I Torneo de minirelatos pacotero - Hilo serio (comentarios en el otro)

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Grupo A: Un relato de temática vampírica

Vinicultora

Lo primero que se escucha al entrar a El Asilo es la música con la que los muertos bailarían. Música que invita a celebrar. A moverse, seducir, chocar. Al sexo a escondidas, en público si los espectadores acompañaban, y al diablo si no lo hacían. A volver la siguiente noche habiendo olvidado la anterior. Y yo no quería terminar la noche sin descargar, sin reír, sin follarme a alguien y beber. Tenía tantas razones para festejar esa noche, pero la principal era que Mario por fin podía quedarse solo.

Entré a la medianoche. Mi madre, Isabel, me esperaba en el área VIP. «¿Cuántos meses sin vernos?» me pregunté. «¿Cuántos teniendo que cuidar a Mario?».

Sin siquiera tener diez minutos para nosotras, señaló algo con la mirada. Observé al hombre que ella había marcado. Estaba de pie en la barra, sosteniéndome la vista. En sutiles arrugas podía notarse que estaba despidiendo sus treinta. Era claro que no intentaba ocultarlo, al contrario, le enorgullecía. “La experiencia mata a la juventud” decían los patanes quincuagenarios que no tocaban a una mujer desde que su virilidad funcionaba, pero este ni era tan viejo, ni parecía ser un patán. O quizás lo era, pero estaba lo suficientemente bueno para que no me importara. Había algo en su mirada, que me resultaba lo suficientemente convincente para darle una oportunidad.

—Quédate en la mesa. Vendré en un rato. —Le dije a Isabel guiñándole un ojo. Isabel se llevó la mano a la boca, sarcástica, burlona.

—¿Mami ya olvidó a Mario? —dijo, haciéndose oír sobre la música, con su cristalina y ponzoñosa voz.

Giré el dedo sobre mi hombro mientras caminaba a la barra. Él me mantenía la mirada. Había una sombra lúgubre en sus ojos, una tristeza contenida, que invitaba a no perderle de vista. Intentaba tirar de mí, con su aire de aventurero nacido en el siglo incorrecto, de gabardina negra, con lustradas y gastadas botas, con un collar de plata que parecía defenderle del mundo y sus injusticias. Era toda una bella tragedia en la piel de un zagal que parecía querer comerme con los ojos. Me encantaba.

No gastamos más de diez palabras antes de terminar en los baños privados. Jeanette, la dueña, nos dejó pasar.

Él no era más que un viajero sin hogar, vagabundo sin nadie vivo que llorara por él. Un hombre rico, buscando qué hacer otra noche donde aún vivía. Un seguidor de la luna. Podía verlo en sus ojos, mientras me movía sobre él, mientras sus dedos se clavaban en mi espalda. Y era fuerte; brusco, torpe y fuerte. Más y más rápido, se movía debajo de mí. Me gritaba con sus ojos que estaba allí, que estaba vivo. Y yo arqueé la espalda y le dejé gritar, le dejé besarme el cuello como un animal. Lo necesitaba. Nos movimos, nos unimos, dentro de mí, dentro de él. Grité, vibré, zarandeé y disfruté. Olvidé, olvidé, bebí, me moví; sí, sentí, sentí y sentí y sentí, Vibré, y VIBRÉ, DISFRUTÉ, GRITÉ:

—¡SÍ!

«Mario…»

Abrí los ojos y dejé que mis oídos volvieran a sentir El Asilo. Que mi mente volviese al presente, esa noche. Pensé en Mario, esperándome en casa, bebiendo sin mi permiso. Sentí pena por el bebé que aún sufría por no poder dormir. Mis labios temblaron un par de segundos, mientras mi lengua aún sensible los limpiaba. Lamí la sangre de mis dedos, probando si aún valía la pena. Él ya no se movía. ¿Cuánto tiempo había pasado?

«Hmm… quizás le guste a Mario.» concluí.

—¡Jeanette! Embotella un litro y dime cuánto te debo…

—Dame dos minutos, Helena —respondió con un grito desde el frente.

Me acomodé la ropa antes de salir del baño. Mi madre, mi sire , me esperaba. La noche aún me debía libertad.

Tocaron las seis para cuando entraba de nuevo en el departamento, con la botella en mano. Como lo esperaba, Mario en la cama, perdido en la euforia de un neófito, rodeado de un par de botellas ahora vacías. Se había portado mal.

—Me toca castigarte, ¿verdad?

Me acosté sobre él, con mi dedo recorrí su cuerpo, su olor deleitándome. Más. Más.

Mordí.

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Grupo A: Un relato de temática vampírica

Comida a domicilio

Dolores se despierta en plena oscuridad. Todo su piso esta preparado para que no pueda entrar el más mínimo rayo de luz, pero coge el móvil de la mesilla para ver la hora y estar segura de que es de noche. Se levanta con pereza de la cama y se da una ducha rápida para espabilarse, tiene que dejarlo todo arreglado antes de comer.

Lo primero es asegurarse de que las jaulas tengan agua y comida. El siguiente paso es realizar el streaming. Mientras juega a un videojuego que goza de popularidad entre sus seguidores, vestida como una vampira de una serie de animación de moda, no puede evitar sonreír ante lo irónico de la situación: Las mismas cámaras que acabaron con su antigua forma de cazar son las que ahora le permiten alimentarse con comodidad. Pretender ser una falsa vampira en Internet no solo le da acceso a victimas, si no que además le genera dinero para los gastos que una persona pueda tener, sea vampiro o no. Y disipa las sospechas sobre que sea una vampira de verdad.

Claro que ser popular en la red es solo el primer paso. No puede usar su correo electrónico o teléfono para atraer comida a casa. Esas cosas quedan registradas y pueden traerle problemas como alguien decida investigar las desapariciones. No, para eso están los eventos y quedadas que organiza para que la conozcan en persona. Todos nocturnos, por supuesto (algo que a los estúpidos de sus seguidores les encanta, ya que le hace verse mas implicada con «el modo de vida vampírico»). Ahí aprovecha para hablar con cualquier admirador que venga solo, sobre todo si parece reservado o introvertido; le dice lo bien que le ha caído y le da su dirección para continuar la conversación en su casa otro día. Y que por favor lo mantenga en secreto, ya que es un «personaje conocido» y quiere conservar su privacidad todo lo que pueda.

Tras hora y media, termina su streaming diciendo a sus seguidores lo mucho que agradece sus likes y comentarios. Realmente no sabe cuanto tiempo podrá aguantar esta farsa, pero mientras dure, podrá disfrutar de sangre humana cada dos o tres semanas, suficiente para no tener que recurrir a las ratas salvo caso de extrema necesidad. Se cambia de ropa: un pantalón de chándal y una camiseta holgada. Esta cansada de disfraces y de supuesta ropa de vampira, y necesita estar cómoda; a veces la comida le ofrece más resistencia de lo esperado.

El telefonillo suena un cuarto de hora antes de lo previsto, pero Dolores ya esta preparada. Al abrirle la puerta a su comida, nota algo extraño que la pone en alerta: su lenguaje corporal es distinto al del evento en el que le tendió la trampa. Le invita a pasar. Sus sospechas se confirman en seguida, ya que su invitado aprovecha el primer momento en el que le da la espalda para abalanzarse sobre ella, que lo agarra de un brazo y lo tira al suelo. Desde ahí, su invitado le bufa, dejando a la vista sus colmillos. Dolores le responde enseñándole los suyos. Esto sorprende a su invitado, que se relaja ante el descubrimiento.

—Vaya, no sabia que también fueses una vampiro. —dice, todavía tirado en el suelo, mientras se ríe de lo absurdo de la situación.

Dolores fuerza una sonrisa (algo a lo que esta ya demasiado acostumbrada) y le ofrece la mano para ayudarlo a levantarse, momento en el que saca su navaja del bolsillo del pantalón de chándal y se la clava profundamente en el corazón. Su invitado la mira con una expresión de aturdimiento, intentando en vano articular palabras mientras comienza lentamente a convertirse en cenizas.

—¿Qué te creías? ¿Qué los vampiros somo una hermandad? ¿Una gran familia? — dice fríamente mientras se guarda la navaja en el bolsillo—. Lo último que necesito es otro vampiro quitándome la comida.

Dolores coge escoba y recogedor y se pone a barrer la ceniza mientras suspira con resignación. Tendrá que seguir alimentándose de sangre de rata esta semana, pero al menos nadie investigara la desaparición de un vampiro, y eso le da tranquilidad.

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Grupo A: Un relato de temática vampírica

El caso del joven Aiden

El doctor Steward abrió la carpeta y empezó a remover hojas para encontrar los resultados de la prueba. Agarró el papel que buscaba y lo leyó a contraluz.
—Disminución de glóbulos rojos en un noventa por ciento, alta densidad de linfocitos, ausencia de melanina… Los resultados son claros —dijo mientras daba un par de golpecitos sobre el papel.
—Un uve positivo —musitó la doctora Parker.
—En efecto, voy a llamar a La Institución para que se encarguen de él —dijo el hombre mientras tomaba el teléfono.
—Frank, ¿no podríamos hacer una excepción?
—Las normas son bien claras, si hay un infectado hay que eliminarlo.
—¡Pero es un chico de dieciséis años!
El doctor suspiró.
—Eres demasiado sentimentalista, Samantha. No te dejes engañar: el chico es un vampiro tenga la edad que tenga. Si por algún casual logra escapar, los infectados aumentarán. —El hombre sacudió la cabeza—. No, no nos podemos permitir otro suceso como el de Bucarest.
La doctora asintió y se marchó de la oficina.

El joven Aiden se levantó de la cama en cuanto se encendieron las luces. La habitación estaba completamente vacía, carente de ventanas y muebles salvo su cama. La luz artificial se difuminaba por las blancas paredes de metal como tinta en el papel.
Se sentía hambriento y tenía jaqueca. Anduvo a trompicones hasta una de las paredes y se apoyó en ella. Se sorprendió al advertir que tan sólo su ropa se veía reflejada en ella, con su rostro y sus manos ausentes. Temiéndose lo peor, paseó su lengua por su dentadura hasta que sintió una protuberancia considerable.
Mis colmillos han crecido… ¡No! ¡Soy un puto vampiro!
Aiden se arrodilló con las manos en la cabeza. ¿Y ahora qué iba a hacer? La Institución vendría a por él y lo matarían. Tenía que escapar de allí, pero… ¿cómo?
De repente, la puerta se abrió.

El inquisidor van Lutten entró en el hospital. Su gabán negro tapaba su peto metálico y su rostro parecía un cuadro de las cicatrices que había en él.
—Buenos días —saludó a la recepcionista mientras se levantaba su sombrero de ala ancha—. Busco a Aiden Cole, ¿podría decirme dónde se encuentra?
—Está en la cuarta planta, ala B —contestó la empleada temblorosa.
—Muchas gracias. Recuérdele a Steward que ordene abrir todas las ventanas como dicta el protocolo.
—Sí señor, así lo haré.

Al salir, el joven se encontró con un pasillo completamente oscuro y vacío. Al oír un ruido, se volvió inmediatamente mientras se protegía con las manos.
—Tranquilo, no tengas miedo… —le dijo una voz femenina.
—¿Quié-quién eres? —preguntó tartamudeando.
—Vienen a por ti… Búscame en el aparcamiento y te sacaré de aquí.
—¡Espera! —No sirvió de nada, la sombra de la chica se difuminó en la oscuridad.
Las persianas metálicas de las ventanas empezaron a abrirse, dejando pasar los rayos de luz en la estancia. En cuanto le tocó la piel sintió una quemazón como si le abrasaran en un horno. Aiden gritó y saltó hacia atrás, donde todavía había sombra.
¡Mierda, debo salir de aquí o acabaré hecho cenizas!
Escrutó los pasillos en busca de una salida, pero el sol cada vez se asomaba más, cortándole el paso.
Veamos, la mujer me dijo al que fuera al aparcamiento… ¡ajá!
El adolescente corrió por la pared evitando la luz mortal hasta que llegó a las puertas del ascensor. En cuanto las abrió, se dejó caer por el hueco hasta el punto de encuentro.

En el interior sólo había coches aparcados, pero ni rastro de la mujer.
—¡Ahí estás! —gritó una voz grave.
Aiden se volvió y vio al inquisidor apuntándole con una pistola de agua. Temiéndose lo peor, rodó hacia adelante, evitando que le salpicara el líquido.
Agua bendita , masculló el joven, debo ir con cuidado.
Súbitamente una vampiresa se abalanzó sobre el inquisidor y le clavó sus afilados incisivos en el cuello, haciéndole gritar de dolor mientras le sorbía la vida.
Aiden suspiró de alivio y se reunió con ella.
—Eres más hábil de lo que creía —le dijo la mujer mientras se relamía la sangre de su boca.
—¿Quién eres?
—Me llamo Samantha, bienvenido al clan.

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Grupo A: Un relato de temática vampírica

Gran Reserva

El sargento Luis Vázquez de la Guardia Civil bajó del coche junto con su compañero, el cabo Alexandre Feijóo. La espesa vegetación del bosque gallego donde les había llevado la investigación sobre aquella chica desaparecida les obligó a realizar a pie los últimos kilómetros hasta el punto donde se había registrado por última vez la señal GPS del teléfono móvil de la joven. Mientras caminaban bajo la gélida brisa de enero, Vázquez repasó los detalles del caso, pero sobre todo no dejó de pensar en la gran cantidad de personas desaparecidas en aquella zona en los últimos años, muy superior a la media. A su mente acudieron los asesinatos del Baztán, décadas atrás, y las desapariciones de Derry, una población ficticia de una novela que leyó de joven.

El cabo Feijóo estuvo especialmente callado esa mañana, si bien no era una persona de gran elocuencia. Apenas abrió la boca para maldecir en un par de ocasiones cuando alguna rama le arañó la cara durante la hora y media de caminata hasta lo que parecía una granja construida en un claro en ninguna parte. Vázquez se fijó en el camino que llegaba a la granja y que se perdía entre los árboles. Al fondo pareció divisar un edificio de piedra: un caserón o algo parecido.

—¿Tenías constancia de que hubiera aquí en medio una vivienda o una granja? —preguntó Vázquez a su compañero.

—Ninguna, mi sargento —contestó el cabo Feijóo—. Pero no parece abandonada.

Los dos guardias civiles entraron en el edificio ganadero por la puerta delantera; las armas desenfundadas y preparadas para lo que pudieran encontrar. La nave principal no tenía nada de particular: los típicos útiles de granja, alguna máquina cuyo uso Vázquez desconocía completamente y una red de tuberías en el techo que parecían salir hacia los depósitos del exterior. Feijóo tropezó con un cubo metálico, haciendo que el ruido reverberara en la nave. Como reacción al estruendo, escucharon un gemido en algún lugar del edificio. El sonido procedía de un posible sótano.

Vázquez encontró una trampilla que llevaba a un pasillo subterráneo. Allí escuchó de nuevo el quejido ahogado de alguien. Los dos hombres avanzaron hasta llegar a una enorme sala sumida en penumbra. La estancia estaba llena de tanques cilíndricos dispuestos en hileras, de los cuales salían finas tuberías que se perdían en la negrura del techo. El sargento recorrió una de las hileras, estupefacto ante lo que contenían: cuerpos humanos casi consumidos, contenidos en un extraño líquido que parecía mantenerlos con vida pese al estado de los mismos. Feijóo, también horrorizado, se dio cuenta enseguida de lo que hacían allí: esos tanques estaban succionando literalmente, poco a poco, la sangre de aquellas personas, mediante los finos tubos que conducían a las tuberías superiores. Cada hilera parecía pertenecer a un tipo sanguíneo diferente.

—¡Son los desaparecidos de los últimos años! —exclamó Vázquez.

Una vez más se escuchó el gemido humano. Procedía de una camilla al fondo de la sala, donde parecía haber un cuerpo bajo una manta. Feijóo corrió hacia el lugar y tiró de ella, descubriendo el cuerpo desnudo y amordazado de Paula, la chica desaparecida cuarenta y ocho horas antes. Parecía estar siendo preparada para introducirla en uno de los tanques.

En ese momento, algo profirió un chillido. Un extraño cuerpo volador golpeó a toda velocidad a los guardias civiles, tumbándoles en el acto. Feijóo quedó inconsciente, pero Vázquez pudo ver cómo aquello que lo había golpeado adquiría forma humana delante de él.

—Qué suculentos humanos —dijo el vampiro con voz grave—, tan jóvenes y atléticos. Os hincaría el diente ahora mismo si no fuera por las estúpidas leyes de contención de la superpoblación. Y no me apetece nada acabar con mi piel bajo el Sol. Pero os prometo que os saborearé con gusto cuando estéis a punto, tal vez dentro de unos añitos.

El vampiro puso a Vázquez a dormir de otro rápido golpe antes de ir a buscar dos nuevas camillas. Aquel día iba a tener trabajo por triplicado.

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Grupo B: Un relato basado en una noticia de actualidad

Lo más alto

Todo el mundo conoce la genialidad de Andrea Jiménez, pero pocos conocen que su motivación comenzó con un chiste cuando era pequeña.

«Una cometa atrapa una niña…», fue lo que leyó uno de sus amigos, antes de poner el vídeo que acompañaba a la noticia.

«Hostia, casi sale volando», opinó otro, resumiendo la noticia a la perfección.

«Esa niña llegará alto en la vida» bromeó la que entonces era su mejor amiga.

Andrea permaneció en silencio ante tal revelación. Con diez años, era la más baja de todos los que conocía y sentía obsesión por ver el mundo desde una perspectiva más alta. En ese momento le pareció que construir una cometa gigante era el plan perfecto para conseguirlo.

Su motivación era la curiosidad y no porque tuviera un complejo, porque ser de corta estatura también tenía sus cosas buenas. En clase, por ejemplo, tenía la ventaja de que por mucho que hablara, tirara tizas al profesor o lanzara aviones de papel por la ventana —incluso después del incidente de Jimmy «el Tuerto», cuando este aún era conocido simplemente como Jimmy—, por muchas gamberradas que cometiera, tenía un perfil tan bajo que nunca la habían castigado.

Pasaron los años y la idea de la cometa quedó en un rincón de su cerebro, en la carpeta «Ideas de bombero propias de una niña». Había crecido, literalmente. Tras dar el estirón en la adolescencia le sacaba como mínimo un palmo de altura a sus amigos, pero no le parecía suficiente: seguía con ganas de llegar a lo más alto. Después de graduarse con la nota más alta de su promoción, consiguió un trabajo de oficina y no tardó en subir rápido en la jerarquía, sin que el techo de cristal pudiera contener su obsesión, hasta llegar al despacho más alto de la más alta planta del edificio más alto de la empresa, que no era la que había llegado a lo más alto en su sector, pero estaba cerca.

Sin embargo, nada de eso la llenaba. Volvió a considerar la idea infantil de volar con una cometa. Todos la tildaron de loca, pero ella no les hizo caso, confiaba en que tenía el suficiente genio para construir con éxito lo que necesitaba.

Debió hacerles caso. Tras zarandearse unos cinco segundos, cayó al suelo y se rompió ambas piernas de tal forma que quedó postrada en una silla de ruedas para el resto de su vida. No solo no había conseguido llegar a lo más alto, sino que su perspectiva había descendido.

Fue un gran revés en sus objetivos, pero Andrea no era de las que se rendían. Decidió que su trabajo ya no le aportaba nada y se despidió. Se volcó en la investigación, un terreno en el que empezó a progresar con rapidez y solo tardó un par de años en crear un nanofilamento que fue muy bien recibido en el ejército, en la NASA y en los sindicatos de asesinos. Pero no lo había diseñado para volver a cosechar el éxito en un nuevo sector laboral, sino porque estaba convencida de que el problema de su cometa estaba en el material usado; necesitaba algo más resistente y liviano.

Cuando volvió a construir la nueva cometa, tan grande que su descripción no cabe en esta narración, lo hizo en un hangar secreto porque no quería que nadie se interpusiera.

Se arrastró hasta el centro de la cometa, se ató minuciosamente y para el impulso inicial tuvo que utilizar la potencia de un camión controlado a distancia. El cable que unía cometa a vehículo se tensó y, poco a poco, Andrea empezó a elevarse. Y a elevarse y elevarse… Soltó el cable y siguió ascendiendo gracias a las corrientes de aire.

Y aún muchos años después, un objeto volador sigue surcando el cielo y puede verse con la luz de algunos atardeceres. Es ella, llegando a lo más alto en la vida… Bueno, en realidad fue su cadáver el que llegó a lo más alto, porque la hipoxia le produjo mal de alturas y se murió, pero ya me entendéis.

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Grupo B: Un relato basado en una noticia de actualidad

EL INVITADO

Era una noche de verano y Companys retozaba en el patio mientras disfrutaba de un jugoso fémur donado por alguno de los inmigrantes andaluces que trabajaban sin descanso confeccionando lazos en las mazmorras del palacio. Un par de pisos más arriba, el calor acompañaba a una tórrida velada mientras su dueño despachaba con el presidente de la nación.

  • Sabes una cosa, amigo mio? Hay dos cosas que tocas especialmente bien… Los cojones y la flauta.
  • Mmmmpf…
  • Calla y come, que se enfría.

El invitado había llegado apenas una hora antes, cuando la cena que congregaba a la flor y nata de la nación estaba ya finalizando. Había sido un largo viaje, atravesando más de doce países dentro de una nevera para despistar a los innumerables agentes que el Estado vecino había desplegado infructuosamente con el fin de detenerle. Su entrada por Gandía a bordo de una patera había sido una jugada maestra. No se sorprendía por ello, su prodigioso intelecto siempre le había servido para esquivar los obstáculos que el malvado estado fascista ponía constantemente delante suyo. Nadie podría impedir que siguiera caminando con pasos de sonámbulo el camino marcado por la providencia.

  • Suficiente … Sitz!

Mientras se abrochaba pensó en la complicada situación que estaba viviendo el país, azotado por una pandemia que sin duda tenía el mismo origen de siempre, como todos los males que desde tiempos de Adriano el Hispano venían acosando a la nación. Pero esta vez había una posibilidad de salir airosos y conseguir la tan ansiada libertad gracias a los estudios genéticos de Herr Schnaps, que además de un excelente felador era también una de las mentes más preclaras del país. Ahora sólo le faltaba convencer a los demás, pero eso nunca había supuesto un problema, como la furcia que siempre está dispuesta a abrir la boca a cambio de unas monedas, aquel montón de burócratas e intelectuales tragarían con lo que hiciera falta si el envoltorio era lo suficientemente atractivo.

  • Es ya la hora?
  • Sí, su excelencia… Le están esperando ansiosos.

Al subirse al atrio contempló la sala, un lleno absoluto con algunas de las mayores personalidades del mundo político, cultural y económico. Entre ellas se encontraba también un reputado pacifista vasco que se postulaba como candidato al Premio Nobel por su tremenda labor a favor de la democracia y la paz, así como una famosa periodista radiofónica, gran ejemplo de moderación y objetividad, que había cosechado numerosos logros para la causa. Y cómo no reconocer al prestigioso historiador que con su incansable trabajo estaba devolviendo a la nación todos aquellos personajes históricos que habían sido usurpados vilmente por el enemigo.

  • Compañeros y compañeras, es un honor para mi estar ante todos vosotros. Son momentos difíciles pero es muy largo el camino que hemos recorrido como para rendirnos ahora y no aprovechar la oportunidad que nos ofrece el destino. Mucha gente está sufriendo, pero nosotros tenemos la clave para acabar con esta pandemia porque nuestra particular genética nos protege, como así lo atestiguan los estudios llevados a cabo por nuestros expertos. Sí, se está infectando gente en nuestro país, pero no son de los nuestros, sino inmigrantes que no gozan de nuestra privilegiada fisiología. Ninguno de nosotros puede enfermar, por eso os digo que…

En ese momento interrumpieron el discurso y le bajaron del atrio apresuradamente, los agentes extranjeros le habían localizado y se dirigían al palacio para detenerle.

  • Cómo ha pasado? Ha sido la gran esperanza mórbida quien se ha chivado? No puede ser, está en la cárcel!
  • No, excelencia, al parecer el taxista que le trajo llamó a la policía.
  • Seguro que es andaluz… y del PP!! Me cago en su puta madre!!
  • Hemos de sacarle de aquí ya, me temo que no hay tiempo ni para una chupadita de despedida.
  • Hay una maleta Samsonite en el almacén, creo que podré meterme dentro. Y por dios, asegúrate de que el taxista sea de los nuestros!

En apenas diez minutos emprendía el camino de regreso al único reducto de democracia europea que quedaba, atravesando otros doce países en el maletero de un coche. El plan no podía salir mal.

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Grupo B: Un relato basado en una noticia de actualidad

Terrazas por siempre

Hostia, que se ha muerto Black Panther. A ver…

Qué fuerte. Joder. Puto cáncer… Y era más joven que yo. La verdad es que da un poco de canguelo. Quizás debería hacer un pensamiento, que con todo el tema pandemia, teletrabajo y tal, me he dejado bastante. La cerveza de los sábados y el vinito de los domingos igual debería ponerlos en cuarentena. Y tengo las mallas de correr cogiendo polvo… Además de un par de pecas sospechosas que necesitan un vistazo.

Nos contó Ana que aprovechó el confinamiento para hacerse vegetariana y empezar con el yoga en casa. Cómo no. Lo raro es que no lo hubiese hecho antes. Y aunque ha renunciado a un montón de cosas y es un coñazo quedar con ella para salir, lo cierto es que ha perdido bastante peso y se la ve bastante mejor. Más animada. Con más energía. Mayor vitalidad. Es como un anuncio de Herbalife. Me apetece cero entrar en sus rollos, pero le pediré consejo.

Es que qué mal cuerpo me ha dejado lo de T’Challa. Ha sido un poco el susurro del esclavo con la corona. Acojona. Estaba muy en forma. Y tenía todo el dinero necesario para los mejores tratamientos. Y aún y así, no ha podido superarlo. Es un poco como que hagas lo que hagas si te ha de tocar te tocará. ¿No? Que cuelga sobre todos esperando a ver si cae encima de ti.

Así que no sé si vale la pena tanto sacrificio. ¿Estaré sobrerreaccionando? Realmente no estoy tan mal. Antes de la COVID tenía mis buenos matches semanales. Ya, ya: “solo se vive una vez” significa que cuando acabas, se acabó; pero también que solo se vive una vez.

Por lo que en realidad tendría que aprovechar el tiempo más, que a lo tonto paso demasiadas horas muertas con la tele de fondo. Bendito Netflix, pero lo que más me alegraba de la cuarentena eran los Skype con los amigos. Va, que no se diga, luego les propondré salir a cenar. Han abierto un japonés que tiene buena pinta cerca de casa de Inés, podemos ir a probar. Y si no pues a donde siempre a por las croquetas de siempre, como siempre. A ver si se animan, que aún está medio grupo paranoico y la otra mitad cagados todos.

Y con razón. La madre de Álvaro casi se queda en la UCI, y Rosi se tiró una semana con fiebre y diarrea. Es normal que se lo estén tomando más en serio. Pero también ha sido un golpe económico importante, así que si podemos pues deberíamos consumir como mínimo como lo hacíamos habitualmente.

Pero creo que estoy racionalizando, que simplemente soy más feliz sin salir a correr y sin renunciar a mis cañas y mis tapas y mis cenas y mis mojitos.

Pero es que no estoy tan mal. Sí, bueno, el par de kilitos nuevos es porque iba andando al trabajo y ahora no me pateo esos diez kilómetros diarios. Supongo que simplemente tendré que buscar alguna forma de compensar ese ejercicio que he perdido. Puede que añada un paseo por El Retiro antes de la cervecita en vez de ir directamente a la terraza con los demás. O desempolvar las mallas los domingos por la tarde en vez de aburrirme en el sofá. Y le pediré a Ana alguna de sus recetas chungas de tofu, o seitán, o lo que tome.
Sería una solución de compromiso. Un parche temporal. Podría funcionar. ¿Empezar y ver qué tal va? El punto medio casi nunca funciona, pero por pura estadística alguna vez podrá ser la solución correcta, ¿No? Mmm…

Anda, coño, ya han estrenado la de Nolan.

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Grupo B: Un relato basado en una noticia de actualidad

No hay vuelta atrás

Llegó el día, la vuelta a las clases. La ilusión se palpa en el ambiente, es tan densa que se podría cortar con el cuchillo, tan grande que no cabemos de gozo. Apenas puedo evitar una contundente erección mientras los infantes van entrando en fila india, equipados con mascarillas.

Todo está perfectamente pensado para evitar la más mínima posibilidad de contagio. Primero, en riguroso orden, van siendo recibidos por el equipo directivo, que les pinta un precioso y perfecto cuadro de medidas profilácticas. Luego, cada curso va a su aula con su tutor, que vuelve a contarles más o menos lo mismo (de lo que se acuerda) y les copia el horario en la pizarra. Exactamente a los siete minutos el pobre tutor se da la vuelta y encuentra a cuatro alumnos, sentados al fondo, no solo con la mascarilla quitada, sino jugando con ellas y tirándolas al suelo. Otra que está en una esquina tiene pinta de estar mala, blanca como la pared y sudorosa, pero sus padres le han dicho que “el primer día no se lo podía perder”.

Todo va perfectamente bien durante las primeras dos semanas. El gel se acabó a los cinco días y las mascarillas dejaron de usarse poco después. Entonces surge un positivo. Todo el mundo corre cual pollo sin cabeza por los pasillos. Se refuerzan las medidas higiénicas hasta niveles insospechados (todos a ponerse la mascarilla otra vez). Al día siguiente faltan quince de los veintidós de una clase, y así con todas. La situación se mantiene una semana, en la que no se hace nada.

Intervienen las fuerzas del orden y todas las ovejitas vuelven al redil. La de Plástica, que tiene sesenta y un años y llevaba días pachucha, es ingresada en la UCI. Al día siguiente de este luctuoso hecho cinco profesores no acuden y mandan la baja telemática. Terminamos la semana con el 50% de la plantilla. Las bajas no serán cubiertas hasta dentro de dos semanas. No se puede atender a todos los alumnos: están al recreo en las horas que no tienen clase.

La niña que estaba malita el primer día y que llevaba tantos días sin venir ha muerto. Los ingresos en UCI han aumentado exponencialmente con pacientes de la tercera edad que cuidaban de los niños. La de Plástica al final ha caído: condolencias en el grupo del wasap, caritas tristes, caritas llorosas y copypastes.

Los árboles se visten de otoño, el viento viene húmedo y el cielo se cierne preñado de tormentas. Lloramos por los que ya no están pero seguimos peleando por los que quedan. Están muriendo niños pero la consigna es clara: “no hay vuelta atrás”. Y aquí estamos, sin casi personal juntando a cientos de niños en el patio sin ninguna medida de distanciamiento, mascarilla o nada semejante. Tampoco ha acudido por aquí inspector alguno, sin embargo llama casi todos los días para pedir papeles: está sinceramente preocupado por el grado de aprovechamiento de los alumnos.

Las bajas no se cubren, los sustitutos no llegan, los nubarrones sobre el horizonte son cada vez más oscuros. Las clases han sido sustituidas por un recreo de seis horas diarias. Todo degenera rápidamente: hacen fogatas en el patio usando mobiliario como combustible, en los cuartos de baño copulan con arrebatadora intensidad los precoces adolescentes, por doquier pueden observarse pinturas rupestres hechas con sangre y heces. Los docentes se encierran en la sala de profesores, reforzada con varios candados y varios armarios formando barricada, al calor de un brasero de picón, único instrumento del que pueden disponer para calentarse desde que se cortó el suministro eléctrico.

Tras muchos meses de aislamiento, las puertas se abren. Su interior exhala un inmundo hedor. Varias figuras medio humanas, medio simiescas, emergen de las tinieblas. Apenas llevan ropa, van cubiertos con trozos de un cuero extraño, portan armas hechas a partir de lo que parecen huesos. Tanto adultos como niños pasan de largo de la multitud que afuera los espera, porque han muerto y han renacido bajo una forma más fuerte, salvaje y cruel; ellos se han ganado su derecho a vivir alimentándose del más débil.

El relato ha sido inspirado por una entrevista a la ministra Celaá: https://www.elmundo.es/espana/2020/08/31/5f4cb1cafdddff58578b45e1.html

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Grupo B: Un relato basado en una noticia de actualidad

Solingen

La mujer despertó y dedujo por la luz que entraba en la habitación que el amanecer había sucedido hacía ya bastante tiempo. Le sorprendió, pues hacía años que no despertaba tan tarde, ser madre de familia numerosa puede tener sus pros, pero desde luego que las horas de sueño de las que disfrutaba eran un contra.

Salió de la habitación sorprendida de que la casa estuviera tan tranquila. Puso pan en la tostadora, leche en el microondas, y se sentó a esperar mientras miraba el móvil. Tenía un mensaje de Whatsapp de la madre del mejor amigo de su hijo mayor que le avisaba de que el niño ya estaba despierto y preparado para que pasaran a recogerle después de pasar la noche allí. Despierto a los chicos y salimos, pensó.

Tras tomarse su desayuno con tranquilidad, enfiló el pasillo, apartó con los pies unos cuantos juguetes que habían quedado tirados por el suelo y entró en el salón. Los cuerpos de sus cinco hijos pequeños estaban allí, tirados en el mismo lugar donde habían muerto. Las dos niñas, aún bebés, en su parquecito. La otra niña, algo mayor, tumbada entre el sofá y la mesilla del café. Los dos chicos algo mayores quedaron sentados junto al ventanal. Si no fuera por el color de su piel casi se podría haber pensado que estaban dormidos.

Entonces recordó: no se arrepentía. La noche anterior había discutido con su marido. Al llegar a casa del trabajo este le había dicho que estaba harto de la vida que llevaban, que no hacía más que trabajar para pagar pañales, ropa… para luego seguir trabajando en casa, que no recordaba la última vez que había salido a tomar una cerveza con sus amigos. Ella le reprochaba que si pensaba que quedarse en casa cuidando de ellos era mucho mejor. Él le replicó que había sido ella la que eligió esa situación, que él ya había querido parar en el tercer hijo pero que ella había querido al menos una hija. Y tras esa otra, y luego otra. Se dijeron muchas cosas y él decidió marcharse y pasar la noche en un hotel.

Lo quería más que a nadie en el mundo. Recordó lo bien que se lo pasaban cuando eran novios y le entró la nostalgia. De una manera u otra estaban de acuerdo en que los niños habían causado esta discusión. Les preparó la cena: unas salchichas con puré de patatas les gustarían a todos. Agregó un poco de matarratas al puré y después mucha mantequilla, eso taparía cualquier sabor extraño. Total, no iban a engordar más por comérselo, pensó. Los niños no sintieron nada y el veneno fue haciendo su efecto poco a poco, sumiéndolos en un letargo del que no se podrían despertar.

Ahora solo le quedaba pensar qué hacer con el mayor. Fue a recogerlo a la casa de su amigo y se le fue ocurriendo un plan mientras paseaba tranquilamente por el barrio. No podían volver a casa con los cadáveres de sus hermanos. Le diría que iban a visitar a su abuela, que vivía en una ciudad cercana. Irían a la estación de trenes, se pondrían junto a la vía, al inicio del andén, y le haría tropezar justo cuando pasara un tren. Un terrible accidente, pondría mucha cara de pena y ya pensaría cómo deshacerse de lo que tenía en casa.

El niño preguntaba insistentemente que por qué iban ellos dos solos a ver a la abuela y no sus hermanos ni su padre; la mujer se empezaba a poner nerviosa sin saber qué contarle. Antes de pasar por los tornos ya le dio la primera pataleta; pasaba algo raro y no quería ir. Después, subiendo las escaleras mecánicas que daban acceso al andén, estuvo a punto de salir corriendo si no hubiera sido porque su madre le agarró firmemente la mano. Esperaron sentados esperando unos minutos hasta que su tren fue anunciado por megafonía y el niño pareció tranquilizarse. Caminaron hacia el tren, pero el niño se tiró al suelo para que no le movieran; la mujer perdió el pie haciendo fuerza para moverle y cayó al paso del tren.

Link a la noticia:
https://m.europapress.es/internacional/noticia-madre-asesina-presuntamente-cinco-hijos-ciudad-alemana-solingen-20200903185309.html

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Grupo C: Un relato donde el protagonista supere una adversidad que debe ser presentada en el primer párrafo

Crash

Mi retorno a la consciencia es blanco como una mortaja y lleno de dolor, como la propia vida. Tardo unos momentos en darme cuenta de que la pálida tela que tapa mi visión es el airbag del coche, y tirando del hilo de mis pensamientos, recuerdo: el reventón, el inútil contravolante y el vehículo cayendo por el terraplén. El inútil gesto de protegerme con los brazos mientras todos los pequeños objetos del habitáculo y multitud de fragmentos de cristal me atacan como un enjambre furioso. Y después, la inconsciencia.

Me aparto el airbag de los ojos y contemplo el mundo del revés. El coche descansa sobre su techo, pero el cinturón de seguridad me mantiene anclado al asiento. La sangre se me agolpa en la cabeza, embotándomela y evitando que piense con claridad. Intento soltarme el cinto, mas el cierre está atascado. Tiro con desesperación, pero no se abre.

Empiezo a notar humedad en mi cabeza. Al palparme para comprobar si estoy sangrando, mi mano toca un líquido donde debería estar el techo acolchado. Observo que el agua entra por la ventana del acompañante, cuyo cristal está hecho añicos, algunos de ellos, clavados en mi cuerpo. El pánico me invade: he debido caer en un río y, si no logro soltarme y salir, me ahogaré sin remedio. Con desesperación, vuelvo a tirar del cinturón, con idéntico e infructuoso resultado.

Escudriño el interior del coche en busca de algo cortante, del afilado trozo de cristal que siempre aparece en las películas, salvador, cuando hay que cortar una cuerda. No lo hay: las ventanas que se han roto lo han hecho en trocitos diminutos; el parabrisas, aunque permanece en su sitio, está tan destrozado que terminar de romperlo sólo serviría para obtener más cristalitos inútiles. Tanteo con mis manos en el agua turbia que cubre el techo, pero sólo consigo algunos cortes en las yemas de los dedos. El nivel me llega ya a la frente.

¡El mechero! Quizás pueda quemar el cinturón. Presiono para que se encienda y espero unos segundos que se me antojan eternos. Tengo que pegar la barbilla al pecho para que el agua no me tape ya los ojos. El encendedor no salta, aunque ya tendría que haberlo hecho. Lo extraigo y toco fugazmente la superficie con el dedo: sigue frío, está claro que no hay corriente. Grito y lo arrojo con furia por la ventana.

Me duele el cogote de mantener la posición forzada de la cabeza. Apoyo las manos en el techo y empujo hacia arriba para poder poner el cuello recto y relajado sin ahogarme. Noto que el cinturón afloja un poco la presión sobre mi piel, y maldigo mi estupidez. ¡La clave no era tirar, sino aflojar! Mantengo un brazo para presionar mi cuerpo contra el asiento, a la par que con las piernas hago fuerza para mantenerme así. Con la mano libre, mientras, agarro la tira que me aprisiona y la voy aflojando despacio, para que no se bloquee. Al final suelto suficiente cinturón como para poder deslizarme a lo largo del asiento, caer sobre el techo y abandonar el coche a toda velocidad —¿y si explota? Malditas películas— por la ventanilla rota.

Mi estupor es absoluto cuando me doy cuenta de que el coche está sobre un charco que no tendrá más de treinta centímetros de profundidad, hundiéndose poco a poco en el fango del fondo. La aterradora posibilidad de fallecer ahogado en el habitáculo completamente inundado nunca hubiera ocurrido.

Me dirijo al terraplén por el que caí y de camino encuentro mi móvil, completamente destrozado. Debió salir despedido por alguna ventana. Adiós a llamar a emergencias. Me armo de paciencia y, con el cuerpo dolorido, me dispongo a subir por la pendiente con la esperanza de que pronto pase alguien por la carretera.

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Lo que le pasó a Fernando el día que dejó la mafia

Fernando había perdido la cartera. Se palpó los bolsillos delanteros, los traseros, los de la chaqueta y los traseros otra vez. Suspiró con resignación, guardó las llaves del coche en el bolsillo de la chaqueta y dio media vuelta para entrar de nuevo en la base de la familia.

Menos de cinco minutos atrás, el signor Calabrese le había desterrado oficialmente de la familia, debido a un malentendido con una familia enemiga y un par de mendigos. No iba a ser un encuentro agradable, pero en la cartera tenía todas sus tarjetas y cosas.

La familia seguía reunida en el vestíbulo del palazzo. El signore presidía la reunión, hablando con los miembros de la familia que eran más cercanos a Fernando. Todos se giraron cuando las puertas se abrieron para mostrar la silueta del desterrado.

En el umbral, Fernando empezó a escuchar gritos e insultos, efusivas amenazas y el desenfundar de las armas. Por sus palabras, parecía que la familia estaba bastante pesada con que debía abandonar el palazzo, pero Fernando estaba casi seguro de que la cartera estaba allí y, siendo un regalo de su prometida, si llega a perderla estaría muerto. Por lo tanto, desenfundó su arma y empezó a disparar.

Era una cartera bastante bonita, pensaba Fernando. Se refugió tras una columna y disparó a oído a los mafiosos más cercanos. Fue un regalo de aniversario, pocos días antes de que él se decidiera a proponerle matrimonio. En el vestíbulo, el joven Vito se expuso para poder apuntar bien, y Fernando aprovechó la oportunidad para dispararle en el pecho.

Apenas dos minutos más tarde, los disparos cesaron. No eran una familia numerosa, y la mayoría de los miembros hacían trabajo de campo. Una docena de trajeados cadáveres adornaba el vestíbulo, y Fernando alcanzó a ver al signore atravesando el patio central.

Fernando entró en el patio, adornado por una fuente en el centro y rodeado por balcones. Allí le esperaba el matón oficial de la familia, una mole de más de dos metros al que llamaban Eclipse. El jefe se escondió detrás de él, y el matón empezó a quitarse la camisa, mostrando un cuerpo con tantos músculos que podría haber sido dibujado por Miguel Ángel.

Fernando aceptó el reto. Dejó el arma a un lado y se acercó al centro del patio. El matón se colocó frente a él y le tapó el sol. Se enzarzaron, y por un momento dudó si valía la pena el esfuerzo, pero la cartera tenía un bolsillito para las monedas y era difícil encontrarlas así.

Al final, la pelea fue una decepción. Era obvio que el matón se basaba en su tamaño para intimidar y empujar a jóvenes indefensos, y una llave de judo bien ejecutada le mandó al suelo. Fernando le dio una patada, por si acaso, y siguió su camino.

El signore salió detrás de una esquina y le disparó hasta vaciar el cargador. Las balas volaron alrededor de Fernando, fallando por varios decímetros.

—Perché stai facendo questo? Pensavo stessimo bene! —exclamó el signor Calabrese—. Ti avremmo lasciato fuori solo per poche settimane, per mantenere le apparenze. Eri ancora un membro della famiglia.

Lo del italiano nunca fue el fuerte de Fernando, así que le pegó un tiro por si acaso.

Finalmente, cruzó el pasillo y llegó a la lavandería de la familia. Había unas trabajadoras escondidas en un rincón, que Fernando ignoró. Rebuscó entre la ropa sucia y encontró su antigua chaqueta. Podías ponerle quejas al signore, pero le gustaba que la familia vistiese bien.

Se cambió de chaqueta, palpó la cartera en el bolsillo y dejó la antigua, ahora cubierta de sangre, en el cesto. Siguió el camino inverso hacia la salida, pisando con cuidado entre sus antiguos compañeros. No quería mancharse los zapatos, pero si llevaba la cartera su prometida probablemente le perdonase.

Salió a la calle, pensando que era mejor huir de ahí antes de que se corriera la voz y viniese el hijo del signore. Llegó al coche y se palpó los bolsillos delanteros, los traseros, los de la chaqueta y los traseros otra vez.

—Ah, mierda. ¿Dónde he dejado las llaves?

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SUPERACIÓN

Harry está tumbado en la cama, teniendo en su boca la sensación de despertar de un largo sueño. Lo último que recuerda es tener los músculos entumecidos de sus brazos y sus piernas antes de caerse al suelo y perder el conocimiento ante su esposa, su hijo… y sus amigos, asustándose al verle desplomarse de esa manera, ya que nunca antes Harry había sufrido algo así.

—Hola, Harry.

La voz que suena en la habitación es una voz conocida y bastante familiar. De hecho, hacia años que no la oía.

—¿Padre? ¿Eres tú, padre?

—Levántate, hijo mío. Aún tienes mucho por vivir.

Una luz ilumina brevemente la habitación permitiendo a Harry ver a una figura sentada en una silla vestida con un traje que él mismo llegó a ver en varios almacenes y armarios que su padre tenía por todas partes, trajes que él llegó a ponerse cuando su padre no miraba y que en su ausencia, llegó a tenerlos como propios… hasta que la luz se apaga, dejando de nuevo a Harry en la oscuridad de su habitación.

—¡Me dejaste solo, me abandonaste!

—Tuve que hacerlo, Harry, no tuve elección. Levántate, hijo mio.

“Mis piernas, mis brazos… puedo sentirlos”, piensa Harry, que mueve su pierna derecha, colocando su pie derecho en el suelo, y después, poco a poco, su pierna izquierda.

—Eso es, hijo mío. Lo estas haciendo muy bien.

Con no poco esfuerzo, Harry logra ponerse en pie, quedándose erguido tras un amago de caida.

—No te veo, padre. ¿Dónde estás?

—Sigue mi voz, hijo mío, camina hacia mí.

Dubitativo, Harry comienza a mover las piernas con torpeza, cayéndose al suelo.

—Levántate, Harry. Puedes hacerlo.

Oyendo la voz de su padre, Harry vuelve a levantarse y a erguirse, dispuesto a caminar hacia él… o a donde se encuentre.

—No veo nada, padre. Si al menos tuviera una luz…

Una luz verdosa, y dos luces verdosas más se encienden a modo de linternas, marcando a Harry el camino hacia una silla, viéndose una figura adulta sentada en ella.

—Ven conmigo, Harry. Ven a mí.

Harry da un paso, luego otro… hasta que vuelve a caerse de nuevo, fruto del esfuerzo que para él supone volver a andar de nuevo.

—Eso es, hijo mío, puedes hacerlo.

—Padre, por favor, ayúdame.

De la silla solo se oye silencio.

—¡Ayúdame, te lo suplico!

De nuevo, silencio.

Llorándo, Harry se levanta y vuelve a andar, logrando llegar hasta la silla.

—Bien hecho, hijo mío. Estoy orgulloso de tí.

Las linternas verdes del suelo desaparecen y una luz cegadora ilumina la habitación, provocando que Harry se tape en un principio los ojos, hasta que una vez se han acostumbrado a la luz, dejar de tenerlos tapados. Frente a él, Harry tenía sentado en la silla a su padre, vestido con “ese” traje, ese que una vez él llevase después de que su padre desapareciese. Detras de él, trés figuras encapuchadas comienzan a arrodillarse en señal de respeto.

—Padre… eres tú, eres tú de verdad.

El padre de Harry se levanta de la silla, entregando a su hijo una gran bolsa que tenía al lado de la silla.

—Claro que sí, hijo mío. Has sido valiente, has superado tus miedos y has venido caminando hacia mi. Te he traido ésto.

Harry abre la gran bolsa y descubre que dentro hay un traje, un traje igual al que su padre lleva, con todo lo necesario: guantes, botas, cinturón… y máscara. Una máscara que evoca grandes pesares y temores a Harry.

—Ahora eres como yo, Harry, eres uno de la familia. Ya no eres ese niñato débil y timorato, ahora eres un hombre, un hombre que no tiene miedo a caminar en la oscuridad.

—Sí, padre, soy un hombre.

—Vístete, ahora ya eres merecedor del manto que yo he llevado y que ahora tu llevarás, mi legado.

Harry se viste, ajustándose el traje con los nervios de un chiquillo esperando enorgullecer a su padre ante una buena acción.

—¿Ahora soy de la familia?

—Sí, eres de la familia, eres un Osborn.

FIN.

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El último vuelo del Fénix

Han pasado varios años desde que mi vida acabó en aquella isla maldita. Perdí a la chica a la que amaba, al maestro al que admiraba, y, de forma irreversible, gran parte de mi humanidad y de mi alma. Pero la Isla de la Reina Muerte me otorgó algo a cambio, algo que hasta entonces ningún otro hombre había logrado jamás, a saber, la armadura del legendario ave Fénix. Capaz de volver a la vida por sí misma a partir de sus propias cenizas. Y gracias a ella es por lo que sigo justamente aquí, cerrando el círculo en el lugar donde todo comenzó.

– Ikki, Ikki… -una voz resuena en mi cabeza. No hay duda, es Atenea-. Ikki, sé que es duro para ti, pero te recuerdo que debes de depositar la armadura en su lugar.

– Pero Atenea yo…

– Ikki, has sido nombrado sucesor de Aoria, y, por tanto, nuevo portador de la armadura de oro de Leo. Tienes que dejar la armadura del Fénix, y volver para vigilar tu casa. Una nueva amenaza se cierne y está muy cerca.

– ¿Es una orden?

– Sí, es una orden.

– A estas alturas deberías de saber que no cumplo órdenes de nadie, ni siquiera las de una diosa.

– Lo sé, pero también sé que siempre terminas cumpliendo con tu deber de caballero por tu propia voluntad.

– ¡Maldición! -no puedo evitar cerrar con fuerza mis puños, golpeando con uno de ellos, y haciendo pedazos, una roca cercana, pero Atenea tiene razón- Me conoce demasiado, mejor dicho nos conoce demasiado. Sabe que todos los caballeros la seguimos por nuestra propia voluntad, aunque a veces tenga deseos de niña egoísta.

– Al final te va a oír, si es que no lo ha hecho ya -dijo una voz familiar.

– Yo también me alegro de verte, Hyoga ¿Qué demonios haces aquí? Umm… ya veo. A ti también te ha promocionado, ¿no es así caballero de Acuario?

– ¿De verdad hace falta que responda a esa pregunta? Sabía que debajo de ese tipo duro había sentimientos, pero no pensaba que tantos. En el fondo Shun y tú no sois tan diferentes.

– Shun, hermano… Me pregunto donde estará…

– Depositando su antigua armadura también, al igual que tú y al igual que ya hice yo. Venga Ikki nunca fuiste de tantos sentimentalismos. No hay tiempo que perder.

Odio decir esto, pero Hyoga está en lo cierto. Hoy es un día triste para mí. No estoy acostumbrado a tener esta clase de sentimientos pero no puedo negar la evidencia. He sido promocionado por Atenea, y he de dejar la armadura del Fénix descansando aquí, en esta isla infernal. Esta armadura lo ha sido todo para mí, ha sido mucho más que una armadura. De hecho, ha sido como esa parte de mi alma que perdí. Mi inseparable aliada, que me ayudó a recuperar parte de mi humanidad a sangre y fuego.

– Esmeralda, ojalá estuvieras viva para ver todo cuanto he conseguido, superando innumerables adversidades, y enfrentándome con valor a todos mis enemigos. Nunca me ha importado cuán fuertes sean porque siempre el Fénix se levantará. Por eso, hoy el Fénix volará una vez más. Una última vez hasta que encuentre a otro merecedor ¡Vuela ave Fénix! Vuela, descansa, y cuida de ella.

– Bueno, muy bonito, muy épico y todo eso, pero ¿nos podemos ir ya o qué?

– Sí, Hyoga, pero esta vez si hay que conducir lo haré yo.

Primero en barco, luego en avión, y, por último, en coche, llegamos hasta la entrada del Santuario. Algo no iba bien, podía sentirlo, pero no sabía qué o quién era. Desde la misma entrada podía divisarse la nueva casa de Ofiuco, reconstruida tras los sucesos en los que recuperamos a nuestro estimado amigo Seiya de las garras de la muerte. Seiya también ha sido promocionado a caballero de oro, y ahora es el defensor de la casa de Sagitario. Shaina por su parte fue ascendida a caballero de oro de Ofiuco, y es la nueva matriarca. Muchas cosas han cambiado desde entonces. Pero bueno, esa… Esa es otra historia.

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Camino perdido

Carmela estaba a punto de regresar, desprovista de toda esperanza, cuando ante sus ojos apareció lo que posiblemente era el hallazgo más valioso de su vida. Aquel gigantesco tesoro nacarado, ebúrneo, casi níveo, se alzaba ante ella como caído del cielo. Estaba conformado por miles, millones de pequeños cristales de la sustancia más valiosa que conocía. Recordaba haber escuchado historias sobre aquellos megalitos, pero nunca les había dado crédito. Carmela rascó la superficie y logró arrancar uno de los cristales. Lo contempló extasiada y, como arrastrada por una voluntad invisible, se lo llevó a la boca. El dulce manjar activó cada una de las diminutas terminaciones nerviosas de su cuerpo, llevándola a un estado de éxtasis que jamás había experimentado. Carmela continuó comiendo, completamente absorta en imaginarse todos los elogios que recibiría cuando comunicase su hallazgo al regresar, sin darse cuenta de que tanto la estructura como ella misma se alzaban hacia las alturas como tiradas por una fuerza divina. Un grito humano devolvió a Carmela a la realidad, y pudo comprobar con horror como se precipitaban, ella y su tesoro, hacia la espesura. Tras el brusco aterrizaje, Carmela abrió los ojos y olisqueó el ambiente. Pronto se dio cuenta del lío en el que se encontraba. No era capaz de detectar ningún rastro del camino olfativo que le llevaría de vuelta a su hogar. En otras palabras, estaba perdida.

Carmela era consciente de que debía encontrar el camino de vuelta antes de que las lluvias llegasen y borrasen todo rastro de feromonas. Empezó a explorar las proximidades, avanzando despacio y oculta de posibles depredadores. Los dientes de león y las margaritas se sucedían a intervalos irregulares que le recordaban a Carmela a un auténtico laberinto florido. Al caer el sol tras cada infructuoso día, regresaba a su tesoro, se alimentaba de él y reposaba sobre su cima. Recordaba con nostalgia su hogar y a sus hermanas, y no podía evitar sentir miedo cada vez que la luna se ocultaba tras uno de los cada vez más frecuentes nubarrones que comenzaban a cubrir el lecho estrellado. Una mañana, el retumbar de las gotas de lluvia despertó a Carmela. Su mayor temor se había cumplido. Cuando trató de levantarse, contempló con horror como el suelo bajo sus pies comenzaba a derretirse. Su tesoro, antes de forma cúbica casi perfecta, era ahora una figura deforme recubierta de un líquido dulzón y agradable, que resbalaba por las paredes y se filtraba hacia el subsuelo. En cuestión de un par de horas, todos los cristales habrían desparecido, y con ellos su única fuente de sustento. Carmela tenía que actuar rápido. Ingirió todo el néctar que pudo y salió a toda velocidad hacia la única dirección que no había explorado todavía. Avanzó sin mirar atrás, sin vigilar de posibles depredadores, jugándose su supervivencia a una única carta. Por suerte, los pájaros y las avispas se habían resguardado de la creciente tormenta. Tras casi una hora buscando frenéticamente cualquier rastro de feromonas, encontró un aroma sutil. Pertenecía a otra de las muchas colonias de la zona y, aunque hasta ese momento los había ignorado deliberadamente, la desesperación por encontrar cobijo y alimento se sobrepuso a su miedo. La lluvia atenuaba rápidamente el rastro, pero Carmela fue capaz de llegar a la colonia antes de que desapareciese. Al entrar, notó una miríada de ojos clavándose en su cuerpo y de antenas olfateándolo. En ese momento, sintió que le había llegado su hora.

Sin embargo, la nueva colonia resultó ser muy acogedora. Sus habitantes, en lugar de matar a la intrusa, le dieron cobijo y alimento y le preguntaron por su historia. Carmela la relató con calma, haciendo hincapié en la majestuosidad de su hallazgo y de cómo había desaparecido bajo la lluvia. Asombrados por su habilidad para salir airosa del embrollo, y fascinados por la perspectiva de encontrar más de esos tesoros, le ofrecieron un puesto de exploradora, que Carmela amablemente rechazó. Había tenido suficientes emociones para el resto de sus días, y prefirió ayudar en la excavación de túneles y cuidado de las larvas. Vivió una vida feliz y tranquila, aunque jamás pudo olvidar que, durante unos días, había sido la hormiga más rica del mundo.

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Grupo D: Un relato donde la ecología sea el tema central

El progreso

Las máquinas estaban detrás de él, preparadas para comenzar la tala. Ricardo, motosierra en mano, no comprendía lo que veían sus ojos. Allí estaba su jefe, el magnate maderero Ramón Manzano, encadenado a un árbol. Era el primer árbol que sería talado, aquel que de manera simbólica derribaría el propio Manzano con la motosierra que Ricardo llevaba en la mano.

La prensa local y regional estaba presente para dar cobertura al acto. Los periodistas se miraban desconcertados unos a otros. Trataban de comprender la clase de truco publicitario que Manzano estaba utilizando. El alcalde, caradura profesional, transmitía una imagen serena que nada tenía que ver con el sentimiento de inquietud que le atenazaba el estómago. El bosque desaparecería y en su lugar se construiría el mayor barrio de la ciudad. Manzano se quedaba la madera y a él le esperaba una jubilación dorada gracias a las comisiones ilegales que recibiría de los constructores. Y ahora, el día de la foto, se encontraba con Manzano encadenado a un árbol.

***

Manzano había llegado de madrugada. Cada vez que comenzaba un proyecto importante era incapaz de dormir. Revisó por encima que todas las máquinas estuviesen en posición y, como todavía disponía de un par de horas antes del amanecer, decidió dar un paseo por el bosque. Iluminado por la luna llena, pensaba en lo irónico que resultaba disfrutar de aquella tranquilidad y belleza que él mismo había acordado destruir.

Después de unos minutos caminando llegó a un claro con forma circular. Allí destacaba un árbol que, si bien no era mucho más grande que los demás, parecía ser tan viejo como el mundo. Una especie de luciérnagas salieron de entre sus ramas y comenzaron a volar alrededor de Manzano. Una voz comenzó a hablar:

—Saludos, joven humano. No temas, soy Silva, el espíritu del bosque.

La voz era grave y parecía provenir de todas partes, pero Manzano dirigió su atención directamente al árbol viejo. No temía, pues el efecto de aquella voz mágica había disipado toda preocupación.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Manzano.

—Intento evitar que se cometa una injusticia. El bosque va a ser arrasado.

—No puedes parar el progreso —replicó Manzano.

—No pretendo hacerlo. Durante siglos, los humanos han convivido con el bosque en perfecta armonía. El ser humano tomó aquello que necesitaba para construir, para mantener a sus animales, para calentarse al llegar el invierno. El bosque proveyó y luego pudo regenerarse. En cambio, ahora es diferente. Hueles a destrucción. Te hablo de aniquilación.

Manzano acusó el golpe. Silva reconoció su duda.

—Te mostraré la verdad —dijo Silva—. Relájate y verás. Libera tu mente y comprenderás.

Manzano pasó a un estado de semiinconsciencia cuando las luciérnagas se introdujeron en su cuerpo. Por su cabeza pasaron imágenes de crecimiento sostenible, bosques ricos, aguas cristalinas y aire puro. A continuación la visión cambió y las imágenes fueron sustituidas por otras menos amables. Imágenes de una tierra yerma, devastada, de aguas contaminadas y aire irrespirable. Imágenes de muerte.

Después despertó.

—Deberías mostrarle esto a todos los humanos.

—No puedo intervenir en la voluntad de los hombres —dijo Silva. —Tú has acudido a mí libremente, en la noche en que más brilla la luna. Te he mostrado la verdad. Es todo lo que puedo hacer. Tú has visto y has comprendido, joven humano. Puedes ir en paz.

La sensación de irrealidad se desvaneció. Manzano, pensativo, volvió sobre sus pasos hasta abandonar la arboleda. Había tomado una decisión: pararía el proyecto y salvaría el bosque.

***

Manzano comenzó a hablar:

—¡Atención, por favor! ¡Debemos parar esta locura! ¡Salvemos el bosque! ¡Por nuestro futuro y el futuro de nuestro hijos! ¡Merecemos estar en armonía con la tierra! ¡Paremos este proyecto! ¡Desarrollo sostenible!

Todos los asistentes se quedaron ojipláticos. El alcalde tomó el control de la situación. En respuesta a un gesto suyo casi imperceptible, el jefe de la policía municipal y dos de sus agentes se apoderaron de la motosierra de Ricardo, cortaron la cadena y se llevaron a Ramón Manzano a rastras.

El alcalde tranquilizó a los asistentes, dio un discurso y taló el primer árbol. Más tarde, juraría que en aquel momento había escuchado un lamento procedente de la propia tierra.

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Álamo

La noche es plácida. No hay noches como estas en mi Europa natal. Antes del cambio miríadas de corazones negros bombeaban sangre a las arterias productivas del sistema. Legiones de pulmones de metal oxigenaban el mundo, lanzando líneas interminables a través de toda Europa. Hoy nos iluminan decenas de soles que alumbran un futuro brillante para la Humanidad. Una Especie, bajo una Dirección firme, con un Destino claro e inevitable. Libres de las taras genéticas heredadas de nuestros primos menores y deformes crecidos en la vieja Gaia pudimos conquistar el cosmos y contener el poder de las estrellas, con el fin último de sanar la Tierra.

— Unidad Hotel, aquí control. Todos los indicadores atmosféricos OK, vientos estables en el Cuerno de África. Pueden proceder con el lanzamiento a discreción.

El visto bueno interrumpe mis pensamientos. La superficie se encuentra kilómetros bajo mis pies, y sobre mí no hay nada más que el espacio abierto, con las estrellas observando la historia. La terraformación va por buen camino, aunque nuestros ancestros jamás hubiesen imaginado estos métodos como los definitivos. Bombas limpias que devastan zonas enteras, dejándolas libres de elementos nocivos para luego, con tecnología que a ojos de los terrestres sería magia, repoblar zonas y recrear una atmósfera propicia para la vida animal. Por supuesto luego habrá que repoblar de nuevo el planeta con seres humanos, pero tendremos muchas ventajas. Principalmente la de que no se trata de un nuevo asentamiento al uso: es una reconquista, culminación de una lucha de siglos contra el pasado. Una lucha necesariamente victoriosa.

— Control, responde Hotel. Recibido, lanzamiento en marcha. Tiempo para impacto treinta segundos.

Y necesariamente cruel. Hay que recordar a los terrestres que sus acciones nos llevaron al exilio en Europa. Su creencia de estar por encima del bien y del mal y el fornicio sin control nos han llevado a necesitar estos extremos terribles. Pero es lo justo. Lo necesario. Mejor muertos que en las condiciones en las que viven, después de todo. Hacinados como cucarachas, amontonados los unos sobre los otros y devorando a su propia prole. Como bien dicen nuestros historiadores, les traemos la luz que no quisieron en su día. Tres. Luz que limpia y deja paso a nueva vida. Dos. No van a sufrir, somos mejores que ellos en eso. Uno. Y sacar la basura siempre es necesario.

Impacto.

Por enésima vez en mi puesto como Gestionador de Residuos Terrestres, y como tantos otros antes que yo, contemplo el resplandor de decenas de soles iluminando la vieja Tierra. Soles que alumbran un futuro brillante para la Humanidad. Miré a mi lado, al lugar ocupado por el copiloto.

— ¿Qué otra zona hay que limpiar hoy?

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La huida

Se te criticó, se te insultó y aún hoy, justamente hoy, todavía se te sigue injuriando. Pero los que hoy nos reunimos aquí sabemos que hiciste bien en hacer lo que hiciste, que no quedaba otro remedio, que esa era la única alternativa. Que debías –debíamos– salir de esa maldita infinita ciudad, de este laberinto de colmenas grises de hormigón iluminadas por millones de fuegos de neón. Que nuestra alternativa debía pasar por nuestra propia traición; que nuestro paraíso sólo era posible mediante el nauseabundo abrazo al infierno.

Tú supiste canalizar nuestra ira, nuestra desesperación. Supiste organizar la lucha armada, dotándola de razón de ser, elevándola a necesidad y a supervivencia. Tus textos, tus palabras, tus discursos y tu sabio corpus teórico pudieron materializar una crítica concreta a la civilización que nos vaciaba de vida, que nos oprimía. Contigo supimos identificar ese enemigo que los civilizados llaman ciencia, esa herramienta del poder, vestida de razón, lacaya del sistema. Y contigo vimos que, a través de ella, las estructuras jerarquizadoras nos habían alejado de la vida real, de la vida vivida deliberadamente, del vivir en los bosques, de ser, en definitiva, realmente libres. Nos hiciste descubrir que lo que la civilización llamaba técnica y progreso era, en realidad, otra forma más de dominación sobre la existencia y la naturaleza.

Bajo tus ideas, bajo tu paraguas espiritual, luchamos, quemamos y destruimos todo aquello que hedía a moderno, a tecnológico. Nos llamaron terroristas porque no quisieron llamarnos liberadores. Nos quisieron matar, pero supimos defendernos. Por cada uno de los nuestros que mataban, una central de fusión nuclear que reventábamos. Por cada herido, una nave de extracción de materiales pesados que destruíamos. Por cada metro cuadrado de bosque extirpado, un complejo de investigación cuántica que saltábamos por los aires. Hasta que, al fin, les obligamos a negociar, a que tú negociaras por nosotros.

Y negociaste. Vaya si negociaste. Aunque para ello, como dije, debiéramos abrazar al enemigo. Porque cuando se te propuso ocupar el antiguo territorio antes llamado Amazonas, lo rechazaste. Porque cuando se te propuso ocupar las tierras del norte del viejo Canadá, también lo rechazaste. Nadie, en su momento, entendió por qué lo hiciste. ¿Cómo ibas a renunciar a un territorio autónomo para llevar a cabo nuestro modelo anticivilizatorio? Hasta que te sacaste de la manga una información que pocos tenían: usar la técnica, el progreso, para huir. Usar la información obtenida en el ataque al Centro de Investigaciones Cuánticas del Instituto Planck para exigir un pasaje a un universo del Multiverso donde nunca hubieran aparecido los humanos. Un sitio virgen de tecnología, un universo vacío de la dominación humana.

Diez años han pasado desde que todo nuestro movimiento se embarcó, usando los conocimientos y la tecnología que repudiábamos, para viajar, para empezar de nuevo en un nuevo universo. ¿Hiciste bien? La mayoría creemos que sí. Aunque las dudas siempre quedarán, aunque las críticas e injurias de otros sigan en pie. Usar la tecnología para abandonar la tecnología. Luchar para acabar huyendo. Saber que, al haber infinitos universos, el Sistema al que combatimos simplemente se libró de nosotros…

Pero al menos ahora somos libres, en paz, en un mundo virgen, sin tecnología, sin estructuras de poder, sin herramientas que esclavizan. Hoy, al fin, vivimos la vida en los bosques deliberadamente, como se nos prometió. Y hoy, también, te despedimos. Hoy, te vas, nos dejas. No sabemos qué enfermedad te habrá arrancado la vida ni nos importa. Quizá en la civilización tuvieran un nombre, un estudio, un medicamento, una piececita más de todo ese complejo sistema de alienación que ellos ahí montaron. Aquí no importa, porque aunque te vas, te vas libre. Adiós amigo, adiós maestro. Adiós Zerzan.

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El friki

Abascal dio un respingo y se llevó la mano a la cabeza, ahí había algo pegajoso y caliente, era su propia sangre. Miró alrededor buscando con qué le habían golpeado y lo encontró rápido, una lata. Se agachó a recogerla y comprobó que era de los años ochenta, concretamente del dos mil ochenta y ocho. La información de su visera Hal no dejaba lugar a dudas, marca Coca-Cola Barajas Adolfo Suarez. Movió la lata con curiosidad comprobando que aún tenía líquido. Coca-Cola quebró después del crac del 96 y con ella toda España.
De ese país solo quedaban cosas como su propio nombre. Su padre era un friki de todo lo que sonara a español. Abascal pensó que había tenido más suerte que su hermano, al que había llamado Torito Bravo.
Levantó la vista y ahí estaba su contacto. Una figura ataviada con ropas anchas y raídas de la que solo podían atisbarse los ojos.

—Tengo más como esa y alguna bandera del año tres mil uno.

Abascal miró al indígena con incredulidad. Pasó por alto la presentación violenta, ya que era casi imposible encontrar una bandera postconstitucional de esa época y le habló con condescendencia:

—Te puedo ofrecer por todo un par de litros de agua transgénica sin patógenos y un quilo de masa de insectos rica en proteínas.

El indígena soltó una carcajada. Abascal empezó a ponerse nervioso y su visera Hal reaccionó de inmediato regulando su temperatura corporal y su ritmo cardiaco. La temperatura en ese lugar era de cuarenta y cuatro grados centígrados.

—¿No creerás que soy estúpido? No soy un gris. Conozco a tu padre, íbamos juntos a la Universidad en El Dorado.

Abascal se sorprendió. Nadie de la Zona Segura estaría aquí. La Zona Gris era casi inhabitable. Aquí malvivían algunas tribus con temperaturas medias de cincuenta grados.

—Quiero volver. Esa es mi única exigencia.

Después de esas palabras el gris se sentó en la arena esperando una respuesta. Abascal buscó en la interfaz, recibiendo al instante en su visera un montón de imágenes y sonidos que resolvían sus preguntas. El desconocido resultó ser Abu Simbel, un eminente científico que ayudó a confinar permanentemente la Zona Segura y su capital El Dorado. Después se hizo activista pro derechos grises y quiso democratizar los recursos naturales. Un día, hacía décadas, desapareció sin más.
Abascal tragó saliva, sabía lo que tenía que hacer.

—Está bien. Mi padre acepta tu petición —mintió.

Los ojos de Abu brillaron mientras se empañaban de lágrimas, aunque rápidamente se evaporaron por el calor.

—Quiero que me des la ubicación exacta de los objetos, Abu.

—Enseguida.

Sacó un localizador y se lo acercó a Abascal.

—Mira, aquí está todo. No sabes lo que me ha costado reunirlos durante años. Los grises no tienen ni idea de lo que pueden valer estos objetos. Me equivoqué. No quieren cambiar el mundo. Se conforman con migajas, no les importa que el mundo vaya a desaparecer dentro de poco. Ni a tu padre, el jefe supremo, ni a nadie de este maldito mundo.

—¿Cuánto tiempo?

Abu miró a Abascal confuso.

—¿Cuánto tiempo falta para el colapso total del clima y los recursos? —Volvió a preguntar Abascal.

—Ah. Unos doscientos años, no más. El Dorado sigue explotando todo el planeta solo para unos pocos de miles de personas privilegiadas, como yo mismo hace tiempo. Pero ya estoy cansado y ahora sé que nadie va a cambiar nada. Solo quisiera poder volver a disfrutar de los placeres de El Dorado. Poder bañarme en una piscina, volver a comer carne y huevos. Pero sobre todo poder hablar con otros sobre libros o política. Tu padre es un buen conversador, en cambio los grises solo son unos paletos incapaces de hacer ni una revolución.

Abu ni siquiera pudo ver venir el golpe. Abascal le partió el cuello como si de un pollo se tratara. Recogió el localizador y lo guardó feliz pensando que en doscientos años ya estaría muerto y que sería él quien le entregaría todas esas mierdas frikis a su padre con los privilegios que eso le reportaría. Hal desinfectó sus manos y Abascal se marchó satisfecho en su pasaportodo hacia El Dorado.

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La señora

No tenía por costumbre echar la vista atrás, no se lo podía permitir. Pero la noche de hoy era diferente, podía hacer una excepción. Había sido su peor día en mucho tiempo, y también su último. No es que contase los días, sólo los idiotas lo seguían haciendo, pero la última vez que se sintió así no tenía ni una arruga. Tampoco es que tuviese a mano un espejo para mirarse, pero le era cada vez más sencillo surcar las arrugas de su rostro con las yemas de sus agrietadas manos.

La señora había sido una mujer de hermoso rostro, casi angelical. Éste contrastaba con el resto de su desgarbado cuerpo. Era ancha de hombros, plana a la altura de los pechos y con las piernas exageradamente largas. Río a carcajada limpia recordando lo necia que era cuando todo era fácil. Ese cuerpo que tanto había maldecido resultó ser el mejor aliado que tuvo a lo largo de su vida; en cambio de ese rostro del que tan orgullosa estaba no quedaba más que piel arrugada y cuatro mechones grises como el cielo de los amaneceres de hoy.

Ya no recordaba como eran los días de sol. De pequeña solía ir con su padre a la playa y tumbarse en la arena hasta el ocaso. Después del gran estallido sus días jamás volvieron a iluminarse. Los primeros años todavía había gente que albergaba esperanza, « imbéciles », pese a la histeria general y la falta de cultivos y alimentos. Todo eso se terminó con el inicio de los clanes. Cuando se dieron cuenta que nada volvería a crecer muchas familias y miembros solitarios que lo habían perdido todo decidieron comenzar a agruparse. Lo que al principio fueron saqueos y peleas por los pocos bienes que quedaban pronto se tornó en lo inevitable. En lo que todo el mundo temía y muy pocos se atrevían a vocalizar. Su padre siempre se negó a ser parte de este nuevo mundo. “Nosotros no somos así” repetía cada vez que les rugían las tripas, cada vez que pasaban por un árbol anciano y moribundo.

Durante unos años este modo de vida les sirvió. Vivían aislados, sin hablar con nadie. Cambiaban de lugar cada noche. Nada de hogueras, nada de ruidos. Siempre con miedo. Dormían lo justo, rotando cada día uno, y subsistían de los restos de una civilización anterior que lo tuvo todo y no supo cuidarlo.

El día que su padre murió lo cambió todo. Cada vez era más difícil encontrar comida, cada vez arriesgaban más. Él, hombre timorato toda su vida, intentó robar en el asentamiento de un clan llamado “Los Quebrantahuesos”. Cuando atraparon a su padre, ella intentó huir sin éxito. Se defendió de sus dos primeros atacantes con éxito, pero no pudo con el tercero, « ese cabrón de nariz porcina ». El clan, valorando su utilidad, le “ofreció” unirse. Su padre no tuvo tal suerte y acabó su vida como tantos buenos hombres la habían acabado. Lo duro fue lo que vino después. Para asegurarse de su lealtad le ofrecieron un rito de iniciación que aún le provocaba nauseas recordar.

Vivió muchos años así. Cambió de clan varias veces. Se convencía de que era su única forma de subsistir. Hasta que apareció el chico. Saliendo de cacería rutinaria tropezó ladera abajo rompiéndose una pierna. Sabía que era su fin. Ya no era útil y sólo era una presa fácil para el primer suertudo que la encontrase. Cuando apareció él se quedó helada. Hacía muchos años que no veía a nadie de su edad. Le arrastró a la cueva en la que se protegía y cuidó de ella durante dos semanas. Sin pedir nada a cambio, un gesto de bondad pura. Sus compañeros de clan no tardaron en encontrarles. Intentó defenderle, intentó explicarles, intentó…Fue inútil. “De que nos va a servir ese tirillas” le dijo El Hurón entre risotadas antes de que lo degollase. Pudo con otros tres más antes de que la atrapasen. El chico murió esa misma noche, y la señora esperaba encadenada a seguir el mismo destino. “Nosotros no somos así” pensó con una sonrisa de ojos tristes antes de ver como el hacha descendía sobre su cabeza.

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Berlín 2120

Los humanos destruímos la ecología. Abrasamos la tierra. Casi secamos los ríos. Destrozamos la biodiversidad. Agotamos los bosques. Por primera vez, contribuímos a cambiar masivamente las condiciones de vida para todos los habitantes de la tierra.

Países prósperos y en vías de desarrollo. Ciudadanos pobres y ricos. Ratas de la marginalidad y mafias de las narcociudades de los restos de Nueva Rusia y del antiguo Estado de China, convertido ahora en una confederación de países productores de basura espacial, alimentos sintéticos y delincuentes.

Todo cambió radicalmente, y la ecología fue entonces la que destruyó nuestra humanidad , cambiando para siempre nuestros hábitos, costumbres y valores éticos. Nuestra consciencia, vergüenza y hasta nuestra creatividad. Yo, Kentavious Marovich, estoy decidido a delinquir como terrorista ecológico, y a cometer el mayor acto terrorista de la historia de la humanidad.
Tal vez dentro de uno o dos siglos, se recuerde este acto de terrorismo como una muestra de rebeldía y libertad. O tal vez solo sea un patético delirio de grandeza de un ciudadano cero intrascendente. Tal vez no sea más que una mota de polvo insignificante , como lo ha sido mi vida, mis motivaciones y mi legado. Tal vez sea el acto más miserable y terrorista que nadie se haya atrevido a perpetrar. Júzgalo tú.

En el año 2100, coincidiendo con el cambio de siglo, por primera vez en la historia de la humanidad, el desperdicio de agua en cualquiera de sus formas, incluyendo incumplir el reciclado obligatorio de nuestros residuos corporales, se convierte en delito universal, tipificado simultáneamente en todos los países, narcoestados y regiones autónomas del mundo.

Es una medida insólita en la historia de la humanidad, pero también había sido insólita la destrucción de la economía, la desaparición de ciudades de millones de habitantes, incapaces de abastecerse, o las grandes guerras por los recursos del agua.

A partir de ese momento, no está permitido orinar fuera de lugares habilitados, poseer mascotas que necesiten recursos como el agua, y la producción de carne se ha reducido en un 90%.

Ninguna obra de ficción fue capaz de predecir esta distopía. Tampoco la perdida de esperanza de vida. Los cinco litros semanales y reutilizables para el aseo individual, o sencillamente los cambios morales y filosóficos derivados de estas nuevas necesidades.

Espero que si llegas a leer esto, te revuelvas nervioso en tu asiento, resoples de tranquilidad, o te rías de mi suerte. Tal circunstancia significaría que hay nuevos tiempos para el hombre, para el planeta y sobretodo para ti.

El concepto de las cárceles ahora es completamente diferente. El agua es un privilegio, por lo que los delitos graves se solucionan con pena de muerte. Si eres basura, no eres merecedor de ningún tipo de recurso. Si has cometido crímenes leves, cumplirás tu pena sedado para no gastar energía. Tu orina será agua para otros presos. Agradable, ¿verdad?

Supongo que estarás pensando, por qué este idiota va a ser relevante, quién va a leer su historia 10, 50 o 200 años después, que tipo de protesta o de grito de libertad es incumplir las normas de la época que le ha tocado vivir, las mismas que tienen todos sus congéneres, y que hacen que yo, en otra era, exista gracias a que no nos hemos extinguido como especie.

¿Qué podría hacer alguien como yo, un mediocre programador propiedad del nuevo Imperio Económico Británico?

No te he dicho que vaya a actuar solo. Dentro de apenas quince minutos, 1.500.000 personas de todos los países del mundo, nos saltaremos la primera ley global orinando en la calle, desperdiciando una cantidad incalculable de agua, y seguramente cometiendo también el primer delito masivo de forma simultánea, y reduciendo mi tiempo de vida a días, horas o quizá minutos.

Recuerda mi nombre, Kentavious, y cuando termines de leer esto, coge un vaso de agua, bébelo, y dime si eres afortunado o esclavo.

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