una cosa, el crujido de una escopeta de caza cargándose detrás de mí.

- ¿Has tenido un mal día vecino? Estoy seguro de que sí.

Era la voz de Jack. ¿Podía tener algo que ver con todo esto?

- Mis tierras empiezan a quedarse pequeñas y tú tienes una buena parcela. Estoy interesado en comprártelas, pero estoy seguro de que quieres mantenerlas. Sería difícil negociar con alguien que solo quiere vivir su vida en paz.

¿Algo codicioso? He estado viviendo al lado de un puto demonio todo este tiempo.

- Así que sólo me quedaba una opción. Y recurrí a la magia, a una gitana. La gente ya no cree en lo sobrenatural, pero nosotros, en el campo, sabemos que hay cosas que no se pueden explicar. Así que hablé con esta gitana, me dijo que le añadiera una botella de un aceite raro al agua de tus ovejas y este es el resultado.
- ¿Tanta complicación para todo esto? Por el amor de dios Jack, quédate la maldita granja, déjame beber mi maldita leche de oveja por las mañanas y olvídate de mí. Te regalo mis tierras, no las quiero, pero baja el puto rifle de caza.
- Acepto tu oferta vecino, pero para tener garantías de que todo va a salir como espero, te voy a pegar un tiro.

Supongo que no pensaste tus palabras con claridad Jack, aunque siendo honestos, yo tampoco. Aceptaste mi oferta, sentiste mi granja como tuya y por eso la bala rebotó en una piedra y acabó entre tus cejas. Debiste haber entendido que la avaricia es también una forma de mala suerte.

[2 semanas más tarde]

Han pasado dos semanas desde mi día de mala suerte. Ahora mantengo también al ganado de Jack mientras intento pensar en como solucionar esto. Ya no siento la granja como mía, me lo repito constantemente y creo en ello por miedo a lo que pueda pasar.

Han llamado a la puerta y al abrir encuentro a una inspectora de policía mostrando su placa.

- Buenas tardes, señor. Vengo a hacerle unas preguntas acerca de Jack, el dueño de la granja que se encuentra frente a la vuestra. ¿Le importaría que echara un vistazo en su recinto?
- En absoluto, sienta que está en su propiedad.

La inspectora avanza por el redil de las ovejas. Espero que se sienta como en su propia casa y tenga la confianza de meter las narices donde desee, así me aseguraré de que la mala suerte, como una calamidad, me permita disfrutar de mis lechugas y mi vaso de leche de oveja.

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Cuartos. Beatrix Kiddo vs Lazy dude
Condición: Cuando te presentaste a presidente lo hiciste como una broma. Nunca pensaste que ibas a salir elegido.


Reflexiones desde el despacho oval

Pues aquí estoy, solo al fin, tras haberse marchado los periodistas y asesores, en el mismísimo despacho oval. Aún me cuesta creer que un comentario jocoso y en estado totalmente etílico me haya terminado trayendo hasta la presidencia de los Estados Unidos.

Recuerdo ese primer mitin en el que no sabía ni qué decir, en una situación totalmente nueva para mí. Afortunadamente tenía un discurso que leer, aunque estaba plagado de puntos con los que no comulgaba. Salí relativamente airoso de ese primer embate, y comencé a introducir propuestas de mi cosecha en las disertaciones, hasta que terminé por desechar por completo las que me entregaban. Simplemente, mis propuestas me parecían más lógicas y beneficiosas para el país. Las encuestas y los comentarios en las redes sociales parecían darme la razón, y la gente me aplaudía con fervor en aquellas multitudinarias reuniones para escucharme.

Y fue en ese momento cuando tuve vértigo por primera vez. No porque creyese en mis posibilidades de victoria, pero tampoco quería arriesgarme. La perspectiva de ser presidente, con el agravante de no querer serlo, me resultaba tediosa, incómoda y falta de beneficios para mi persona. Así que hice lo que parecía más práctico: cambiar el discurso. Donde había defendido la bajada de impuestos, propuse la subida de varios de ellos y la creación de otros tantos nuevos. Igual que primero propuse un control más férreo de las fronteras y una entrada ordenada, cabal y por cupos de inmigrantes, después pasé a abogar por una política de puertas abiertas y papeles para todos. La sanidad universal a cargo del Estado dejó paso a un sistema prácticamente privado, y así con decenas de propuestas que había hecho previamente.

Quedé estupefacto: tras unos primeros días de titubeo, la reacción a mis nuevas directrices era positiva. Seguía terminando los mítines en olor de multitudes; las redes, aunque había ―qué menos― críticos con mi cambio de rumbo, hervían en alabanzas a mis políticas; periodistas y tertulianos realizaban sesudos análisis sobre las modificaciones en mis medidas estrella, ensalzando la valentía con la que había cambiado el rumbo de mi programa electoral. Contra toda lógica, subía en las encuestas, aunque aún lejos de la intención de voto de mi rival.

A falta de una semana para las elecciones, ocurrió un hecho que sacudió los cimientos de la campaña electoral. Alguien logró tomarme unas fotos en la intimidad de mi hogar, fotos que corrieron como la pólvora entre los medios de comunicación y que parecían aniquilar mi corta carrera política. En ellas se me veía relajándome y abandonando mi forma humana para adoptar mi efigie real.

Sí, soy un alienígena metamórfico. Un alienígena que, estando una noche de fiesta e ingesta descontrolada de licor keevaliano con unos amigos en la estación-casino de Zaalek VI, tuvo la feliz idea de responder «claro, yo lo podría hacer sin problemas», cuando mi compañero Zxtyww, borrachísimo también, dijo que los terrícolas eran seres estúpidos y que cualquiera podría infiltrarse entre ellos y hasta conseguir que lo nombrasen gobernante. Me desmayé poco después de pronunciar esas fatídicas palabras y cuando desperté estaba en la casa de uno de los candidatos a la presidencia estadounidense, con una escueta nota de mis amigos diciendo que ya pasarían a recogerme un día de estos y que monitorizarían mis peripecias electorales para echarse unas buenas risas. Desconozco qué hicieron con el legítimo propietario de la casa y de mi actual cara.

El caso es que di por hecho que esa revelación haría que me expulsaran de la campaña y que mis flexibles huesos acabaran en algún laboratorio donde harían mil experimentos conmigo. Para mi sorpresa, se alzaron voces que defendían la legitimidad de mi candidatura, porque un presidente extraterrestre era el máximo exponente del “sueño americano” y lo contrario sería un vil acto de alienfobia. Hubo un encendido debate entre seguidores y detractores —algunos incluso defendieron la construcción de un muro de fuerza para impedir el acceso de inmigrantes espaciales al país—, y finalmente y contrarreloj la Junta Electoral dio el visto bueno a mi participación en las elecciones. Afortunadamente, o no, la prohibición a los no nacidos en Estados Unidos para ser candidatos había sido revocada unos años antes por el presidente Schwarzenegger Jr.

A los tres días fueron las elecciones y, sorpresivamente y gracias a los votos de California, que fueron los últimos en contabilizarse, salí ganador de los comicios. Y aquí estoy, probablemente el ocupante de toda la historia de la Casa Blanca que menos ganas tiene de estar aquí, ante la horrenda perspectiva de pasar los próximos cuatro años dirigiendo el destino de un país que no es el mío y de unas criaturas a las que no entiendo, a expensas de que mis queridos amigos decidan poner fin a mi sufrimiento y vengan a llevarme a mi planeta natal. Aunque, conociéndolos, seguro que preferirán dejarme aquí para disfrutar de mis andanzas como presidente. De verdad que estoy viendo el botón rojo y cada vez me tienta más desatar el apocalipsis nuclear…

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Cuartos. Beatrix Kiddo vs Lazy dude
Condición: Cuando te presentaste a presidente lo hiciste como una broma. Nunca pensaste que ibas a salir elegido.


Yo voté a Kodos

En la sede de su candidatura, Prudencio se encontraba reunido con su amiga Margarita. La noche electoral avanzaba, y el escrutinio comenzaba a reflejar que Prudencio, para su desgracia, sería el próximo presidente del gobierno de España.

—¿Cómo es posible que vayas a ganar, Prudencio?

—A mí no me mires, Margarita, yo voté a Kodos.

—Confieso que yo también. Era el mejor candidato, y te lo digo yo, que apenas he seguido la campaña. No te lo tomes a mal, pero al fin y al cabo lo tuyo era un vacile. Nadie se podía haber imaginado que la gente decidiese votarte.

—¡Nunca debí aceptar esa maldita apuesta! ¿Qué probabilidades había de que ganase? Pensé que el vencedor sería uno de los candidatos veteranos. A saber, cyborg Aznar, o la mano derecha de Felipe González.

—Ah, no sabía que se había presentado Alfonso Guerra.

—No me has entendido. Me refería literalmente a la extremidad de Felipe. Formaba parte del candidato Frankenstein.

—Oh.

Después de un silencio incómodo, Margarita volvió a tomar la palabra.

—En fin, tú te lo has buscado. Te están esperando. Es hora de que salgas a dar la cara y afrontes las consecuencias de tus jueguecitos.

Tras unos instantes de reflexión, Prudencio asintió y se dirigió a la sala de al lado, en donde una multitud de periodistas esperaba su comparecencia.

***

Tras la pandemia zombi de 2022 se había modificado todo el sistema parlamentario, transformándolo en uno más simple y reducido. Los grandes partidos se habían disuelto, y se establecieron las candidaturas unipersonales.

El debate decisivo se había realizado una semana atrás, organizado por el medio de comunicación más importante del país, Pfizer-Twitch. Para favorecer el espectáculo, además de haber invitado a los candidatos con más posibilidades, hicieron lo propio con los más extravagantes. No tardaron en tomar protagonismo los extravagantes, eclipsando totalmente a los más serios. Al finalizar la noche, prácticamente todo el país había tomado partido, o por el alienígena Kodos, o por el embaucador Prudencio.

Kodos conquistó a una parte de la audiencia con su tecnología sanitaria. Prometió el fin de las enfermedades y el aumento de la esperanza de vida. Prudencio contraatacó alegando que la bolsa de paro resultante, entre doctores, sanitarios, investigadores y servicios funerarios, sería inasumible, y el sistema de pensiones, insostenible.

Kodos afirmó que había visto muchos mundos a lo largo del universo, que conocía sus problemas, que no cometería sus mismos errores, y que aportaría soluciones eficientes. Prudencio lo ridiculizó afirmando que alguien con un solo ojo no podía haber visto más que la verdad a medias, y mucho menos, ofrecer soluciones completas.

Kodos aseguró que en su planeta no existía la corrupción y que el dinero de los impuestos sería bien empleado. Prudencio lo puso en duda, asegurando que sería imposible que alguien con tantos tentáculos resistiese la tentación de meter la mano en la caja.

El golpe de gracia llegó en la última intervención de Prudencio, cuando miró a cámara y realizó una pregunta a la audiencia. Una pregunta digna de un alumno de matrícula de honor en quinto curso de Manipulación.

—Ciudadanos y ciudadanas de España. Decidme. ¿Qué clase de nombre es Kodos? A mí me suena a británico, o a francés. ¿Vais a permitir que nos gobierne alguien con un nombre británico o francés?

La pregunta cayó sobre la audiencia como un mazo. Si algo nos ha unido a los españoles es nuestra aversión a los británicos, y a los franceses, y a los murcianos. Pero, sobre todo, a los británicos y a los franceses. Prudencio todavía no lo sabía, pero su malintencionada pregunta le había convertido en ganador del debate, y una semana después, en presidente del gobierno de España.

***

Prudencio se acercó al atril con paso tambaleante y cara de haberse comido un plato entero de pimientos de Padrón. De los que pican.

—Buenas noches, conciudadanos —comenzó con voz temblorosa—. El escrutinio de los votos está a punto de finalizar e indica que seré el vencedor de las elecciones.

La sala estalló en aplausos y vítores, al grito de «¡Presidente, presidente!». El aludido pidió calma gesticulando con las manos.

—Un momento, por favor —continuó Prudencio—. Dejadme acabar. Quiero deciros que no voy a ser vuestro presidente. Presenté mi candidatura como fruto de una apuesta, y no esperaba haber llegado tan lejos. Ni siquiera voté por mí. Yo voté a Kodos. Creo que es el mejor candidato para que nuestro país progrese. Y es por ello, que anuncio la retirada de mi candidatura.

Los presentes en la sala se quedaron callados, intentando asimilar lo que acababan de oír. La conmoción provocada en la sala por las declaraciones de Prudencio, apenas duró unos instantes, hasta el momento en que apareció el rostro de Kodos en todos los monitores. El alienígena, con cara de pocos amigos, comenzó a hablar.

—Buenas noches, torpes humanos. Habéis tenido la oportunidad de vivir una vida mejor, pero vuestra decisión ha sido la de seguir en la oscuridad y el atraso. No sois dignos merecedores de todas las virtudes que os he ofrecido. Sois tan necios que no merecéis vivir. He decidido destruir…

Kodos interrumpió su discurso cuando su responsable de prensa se acercó a toda prisa, tropezando con varias sillas en su alocada carrera hacia el atril del alienígena. Durante unos segundos, ambos hablaron en voz baja. A continuación, Kodos tomó de nuevo la palabra.

—Ejem… Me comunican que mi gran rival ha decidido retirar su candidatura, sin duda, sabedor del vuelco electoral que se iba a producir con el escrutinio de los últimos votos. Acepto con orgullo y humildad el puesto de presidente de todos los españoles, y prometo ser justo y leal. Hoy es el primer día de una nueva era. La paz y la prosperidad estarán siempre asociadas al pueblo español. Seré vuestro líder. Hasta el fin de los días.

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Cuartos. Jackie Daytona vs Orfebre del Zhongguo
Condición: En este mundo donde cualquier hijo de vecino tiene un superpoder, tienes mucho cuidado de que nadie sepa cuál es el tuyo.


Saber que te pienso

Bruno estaba incómodo en la sala de espera. El mismo mes que cumplía 18 años, como el resto de la población, sería tratado al fin con la técnica de radiación para la modificación genética avanzada, o RaMoGA, como se conocía comúnmente. La alteración de su genoma determinaría su futuro. Poder ser de la clase alta, como los lanzarrayos o sanadores, que eran la fuerza militar o los médicos de la sociedad, o un simple cargador o elástico, proletarios encargados de labores de transporte, logística, reparación y mantenimiento. Cualquier cosa, eso sí, antes que mentalista. Se podía tener una vida digna en la clase alta e incluso como obrero, pero un mentalista estaba condenado al ostracismo.

Nadie percibe de forma negativa que aceleres la recuperación de las lesiones o que puedas estirar y afinar tus manos para realizar un apaño con gran precisión, ni siquiera hay problemas en contar entre tus amigos o familiares con lanzarrayos, poderosos soldados que pueden volatilizar un edificio a más de un kilómetro, pero la incomodidad de tener a tu alrededor a alguien que podía leer tu mente era enorme: auténtico pavor a quedar expuesto, a que se saltasen todas sus protecciones y supiesen hasta lo más íntimo de ti, lo que guardabas con más celo y miedo. Nadie quería cerca a un mentalista, y serlo solía significar morir en vida y no existir para la gente a la que querías. Era, en conclusión, la mayor tragedia que te podía suceder. También era la alteración menos común, así que la mayoría fingía tener uno de los otros poderes para no ser completamente apartado del mundo.

Bruno comprendió a los días de salir del hospital su aciago destino, pero lo mantuvo en silencio. Fingía que todavía no se había desarrollado en él y que estaba a la espera. Hijo de una cargadora y de elástico, no esperaban tener la suerte de tener un lanzarrayos o un sanador en casa, pero deseaban con todas sus fuerzas que no fuese un mentalista por el mal que eso le podía ocasionar. Ellos no se lo dijeron, pero él lo pudo leer en sus mentes. Su agobio era cada día mayor. Habiendo terminado el instituto y a falta de saber a qué se dedicaría en función de su alteración, se dedicó a las tareas mundanas mientras pretendía seguir esperando.

Un día, mientras hacía la compra de la semana, se percató de que en la tienda había una nueva dependienta que no paraba de mirar hacia él. Bruno, que por primera vez sentía que no tenía nada que perder en la vida, decidió armarse de valor y presentarse, y ahí conoció a Adriana.

Desde el primer momento comprobaron que su historia era la de un amor digno de película. Hicieron click al instante. No dudaron. Sabían, de alguna manera, que estaban predestinados. Querían verse a todas horas, tenían detalles constantes con el otro, y no había más que amor sincero. Adriana parecía estar en una nube, y Bruno en ocasiones también, pero seguía acordándose de que, en el momento que ella supiese su poder, la relación se acabaría. ¿Qué clase de relación puede mantener alguien sin el amparo de la privacidad que te dan tus propios pensamientos? ¿Cómo de tóxico se podía volver eso? Él no quería hacerle daño a Adriana, y optó por fingir que la mutación que iba apareciendo en él era otra. Si Adriana necesitaba ayuda para colocar el género en la tienda, él hacía de cargador y llevaba al hombro con cajas inmensas, acabando destrozado y fingiendo que apenas le había costado, pero sin terminar de dejar claro claro que ese era su poder. Si a ella le dolía la cabeza, él le ponía una mano encima, pretendiendo que lo mismo emanaba algún poder curativo que la aliviaba. Por probar, hasta reparó el aire acondicionado de la tienda explicándole que había notado más hábiles y finas sus manos en el proceso, cuando él simplemente se limitó a llamar a un verdadero profesional y a pagarle con lo poco que tenía ahorrado.

Bruno hacía lo imposible para que Adriana no descubriese que él era un mentalista, y ella le quería más cada día que pasaba. Cada noche, le abrazaba más fuerte. Él la sentía cada vez más cerca, y le daba aún más vértigo contar su realidad y tener que olvidarla para siempre. Pero, cada vez que se quedaba absorto en su tristeza, Adriana aparecía por detrás con un abrazo aún más cálido que la última vez, sin decir nada, solo apretando fuerte y prometiendo que no lo iba a soltar jamás.

Siete meses después de haber conocido a Adriana, Bruno decidió que había llegado el momento. No podía seguir viviendo en algo que no era para siempre. Ella no se lo merecía, y tampoco se lo merecía la historia de amor que juntos habían construido. Con la voz temblorosa, entre jadeos de auténtica desesperación, se sentó frente a ella y le pidió perdón por el daño que le iba a hacer, asegurando que ella no lo merecía. Le dijo, mirándole a los ojos, que, si bien jamás lo había usado con ella, él era mentalista. Que jamás se aprovechó de eso para enamorarla, pero que era su realidad y ella se merecía saberlo. Y se hizo el silencio.

Adriana, como tantas otras veces, solamente se levantó y le abrazó. Con la boca casi pegada a su oído, le dijo con voz muy tenue que ella también lo era, y que había sabido lo que le pasaba a Bruno desde que empezaron a salir. Ella estaba enamorada de aquel hombre que había confiado en ella y jamás se había intentado aprovechar de sus poderes. Él supo que a partir de ahora la sociedad no tendría forma de hacerle sentir solo. La sinceridad y la bondad que se habían demostrado les permitió convertirse en un tándem que desde ese momento siempre iría al unísono. Desde ese día, Bruno y Adriana agradecieron cada mañana su suerte.

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Cuartos. Jackie Daytona vs Orfebre del Zhongguo
Condición: En este mundo donde cualquier hijo de vecino tiene un superpoder, tienes mucho cuidado de que nadie sepa cuál es el tuyo.


El hombre que vendió el mundo

Otro día más en un mundo en continua decadencia. Incluso en aquel pueblo apartado y pobre del norte de la India, Ernesto podía percibir en el ambiente que la gente se había rendido; la población había tirado la toalla ante el inevitable fin de la era de la humanidad. Pasarían años todavía, claro, pero el punto de no retorno ya se había rebasado.

Y la culpa la tenían los héroes, que surgieron en grandes cantidades de la noche a la mañana. Literalmente, porque dependía de si tenían La Pesadilla mientras dormían. Cuando ocurría, podían pasar dos cosas: o morían aterrorizados o despertaban con un superpoder. El fenómeno había empezado hacía ya cuarenta y seis años; Ernesto lo sabía muy bien porque él había sido el primero de todos. Y desde entonces cada día había más y más.

Al principio fue bueno. La era de los paladines, lo llamaron. Motivados seguramente por el imaginario de los cómics y películas, la mayoría optó por hacer el bien de forma desinteresada. Detuvieron guerras, terminaron con el hambre y cesaron numerosas de las calamidades que asolaban el planeta. Pero poco a poco, el idealismo fue dejando paso al egoísmo. Si nadie podía evitar que hicieran lo que querían… ¿por qué contenerse? Empezaron a delinquir, a montar sus pequeños imperios y a enfrentarse violentamente entre ellos sin preocuparse por los daños colaterales. El Gobierno Mundial apenas podía contenerlos, y ya había decenas de regiones que habían sido abandonadas tras ser conquistadas. Además, la tasa de mortalidad por culpa de La Pesadilla, que en los primeros años había estado muy por debajo del uno por ciento, había aumentado hasta convertirse en el mayor temor de la humanidad. La gente cada vez dormía menos, y lo hacía peor.

Ernesto había decidido quedarse al margen de todo. Aunque dudaba que quedara gente que pudiera reconocerle, y menos en aquel recóndito lugar, prefería ser cauto y esperar otro par de décadas más antes de volver a España; tenía todo el tiempo del mundo, después de todo.

Pero un día alguien le reconoció mientras comía en una austera cantina.

—¿Profesor Ernesto Dasalla, es usted? —Ante él tenía un hombre que aparentaba sesenta y cinco años. Llevado quizá por el aburrimiento, Ernesto decidió revelarse. Afirmó con la cabeza en silencio—. ¿Pero cómo? Parece más joven que yo, y solía tener ochenta y tantos cuando desapareció de la universidad… Ah, por supuesto. Es usted uno de Los hijos de la pesadilla, claro.

—Así es. Y usted, si la memoria no me falla, es Gutiérrez. Estaba en mi clase de historia precolombina, ¿no es así?

—Sí, hace más de cuarenta años ya…

Decidieron sentarse a comer algo de la cocina local y se enfrascaron en una larga charla trivial propia de dos viajeros. Finalmente salió el tema de la desaparición.

—Todos pensamos que se había suicidado —dijo Gutiérrez—. Ya sabe, por lo de que su cáncer era terminal… Decían que había una nota de suicidio.

—La había —admitió Ernesto—, pero nunca perdí el control de esa forma, no. Sólo fui a la búsqueda de un mito: la fuente de la juventud.

—¿Y la encontró?

—Obvio, tengo más de ciento veinte años y aparento cincuenta. Aunque no era realmente una fuente… Se trataba de una metáfora. Tenía el aspecto de una puerta.

En la cara de Gutiérrez pudo apreciarse cómo elucubraba varias ideas. Ernesto supo que había encajado todas las piezas cuando vio que la ira tomaba forma en el rostro de su antiguo alumno.

—¡Hijo de puta, tú lo empezaste todo! —espetó Gutiérrez perdiendo las formas—. Las fechas coinciden… ¡Dios mío, pero si encajas en la descripción del hombre que sale en La Pesadilla junto a la puerta de piedra! ¿Por qué lo hiciste?

—Por lo que más deseaba. Algo tan básico que me da vergüenza admitirlo: quería vivir para siempre. No supe que había un precio hasta que llegué al templo y aquellas sombras espectrales aparecieron y me hablaron. Me dijeron que habría consecuencias, que afectaría a muchas personas, pero como ya no me quedaban seres queridos y sólo iba a sufrirlo gente desconocida, me dio igual. Ahora que lo veo con perspectiva, probablemente no lo pensé suficiente. Con este caos mundial que no para de aumentar, ser inmortal va a ser una mierda si me quedo solo en el planeta… Si es que queda algún planeta. Creo que rompí el candado de una puerta que se está abriendo poco a poco, y La Pesadilla no es más que un avance de los que están por venir. Aún estoy intentando traducir esa parte de…

—¡Voy a denunciarte ahora mismo! Aún quedan algunos paladines, el Gobierno Mundial te encerrará para siempre. Tienes que pagarlo, ¡pasarás tu inmortalidad en una celda!

Ernesto empezó a reírse. Le costaba creer que alguien de la edad de Gutiérrez fuera tan ingenuo.

—Y me lo tendría bien merecido… Después de todo, soy el hombre que vendió el mundo. Pero con esta confesión sólo pretendía desahogarme un poco, no entregarme. Llevo mucho tiempo escondiéndome y sin ver una cara conocida, y como últimamente todo me resulta tan tedioso… La verdad es que charlar de todo esto ha sido liberador, le estoy agradecido.

—No trates de detenerme —dijo mientras se preparaba para llamar por teléfono; entonces se desplomó sobre la mesa de forma fulminante.

Ernesto manipuló la posición de brazos y cabeza del cadáver para colocarlo como si estuviera durmiendo. Después sacó un espejo de bolsillo y se echó un vistazo.

«Era demasiado viejo, apenas habré rejuvenecido un par de días».

Una de las pegas de hacerse inmortal a la edad a la que lo había conseguido era quedarse eternamente con ochenta años. Por suerte, podía rejuvenecer poco a poco su aspecto a base de alimentarse de vida. Al principio le dio reparo y se contuvo, pero hacía tiempo había abandonado todo atisbo de empatía. Había asumido que su papel en la historia era el de villano.

—En fin, menos da una piedra.

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