I Torneo de minirelatos pacotero - Hilo serio (comentarios en el otro)

1/4 de Final G1

Diamondback vs Amante Rechoncho con la condición “El escrito debe representar un libelo infamatorio del personaje principal hacia otro personaje, grupo o asociación".

Don Currito Mediocre

Un día más a la oficina. Miras en el móvil qué día es. Jueves. Ya queda poco para el finde, piensas con forzado optimismo. Coges el autobús, otra vez no hay asiento. Te bajas para coger un segundo autobús. Dejas pasar uno, el conductor te indica que va muy lleno. Te subes al segundo. “¡Qué suerte!”, piensas mientras llevas la mejilla apretada contra el cristal. Saludas como un autómata al llegar a la oficina. La mitad no te caen bien, pero saludas igual, que uno es educado. Te acercas a tu asiento interrumpiendo el cuchicheo de tus dos compañeras. Hablan sobre un nuevo programa de cantantes que vieron anoche. Comienzas con tu lista de tareas irrelevantes. Empiezas con las más urgentes, hoy no estás de humor para gritos. Te cuesta concentrarte. Miras al fondo buscando una mirada cómplice. Te faltaba el café, como le indicas a tu compañero. Él está indignado con la pedorra de logística. No la conoces, pero coincides en que es una pedorra. Te acabas el pozo de alquitrán con regusto a quemado mientras te disculpas por no tener efectivo. Es el tercero que no pagas esta semana. Hoy pasas por el cajero sin falta.

El café ha hecho efecto. Corres con urgencia, pero en tu planta no hay sitio. Subes una planta y te encuentras la mirada asesina de la limpiadora. Al fin encuentras un baño libre. Huele mal y está sucio, así que haces una camita protectora con papel higiénico, que ante todo hay que ser limpio. Sueltas tus nervios mezclados con la desastrosa pizza precocinada de la cena de la noche anterior. Ahora ya estás listo para trabajar. La tarea que no entiendes la aplazas, a ti nadie te ha explicado eso. Además, no es tu trabajo. Terminas con orgullo las demás tareas prioritarias y se lo comentas a tu compañera. Las revisa con mirada cansada. Te felicita, aunque te indica que mejor lo retoca ella para que quede perfecto. Te parece bien, a ella se le dan mejor esas cosas. Te tomas una pausa, a ver qué noticias hay. Tu compañera vuelve con tu jefe, os felicita a ambos y os pide que continuéis. Revisas la tarea, no se parece mucho a lo que habías hecho tú, pero da igual, el jefe está contento.

Se acercan los compañeros de departamento, ya es la una. Comes con ansia los macarrones recalentados. Hablan de una serie nueva de Netflix, una sobre drogas. Te la apuntas, ya tienes plan para el domingo. Te preguntan por tu plan de finde, dices que tienes un viaje por confirmar, aunque en realidad lo único confirmado es la cerveza del viernes en el bar de Paco, con Juanillo. Antes venían los demás, pero están amariconados con sus novias. “Ellos se lo pierden”, piensas. La compañera que te gusta le enseña a la arpía de inspección sus nuevas fotos. Sale ella en una discoteca con sus amigas, van disfrazadas de diablesas. Está contenta, ya tiene doscientos followers . Tú sólo tienes veinte, no entiendes por qué, si subes fotos cojonudas. La arpía te pide cinco euros para la rifa del cole de la niña. Lo sientes mucho, pero no llevas suelto. Esquivas su mirada de furia y vuelves a tu silla.

Últimas horas del día, las pasas mirando Forocoches, que con la tripa llena cuesta concentrarse. Empiezas a recoger, que sólo quedan cinco minutos para irse. Tu jefe te ve y te hace una señal. No has entregado las ofertas de compra. Le dices que no sabes hacerlas, no es tu tarea. Comienza a gritarte. Por lo visto ya te había explicado el mes pasado cómo hacerlo. Te dice que no te vas hasta que lo acabes. Otro día que no llegas a ver el fútbol. Te quejas de que no paguen las horas extra, te sientes esclavizado. El mes que viene lo dejas y buscas otra cosa, que ya tienes bastante experiencia y título universitario.

Vuelves a casa, ya de noche. Ves el resumen del partido mientras cenas la tortilla que ha hecho tu madre. Querías albóndigas, pero te conformas. Te vas a tu cuarto. Te acuestas, demasiado cansado para ver Netflix, aunque con optimismo, que mañana al fin es viernes.

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1/4 de Final G1

Diamondback vs Amante Rechoncho con la condición “El escrito debe representar un libelo infamatorio del personaje principal hacia otro personaje, grupo o asociación".

El yogur

—¿Podéis pausar el juego un momento, por favor?

Pedro, Luis y Antonio hicieron caso omiso al ruego de Fran y continuaron con su partida al PES 2020 .

—¡Pero pásamela, melón, que estoy solo!

—¿Qué dices, tío? ¡Mira qué jugadita!

—¡Que paréis el puto juego de una vez, hostias! —exclamó Fran con visible y creciente cabreo, mientras le quitaba el mando a Luis, el más cercano, y pulsaba el botón de pausa. Las quejas de los tres jóvenes no se hicieron esperar, aunque Fran las ignoró y siguió hablando—. A ver, ¿quién se ha comido mi yogur de piña?

—¿Qué?

—¿Estás de coña, Fran? ¿Nos cortas el partido por un puto yogur?

—Eh, Toni, a lo mejor es que tenía premio en la tapa. —Los tres compañeros de piso se rieron ante la ocurrencia de Pedro. A Fran no le hizo tanta gracia.

—Para eso tendría que haberlo abierto primero, listillo. No es por el puto yogur, joder, es por la falta de respeto. Y no es la primera vez que me pasa, ojo: la semana pasada alguno me cogió una cerveza.

—Ahora que lo dices, el otro día me faltaban un par de latas de Coca-Cola —dijo Pedro.

—A mí me desapareció un paquete de galletas a medias —expresó Antonio—. Y de las de chocolate.

—Pues… —dijo Luis— a mí me han robado los cascos del móvil.

—¡No jodas!

—¿Aquí, en casa?

—Creo que sí. No dije nada porque no estaba seguro de si los había perdido por la calle, pero juraría que anoche cuando llegué los tenía en el bolsillo del abrigo. Esta mañana no los he encontrado, ni en los bolsillos, ni en la mochila, ni revolviendo mi cuarto.

—Joder, esto ya es más serio que lo de mi yogur, que los auriculares son casi doscientos euros.

—Pues desde anoche no ha estado nadie en casa que no seamos nosotros cuatro —afirmó Antonio. Ninguno habló mientras se miraban unos a otros: todo indicaba que había un ladrón entre ellos.

—Joder…

—¡Qué mal rollo, tío!

—Bueno, enseguida saldremos de dudas.

—¿A qué te refieres, Fran? —preguntó Luis.

—Como digo, ya me habían volado varias cosas de la nevera, así que puse algunas trampas. Al yogur, por ejemplo, le inyecté laxante; y no creo que el que se lo ha comido tarde mucho en sentir los efectos.

—¡Venga ya! ¿Lo dices en serio? —La cara de incredulidad de Pedro era reflejo de las de Luis y Antonio.

—Totalmente. Así que vamos a quedarnos todos aquí sentaditos, a ver qué pasa — y se acomodó en el sillón contiguo al sofá en el que estaban los otros tres. El silencio era sepulcral.

No transcurrió mucho tiempo hasta que Pedro empezó a ponerse pálido, a la vez que gotitas de sudor se acumulaban en su frente. Antonio fue el primero en darse cuenta.

—¿Pedro, te encuentras bien?

—Yo… ¡Sí, perfectamente! —El sonido que brotó de sus tripas, unido a la mueca de dolor que le produjo el retortijón que lo siguió, desmentía sus palabras entrecortadas—. ¡Tíos, de verdad que yo no me he comido ese puto yogur! ¡Si ni siquiera me gustan los de piña! —exclamó mientras se levantaba y corría hacia el baño. El portazo que dio fue pronto empequeñecido por los ruidos que sonaron a continuación.

—Parece que ya tenemos al ladrón de comida. Y seguramente, también al que te robó los cascos, Luis.

—¿Tú crees, Fran? ¡Joder, qué fuerte!

—Creo que esos gritos de sufrimiento que vienen del baño hablan por sí solos. Y antes de que se fuese Vicen y viniese Pedro a vivir aquí nunca nos había desaparecido nada.

—¡Qué hijo de puta! ¡Lo quiero fuera de casa mañana mismo! —los otros dos estuvieron de acuerdo—. Voy a ver si encuentro mis cascos en su cuarto. Toni, échame una mano.

Fran, ya solo en el salón, sonrió pensando en que al fin se libraría de Pedro, al que no soportaba, y en los noventa euros que había sacado por los cascos de Luis. El laxante que había echado a escondidas en la cena de Pedro había funcionado a la perfección. Cogió un mando y se dispuso a echar un partido.

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1/4 de Final G4

Covid69 vs Mokuren con la condición “El relato debe representar a un personaje que cree ser quien no es por haberse creído sus propias mentiras".

Viento de otoño
La mañana todavía remoloneaba en su lecho, tiñendo el firmamento de Salamanca de un degradado añil salpicado de estrellas trasnochadoras. En una calle residencial de las afueras, en la que solo se escuchaba el murmullo del viento al remover las caídas hojas del otoño, un hombre barría con parsimonia mientras silbaba una melodía suave, pero alegre. A Elías siempre le gustaba comenzar su jornada laboral limpiando aquella vía de los arrabales. Saboreaba cada instante de sosiego antes de que los salmantinos saliesen de sus madrigueras en búsqueda de ocio, conocimiento o sustento. Detestaba trabajar sumergido en el gentío, que marchaba a un ritmo al que nunca se había acostumbrado. Pese a que realmente disfrutaba de su cometido y se enorgullecía al ver una calle limpia, tras un par de choques con ciudadanos apresurados se sorprendía a sí mismo recreándose en su futuro y bien merecido retiro. El dolor de espalda, resultado de aquel resbalón en la ducha, nunca remitía del todo y le impedía descansar. Tan solo la serenidad que le producía aquella solitaria calle residencial al albor de un nuevo día le daba ánimos para continuar su labor cívica jornada tras jornada. Aquella mañana, sin embargo, Elías tenía compañía.
Al acercarse a barrer una parada de autobús, Elías descubrió que había una mujer sentada en ella. Su aspecto, iluminado por la anaranjada luz de las farolas, era muy desaliñado, y en su rostro podía adivinarse su tristeza. Sus miradas se cruzaron, y Elías no pudo evitar sentir un escalofrío en todo su ser.
—Buenos días —saludó el barrendero, en tono cortés y sin dejar de barrer.
La mujer no respondió, pero clavó sus ojos en Elías con una intensidad que rayaba la insolencia.
—¿Espera usted el bus, señorita? —se atrevió a preguntar—. Faltan un par de horas hasta que pase el primero.
—Hace ya mucho tiempo que espero —respondió la mujer, con voz fría—. Han debido de olvidarse de mí.
—¿Perdone?
—A estas alturas ya no me importa el destino, tan solo quiero descansar.
Elías dejó de barrer, apoyó la escoba en la marquesina y se sentó junto a la mujer.
—¿Está usted bien, señorita?
—¿Cómo quieres que esté bien? Estoy muerta y, sin embargo, no abandono el mundo de los vivos.
Elías no podía dar crédito a lo que acababa de escuchar.
—¿Perdone?
—Han pasado ya tres meses desde el accidente. He vagado por Salamanca desde entonces, buscando la razón que me ata a esta ciudad, pero temo no encontrarla nunca.
El canto de un petirrojo rompió el silencio de la mañana.
—¿Me está diciendo que es usted un fantasma?
—Claro, hombre. —La mujer sonrió ampliamente—. Igual que tú.
—¡No diga chorradas! Estoy muy vivo, al igual que usted.
—Si estuvieses vivo no podrías verme, al igual que nadie puede verte a ti.
Elías soltó una carcajada nerviosa.
—Nadie mira a los barrenderos, les recordamos a lo bajo que pueden llegar a caer. —Elías no pudo evitar recordar al gentío pasando a través de él y pisando sus montones de hojas—. No nos valoran lo suficiente, pero no somos fantasmas.
La mujer sonrió, y Elías sintió un inquietante escalofrío.
—¡Qué raro eres! Me llamo Ariadna.
—Elías.
—¿Cómo moriste, Elías?
—Le repito que no estoy muerto. El dolor de espalda me lo recuerda cada día.
—Los fantasmas también sentimos dolor. —Ariadna se frotó el brazo en un acto reflejo—. Nunca te acostumbras.
Elías hizo ademán de levantarse.
—Esta conversación ya me está dando repelús. Voy a seguir con mi trabajo. ¡Buenos días!
Ariadna posó su mano sobre el hombro del barrendero para detenerlo. Elías dio un respingo, muy sorprendido.
—No te vayas, Elías. Me siento muy sola.
—Lo siento.
El barrendero se levantó, recogió su escoba y siguió barriendo la calle. ¿Un fantasma? ¡Qué tontería! Aquella mujer le había estropeado el mejor momento del día con sus locuras. Pensó en su retiro. ¿Cuánto tiempo llevaba ya barriendo las calles de Salamanca? Demasiado. Estaba muy cansado. Volvió a silbar, pero esta vez una melodía triste. La mujer, sentada en la parada, sollozaba, esperando a ser recogida. En aquella calle residencial tan solo se escuchaba el murmullo del viento al remover las caídas hojas del otoño.
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1/4 de Final G4

Covid69 vs Mokuren con la condición “El relato debe representar a un personaje que cree ser quien no es por haberse creído sus propias mentiras".

Lo que le pasó a Fernando el día que dejó la Fórmula 1

Mont-sur-Rolle, Suiza, 27 de noviembre de 2018
—¿Cómo me ha dicho que se llama?
—Fernando. Alonso.
El doctor Schmid tecleó de nuevo y negó con la cabeza mientras consultaba la pantalla de su ordenador.
—No me aparece su ficha.
—Puede ser —contestó Fernando—. Suelo tirar del médico que pone la escudería en todos los desplazamientos y la verdad es que aquí en casa no recuerdo la última vez que tuve que venir al hospital.
—¿Y qué es lo que le sucede?
—Tengo un dolor punzante en las cervicales y mareos que van y vienen.
—¿A qué se dedica, señor Alonso?
Fernando miró a su interlocutor con un gesto de incredulidad.
—Soy piloto… —contestó, algo molesto por no haber sido reconocido—. De Fórmula 1.
—Entiendo. Por eso el mono. —El doctor Schmid señaló con pereza la indumentaria de Fernando y respondió a la incredulidad del piloto con una mirada de escepticismo.
—Estaba en una pequeña exhibición cerca de aquí. He empezado a notar los pinchazos estando al volante. No le he dado más importancia pero mi amigo y representante me ha hecho venir aquí a toda prisa.
—Ya veo. Pues bájese la parte superior un poco para que pueda explorarle, por favor.
El médico le dirigió hacia una camilla cercana a su escritorio.
—¿Lleva mucho en eso de la Fórmula 1? —preguntó Schmid mientras palpaba el enorme cuello de Fernando.
—Pues la verdad es que sí llevo bastante compitiendo. De hecho, el pasado domingo fue mi última carrera: me retiro.
—Difícil decisión, ¿no? Pero creo que su cuello lo agradecerá.
Los dos hombres volvieron a sentarse tras la exploración. En ese momento, el teléfono del médico comenzó a sonar. El facultativo echó un vistazo a la pantalla del aparato. No tenía costumbre de coger el teléfono mientras se encontraba pasando consulta a un paciente, pero la extensión con la que estaba recibiendo la llamada significaba un asunto urgente. Se disculpó con Fernando antes de descolgar y contestar la llamada:
—Doctor Schmid.
Disculpe que le moleste —contestó una voz al otro lado del teléfono—. Estamos llamando desde Seguridad a todas las consultas para que estén atentos a un paciente que se ha escapado del ala de psiquiatría hace aproximadamente media hora.
—Entendido. Muchas gracias.
El médico colgó, lanzó una sonrisa a Fernando y volvió a disculparse. Éste asintió con cuidado para no hacerse más daño.
—¿Y bien? —preguntó el piloto—. ¿Qué me dice de este dolor y de los mareos?
—Seguramente sea sólo un pinzamiento, pero debido a su profesión puede tratarse de otra lesión. Y, como puede ver, no soy ningún experto en deportes de motor, así que le voy a hacer una prueba para descartar cualquier otro problema.
—Muy bien. ¿Para cuándo sería? Tengo pensado volver a Oviedo en breve, ahora que la temporada ha acabado.
—No, no, señor Alonso. No voy a hacerle volver otro día. Seguro que tiene usted muchísimos compromisos. Debe ser una locura llevar esa vida. —El médico rio y se levantó, guiando a Fernando hacia la puerta—. Por favor, acompáñeme. No tardaremos nada.
Los dos hombres salieron de la consulta y enfilaron un largo pasillo hasta uno de los ascensores. Algunos pacientes y trabajadores del hospital se les quedaron mirando, extrañados por ver a un médico acompañado de un hombre vestido con un mono de carreras. Continuaron su recorrido por otra de las plantas del hospital. Fernando siguió al doctor Schmid con escaso interés a lo que pasaba a su alrededor; estaba acostumbrado a que le miraran allá por donde pasara. Finalmente, atravesaron unas puertas metálicas y se acercaron a una mesa donde había dos enfermeras tras un mostrador.
—¡¿Otra vez, Kian?! —increpó una de las enfermeras—. ¿Qué haces vestido así?
—Anda, quítate eso. —La segunda enfermera miró la chapita enganchada a la prenda—. Lena, llama al doctor Schmid: hay que devolverle su bata.
—Vamos, Kian, vuelve a tu habitación y deja de molestar a este señ…
Las dos enfermeras se quedaron boquiabiertas y exclamaron a la vez:
—¡Fernando Alonso!
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Fuera de Concurso

Hola, Bruce, o debería llamarte… “ Brucey ”:

No suelo ser muy dado a escribir cartas, de hecho y como bien sabes, soy mas dado a tirártelas a la cara que a escribirlas, pero bueno, para todo debe de haber un comienzo, ¿No? A fin de cuentas, en Arkham siempre les gusta que mantengamos comunicación con el exterior, siempre y cuando sea para “ayudarnos a volver a ser personas”.

Tiene gracia, ¿Sabes? “Volver a ser personas”. Tú ya no has vuelto a ser persona desde ese día donde tú, con tus padres, salisteis de ese cine tras ver una película insulsa, a mi parecer… pero eso no es lo que toca: ese día tú perdiste tu infancia cuando viste morir a tus padres a manos de ese putrefacto Joe Chill. Se está muriendo, tiene cáncer, así que… bueno, digamos que su mal acción ya tiene su consecuencia.

¿Y yo? Yo ya no volví a ser el mismo desde que me puse esa horrorosa capucha roja que uno de tus hijastros lleva, quien sabe si en mi honor. Un hijastro al cual no se le da bien morir, ya que le golpeé bien fuerte en aquel lugar de África hasta matarlo con esa palanca, pero pasado un tiempo vi una Capucha Roja por las calles de la ciudad y moviendo algunos hilos, supe quien llevaba la capucha. Debo admitir que me llevé una sorpresa al descubrir su identidad… y que le gustase disparar primero y preguntar después, ya que a ti no te gustan las pistolas, ¿No es así, “ Brucey ”?

Imagino que te habrás sorprendido aún mas al descubrir que todo este tiempo, todos estos años en los cuales bailábamos a la luz de la luna, solos o con batcompañía… yo era parte de algo mas grande que la vida, un engranaje de una retorcida maquinaria en la cual yo era uno de tres, uno de tres Jokers que lo pasábamos bien planeando cosas a cual mas retorcida, perturbada y brillante, para mantenerte ocupado, entretenido, evitando que supieras la verdad sobre el Príncipe Payaso del Crimen o, como dijeron alguna vez, “La Broma Asesina”.

Ah, todavía recuerdo de lo que hice a esa hija de papá, esa pelirroja cuyo nombre y apellido conocemos tú y yo bien, muuuy bien. ¿Sabes lo mejor? Sacarla fotos mientras la violaba, tumbada en el suelo ensangrentado por el disparo que la dejó inválida: esa cara, esos gemidos… puro arte incomprendido. ¡La cara de su padre era todo un cuadro digno de ser pintado cuando vio todas esas fotografías sobre su hija! Bárbara, mi tierna Bárbara… al final supo recuperarse, ser fuerte. Cosa de familia, supongo.

Por cierto, debo decirte que lamento profundamente la muerte de tu mayordomo: ahora debe ser muy duro limpiar esa mansión que usas como fachada para tu verdadera labor, esa que tú y yo conocemos, ¿Verdad? Tú te vistes de murciélago, yo peleo contra ti… no es un mundo perfecto, pero yo no podría vivir en un mundo perfecto: nadie nos necesitaría en un mundo perfecto, lo sabes también como yo, solo que yo lo se y tú te resignas a aceptarlo. ¿Crees que vivirás para siempre? Puede que tu vástago, Damián, lleve tu capa, pero yo seré eterno, ya sabes por que, ¿No?

Por sus obras lo conoceréis

Tuyo, atentamente, y con una eterna sonrisa en mi cara:

J .

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Fuera de Concurso

Basado en hechos reales, por Anya Rechoncha

—Hola, Maite.

—Pasa, pasa. ¿Qué tal?

—Pues acalorado del paseíto al sol.

—Bueno, ya deberías estar acostumbrado. ¿Un vaso de agua?

—Con hielo. Gracias. ¿Un vaso de tubo?

—Los demás están sucios. Imagina que es ginebra. No, no hagas eso.

—¿El qué?

—Jugar con el vaso.

—Solo estoy limpiando la condensación. ¿Qué pasa?

—Parece lo que parece. Para.

—¿En serio? Joder, sí que vas salida.

—Ya lo sabes, te lo comenté ayer. ¡Que pares!

—O… ¿qué?

Ella se levantó del sofá, dándose la vuelta. Él no se lo pensó demasiado tras todas las vacaciones de verano a pico y pala: fue tras ella, la agarró, la giró y la besó.

Maite reaccionó bien, le devolvió el beso y le cogió del pelo. Él aprovechó que ella era bajita para cogerla del culo y levantarla, haciendo que sus piernas le rodearan. Del movimiento, se acercó medio tambaleando a la pared. Con la espalda contra el muro, se volvió loca y se le escapó un jadeo.

No pudo aguantar mucho más y pidió bajar. Le sentó en el sofá y se arrodilló. Mientras le desabrochaba el cinturón, él intentó decirle que parara, que estaba sudado del paseo; pero en cuanto se la metió en la boca lo único que pudo hacer fue intentar no gritar.

Cuando notó que estaba a punto de acabar, paró, se levantó, se desnudó de cintura para abajo y se puso de pie en el sofá. Con una mano apoyada en el respaldo y la otra en la cabeza de su extasiado compañero, apoyó su entrepierna a la altura de su boca. No ser alta tiene sus ventajas.

Aunque era su primera partida, conocía las normas del juego, por lo que la chica, jugadora experimentada, no tuvo que guiarlo demasiado. De abajo arriba repetidamente; quedarse un rato arriba jugueteando; volver a lamer de abajo arriba unas cuantas veces; meter la lengua abajo todo lo que dé de sí; repetir todo el ciclo aumentando intensidad y adaptando los tiempos a la intensidad de las respuestas sonoras; importante agarrar del culo durante todo el proceso.

Aún sorprendida por que no se le diera del todo mal, decidió que necesitaba sentirle dentro. Se bajó de su cara, se quitó la ropa que le quedaba, se acercó a la parte larga del chaise longue y le pidió el condón que sabía que guardaba en su cartera para ella. Mientras él se desnudaba y lo preparaba, ella entró en bitilasana y se preparó para recibirle.

Sacando partido de todo el entrenamiento para ponerse un preservativo, él no tardó en estar listo. Se acercó por detrás y empezó a meterse poco a poco, no queriendo hacerle daño. Ella no estaba para esas tonterías, así que movió el culo hacia atrás. A él se le escapó un jadeo, mitad de la sorpresa, mitad del placer. Maite sonrió y empezó a balancearse. Él intentó cogerla del pelo, pero la postura para poder hacerlo era incómoda, así que volvió a erguirse y la agarró por la cintura. Mucho mejor, conseguía un buen impulso.

A ella ya la estaban escuchando los vecinos, pero a él no le acababa de convencer. Al fin y al cabo, siempre fue más de tetas que de culos. Por lo que pidió un cambio, y aunque Maite protestó, acabó montándole, que tampoco estaba mal.

Ah, esto sí le gustaba. Ella se ocupaba del ritmo y él de jugar con sus pechos. Desde aquí podía lamer su arrugada areola y mordisquear un duro pezón. Casualmente, eso también puso a mil a la amazona, que aceleró todo lo que podía en su cabalgata mientras se inclinaba hacia adelante, con los ojos cerrados, haciendo que los vecinos se enteraran de que estaba por correrse.

Y se corrió, durante un prolongado minuto de placer en el que no paró de gritar o moverse, apretando todo lo que le daban sus temblorosas piernas. Eso no pudo soportarlo él, aunque lo intentó, así que la acompañó al final de ese eterno, ruidoso y delicioso minuto.

Sudando, acalorados, con la respiración entrecortada, y sufriendo pequeñas réplicas de sus orgasmos, se miraron. Y sonrieron.

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—Ya lo sabes, te lo comenté ayer. ¡Que pares!

—Vale. Perdona. ¿Qué hay en la tele?

Condición

Un relato erótico

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Semifinales H1

Diamondback vs Hairball con la condición “El personaje protagonista hace de niñero/niñera en casa ajena y lo que acontece allí".

El fin del azúcar

La habitación está hecha un desastre. Una auténtica pocilga. Hay calcetines ennegrecidos colgando de las estanterías. Ropa sucia por todas partes. Decenas de latas vacías de bebidas saturadas de taurina encima de la mesa. Una capa de polvo de demasiado grosor. Envases de patatillas por el suelo. Platos manchados por los restos de alguna lasaña apilados en la mesita de noche. Y el gordo ahí sentado en su sillón, varado como una ballena moribunda, mirando fijamente su monitor.

—Que deberíamos limpiar tu habitación. —El inútil no me oye. Lleva puestos unos auriculares. Me acerco un poco más, esquivando su porquería. —Que tenemos que limpiar tu habitación, Iker.

El cerdo se sobresalta. El cabrón ni se había percatado de mi presencia. Hacía mucho tiempo que no me pasaba. Se gira y me mira a través de esos dos ojos enterrados en dos ojeras como dos papadas.

—¿Cómo? —me dice.

—Pues que hay que limpiar esto. Y si quieres, luego, en acabar, podemos jugar a algo o preparar la cenita.

El niño sigue sorprendido, desconcertado, como si le hubiera dado algo a la patata. ¿Limpiar?, debe pensar. Sí, joder, limpiar. Qué coño te crees, que puedes vivir así. Que tengas el cuerpo de un tocino no implica que debas vivir como él.

—Claro, Iker, hay que dejar tu habitación arregladita. Así, cuando vengan tus papás, estarán satisfechos de ti. Y además, tú te sentirás más realizado.

—Es que no me gusta limpiar. —Vaya, ¿en serio? ¿Qué más no te gusta? ¿Salir a la calle?— I mamá dice que lo que no me guste que no lo haga, que no es bueno para la salud. —Claro, porque el jodido paquete de donuts que te acabas de tragar es omega tres.

—Podemos hacer una cosa. Verás, todo trabajo tiene algo divertido. Y si encuentras ese algo, en un instante se convierte en un juego. —Chasqueo los dedos y otra vez canalizo las putas energías ancestrales como llevo haciéndolo cientos de años. Redirijo esas energías hacia las animas de los objetos de mi alrededor, despertándolas, devolviéndolas a la vida. Y así, de repente, suena la maldita melodía pegadiza de siempre e inunda con sus insoportables tonos el espacio de la habitación. Empiezo a cantar—: Con un poco de azúcar la píldora que te dan, la píldora que te dan, pasará mejor…

El gordo, mientras tanto, lo flipa. El hijo de puta se ha quedado con una boca tan abierta que ni esa vez que se zampó la familiar del telepi de una tajada. No entiende nada, ni por qué yo canto ni por qué una retahíla de calcetines se está dirigiendo como veinte patitos en fila hacia el cesto de la colada.

—Con un poco de azúcar la píldora que te dan, satisfecho tomarás.

Unos gayumbos se están metiendo en el armario. Los platos sucios se piran para la cocina. La papelera, mientras, se va tragando toda la inmundicia que encuentra. Y el niño, el maldito niño, no pilla el mensaje. ¡Que te levantes y limpies!

—Y así, así; igual, igual, alegra el trabajar… —Acabo la canción. La habitación ha quedado como nueva. El cerdo ni se ha movido, ni ha chasqueado sus dedos, ni nada. Le habrá dado un ictus, qué sé yo.

—Eh… —dice—. Voy a seguir farmeando gold que me hace falta para la raid .

Ya está. Así ha reaccionado la bola ésta. Ni caso me ha hecho. Bueno, sí, algo de sorpresa, cuando parecía que le iba a reventar el corazón del susto. O quizá no, quizá no se sorprendió del hechizo, quizá simplemente le petó una coronaria.

Abro la ventana. El subnormal ni se da cuenta. Abro el paraguas y salto por la ventana. Creo que ya no sirvo. Mi época habrá pasado ya, yo qué sé. Sobrevuelo la ciudad, vagando. Creo que tiraré para otro país. Cruzo unos continentes. Vaya, una ciudad diferente a Londres. A ver qué tal. Unas casas, grandes, con muchas ventanas. Me acerco. Dentro, decenas de niños juegan a coser zapatos. Vaya, esos sí saben divertirse como antes. Me lleno de esperanza. Sí, aquí sí, aquí sí puedo cantar mi canción. Con un poco de azúcar la píldora que te dan, satisfecho tomarás.

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Semifinales H1

Diamondback vs Hairball con la condición “El personaje protagonista hace de niñero/niñera en casa ajena y lo que acontece allí".

Canguro de los dioses

Tara llevaba tiempo trabajando en la Agencia Pandimensional de Cuidadores para Niños Excepcionales; había estado en múltiples sitios a lo largo y ancho del cosmos, pero aun así no pudo evitar sentirse sobrecogida ante la visión de la dorada Asgard movilizándose. Los dioses marchaban a la guerra contra los elfos oscuros de Svartálfaheim, y Odín y su esposa Frigga comandarían sus huestes. El propio Padre de Todos, ya subido en su corcel, encomendó a Tara el cuidado de sus vástagos hasta su regreso.

El tranquilo Balder se hallaba en su aposento leyendo con fruición, por lo que Tara optó por no molestarlo. El díscolo Loki, sin embargo, no estaba en su cuarto, que aparentaba ser más bien el laboratorio de algún alquimista loco. En la habitación del impetuoso Thor tampoco había más ocupantes que las numerosas armas que adornaban las paredes. La niñera comenzó a buscarlos por las estancias del palacio.

No tardó mucho en comprobar que se encontraban cerca. Un gigantesco lobo apareció al final del pasillo y se abalanzó sobre ella. Tara, instintivamente, transformó su piel en piedra —todos los empleados de la agencia poseían talentos únicos, algo totalmente necesario cuando se trabajaba con niños tan peculiares—. La precaución se mostró innecesaria, ya que el animal la atravesó sin llegar a tocarla. Una ilusión: obra de Loki, sin duda. Se escucharon unas risitas infantiles.

Fue sólo la primera de varias travesuras. Tara tuvo que trepar por una barricada de muebles, apilados sin duda por Thor, que pese a ser un niño era ya notoriamente fuerte. Después, un cubo de agua conjurado de la nada sobre su cabeza la empapó. Finalmente, siguiendo unos extraños ruidos los encontró. Los dos infantes estaban asomados a una esquina, espiando. Tara llegó hasta ellos y vio cómo dos guardias se enfrentaban a una figura vestida de negro.

—Es un elfo oscuro —susurró Loki. Uno de los guardias cayó abatido.

—Padre guarda en esa cámara poderosos objetos arcanos. Si se hace con ellos… —El segundo guardia cayó, y el intruso empezó a hurgar en la cerradura.

—Busquemos ayuda —dijo Tara en voz baja.

Thor tenía otros planes. Usó sus incipientes poderes para que un rayo cayese sobre el elfo, pero éste debía tener protecciones mágicas y no sufrió daños. Se giró, y el irreflexivo príncipe cargó hacia él. Loki reaccionó con celeridad, invocando una serpiente para que inmovilizase al asesino. Su hermano aprovechó para recoger el arma de uno de los guardias, pero el elfo se desembarazó del ofidio y, a modo de látigo, lo usó para desarmar y golpear a Thor, a quien finalmente agarró y arrojó contra la puerta. Acto seguido fue a por Loki, que salió huyendo a todo correr.

Tara salió de su escondite y golpeó al intruso para evitar que cogiera al pequeño. Por desgracia, pese a su pétrea piel, la niñera poseía una fuerza normal, así que el elfo se rehízo al instante y la empujó, haciendo que volase unos metros hasta caer al suelo. Se sorprendió al encontrar a Balder a su lado, con un libro bajo el brazo. El pequeño dios se agachó y le susurró al oído:

—Los elfos oscuros no soportan el hierro puro. —Acto seguido retrocedió, ya que su adversario estuvo a punto de atraparlo.

Tara agarró al elfo por el tobillo, mientras hacía que su piel dejara de ser de piedra para convertirse en hierro. El asesino aulló de dolor al sentir el contacto del metal. La mujer le sujetó también por una de sus muñecas y apretó su presa.

Thor se había incorporado y, nuevamente armado, clavó su espada en el pecho del elfo oscuro.

—¡Suéltalo! —ordenó, sin soltar la empuñadura. En cuanto la mujer obedeció, el pequeño dios condujo otro rayo a través del arma. El elfo convulsionó violentamente y acabó cayendo muerto al suelo. Volutas de humo y un horrible olor a carne quemada surgían de su cuerpo.

Innumerables historias y leyendas se escribieron posteriormente sobre los tres hijos de Odín, mas ninguna mencionó a Tara. Sin embargo, ellos no olvidaron a la niñera que salvó sus vidas, y ella se contentó con saber que había cumplido con su trabajo.

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Semifinales H2

Capitán Hastings vs Mokuren con la condición “La historia sucede en un crucero de lujo y empieza cuando se da la noticia de que alguien muere".

Romper el hielo

El capitán Smith y el jefe de oficiales Wilde se agacharon junto al cadáver. Frente a ellos, el sobrecargo jefe McElroy los observaba con atención. Intentaba adivinar qué pasaba por sus cabezas. La mirada del capitán era insondable. Wilde, por su parte, parecía utilizar el poder de su mente para decirle al muerto que se levantase del suelo. El muerto no le hizo caso.

Después de unos instantes, McElroy intentó romper el hielo:

—Sería maravilloso contar con la ayuda de Holmes para resolver este misterio.

—¿Quién? —preguntó un desconcertado Smith.

—Ya sabe, Sherlock Holmes. El detective de las novelas.

McElroy sintió como los ojos de Wilde lo fulminaban. Carraspeó y se miró los pies, intentando soportar la vergüenza. El capitán, flemático, tomó la palabra:

—Analicemos la situación, caballeros. ¿Algún comentario, Wilde?

—Bien, parece evidente que la muerte no ha sido accidental. Uno puede tropezarse y clavarse su propio cuchillo una vez, pero no parece probable que ocurra diecisiete veces.

Los tres hombres miraron el pecho del muerto, que parecía un queso emmental.

—Correcto. Estamos de acuerdo en que se trata de un asesinato. McElroy, ¿quién más lo sabe?

—Solamente el chico asignado a la atención de la víctima. Había pagado mucho dinero por su dedicación exclusiva. El pasajero lo envió en busca de toallas calientes para asearse. Cuando regresó, encontró el cadáver. Y el asesino, claro.

—¿El asesino, qué?

—El asesino también lo sabe.

Silencio.

—De acuerdo, debemos evitar que el chico cuente lo ocurrido.

—Oh, no se preocupe, capitán. Le he dado un golpe en la cabeza, lo he atado y lo he encerrado en las carboneras.

—Ha actuado correctamente. ¿Qué sabemos de la víctima?

—Se trataba de un escocés llamado…

—¿Un escocés? —interrumpió Wilde—. Menos mal. Podría haber sido alguien importante.

—Es un alivio, desde luego. Wilde, prepare una lista con la identidad de todas las personas a bordo. Cuando estemos cerca de la costa, radiotelegrafiaremos a las autoridades explicándoles la situación. Subirán a bordo antes de que nadie desembarque y dejaremos el asunto en sus manos. Ordene que pongan los motores a toda máquina. Debemos llegar a Nueva York lo antes posible. El señor Ismay obtendrá los titulares de los periódicos que tanto desea.

—¿Y qué hacemos con el cuerpo? —preguntó McElroy.

—Lo dejaremos aquí. No podemos arriesgarnos a que alguien nos vea transportándolo por los pasillos. Ayúdenme a meterlo en la bañera, así quedará más escondido por si a alguien le da por abrir la puerta del camarote.

—¿Y el olor?

—¿Qué olor?

—El olor a muerto. Alguien podría olerlo desde el pasillo y descubrir el crimen.

—Tal vez podríamos traer algo de hielo de las cocinas y llenar la bañera —propuso Wilde.

—No me gusta la idea —dijo Smith—. Alguien tendría que dar alguna explicación. Prefiero que seamos más discretos.

Después de pensar un rato, McElroy expuso una idea:

—Es un plan muy sencillo. En esta zona del Atlántico hay icebergs, ¿verdad? Pues cuando divisemos uno pasamos junto a él de forma que casi lo rocemos. Cogemos una de las palas del carbón, la sacamos por el ojo de buey y la clavamos contra el iceberg. Con la velocidad irá raspando su superficie, hará de cuña y todo el hielo que se desprenda entrará hacia el camarote.

—Ese plan es una locu…

—¡Una genialidad! —interrumpió Wilde—. ¡Adelante!

Ante tal muestra de entusiasmo, el capitán no pudo negarse.

—Está bien. Murdoch es el oficial de guardia en el puente. Transmítale mis órdenes.

Aquella noche, el barco chocó de costado contra un iceberg, momento en que McElroy sacó la pala por la ventana. La intentó clavar en el hielo, pero salió despedida de sus manos.

—Creo que es momento de buscar otro plan.

Sin embargo, no hubo otro plan. Tuvieron otros asuntos más urgentes que atender. El choque contra el iceberg provocó una brecha en el casco del barco, hiriéndolo de muerte. El Titanic se hundiría en pocas horas. En el último momento, el capitán se reunió con McElroy:

—Ha sido un honor trabajar con usted. En cuanto al asunto de esta tarde… Veámoslo por el lado bueno. Ya no necesitamos a ese tal Sherwood.

—Sherlock.

—Eso he dicho.

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Semifinales H2

Capitán Hastings vs Mokuren con la condición “La historia sucede en un crucero de lujo y empieza cuando se da la noticia de que alguien muere".

Novia a la fuga
Camarote amplio y lujoso, repleto de muebles sobre los que reposan objetos variopintos. Hay muchas cajoneras bloqueadas con candados y cerraduras. En la mitad de la estancia, en el suelo, una cinta blanca marca la figura de un cuerpo. A su lado, una caja rodeada de dinamita con un cronómetro visible para el público que marca sesenta minutos. Entran cuatro mujeres, ataviadas con camisetas rosas que rezan «Novia a la fuga». Empiezan a fisgonear, pero son sorprendidas por la MEGAFONÍA.

MEGAFONÍA.—Sois tripulantes del Royal Caribbean, un crucero de lujo. Entráis en el camarote del capitán al escuchar un grito y os lo encontráis muerto, al lado de una bomba con temporizador. Tenéis que encontrar la manera de desactivarla antes de que explote. Recordad que podéis pedir pistas. ¡Buena suerte!
CARMEN.—Vale, chicas, vamos a organizarnos. Id diciendo lo que encontráis y lo ponemos encima de esta mesa.
IRIA.—¡Aquí hay una bomba!
LUCÍA.—Tía, es la que hay que desactivar para salir de la escape room.
IRIA.—¿Y cómo leñe se desactiva? Yo estudio ADE, no bombería.
ELENA.—Resolviendo intrincados acertijos. (Mirando hacia el público, dramáticamente). Manos a la obra, o todo el barco explotará.

(Suena una música ominosa).

LUCÍA.—Joder, pues ahora me apetecen bombones.

(Los personajes se mueven a cámara rápida, resolviendo los acertijos. La cuenta atrás disminuye rápidamente hasta marcar cuarenta minutos).

CARMEN. (Levantando los objetos de la mesa y enseñándolos).—Vale, tenemos una tarjeta llave, una nota en blanco, dos llaves sin usar, un mechero y un pañuelo.
IRIA.—El pañuelo es mío.

(CARMEN tira el pañuelo al suelo, con asco).

ELENA.—¿Probasteis bien las llaves? Quedan un montón de candados todavía.
LUCÍA.—Varias veces, y nada.
ELENA.—¿Segura? Con los botones de la pared dijiste lo mismo.
LUCÍA.—¡Claro que estoy segura!
ELENA.—Mira que si pruebo las llaves y abren…
IRIA. (Interrumpiendo).—Cortad el rollo, tías, que es la despedida de Carmen, vamos a pasarlo bien. (Acercándose a la mesa). ¡Ostia! Si esta es la llave de mi buzón.
CARMEN.—Te mato, tía. Te juro que te mato.

(Los personajes se mueven a cámara rápida, pero la mayor parte del tiempo deambulan por la habitación. La cuenta atrás marca veinte minutos).

CARMEN. (Mirando la bomba).—Joder, tías, ¿visteis qué hora es?
IRIA.—¿Hora de pedir una pista?
ELENA.—¡Nada de pistas! En una situación real no tendríamos ayuda.
CARMEN.—Pero esto es una escape room, esa bomba es de cartón y llevamos diez minutos buscando un maldito código. ¿De quién fue la idea de venir aquí?

(IRIA y LUCÍA miran a ELENA acusadoramente).

ELENA. (Visiblemente indignada).—¿Qué pasa? ¿No os lo estáis pasando bien?
LUCÍA.—Yo, la verdad, me muero de hambre.
CARMEN.—Cuando me dijisteis que mi despedida iba a ser en un crucero, no me esperaba esto.
ELENA.—Teníamos un presupuesto ajustado.
IRIA.—Pues yo me lo estoy pasando bien, vamos a seguir. (Alzando la voz y saludando hacia el público). ¡Eo! ¡Chico del escape room! ¡Danos una pista!
MEGAFONÍA.—Tenéis el código que buscáis desde antes de entrar en el camarote.

(Las cuatro rebuscan en sus bolsillos. IRIA saca un papel y se lo enseña al resto).

CARMEN.—¡El código! ¡Lo tenías tú!
IRIA.—¡Me acabo de acordar! Me lo dio el chico antes de entrar, pero pensé que era su número de teléfono.
MEGAFONÍA.—Nadie dice que no lo sea.

(IRIA sonríe pícaramente).

CARMEN.— Ya ligarás después. ¡Al lío!

(Los personajes vuelven a moverse a cámara rápida, resolviendo acertijos. La cuenta atrás marca cinco minutos).

ELENA. (Muy nerviosa).—Vale, sabemos que las instrucciones para desactivar la bomba están escritas con tinta invisible en esta nota. (Levanta una nota en blanco).
CARMEN. —¿Y cómo la revelamos? ¿Con calor?
LUCÍA. (Emocionada).—¡El mechero! (Coge un mechero de la mesa y lo enciende).
ELENA.—¡Rápido! ¡Quedan cinco minutos!

(ELENA acerca la nota al mechero. Está tan nerviosa que acaba prendiéndole fuego).

ELENA.—¡Mierda!
TODAS.—¡Fuego!

(Las chicas corren descontroladamente, gritando. El fuego se extiende por la sala. La puerta del camarote se abre y entra un chico con un extintor).

IRIA.—¡Ha funcionado! ¡La puerta se ha abierto!
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Final de consolación I1

Hairball vs Mokuren con la condición “Construid un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “El «Temerario» remolcado a su último atraque para el desguace” por J. M. W. Turner. No es necesario que vuestra historia haga referencia a lo descrito en el título, vuestro relato puede ser totalmente original y, simplemente, reflejar lo que se ve dentro del cuadro”.

Nuestras vidas son los ríos

Lector, escucha, presta atención. Tú eres una historia, un relato; como lo soy yo o como lo es tu vecino. Tú eres una presentación, con tu nudo y desenlace. Tú eres esa genial idea, esa brillante frase que se te ocurre un buen día y qué bonita historia sacarás de ahí. Tú eres eso, hijo de una magnifica propuesta. Eres ese fantástico mundo en el que las estaciones duran días y lo que acontece, o ese señor que al llegar a casa lo único que desea es sentarse ante su colección de recuerdos en forma de poemitas escritos sobre un grano de arroz y lo que sucede. Eres, soy, una perfecta presentación. Soy esa mujer que descubre que es un fantasma, ese gato que no puede morir; soy ese reino que extendió un mapa gigante sobre todo su territorio. Soy, eres, esa perfecta presentación.

Pero también eres, también soy, lo que luego acontece, lo que luego sucede. Eres, y soy, sí, ese nudo. Esa parte intermedia de la historia que quiere extender nuestra genialidad. Ese ejercicio terrible de devolver lo ideal a algo desarrollado. Somos —tú, yo, todos— ese mundo de estaciones que duran días en el que sus habitantes van a trabajar miserablemente al campo; el señor del arroz tratando de escribir algún recuerdo interesante en su granito; la mujer espectral que no sabe qué hacer con su ectoplasma. Ese gato que se mata y se mata pero no se muere. El rey del reino preguntándose qué hará con los fragmentos del mapa tras las lluvias de septiembre. Eres, soy, somos, ese puto nudo que lo rebaja todo a la mediocridad. Ese y ahora qué hago con lo que tan bien presenté.

Y sí, lector, lo sé. También eres, también soy, el desenlace. El fin, el punto final y el qué tal habrá quedado todo. Como ese mundo fantástico sin cosecha, que un martes que tocó invierno se cargó. Como el señor del arroz, escribiendo al final en su grano que ya no sabe qué recuerda, que lo olvidó. Como el espectro que se arrastra hasta la estación de bus, no fuera cosa que el siguiente colectivo se fuese para el Hades. Como el gato que tras mil muertes se atraganta con una sardina y se va con la señora del autobús. Como el rey del reino de grandes geógrafos recogiendo, solo y arruinado, los cientos de miles de pedacitos de papel. Tú, yo, nosotros, somos ese terrible desenlace, ese asesinato feroz a tu genial presentación.

Te digo, lector, que no seas tu historia, tu relato. Que te opongas, que nos opongamos. No dejemos arrastrar nuestra bella presentación por un mediocre nudo que nos lleva directamente a un terrible desenlace. No, escúchame bien, no permitas, ni se te ocurra, matar tu presentación. Escupe en mi título y sé el manantial, aléjate del rio. Nunca, nunca, seas el mar.

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Final de consolación I1

Hairball vs Mokuren con la condición “Construid un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “El «Temerario» remolcado a su último atraque para el desguace” por J. M. W. Turner. No es necesario que vuestra historia haga referencia a lo descrito en el título, vuestro relato puede ser totalmente original y, simplemente, reflejar lo que se ve dentro del cuadro”.

Solpor
La sirena del remolcador, que avisaba de la maniobra final de aproximación a puerto, sobresaltó a John. ¿Ya habían llegado? Se había quedado embobado, apoyado sobre la borda de popa, contemplando como el Temerario los seguía con solemnidad. La vibración de la máquina de vapor, combinada con la luz anaranjada del inminente anochecer y el golpeteo de las paletas, lo habían arrullado hasta el extremo de creer que se encontraba en un sueño. Pero aquel hedor tan propio del puerto, que despuntaba entre las notas acres del carbón, era inconfundible. Estaban llegando a su destino. John le echó un último vistazo al navío de línea de tres puentes antes de ponerse a trabajar, fijándose en los mástiles desnudos y las velas arriadas, en el mascarón de proa oxidado y en los marineros que contemplaban el puerto con unos ojos que habían visto más allá de cualquier costa. Sintió envidia al verlos, pensando que él jamás tendría la fortuna de servir en un navío tan majestuoso como aquel.
Uno de esos marineros miraba al remolcador con desprecio. No consideraba que el barco de vapor, achaparrado, humeante y ruidoso, fuese digno de guiar al Temerario . Pisaba un barco histórico, de tres cubiertas artilladas con noventa y ocho cañones, responsables en parte de la derrota de la flota hispano-francesa en Trafalgar. Él mismo había participado en aquella batalla en sus años mozos. Había olido la pólvora, la sangre y el miedo de sus propios camaradas. Había sentido la majestuosidad de encontrarse cara a cara con otro navío de línea. La adrenalina al ver los cañones del enemigo destellar, preparando el cuerpo para el estruendo y finalmente el impacto de las balas sobre cubierta. El júbilo al ver como sus cañones destrozaban el palo mayor del oponente, dejándolo ingobernable, a la deriva. La impaciencia de prepararse para el abordaje, y el sentimiento de honor, de victoria o muerte, al caer sobre la cubierta enemiga. ¿Qué honor había en barcos que ya humeaban antes de entrar en combate? ¿Qué sentido tenía utilizar el propio fuego, enemigo natural de un navío, en su propio beneficio? Barcos sin aparejo, sin mástiles imponentes, velas que ondean o jarcias donde colgarse. Funcionalidad sobre elegancia. El marinero agradecía que, con la retirada del Temerario , sus días embarcado también iban a terminar.
El capitán del Temerario observaba a su tripulación, apoyado sobre la cubierta del castillo de popa. Llevaba más de treinta años a bordo de ese navío. Conocía todos sus secretos, virtudes y vulnerabilidades. Y por ese mismo motivo, al contemplar el remolcador a vapor, sonreía. Se imaginaba un Temerario impulsado por aquellas máquinas. Un navío el doble de rápido, que no dependiese de los vientos ni las corrientes para desplazarse, sin mástiles ni velas vulnerables. Capaz de maniobrar ágilmente incluso entrando en batalla desde sotavento. Fantaseaba con toda una flota formada por esos barcos, con la hegemonía británica sobre los mares, y se permitía soñar con capitanear algún día el mayor de todos ellos. Pero detrás de toda esa ilusión, también sentía pena por el destino del Temerario tras su último viaje. La luz del crepúsculo lo bañaba, anunciando la noche venidera, donde él y muchos otros navíos de línea dormirían para siempre, dando el relevo a un mañana repleto de vapor humeante y negro carbón.
Y yo contemplo el cuadro de Turner mientras escribo este relato. Y evoca en mí la nostalgia de un final. Que nada dura eternamente, y el cambio es lo único inmutable. Yo no soy el mismo que cuando escribí mi primer relato en un torneo, ni tampoco lo es el navío donde ahora batallamos con nuestras noveles plumas afiladas. Y si bien creo que soy la mejor versión de mí mismo, curtida por los años, robusta y eficiente, a la luz de este anochecer no puedo evitar pensar en cuando fui un temerario. En mi primer torneo, cuando no tenía listón que mantener, cuando los versos fluían torpes pero líquidos por mi pluma, y las ideas de tinta llovían desordenadamente sobre el papel. La nostalgia de tiempos pasados es cautivadora y engañosa, mas no se debe olvidar que la criba del tiempo está sesgada y que la audacia no entiende de edad.
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Final I2

Diamondback vs Capitán Hastings con la condición “Construid un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “La dama de Shalott” de J.W. Waterhouse y está basado en el poema de Tennyson sobre una leyenda artúrica. No es necesario que vuestra historia haga referencia a ninguno de estos personajes o historias, ni que se mencione el nombre real del cuadro ni nada parecido a la realidad, vuestro relato puede ser totalmente original con personajes inventados ad-hoc y debe intentar reflejar lo que se ve dentro del cuadro".

Al principio de la eternidad

Se encuentra montada en la barca en la que ha estado siempre. Después de tantos años, por primera vez, se divisa tierra en el horizonte. Es fuerte, y no va a mirar atrás. Ni una sola vez. Teme perder el valor que ha reunido.
Puede decir que la vida la ha tratado bien. Su infancia, en el pueblo, fue feliz. Su juventud, en la ciudad, alocada. Sufrió decepciones y desengaños, como cualquier otra persona. Fueron situaciones que le ayudaron a curtirse, a ser capaz de afrontar aquello que viniese después.
Cuando era joven no pensaba en la corriente, en el flujo del agua constante e irrefrenable, siempre en el mismo sentido, recto hasta el final. ¿Y por qué habría de pensar en ello? La otra orilla se encontraba todavía fuera de su vista. Lejos, muy, muy lejos.
Las locuras de la juventud estuvieron, en un par de ocasiones, a punto de catapultarla directamente a tierra. Como aquella vez en que, borracha, acabó haciendo equilibrio sobre la barandilla de un balcón. Un cambio de última hora en el viento evitó una caída descontrolada. O aquella otra vez en que se durmió al volante durante unos segundos. El conductor que venía de frente había reventado un neumático y ya aminoraba la marcha. Ella, igual que cualquier otra persona, nunca lo supo.
Su barca continuó su curso siguiendo la corriente. La vida transcurría. Sentó la cabeza con Carlos y no tardaron en llegar las niñas. Al principio, tuvo dudas. A continuación, miedos. No acabó de creérselo hasta que pudo sostener a la primera entre sus brazos. Un par de años después llegó la segunda. Fueron años muy felices, probablemente la mejor etapa de su vida. Siempre recuerda con una sonrisa los momentos vividos junto a Carlos, aunque al final aquello no acabase bien.
Puede sentir muy cerca a sus hijas, navegando a su lado, pero no puede verlas. La conexión es fuerte, pero de todas maneras, cada uno surca las aguas solo. Por suerte, las riberas de sus hijas se encuentran todavía muy lejanas. En sus horizontes solo no se ve más que cielo. Eso la llena de paz.
La mayor está embarazada. Puede sentir como el niño crece en su interior. Puede sentir como otra barca está a punto de comenzar su travesía. Le habría encantado conocer a su nieto. Durante los últimos años había deseado ser abuela. Pero eso ya no será posible, pues está llegando a la orilla.
Sus últimos años fueron distintos. Conoció a Jaime, que le curó el corazón y le hizo recuperar la ilusión. Era un tipo excelente y se sentía muy querida, pero la corriente es inexorable y no sabe de sentimientos. A Jaime le tocó irse demasiado pronto. Su barca ya había llegado a su orilla. Fue en ese momento cuando decidió renunciar voluntariamente al amor.
La muerte de su hermano se llevó un trozo de sí misma. Él, que siempre fue su principal apoyo, su refugio en los malos momentos. Perderlo fue como perderse. Tuvo que volver a aprender a caminar sin su apoyo, sin su bastón.
Al final llegó la enfermedad. Aquella que le restó parte de su tiempo. Aquella que hizo aparecer tierra firme frente a su barca. No se plantea si es justa o injusta. Ya no. A estas alturas ha aprendido a aceptar las vicisitudes de la vida. Se encuentra preparada.
La barca avanza unos metros más y encalla en la arena. Mira hacia los lados, pero ya no siente la presencia de sus hijas. En el último momento, en el momento final, todos estamos solos. Pero no va a pensar más en ello, pues ya ha llegado a tierra. Se pone en pie, preparada para desembarcar. Dar ese último paso hacia el todo o hacia la nada del que ya forman parte sus ancestros. Volver a reunirse con sus padres y con su hermano. Pisa la arena y toda una vida se desvanece, al principio de la eternidad.
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Final I2

Diamondback vs Capitán Hastings con la condición “Construid un relato a partir del siguiente cuadro. La pintura en cuestión es “La dama de Shalott” de J.W. Waterhouse y está basado en el poema de Tennyson sobre una leyenda artúrica. No es necesario que vuestra historia haga referencia a ninguno de estos personajes o historias, ni que se mencione el nombre real del cuadro ni nada parecido a la realidad, vuestro relato puede ser totalmente original con personajes inventados ad-hoc y debe intentar reflejar lo que se ve dentro del cuadro".

El plan y el patriota

Me duele mi Inglaterra. Me duele mi Gran Bretaña. Cada vez que veo la BBC , cada vez que leo el Times , mi corazón se encoge un poco más, como si la mano de la realidad cerrase su puño de acero sobre él. La sangre de Wallace, Churchill, Isabel I, Pendragon, Shakespeare, Nelson y tantos otros británicos inmortales, se diluye como un azucarillo en el té de las cinco. Poco queda ya de ellos en una sociedad abandonada a la molicie y la barbarie, al conformismo y la simpleza. Rechazamos a romanos y vikingos, conquistamos medio mundo, derrotamos a españoles, franceses y alemanes, pero ahora languidecemos bajo el nefasto liderazgo de mediocres Primeros Ministros y de la Reina, esa cotorra insufrible que parece inmortal.

Por todo ello me hallo en este lugar inhóspito y aislado, tratando de llevar a buen término un plan loco y desesperado para devolver al Reino Unido su antigua gloria. Un plan que me vino inspirado por una visita a la Tate Britain y la contemplación de un cuadro, la dama de Shalott . Y en Shalott estoy, a orillas del lago que rodea su isla; isla que aún no he logrado siquiera vislumbrar en los tres días que llevo aquí acampado, ya que una persistente niebla cubre el lugar, como si las aguas fuesen termales. Para mi desgracia no lo son: el frío y la humedad del ambiente calan en mis huesos hasta el tuétano. La campiña inglesa es preciosa en noviembre, pero no es el más cálido de los lugares.

Sentado a la vera de una hoguera, temblando pese a estar envuelto en varias capas de ropa térmica y una manta, sigo esperando. Y mi vigilia parece que va a ser al fin recompensada. Un tenue brillo blanquecino se filtra a través de la bruma, como luminosos dedos que apartasen unos vaporosos cortinajes. Y allí, fuente de esa luz, emergiendo de la niebla, está ella. La Dama . Sentada sobre su bote, avanzando lentamente sobre las tranquilas aguas. La palidez de su piel rivalizando con la blancura de sus prendas. Su serena belleza, sólo truncada por la infinita nostalgia que anida en sus ojos oscuros. Y con una voz dulce pero antigua, como si me llegase a través de los siglos, se dirige a mí.

—¿Qué deseáis de mí, mortal? Pues no albergo dudas de que vuestra insistente presencia en mis dominios no es casual, y alberga intenciones para con mi persona.

Aturdido por su aparición, me rehago torpemente y me postro de rodillas ante ella, intentando contener el temblor de mi voz.

—¡Oh, poderosa dama! ¡Oh, protectora de Britania! Únicamente soy un patriota, desengañado por el devenir de nuestra nación. Antaño fuimos grandes entre los grandes, ahora no somos sino una sombra de nuestra pasada gloria. Nos marchitamos bajo el liderazgo de hombres y mujeres blandos e ineptos, que han modelado una sociedad a su imagen y semejanza. Me humillo ante vos para pedir vuestra bendición, para que me juzguéis digno de blandir la espada que me hará rey. ¡Dadme Excalibur , y devolveré al Reino Unido a su antigua gloria!

La dama me observa con expresión severa, aunque parece levemente divertida.

—Mi buen señor, temo no poder acceder a vuestro ruego, por dos simples motivos. Primeramente os digo que, tan enamorado de vuestra patria como proclamáis estar, deberíais ser mejor conocedor de sus historia y leyendas: habéis confundido doncellas, lagos, y su relación con las crónicas de Arturo Pendragon. La espada legendaria no la custodio yo, sino Nimue, la Dama del Lago, quien reside a muchas leguas de aquí, en las fronteras de la mítica Ávalon. No, no os diré su actual emplazamiento.

»En segundo lugar, Carlos, Príncipe de Gales… Sí, conozco vuestra identidad, por supuesto; no olvidéis que soy un ser de naturaleza mágica. En segundo lugar, decía, Excalibur ya tiene quien la blanda: Nimue se la concedió a vuestra madre Isabel décadas atrás, cuando aún no había cumplido siquiera treinta primaveras. ¿De dónde pensáis que provienen su longevidad y vitalidad? Paréceme que, al contrario de lo que pensáis, Britania ya ha elegido a la reina que quiere tener.

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@Isolee, cambia el título, que ya se nos ha cerrado el otro hilo por culpa de Uzu e hilolux. ;DD

Au contraire, tenemos un hilo nuevo generado automáticamente.

Yo prefiero al cointreau. :]] Pues bueno, entonces seguimos en el otro. Circulen, circulen, aquí no ha pasado nada.

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Felicidades Isolee!!! :partying_face:

Hay que inaugurar este nuevo hilo de desbarres con cumpleaños. Muy bien, así me gusta Isolee, maestro de ceremonias hasta para eso

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Gracias, amiga mía, pero este hilo no es el nuevo, es el viejo para relatos :laughing:

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