I Torneo de minirelatos pacotero - Hilo serio (comentarios en el otro)

Ronda de repesca

Bichos

Alan despertó desorientado en el suelo; le dolía mucho la cabeza. Los recuerdos empezaron a llegar: se hallaba en unas instalaciones secretas de investigación, en la Antártida, contratado por una multinacional para encargarse de la seguridad. Se incorporó trabajosamente y escudriñó la oscuridad a su alrededor. Estaba en el almacén de víveres.

Salió al comedor grupal y encontró los cadáveres de sus compañeros en el suelo, parte de ellos también estaba en las paredes o goteando del techo. Les habían disparado… No, se habían disparado unos a otros —recordó— después de que esas cosas salieran reptando por la rejilla de ventilación. Cientos de miriópodos, algunos con alas, que se introdujeron por todos los orificios de sus compañeros, haciendo que perdieran la cordura y gritaran de desesperación.

—Por eso me encerré… Esos científicos, ¡nos han usado de cobayas!

Tras rebuscar armas y munición, salió al pasillo con intención de evitar que el resto de sus compañeros corriera la misma suerte. Nada más poner un pie en el túnel que comunicaba los habitáculos para evitar el exterior en los días más fríos, uno de los científicos se abalanzó sobre él. Reaccionó por instinto, disparándole a la rodilla y luego a la cara cuando intentó levantarse. A su lado, un cadáver convulsionó y cientos de bichos surgieron por ojos, boca, orejas… incluso atravesando la piel. Alan se asustó y disparó, mientras caminaba de espaldas, hasta quedarse sin cartuchos.

—¡Maldición!

Apareció otro atacante, pero le tiró la escopeta a la cabeza y aprovechó el momento para reducir la distancia, desenfundar la pistola y descerrajarle dos tiros a quemarropa. Dejó caer el cuerpo y levantó la vista: se acercaba otro bisturí en mano. Intentó apuntar pero le temblaba el pulso y erró la mayor parte. Finalmente le acertó en el estómago, pero ni soltó el bisturí ni detuvo su avance. La pistola se negó a disparar más por mucho que apretara el gatillo y Alan tuvo que rematar la faena estrangulándolo.

Llegó a la sala de reuniones principal, donde encontró cadáveres de más científicos. Tras observar los cuerpos detenidamente, apreció que todos tenían heridas mortales pero ninguna era defensiva. Entonces un ruido le sorprendió a su espalda: una superviviente.

—Los has matado… —dijo temerosa una joven con bata blanca—. ¡No me hagas daño, por favor!

—¿Qué? ¡No! No te voy a hacer nada, sólo me defendía. Creo que todo es cosa de esos bichos… ¿Qué sabes tú? Creo que me desmayé…

—Lo único que sé es que no hay nadie más vivo y que hablas como un loco.

—No estoy loco.

—Pero tienes síntomas de deshidratación. Eso afecta a la mente y las alucinaciones…

—Sé lo que he visto. Esos bichos se te meten dentro y te vuelven violento. —Hizo una pausa para centrarse—. Lo importante ahora es ponerte a salvo.

Lentamente, como un ruido blanco imperceptible, el sonido de miles de pequeñas patas fue tomando forma. Cuando Alan se dio cuenta, una alfombra de incontables seres estaba entrando por la puerta.

—¡Están aquí! ¡Rápido, por la otra puerta!

Sin pensarlo, tiró del brazo de la joven para que corriera. No se relajó un poco hasta que estuvieron montados en un vehículo tractor de oruga, adentrándose en el páramo helado bajo el sol de medianoche.

—Tenemos que ir a la base más cercana… —dijo de repente, como si se hubiera quedado traspuesto al volante.

—No servirá para nada. Has perdido la noción del tiempo y además estás evitando comprobar que no arreglaron el GPS y la radio.

Entonces cayó en la cuenta. No había ninguna chica joven en la expedición. Y los demás no se habían disparado unos a otros…

—Todos se han suicidado —dijo ella—. La mayoría al no soportar la visión de horrores primarios. Algunos resultan un desafío, pero Ghoufwobrag, la diosa primigenia, es sabia. Sabe empujar a los humanos a la autodestrucción. Esos parásitos que encontraron bajo el hielo son una extensión de su ser. ¿No lo entiendes? Tú también te has suicidado.

El vehículo se detuvo para no volver a arrancar nunca más. Aislado en medio de la nada, rodeado de horizonte blanco, volvió la cabeza hacia ella, pero en un parpadeo ya no estaba ahí. Nunca lo había estado.

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Ronda de repesca

Delfos

—¿Qué quieres decir con que hubo profecías anómalas?

—Pues eso doctora Christine —explicó un cansado Daniel tras un movido turno—, tres sujetos dieron el paso a la vez con la misma predicción.

—Bueno, como con el Paulette, ¿no?

—No, no. Lo raro es que han dicho: «Aipaloovik nos ha descubierto».

—¿No estarían tomándonos el pelo? —preguntó enarcando una ceja.

—Imposible. Dos fueron en el módulo de eutanasia y uno en el de criminales.

—¿Y no te pareció lo suficientemente importante como para despertarme? —inquirió levantando la voz.

—Pe-pero —tartamudeó Daniel—, en el procedimiento no había nada. No se me ocurrió…

—Y hasta hace dos años a nadie se le ocurrió que cuando alguien muere cerca de los polos geomagnéticos puede avisar de un desastre natural, ¡pero aquí estamos, encima del puñetero lago Vostok! —Se giró a su izquierda—. Brandon, comunícate con la estación del Polo Norte, a ver si les ha pasado algo parecido.

—Están con ventisca. Tiempo estimado de recuperación de las comunicaciones…

—¡Inténtalo! —gritó Christine, provocando que el técnico diera un salto.

Beep. Una luz verde pasó a roja en un panel. La doctora lo observó.

—La de hoy era para las diez. —Activó el comunicador de su escritorio—. Doctor Maksim, ¿qué ha pasado?

—Ha sido espontáneo —Se oyó la contestación por los altavoces—. Ha dicho que…

Beep. Tres luces verdes pasaron a rojas en el panel y hubo unos largos segundos de silencio.

—¡Justo eso! —prosiguió—. Acaban de morir dos y han dicho lo mismo: «Se acerca Aipaloovik, daos prisa».

—Debra —preguntó Christine girándose a su derecha—, ¿algo en nuestra base de datos sobre Aipanosequé?

—Lo buscamos anoche, ningún resultado.

—No sé qué coño está pasando, pero necesitamos más información. —Pulsó un botón de su mesa—. Maksim, necesito que adelantes el paso de un par.

—¡Doctora! —exclamó un indignado Daniel—. ¡Es altamente irregular! El protocolo…

—Pon una queja. Vamos a ciegas.

Beep. Nueve luces verdes se volvieron rojas en un panel.

—Joder —maldijo, encendiendo el comunicador—, dije un par, ¿qué coño haces?

—¡No he sido yo! Han dicho que cerremos las puertas.

—¿Cerrar puertas? —Christine estaba perpleja. Meditó durante unos segundos y activó el micrófono—. Mata al que tengas más cerca.

—Voy.

Beep. Una luz verde se tornó roja en el panel al cabo de unos instantes.

—Ya —informó el doctor—. Ha dicho: «Ayudadnos. Cerrad las puertas».

—Mierda. Joder, mierda. —Apoyó los puños sobre la mesa y bajó la cabeza. Se mantuvo en silencio durante casi un minuto hasta que miró a la sala—. Código blanco. Sarah, Wang: con Maksim. Juan, George y Adhira: al módulo de eutanasia.

—¡¿Christine joder te has vuelto loca?! —Daniel se levantó, muy nervioso y olvidándose de todos los protocolos—. No puedes hacerlo, vas a mandar a la mierda el proyecto. La junta…

—Prestadme atención —le interrumpió la doctora alzando la voz y mirando al personal—. ¿Todos habéis entendido lo mismo que yo? —Hizo una pequeña pausa—. ¿Alguien opina lo contrario, o tiene alguna idea mejor? —Pausó otra vez—. ¿Nadie? Bien. —Asintió y se dirigió a los seleccionados—. Código blanco. ¡Moveos! Y tú —dijo por el comunicador—, ve empezando.

Beep. Mientras los equipos se desplazaban, varias de las luces verdes cambiaron a rojas en el panel, y no todas en el módulo de Maksim.

—Aquí Wang —se oyó por los altavoces—. Aplicando el código blanco.

Beep. Gradualmente, muchas luces verdes se tornaron rojas en el panel.

—Aquí Sarah —transmitió—, en posición. Código blanco chicos.

Beep. Más luces verdes fueron desapareciendo, y pasados cinco minutos, en el panel sólo había rojo.

—Buen trabajo equipo —comunicó la doctora—. Volved, tenemos muchas grabaciones que analizar. —Desactivó el botón—. Avisad a los equipos de limpieza. ¿Cuándo llegará el próximo lote?

—En cuatro días salen de Nueva Zelanda —contestó un derrotado Daniel.

—Bien, me dará tiempo a redactar el informe. Turno de noche, a dormir. Turno de mañana, revisad grabaciones. —Suspiró—. Creo que hemos evitado otro tipo de desastre.

Christine se dirigía a su despacho, pero se paró a medio camino.

Beep. Una luz roja se volvió verde en el panel.

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La evaluacion

El Doctor Stewart puso un pie en la base entre aliviado y ansioso. Cuarenta grados bajo cero no es la mejor de las bienvenidas en la Antártida, pero no puedes esperar otra cosa en un lugar así y en invierno.

Durante las últimas tres semanas, una serie de acontecimientos inexplicables han sacudido una de las principales estaciones científicas de la región, compuesta principalmente por estadounidenses, australianos y noruegos. De sesenta y cuatro científicos y personal de apoyo, dos se han suicidado, diez han desarrollado trastornos psicóticos y otros ocho han renunciado a la misión científica, abandonado proyectos de primer nivel.

Ante la gravedad de la situación, la necesidad de no hacer públicos los detalles, y sobretodo la urgencia de preservar la misión científica y encontrar las causas del problema, Stewart fue enviado de urgencia.

Además de Doctor en neuropsicología, es militar de carrera y ha desarrollado trabajos sobre el estrés postraumatico en militares destinados en zonas de conflicto.

El primer nombre en recibirlo fue un biólogo noruego, Olsen, quien se apresuró a ofrecerle un café casi antes de saludarlo.

-Muchas gracias.

-No lo tome muy rápido, o le sentará como un puñetazo en la garganta.

Stewart bebió el café pausadamente mientras observaba a su primer cliente . Parecía exhausto, su mirada era cansada y débil, y la desesperación era su tarjeta de visita.

-Entiendo que ha venido a echar una mano.

-Así es.

-No tiene mucho sentido lo que está ocurriendo aquí. Se han ido muchos. Pero los que quedan no andan muy finos. Creo que sería más sencillo cancelar estos proyectos. Al menos temporalmente.

Stewart sonrió ampliamente e intentó confortar a Olsen:

-Estoy aquí para hacer una evaluación y para establecer una relación entre las condiciones de la base y la salud mental de la expedición. Las investigaciones son importantes, pero todos los países implicados han priorizado vuestra seguridad y bienestar.

Olsen asintió débilmente, con la mirada perdida. Apretaron las manos y se separaron.

En los días siguientes, Stewart entrevistó al resto de miembros de la misión, analizó el estado de los experimentos, y analizó detenidamente los casos de científicos que habían causado baja.

No era una tarea sencilla. La mayor parte del personal restante tenía alteraciones importantes en el sueño, carácter y estado de ánimo general.

El trabajo no había cesado, pero Stewart descubrió que los informes previos no recogían el hecho de que varios expertos de reputado prestigio habían saboteado sus investigación. Algunos incluso habían destruido material de trabajo antes de abandonar la Antártida.

La ciencia ha intentado explicar, especialmente desde la primera guerra Mundial, como el estrés y la presión afectan al rendimiento, pero todavía no tiene respuesta para todas las manifestaciones de la inquietante psique del hombre.

Un cinco de diciembre, Stewart mandó el siguiente telegrama a sus superiores, causando un revuelo sin precedentes en la comunidad científica.

“No he podido encontrar una respuesta a los invidentes ocurridos aquí en las últimas semanas. Ni una causistica, ni un patrón, ni la menor explicación al improcedente comportamiento de los miembros de esta expedición. Para preservar las valiosas investigaciones, que creo que son el principal motor de la civilización humana, he ejecutado a todos los miembros restantes de la base”.

Este fue el último trabajo de Stewart, cuyo inexplicable comportamiento sacudió Los cimientos de la psicología militar, la última misión en dichas instalaciones, y el motivo de un pacto de silencio entre las principales naciones para ocultar al mundo una tragedia inexplicable y sin precedentes.

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Ronda de repesca

En la Mente de un Escritor de Concurso

En la Agencia de Personajes Mediocres los jueves solían ser muy tranquilos. Tan tranquilos y aburridos como los lunes o los miércoles. La idea de situar ésta en un pueblo de Albacete dejado de la mano de Dios contribuía enormemente a ello. Pero este jueves concreto prometía ser diferente. Pablo, el personaje principal, había recibido la noche anterior un encargo interesante, y esperaba impaciente la llegada de su inseparable secundario, Ramón, para poder comenzar la aventura.

—Buenos Días, Pablo. He traído rosquillas de anís para empezar bien el día.

—Pues engúllelas rápido que tenemos tarea.

—¿Alguna novedad? —preguntó Ramón con cara de preocupación mientras terminaba de tragar su segunda rosquilla del día. La primera se la había comido por el camino.

—Y tanto que hay novedades. Prepárate que en nada aparecemos en la Antártida.

—¿La Antártida? ¿Qué cojones se nos ha perdido en la Antártida?

—Te lo explico en cuanto estemos allí.

—¿Y cuándo va a ser eso? Todavía no he termina…

—¡Joder! Si antes preguntas antes aparecemos.

—¡Vaya frío!

—¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? “¡Va-ya frí-ooo!” —dijo Pablo burlándose todo lo que el propio frío le permitió.

—Me dirás que esta ventisca no te molesta. ¡Si no se ve una mierda!

—Tranquilo. Vamos a refugiarnos en la cueva que se vislumbra aquí a la izquierda.

—Que conveniente lo de la cueva al lado de dónde hemos aparecido. Lástima que el muy ceporro no haya tenido el mismo cuidado incluyéndonos unas gafas para la ventisca. Poco más y nos manda en tirantes el muy imbécil.

—Cálmate Ramón. Está empezando. Al menos estamos en el lugar correcto. Acuérdate la primera vez, que quiso que hiciéramos una expedición por los Andes y terminamos en México.

—¿Y no tenía otros a los que mandar? Que somos de Albacete, joder. Aquí no pintamos nada.

—Es que me dijo que necesitaba personajes planos. Es para un relato corto y no se puede explayar mucho.

—¿Personajes planos? Te recuerdo que aparecí en dos borradores de Almodovar.

—¡Como vuelvas a mencionar al puto Almodovar te suelto una hostia! Siempre con lo mismo Rodrigo.

—Ramón, me llamo Ramón. No pierdas el hilo.

—Eso, Ramón. Entre que me estas alterando y que no tiene ninguna relevancia tu nombre…

—Bueno, tranquilicémonos. Antes has dicho que estábamos en el lugar correcto. ¿Qué querías decir?

—Nada. Que el relato es para un concurso y la condición es que estemos aquí, en la Antártida.

—Pues me da la sensación de que lo mismo podríamos estar en Soria, para lo que estamos haciendo.

—Pues sí, pero bueno. Toca esperar.

—Oye, ¿y ese concurso tiene mucho prestigio? Podría ser nuestra gran oportunidad.

—Que va. Si es la repesca de un concurso de un foro o algo así…

—Lo que te decía, un puto aficionado.

—Bastante que estamos aquí, joder. Yo pensaba que no íbamos a volver a salir del pueblo nunca más. Además, nos espera una sorpresa final. No concretó mucho, pero dijo que cuando encontrásemos un refugio nos durmiésemos y esperásemos a que algo sobrenatural sucediese.

—¿Sabes qué? No quiero saber más. ¡Mira! ¡Si tenemos hasta sacos en la mochila! —dijo Ramón Rodrigo con fingida ilusión—. Pues ale, a dormir.

Cuando nuestros protagonistas dormían profundamente, una nave espacial aterrizó fuera de la cueva. De ella bajó un alienígena de color verde, pequeño tamaño y dos antenas en la cabeza. El más estándar de los alienígenas.

—¡Eh, vosotros dos! ¡Despertad!

—¿Qué coño haces tú aquí? —dijo Pablo preocupado.

—Soy el alienígena de la historia. Vengo a abduciros. Tengo prisa, así que, por favor, rapidito.

—¿Un alienígena? Pero Pablo, si dijiste antes que tenía que suceder algo sobrenatural. No paranormal

—Paranormal o sobrenatural, lo mismo da. Vengo a por vosotros.

—¡Que no, joder! El encargo era claro. Que al final nos tumban la historia.

—Está bien. Si queréis me marcho. Yo aviso que cobro igual.

—¿Y ahora que hacemos Ramón? ¿Nos quedamos aquí atascados?

—Yo tengo poderes y os puedo hacer volar a un punto concreto.

— ¡Eso sería sobrenatural!

—Anda, decidme a dónde queréis ir.

—A Albacete, por favor.

—Pues no se hable más. Volando allí que os vais. ¡Mucho cuidado al aterrizar!

—¡Muchas Gracias!

—Salvados por un alienígena. Vaya final.

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HIELO POR SIEMPRE

Un portal de color amarillento se abre enmedio de un gran paisaje arenoso, en una zona cercana a la playa: dos personas, un hombre y una mujer, salen de él llevando en brazos a alguien herido, con manchas de sangre en manos y frente, faltándole parte del cráneo y un ojo.

—Dejádme, dejádme en el…

Respetando la última voluntad del fallecido, el hombre y la mujer dejan al cadaver de su compañero en el suelo, mirándolo con tristeza: a fin de cuentas, para John y Yanet, su maestro les enseñó todo lo que pudo enseñarles sobre la vida mas allá de lo mundano.

—Solo espero que Jack no nos haya encontrado.

Para desgracia de Yanet, otro portal, esta vez de color anaranjado, se abre algo más apartado de su posición, saliendo de él una figura álta, afroamericana, con heridas en el vientre y un brazo menos, teniendo un muñón cauterizado de manera terrible.

—De todos los lugares en el espacio y el tiempo, habéis huido hasta aquí. Una túmba tan patética como vosotros.

—Jack, escúchanos, no fuimos quienes empezamos ésta maldita guerra.

Jack observa a John y a Yanet, quienes lucen en las solapas de sus trajes el emblema que su fallecido maestro lucía en su chaqueta, el emblema de un arbol rojo, y con su brazo derecho lanza una serie de rayos que fallan su objetivo, gracias a las defensas de Yanet, quien canaliza la energía de los rayos para lanzar una ola de cemento que deja a Jack inmovil de cintura para abajo, atrapado en un sólido bloque.

—¡Malditos hijos de puta, deberían haberos matado por traidores!

John se acerca a Jack y usando una carta del tarot colocándosela en la frente, provoca que Jack conozca toda la verdad sobre lo ocurrido: la traición del Cónclave de Magos, las falsas acusaciones al maestro de Jack y Yanet, la batalla en la Capilla… y la posterior fuga por las heridas sufridas de su maestro, heridas tristemente mortales para John y Yanet.

—Te engañaron, Jack, como a otros como Martina, o a Shirley, o a George… Sólo para matar a quienes les estorbaban en su nuevo orden existencial. Mírate, estás hecho mierda.

—Entónces… ¿Josh Rowling no tenía todas las esferas como decía el Cónclave?

Yanet mueve sus manos formando una extraña pantalla, donde se ven esferas de poder, cada una representando un elemento o fuerza viva del planeta.

—Él únicamente tenía una, la del Espacio, que sólo él sabía dónde está. El resto están desaparecidas por todos los planos existentes de la Creación. Nosotros nos dedicabamos a recorrer lugares siguiendo sus pistas.

Yanet deja de mover sus manos y la imagen desaparece.

—Al final murieron por nada, o mas bien por mentiras. Echaré de menos la sonrisa de Shirley, tenía siempre una sonrisa incluso en los peores días.

John sangra tambien, en su caso por la nariz, fruto del esfuerzo que para él es usar sus poderes para escarbar la tierra y poder enterrar el cadaver de Josh Rowling, su maestro, dándole un entierro mas o menos adecuado. Su anillo de curación en su mano izquierda emite un breve brillo y al pasarlo con su dedo por el orificio nasal por el cual sangraba, el rojo elemento vital deja de salir.

—Yanet, ¿Qué podemos hacer con Jack? No podemos dejarle aquí y mucho menos así, aunque los arqueólogos podrían fliparlo si le vieran así.

La amiga de John lo mira y deshace el hechizo que tenía a Jack con las piernas retenidas en cemento.

—Nos guste o no, le necesitamos para hacer una última cosa antes de irnos de éste lugar y de este tiempo. Es una lástima no poder quedarnos antes de que se congele.

—Cierto, la Antártida era un paraíso antes de convertirse en un gran polo blanco inhabitable varios millones de años después. ¿Necesitas ayuda, Jack?

—Me necesitáis, ¿No? Hagamos eso y nos piramos de éste sitio.

Finalmente, los trés magos juntan sus manos, murmuran unas palabras en la tumba de Josh Rowling, desapareciendo de la Antártida. De la tumba de Rowling, el hielo aparece poco a poco, cubriendo el continente.

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Eso es todo, amigos

Había sido una travesía muy larga. Nuestro objetivo era investigar las extrañas señales que recibieron los satélites en una zona inexplorada de la Antártida. Eran fluctuaciones en el campo electromagnético que no tenían sentido alguno, así que enviaron un grupo de científicos expertos y algunos marineros para ayudarles con la travesía.

Yo soy uno de esos marineros, y la verdad es que me gusta viajar, pero no a este sitio, es horrible, no hay nada, pero de alguna manera hay que ganarse la vida y ya son muchos años haciendo esto. Estamos cerca de nuestro objetivo, pero ahora mismo nos encontramos en una tempestad de nieve, lo cual es extraño, porque en la Antártida no suele nevar mucho, es un páramo helado con escasas precipitaciones.

Entre la nieve que caía, y los tambaleos del barco, no pude ver bien, pero hubo algo rápido que corrió delante de mis ojos. Pensé que habría sido mi imaginación, así que seguí revisando que los víveres se encontraban en buen estado. Se escuchó un gran ruido, después se oyó un grito. Al subir arriba, vi que, frente al control de mandos, el capitán yacía muerto, pero de una forma muy extraña. Un enorme yunque lo había aplastado, pero arriba no había ningún agujero.

¿De dónde había salido aquel yunque? Estábamos traumados, lo primero que hice fue tratar de atracar en el sitio que teníamos asignado, ya que el capitán era el encargado de maniobrar con el barco, y no podíamos dejar el barco sin control ante aquel temporal. En este lugar tan remoto, los móviles no funcionaban, así que la única manera de comunicarse era a través de la radio del barco. Traté de contactar con la base más cercana que hubiera, pero no había señal.

Escuché otro ruido de la parte baja, donde estuve antes, esta vez se trataba de una especie de ¿eructo? Pero se oía como si alguien lo hubiera gritado por un megáfono. Al bajar un momento, vi que todos nuestros víveres habían desaparecido. Sólo quedaban espinas de pescado y el tronco de algunas frutas ya mordisqueadas. Y hablando de mordiscos, ¡hasta los toneles tenían mordiscos enormes!

¿Acaso era un sueño? ¡¿Qué es lo que estaba ocurriendo?! No entendía nada, las manos me temblaban, pero intenté doblegar mi miedo, y tratar de continuar dirigiendo el barco, estaba en mis manos la vida de la tripulación, no es sólo porque me contrataran para ello, sino que era mi deber como marinero llevarles sanos y salvos.

Delante de mí se hallaba el cristal que protegía los mandos de las inclemencias del tiempo, y desde ahí se podía observar la cubierta de la proa, donde se encontraba el contramaestre. Acto seguido, de la nada apareció un piano que le cayó encima, le destrozó el cuerpo entero, sangre y hasta un ojo cayeron en el cristal. Eché un paso atrás del miedo que tenía, pero por si fuera poco lo que ya había ocurrido, apareció una criatura extraña pegando su cara con una burla en el cristal. Era una especie de hámster, bípedo y con una camiseta azul, de unos 40 cm aproximadamente, pero lo más extraño de todo es que parecía plano, ¡era un jodido dibujo animado!

Corrí a avisar a los demás, pero entonces me paré en seco, ¿qué iba a decirles? Probé a pellizcarme muy fuerte por todas las partes de mi cuerpo, pero no despertaba, aquella pesadilla no era un sueño. Dos de los científicos salieron de sus camarotes, uno de ellos me preguntó qué que estaba pasando, los ruidos los habían despertado y se preguntaban que ocurría.

De repente, se abrió un agujero en menos de un segundo que se tragó a uno de ellos, del agujero salió el hámster con una motosierra riendo a carcajadas, cercenó y mutiló en varias partes al otro científico mientras preguntaba “¿Qué hay de nuevo, Doc?”

Se giró, me miró hacia a mí, vino en un monociclo que no sé de dónde salió. Estuvo persiguiéndome, y fue acabando uno a uno con todos menos conmigo con sus trucos de dibujo animado. De repente, el hámster desapareció. Cuando llegué al punto acordado, nadie me creyó lo que pasó. Me encerraron, pensaron que fui yo.

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Ondas en la nieve

«Se buscan hombres para un viaje peligroso. Salarios bajos, frío glacial, largas horas de completa oscuridad. Regreso a salvo dudoso. Honor y reconocimiento en caso de éxito» (Ernest Shackelton, Expedición Imperial Transantártica, 1914).

Día 3 de mayo de 2021, son las 14:00H en la base principal rusa de Mirni, situada en la costa frente al mar de Davis en el territorio antártico australiano. El invierno austral está muy próximo y muchos de ellos ya se preparan para volver.

Una señal de radio alerta a Sokolov, un ingeniero civil que trabaja como encargado de la estación de comunicaciones de la base. Se oye débilmente una voz en ruso. Son de la base Vostok y están pidiendo auxilio. La señal se vuelve inestable y la comunicación se corta.

—¿Capitán Kuznetsov? —acierta a preguntar Sokolov.
—¿Sí? —respondió el capitán, encargado de la seguridad de la misión rusa en la Antártida.
—La base Vostok acaba de enviar un mensaje de socorro.
—¿Está usted seguro?
—Sí, capitán.
—¿Pudieron informar del problema?
—Me temo que no. La comunicación se cortó y nada más se ha vuelto a saber desde entonces.
—Muy bien. Prepararemos inmediatamente una expedición de rescate.

Pasaron apenas unos minutos, y el capitán ya había reunido a sus hombres más avezados sobre la nieve. La base Vostok estaba a unos 1400 kilómetros de distancia. En tan sólo unas horas el sol se pondría para no volver a salir hasta pasados cuatro meses. Si esto no fuera suficiente, el viento arreciaba más que de costumbre consecuencia de una tormenta. Caía mucha nieve, lo que dificultaba la visibilidad para volar en avioneta. No había más remedio que ir en los vehículos terrestres. Así que cada minuto cuenta.

—Les he hecho llamar porque nuestros compañeros de Vostok han pedido auxilio. No sé qué demonios pasa, pero no podemos dejarlos a su suerte. No obstante, debo decirles que el mero hecho de ir es una tarea muy peligrosa. Tenemos un temporal ahí fuera. Cuando el sol se ponga pasarán muchas horas en la oscuridad. El frío puede llegar a ser extremo. Y la verdad, no sé cuando podrán regresar si es que lo hacen. Por eso, es que no pienso obligar a nadie —el capitán los mira, hace una pausa y prosigue—. He hablado con el alto mando. Quienes acepten la misión serán debidamente recompensados y ascendidos. En caso de no volver, sus familias serán compensadas. Y bien ¿algún voluntario?
—Usted lo ha dicho capitán —dijo el teniente Petrov—, «no podemos dejarlos a su suerte».

Todos secundaron al teniente Petrov. No hubo ni una sola queja. No sólo era cuestión de dinero y honor. Era una cuestión del deber.

Sin más dilación, cinco hombres salieron en sus motos de nieve Berkut-2 a toda velocidad. Unas motos capaces de mantener el calor de sus ocupantes incluso a temperaturas externas de -60 ºC. Llevaban el suficiente diésel, entre el depósito y bidones, para llegar hasta la base intermedia de Komsomólskaya. Una estación científica oficialmente abandonada pero que hace las veces de almacén de combustible.

Tras una larga travesía de unas 14 horas, lograron llegar hasta aquella base. Hacía unas cuantas horas que ya se había puesto el sol y había oscurecido totalmente. A causa de esto, les llamó poderosamente la atención lo que observaron. La estación abandonada estaba completamente encendida, no sólo los típicos postes de señalización. Todo el mundo se hacía la misma pregunta: «¿habrán venido los miembros de la base Vostok aquí?». De todos modos, sólo había una forma de comprobarlo.

Finalmente accedieron al edificio. Pero resultó no haber nadie. Eso creyeron.

—¡Teniente tiene que ver esto! -gritó Solovióv aterrado desde la estación de radio. Cuando el teniente llegó, no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. El micro se movía solo mientras se podía escuchar una voz en bucle decir: «Aquí la base Vostok, SOS ¡Necesitamos ayuda!». De pronto, comenzó a salir sangre de la radio.
—¡Salgamos de aquí rápido! —ordenó el teniente. Demasiado tarde. La puerta metálica se cerró, las luces se apagaron, se escucharon los disparos, y tras ello, sólo susurros en la nieve.

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LA BLANCA OSCURIDAD

Se sentía como una diminuta mota en aquel desolado paraje. Dondequiera que mirara, podía ver el hielo que se extendía hasta el infinito, con notas blancas y azules que formaban cuñas heladas y grotescas masas de hielo glacial. No había absolutamente nada vivo en aquel lugar, sólo estaban ellos y la inmensidad de un infierno blanco. No dejaba de pensar en lo que había visto y se preguntaba si a su regreso encontraría alguna explicación a lo que le había acontecido.


Habían llegado a principios de enero a la plataforma Ross, dejando el barco anclado en la Bahía de las Ballenas, donde debía esperarles a su regreso si la expedición era un éxito y no perdían la vida en el intento. Tras montar el campamento y verificar el funcionamiento de los equipos, los víveres y los trineos, había dedicado el resto del tiempo a trazar minuciosamente una ruta que debía llevarles a través de los temidos montes Transantárticos. Tras un primer intento fallido donde el maldito Johansen había mostrado sus debilidades y una preocupante falta de ambición, decidió organizar un segundo equipo con tres personas de confianza que iban a acompañarle en la mayor gesta que había afrontado el hombre en los últimos años.

Al cabo de un mes ya se encontraban en la meseta Antártica, una región inhóspita azotada por violentos y gélidos vendavales que estaban poniendo a prueba sus facultades y la determinación que les había llevado tan lejos. Habían ascendido por la ladera de los montes con dificultad pero con una firmeza despiadada, conscientes de que dar un paso en falso podía significar la muerte en cualquiera de las grietas que se abrían a un abismo profundo y oscuro. Los trineos habían avanzado muy despacio pese a los esfuerzos titánicos de los cincuenta y dos perros que tiraban de ellos. Con cada descanso que hacían y con cada noche que pasaba, sus fuerzas menguaban y las posibilidades de lograr su objetivo parecían disminuir. Sólo sus raciones de galletas y pemmican, una masa de carne seca aderezada con bayas y grasa, conseguían mantener su fuerza y determinación a pesar de las durísimas condiciones que estaban padeciendo.

Fue durante una de esas paradas nocturnas, resguardados tras las rocas de un fino viento helado que rasgaba la piel como cuchillas, donde tuvo aquella visión por primera vez. Divisó a cinco hombres que caminaban pesadamente y con claros síntomas de agotamiento, aparentemente liderados por alguien cuyo rostro no alcanzaba a reconocer. Recordó haberse extrañado sobremanera porque no tenía constancia de ninguna otra expedición y le llevaban casi un mes de ventaja al equipo británico, que por otro lado no iba a emplear esa misma ruta sino la que había abierto Shackleton. Era inaudito y realmente preocupante, por un instante había temido que les hubieran adelantado, pero aquellos hombres no parecían estar enfrentando un camino al infierno sino regresando de él. Les había llamado con la esperanza de captar su atención, pero ni siquiera le miraron y tan pronto como habían aparecido desaparecieron.

Las extrañas visiones se habían repetido dos veces más. En la primera ocasión sólo vio cuatro figuras y en la segunda pudo observar con el rostro impreso por la preocupación que el número se había reducido a tres. En ambos casos intentó llamarles nuevamente, obteniendo por respuesta un implacable silencio.

El 21 de noviembre, agotados pero aún con esperanzas de alcanzar la meta, montaron el último campamento con el apropiado nombre de La Carnicería , sacrificando a la mitad de los perros para reponer fuerzas y almacenar parte de la carne con vistas a un posible regreso que, con renovado optimismo, se les antojaba bastante probable. Había sido aquella noche, una especialmente tranquila en que las ásperas tempestades parecían haberse calmado, cuando por última vez experimentó la misma visión que hasta en tres ocasiones le había perturbado tanto. Esta vez, una de las figuras permanecía sentada mientras con evidente temblor sujetaba una pluma con la que intentaba escribir unas líneas. A su lado, dos cuerpos inertes y seguramente sin vida resguardados dentro de sus rudimentarios sacos. Al principio le costó reconocer los rasgos demacrados y el sufrimiento que dibujaba cada línea de aquel rostro, pero de repente la figura le observó y supo que se trataba de Scott.


Mientras meditaba sobre tan inexplicable suceso y se preparaba para afrontar el último tramo que les separaba del Polo Sur, rezó para que aquellas visiones fueran alucinaciones causadas por el cansancio extremo y no un negro augurio de lo que les esperaba a ellos.

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Fuera de concurso

Lo que le pasó a Ferni el día que dejó el iceberg por ¿Qué pato?

Ferni había perdido su pescado. Se palpó los bolsillos delanteros, los traseros, los de la chaqueta y los traseros otra vez. Pero, aunque su piel parecía un elegante esmoquin, Ferni era un pingüino y no tenía bolsillos. Suspiró con resignación y dio media vuelta para entrar de nuevo en el nido de su colonia.

Menos de cinco minutos atrás, Papá Pingüino le había desterrado oficialmente de la colonia, debido a un malentendido con una colonia vecina y un par de orcas. No iba a ser un encuentro agradable, pero al pescado ya le había quitado las raspas y todo.

La colonia seguía reunida en el centro del iceberg. El patriarca presidía la reunión, hablando con los demás pingüinos que eran más cercanos a Ferni. Todos se giraron cuando las puertas se abrieron para mostrar la silueta del desterrado.

En el umbral, Ferni empezó a escuchar gritos e insultos, efusivas amenazas y el batir de las alas. Por sus palabras, parecía que la colonia estaba bastante pesada con que debía abandonar el iceberg, pero Ferni estaba casi seguro de que el pez estaba allí y, siendo una rica sardina, si llega a perderla se pondría muy triste. Por lo tanto, desenfundó su arma y empezó a disparar.

No, espera. ¿Sacó sus garras y se lanzó a por el más cercano? Pero los pingüinos no tienen ni patas delanteras. Ya lo tengo.

Por lo tanto, miró al pingüino más cercano y le perforó el pecho con un rayo láser que salió desde su pico. Perfecto.

Las sardinas están muy ricas, pensó Ferni. Se refugió tras un trozo de hielo y disparó a oído a los pingüinos más cercanos. La consiguió siguiendo a un par de orcas, que asustaban a los peces y los hacía despistados. En el iceberg, el joven Pingu se expuso para poder apuntar bien, y Ferni aprovechó la oportunidad para dispararle con el láser antes de que él pudiese abrir el pico.

Apenas dos minutos más tarde, los disparos cesaron. No eran una colonia numerosa, y la mayoría de los miembros hacían trabajo de campo. Una docena de trajeados cadáveres adornaba el iceberg, y Ferni alcanzó a ver al Papá Pingüino huyendo hacia un cráter en el hielo.

Ferni entró en el cráter, adornado por una suerte de gradas en el borde. Allí le esperaba el matón oficial de la colonia, una mole gigantesca al que llamaban Emperador. El jefe se escondió detrás de él, y el matón se irguió, mostrando un cuerpo con tantos músculos que, si se chocase con un iceberg, el iceberg se hundiría.

Ferni aceptó el reto y se acercó al centro del patio. El matón se colocó frente a él, con una altura que debería ser imposible para cualquier pingüino. Se enzarzaron, y por un momento dudó si valía la pena el esfuerzo, pero todo esta acción le había empezado a dar hambre y quería su sardina.

Al final, la pelea fue una decepción. Era obvio que el matón se basaba en su tamaño para intimidar y empujar a jóvenes indefensos, y un picotazo a la conveniente altura de sus testículos le mandó al suelo. Ferni le dio una patada, para asegurarse, y siguió su camino.

Papá Pingüino salió detrás de una esquina y empezó a lanzar afiladas plumas hacia Ferni, hasta quedar totalmente desplumado. Las plumas volaron alrededor de Ferni, fallando por varios decímetros.

¡Meek meek meek! —exclamó Papá Pingüino—. Meek meek ¡Meeeeek!

Lo de hablar nunca fue el fuerte del pingüino Ferni, así que le lanzó una bola de fuego por si acaso.

Finalmente, cruzó el iceberg y llegó a la despensa de la colonia. Había unas trabajadoras escondidas en un rincón, que Ferni ignoró. Rebuscó entre los peces y encontró su sardina.

Se comió el pez allí mismo, de un solo bocado, y salió de la despensa. Siguió el camino inverso hacia la salida, pisando con cuidado entre sus antiguos compañeros. No quería mancharse los pies, que el agua estaba muy fría y darse una ducha era un coñazo.

Salió al límite del iceberg, pensando que era mejor huir de ahí antes de que se corriera la voz y viniese Hijo Pingüino. Se preparó para saltar a la masa continental y se palpó los bolsillos delanteros, los traseros, los de la chaqueta y los traseros otra vez.

«Ah, mierda. ¿Dónde he dejado mi huevo?»

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Fuera de concurso

Morirse no es fácil por Max Power

Juan murió en la Antártida, el peor lugar para que un fantasma hiciera carrera. Envidiaba a los que, en las reuniones en el más allá, contaban cómo fastidiaban a los vivos en casas encantadas y carreteras con curvas mal señalizadas.

Todo cambió cuando la científica Anna llegó con una tabla de ouija. Juan ya no sabía asustar pero sí cortejar a una dama, y pronto hicieron buenas migas.

Cuando Anna volvió a Europa, se llevó a Juan vinculado a la ouija y lo convirtió en un éxito de televisión. A él no le importó; al menos ya no se aburría.

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Fuera de concurso

Recuerdos por Hoy me siento flamenca

Nadie podía saber jamás que los personajes que pueblan nuestras pesadillas y perturban nuestros sueños son tan reales como tú y como yo. El mundo no estaba preparado para tales revelaciones y, probablemente, a juzgar por el sentir de nuestra cordura escapándose por entre los dedos de nuestras manos, nosotros tampoco.
Hacía dos días que habíamos conseguido malograr una invasión demoníaca cerrando una suerte de portal dimensional que el doctor Gould había abierto mediante saberes arcanos en plena Antártida. Nadie sabía sus motivaciones exactas, ni el método empleado más allá de que se había valido de un libro antiguo adquirido en una subasta de alto copete en Abu Dhabi. El tomo ahora permanecía bajo custodia en la estación internacional Concordia, el que fuera nuestro hogar los últimos nueve meses y durante los próximos tres días, hasta que el traslado a Washington fuera efectivo.
De alguna manera Jim, Sarah, Antonio y yo habíamos sobrevivido al encuentro. Otros como Jacques o Naoko, no. Celebrar la pequeña victoria que era la mera supervivencia se sentía como un deber que surgía de lo más profundo de nuestro ser. Con el pensamiento de quien vive para disfrutar de cada instante nos dirigimos al comedor comunitario, beberíamos hasta caer desmayados.
Nos sentíamos alegres por haberlo logrado, pero también teníamos mucho miedo al después. A vivir con ese conocimiento ignoto, a no poder compartir nuestros temores y con ello aliviar un poco el peso que los mismos ejercían en nuestras almas exhaustas. También sentíamos miedo, pavor al pensar en lo que pudiera existir tras la muerte. Si pesadillas como las vividas eran posibles en un mundo circunscrito a lo material, ¿cuál sería la zozobra que aguarda a aquéllos que trascienden a un mundo inmaterial? ¿Hasta dónde podrían llegar los monstruos que moran en lo etéreo? Tentáculos, humores y babas en un caos infinito en donde ser devorado y regurgitado incontables veces hasta el fin último de un universo sin fin.
Recordamos por un instante un pasado ya lejano donde, en nuestra ignorancia, considerábamos la felicidad como algo a lo que teníamos derecho como seres racionales. Jim era un niño. Su padre le había regalado un cachorro; era su cumpleaños y quería verle feliz, porque eso es lo que suelen querer los padres, o eso creía Jim mirándolo en retrospectiva. El cachorro creció y se convirtió en adulto. Fue un buen perro de mayor. Fiel, siempre expectante, preparado para lo que Jim pudiera necesitar de él; era su amo y quería hacerle feliz, porque eso es lo que suelen querer los perros de sus amos, o eso creía Jim ahora que oteaba atrás en el tiempo. Más tarde su perro, de nombre Matias, murió. A Jim todavía le llegaba al corazón ese hecho y el posterior al ver cómo un bonito rosal crecía encima de su tumba, alimentándose del último resquicio biológico de aquél que había sido su mejor amigo.
Al principio Jim odiaba esa planta, la consideraba una mala yerba que debía su miserable existencia a la falta de consideración por los restos de un ser superior. Más tarde aprendió a amarla y mucho más tarde, ya como científico, a comprender: la materia evolucionaba, permutaba, era intrínseca a su ser la incapacidad de mantenerse estática más allá de un instante que en nuestras cortas vidas humanas podía parecer una eternidad, pero que en realidad no significaba nada más allá que una fotografía estática en el continuo espacio-tiempo. De alguna forma el rosal era su perro. Su perro y muchas otras cosas que habían existido antes y otras que existirían después. El horror en ello era una postura subjetiva.
Esa idea nos reconfortó, nos dio el coraje necesario. Observamos nuestra cara en el gran espejo que presidía la estancia. Nuestra mirada perdida era un exclamación de júbilo contenido. Sonreímos abiertamente.
Nos dirigimos a la caja fuerte y tomamos el grimorio de Gould. Podíamos sentir su poder en nuestra manos. No había nada que temer. Lo abrimos por la página número trece y empezamos a cantar, porque lo que sucedería a continuación es lo que suelen querer los monstruos, o eso creíamos Jim, Sarah, Antonio y yo, ahora que los cuatro compartíamos con el doctor un mismo cuerpo.
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Fuera de concurso

Negro sobre blanco de El bigote de Fu-Manchú

La mayoría de las veces tirarse a la mujer de tu mejor amigo suele ser una mala idea. Sobre todo si vives en un entorno extremo y el afectado es el científico encargado de supervisar personalmente tus misiones fuera de la base. Que tu vida dependa de quien acabas de bendecir con dos cuernos del tamaño de un autobús es un mal negocio, especialmente si termina enterándose, tu culo está fuera de la base a cuarenta grados bajo cero y tienes un problema mecánico que te ha dejado incomunicado a la espera de un rescate que nadie va a querer ordenar.
Dicen que morir de frío no es tan malo, que entras en una especie de letargo que te va adormeciendo con una sensación de dulzura en el paladar, como si Morfeo tratara de competir contra las prácticas monopolísticas de Caronte, llevándote en un castillo de arena hasta el mundo de los muertos sin pagar peaje al barquero. Lo que nadie dice es que el cuerpo no responde a ese adormecimiento de forma simétrica. Primero son los dedos de los pies, se agarrotan y retuercen hasta que duros como una piedra se despegan al mínimo golpe. Con tu nariz es distinto, empiezas por sentir un suave aroma a turba quemada, como si alguien estuviera preparando una barbacoa, aunque solo sea tu organoléptica abandonando tu cuerpo por las fosas nasales. Con las orejas ni te das cuenta, dejas de sentirlas al poco tiempo, luego estornudas (o crees hacerlo) y se caen, dejándote con la cara de Mister Potato después de una intensa sesión de juego con un niño con un interés precoz por el cubismo. Por supuesto, el pene no se salva. Notas como se endurece, pero esta vez no hay erótica, juegos ni intimidad, tampoco traición… Después la nada, un último aliento. Alguien te ofrece una mano, pero la rechazas, la declinas porque te queda algo por hacer en este mundo. Siendo un fantasma ya no sientes frío, ni hambre, ni sed, ni tan solo miedo. La fuerza que dirige tu existencia espectral es solo una: venganza.
Bajo tus pies, la tundra antártica se extiende hasta donde tus inexistentes ojos te muestran. Flotando a medio metro del suelo, observas tus manos transparentes. Cierras el puño con fuerza, la ira te puede. Quizás tu comportamiento no fuera el idóneo, pero no merecías una muerte tan cruel. Te desplazas en un vaivén. Delante de ti el sonido del viento aúlla, como las trompetas del Apocalipsis. El paisaje helado ha dejado de tener importancia, en tu mente sobrenatural solo cabe imaginar cómo vas a hacerlo. ¿Hundirás tus espectrales garras en su cabeza? ¿Le arrastrarás al cobertizo y pintarás un cuadro con sus intestinos? ¿Le torturarás durante semanas hasta que se vuelva loco? Tus poderes son ilimitados y tu sed de venganza mayor.
***
Al mismo tiempo en la base:
—Aquí Alfa ¿pueden confirmar el hallazgo? Corto.
—Alfa, aquí Delta. Confirmamos el hallazgo. Hemos encontrado el cuerpo sin vida del doctor Johansson. Corto.
—Gracias, muchachos, vuelvan a casa sanos y salvos. Corto.
—Eso pretendemos, doctor North. Corto y cierro.
—Maldito bastardo, ¿tenías que morir antes de poder decírmelo a la cara? Ni eso has podido hacer bien…
***
La posesión es algo interesante, te permite entrar por un orificio cualquiera y dominar un cuerpo durante unos instantes. No todos los espectros tienen esa facultad aunque, por algún motivo, sí es mi caso.
Vestido de blanco mi antiguo amigo convertido en enemigo. Dar vueltas en un torbellino infernal para buscar el mejor ángulo de entrada, abalanzarse con todas tus fuerzas por su ano. A causa de la cinética un prolapso del tamaño de una manzana grande surge abruptamente de su cuerpo manchando su pantalón de sangre. Es divertido estar dentro de North. Ver como North. Sentir como North… Un atisbo de duda golpea mi mente. A trompicones te acercas al armario para coger una pistola de bengalas. Titubeante, la colocas en su boca, que ahora es también la tuya, aprietas el gatillo y vuestra cabeza estalla en una fogata multicolor. A lo lejos un interino piensa que el doctor está preparando un bonito árbol de Navidad.
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1/8 de Final E3

¿Qué pato? vs Emperador Machacasaurio con la condición “El relato debe estar ambientado en un orfanato”.

Los niños del buen doctor

Gert está en la entrada del orfanato, con la espalda recta y sus ojos azules mirando al frente. Ha venido el buen doctor y está decidido a causarle una muy buena impresión. Los demás niños también están en fila, pero ninguno tiene la espalda tan recta como él.

—¿Quién es?
—El doctor. Va adoptar a uno de nosotros.

La niña que ha preguntado llegó al orfanato dos días atrás junto a su hermana gemela. Al lado de las niñas está Manfred, uno de los mayores del orfanato, que actúa como hermano mayor guiándolas y respondiendo a sus preguntas. Manfred hace mucho que ha abandonado la idea de ser adoptado, pero cuando viene el buen doctor se une a la fila con todos y pone buena cara.

El doctor deja de hablar con la señora Hildegard y se dirige hacia los huérfanos. Se acerca y mira a los niños, que hacen su mejor esfuerzo para no parecer sucios y delgados. Gert siente cómo el corazón está a punto de salírsele del pecho cuando el hombre se detiene junto a él y con una mano le acaricia el pelo.

—¡Gemelas!

El doctor se separa de Gert y va hacia las gemelas, que se asustan y esconden detrás de Manfred. Este las tranquiliza y las empuja suavemente hacia el hombre, cumpliendo su papel de hermano mayor.

Gert hace un buen intento para disimular su decepción. No quiere que le vean llorar como un niño pequeño, y consigue aguantar las lágrimas hasta que el doctor y las niñas se marchan y la señora Hildegard les dice que pueden irse.

***

Gert se ha propuesto ser el niño más bueno del mundo. Se lava las manos y la cara todos los días, ayuda a los más pequeños y ya no se escapa cuando un maestro viene a darles clase. Ahora hay muchos niños nuevos en el orfanato, tantos que tienen que compartir camas, pero él va a ser el mejor niño de todos.

Una noche, cuando están todos reunidos en el sótano y la señora Hildegard escucha la radio apartada en una esquina, los huérfanos hablan sobre a quién va a adoptar el buen doctor.

—Yo tengo un pelo muy bonito. Estoy segura de que al doctor le gustaría peinármelo.
—Boba, es un médico. No tiene tiempo para peinarte el pelo. Yo podría ayudarle en las operaciones.
—¡Yo soy quien mejor lee!
—El doctor ya sabe leer. Yo soy el más guapo.

Pero Gert cree que él sería un hijo muy bueno. Además, la señora Hildegard siempre le llama «mi pequeño ángel». Eso tiene que contar algo, ¿verdad?

***

Una mañana temprano, cuando el sol aún no ha salido pero el cielo ya es amarillo y azul, los niños escuchan el coche del doctor aparcar frente al orfanato. Todos corren hacia el ventanal, oteando el interior del coche por si han venido las gemelas, pero no las encuentran. Tampoco ven a Werner, Helga, Liselotte o Karl; ninguno de los niños que habían sido adoptados había querido volver al orfanato después de irse a vivir con el doctor.

Gert se separa de la ventana con disimulo. Esta vez no espera a que le llamen. Sale corriendo escaleras abajo y abre la puerta de la calle, donde la señora y el doctor hablan. Los adultos se giran sorprendidos, la cara de la señora llena de angustia. Gert sabe que no debería haberse salido de la fila, y por un momento se siente mal, pero si le demuestra al doctor lo buen niño que es seguro que le perdona.

—Gert, mi ángel, ¿por qué no vuelves dentro con los demás niños?

La señora Hildegard le agarra con fuerza del brazo, pero Gert no puede despegar la vista del buen doctor.

—¿Quieres venir conmigo?

Gert quiere decir que sí, pero no puede, así que asiente varias veces y sonríe. Consigue zafarse de la señora y le coge la mano al doctor. Van hacia el coche el alto doctor y el feliz niño, los dos cogidos de la mano con la espalda dada al orfanato, y Gert no puede dejar de sonreír de oreja a oreja mientras el doctor le comenta los ojos tan bonitos que tiene.

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1/8 de Final E3

¿Qué pato? vs Emperador Machacasaurio con la condición “El relato debe estar ambientado en un orfanato”.

Nike

Luba nunca había considerado a Zadok su amigo, si bien jamás había tenido ningún problema con él, pero ella prefería pasar su tiempo dedicada a los estudios y el semiorco era introvertido y arisco, algo habitual en su especie, por lo que le habían contado a Luba. Por eso le sorprendió cuando la arrastró casi sin decir palabra hasta el patio del orfanato para enseñarle unas zapatillas que colgaban a gran altura de un cable del tendido eléctrico.

—¿Puedes cogerlas, verdad?

—¿Pero por qué querría cogerlas? —contestó con desgana.

—Son unas nikes. ¿Puedes cogerlas, verdad? Tienes alas.

Luba agitó sus alas levemente de manera inconsciente.

—¿Y qué que tenga alas? Aunque me interesase coger unas zapatillas aleatorias colgadas de un cable, que no me interesa, no esta permitido volar antes de sacarte el permiso. Te puedes meter en un lio gordo Y no voy a hacerlo para que tú tengas unas cochinas zapatillas que pueden no ser de tu número.

—Podemos ir a medias.

—¿Llevar una zapatilla cada uno? Creo que paso.

—Podemos venderlas y repartirnos el dinero. Son unas nikes, ¿sabes?

A pesar de la férrea negativa recibida, Zadok empezó a hablar con Luba cada día para intentar convencerla. Le hablaba de lo que podrían hacer con las zapatillas, de porque habrían acabado en el cable, y de que modelo de Nike podrían ser. Con el tiempo, empezaron a hablar de otras cosas: de como habían llegado al orfanato, de sus planes para el futuro, de lo que podía suponer encontrar una familia… Cada vez que pasaba por el patio, Zadok miraba al cable para asegurarse de que las zapatillas siguiesen allí colgadas. Nadie más había mostrado interés en las zapatillas, o ni siquiera se habían dado cuenta de que estaban allí colgadas. Luba también empezó a mirar las zapatillas sin darse cuenta.

Una mañana, Luba corría por los pasillos del orfanato y abrazó a Zadok nada más verle.

—¡Me han adoptado!¡Me han adoptado!

Zadok sintió una punzada en el pecho.

—Eso es fantástico, Luba. Estoy muy contento por ti.

—Si, me voy dentro de tres días, cuando ya este todo preparado.

—Tenemos que aprovechar entonces antes de que te vayas.

—¿Aprovechar para qué?

—Para coger las zapatillas. No podremos hacerlo una vez te vayas, y tenemos que…

La alegría de Luba se disipó fugazmente.

—¿Otra vez las dichosas zapatillas? No puedo creerme que te diga esto y en todo lo que pienses sea en esas estúpidas zapatillas.

Zadok titubeó.

—Las zapatillas no son estúpidas. No entiendes lo que quiero…

—Durante todo este tiempo, lo único que te interesaban eras las zapatillas.

—No entiendes lo que quiero hacer…

—¡Eres un imbécil! ¡Si no quería antes, ahora menos! —Luba estalló— ¡Que a ti no te vayan a adoptar por ser verde y feo no quiere decir que yo vaya a fastidiar mi oportunidad de salir de aquí para que tengas tus estúpidas zapatillas!

Le pegó una bofetada con los ojos vidriosos, y Zadok cayó al suelo, más dolido por las palabras que por la bofetada. Se levantó como pudo, con un sentimiento de entumecimiento por todo su cuerpo, y le dio la espalda para marcharse.

—Quería que cada uno tuviese una para recordar al otro. Pero si eso es lo que piensas, es mejor que no me recuerdes. Te deseo buena suerte con tu nueva familia.

Se evitaron los días previos a la marcha de ella, Zadok por orgullo, y Luba por vergüenza. Las zapatillas que una vez simbolizaron la amistad de los dos huérfanos, ahora se mecían burlonas empujadas por el viento. Zadok ni siquiera salió a despedirse cuando Luba se fue con su nueva familia. Ni siquiera salió al patio, pasó ese día en la sala común del orfanato.

Al ir a acostarse, Zadok encontró una caja en su cama. Dentro estaban las desgastadas zapatillas HIKE que habían colgado del cable hasta el día anterior y una nota que ponía Cuando me perdones, véndelas ; ) .

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1/8 de Final E4

Hairball vs El butanero con la condición “El grueso del relato debe comprender una conversación entre dos extraños en un tren”.

Asturias

Pablo despertó con dolor de cuello y con el hombro humedecido por su propia saliva. Todo resto de somnolencia desapareció cuando atisbó dos ojos mirándolo sin pudor desde el asiento de enfrente del vagón.

—¿Ya has despertado?

—Bueno, eso parece. —Pablo se mostró sorprendido por la familiaridad con que le hablaba su interlocutor—. ¿Nos conocemos?

—Para responderle afirmativamente nos hace falta un poco más de confianza ¿No crees? Estamos solos en el vagón y no hay más paradas hasta el final del viaje. Tenemos tiempo de conseguirlo.

—Su sinceridad me gusta. Por eso le seré franco yo también. No tengo cobertura hace horas y estaba aburrido. Así que terminar hablando con usted no parece tan mal plan.

—Hablando… —la mujer parecía masticar las palabras mientras lo repetía—. O es usted tímido o ha decidido hacerse el duro. No hay problema, hablar también se me da bien.

Pablo tragó saliva. Parecía una mujer madura. No se le había pasado por la cabeza follársela. Pero no podía negar que el pulso se le había acelerado.

—¿En qué parada ha subido? No recuerdo que el tren haya pasado por ninguna hace rato y llevo solo en el vagón desde el principio.

—Alrededor solo hay arroyos y montañas. Por lo tanto, cariño, tendrás que utilizar la imaginación. Quizás el móvil te ayude.

En ese momento la luna salió un poco de entre las nubes y Pablo pudo intuir una larga cabellera rubia, tan larga que parecía taparle hasta las piernas. Al momento un túnel lo dejo todo en penumbra otra vez.

—¿Puedes decirme tu nombre? —Pablo se dio cuenta que realmente quería intimar con esa mujer. En ese momento, notó un tacto frío en su pierna incluso a través del pantalón. La mujer habló casi susurrando.

—Quizás al final del viaje. El nombre es algo mágico en muchas culturas ¿Lo sabías? Estaría atada a ti y eso podría ser peligroso. —La mujer suspiró cansadamente—. Pero no para mí.

—Mi nombre es Pablo. —Lo dijo atropelladamente mientras el pie desnudo de la mujer iba ascendiendo por su pierna. Ya no le parecía que estuviera tan frio. Siguió hablando con dificultad—. Vivo en un pueblo cerca de aquí.

—Lo sé.

Pablo sintió esas palabras en su oreja junto a una lengua áspera en su cuello. De alguna forma la mujer se había sentado silenciosamente sobre él. Al intentar abrazarla notó como ella se escurría.

—Tu piel es tan fría. Eres como el agua, casi no te puedo sostener entre mis brazos. —Él la miró a los ojos—. Tus ojos no reflejan nada, solo la oscuridad, como este tren.

—Hay miradas que solo reflejan a quien las mira y por eso mismo están vacías.

Ella aumentó su abrazo y él se sorprendió de que le faltara el aire.

—Tengo tanto frío…

Ese frío se convirtió en dolor físico y sintió cómo el placer y el dolor se adueñaban de él. La besó y vio el vaho saliendo de su propia respiración. Ella seguía moviéndose sobre él. Siseando se lo dijo:

—Mi nombre es Xana…

Antes de perder el conocimiento, Pablo pensó que su nombre le sonaba vagamente. Era un nombre bonito después de todo.

* * *

Pablo despertó con las voces.

—¡Faltan diez minutos para llegar al destino!

Estaba en el suelo del vagón completamente desnudo. Hacía calor por la calefacción y no había ni rastro de Xana.

Se vistió y cogió su móvil, por fin había cobertura. Buscó Xana en internet y ahí estaba, era un hada. Sacudió la cabeza ya que no podía ser posible. Al poco llamaron a la puerta. Un adolescente con granos se asomó.

—Perdone que le moleste. Estoy buscando a mi abuela toda la noche. Se llama Jana. ¿La ha visto? Lleva el pelo largo casi hasta los pies.

Pablo sintió un sudor frío en la espalda, esa posibilidad era mucho peor. Lo miró con cara de pocos amigos y le lanzó un zapato. El adolescente desapareció lanzando improperios y dando un portazo. Volvió a mirar Wikipedia. En ese momento un objetó reflejó el sol del amanecer. Se acercó y lo recogió del suelo. Sonrió. Un peine dorado.

—Aquí estás, Xana, mi Lamia.

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1/8 de Final E4

Hairball vs El butanero con la condición “El grueso del relato debe comprender una conversación entre dos extraños en un tren”.

Tú y yo.

Te subirás a un vagón abarrotado por decenas de trabajadores que vuelven cansados a sus casas. Buscarás un asiento vacío y verás que el único libre es el que tengo yo enfrente. Dudarás de si sentarte ahí, no fuera yo a pensar que lo haces con algún propósito, pero aun así te sentarás. Mirarás a los lados buscando algo como quien no busca, te cruzarás con mi mirada y bajarás tu cabeza, como si ahora sí hubieras encontrado lo que tus grises ojos buscaban. Abrirás un cuaderno de hojas mal arrugadas que llevas en el bolsillo de tu chaquetón y repasarás algo que ahí, en su momento, escribiste. Luego, me dirás que cuánta gente hoy, y yo te diré que cómo, que no te oigo. Que qué lleno está hoy el vagón; y yo te diré que sí, que es verdad, que será cosa de que es viernes y que la gente se va para el pueblo o vete tú a saber dónde.

Tú susurrarás que ya, que seguramente sea eso y pensarás que qué horrible conversación has entablado. Yo saldré en tu ayuda, porque te veré atorado en un minúsculo silencio que se te hará eterno, y te diré que si también vas para Girona. Me dirás, aliviado por la muerte del mutismo, que sí, que casi, que tú vives en un pueblo de al lado y que ahora son fiestas, que van a traer no sé qué grupo. Te contestaré que me suenan, que si tocaron ahí o allá. Me dirás que no sabes, pero insinuarás que crees que son buenos, que los debería escuchar.

Y de repente veré que vas a decirme algo elaborado, como si hubieras recobrado el hilo de tus pensamientos, como si hubieras recordado esa línea de diálogo de tu supuesta puesta en escena. Irás a decírmelo, pero aparecerá el revisor y que si tenemos los tickets, que gracias, que buenas tardes. Y veré que te has perdido de nuevo en tu escena y que sin querer lo escenificas en un titubeo verbal, en un pequeño tartamudeo nervioso. Y me reiré sin querer, y te diré que si vas a aliterar algo. Me dirás que qué significa aliterar y yo te diré que en realidad nada, que me he inventado el verbo de aliteración, que es una figura habitual en poesía. Poesía, repetirás. Poesía, repetiré. Y ahí, de nuevo, te armarás de valor e irás a decirme tu recordada línea de tu diálogo ensayado que en tu cuaderno de hojas mal arrugadas escribiste.

Dirás que hace un tiempo ya que coincidimos habitualmente en este tren. Que no has podido evitar observar que leo poesía. Que, aunque no supieras qué significa aliterar , a ti también te gusta la poesía. Y que me has escrito una. Yo te diré que qué interesante, que si me la recitas. Y me cantarás que en mis ojos has visto un océano, que mi melena son sus olas y mis manos los remos de mi barca. Te sonreiré y tú me sonreirás. Te diré que me ha encantado tu poesía y que si te bajas conmigo a Girona y nos tomamos un café. Me dirás que sí. Y yo…

—¿Perdón? —dice ella.

—¿Cómo? —dice él sorprendido, expulsado de sus pensamientos.

—Que si me has dicho algo.

—Eh, no, sólo… sólo murmuraba para mí mismo.

Ella, perceptiblemente incómoda, se levanta y se cambia de vagón. No se siente a gusto con ese desconocido que murmura y constantemente la intimida con sus fugaces miradas. Él, como siempre, volverá a su refugio, a su fantasía.

Y bajaremos juntos en la parada, y nos tomaremos ese café. Me recitarás más poesías que en tu cuaderno anotaste y hablaremos durante horas, en un diálogo exquisito y sin fin.

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Fuera de Concurso

Lo que le pasó a Fernandito el día que dejó el orfanato de ¿Qué pato?

Fernandito salió del orfanato, siguiendo a sus nuevos padres. Paró un momento y se palpó los bolsillos delanteros y traseros; y se los palpó una segunda y tercera vez. Estaba claro: se le había olvidado en el orfanato. Inspiró con fuerza y dio media vuelta para entrar en el orfanato y conseguir su venganza.

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Fuera de Concurso

Corazón de León de Kanon Saga

—Pero ¡qué demonios! —exclamo al despertar súbitamente en un tren. Juraría que no hace ni diez segundos que vi a mi hermano lanzar aquella flecha contra ese maldito muro.

—¿Se encuentra usted bien? —pregunta una voz dulce.

Sentada frente a mí se encuentra una extraña chica de pelo azul, liso, largo y brillante. Lleva un estrambótico recogido hecho con un pañuelo rojo con motivos verdes. Pese a su innegable belleza, sus ojos violetas desprenden una mirada triste.

—No es nada, no se preocupe —acierto a decir.

Es extraño. Es la primera vez en mi vida que la veo y, sin embargo, me resulta extrañamente familiar.

— Lyfia, me llamo Lyfia ¿y usted? —pregunta logrando sonreír tímidamente.

—Aoria. Un placer conocerla pero, por favor, no me trate de usted —respondo mientras trato de devolverle la sonrisa—. Eso me hace más mayor.

—Tutéame a mí también entonces —dice Lyfia entre risas—. No pensarás que yo soy una vieja.

—Gracias Lyfia. En absoluto. Eres una chica joven y guapa, si me permites la apreciación. No obstante, me gustaría preguntarte algo.

—Tú dirás.

—¿Hacia dónde lleva este tren?

—¿Te has montado en el tren sin saber a dónde va?

—Al decir verdad he despertado ya aquí. Quiero decir cuando el tren ya estaba en marcha.

—Qué extraño. Yo simplemente te vi dormir como un niño cuando llegué y me senté aquí. Pero bueno, si realmente quieres saber a dónde vamos, el tren se dirige a Asgard.

—¿¡Asgard!? —pregunto visiblemente cariacontecido—. Entonces si yo estoy aquí…

—¿Hay algún problema?

—No, no es nada ¿sabes si falta mucho para llegar a Asgard?

—No quedarán ni diez minutos para llegar.

—Gracias. Eso debería de bastar por ahora.

No puedo evitar el pensar en mi hermano y en los otros. Si yo estoy aquí, ellos no deberían de estar muy lejos. Si el destino es Asgard eso significa que los dioses han decidido que nos veamos allí por algún motivo que se me escapa. Sólo debo de llegar allí y comenzar la búsqueda.

—Aoria ¿verdad? —preguntó de nuevo Lyfia.

—Sí, así es.

—Perdona que me entrometa pero mientras dormías has dicho dos nombres: Aioros y Atenea. Sé que soy una completa desconocida para ti, pero yo te podría ayudar. Conozco Asgard te podría hacer de guía. Sólo necesito saber qué estás buscando exactamente.

—Lo siento pero esto no es asunto tuyo.

—Muy bien Aoria de Leo, caballero de oro del ejército de Atenea. Me levantaré, me iré y no te molestaré más —dice Lyfia mientras hace un amago de levantarse para irse.

— ¡Espera! ¿Cómo demonios sabes tú esto?

—Soy amiga de Hilda de Polaris, sacerdotisa y representante de Odín en la tierra. Sé muchas cosas. Tú quieres respuestas y yo necesito apoyos para mi causa.

—¿Y cuál es tu causa? ¡Maldita sea!

—Hilda ha caído enferma y Andreas se ha hecho con el control de Asgard. Está resucitando el árbol Yggdrasil. Temo que alguien más oscuro y poderoso esté detrás de todo esto. Por eso estás aquí, por eso estáis aquí —dice mientras hace un gesto hacia la ventana. Un gran árbol gigante podía verse en el horizonte.

—¿Qué sabes acerca de mis amigos? ¿Estás sugiriendo que si estamos aquí es por la voluntad de Odín?

—¿Porqué otra cosa si no? En cuanto a tus amigos, no sé nada acerca de su paradero. Pero me gustaría encontrarlos tanto como tú. Por eso me he ofrecido a ayudarte.

—No será un paseo turístico.

—Lo sé —dijo Lyfia convencida.

Tras esto, se escucha la megafonía del tren anunciando su llegada a la estación de Asgard. Bajamos del tren y ante nosotros se extiende una ciudad otrora helada y ahora bulliciosa con ambiente extrañamente primaveral. La gente parece contenta, ajena a cualquier cosa que tenga que ver con Yggdrasil o los dioses. El árbol se observa excelso desde aquí. Unos guardias que andaban por allí cerca reconocen a Lyfia, la cual sin mediar palabra me coge del brazo para salir corriendo. Logramos meternos por un callejón. De repente me abraza para ocultarnos por un recoveco que había en la pared. Los guardias pasan de largo, nos miramos a los ojos, nos sonrojamos… ¡Maldita sea! ¿Porqué tiene que pasarme esto?

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Fuera de Concurso

¿Qué pato? por Gus

Un extraño hombre entra en un bar. Mira a todos lados, parece que busca algo, pero al mismo tiempo su mirada, además de expresar que le falta un hervor, parece que no sabe muy bien qué está haciendo ahí. Tras debatirse unos segundos, ante las miradas curiosas de los parroquianos, decide dirigirse al barman.

—Perdone ¿sabe adónde podría haber ido un pato?

—¿En esta época del año? Imagino que estará migrando hacía el sur.

El extraño hombre medita unos instantes antes de volver a hablar.

—¿Por dónde cae ese lugar al que usted llama Elsur?

—Pues hacia el sur… Mire, lo más fácil es que vaya a la estación de trenes que tiene enfrente y le diga a la de la taquilla que quiere un billete cualquiera que se dirija al sur.

—Muchas gracias, buen hombre, así lo haré.

Y así lo hace. Minutos más tarde se encuentra en un tren que va en esa dirección y el extraño hombre se dirige al compartimento que le ha tocado. Dentro hay otro extraño hombre sentado, enfrascado en papeleo mientras tacha partes de texto frenéticamente y no para de musitar “cero, cero, cero”. Ni siquiera se entera cuando la puerta se abre.

—¿Perdone, ha visto usted a mi pato?

—¿Qué pato? —responde el otro, en su rostro se percibe que es consciente que está muy feo responder a una pregunta con otra pregunta, pero la pregunta le ha pillado a contrapié.

—Mi pato. Se supone que va hacia Elsur en este tren. Esperaba encontrarlo aquí…

—No he visto ningún pato, lo siento. Y ahora, si me disculpa, tengo que seguir corrigiendo esto.

El buscador del pato se sienta junto al que está corrigiendo escritos y empieza a mirar por encima los documentos, con todo el descaro que un hombre puede reunir.

—Lo está haciendo mal —le dice, metiéndose donde no le llaman y olvidándose brevemente de su pato.

—¿Cómo dice?

—Los guiones de diálogo, no se usan así. Menudo despropósito… Puedo ayudarle, si luego me dice dónde está mi pato.

—Pero, ¿qué pato?

—Para empezar, esta acotación… Si el autor quiere detallar algo que ocurre durante la línea de diálogo. —Se detiene, al creer haber oído el graznido de un pato—. Debe escribirlo cerrando diálogo con punto y empezando con guión y mayúscula. Así, ¿lo ve?

—Creo que sí…

—Y este otro, no debería ir en mayúscula porque la acotación es sobre lo que dice. Si tiene verbo relacionado con hablar, la acotación es en minúscula y la frase anterior al guión no se cierra con punto, porque se traslada hasta después del segundo guión de la acotación —dice esperando haber sido ser claro—. Así que… si ya lo tiene, ¿podría decirme dónde está mi pato?

—No he visto ningún pato en todo el día. Ni siquiera estaba en el menú.

—¡Esa es una gran idea! Puede que esté en el vagón restaurante; es la hora de comer, después de todo.

—Seguro que encuentra alguna pista. Porque aquí sólo estoy yo.

—A no ser… Quizá esté despistándome para que me vaya y así huir con mi pato.

—En serio, ¿qué pato?

En ese preciso momento se oye de nuevo un graznido, esta vez alto y claro. Ambos extraños se quedan patidifusos, como si la realidad tuviera repentinamente un nuevo significado. Y seguidamente se escucha el repicar inconfundible de un pato caminando. En el cristal translucido que da al pasillo es imposible no fijarse en la silueta de lo que parece un pato.

—Si parece un pato, camina como un pato y suena como un pato… Probablemente sea un pato —dice el segundo extraño antes de volver a sus textos.

El que busca a su pato no se lo piensa y sale a toda prisa, abandonando la escena. En el compartimento sólo queda el otro hombre, que abre su maleta y echa un vistazo. Desde dentro, un pato le devuelve la mirada.

—El señuelo ha funcionado y se ha tragado mi interpretación de alguien que no sabe corregir relatos. No te preocupes, como que me llamo Petronio que conmigo estarás a salvo. Tenemos que viajar de incógnito un poco más, pero pronto todo tendrá sentido…

El pato era la clave de todo.

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Fuera de Concurso

Una cuestión de principios de El ojo perdido de Millán-Astray

Fulanito era un tipo de lo más común, aficionado al fútbol, a los videojuegos y, cuando se preciaba, a echar un polvo con alguna tipa a la que acababa de conocer. También le gustaba sentarse en el ordenador a reírse de los progres, decir cuatro verdades sobre charos y a burlarse de los betas planchabragas que poblaban ese submundo llamado internet. Lo que podría llamarse un hombre decente.

Estaba Fulanito en el mismo tren atestado de siempre cuando un panchito con pinta de estudiante de ambientales llegó a su estación. «Es la mía para sentarme y descansar un poco, estoy hasta los cojones de que el punki éste me meta el sobaco en la cara», pensó. Con cierta maña y un juego de pies envidiable, Fulanito dejó atrás al punki, a una gorda con granos y a una abuela con pinta de llevar un estampado de Pedro Sánchez en las bragas y se sentó en lo que a su ajada espalda le pareció un trono real. Para su sorpresa, un pibón se encontraba en el asiento de delante. «Melafo hasta que tenga que venir el SAMUR a reanimarme», pensó. «Ésta es la mía» aparecía como asterisco a su pensamiento.

—Hoy está esto a tope, eh… —soltó Fulanito sonriendo. La que iba a ser su interlocutora levantó la cabeza del móvil. Joder, de cara también era un bellezón.

—Pues como cada día, ¿no? —La piba no parecía muy interesada en la charla, pero Fulanito no iba a desistir tan fácilmente. No había nada que perder y mucho que ganar si conseguía su objetivo.

—Por cierto, guapa, creo que no es la primera vez que te veo. ¿Cómo te llamas? —La chica volvió a levantar la cabeza del móvil y mantuvo sus enormes ojos grises clavados en los de Fulanito.

—Menganita, pero no me has visto antes porque acabo de mudarme a Madrid.

«Me ha dicho su nombre y acaba de mudarse, o sea que no conocerá a mucha peña; ésta está en el bote», pensó Fulanito.

—Ah, pues encantado, yo soy Fulanito. ¿Y de dónde eres?

—De Barcelona.

«Joder, qué morbo. Que sea culé e indepe, por favor…». La escena aparecía en la mente de Fulanito como un sueño vivido. No podía esperar a ponerla a cuatro patas sobre una estelada, vestida solo con la camiseta de Messi, para darle lo suyo con desprecio. Como la bandera de Japón…

—Entonces todavía no debes tener muchos colegas en la zona, ¿no?

—Los suficientes. Oye, no vas a meterte en mis bragas, ¿vale? —La frase cayó como un jarro de agua fría sobre el ego imperturbable de Fulanito, que huía ahora cual gato escaldado. A su lado, de pie, el punki, la gorda y la vieja se partían el culo con disimulo.

—Eh, no… No, tía, qué va, no va de eso. Jajaja… —balbuceó.

—Porque además, ¿tú que méritos tienes? Físicamente eres del montón y tampoco tienes pinta de tener mucha pasta.

—¿Carisma? —contestó a modo de pregunta por si aceptaba barco.

—Nope.

—Bueno, pero soy pacotero. jejeje… —Fulanito estaba tan desesperado que dijo lo primero que le pasó por la cabeza.

—Y yo forocochera, chaval. No me seas beta. ¿Eres de VOX por lo menos?

—Claro, joer… De VOX a todo poder. Santiago y cierra, España; cojones —dijo Fulanito que no había votado en su puta vida y que su ideal político era trolear en internet.

—Son un poco moderados, pero bueno, mejor eso que nada. —Menganita pareció pensativa—. Oye, pringao, ¿te vienes al mítin del sábado en Vistalegre?

—¿Contigo?

—No, con tu puta madre. Pues claro, coño. ¿No estabas intentando ligar conmigo?

—Ah, claro, sí, sí… Estaba intentando ligar a saco, sí… A tope, fuuu… Jejeje. —En este punto el descojone del punki, la gorda y la vieja ya no tenía nada de disimulo.

—Pásame tu número y te mando un Whats cuando toque.

—¡Hecho! Oye, Menganita…

—¿Qué te pasa, pringao?

—Oye, ¿por casualidad no serás del Barsa?

—¿Pero tú estás tonto? Del Español, claro.

—Ah, uf, menos mal… ¡Viva Tamudo, coño! —dijo Fulanito, olvidando su fetiche.

—Pues al igual haremos buenas migas tú y yo…

—¿De harina o de pan? Jejeje…

—¿No serás murciano?

—¿Murciano yo? No, qué va… Eso es Mordor. ¡Tira el anillo, Frodo! Jejeje —mintió el frikazo de Fulanito, de padres murcianos.

—Mis padres son murcianos —contestó Menganita con cara de pocos amigos.

—¡Los míos también! Lo otro era, ya sabes, por el meme… —atisbó a decir.

—Aquí te ha ido de un pelo, eh…

—Ya. Gulp. Jejeje…

—Bueno, me bajo. Nos vemos, pringao —se despidió Menganita.

—¡Nos vemos! ¡Y viva VOX! —dijo esperanzado antes de darse cuenta de que se había olvidado de darle el número de teléfono.

Y así termina la historia de Fulanito, el tipo que vendió todos sus principios por la difusa posibilidad de echar un polvo con una choni cualquiera y encima al final fue y la cagó.

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