II CONCURSO DE RELATOS ~~ Hilo de relatos - No se puede comentar

Hilo de relatos de la segunda edición del concurso. Funciona como recopilatorio de relatos, así que por favor no posteeis.

Estos son los relatos de esta edición:

  1. Retrete Cuatro
  2. Candy se despierta con resaca
  3. Negro
  4. YOURS FOREVER
  5. El peregrino
  6. La noche más larga
  7. Aurora
  8. Cambio de planes

Las bases completas están el hilo principal:

  • Los participantes tienen la obligación de leer los relatos y votar. Foreros ajenos al concurso también pueden hacerlo.
  • Cada votante repartirá 1, 2 y 3 puntos a los relatos que más le hayan gustado (el propio excluído), enviándome un mensaje privado con las votaciones.
  • Es obligatorio escribir un comentario, breve o extenso, de los relatos votados. De los demás relatos es opcional pero muy recomendable.
  • También se puede escribir una sala de partos con comentarios al propio relato.
  • El plazo para presentar los votos termina el 21 de junio.

EJEMPLO DE VOTACIÓN:

3 puntos: El miedo
2 puntos: La auténtica salud
1 punto: Medievo

  • Sala de partos
    Escribí mi relato porque me surgió la idea en un sueño.

  • El miedo
    Me ha gustado tal o cual y puede mejorar en tal.

  • La auténtica salud
    Me ha parecido tal y puede mejorar en cuál.

  • Medievo
    Me ha parecido bien por esto y por esto.

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Retrete Cuatro

Un trueno durante la noche sobresaltó a Kagadin, haciéndole caer de la cama. En cuanto recuperó el sentido maldijo y se puso de rodillas, observando con estupor que esa no era su cama en Mierdalar. Entonces recordó que se había vuelto un muchacho del retrete del repugnante brillante señor Sadeas. Un hedor asqueroso se infiltró en lo más profundo de los conductos de su nariz, casi tocando el cerebro.
«Habrá sido otro pedo de Moash —pensó mientras se pinzaba la nariz y sacudía el aire con su mano—, menudo gustazo se ha dado el cabrón.»
Los cocidos de Roca solían producirle esas flatulencias, debía decirle a la próxima que no le diera su ración. Tras dar un suspiro volvió a la cama y se puso bocabajo con su cabeza apretada contra el cojín. Con un poco de suerte no notaría esa peste…
—¡Arriba mierdecillas! —gritó Gas mientras daba palmadas con las manos.
Kagadin se frotó los ojos para deshacerse de las legañas. Después de cinco minutos de yacer en la cama, se levantó y se dirigió hacia el barreño de agua del medio y se lavó la cara. Siguiente paso: descomer la cena de la noche anterior. El muchacho del retrete se fue hacia la única letrina que había en el barracón, a la vez que saludaba a sus compañeros por el camino. Una punzada de terror se le clavó cuando vio que Teft era el último de la cola de entrada. El muy tormentoso se podía tirar sus buenos tres cuartos de hora encerrado en el baño. De alguna forma u otra Kagadin debía desembarazarse de él, o de lo contario no podría cagar hasta la hora del almuerzo. Se forma tranquila, se acercó al hombre y le saludó.
—¡Teft! ¿Cómo estás?
El hombre se volvió y una sonrisa se dibujó entre su barba blanquecina.
—¡Hola muchacho! Aquí haciendo cola para ir al baño, supongo que como todos —dijo entre risitas.
Kagadin lo escrutó con determinación, buscando alguna excusa para sacarlo de ahí. Entonces advirtió de que no llevaba su gema de la suerte en la mano. Le dio unos golpecitos en el hombro y en cuanto se giró, le dijo:
—Hoy no llevas tu gema de la suerte.
—¡Estará bien! No creo que pase nada mientras esté haciendo mis necesidades.
—¿Y si la tormentosa caca no quiere salir? —preguntó Kagadin, adoptando una mueca seria.
—¡Eso no me preocupa! —replicó Teft—. Siempre acaba saliendo, aunque tenga que estar unos minutillos más.
La táctica no estaba funcionando. Era hora de pasar al plan B.
—Por cierto Teft —dijo Kagadin—, he oído a Gas decir algo sobre un chip de esmeralda que ha encontrado debajo de un colchón.
Los ojos del hombre se abrieron de par en par.
—¡¿Eso ha dicho?!
—Sí, estos oídos lo han escuchado todo —dijo Kagadin mientras se señalaba las orejas.
—¡Por el hedor de Kelek! ¿Puedes guardarme el sitio?
—¡Claro! ¡Para eso estamos! —contestó Kagadin con una sonrisa.
—¡Gracias! —y así, Teft se marchó corriendo de la cola.
No pasaron más de cinco minutos cuando pudo acceder al interior de la letrina. Hacía bastante peste, pero cosas peores había olido cuando era ayudante de proctólogo junto a su padre en Mierdalar. Se sentó, cerró los ojos y empezó a apretar. Apretó más, y más, y más… y, tras un sonoro cuesco que hizo temblar las paredes, un buen tordo descendió de sus entrañas. Tomó el papel que se había estado guardando para la ocasión y se limpió el culo.
Al abrir la puerta se encontró a Roca esperando frente a ella. Al advertir que el comecuernos no portaba ningún papel, Kagadin se lo ofreció.
—Roca, ¿quieres un poco de papel? —preguntó.
—¡Ja! ¡Yo no necesito de eso! Yo cago duro, ¿sabes? —contestó Roca, señalándose hacia sí mismo con el pulgar—. De ahí viene mi nombre. Llanero tarado…
Kagadin se encogió de hombros y siguió su camino.
Con el tiempo, los muchachos del retrete formaron en frente de las letrinas del pelotón de Sadeas. Gas estaba frente a ellas, empuñando una escobilla del váter y dando paseos de un lugar a otro.
—Bien apestosos muchachos, hoy toca otra vez limpiar los retretes. ¡Quiero que hoy los dejéis tan limpios que hasta el mismísimo brillante señor Sadeas cagaría allí!
Los demás saludaron y se pusieron manos a la obra. Kagadin se arremangó y, armado con un mocho, se puso a pasarla por el suelo. Poco después, Lopen se acercó a él, cosa que le irritó, porque el muy tormentoso le había pisado lo fregado.
—Eh, gancho. Necesito tu ayuda.
—¿Qué necesitas, Lopen? —peguntó Kagadin.
—Verás, es que uno no puede arremangarse siendo manco —contestó—. Se lo diría a uno de mis primos, pero es que hoy tienen el día libre.
Kagadin suspiró y dejó reposar la fregona en una de las esquinas de la pared. Tomó la manga del herdaziano y empezó a tirar hacia arriba.
—Lopen, ahora que lo pienso… ¿cómo te lo haces para limpiarte el culo después de cagarte?
El herdaziano soltó una risita al escuchar la pregunta.
—Yo siempre tengo recursos —dijo mientras guiñaba el ojo.
—Espero que no seas como Roca y dejes ahí todo el regalo.
—¡Que va! ¿Para qué crees que estamos los primos? —contestó—. Pues hasta para limpiarse el culo.
La cuarta campanada sonó: ya era la hora del almuerzo. ¡Y vino acompañada por un retortijón! ¿Qué demonios le había puesto Roca en el cocido del día anterior? Sea como fuere, Kagadin se fue pitando hacia la letrina. Maldijo en cuanto llegó y vio la puerta cerrada a cal y canto.
—¡Eh! ¡Abre la puerta! ¡Necesito cagar! —dijo mientras la golpeaba con los puños.
—¡Qué las tormentas se te lleven! —dijo la voz de Teft en su interior—. ¡Ahora cago yo, que esta mañana no he podido!
Desesperado, Kagadin salió al exterior en busca de algún sitio donde defecar. Por un momento pensó en hacerlo en el abismo, pero el viento era frío y se le congelaría el pompis. Escrutó el bosque cercano, donde estaban los aserraderos que fabricaban palos para las fregonas. Y escondido entre la vegetación se encontraba el caldero de Roca. Con disimulo miró hacia un lado y hacia al otro. Nadie a la vista, así que sin más demora se sentó sobre el recipiente y depositó la receta en el interior.
«Espero que esta noche nadie se dé cuenta del ingrediente especial —pensó mientras salía de un salto.»
Quinta campanada, turno de tarde.
Ya aliviado, volvió a los retretes. Esa vez le tocaba el servicio de limpieza de interiores, o lo que sería lo mismo, quitar la mierda de las letrinas. Se armó con una pala y un cubo, y se puso a limpiar.
Se estremeció en cuanto vio a un mojón volar como si fuera una anguila aérea, dando vueltas alrededor de su cabeza. En cuanto se posó sobre su antebrazo, le dio tal manotazo que lo pegó a la pared. Su nariz se arrugó en cuanto vio que su mano quedó impregnada de caca.
—¡Ay! ¡Eso hizo daño!
El hombre, desconcertado, agitó la cabeza hacia todos los lados, buscando el origen de esa voz.
—¿Quién ha hablado? —preguntó con un tono irritado.
—Soy yo —dijo el mojón, levitando como si fuera una hoja arrastrada por el viento.
Kagadin acercó su cabeza hacia él, y advirtió que tenía una forma similar al de una mujer joven.
—¿Qué eres? —preguntó.
—Me llamo Caqui, y soy una mierdaspren.
—¿Mierdaspren? —preguntó Kagadin.
—Sí, una mierdaspren. Me gusta volar por los retretes, ensuciando las paredes y también…
—¡Basta! —interrumpió el hombre—. No sigas por ahí, ya sé lo que eres. ¿Qué haces aquí?
—Te he estado siguiendo desde que te vi limpiar tan bien las letrinas —dijo ella.
—¡Pues entonces aléjate de ellas, que las ensucias!
—¡Yo no las ensucio! —objetó ella, revoloteando por todas las paredes con una sonrisa y alzando sus brazitos, impregnando las paredes—. ¡Yo las decoro!
—¡Para! —gritó Kagadin como loco—. ¡Si no lo haces, Gas me va a regañar!
De repente la puerta se abrió de golpe. Kagadin se sobresaltó al ver que se trataba del sargento. Su ojo sano escrutó el lugar, y no era difícil captar su mueca de desapruebo. El hombre gruñó y sacó a Kagadin agarrándolo por la oreja.
—¿Pero qué es esto, alteza? —preguntó Gas a viva voz—. ¡Se suponía que debías dejarlo limpio, no ensuciarlo todavía más!
Kagadin agachó la cabeza.
—Verá señor, es que como dijo que tenía que ser digno del mismísimo Sadeas pues pensé…
—¡Muy gracioso! —dijo Gas mientras ponía sus manos en jarras—. ¡Pero que muy gracioso! ¿Sabes qué? ¡Hoy te quedas sin cenar!
—Como digáis, señor —dijo Kagadin a la vez que suspiraba de alivio en sus adentros.
La noche cayó, y Kagadin observaba apoyado en un árbol como sus compañeros disfrutaban comiendo de su mierda del cocido de Roca.
—¡Eh, Roca! —preguntó Hobber—. ¿Cómo te lo haces para hacer estos guisos tan buenos?
—Es verdad —dijo Sizgil—, hoy está especialmente rica.
—¡Ja! Es una antigua receta de familia —contestó el comecuernos—. No es bueno que la conozcáis los llaneros delicados como vosotros.
—Venga Roca —dijo Teft—, comparte tu tormentosa receta secreta.
—Está bien —cedió al fin—. Es mierda de chull.
—¿Mierda de chull? —preguntó Teft—. ¿El guiso lo haces con mierda de chull?
—Sí. Creeros si os digo que es lo que hace que la sopa mejore.
—Curioso —intervino Sizgil—. En Azir tomamos infusiones a partir de caca de sabuesos-hacha.
—No está mal —dijo Moash—. Pero esta sopa sabe diferente, tiene un algo que la mejora todavía más.
Kagadin dio un paso al frente y se acercó al caldero, pese a tenerlo prohibido.
—¡Ja! ¿Qué haces aquí? —preguntó Roca—. Gas te ha prohibido cenar.
—Yo conozco el ingrediente secreto —dijo.
—¿Tú? —preguntó Roca—. ¿Una receta de comecuernos, tú?
—No forma parte de vuestra receta —dijo mientras sonreía—. El ingrediente secreto es… una cagada mía.
Moash alzó su mirada hacia el muchacho del retrete.
—¿Una cagada tuya?
Kagadin asintió.
—Este mediodía intenté ir a la letrina, pero ya que estaba ocupada por Teft pues uno tuvo que evacuar donde pudo.
Los demás se miraron los unos a los otros.
—¡Te voy a…! —gritó Moash mientras se levantaba, fregona en mano.
—¡A por él! —se unió Cikatriz en el grupo.
—Pero si os gustaba la mierda de chull, yo pensé que… —dijo Kagadin mientras daba pasos hacia atrás. En cuanto vio que la cosa iba a más, se dirigió pitando hacia los barracones—. ¡Pies para que os quiero!
Roca se puso la mano en la frente, negando por vergüenza ajena. «Para la próxima vez mejor me dedico a fabricar retretes —pensó.»
Kagadin se refugió en el edificio y bloqueó la puerta con un armario cercano.
Una mierda dura como una piedra y maloliente entró por la ventana, rompiendo el cristal en mil pedazos. La puerta golpeaba frenéticamente, haciéndole estremecer. Sin saber cómo, empezó a pronunciar unas palabras:
Cagar antes que aguantar.
Esfuerzo antes que flojear.
Letrina antes que intemperie.
Entonces Kagadin inspiró el olor profundamente y, casi sin darse cuenta, vio cómo su cuerpo resplandecía como si fuera una bombilla.
Caqui, la mierdaspren que lo seguía a todas partes, se posó en su hombro.
—Enhorabuena Kagadin —le dijo—, ahora eres un Cagalero Maloliente.
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Candy se despierta con resaca

Candy Lamarr fue despertada por los rayos del sol que entraban por una ventana de la habitación en la que se encontraba, cuando tres cosas la pusieron en estado de alerta. Lo primero fue no reconocer la cama, y nos referimos a no reconocerla en su sentido más literal: Candy desconocía que era el objeto sobre el que acababa de despertarse. Lo segundo era no reconocer la habitación donde estaba, muy diferente de su apartamento. Por último, el extraño color azul del cielo le causó un desasosiego difícil de explicar. Sobresaltada, miró que todavía llevase la misma ropa que llevaba al salir de casa y que no hubiesen restos de vísceras o entrañas en su cara, abdomen o extremidades.
Aliviada por comprobar que así era, decidió salir de la habitación donde se encontraba para hacerse una mejor idea de donde estaba. Temiendo estar todavía bajo los efectos de la resaca provocada por las bebidas alcohólicas que había ingerido la noche anterior, decidió que lo más sensato sería salir de la habitación por la puerta, en vez de por la ventana, como era su primera opción. Nada más abrir la puerta se encontró con los dos residentes del piso, el señor y la señora Fuentehermosa, que empezaron a gritar ante la visión de una extraña criatura mitad mujer, mitad araña. Candy por su parte, empezó a gritar ante la visión del señor y la señora Fuentehermosa. Sin que ninguno mostrase ninguna iniciativa de realizar otra acción, estuvieron gritando aproximadamente 15 minutos hasta que una pareja de agentes de la Unidad de Estabilidad Dimensional irrumpieron en el apartamento de los mencionados señores de Fuentehermosa y tranquilizaron a Candy con sus palos de relajamiento neuronal Ferguson (si bien, investigaciones posteriores demostraron que el palo de relajamiento neuronal Ferguson no es más que una porra con una carita sonriente pintada).
Cuando Candy se recuperó de los efectos del palo de relajamiento neuronal Ferguson (cuyos efectos incluyen pero no se limitan a perdida del conocimiento, hematomas subcutáneos, y en ocasiones poco halagüeñas, diarrea), se encontraba en el edificio de la delegación provincial de la Unidad de Estabilidad Dimensional (situado en un pliegue dimensional entre un antiguo videoclub X y el estanco de Conchita, la estanquera; aunque tanto Conchita como el videoclub desconocían la existencia del edificio, por lo que de nada servía preguntarles por indicaciones para llegar. Tampoco servia preguntar a los conductores de Uber, siendo el principal motivo que Uber no existiría hasta diez años después), en una sala de interrogatorios con el agente Robledo y la agente Xyuterw (pronúnciese como Pedrita). Tras anotar su nombre completo, Candrimoniaraarara Lamarr, y su edad, veintijota años, se produjo un desvío en la conversación entre Candy y los agentes para aclarar el concepto de número jota y su uso, que no reproduciremos aquí, pero como resumen diremos que va entre los números ocho y plix.
Comprendido esto, se pasó a explicar a la detenida la noción de las dimensiones paralelas. Dicha noción pide imaginarse cada dimensión existente como una linea, o hilo. Este infinito número de lineas se extiende infinitamente en el tiempo, por lo que a ojos de la eternidad del tiempo, pequeños cambios como la existencia de determinada persona, una guerra mundial o la total aniquilación de la vida en el universo, no diferencian una dimensión de otra similar. Por lo tanto, ese número de hilos infinitos tiende a agruparse en un número más pequeño y mucho más controlable de dimensiones (si no esta satisfecho con esta explicación, consulte la película de ciencia-ficción de los años 50 de la que la Unidad copió la idea).
La siguiente acción de los agentes fue comunicarle a Candy que había sido transportada accidentalmente a otra dimensión por culpa de una rotura en el tejido de la realidad (listado en el número 3 en el vídeo 10 peores eEfectos de La Resaca. LOL XD #Fortnite del youtuber Xaxo_Pirulas), y que era imposible devolverla a su dimensión original (debido a que para hacerlo habría que provocar otra rotura en el tejido de la realidad. Algo que a la realidad no le hace mucha gracia), pero que el protocolo dictaba que se acomodase su existencia en el dimensión receptora y en caso de no ser posible, se le diera matarile (el uso de este termino es muy discutido por numerosos agentes de la Unidad, si bien a pesar de sus esfuerzos no han conseguido modificarlo en el Manual de Actuación del Agente de Estabilidad Dimensional y se ven obligados a su uso. Otros términos discutidos son chorba, negro-mierda, y por alguna razón, zapato).
A continuación se le realizó un formulario (confeccionado por expertos en responsología múltiple de Chica chic: La revista para adolescentes dirigida a cuarentonas ). Debido a la longitud del cuestionario, recogeremos aquí las preguntas mas significativas. En la cuestión de alimentación, Candy respondió ser vegetariana, algo que alivió a los agentes (si bien «Canibalismo ocasional» también era una respuesta valida). En la cuestión de signo zodiacal, respondió Ofiuco, signo completamente real que no nos hemos inventado para hacer un chiste. Abreviando, el resultado del formulario fue C, «Chica simpática, amiga de sus amigas y marchosa, a la que le gusta llevar la iniciativa en una relación, y moderadamente apta para la existencia en la dimensión receptora».
A pesar de los buenos resultados del formulario, el aspecto físico de Candy resultaba un problema. El grupo de muestra poblacional al que se mostró la susodicha, la consideró «ligeramente menos incomoda de observar que una persona con obesidad mórbida», lo que complicaba su correcta aclimatación a la dimensión receptora. La primera opción barajada por los agentes para solucionar este problema fue disfrazarla para que adoptase la identidad de dos personas disfrazadas de caballo, pero esta opción fue rápidamente desechada. Otra posibilidad consistía en introducir personajes mitad mujer, mitad araña en los productos de entretenimiento hasta que un sector de la población lo suficientemente amplio desarrollara una parafilia, para entonces introducir a Candy de manera segura en la sociedad, pero fue tambien descartada por requerir mucho tiempo para llevarla a cabo con éxito.
Afortunadamente para los agentes, en la dimensión receptora los espectáculos circenses todavía gozaban de buena popularidad (gracias a la prohibición del maltrato animal, pero no del maltrato a artistas circenses) por lo que se decidió relocalizar a Candy en un circo. También era una dimensión donde los productos de alimentación industrial «Con receta mejorada» mejoraban realmente el sabor del producto, aunque esta información no tenga relevancia en el caso. Así fue como Candrimoniaraarara Lamarr, criatura mitad mujer, mitad araña, comenzó una prometedora carrera en el circo como maquilladora profesional de payasos.
En cuanto a los agentes Robledo y Xyuterw, henchidos de orgullo y satisfacción por el trabajo bien hecho, se montaron en sus caballos dimensionales y pusieron rumbo al ocaso, donde…»
—¿Qué, qué te parece el informe? —preguntó Xyuterw a su compañero cuando este levantó por fin la vista del papel.
Robledo la miró durante unos segundos intentando articular palabras en vano.
—Esto… esto es la mayor mierda que he leído en mi vida —dijo una vez recuperó el habla—. El estilo es horrible e inconsistente, no expresas bien las ideas, omites datos importantes, das detalles absurdos y algunos demencialmente falsos… y en los margenes has hecho dibujos de unicornios…
—¿Entonces tengo que mejorarlo?
—¿Mejorarlo? —Robledo gesticulaba en balde intentando encontrar un gesto que expresase como se sentía—. Mejorarlo, no. Tendrías que quemarlo, enterrarlo en un bosque, tirarlo por un puente…
—Esperaba un poco más de feedback positivo al ser mi primer informe. —dijo Xyuterw mientras le quitaba el informe de las manos y lo guardaba en un recipiente cilíndrico.
—Mira, no te digo que repitas el informe del caso porque de todas maneras nadie se los lee nunca, y ya es la hora de comer.
—Si, habría que ser una clase muy especial de idiota para leerse esto. —dijo Xyuterw señalando con la cabeza el cilindro con el informe, a la vez que lo introducía en el tubo que lo llevaría directo al archivo de la Unidad de Estabilidad Dimensional, donde permanecería hasta que alguien lo solicitase.
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Negro

Me desperté, y, como normalmente hago, me pongo las babuchas para… Espera un momento, ¿dónde están mis babuchas? El suelo estaba negro, miro al techo, y veo que era también negro. Ese techo me era desconocido, pero es que el resto de la habitación estaba igual. Me levanté, y empecé a correr, tratando de buscar alguna salida.
El suelo se notaba en las plantas de mis pies muy frío, aunque curiosamente la temperatura ambiente estaba normal, ni muy frío, ni muy caluroso. A pesar de estar todo negro, no estaba oscuro, podía ver mi cuerpo con claridad. Pero no era capaz de ver nada gris ni blanco; ni al fondo ni cerca de mía.
Seguí corriendo y corriendo, ya pensaba que me iba a entrar antojo de comer algo después de tanta carrerita, como cuando hago ejercicio y me entran ganas de comer bombones. Pero eso no era lo que pasaba, de hecho, no me sentía ni siquiera cansado.
Empezaba a sospechar, que, ante la falta de sensaciones, algo extraño pasaba, más allá del sitio donde estaba. Y el hecho de la ausencia de luz, y de horizonte, y de cualquier cosa que no fuera el negro,era también extraño. Y tanto negro era una cosa que empezaba a abrumarme.
Notaba una fuerte ansiedad en mí, pero no tenía problemas para respirar como cuando he tenido ataques de ansiedad anteriormente. Entonces me paré un momento, ¿cómo no había caído hasta ahora?
Estaba claro, estaba en un sueño, pero no sabía muy bien como comprobarlo. Dicen que, si sueñas, no puedes leer con sentido, pero yo no tenía nada a mano para leer. Así que, bien pensado, voy a quedarme aquí sentado a esperar a despertarme.
Llevo aquí ya demasiado tiempo mirando las musarañas, y no ocurre nada. Bueno, lo de las musarañas es un decir, sólo veo el negro infinito, y tampoco estoy hablando un comentario racista sobre lo pequeña que la tienen los blancos. ¡¿Pero qué cojones estoy hablando?!
Dios, esto va a volverme loco, lo único que quiero es que todo esto acabe ya de una vez. Espera, estoy sintiendo, una especie de ¿calidez?
Oh, ahora lo entiendo todo, si podría decir que estoy en un sueño, pero en un sueño eterno. Parece que me ha llegado la hora, así que esto es morir. Estoy un poco decepcionado, la verdad es que me esperaba otra cosa, supongo que nunca lo sabes hasta que te llega la hora. Tampoco estoy triste, supongo que el mensaje era que tienes que aceptarlo, que no puedes huir de ello, siempre te acabará cogiendo. He huido de tantas cosas en mi vida, esto debe ser una representación de todas mis vivencias.
Y esa música… debe ser lo que oyes cuando todo se acaba. Ven, dulce muerte, ven a por mi alma.
Eh… ¿por qué suena la macarena? ¿No había otra música disponible o qué?
Vale, son las ocho de la mañana. Vaya cara de idiota que se me ha quedado.

YOURS FOREVER

Eva despertó en una cama que no era la suya. Le dolía la cabeza, seguramente porque habría bebido demasiado anoche. Se incorporó un poco, comprobando con satisfacción que el dolor remitía. Echó un vistazo a la habitación sonriendo aliviada, parecía que la casa no era un antro infecto como la mayoría de las veces que terminaba borracha en la habitación de alguien. Suspiró deseando que con quien fuera que durmió anoche, además estuviera bueno, eso ya sería la perfección. La casa le recordaba a una de esas películas de sobremesa de la tele. Con familias tan perfectas y brillantes que deslumbraban, no como los ligues con los que solía terminar la noche. Al doblar un pasillo se topó con una cocina con unas vistas increíbles a un lago. Eva ahogo un pequeño grito de satisfacción al ver en la mesa un suculento desayuno. Se sentó y empezó a engullir un panecillo recién hecho y comprobó que nunca había probado algo tan delicioso. Al finalizar decidió que su anfitrión era un amor, fuera feo o no. Se levantó y se dispuso a buscarlo. Recorrió toda la casa, tanto la planta de arriba como la de abajo, y nada. Salió a la calle y descubrió que la casa estaba justo al lado de un lago y en medio de un bosque. No había coches, por lo tanto, ahora estaba. A Eva esto no le importó, al contrario, le pareció una aventura fascinante. Lo único que le molestaba un poco era no recordar nada de cómo había llegado hasta allí. El día anterior estaba de fiesta por Lavapiés y hoy estaba en la sierra, aunque no estaba del todo segura que en la sierra de Madrid hubiera lagos. El resto del día lo pasó tumbada en la hamaca del jardín tomando el sol y bañándose en el lago. La nevera estaba repleta de comida, sushi ya preparado y todo tipo de delicias. Para Eva esto era lo más cercano a su concepto de paraíso y tenía claro que debía aprovechar esta situación y disfrutarla. Esa noche se quedó hasta tarde esperando al dueño de la casa, pero nadie apareció. Apagó la tele a las tantas de la madrugada y se fue a dormir.
Al día siguiente cuando despertó, el sol ya estaba en lo alto. Bajó al salón y ahí estaba, toda la mesa puesta otra vez para ella con comida recién hecha. Se asomó al porche y nada, ningún coche. Se preguntó por qué aún no había visto a su anfitrión y empezó a inquietarse un poco. Recorrió otra vez la casa y se dio cuenta de que no había ninguna foto en toda la casa, ni en un simple portafotos. Fue hacia la habitación principal, abrió el armario y solo había camisas blancas, impolutas, pantalones perfectamente doblados y zapatos apilados en un orden perfecto. Pero todo de un único modelo. Desde luego el dueño de la casa era un poco cuadriculado, más bien obsesivo. Eva empezó a pensar que ya era hora de conocer al dueño de la casa. Por eso se parapetó en el sofá y decidió esperarlo despierta hasta que volviera. No tuvo que esperar mucho, justo al atardecer el sonido de un coche aparcando la puso alerta, ya estaba ahí. Se levantó temerosa esperando cualquier cosa, pero quien avanzaba hacia ella con una radiante sonrisa la dejo en shock. La persona que estaba enfrente de ella era clavada al actor Chris Hemsworth. Eva notaba su mandíbula desencajada mientras el hombre empezaba a hablarle en inglés. Ella no sabía mucho inglés, pero entre todo el galimatías acertó a entender su nombre, Chris, y I love you repetido un par de veces. Eva se encontró al poco en la cama teniendo sexo salvaje con alguien que se parecía demasiado al actor de Thor. Pero decidió que lo mejor era dejarse llevar y no preguntar, era demasiado bonito para despertarse de este sueño.
A la mañana siguiente Chris había vuelto a desaparecer, y allí estaba ella desayunando feliz otra vez con café recién hecho. Al pasar por el comedor se fijó en que habían aparecido portafotos de la nada. Cogió uno y allí estaba Chris, de pesca, nadando en el lago, besando a una chica. Se fijó aún más y esa chica era muy parecida a ella. Estaba borrosa, por lo que seguramente era alguien que se le parecía. Eva dejó la foto en su sitio y fue hacia el armario. La ropa había cambiado, ya incluso había ropa más informal como le gustaba a ella y las camisas blancas y zapatos típicos de banquero habían desaparecido. Cerró la puerta del armario de un portazo y decidió no darle más vueltas. Estaba en el puñetero paraíso, por lo tanto, nada de comerse la cabeza con cosas que la lógica podría seguramente explicar. Como ese olor que había en toda la casa. A Eva le recordaba a cuando se compró su coche, ese olor impregnaba todo por completo, en realidad pasaban meses hasta que podías llamarlo definitivamente tu coche porque ya olía a ti. Ella decidió que esa casa olería a ella en menos tiempo. Así iban pasando los días, Chris aparecía sin previo aviso y siempre terminaban teniendo sexo en los lugares más insospechados y con una pasión fuera de lo común, así que poco más le importaba a Eva.
Un día de verano, sonó el motor de un coche y Eva se precipitó hacia la puerta para recibir a Chris. Pero ese no era su BMV, era un SEAT Ibiza de color amarillo que se acercaba renqueando hacia la puerta de la casa. Cuando Eva lo vio sintió un dolor profundo en el pecho y notó cómo le faltaba el aire. El coche paró y de él salió alguien con un maletín. Mientras se acercaba, ella iba perdiendo sus fuerzas y cayó de rodillas en el suelo. Ese ser se plantó enfrente, sacó una especie de agenda y un bolígrafo a la vez que iba diciendo cosas incomprensibles. Eva incluso entrecerró los ojos para intentar verlo mejor ya que no podía ser real. Era una especie de ser verde bajito que la miraba a los ojos con sus pequeños ojos amarillos mientras seguía diciéndole cosas incomprensibles. Eva trago saliva y solo pudo decirle con un pequeño hilo de voz:
—¿Dónde está Chris?
El pequeño ser paró en seco su perorata, volvió a mirar su libreta, carraspeó, y levantó su dedo largo y fino dando con él un pequeño toquecito en la frente de Eva.
Entonces lo recordó todo. Ese malnacido que la atropelló con un coche amarillo cuando volvía andando a su casa. Ella tumbada en el frío metal de la sala de autopsias. Ella viéndolo todo desde arriba y cómo se iba acercando hacia una especie de luz brillante, y allí, justo en el centro de esa luz estaba este ser.
—¿Ya lo ha recordado todo? A veces pasa, no se preocupe, es un efecto secundario de estar en el limbo. Espero que su estancia aquí haya sido lo más agradable posible. Pero ya le ha tocado su turno, después de trescientos años, ya le ha llegado su hora por fin.
Era cierto. Por eso nunca le había dado importancia en la casa a cosas imposibles y absurdas, como ese olor a nuevo que nunca pudo eliminar, no tener nunca cobertura, o la comida deliciosa recién hecha que aparecía de la nada. Mientras el hombre seguía hablando, todo a su alrededor se esfumó La casa de sus sueños se deshizo como cenizas al viento y Eva se encontró en una especie de nebulosa donde había multitud de almas como la suya, abandonadas a su suerte en medio de la nada . El ser cambió el tono de su voz y Eva dio un respingo .
—Como la suya, no, Eva. Esas almas están pasando su estancia en el limbo de otra manera muy diferente a la suya. Ellos no firmaron el contrato.
No esperaba que pudiera leer también su mente, pero, claro, no era nadie, Eva ya no existía, murió hace ya trescientos años. El contrato, eso era. Recordó haberlo firmado, un contrato donde accedía a perder su turno de juicio y trabajar de funcionaria hasta que pagara su deuda con el limbo y su empresa, es decir, toda la eternidad.
—Por fin, Eva. Ha disfrutado de una agradable estancia de 300 años haciendo realidad todos sus deseos. Reconozco que estos eran un poco simples, si me permite mi opinión, pero eran sus deseos, así que nada que objetar.
Eva lo miró con una sonrisa amarga, recordando exactamente los términos del contrato. Había vendido su alma a la empresa Limbo Corporation .
—Eso, es querida. Lucifer es un novato a nuestro lado, él se lleva unos pocos cientos de almas cada siglo. En cambio, nosotros nos hemos llevado miles, cientos de miles, solo en esta última década. Nos encanta esta época de la Tierra. Seré otra vez franco contigo. De verdad que caéis muy fácilmente por deseos tan pobres. Nos dais vuestra alma por algo tan vacuo como unos pocos años de placer intentando retrasar lo inevitable. Vuestra cobardía es nuestra salvación y riqueza. Ahora mismo estamos justo a la derecha de Dios. Nuestra influencia, presencia y poder va creciendo exponencialmente gracias a vuestro trabajo, el tuyo dentro de nada. Quién iba a pensar que el limbo sería un mercado en expansión.
Eva bajó la mirada y se sintió derrotada. Era cierto, tuvo miedo, pero lo firmó a sabiendas, esa era la única verdad. Cuando el ser le ofreció la mano ella no pudo más que cogerla. En ese momento todo empezó a moverse y supo que iría hacia su nuevo destino. Antes de cerrar los ojos, observó las almas a su alrededor. Almas que esperaban ser juzgadas y cuyo destino, ya fuera el cielo o el infierno, no sería tan aterrador como el suyo. Suspiró antes de perderlas a todas de vista.

El peregrino

Lo primero que vio Lisan al abrir los ojos fue el rugoso y desigual techo de la caverna. Bocarriba sobre la cama de su amada, su mirada vagó por la estancia hasta encontrar a su compañera de lecho, quien a su vez tenía la vista fija en él. No hubo necesidad de palabras ni de gestos: se conocían bien. Sus cuerpos se fundieron en uno solo, moviéndose en una lúbrica y sensual danza mientras se enroscaban y entrelazaban entre sí.

Recuperado ya el aliento, Lisan supo que había llegado el momento: tenía que partir. Embutido en su túnica púrpura, que lo cubría por completo, se despidió de su amada y franqueó la salida de la cueva. Pasó a través del murete de piedras que rodeaba la oquedad, pálidas por dentro y rojizas por el exterior, fruto de la acción del sol sobre ellas. Unos pasos más allá, se detuvo al borde del saliente del terreno y contempló el desierto, silencioso y yaciente bajo la luz de la luna. Suspiró y se dispuso a recorrer con precaución el camino que descendía colina abajo.
El peregrino comenzó su andadura con calma, sabedor de la larga travesía que tenía por delante. La primera etapa de su viaje lo llevaría a dos altas dunas que dominaban el terreno, aunque eran algo más bajas que la colina de la que venía. Ambas elevaciones eran visibles ya desde donde se encontraba, y Lisan fue desviando ligeramente su rumbo hacia la que se encontraba a la izquierda, levemente mayor que su compañera. Amanecía cuando llegó al pie de la duna, y optó por ascender por una ruta que la circundaba, en lugar de encaminarse en línea recta hacia la cima. El camino era de esta manera más largo pero menos empinado; aun así, debía ir con mucho cuidado, ya que un mal paso podía provocar que rodase duna abajo.
Finalmente llegó a lo más alto de la loma, donde se erigía una pequeña ermita en la que se refugió Lisan para protegerse del cálido sol del desierto. Tomó un ligero refrigerio y se durmió casi hasta el anochecer, momento en el que continuaría su travesía. Como era su costumbre, realizó una modesta ofrenda en el altarcillo de la ermita para pedir bendiciones para el resto de su viaje y salió al exterior de la pequeña construcción.
De nuevo en la interminable planicie, Lisan reanudó la marcha con rumbo constante y firme, guiado por las estrellas. Le gustaba caminar bajo el tapete, tachonado por una miríada de puntos luminosos, del cielo nocturno, e imaginar que a su vez alguien, desde alguno de esos lejanos lugares, observaba el astro donde se encontraba Lisan. Esos pensamientos le distraían, pero tras varios kilómetros el cansancio fue haciendo mella en él. La siguiente parada del peregrino aún no se encontraba a la vista, y sus fuerzas empezaban a flaquear. Empezó a temer haberla pasado de largo, ya que el lugar, una especie de poza, no era visible desde mucha distancia.
Al tiempo, divisó una mancha oscura que destacaba sobre el pálido suelo desértico. El sol hacía rato que dominaba el cielo, golpeando a Lisan con su abrasadora furia. Ante el peregrino se abría un pozo no demasiado profundo, pero lo suficiente para que en el fondo se pudiera refugiar a la sombra. Descendió por unos escalones tallados generaciones atrás en la pared de roca, y allí comió y descansó para afrontar la siguiente etapa del viaje.
Nuevamente de camino, apuró las últimas gotas de agua de su odre. Por fortuna, el oasis estaba a menos de un día de camino. Sin embargo, cuando al fin lo descubrió en la lejanía, comprendió que algo no iba bien: no había palmeras, y toda la vegetación que se veía eran unos arbustos ralos y raquíticos, que apenas levantaban un par de palmos del suelo. A éstos se unían, como comprobó al acercarse, algunos hierbajos aquí y allá.
Sus peores sospechas se confirmaron cuando, al coronar una pequeña elevación del terreno, contempló con estupor que el oasis estaba seco. En otros tiempos, un manantial fluía desde una pequeña formación rocosa, alimentando a la pequeña laguna. El lecho, antaño cubierto de vivificante agua, lucía ahora yermo, agrietado y abierto por el sol. Los agrietados labios de Lisan se abrieron para dejar escapar una muda exclamación. Presa de una sed acuciante, el peregrino empezó a golpear la fuente rocosa y a escarbar en la arena de alrededor. Sus manos se dañaban infructuosamente, ya que el preciado líquido no aparecía; sin él, moriría de sed.
Extenuado por el esfuerzo, se derrumbó al pie de las rocas. Mientras recordaba a su amante y se recriminaba por haberla abandonado en su cueva, sintió que una gota le caía en la cara. ¿Acaso llovía? Abrió los ojos y constató que ninguna nube cubría el cielo. Y, sin embargo, una nueva gota impactó sobre su frente. Luego otra, y otra más, hasta que un chorro empezó a fluir de la abertura de las rocas, mojándolo y reviviéndolo.
En ese momento, las palabras de Irene interrumpieron el hilo de mi imaginación:
—¡Qué lengua tienes, cabrona! Has hecho que me corra.
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La noche más larga

Lyn se despertó en una cama que no era la suya. No podía ni abrir los ojos, pero podía sentir que no estaba en casa. La luz le molestaba en los parpados y había un grifo abierto de fondo.
—¿Dónde coño estoy? —Balbuceó de forma que ni ella misma podría haber entendido.
El agua seguía sonando y tenía un dolor de cabeza como pocos recordaba. Tenía solo flashes de la noche anterior. Se había llevado a aquel chaval a la cama, eso seguro, porque le dolían los muslos como si hubiera hecho una escalada con ellos.
Volvió a concentrarse: Ojos verdes, metro ochenta y una sonrisa de película. Pero era eso, una película más que un recuerdo, porque la cabeza le daba vueltas y aquel grifo seguía sonando de fondo. Así que reunió fuerzas, abrió los ojos y se dispuso a ir al cuarto de baño. Tenía ese punto intermedio entre la excitación y la intriga que le hacía dudar entre recoger las bragas del suelo o dejarlas ahí.
Lo que se encontró no era exactamente lo que esperaba. Allí había una chica en ropa interior con unas braguitas y sujetador de Calvin Klein, que bien podían haber sido las suyas, arreglándose en el espejo. Así que, armándose de valor y alegrándose de haberse decidido por llevar algo de ropa, abrió la boca y se aclaró la garganta:
—Perdona… ¿Quién eres? — Mientras decía esto notaba como unos sudores fríos se unían a su festival de sensaciones.
— Melon.
—Tú y yo… ¿Nos hemos acostado? — Espetó con algo que eran más unas ganas de vomitar que su propia voz.
—Claro, ¿Es que no te acuerdas? Nos lo pasamos en grande a noche.
Lyn palideció. No dijo nada. Simplemente no podía creer lo que estaba pasando. Trataba de pensar, pero su cabeza debía estar fuera de cobertura. Melon, viendo la palidez que iba aflorando en la tez de Lyn, continuó hablando.
—¿De verdad no te habrás creído eso no? Si me hubiera acostado contigo lo recordarías. Además, no me van los chochos cielo.
Lyn seguía muda, en shock. Por dentro seguía asimilando información, aunque esta que le llegaba ahora, pese a lo soez, era positiva.
—Supongo que al que buscas es a mi compañero de piso. Tuvo la brillante idea de largarse esta mañana dejándote aquí. ¿Qué tomaste para haber pensado que tu y yo…? En fin, no sé si quiero saberlo.
—No lo sé… Solo recuerdo que estuve en un bar y conocí a tu compañero de piso. ¿Cómo se llamaba?
Melon se rio. Había pasado de su chulería inicial por tener una molesta inquilina a apiadarse de la pobre chiquilla.
Yaafar van-Nameiry . O para los amigos, simplemente Yavanna. Es un buen tipo, pero yo que tú me mantendría alejada de su cama. Te vas a ahorrar muchos problemas.
—¿Y sabes a donde ha ido? De verdad que necesito recordar que pasó anoche.
—¿Sinceramente? Hace su vida y yo la mía. Pero podrías volver al bar, es posible que esté allí. Eso sí, quizás deberías vestirte antes.
Lyn se miró al espejo. Tenía la pintura corrida y los ojos como un oso Panda. Pero incluso así se veía guapa, siempre tuvo la autoestima por las nubes. Con el cuerpo aseado, las bragas en la basura y el vestido de la noche anterior puesto de nuevo, salió a la calle sin hacer más preguntas.
No reconocía aquel barrio, pero sacar el móvil del bolso y ver que no tenía batería tampoco le arrojaban ninguna ayuda.
—Disculpe, ¿Podría decirme dónde está el bar… Furby Furibundo? —Preguntó al primer viandante con pinta de persona joven que se encontró.
—¿Qué? ¿Estás de coña? ¿Eso no es un peluche? Espera… ¿No querrás decir el Fur-Fury?
—Si, disculpa. —tragó saliva por la estupidez que acababa de decir— Tengo un poco de dolor de cabeza.
Tuvieron una breve conversación y unas indicaciones después estaba ya camino al lugar.
Aquel bar estaba abierto. Siendo tan temprano le extrañó. Y puestos que no había portero, entró directamente. Ahora su mente volvía a traerle fotos. Aquel puñetero Furby en la entrada con un sombrero de gánster, eso lo recordaba. Ya sabía de donde había sacado el nombre. También los columpios y aquel estilo art-decó que adornaba todo el local. Una amiga le había insistido en ir a aquel sitio, Eileen, pero para variar la había dejado tirada en el último momento.
—Buenos días. —gritó acercándose al camarero. Pese a ser temprano la música perforaba los tímpanos. — No sé cómo empezar esto… verá anoche estuve aquí con un chico, pero la cuestión es que no recuerdo nada. Yaafar nosequé… Yavanna se llama…
dobroye utro . No diga más. Todo lo que ve aquí es suyo. Por algo es el dueño. Pase por las escaleras y dígale al guardia que Artyom la deja pasar.
Las escaleras eran preciosas, pero el subir por ellas se hacía tan cuesta arriba como su búsqueda de respuestas. Finalmente, tras otro hombre de aspecto eslavo en cuya identificación ponía Karamazov, estaba la puerta que buscaba.
—¿Hola?
Allí estaba. El hombre de su película erótica y otro tanto de terror. Le volvieron un torrente de imágenes que le hicieron tambalear las piernas.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero saber por qué me drogaste anoche. No recuerdo a penas nada. Lo tenías hecho, me gustaste desde que te vi, sabías que íbamos a follar igual. Y antes de tirarte algo a la puta cabeza quiero respuestas.
—Si que no recuerdas nada. Anoche te encontré tirada en el Bar a última hora. No tenías la cartera, solo un móvil bloqueado dónde ponía “Lyn” en la tapa. Hablabas delirando y te costaba mantenerte en pie dado que te temblaban las piernas. Me imaginé que habías tomado esa nueva mierda, NullPointer . Y aunque sinceramente no tengo nada en contra de las drogas, no me gusta que vendan en mi bar. Pensarás que soy alguien poco ético, pero preferí llevarte a casa para que pasaras la mona tranquila y no meter en esto a la policía de forma innecesaria.
Lyn no podía creer lo que estaba escuchando. Su mente realmente había sido fracturada el día anterior y había ido reconstruyendo los huecos con lo que había ido encontrando. No sabía ya si se había tomado aquella sustancia ella misma o había sido otra persona. Y menos aún que había estado haciendo hasta que la encontró el dueño del local. Mientras elucubraba, aquel hombre terminó la conversación:
—Espero que Melon te haya tratado bien, es un poco suya a veces, pero la quiero como si fuera mi hermana— hizo una pausa, la miró fijamente y resopló— Mira yo no te he dicho nada, pero conozco a un tipo, se llama Isolee, que vende cosas poco legales digamos. Quizás él pueda decirte más. Y de paso dile que si vuelve a vender en mi local le haré una visita. Vive a dos calles de aquí, en el bajo del edificio Tarquin. Y ahora si me disculpas, tengo trabajo que hacer.
—Cabrón. —Lyn concentró en una palabra una mezcla de rabia, desilusión, desconcierto y todos los demás sentimientos que tenía en la cabeza.
La habían mandado a buscar a un camello a su zulo. Había pasado de ser una noche inolvidable a una auténtica pesadilla de esas que nunca le pasan a una. Pero tenía que llegar hasta el final y no se iba a parar ahora. El saber lo que había ocurrido era una necesidad física más fuerte que el hambre o la sed.
Y llegó. Tenía que ser allí. No ponía ningún nombre en el edificio, pero por la mala pinta de la zona y las pintadas de guetto spirit en la pared no había lugar a dudas de que un camello debía tener su nido allí. Así que se fue directa al bajo y tocó la puerta.
—¿Te has perdido niña? —Un hombre con voz áspera hablaba tras la mirilla.
—Busco a Isolee. Vengo de parte de Yavanna.
La puerta se abrió y aquel hombre de mal aspecto le indicó que fuera al fondo a la derecha. Tenía gracia, esa respuesta es tan universal que incluso servía para encontrar a un señor de la droga. Abrió la puerta y se encontró una sala amueblada con cierto gusto oriental. Recordaba al hombre que había allí. Bien vestido, de gestos muy comedidos para ser un simple camello. Había hablado con el en algún momento. Y seguro que ese momento había sido la noche anterior.
—No te voy a dar más. —Le dijo nada más verla.
—No vengo a por tu mierda. Quiero saber cómo acabé anoche tirada en un bar. Lo que me diste me ha roto la cabeza, ya no me creo ni mis propios recuerdos.
—Anoche coincidimos por casualidad dentro de aquel local. Estabas sola y me dijiste que tu amiga te había vuelto a dejar tirada. Hablaste sobre ti, querías olvidar tu vida durante un rato. Descansar de tus fantasmas y que dejaran de perseguirte. Te dije que estabas muy bebida, pero no lo estabas, ibas en serio. Me dijiste que si hubiera cualquier cosa para estar en sintonía con el universo durante un instante lo harías sin pensarlo. Y ahí es donde entré yo mencionándote mi último diseño. Te expliqué lo que podía conllevar, pero te dio igual. No pude ni ver como lo cogías de mi mano y te lo echabas en el ojo.
—¿Qué te dije que quería olvidar con tanta fuerza como para hacer eso?
—Si te lo digo, esto no habrá servido de nada. ¿Seguro que quieres saberlo? No te va a gustar.
Por primera vez paró de intentar recordar. Si había fracturado sus recuerdos de esa forma, tenía una razón lo suficientemente grande como para hacerlo. Decidió dejarlo estar, fuere lo que fuere, terminaría volviendo en algún momento.
Ya en la calle se puso en el bordillo de la acera, por allí no tenía pinta de que fuera a pasar ningún coche. Sacó un pitillo del bolso y lo encendió mirando al cielo. Todo el tiempo se había estado buscando a sí misma, no había nadie detrás. Exhalo el humo lentamente y en su cara se dibujó una sonrisa.
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Aurora

Tras un sueño que había durado cien años, la princesa despertó. Aurora no sabía nada de esto; no sabía que un hada malvada la había maldecido por una vieja afrente que le habían hecho sus padres. Tampoco sabía que había estado encerrada en una torre, aislada del reino durante un siglo. Lo único que notaba era que la cama era absurdamente dura, la almohada era prácticamente inexistente y que el cuerpo le dolía horrores.
Aurora abrió lentamente los ojos, y frente a sí vio el rostro de un apuesto príncipe que, con un beso de amor verdadero, había roto la maldición. Pero claro, Aurora no sabía nada de esto. Le faltó tiempo para darle un guantazo y salir pitando de allí.
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Cambio de planes

Abrí los ojos. Me senté en el borde y esperé unos instantes a adaptarme a la luz que se filtraba por la ventana. ¿Dónde estaba? La cabeza me daba vueltas debido a la resaca, recordaba que la noche anterior había estado bebiendo, en cierto modo para celebrar el final de un trabajo especialmente complicado.
Empecé a fijarme en la habitación que me rodeaba. Como todas en las que despertaba, era una habitación de hotel no excesivamente ostentoso, pero esta tenía una gran mancha de humedad que comenzaba a extenderse desde la esquina superior cercana a la ventana. Me puse en pie y corrí las cortinas para asomarme al mundo que me deparaba aquel día. En el exterior vi un mundo bastante parecido al de mi época, apenas me desviaría unos pocos años del 2020 al que pertenecía. Me asomé al armario y cogí lo primero que encontré. Siempre dejaban ropa de la talla adecuada y correspondiente a la época para que no llamáramos demasiado la atención. Tras ponerme un vaquero y la típica camiseta de «RAMONES» —no teníamos un equipo de estilismo especialmente imaginativo—, decidí bajar a desayunar.
En la cafetería pude dar buena cuenta de un desayuno completo con tostadas, café y un buen zumo. Todo corría a cuenta de la Agencia, así que tampoco me cortaba mucho. Si algo bueno tenía aquello, eran las dietas. Tras quedar satisfecho y sentir que la resaca comenzaba a claudicar, entonces sí, volví al cuarto y comprobé los detalles del trabajo.
Siempre me dejaban una tablet o una carpeta con la información —dependiendo de la época, claro—. Esta vez era una especie de tablet, no mucho más moderna que las que conocía. La cogí y lo primero que hice fue mirar la fecha: era el año 2023; como sospechaba, apenas me encontraba a tres años de mi época. La encendí y abrí el único documento que tenía en la memoria; en él se describían los detalles del trabajo programado para hoy. Pronto vi que iba a ser sencillo, simplemente tendría que ir a la calle que se indicaba, subir a un piso de un bloque quedaba a la calle y, desde la ventana, tomar unas cuantas fotografías. Después metería la tarjeta SD de la cámara en un sobre y lo dejaría en un buzón con un apartado de correos anotado. Fácil y limpio, ojalá todos los encargos fueran así, pensé. Celebré mi suerte —que, por otro lado, ya tocaba—. En el escritorio había un sobre con, probablemente, dinero y la llave de piso. Comprobé que no me equivocaba; cogí las cosas, tomé una chaqueta del armario y bajé a la calle.
Siempre despertaba en un hotel, eso nunca cambiaba. También siempre tenía alguna clase de encargo, algunas veces era más sencillo tipo «ve allí y haz tal cosa», como esta vez; en otras ocasiones uno tenía que estar dispuesto a hacer cosas más desagradables. Más parecido a esto último había sido el anterior trabajo, no había sido nada fácil. ¿Por qué hacíamos aquello? Solo sabía que era importante y, como muchas cosas importantes, secreto. Realizábamos acciones que provocaban un cambio en el curso de los acontecimientos —algunas de esas acciones parecían totalmente insignificantes, como la vez que simplemente tuve que comprar un billete de bus para que un determinado individuo se quedara sin asiento—, dicho cambio había sido meticulosamente calculado por la Agencia. No tenía ni idea de cómo lo hacían y tampoco nos explicaban más de lo estrictamente necesario, simplemente despertábamos, nos daban una misión, la cumplíamos y al día siguiente despertábamos en otra época y en otra ciudad con un encargo nuevo ¿Éramos de los buenos? Eso me gustaba creer. Tenía firmados cinco años y ya solo me quedaban seis meses para terminar. Lo cierto es que cuando empecé no esperaba se me hiciera tan largo, pero cuatro años sin amistades, sin relaciones, sin contacto con nadie… lo cierto es que se había sido duro.
La ciudad en la que había despertado resultó ser Madrid. La calle donde se encontraba el piso franco estaba a solo tres paradas de metro así que cogí el primer metro y me planté allí en apenas veinte minutos. No fue difícil dar con la calle. Metí la llave en el portal y subí al piso.
No era la primera vez que me dejaban las llaves de un piso franco. Todos estaban bastante vacíos por dentro, aunque siempre tenían una cama y, en ocasiones, un televisor por si el trabajo se alargaba. No creía que fuera el caso.
Acaban de dar las diez, se suponía en apenas media hora ocurriría todo. Coloqué la cámara en su trípode frente a la ventana que daba a la calle y comprobé la visibilidad. Cuando el momento llegase, tenía que estar preparado. Era una calle poco concurrida, iba a ser sencillo. Tenía una foto con una breve descripción, se suponía que debía buscar a un tipo de origen árabe cargando con una bolsa de deporte.
Me coloqué una alarma en el reloj y esperé paciente al momento justo. Cuando dio la hora no tuve demasiadas dificultades para localizar al individuo. Se reunió con otro individuo, éste me pareció del este, y el primero le dio la bolsa de deporte. ¿Qué contenía aquella bolsa? Ni idea, pero parecía importante, podía ser terrorismo, venta de armas… ¿Quién sabía? Lo mismo daba.
Una vez tomadas las fotos, cogí el sobre que habían dejado preparado, anoté el apartado de correos y metí la tarjeta SD dentro. Trabajo terminado, decidí salir a disfrutar del resto del día. Si algo bueno tenía este curro es que, si el trabajo era breve, uno salía bien pronto de la oficina.
Bajé y tras caminar dos manzanas me metí en una bonita cafetería para tomarme el segundo café matutino —nunca más de dos—. Tomé asiento en la barra, cogí el periódico y me puse a ojear las noticias —siempre resultaba interesante echar un vistazo lo que ocurría en el futuro—. Una voz me sobresaltó:
—¿Qué querías?
Cuando levanté la vista me encontré unos preciosos ojos azules que me miraban. Le dirigí una sonrisa que ella me devolvió.
—Un café solo, por favor.
La chica se volvió y se puso a hacerlo. Cuando volvió continuamos hablando un rato. La chica se llamaba Elena, tenía 23 años y estudiaba un máster de psicología. Trabaja allí para poder costearse la cara vida de Madrid. Tuve la sensación de que le gustaba y no solía equivocarme, así que, tras enterarme de que esa tarde su turno terminaba a las ocho y que por fortuna no tenía novio, le propuse ir a dar una vuelta y tomar algo a su salida. Me contestó con una preciosa sonrisa.
El resto del día fue aburrido. Aproveché la tarde para dejar el sobre en un buzón de correos. Al menos tenía un buen plan para aquella noche con la chica de los ojos azules, pensé.
Cuando llegó la hora yo la esperaba a pocos metros de la cafetería. Elena salió y me buscó con la mirada. Se había quitado el delantal con el que trabajaba y en su lugar llevaba una rebeca por encima de la blusa. Tenía que reconocer que era preciosa. Nuestras miradas se cruzaron y me sonrió, también tenía una sonrisa bonita.
Fuimos a un bar cercano que ella conocía. Picamos algo con unas cervezas y luego fuimos a otro lugar a beber unas copas. La noche fue rodada. Elena era una chica muy interesante, culta y, sobre todo, tenía unos ojos azules que a día de hoy todavía me persiguen en sueños. Tras bailar juntos y antes de que se hiciera demasiado tarde, la acompañé a su piso. Frente a su portal sus ojos brillaban bajo la luz de las farolas como dos zafiros y no parábamos de reírnos de cualquier tontería. En una de aquellas sonrisas no pude evitarlo y la besé. Había besado a muchas chicas antes, gran parte de ellas en aquellos años de saltos entre lugares y épocas, pero nunca habían significado gran cosa. Ese beso fue especial, noté como por cada célula de mi cuerpo corría una corriente extraña, pero tan agradable que me hizo olvidarme de todo. Tras unos maravillosos segundos en los que sentí que el mundo se había detenido, nuestros labios se separaron y aquellos ojos me miraron con una mezcla de vergüenza y diversión. ¿Habría sentido lo mismo que yo con aquel beso? Eso esperaba. Nos despedimos con la promesa de volver a vernos, una promesa que pensé que no podría cumplir.
Esa noche no pude quitarme de la cabeza su mirada, su sonrisa… Tanto fue así que cuando quise darme cuenta comenzó a amanecer y yo continuaba despierto. Simplemente en cuanto cerrara los ojos y me quedara dormido el mundo habría cambiado para mí y la chica se habría esfumado de mi vida. Si uno no se dormía, no le podían mandar a otra época ni darle una nueva misión. En esos casos siempre podíamos recurrir a somníferos —o emborracharnos—, pero lo cierto era que esa vez no quería dormirme, quería volver a verla a ella. No es que fuera muy enamoradizo, simplemente ella tenía algo. Sabía que no dormirme iba en contra de las normas y que, probablemente, me supusiese alguna clase de sanción, no me importó.
Decidí ir a la cafetería donde, con suerte, la encontraría. En efecto, ahí estaba. En cuanto me vio me sonrió nerviosa y nos saludamos. Esa vez pedí un café doble pues sabía que sin dormir ese día se me haría largo. Tras servirme el café estuvimos charlando un rato. Tras cobrar a otro cliente, se acercó y me habló:
—Esta noche dan un concierto en una sala cerca de aquí, ¿te apetecería? — ¿Qué si me apetecía? Estaba loco por volver a pasar una noche juntos. Le contesté que sí y quedamos como la tarde anterior.
Sabía que aquello estaba mal. No podía enamorarme de alguien que no pertenecía a mi época y tampoco es que tuviera la opción de dejarlo todo y quedarme allí —suponía que algo malo ocurriría si lo hacía—.
En contra de lo que me dictaba la razón, acudí a la cita. Esa noche fue incluso mejor. Yo no conocía al grupo que tocaba, ella al parecer llevaba un tiempo siguiéndolos; no sonaban nada mal. Tras escuchar unas cuantas canciones y beber varias cervezas, salimos fuera para tener un poco más de intimidad. En el refugio de la oscuridad de la calle y con los lejanos ecos de la música que salía del local, nuestras miradas se cruzaron. Sin mediar palabra vi como aquellos brillantes ojos azules se cerraban y sus labios se entreabrían para besarme. Esa vez estuvimos unos cuantos minutos sin decir nada, simplemente besándonos. No sé si fue en aquel momento o un poco después, pero supe qué debía hacer.
Dejamos el concierto, ya no importaba. Nos dirigimos a su piso con prisas más propias de dos adolescentes. Entre risas acabamos en la cama. Hicimos el amor como nunca lo había hecho con nadie. Todavía, tras más de tres años desde aquel momento lo recuerdo como si fuera ayer. Su piel, su tacto, sus ojos… Nunca había sentido nada así.
Acabamos agotados, ella pronto se durmió. Mientras escuchaba el ritmo profundo de su respiración, acabé de madurar mi plan: dentro de seis meses, cuando yo pudiera por fin dejar esa vida, volvería a mi época. No tenía opción. Calculé que entre ese instante en el que estaba tumbado junto a ella y el momento en el que acepté el empleo, se interponían tres años y medio. Ahora cerraría los ojos, por delante me quedaban en total casi cuatro años en los que la mantendría en mi pensamiento y a diario recordaría aquellos ojos brillando mientras sonreía. Entonces sabría dónde encontrarla, para ella solo habrían pasado unas horas, en cambio, yo habría estado cerca de cuatro años esperando a volver a verla.
Cerré los ojos y me dormí a su lado.