I Torneo de minirelatos pacotero - Hilo serio (comentarios en el otro)

Fuera de Concurso

La cabaña en el bosque por Amante No Tan Rechoncho Como Amante Rechoncho

En un claro del bosque vivía un espíritu, demasiado pequeño para tener cuerpo, forma o mente; era una fuerza primigenia, formada por sueños y deseos, guiada por los más básicos de los instintos. El espíritu vivía rodeado de pinos y arbustos, con la compañía de ardillas, osos y hormigas. A las ardillas el espíritu les daba bellotas, que hacía aparecer en sus escondites; a los osos, cuando alguno de ellos cruzaba su claro, les preparaba un festín; y a las hormigas las protegía de la lluvia y las inclemencias del tiempo. Y, con cada deseo que cumplía, el espíritu vivía y era feliz.
Un día, en su pacífico claro, apareció un niño. Llegó solo a lo más profundo del bosque, muy decidido a no mirar atrás. El espíritu acudió al niño, llamado por sus deseos y sentimientos; atraído por un alma brillante como un faro en mitad de la noche. Vio que el niño tenía frío, y le dio una manta para abrigarse; notó que tenía hambre, y el espíritu le ofreció pan y agua; y, cuando el niño tuvo sueño, el alma del bosque conjuró una pequeña cabaña donde su invitado pudiera cobijarse.
El niño creció feliz en su cabaña del bosque, rodeado de comida y juguetes, con un claro para él solo donde jugar con los animales. El espíritu era invisible a la vista y el oído, pero el niño siempre sabía dónde estaba y sentía su presencia por las noches, cuando cerraba los ojos tras un día de diversión.
Más humanos encontraron la cabaña, por casualidad, buenaventura o decididos a pedirle al djinn que allí vivía sus deseos. Llegaron al claro pastores perdidos preguntando por su ganado extraviado, hombres avariciosos exigiendo monedas de oro, poetas cínicos en busca de sus musas y hombres furiosos porque su oro se había convertido en humo al dejar el claro. Todos ellos consiguieron que el espíritu escuchase y cumpliese su ruego, hablaron con el adolescente que allí vivía y todos ellos se fueron, dejando la cabaña a sus dos ocupantes.
Un alma del bosque no tiene corazón, pero el espíritu de nuestra historia aprendió a querer a su niño. Con el tiempo su relación se estrechó, y fue capaz de entender sus verdaderos deseos, más allá de aquellos más superficiales: le alimentó con comida sana, le ofreció ejercicio, le enseñó a leer, escribir y sumar. El adolescente siempre tuvo a su disposición un libro que leer, y con ellos aprendió matemáticas, historia y geografía; con ellos vivió mil vidas en cien mundos diferentes, alejados de su pequeña cabaña en el claro del bosque. El niño creció en un joven adulto, y el espíritu creció con él, a su propia manera. Las almas no crecen como los humanos; el espíritu no se hizo más fuerte, ni más listo, ni más grande. Pero, tras respirar durante años los sueños y deseos de su niño, se volvió más .
Un día, el joven adulto salió de la cabaña en la que convivía con un espíritu. Este había entendido su deseo, y el joven llevaba a la espalda una mochila con alimentos, mapas, cuerda y agua; en sus pies calzaba unas botas fuertes; y sus ojos miraban al frente, más allá del claro del bosque.
El joven caminó rumbo a la civilización. Su vínculo con el espíritu, presente en su vida desde que tenía memoria, se atenuó con cada paso. Tras el paso número mil, el joven sintió como la leve conexión se cortó al fin, demasiado lejos de su claro para que la magia del espíritu pudiese alcanzarle. Y, en ese preciso instante, notó la hierba a sus pies, porque sus botas desaparecieron. Se aligeró su espalda, porque la mochila había dejado de pesarle. Y no sintió nada más, porque todo su cuerpo se desvaneció en humo, sueños y alma.
Mil pasos atrás, un espíritu vivía en un claro del bosque. Nadie que visitara el claro podría ver una cabaña, pues ya no había ningún niño que la deseara. El espíritu descansaba, sin función ahora que nadie a su alrededor deseaba con la fuerza de un humano, esperando pacientemente a que los deseos de otro niño le devolviesen a la vida.
Condición

Sin diálogos

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Fuera de Concurso

Consulta del Viernes a las 19:00 por Miembro Anónimo de La Organización

Cada viernes, cuando suenan las campanas de las siete en la iglesia de Madrid, al Doctor Arelli se le eriza la piel. Con puntualidad casi molesta abre la puerta su paciente. Está totalmente perdido, como de costumbre, y eso atormenta, enfurece y asusta en partes iguales a Arelli.

El doctor era un hombre tranquilo. Una voz más estricta diría que llamarse a sí mismo “doctor” siendo un simple psicólogo recibido con un promedio de 4,10 en la Complutense era un acto de soberbia exagerado, pero Arelli no lo hacía por sacar pecho, sino por comodidad. A él no le gustaba el conflicto, no le gustaba el exceso de energía. Si decir doctor levantaba alguna duda, el sentido común las despejaría. Y a sus pacientes hasta a veces les servía la confianza de escuchar la palabra doctor. Era terapéutico, según algún que otro autor que Arelli estaba seguro de haber leído, en algún momento de su vida. Alguien lo había dicho y tenía suficiente repercusión para ser cierto. Él sabía que no todo por estar en internet era cierto, pero tanta gente no iba a equivocarse en compartir fuentes.

Arelli, siendo un hombre que aboga por la paz y la tranquilidad, debería en teoría encontrar un alma amiga en su paciente de los viernes a las siete. Taciturno, desconectado de la realidad, mirada constante de un punto a otro, como si siempre quisiera ubicar dónde estaba en la habitación, o si pensara que le faltaba algo. Pero por sobre todo, un hombre que no hablaba. Un hombre que parecía considerar las palabras un desperdicio. Y eso le ponía la piel de gallina. ¿Por qué, un hombre así habría decidido tomar terapia? Arelli no tenía la menor idea. Su mujer, o su novia, no tenía cómo comprobarlo, había hecho los arreglos con su secretaria. Desde entonces, tres viernes consecutivos, el silencioso hombre había entrado a la sala. Tres veces Arelli había hablado con él, probando distintos acercamientos. La primera vez había sido la peor, ya que no se lo esperaba, estuvo durante casi una hora haciendo preguntas que nunca obtuvieron respuesta, para con las campanas de las 8 ver a su paciente irse. Una semana luego, Arelli leyó posts sobre la actitud de mutis en adultos ante la terapia, y armó un plan que fracasó durante el segundo viernes. Para el tercero se esforzó aún más, buscando en apuntes viejos, releyendo notas de conferencias y consultando fuentes confiables en internet, estructuró un plan para la tercera sesión. Y nada ocurrió.

Arelli está sentado por cuarta vez, viendo al hombre que no le dirige una sola palabra, acostado en el diván. El doctor suspira, con algo de derrotismo, le acerca un bloc y un lápiz para incitarle a dibujar, sin decir una palabra. Pasan cincuenta minutos donde Arelli lee en silencio uno de los libros de su consultorio, mientras escucha el sonido del lápiz en el papel. Saber que él está haciendo algo aparte de mirar para todos lados relaja sólo un poco al doctor.

Las ocho llegan y con ello el paciente deja el bloc y el lápiz sobre la mesa y deja la sala. El doctor suspira. Por hoy, se irá a su casa y le leerá a su hija. Mañana pensará qué hacer con ese loco.

El servicio de limpieza del consultorio funciona de noche, y Hermilda entra mientras Arelli se va. Hermilda es madre de cinco y su marido tiene la edad del doctor. Sabe lo que es el rostro de alguien cansado. Le conoce a Arelli hace más de quince años, y él le confía que trabaje incluso cuando él se va. Hermilda acomoda las sillas antes de ponerse a barrer, y ve el bloc de notas sobre la mesilla, fuera de su lugar. Lo toma, mirando por unos segundos el dibujo del pato triste, y lo deja en el escritorio mientras toma la escoba. Empieza a barrer alrededor del diván cuando nota, entre los cojines, una cartera asomando.

Con una patada, el paciente abre la puerta y sin detenerse dispara un solo tiro entre las cejas de la mujer. En su mano tenía su cartera.

El lunes al hallar el cuerpo, Arelli jura encontrar al asesino.

Condición

Sin diálogos

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1/8 de Final F3

Covid69 vs Mosquito Tigre con la condición “Relato epistolar".

Estela

86º día del Verano

Mi bienquerido padre:

Hace dos días que el conde de Rivas acudió a nuestro hogar a tomar mi mano. Hemos partido de inmediato en travesía hasta el lugar donde contraeremos sagrado matrimonio. Como bien imaginábamos, el conde no me ha permitido despedirme de usted ni de mi hermano José: llegó de buena mañana mientras usted trabajaba la tierra. Se lo supliqué, pero no accedió a mis ruegos.
Lamento profundamente no haberme podido despedir de usted. Espero que tenga a bien perdonarme. Voy a añorar su voz reconfortante, sus abrazos y sus besos. Pero espero poder seguir enviándole cartas para que sepa que yo estoy bien.
Desconsoladamente suya,
Estela.

2º día del Otoño

Mi bienquerido padre:

Es el séptimo día de la travesía y la comitiva del conde de Rivas apenas se detiene a descansar. Todos los lugareños de las aldeas por las que pasamos se quedan atónitos ante tanta opulencia. Algunos nos preguntan si somos reyes.
Desde la ventana de mis aposentos en la posada donde hemos pernoctado se puede ver una afilada montaña. Justo después del rezo de vísperas, el Sol se oculta tras su pico, formando una curiosa sombra que se asemeja al perfil de un ave carroñera.
Rezando cada día por usted,
Estela.

8º día del Otoño

Mi bienquerido padre:

Hoy hemos parado en un pintoresco pueblecito para aprovisionarnos de víveres. Aquí he comido el guiso de conejo más rico que he probado en mi vida. La cocinera me ha dicho que el secreto está en unas setas que sólo crecen en los bosques del noreste. El conde se ha alegrado de verme disfrutar así y me ha asegurado que no será la última vez que disfrute de estas setas durante el viaje. Creo que en las próximas jornadas me esperan más guisos así.
Recordando los platos de madre,
Estela.

17º día del Otoño

Mi bienquerido padre:

Ayer pude divisar la ermita de Santa Pelagia de Antioquía mientras arrivábamos a la aldea donde pasamos la noche. Le solicité al conde si podíamos hacer un alto en el camino; recuerdo que madre era muy devota de Santa Pelagia y quería rezar por ella. Mi gozo ha sido grande al contestarme que no se aleja mucho de nuestra ruta.
Melancólicamente suya,
Estela.

20º día del Otoño
Mi bienquerido padre:
No sé cuánto camino quedará para llegar a las tierras del conde. Las noches cada vez son más frías y los días más angustiosos sin poder veros a usted y a mi hermano.
Anoche los siervos del conde prepararon los caballos con herraduras más fuertes y monturas más robustas y calientes para ellos. Veo las primeras nieves en el horizonte. Parece que nos dirigimos hacia el norte.
Congelada de piel y corazón,
Estela.

32º día del Otoño
Mi bienquerido padre:
Creo que el conde sospecha algo; hace días que no me deja escribirle. No puedo continuar con esto, no puedo convertirme en su esposa.
He oído a uno de sus caballeros nombrar Fuentecillas. Creo que fingiré una fiebre para retrasar la travesía. A lo mejor así…
Necesitadamente suya,
Estela.

35º día del Otoño

Mi amada Estela:

Desde que vuestro hermano José me enseñó la misiva que enviasteis a vuestro difunto padre, no he dejado de ir tras la caravana del conde de Rivas. Cuán inteligente sois, mi amor, dejándome esas migas de pan en forma de palabras en cada posada donde os albergabais. Habéis sido valiente desafiando al hombre que os arrancó de mis brazos.
Mas siento que yo no haya podido ser tan listo como vos. Cuán estúpido me sentí cuando entendí la estratagema del conde y sus caballeros me apresaron a la entrada de Fuentecillas. Cuán idiota al darme cuenta de la ausencia de vuestro perfume en el último papiro. He caído en su trampa como un inocente infante.
Siento en lo más profundo que vuestro coraje no haya sido suficiente para volvernos a ver una vez más. Al menos, ese malnacido que os hará suya me ha permitido despedirme con esta carta. Nunca olvidaré cada minuto de mi vida a vuestro lado, y tened por seguro que os estaré esperando en la otra vida.
Vuestro por toda la eternidad,
Guillermo.
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1/8 de Final F3

Covid69 vs Mosquito Tigre con la condición “Relato epistolar".

La isla de la locura

Auckland, 12 de diciembre de 1925

Querida Elisabeth:

Para cuando recibas esta carta ya estaré muerto. Lamento no haber podido despedirme como debería. A continuación te relataré los hechos que me hicieron caer en desgracia.
Todo empezó en agosto, cuando el Anne partió de Auckland. La expedición consistía en investigar una isla desconocida que descubrió la tripulación del Emma , o mejor dicho, lo que quedaba de él. Según los informes policiales, un marinero llamado Johansen llegó a Sídney en el pasado mes de abril. El hombre portaba consigo el inquietante fetiche de un ser alado cuya cabeza se parecía a la de un calamar.
El capitán Reginald estaba convencido de que allí realizaríamos un gran hallazgo que nos haría ricos a todos. Mi codicia era tan grande como mi insensatez, y por culpa de esa estúpida promesa firmé mi sentencia de muerte.
Las primeras semanas fueron tranquilas, salvo alguna que otra tormenta. Pese a la bravura de las aguas del Océano Pacífico, el timonel era capaz de amansarlas con un mero golpe de timón.
A partir de la tercera empezaron a suceder los infortunios. Henry, un grumete de tan sólo dieciséis años, enloqueció y asesinó al viejo George con un garfio. Entre unos cuantos logramos reducirlo y lo encerramos con llave en su camarote para nuestra seguridad. Los golpes y sus gritos incesantes nos hicieron pasar algunas noches en vela. El pobre acabó ahorcado dos días después.
Algunos comenzamos a sufrir pesadillas y a tener alucinaciones, sentíamos que nos observaban desde las sombras, oíamos susurros de ultratumba e ininteligibles provenientes de ninguna parte y tiritábamos de frío pese a estar en verano. Muchos de nosotros estábamos tan asustados que pedimos al capitán dar media vuelta. Como era de esperar, Reginald se negó en rotundo.
El día en el que llegamos a la isla nos envolvió una niebla tan espesa como un bosque frondoso. La embarcación impactó contra un arrecife y tuvimos que anclar cerca de la playa. No hubo que lamentar ningún daño personal por fortuna.
Tras unas horas andando, nos encontramos con una enorme estructura de piedra consumida por el musgo y los líquenes. Reginald gritó de excitación y aceleró el paso. En cuanto nos acercamos, un bloque de piedra se deslizó como si de una rueda de molino se tratara. En el interior de la hendidura sólo había oscuridad y tinieblas. Algunos de los marineros huyeron atemorizados, perdiéndose en la bruma. Los que quedamos nos adentramos en la apertura, sin saber que nuestra curiosidad sería nuestra perdición. Nada más entrar, un hedor a sangre y muerte se impregnó en nuestras fosas nasales. Nuestras botas chapoteaban a la vez que se adherían en una sustancia viscosa. Al encender nuestros candiles se revelaron unos jeroglíficos de piedra donde estaba tallado un orbe frente a varios astros alienados, como si fuera una procesión de diamantes. En el lado opuesto del grabado había la misma figura que el fetiche de Johansen: el ser con cabeza de sepia y cuerpo de dragón.
De la oscuridad aparecieron centenares de ojos observándonos, y entonces un rugido atronador restalló en nuestros oídos. Era una visión cuyo horror no se puede describir con palabras. La mano de esa criatura cayó como cometa del cielo, aplastando a varios compañeros con Reginald entre ellos. Solté el candil y corrí sin mirar atrás. Por el camino encontré varios cadáveres con señales de violencia. Los ignoré y seguí hasta subir en el barco. Sin vacilar emprendí el viaje de vuelta, escapando de esa isla infernal, abandonando a los rezagados a su suerte. No sabía si ellos habían logrado salvarse o bien perecieron allí, pero en ese momento lo único que me importaba era seguir con vida.
Desde entonces no ha habido noche en la que haya podido dormir en paz. Esa horripilante visión me perseguirá toda la vida, sin darme ni un momento de tregua. Ahora sólo me queda una manera de poner fin a esto. No llores por mí, pues si bien es una tragedia que todo acabe así, prefiero la muerte a caer más allá del límite de la cordura.
A Dios ruego que se apiade de mi alma.
Conrad
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1/8 de Final F4

Mokuren vs Phoenix Kimmelman con la condición “Relato inspirado en una obra de Shakespeare".

La fierecilla liberada
Acto I
No recuerdo cómo acabamos en aquel garito. Discoteca Padua, ¡menudo antro! Era tarde ya, al menos para nuestros colegas que, salvo el crack del Lucas, se piraron a la mínima. Pagamos al segurata, pedimos un par de cubatas y nos pusimos al acecho.
—¡Bua, Patricio! —me soltó el Lucas, señalando a una pivita de buen ver—. Mira la rubia esa, ¡cómo le daba!
—Toda tuya, primo.
Lucas se fue a tirarle fichas mientras yo me pedía otro ron-cola. Volvió al rato con una sonrisa.
—Patricio, esta quiere tema, fijo. Pero pasa que viene con una amiga, ¿sabes? Y no la quiere dejar tirada. ¿Te importa quedarte con la otra? —Señaló a una gorda que cuchicheaba con la rubia.
—Me debes una, primo —contesté, sabiendo que se la cobraría al muy capullo.
El Lucas se fue con la pava a los baños y yo me quedé con la amiga. De cara no estaba mal, pero era una buena foca. Llevaba meses sin mojar, y en época de guerra… Charlamos un rato de algunas mierdas, evalué el terreno y decidí echarle la caña. Fue mesa fácil. Empecé con un par de comentarios bien encajados sobre sus defectos. Dumbo se me resistió un poco, la muy fierecilla, pero soy buen domador. Al poco rato la tenía comiendo de mi mano. Bailamos agarrados y en cuanto pude le metí la lengua. Se me negó a ir a los baños, pero me dijo que vivía cerca y que su viejo no estaba. Y allá que fuimos. ¡Pedazo piso tenía la tía! Se notaba que su padre ganaba pasta. Me la trajiné divinamente, y aunque no suelo repetir, quedé con ella más veces. Cata, se llamaba, un nombre de pija. Me venía que ni pintada, porque yo andaba sin dinero por movidas. Le pedía pasta, y si se me reviraba le metía cuatro gritos y ya soltaba los billetes. Era un goce de churri. Obedecía todo sin rechistar, como buena mujer, y se fiaba más de mí que de su sombra. Fue una pena que se pirase.
Acto II
No recuerdo cuándo decidí que todo debía terminar. Quizás fue al ver a aquel pobre perro sufriendo con un collar de castigo. O puede que por lo estúpida que me sentía al fingir creer sus mentiras, solo para evitar más gritos. Mi relación con Patricio estuvo plagada de ellos, pero yo, estúpidamente enamorada como estaba, solo pensaba en complacerlo y así evitar su ira. Pues cuando se enfadaba, si bien no me levantaba la mano, me hacía sentir miserable y culpable por ello. Con él me sentía asfixiada, y si hacía ademán de salir a respirar, se deshacía en disculpas vacías y promesas de cartón. Decía que iba a cambiar, pero en realidad eso nunca cambiaba. Me sentía sola. Mi padre me alentaba a seguir con él, alegando que «es normal que te grite de vez en cuando». Patricio siempre se mostraba afable en su presencia, pero irascible y déspota en la intimidad. Sentía que era su esclava, hundiéndome en el fango del compromiso, temiendo la llegada del «hasta que la muerte os separe». Esta última salida parecía la más sencilla, pero yo quería vivir.
Aquel día, tras otro amanecer de gritos, le dije a Patricio que habíamos terminado. Él se excusó en un mal día y me dijo que me amaba con locura. Pero esta vez fui valiente por miedo a no respirar de nuevo. Cuando él vio que sus disculpas no funcionaban, desveló su verdadero semblante. Me gritó como nunca lo había hecho, me llamó gorda y fea, y prácticamente confesó que solo estaba conmigo por dinero. Pero yo ya era imparable. Grité hasta acallar su voz. Liberé toda la rabia e impotencia que había acumulado, y le eché en cara todo el daño que me había hecho. Por primera vez, vi el miedo en los ojos del domador. Él replicó que con esa actitud rebelde y gritona jamás encontraría a otro hombre, pero a mí eso ya me daba igual. Cuando salí de su piso, libre al fin, tomé una profunda bocanada de aire, sonreí por primera vez en meses, y corrí por la jungla urbana, como una fiera liberada.
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1/8 de Final F4

Mokuren vs Phoenix Kimmelman con la condición “Relato inspirado en una obra de Shakespeare".

Efímera
El sol hace su aparición otorgando su luz a las nobles tierras del reino de Dinamarca. La temperatura en Elsinor es agradable. Los lirios ya visten los campos, y los pájaros llenan con su canto un viento suave.
Cerca del castillo de Marienlist, en el lugar reservado para el descanso eterno, se afanan en preparar una tumba un par de campesinos sepultureros.
—¿Cristiana entonces? —pregunta el primero.

—Sí, cristiana, eso ha dicho el juez —responde el segundo.

—Vaya con la justicia. Es ciega hasta que la buena posición y el dinero obran el milagro de hacerla ver.

—Suicidio o no, nos han dicho que cavemos, cavemos pues.

—Muy bien. Un lago negro, un lago blanco… —se pone a cantar mientras cava.
Al mismo tiempo que ambos siguen con sus labores, pasean cerca Hamlet y Horacio, su amigo. Aquel que cava encuentra una calavera y la tira hacia atrás cayendo cerca del príncipe. Hamlet se detiene, toma el cráneo, y se pregunta cómo habría sido en vida esa persona, si fue buena, si fue alguien importante, y, sin embargo, para lo que había quedado, con su crisma tirada por el suelo como si fuese un bolo. Hamlet reflexiona, levanta su vista, y se acerca a los sepultureros. Siente una extraña curiosidad, de modo que les pregunta:
—¿De quién es esta tumba?

—Mía, mi señor —dice uno de ellos.

—La tumba es para muertos pero usted está muy vivo. Insisto, ¿de quién? —pregunta Hamlet de nuevo. Ignorando la pregunta, quien cava desentierra otra calavera que resulta ser, según el enterrador, de Yorick, una persona otrora por el príncipe conocida— ¡Ay! Pobre Yorick —se lamenta—, era un buen hombre. Siempre saludaba.
Tras decir estas palabras, el cortejo fúnebre hace su aparición. Aún en la distancia, se puede ver como Laertes lo encabeza. Un escalofrío amargo recorre todo el cuerpo de Hamlet, que junto con Horacio decide esconderse cerca. Pronto sus sospechas se confirman y descubre que Ofelia, su amada, está muerta.
Se hace el silencio, un silencio incómodo, mientras todos se congregan. El sacerdote lo rompe negándose a dar sagrado responso.
—Por respeto al resto de difuntos es que no lo haré. Sólo flores, repique de campanas, y cristiana sepultura —dice finalmente el cura.

—¿Nada más? —replica Laertes.

—Y nada menos —sentencia el sacerdote.
A continuación, la reina Gertrudis cubre de flores a la doncella, y lamenta que esas flores no cubrieran en realidad el lecho de bodas de su hijo Hamlet con Ofelia. Acto seguido, los enterradores bajan su cuerpo, y cuando salen para echar la tierra, Laertes no puede evitar el impulso y se lanza a la fosa para abrazar a su hermana por última vez. Hamlet sale de su escondite lanzándose también, y entonces estalla la disputa.
—¡Mataste a mi padre y mi hermana está muerta por tu culpa! ¡Te voy a matar, maldito asesino hijo de puta! —grita Laertes que se abalanza para golpearlo.

—¡Eso ya lo veremos! —responde Hamlet.

—¡Basta! ¡Sepárenlos ahora mismo! —grita el rey Claudio. A duras penas pueden separarlos, pero al final logran hacerlo— ¡Laertes ven aquí ahora mismo! —Laertes se dirige hacia donde está el rey, y cuando está a su altura, éste se le acerca al oído y prosigue—. Mantén la calma hijo, recuerda lo acordado. Pronto llegará el momento en el que cobres tu venganza.

—De acuerdo, majestad —responde Laertes.

—¡Y tú, Hamlet! —exclama ahora el rey dirigiéndose al príncipe— Será mejor que te vayas.
Las miradas entre el rey Claudio y el príncipe Hamlet lo dicen todo. Hamlet nunca va a perdonar a su tío el hecho de que éste matara a su propio hermano, su padre, para usurpar el trono. Por eso antes de irse, el príncipe mira por última vez a Ofelia, se despide de ella en silencio, y responde al rey diciendo:
—No os preocupéis, me voy. Pero sabed esto, que tarde o temprano todos, absolutamente todos, nos terminaremos yendo, majestad —concluyó el príncipe.
Finalmente, tanto Horacio como Hamlet abandonan el lugar perdiéndose en la lejanía. Y, efectivamente, no sólo ellos dos se fueron. Cada uno se fue yendo, según su hora, perdiéndose también en esa lejanía que da lugar a la sombra y al olvido.
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Fuera de Concurso

KILKELLY, IRLANDA (Autor: The Irish Rover)

Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y sesenta.
Mi querido y amado hijo John:
Tu buen amigo, el maestro de escuela Pat McNamara, ha sido tan amable de escribir estas palabras por mí. Tus hermanos se han marchado todos a buscar trabajo en Inglaterra, no sabes lo triste y vacía que se siente la casa ahora. La cosecha de patatas está infectada, me temo que tendremos que tirar de un tercio a la mitad. Pero no todo son malas noticias: te alegrará saber que tu hermana Brigid y Patrick O’Donnell por fin van a casarse en junio. Tu madre dice que no trabajes en el ferrocarril y que te asegures de volver pronto a casa.



Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y setenta.
Mi querido y amado hijo John:
Saluda de mi parte a tu mujer y a tus cuatro hijos, ojalá crezcan sanos y fuertes. No te sorprenderá saber que Michael se ha vuelto a meter en problemas, supongo que tu hermano nunca aprenderá. Por culpa de la humedad, no disponemos de turba y ahora no tenemos nada que poder quemar. Brigid se siente muy feliz de que le hayáis puesto su nombre a vuestra hija. Ellos ya tienen seis, imagínate. Me cuentas que has encontrado trabajo, pero no me dices de qué clase ni cuándo volverás a casa.



Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y ochenta.
Mi querido y amado hijo John:
Lamento tener que darte la triste noticia de que tu querida y anciana madre ha fallecido. La enterramos en el cementerio de la iglesia de Kilkelly, tus hermanos y Brigid estaban ahí. No te preocupes, murió rápidamente y sin dolor. Por favor, recuérdala en tus oraciones. Me alegra oír que Michael va a regresar por fin. Con dinero sin duda podrá comprar tierras, ya que las cosechas han sido muy pobres y la gente está vendiendo a precios muy bajos.



Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y noventa.
Mi querido y amado hijo John:
Ya estoy cerca de cumplir ochenta años y ya han pasado treinta desde que te marchaste. Gracias al dinero que me envías, he podido seguir viviendo hasta ahora solo por mi cuenta. Michael se ha construido una buena casa y los hijos de Brigid ya se han hecho todos mayores. Gracias por enviarme una foto de tu familia, tus hijos e hijas se han convertido en unos estupendos jovencitos. Dices que puede que incluso podáis venir a visitarnos, ¡qué alegría sería poder volver a verte de nuevo!



Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y noventa y dos.
Mi querido hermano John:
Siento no haberte podido escribir antes para decirte que padre murió. Los últimos meses estuvo viviendo en casa de Brigid. Dice que estuvo animado y sano hasta casi el final. Ojalá pudieras haberle visto jugando con los nietos de tu amigo Pat McNamara. Le enterramos junto a madre, en el cementerio de la iglesia de Kilkelly. Fue un hombre fuerte y luchador, siempre con una sonrisa en su rostro a pesar de la vida tan dura que tuvo. Durante todos estos años, nunca dejó de hablar de ti. Incluso te llamó en su lecho de muerte. ¿Por qué no vienes algún día a visitarnos a todos? No sabes cuánto deseamos volver a verte.

Condición

Relato epistolar

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Fuera de Concurso

Memorias de un eyaculador precoz por El Rey de la Comedia

Ella se quitó la ropa.

Fin.

Condición

Relato erótico

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1/4 de Final G2

¿Qué Pato? vs Hairball con la condición “Relato basado en una canción".

La hora

Juan se despierta de la siesta tumbado en su sofá. Busca en la mesita su móvil. Son las seis y pico y no tiene ningún mensaje. Hoy es sábado y Juan, unas horas antes, se había dicho a sí mismo que por qué no dejarse llevar por el sueño. Que, total, fuera llueve. Aún somnoliento se levanta y mira por la ventana. Observa en el exterior la calle gris y oscura, manchada por millones de gotas de agua y por los puntitos luminosos que son las farolas de la ciudad. Como todavía quedan horas para matar, enciende el televisor y busca en él algo con lo que pasar el tiempo. Alguna de las varias plataformas de entretenimiento debería ofrecerle algún programa, alguna serie para ver. Ha sido un buen día para quedarse en casa, piensa. Mañana, ya si eso, saldrá por ahí. De excursión o por el campo, a lo mejor. Es joven y la vida es larga.

Juan se despierta de la siesta tumbado en su sofá. Mira su móvil y son las siete. Hoy es sábado; otro sábado más. Mira por la ventana y observa la calle gris y oscura de siempre. No llueve, pero tampoco le apetece salir, que está cansado. Todavía le quedan horas para matar, así que enciende el televisor. Hay un programa de esos de gente haciendo las cosas que a él le gustaría hacer. Mañana quizá salga a dar alguna vuelta por la ciudad o por el campo, esperando encontrarse alguien o algo. Se dice a sí mismo que aún es relativamente joven.

Juan se despierta de la siesta. Tumbado. En su sofá. Ni mira la hora. Hoy, sábado, ya no saldrá. Otro sábado más sin salir, sin saber qué hacer. Juan no sé levanta para mirar por la ventana. Quizá encienda el televisor. Lleva ya diez años en esta casa, fuera sigue habiendo la misma calle gris y oscura. Mañana no hará nada, ya lo sabe. Ya no es tan joven para salir.

Juan se despierta. De la siesta. Tumbado. Sofá. Otro sábado. Calle. Gris. Oscura. Televisor. Ningún plan. Viejo. Lo de siempre.

Juan se despierta. De verdad. Juan se da cuenta, hoy, que diez años han pasado. Que se ha quedado atrás, que llega tarde al disparo de salida para la carrera que debería haber sido su vida. Nadie le dijo cuando correr y ahora, él, quiere correr y correr para alcanzar un sol figurado. Juan siente que el sol es el mismo, pero él es más viejo; con el aliento más corto y un día más cerca de la muerte. Que cada año se hace más corto, que nunca encuentra el momento, que todo queda a medias, que vive en un borrador de planes que nunca se ejecutan. Debería hacer algo, ya, piensa Juan.

Pero el tiempo se ha escapado, el relato de Juan se ha acabado y yo que pensaba que tal vez hubiera podido contar algo más sobre lo que hizo Juan. Pero ya no me queda tiempo.

Resumen

https://www.youtube.com/watch?v=JwYX52BP2Sk

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1/4 de Final G2

¿Qué Pato? vs Hairball con la condición “Relato basado en una canción".

Es el fin del mundo

El reloj del juicio marca un segundo para la medianoche. Es el fin del mundo y no hay nada que podamos hacer para evitarlo. El periodista solloza y calla, la emisión termina y la imagen en la pantalla desaparece para mostrar un contador hacia atrás. El final de la carretera está a cinco años, es el tiempo quien conduce y la humanidad mira desesperada cómo el vehículo avanza.

En la calle veo a gente gritando y llorando junto a parejas que toman café en un restaurante como si fuese un martes normal. Veo a niños descubriendo el mundo y guardando recuerdos, memorizando juguetes que puedan llevarse al cielo escondidos en sus cabezas. Veo a hombres melancólicos recordando todo lo que no han hecho.

Miro el reloj y el tiempo me devuelve la mirada. Le veo esperando, paciente y tranquilo, con un cigarro en la boca y brillo en los ojos. En una libreta apunta los nombres de las almas en la tierra, que se dirigen inexorablemente a sus brazos. Sabe que no podemos hacer nada, y distribuye las almas en los salones del más allá. Sabe que en tres años seremos suyos, y mira con curiosidad cómo utilizamos nuestros últimos días.

Me dicen que no hay nada que pueda hacer, que no resista y que me una al hombre de las estrellas. Me dicen que les salvará, que me rinda ante el destino, que me deje llevar y busque la satisfacción. Les veo comiendo y bebiendo, compartiendo un cigarro con el tiempo y disfrutando del sexo con el hombre de las estrellas. Se sienten salvados durante los pocos años que quedan, a cambio de vender sus almas al sino.

El reloj en la pantalla marca que queda un año para el fin del mundo. Miro al tiempo a los ojos y rechazo sus ofrendas. Miro al hombre de las estrellas y rechazo sus distracciones. He resistido ceder el control de mi vida y no aceptaré que decidan mi futuro por mí. No lloraré por el fin del mundo, no me abstraeré sin esperanza. El final del camino está próximo, y la Tierra se dirige hacia él sin frenos. El tiempo está al volante, pero puedo tomar las riendas y tomar un desvío. No dejaré que mi muerte sea dirigida por nadie.

Es el fin del mundo y todos vamos a morir.

Resumen

Este texto estará oculto.https://www.youtube.com/watch?v=2ObjtVdsV3I

Pushing through the market square,
So many mothers sighing
News had just come over,
We had five years left to cry in

News guy wept and told us,
Earth was really dying
Cried so much his face was wet,
Then I knew he was not lying

I heard telephones, opera house, favorite melodies
I saw boys, toys, electric irons and T.V.'s
My brain hurt like a warehouse, it had no room to spare
I had to cram so many things to store everything in there
And all the fat-skinny people, and all the tall-short people
And all the nobody people, and all the somebody people
I never thought I’d need so many people

A girl my age went off her head,
Hit some tiny children
If the black hadn’t a-pulled her off,
I think she would have killed them

A soldier with a broken arm,
Fixed his stare to the wheels of a Cadillac
A cop knelt and kissed the feet of a priest,
And a queer threw up at the sight of that

I think I saw you in an ice-cream parlor,
Drinking milk shakes cold and long
Smiling and waving and looking so fine,
Don’t think you knew you were in this song

And it was cold and it rained so I felt like an actor
And I thought of Ma and I wanted to get back there
Your face, your race, the way that you talk
I kiss you, you’re beautiful, I want you to walk

We’ve got five years, stuck on my eyes
Five years, what a surprise
We’ve got five years, my brain hurts a lot
Five years, that’s all we’ve got

We’ve got five years, what a surprise
Five years, stuck on my eyes
We’ve got five years, my brain hurts a lot
Five years, that’s all we’ve got

We’ve got five years, stuck on my eyes
Five years, what a surprise
We’ve got five years, my brain hurts a lot
Five years, that’s all we’ve got

We’ve got five years, what a surprise
Five years, stuck on my eyes
We’ve got five years, my brain hurts a lot
Five years, that’s all we’ve got

Five years
Five years
Five years
Five years

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1/4 de Final G3

Echo Chamber vs Capitán Hastings con la condición “Un cuento para niños con moraleja (al estilo de los hermanos Grimm)".

El Aprendiz del Arquitecto

El archipiélago de Glupyyrebenok era un lugar único en el mundo. Cada otoño las islas se hundían algunos metros en el mar, sumergiéndose sus playas y valles, para levantarse luego en el inicio de la primavera. Durante estos seis meses, la pesca era la única forma de alimentar a los pueblos, y peligrosas criaturas navegaban en las islas cuando estas se hundían, intentando devorar isleños negligentes. Así hubo un oficio ancestral que era aún más reverenciado que el del propio cacique de los pueblos: el arquitecto. Responsable de diseñar los altos puentes que conectaban las colinas e islas colindantes, de trazar los canales que evitaban inundaciones, las casas sostenidas sobre grandes pilares de piedra en los valles más bajos. El responsable de que los pueblos siguieran existiendo al llegar cada primavera.

Varick era un joven aprendiz de arquitecto. Orgulloso a sus dieciocho, él supo que su futuro estaba resuelto una vez que su maestro Meyer se retirara y le dejara a él el deber de seguir diseñando y manteniendo las necesidades del pueblo. La tradición exigía que un arquitecto siempre tuviera dos aprendices, pero sólo uno tuviera la responsabilidad de enseñar. Varick era el segundo aprendiz, Zelig era el futuro profesor, por lo que Varick era libre de esa gran responsabilidad de continuar las enseñanzas. Eso no significaba que él no tuviese presión, Meyer era extremadamente estricto.

Cada semana Varick debía completar los planos de un puente, o un muelle, o lo que Meyer le pidiera esa ocasión. A veces, si era un gran diseño, le daba dos semanas. Cada fallo, era un golpe de vara en los hombros; cada error crítico, la vara daba paso al látigo. A los doce Varick cometió el último de esos errores. Él estaba dispuesto a tolerarlo, por el status. Muchos jóvenes de los pueblos, alentados por sus padres, trataban de trabar amistad con Varick; la primera mujer que se le ofreció fue a sus trece, y muchas pasaron por sus sábanas desde entonces. Zelig, aún más estresado por sus deberes que su compañero, celebraba las pocas noches de libertad con sus alcoholes preferidos, en silencioso júbilo.

El otoño de sus diecinueve fue cuando Meyer puso a prueba el primer diseño de Varick. Un pequeño torreón para observar el oleaje. Durante seis meses de marea alta, el maestro intentó mantener concentrado a su aprendiz, que dedicaba la mitad de sus días a la tarea, la otra mitad a sus menesteres, y las noches al concúbito. En los seis meses siguientes, los peones construían y Varick, forzado, supervisaba.

El torreón estaba sobre el punto más alto de la isla, un risco frente al mar. Varick observaba confiado desde la cima del mismo, la marea ascendiendo a la par que las primeras hojas caídas del otoño. Se sonrió, mientras sus hombros ardían con el recuerdo de la vara. Esta era su prueba. Él era importante y el pueblo siempre lo sabría. Y cuando Meyer falleciera, su única tarea sería construir las ridiculeces menores que la gente necesitaba, por las que le alabarían como a un dios rodeado en lujos. Porque le necesitarían. Mientras Varick observaba en las almenas, Zelig le llamó desde fuera.

—Varick, amigo mío, es la hora.
—Puedo verlo, Zelig. Esta es nuestra noche.
—Está comenzando el festival. Debemos ir, el cacique espera a todos para recibir la marea.

Varick se sonrió, desde la cima del torreón veía el mundo.

—El cacique no es nadie para nosotros, Zelig. Que venga arrastrándose —dijo extendiendo sus brazos —. ¡Nosotros, dirigimos el futuro de nuestro pueblo!

Con el grito al cielo, la marea se detuvo a cincuenta metros del torreón. Las olas golpearon los cimientos del risco, el torreón empezaba a ceder bajo la tierra húmeda. Zelig lo notó.

—No Varick… no “nosotros”.

El titán de piedra enarbolado en la cima comenzó a inclinarse hacia el mar. Nadie más que Zelig oyó los gritos de Varick cuando el colapso dio lugar a la avalancha, sólo él oyó el sonido de su rival siendo aplastado por los escombros que caían de su primera y última creación. Zelig contó la historia: el mar castigó el ego del indigno aprendiz.

Ahora él era el único joven arquitecto del archipiélago Glupyyrebenok.

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1/4 de Final G3

Echo Chamber vs Capitán Hastings con la condición “Un cuento para niños con moraleja (al estilo de los hermanos Grimm)".

Un plan sin fisuras

Había una vez un chico, llamado Helmut, que se creía más listo que los demás. Era hijastro del molinero y, desde que su madre había fallecido, no hacía más que aprovecharse de él.

Una mañana, mientras holgazaneaba en el camino, se encontró con un hombre que vendía unas habichuelas mágicas. «Magia. Eso es lo que necesito para despertar a la princesa que lleva cien años dormida», pensó. No tenía dinero, pero en su cabeza había ideado un plan para conseguirlo.

—Volved mañana a este mismo lugar —dijo Helmut al vendedor—. Habré reunido el dinero y os compraré las habichuelas.

Sin perder un sólo segundo, se fue al molino y le dijo a su progenitor:

—Padre, hoy iré yo a vender la harina al mercado.

El molinero, feliz por contar con la ayuda de su hijo, cargó el carro con los sacos de harina, enganchó al burro y le dio tres monedas. No podía imaginar que el plan del joven era vender la harina y dedicar el dinero a pagar las habichuelas mágicas.

—Vete por el camino de la colina. Es más largo, pero también más seguro. Utiliza el dinero para pagar el peaje del puente.

El chico se marchó con el carro cargado. Sin embargo, decidió no hacer caso de las órdenes de su padre. Tomaría un camino más corto para ahorrarse el peaje del puente y, así, juntaría más dinero.

El camino era pedregoso y estaba en pésimas condiciones, con tan mala fortuna que el carro quedó atascado en una zanja. Era imposible que Helmut y el burro lo pudiesen sacar de allí ellos solos. Por suerte, a los pocos minutos, aparecieron tres músicos. Eran un perro, un gato y un gallo, que se dirigían a la cercana ciudad de Bremen. Helmut les pidió ayuda. Los tres animales cuchichearon entre sí, y con el burro, antes de dar una respuesta:

—Te ayudaremos a empujar y sacar tu carro de la zanja, pero a cambio dejáras libre a tu burro. Necesitamos un cuarto miembro para nuestro grupo musical.

—Siempre he querido triunfar en el mundo del espectáculo —dijo el burro.

El chico aceptó el trato. Él mismo tiraría del carro y le diría a su padre que le habían robado el burro. Los animales empujaron con todas sus fuerzas y, entre todos, consiguieron sacar el carro de la zanja. Helmut continuó su camino. No tardó en llegar al río, mucho más cansado de lo que nunca hubiera imaginado. Un árbol había caído en el descuidado puente, con tan mala fortuna que lo había derruido. Helmut no podía vadear el torrente por sí mismo.

A pocos metros, río arriba, se encontraba un gigante ocioso con los pies a remojo en la corriente del río. Helmut se acercó y le pidió ayuda.

—Te ayudaré a cruzar el río, pero a cambio me regalarás tu carro —respondió el gigante—. Lo utilizaré para decorar mi casa.

El chico aceptó el trato. Él mismo llevaría los sacos con sus brazos. Le diría a su padre que le habían robado el carro, burro incluido. El gigante agarró a Helmut y a los sacos de harina, en precario equilibrio, con ambas manos. A continuación. los depositó con suavidad en la otra orilla del río.

Los sacos de harina pesaban más de lo Helmut había calculado, así que comenzó a arrastrarlos. Cogía uno, lo adelantaba unos metros y volvía a por otro. Cada vez que movía todos los sacos repetía la operación. Pasaron un par horas y vio una casita junto al camino. Agotado, llamó a la puerta.

—¿Quién llama? ¿Eres tú, Caperucita? —respondió una voz desde el interior.

—Buenas tardes. Soy un molinero, cansado y perdido, en busca del mercado.

—Oh. No se preocupe, señor molinero. El mercado no se encuentra a más de diez minutos caminando desde aquí. Siga el camino del bosque. No tiene pérdida.

Helmut reanudó su tarea. Los minutos se convertían en horas al tener que mover poco a poco los sacos. Estaba extenuado del esfuerzo, así que decidió sentarse a descansar, con la espalda apoyada contra el tronco de un árbol. Allí lo encontró el lobo feroz, profundamente dormido e indefenso. Helmut se convirtió en su cena.

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Fuera de Concurso

El Aprendiz del Arquitecto por Disney

El archipiélago de Khoroshiyrebenok era un lugar único en el mundo. Cada otoño las islas se hundían algunos metros en el mar, sumergiéndose sus playas y valles, para levantarse luego en el inicio de la primavera. Durante estos seis meses, la pesca era la única forma de alimentar a los pueblos, y curiosas náyades navegaban durante las islas cuando estas se hundían, haciendo travesuras a los isleños. Así hubo un oficio ancestral que era aún más reverenciado que el del propio cacique de los pueblos: el arquitecto. Responsable de diseñar los altos puentes que conectaban las colinas e islas colindantes o las casas sostenidas sobre grandes pilares de piedra en los valles más bajos.

Varick era un joven aprendiz de arquitecto. De joven una náyade llamada Sylvie le había salvado de ahogarse al caer de un puente, y como pago, hubo de llevarle un pan cada día. Varick comprendió entonces lo importante en ayudar al prójimo, y no había oficio más importante para ello que el del arquitecto.

La tradición exigía que un arquitecto siempre tuviera dos aprendices, pero sólo uno tuviera la responsabilidad de enseñar. El arquitecto maestro, se llamaba Meyer. Varick era el segundo aprendiz, Zelig era el futuro profesor. Varick nunca había logrado trabar amistad con su compañero, Zelig nunca había manifestado el mismo amor por el oficio. Cada vez que Zelig se retrasaba en sus entregas o cometía errores a los ojos de Meyer, él saboteaba los trabajos de Varick, para que la culpa siempre fuese compartida, el reproche siempre llegara a dos aprendices y no sólo a uno. Así Varick y Zelig crecieron distanciados, pero eso no desanimó al joven para ayudar al pueblo, siempre acompañado de su vieja amiga, Sylvie, que llegaba con el otoño al pueblo.

El otoño de sus diecinueve fue cuando Meyer puso a prueba el primer diseño de Varick. Un pequeño torreón para observar el oleaje. Durante seis meses de marea alta, el maestro alentaba a su aprendiz, que dedicaba todos sus días y hasta algunas de las noches a la tarea. En los seis meses siguientes, los peones construían y Varick, moviendo piedras con ellos, supervisaba.

El torreón estaba sobre la colina más alta de la isla. Varick observaba feliz desde la cima del mismo. Se sonrió, pensando en Sylvie y el resto de las náyades, descubriendo este año el gran torreón que adornaría el pueblo. Zelig le llamó al atardecer, desde la base del torreón.

—Varick, te buscaba. ¿Por qué sigues ahí arriba?
—Estoy esperando a ver a las Náyades llegar. Quiero verles sorprendidas.
—Haces bien. Espero que disfrutes esa vista… mientras dure.

Varick conocía el tono del aprendiz, pero ni él imaginó sus intenciones. Con magia de las náyades en un talismán, Zelig conjuró al agua que devorara la tierra bajo el torreón. Comenzó a reír, mientras Varick le observaba preocupado desde las almenas.

—¡Sólo yo, Varick! ¡Sólo necesitamos un arquitecto!

La magia liberó una cascada que arrancó el torreón de su base, arrastrándolo hacia el mar. Varick intentó afianzarse, pero rodó por el suelo, chocando segundos antes de que el torreón se sumergiera en el mar. Cerró los ojos.

Varick flotaba sumergido, mientras el torreón seguía hundiéndose debajo de él. No tenía la fuerza para nadar.

Dos manos cálidas le tomaron las suyas, elevándole a la superficie.

—Aguanta, Varick. No dejaré que el mar te lleve. Prepararás el pan.

Sylvie arrastró a Varick por la orilla. Bajando por la colina, cuchillo en una mano y medallón en la otra, Zelig descendía con los ojos llenos de ira. Sylvie le observó con asco, mientras Varick se recuperaba con dificultad. Oyó a Sylvie en el lenguaje de las náyades. Mientras Zelig saltaba con el cuchillo, el medallón brilló. Látigos de agua brotaron del mar, inmovilizándole en el aire, ahogando sus gritos en una burbuja de agua.

—El mar reclama a los traidores de nuestra amistad —concluyó Sylvie sin mirarle. El mar tragó a Zelig, ahogando el último grito del aprendiz. Varick observó en silencio el lugar donde Zelig se había hundido y Sylvie le consoló. Él respiró con fuerza.

Debían contarle al pueblo lo que Zelig había hecho. Ahora sólo había un aprendiz de arquitecto en Khoroshiyrebenok.

Condición

Un cuento para niños con moraleja (al estilo de los hermanos Grimm)

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Fuera de Concurso

LUNE por Lune

El último rayo de Sol. La habitación en la penumbra. Lágrimas de amarga sal. Sentada frente al escritorio. Sola. Una vez más. Un día más. Roció el papel con perfume. Lo dobló y lo introdujo en el sobre. Una carta. La prueba definitiva. La confirmación de sus temores. Estaba segura. El dolor. Los celos. La pena. El miedo. La desesperación. Todos ellos se lo repetían. No había duda. No podía ser de otra forma. Y pensar que ella le había amado con toda su alma. Diez años. Diez años de su vida con un ser que no la quería. Al principio… Pero no importa el principio. Importa ahora, este mismo momento. No podía soportar ni un día más su pasividad, su indiferencia. La carta. Inventó un seudónimo para engañarle. Lune. Modificó cada carácter de su letra, cada trazo, cada forma, para hacerla irreconocible. Palabras de amor que apenas ya recordaba, enterradas años atrás en el jardín del tiempo. Y al final, la firma: Lune.

Fue la primera. Pero no fue la última. Un día, una carta. Y pasaron muchos días. Y su marido jamás le dijo nada. Cada día parecía ignorarla más y más. Ahora ya estaba segura de que no la quería. Se había cansado de ella. Diez años. Quizás hubiera sido demasiado tiempo para resguardar el amor. Lo veía en su cara. Una vez lo sorprendió leyendo una de las cartas. Rápidamente la escondió tras de sí. Había amor en sus ojos. Aquel amor que hubo un día en su mirada para ella, ahora pertenecía a un fantasma, a una fantasía, a una ilusión que ella misma había creado.

Pasó un mes. Un día, una carta. Él las recibía con un extraño placer. Resucitaban sensaciones que apenas recordaba ya, perdidas en el jardín del tiempo. Palabras. Sentimientos. Amor. Como lo que sentía por su esposa. Pero como ella era antes de las lágrimas. Pero como ella era antes de que los años volaran huyendo. Pero como ella era antes, cuando era la más hermosa. Y al final de la carta, una firma. Un nombre. Un misterio. Lune.

Ahora ella ya estaba totalmente segura. Aun así… No sólo quería estar segura. Quería darle una lección que no olvidara jamás. Quería su vergüenza. Quería ver su rostro, vencedora. Quería decirle adiós. Para siempre. La carta. Le escribió más apasionadamente que nunca. Y al final, le dijo que quería conocerle por fin en persona, que ya no podía más, que deseaba tenerle a su lado para siempre. Una dirección. Un bar. Una hora. Mañana. Una venganza. Por todo el tiempo perdido. Por todas las mentiras.

Salió muy temprano. Cuando se fue la besó. Como si fuera la última vez. Y hubo un momento de placer en sus labios, pero desapareció nada más irse él por la puerta. Le dijo que tenía una importante cita… de negocios, y que posiblemente no vendría a comer. Y se fue. Ella se puso manos a la obra. Había preparado muy concienzudamente ese día. Le besaría. Y después le diría quién era realmente ante su mirada de estupefacción. Nada podía fallar. Sólo disponía ya de dos horas. El vestido nuevo, azul, encima de la cama. Los zapatos de tacón, negros. El collar y las joyas de una amiga. El maquillaje. Las tijeras sobre la mesita. Un peinado diferente. Miró al espejo, contemplando a una persona completamente diferente. Tuvo que hacer gestos y ver que el reflejo los imitaba hasta estar del todo segura de que aquella persona era ella. Sería imposible que la reconociera. Vio la sonrisa al otro lado del espejo. Se puso el sombrero. Cogió el bolso. Y salió de casa. Había llegado el momento. Todo acababa y todo empezaba en ese preciso instante.

Ahí estaba. A la hora prevista. Aunque no lo quería reconocer, hasta el último minuto había guardado la absurda esperanza de que estuviera equivocada, de que todo hubiera sido producto de su imaginación. El ramo de flores rompió sus sueños. Sonrió intentando que no se le notara. El odio. Pero también el temblor. La emoción. Olió las rosas. Y un montón de sensaciones. Unas extrañas. Otras conocidas. Y otras olvidadas.

Él también sonrió. Y cuando sus ojos se encontraron, tuvo la sensación de haberla conocido antes, en algún lugar del tiempo. Como su pequeña princesa, al principio, cuando los dos estaban enamorados. Como ella era cuando era la más hermosa, antes de que el tedio y la monotonía congelaran su sonrisa.

Estuvieron entonces el uno frente al otro, sin atreverse ninguno a hacer el más leve movimiento. Sólo se miraron.
Entonces, ella, inesperadamente, le besó.
Y después le dijo su nombre.
Lune.

Condición

Relato basado en una canción

Resumen

Relato escrito a partir de la canción Babooshka (1980) de Kate Bush:

Kate Bush - Babooshka - Official Music Video

BABOOSHKA:

She wanted to test her husband
She knew exactly what to do
A pseudonym to fool him
She couldn’t have made a worse move

She sent him scented letters
And he received them with a strange delight
Just like his wife
But how she was before the tears
And how she was before the years flew by
And how she was when she was beautiful
She signed the letter

All yours
Babooshka, Babooshka, Babooshka-ya-ya!
All yours
Babooshka, Babooshka, Babooshka-ya-ya!

She wanted to take it further
So she arranged a place to go
To see if he
Would fall for her incognito
And when he laid eyes on her
He got the feeling they had met before
Uncanny how she
Reminds him of his little lady
Capacity to give him all he needs
Just like his wife before she freezed on him
Just like his wife when she was beautiful
He shouted out, I’m

All yours
Babooshka, Babooshka, Babooshka-ya-ya!
All yours
Babooshka, Babooshka, Babooshka-ya-ya!
All yours
Babooshka, Babooshka, Babooshka-ya-ya!
Babooshka, Babooshka, Babooshka-ya-ya!
Babooshka, Babooshka, Babooshka-ya-ya!
Babooshka, Babooshka, Babooshka-ya-ya!

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Fuera de Concurso

EL CUMPLEAÑOS por Eileen

Condición

Combo Breaker Relato Epistolar y Un cuento para niños con moraleja (al estilo de los hermanos Grimm)

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1/4 de Final G1

Diamondback vs Amante Rechoncho con la condición “El escrito debe representar un libelo infamatorio del personaje principal hacia otro personaje, grupo o asociación".

Don Currito Mediocre

Un día más a la oficina. Miras en el móvil qué día es. Jueves. Ya queda poco para el finde, piensas con forzado optimismo. Coges el autobús, otra vez no hay asiento. Te bajas para coger un segundo autobús. Dejas pasar uno, el conductor te indica que va muy lleno. Te subes al segundo. “¡Qué suerte!”, piensas mientras llevas la mejilla apretada contra el cristal. Saludas como un autómata al llegar a la oficina. La mitad no te caen bien, pero saludas igual, que uno es educado. Te acercas a tu asiento interrumpiendo el cuchicheo de tus dos compañeras. Hablan sobre un nuevo programa de cantantes que vieron anoche. Comienzas con tu lista de tareas irrelevantes. Empiezas con las más urgentes, hoy no estás de humor para gritos. Te cuesta concentrarte. Miras al fondo buscando una mirada cómplice. Te faltaba el café, como le indicas a tu compañero. Él está indignado con la pedorra de logística. No la conoces, pero coincides en que es una pedorra. Te acabas el pozo de alquitrán con regusto a quemado mientras te disculpas por no tener efectivo. Es el tercero que no pagas esta semana. Hoy pasas por el cajero sin falta.

El café ha hecho efecto. Corres con urgencia, pero en tu planta no hay sitio. Subes una planta y te encuentras la mirada asesina de la limpiadora. Al fin encuentras un baño libre. Huele mal y está sucio, así que haces una camita protectora con papel higiénico, que ante todo hay que ser limpio. Sueltas tus nervios mezclados con la desastrosa pizza precocinada de la cena de la noche anterior. Ahora ya estás listo para trabajar. La tarea que no entiendes la aplazas, a ti nadie te ha explicado eso. Además, no es tu trabajo. Terminas con orgullo las demás tareas prioritarias y se lo comentas a tu compañera. Las revisa con mirada cansada. Te felicita, aunque te indica que mejor lo retoca ella para que quede perfecto. Te parece bien, a ella se le dan mejor esas cosas. Te tomas una pausa, a ver qué noticias hay. Tu compañera vuelve con tu jefe, os felicita a ambos y os pide que continuéis. Revisas la tarea, no se parece mucho a lo que habías hecho tú, pero da igual, el jefe está contento.

Se acercan los compañeros de departamento, ya es la una. Comes con ansia los macarrones recalentados. Hablan de una serie nueva de Netflix, una sobre drogas. Te la apuntas, ya tienes plan para el domingo. Te preguntan por tu plan de finde, dices que tienes un viaje por confirmar, aunque en realidad lo único confirmado es la cerveza del viernes en el bar de Paco, con Juanillo. Antes venían los demás, pero están amariconados con sus novias. “Ellos se lo pierden”, piensas. La compañera que te gusta le enseña a la arpía de inspección sus nuevas fotos. Sale ella en una discoteca con sus amigas, van disfrazadas de diablesas. Está contenta, ya tiene doscientos followers . Tú sólo tienes veinte, no entiendes por qué, si subes fotos cojonudas. La arpía te pide cinco euros para la rifa del cole de la niña. Lo sientes mucho, pero no llevas suelto. Esquivas su mirada de furia y vuelves a tu silla.

Últimas horas del día, las pasas mirando Forocoches, que con la tripa llena cuesta concentrarse. Empiezas a recoger, que sólo quedan cinco minutos para irse. Tu jefe te ve y te hace una señal. No has entregado las ofertas de compra. Le dices que no sabes hacerlas, no es tu tarea. Comienza a gritarte. Por lo visto ya te había explicado el mes pasado cómo hacerlo. Te dice que no te vas hasta que lo acabes. Otro día que no llegas a ver el fútbol. Te quejas de que no paguen las horas extra, te sientes esclavizado. El mes que viene lo dejas y buscas otra cosa, que ya tienes bastante experiencia y título universitario.

Vuelves a casa, ya de noche. Ves el resumen del partido mientras cenas la tortilla que ha hecho tu madre. Querías albóndigas, pero te conformas. Te vas a tu cuarto. Te acuestas, demasiado cansado para ver Netflix, aunque con optimismo, que mañana al fin es viernes.

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1/4 de Final G1

Diamondback vs Amante Rechoncho con la condición “El escrito debe representar un libelo infamatorio del personaje principal hacia otro personaje, grupo o asociación".

El yogur

—¿Podéis pausar el juego un momento, por favor?

Pedro, Luis y Antonio hicieron caso omiso al ruego de Fran y continuaron con su partida al PES 2020 .

—¡Pero pásamela, melón, que estoy solo!

—¿Qué dices, tío? ¡Mira qué jugadita!

—¡Que paréis el puto juego de una vez, hostias! —exclamó Fran con visible y creciente cabreo, mientras le quitaba el mando a Luis, el más cercano, y pulsaba el botón de pausa. Las quejas de los tres jóvenes no se hicieron esperar, aunque Fran las ignoró y siguió hablando—. A ver, ¿quién se ha comido mi yogur de piña?

—¿Qué?

—¿Estás de coña, Fran? ¿Nos cortas el partido por un puto yogur?

—Eh, Toni, a lo mejor es que tenía premio en la tapa. —Los tres compañeros de piso se rieron ante la ocurrencia de Pedro. A Fran no le hizo tanta gracia.

—Para eso tendría que haberlo abierto primero, listillo. No es por el puto yogur, joder, es por la falta de respeto. Y no es la primera vez que me pasa, ojo: la semana pasada alguno me cogió una cerveza.

—Ahora que lo dices, el otro día me faltaban un par de latas de Coca-Cola —dijo Pedro.

—A mí me desapareció un paquete de galletas a medias —expresó Antonio—. Y de las de chocolate.

—Pues… —dijo Luis— a mí me han robado los cascos del móvil.

—¡No jodas!

—¿Aquí, en casa?

—Creo que sí. No dije nada porque no estaba seguro de si los había perdido por la calle, pero juraría que anoche cuando llegué los tenía en el bolsillo del abrigo. Esta mañana no los he encontrado, ni en los bolsillos, ni en la mochila, ni revolviendo mi cuarto.

—Joder, esto ya es más serio que lo de mi yogur, que los auriculares son casi doscientos euros.

—Pues desde anoche no ha estado nadie en casa que no seamos nosotros cuatro —afirmó Antonio. Ninguno habló mientras se miraban unos a otros: todo indicaba que había un ladrón entre ellos.

—Joder…

—¡Qué mal rollo, tío!

—Bueno, enseguida saldremos de dudas.

—¿A qué te refieres, Fran? —preguntó Luis.

—Como digo, ya me habían volado varias cosas de la nevera, así que puse algunas trampas. Al yogur, por ejemplo, le inyecté laxante; y no creo que el que se lo ha comido tarde mucho en sentir los efectos.

—¡Venga ya! ¿Lo dices en serio? —La cara de incredulidad de Pedro era reflejo de las de Luis y Antonio.

—Totalmente. Así que vamos a quedarnos todos aquí sentaditos, a ver qué pasa — y se acomodó en el sillón contiguo al sofá en el que estaban los otros tres. El silencio era sepulcral.

No transcurrió mucho tiempo hasta que Pedro empezó a ponerse pálido, a la vez que gotitas de sudor se acumulaban en su frente. Antonio fue el primero en darse cuenta.

—¿Pedro, te encuentras bien?

—Yo… ¡Sí, perfectamente! —El sonido que brotó de sus tripas, unido a la mueca de dolor que le produjo el retortijón que lo siguió, desmentía sus palabras entrecortadas—. ¡Tíos, de verdad que yo no me he comido ese puto yogur! ¡Si ni siquiera me gustan los de piña! —exclamó mientras se levantaba y corría hacia el baño. El portazo que dio fue pronto empequeñecido por los ruidos que sonaron a continuación.

—Parece que ya tenemos al ladrón de comida. Y seguramente, también al que te robó los cascos, Luis.

—¿Tú crees, Fran? ¡Joder, qué fuerte!

—Creo que esos gritos de sufrimiento que vienen del baño hablan por sí solos. Y antes de que se fuese Vicen y viniese Pedro a vivir aquí nunca nos había desaparecido nada.

—¡Qué hijo de puta! ¡Lo quiero fuera de casa mañana mismo! —los otros dos estuvieron de acuerdo—. Voy a ver si encuentro mis cascos en su cuarto. Toni, échame una mano.

Fran, ya solo en el salón, sonrió pensando en que al fin se libraría de Pedro, al que no soportaba, y en los noventa euros que había sacado por los cascos de Luis. El laxante que había echado a escondidas en la cena de Pedro había funcionado a la perfección. Cogió un mando y se dispuso a echar un partido.

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1/4 de Final G4

Covid69 vs Mokuren con la condición “El relato debe representar a un personaje que cree ser quien no es por haberse creído sus propias mentiras".

Viento de otoño
La mañana todavía remoloneaba en su lecho, tiñendo el firmamento de Salamanca de un degradado añil salpicado de estrellas trasnochadoras. En una calle residencial de las afueras, en la que solo se escuchaba el murmullo del viento al remover las caídas hojas del otoño, un hombre barría con parsimonia mientras silbaba una melodía suave, pero alegre. A Elías siempre le gustaba comenzar su jornada laboral limpiando aquella vía de los arrabales. Saboreaba cada instante de sosiego antes de que los salmantinos saliesen de sus madrigueras en búsqueda de ocio, conocimiento o sustento. Detestaba trabajar sumergido en el gentío, que marchaba a un ritmo al que nunca se había acostumbrado. Pese a que realmente disfrutaba de su cometido y se enorgullecía al ver una calle limpia, tras un par de choques con ciudadanos apresurados se sorprendía a sí mismo recreándose en su futuro y bien merecido retiro. El dolor de espalda, resultado de aquel resbalón en la ducha, nunca remitía del todo y le impedía descansar. Tan solo la serenidad que le producía aquella solitaria calle residencial al albor de un nuevo día le daba ánimos para continuar su labor cívica jornada tras jornada. Aquella mañana, sin embargo, Elías tenía compañía.
Al acercarse a barrer una parada de autobús, Elías descubrió que había una mujer sentada en ella. Su aspecto, iluminado por la anaranjada luz de las farolas, era muy desaliñado, y en su rostro podía adivinarse su tristeza. Sus miradas se cruzaron, y Elías no pudo evitar sentir un escalofrío en todo su ser.
—Buenos días —saludó el barrendero, en tono cortés y sin dejar de barrer.
La mujer no respondió, pero clavó sus ojos en Elías con una intensidad que rayaba la insolencia.
—¿Espera usted el bus, señorita? —se atrevió a preguntar—. Faltan un par de horas hasta que pase el primero.
—Hace ya mucho tiempo que espero —respondió la mujer, con voz fría—. Han debido de olvidarse de mí.
—¿Perdone?
—A estas alturas ya no me importa el destino, tan solo quiero descansar.
Elías dejó de barrer, apoyó la escoba en la marquesina y se sentó junto a la mujer.
—¿Está usted bien, señorita?
—¿Cómo quieres que esté bien? Estoy muerta y, sin embargo, no abandono el mundo de los vivos.
Elías no podía dar crédito a lo que acababa de escuchar.
—¿Perdone?
—Han pasado ya tres meses desde el accidente. He vagado por Salamanca desde entonces, buscando la razón que me ata a esta ciudad, pero temo no encontrarla nunca.
El canto de un petirrojo rompió el silencio de la mañana.
—¿Me está diciendo que es usted un fantasma?
—Claro, hombre. —La mujer sonrió ampliamente—. Igual que tú.
—¡No diga chorradas! Estoy muy vivo, al igual que usted.
—Si estuvieses vivo no podrías verme, al igual que nadie puede verte a ti.
Elías soltó una carcajada nerviosa.
—Nadie mira a los barrenderos, les recordamos a lo bajo que pueden llegar a caer. —Elías no pudo evitar recordar al gentío pasando a través de él y pisando sus montones de hojas—. No nos valoran lo suficiente, pero no somos fantasmas.
La mujer sonrió, y Elías sintió un inquietante escalofrío.
—¡Qué raro eres! Me llamo Ariadna.
—Elías.
—¿Cómo moriste, Elías?
—Le repito que no estoy muerto. El dolor de espalda me lo recuerda cada día.
—Los fantasmas también sentimos dolor. —Ariadna se frotó el brazo en un acto reflejo—. Nunca te acostumbras.
Elías hizo ademán de levantarse.
—Esta conversación ya me está dando repelús. Voy a seguir con mi trabajo. ¡Buenos días!
Ariadna posó su mano sobre el hombro del barrendero para detenerlo. Elías dio un respingo, muy sorprendido.
—No te vayas, Elías. Me siento muy sola.
—Lo siento.
El barrendero se levantó, recogió su escoba y siguió barriendo la calle. ¿Un fantasma? ¡Qué tontería! Aquella mujer le había estropeado el mejor momento del día con sus locuras. Pensó en su retiro. ¿Cuánto tiempo llevaba ya barriendo las calles de Salamanca? Demasiado. Estaba muy cansado. Volvió a silbar, pero esta vez una melodía triste. La mujer, sentada en la parada, sollozaba, esperando a ser recogida. En aquella calle residencial tan solo se escuchaba el murmullo del viento al remover las caídas hojas del otoño.
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1/4 de Final G4

Covid69 vs Mokuren con la condición “El relato debe representar a un personaje que cree ser quien no es por haberse creído sus propias mentiras".

Lo que le pasó a Fernando el día que dejó la Fórmula 1

Mont-sur-Rolle, Suiza, 27 de noviembre de 2018
—¿Cómo me ha dicho que se llama?
—Fernando. Alonso.
El doctor Schmid tecleó de nuevo y negó con la cabeza mientras consultaba la pantalla de su ordenador.
—No me aparece su ficha.
—Puede ser —contestó Fernando—. Suelo tirar del médico que pone la escudería en todos los desplazamientos y la verdad es que aquí en casa no recuerdo la última vez que tuve que venir al hospital.
—¿Y qué es lo que le sucede?
—Tengo un dolor punzante en las cervicales y mareos que van y vienen.
—¿A qué se dedica, señor Alonso?
Fernando miró a su interlocutor con un gesto de incredulidad.
—Soy piloto… —contestó, algo molesto por no haber sido reconocido—. De Fórmula 1.
—Entiendo. Por eso el mono. —El doctor Schmid señaló con pereza la indumentaria de Fernando y respondió a la incredulidad del piloto con una mirada de escepticismo.
—Estaba en una pequeña exhibición cerca de aquí. He empezado a notar los pinchazos estando al volante. No le he dado más importancia pero mi amigo y representante me ha hecho venir aquí a toda prisa.
—Ya veo. Pues bájese la parte superior un poco para que pueda explorarle, por favor.
El médico le dirigió hacia una camilla cercana a su escritorio.
—¿Lleva mucho en eso de la Fórmula 1? —preguntó Schmid mientras palpaba el enorme cuello de Fernando.
—Pues la verdad es que sí llevo bastante compitiendo. De hecho, el pasado domingo fue mi última carrera: me retiro.
—Difícil decisión, ¿no? Pero creo que su cuello lo agradecerá.
Los dos hombres volvieron a sentarse tras la exploración. En ese momento, el teléfono del médico comenzó a sonar. El facultativo echó un vistazo a la pantalla del aparato. No tenía costumbre de coger el teléfono mientras se encontraba pasando consulta a un paciente, pero la extensión con la que estaba recibiendo la llamada significaba un asunto urgente. Se disculpó con Fernando antes de descolgar y contestar la llamada:
—Doctor Schmid.
Disculpe que le moleste —contestó una voz al otro lado del teléfono—. Estamos llamando desde Seguridad a todas las consultas para que estén atentos a un paciente que se ha escapado del ala de psiquiatría hace aproximadamente media hora.
—Entendido. Muchas gracias.
El médico colgó, lanzó una sonrisa a Fernando y volvió a disculparse. Éste asintió con cuidado para no hacerse más daño.
—¿Y bien? —preguntó el piloto—. ¿Qué me dice de este dolor y de los mareos?
—Seguramente sea sólo un pinzamiento, pero debido a su profesión puede tratarse de otra lesión. Y, como puede ver, no soy ningún experto en deportes de motor, así que le voy a hacer una prueba para descartar cualquier otro problema.
—Muy bien. ¿Para cuándo sería? Tengo pensado volver a Oviedo en breve, ahora que la temporada ha acabado.
—No, no, señor Alonso. No voy a hacerle volver otro día. Seguro que tiene usted muchísimos compromisos. Debe ser una locura llevar esa vida. —El médico rio y se levantó, guiando a Fernando hacia la puerta—. Por favor, acompáñeme. No tardaremos nada.
Los dos hombres salieron de la consulta y enfilaron un largo pasillo hasta uno de los ascensores. Algunos pacientes y trabajadores del hospital se les quedaron mirando, extrañados por ver a un médico acompañado de un hombre vestido con un mono de carreras. Continuaron su recorrido por otra de las plantas del hospital. Fernando siguió al doctor Schmid con escaso interés a lo que pasaba a su alrededor; estaba acostumbrado a que le miraran allá por donde pasara. Finalmente, atravesaron unas puertas metálicas y se acercaron a una mesa donde había dos enfermeras tras un mostrador.
—¡¿Otra vez, Kian?! —increpó una de las enfermeras—. ¿Qué haces vestido así?
—Anda, quítate eso. —La segunda enfermera miró la chapita enganchada a la prenda—. Lena, llama al doctor Schmid: hay que devolverle su bata.
—Vamos, Kian, vuelve a tu habitación y deja de molestar a este señ…
Las dos enfermeras se quedaron boquiabiertas y exclamaron a la vez:
—¡Fernando Alonso!
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Fuera de Concurso

Hola, Bruce, o debería llamarte… “ Brucey ”:

No suelo ser muy dado a escribir cartas, de hecho y como bien sabes, soy mas dado a tirártelas a la cara que a escribirlas, pero bueno, para todo debe de haber un comienzo, ¿No? A fin de cuentas, en Arkham siempre les gusta que mantengamos comunicación con el exterior, siempre y cuando sea para “ayudarnos a volver a ser personas”.

Tiene gracia, ¿Sabes? “Volver a ser personas”. Tú ya no has vuelto a ser persona desde ese día donde tú, con tus padres, salisteis de ese cine tras ver una película insulsa, a mi parecer… pero eso no es lo que toca: ese día tú perdiste tu infancia cuando viste morir a tus padres a manos de ese putrefacto Joe Chill. Se está muriendo, tiene cáncer, así que… bueno, digamos que su mal acción ya tiene su consecuencia.

¿Y yo? Yo ya no volví a ser el mismo desde que me puse esa horrorosa capucha roja que uno de tus hijastros lleva, quien sabe si en mi honor. Un hijastro al cual no se le da bien morir, ya que le golpeé bien fuerte en aquel lugar de África hasta matarlo con esa palanca, pero pasado un tiempo vi una Capucha Roja por las calles de la ciudad y moviendo algunos hilos, supe quien llevaba la capucha. Debo admitir que me llevé una sorpresa al descubrir su identidad… y que le gustase disparar primero y preguntar después, ya que a ti no te gustan las pistolas, ¿No es así, “ Brucey ”?

Imagino que te habrás sorprendido aún mas al descubrir que todo este tiempo, todos estos años en los cuales bailábamos a la luz de la luna, solos o con batcompañía… yo era parte de algo mas grande que la vida, un engranaje de una retorcida maquinaria en la cual yo era uno de tres, uno de tres Jokers que lo pasábamos bien planeando cosas a cual mas retorcida, perturbada y brillante, para mantenerte ocupado, entretenido, evitando que supieras la verdad sobre el Príncipe Payaso del Crimen o, como dijeron alguna vez, “La Broma Asesina”.

Ah, todavía recuerdo de lo que hice a esa hija de papá, esa pelirroja cuyo nombre y apellido conocemos tú y yo bien, muuuy bien. ¿Sabes lo mejor? Sacarla fotos mientras la violaba, tumbada en el suelo ensangrentado por el disparo que la dejó inválida: esa cara, esos gemidos… puro arte incomprendido. ¡La cara de su padre era todo un cuadro digno de ser pintado cuando vio todas esas fotografías sobre su hija! Bárbara, mi tierna Bárbara… al final supo recuperarse, ser fuerte. Cosa de familia, supongo.

Por cierto, debo decirte que lamento profundamente la muerte de tu mayordomo: ahora debe ser muy duro limpiar esa mansión que usas como fachada para tu verdadera labor, esa que tú y yo conocemos, ¿Verdad? Tú te vistes de murciélago, yo peleo contra ti… no es un mundo perfecto, pero yo no podría vivir en un mundo perfecto: nadie nos necesitaría en un mundo perfecto, lo sabes también como yo, solo que yo lo se y tú te resignas a aceptarlo. ¿Crees que vivirás para siempre? Puede que tu vástago, Damián, lleve tu capa, pero yo seré eterno, ya sabes por que, ¿No?

Por sus obras lo conoceréis

Tuyo, atentamente, y con una eterna sonrisa en mi cara:

J .

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