Hagamos nuestra propia antología de relatos (hilo de comentarios)

Y mucho más barata. Y, aunque parezca más violenta, habría que ver cuántos chantajes y sobornos acaban en asesinatos, mientras que las amenazas suelen acabar solo en huesos rotos en el peor de los casos. :))

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Bueno, al menos no mata xD

Yo pienso editarlos, para fallos, enriquecer alguna frase que quizá quedó un poco árida al recortar palabras por el límite, y aplicar consejos que se dijeron en su día.

De hecho los míos (los que están en el blog) ya están corregidos gracias a los comentarios, que siempre te encuentran una tilde que no pusiste jeje. Me parece lógico, sobre todo si eres consciente de que hay esos fallos y pretendes que se publiquen

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¡Hola! Voy a postear aquí los tres relatos que he propuesto. En el de Recuerdos Completos no he tocado nada desde este verano. Ahí me sacaréis errores y fallos. En los otros dos, no voy a poner el link a Meri, sino que voy a poner el texto ya corregido, tal y como lo escribí en mi libro.

Recuerdos Completos

—Señora García, bienvenida a Recuerdos Completos. ¿Sabe ya qué vacaciones va a elegir?
—Sí. Me gustaría ser una espía internacional que destapa una trama de corrupción, en un destino exótico, y derrotar a un malvado supervillano.
—Perfecto. ¿En qué lugar quiere vivir esa aventura?
—En Almería; todavía no la he visitado.

Allí estaba yo, Ana García López, en la sede andorrana de Recuerdos Completos. Salí de Madrid en autobús, en un viaje organizado por dicha empresa, que ofrecía emocionantes, y baratas, vacaciones mentales. No podía aspirar a más, con mi sueldo mensual de novecientos euros como secretaria. Al ser una tecnología americana que no había sido aprobada por la UE, solo podíamos ir a sedes de microestados, como Andorra o Mónaco, que no estaban limitados por la legislación europea.

Me llevaron a un sillón de cuero, con sujeciones metálicas para brazos y piernas, donde te administraban todos los fármacos que recreaban, mentalmente, tus vacaciones de ensueño. En ese momento, me asusté un poco al recordar las palabras de mi compañera de recursos humanos en Imdra. «No vayas a Recuerdos Completos. Una vecina mía fue allí y le tuvieron que hacer una histerectomía de emergencia. No vale la pena jugar con el cerebro», así lo dijo, con esas palabras literales. Probablemente, mi compañera no supiera mucho de anatomía o, a lo mejor, su vecina tenía los lóbulos cerebrales en otra parte del cuerpo. En todo caso, al sentarme en esa especie de silla de tortura me desmayé y no recuerdo nada más hasta que me desperté chillando.

—¡Hagan algo! ¡Inyéctenle más sedante! —gritó una doctora, al ver que los técnicos sanitarios no podían contralar a la joven que pegaba alaridos y daba hostias a diestro y siniestro.
—¡No podemos! —exclamó un auxiliar de enfermería en prácticas—. Está viviendo una alucinación psicótica emparanoiante.
—¡Una APE! ¡Por Dios! ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Ya le habían inyectado el vial de LSD?
—¡Qué va! Solo le habíamos dado una pastilla de Frenadol y se ha puesto como una loca. Que si se lo llegamos a dar de sobre, con lo malo que está…
—¡El agua! ¡El agua es la clave de todo! —me oí gritar a mí misma mientras trataba de soltarme de los hombres con batas blancas que luchaban por retenerme.

Al final, le solté un guantazo al técnico que tenía al lado y mandé sus gafas al otro lado de la habitación. Aprovechando la confusión, me zafé de ellos y salí corriendo de allí, buscando la salida del edificio. Todos me perseguían por los pasillos: la doctora, los técnicos, una comercial gritando que si no le ponía un diez en la encuesta de satisfacción no cobraría el plus ese mes, un conserje enfadado porque había pisado el suelo recién fregado y algunos más que no recuerdo quienes eran. Por fin, encontré la salida y allí estaba el chico de mis sueños, Jorge, el guardia civil guapísimo y famoso que había participado en la última edición de supervivientes. Estaba esperándome al volante de un descapotable de lujo.

—Ana, tienes que escapar conmigo si no quieres que te laven la mente por lo que sabes.
—¿Y qué es lo que sé? —pregunté cándidamente como la ingenua enamorada que era, con su ídolo de Instagram frente a sus ojos.
—Sube al coche y te lo contaré todo.

Salimos de Andorra la Vieja a toda pastilla, ignorando los radares de velocidad. Al llegar a la garita de control solo frenamos un poco para que Jorge le firmara un autógrafo a una joven compañera suya de fronteras, que le estaba poniendo ojitos, y reanudamos de nuevo la marcha sin perder tiempo.

—Ana, debes saber que el gobernador Villarejo te envió a Imdra para que vigilaras el desarrollo del nuevo software para su proyecto secreto del agua. Eres su espía infiltrada.
—¡Oh, no! ¿Cómo es posible? No recuerdo nada.
—Es tecnología cerebral punta, desarrollada en el Estado Libre Asociado de Almería: chupito de anís y estacazo en la cabeza.
—Por eso me dan ganas de vomitar cada vez que huelo el anís. Ahora todo tiene sentido…

De manera inesperada, había pasado de ser una triste secretaria de una empresa cutre de informática a una espía doble a las órdenes del temible gobernador Villarejo. Parecía que, el que fuera comisario de las cloacas del estado, terminaría sus días en prisión. Pero, sorpresivamente, el chantaje con un video pornográfico protagonizado por Campechano Primero, rey emérito de España, y Chortina Ficken, una joven duquesa alemana, puso en jaque al gobierno español. Para evitar el escándalo a nivel nacional e internacional, no solo le dieron el indulto a Villarejo, sino que, además, le concedieron la provincia de Almería, para que la gobernase a su antojo.

—¿Y qué relación tiene la Guardia Civil con todo esto? —pregunté, todavía en estado de shock por la revelación previa.
—Formo parte de un grupo de élite que está asesorando a la guerrilla unionista almeriense. Queremos que, de manera pacífica y democrática, se alcen en armas contra Villarejo y que lo ajusticien de forma lenta y dolorosa. Vamos, el típico Gadafi style, como lo llamamos los servicios secretos.
—Pero, si trabajo para Villarejo, ¿por qué me ayudas?
—Antes del garrotazo en la cabeza, descubriste un secreto relacionado con la planta embotelladora de agua con gas de Villarejo. Toda su fortuna personal depende de vendérsela a precio de oro a los sedientos almerienses. Por eso, decidiste unirte a la resistencia y contactar conmigo.
—¡Vaya! ¿Y qué hacemos ahora?
—Tenemos que entrar de incógnito en Almería y dirigirnos al epicentro de todo, el peñón de Bernal, donde Villarejo guarda su mayor secreto.

Tras atravesar la República de los Payeses Catalanes y el Reino de Valencia, entramos, desde territorio español, por Murcia para ser exactos, en ese caótico y desértico país conocido como Almería. Cuando esperábamos en la frontera a que los esbirros de Villarejo revisasen los pasaportes de los coches que iban por delante nuestra, ocurrió un suceso extraño que nos benefició. Una mujer enorme, de dos metros de altura y ciento cincuenta kilos de peso, se dobló por el dolor, sujetándose la tripa, intentando contener una flatulencia extrema. A su lado, un soldador estaba trabajando, instalando nuevas rejas en la garita de control con la ayuda de una llama de acetileno. Era la crónica de una explosión anunciada: Un enorme cuesco se abrió paso entre el fino tejido del vestido de la mujer y se inflamó al contacto con el soplete. Tras la enorme deflagración, se hizo el caos y los guardias de frontera se pusieron a extinguir el fuego y ayudar a los quemados. Jorge aprovechó para meter el deportivo por un carril cerrado con conos, dando unos pocos botes al pisarlos, y acelerar a toda velocidad hacia el interior de Almería.

—Empiezo a recordar detalles inconexos de mi trabajo para Villarejo: Estoy dentro de una enorme cueva y, en el centro de esta, hay una enorme rueda con el dibujo de un Indalo —comenté a Jorge.
—Nuestros informes de la resistencia nos indican que se encuentra en el interior del peñón de Bernal, por eso vamos allí. Desde el Neolítico, ha sido el epicentro de energías telúricas. No fue casualidad que rodaran la escena del Templo de Thulsa Doom, en la película de Conan el Bárbaro, en ese paraje. Los guionistas sabían que ese lugar era mágico.

Tras un rato de viaje, acabamos llegando a las cercanías del cerro. Tuvimos que dejar el deportivo a la entrada de un camino y seguir a pie. El sol era abrasador y el polvo reseco de la senda se nos metía en la garganta. Por fin, acabamos llegando a una puerta metálica, puesta directamente sobre una roca, con un letrero que ponía: «Empresa de aguas de Villarejo. Prohibido el paso». Ignorando la advertencia, abrimos la puerta para adentrarnos en el interior de un túnel de hormigón escasamente iluminado. Tras andar unos cientos de metros, abrimos unas puertas antiincendios y accedimos a la enorme gruta que había dentro del peñón.

—¡Quietos ahí! —dijo un hombre vestido de negro y con pistola que lideraba a varios soldados de Villarejo.
—¡Yo te conozco! —exclamé asombrada— ¡Eres el actor que hace de Antonio Recio!
—Gracias, Ana, por acordarte. Antes éramos compañeros en el servicio secreto de Almería, pero luego te uniste a los rebeldes.
—No lo entiendo —intervino Jorge. ¿Por qué Villarejo escogió a un actor para trabajar de espía?
—No es ningún misterio —contestó el aludido—. El gobernador siempre fue un gran fan del actor Michael Ironside y yo me parezco bastante a él. Además, me paga muchísimo más que la productora para la que trabajaba.
—¡El círculo se cierra! —intervino una voz familiar—. Acompáñame, Ana. En tiempos, fuiste mi mejor espía.

Allí estaba Villarejo, que había aparecido de entre la sombras empuñando también una pistola. Mi mente empezaba a dar vueltas sin saber que hacer, pero, si quería resolver este misterio, mi intuición me decía que debía seguirle.

—¡De acuerdo! —grité—. ¡Enséñame la gran rueda!
—Doble de Ironside, encárgate de este guardia civil. Yo hablaré en privado con nuestra desertora.
Tras subir unas larguísimas escaleras de piedra, llegamos a la rueda con el dibujo del Indalo que había visto en mis sueños.
—Los romanos excavaron esta gruta para dominar la fuerza del agua que hay bajo este peñón. Pero la rueda fue construida por una civilización ya extinta. Si se girase del todo, miles de hectómetros cúbicos de agua con gas saldrían a presión por la cúspide de la montaña, inundando Almería entera. Por eso se instaló, para protegernos de ese peligro.
—Sí, pero también es un agua llena de sulfitos y fosfatos que fertilizarían la tierra árida de este país, convirtiéndolo en un vergel. Por eso nunca quisiste abrirla.
—¿Qué hay de malo en ir vendiéndoles esta agua poco a poco y hacerme rico con ello?
—¡Es una crueldad! Embotellas agua con gas, que no quita la sed ni tomándola fría. Es lo único que los almerienses pueden beber contigo.

En ese momento, apareció Jorge con los dos brazos sangrantes de Antonio Recio bajo su axila y con una libreta en su mano.

—Gobernador Villarejo, ¿cómo puede tener un ascensor paternóster sin reja de seguridad? Le voy a denunciar a la inspección de trabajo y se le va a caer el pelo. De momento, su esbirro ya se ha quedado manco y espachurrado en el fondo de la gruta.
—Pe… pe… pero ¿qué dices? —tartamudeó Villarejo.

En ese instante, aproveché su confusión para girar la rueda del Indalo con todas mis fuerzas, hasta que llegó a su tope. Inmediatamente, hubo un gran terremoto que nos tiró al suelo a todos.
—¡No! —gritó Villarejo, antes de salir disparado hacia arriba impulsado por un géiser de agua a presión.
—¡Huyamos! —le dije a Jorge. Este lugar se va a inundar enseguida.

Corrimos por los túneles de la gruta perseguidos por una gran ola espumosa que nos mojaba los pies. Por suerte, vimos una luz al fondo, en un abertura al exterior, ensanchada para que los trabajadores de Villarejo pudieran descansar entre turno y turno.

—Mira —me dijo Jorge—, hay un colchón hinchable. Subámonos a él para no ahogarnos.
—De acuerdo, pero agarrémonos bien: El viaje será movidito.

Salimos disparados a toda velocidad colina abajo, sobre la cresta de la ola que nos impulsaba, siguiendo el cauce de un antiguo río que volvía a llenarse con agua. Acabamos llegando a la playa y desde allí pudimos ver como llovía por toda Almería.

—¡Es fantástico! Hemos derrotado a Villarejo y liberado esta tierra —celebró exultantemente Jorge.
—Sí, pero tengo una duda —comenté preocupada—. ¿Y si todo esto no ha sido nada más que un sueño?
—Entonces, follemos antes de que te despiertes —me dijo Jorge.
Y así, de forma erótico-festiva, acababa esta philipkadiana historia veraniega. Con nuestros cuerpos desnudos tapados por la espuma del mar mientras mi guapo guardia civil me empujaba con su pelvis, como a un cajón que no cierra.

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Ahora va el segundo relato, Hay un lugar especial. Retoqué un poco el texto para hacerlo más claro y le quité las faltas de ortografía (eso no significa que no se me haya escapado algo)

Hay un lugar especial

—Te dije que no íbamos a llegar a tiempo para el arroz de mi madre y viste como llevaba razón: Cuando nos sentamos a la mesa ya estaba frío y asurado.
—Bueno, Ani —replicó José a su mujer, Ana—, yo también te dije que había que echar gasolina en el depósito. Hemos ido a noventa por la autovía hasta que encontramos una puñetera gasolinera donde repostar.
—El coche lo cogemos los dos, Pepín.
—Sí, pero esta semana solo lo has utilizado tú, para tus clases de Pilates. ¿Es verdad o no?
Pa’ti la razón. Oye, ¡mira! Un autoestopista.
—¿Qué hará ahí solo? Ani, ¿lo recogemos?
—Como quieras, Pepín. Con ese traje y esa corbata no creo que sea ningún delincuente.

José y Ana eran la típica pareja de casados españoles, con hipoteca, mileuristas y sin hijos. Ella era una treintañera de aspecto normal, delgada, morena, con el pelo corto y una cara mona. Su mayor anhelo, de un tiempo a esta parte, era ponerse implantes de silicona y hacerse una cirugía estética, para parecer más sexy. Su marido, que se podría describir físicamente como delgado, moreno, con barba y una incipiente calva en la coronilla, iba cada semana tres días al gimnasio para reducir la pequeña barriga cervecera que le había salido últimamente. Quería parecer más atractivo para su mujer y que no le abandonase por otro, si al final ella se decidía a operarse las tetas.

—Buenas, ¿a dónde se dirige? —preguntó José al extraño hombre trajeado que se había acercado al coche.
—A la casa de un amigo. Está a unos veinte kilómetros de aquí, siguiendo esta misma carretera —respondió el autoestopista.
—Suba, le llevamos.
El hombre entró, se aposentó en los asientos traseros, en la parte central, y cerró la puerta antes de ponerse el cinturón de seguridad.
—Soy Ana y este es mi marido, José. ¿Cómo se llama usted? —preguntó la mujer mientras reanudaba la marcha.
—Astaroth —respondió el nuevo pasajero con voz profunda y leve acento exótico.
—Curioso nombre —comentó Ana—. ¿Sus padres eran ocultistas?
—Algo así —respondió evasivamente el extraño.
—¿Has visto, Pepín? Tengo un sexto sentido con esto de las ciencias ocultas. ¿Te dije que mi amiga Clara se ha pasado a un culto de la Cábala? Tenía la mosca detrás de la oreja, hasta que un día…
—Perdone, Astaroth, con ese traje y por esta carretera, ¿es usted representante y se le ha estropeado el coche?
—Eso es, ¿cómo lo ha adivinado? Es usted muy perspicaz.
—¿Has visto, Ani? Tengo un ojo clínico, es igual que cuando me presentaste a tu hermano y te dije que era gay. Hasta que no salió del armario no me creíste.
—Sí y me lo has estado recordando desde entonces.

El extraño suspiraba mientras observaba los continuos reproches entre ambos, basados en sus trapos sucios familiares, hasta que decidió interrumpirlos.

—José, creo que tiene el desvío a 5 kilómetros de aquí.
—Sí, lo veo allí. “Próximo desvío a Möbius: 5 km”, pone. Pero me voy a asegurar con el mapa. Ani, ¿puedes sacarlo del compartimento de tu puerta?
—Claro que sí, Pepín. Oye, aquí pone que este mapa es de 2010 —comentó con disgusto mientras se lo daba a su marido.
—¿Y qué? La carretera a Möbius seguirá estando en el mismo sitio, si no, ¿cómo vas a llegar allí?
—Tendríamos que haber comprado el GPS de serie para el coche, ya te lo dije…

En ese momento, Ana vio como salía de su pecho la punta de una espada y, a continuación, su sangre a borbotones. Giró la cabeza para pedirle ayuda a José, pero era inútil. Astaroth le acababa de cortar el cuello con una daga y solo pensaba en taponar inútilmente la herida con las manos. El coche, sin nadie que lo controlase, se salió de la carretera y acabó empotrado contra un árbol, convirtiéndose en un amasijo retorcido de hierros, plásticos y cristales rotos. Astaroth salió por su propio pie del vehículo siniestrado, abriendo la puerta trasera derecha con una violenta patada, que la arrancó de sus goznes. Mientras se alejaba ileso del lugar del accidente, se sacudía el polvo de su traje, que no presentaba el más mínimo rasguño.

Un coche solitario avanzaba por la carretera a Möbius en el crepúsculo del día. Dentro de este, una pareja discutía en voz alta.

—Ya te dije, Pepín, que no hablaras con mi padre de futbol. Sabes que es “colchonero” hasta la muerte —le recriminaba Ana a su marido mientras conducía el BMW que habían comprado con una financiación a quince años.
—¿Y qué culpa tengo? Soy “merengue” desde siempre y me ha estado restregando durante toda la tarde las fotos que se hizo en el museo del Atlético. Al final, le tuve que preguntar que dónde estaban las que se había hecho con las copas de Europa, que si se le habían borrado.
—¿Es verdad eso? ¿Se le borraron las fotos? —preguntó Ana, que no había captado la ironía en las palabras de su marido.
—Mira que te lo he dicho veces, que el Atlético… ¿ese hombre nos está haciendo señas para que le recojamos?
—Creo que sí.
—Pasa de él.
—Con ese traje no creo que sea peligroso. Además, creo me resulta familiar —replicó Ana mientras iba frenando el coche para arrimarse al arcén.
—Buenas, ¿me pueden acercar a ciudad Möbius?
—Claro que sí. Guapo, ¿cómo te llamas? —preguntó Ana con picardía.
—Astaroth. Muchas gracias por recogerme.
—Ani, esas confianzas… —protestó José en voz baja.
—Astaroth, hum, ¿eres israelí? —siguió preguntando Ana de forma cordial.
—De esa parte del mundo, sí.
—¿Ves, Pepín? Desde que mi amiga Clara se metió en lo de la Cábala…
—Perdonen, pero es que tengo un poco de prisa. Esta tarde asisto a un curso de la empresa y no puedo perdérmelo —interrumpió Astaroth.
—Ningún problema. ¿Para qué están los doscientos caballos de este coche si no es para disfrutarlos? —le dijo Ana a Astaroth al tiempo que le guiñaba un ojo.
—No, no me refiero a eso. Es que hoy tendré que matarlos antes.
—¡¿Qué?! —exclamaron Ana y José al unísono.

Ya era tarde para reaccionar. Volvieron sus cabezas simultáneamente hacia el extraño pasajero, pero solo les dio tiempo a ver como de las manos de Astaroth salían sendas bolas de fuego dirigidas hacia ellos. Si hubiera habido alguien más en la carretera hacia Möbius, habría visto como el BMW estallaba en llamas. A continuación, al aparecer una curva cerrada en la carretera, el coche se salió recto, se detuvo en medio del campo y siguió ardiendo con gran intensidad, al estar alimentado el fuego por la gasolina del depósito. Instantes después, la puerta trasera derecha se abrió y Astaroth salió tranquilamente de la pira infernal en la que se había convertido el vehículo. No mostraba ninguna quemadura, porque su piel y su ropa eran completamente ignífugas. “Jodidas fibras sintéticas. No se quemará, pero este traje atrae más el polvo que mi antigua túnica”, pensó mientras se sacudía el hollín que se le había posado sobre la chaqueta.

Tras torturar a unos cuantos condenados más, Astaroth tuvo que completar su jornada asistiendo al curso Empalamiento: Mejor duración que sufrimiento. Se sentó en su pupitre y vio como el mismo Lucifer en persona presentaba al ponente principal del curso: El príncipe Vlad, más conocido como Vlad el Empalador. Pensándolo bien, si Dios elevaba a la santidad a muchos humanos, ¿por qué no iba a darle Lucifer el mismo tratamiento a aquellos que se habían distinguido por su especial maldad? Por supuesto, Lucifer no hacía ayudantes a todos. Solamente a aquellos que habían hecho grandes contribuciones al mundo de la tortura, el asesinato y el sufrimiento humano.

—Es un grave error que, llevándonos por las prisas, dejemos la estaca terminada en punta —explicaba Vlad durante su intervención—. Siempre hay que redondearla un poco y si podemos limar las aristas, mejor. El sufrimiento debe durar días, si la hacemos puntiaguda entrará muy rápido, rompiendo las arterias y venas principales, y provocando el desangramiento inmediato.
—Vamos a ver, llevo miles de años empalando humanos —replicó Asmodeo, que se sentaba al lado de Astaroth—, ¿va a enseñarme algo nuevo, príncipe Vlad?
—¿Ha considerado el tipo de madera de la estaca? En general, la mayoría son hipoalergénicas, pero las de esta tabla le provocarán al empalado un shock anafiláctico, matándolo en minutos —replicó Vlad.
—Eh, no, no lo sabía… —respondió Asmodeo de forma titubeante, sorprendido por la inesperada pregunta.
—¿Veis? —intervino Lucifer— Os traigo a los mejores expertos, así que haced el favor de prestar atención y no murmuréis tanto. Vamos a aprovechar esta interrupción para hacer un descanso: Tenemos quince minutos para tomarnos un café. En el pasillo está instalado el catering.
—¡Qué cabrón el príncipe Vlad! No me esperaba esa respuesta —le dijo Asmodeo a Astaroth mientras salían del aula.

Astaroth iba a decirle algo a Asmodeo, pero se contuvo en el último momento. Tras servirse un café con leche y un pastelito de crema observó como Lucifer pasaba a su lado sin dirigirle la palabra, mientras saludaba a otros demonios de menor rango que él. En ese momento, se inició una discusión en la mesa de enfrente.

—¡Has cogido dos cruasanes! —dijo Judas Iscariote, camarero del catering, a uno de los diablos.
—¡Serás chivato! —replicó Azazel, el demonio aludido, al tiempo que con un rápido movimiento de su cola puntiaguda le atravesaba el corazón a Judas.

Se formó un gran barullo cuando el cuerpo de Judas se cayó sobre los postres y desparramó las tazas. Lucifer se acercó rápidamente a la mesa a poner orden.

—¡A ver! ¡Llamad a Bruto y a Casio para que vengan a limpiarlo todo y a servir estas mesas! ¡Ven aquí, Azazel! Por dejarnos con un camarero menos, te encargarás tú solo de la organización del curso Coaching proactivo. Os recuerdo a todos que se celebrará el mes que viene y que será de asistencia obligatoria, como este. Recordad que los pastelitos están contados, no cojáis más de uno por demonio.

Otro día más en la carretera a Möbius. Astaroth acudió puntual, aunque estuvo a punto de no llegar a tiempo. Su supervisor estuvo un buen rato reprendiéndole, ya que no había respetado la duración mínima exigida de sufrimiento para los condenados.

—¿Me llevan a Möbius? —preguntó Astaroth.
—Por supuesto —contestó José, que estaba al volante en esa ocasión.

Tras entrar en el coche, Ana se presentó a sí misma y a José, aunque sin tanta familiaridad, como el día anterior.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Ana.
—Astaroth.
—Le parecerá una tontería, pero creo que he tenido un déjà vu. Tengo la sensación de que no es la primera vez que oigo ese nombre. ¿Estuvo de Erasmus en la Universidad de Atenas? Aunque, si lo conocí allí, posiblemente no le recuerde. Iba borracha, de fiesta en fiesta, casi todo el tiempo y ligaba con chicos de todas las nacionalidades. Para no estropear nuestra relación, le dije a Pepín que lo dejásemos ese año, aprovechando que él también se iba de Erasmus, a Cracovia. Se lo pasó muy bien allí, con las polacas. No me contó mucho al volver, pero sus amigos me dijeron que rubia que veía, rubia a la que le tiraba los tejos…
—Por favor, Ani. ¿Qué va a pensar Astaroth de nosotros? Además, fui yo quien te dije que lo mejor era cortar ese año.
—Perdona, pero la idea fue mía —replicó Ana.

Astaroth, tras suspirar de vergüenza ajena, sacó una cuerda y empezó a estrangular a Ana.
—Pare el coche ahí, si no quiere que la asfixie —ordenó Astaroth a José.
—Vale, vale… pero, por favor, no nos haga daño.

José paró el coche y salió por la puerta el primero, como le indicó el demonio. Le siguió rápidamente Astaroth, que, tras liberar a Ana, corrió a abrirle la puerta y a sacarla mientras ella se masajeaba el cuello. Astaroth desenvainó, aparentemente desde la nada, una gran espada y obligó a Ana y a José a arrodillarse para proceder a atarlos.

—¡Por favor! ¡No nos mate! —suplicó Ana.
—Ya te dije que no debíamos recogerle —le recriminó José.
—¡Silencio! —gritó Astaroth al tiempo que dejaba a José inconsciente con un golpe de su antebrazo izquierdo.

Astaroth tardó un buen rato en preparar las estacas y asentarlas firmemente en la tierra. Mientras, golpeaba de vez en cuando a Ana, para hacerla sufrir. Les quitó, a base de zarpazos, los pantalones a ambos y puso al hombre en la primera estaca, con fuerza demoníaca. No le gustó el resultado. José recuperó el conocimiento, chillando con gran dolor, para seguidamente volver a desmayarse por el shock. Por entre sus piernas corrían ríos de sangre y su cuerpo, inerte, se inclinó hacia atrás. “Mierda. Recuerda lo de quitar la punta de las estacas”, pensó Astaroth. Con Ana la cosa fue mejor. Chillaba y chillaba, sin perder la conciencia, mientras se clavaba la estaca muy lentamente en su cuerpo.

—¿Por qué nos haces esto? —preguntaba Ana, con la voz rota por el dolor, mientras miraba a su marido muerto, con el palo sobresaliéndole por el pecho.
—¡¿Que por qué lo hago?! Porque hay un lugar especial en el infierno para todos los cansinos que tienen en vida el “ya te lo dije” siempre saliendo de su boca.
—¿Cómo? —preguntó desconcertada Ana.

Mientras Ana se retorcía de dolor, a su mente acudió el recuerdo de su muerte en el mundo de los vivos: El BMW se estaba despeñando por un barranco y, antes del impacto final contra las rocas del fondo, se giró hacia José para gritarle: “¡Ya te dije que este no era el camino!”.

Astaroth, tras mirar su reloj, decapitó a la mujer con un solo golpe de su espada. Llegaba tarde al curso Prevención de riesgos laborales al manejar azufre fundido.

Al día siguiente, Astaroth esperaba con resignación a que apareciera el BMW por la carretera a Möbius. Había trabajado durante milenios en ese círculo del infierno y nunca había tenido un encargo tan difícil como el de torturar a esa inaguantable pareja. Sabía que tenía pocas posibilidades de ser ascendido o promovido a otro puesto, por lo que tendría que soportarlos durante siglos y siglos, hasta que esos condenados pasaran a otro nivel. Oyó el coche, que se acercaba a lo lejos, y, poco después, lo vio aparecer por la solitaria carretera. Suspiró profundamente y, mientras se preparaba para su papel, recordó con gran disgusto y arrepentimiento la frase que nunca debió decirle a Lucifer tras ser expulsados del paraíso: “Ya te dije que a Dios no le iba a gustar nuestra rebelión”.

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Aquí va el tercero, Érase una vez en el salvaje Oeste. Aparte de corregir algunas erratas y clarificar el texto, también cambié levemente algunos nombres en la versión publicada. Puede parecer una tontería, pero no quise arriesgarme a poner Kane (el de Ciudadano Kane), así que lo cambié a Cane, por el tema de derechos de autor. También cambié Tetris por Tetrich, por el mismo motivo.

Érase una vez en el salvaje Oeste

Caroline Smith, de alias Carol la Bizca, y el resto de su banda, tres hombres rudos y feroces, nunca pensaron que el atraco al tren se fuera a complicar en una lucha despiada por salvar la vida. La pistolera pensaba dar el golpe en el ferrocarril de la Union Pacific a su paso por Colorado, cerca de la frontera con Nebraska. Durante años, los periodistas que relataban sus robos no pudieron explicar el apodo de la Bizca, ya que tenía los ojos perfectamente alineados. Pero un día, un miembro borracho de su banda, que era también uno de sus múltiples amantes, se lo confesó a un reportero que le estaba invitando a varias rondas de whiskies.

Carol y sus secuaces: Bob, Dick y Pat (al que se le fue la lengua con el apodo de la Bizca) habían subido al tren en el último vagón, el de tercera clase. Este iba casi vacío; solo viajaba un grupo de la congregación católica de El Paso, llamado Mary’s Station, que asistía al torneo interestatal de bridge. La pistolera miró su reloj de cadena y avisó a sus compinches de que era la hora señalada para dar el golpe.

—Atentos, pronto cruzaremos la frontera con Nebraska. Damos el golpe y nos bajamos en Ogallala, donde he alquilado unos caballos que nos están esperando en la cuadra de la estación —dijo Carol en voz baja.
—¿Empezamos robando a estos? —preguntó Dick.
—No merecen la pena —contestó Carol—. Parecen pobres de solemnidad y con pinta de no llevar ni un dólar encima. Venga, poneos los pañuelos y vayamos a buscar a los ricachones que viajan en el tren.

El vagón de primera clase había recibido a nuevos viajeros, tras parar en Julesburg, Colorado, una hora antes del comienzo del robo. En ese momento, solo había tres pasajeros, que estaban allí desde el inicio del trayecto, en San Francisco. Eran dos hombres y una mujer que saludaron a los recién llegados, los cuales, tras colocar sus equipajes, empezaron con las presentaciones.

—Buenas tardes, me llamo Walter Perks Teacher y soy el tutor de este jovencito que se viene conmigo a la costa este, a convertirse en un hombre de provecho.
—Charles Faster Cane —añadió el joven, sabiendo que los demás querrían saber su nombre—. Perdóneme señora, pero ¿usted de dónde viene? No parece de por aquí.
—¡Válgame el cielo! ¿Es que no te han enseñado modales? ¡Discúlpate! —saltó indignadamente Walter con cara de pocos amigos.
—No se preocupen. Mi nombre es Aouda y vengo de Bundelkhand, en la India —medió la aludida.
—La señora Aouda ha sido muy humilde en su presentación; en realidad es toda una princesa que nos está acompañando desde que atravesamos las posesiones indias del Imperio Británico —intervino un hombre flemático y elegantemente vestido, con acento londinense—. Me presento: soy Phileas Fogg, caballero inglés, y estoy dando la vuelta al mundo con mi valet, Jean Passepartout y con Mrs. Aouda.
—Un placer, señores —añadió el mayordomo, con un fuerte acento francés.

Por último, quedaba un tipo con abrigo y gorro de piel, que estaba luchando por sacar una pequeña caja de madera de su equipaje y que, por esa razón, fue el último en presentarse. Debido a su poblada barba y su nívea cara, enrojecida por el fuerte sol del oeste americano, los demás ya sospechaban que era ruso, hecho que corroboraron a continuación, cuando comenzó a hablar.

—Creo que están esperando a que me presente, soy Vladimir Leonídovich Pázhitnov, aunque, desde que era un niño, me conocen como Tetrich en Novoarkhangelsk, mi ciudad natal —habló el barbudo con un fuerte acento ruso.
—¿Cómo dice? —preguntó Walter— ¿Viene de Rusia?
—No, ya no. El zar Alejandro II vendió sus posesiones en este continente y decidí convertirme en ciudadano americano. Creo que ustedes conocen esos territorios como Alaska.
—¿Por qué le llaman Tetrich? —preguntó el joven Cane con curiosidad.
—Por una razón muy sencilla: soy el cuarto hijo, de los cinco que tuvieron mis padres. También pienso llamar así a un nuevo tipo de puzle, que acabo de crear, y que llevo en esta caja.
—Muy interesante, ¿podría enseñarnos como se juega? Nunca pierdo la oportunidad de aprender un nuevo juego y de apostar en este, si surge la ocasión —añadió un intrigado Phileas Fogg.
—Es muy fácil de aprender: se reparten paneles rectangulares a los jugadores, para que los vayan rellenando por turnos con las piezas, llamadas tetrominós, las cuales tienen cinco formas diferentes. El primero que complete el panel, o se deje el menor hueco por cubrir, gana.
—Parece divertido —añadió Cane—. ¿Cómo se escogen las piezas?
—Las piezas no las escoge el jugador, sino que están mezcladas al azar y salen una a una, empujadas por este dispensador con resorte. Así, nunca se sabe cuál va a salir en tu turno, lo que le añade emoción al juego.
—¡Hum! Interesante pasatiempo… ¿Qué les parece si echamos todos una partida? —preguntó Aouda.
—Estoy completamente a favor de la idea —contestó rápidamente el señor Fogg—. Aunque jugar a algo sin apostarse unas libras…
—Por favor, Phileas, esta vez sin apuestas —le pidió amablemente la princesa al señor Fogg con voz suave y movimiento rápido de pestañas.
—Como prefieras —claudicó rápidamente el flemático, aunque no imperturbable, caballero inglés.

Los seis se repartieron igual número de paneles rectangulares y empezaron a disponer piezas conforme iban saliendo. El juego se fue volviendo cada vez más dinámico y rápido, conforme iban cogiendo habilidad en juntar las piezas de la mejor forma posible para tratar de rellenar los rectángulos. De esta forma, completamente enganchados a la partida, fue como se los encontraron la banda de atracadores. Al ver que no se inmutaban ni cuando un grupo de forajidos con la cara tapada entraban en el vagón, Carol decidió disparar un tiro al techo.

—Me alegra contar ahora con vuestra atención —dijo Carol a los asustados jugadores del juego de Tetrich.
—¿Qué es lo que desea? —preguntó Phileas Fogg, sin perder la compostura.
—Vaya, el señoritingo inglés quiere saber qué es lo que quiero, pues te lo voy a decir: ¡Quedarme con tus jodidos dólares y, si te pones gallito, meterte un tiro entre ceja y ceja!
—Lo siento, no tengo dólares, solo libras esterlinas, la moneda del Imperio Británico, el más grande del mundo.
—¡Ja, ja, ja! ¡Fíjate qué tonto es el tío! —se rio sonoramente Pat.
—¡Cállate Pat! —le ordenó Carol— Que todavía me acuerdo de tu cagada con el periodista…
—Es la banda de Carol la Bizca —le dijo entre susurros Cane a Aouda.
—¿Por qué la llaman la Bizca? —preguntó con inocencia la princesa india— No lo parece…

Disimuladamente y sin que la forajida lo viera, Cane se metió ambos pulgares entre los dedos índice y corazón de cada mano. A continuación, puso los puños a la altura de su pecho. Con el pulgar izquierdo apuntaba hacia arriba y a la derecha y con el pulgar derecho hacia abajo y a la izquierda. La princesa, como mujer que era, comprendió rápidamente el gesto y se sonrojó visiblemente. Desafortunadamente, Dick se dio cuenta en el último momento del gesto del chaval y lo levantó rápidamente, tirándole de la oreja.

—¡Fíjate en el mocoso este! Se estaba burlando de ti, Carol.
—¡Yo no me reía de nadie! Solo sé lo que dicen los periódicos.
—¡Los periódicos solo cuentan las mentiras que quieren sus dueños que leas! Espero que te acuerdes de lo que te digo —gritó una indignada Carol agitando su revólver ante la cara del asustado Cane.

En ese momento, una flecha entró por una ventana abierta, pasando entre Carol y Cane, y se clavó en la pared opuesta del vagón. A continuación, unas cuantas más entraron por las ventanas, obligando a agacharse a todos.

—Son indios arapahoe —indicó Phileas Fogg— originarios de estas tierras.
—No alardees tanto de saberte la Enciclopedia Británica, inglés estirado —le replicó Carol—. ¿Tienes revólver y sabes disparar?
—Por supuesto —respondió Fogg.
—Perfecto. ¡Todo el que tenga un arma que dispare a esos cabrones! —ordenó Carol— Como nos pillen, nos matan a todos y nos cortan la cabellera.
—¡Yo no sé disparar! —exclamó Aouda.
—Toma uno de los míos y aprende —dijo Carol con autoridad—. A los hombres los matarán enseguida, pero con nosotras se divertirán un poco, antes de hacerlo. Creo que ya sabes a que me refiero…
—Lo sé. ¿Qué hago? ¿Disparo al bulto?
—Eso es. Empieza apuntando a aquel de allí.

Aouda disparó a un indio que iba a caballo. Bueno, le quería disparar al jinete y le acabó reventando la cabeza a la pobre montura. El resultado es que de todas formas el atacante se quedó en el suelo malherido y aplastado por el animal muerto. Todos, ladrones y viajeros se apelotonaron en torno a las ventanas disparando a aquellos que se acercaban al tren. La mayoría de los indios disparaban flechas, pero unos pocos tenían también rifles. Esos eran los más peligrosos y todos los que disparaban desde el vagón trataban de apuntar contra ellos. Tetrich tenía buena puntería con su arma, tras haber cazado osos y alces durante muchos años en los territorios polares, y estaba dando cuenta de bastantes de ellos. Los inexpertos, como Passepartout, Cane y Aouda, tenían suerte si derribaban a algún indio de vez en cuando.

—¡El tren debe ir más rápido! —gritó Fogg.
—¡Tienes razón, inglés! —exclamó también Carol para hacerse oír entre el ruido de las armas de fuego— ¡Ve y díselo a los maquinistas! ¡Bob, tienes que ir a desenganchar el último vagón para que corramos más!
—¡Allá voy, Carol! —dijo un voluntarioso Bob, que había sido ascendido recientemente a amante de su jefa tras la caída en desgracia de Pat en esos menesteres.

Phileas Fogg llegó primero a la locomotora y allí se encontró a los maquinistas alimentando con carbón a la máquina, que ardía como los fuegos del infierno.

—¡Señores! ¡Hay que dar más potencia, nos alcanzan los indios!
—¡Ya lo sabemos! Si quiere que el tren corra más, tendrá que arremangarse y echar carbón como nosotros. ¡Ahí tiene otra pala! —dijo el jefe de maquinistas.
—¡Y suerte que tenemos carbón de sobra! ¡Si no habría que quemar hasta la madera de los vagones para escapar de esos cabrones! —añadió el ayudante, un joven muchacho lleno de carbonilla hasta las cejas.

Mientras Fogg se disponía a agachar la espalda para trabajar, por primera vez en su vida, Bob llegaba a la parte final del tren. Pensó en avisar al grupo de Mary’s Station para que salieran de ahí, pero los muy tontos no habían abandonado siquiera la partida de bridge para disparar contra los indios. “Que os follen, pringaos”, pensó Bob antes de desenganchar el vagón.

El tren, aliviado de peso y con una locomotora al máximo de presión de vapor, consiguió unas cuantas millas más por hora que fueron cruciales para escapar del peligro. Los caballos de los indios iban perdiendo fuelle y se fueron perdiendo en la lejanía. Mientras, Ogallala iba apareciendo en el horizonte y todos los pasajeros del tren portaban armas recién disparadas, por lo que Carol decidió sabiamente que era mejor quedar todos como amigos y escapar raudos en cuanto el tren llegase a la estación, aplazando el atraco para otro día.

—Bueno, hemos tenido suerte de librarnos de esos bastardos, ¿a qué sí? —dijo Carol, pensando especialmente en que el rifle del ruso sería letal a corta distancia— Es una pena que nos bajemos tan pronto, pero estáis invitados a una ronda de whiskies si algún día paráis en Cañon City. Siempre tendréis la gratitud de toda mi banda. ¡Vámonos chicos!
—Gracias por enseñarme a disparar —dijo Aouda a Carol.
—De nada y no dejes escapar a ese panoli inglés. Está coladito por ti —se despidió Carol mientras le guiñaba un ojo.

El resto, es historia: Fogg dio la vuelta al mundo, Cane fundó un imperio empresarial y un tataranieto de Tetrich triunfó programando el juego de su antepasado.

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Es verdad, que ya arrancamos.

Recomendaría reflotar el hilo allá el fin de semana, para que nadie se despiste. Y se sabe que la mayoría deja estas cosas para el domingo a última hora…

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Mañana creo que tendré tiempo para releer los relatos del compañero @kaluza5 e ir escribiendo algunas opiniones sobre cuál de ellos me parece más adecuado. Luego buscaré un tutorial de cómo hacer encuestas en el foro y si eso, lo encuestamos.

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A ver si mañana me leo alguno.

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Si lo encuestamos, yo le preguntaré si le gusta el pimiento.

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Me quedo de cabeza con Hay un lugar especial. Me parece el más entretenido, y los chisten en el infierno empresarial me gustan.

Recuerdos Completos es tan gamberro que me sabe mal dejarlo pasar, pero es un poco demasiado troll para el recopilatorio, creo, y me gusta más el segundo.

Del de Érase una vez en el salvaje Oeste recuerdo la condición, y me dio tanta rabia que no participé. Está bien escrito (aunque la parte de la periodista al principio está un poco metida con calzador, creo que no hace falta) pero la historia se basa en meter a las referencias a los personajes. Y tiene ahí un MeriStation que buuuuu noooooooooooooooo.

Así que me gusta Hay un lugar especial. No sé si en esto ofrecemos críticas o lo vamos a enviar tal cual, pero voy a decir dos: la primera, al inicio no hace falta poner “—replicó José a su mujer, Ana—” porque se entiende perfectamente quién está hablando. Y el salto de tortura a la clase lo veo muy abrupto. Me quedé confundido un rato. Como que es un salto muy inmediato a decir que es un demonio torturando a condenados, le habría dado un poco más de tiempo para respirar y dejarse asimilar.

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Ooops, qué tonta. Había visto los tres relatos de kaluza5, pero pensaba que era simplemente su elección de tres relatos, como ya habíamos hecho todos los participantes en este hilo y que. en vez de poner enlaces como algunos (y otros ni eso), los había copiado para tenerlos aquí para más adelante. No me he dado cuenta de que ya habíamos empezado. Yo no los había leído antes (como seguramente el 95% de las cosas), con lo que para mí todo será nuevo. Me los leeré en los próximos días con suma atención y diré cuál es mi preferido para el libro. :DD

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Yo tb pense lo mismo.

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Y por eso más arriba dije que sería bueno reflotar el hilo cuando llegue el finde :joy:

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Pues como no sé exactamente cómo va a funcionar lo de elegir los relatos de cada autor para la antología, voy a hacer una mini-valoración de los relatos de Kaluza5 y como son para publicar, entiendo que también se aceptan correcciones de los mismos. Pero lo dicho, que no sé si esto lo vamos a valorar así…

Recuerdos completos

Me ha resultado divertido y gamberro a partes iguales, con muchos detalles sobre la “actualidad”, que en un mundo onírico me parece muy fiel y adecuado a cómo funcionan realmente nuestros sueños: se mezclan fantasías con datos reales, de actualidad, cosas totalmente absurdas…

En cuanto a fallos que haya visto para corregir en caso de que este relato sea seleccionado:

  • Yo “Imdra” lo cambiaría por otro nombre un poco más diferente… por si acaso.
  • “style” debe ir en cursiva.
  • Cambiaría “delante nuestra” por “delante de nosotros”.
  • Y por último, creo que tras 2 puntos tiene que ir minúscula, pero es de esas cosas que no estoy seguro, así que dejo este apunte a revisión por el consejo de sabios, jejeje…

Hay un lugar especial

Para mí, el mejor de los 3 relatos. Me ha parecido sublime. Muy divertido, como el anterior, ver cómo funcionan los círculos del infierno como si fuera una empresa. Me parece un detalle muy bueno que haya un círculo específico para los de “ya te lo dije” y que ese sea el motivo del sufrimiento no sólo de la pareja, sino también de Astaroth.

Correcciones:

  • En el relato hay 3 “cómo” que deberían llevar tilde y no la llevan. Una al principio del relato y otras 2 precisamente cuando se nombra a Lucifer.

Érase una vez en el salvaje Oeste

Aunque también es un buen relato y está muy bien escrito, es el que menos me ha gustado de los 3, pero es simplemente una opinión personal debido a la temática del mismo, que me resulta menos atractiva. De hecho mi parte favorita del relato es cuando se presenta a los personajes del vagón que van a atracar, momento en el que el relato deja de ser típico del Oeste. Pero esto es un gusto personal que no desmerece en absoluto tu trabajo en este relato.

Correcciones:

  • “Bridge” debe ir en cursiva.
  • Hay 2 “conforme” muy seguidos, tanto que suena extraño y no es precisamente la palabra más común del mundo. Uno de los dos puede sustituirse por “a medida que”.

Y eso es todo. Si hay que votar o valorar de otra forma, ya lo haré de nuevo, jejeje… De momento, este es mi ranking de los relatos presentados por Kaluza:
1. Hay un lugar especial.
2. Recuerdos completos.
3. Érase una vez en el salvaje Oeste.

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En lo primero, cambia el condicional. Delante nuestra está mal dicho. Es algo que a mí siempre siempre se me escapa.

Y sí, tras dos puntos normalmente va minúscula. Creo que hay una excepción si luego empiezas una cita literal o algo así que va entre comillas y tiene que empezar con mayúscula, pero no es el caso aquí.

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Creo que querías decir que tras dos puntos sí va en minúscula, ¿no? Has escrito mayúscula. :stuck_out_tongue:

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Sobre Recuerdos Completos, lo he leído con una sonrisa de oreja a oreja de prinecipio a fin. Sin leer los otros dos relatos (luego lo haré), este podría ser un perfecto candidato para el libro. Si los otros son aún mejores, me alegraré por mí, pero este ya es lo suficientemente bueno como para entrar en cualquier lado. ;DD No me gusta demasiado la escena de Jorge con los brazos arrancados de Antonio Recio, pero qué le vamos a hacer. Lo que sí que quiero poner aquí son los fallos ortográficos que tienes que cambiar ya para dejarlo mejor. No son discutibles ninguno, hay que arreglarlos. ;DD

-“que los técnicos sanitarios no podían contralar a la joven”= Gazapo, “controlar”
-“y algunos más que no recuerdo quienes eran”= Tilde, “quiénes”
-“en la última edición de supervivientes”= Gazapo, el programa con mayúscula, “Supervivientes”.
-“Era la crónica de una explosión anunciada: Un enorme cuesco se abrió paso”= “un enorme”, minúscula después de :
-“los guardias de frontera se pusieron a extinguir el fuego y ayudar a los quemados.”= “Y a ayudar” diría yo.
-“Mi mente empezaba a dar vueltas sin saber que hacer”= Tilde, “qué hacer”
-“vimos una luz al fondo, en un abertura al exterior”= Gazapo, “una abertura”
-“y desde allí pudimos ver como llovía por toda Almería.”= Tilde, “cómo llovía”

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Lo de Delante mío, nuestra, etc, es muy coloquial, y hablando siempre se suelta alguno, pero el posesivo no se usa en esos casos.

Siempre es delante/detrás de mí, de ti, de él, de nosotros, de quién sea. Ponerlo de otra forma al escribir queda fatal y me chirría mucho al leerlo.

Yo lo que nunca entenderé es que haya tíos que digan “delante mía” usando el posesivo femenino… Será eso lo que llaman género fluido?

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