II Torneo de minirelatos pacotero - Hilo de relatos (no comentar)

Fase de grupos. Grupo OCELOTE.
Condición: El relato debe comenzar con el protagonista sentado en el alfeizar de una ventana de un edificio, las piernas colgadas hacia el vacío, y la ventana cerrada.


¿De qué están hechos los sueños?

Descalzo, sentado en el alfeizar de su ventana, un hombre de mediana edad oteaba el infinito. Había sido un día muy largo, cansado; un día más en una sucesión de jornadas que le habían llevado a su estado mental actual, a un nihilismo desaforado. El hombre se incorporó. Lo hizo palpando el cristal de la ventana cerrada a cal y canto. Bajo él la Nueva York de siempre, gris, ajetreada en sus idas y venidas de gente anónima formada por una multitud de individuos, cada cual de ellos con sus problemas y contradicciones, todos ellos muy importantes en sus cabezas.

John, que así vamos a llamarle, solía observar a la gente desde la distancia. A veces iba a la estación de tren, se sentaba en la cafetería de delante y observaba a los viajeros ir y venir. Le gustaba ponerles nombres, imaginar sus vidas, jugar a ser un dios omnisciente un tanto curioso. Una deidad poco participativa en todo caso, porque John nunca hablaba con nadie. Él solo miraba.

***

Hoy era su último día antes de jubilarse. Hank había trabajado la friolera de cuarenta y cinco años, siete meses y doce días como taxista. Nunca había tenido otro empleo. Para poner en contexto la vida de Hank hay que entender que ser taxista en Nueva York no es tarea fácil: el tráfico, las prisas, los gritos, el sonido de los cláxones y, en general, el mal humor por el que son conocidos los neoyorkinos de punta a punta del país… Pero todo eso ya había terminado, acababa de hacer su última carrera y se dirigía a la estación de taxis para dejar su coche, devolverle las llaves a su jefe y recorrer por última vez las siete manzanas contadas que le separaban de su hogar y los brazos de Elizabeth, su mujer. Hoy venía Sarah, su hija, a cenar; había que celebrar la jubilación de papá y, además, quería presentarles su último novio. O el penúltimo, con Sarah nunca se sabía. Hank sonrió en el interior de su taxi pensando en su familia.

***

Los enormes rascacielos se dibujaban con formas geométricas, recortando un cielo azul que empezaba a tornarse naranja. John observaba ahora el horizonte, pensando en esos seres diminutos moviéndose por el interior de esos titanes de acero y cristal, como hormigas en un hormiguero. Todas y cada una de ellas con su propia historia, con un plan vital. John desconocía ese plan, no había forma humana de saberlo, por eso creaba su propia narrativa. Por un instante quiso ser una deidad activa, un dios capaz de cambiar las cosas a su voluntad o quizás lanzando unos dados en un tablero celestial en la cima de una montaña sagrada. Un ser inoperante en todo caso, porque John nunca hacía nada. Él solo orquestaba.

***

Hank pasó por delante de Clayton’s, bajó la velocidad y le dio un pequeño golpe al claxon. Eddie, el propietario del local, le saludó desde el interior del restaurante. Habían sido amigos durante décadas, compartido mucho juntos, lo bueno y lo malo. Le echaría de menos; aunque todavía podrían verse de vez en cuando no sería lo mismo. Se habían acabado los calzones al terminar el turno nocturno o las cervezas a media mañana brindando por cualquier excusa que se les ocurriera, Elizabeth se encargaría de eso.

El taxista sonrió de nuevo al ver la valla publicitaria del local «La mejor pizza estilo Chicago de Manhattan». Siempre le hizo gracia esa frase. ¿Existiría una cafetería en Illinois que se anunciara como «La mejor tarta de queso estilo Nueva York de Chicago»?

***

John volvió a mirar hacia abajo. La gente seguía deambulando. El plan que tenía en sus mentes para ellos empezaba a no encajar con su comportamiento.

Mary. Treinta y cinco años. Una vida de desamores. Apresurándose a su encuentro con la enésima cita a ciegas. De repente, un hombre baja de un taxi, se ven, se abrazan, se besan como solo harían dos amantes.

Michael. Cincuenta y ocho años. Perdió el habla tras un accidente de tráfico hace veintisiete años. De golpe, empieza a tocarse la chaqueta, coge un móvil de un bolsillo interior, empieza a hablar con la confianza de quien siempre ha gozado de buena salud.

John dejó que su vista se perdiera en los rascacielos, en el infinito que se erguía frente a él: David, Adam, Margaret, Andrew, Anna… La idea de su falibilidad empezaba a resultarle desagradable. Miró otra vez hacia abajo.

Un taxi. En su interior estaba Hank. Sesenta y cinco años. Era su último día de trabajo. Deseaba llegar a su hogar, abrazarse a su mujer, cenar con su hija.

El hombre al que hemos llamado John cerró los ojos, cruzó sus manos sobre el pecho y saltó al vacío. Lo hizo con gracia, como un saltador olímpico, estirando su cuerpo primero para flexionar las piernas después, en una coreografía que había practicado innumerables ocasiones en su mente.

***

Cuando John cayó como una bomba humana sobre el parabrisas de su coche, Hank no lo vio venir y aunque lo hubiera visto no hubiera podido hacer nada. El callejón de detrás de la estación de taxis era lo suficientemente estrecho como para impedir que una persona y un coche pasaran uno al lado del otro. Como dictado por una voluntad superior el contexto hacía del volantazo un hecho imposible.

Más tarde dirían que Hank había tenido mala suerte, que había muerto por accidente al interponerse en el camino de un suicida. Elizabeth y Sarah llorarían, le echarían de menos y con el tiempo pasarían página. Elizabeth se casaría de nuevo, Sarah tendría un bebé al que llamaría Hank y John, el suicidia fallido que había dictado su historia, pasaría el resto de su vida en coma, fabricando en su letargo realidades que habrían de acontecer.

Él ahora concebía.

FIN

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Condición: El relato debe comenzar con el protagonista sentado en el alfeizar de una ventana de un edificio, las piernas colgadas hacia el vacío, y la ventana cerrada.


Imágenes de una vida

Santiago se encontraba sentado en el alfeizar del piso ochenta y ocho; las piernas colgando hacia el vacío y la ventana cerrada tras de él. Miraba con ojos inexpresivos al Empire State Building y el resto de rascacielos de Nueva York. De vez en cuando, bajaba su vista al teléfono móvil, que agarraba con ambas manos. Un oficinista del edificio frente a él le saludó con la mano, pero Santiago no se percató. De repente, unos golpecitos en la ventana le sacaron de su ensimismamiento: Un minuto, leyó en los labios del hombre al otro lado. Santiago entonces alzó el brazo derecho sujetando su móvil, puso su mejor sonrisa y se hizo varios selfies, asegurándose de que en ellos se apreciaba el lugar y la altura a la que se encontraba. Hizo un gesto al hombre y éste le abrió la ventana. Santiago entró al edificio, se quitó el arnés y se dirigió al ascensor.

Pasó por la inmensa cola de gente que esperaba su turno para salir a la fachada del rascacielos, que llegaba a la puerta del ascensor y luego continuaba por todo el vestíbulo del primer piso, y a continuación por fuera del edificio. Santiago había esperado en esa misma cola durante dos horas. Antes, ese día, tambien había esperado en la cola de Fatties’ durante hora y media para comprar uno de sus famosos donuts y otra hora en StreetBucks para acompañarlo con café. Y también había hecho una cola de otras dos horas a lo largo de la Cuarta Avenida para hacerse una foto junto al impresionante mural del grafitero Bronksy. Santiago pensó que había sido un día productivo.

Cuando llegó al hotel, esperó quince minutos a poder usar el ascensor para llegar a su habitación. Cosas de la pandemia: los habitáculos preparados para subir y bajar hasta veinte personas a la vez ahora no tenían más de uno o dos viajeros, aquellos que compartían habitación. Ya en su cama, subió a Instagram su selfie en el rascacielos, la fotografía del donut y el café y una imagen retocada del mural que encontró en Google, pues en la que él hizo se había colado el pie de un neoyorquino. Ahora sí, Santiago se acostó pensando en todo lo que haría al día siguiente.

En su casa de Segovia, Laura navegaba por Instagram, observando las fotos que habían subido ese día sus contactos. Llegó a las tres fotografías de Santiago, a quien conoció en Twitter por un tweet muy gracioso que escribió. No lo conocía de nada más, pero observó con fascinación las imágenes de Nueva York y el pequeño texto que las acompañaba. Envidió a Santiago y su fascinante vida. Lo que daría ella por disfrutar de una vida tan emocionante como la de él…

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Condición: El relato debe comenzar con el protagonista sentado en el alfeizar de una ventana de un edificio, las piernas colgadas hacia el vacío, y la ventana cerrada.


Respirar

Nunca me había parado a pensar en lo viva que es esta ciudad cuando toda persiana echa el cierre al terminar la tarde. Pese a ser una ciudad pequeñita, de esas de las que muchas personas nunca optarían por vivir en ellas, la gente se agolpa y sale a disfrutar del ocio que tiene por su entramado de calles y alrededores. Cosas que quizá no me hubiese fijado en admirar si esa maldita ventana, la cual llevo semanas diciéndole a Peter que arregle porque se no aguanta el pestillo de sujeción, no me hubiese jugado una mala pasada.

-¡Maldita sea Peter!, Maldita sea tu: <Ya lo haré un día de estos> y tu <Tranquila, ya me pondré con ello>

A pesar de su personalidad despistada, no podía quererlo más. Además, ¿Quién soy yo para juzgarle? Estaba aquí sentada en el alfeizar de la ventana por querer cotillear el pequeño nido que habían construido, lo que parecen ser una pareja de golondrinas, cuando de repente la contraventana cayó de golpe y se cerró. Y para colmo, viva mi bendita suerte, el teléfono tenía que estar cargado por haberme tirado la tarde colgada del teléfono por cuestiones de trabajo. Odiaba eso, tenerme que llevar trabajo a casa, pero siempre había algo a medio solucionar. Un informe que no se entregaba a tiempo, un archivo que se perdía en la nube, una reunión que aplazar y otra que concretar…

No podía hacer nada más que esperar a que mí también despistado marido apareciese de recoger al pequeño Nico de natación o que quizá algún vecino curioso vislumbrase que una loca quería tirarse del 6º piso y viniesen los bomberos.

Pero, aun así, estaba tranquila. Esa tranquilidad que podía darte el tener espacio suficiente entre el alfeizar y la contraventana, como para estar sentada con cierta seguridad sin hacer malabarismos para tener una cierta posición de comodidad sin ver mi vida peligrar si no me movía y agitaba en exceso. Peter no debería de tardar mucho. Así que me centré en dejar pasar los minutos.

La brisa corría ligeramente y el atardecer, el cual casi nunca me había parado a contemplar, tenía un rojo brillante y muy particular. No muy a lo lejos, una bandada de estorninos echó a volar repentinamente cuando sonaron varios fuegos de artificio, petardos y similares sonoros, en la calle colindante. Y es que había olvidado que eran las fiestas de ese barrio por estas fechas. Así que desde la ventana podía ver la iluminación de las calles y el alboroto de la gente alternando en los bares. Gracias a que mi edificio se encontraba en una posición perfecta en la zona alta de una calle en cuesta, podía ver desde una posición de ventaja estratégica gran parte de la ciudad y podía ver todo lo que acontecía en gran parte de ese barrio.

Grupos de personas y amigos disfrutaban de una gran variedad de pinchos y raciones, todo ello regado de vino y cerveza. No obstante, aquí nos gusta el buen comer y la tarde y el momento invitaban a ello. No pude parar de reírme, pese a que me puse nerviosa porque había olvidado como estaba, cuando un niño fue a la mesa de los que intuyo serían sus familiares y se escapó corriendo por la calle con un plato lleno de aceitunas

-¡Manuel! ¡Para quieto y trae eso aquí! -Le gritaba una señora la cual parecía ser su madre mientras hacía ademán de levantarse de la mesa e ir detrás de él. - ¡Que traigas eso aquí te digo!

El niño entre risas y carcajadas se alejaba más, hasta que pasó lo que todos esperábamos que ocurriría. El niño tropezó y mandó al garete toda su operación de despiste y sustracción. La madre finalmente se levantó para ir tras él y consolarle ya que de las risas se pasó a los lloros por el golpe o quizá por la pérdida de lo que él consideraba una batalla ganada. Las madres son madres y algunas entienden que no todo debe ser regañar y ella lo debió poner en práctica abrazando a su hijo y dándole lo que le quedaba a ella en su plato de ración.

Sin darme cuenta, la noche había caído ya y el aire pasó de una ligera brisa a ser algo molesto. Me estaba empezando a impacientar. Tenía frío. Estaba incómoda y yo solamente quería volver a mi sofá. Miraba el reloj y lo volvía a mirar y nada. Simplemente nada. Cuando pensaba que solo me quedaría llamar la atención de los transeúntes, con todo lo que ello conllevaba mi héroe y salvador apareció por la puerta de casa.

-Mujer del demonio, ¿quieres matarnos de un disgusto? -Dijo Peter con un nerviosismo aparente mientras me ayudaba a salir del embrollo

Intenté explicarle que yo solo quise acceder al nido que vi y ver a los polluelos y que la ventana se cerró y el pobre Peter, debatiéndose entre echarme la bronca y un sentimiento de culpa se abalanzó sobre mí y sin mediar palabra me apretujó y besó con tanta fuerza que apenas podía respirar. Nico, que parecía parecía ajeno a la situación, puso cara de rechazo cuando su padre y yo nos besamos en una escena un tanto cómica y repentina.

-Mamá, mira que haces cualquier cosa por llamar la atención de papá. -Dijo mientras nosotros nos mirábamos con una sonrisilla cómplice.

-De verdad Clare, me tienes en el bote ya, no necesito estas dosis de recuerdo de todo lo que te quiero y lo que pasaría si ya no te tuviese en mi vida. – Contestó Peter con cara de alivio y algo de condescendencia.

-Mamá, ¿pero se puede saber que hacías ahí subida? -Dijo el niño como si fuese a regañarme…

-Respirar hijo, simplemente, respirar.

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Condición: El relato debe de transcurrir íntegramente en una cocina.


La casita de la luna llena

Y ahí estaba, la última habitación de aquella casa que jamás volvería a ver. El resto de las habitaciones me habían traído muchos recuerdos de todos aquellos años atrás, pero la cocina era, sin lugar a dudas, la habitación más especial de la casa.

Aún recuerdo la primera vez que crucé aquella puerta, tímida y con miedo, esa cristalera con el dibujo de un pequeño colibrí de colores. La abuela ya había entrado y desde la puerta se escuchaba su dulce voz comentar sobre aquellos azulejos de colores.

-Mira que colores y que bien queda con esta luz tan bonita - decía la abuela.

Sin pensarlo más, entró y, por primera vez, pudo ver aquella cocina.

No era la cocina más grande del mundo, aunque tampoco la más pequeña, pero tenía algo que la hacía especial. Papá y mamá habían escogido aquel verde esmeralda que se parecía tanto al color de los ojos de mamá.

No sabía por donde empezar a empaquetar las cosas de aquella cocina, aunque decidí empezar por aquel mueble feo que un día mamá decidió colocar allí. Antes de poner ese mueble, recuerdo el hueco que había y como la abuela aquel día quiso comprar patatas y ponerlas en una caja. La abuela no sabía que con las patatas venía un inquilino. Un pequeño ratón empezó a correr por toda la cocina hasta que papá consiguió atraparle, pero María ya había empezado a llorar, aunque nosotras veíamos la escena, no paramos de reír hasta después de un par de horas.

El mueble tenía pocas cosas que guardar por lo que conseguí cerrar la primera caja. Ahora le tocaba el turno a los otros muebles. En cuanto abrí otra puerta, ahí estaba aquel jamonero viejo, con la madera oscurecida y las tuercas medio oxidadas por el tiempo.

-Hija, pero ¿para que vas a guardar ese jamonero si está roto? – dice mi abuela, mirándome como lo guardaba en una de las cajas.

-¡Aahh! ¡Qué susto me has dado abuela! Este jamonero está viejo y oxidado, pero aún recuerdo aquel jamón tan rico que compraste y cogíamos a escondidas para que no nos regañases.

-¡¿Cómo no queríais que os regañase?! ¡¡Si cogíais el cuchillo tan grande que me daba miedo que os cortaseis un dedo!!

-¡Qué cosas dices abuela! – Digo mientras nos reímos.

-Bueno, venga, que los de la mudanza ya están por aquí. Que vacío está todo, hija. Ya pocos días nos quedan en la casa. – iba diciendo mi abuela, mientras salía de aquella cocina.

Ya habían pasado un par de horas y ya estaban todas las cajas cargadas en el camión y los últimos minutos en nuestra casa estaban llegando a su fin. Pronto vendría su nueva familia a instalarse en el que había sido nuestro hogar. Nuevas historias y nuevos recuerdos se crearían en aquellas paredes.

Y yo, por última vez, como hace quince años entré por primera vez en aquella cocina, quise despedirme de mi hogar. Aquella casita que me vio crecer y soñar. Al bajar la persiana de la cocina, allí estaba ella, la luna, iluminando aquellos muebles verdes por última vez.

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Condición: El relato debe de transcurrir íntegramente en una cocina.


El ABC de los atracos

Alba se asomó al patio interior, mirando en todas direcciones.

—Cierra la ventana, no queremos que nos vean.

—Pues eso estoy comprobando, Carlos, si había alguien cotilleando.

Borja entró en la cocina con los demás tras cerrar la puerta del piso con llave, cerrojo y cadenita. Se paró a examinar el jamón en el jamonero. Carlos, mucho menos calmado, no tuvo más paciencia.

—¿Qué hacemos ahora? El segurata me habrá reconocido.

—De la forma en la que le has abierto la cabeza al pobre, me sorprendería si puede volver a hablar —dijo socarronamente Alba.

—¿Y yo qué sabía que iba a hacerse el héroe? Si se escaquea siempre que puede para ir a tomarse una caña al bar de enfrente.

—Lo que yo sí sé es que estamos con un follón importante y el cabrón este se está comiendo tu jamón.

—A ver —atajó Borja—. No ganamos nada poniéndonos nerviosos. Y qué coño. Está bastante bueno.

—No me vengas con polladas. Hemos atracado la agencia en la que trabajo y seguro que estoy en la lista de sospechosos.

—Bueno, eso siempre, con tu historial…

—¡Cállate, Alba! Joder, ¿es que nadie se lo va a tomar en serio?

—Yo estoy con Borja: el problema lo tenemos igual. Y también tengo hambre.

Alba cogió una nectarina del frutero, un cuchillo del taco de la encimera, y se puso a comer.

—Veamos —recapituló Borja—. Tenemos en el maletero del coche los novecientos mil euros en efectivo del pago del IMSERSO del mes de agosto. Nos da para un chalé en la sierra a cada uno. Lo único que tenemos que hacer es esperar a que amaine el temporal.

—Para algo ha tenido que servir la preparación —relató Alba—. Zapatos más grandes y con plataformas, varias capas de ropa, máscaras, guantes, tres cambios de coche para cruzar Madrid…

—Exacto. Pasamos desapercibidos unos meses y entonces lentamente vamos ingresando el dinero.

—Es fácil para vosotros —añadió un abatido Carlos—. Yo vuelvo a la agencia en cuanto se me acaben las vacaciones.

—Si quieres guardo tu parte —se burló la joven—. Así, si te pillan por matar al de Prosegur, no se pierde tu dinero.

Carlos fue hacia la esquina en la que estaba Alba, pero Borja puso en medio de ellos el cuchillo jamonero.

—Venga, vamos a llevarnos bien. Carlos, puedes pedir la baja por ansiedad un tiempo.

La propuesta pareció gustarle. Se quedó pensativo unos instantes, y finalmente asintió desde una esquina.

—Me parece una buena idea. Pero esta es una bocazas. No me creo que no se vaya a ir de la lengua.

La chica se limpió la boca con el dorso de la mano y miró con cara de malos amigos a Carlos.

—En dos semanas me voy un semestre de Erasmus, ya lo conté, pero estarías distraído mirándome las tetas.

—Alba —medió Borja—. Sí, ella pasará desapercibida una buena temporada. Y yo ya sabes que vivo y trabajo aislado en el monte. Nadie se va a ir de la lengua.

—Bien. Pues hagamos el reparto y no volvamos a vernos más —dijo Carlos.

—Sí. En cuanto a eso… Quiero un porcentaje mayor por la planificación y los materiales —añadió Borja—. La lanza térmica me costó un ojo de la cara.

—No, no, no, no. La lanza la podemos pagar entre todos —propuso Carlos—, pero no te vas a llevar un pellizco mayor por preparar nada.

—Te sigo recordando que tú el lunes que viene tienes que ir a fichar en la agencia, no te sale a cuenta discutir.

—Y por eso la atracamos, que la información la pasé yo. Si quieres escatima a la idiota esta, pero a mí no.

—Uo uo uo. Los coches los conseguí yo, si no pueden relacionar sus matrículas con nosotros es gracias a mí. Merezco mi parte como los demás, y a quien tenga un problema le corto como si fuese una nectarina.

A Carlos no le hizo ninguna gracia tener a un atracador con un cuchillo jamonero a su izquierda y a una atracadora con un cuchillo de cocina a su derecha, pero tampoco le gustó verse relegado al rincón de la amasadora, sin más herramientas a mano para defenderse que un rodillo de cocina.

—A ver, a ver. Se está yendo de madre esto. Pensemos.

—Déjalo ya, Borja, que esto no es La Casa de Papel y tú no eres el puto Profesor —añadió mosqueada Alba.

—¿Pero —exclamó Carlos—, de qué hablas tú ahora?

—Que esto es solo un mexican standoff en La Latina, lo cual ahora que me doy cuenta me parece perfectamente apropiado —dijo riéndose.

—¿Quieres dejar de decir gilipolleces, cría de mierda?

—Para gilipollas el tío que se trae un rodillo de amasar a un duelo a muerte con cuchillos —remató Alba riéndose cada vez más fuerte.

—Te está provocando para quitarte de en medio. No piques.

—No, no —dijo Alba ofendida—. El que ha empezado a exigir más del reparto eres tú, el más interesado en que nos matemos eres tú. Si tengo que pinchar a alguien, quizás sea a ti.

Carlos no sabía si dejarse llevar por la rabia o por la avaricia. Alba no tenía claro si quería defenderse de una agresión o proteger su dinero. Borja aparentaba estar totalmente tranquilo, por lo que decidió dar el primer paso.

Blandió el jamonero como si fuese una catana, pero no era una espada samurái que cortase el viento así que no partió a Carlos por la mitad, solamente le hizo un profundo corte en el costado. Alba vio su oportunidad y la aprovechó, abalanzándose sobre Borja y clavándole el cuchillo en el cuello; pero no pudo evitar el duro golpe de rodillo en la cabeza.

En diez segundos, los tres atracadores estaban en el suelo, cogiéndose de sus heridas y sangrando profusamente.

Alba se reía como si le acabaran de explicar la broma más graciosa del mundo.

—Verás la cara de quien tenga que fregar esta cocina.

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El tamaño no importa

Me estaba preparando en la cocina un bol de cereales Special K, los mejores, nada puede superarlos ahora que están a un 20% de descuento. Mientras echaba la leche, recordaba como los compré en el super. Me encontré con una gitana al salir, que me empezó a mirar sobresaltada.

Ya me lo esperaba, seguro que quería que le comprara romero. Pero no, lo que empezó a decir con los ojos moviéndose hacia dentro adoptando una tez blanquecina, fue lo siguiente.

—¡Esa caja está maldita! ¡No la toques! ¡No te la lleves! Toma, te vendo este amuleto de la buena suerte, te evitará grandes males.

Le saqué un corte de manga, a mí no me iba a estafar la vieja esta. No sabía muy bien porque estaba recordando ese evento de ayer mientras preparaba los cereales, pero muy pronto los azares del destino no tardarían en mostrarme la respuesta.

Cuando terminé con el cuenco hasta arriba de cereales y leche, le di mi primera mordida a la cucharada que me metí entre dientes.

De repente, algo extraño pasaba. El cuerpo empezaba a dolerme mucho, notaba como tenía muchos sudores fríos. Pero si ya hacía tiempo que me puse la vacuna, no podía tener efectos secundarios ahora. ¿O tal vez sí?

Ya no podía pensar con claridad, la cabeza me daba vueltas, y, de repente, me desmayé. Cuando me desperté, no podía creerlo, estaba en medio de la nada.

Estaba en una especie de cuadrado gigantesco, y en techo estaba tan alto que apenas llegaba a ver dónde estaba. Ya no sentía ningún dolor, y estaba ahí de pie, como si de un sueño se tratara.

Traté de averiguar dónde estaba, no tenía ni el móvil ni la cartera encima, estaba en pijama todavía y descalzo. De repente me fijo en lo parecen edificios enormes, pero eso. No, no puede ser…

¡Era el frigorífico! ¡Y la encimera! ¡He encogido! ¡Ahora parezco David el gnomo!

¿Con que me evitaría grandes problemas, eh? A esto se refería esa hija de puta. Escucho grandes pasos acercándose. Oh, es mi gato Tom, el podría sacarme de aquí y llevarme ante alguien que me ayude.

Espera, Tom. ¿Porqué me miras así? ¡No! ¡Nooo!

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Un día más

Al despertar preparo dos tazas de café, tostadas y saco la mantequilla del refrigerador. Un desayuno sencillo y con poco sabor. Cruzo una mirada simple con mi pareja que alguna vez fue apasionada. Observo como muerde la tostada de forma tímida y da un sorbo de café. El olor de su aliento se mezcla con el aroma del café, es probable que haya estado fumando durante la noche. Los últimos fragmentos de café y cigarrillos se esfuman con el golpe de la puerta al salir de casa, cuando el romanticismo se convierte en rutina y das por sentado que las cosas se mantendrán iguales, congeladas en el tiempo, no es necesario despedirse de alguien. El tiempo puede matar la más bella de las historias y convertirla en algo soso y descafeinado.

Tan solo va a pasar un día más, otro ciclo de tareas del hogar. Mientras paso el aspirador por la cocina de casa puedo rememorar algunos momentos mejores, duran un instante en mi memoria, como las migas del desayuno se desvanecen. Una foto de mi época universitaria sujeta al refrigerador por un imán. Elegí la titulación que me sonaba mejor, aún puedo escuchar la voz de mi padre: “Elige lo que quieras, pero tienes que estudiar, si estudias todo irá bien”. Cuando escuchas estas palabras, a menudo la persona que las pronuncia utiliza el término bien como sinónimo de aburrido, si sigues el camino construido sin más, nada estará bien, todo será aburrido.

Guardo el aspirador y me dirijo a pelar patatas, prepararé un guiso para cenar. Al abrir el cajón donde guardo los cuchillos puedo ver ese abre botellas que compramos en aquel viaje a Madrid. “Por ver el mundo contigo” me dijo, pero nunca lo vimos. Me gustaría poder culpar a mi amor de esta desdicha, de este ciclo de aburrimiento que te mata lentamente, pero esta no es una historia de mentirosos y embusteras, no es una tragedia romántica, tan solo es un día más. Mi pareja se encuentra en estos momentos rellenando filas de una hoja de cálculo, en un ordenador gris en su escritorio marrón. El trabajo es tan monótono que no puedes ni odiarlo, parecen estar diseñados para congelar las emociones, para realizarlo con el único pensamiento de que pase un día más.

Cojo el cesto de la ropa sucia de un pequeño armario que contiene productos de limpieza, la lavadora está a tan solo unos pasos de mí. Cojo la ropa sucia de ambos y la pongo dentro mezclada, la separo por colores por un mero hábito, pues en realidad no es necesario con nuestro detergente, pero cuando estás viviendo un día más no es necesario reaccionar, pensar podría romper el aburrimiento. Las camisas y los calcetines me hacen recordar navidades y cumpleaños, el ciclo de monotonía se propaga incluso a días especiales, un envoltorio cuadrado significa una camisa y uno pequeño ropa interior.

El tiempo pasa rápido cuando te concentras en un día más, unas pocas tareas son suficientes para que las horas vuelen, es una recompensa, como el premio al terminar el nivel de un videojuego. La cena está lista y la colada tendida, todo terminado entre cuatro paredes de una habitación que sólo abandono para llenar un cesto de la compra. Ahora me mantengo sobre una de las sillas que usamos para desayunar, esperando escuchar el sonido de las llaves que anuncie le llegada de mi amor. Deseando escuchar de sus labios una historia de infidelidad, un relato de su despido o sorprenderme con un ladrón que le ha robado las llaves. Deseando escuchar cualquier cosa por terrible que sea para romper mi prisión de aburrimiento. Aunque se que nos sentaremos a cenar y habrá pasado por fin un día más.

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Condición: El relato debe de transcurrir íntegramente en una cocina.


Con las manos en la masa

—Sé que es un topicazo, pero la clave para preparar un buen plato es ponerle cariño. Por ejemplo, estas verduras. Podría cortarlas de cualquier manera, pero hay que saber hacerlo con el grosor adecuado, aunque tardes un poco más. Así, ¿ves? Lo justo para que después pochen bien. Vaya, me encanta cómo corta este cuchillo. Afilado y bien equilibrado, como debe ser.

»A la sartén. Ahora voy a picar la cebolla… Hablando de cebolla, la gran pregunta: ¿eres cebollista o sincebollista? Ah, veo que eres de los míos, una tortilla de patatas en condiciones debe llevarla; punto para ti. Bien picadita, que no sientas que está ahí pero que se note su toque de sabor; lo que te decía del cariño, ¿recuerdas?

»¿Qué más, qué más…? Ah, sí, el vino. Veamos… vaya, no hay tinto, tendré que echar este blanco. No me gusta desperdiciar un vino de cuarenta euros la botella para guisar, pero qué remedio… Medio vaso, y a dejar que poche. Y ahora que tenemos algo de tiempo, querido Roberto, hablemos de negocios. Canales, quítale la mordaza. ¿Dónde tienes el libro que me robaste? Mis hombres han registrado toda tu casa y no lo han encontrado. No, por favor, no insultes mi inteligencia. Sé que fuiste tú, no tengas la desfachatez de negármelo a la cara.

»Te diré, Roberto, lo que vamos a hacer. Vas a responder con toda sinceridad a lo que te he preguntado, o de lo contrario mis hombres van a subir a la habitación de tu pequeña Claudia, me van a traer sus deditos y os los voy a servir a ti y a tu encantadora esposa, aquí presente, acompañados de la salsa que tengo en el fuego. Y me aseguraré de que hasta mojéis pan y no dejéis más que los huesitos. Conque, ¿qué va a ser? Bien, sabía que serías razonable. Así que un trastero de alquiler, muy astuto por tu parte. Reyes, Yáñez, id a esa dirección y llamadme tanto si encontráis el libro como si no está allí.

»Bueno, sólo queda esperar, y con tanto cocinar y hablar de comida, me ha entrado hambre. Voy a prepararme ese chuletón que he visto antes en tu nevera. No te importa, ¿verdad? Sí, ya sabía yo que no, por eso lo saqué antes para que se fuera atemperando; la carne no queda igual si la pasas directamente del frigorífico al fuego. Así, un poco por este lado… y enseguida le damos la vuelta, personalmente la carne me gusta poco hecha. Un poco de sal, y al plato. Disculpad que me siente a comer con vosotros y no os ofrezca, pero no quisiera que se os quitara el hambre, ya sabéis, por si luego tenéis carne en salsa en el menú. Mmmm, delicioso. Mis felicitaciones a tu carnicero.

»¿Sí? Yáñez, cuéntame. ¿Ya lo tenéis? ¿Ningún inconveniente? Bien, volved a casa de Roberto. Hasta ahora.

»Asunto resuelto, me alegro de que no hayas intentado ningún jueguecito. Las manitas de tu hija están a salvo. Pero, como comprenderás, no puedo dejar que te vayas de rositas después de haberme robado. En algunos países, a los ladrones les cortan las manos. No, no, tranquilidad, no voy a ser tan radical: sólo serán un par de dedos. Para que cada vez que te mires la mano recuerdes tus malas decisiones. Peeero, alguien se los va a comer, o tú o tu mujer. Tú decides quién va a pasar el mal trago en lo que termino de hacer la salsa; te aseguro que va a quedarme para chuparse los dedos.

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Interludio.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


Naranja

Con apenas levantarme de la cama, ya podía verle desde ahí llegar a su casa. Entra por la puerta cabizbajo, eso significa que su cita nocturna no salió bien… Otra vez.

John, tu vida es un desastre, yo soy lo único que le da sentido, lástima que no te hayas dado cuenta aún. Está llorando de manera patética en la cama, a su edad debería afrontar las cosas echándole más cara, como yo.

Al día siguiente, veo como intenta olvidar sus penurias sacando a su estúpido perro, un cachorro labrador que no para de babear todo lo que ve y se queda con cara de gilipollas mirando con la lengua fuera esperando aprobación, bah.

¿Y yo qué, John? Siempre he estado ahí para ti, yo debería ser lo único que deberías adorar en esta vida, reconócelo, soy lo mejor que te ha podido pasar, pero claro, tú no puedes entenderme a pesar de lo mucho que intento llamar tu atención.

Es cierto, tengo una panza algo ancha, pero con lo que como es normal. Pero no eres nadie para juzgar eso, tú misión es servirme como la servidumbre que eres.

Espera. ¿Qué es eso que traes ahí? No sólo has vuelto con esa desgracia con pulgas, sino que además llevas una bolsa. Tengo tal emoción ahora mismo si es lo que creo que es, que estoy viendo cómo lo sacas de la bolsa a cámara lenta.

—Deja de mirarme de esa forma. En cinco minutos tendrás lista la lasaña, Garfield.

Oh, como te quiero John, retiro todas las palabras de antes. Menos lo del perro.

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Interludio.
Condición: El protagonista debe ser un stalker.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


El algoritmo

Los humanos tenemos una gran habilidad para saber cuando alguien nos está siguiendo. Milenios de evolución han programado nuestro cerebro de mono para reconocer una cara en la multitud, para diferenciar las pisadas de la gente a tu alrededor y para captar, subconscientemente, que hay un depredador observándote entre la hierba.

Por otro lado, nadie mira hacia atrás. Si sigues a una persona con la distancia justa para que no escuche tus pasos, puedes dedicarte a esto durante horas sin que nadie se dé cuenta.

La víctima de hoy es uno de mis clientes favoritos. Guillermo V. B.: varón, treinta y ocho años, soltero, acaudalado y con solo el más leve autocontrol en sus compras. Está caminando por Gran Vía, rumbo al nuevo bar de moda. Le veo pararse, mirar con curiosidad un escaparate y seguir su camino.

No pierdo el tiempo y logueo la parada en su perfil. El Algoritmo añadirá el dato a sus cálculo y, si le parece conveniente, Guillermo empezará a ver anuncios de esta tienda concreta. Guillermo es una ballena: sus gastos son mayores que los del noventa por ciento de los usuarios del Algoritmo, juntos. Es un cliente tan valioso que merece tener soporte personalizado, y un servicio completamente afinado a su día a día. Es decir; me tiene a mí.

Las luces de la calle luchan por tapar al tenue sol, añadiendo tonos azules y rojos a la calle. Guillermo sale a una calle lateral, y le sigo diez pasos más tarde. La multitud ha desaparecido, y la calle está vacía entre los dos. No hay nada de qué preocuparse: está mirando direcciones en su móvil y no volteará la cabeza en ningún momento.

Cuando llegamos al bar las calles son oscuras, el poco sol que queda es bloqueado por los edificios, y una música suave sale del establecimiento. La víctima entra y, cuando la puerta se cierra tras él, corro y recorto toda la distancia que nos separa. Este es el momento en el que más riesgos tengo de ser reconocido. Si la víctima se sienta antes que tú se quedará mirando a la puerta, esperando a sus amigos, y te verá la cara. No es un problema la primera vez, pero solo puedes mostrar tu cara dos, puede que tres veces, antes de que su cerebro de mono deduzca patrones y se acerque, con la temida pregunta de «eh, ¿nos conocemos de algo?».

No, el momento más seguro es unos pocos segundos después de que entre al bar, cuando está distraído dirigiéndose a su mesa. Me pego a su espalda y le adelanto, sentándome al final del local. Guillermo se sienta en una mesa del medio, con la espalda vuelta hacia mí y la mirada hacia la puerta.

Si el Algoritmo ha podido seguir mis instrucciones, sus amigos estarán distraídos y llegarán tarde a la cita. En su lugar, otra de mis víctimas debería hacer acto de presencia: Julián C. M., varón, soltero, cuarenta y dos años. No tan rico como Guillermo, pero con hobbies muy concretos en los que no tiene problemas en gastar gran parte de su sueldo.

Con una sincronización perfecta, Julián entra en el bar apenas tres minutos después que nosotros. Se acerca a la barra, pide su cerveza y se sienta espalda con espalda con Guillermo. Me doy la vuelta con disimulo, dándoles mi nuca. Una canción de los ochenta suena mientras el camarero termina el cubata de Guillermo y sirve la cerveza de Julián. Y después, con un despiste muy fácilmente esperable si tenemos en cuenta que le he pagado, lía las órdenes y las intercambia.

Ambos se dan cuenta del error, hablan a la vez, se miran, se ríen. Se cambian las bebidas, Guillermo reconoce al grupo en la camiseta de Julián. Uno se sienta en la mesa del otro, ya sin interés en que vengan sus amigos. Hablan, se ríen otra vez y recuerdan que no se han presentado.

Pago mi cuenta y me voy, echando una fugaz mirada al trabajo de hoy. Están concentrados en su conversación y apenas hay riesgo de que me dediquen media mirada. Esta noche se empezarán a conocer, se harán tilín y en unos días empezarán a salir. El Algoritmo indica que son perfectos el uno para el otro. Se casarán, adoptarán un par de críos y tendrán una vida feliz.

Y, mientras tanto, el gasto conjunto de la pareja será mucho mayor que lo que podrían pagar por separado. Los anuncios pasarán a ser de parejas y esto abrirá todo un nuevo mercado. Cuando tengan un hijo, el gasto alcanzará el mayor pico posible de beneficio para el Algoritmo.

Cuando sean viejos y arrugados, dirán entre risas que se conocieron de casualidad, porque un camarero confundió sus bebidas.

Sonrío para mí mientras me voy por las calles demasiado iluminadas de Madrid. No existen las casualidades. Solo existo yo.

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Interludio.
Condición: El relato debe comenzar con el protagonista sentado en el alfeizar de una ventana de un edificio, las piernas colgadas hacia el vacío, y la ventana cerrada.

(Relato fuera de concurso que ha mandado un escritor anónimo. No cuenta para votar).


San sacabó

Cerré la ventana, me dejé las piernas colgadas en el alféizar de la ventana mientras miraba hacia abajo. Todavía me temblaban las piernas mientras colgaban en el aire.

Fue entonces cuando me dije que ya está bien, que habíamos venido para jugar. Así que me tiré, así sin más. Y ahí se acabó todo.

Varios días antes, venía de la escuela donde estudiaba, con el ojo morado. Al verme mi madre, me dijo que me había excedido en jugar con mis amigos, que tuviese más cuidado la próxima vez.

Le dije una y otra vez que no eran mis amigos, que eran unos matones que no dejaban de pegarme, pero ella insistía en que dejará de decir sandeces.

La razón es que nuestra familia es muy rica, y tenemos relaciones con otras personas del mismo nivel económico. Los padres de esos imbéciles son clientes de los negocios de mis padres, así que ellos prefieren hacer como que no han visto nada para que sus relaciones con ellos no se calienten.

De qué me sirve ir a un colegio de ricos si vivo con la esperanza de vida de un pobre. Además, están estás absurdas reglas de convivencia y saber estar por llevar el apellido que tengo. No puedo salir de casa hasta que sea mayor de edad, excepto para la escuela y las actividades familiares como el golf.

Pero eso no es lo peor, lo peor es que por culpa de ello no tengo libertad ni siquiera dentro de casa. Sólo hay libros aburridos, enciclopedias y novelas sobre buena conducta y caballeros de mi genealogía familiar.

Estoy harto de esta vida, por eso dentro de poco, aprovecharé que habrá una fiesta familiar para escabullirme y ponerle fin a esta vida enjaulada. Por fin seré libre.

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Repesca.
Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Otra noche de fiesta más

Pedro fue con paso decidido, pero no firme, hacia la barra del abarrotado local. Utilizó su astuta e infalible táctica de clavar su huesudo codo en las caderas enemigas para abrirse paso y colocarse en la primera línea de la parrilla de salida. Oyó de fondo algún insulto pero no prestó mucha atención a ello, estaba concentrado en algo más importante. Después de pedir por sexta vez un gin tonic , la escotada camarera decidió al fin que estaba harta de escuchar esa voz aguda y molesta y servirle al pesado su copa. Ella ni le miraba a la cara mientras le servía, él no apartaba sus ojos de sus tetas como si éstas escondiesen alguno de los grandes enigmas de la humanidad.

Pedro se fue sin dar las gracias y con la mitad de la copa en su mano, parte bebida con ansia, parte derramada encima de los zapatos de un pobre diablo. Enfiló en dirección a la pista de baile pero sus amigos ya no estaban en el mismo sitio, o lo que el consideraba que era el mismo sitio. La sensación de abandono fue reprimida momentáneamente al ser absorbido por un grupo de desconocidos que saltaban, formando un círculo y brazo en el hombro amigo, al ritmo de una canción sobre un cefalópodo. Para Pedro salió el sol ese breve momento de éxtasis bailongo el cual finalizó abruptamente para él con el chasquido de su copa cayendo al suelo durante un choque, con el posterior crujido de cristales provocado por los saltos. Maldijo en alto con un grito que fue ahogado por el coro de voces de sus compañeros de baile que pronto fueron hacia otros grupos dejando a Pedro solo de nuevo y sin copa.

Acertó a duras penas a encender el móvil y preguntar a sus amigos, con un mensaje de texto, que donde estaban. Mientras esperaba respuesta decidió que era momento de ir al baño. Después de dar vueltas en círculos alrededor de la pista se acordó de que el baño estaba en la planta de arriba. Subió las escaleras agarrado a la barandilla mientras era observado por la gente que bajaba en dirección contraria. Se saltó la fila del baño de forma poco disimulada, pero nadie le objetó nada. Él pensaba que era el respeto que infundía. Liberó la presión con un aliviador chorro que oscilaba de izquierda a derecha entre la pared del baño y el rollo de papel higiénico. Cuando terminó, tiró de forma innecesaria de la cadena del retrete y sacó el móvil. Tenía un audio, de su amigo Pablo, el cual reprodujo apoyando el altavoz contra su oído, pero ni con esas acertó a escuchar nada por encima de la canción electrónica con temática aviar que retumbaba por toda la discoteca.

Como un albatros salió a toda velocidad en dirección a la salida, para poder escuchar el mensaje de voz, con tan poca precaución, considerando su embriaguez, que resbaló escaleras abajo durante un bloque entero de las mismas. Seguramente tener el mocasín plano totalmente encharcado de orín había contribuido enormemente a la caída. Después de un momento de shock y de risas de fondo, sacó un poco de dignidad de dónde no la había y se aupó con la ayuda de un buen samaritano. Sonrió y dijo que estaba perfecto pese a que su ensangrentada camisa, a la altura del codo, y su mano, la cual tenía la palma totalmente pelada, sugerían lo contrario. De los moratones del glúteo y del hombro izquierdo sólo sería consciente al día siguiente. Terminó de bajar las escaleras aún aturdido y consiguió salir de la discoteca.

Pedro decidió apartarse del local y apoyarse en un portal de una tienda que había en frente para poder escuchar bien el audio. Cuando sacó el móvil la pantalla estaba totalmente resquebrajada y llena de manchas negras. El panel táctil, contra todo pronóstico, aún respondía, pero no acertaba a ver dónde estaba pulsando. Durante un breve segundo de lucidez fue consciente de que el móvil que había adquirido a crédito hacía dos meses estaba inservible. Le habían sugerido en la tienda de la manzana mordida que se hiciera un seguro, pero él consideraba aquello un auténtico timo. Fue en ese momento de autoconsciencia cuando la angustia y el exceso de alcohol decidieron entrelazarse formando un mismo sentimiento en forma de náusea irrefrenable y provocando su expulsión, sin previo aviso, por la boca de Pedro. Con su primera arcada Pedro venció súbitamente su cabeza hacía abajo, formando una ele invertida, chocando sin ninguna precaución su frente contra la columna del portal, provocando simultáneamente su caída al suelo mientras regaba su cuerpo con el vómito que restaba por salir. Tumbado en el suelo y rebozado en bilis su mente sucumbió al cansancio y cerró sus ojos durante un lapso indefinido de tiempo.

La siguiente imagen que Pedro presenció fue la de su amigo Pablo bailando delante de él con la bragueta bajada y agitando su mano al grito de “merengue, merengue” mientras el resto de sus amigos reía a carcajada limpia. Pedro acertó a sonreír, sin saber qué lo provocaba, mientras le intentaban incorporar. No se sostenía en pie por sí solo y tuvo que apoyarse en los hombros de dos de sus amigos para poder iniciar el penoso camino de vuelta a casa. Alrededor de cuarenta minutos después, que a Pedro le parecieron cuatrocientos, le dejaron sus amigos en la puerta de su casa. Al quinto intento consiguió introducir correctamente la llave en la cerradura, entrando así en casa, y fue directamente a su cama no sin antes dar un sonoro portazo y tirar una silla de la cocina por el camino, despertando así a sus padres, con los que aún convivía para desgracia de ellos.

Al día siguiente Pedro despertó sin recordar casi nada de lo sucedido. Cogió el móvil para regodearse de las fotos y anécdotas del día anterior pero sólo pudo ver la pantalla hecha pedazos invadiéndole una sensación de soledad e incomprensión a partes iguales.

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Los viejos hábitos nunca mueren

Era la primera reunión del grupo, una amalgama de personajes de lo más variopinta, todos con un nexo común, una realidad palpitante que hacía de sus vidas un infierno, pero que a su vez les unía en una especie de hermandad: todos eran adictos.

Algunos venían trajeados, recién llegados de Wall Street, solían llevar aires de superioridad y en sus historias solían retratarse como una suerte de héroe caído en desgracia, dejando la culpa a un tercero por determinar (normalmente la ex de turno) que ejercía como centro focal de toda su desdicha.

Otros, los más, vestían ropa corriente, como la que usaría cualquiera en la mayoría de trabajos que pudieras encontrar en el norte de Manhattan, gente común como tú o como yo, sin historias espectaculares que merecieran una película o, ni tan solo, un par de líneas en el periodicucho local.

Luego estaban los raritos, individuos inclasificables, difíciles de situar ya fuera por sus pintas o por lo estrafalario de sus historias, gente a la que, por puros prejuicios, no dejarías a solas en tu casa cuidando de tus hijos; inadaptados por vocación que asistían a estas reuniones porque alguien en una posición de poder les había obligado a hacerlo. Decir que nuestro protagonista era uno de ellos sería subestimar su situación en la pirámide social de la hermandad de los adictos.

Nuestro protagonista, por su parte, era el único integrante de un nuevo grupo más allá de la marginalidad de los raritos; nuestro protagonista era un adicto tal que si no consumía cada pocas horas vería su cuerpo arder y luego apagarse como una enana roja en sus últimos estertores; nuestro protagonista, y perdónenme la anáfora, era un vampiro con una única adicción: la sangre con un alto contenido de alcohol en su composición. O, hablando en plata, la sangre del borrachuzo del barrio, del beodo de taberna, de la prostituta piripi que te la chupaba por cinco pavos detrás de la estación de bomberos, del alcohólico empedernido que constituía un peligro al volante…

«Gra…cias narrador, a partir de a…hora tomo el mando del relato. En ef…ecto, ese soy yo… El vampiro borracho. Pero, oh, no se sor…prendan, entre los muchos poderes vam…píricos está el de romper la cu…arta pared. No es muy di…fícil si sabes cómo hacerlo. Es poco efec…tivo en el cine, así que continúa siendo un se…creto para la mayoría.

Tam… poco se sorprendan porque un vampiro saliera de su ano…nimato, de las sombras, digamos, para dar a conocer su adicción. Hace años que los vampiros son una raza re…conocida y respetada por estos lares. Al humano corriente le chupamos la sangre, sí, pero solo lo necesario y con mo…deración. Un poco como Ha…cienda. En todo caso hace más de cien años que no se reporta la muer…te de nadie por un ataque vampírico. Nuestra especie cuenta con la plena coo…peración del resto de la sociedad. Por ejemplo eso que vas al cine, sesión noc…turna nada más levantarte, y te apetece un refresco, pues le preguntas educadamente a la chi…ca de al lado si podrías clavarle los colmillos en la muñeca y segu…ramente acepte sin mayores problemas.

Luego, hay que reconocer que el vam…pirismo literario nació de forma tácita como una representación de la apertura de la se…xualidad en una sociedad puritana que encerraba sus pasiones más bajas en lo más profundo del armario y lo hizo por motivos de peso. Lo reconozco, hay mucho de pa…rafilia en nuestros hábitos alimenticios. Algunos solo pueden beber del cuello de una doncella; otros solo de su rotundo pecho; los hay, incluso, quienes sienten pre…dilección por los vasos sanguineos que, digamos, se encuentran en las partes pudientes mas…culinas. Es todo un mundo. Pero todo es sorteable con educación y bue…nas formas. La gente suele responder bien por su ma…yor parte.

Lo mío, sin embargo, es más complejo. Yo, verán, era un alcohó…lico antes de que mi hacedor me convirtiera. El hombre me tenía gran apre…cio y con toda su buena intención pensó en sanarme de esa adicción que me estaba matando con…virtiéndome en vampiro. Qué idea más feliz, pen…samos. Siendo los vam…piros seres incapaces de digerir cualquier otra substancia que no sea la sangre, mi adicción estaría sol…ventada. Pues no. Según parece la naturaleza vampírica guardaba un as en su manga y el alcohol cuando se encuentra en sangre no tiene problemas para ser absorbido por nues…tros cuerpos. Claro que eso lo descubrimos poco tiempo después de mi ha…cedura, cuando sin pensarlo mucho asalté al viejo Joe cuando dormía la mona sobre unos cartones delante del Wal…mart de la calle Renfield y recuperé mis viejos há…bitos.

Ahora, claro, es un gran pro…blema. En primer lugar porque ir beodo todo el rato es un engorro incluso para un ser in…mortal como yo mismo; es que ni volar en línea recta me sa…le. En segundo lugar porque la adicción puede llevarte a que quieras terminarte la bo…tella y NADIE quiere eso. Na…die lo quiere y yo el que menos, claro. No quiero ser el primer vam…piro en más de un siglo que se carga a alguien por dejarlo más seco que una mo…jama. No quiero pasar a la historia por algo horrible, como John Cum…blood pasó a la historia por ser el primer vampiro en hacerse actor porno y en su primera es…cena eyaculó cubo y medio de sangre en la cara de su sufrida com…pañera de reparto. Cualquier cosa an…tes que eso.

Ah… Me dice el na…rrador que todo el grupo me está mirando. Parece que han escuchado lo que iba di…ciendo. Es que entre los poderes vam…píricos también está el leer las mentes ajenas y, claro, su contrapuesto, hablar…les a ellas. En todo caso ya era ca…si mi turno para presentarme ante la her…mandad. Perdón por interrumpirle, señor de la cor…bata roja con adicción a esnifar cocaína en el culo de su se…cretaria. Estoy seguro de que, como dice, todo es culpa de su ex».

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Le pigeon brun

El pueblo apenas se sostenía en pie. Media docena de casas viejas, un par de corralas con animales de granja y alguna zona de cultivo embarrada por las lluvias estivales. La iglesia, casi derruida, aguantaba estoica a pesar de faltarle media techada, pero a tenor de las luces de los candelabros interiores aún era funcional. Lo único que parecía tener vida activa allí, era la posada. El griterío podía escucharse a tres cuadras de distancia lo que hacía sospechar que era una zona de paso donde se comía bien, a juzgar por la cantidad de rocines apostados en sus proximidades.

Un cartel, casi desgastado, colgaba a duras penas encima del poste de la entrada. Le pigeon brun. «Espero que esos francos nos garanticen buen vino y comida decente». Dejé a Sombra atada en uno de los pocos lugares libres al lado del abrevadero mientras busqué con la mirada al muchacho que se encargaba de que los caballos tuviesen heno y agua. Le solté un par de ardites, uno por su trabajo y otro de más para garantizar que mis pertenencias estaban a buen recaudo a salvo de ladronzuelos de manos largas.

Abrí la puerta y constaté que, en efecto, era una taberna franca. Los blasones de las familias nobles de la zona colgaban de las paredes. Algo que no parecía importales al numeroso grupo de caballeros germanos que se arremolinaban en torno a un par de mesas al lado de la chimenea.

—La calidad del vino hace justicia con la de tus mujeres, Belmont—dijo uno entre risas.

—¿Basto, turbio y con cuerpo? —contestó otro de los presentes a la par que llevaba una de sus manos al trasero de la joven que los estaba sirviendo, lo que despertó las risas y burlas de todo el grupo cuando la muchacha se revolvió y le vertió encima una de las jarras al caballero de manos largas.

Este se levantó y soltó un rápido y pesado manotazo al aire impactando en el rostro de la joven.

El posadero miró a la muchacha haciendo ademán con la cabeza de no reaccionar.

—Perdonad a mi hija, es joven y algo altiva, no entiende todavía que hay acciones que tienen sus consecuencias —dijo buscando apaciguar los ánimos.

Belmont agarró del brazo a la moza mientras le decía por lo bajo —hoy no—.

Con el lío del momento, pasé desapercibido y me acerqué a la zona de servicio con afán de pedir con total normalidad mientras llegaba el hombre. Cuando este se acercó, me dispuse a entablar conversación:

—¿El faisán asado, más bien dulce o salado? —le dije a nuestro rechoncho anfitrión.

—Salado si es marinado, dulce y tierno con manzana en estofado —me contestó mientras me indicó que pasase a la trastienda.

En el salón el ambiente se iba caldeando. La cocinera sacó un pequeño guiso de cerdo con verduras y le hizo un gesto a su hija. Esta, se había unido al grupo portando unas jarras de vino especiado. Y lo que antes parecía desagradarle, ahora había pasado a tolerarlo de buena guisa.

—Tomad con agrado esto presentes. No queremos enemistarnos con los buenos soldados del ejército del gran Duque —dijo la cocinera mientras entre risas repartía las viandas entre todos.

Los caballeros bebían y comían como si llevasen semanas sin hacerlo. Cada vez eran más ruidosos y más patosos. No en vano, el vino especiado era famoso por su gran contenido alcohólico y espoleado por él, uno de los soldados empezó a cantar:

Crecía una flor a orillas de una fuente
más pura que la flor de la emoción
Y el huracán troncho la de repente
cayendo al agua la preciosa flor

Todos los presentes se unieron a coro:

Un colibrí que en su enramada estaba
corrió a salvarla solicito y veloz
y cada vez que con el pico la tocaba
sumergiese en el agua con la flor

—¡Va…vamos moza! Me se hace que vos también la co…conocéis —graznó el ya perjudicado jefecillo de la cuadrilla.

La chica miró hacia la trastienda y sonrió consciente de que su padre la había visto mientras iba incorporándose a la tonadilla:

El colibrí la persiguió constante
sin dejar de buscarla en su aflicción,
y cayendo desmayado en la corriente
corrió la misma suerte que la flor.

El posadero se separó de la entrada de la trastienda y se puso a hurgar entre las cestas de panes y vegetales.

—Vamos, es el momento Valois ¡Ahora! —. Al mismo tiempo que me facilitaba mis enseres guardados a buen recaudo. Mi preciosa Castigo y los pequeños Dolor y Miedo. Dos puñales tan pequeños como cruelmente afilados.

Me coloqué los puñales en las botas y sujeté firmemente la espada mientras salía raudo del cuarto trasero. Belmont me seguía empuñando una maza en una mano y un machete de carnicero en la otra.

Lo siguiente fue una sucesión de golpes y estocadas sin opción alguna de contrataque. No en vano, las chicas prepararon bien el terreno. Con la guarnición ebria sin poder dar un paso recto, la emboscada fue perfecta. Medio giro y un esquive para sortear su golpe mientras cercenaba un brazo. Un golpe de maza seco en la cabeza hundir un cráneo. Hasta la afable cocinera hundió el cucharon del estofado en la garganta del pobre soldado con alma de trovador sin poder mediar palabra.

La escena, un tanto grotesca, no daba más de sí.

—¡Mierda! —dijo Belmont —. Aquí no hay nada. En algún lugar ha debido de esconderlo esa maldita escoria.

Recordé algo que me dijo mi mentor «Ten siempre cerca aquello que tenga valor, pero ten siempre a mano aquello que valga más que tu vida»

Rebusqué y vi no lejos el brazo del capitán en la pila de vísceras. Le quité el guantelete y en efecto, ahí estaba la misiva. El texto era claro.

—¡Aprisa, preparad los caballos! No hay tiempo que perder, el ataque tendrá lugar dentro de tres días. Y no precisamente donde todos se lo esperan…—.

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Mi vida en bucle

-Señor, volvamos al principio de toda esta historia. Aun no consigo entender cómo ha podido terminar su coche en el mar. Por favor, tome asiento y explíquese.

-(Joder, vaya mierda de policía que no se enteran nunca de nada, repitiendo las cosas quinientas veces) A ver, agente, por última vez, había llegado a casa y mi novia no ha tenido otra idea que jugar al escondite hoy.

-Cálmese, ¿qué quiere decir con jugar al escondite? ¿No estará su novia dentro del coche todavía?

-¡Pero como va a estar ahí dentro, animal! Vamos a ver, el otro día llegue a casa después de una juerga con los colegas y entre risas y cachondeo, la cosa se alargó hasta las 5. Cuando conseguí llegar a casa, mi novia estaba esperando y no podía verme tan borracho porque habíamos hecho una apuesta. Total, que lo primero que se me ocurrió es proponerla matrimonio, pero siempre que buscase el anillo. Así que ella se emocionó tanto que no se fijó en el pedo que llevaba encima.

-Y entonces, ¿cómo acaba su coche en el rio?

-Pues estaba el otro día con los colegas, y entre cubatas y risas nos quedamos hasta las 6 de la mañana. Cuando conseguí llegar a casa, estaba mi novia esperando y tuve que inventarme un atraco.

-A ver, a ver, a ver. Señor, ¿usted me está tomando el pelo? ¿Ha bebido o solo quiere hacerme perder el tiempo?

-Le estoy intentando explicar lo que ha pasado. Se lo vuelvo a repetir, el otro día fui con los colegas y entre unas cosas y otras…

-¡Paré! Bebió y llego a casa, siga a partir de ahí.

-De acuerdo. Pues cuando llegue a casa, mi novia estaba en la puerta esperándome y le había prometido que no iba a beber más. Mi colega el Tropi lo ha pasado muy mal con su parienta y le hemos sacado de copas para olvidarse. Entonces, se nos fue un poco de las manos y todos bebimos unas copas de más. Mi novia no podía enterarse así que antes de llegar a casa tuvimos la idea de ir a la playa para que se nos bajase un poco la borrachera, pero dejamos el coche en el muelle. El imbécil de Tropi no puso el freno de mano y cuando nos quisimos dar cuenta el coche ya no estaba.

-Pero si eso fue la otra noche, ¿por qué han esperado hasta hoy para venir a por el coche?

-A ver, agente, después de que el coche desapareció, tuve que ir a casa y mi novia no podía enterarse de nada así que tuve que inventarme una historia de un robo para que no me echase la bronca por beber y perder el coche.

-Vamos a ver, ustedes bebieron, cogieron el coche y, para colmo, dejaron caer el coche por el muelle hasta que terminó en el mar. Y no con todo eso que, además, no han avisado a las autoridades para que pudiesen sacar el vehículo lo antes posible.

-A ver, agente, el coche desapareció, pero usted no conoce a mi novia. Si yo llego a casa otra vez borracho como estaba y, para colmo, sin el coche, la bronca que me echa llega hasta China.

-Madre mía… Para qué le habría cambiado el turno a Rufino… Caballero, va a tener que pagar una multa por abandono de su vehículo en vía pública y por daños a la vía pública. Ya puede marcharse.

“BIP, BIP”. Mensaje de Tropi.

“Tío, ya he vuelto a discutir con la Sandi. Me ha dejado, esta noche salimos que quiero emborracharme”

Pues nada, otro día más. Creo que hoy cogeré algo menos fuerte para beber porque vaya resaca tengo.

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La lanza del imperio

Tras lograr una victoria aplastante, la dinastía Sui logró unificar China en el año 589. Nueve años después, Yang Jian, el emperador chino, envió durante la estación de lluvias a su hijo Yang Lian junto al almirante Zhou Louhou a tomar Corea por sorpresa, acompañados de una fuerza de más de 300.000 hombres.

***

Zhou Luohou marchaba con semblante serio por delante de toda su tropa, encima de un caballo gris extenuado por la humedad de la zona. Divisó a lo lejos una de las montañas que indicaban la frontera con Corea.

Varias divisiones detrás de la cabeza de la expedición se encontraba la caravana donde Yang Lian dormía tras otra noche de excesos. A pesar de haber cumplido 28 años y de ser el héroe de guerra que iba a heredar el trono de su padre, seguía comportándose como un adolescente. De nada servían las miradas de desaprobación de Louhou cuando le encontraba apostando con soldados o bebiendo miju, un vino de arroz típico de su región. Una señal de Louhou hizo que el tamborilero y los flautistas indicasen a las tropas que estaban aproximándose a su destino, y ese ruido despertó a Lian. Louhou se acercó a la caravana del heredero para detallarle el plan de choque.

***

La estación de lluvias había puesto en serios problemas a la expedición. Muchos de los carros se quedaron atrás, y las tropas enfermaban. La defensa coreana era esquiva, planteaba trampas y emboscadas y eludía el choque frontal. La moral estaba bajo mínimos y eso provocaba una ansiedad incontrolable en Lian. Se había acostumbrado a amanecer con un vaso de miju para evitar todos esos malos pensamientos. Era la única forma de aplacar y minimizar toda la presión que tenía sobre sus hombros y, únicamente, seguir cabalgando. Los truenos que se oían indicaban la llegada de un monzón, y la mayoría de caballos y carros que todavía conservaban se encontraban sobre suelo arcilloso. Louhou se acercó con presteza a Lian, pidiéndole que buscase refugio, mientras indicaba a todas sus tropas que saliesen de la zona de arcilla y buscasen cobijo pegándose a la cara de alguna montaña. Todos siguieron las órdenes de Louhou menos Lian, que gritó a los cielos:

—¡A la dinastía Sui no la frenará una tormenta!

Lian había sido un guerrero muy respetado por sus soldados cuando repelió a la dinastía Chen en Daxing con un tercio de los hombres que disponían los invasores. Pero todo eso quedó atrás, Lian era la sombra etílica y triste de ese héroe, mitad hombre y mitad Dios. Esta pérdida de confianza hizo que sus tropas siguiesen las órdenes de Louhou e ignorasen a Lian, que acabó refugiándose con resignación tras un montículo cercano.

***

Las emboscadas coreanas se habían intensificado debido a que los exploradores habían descubierto que el ejercito chino había quedado reducido a un cuarto de su número original por los estragos que causaban sus trampas y las inclemencias del tiempo. Lian, absolutamente desesperado y después de agotar una de las últimas botellas de miju que llevaba la expedición, se acercó a hablar con Louhou:

—Esta vez te pienso acompañar en la carga contra esos bastardos –balbuceó en un tono nervioso, arrastrando las sílabas—. No voy a consentir que me vuelvas a tratar como a un niño.

—Si se comporta como un niño, mi señor, le pienso tratar como tal –respondió Louhou con contundencia—. El objetivo militar es importante, pero prometí a su padre mantenerlo con vida.

—¡Soy un hombre y hoy te lo pienso demostrar! —dijo, con un semblante de confianza que recordaba al Lian de épocas pasadas—. ¡El héroe de Daxing va a hacerse con Corea!

Louhou, que asintió con frialdad, sin darle más importancia, se puso en marcha en su maltrecho corcel. Lian espoleó a su caballo e intentó alcanzar a Louhou. Detrás de ellos, una partida de cien hombres, los más sanos y entrenados, los acompañaban.

***

Una nueva emboscada coreana había separado a la expedición del resto del grupo. Mediante el uso de zanjas ocultas mermaban a la expedición, que no disponía de ningún caballo que pudiese correr de vuelta, y solamente seis hombres se mantenían al lado de Lian y Louhou. El heredero sollozaba, consciente de que, al menos, veinticinco soldados coreanos se estaban acercando, utilizando la lluvia para mantenerse ocultos hasta que decidieran atacar. Aquel que antaño hizo frente a huestes Chen ahora se sentía incapaz de luchar, tembloroso y totalmente indefenso. Louhou se acercó a Lian:

—Saldremos de esta, majestad —dijo, mirándole a los ojos.

—No vamos a salir de aquí, estamos perdidos —contestó Lian en un tono casi indistinguible en la lluvia—. No debimos de haber venido durante la estación de lluvias.

—Le prometo, majestad, que la lluvia y yo le protegeremos —concluyó Louhou con severidad.

Los miembros de la expedición empezaron a vislumbrar a los soldados coreanos. Louhou, que había sido entrenado en todas las armas del Wushu, eligió la lanza para su última pelea. La blandió mientras la carga coreana avanzaba. Y, al mismo ritmo que las gotas golpeaban en los cañizos del bosque donde sufrieron la emboscada, Louhou fluyó.

Fluyó al ritmo del agua, de las gotas. Cada sutil movimiento de lanza significaba un coreano menos. Bloqueaba, batía en movimientos circulares, esquivaba, desarmaba, clavaba y volvía a saltar, como en una coreografía digna de un artista, no de un guerrero. Los miembros de la expedición iban cayendo, pero también los coreanos, hasta que, al final, solo quedaron Louhou y Lian en pie.

—Cuando nos reunamos con las tropas, Lian, nos batiremos en retirada —dijo un extenuado Louhou, esperando la desaprobación del heredero—.

—Cuando volvamos a casa, Louhou —dijo con una cálida sonrisa Lian—, no volveré a ser un lastre beodo y patético. Seré yo otra vez.

Louhou le devolvió la sonrisa, encontrando un leve consuelo en la mayor derrota que había sufrido un batallón a su nombre. No sabía si el padre de Lian le perdonaría, pero se consolaba sabiendo que hoy le había devuelto la vida a su protegido.

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Piquito de oro

Otra vez la misma rutina de siempre. De nuevo los compañeros que no se enteran de nada a pesar de que todo se explicó detalladamente en la reunión. Volvemos a estar desactualizados con las herramientas que nos han proporcionado, por detrás del resto de empresas más punteras del sector.

Somos el hazmerreír, me avergüenzo de estar en esta empresa, pero por desgracia no puedo aspirar a algo mejor con los conocimientos que poseo. En fin, parece que estaré atascado aquí una buena temporada, voy a comprarle unas botellas a un vendedor ambulante, mi mujer no se fía, así que me las ventilaré en un santiamén en la vera del río yo solo… Eran ya las doce de la noche, y no tenía ganas de cenar, solo de beber hasta el amanecer.

Ups, litros y litros ya acabados, creo que me he pasado. Ay, ay; ya empiezo a notarme como se me sube del todo, la cabeza me da vueltas, será mejor que me siente. Ahí viene otro tipo borracho, más que yo parece, no puede llevar bien el paso. Ay, voy a esperar un rato a ver si se me baja.

Ese de ahí, una de dos. O tiene menos aguante que yo, o se ha metido más alcohol en vena, acaba de caer rendido al suelo. En fin, al menos me queda una vista bonita, puedo ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua. Este césped tan fresco me reconforta, no será una cama de un hotel de lujo, pero ya es mejor que el último bloque de cemento donde me tiré la última vez que me emborraché.

Unas burbujas en el agua empezaron a llamarme la atención, ¿será algún escape subterráneo? Estaba equivocado, enseguida una especie de bolita negra apareció donde estaban las burbujas. ¿Es un pez muerto? Me habría gustado haberme acercado más para comprobarlo, pero estaba demasiado beodo como para levantarme de la hierba sobre la que estaba.

La cabeza asomó un poco más, y se veía un ojo enorme. Era de color amarillo, con una pupila oblicua y de color negro. No sé mucho de peces, ese debía de ser uno enorme, ¿un esturión quizás?

Pronto mis dudas se disiparon, porque, en el momento que la cabeza emergió de las aguas, pude comprobar que de pez nada, oiga. Un enorme pico de color negro con rayas rojas al estilo de un tucán, y del tamaño de un coche. Estaba atónito, mis ojos no podían creer lo que estaba viendo. Decidí hacer un esfuerzo, acercarme al agua y lavarme la cara para tratar de espabilarme, lo que estaba viendo no era real, ¡no podía serlo!

Pero no, la enorme cabeza de pájaro seguía ahí. De repente, el gran pico se abrió y soltó un enorme graznido. Sonaba como el grito de una señora mayor que se asusta al ver una cucaracha, mezclado con el sonido vibratorio de un didyeridú. Me es difícil de explicar cómo sonaba, jamás había escuchado nada igual. Pero puedo asegurar que no era nada agradable, el corazón me latía a mil, ya no estaba seguro de si aquello era real o no.

Empecé a gritar, pidiendo ayuda desesperadamente, pero nadie venía. Me callé, porque caí en la cuenta de que si seguía gritando podría venir a por mí. La cabeza empezó a emerger aún más del agua, esta vez dejando entrever un enorme cuello, como el de un avestruz, pero muchísimo más grande.

Estaba entrándome tanto miedo, que no podía moverme de aquel sitio. Empezó a entrarme hipo, maldije haberme emborrachado en aquel momento, ya que el pájaro se quedó quieto un momento, y su pupila se dirigió hacia donde yo estaba. Lo que no habrían provocado mis alaridos anteriores, lo iba a provocar un simple hipo, maldigo mi suerte.

La cabeza del pájaro descendió lentamente ante mí, de lado, moviéndose como un robot. Entonces erizó las plumas de la cabeza, su ojo clavaba la mirada en mí de una forma casi diabólica, jamás olvidaré una mirada como esa en toda mi vida. Pensé que sería mi fin, pero pronto dejé de llamarle la atención. Y su mirada se dirigió hacia el tipo que estaba tirado a unos cuantos metros de mí.

Salió del agua, su cuerpo era como el de un kiwi, pero de color negro, con plumas muy primitivas y feas, casi parecían pelos de hippy. Sus patas eran enormes, del tamaño de un gran sofá, de color amarillo chillón y garras punzantes de color rojo carmesí. Con esas mismas garras, las uso para clavarlas en el hombre, el pobre diablo no tuvo tiempo ni de percatarse que estaba pasando antes de morir en el acto.

Nada más que puso una pata encima suya, varias tripas saltaron del impacto. El pájaro miró con la cabeza ambos lados, como si estuviera vigilante ante quien quisiera quitarle su presa. Empezó a desgarrar la carne del cuerpo mientras lo sujetaba con la pata. Primero los intestinos, se los tragó cual espagueti.

Volvió a mirar a ambos lados repitiendo la acción anterior, y esta vez fue a arrancar la cabeza mientras se la tragaba como cuando un loro se traga un fruto seco. Era demasiado para mí, me estaban entrando náuseas y empecé a vomitar ahí mismo. La peste a alcohol estaba por todo el césped, pero ya estaba mejor gracias a eso, así que me levanté y fui corriendo a casa.

Mi mujer ya estaba dormida, me metí en la cama con la esperanza de que todo aquello hubiera sido una pesadilla, aunque en mi interior me parecía demasiado real para ser producido por el alcohol. ¿Ese vendedor extraño me echó droga? Mañana era sábado, así que podría descansar y olvidar tan mala noche que había tenido.

Al día siguiente, el timbre de la puerta me despertó. Eran una pareja de policías, un hombre fornido, moreno, y una mujer bajita y rubia. Me dijeron que debía acompañarlos esposado, estaba acusado de asesinar presuntamente un cadáver que estaba descuartizado cerca del río.

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Condición: Borrachos. El protagonista o algún personaje relevante ha de ser un borracho, los personajes han de estar bebiendo mientras transcurre el relato o el alcohol ha de tener una presencia relevante en la trama.


Resacón en Caná

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un reino de fantasía que nunca existió, Israel, se celebraba una boda en la que los novios no tuvieron en cuenta la alta capacidad etílica de los invitados. Debido a su falta de planificación, en mitad del convite se quedaron sin vino que servirles, lo cual afectaría las cantidades del protocolario sobre con denarios.

—Marido, debemos buscar una solución —dijo la recién casada.

—Calla. ¿En qué siglo crees que estamos? Vuelve a la cocina, yo me ocuparé —respondió el recién casado.

Se dirigió hacia su padre Yôsef y le comentó el problema de la bebida. Este, un borracho desde que su amada mujer le puso los cuernos hace tres décadas, le prometió que lo solucionaría, pues una boda sin vino era como un pene con prepucio y no se podía permitir la familia una deshonra de ese calibre.

Yôsef consideró sus opciones. Podría comprar más vino, pero sus talentos no llegaban a tanto. Podría alargar el vino con agua, pero su hígado no merecía ese respiro. Podría robar más vino, pero su estado de embriaguez no auguraba un éxito en ese cometido. Ah, pero sí podía pedir que alguien lo robase por él, y así lo hizo.

—Maryam —dijo a su esposa—, ¿sigue por aquí el niño? Necesito que le pidas una cosa.

—Está allí, en el gazebo, con sus amigotes. ¿Qué necesitas? —respondió la solícita Maryam.

Yôsef puso al día de la situación a su señora, que fue a hablar con su hijo mayor.

—Yeshua, los novios se han quedado sin vino.

—Mujer —contestó el joven—, ¿y a mí qué más me da? Solamente he venido por las hermanas de la novia.

—Veeeenga, que es la boda de tu hermano. Consíguenos vino y te pago el viaje a Yerushalayim que tienes pensado hacer con tus compañeros para las vacaciones de Pascua.

Era una oferta que no podía rechazar. Aceptó el trato y se puso manos a la obra. Su madre, prefiriendo no saber nada de lo que tenía en mente su primogénito, se alejó del gazebo y dijo a los sirvientes del banquete:

—Haced lo que sea que os pida.

Se miraron extrañados, preguntándose quién sería esa señora, pero se acercaron al grupo de jóvenes. Igual les caía una propina.

—Genial, genial —dijo Yeshua cuando llegaron—. Hacedme un favor, llenad estas seis jarras con agua.

Como el rol de aguador entraba en sus tareas habituales, los trabajadores se encogieron de hombros y procedieron a llenarlas.

En cuanto estuvieron repletas, el grupo de Yeshua cogió cada una de ellas entre dos, y le siguieron hasta el otro lado de la finca de la boda, donde se estaba celebrando un bar mitzvah.

—¡Hola! —saludó al portero—. Venimos a traer el agua para el lavado de manos y pies.

Como en Palestina ni existía entonces ni existe ahora el agua corriente, al vigilante le encajó y les permitió el paso, sin saber que su objetivo era ir a las bodegas y pegar un cambiazo de agua por vino. Con el nuevo contenido en su poder, volvieron a la boda y le entregaron el cargamento al novio.

—Menudo perro judío estás hecho, hermano —le dijo entre risas cuando le explicaron la hazaña.

—Pues verás cuando te enseñe el truco de los panes y los peces en el que he estado trabajando —le contestó Yeshua.

La situación estaba salvada, y resultó que el vino era de una gran calidad. Porque Yeshua sería un timador, pero no un tonto. Tanta categoría tenía la bebida, que el padre de la novia se acercó al recién casado y le dijo:

—Vaya, todo el mundo sirve primero la bebida buena, y después, cuando ya está la gente borracha, saca el garrafón. Pero tú has dejado el vino bueno para el final. Eres un poco tonto, pero está realmente cojonudo, te felicito.

Y se fue a seguir con sus asuntos, dejando al novio avergonzado. Yeshua, habiendo presenciado la escena y un poco apenado por el corte que le había hecho ese cerdo, intentó animarlo un poco.

—Bueno, no te preocupes, siempre nos podemos inventar lo que ha pasado para no quedar mal cuando la gente pregunte. A mi amigo Yohanan seguro que se le ocurre una buena milonga en cuanto tenga una revelación.

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Vera usted

Déjeme que le cuente. Estaba yo paseando por la calle Paz cuando vi que el nuevo restaurante japonés del barrio, el Kojima, estaba de inauguración. Parece ser que ofrecían unos pinchos gratis para promocionar el local. Decidí entrar a cenar algo, pues estaba canino de no haber probado bocado en toda la tarde. El sitio estaba hasta la bandera, y a las bandejas de sushi las habían dejado temblando. Solo quedaba lo que tenía más pinta de pescado crudo. Di buena cuenta de ello, pues soy de buen comer y no le hago ascos a nada. Bueno, a casi nada, pues el sake que acompañaba las bandejas de sushi no quise ni probarlo, y esto quiero remarcarlo. La cuestión es que debió de verme el dueño ahí, fervientemente afanado con el sushi, que se acercó a mí, probablemente con la intención de preguntarme si le gustaba su cocina, o quizás de invitarme a platos más suculentos. Me lanzó un par de piropos en japonés y me hizo señas para que le siguiese, de seguro que para poder comentarme sus secretos culinarios en privado. Íbamos por un pasillo y entonces fue cuando vi hombre en cuestión, en concreto a través de una ventana lateral del pasillo. Una ventana bastante sucia, todo sea dicho, por lo que no pude evitar cuestionar la salubridad del restaurante. Yo no le recomiendo ir.

El asunto, y perdónenme por la digresión, es que vi a un hombre muy misterioso. Y dirá, ¿cómo sabía usted que era misterioso? Pues porque era más joven que yo y llevaba sombrero. Estamos en pleno siglo veintiuno, y nadie que no esté cubriendo canas lleva ya sombrero, ¿sabe? Me picaba mucho la curiosidad, así qué, deshaciéndome en excusas por no poder quedarme al coloquio culinario, salí corriendo a través del pasillo y, confieso, tiré un par de jarrones por el camino. Eso sí, de mal gusto. Encontré una puerta a la calle, e intercepté al hombre cuando se disponía a entrar en un local para mí desconocido. Le di los buenos días, pues es de buena educación, y le pregunté de forma aún más cortés que por qué llevaba sombrero, intercalando un par de por favores y gracias por si las moscas. El paisano, muy amable y servicial, me confesó entre susurros que llevaba un enanito escondido debajo, y que si le acompañaba dentro me lo enseñaría. Me disponía a declinar su oferta, pues ya había satisfecho mi curiosidad, cuando observé por el rabillo del ojo a mi admirador, el dueño del Kojima. Se acercaba a mí con claras intenciones de entablar un coloquio culinario, pues portaba una sartén de grandes dimensiones en una mano. Tras ver la ventana en tal repulsivo aspecto había decidido rehuir aquella pocilga, por lo que decidí aceptar de buen grado la oferta de aquel buen hombre y entré en el garito.

El bar se parecía por la decoración al Gandul, pero con una barra estilo Porrón y la música más tipo Trébol o Aluvión, no sé si conoce. No es que frecuente esos bares, pero ya sabe, uno ve cosas a lo largo de su vida. El hombre me llevó a través de una marea de hombres inusualmente pegajosos hasta la barra. Me ofreció un whisky bastante malo, la verdad, pero ni lo probé, ¡eh! Ni una gota. Bueno, pues un rato después el tipo debió de coger confianza que me invitó a un reservado. No tenía nada que perder, y ya que me había quedado tanto tiempo, quería ver al enanito. Pues una vez dentro del reservado, y para mi sorpresa, el paisano se sacó una jeringuilla del bolsillo y se pinchó lo que sea que fuese su contenido en pleno brazo. Me ofreció otra jeringuilla de colegas, pero eso sí que ni de coña. Y va y luego se empieza a desnudar, sombrero incluido. Era todo muy turbio, si quiere mi opinión, y de enanitos ni rastro. Tuve entonces una corazonada, pues ya soy perro viejo, de que el paisano ese era un desviado y me había llevado allí a drogarnos y hacer cochinadas. Pensé en largarme de allí, que tengo mucho aprecio por mi trasero, pero va el tipo ese y de repente se desmaya. Joder, menudo marrón, pensé. ¿Qué hago yo ahora con un tío inconsciente desnudo? Pues soy buena persona, ¿sabe?, no podía dejarlo allí. Así que lo arrastré como pude hasta la salida de emergencia. Había policía fuera, de palique con el dueño del Kojima, y pensé que estando yo arrastrando a un tipo drogado, desnudo e inconsciente, aún iba a haber algún malentendido. Así que busqué un coche para llevarlo al hospital sin llamar la atención. Siendo noche cerrada, pensé, pues uno negro que se camufla mejor, y de maletero grande para esconder bien al desviado sin que se viese por fuera. Y entonces vi el coche perfecto, aparcado enfrente de la funeraria. Lo forcé, lo confieso, pero era una emergencia, así que no creo que sea delito. Pues no flipo entonces yo con el maldito coche cuando abro la puerta y descubro que es inglés, con el volante cambiado ¿A quién se le ocurre, con la de buenos coches que hay en España? La cuestión es que no tengo ni idea de conducir coches británicos. Lo único que sé es que va todo al revés. Lo peor de conducirlo era pues el tener que ir esquivando los coches que me venían de frente. Y en una de esas, mal que me pese, me salí de la carretera y me choqué con esta parada de autobús. Y esa es toda la respuesta, señor policía, a su pregunta de por qué estaba conduciendo un coche fúnebre robado con cadáver incluido en dirección contraria por la carretera. Le aseguro que el hombre que está dentro del ataúd no está muerto, que yo no estoy borracho y que puede usted ahorrarse esa prueba de alcoholemia, que le aseguro va a dar negativo.

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El principio del fin

–Por dios, mi cabeza…

Desperté con los rayos de sol pegándome en la cara. Me hallaba tumbado en un suelo desconocido, al lado de una cama donde debajo de ella se podían apreciar motas de polvo tan grandes que parecía ratas (o al menos esperaba que solo fuera polvo) y mi única vestimenta mis vaqueros pitillos. Podían pasar días, estaciones y no había ningún desgaste aparente a pesar del inexorable paso del tiempo, ahí seguían manteniendo el tipo, como la zorra de mi madre, cómo mantiene el tipo la jodida.

–¿Se puede saber dónde estoy?

Me intenté incorporar. Lo que para una persona normal le costaría 3 segundos, a mí me costó dos minutos de reloj. Después de superar este desafío titánico, pude comprobar que estaba en una habitación de hotel. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Dónde estoy exactamente? ¿Por qué no llevo camisa, y ya que estamos, calzoncillos? Mientras estaba haciéndome estas cuestiones con una cara pensativa tipo sherlock holmes y con mi mano derecha en la boca simulando que me fumaba una pipa (lo cual, pese a que me hayan repetido en reiteradas ocasiones que parezco un discapacitado yo lo encuentro de lo más útil) algo entro en mi campo de visión que me hizo olvidar todas estas preguntas banales. Ahí estaba mi petaca, encima de la cómoda, abierta y con manchas de pintalabios.

–¿Qué clase de so cerda ha osado beber de mi Clara?

Después de limpiarla gentilmente fui al baño a enjuagarme la boca con la diferencia de que usé a Clara en vez de agua y en vez de escupirlo me lo tragaba. Después de repetir este proceso cinco veces, a la sexta me percaté que detrás de las cortinas de la ducha había alguien dormido. Metí a Clara en el bolsillo de atrás de mi pantalón y cogí el cepillo de dientes como arma.

–Sal de ahí seas quien seas. Tengo un arma y como esté igual de sucio que el suelo no va a haber medicamento que te salve.

Me moví ligero como un gato. Una vez en frente de la bañera deslicé raudo la cortina y mis ojos no daban crédito. Era mi amigo Matt.

–¿Matt? ¿Qué haces tú aquí?

–¿A ti qué coño te parece? Estaba durmiendo hasta que has empezado a pegar esos chillidos. Ayúdame a salir de aquí.

Solté el cepillo de dientes que aún tenía en la mano y lo saqué de ahí.

–Tienes suerte --le dije–. Si no llego a parar mi ataque a tiempo, ahora mismo estarías convulsionando en el suelo.

–Por favor, cada paso que das haces que retumbe el suelo, sin mencionar la de cosas que has tirado. –Matt dijo eso mientras señalaba el suelo lleno de jabones y toallas que acababa de tirar. –Además –añadió–, no sé qué ibas a hacer con un cepillo de dientes.

–Tú no has visto debajo de la cama –le respondí con cara preocupada.

No lo vi venir, me arreó tal bofetón que me dejó temblando los dientes.

–¿Pero cómo osa…?.

–Menuda noche la de ayer –me interrumpió a mita de frase mientras me salía una lagrimilla. Nos encontrábamos de nuevo en el cuarto–. Imagino que no te acordarás de mucho después del pedal que cogiste.

–Habló el de la bañera.

–A callar. Y bien ¿qué pasó después de que me fuera? ¿Qué tal con esa chica? Y ni se te ocurra ponerme esa cara de subnormal cuando piensas que te va otra.

Dicho esto paré mi mano que iba directo a mi boca e intenté recordar la noche anterior sin hacer mi pose de pensar, lo cual me costó horrores. Recuerdo que estábamos en el bar del hotel bebiendo, se acercaron unas chicas, charlamos y luego… negro. Le expliqué lo que recordaba y mi despertar hasta nuestro encuentro.

–Así que no recuerdas nada… --dijo Matt.

–¿Acaso no has escuchado que han mancillado a Clara? –le insistí.

–No pasa nada –dijo como si no hubiera oído lo que acababa de decir–. Tengo vídeos en mi teléfono, el cual no sé dónde coño está la verdad. Hazme el favor y coge el teléfono de la habitación para llamar a mi teléfono, el número es… ¿Qué haces tecleando si ni siquiera he empezado?

–¿Recepción?—dije mientras pegaba un trago de Clara–. El cuarto que se nos ha dado está hecho una pocilga… Sí, como lo oye usted. No han limpiado debajo de la cama lo cual demuestra la falta de profesionalidad por su parte. Exijo la intervención de una persona instruida en la limpieza ipso facto y debido a esta conmoción desearía una botella de bourbon a cuenta de la casa, que Clara se está quedando vacía. –Colgué al instante. —Asunto zanjado, ¿Qué me estabas comentando?

Antes de que Matt me alcanzara con sus enormes manos conseguí zafarme de él. Iba a empezar un discurso grandilocuente acerca de la suciedad, gérmenes y la hepatitis hasta que vimos una nota en la cómoda. Lo empezamos a leer y rezaba lo siguiente:

“Al sujeto de anoche:

Seguramente no te acuerdes de lo de anoche así que te voy a hacer memoria. Después de conocernos en el bar y de beber, subimos a tu habitación tu amigo, tú y yo. Después de charlar un rato tu amigo supo leer el ambiente y dijo que tenía que irse. Imagínate lo doblado que iba que se equivocó de puerta y se metió en el baño. Supongo que no salió por vergüenza. Más tarde te quitaste la camiseta porque “tenías calor” y la lanzaste debajo de la cama cual bola de bolos. Luego te apostaste conmigo a que podías quitarte los calzoncillos sin quitarte los pantalones. Después de 20 minutos lo conseguiste, dijiste que estabas exhausto y te dormiste o mejor dicho te desmayaste en el suelo. Yo viendo el panorama le pegué un trago a tu petaca y me fui”.

–Matt, creo que Clara y yo tenemos que distanciarnos.

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