I Torneo de minirelatos pacotero - Hilo serio (comentarios en el otro)

Semifinales H2

Capitán Hastings vs Mokuren con la condición “La historia sucede en un crucero de lujo y empieza cuando se da la noticia de que alguien muere".

Romper el hielo

El capitán Smith y el jefe de oficiales Wilde se agacharon junto al cadáver. Frente a ellos, el sobrecargo jefe McElroy los observaba con atención. Intentaba adivinar qué pasaba por sus cabezas. La mirada del capitán era insondable. Wilde, por su parte, parecía utilizar el poder de su mente para decirle al muerto que se levantase del suelo. El muerto no le hizo caso.

Después de unos instantes, McElroy intentó romper el hielo:

—Sería maravilloso contar con la ayuda de Holmes para resolver este misterio.

—¿Quién? —preguntó un desconcertado Smith.

—Ya sabe, Sherlock Holmes. El detective de las novelas.

McElroy sintió como los ojos de Wilde lo fulminaban. Carraspeó y se miró los pies, intentando soportar la vergüenza. El capitán, flemático, tomó la palabra:

—Analicemos la situación, caballeros. ¿Algún comentario, Wilde?

—Bien, parece evidente que la muerte no ha sido accidental. Uno puede tropezarse y clavarse su propio cuchillo una vez, pero no parece probable que ocurra diecisiete veces.

Los tres hombres miraron el pecho del muerto, que parecía un queso emmental.

—Correcto. Estamos de acuerdo en que se trata de un asesinato. McElroy, ¿quién más lo sabe?

—Solamente el chico asignado a la atención de la víctima. Había pagado mucho dinero por su dedicación exclusiva. El pasajero lo envió en busca de toallas calientes para asearse. Cuando regresó, encontró el cadáver. Y el asesino, claro.

—¿El asesino, qué?

—El asesino también lo sabe.

Silencio.

—De acuerdo, debemos evitar que el chico cuente lo ocurrido.

—Oh, no se preocupe, capitán. Le he dado un golpe en la cabeza, lo he atado y lo he encerrado en las carboneras.

—Ha actuado correctamente. ¿Qué sabemos de la víctima?

—Se trataba de un escocés llamado…

—¿Un escocés? —interrumpió Wilde—. Menos mal. Podría haber sido alguien importante.

—Es un alivio, desde luego. Wilde, prepare una lista con la identidad de todas las personas a bordo. Cuando estemos cerca de la costa, radiotelegrafiaremos a las autoridades explicándoles la situación. Subirán a bordo antes de que nadie desembarque y dejaremos el asunto en sus manos. Ordene que pongan los motores a toda máquina. Debemos llegar a Nueva York lo antes posible. El señor Ismay obtendrá los titulares de los periódicos que tanto desea.

—¿Y qué hacemos con el cuerpo? —preguntó McElroy.

—Lo dejaremos aquí. No podemos arriesgarnos a que alguien nos vea transportándolo por los pasillos. Ayúdenme a meterlo en la bañera, así quedará más escondido por si a alguien le da por abrir la puerta del camarote.

—¿Y el olor?

—¿Qué olor?

—El olor a muerto. Alguien podría olerlo desde el pasillo y descubrir el crimen.

—Tal vez podríamos traer algo de hielo de las cocinas y llenar la bañera —propuso Wilde.

—No me gusta la idea —dijo Smith—. Alguien tendría que dar alguna explicación. Prefiero que seamos más discretos.

Después de pensar un rato, McElroy expuso una idea:

—Es un plan muy sencillo. En esta zona del Atlántico hay icebergs, ¿verdad? Pues cuando divisemos uno pasamos junto a él de forma que casi lo rocemos. Cogemos una de las palas del carbón, la sacamos por el ojo de buey y la clavamos contra el iceberg. Con la velocidad irá raspando su superficie, hará de cuña y todo el hielo que se desprenda entrará hacia el camarote.

—Ese plan es una locu…

—¡Una genialidad! —interrumpió Wilde—. ¡Adelante!

Ante tal muestra de entusiasmo, el capitán no pudo negarse.

—Está bien. Murdoch es el oficial de guardia en el puente. Transmítale mis órdenes.

Aquella noche, el barco chocó de costado contra un iceberg, momento en que McElroy sacó la pala por la ventana. La intentó clavar en el hielo, pero salió despedida de sus manos.

—Creo que es momento de buscar otro plan.

Sin embargo, no hubo otro plan. Tuvieron otros asuntos más urgentes que atender. El choque contra el iceberg provocó una brecha en el casco del barco, hiriéndolo de muerte. El Titanic se hundiría en pocas horas. En el último momento, el capitán se reunió con McElroy:

—Ha sido un honor trabajar con usted. En cuanto al asunto de esta tarde… Veámoslo por el lado bueno. Ya no necesitamos a ese tal Sherwood.

—Sherlock.

—Eso he dicho.

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Semifinales H2

Capitán Hastings vs Mokuren con la condición “La historia sucede en un crucero de lujo y empieza cuando se da la noticia de que alguien muere".

Novia a la fuga
Camarote amplio y lujoso, repleto de muebles sobre los que reposan objetos variopintos. Hay muchas cajoneras bloqueadas con candados y cerraduras. En la mitad de la estancia, en el suelo, una cinta blanca marca la figura de un cuerpo. A su lado, una caja rodeada de dinamita con un cronómetro visible para el público que marca sesenta minutos. Entran cuatro mujeres, ataviadas con camisetas rosas que rezan «Novia a la fuga». Empiezan a fisgonear, pero son sorprendidas por la MEGAFONÍA.

MEGAFONÍA.—Sois tripulantes del Royal Caribbean, un crucero de lujo. Entráis en el camarote del capitán al escuchar un grito y os lo encontráis muerto, al lado de una bomba con temporizador. Tenéis que encontrar la manera de desactivarla antes de que explote. Recordad que podéis pedir pistas. ¡Buena suerte!
CARMEN.—Vale, chicas, vamos a organizarnos. Id diciendo lo que encontráis y lo ponemos encima de esta mesa.
IRIA.—¡Aquí hay una bomba!
LUCÍA.—Tía, es la que hay que desactivar para salir de la escape room.
IRIA.—¿Y cómo leñe se desactiva? Yo estudio ADE, no bombería.
ELENA.—Resolviendo intrincados acertijos. (Mirando hacia el público, dramáticamente). Manos a la obra, o todo el barco explotará.

(Suena una música ominosa).

LUCÍA.—Joder, pues ahora me apetecen bombones.

(Los personajes se mueven a cámara rápida, resolviendo los acertijos. La cuenta atrás disminuye rápidamente hasta marcar cuarenta minutos).

CARMEN. (Levantando los objetos de la mesa y enseñándolos).—Vale, tenemos una tarjeta llave, una nota en blanco, dos llaves sin usar, un mechero y un pañuelo.
IRIA.—El pañuelo es mío.

(CARMEN tira el pañuelo al suelo, con asco).

ELENA.—¿Probasteis bien las llaves? Quedan un montón de candados todavía.
LUCÍA.—Varias veces, y nada.
ELENA.—¿Segura? Con los botones de la pared dijiste lo mismo.
LUCÍA.—¡Claro que estoy segura!
ELENA.—Mira que si pruebo las llaves y abren…
IRIA. (Interrumpiendo).—Cortad el rollo, tías, que es la despedida de Carmen, vamos a pasarlo bien. (Acercándose a la mesa). ¡Ostia! Si esta es la llave de mi buzón.
CARMEN.—Te mato, tía. Te juro que te mato.

(Los personajes se mueven a cámara rápida, pero la mayor parte del tiempo deambulan por la habitación. La cuenta atrás marca veinte minutos).

CARMEN. (Mirando la bomba).—Joder, tías, ¿visteis qué hora es?
IRIA.—¿Hora de pedir una pista?
ELENA.—¡Nada de pistas! En una situación real no tendríamos ayuda.
CARMEN.—Pero esto es una escape room, esa bomba es de cartón y llevamos diez minutos buscando un maldito código. ¿De quién fue la idea de venir aquí?

(IRIA y LUCÍA miran a ELENA acusadoramente).

ELENA. (Visiblemente indignada).—¿Qué pasa? ¿No os lo estáis pasando bien?
LUCÍA.—Yo, la verdad, me muero de hambre.
CARMEN.—Cuando me dijisteis que mi despedida iba a ser en un crucero, no me esperaba esto.
ELENA.—Teníamos un presupuesto ajustado.
IRIA.—Pues yo me lo estoy pasando bien, vamos a seguir. (Alzando la voz y saludando hacia el público). ¡Eo! ¡Chico del escape room! ¡Danos una pista!
MEGAFONÍA.—Tenéis el código que buscáis desde antes de entrar en el camarote.

(Las cuatro rebuscan en sus bolsillos. IRIA saca un papel y se lo enseña al resto).

CARMEN.—¡El código! ¡Lo tenías tú!
IRIA.—¡Me acabo de acordar! Me lo dio el chico antes de entrar, pero pensé que era su número de teléfono.
MEGAFONÍA.—Nadie dice que no lo sea.

(IRIA sonríe pícaramente).

CARMEN.— Ya ligarás después. ¡Al lío!

(Los personajes vuelven a moverse a cámara rápida, resolviendo acertijos. La cuenta atrás marca cinco minutos).

ELENA. (Muy nerviosa).—Vale, sabemos que las instrucciones para desactivar la bomba están escritas con tinta invisible en esta nota. (Levanta una nota en blanco).
CARMEN. —¿Y cómo la revelamos? ¿Con calor?
LUCÍA. (Emocionada).—¡El mechero! (Coge un mechero de la mesa y lo enciende).
ELENA.—¡Rápido! ¡Quedan cinco minutos!

(ELENA acerca la nota al mechero. Está tan nerviosa que acaba prendiéndole fuego).

ELENA.—¡Mierda!
TODAS.—¡Fuego!

(Las chicas corren descontroladamente, gritando. El fuego se extiende por la sala. La puerta del camarote se abre y entra un chico con un extintor).

IRIA.—¡Ha funcionado! ¡La puerta se ha abierto!
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Final de consolación I1

Hairball vs Mokuren con la condición “Construid un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “El «Temerario» remolcado a su último atraque para el desguace” por J. M. W. Turner. No es necesario que vuestra historia haga referencia a lo descrito en el título, vuestro relato puede ser totalmente original y, simplemente, reflejar lo que se ve dentro del cuadro”.

Nuestras vidas son los ríos

Lector, escucha, presta atención. Tú eres una historia, un relato; como lo soy yo o como lo es tu vecino. Tú eres una presentación, con tu nudo y desenlace. Tú eres esa genial idea, esa brillante frase que se te ocurre un buen día y qué bonita historia sacarás de ahí. Tú eres eso, hijo de una magnifica propuesta. Eres ese fantástico mundo en el que las estaciones duran días y lo que acontece, o ese señor que al llegar a casa lo único que desea es sentarse ante su colección de recuerdos en forma de poemitas escritos sobre un grano de arroz y lo que sucede. Eres, soy, una perfecta presentación. Soy esa mujer que descubre que es un fantasma, ese gato que no puede morir; soy ese reino que extendió un mapa gigante sobre todo su territorio. Soy, eres, esa perfecta presentación.

Pero también eres, también soy, lo que luego acontece, lo que luego sucede. Eres, y soy, sí, ese nudo. Esa parte intermedia de la historia que quiere extender nuestra genialidad. Ese ejercicio terrible de devolver lo ideal a algo desarrollado. Somos —tú, yo, todos— ese mundo de estaciones que duran días en el que sus habitantes van a trabajar miserablemente al campo; el señor del arroz tratando de escribir algún recuerdo interesante en su granito; la mujer espectral que no sabe qué hacer con su ectoplasma. Ese gato que se mata y se mata pero no se muere. El rey del reino preguntándose qué hará con los fragmentos del mapa tras las lluvias de septiembre. Eres, soy, somos, ese puto nudo que lo rebaja todo a la mediocridad. Ese y ahora qué hago con lo que tan bien presenté.

Y sí, lector, lo sé. También eres, también soy, el desenlace. El fin, el punto final y el qué tal habrá quedado todo. Como ese mundo fantástico sin cosecha, que un martes que tocó invierno se cargó. Como el señor del arroz, escribiendo al final en su grano que ya no sabe qué recuerda, que lo olvidó. Como el espectro que se arrastra hasta la estación de bus, no fuera cosa que el siguiente colectivo se fuese para el Hades. Como el gato que tras mil muertes se atraganta con una sardina y se va con la señora del autobús. Como el rey del reino de grandes geógrafos recogiendo, solo y arruinado, los cientos de miles de pedacitos de papel. Tú, yo, nosotros, somos ese terrible desenlace, ese asesinato feroz a tu genial presentación.

Te digo, lector, que no seas tu historia, tu relato. Que te opongas, que nos opongamos. No dejemos arrastrar nuestra bella presentación por un mediocre nudo que nos lleva directamente a un terrible desenlace. No, escúchame bien, no permitas, ni se te ocurra, matar tu presentación. Escupe en mi título y sé el manantial, aléjate del rio. Nunca, nunca, seas el mar.

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Final de consolación I1

Hairball vs Mokuren con la condición “Construid un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “El «Temerario» remolcado a su último atraque para el desguace” por J. M. W. Turner. No es necesario que vuestra historia haga referencia a lo descrito en el título, vuestro relato puede ser totalmente original y, simplemente, reflejar lo que se ve dentro del cuadro”.

Solpor
La sirena del remolcador, que avisaba de la maniobra final de aproximación a puerto, sobresaltó a John. ¿Ya habían llegado? Se había quedado embobado, apoyado sobre la borda de popa, contemplando como el Temerario los seguía con solemnidad. La vibración de la máquina de vapor, combinada con la luz anaranjada del inminente anochecer y el golpeteo de las paletas, lo habían arrullado hasta el extremo de creer que se encontraba en un sueño. Pero aquel hedor tan propio del puerto, que despuntaba entre las notas acres del carbón, era inconfundible. Estaban llegando a su destino. John le echó un último vistazo al navío de línea de tres puentes antes de ponerse a trabajar, fijándose en los mástiles desnudos y las velas arriadas, en el mascarón de proa oxidado y en los marineros que contemplaban el puerto con unos ojos que habían visto más allá de cualquier costa. Sintió envidia al verlos, pensando que él jamás tendría la fortuna de servir en un navío tan majestuoso como aquel.
Uno de esos marineros miraba al remolcador con desprecio. No consideraba que el barco de vapor, achaparrado, humeante y ruidoso, fuese digno de guiar al Temerario . Pisaba un barco histórico, de tres cubiertas artilladas con noventa y ocho cañones, responsables en parte de la derrota de la flota hispano-francesa en Trafalgar. Él mismo había participado en aquella batalla en sus años mozos. Había olido la pólvora, la sangre y el miedo de sus propios camaradas. Había sentido la majestuosidad de encontrarse cara a cara con otro navío de línea. La adrenalina al ver los cañones del enemigo destellar, preparando el cuerpo para el estruendo y finalmente el impacto de las balas sobre cubierta. El júbilo al ver como sus cañones destrozaban el palo mayor del oponente, dejándolo ingobernable, a la deriva. La impaciencia de prepararse para el abordaje, y el sentimiento de honor, de victoria o muerte, al caer sobre la cubierta enemiga. ¿Qué honor había en barcos que ya humeaban antes de entrar en combate? ¿Qué sentido tenía utilizar el propio fuego, enemigo natural de un navío, en su propio beneficio? Barcos sin aparejo, sin mástiles imponentes, velas que ondean o jarcias donde colgarse. Funcionalidad sobre elegancia. El marinero agradecía que, con la retirada del Temerario , sus días embarcado también iban a terminar.
El capitán del Temerario observaba a su tripulación, apoyado sobre la cubierta del castillo de popa. Llevaba más de treinta años a bordo de ese navío. Conocía todos sus secretos, virtudes y vulnerabilidades. Y por ese mismo motivo, al contemplar el remolcador a vapor, sonreía. Se imaginaba un Temerario impulsado por aquellas máquinas. Un navío el doble de rápido, que no dependiese de los vientos ni las corrientes para desplazarse, sin mástiles ni velas vulnerables. Capaz de maniobrar ágilmente incluso entrando en batalla desde sotavento. Fantaseaba con toda una flota formada por esos barcos, con la hegemonía británica sobre los mares, y se permitía soñar con capitanear algún día el mayor de todos ellos. Pero detrás de toda esa ilusión, también sentía pena por el destino del Temerario tras su último viaje. La luz del crepúsculo lo bañaba, anunciando la noche venidera, donde él y muchos otros navíos de línea dormirían para siempre, dando el relevo a un mañana repleto de vapor humeante y negro carbón.
Y yo contemplo el cuadro de Turner mientras escribo este relato. Y evoca en mí la nostalgia de un final. Que nada dura eternamente, y el cambio es lo único inmutable. Yo no soy el mismo que cuando escribí mi primer relato en un torneo, ni tampoco lo es el navío donde ahora batallamos con nuestras noveles plumas afiladas. Y si bien creo que soy la mejor versión de mí mismo, curtida por los años, robusta y eficiente, a la luz de este anochecer no puedo evitar pensar en cuando fui un temerario. En mi primer torneo, cuando no tenía listón que mantener, cuando los versos fluían torpes pero líquidos por mi pluma, y las ideas de tinta llovían desordenadamente sobre el papel. La nostalgia de tiempos pasados es cautivadora y engañosa, mas no se debe olvidar que la criba del tiempo está sesgada y que la audacia no entiende de edad.
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Final I2

Diamondback vs Capitán Hastings con la condición “Construid un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “La dama de Shalott” de J.W. Waterhouse y está basado en el poema de Tennyson sobre una leyenda artúrica. No es necesario que vuestra historia haga referencia a ninguno de estos personajes o historias, ni que se mencione el nombre real del cuadro ni nada parecido a la realidad, vuestro relato puede ser totalmente original con personajes inventados ad-hoc y debe intentar reflejar lo que se ve dentro del cuadro".

Al principio de la eternidad

Se encuentra montada en la barca en la que ha estado siempre. Después de tantos años, por primera vez, se divisa tierra en el horizonte. Es fuerte, y no va a mirar atrás. Ni una sola vez. Teme perder el valor que ha reunido.
Puede decir que la vida la ha tratado bien. Su infancia, en el pueblo, fue feliz. Su juventud, en la ciudad, alocada. Sufrió decepciones y desengaños, como cualquier otra persona. Fueron situaciones que le ayudaron a curtirse, a ser capaz de afrontar aquello que viniese después.
Cuando era joven no pensaba en la corriente, en el flujo del agua constante e irrefrenable, siempre en el mismo sentido, recto hasta el final. ¿Y por qué habría de pensar en ello? La otra orilla se encontraba todavía fuera de su vista. Lejos, muy, muy lejos.
Las locuras de la juventud estuvieron, en un par de ocasiones, a punto de catapultarla directamente a tierra. Como aquella vez en que, borracha, acabó haciendo equilibrio sobre la barandilla de un balcón. Un cambio de última hora en el viento evitó una caída descontrolada. O aquella otra vez en que se durmió al volante durante unos segundos. El conductor que venía de frente había reventado un neumático y ya aminoraba la marcha. Ella, igual que cualquier otra persona, nunca lo supo.
Su barca continuó su curso siguiendo la corriente. La vida transcurría. Sentó la cabeza con Carlos y no tardaron en llegar las niñas. Al principio, tuvo dudas. A continuación, miedos. No acabó de creérselo hasta que pudo sostener a la primera entre sus brazos. Un par de años después llegó la segunda. Fueron años muy felices, probablemente la mejor etapa de su vida. Siempre recuerda con una sonrisa los momentos vividos junto a Carlos, aunque al final aquello no acabase bien.
Puede sentir muy cerca a sus hijas, navegando a su lado, pero no puede verlas. La conexión es fuerte, pero de todas maneras, cada uno surca las aguas solo. Por suerte, las riberas de sus hijas se encuentran todavía muy lejanas. En sus horizontes solo no se ve más que cielo. Eso la llena de paz.
La mayor está embarazada. Puede sentir como el niño crece en su interior. Puede sentir como otra barca está a punto de comenzar su travesía. Le habría encantado conocer a su nieto. Durante los últimos años había deseado ser abuela. Pero eso ya no será posible, pues está llegando a la orilla.
Sus últimos años fueron distintos. Conoció a Jaime, que le curó el corazón y le hizo recuperar la ilusión. Era un tipo excelente y se sentía muy querida, pero la corriente es inexorable y no sabe de sentimientos. A Jaime le tocó irse demasiado pronto. Su barca ya había llegado a su orilla. Fue en ese momento cuando decidió renunciar voluntariamente al amor.
La muerte de su hermano se llevó un trozo de sí misma. Él, que siempre fue su principal apoyo, su refugio en los malos momentos. Perderlo fue como perderse. Tuvo que volver a aprender a caminar sin su apoyo, sin su bastón.
Al final llegó la enfermedad. Aquella que le restó parte de su tiempo. Aquella que hizo aparecer tierra firme frente a su barca. No se plantea si es justa o injusta. Ya no. A estas alturas ha aprendido a aceptar las vicisitudes de la vida. Se encuentra preparada.
La barca avanza unos metros más y encalla en la arena. Mira hacia los lados, pero ya no siente la presencia de sus hijas. En el último momento, en el momento final, todos estamos solos. Pero no va a pensar más en ello, pues ya ha llegado a tierra. Se pone en pie, preparada para desembarcar. Dar ese último paso hacia el todo o hacia la nada del que ya forman parte sus ancestros. Volver a reunirse con sus padres y con su hermano. Pisa la arena y toda una vida se desvanece, al principio de la eternidad.
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Final I2

Diamondback vs Capitán Hastings con la condición “Construid un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “La dama de Shalott” de J.W. Waterhouse y está basado en el poema de Tennyson sobre una leyenda artúrica. No es necesario que vuestra historia haga referencia a ninguno de estos personajes o historias, ni que se mencione el nombre real del cuadro ni nada parecido a la realidad, vuestro relato puede ser totalmente original con personajes inventados ad-hoc y debe intentar reflejar lo que se ve dentro del cuadro".

El plan y el patriota

Me duele mi Inglaterra. Me duele mi Gran Bretaña. Cada vez que veo la BBC , cada vez que leo el Times , mi corazón se encoge un poco más, como si la mano de la realidad cerrase su puño de acero sobre él. La sangre de Wallace, Churchill, Isabel I, Pendragon, Shakespeare, Nelson y tantos otros británicos inmortales, se diluye como un azucarillo en el té de las cinco. Poco queda ya de ellos en una sociedad abandonada a la molicie y la barbarie, al conformismo y la simpleza. Rechazamos a romanos y vikingos, conquistamos medio mundo, derrotamos a españoles, franceses y alemanes, pero ahora languidecemos bajo el nefasto liderazgo de mediocres Primeros Ministros y de la Reina, esa cotorra insufrible que parece inmortal.

Por todo ello me hallo en este lugar inhóspito y aislado, tratando de llevar a buen término un plan loco y desesperado para devolver al Reino Unido su antigua gloria. Un plan que me vino inspirado por una visita a la Tate Britain y la contemplación de un cuadro, la dama de Shalott . Y en Shalott estoy, a orillas del lago que rodea su isla; isla que aún no he logrado siquiera vislumbrar en los tres días que llevo aquí acampado, ya que una persistente niebla cubre el lugar, como si las aguas fuesen termales. Para mi desgracia no lo son: el frío y la humedad del ambiente calan en mis huesos hasta el tuétano. La campiña inglesa es preciosa en noviembre, pero no es el más cálido de los lugares.

Sentado a la vera de una hoguera, temblando pese a estar envuelto en varias capas de ropa térmica y una manta, sigo esperando. Y mi vigilia parece que va a ser al fin recompensada. Un tenue brillo blanquecino se filtra a través de la bruma, como luminosos dedos que apartasen unos vaporosos cortinajes. Y allí, fuente de esa luz, emergiendo de la niebla, está ella. La Dama . Sentada sobre su bote, avanzando lentamente sobre las tranquilas aguas. La palidez de su piel rivalizando con la blancura de sus prendas. Su serena belleza, sólo truncada por la infinita nostalgia que anida en sus ojos oscuros. Y con una voz dulce pero antigua, como si me llegase a través de los siglos, se dirige a mí.

—¿Qué deseáis de mí, mortal? Pues no albergo dudas de que vuestra insistente presencia en mis dominios no es casual, y alberga intenciones para con mi persona.

Aturdido por su aparición, me rehago torpemente y me postro de rodillas ante ella, intentando contener el temblor de mi voz.

—¡Oh, poderosa dama! ¡Oh, protectora de Britania! Únicamente soy un patriota, desengañado por el devenir de nuestra nación. Antaño fuimos grandes entre los grandes, ahora no somos sino una sombra de nuestra pasada gloria. Nos marchitamos bajo el liderazgo de hombres y mujeres blandos e ineptos, que han modelado una sociedad a su imagen y semejanza. Me humillo ante vos para pedir vuestra bendición, para que me juzguéis digno de blandir la espada que me hará rey. ¡Dadme Excalibur , y devolveré al Reino Unido a su antigua gloria!

La dama me observa con expresión severa, aunque parece levemente divertida.

—Mi buen señor, temo no poder acceder a vuestro ruego, por dos simples motivos. Primeramente os digo que, tan enamorado de vuestra patria como proclamáis estar, deberíais ser mejor conocedor de sus historia y leyendas: habéis confundido doncellas, lagos, y su relación con las crónicas de Arturo Pendragon. La espada legendaria no la custodio yo, sino Nimue, la Dama del Lago, quien reside a muchas leguas de aquí, en las fronteras de la mítica Ávalon. No, no os diré su actual emplazamiento.

»En segundo lugar, Carlos, Príncipe de Gales… Sí, conozco vuestra identidad, por supuesto; no olvidéis que soy un ser de naturaleza mágica. En segundo lugar, decía, Excalibur ya tiene quien la blanda: Nimue se la concedió a vuestra madre Isabel décadas atrás, cuando aún no había cumplido siquiera treinta primaveras. ¿De dónde pensáis que provienen su longevidad y vitalidad? Paréceme que, al contrario de lo que pensáis, Britania ya ha elegido a la reina que quiere tener.

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@Isolee, cambia el título, que ya se nos ha cerrado el otro hilo por culpa de Uzu e hilolux. ;DD

Au contraire, tenemos un hilo nuevo generado automáticamente.

Yo prefiero al cointreau. :]] Pues bueno, entonces seguimos en el otro. Circulen, circulen, aquí no ha pasado nada.

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Felicidades Isolee!!! :partying_face:

Hay que inaugurar este nuevo hilo de desbarres con cumpleaños. Muy bien, así me gusta Isolee, maestro de ceremonias hasta para eso

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Gracias, amiga mía, pero este hilo no es el nuevo, es el viejo para relatos :laughing:

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Es el viejo hilo pero nuevo para los desbarres de Null e Eileen :grin:

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Felicidades @Isolee!!

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felicitaciones, @Isolee, su tarta:

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