I Torneo de minirelatos pacotero - Hilo serio (comentarios en el otro)

1/8 de Final F2

Capitán Hastings vs Nerón con la condición “El relato debe ser una sátira”.

El caso más rápido de Sherlock Holmes

Como de costumbre, solo se veía niebla y lluvia a través de la ventana de Baker Street, otro día de perros en un Londres que parecía anclado al invierno aquel año. Me encontraba yo leyendo el periódico cuando unos fuertes pisotones ascendían por las escaleras y la puerta se abrió de golpe, dando paso a un hombre alto, rubio y de mejillas sonrosadas que buscó con la mirada por toda la habitación.
Inmediatamente Holmes, que, como de costumbre, fumaba su pipa en batín al amor de la lumbre, dirigió su inquisitiva mirada al extraño. Cuando este intentó abrir la boca para hablar, Holmes levantó su mano de violinista para hacerlo callar.
–No diga ni una palabra, caballero. Créame, le agradecería encarecidamente que me obedeciese en este punto. Simplemente dejemos que el poder de la minuciosa observación y el de la deducción se unan en su más alto grado perfección: resolver un caso en el mismo momento que se presenta sin ninguna ayuda externa.
»Bien, así pues, comencemos con lo obvio: usted. ¿Qué podemos saber de usted? Su pierna dominante es la izquierda, puesto que, al subir las escaleras, he podido escuchar cómo pisaba más fuertemente con esta. El sonido en las escaleras me remitía a botas fuertes de clavos y ahora que las veo, puedo confirmarlo. Hablando de su calzado, aprecio en él tierra arcillosa se Sussex y arenisca propia del sur de Londres. Bien, a partir de aquí la deducción no es complicada: proviene usted de la región Sussex, ha tomado el tren a Londres de las 6:15 desde la estación de… ¿Horsham? Oh, sí, definitivamente, de Horsham, sus ojeras hablan.
»No es usted un hombre demasiado acostumbrado a madrugar, ¿verdad? Sin duda por su chaqueta tuvo usted un pasado militar, pero no estuvo destinado en la India, a juzgar por su tez más bien pálida. Estuvo destinado en el norte, muy posiblemente en caballería. Dejó el ejército hará unos tres años y justo después o a causa de ello comenzó su alcoholismo. Oh, no, no me mire así. Los capilares congestionados de la cara cuentan toda la historia, y el ligero temblor de la mano izquierda grita para darme la razón.
»Prosigamos. La distribución anómala de la grasa de su cuerpo, excesivamente concentrada en el vientre, indica que está pasando usted por apuros económicos y que está priorizando sus escasos medios en la adquisición de bebida. La mala situación económica que está atravesando se puede apreciar fácilmente en la hombrera derecha raída, le falta el último botón de la chaqueta y la manga izquierda está manchada de tinta. Y este es un punto capital, porque nos indica que usted ha estado escribiendo últimamente, una actividad a la que seguramente no esté demasiado acostumbrado.
»No me mire con esa cara, se lo ruego; sí, ya sé lo que está pensando. Salta a la vista que trabaja usted como guarda de alguna familia importante del sur, porque acostumbra a portar escopeta (el desgaste de sus pantalones). Teniendo esto en cuenta se me ocurren al menos doce posibilidades, pero solo encuentro dos realmente probables: o bien su vicio le ha llevado a apropiarse de lo ajeno o bien ha presenciado un asesinato en el transcurso de la guardia de anoche. Su cara me dice que descarte esto último. Oh, por dios, deje de boquear como un pez, parece usted tonto.
»Pero queda todo claro como el agua, ¿no cree? El collar de esmeraldas de la condesa de Southwater vale al menos veinte mil libras y desapareció hace tres días, lo que viene a ser el tiempo justo para ser detenido, liberado por falta de pruebas y llegar a Londres tan de buena mañana como ha venido usted aquí, ¡elemental! Sin un duro, sin oficio ni beneficio, está usted a escasas horas de convertirse en un nuevo mendigo de esta gran capital. Y ahora lárguese de aquí, yo no trabajo gratis. ¡Caso resuelto!
Le costó algunos segundos volver a cerrar la boca, luego se volvió cabizbajo y bajó lentamente las escaleras, pegando luego un portazo.
–Oh, Holmes, es usted verdaderamente incorregible… jajaja…
–Querido Watson, la coca no se paga sola. Pero no vaya a poner eso último por escrito…
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1/8 de Final F2

Capitán Hastings vs Nerón con la condición “El relato debe ser una sátira”.

Vida y obra del rufián Juan

Acérquese y preste atención, ciudadano. Soy Sancho de León, juglar castellano. Vuestra merced también, bella dama, puede escuchar sin temor. No sentirá rubor, pues no me recreo en historias de cama. Aprenda esta lección, jovenzuelo. Mi cuento rivaliza con los de su propio abuelo.
Les voy a contar una historia singular acerca de un villano que, en busca de alimento, elaboró un plan mundano para colarse en un convento. El hombre se llamaba Juan y no era precisamente un galán. Era un pillo conocido en los pueblos colindantes. En toda la comarca tenía fama de vividor, vago y farsante.
Juan consiguió trabajo en una casa señorial cuidando del ganado. Para ganarse el jornal habría de tener cuidado. Mas era lerdo y confiado, y no contaba con que una tarde bajase la señora de la casa. Vio a Juan y exclamó: ¿Aquí qué es lo que pasa? Allí estaba Juan rabo en mano, con una cabra delante, con el miembro cerca del ano, ¡qué imagen más impactante! Con la señora desmayada, los criados, no faltos de maldad, llamaron a la autoridad. Para no crear gran alboroto, el asunto se trató con discreción. No interesaba a nadie que interviniese la Inquisición. En el juicio rápido, la cabra fue llamada, mas con cara de asustada, no testificó, no dijo nada.
Juan fue desterrado y, aprovechando la ocasión, decidió trasladarse al reino vecino. El reino de Aragón fue su destino. Cogió el sayo, el hatillo y se puso en camino.
En un bosque se asentó, en una choza al lado del río. No se esforzó mucho en la construcción, era verano y tardaría en llegar el frío. Pretendía no hacer nada en todo el día. No pasó mucho tiempo hasta que fracasó su vida como ermitaño, pues era muy aburrido comer lo mismo todo el año. Frutos silvestres y sopa de hierba, como menú eran una mierda. Sabiendo que en las cercanías había un convento, Juan pensó que dentro habría algo suculento. Escalaría el muro de noche con mucho tino y saldría llevando en las manos un gorrino.
Escaló la tapia que daba al huerto, moviéndose sin hacer ruido, como el espíritu de un hombre muerto. Empezó engullendo una cebolla. La degustó así en crudo, pues no disponía de olla. Se zampó un kilo de fruta manzana a manzana, mas hasta ahí llegó su dieta vegana.
A continuación se dirigió presto a la cocina. Su intención no era meter las manos en harina, si no tragarse algunos dulces terminados, mas comprobó con desagrado que allí ni rastro había. Vio un crucifijo encima de la artesa y la cara de Juan perdió su expresión traviesa. Con aquella imagen enfrente le sobrevino un ataque de conciencia. ¿Y si el Señor lo castigaba con toda su virulencia? A pesar de creer poco no pudo menos que santiguarse, seguir enredando en busca de dulces ya sería propasarse. Decidió centrarse en el objetivo de la misión, robar un cerdo, y dar por finalizada la excursión.
Llegó a las porquerizas en busca del cochino. Se acercó al animal con un movimiento ladino. El cerdo, ofendido, cargó contra Juan y lo estampó contra el suelo. Así fue vencido por su propio anhelo. El resto de la piara de guarros atacó en tropel. Lo revolcaron y lo mordieron hasta hacer un eccehommo de él. Y así acabó en el convento, hasta arriba de mierda sin haberse cagado dentro.
Con los ropajes desgarrados y aturdido se puso en pie el bandido. Lo descubrieron dos novicias con el pene otra vez fuera. Una se quedó clavada; la otra marchó gritando a la carrera. Al instante apareció la madre superiora, seguida del obispo que la visitaba a aquella hora. Sin dilación, llamó a la Inquisición, y de Juan esta vez se descubrió todo pecado, tanto el presente como el pasado. El pobre Juan fue ajusticiado.
Así termina mi canción. Espero que hayáis aprendido la lección: hay que ser trabajador y honrado, pues por agotador que sea el arado, más duro es fallecer quemado.
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Fuera de Concurso

¡A tope! por El Rey de la Comedia

Era un caluroso lunes de Julio. Espartaco, como cada mañana, se dirigió hacia la estación de Sants para trabajar por España. Una vez en los vestidores, se vistió con el habitual peto de la RENFE y ensanchó el agujero de la pared con un par de porrazos, como cada día hacía.

Al terminar de cambiarse, fue hacia las puertas del andén de las vías 13-14, donde los pasajeros solían picar el billete a medida que iban llegando. Un tipo permaneció en mitad de ese río de gente, mirando de un lado a otro como si estuviera despistado. Pero Espartaco ya lo conocía bien, pues era un viajante habitual. Se acercó a él para tener una charla.

—¡Hombre, Fernando! ¿Cómo estás? —preguntó el empleado de seguridad, ensanchando su panza.

—Aquí buscando el billete —dijo mientras se palpaba los bolsillos—. ¡Mierda! Creo que me lo volví a dejar en casa.

—¡Joder! Ya es la cuarta vez que te lo dejas. Deberías ser más cuidadoso con tus cosas, ¿eh? Que algún día eres capaz de matar a alguien para ir a recoger tu chaqueta.

El cliente asintió y Espartaco le dejó pasar amablemente. Soltó un eructo mientras su dedo meñique se introducía en su nariz, en busca de algún moco pegado en las profundidades de sus fosas nasales. ¡Qué aburrida era la vida de un vigilante! En ocasiones preferiría ser un youtuber de esos y dedicarse a grabar vídeos haciendo el idiota.

Sus ojos se entornaron en cuanto vio una masa de gente apelotonarse frente a las puertas del andén. Se acercó con andares de chuleta, moviendo sus esculturales brazos, que parecían cincelados por un escultor y pintados por un artista.

—¡Eh! ¿Qué coño pasa ahí? —gritó con su voz grave y potente.

La muchedumbre se limitó a emitir gruñidos y balbuceos ininteligibles. De repente, una señora apareció por la puerta gritando como una histérica, aporreando una de las puertas.

—¡Socorro! ¡Ábreme la puerta, por favor! ¡Los zombis quieren comerme!

Espartaco se ajustó los pantalones y miró a la mujer con el ceño fruncido.

—A ver, señora. ¿Dónde está su billete?

—¡Ahora no es momento para eso! —insistía, mientras miraba cómo la multitud se acercaba hacia ella—. ¡Ayúdame, que me matan!

—Sin billete no se puede pasar.

En cuanto los zombis la alcanzaron, se amontonaron encima de ella mientras la devoraban, impregnando el suelo que había recién terminado de fregar la mujer de la limpieza.

—Sangre… —masculló el fortachón, viendo ese espectáculo dantesco.

El vigilante fue hacia la cafetería y pidió un cortadito. Al cabo de un minuto, se lo bebió de un trago.

—¡Energía! —exclamó mientras estrujaba el vasito de plástico y lo arrojaba tras sus espaldas.

Rugió como un león y volvió a toda prisa al andén, de donde los zombis empezaron a salir en masa.

—¡Aquí no entra nadie sin su puto billete! —gritaba a la vez que desenvainaba su porra de plástico.

Empezó a golpear con ella, levantando una humareda de sangre, impregnándose en su cuerpo y en el suelo. Mató a uno, y a otro, y a otro…

—S-son de papel —tartamudeó Fulgencio, uno de sus compañeros que fue a ver qué pasaba.

De repente, uno de los no-muertos se abalanzó sobre él, devorándolo como si fuera un pollo frito. Espartaco maldijo y fue a vengar a su compañero, abriendo la cabeza de ese monstruo.

—¡Estoy a tope! ¡A tope! —gritaba mientras agitaba su porra.

Muchos más zombis venían por el resto de vías, ya no importaba si era el Cercanías o el Larga Distancia, estaba claro que afectaba a todos los recorridos. Su superior se acercó, inspeccionando los progresos de su subordinado.

—¡Estoy a tope, jefe de equipo estoy a tope! —decía sin dejar de dar porrazos.

Súbitamente uno de ellos le mordió el brazo. El vigilante le propinó un puñetazo en la cabeza que le hizo saltar los sesos.

—¡Estas despedido! —dijo el jefe de equipo.

—¿Por qué? —exigió saber Espartaco.

—¡Las redes sociales están que arden! ¡En Twitter han colgado un video tuyo matando zombis y dicen que eres demasiado violento! ¡Los pasajeros están muy asustados!

—Claro, porque subirse en un tren lleno de zombis no pasa nada.

—¡No seas zombófobo! ¡#ZombieLiveMatters ya es trending topic !

El empleado gruñó y arrojó la porra hacia un lado, luego se arrancó el peto de la RENFE y lo dejó caer por los pasillos de la estación. Entonces sintió que algo no iba bien, su piel se palidecía, sentía mucho frío y su corazón palpitaba acelerado.

—¡Me transformo! —gritó mientras sucumbía ante la infección.

Un Espartaco zombificado se abalanzó brutalmente contra su jefe de equipo, comiéndoselo como si no hubiera almorzado durante días.

—Al menos no me tocará pagar la indemnización —dijo el jefe antes de morir.

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Fuera de Concurso

LA BETAESPERA de Neelie

Jessica se despertó en casa de Carlos. Esperaba tener suerte esta vez y quedarse embarazada. Ya había quedado con varios chicos durante los últimos meses, pero sin resultados. Después de la cumbre donde todos los países pactaron la política de un solo hijo, era difícil encontrar alguien que no fuera estéril. La dependencia emocional era secundaria. Respondíamos a una necesidad biológica de perpetuar la especie, pero más de la mitad de la población no podía tener hijos. Las niñas sufrían infinidad de problemas relacionados con desajustes hormonales que les impedían quedarse embarazadas en su etapa adulta, y el esperma de los hombres era de peor calidad a cada década que pasaba. El sedentarismo y la contaminación ambiental habían hecho que la naturaleza aplicara su propio control de natalidad en el hemisferio norte.

Para combatir la contaminación ambiental, el impulso de los coches eléctricos fue un fracaso, y no porque no se vendieran, sino porque no se habían calculado correctamente los recursos necesarios para sustituir todo el parque. La gente empezó a comprar coches eléctricos obligada por el Gobierno Global (G.G.). No prohibieron los coches de combustión, pero en esencia era lo mismo. Empezaron a aplicar sanciones abusivas a cualquier vehículo que sobrepasara las emisiones cero, debido a la exponencial aceleración del cambio climático y el aumento de las temperaturas de los mares que aun así terminó por desertizar medio planeta.

Pero la tecnología no estaba lo suficientemente avanzada aún. Las reservas de litio que se necesitaban para las baterías de los coches eléctricos no eran suficientes para cubrir la demanda, y no había dado tiempo a mejorar otra alternativa competitiva. Al fin y al cabo, el G.G. era tan incompetente como los gobiernos independientes de los países que lo precedieron, solo que ahora nos equivocábamos todos a la vez y las consecuencias se producían a lo grande.

El G.G. surgió después de la 3ª Guerra Mundial, que comenzó por un pequeño bloqueo comercial entre varias marcas de tecnología low cost de EEUU y China que se fue de las manos.

Aun así, Jessica estaba decidida. Según diversos estudios, y teniendo en cuenta la esperanza de vida actual en el hemisferio norte, el planeta no colapsaría al menos hasta dentro de dos generaciones, suficiente para que su hijo pudiera vivir y morir de forma natural.

Había encontrado a Carlos en una página de contactos breves. No fumaba, hacía deporte, tenía estudios universitarios y adjuntaba a su ficha un estudio genético que aseguraba casi al 100% que no poseía ninguna enfermedad genética heredable. Por lo demás, a Jessica no le pareció que tuviera ninguna tara en las distancias cortas. Durante la cena fue amable y mantuvieron una conversación amena. Las páginas de contactos breves eran la mejor opción para ella: hombres jóvenes, fértiles y sanos, que se ofrecían para procrear a cambio de dinero. Había tenido una pareja estable durante algo más de siete años, con la que cometió el error de pensar que cambiaría de idea con respecto a tener niños conforme la relación se fuera consolidando y viera la ilusión que le hacía. Ella tenía esperanza, pero él era un extincionista convencido, y ahora ya no tenía tiempo de buscar una aguja en un pajar.

Era la segunda noche que se acostaba con Carlos después de su pico de LH este mes, y dentro de semana y media podría hacerse el análisis de sangre para saber si había habido suerte.

El décimo día fue a la clínica y le tomaron la muestra. Le dirían los resultados a lo largo del día, así que al volver del trabajo encendió la televisión para matar el rato. Hizo zapping hasta que se dio cuenta de que en varios canales de noticias estaban dando lo mismo. Habían hecho un agujero en el muro que separaba el Sur del Norte. Aquello que había temido durante tanto tiempo estaba sucediendo: el Sur se había rebelado contra el Norte, extenuado por el hambre y la miseria y sin nada que perder. Al parecer llevaban varios meses cavando un túnel en una zona en la que la guardia del Norte era especialmente vulnerable a los chantajes y corrupción. Al fin y al cabo, estaba formada por exsureños que ayudaron a construir el muro en su momento. Cuando consiguieron pasar por el túnel, pusieron una bomba e hicieron una apertura por la que podía pasar un camión con la suficiente holgura. Las imágenes por televisión mostraban cómo estaban entrando por millares, portando el armamento con el que el Norte los había surtido para que guerrearan entre ellos desde hacía décadas. No mostraron las imágenes, pero por la ausencia podía deducirse que habían matado o capturado a los guardias, y la segunda opción no parecía muy probable dado que no tenían alimentos como para hacer rehenes. Eran tantos que, aunque armados, por cada disparo de los guardias habría diez sureños echándoseles encima.

El teléfono sonó y sobresaltó a Jessica. Era de la clínica, la beta era positiva.

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Fuera de Concurso

El pato de Schrödinger por Word Chaser

Mi querido y leal amigo Petronio, para cuando puedas leer esto ya me habré ido, porque siendo la presencia de la parca, queriendo otorgarme el merecido descanso por toda una vida. Estás más que preparado para crear relatos que, sin duda, superarán con creces todo lo que yo podría escribir, pero antes de que puedas ser libre de crear tu propio legado te pido un último favor.

En el tercer piso del ala oeste, donde te tenía prohibido entrar, en el pasillo más oscuro —recuerda llevar una vela—, en la habitación más al fondo, encontrarás una caja. En esa caja está la clave de todo. Necesito que tomes su contenido y lo lleves a la localización del nuevo torneo de relatos. Su ubicación seguramente será alto secreto, pero si pudiste suplantarme, serás lo suficientemente inteligente para encontrar su paradero.

Petronio volvió a guardar la nota que Word Chaser, al que había servido desde que podía recordar. Aunque había sido escrita tres años atrás, había sido entregada recientemente, como si su amo lo hubiera previsto todo.

El pato era la clave. En un torneo en el que las condiciones se ponían en duda y sólo parecían tomar forma cuando los ya estaban sobre la mesa, para materializarse en ceros o cincos absolutos; un torneo donde aparecían docenas de relatos que eran relatos pero al mismo tiempo no lo eran, y sólo al ser publicados la realidad colapsaba, de forma que muchos textos incompletos participaban como impostores, eclipsando incluso a los que sí pretendían ser una historia completa. En un torneo en el que, además, a los participantes les parecía dar igual que todo eso ocurriera, más centrados en discutir y llevar la naturaleza de taller de escritura al mismísimo nivel de Twitter , la intervención de Petronio era de carácter urgente.

Por eso estaba viajando al Sur, saliendo de su retiro creativo. No era mano dura lo que hacía falta, sino recuperar el espíritu y la magia de los lunes, cuando llegaban los resultados y los comentarios aparecían, no sólo para aprender y discrepar, sino para crear un ambiente que marcara positivamente a sus participantes y que, incluso años después, recordaran con cariño esos tiempos. Algo propio de ancianos, pero qué demonios, hasta el mismo Petronio empezaba a tener una edad.

Esperaba estar a tiempo para que el pato, siendo la clave como era, lograra encauzar el torneo. Pero aún con el tiempo apremiando, debía hacer una última parada.

—Nunca pensé que diría esto… —dijo dirigiéndose a su compañero de viaje, que descansaba dentro de su equipaje—, pero creo que voy a necesitar también la ayuda de Letrina.

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1/8 de Final E1

Diamondback vs Van Anya con la condición “El relato no puede contener diálogos (directos o indirectos)”.

Perezoso

En el espacio nadie puede oírte hablar. Políticas de la empresa para ahorrar oxígeno.

Me parece un poco estúpido, pero en este montón de chatarra los sinsentidos se acumulan: En vez de camarotes tenemos sacos de dormir, las cámaras de seguridad no almacenan las grabaciones, los motores han de ser repostados manualmente con un bidón de gasolina del almacén… Así que me creo que solo nos dejen hablar en las reuniones de emergencia.

Pero bueno, debo seguir examinando muestras médicas por mucho que le dé vueltas a todos los problemas de la nave. Mejor pensar en eso que en lo que realmente nos preocupa a todos.

Hace dos días, la piloto Rose encontró el cadáver del doctor Brown en el reactor. Y desde entonces la tripulación está con los nervios a flor de piel. Normal, hay un asesino entre nosotros.

Al menos sirvió para poder escuchar la voz de alguien. Aunque tuviéramos solamente dos minutos para discutir qué íbamos a hacer. Obviamente no se decidió nada, por lo que seguimos cada uno con nuestras tareas.

Los sesenta segundos que tarda el analizador de muestras se me hacen muy largos. Me aburre y me hace divagar. Lo cierto es que estoy un poco acojonado. Sí, en dos días llegamos a Polus, pero en cualquier momento el reactor o el reciclador de oxígeno pueden sufrir un sabotaje. Eso si no caemos uno a uno por los muchos rincones de la nave. «Y no quedó… ¡ninguno!».

La presencia de un traidor explicaría algunos de los problemas que nos hemos encontrado en el viaje: Las comunicaciones fallan cada dos por tres y la electricidad se corta varias veces al día. No, me estoy volviendo paranoico. También puede ser que la Skeld haya visto tiempos mejores y ni en esos fuese una buena nave.

Bueno, ya están las muestras. La cuarta está en mal estado, a la basura. Siguiente tarea: calibrar los escudos. Mierda, la sala del generador está en la otra punta. Qué pereza. En fin, vamos a ello.

Qué vacía está la cafetería. Antes la usábamos para dormir todos juntos, pero ahora cada uno nos hemos ido aislando en los compartimentos donde trabajamos. Yo sigo pensando que ir en grupo es la mejor estrategia de supervivencia, pero no me hicieron caso. Insistir de más me hubiese hecho parecer sospechoso, y tampoco me apetece que me eyecten por la… Joder, ha vuelto a irse la luz.

Y no regresa. Voy a tener que arreglarla yo. Vaya suerte la mía. Un doctorado, dos másteres, cuatro idiomas, año y medio de preparación para la misión… y tengo que estar haciendo de electricista. Debí meterme a político.

No se ve una mierda. ¡Ay! Joder, casi me mato. Puta caja. El almacén a oscuras es peligroso. Gracias MIRA S.A. por proporcionarnos linternas publicitarias que alumbran entre poco y nada.

Vale, ya estoy en electricidad. A ver esos fusibles. Nada, se ha caído el diferencial. Apañado: Ya volvemos a tener…

¿Se ha movido algo en esa esquina? Mierda. No, nada, es la rejilla de ventilación que ha reflejado la luz. Falsa alarma. Uf, menuda taquicardia. Necesito unas vacaciones. Bueno, vamos a lo de los escudos. Cuanto antes acabe, mejor.

¿La puerta está cerrada? Yo la dejé abierta. ¿Se habrá roto el panel? Pues no, no veo nada raro. Espera. ¿Una sombra? Ah, es el teniente Greene, de seguridad. Habrá venido a arreglar la luz también. No se va. ¿Quizás ha visto algo por las cámaras? No, no actuaría así. ¿Por qué se me quedará mirando?

Oh. Vale. Mierda.

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1/8 de Final E1

Diamondback vs Van Anya con la condición “El relato no puede contener diálogos (directos o indirectos)”.

Un día cualquiera

El sol se asoma desde el horizonte, y allí, sobre la verde pradera, los divisa: ambos ejércitos, pulcramente dispuestos, como si posaran para todos los pintores que han sido y que serán, dispuestos a inmortalizar sus hazañas desde sus talleres celestes. Los estandartes y pendones, henchidos por el viento, lucen orgullosos sus blasones finamente bordados en oro y plata. Los gallardetes restallan como látigos. Las bruñidas armaduras y las afiladas puntas de las lanzas refulgen al sol del amanecer. El aire fresco vibra con el relinchar de los caballos y las últimas órdenes de los oficiales.

Los corazones se encogen, los nervios apresan las tripas con invisibles dedos. Manos enguantadas aprietan con fuerza las armas. Piafan las monturas. Miles de ojos entrecerrados estudian al rival. El tiempo parece detenerse, como si el mismo mundo contuviese, expectante, el aliento.

Y entonces, al mandato de una orden, ambos ejércitos corren hacia su destino. Estentóreos gritos surgen de las gargantas, buscando insuflar ánimos a aliados y temor a oponentes. Los arqueros lanzan sin descanso sus mortales andanadas. Los alcanzados caen, muchos para no volver a levantarse. Hay quejidos, atropellos y tropiezos, mas nadie se detiene.

Las tropas se encuentran. El metal golpea el metal: se perforan armaduras, se cruzan espadas, se hienden escudos. La caballería se abre paso entre la soldadesca, barcas de muerte surcando un mar de almas. Los gritos y lamentos se ven ahogados por el entrechocar de las armas. Las formaciones se difuminan, basculan, se rompen, con cada embate. Botas y cascos machacan la hierba, que se mezcla con el barro y la sangre, formando una trampa resbaladiza y mortal.

***

Los últimos rayos del atardecer alumbran el campo de batalla, cuajado de cadáveres dispuestos al azar. Los orgullosos leones, torres y flores de lis de los estandartes yacen ahora ajados, raídos y deslucidos por el barro. Las armaduras ya no brillan, cubiertas de sangre y suciedad, abolladas y traspasadas. Las espadas, hachas y lanzas, rotas y astilladas, se ven aquí y allá, asomando entre el fango, abandonadas y esperando la herrumbre. Sólo se escuchan ya los gemidos de los heridos, que se van apagando a medida que los moribundos son rematados por el bando vencedor. Y el sol se esconde tras las montañas, porque ya ha visto suficiente.

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1/8 de Final E2

Amante Rechoncho vs Coprónimo con la condición “Un relato erótico”.

1944

Mike estaba empapado hasta los huesos. Dejó su rifle a un lado, se quitó las botas y comenzó a limpiarlas. Estaba sentado en una esquina del bar, sumergido en sus pensamientos. Pensaba en Hannah, siempre en Hannah. Echó las botas a un lado y sacó la pequeña foto de ella que llevaba consigo. Se quedó mirándola fijamente y comenzó a soñar despierto. Pensaba en sus besos, tanto en los que le dio como los que no. Aquello era lo único que le hacía olvidar lo vivido durante el día. Últimamente pensaba mucho en lo idiotas que habían sido. Él quiso hacerlo, pero ella prefirió esperar. ¿Esperar a qué?, se preguntaba él todas las noches. Siempre había sido muy creyente, pero esa devoción iba menguando día a día un poco más a cada nuevo horror que presenciaba.

Los pensamientos de Mike fueron interrumpidos cuando entró en la sala, abruptamente, la chica francesa. Era alta; larga melena rubia; enormes ojos azules y redondos; labios carnosos pintados de rojo, a juego con el ceñido corsé escarlata que resaltaba sus enormes pechos; y piernas largas únicamente cubiertas por unas medias de rejilla que finalizaban en unos tacones rojos de larga aguja.

Era la chica del espectáculo de cabaret que había actuado la noche anterior. Parecía asustada. Cogió una botella y, cuando trataba de esconderse, entró John borracho como una cuba. La agarró por la espalda e intentó sujetarla. La chica miró a Mike y éste se levantó raudo. Mike pidió a John que parase, pero éste no atendía a razones y le empujó con fuerza, a lo que Mike contestó con un puñetazo que dejó a John medio grogui. Éste se fue de la habitación tambaleándose y maldiciendo a viva voz, quedándose Mike a solas con la chica.

Mike le tendió la mano y le ayudó a incorporarse. Ella le dio un abrazo y besó su mejilla en señal de agradecimiento. Se miraron un instante y él bajó la cabeza, estaba tenso. Ella lo percibió y volvió a levantarle la cabeza. Se miraron una segunda vez, ésta más prolongada, y lo estudió fijamente. Debajo de ese harapiento uniforme se escondía un chico moreno de ojos negros; de corte de pelo militar y muy musculoso, aunque fue la bondad que desprendían sus ojos lo que más le encandiló. En estos tiempos era difícil ver un gesto así, y vino de quien menos esperaba.

Ella besó a Mike en los labios. Esta vez no hizo ademán de resistirse y Mike le devolvió el beso de manera torpe pero apasionada, saboreando cada segundo. Después de besarse durante un rato prolongado ella le dijo algo ininteligible en francés. Al ver que él no reaccionaba, le cogió de la mano y le llevó por los pasillos del local hasta que llegaron a un enorme dormitorio.

Ella percibía su nerviosismo e inexperiencia, así que decidió guiarle. Mientras le besaba fue desnudándole poco a poco, quitándole el desgastado uniforme. Acarició con sus delicadas manos su fuerte torso, y lo empujó a la cama. Ella se tumbó también y le hizo señas en dirección a sus zapatos. El comprendió y se los desabrochó con delicadeza. Le acarició los pies y, instantáneamente, ella cerró los ojos y emitió un gemido de placer. Se los masajeó delicadamente y fue escalando sus piernas, con suaves besos, hasta llegar a su sexo. Estaba húmedo y percibía su agradable olor. Arrancó apasionadamente con la boca la prenda que lo cubría y comenzó a, primero besarlo, y después saborearlo. Ella iba corrigiendo su inexperiencia moviendo su cabeza. Después de un buen rato, las piernas de ella comenzaron a estremecerse y liberó un orgasmo. Acto seguido, Mike se incorporó y se introdujo dentro de ella, dando potentes embestidas rítmicas mientras se perdía en sus ojos azules, llenos de placer. Mike no aguantó mucho más el ritmo y liberó toda la tensión acumulada con una sacudida final. Ella, hizo lo propio acompañado de un gran gemido.

Pasaron el resto de la noche juntos, repitiendo la escena. Mike partió junto a su pelotón antes del amanecer. Ella, como despedida, le regaló un medallón y un apasionado beso, y ambos conservaron durante resto de sus días el imborrable recuerdo de aquella noche.

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1/8 de Final E2

Amante Rechoncho vs Coprónimo con la condición “Un relato erótico”.

Lingam

Al coger mi tarjeta ha rozado, delicada, mi mano. Es la primera vez en meses que toco a otra persona. La reacción de mi cuerpo ha sido instantánea, sorprendido por esa chuchería inesperada: el corazón se me acelera y empiezo a notar cómo la sangre viaja, recolocándose. Las prioridades han cambiado: es otra cabeza la que necesita gasolina.

—Sígame, por favor.

Iré a dónde me diga, señorita. Hoy no he venido a pensar. Estoy tenso de anticipación, a punto de explotar. ¿A qué metáfora hago referencia con explotar? Te respondo lo mismo que cuando la encargada me preguntó, hace unas horas, si venía a uno u otro servicio: sí.

—Desnúdese y espere tumbado boca abajo en la camilla, por favor. En seguida estaremos de nuevo con usted.

Pronto, pronto, faltan escasos minutos para tocar el cielo y volar. El estar boca abajo aprisiona mi entrepierna entre la camilla y el vientre. Me molesta mucho, es tremendamente incómodo y doloroso, me cuesta mantenerme así pese a las instrucciones: eso lo hace perfecto. Estoy empapado en sudor, ligeramente tembloroso, al borde de la perdida de control y conocimiento. Cierro los ojos e intento gozar de esa sensación, de la antesala del éxtasis delicado que, como cada vez que vengo, sé que voy a sentir. Aspiro fuerte, disfrutando el olor a limpio. Cuidan bien la higiene, por supuesto; si no fuese así no acudiría a estos profesionales. La camilla es más bien dura, pero cómoda. Lo mejor es que no la han tapado del todo y el cuero asoma en algunos puntos. El tacto contra mi empeine es delicioso. Quiero pensar que no es cuero artificial, que se ha cazado a algún animal para tapizar… ¡No!¡No debo pensar en animales!¡Debo esperar para dejarme llevar!

Y lo oigo. Pasos cada vez más cercanos. Oigo cómo se abre la puerta y cómo me saluda. ¿Qué ha dicho? A estas alturas, ni lo sé ni me importa. Escucho el chasquido del guante al ajustarse en su mano, ya libre de la tensión que ejercen sus dedos expertos. Noto como me posa la mano en las nalgas, firme, sin contemplaciones: sabe cómo lo disfruto más. No ha parado de hablar en ningún momento, pero me ha sido imposible prestarle atención. Tampoco es relevante: son siempre las mismas palabras, y no son las palabras lo que me hacen volar. Es la mano, la mano enguantada que me explora sin miramiento alguno hasta que llega, ¡por fin!, a su destino.

Me cuesta ahogar un gemido, y me es imposible contener la descarga. Noto mi vientre pegajoso, la zona entera pulsante y desatada. Vuelvo en mí, comenzando a recuperar la atención en la voz tras las manos mágicas. Sigue hablando, el discurso de siempre. Aún puedo relajarme y disfrutar de las sensaciones: el breve momento en que tengo que prestar atención aún está lejos. ¡Y es más por cortesía que otra cosa! Me consta que otros clientes ni se dignan a despedirse.

—… y una inflamación de la próstata que, si avanza, es motivo de preocupación. Voy a concertar una nueva exploración en una quincena para verificar que no estamos ante-

Girando lentamente la cara hacia el doctor intento cerciorarme de lo que ha dicho.

—¿Ha dicho una quincena?

—Efectivamente. La fecha concreta puede fijarla en recepción.

Me cuesta disimular un gemido de pura anticipación. ¡Sólo quince días para una nueva sesión de gloria!

—Gracias, doctor. No sabe lo que se lo agradezco.

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Fuera de Concurso por Montañero Enamorado

La luz se filtra por la cortina blanca
e incide sobre tus pezones
que proyectan una sombra sobre tu vientre.

Deslizo mi cabeza entre tus piernas
y juego con mi lengua para comprobar
quecambia radicalmente la silueta dibujada.

Lo que antes era una suave colina
erosionada por los elementos,
es ahora una cima quebrada.

Me levanto y me encaramo a ti
es hora de que la oscura noche
tape las montañas y cubra el lienzo.

Condición

Relato erótico

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Fuera de Concurso

HORAS EXTRA por Bud Lee

Inés se sentía bien con su jefe: era agradable, estaba casado, como ella… y tenía algo especial, lo que antaño tenía su marido cuando se conocieron, se casaron… hasta la llegada de Cristina, su, de momento, única hija.

—Ricardo… por favor…

Él tenía su lengua en ese sitio capaz de hacer muchas cosas, dos buenas y una… bueno, una evidente y algo escatológica.

—Tenemos tiempo, Inés. No me digas ahora que esto no te gusta.

Ella acaricía el pelo rubio de su jefe y le dice:

—Sabes que no me gusta, me encanta.

Ricardo vuelve a hundir su lengua en ese húmedo y gozoso lugar, sintiendo las manos de Ines en la cabeza, apretando bien fuerte la cabeza para que su lengua siga lamiendo y escarbando tan intimo y palpitante sitio. Los gemidos de ella son la música celestial que Ricardo escucha cada vez que surca los pliegues de la intimidad de su secretaria y esposa de su amigo Lázaro, al cual conoce desde el colegio. Después de lamer y chupar aquella almeja ardiente, Ricardo ve como Inés deja que él se siente en la silla del despacho, para así ella poderse colocar sobre él, mirándole a los ojos mientras va sintiéndose poco a poco llena de placer y de gozo.

Él va despacio, suave, moviéndose como suele hacer cada vez que se funden en la silla del despacho, masajeando en ocasiones los senos que aún contienen leche materna si se aprietan un poco o se pasa la lengua con respeto y delicadeza en los pezones sensibles de Inés. A Ricardo le encanta mamar esos pezones y succionar la leche materna, saboreándola en la boca mientras se mueve dentro y fuera de ella, dándola mas placer si cabe.

—Sigue… por favor, sigue…

Ricardo deja el pezón izquierdo para mamar ahora el derecho mientras se mueve algo mas rapido dentro y fuera de Inés entre sus piernas, viendo como ella se agarra al sofá fuertemente, como suele hacerlo cada que vez que mantienen relaciones en su despacho.

—Cuando dejarás… cuando dejarás de darla… de mamar.

—Lázaro me dice… me dice que… debería de…

Inés se nota muy excitada por culpa de su pezón derecho y la boca de Ricardo mamándolo, haciendo que se mueva mas rápido sobre él, sintiendo mas y mejor el miembro de su amante. Cuando Ricardo deja de mamar, ella se siente mas relajada, mas a gusto… hasta que finalmente, nota como su sexo se llena de blanco y caliente fluido seminal de él a la vez que ella cierra los ojos y llega al clímax, pudiéndose ver como tras retirar su sexo de ella, el blanco elemento aflorar, llegando a gotear varias veces.

—Que bien me follas, cabrón.

—No digas eso, que Lázaro también te follará algo.

—Ya no es el mismo desde… mirá, si antes hablamos de él…

El móvil de Inés suena con un tono de llamada asignado a Lázaro, activando el “manos libres” una vez lo toca:

—Hola, cariño. ¿Dónde dejaste los pañales? Hoy Cristina ha tenido un “derrame” que…

—En el segundo cajón del baño, donde siempre.

—Ah, vale. ¿Te queda mucho?

—Ya he acabado el papeleo con Ricardo, en media hora llegaré para cenar, tranquilo.

—Vale. Salúdale de mi parte.

—Descuida, se lo diré. Un beso.

—Otro a tí, cariño.

La llamada se termina y Ricardo mira a una desnuda y manchada Inés entre sus piernas después de hablar con su marido.

—Media hora, claro.

—Esta vez sí. Mañana podremos seguir más tiempo: mi cuñada irá para echarle una mano y no tendré que irme tan pronto.

—Elena, una santa.

Inés sonríe ante su comentario.

—Eso díselo a su marido, al que le llaman “ El Venao ”.

—Joder, que mala hostia.

—Cosas que pasan.

Inés decide ir al baño privado que Ricardo tiene en su despacho para asearse intimamente, gracias a geles y jabones que ella compró para que no dejen olores sospechosos, no solo a limpieza, sino a que ella haya estado con otros hombres. Eso sí, lleva días tomando la píldora para que Cristina no tenga un hermano… aunque fuese de Ricardo.

Condición

Relato erótico

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Fuera de Concurso

La cabaña en el bosque por Amante No Tan Rechoncho Como Amante Rechoncho

En un claro del bosque vivía un espíritu, demasiado pequeño para tener cuerpo, forma o mente; era una fuerza primigenia, formada por sueños y deseos, guiada por los más básicos de los instintos. El espíritu vivía rodeado de pinos y arbustos, con la compañía de ardillas, osos y hormigas. A las ardillas el espíritu les daba bellotas, que hacía aparecer en sus escondites; a los osos, cuando alguno de ellos cruzaba su claro, les preparaba un festín; y a las hormigas las protegía de la lluvia y las inclemencias del tiempo. Y, con cada deseo que cumplía, el espíritu vivía y era feliz.
Un día, en su pacífico claro, apareció un niño. Llegó solo a lo más profundo del bosque, muy decidido a no mirar atrás. El espíritu acudió al niño, llamado por sus deseos y sentimientos; atraído por un alma brillante como un faro en mitad de la noche. Vio que el niño tenía frío, y le dio una manta para abrigarse; notó que tenía hambre, y el espíritu le ofreció pan y agua; y, cuando el niño tuvo sueño, el alma del bosque conjuró una pequeña cabaña donde su invitado pudiera cobijarse.
El niño creció feliz en su cabaña del bosque, rodeado de comida y juguetes, con un claro para él solo donde jugar con los animales. El espíritu era invisible a la vista y el oído, pero el niño siempre sabía dónde estaba y sentía su presencia por las noches, cuando cerraba los ojos tras un día de diversión.
Más humanos encontraron la cabaña, por casualidad, buenaventura o decididos a pedirle al djinn que allí vivía sus deseos. Llegaron al claro pastores perdidos preguntando por su ganado extraviado, hombres avariciosos exigiendo monedas de oro, poetas cínicos en busca de sus musas y hombres furiosos porque su oro se había convertido en humo al dejar el claro. Todos ellos consiguieron que el espíritu escuchase y cumpliese su ruego, hablaron con el adolescente que allí vivía y todos ellos se fueron, dejando la cabaña a sus dos ocupantes.
Un alma del bosque no tiene corazón, pero el espíritu de nuestra historia aprendió a querer a su niño. Con el tiempo su relación se estrechó, y fue capaz de entender sus verdaderos deseos, más allá de aquellos más superficiales: le alimentó con comida sana, le ofreció ejercicio, le enseñó a leer, escribir y sumar. El adolescente siempre tuvo a su disposición un libro que leer, y con ellos aprendió matemáticas, historia y geografía; con ellos vivió mil vidas en cien mundos diferentes, alejados de su pequeña cabaña en el claro del bosque. El niño creció en un joven adulto, y el espíritu creció con él, a su propia manera. Las almas no crecen como los humanos; el espíritu no se hizo más fuerte, ni más listo, ni más grande. Pero, tras respirar durante años los sueños y deseos de su niño, se volvió más .
Un día, el joven adulto salió de la cabaña en la que convivía con un espíritu. Este había entendido su deseo, y el joven llevaba a la espalda una mochila con alimentos, mapas, cuerda y agua; en sus pies calzaba unas botas fuertes; y sus ojos miraban al frente, más allá del claro del bosque.
El joven caminó rumbo a la civilización. Su vínculo con el espíritu, presente en su vida desde que tenía memoria, se atenuó con cada paso. Tras el paso número mil, el joven sintió como la leve conexión se cortó al fin, demasiado lejos de su claro para que la magia del espíritu pudiese alcanzarle. Y, en ese preciso instante, notó la hierba a sus pies, porque sus botas desaparecieron. Se aligeró su espalda, porque la mochila había dejado de pesarle. Y no sintió nada más, porque todo su cuerpo se desvaneció en humo, sueños y alma.
Mil pasos atrás, un espíritu vivía en un claro del bosque. Nadie que visitara el claro podría ver una cabaña, pues ya no había ningún niño que la deseara. El espíritu descansaba, sin función ahora que nadie a su alrededor deseaba con la fuerza de un humano, esperando pacientemente a que los deseos de otro niño le devolviesen a la vida.
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Sin diálogos

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Fuera de Concurso

Consulta del Viernes a las 19:00 por Miembro Anónimo de La Organización

Cada viernes, cuando suenan las campanas de las siete en la iglesia de Madrid, al Doctor Arelli se le eriza la piel. Con puntualidad casi molesta abre la puerta su paciente. Está totalmente perdido, como de costumbre, y eso atormenta, enfurece y asusta en partes iguales a Arelli.

El doctor era un hombre tranquilo. Una voz más estricta diría que llamarse a sí mismo “doctor” siendo un simple psicólogo recibido con un promedio de 4,10 en la Complutense era un acto de soberbia exagerado, pero Arelli no lo hacía por sacar pecho, sino por comodidad. A él no le gustaba el conflicto, no le gustaba el exceso de energía. Si decir doctor levantaba alguna duda, el sentido común las despejaría. Y a sus pacientes hasta a veces les servía la confianza de escuchar la palabra doctor. Era terapéutico, según algún que otro autor que Arelli estaba seguro de haber leído, en algún momento de su vida. Alguien lo había dicho y tenía suficiente repercusión para ser cierto. Él sabía que no todo por estar en internet era cierto, pero tanta gente no iba a equivocarse en compartir fuentes.

Arelli, siendo un hombre que aboga por la paz y la tranquilidad, debería en teoría encontrar un alma amiga en su paciente de los viernes a las siete. Taciturno, desconectado de la realidad, mirada constante de un punto a otro, como si siempre quisiera ubicar dónde estaba en la habitación, o si pensara que le faltaba algo. Pero por sobre todo, un hombre que no hablaba. Un hombre que parecía considerar las palabras un desperdicio. Y eso le ponía la piel de gallina. ¿Por qué, un hombre así habría decidido tomar terapia? Arelli no tenía la menor idea. Su mujer, o su novia, no tenía cómo comprobarlo, había hecho los arreglos con su secretaria. Desde entonces, tres viernes consecutivos, el silencioso hombre había entrado a la sala. Tres veces Arelli había hablado con él, probando distintos acercamientos. La primera vez había sido la peor, ya que no se lo esperaba, estuvo durante casi una hora haciendo preguntas que nunca obtuvieron respuesta, para con las campanas de las 8 ver a su paciente irse. Una semana luego, Arelli leyó posts sobre la actitud de mutis en adultos ante la terapia, y armó un plan que fracasó durante el segundo viernes. Para el tercero se esforzó aún más, buscando en apuntes viejos, releyendo notas de conferencias y consultando fuentes confiables en internet, estructuró un plan para la tercera sesión. Y nada ocurrió.

Arelli está sentado por cuarta vez, viendo al hombre que no le dirige una sola palabra, acostado en el diván. El doctor suspira, con algo de derrotismo, le acerca un bloc y un lápiz para incitarle a dibujar, sin decir una palabra. Pasan cincuenta minutos donde Arelli lee en silencio uno de los libros de su consultorio, mientras escucha el sonido del lápiz en el papel. Saber que él está haciendo algo aparte de mirar para todos lados relaja sólo un poco al doctor.

Las ocho llegan y con ello el paciente deja el bloc y el lápiz sobre la mesa y deja la sala. El doctor suspira. Por hoy, se irá a su casa y le leerá a su hija. Mañana pensará qué hacer con ese loco.

El servicio de limpieza del consultorio funciona de noche, y Hermilda entra mientras Arelli se va. Hermilda es madre de cinco y su marido tiene la edad del doctor. Sabe lo que es el rostro de alguien cansado. Le conoce a Arelli hace más de quince años, y él le confía que trabaje incluso cuando él se va. Hermilda acomoda las sillas antes de ponerse a barrer, y ve el bloc de notas sobre la mesilla, fuera de su lugar. Lo toma, mirando por unos segundos el dibujo del pato triste, y lo deja en el escritorio mientras toma la escoba. Empieza a barrer alrededor del diván cuando nota, entre los cojines, una cartera asomando.

Con una patada, el paciente abre la puerta y sin detenerse dispara un solo tiro entre las cejas de la mujer. En su mano tenía su cartera.

El lunes al hallar el cuerpo, Arelli jura encontrar al asesino.

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Sin diálogos

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1/8 de Final F3

Covid69 vs Mosquito Tigre con la condición “Relato epistolar".

Estela

86º día del Verano

Mi bienquerido padre:

Hace dos días que el conde de Rivas acudió a nuestro hogar a tomar mi mano. Hemos partido de inmediato en travesía hasta el lugar donde contraeremos sagrado matrimonio. Como bien imaginábamos, el conde no me ha permitido despedirme de usted ni de mi hermano José: llegó de buena mañana mientras usted trabajaba la tierra. Se lo supliqué, pero no accedió a mis ruegos.
Lamento profundamente no haberme podido despedir de usted. Espero que tenga a bien perdonarme. Voy a añorar su voz reconfortante, sus abrazos y sus besos. Pero espero poder seguir enviándole cartas para que sepa que yo estoy bien.
Desconsoladamente suya,
Estela.

2º día del Otoño

Mi bienquerido padre:

Es el séptimo día de la travesía y la comitiva del conde de Rivas apenas se detiene a descansar. Todos los lugareños de las aldeas por las que pasamos se quedan atónitos ante tanta opulencia. Algunos nos preguntan si somos reyes.
Desde la ventana de mis aposentos en la posada donde hemos pernoctado se puede ver una afilada montaña. Justo después del rezo de vísperas, el Sol se oculta tras su pico, formando una curiosa sombra que se asemeja al perfil de un ave carroñera.
Rezando cada día por usted,
Estela.

8º día del Otoño

Mi bienquerido padre:

Hoy hemos parado en un pintoresco pueblecito para aprovisionarnos de víveres. Aquí he comido el guiso de conejo más rico que he probado en mi vida. La cocinera me ha dicho que el secreto está en unas setas que sólo crecen en los bosques del noreste. El conde se ha alegrado de verme disfrutar así y me ha asegurado que no será la última vez que disfrute de estas setas durante el viaje. Creo que en las próximas jornadas me esperan más guisos así.
Recordando los platos de madre,
Estela.

17º día del Otoño

Mi bienquerido padre:

Ayer pude divisar la ermita de Santa Pelagia de Antioquía mientras arrivábamos a la aldea donde pasamos la noche. Le solicité al conde si podíamos hacer un alto en el camino; recuerdo que madre era muy devota de Santa Pelagia y quería rezar por ella. Mi gozo ha sido grande al contestarme que no se aleja mucho de nuestra ruta.
Melancólicamente suya,
Estela.

20º día del Otoño
Mi bienquerido padre:
No sé cuánto camino quedará para llegar a las tierras del conde. Las noches cada vez son más frías y los días más angustiosos sin poder veros a usted y a mi hermano.
Anoche los siervos del conde prepararon los caballos con herraduras más fuertes y monturas más robustas y calientes para ellos. Veo las primeras nieves en el horizonte. Parece que nos dirigimos hacia el norte.
Congelada de piel y corazón,
Estela.

32º día del Otoño
Mi bienquerido padre:
Creo que el conde sospecha algo; hace días que no me deja escribirle. No puedo continuar con esto, no puedo convertirme en su esposa.
He oído a uno de sus caballeros nombrar Fuentecillas. Creo que fingiré una fiebre para retrasar la travesía. A lo mejor así…
Necesitadamente suya,
Estela.

35º día del Otoño

Mi amada Estela:

Desde que vuestro hermano José me enseñó la misiva que enviasteis a vuestro difunto padre, no he dejado de ir tras la caravana del conde de Rivas. Cuán inteligente sois, mi amor, dejándome esas migas de pan en forma de palabras en cada posada donde os albergabais. Habéis sido valiente desafiando al hombre que os arrancó de mis brazos.
Mas siento que yo no haya podido ser tan listo como vos. Cuán estúpido me sentí cuando entendí la estratagema del conde y sus caballeros me apresaron a la entrada de Fuentecillas. Cuán idiota al darme cuenta de la ausencia de vuestro perfume en el último papiro. He caído en su trampa como un inocente infante.
Siento en lo más profundo que vuestro coraje no haya sido suficiente para volvernos a ver una vez más. Al menos, ese malnacido que os hará suya me ha permitido despedirme con esta carta. Nunca olvidaré cada minuto de mi vida a vuestro lado, y tened por seguro que os estaré esperando en la otra vida.
Vuestro por toda la eternidad,
Guillermo.
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1/8 de Final F3

Covid69 vs Mosquito Tigre con la condición “Relato epistolar".

La isla de la locura

Auckland, 12 de diciembre de 1925

Querida Elisabeth:

Para cuando recibas esta carta ya estaré muerto. Lamento no haber podido despedirme como debería. A continuación te relataré los hechos que me hicieron caer en desgracia.
Todo empezó en agosto, cuando el Anne partió de Auckland. La expedición consistía en investigar una isla desconocida que descubrió la tripulación del Emma , o mejor dicho, lo que quedaba de él. Según los informes policiales, un marinero llamado Johansen llegó a Sídney en el pasado mes de abril. El hombre portaba consigo el inquietante fetiche de un ser alado cuya cabeza se parecía a la de un calamar.
El capitán Reginald estaba convencido de que allí realizaríamos un gran hallazgo que nos haría ricos a todos. Mi codicia era tan grande como mi insensatez, y por culpa de esa estúpida promesa firmé mi sentencia de muerte.
Las primeras semanas fueron tranquilas, salvo alguna que otra tormenta. Pese a la bravura de las aguas del Océano Pacífico, el timonel era capaz de amansarlas con un mero golpe de timón.
A partir de la tercera empezaron a suceder los infortunios. Henry, un grumete de tan sólo dieciséis años, enloqueció y asesinó al viejo George con un garfio. Entre unos cuantos logramos reducirlo y lo encerramos con llave en su camarote para nuestra seguridad. Los golpes y sus gritos incesantes nos hicieron pasar algunas noches en vela. El pobre acabó ahorcado dos días después.
Algunos comenzamos a sufrir pesadillas y a tener alucinaciones, sentíamos que nos observaban desde las sombras, oíamos susurros de ultratumba e ininteligibles provenientes de ninguna parte y tiritábamos de frío pese a estar en verano. Muchos de nosotros estábamos tan asustados que pedimos al capitán dar media vuelta. Como era de esperar, Reginald se negó en rotundo.
El día en el que llegamos a la isla nos envolvió una niebla tan espesa como un bosque frondoso. La embarcación impactó contra un arrecife y tuvimos que anclar cerca de la playa. No hubo que lamentar ningún daño personal por fortuna.
Tras unas horas andando, nos encontramos con una enorme estructura de piedra consumida por el musgo y los líquenes. Reginald gritó de excitación y aceleró el paso. En cuanto nos acercamos, un bloque de piedra se deslizó como si de una rueda de molino se tratara. En el interior de la hendidura sólo había oscuridad y tinieblas. Algunos de los marineros huyeron atemorizados, perdiéndose en la bruma. Los que quedamos nos adentramos en la apertura, sin saber que nuestra curiosidad sería nuestra perdición. Nada más entrar, un hedor a sangre y muerte se impregnó en nuestras fosas nasales. Nuestras botas chapoteaban a la vez que se adherían en una sustancia viscosa. Al encender nuestros candiles se revelaron unos jeroglíficos de piedra donde estaba tallado un orbe frente a varios astros alienados, como si fuera una procesión de diamantes. En el lado opuesto del grabado había la misma figura que el fetiche de Johansen: el ser con cabeza de sepia y cuerpo de dragón.
De la oscuridad aparecieron centenares de ojos observándonos, y entonces un rugido atronador restalló en nuestros oídos. Era una visión cuyo horror no se puede describir con palabras. La mano de esa criatura cayó como cometa del cielo, aplastando a varios compañeros con Reginald entre ellos. Solté el candil y corrí sin mirar atrás. Por el camino encontré varios cadáveres con señales de violencia. Los ignoré y seguí hasta subir en el barco. Sin vacilar emprendí el viaje de vuelta, escapando de esa isla infernal, abandonando a los rezagados a su suerte. No sabía si ellos habían logrado salvarse o bien perecieron allí, pero en ese momento lo único que me importaba era seguir con vida.
Desde entonces no ha habido noche en la que haya podido dormir en paz. Esa horripilante visión me perseguirá toda la vida, sin darme ni un momento de tregua. Ahora sólo me queda una manera de poner fin a esto. No llores por mí, pues si bien es una tragedia que todo acabe así, prefiero la muerte a caer más allá del límite de la cordura.
A Dios ruego que se apiade de mi alma.
Conrad
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1/8 de Final F4

Mokuren vs Phoenix Kimmelman con la condición “Relato inspirado en una obra de Shakespeare".

La fierecilla liberada
Acto I
No recuerdo cómo acabamos en aquel garito. Discoteca Padua, ¡menudo antro! Era tarde ya, al menos para nuestros colegas que, salvo el crack del Lucas, se piraron a la mínima. Pagamos al segurata, pedimos un par de cubatas y nos pusimos al acecho.
—¡Bua, Patricio! —me soltó el Lucas, señalando a una pivita de buen ver—. Mira la rubia esa, ¡cómo le daba!
—Toda tuya, primo.
Lucas se fue a tirarle fichas mientras yo me pedía otro ron-cola. Volvió al rato con una sonrisa.
—Patricio, esta quiere tema, fijo. Pero pasa que viene con una amiga, ¿sabes? Y no la quiere dejar tirada. ¿Te importa quedarte con la otra? —Señaló a una gorda que cuchicheaba con la rubia.
—Me debes una, primo —contesté, sabiendo que se la cobraría al muy capullo.
El Lucas se fue con la pava a los baños y yo me quedé con la amiga. De cara no estaba mal, pero era una buena foca. Llevaba meses sin mojar, y en época de guerra… Charlamos un rato de algunas mierdas, evalué el terreno y decidí echarle la caña. Fue mesa fácil. Empecé con un par de comentarios bien encajados sobre sus defectos. Dumbo se me resistió un poco, la muy fierecilla, pero soy buen domador. Al poco rato la tenía comiendo de mi mano. Bailamos agarrados y en cuanto pude le metí la lengua. Se me negó a ir a los baños, pero me dijo que vivía cerca y que su viejo no estaba. Y allá que fuimos. ¡Pedazo piso tenía la tía! Se notaba que su padre ganaba pasta. Me la trajiné divinamente, y aunque no suelo repetir, quedé con ella más veces. Cata, se llamaba, un nombre de pija. Me venía que ni pintada, porque yo andaba sin dinero por movidas. Le pedía pasta, y si se me reviraba le metía cuatro gritos y ya soltaba los billetes. Era un goce de churri. Obedecía todo sin rechistar, como buena mujer, y se fiaba más de mí que de su sombra. Fue una pena que se pirase.
Acto II
No recuerdo cuándo decidí que todo debía terminar. Quizás fue al ver a aquel pobre perro sufriendo con un collar de castigo. O puede que por lo estúpida que me sentía al fingir creer sus mentiras, solo para evitar más gritos. Mi relación con Patricio estuvo plagada de ellos, pero yo, estúpidamente enamorada como estaba, solo pensaba en complacerlo y así evitar su ira. Pues cuando se enfadaba, si bien no me levantaba la mano, me hacía sentir miserable y culpable por ello. Con él me sentía asfixiada, y si hacía ademán de salir a respirar, se deshacía en disculpas vacías y promesas de cartón. Decía que iba a cambiar, pero en realidad eso nunca cambiaba. Me sentía sola. Mi padre me alentaba a seguir con él, alegando que «es normal que te grite de vez en cuando». Patricio siempre se mostraba afable en su presencia, pero irascible y déspota en la intimidad. Sentía que era su esclava, hundiéndome en el fango del compromiso, temiendo la llegada del «hasta que la muerte os separe». Esta última salida parecía la más sencilla, pero yo quería vivir.
Aquel día, tras otro amanecer de gritos, le dije a Patricio que habíamos terminado. Él se excusó en un mal día y me dijo que me amaba con locura. Pero esta vez fui valiente por miedo a no respirar de nuevo. Cuando él vio que sus disculpas no funcionaban, desveló su verdadero semblante. Me gritó como nunca lo había hecho, me llamó gorda y fea, y prácticamente confesó que solo estaba conmigo por dinero. Pero yo ya era imparable. Grité hasta acallar su voz. Liberé toda la rabia e impotencia que había acumulado, y le eché en cara todo el daño que me había hecho. Por primera vez, vi el miedo en los ojos del domador. Él replicó que con esa actitud rebelde y gritona jamás encontraría a otro hombre, pero a mí eso ya me daba igual. Cuando salí de su piso, libre al fin, tomé una profunda bocanada de aire, sonreí por primera vez en meses, y corrí por la jungla urbana, como una fiera liberada.
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1/8 de Final F4

Mokuren vs Phoenix Kimmelman con la condición “Relato inspirado en una obra de Shakespeare".

Efímera
El sol hace su aparición otorgando su luz a las nobles tierras del reino de Dinamarca. La temperatura en Elsinor es agradable. Los lirios ya visten los campos, y los pájaros llenan con su canto un viento suave.
Cerca del castillo de Marienlist, en el lugar reservado para el descanso eterno, se afanan en preparar una tumba un par de campesinos sepultureros.
—¿Cristiana entonces? —pregunta el primero.

—Sí, cristiana, eso ha dicho el juez —responde el segundo.

—Vaya con la justicia. Es ciega hasta que la buena posición y el dinero obran el milagro de hacerla ver.

—Suicidio o no, nos han dicho que cavemos, cavemos pues.

—Muy bien. Un lago negro, un lago blanco… —se pone a cantar mientras cava.
Al mismo tiempo que ambos siguen con sus labores, pasean cerca Hamlet y Horacio, su amigo. Aquel que cava encuentra una calavera y la tira hacia atrás cayendo cerca del príncipe. Hamlet se detiene, toma el cráneo, y se pregunta cómo habría sido en vida esa persona, si fue buena, si fue alguien importante, y, sin embargo, para lo que había quedado, con su crisma tirada por el suelo como si fuese un bolo. Hamlet reflexiona, levanta su vista, y se acerca a los sepultureros. Siente una extraña curiosidad, de modo que les pregunta:
—¿De quién es esta tumba?

—Mía, mi señor —dice uno de ellos.

—La tumba es para muertos pero usted está muy vivo. Insisto, ¿de quién? —pregunta Hamlet de nuevo. Ignorando la pregunta, quien cava desentierra otra calavera que resulta ser, según el enterrador, de Yorick, una persona otrora por el príncipe conocida— ¡Ay! Pobre Yorick —se lamenta—, era un buen hombre. Siempre saludaba.
Tras decir estas palabras, el cortejo fúnebre hace su aparición. Aún en la distancia, se puede ver como Laertes lo encabeza. Un escalofrío amargo recorre todo el cuerpo de Hamlet, que junto con Horacio decide esconderse cerca. Pronto sus sospechas se confirman y descubre que Ofelia, su amada, está muerta.
Se hace el silencio, un silencio incómodo, mientras todos se congregan. El sacerdote lo rompe negándose a dar sagrado responso.
—Por respeto al resto de difuntos es que no lo haré. Sólo flores, repique de campanas, y cristiana sepultura —dice finalmente el cura.

—¿Nada más? —replica Laertes.

—Y nada menos —sentencia el sacerdote.
A continuación, la reina Gertrudis cubre de flores a la doncella, y lamenta que esas flores no cubrieran en realidad el lecho de bodas de su hijo Hamlet con Ofelia. Acto seguido, los enterradores bajan su cuerpo, y cuando salen para echar la tierra, Laertes no puede evitar el impulso y se lanza a la fosa para abrazar a su hermana por última vez. Hamlet sale de su escondite lanzándose también, y entonces estalla la disputa.
—¡Mataste a mi padre y mi hermana está muerta por tu culpa! ¡Te voy a matar, maldito asesino hijo de puta! —grita Laertes que se abalanza para golpearlo.

—¡Eso ya lo veremos! —responde Hamlet.

—¡Basta! ¡Sepárenlos ahora mismo! —grita el rey Claudio. A duras penas pueden separarlos, pero al final logran hacerlo— ¡Laertes ven aquí ahora mismo! —Laertes se dirige hacia donde está el rey, y cuando está a su altura, éste se le acerca al oído y prosigue—. Mantén la calma hijo, recuerda lo acordado. Pronto llegará el momento en el que cobres tu venganza.

—De acuerdo, majestad —responde Laertes.

—¡Y tú, Hamlet! —exclama ahora el rey dirigiéndose al príncipe— Será mejor que te vayas.
Las miradas entre el rey Claudio y el príncipe Hamlet lo dicen todo. Hamlet nunca va a perdonar a su tío el hecho de que éste matara a su propio hermano, su padre, para usurpar el trono. Por eso antes de irse, el príncipe mira por última vez a Ofelia, se despide de ella en silencio, y responde al rey diciendo:
—No os preocupéis, me voy. Pero sabed esto, que tarde o temprano todos, absolutamente todos, nos terminaremos yendo, majestad —concluyó el príncipe.
Finalmente, tanto Horacio como Hamlet abandonan el lugar perdiéndose en la lejanía. Y, efectivamente, no sólo ellos dos se fueron. Cada uno se fue yendo, según su hora, perdiéndose también en esa lejanía que da lugar a la sombra y al olvido.
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Fuera de Concurso

KILKELLY, IRLANDA (Autor: The Irish Rover)

Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y sesenta.
Mi querido y amado hijo John:
Tu buen amigo, el maestro de escuela Pat McNamara, ha sido tan amable de escribir estas palabras por mí. Tus hermanos se han marchado todos a buscar trabajo en Inglaterra, no sabes lo triste y vacía que se siente la casa ahora. La cosecha de patatas está infectada, me temo que tendremos que tirar de un tercio a la mitad. Pero no todo son malas noticias: te alegrará saber que tu hermana Brigid y Patrick O’Donnell por fin van a casarse en junio. Tu madre dice que no trabajes en el ferrocarril y que te asegures de volver pronto a casa.



Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y setenta.
Mi querido y amado hijo John:
Saluda de mi parte a tu mujer y a tus cuatro hijos, ojalá crezcan sanos y fuertes. No te sorprenderá saber que Michael se ha vuelto a meter en problemas, supongo que tu hermano nunca aprenderá. Por culpa de la humedad, no disponemos de turba y ahora no tenemos nada que poder quemar. Brigid se siente muy feliz de que le hayáis puesto su nombre a vuestra hija. Ellos ya tienen seis, imagínate. Me cuentas que has encontrado trabajo, pero no me dices de qué clase ni cuándo volverás a casa.



Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y ochenta.
Mi querido y amado hijo John:
Lamento tener que darte la triste noticia de que tu querida y anciana madre ha fallecido. La enterramos en el cementerio de la iglesia de Kilkelly, tus hermanos y Brigid estaban ahí. No te preocupes, murió rápidamente y sin dolor. Por favor, recuérdala en tus oraciones. Me alegra oír que Michael va a regresar por fin. Con dinero sin duda podrá comprar tierras, ya que las cosechas han sido muy pobres y la gente está vendiendo a precios muy bajos.



Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y noventa.
Mi querido y amado hijo John:
Ya estoy cerca de cumplir ochenta años y ya han pasado treinta desde que te marchaste. Gracias al dinero que me envías, he podido seguir viviendo hasta ahora solo por mi cuenta. Michael se ha construido una buena casa y los hijos de Brigid ya se han hecho todos mayores. Gracias por enviarme una foto de tu familia, tus hijos e hijas se han convertido en unos estupendos jovencitos. Dices que puede que incluso podáis venir a visitarnos, ¡qué alegría sería poder volver a verte de nuevo!



Kilkelly, Irlanda, año del señor mil ochocientos y noventa y dos.
Mi querido hermano John:
Siento no haberte podido escribir antes para decirte que padre murió. Los últimos meses estuvo viviendo en casa de Brigid. Dice que estuvo animado y sano hasta casi el final. Ojalá pudieras haberle visto jugando con los nietos de tu amigo Pat McNamara. Le enterramos junto a madre, en el cementerio de la iglesia de Kilkelly. Fue un hombre fuerte y luchador, siempre con una sonrisa en su rostro a pesar de la vida tan dura que tuvo. Durante todos estos años, nunca dejó de hablar de ti. Incluso te llamó en su lecho de muerte. ¿Por qué no vienes algún día a visitarnos a todos? No sabes cuánto deseamos volver a verte.

Condición

Relato epistolar

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Fuera de Concurso

Memorias de un eyaculador precoz por El Rey de la Comedia

Ella se quitó la ropa.

Fin.

Condición

Relato erótico

6 Me gusta

1/4 de Final G2

¿Qué Pato? vs Hairball con la condición “Relato basado en una canción".

La hora

Juan se despierta de la siesta tumbado en su sofá. Busca en la mesita su móvil. Son las seis y pico y no tiene ningún mensaje. Hoy es sábado y Juan, unas horas antes, se había dicho a sí mismo que por qué no dejarse llevar por el sueño. Que, total, fuera llueve. Aún somnoliento se levanta y mira por la ventana. Observa en el exterior la calle gris y oscura, manchada por millones de gotas de agua y por los puntitos luminosos que son las farolas de la ciudad. Como todavía quedan horas para matar, enciende el televisor y busca en él algo con lo que pasar el tiempo. Alguna de las varias plataformas de entretenimiento debería ofrecerle algún programa, alguna serie para ver. Ha sido un buen día para quedarse en casa, piensa. Mañana, ya si eso, saldrá por ahí. De excursión o por el campo, a lo mejor. Es joven y la vida es larga.

Juan se despierta de la siesta tumbado en su sofá. Mira su móvil y son las siete. Hoy es sábado; otro sábado más. Mira por la ventana y observa la calle gris y oscura de siempre. No llueve, pero tampoco le apetece salir, que está cansado. Todavía le quedan horas para matar, así que enciende el televisor. Hay un programa de esos de gente haciendo las cosas que a él le gustaría hacer. Mañana quizá salga a dar alguna vuelta por la ciudad o por el campo, esperando encontrarse alguien o algo. Se dice a sí mismo que aún es relativamente joven.

Juan se despierta de la siesta. Tumbado. En su sofá. Ni mira la hora. Hoy, sábado, ya no saldrá. Otro sábado más sin salir, sin saber qué hacer. Juan no sé levanta para mirar por la ventana. Quizá encienda el televisor. Lleva ya diez años en esta casa, fuera sigue habiendo la misma calle gris y oscura. Mañana no hará nada, ya lo sabe. Ya no es tan joven para salir.

Juan se despierta. De la siesta. Tumbado. Sofá. Otro sábado. Calle. Gris. Oscura. Televisor. Ningún plan. Viejo. Lo de siempre.

Juan se despierta. De verdad. Juan se da cuenta, hoy, que diez años han pasado. Que se ha quedado atrás, que llega tarde al disparo de salida para la carrera que debería haber sido su vida. Nadie le dijo cuando correr y ahora, él, quiere correr y correr para alcanzar un sol figurado. Juan siente que el sol es el mismo, pero él es más viejo; con el aliento más corto y un día más cerca de la muerte. Que cada año se hace más corto, que nunca encuentra el momento, que todo queda a medias, que vive en un borrador de planes que nunca se ejecutan. Debería hacer algo, ya, piensa Juan.

Pero el tiempo se ha escapado, el relato de Juan se ha acabado y yo que pensaba que tal vez hubiera podido contar algo más sobre lo que hizo Juan. Pero ya no me queda tiempo.

Resumen

https://www.youtube.com/watch?v=JwYX52BP2Sk

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