I Torneo de minirelatos pacotero - Hilo serio (comentarios en el otro)

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Grupo C: Un relato donde el protagonista supere una adversidad que debe ser presentada en el primer párrafo

El último vuelo del Fénix

Han pasado varios años desde que mi vida acabó en aquella isla maldita. Perdí a la chica a la que amaba, al maestro al que admiraba, y, de forma irreversible, gran parte de mi humanidad y de mi alma. Pero la Isla de la Reina Muerte me otorgó algo a cambio, algo que hasta entonces ningún otro hombre había logrado jamás, a saber, la armadura del legendario ave Fénix. Capaz de volver a la vida por sí misma a partir de sus propias cenizas. Y gracias a ella es por lo que sigo justamente aquí, cerrando el círculo en el lugar donde todo comenzó.

– Ikki, Ikki… -una voz resuena en mi cabeza. No hay duda, es Atenea-. Ikki, sé que es duro para ti, pero te recuerdo que debes de depositar la armadura en su lugar.

– Pero Atenea yo…

– Ikki, has sido nombrado sucesor de Aoria, y, por tanto, nuevo portador de la armadura de oro de Leo. Tienes que dejar la armadura del Fénix, y volver para vigilar tu casa. Una nueva amenaza se cierne y está muy cerca.

– ¿Es una orden?

– Sí, es una orden.

– A estas alturas deberías de saber que no cumplo órdenes de nadie, ni siquiera las de una diosa.

– Lo sé, pero también sé que siempre terminas cumpliendo con tu deber de caballero por tu propia voluntad.

– ¡Maldición! -no puedo evitar cerrar con fuerza mis puños, golpeando con uno de ellos, y haciendo pedazos, una roca cercana, pero Atenea tiene razón- Me conoce demasiado, mejor dicho nos conoce demasiado. Sabe que todos los caballeros la seguimos por nuestra propia voluntad, aunque a veces tenga deseos de niña egoísta.

– Al final te va a oír, si es que no lo ha hecho ya -dijo una voz familiar.

– Yo también me alegro de verte, Hyoga ¿Qué demonios haces aquí? Umm… ya veo. A ti también te ha promocionado, ¿no es así caballero de Acuario?

– ¿De verdad hace falta que responda a esa pregunta? Sabía que debajo de ese tipo duro había sentimientos, pero no pensaba que tantos. En el fondo Shun y tú no sois tan diferentes.

– Shun, hermano… Me pregunto donde estará…

– Depositando su antigua armadura también, al igual que tú y al igual que ya hice yo. Venga Ikki nunca fuiste de tantos sentimentalismos. No hay tiempo que perder.

Odio decir esto, pero Hyoga está en lo cierto. Hoy es un día triste para mí. No estoy acostumbrado a tener esta clase de sentimientos pero no puedo negar la evidencia. He sido promocionado por Atenea, y he de dejar la armadura del Fénix descansando aquí, en esta isla infernal. Esta armadura lo ha sido todo para mí, ha sido mucho más que una armadura. De hecho, ha sido como esa parte de mi alma que perdí. Mi inseparable aliada, que me ayudó a recuperar parte de mi humanidad a sangre y fuego.

– Esmeralda, ojalá estuvieras viva para ver todo cuanto he conseguido, superando innumerables adversidades, y enfrentándome con valor a todos mis enemigos. Nunca me ha importado cuán fuertes sean porque siempre el Fénix se levantará. Por eso, hoy el Fénix volará una vez más. Una última vez hasta que encuentre a otro merecedor ¡Vuela ave Fénix! Vuela, descansa, y cuida de ella.

– Bueno, muy bonito, muy épico y todo eso, pero ¿nos podemos ir ya o qué?

– Sí, Hyoga, pero esta vez si hay que conducir lo haré yo.

Primero en barco, luego en avión, y, por último, en coche, llegamos hasta la entrada del Santuario. Algo no iba bien, podía sentirlo, pero no sabía qué o quién era. Desde la misma entrada podía divisarse la nueva casa de Ofiuco, reconstruida tras los sucesos en los que recuperamos a nuestro estimado amigo Seiya de las garras de la muerte. Seiya también ha sido promocionado a caballero de oro, y ahora es el defensor de la casa de Sagitario. Shaina por su parte fue ascendida a caballero de oro de Ofiuco, y es la nueva matriarca. Muchas cosas han cambiado desde entonces. Pero bueno, esa… Esa es otra historia.

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Grupo C: Un relato donde el protagonista supere una adversidad que debe ser presentada en el primer párrafo

Camino perdido

Carmela estaba a punto de regresar, desprovista de toda esperanza, cuando ante sus ojos apareció lo que posiblemente era el hallazgo más valioso de su vida. Aquel gigantesco tesoro nacarado, ebúrneo, casi níveo, se alzaba ante ella como caído del cielo. Estaba conformado por miles, millones de pequeños cristales de la sustancia más valiosa que conocía. Recordaba haber escuchado historias sobre aquellos megalitos, pero nunca les había dado crédito. Carmela rascó la superficie y logró arrancar uno de los cristales. Lo contempló extasiada y, como arrastrada por una voluntad invisible, se lo llevó a la boca. El dulce manjar activó cada una de las diminutas terminaciones nerviosas de su cuerpo, llevándola a un estado de éxtasis que jamás había experimentado. Carmela continuó comiendo, completamente absorta en imaginarse todos los elogios que recibiría cuando comunicase su hallazgo al regresar, sin darse cuenta de que tanto la estructura como ella misma se alzaban hacia las alturas como tiradas por una fuerza divina. Un grito humano devolvió a Carmela a la realidad, y pudo comprobar con horror como se precipitaban, ella y su tesoro, hacia la espesura. Tras el brusco aterrizaje, Carmela abrió los ojos y olisqueó el ambiente. Pronto se dio cuenta del lío en el que se encontraba. No era capaz de detectar ningún rastro del camino olfativo que le llevaría de vuelta a su hogar. En otras palabras, estaba perdida.

Carmela era consciente de que debía encontrar el camino de vuelta antes de que las lluvias llegasen y borrasen todo rastro de feromonas. Empezó a explorar las proximidades, avanzando despacio y oculta de posibles depredadores. Los dientes de león y las margaritas se sucedían a intervalos irregulares que le recordaban a Carmela a un auténtico laberinto florido. Al caer el sol tras cada infructuoso día, regresaba a su tesoro, se alimentaba de él y reposaba sobre su cima. Recordaba con nostalgia su hogar y a sus hermanas, y no podía evitar sentir miedo cada vez que la luna se ocultaba tras uno de los cada vez más frecuentes nubarrones que comenzaban a cubrir el lecho estrellado. Una mañana, el retumbar de las gotas de lluvia despertó a Carmela. Su mayor temor se había cumplido. Cuando trató de levantarse, contempló con horror como el suelo bajo sus pies comenzaba a derretirse. Su tesoro, antes de forma cúbica casi perfecta, era ahora una figura deforme recubierta de un líquido dulzón y agradable, que resbalaba por las paredes y se filtraba hacia el subsuelo. En cuestión de un par de horas, todos los cristales habrían desparecido, y con ellos su única fuente de sustento. Carmela tenía que actuar rápido. Ingirió todo el néctar que pudo y salió a toda velocidad hacia la única dirección que no había explorado todavía. Avanzó sin mirar atrás, sin vigilar de posibles depredadores, jugándose su supervivencia a una única carta. Por suerte, los pájaros y las avispas se habían resguardado de la creciente tormenta. Tras casi una hora buscando frenéticamente cualquier rastro de feromonas, encontró un aroma sutil. Pertenecía a otra de las muchas colonias de la zona y, aunque hasta ese momento los había ignorado deliberadamente, la desesperación por encontrar cobijo y alimento se sobrepuso a su miedo. La lluvia atenuaba rápidamente el rastro, pero Carmela fue capaz de llegar a la colonia antes de que desapareciese. Al entrar, notó una miríada de ojos clavándose en su cuerpo y de antenas olfateándolo. En ese momento, sintió que le había llegado su hora.

Sin embargo, la nueva colonia resultó ser muy acogedora. Sus habitantes, en lugar de matar a la intrusa, le dieron cobijo y alimento y le preguntaron por su historia. Carmela la relató con calma, haciendo hincapié en la majestuosidad de su hallazgo y de cómo había desaparecido bajo la lluvia. Asombrados por su habilidad para salir airosa del embrollo, y fascinados por la perspectiva de encontrar más de esos tesoros, le ofrecieron un puesto de exploradora, que Carmela amablemente rechazó. Había tenido suficientes emociones para el resto de sus días, y prefirió ayudar en la excavación de túneles y cuidado de las larvas. Vivió una vida feliz y tranquila, aunque jamás pudo olvidar que, durante unos días, había sido la hormiga más rica del mundo.

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Grupo D: Un relato donde la ecología sea el tema central

El progreso

Las máquinas estaban detrás de él, preparadas para comenzar la tala. Ricardo, motosierra en mano, no comprendía lo que veían sus ojos. Allí estaba su jefe, el magnate maderero Ramón Manzano, encadenado a un árbol. Era el primer árbol que sería talado, aquel que de manera simbólica derribaría el propio Manzano con la motosierra que Ricardo llevaba en la mano.

La prensa local y regional estaba presente para dar cobertura al acto. Los periodistas se miraban desconcertados unos a otros. Trataban de comprender la clase de truco publicitario que Manzano estaba utilizando. El alcalde, caradura profesional, transmitía una imagen serena que nada tenía que ver con el sentimiento de inquietud que le atenazaba el estómago. El bosque desaparecería y en su lugar se construiría el mayor barrio de la ciudad. Manzano se quedaba la madera y a él le esperaba una jubilación dorada gracias a las comisiones ilegales que recibiría de los constructores. Y ahora, el día de la foto, se encontraba con Manzano encadenado a un árbol.

***

Manzano había llegado de madrugada. Cada vez que comenzaba un proyecto importante era incapaz de dormir. Revisó por encima que todas las máquinas estuviesen en posición y, como todavía disponía de un par de horas antes del amanecer, decidió dar un paseo por el bosque. Iluminado por la luna llena, pensaba en lo irónico que resultaba disfrutar de aquella tranquilidad y belleza que él mismo había acordado destruir.

Después de unos minutos caminando llegó a un claro con forma circular. Allí destacaba un árbol que, si bien no era mucho más grande que los demás, parecía ser tan viejo como el mundo. Una especie de luciérnagas salieron de entre sus ramas y comenzaron a volar alrededor de Manzano. Una voz comenzó a hablar:

—Saludos, joven humano. No temas, soy Silva, el espíritu del bosque.

La voz era grave y parecía provenir de todas partes, pero Manzano dirigió su atención directamente al árbol viejo. No temía, pues el efecto de aquella voz mágica había disipado toda preocupación.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Manzano.

—Intento evitar que se cometa una injusticia. El bosque va a ser arrasado.

—No puedes parar el progreso —replicó Manzano.

—No pretendo hacerlo. Durante siglos, los humanos han convivido con el bosque en perfecta armonía. El ser humano tomó aquello que necesitaba para construir, para mantener a sus animales, para calentarse al llegar el invierno. El bosque proveyó y luego pudo regenerarse. En cambio, ahora es diferente. Hueles a destrucción. Te hablo de aniquilación.

Manzano acusó el golpe. Silva reconoció su duda.

—Te mostraré la verdad —dijo Silva—. Relájate y verás. Libera tu mente y comprenderás.

Manzano pasó a un estado de semiinconsciencia cuando las luciérnagas se introdujeron en su cuerpo. Por su cabeza pasaron imágenes de crecimiento sostenible, bosques ricos, aguas cristalinas y aire puro. A continuación la visión cambió y las imágenes fueron sustituidas por otras menos amables. Imágenes de una tierra yerma, devastada, de aguas contaminadas y aire irrespirable. Imágenes de muerte.

Después despertó.

—Deberías mostrarle esto a todos los humanos.

—No puedo intervenir en la voluntad de los hombres —dijo Silva. —Tú has acudido a mí libremente, en la noche en que más brilla la luna. Te he mostrado la verdad. Es todo lo que puedo hacer. Tú has visto y has comprendido, joven humano. Puedes ir en paz.

La sensación de irrealidad se desvaneció. Manzano, pensativo, volvió sobre sus pasos hasta abandonar la arboleda. Había tomado una decisión: pararía el proyecto y salvaría el bosque.

***

Manzano comenzó a hablar:

—¡Atención, por favor! ¡Debemos parar esta locura! ¡Salvemos el bosque! ¡Por nuestro futuro y el futuro de nuestro hijos! ¡Merecemos estar en armonía con la tierra! ¡Paremos este proyecto! ¡Desarrollo sostenible!

Todos los asistentes se quedaron ojipláticos. El alcalde tomó el control de la situación. En respuesta a un gesto suyo casi imperceptible, el jefe de la policía municipal y dos de sus agentes se apoderaron de la motosierra de Ricardo, cortaron la cadena y se llevaron a Ramón Manzano a rastras.

El alcalde tranquilizó a los asistentes, dio un discurso y taló el primer árbol. Más tarde, juraría que en aquel momento había escuchado un lamento procedente de la propia tierra.

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Grupo D: Un relato donde la ecología sea el tema central

Álamo

La noche es plácida. No hay noches como estas en mi Europa natal. Antes del cambio miríadas de corazones negros bombeaban sangre a las arterias productivas del sistema. Legiones de pulmones de metal oxigenaban el mundo, lanzando líneas interminables a través de toda Europa. Hoy nos iluminan decenas de soles que alumbran un futuro brillante para la Humanidad. Una Especie, bajo una Dirección firme, con un Destino claro e inevitable. Libres de las taras genéticas heredadas de nuestros primos menores y deformes crecidos en la vieja Gaia pudimos conquistar el cosmos y contener el poder de las estrellas, con el fin último de sanar la Tierra.

— Unidad Hotel, aquí control. Todos los indicadores atmosféricos OK, vientos estables en el Cuerno de África. Pueden proceder con el lanzamiento a discreción.

El visto bueno interrumpe mis pensamientos. La superficie se encuentra kilómetros bajo mis pies, y sobre mí no hay nada más que el espacio abierto, con las estrellas observando la historia. La terraformación va por buen camino, aunque nuestros ancestros jamás hubiesen imaginado estos métodos como los definitivos. Bombas limpias que devastan zonas enteras, dejándolas libres de elementos nocivos para luego, con tecnología que a ojos de los terrestres sería magia, repoblar zonas y recrear una atmósfera propicia para la vida animal. Por supuesto luego habrá que repoblar de nuevo el planeta con seres humanos, pero tendremos muchas ventajas. Principalmente la de que no se trata de un nuevo asentamiento al uso: es una reconquista, culminación de una lucha de siglos contra el pasado. Una lucha necesariamente victoriosa.

— Control, responde Hotel. Recibido, lanzamiento en marcha. Tiempo para impacto treinta segundos.

Y necesariamente cruel. Hay que recordar a los terrestres que sus acciones nos llevaron al exilio en Europa. Su creencia de estar por encima del bien y del mal y el fornicio sin control nos han llevado a necesitar estos extremos terribles. Pero es lo justo. Lo necesario. Mejor muertos que en las condiciones en las que viven, después de todo. Hacinados como cucarachas, amontonados los unos sobre los otros y devorando a su propia prole. Como bien dicen nuestros historiadores, les traemos la luz que no quisieron en su día. Tres. Luz que limpia y deja paso a nueva vida. Dos. No van a sufrir, somos mejores que ellos en eso. Uno. Y sacar la basura siempre es necesario.

Impacto.

Por enésima vez en mi puesto como Gestionador de Residuos Terrestres, y como tantos otros antes que yo, contemplo el resplandor de decenas de soles iluminando la vieja Tierra. Soles que alumbran un futuro brillante para la Humanidad. Miré a mi lado, al lugar ocupado por el copiloto.

— ¿Qué otra zona hay que limpiar hoy?

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Grupo D: Un relato donde la ecología sea el tema central

La huida

Se te criticó, se te insultó y aún hoy, justamente hoy, todavía se te sigue injuriando. Pero los que hoy nos reunimos aquí sabemos que hiciste bien en hacer lo que hiciste, que no quedaba otro remedio, que esa era la única alternativa. Que debías –debíamos– salir de esa maldita infinita ciudad, de este laberinto de colmenas grises de hormigón iluminadas por millones de fuegos de neón. Que nuestra alternativa debía pasar por nuestra propia traición; que nuestro paraíso sólo era posible mediante el nauseabundo abrazo al infierno.

Tú supiste canalizar nuestra ira, nuestra desesperación. Supiste organizar la lucha armada, dotándola de razón de ser, elevándola a necesidad y a supervivencia. Tus textos, tus palabras, tus discursos y tu sabio corpus teórico pudieron materializar una crítica concreta a la civilización que nos vaciaba de vida, que nos oprimía. Contigo supimos identificar ese enemigo que los civilizados llaman ciencia, esa herramienta del poder, vestida de razón, lacaya del sistema. Y contigo vimos que, a través de ella, las estructuras jerarquizadoras nos habían alejado de la vida real, de la vida vivida deliberadamente, del vivir en los bosques, de ser, en definitiva, realmente libres. Nos hiciste descubrir que lo que la civilización llamaba técnica y progreso era, en realidad, otra forma más de dominación sobre la existencia y la naturaleza.

Bajo tus ideas, bajo tu paraguas espiritual, luchamos, quemamos y destruimos todo aquello que hedía a moderno, a tecnológico. Nos llamaron terroristas porque no quisieron llamarnos liberadores. Nos quisieron matar, pero supimos defendernos. Por cada uno de los nuestros que mataban, una central de fusión nuclear que reventábamos. Por cada herido, una nave de extracción de materiales pesados que destruíamos. Por cada metro cuadrado de bosque extirpado, un complejo de investigación cuántica que saltábamos por los aires. Hasta que, al fin, les obligamos a negociar, a que tú negociaras por nosotros.

Y negociaste. Vaya si negociaste. Aunque para ello, como dije, debiéramos abrazar al enemigo. Porque cuando se te propuso ocupar el antiguo territorio antes llamado Amazonas, lo rechazaste. Porque cuando se te propuso ocupar las tierras del norte del viejo Canadá, también lo rechazaste. Nadie, en su momento, entendió por qué lo hiciste. ¿Cómo ibas a renunciar a un territorio autónomo para llevar a cabo nuestro modelo anticivilizatorio? Hasta que te sacaste de la manga una información que pocos tenían: usar la técnica, el progreso, para huir. Usar la información obtenida en el ataque al Centro de Investigaciones Cuánticas del Instituto Planck para exigir un pasaje a un universo del Multiverso donde nunca hubieran aparecido los humanos. Un sitio virgen de tecnología, un universo vacío de la dominación humana.

Diez años han pasado desde que todo nuestro movimiento se embarcó, usando los conocimientos y la tecnología que repudiábamos, para viajar, para empezar de nuevo en un nuevo universo. ¿Hiciste bien? La mayoría creemos que sí. Aunque las dudas siempre quedarán, aunque las críticas e injurias de otros sigan en pie. Usar la tecnología para abandonar la tecnología. Luchar para acabar huyendo. Saber que, al haber infinitos universos, el Sistema al que combatimos simplemente se libró de nosotros…

Pero al menos ahora somos libres, en paz, en un mundo virgen, sin tecnología, sin estructuras de poder, sin herramientas que esclavizan. Hoy, al fin, vivimos la vida en los bosques deliberadamente, como se nos prometió. Y hoy, también, te despedimos. Hoy, te vas, nos dejas. No sabemos qué enfermedad te habrá arrancado la vida ni nos importa. Quizá en la civilización tuvieran un nombre, un estudio, un medicamento, una piececita más de todo ese complejo sistema de alienación que ellos ahí montaron. Aquí no importa, porque aunque te vas, te vas libre. Adiós amigo, adiós maestro. Adiós Zerzan.

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Grupo D: Un relato donde la ecología sea el tema central

El friki

Abascal dio un respingo y se llevó la mano a la cabeza, ahí había algo pegajoso y caliente, era su propia sangre. Miró alrededor buscando con qué le habían golpeado y lo encontró rápido, una lata. Se agachó a recogerla y comprobó que era de los años ochenta, concretamente del dos mil ochenta y ocho. La información de su visera Hal no dejaba lugar a dudas, marca Coca-Cola Barajas Adolfo Suarez. Movió la lata con curiosidad comprobando que aún tenía líquido. Coca-Cola quebró después del crac del 96 y con ella toda España.
De ese país solo quedaban cosas como su propio nombre. Su padre era un friki de todo lo que sonara a español. Abascal pensó que había tenido más suerte que su hermano, al que había llamado Torito Bravo.
Levantó la vista y ahí estaba su contacto. Una figura ataviada con ropas anchas y raídas de la que solo podían atisbarse los ojos.

—Tengo más como esa y alguna bandera del año tres mil uno.

Abascal miró al indígena con incredulidad. Pasó por alto la presentación violenta, ya que era casi imposible encontrar una bandera postconstitucional de esa época y le habló con condescendencia:

—Te puedo ofrecer por todo un par de litros de agua transgénica sin patógenos y un quilo de masa de insectos rica en proteínas.

El indígena soltó una carcajada. Abascal empezó a ponerse nervioso y su visera Hal reaccionó de inmediato regulando su temperatura corporal y su ritmo cardiaco. La temperatura en ese lugar era de cuarenta y cuatro grados centígrados.

—¿No creerás que soy estúpido? No soy un gris. Conozco a tu padre, íbamos juntos a la Universidad en El Dorado.

Abascal se sorprendió. Nadie de la Zona Segura estaría aquí. La Zona Gris era casi inhabitable. Aquí malvivían algunas tribus con temperaturas medias de cincuenta grados.

—Quiero volver. Esa es mi única exigencia.

Después de esas palabras el gris se sentó en la arena esperando una respuesta. Abascal buscó en la interfaz, recibiendo al instante en su visera un montón de imágenes y sonidos que resolvían sus preguntas. El desconocido resultó ser Abu Simbel, un eminente científico que ayudó a confinar permanentemente la Zona Segura y su capital El Dorado. Después se hizo activista pro derechos grises y quiso democratizar los recursos naturales. Un día, hacía décadas, desapareció sin más.
Abascal tragó saliva, sabía lo que tenía que hacer.

—Está bien. Mi padre acepta tu petición —mintió.

Los ojos de Abu brillaron mientras se empañaban de lágrimas, aunque rápidamente se evaporaron por el calor.

—Quiero que me des la ubicación exacta de los objetos, Abu.

—Enseguida.

Sacó un localizador y se lo acercó a Abascal.

—Mira, aquí está todo. No sabes lo que me ha costado reunirlos durante años. Los grises no tienen ni idea de lo que pueden valer estos objetos. Me equivoqué. No quieren cambiar el mundo. Se conforman con migajas, no les importa que el mundo vaya a desaparecer dentro de poco. Ni a tu padre, el jefe supremo, ni a nadie de este maldito mundo.

—¿Cuánto tiempo?

Abu miró a Abascal confuso.

—¿Cuánto tiempo falta para el colapso total del clima y los recursos? —Volvió a preguntar Abascal.

—Ah. Unos doscientos años, no más. El Dorado sigue explotando todo el planeta solo para unos pocos de miles de personas privilegiadas, como yo mismo hace tiempo. Pero ya estoy cansado y ahora sé que nadie va a cambiar nada. Solo quisiera poder volver a disfrutar de los placeres de El Dorado. Poder bañarme en una piscina, volver a comer carne y huevos. Pero sobre todo poder hablar con otros sobre libros o política. Tu padre es un buen conversador, en cambio los grises solo son unos paletos incapaces de hacer ni una revolución.

Abu ni siquiera pudo ver venir el golpe. Abascal le partió el cuello como si de un pollo se tratara. Recogió el localizador y lo guardó feliz pensando que en doscientos años ya estaría muerto y que sería él quien le entregaría todas esas mierdas frikis a su padre con los privilegios que eso le reportaría. Hal desinfectó sus manos y Abascal se marchó satisfecho en su pasaportodo hacia El Dorado.

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La señora

No tenía por costumbre echar la vista atrás, no se lo podía permitir. Pero la noche de hoy era diferente, podía hacer una excepción. Había sido su peor día en mucho tiempo, y también su último. No es que contase los días, sólo los idiotas lo seguían haciendo, pero la última vez que se sintió así no tenía ni una arruga. Tampoco es que tuviese a mano un espejo para mirarse, pero le era cada vez más sencillo surcar las arrugas de su rostro con las yemas de sus agrietadas manos.

La señora había sido una mujer de hermoso rostro, casi angelical. Éste contrastaba con el resto de su desgarbado cuerpo. Era ancha de hombros, plana a la altura de los pechos y con las piernas exageradamente largas. Río a carcajada limpia recordando lo necia que era cuando todo era fácil. Ese cuerpo que tanto había maldecido resultó ser el mejor aliado que tuvo a lo largo de su vida; en cambio de ese rostro del que tan orgullosa estaba no quedaba más que piel arrugada y cuatro mechones grises como el cielo de los amaneceres de hoy.

Ya no recordaba como eran los días de sol. De pequeña solía ir con su padre a la playa y tumbarse en la arena hasta el ocaso. Después del gran estallido sus días jamás volvieron a iluminarse. Los primeros años todavía había gente que albergaba esperanza, « imbéciles », pese a la histeria general y la falta de cultivos y alimentos. Todo eso se terminó con el inicio de los clanes. Cuando se dieron cuenta que nada volvería a crecer muchas familias y miembros solitarios que lo habían perdido todo decidieron comenzar a agruparse. Lo que al principio fueron saqueos y peleas por los pocos bienes que quedaban pronto se tornó en lo inevitable. En lo que todo el mundo temía y muy pocos se atrevían a vocalizar. Su padre siempre se negó a ser parte de este nuevo mundo. “Nosotros no somos así” repetía cada vez que les rugían las tripas, cada vez que pasaban por un árbol anciano y moribundo.

Durante unos años este modo de vida les sirvió. Vivían aislados, sin hablar con nadie. Cambiaban de lugar cada noche. Nada de hogueras, nada de ruidos. Siempre con miedo. Dormían lo justo, rotando cada día uno, y subsistían de los restos de una civilización anterior que lo tuvo todo y no supo cuidarlo.

El día que su padre murió lo cambió todo. Cada vez era más difícil encontrar comida, cada vez arriesgaban más. Él, hombre timorato toda su vida, intentó robar en el asentamiento de un clan llamado “Los Quebrantahuesos”. Cuando atraparon a su padre, ella intentó huir sin éxito. Se defendió de sus dos primeros atacantes con éxito, pero no pudo con el tercero, « ese cabrón de nariz porcina ». El clan, valorando su utilidad, le “ofreció” unirse. Su padre no tuvo tal suerte y acabó su vida como tantos buenos hombres la habían acabado. Lo duro fue lo que vino después. Para asegurarse de su lealtad le ofrecieron un rito de iniciación que aún le provocaba nauseas recordar.

Vivió muchos años así. Cambió de clan varias veces. Se convencía de que era su única forma de subsistir. Hasta que apareció el chico. Saliendo de cacería rutinaria tropezó ladera abajo rompiéndose una pierna. Sabía que era su fin. Ya no era útil y sólo era una presa fácil para el primer suertudo que la encontrase. Cuando apareció él se quedó helada. Hacía muchos años que no veía a nadie de su edad. Le arrastró a la cueva en la que se protegía y cuidó de ella durante dos semanas. Sin pedir nada a cambio, un gesto de bondad pura. Sus compañeros de clan no tardaron en encontrarles. Intentó defenderle, intentó explicarles, intentó…Fue inútil. “De que nos va a servir ese tirillas” le dijo El Hurón entre risotadas antes de que lo degollase. Pudo con otros tres más antes de que la atrapasen. El chico murió esa misma noche, y la señora esperaba encadenada a seguir el mismo destino. “Nosotros no somos así” pensó con una sonrisa de ojos tristes antes de ver como el hacha descendía sobre su cabeza.

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Grupo D: Un relato donde la ecología sea el tema central

Berlín 2120

Los humanos destruímos la ecología. Abrasamos la tierra. Casi secamos los ríos. Destrozamos la biodiversidad. Agotamos los bosques. Por primera vez, contribuímos a cambiar masivamente las condiciones de vida para todos los habitantes de la tierra.

Países prósperos y en vías de desarrollo. Ciudadanos pobres y ricos. Ratas de la marginalidad y mafias de las narcociudades de los restos de Nueva Rusia y del antiguo Estado de China, convertido ahora en una confederación de países productores de basura espacial, alimentos sintéticos y delincuentes.

Todo cambió radicalmente, y la ecología fue entonces la que destruyó nuestra humanidad , cambiando para siempre nuestros hábitos, costumbres y valores éticos. Nuestra consciencia, vergüenza y hasta nuestra creatividad. Yo, Kentavious Marovich, estoy decidido a delinquir como terrorista ecológico, y a cometer el mayor acto terrorista de la historia de la humanidad.
Tal vez dentro de uno o dos siglos, se recuerde este acto de terrorismo como una muestra de rebeldía y libertad. O tal vez solo sea un patético delirio de grandeza de un ciudadano cero intrascendente. Tal vez no sea más que una mota de polvo insignificante , como lo ha sido mi vida, mis motivaciones y mi legado. Tal vez sea el acto más miserable y terrorista que nadie se haya atrevido a perpetrar. Júzgalo tú.

En el año 2100, coincidiendo con el cambio de siglo, por primera vez en la historia de la humanidad, el desperdicio de agua en cualquiera de sus formas, incluyendo incumplir el reciclado obligatorio de nuestros residuos corporales, se convierte en delito universal, tipificado simultáneamente en todos los países, narcoestados y regiones autónomas del mundo.

Es una medida insólita en la historia de la humanidad, pero también había sido insólita la destrucción de la economía, la desaparición de ciudades de millones de habitantes, incapaces de abastecerse, o las grandes guerras por los recursos del agua.

A partir de ese momento, no está permitido orinar fuera de lugares habilitados, poseer mascotas que necesiten recursos como el agua, y la producción de carne se ha reducido en un 90%.

Ninguna obra de ficción fue capaz de predecir esta distopía. Tampoco la perdida de esperanza de vida. Los cinco litros semanales y reutilizables para el aseo individual, o sencillamente los cambios morales y filosóficos derivados de estas nuevas necesidades.

Espero que si llegas a leer esto, te revuelvas nervioso en tu asiento, resoples de tranquilidad, o te rías de mi suerte. Tal circunstancia significaría que hay nuevos tiempos para el hombre, para el planeta y sobretodo para ti.

El concepto de las cárceles ahora es completamente diferente. El agua es un privilegio, por lo que los delitos graves se solucionan con pena de muerte. Si eres basura, no eres merecedor de ningún tipo de recurso. Si has cometido crímenes leves, cumplirás tu pena sedado para no gastar energía. Tu orina será agua para otros presos. Agradable, ¿verdad?

Supongo que estarás pensando, por qué este idiota va a ser relevante, quién va a leer su historia 10, 50 o 200 años después, que tipo de protesta o de grito de libertad es incumplir las normas de la época que le ha tocado vivir, las mismas que tienen todos sus congéneres, y que hacen que yo, en otra era, exista gracias a que no nos hemos extinguido como especie.

¿Qué podría hacer alguien como yo, un mediocre programador propiedad del nuevo Imperio Económico Británico?

No te he dicho que vaya a actuar solo. Dentro de apenas quince minutos, 1.500.000 personas de todos los países del mundo, nos saltaremos la primera ley global orinando en la calle, desperdiciando una cantidad incalculable de agua, y seguramente cometiendo también el primer delito masivo de forma simultánea, y reduciendo mi tiempo de vida a días, horas o quizá minutos.

Recuerda mi nombre, Kentavious, y cuando termines de leer esto, coge un vaso de agua, bébelo, y dime si eres afortunado o esclavo.

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Ronda de repesca

Bichos

Alan despertó desorientado en el suelo; le dolía mucho la cabeza. Los recuerdos empezaron a llegar: se hallaba en unas instalaciones secretas de investigación, en la Antártida, contratado por una multinacional para encargarse de la seguridad. Se incorporó trabajosamente y escudriñó la oscuridad a su alrededor. Estaba en el almacén de víveres.

Salió al comedor grupal y encontró los cadáveres de sus compañeros en el suelo, parte de ellos también estaba en las paredes o goteando del techo. Les habían disparado… No, se habían disparado unos a otros —recordó— después de que esas cosas salieran reptando por la rejilla de ventilación. Cientos de miriópodos, algunos con alas, que se introdujeron por todos los orificios de sus compañeros, haciendo que perdieran la cordura y gritaran de desesperación.

—Por eso me encerré… Esos científicos, ¡nos han usado de cobayas!

Tras rebuscar armas y munición, salió al pasillo con intención de evitar que el resto de sus compañeros corriera la misma suerte. Nada más poner un pie en el túnel que comunicaba los habitáculos para evitar el exterior en los días más fríos, uno de los científicos se abalanzó sobre él. Reaccionó por instinto, disparándole a la rodilla y luego a la cara cuando intentó levantarse. A su lado, un cadáver convulsionó y cientos de bichos surgieron por ojos, boca, orejas… incluso atravesando la piel. Alan se asustó y disparó, mientras caminaba de espaldas, hasta quedarse sin cartuchos.

—¡Maldición!

Apareció otro atacante, pero le tiró la escopeta a la cabeza y aprovechó el momento para reducir la distancia, desenfundar la pistola y descerrajarle dos tiros a quemarropa. Dejó caer el cuerpo y levantó la vista: se acercaba otro bisturí en mano. Intentó apuntar pero le temblaba el pulso y erró la mayor parte. Finalmente le acertó en el estómago, pero ni soltó el bisturí ni detuvo su avance. La pistola se negó a disparar más por mucho que apretara el gatillo y Alan tuvo que rematar la faena estrangulándolo.

Llegó a la sala de reuniones principal, donde encontró cadáveres de más científicos. Tras observar los cuerpos detenidamente, apreció que todos tenían heridas mortales pero ninguna era defensiva. Entonces un ruido le sorprendió a su espalda: una superviviente.

—Los has matado… —dijo temerosa una joven con bata blanca—. ¡No me hagas daño, por favor!

—¿Qué? ¡No! No te voy a hacer nada, sólo me defendía. Creo que todo es cosa de esos bichos… ¿Qué sabes tú? Creo que me desmayé…

—Lo único que sé es que no hay nadie más vivo y que hablas como un loco.

—No estoy loco.

—Pero tienes síntomas de deshidratación. Eso afecta a la mente y las alucinaciones…

—Sé lo que he visto. Esos bichos se te meten dentro y te vuelven violento. —Hizo una pausa para centrarse—. Lo importante ahora es ponerte a salvo.

Lentamente, como un ruido blanco imperceptible, el sonido de miles de pequeñas patas fue tomando forma. Cuando Alan se dio cuenta, una alfombra de incontables seres estaba entrando por la puerta.

—¡Están aquí! ¡Rápido, por la otra puerta!

Sin pensarlo, tiró del brazo de la joven para que corriera. No se relajó un poco hasta que estuvieron montados en un vehículo tractor de oruga, adentrándose en el páramo helado bajo el sol de medianoche.

—Tenemos que ir a la base más cercana… —dijo de repente, como si se hubiera quedado traspuesto al volante.

—No servirá para nada. Has perdido la noción del tiempo y además estás evitando comprobar que no arreglaron el GPS y la radio.

Entonces cayó en la cuenta. No había ninguna chica joven en la expedición. Y los demás no se habían disparado unos a otros…

—Todos se han suicidado —dijo ella—. La mayoría al no soportar la visión de horrores primarios. Algunos resultan un desafío, pero Ghoufwobrag, la diosa primigenia, es sabia. Sabe empujar a los humanos a la autodestrucción. Esos parásitos que encontraron bajo el hielo son una extensión de su ser. ¿No lo entiendes? Tú también te has suicidado.

El vehículo se detuvo para no volver a arrancar nunca más. Aislado en medio de la nada, rodeado de horizonte blanco, volvió la cabeza hacia ella, pero en un parpadeo ya no estaba ahí. Nunca lo había estado.

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Ronda de repesca

Delfos

—¿Qué quieres decir con que hubo profecías anómalas?

—Pues eso doctora Christine —explicó un cansado Daniel tras un movido turno—, tres sujetos dieron el paso a la vez con la misma predicción.

—Bueno, como con el Paulette, ¿no?

—No, no. Lo raro es que han dicho: «Aipaloovik nos ha descubierto».

—¿No estarían tomándonos el pelo? —preguntó enarcando una ceja.

—Imposible. Dos fueron en el módulo de eutanasia y uno en el de criminales.

—¿Y no te pareció lo suficientemente importante como para despertarme? —inquirió levantando la voz.

—Pe-pero —tartamudeó Daniel—, en el procedimiento no había nada. No se me ocurrió…

—Y hasta hace dos años a nadie se le ocurrió que cuando alguien muere cerca de los polos geomagnéticos puede avisar de un desastre natural, ¡pero aquí estamos, encima del puñetero lago Vostok! —Se giró a su izquierda—. Brandon, comunícate con la estación del Polo Norte, a ver si les ha pasado algo parecido.

—Están con ventisca. Tiempo estimado de recuperación de las comunicaciones…

—¡Inténtalo! —gritó Christine, provocando que el técnico diera un salto.

Beep. Una luz verde pasó a roja en un panel. La doctora lo observó.

—La de hoy era para las diez. —Activó el comunicador de su escritorio—. Doctor Maksim, ¿qué ha pasado?

—Ha sido espontáneo —Se oyó la contestación por los altavoces—. Ha dicho que…

Beep. Tres luces verdes pasaron a rojas en el panel y hubo unos largos segundos de silencio.

—¡Justo eso! —prosiguió—. Acaban de morir dos y han dicho lo mismo: «Se acerca Aipaloovik, daos prisa».

—Debra —preguntó Christine girándose a su derecha—, ¿algo en nuestra base de datos sobre Aipanosequé?

—Lo buscamos anoche, ningún resultado.

—No sé qué coño está pasando, pero necesitamos más información. —Pulsó un botón de su mesa—. Maksim, necesito que adelantes el paso de un par.

—¡Doctora! —exclamó un indignado Daniel—. ¡Es altamente irregular! El protocolo…

—Pon una queja. Vamos a ciegas.

Beep. Nueve luces verdes se volvieron rojas en un panel.

—Joder —maldijo, encendiendo el comunicador—, dije un par, ¿qué coño haces?

—¡No he sido yo! Han dicho que cerremos las puertas.

—¿Cerrar puertas? —Christine estaba perpleja. Meditó durante unos segundos y activó el micrófono—. Mata al que tengas más cerca.

—Voy.

Beep. Una luz verde se tornó roja en el panel al cabo de unos instantes.

—Ya —informó el doctor—. Ha dicho: «Ayudadnos. Cerrad las puertas».

—Mierda. Joder, mierda. —Apoyó los puños sobre la mesa y bajó la cabeza. Se mantuvo en silencio durante casi un minuto hasta que miró a la sala—. Código blanco. Sarah, Wang: con Maksim. Juan, George y Adhira: al módulo de eutanasia.

—¡¿Christine joder te has vuelto loca?! —Daniel se levantó, muy nervioso y olvidándose de todos los protocolos—. No puedes hacerlo, vas a mandar a la mierda el proyecto. La junta…

—Prestadme atención —le interrumpió la doctora alzando la voz y mirando al personal—. ¿Todos habéis entendido lo mismo que yo? —Hizo una pequeña pausa—. ¿Alguien opina lo contrario, o tiene alguna idea mejor? —Pausó otra vez—. ¿Nadie? Bien. —Asintió y se dirigió a los seleccionados—. Código blanco. ¡Moveos! Y tú —dijo por el comunicador—, ve empezando.

Beep. Mientras los equipos se desplazaban, varias de las luces verdes cambiaron a rojas en el panel, y no todas en el módulo de Maksim.

—Aquí Wang —se oyó por los altavoces—. Aplicando el código blanco.

Beep. Gradualmente, muchas luces verdes se tornaron rojas en el panel.

—Aquí Sarah —transmitió—, en posición. Código blanco chicos.

Beep. Más luces verdes fueron desapareciendo, y pasados cinco minutos, en el panel sólo había rojo.

—Buen trabajo equipo —comunicó la doctora—. Volved, tenemos muchas grabaciones que analizar. —Desactivó el botón—. Avisad a los equipos de limpieza. ¿Cuándo llegará el próximo lote?

—En cuatro días salen de Nueva Zelanda —contestó un derrotado Daniel.

—Bien, me dará tiempo a redactar el informe. Turno de noche, a dormir. Turno de mañana, revisad grabaciones. —Suspiró—. Creo que hemos evitado otro tipo de desastre.

Christine se dirigía a su despacho, pero se paró a medio camino.

Beep. Una luz roja se volvió verde en el panel.

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Ronda de repesca

La evaluacion

El Doctor Stewart puso un pie en la base entre aliviado y ansioso. Cuarenta grados bajo cero no es la mejor de las bienvenidas en la Antártida, pero no puedes esperar otra cosa en un lugar así y en invierno.

Durante las últimas tres semanas, una serie de acontecimientos inexplicables han sacudido una de las principales estaciones científicas de la región, compuesta principalmente por estadounidenses, australianos y noruegos. De sesenta y cuatro científicos y personal de apoyo, dos se han suicidado, diez han desarrollado trastornos psicóticos y otros ocho han renunciado a la misión científica, abandonado proyectos de primer nivel.

Ante la gravedad de la situación, la necesidad de no hacer públicos los detalles, y sobretodo la urgencia de preservar la misión científica y encontrar las causas del problema, Stewart fue enviado de urgencia.

Además de Doctor en neuropsicología, es militar de carrera y ha desarrollado trabajos sobre el estrés postraumatico en militares destinados en zonas de conflicto.

El primer nombre en recibirlo fue un biólogo noruego, Olsen, quien se apresuró a ofrecerle un café casi antes de saludarlo.

-Muchas gracias.

-No lo tome muy rápido, o le sentará como un puñetazo en la garganta.

Stewart bebió el café pausadamente mientras observaba a su primer cliente . Parecía exhausto, su mirada era cansada y débil, y la desesperación era su tarjeta de visita.

-Entiendo que ha venido a echar una mano.

-Así es.

-No tiene mucho sentido lo que está ocurriendo aquí. Se han ido muchos. Pero los que quedan no andan muy finos. Creo que sería más sencillo cancelar estos proyectos. Al menos temporalmente.

Stewart sonrió ampliamente e intentó confortar a Olsen:

-Estoy aquí para hacer una evaluación y para establecer una relación entre las condiciones de la base y la salud mental de la expedición. Las investigaciones son importantes, pero todos los países implicados han priorizado vuestra seguridad y bienestar.

Olsen asintió débilmente, con la mirada perdida. Apretaron las manos y se separaron.

En los días siguientes, Stewart entrevistó al resto de miembros de la misión, analizó el estado de los experimentos, y analizó detenidamente los casos de científicos que habían causado baja.

No era una tarea sencilla. La mayor parte del personal restante tenía alteraciones importantes en el sueño, carácter y estado de ánimo general.

El trabajo no había cesado, pero Stewart descubrió que los informes previos no recogían el hecho de que varios expertos de reputado prestigio habían saboteado sus investigación. Algunos incluso habían destruido material de trabajo antes de abandonar la Antártida.

La ciencia ha intentado explicar, especialmente desde la primera guerra Mundial, como el estrés y la presión afectan al rendimiento, pero todavía no tiene respuesta para todas las manifestaciones de la inquietante psique del hombre.

Un cinco de diciembre, Stewart mandó el siguiente telegrama a sus superiores, causando un revuelo sin precedentes en la comunidad científica.

“No he podido encontrar una respuesta a los invidentes ocurridos aquí en las últimas semanas. Ni una causistica, ni un patrón, ni la menor explicación al improcedente comportamiento de los miembros de esta expedición. Para preservar las valiosas investigaciones, que creo que son el principal motor de la civilización humana, he ejecutado a todos los miembros restantes de la base”.

Este fue el último trabajo de Stewart, cuyo inexplicable comportamiento sacudió Los cimientos de la psicología militar, la última misión en dichas instalaciones, y el motivo de un pacto de silencio entre las principales naciones para ocultar al mundo una tragedia inexplicable y sin precedentes.

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Ronda de repesca

En la Mente de un Escritor de Concurso

En la Agencia de Personajes Mediocres los jueves solían ser muy tranquilos. Tan tranquilos y aburridos como los lunes o los miércoles. La idea de situar ésta en un pueblo de Albacete dejado de la mano de Dios contribuía enormemente a ello. Pero este jueves concreto prometía ser diferente. Pablo, el personaje principal, había recibido la noche anterior un encargo interesante, y esperaba impaciente la llegada de su inseparable secundario, Ramón, para poder comenzar la aventura.

—Buenos Días, Pablo. He traído rosquillas de anís para empezar bien el día.

—Pues engúllelas rápido que tenemos tarea.

—¿Alguna novedad? —preguntó Ramón con cara de preocupación mientras terminaba de tragar su segunda rosquilla del día. La primera se la había comido por el camino.

—Y tanto que hay novedades. Prepárate que en nada aparecemos en la Antártida.

—¿La Antártida? ¿Qué cojones se nos ha perdido en la Antártida?

—Te lo explico en cuanto estemos allí.

—¿Y cuándo va a ser eso? Todavía no he termina…

—¡Joder! Si antes preguntas antes aparecemos.

—¡Vaya frío!

—¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? “¡Va-ya frí-ooo!” —dijo Pablo burlándose todo lo que el propio frío le permitió.

—Me dirás que esta ventisca no te molesta. ¡Si no se ve una mierda!

—Tranquilo. Vamos a refugiarnos en la cueva que se vislumbra aquí a la izquierda.

—Que conveniente lo de la cueva al lado de dónde hemos aparecido. Lástima que el muy ceporro no haya tenido el mismo cuidado incluyéndonos unas gafas para la ventisca. Poco más y nos manda en tirantes el muy imbécil.

—Cálmate Ramón. Está empezando. Al menos estamos en el lugar correcto. Acuérdate la primera vez, que quiso que hiciéramos una expedición por los Andes y terminamos en México.

—¿Y no tenía otros a los que mandar? Que somos de Albacete, joder. Aquí no pintamos nada.

—Es que me dijo que necesitaba personajes planos. Es para un relato corto y no se puede explayar mucho.

—¿Personajes planos? Te recuerdo que aparecí en dos borradores de Almodovar.

—¡Como vuelvas a mencionar al puto Almodovar te suelto una hostia! Siempre con lo mismo Rodrigo.

—Ramón, me llamo Ramón. No pierdas el hilo.

—Eso, Ramón. Entre que me estas alterando y que no tiene ninguna relevancia tu nombre…

—Bueno, tranquilicémonos. Antes has dicho que estábamos en el lugar correcto. ¿Qué querías decir?

—Nada. Que el relato es para un concurso y la condición es que estemos aquí, en la Antártida.

—Pues me da la sensación de que lo mismo podríamos estar en Soria, para lo que estamos haciendo.

—Pues sí, pero bueno. Toca esperar.

—Oye, ¿y ese concurso tiene mucho prestigio? Podría ser nuestra gran oportunidad.

—Que va. Si es la repesca de un concurso de un foro o algo así…

—Lo que te decía, un puto aficionado.

—Bastante que estamos aquí, joder. Yo pensaba que no íbamos a volver a salir del pueblo nunca más. Además, nos espera una sorpresa final. No concretó mucho, pero dijo que cuando encontrásemos un refugio nos durmiésemos y esperásemos a que algo sobrenatural sucediese.

—¿Sabes qué? No quiero saber más. ¡Mira! ¡Si tenemos hasta sacos en la mochila! —dijo Ramón Rodrigo con fingida ilusión—. Pues ale, a dormir.

Cuando nuestros protagonistas dormían profundamente, una nave espacial aterrizó fuera de la cueva. De ella bajó un alienígena de color verde, pequeño tamaño y dos antenas en la cabeza. El más estándar de los alienígenas.

—¡Eh, vosotros dos! ¡Despertad!

—¿Qué coño haces tú aquí? —dijo Pablo preocupado.

—Soy el alienígena de la historia. Vengo a abduciros. Tengo prisa, así que, por favor, rapidito.

—¿Un alienígena? Pero Pablo, si dijiste antes que tenía que suceder algo sobrenatural. No paranormal

—Paranormal o sobrenatural, lo mismo da. Vengo a por vosotros.

—¡Que no, joder! El encargo era claro. Que al final nos tumban la historia.

—Está bien. Si queréis me marcho. Yo aviso que cobro igual.

—¿Y ahora que hacemos Ramón? ¿Nos quedamos aquí atascados?

—Yo tengo poderes y os puedo hacer volar a un punto concreto.

— ¡Eso sería sobrenatural!

—Anda, decidme a dónde queréis ir.

—A Albacete, por favor.

—Pues no se hable más. Volando allí que os vais. ¡Mucho cuidado al aterrizar!

—¡Muchas Gracias!

—Salvados por un alienígena. Vaya final.

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Ronda de repesca

HIELO POR SIEMPRE

Un portal de color amarillento se abre enmedio de un gran paisaje arenoso, en una zona cercana a la playa: dos personas, un hombre y una mujer, salen de él llevando en brazos a alguien herido, con manchas de sangre en manos y frente, faltándole parte del cráneo y un ojo.

—Dejádme, dejádme en el…

Respetando la última voluntad del fallecido, el hombre y la mujer dejan al cadaver de su compañero en el suelo, mirándolo con tristeza: a fin de cuentas, para John y Yanet, su maestro les enseñó todo lo que pudo enseñarles sobre la vida mas allá de lo mundano.

—Solo espero que Jack no nos haya encontrado.

Para desgracia de Yanet, otro portal, esta vez de color anaranjado, se abre algo más apartado de su posición, saliendo de él una figura álta, afroamericana, con heridas en el vientre y un brazo menos, teniendo un muñón cauterizado de manera terrible.

—De todos los lugares en el espacio y el tiempo, habéis huido hasta aquí. Una túmba tan patética como vosotros.

—Jack, escúchanos, no fuimos quienes empezamos ésta maldita guerra.

Jack observa a John y a Yanet, quienes lucen en las solapas de sus trajes el emblema que su fallecido maestro lucía en su chaqueta, el emblema de un arbol rojo, y con su brazo derecho lanza una serie de rayos que fallan su objetivo, gracias a las defensas de Yanet, quien canaliza la energía de los rayos para lanzar una ola de cemento que deja a Jack inmovil de cintura para abajo, atrapado en un sólido bloque.

—¡Malditos hijos de puta, deberían haberos matado por traidores!

John se acerca a Jack y usando una carta del tarot colocándosela en la frente, provoca que Jack conozca toda la verdad sobre lo ocurrido: la traición del Cónclave de Magos, las falsas acusaciones al maestro de Jack y Yanet, la batalla en la Capilla… y la posterior fuga por las heridas sufridas de su maestro, heridas tristemente mortales para John y Yanet.

—Te engañaron, Jack, como a otros como Martina, o a Shirley, o a George… Sólo para matar a quienes les estorbaban en su nuevo orden existencial. Mírate, estás hecho mierda.

—Entónces… ¿Josh Rowling no tenía todas las esferas como decía el Cónclave?

Yanet mueve sus manos formando una extraña pantalla, donde se ven esferas de poder, cada una representando un elemento o fuerza viva del planeta.

—Él únicamente tenía una, la del Espacio, que sólo él sabía dónde está. El resto están desaparecidas por todos los planos existentes de la Creación. Nosotros nos dedicabamos a recorrer lugares siguiendo sus pistas.

Yanet deja de mover sus manos y la imagen desaparece.

—Al final murieron por nada, o mas bien por mentiras. Echaré de menos la sonrisa de Shirley, tenía siempre una sonrisa incluso en los peores días.

John sangra tambien, en su caso por la nariz, fruto del esfuerzo que para él es usar sus poderes para escarbar la tierra y poder enterrar el cadaver de Josh Rowling, su maestro, dándole un entierro mas o menos adecuado. Su anillo de curación en su mano izquierda emite un breve brillo y al pasarlo con su dedo por el orificio nasal por el cual sangraba, el rojo elemento vital deja de salir.

—Yanet, ¿Qué podemos hacer con Jack? No podemos dejarle aquí y mucho menos así, aunque los arqueólogos podrían fliparlo si le vieran así.

La amiga de John lo mira y deshace el hechizo que tenía a Jack con las piernas retenidas en cemento.

—Nos guste o no, le necesitamos para hacer una última cosa antes de irnos de éste lugar y de este tiempo. Es una lástima no poder quedarnos antes de que se congele.

—Cierto, la Antártida era un paraíso antes de convertirse en un gran polo blanco inhabitable varios millones de años después. ¿Necesitas ayuda, Jack?

—Me necesitáis, ¿No? Hagamos eso y nos piramos de éste sitio.

Finalmente, los trés magos juntan sus manos, murmuran unas palabras en la tumba de Josh Rowling, desapareciendo de la Antártida. De la tumba de Rowling, el hielo aparece poco a poco, cubriendo el continente.

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Ronda de repesca

Eso es todo, amigos

Había sido una travesía muy larga. Nuestro objetivo era investigar las extrañas señales que recibieron los satélites en una zona inexplorada de la Antártida. Eran fluctuaciones en el campo electromagnético que no tenían sentido alguno, así que enviaron un grupo de científicos expertos y algunos marineros para ayudarles con la travesía.

Yo soy uno de esos marineros, y la verdad es que me gusta viajar, pero no a este sitio, es horrible, no hay nada, pero de alguna manera hay que ganarse la vida y ya son muchos años haciendo esto. Estamos cerca de nuestro objetivo, pero ahora mismo nos encontramos en una tempestad de nieve, lo cual es extraño, porque en la Antártida no suele nevar mucho, es un páramo helado con escasas precipitaciones.

Entre la nieve que caía, y los tambaleos del barco, no pude ver bien, pero hubo algo rápido que corrió delante de mis ojos. Pensé que habría sido mi imaginación, así que seguí revisando que los víveres se encontraban en buen estado. Se escuchó un gran ruido, después se oyó un grito. Al subir arriba, vi que, frente al control de mandos, el capitán yacía muerto, pero de una forma muy extraña. Un enorme yunque lo había aplastado, pero arriba no había ningún agujero.

¿De dónde había salido aquel yunque? Estábamos traumados, lo primero que hice fue tratar de atracar en el sitio que teníamos asignado, ya que el capitán era el encargado de maniobrar con el barco, y no podíamos dejar el barco sin control ante aquel temporal. En este lugar tan remoto, los móviles no funcionaban, así que la única manera de comunicarse era a través de la radio del barco. Traté de contactar con la base más cercana que hubiera, pero no había señal.

Escuché otro ruido de la parte baja, donde estuve antes, esta vez se trataba de una especie de ¿eructo? Pero se oía como si alguien lo hubiera gritado por un megáfono. Al bajar un momento, vi que todos nuestros víveres habían desaparecido. Sólo quedaban espinas de pescado y el tronco de algunas frutas ya mordisqueadas. Y hablando de mordiscos, ¡hasta los toneles tenían mordiscos enormes!

¿Acaso era un sueño? ¡¿Qué es lo que estaba ocurriendo?! No entendía nada, las manos me temblaban, pero intenté doblegar mi miedo, y tratar de continuar dirigiendo el barco, estaba en mis manos la vida de la tripulación, no es sólo porque me contrataran para ello, sino que era mi deber como marinero llevarles sanos y salvos.

Delante de mí se hallaba el cristal que protegía los mandos de las inclemencias del tiempo, y desde ahí se podía observar la cubierta de la proa, donde se encontraba el contramaestre. Acto seguido, de la nada apareció un piano que le cayó encima, le destrozó el cuerpo entero, sangre y hasta un ojo cayeron en el cristal. Eché un paso atrás del miedo que tenía, pero por si fuera poco lo que ya había ocurrido, apareció una criatura extraña pegando su cara con una burla en el cristal. Era una especie de hámster, bípedo y con una camiseta azul, de unos 40 cm aproximadamente, pero lo más extraño de todo es que parecía plano, ¡era un jodido dibujo animado!

Corrí a avisar a los demás, pero entonces me paré en seco, ¿qué iba a decirles? Probé a pellizcarme muy fuerte por todas las partes de mi cuerpo, pero no despertaba, aquella pesadilla no era un sueño. Dos de los científicos salieron de sus camarotes, uno de ellos me preguntó qué que estaba pasando, los ruidos los habían despertado y se preguntaban que ocurría.

De repente, se abrió un agujero en menos de un segundo que se tragó a uno de ellos, del agujero salió el hámster con una motosierra riendo a carcajadas, cercenó y mutiló en varias partes al otro científico mientras preguntaba “¿Qué hay de nuevo, Doc?”

Se giró, me miró hacia a mí, vino en un monociclo que no sé de dónde salió. Estuvo persiguiéndome, y fue acabando uno a uno con todos menos conmigo con sus trucos de dibujo animado. De repente, el hámster desapareció. Cuando llegué al punto acordado, nadie me creyó lo que pasó. Me encerraron, pensaron que fui yo.

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Ondas en la nieve

«Se buscan hombres para un viaje peligroso. Salarios bajos, frío glacial, largas horas de completa oscuridad. Regreso a salvo dudoso. Honor y reconocimiento en caso de éxito» (Ernest Shackelton, Expedición Imperial Transantártica, 1914).

Día 3 de mayo de 2021, son las 14:00H en la base principal rusa de Mirni, situada en la costa frente al mar de Davis en el territorio antártico australiano. El invierno austral está muy próximo y muchos de ellos ya se preparan para volver.

Una señal de radio alerta a Sokolov, un ingeniero civil que trabaja como encargado de la estación de comunicaciones de la base. Se oye débilmente una voz en ruso. Son de la base Vostok y están pidiendo auxilio. La señal se vuelve inestable y la comunicación se corta.

—¿Capitán Kuznetsov? —acierta a preguntar Sokolov.
—¿Sí? —respondió el capitán, encargado de la seguridad de la misión rusa en la Antártida.
—La base Vostok acaba de enviar un mensaje de socorro.
—¿Está usted seguro?
—Sí, capitán.
—¿Pudieron informar del problema?
—Me temo que no. La comunicación se cortó y nada más se ha vuelto a saber desde entonces.
—Muy bien. Prepararemos inmediatamente una expedición de rescate.

Pasaron apenas unos minutos, y el capitán ya había reunido a sus hombres más avezados sobre la nieve. La base Vostok estaba a unos 1400 kilómetros de distancia. En tan sólo unas horas el sol se pondría para no volver a salir hasta pasados cuatro meses. Si esto no fuera suficiente, el viento arreciaba más que de costumbre consecuencia de una tormenta. Caía mucha nieve, lo que dificultaba la visibilidad para volar en avioneta. No había más remedio que ir en los vehículos terrestres. Así que cada minuto cuenta.

—Les he hecho llamar porque nuestros compañeros de Vostok han pedido auxilio. No sé qué demonios pasa, pero no podemos dejarlos a su suerte. No obstante, debo decirles que el mero hecho de ir es una tarea muy peligrosa. Tenemos un temporal ahí fuera. Cuando el sol se ponga pasarán muchas horas en la oscuridad. El frío puede llegar a ser extremo. Y la verdad, no sé cuando podrán regresar si es que lo hacen. Por eso, es que no pienso obligar a nadie —el capitán los mira, hace una pausa y prosigue—. He hablado con el alto mando. Quienes acepten la misión serán debidamente recompensados y ascendidos. En caso de no volver, sus familias serán compensadas. Y bien ¿algún voluntario?
—Usted lo ha dicho capitán —dijo el teniente Petrov—, «no podemos dejarlos a su suerte».

Todos secundaron al teniente Petrov. No hubo ni una sola queja. No sólo era cuestión de dinero y honor. Era una cuestión del deber.

Sin más dilación, cinco hombres salieron en sus motos de nieve Berkut-2 a toda velocidad. Unas motos capaces de mantener el calor de sus ocupantes incluso a temperaturas externas de -60 ºC. Llevaban el suficiente diésel, entre el depósito y bidones, para llegar hasta la base intermedia de Komsomólskaya. Una estación científica oficialmente abandonada pero que hace las veces de almacén de combustible.

Tras una larga travesía de unas 14 horas, lograron llegar hasta aquella base. Hacía unas cuantas horas que ya se había puesto el sol y había oscurecido totalmente. A causa de esto, les llamó poderosamente la atención lo que observaron. La estación abandonada estaba completamente encendida, no sólo los típicos postes de señalización. Todo el mundo se hacía la misma pregunta: «¿habrán venido los miembros de la base Vostok aquí?». De todos modos, sólo había una forma de comprobarlo.

Finalmente accedieron al edificio. Pero resultó no haber nadie. Eso creyeron.

—¡Teniente tiene que ver esto! -gritó Solovióv aterrado desde la estación de radio. Cuando el teniente llegó, no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. El micro se movía solo mientras se podía escuchar una voz en bucle decir: «Aquí la base Vostok, SOS ¡Necesitamos ayuda!». De pronto, comenzó a salir sangre de la radio.
—¡Salgamos de aquí rápido! —ordenó el teniente. Demasiado tarde. La puerta metálica se cerró, las luces se apagaron, se escucharon los disparos, y tras ello, sólo susurros en la nieve.

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LA BLANCA OSCURIDAD

Se sentía como una diminuta mota en aquel desolado paraje. Dondequiera que mirara, podía ver el hielo que se extendía hasta el infinito, con notas blancas y azules que formaban cuñas heladas y grotescas masas de hielo glacial. No había absolutamente nada vivo en aquel lugar, sólo estaban ellos y la inmensidad de un infierno blanco. No dejaba de pensar en lo que había visto y se preguntaba si a su regreso encontraría alguna explicación a lo que le había acontecido.


Habían llegado a principios de enero a la plataforma Ross, dejando el barco anclado en la Bahía de las Ballenas, donde debía esperarles a su regreso si la expedición era un éxito y no perdían la vida en el intento. Tras montar el campamento y verificar el funcionamiento de los equipos, los víveres y los trineos, había dedicado el resto del tiempo a trazar minuciosamente una ruta que debía llevarles a través de los temidos montes Transantárticos. Tras un primer intento fallido donde el maldito Johansen había mostrado sus debilidades y una preocupante falta de ambición, decidió organizar un segundo equipo con tres personas de confianza que iban a acompañarle en la mayor gesta que había afrontado el hombre en los últimos años.

Al cabo de un mes ya se encontraban en la meseta Antártica, una región inhóspita azotada por violentos y gélidos vendavales que estaban poniendo a prueba sus facultades y la determinación que les había llevado tan lejos. Habían ascendido por la ladera de los montes con dificultad pero con una firmeza despiadada, conscientes de que dar un paso en falso podía significar la muerte en cualquiera de las grietas que se abrían a un abismo profundo y oscuro. Los trineos habían avanzado muy despacio pese a los esfuerzos titánicos de los cincuenta y dos perros que tiraban de ellos. Con cada descanso que hacían y con cada noche que pasaba, sus fuerzas menguaban y las posibilidades de lograr su objetivo parecían disminuir. Sólo sus raciones de galletas y pemmican, una masa de carne seca aderezada con bayas y grasa, conseguían mantener su fuerza y determinación a pesar de las durísimas condiciones que estaban padeciendo.

Fue durante una de esas paradas nocturnas, resguardados tras las rocas de un fino viento helado que rasgaba la piel como cuchillas, donde tuvo aquella visión por primera vez. Divisó a cinco hombres que caminaban pesadamente y con claros síntomas de agotamiento, aparentemente liderados por alguien cuyo rostro no alcanzaba a reconocer. Recordó haberse extrañado sobremanera porque no tenía constancia de ninguna otra expedición y le llevaban casi un mes de ventaja al equipo británico, que por otro lado no iba a emplear esa misma ruta sino la que había abierto Shackleton. Era inaudito y realmente preocupante, por un instante había temido que les hubieran adelantado, pero aquellos hombres no parecían estar enfrentando un camino al infierno sino regresando de él. Les había llamado con la esperanza de captar su atención, pero ni siquiera le miraron y tan pronto como habían aparecido desaparecieron.

Las extrañas visiones se habían repetido dos veces más. En la primera ocasión sólo vio cuatro figuras y en la segunda pudo observar con el rostro impreso por la preocupación que el número se había reducido a tres. En ambos casos intentó llamarles nuevamente, obteniendo por respuesta un implacable silencio.

El 21 de noviembre, agotados pero aún con esperanzas de alcanzar la meta, montaron el último campamento con el apropiado nombre de La Carnicería , sacrificando a la mitad de los perros para reponer fuerzas y almacenar parte de la carne con vistas a un posible regreso que, con renovado optimismo, se les antojaba bastante probable. Había sido aquella noche, una especialmente tranquila en que las ásperas tempestades parecían haberse calmado, cuando por última vez experimentó la misma visión que hasta en tres ocasiones le había perturbado tanto. Esta vez, una de las figuras permanecía sentada mientras con evidente temblor sujetaba una pluma con la que intentaba escribir unas líneas. A su lado, dos cuerpos inertes y seguramente sin vida resguardados dentro de sus rudimentarios sacos. Al principio le costó reconocer los rasgos demacrados y el sufrimiento que dibujaba cada línea de aquel rostro, pero de repente la figura le observó y supo que se trataba de Scott.


Mientras meditaba sobre tan inexplicable suceso y se preparaba para afrontar el último tramo que les separaba del Polo Sur, rezó para que aquellas visiones fueran alucinaciones causadas por el cansancio extremo y no un negro augurio de lo que les esperaba a ellos.

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Fuera de concurso

Lo que le pasó a Ferni el día que dejó el iceberg por ¿Qué pato?

Ferni había perdido su pescado. Se palpó los bolsillos delanteros, los traseros, los de la chaqueta y los traseros otra vez. Pero, aunque su piel parecía un elegante esmoquin, Ferni era un pingüino y no tenía bolsillos. Suspiró con resignación y dio media vuelta para entrar de nuevo en el nido de su colonia.

Menos de cinco minutos atrás, Papá Pingüino le había desterrado oficialmente de la colonia, debido a un malentendido con una colonia vecina y un par de orcas. No iba a ser un encuentro agradable, pero al pescado ya le había quitado las raspas y todo.

La colonia seguía reunida en el centro del iceberg. El patriarca presidía la reunión, hablando con los demás pingüinos que eran más cercanos a Ferni. Todos se giraron cuando las puertas se abrieron para mostrar la silueta del desterrado.

En el umbral, Ferni empezó a escuchar gritos e insultos, efusivas amenazas y el batir de las alas. Por sus palabras, parecía que la colonia estaba bastante pesada con que debía abandonar el iceberg, pero Ferni estaba casi seguro de que el pez estaba allí y, siendo una rica sardina, si llega a perderla se pondría muy triste. Por lo tanto, desenfundó su arma y empezó a disparar.

No, espera. ¿Sacó sus garras y se lanzó a por el más cercano? Pero los pingüinos no tienen ni patas delanteras. Ya lo tengo.

Por lo tanto, miró al pingüino más cercano y le perforó el pecho con un rayo láser que salió desde su pico. Perfecto.

Las sardinas están muy ricas, pensó Ferni. Se refugió tras un trozo de hielo y disparó a oído a los pingüinos más cercanos. La consiguió siguiendo a un par de orcas, que asustaban a los peces y los hacía despistados. En el iceberg, el joven Pingu se expuso para poder apuntar bien, y Ferni aprovechó la oportunidad para dispararle con el láser antes de que él pudiese abrir el pico.

Apenas dos minutos más tarde, los disparos cesaron. No eran una colonia numerosa, y la mayoría de los miembros hacían trabajo de campo. Una docena de trajeados cadáveres adornaba el iceberg, y Ferni alcanzó a ver al Papá Pingüino huyendo hacia un cráter en el hielo.

Ferni entró en el cráter, adornado por una suerte de gradas en el borde. Allí le esperaba el matón oficial de la colonia, una mole gigantesca al que llamaban Emperador. El jefe se escondió detrás de él, y el matón se irguió, mostrando un cuerpo con tantos músculos que, si se chocase con un iceberg, el iceberg se hundiría.

Ferni aceptó el reto y se acercó al centro del patio. El matón se colocó frente a él, con una altura que debería ser imposible para cualquier pingüino. Se enzarzaron, y por un momento dudó si valía la pena el esfuerzo, pero todo esta acción le había empezado a dar hambre y quería su sardina.

Al final, la pelea fue una decepción. Era obvio que el matón se basaba en su tamaño para intimidar y empujar a jóvenes indefensos, y un picotazo a la conveniente altura de sus testículos le mandó al suelo. Ferni le dio una patada, para asegurarse, y siguió su camino.

Papá Pingüino salió detrás de una esquina y empezó a lanzar afiladas plumas hacia Ferni, hasta quedar totalmente desplumado. Las plumas volaron alrededor de Ferni, fallando por varios decímetros.

¡Meek meek meek! —exclamó Papá Pingüino—. Meek meek ¡Meeeeek!

Lo de hablar nunca fue el fuerte del pingüino Ferni, así que le lanzó una bola de fuego por si acaso.

Finalmente, cruzó el iceberg y llegó a la despensa de la colonia. Había unas trabajadoras escondidas en un rincón, que Ferni ignoró. Rebuscó entre los peces y encontró su sardina.

Se comió el pez allí mismo, de un solo bocado, y salió de la despensa. Siguió el camino inverso hacia la salida, pisando con cuidado entre sus antiguos compañeros. No quería mancharse los pies, que el agua estaba muy fría y darse una ducha era un coñazo.

Salió al límite del iceberg, pensando que era mejor huir de ahí antes de que se corriera la voz y viniese Hijo Pingüino. Se preparó para saltar a la masa continental y se palpó los bolsillos delanteros, los traseros, los de la chaqueta y los traseros otra vez.

«Ah, mierda. ¿Dónde he dejado mi huevo?»

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Fuera de concurso

Morirse no es fácil por Max Power

Juan murió en la Antártida, el peor lugar para que un fantasma hiciera carrera. Envidiaba a los que, en las reuniones en el más allá, contaban cómo fastidiaban a los vivos en casas encantadas y carreteras con curvas mal señalizadas.

Todo cambió cuando la científica Anna llegó con una tabla de ouija. Juan ya no sabía asustar pero sí cortejar a una dama, y pronto hicieron buenas migas.

Cuando Anna volvió a Europa, se llevó a Juan vinculado a la ouija y lo convirtió en un éxito de televisión. A él no le importó; al menos ya no se aburría.

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Fuera de concurso

Recuerdos por Hoy me siento flamenca

Nadie podía saber jamás que los personajes que pueblan nuestras pesadillas y perturban nuestros sueños son tan reales como tú y como yo. El mundo no estaba preparado para tales revelaciones y, probablemente, a juzgar por el sentir de nuestra cordura escapándose por entre los dedos de nuestras manos, nosotros tampoco.
Hacía dos días que habíamos conseguido malograr una invasión demoníaca cerrando una suerte de portal dimensional que el doctor Gould había abierto mediante saberes arcanos en plena Antártida. Nadie sabía sus motivaciones exactas, ni el método empleado más allá de que se había valido de un libro antiguo adquirido en una subasta de alto copete en Abu Dhabi. El tomo ahora permanecía bajo custodia en la estación internacional Concordia, el que fuera nuestro hogar los últimos nueve meses y durante los próximos tres días, hasta que el traslado a Washington fuera efectivo.
De alguna manera Jim, Sarah, Antonio y yo habíamos sobrevivido al encuentro. Otros como Jacques o Naoko, no. Celebrar la pequeña victoria que era la mera supervivencia se sentía como un deber que surgía de lo más profundo de nuestro ser. Con el pensamiento de quien vive para disfrutar de cada instante nos dirigimos al comedor comunitario, beberíamos hasta caer desmayados.
Nos sentíamos alegres por haberlo logrado, pero también teníamos mucho miedo al después. A vivir con ese conocimiento ignoto, a no poder compartir nuestros temores y con ello aliviar un poco el peso que los mismos ejercían en nuestras almas exhaustas. También sentíamos miedo, pavor al pensar en lo que pudiera existir tras la muerte. Si pesadillas como las vividas eran posibles en un mundo circunscrito a lo material, ¿cuál sería la zozobra que aguarda a aquéllos que trascienden a un mundo inmaterial? ¿Hasta dónde podrían llegar los monstruos que moran en lo etéreo? Tentáculos, humores y babas en un caos infinito en donde ser devorado y regurgitado incontables veces hasta el fin último de un universo sin fin.
Recordamos por un instante un pasado ya lejano donde, en nuestra ignorancia, considerábamos la felicidad como algo a lo que teníamos derecho como seres racionales. Jim era un niño. Su padre le había regalado un cachorro; era su cumpleaños y quería verle feliz, porque eso es lo que suelen querer los padres, o eso creía Jim mirándolo en retrospectiva. El cachorro creció y se convirtió en adulto. Fue un buen perro de mayor. Fiel, siempre expectante, preparado para lo que Jim pudiera necesitar de él; era su amo y quería hacerle feliz, porque eso es lo que suelen querer los perros de sus amos, o eso creía Jim ahora que oteaba atrás en el tiempo. Más tarde su perro, de nombre Matias, murió. A Jim todavía le llegaba al corazón ese hecho y el posterior al ver cómo un bonito rosal crecía encima de su tumba, alimentándose del último resquicio biológico de aquél que había sido su mejor amigo.
Al principio Jim odiaba esa planta, la consideraba una mala yerba que debía su miserable existencia a la falta de consideración por los restos de un ser superior. Más tarde aprendió a amarla y mucho más tarde, ya como científico, a comprender: la materia evolucionaba, permutaba, era intrínseca a su ser la incapacidad de mantenerse estática más allá de un instante que en nuestras cortas vidas humanas podía parecer una eternidad, pero que en realidad no significaba nada más allá que una fotografía estática en el continuo espacio-tiempo. De alguna forma el rosal era su perro. Su perro y muchas otras cosas que habían existido antes y otras que existirían después. El horror en ello era una postura subjetiva.
Esa idea nos reconfortó, nos dio el coraje necesario. Observamos nuestra cara en el gran espejo que presidía la estancia. Nuestra mirada perdida era un exclamación de júbilo contenido. Sonreímos abiertamente.
Nos dirigimos a la caja fuerte y tomamos el grimorio de Gould. Podíamos sentir su poder en nuestra manos. No había nada que temer. Lo abrimos por la página número trece y empezamos a cantar, porque lo que sucedería a continuación es lo que suelen querer los monstruos, o eso creíamos Jim, Sarah, Antonio y yo, ahora que los cuatro compartíamos con el doctor un mismo cuerpo.
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Fuera de concurso

Negro sobre blanco de El bigote de Fu-Manchú

La mayoría de las veces tirarse a la mujer de tu mejor amigo suele ser una mala idea. Sobre todo si vives en un entorno extremo y el afectado es el científico encargado de supervisar personalmente tus misiones fuera de la base. Que tu vida dependa de quien acabas de bendecir con dos cuernos del tamaño de un autobús es un mal negocio, especialmente si termina enterándose, tu culo está fuera de la base a cuarenta grados bajo cero y tienes un problema mecánico que te ha dejado incomunicado a la espera de un rescate que nadie va a querer ordenar.
Dicen que morir de frío no es tan malo, que entras en una especie de letargo que te va adormeciendo con una sensación de dulzura en el paladar, como si Morfeo tratara de competir contra las prácticas monopolísticas de Caronte, llevándote en un castillo de arena hasta el mundo de los muertos sin pagar peaje al barquero. Lo que nadie dice es que el cuerpo no responde a ese adormecimiento de forma simétrica. Primero son los dedos de los pies, se agarrotan y retuercen hasta que duros como una piedra se despegan al mínimo golpe. Con tu nariz es distinto, empiezas por sentir un suave aroma a turba quemada, como si alguien estuviera preparando una barbacoa, aunque solo sea tu organoléptica abandonando tu cuerpo por las fosas nasales. Con las orejas ni te das cuenta, dejas de sentirlas al poco tiempo, luego estornudas (o crees hacerlo) y se caen, dejándote con la cara de Mister Potato después de una intensa sesión de juego con un niño con un interés precoz por el cubismo. Por supuesto, el pene no se salva. Notas como se endurece, pero esta vez no hay erótica, juegos ni intimidad, tampoco traición… Después la nada, un último aliento. Alguien te ofrece una mano, pero la rechazas, la declinas porque te queda algo por hacer en este mundo. Siendo un fantasma ya no sientes frío, ni hambre, ni sed, ni tan solo miedo. La fuerza que dirige tu existencia espectral es solo una: venganza.
Bajo tus pies, la tundra antártica se extiende hasta donde tus inexistentes ojos te muestran. Flotando a medio metro del suelo, observas tus manos transparentes. Cierras el puño con fuerza, la ira te puede. Quizás tu comportamiento no fuera el idóneo, pero no merecías una muerte tan cruel. Te desplazas en un vaivén. Delante de ti el sonido del viento aúlla, como las trompetas del Apocalipsis. El paisaje helado ha dejado de tener importancia, en tu mente sobrenatural solo cabe imaginar cómo vas a hacerlo. ¿Hundirás tus espectrales garras en su cabeza? ¿Le arrastrarás al cobertizo y pintarás un cuadro con sus intestinos? ¿Le torturarás durante semanas hasta que se vuelva loco? Tus poderes son ilimitados y tu sed de venganza mayor.
***
Al mismo tiempo en la base:
—Aquí Alfa ¿pueden confirmar el hallazgo? Corto.
—Alfa, aquí Delta. Confirmamos el hallazgo. Hemos encontrado el cuerpo sin vida del doctor Johansson. Corto.
—Gracias, muchachos, vuelvan a casa sanos y salvos. Corto.
—Eso pretendemos, doctor North. Corto y cierro.
—Maldito bastardo, ¿tenías que morir antes de poder decírmelo a la cara? Ni eso has podido hacer bien…
***
La posesión es algo interesante, te permite entrar por un orificio cualquiera y dominar un cuerpo durante unos instantes. No todos los espectros tienen esa facultad aunque, por algún motivo, sí es mi caso.
Vestido de blanco mi antiguo amigo convertido en enemigo. Dar vueltas en un torbellino infernal para buscar el mejor ángulo de entrada, abalanzarse con todas tus fuerzas por su ano. A causa de la cinética un prolapso del tamaño de una manzana grande surge abruptamente de su cuerpo manchando su pantalón de sangre. Es divertido estar dentro de North. Ver como North. Sentir como North… Un atisbo de duda golpea mi mente. A trompicones te acercas al armario para coger una pistola de bengalas. Titubeante, la colocas en su boca, que ahora es también la tuya, aprietas el gatillo y vuestra cabeza estalla en una fogata multicolor. A lo lejos un interino piensa que el doctor está preparando un bonito árbol de Navidad.
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