Antología de relatos (no comentar: sólo relatos y votos)

Primeros síntomas de narcolepsia
Estaba en una playa paradisíaca de esas con palmeras y arena blanca, descansando en la orilla, el agua rozaba mis pies. Empezaba a oírse un ruido ascendente, un sonido de turbinas, se veía a lo lejos un avión que había perdido el control, ¿era un avión de Oceanic? El avión estaba a punto de pasar sobre mí cuando pegué un salto en la cama y abrí los ojos, pasaron segundos hasta que me dí cuenta de que el ruido era el despertador de la radio, la emisora se había desintonizado y sonaban interferencias.
La radio llevaba sonando un buen rato, pero estaba durmiendo tan profundamente que no me había despertado. Genial, primer día después de las vacaciones y llego tarde.
Al coche le costó arrancar, normal, llevaba dos semanas aparcado en la calle y empezaba a hacer algo de frío por las mañanas, era un coche viejo, siempre me daba problemas la batería, a ver si me subían el sueldo y me podía permitir comprar otro.
Llegué quince minutos tarde, intenté entrar por la puerta del lateral para disimular, con tan mala suerte que el jefe había salido a fumar, siempre fumaban en el lateral para no dar mala imagen en la puerta principal, pero pensaba que el jefe no fumaba, no llevaba mucho tiempo en la empresa como para saber esos detalles, y me pilló de lleno.

—Hombre, Picateclas, ¿qué tal las vacaciones? ¿Se nos han pegado las sábanas?
Asentí con una sonrisa falsa y le expliqué que a mi coche le había costado arrancar, que a ver si me hacían un contrato indefinido y podía comprarme uno nuevo. Puso cara de circunstancia, mala señal.
Llegué a mi mesa, encendí el ordenador y sorpresa, o no, mi compañero gustaba de cambiarme los fondos de pantalla y me ponía imágenes de taxidermias realizadas con más pena que gloria, cuando lo miré observaba mi reacción sonriendo, las primeras diez veces tuvo gracia, ahora era un poco raro, empezaba a pensar que estaba un poco perturbado, le devolví la sonrisa por compromiso.
200 correos sin leer, la mañana sería larga y no me había dado tiempo a tomar café. Informes semanales, pedidos, facturas… Tenía mucho sueño, mi reloj biológico se había acostumbrado a dormir de dos a doce. Los párpados me pesaban y me costaba enfocar la vista… El avión finalmente se estrelló, restos del fuselaje por todos lados al impactar en la arena, gente sangrando y corriendo desorientada, reconocí a Jack y a Kate. De repente una explosión de uno de los motores, ¡Pum!, me desperté con el ruido, alguien había dado un golpe en mi mesa, Dios, iba a darme un infarto si seguía despertándome así.

—¿Tienes sueño Picateclas? A lo mejor deberías haberte quedado en casa —me dijo el jefe medio en broma medio en serio. Segunda metedura de pata del día.
Me hice un café e intenté pasar la mañana como pude.
Después de comer me senté en un pequeño sofá que había en la cocina de la oficina a ver la televisión un rato, estaban echando las noticias, el tema de Cataluña, para variar, creo que pegué otra cabezada porque me pareció ver a Charlie, el de Drive Shaft, entrar a la cocina y hacerse un sándwich de mantequilla de cacahuete.
Después de una tarde agitada, contestando al teléfono y haciendo recados, por fin llegó la hora de irse a casa. Había una hora de mi casa al trabajo, el camino era monótono, lo había hecho tantas veces que casi ponía el piloto automático, algunas veces cuando hablaba por el manos libres llegaba a casa sin siquiera darme cuenta del recorrido, esos aparatos eran un peligro.
Todo pasó en cuestión de segundos, algo se puso frente a mi coche, dí un volantazo, craso error, rompí el quitamiedos y mi coche salió de la carretera dando vueltas de campana por el barranco. Cuando el coche dejó de girar estaba panza arriba y el cinturón atascado.
¿Qué había sido eso?, parecía el Humo Negro, era una locura, ¿había dado otra a cabezada o los sueños estaban invadiendo mi realidad?. Noté como la sangre goteaba de mi cabeza, el techo se había hundido, no veía mi móvil, probablemente había salido despedido por una de las ventanas que llevaba abiertas para despejarme y con él, mis posibilidades de pedir ayuda.
Miré hacia arriba, ni siquiera me dolía pero la cantidad de sangre que había en el techo era escandalosa, ahora sí tenía sueño, y frío. Poco a poco me fui sumiendo otra vez en ese sopor que había estado persiguiéndome todo el día, el cansancio era insoportable y empecé a escuchar las olas, abrí los ojos y allí estaba Jack, curándome una pequeña herida en la cabeza y diciéndome que no me durmiera, que probablemente tenía una contusión.

Condición: Un relato acerca del primer día de trabajo después de las vacaciones y debe transcurrir todo en ese primer día

Referencias a: Perdidos(serie de TV)

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La betaespera

Jessica se despertó en casa de Carlos. Esperaba tener suerte esta vez y quedarse embarazada. Ya había quedado con varios chicos durante los últimos meses, pero sin resultados. Después de la cumbre donde todos los países pactaron la política de un solo hijo, era difícil encontrar alguien que no fuera estéril. La dependencia emocional era secundaria. Respondíamos a una necesidad biológica de perpetuar la especie, pero más de la mitad de la población no podía tener hijos. Las niñas sufrían infinidad de problemas relacionados con desajustes hormonales que les impedían quedarse embarazadas en su etapa adulta, y el esperma de los hombres era de peor calidad a cada década que pasaba. El sedentarismo y la contaminación ambiental habían hecho que la naturaleza aplicara su propio control de natalidad en el hemisferio norte.
Para combatir la contaminación ambiental, el impulso de los coches eléctricos fue un fracaso, y no porque no se vendieran, sino porque no se habían calculado correctamente los recursos necesarios para sustituir todo el parque. La gente empezó a comprar coches eléctricos obligada por el Gobierno Global (G.G.). No prohibieron los coches de combustión, pero en esencia era lo mismo. Empezaron a aplicar sanciones abusivas a cualquier vehículo que sobrepasara las emisiones cero, debido a la exponencial aceleración del cambio climático y el aumento de las temperaturas de los mares que aun así terminó por desertizar medio planeta.
Pero la tecnología no estaba lo suficientemente avanzada aún. Las reservas de litio que se necesitaban para las baterías de los coches eléctricos no eran suficientes para cubrir la demanda, y no había dado tiempo a mejorar otra alternativa competitiva. Al fin y al cabo, el G.G. era tan incompetente como los gobiernos independientes de los países que lo precedieron, solo que ahora nos equivocábamos todos a la vez y las consecuencias se producían a lo grande.
El G.G. surgió después de la 3ª Guerra Mundial, que comenzó por un pequeño bloqueo comercial entre varias marcas de tecnología low cost de EEUU y China que se fue de las manos.
Aun así, Jessica estaba decidida. Según diversos estudios, y teniendo en cuenta la esperanza de vida actual en el hemisferio norte, el planeta no colapsaría al menos hasta dentro de dos generaciones, suficiente para que su hijo pudiera vivir y morir de forma natural.
Había encontrado a Carlos en una página de contactos breves. No fumaba, hacía deporte, tenía estudios universitarios y adjuntaba a su ficha un estudio genético que aseguraba casi al 100% que no poseía ninguna enfermedad genética heredable. Por lo demás, a Jessica no le pareció que tuviera ninguna tara en las distancias cortas. Durante la cena fue amable y mantuvieron una conversación amena. Las páginas de contactos breves eran la mejor opción para ella: hombres jóvenes, fértiles y sanos, que se ofrecían para procrear a cambio de dinero. Había tenido una pareja estable durante algo más de siete años, con la que cometió el error de pensar que cambiaría de idea con respecto a tener niños conforme la relación se fuera consolidando y viera la ilusión que le hacía. Ella tenía esperanza, pero él era un extincionista convencido, y ahora ya no tenía tiempo de buscar una aguja en un pajar.
Era la segunda noche que se acostaba con Carlos después de su pico de LH este mes, y dentro de semana y media podría hacerse el análisis de sangre para saber si había habido suerte.
El décimo día fue a la clínica y le tomaron la muestra. Le dirían los resultados a lo largo del día, así que al volver del trabajo encendió la televisión para matar el rato. Hizo zapping hasta que se dio cuenta de que en varios canales de noticias estaban dando lo mismo. Habían hecho un agujero en el muro que separaba el Sur del Norte. Aquello que había temido durante tanto tiempo estaba sucediendo: el Sur se había rebelado contra el Norte, extenuado por el hambre y la miseria y sin nada que perder. Al parecer llevaban varios meses cavando un túnel en una zona en la que la guardia del Norte era especialmente vulnerable a los chantajes y corrupción. Al fin y al cabo, estaba formada por exsureños que ayudaron a construir el muro en su momento. Cuando consiguieron pasar por el túnel, pusieron una bomba e hicieron una apertura por la que podía pasar un camión con la suficiente holgura. Las imágenes por televisión mostraban cómo estaban entrando por millares, portando el armamento con el que el Norte los había surtido para que guerrearan entre ellos desde hacía décadas. No mostraron las imágenes, pero por la ausencia podía deducirse que habían matado o capturado a los guardias, y la segunda opción no parecía muy probable dado que no tenían alimentos como para hacer rehenes. Eran tantos que, aunque armados, por cada disparo de los guardias habría diez sureños echándoseles encima.
El teléfono sonó y sobresaltó a Jessica. Era de la clínica, la beta era positiva.

Condición: Ecología

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Votos relatos Melon:

  • A lo mochilero por Europa
  • Primeros síntomas de narcolepsia
  • La betaespera

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Crónica de un tropiezo anunciado

Sergio Martínez tenía un récord increíble, uno del que estaba muy orgulloso. En su barrio todos le saludaban, alguno incluso le hacía la zancadilla para ponerlo a prueba. Solía ocurrir por la naturaleza de su récord, pues Sergio nunca se había tropezado. Ni una vez. Jamás, ni siquiera metafóricamente. Tampoco durante la infancia: más que un niño, los señores Martínez habían tenido un muñeco tentetieso.

Llevaba doce mil diecisiete días sin tropiezos, pero todo indicaba que el récord no pasaría de ahí. Sergio tenía siempre un gesto de superioridad, con una sonrisa tan amplia que parecía tener dientes de más, y era un secreto a voces que un sector del vecindario se había cansado de tanta prepotencia. Para ponerle punto y final, habían preparado cuerdas, una estampida de ñus y varios futbolistas famosos por sus sádicas entradas.

La mañana empezó tan temprano que para muchos aún era la noche. Sergio se levantó de la cama de un salto, eludió el campo de minas que formaban todos sus calzados desparramados y se dirigió a la salida, haciendo escalas en el lavabo, la cocina y el armario. Vivía al límite, así que bajó por las escaleras pese a tener ascensor.

Al llegar a la calle, sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca, teniendo la extraña sensación de que un elefante tropezaba con su tumba. Algo iba mal. Demasiado silencio. Por un momento creyó que iba a ser presa de una emboscada que acabaría con su récord. Y lo cierto es que ahí estaban los vecinos que habían orquestado la que sería su gran caída, pero estaban todos inmóviles. Nadie tiró de las cuerdas, que Sergio sorteó sin problemas; nadie espoleó a los ñus para que corrieran desbocados; nadie abrió las jaulas donde los rabiosos futbolistas ansiaban tibia y peroné.

El porqué de tan tensa escena era la presencia de un ser de imposible existencia. Era menudo y peludito, mitad blanco, mitad marrón, con ojos grandes y unas orejas inmensas que tenían un aspecto similar a las alas de un murciélago. De verse en televisión, uno habría dicho que resultaba simpático y encantador, pero tenerlo delante era muy distinto. La razón y el sentido común les decían que no era posible, que debían de haberles metido drogas en el desayuno. Y aquélla fue la perdición de Sergio, porque era capaz de prever todo lo probable, pero aquel monstruito era la incógnita que fastidiaba toda la ecuación. Un paso en falso. Un pie que tocó aquel ser de fantasía. Un tambaleo con pérdida de equilibrio. Y una acera que recibió con los brazos abiertos el rostro de Sergio, poniendo fin a lo que más quería.

Ni así le prestaron atención, ni siquiera cuando maldijo a aquella cosa a todo pulmón. El suceso sólo sirvió para que los vecinos salieran del trance y reaccionaran y soltaran frases como «¿Pero qué demonios es ese bicho?», «¡Nunca había visto nada tan raro!» o «¿Alguien sabe si este bus para en el centro?». Bueno, ese último seguramente no reparó en la criatura, así que es mejor que no le prestemos atención.

Uno de ellos se percató de que aquel ser se había herido tras el choque y no dudó en recogerlo y llevárselo a casa para curarlo, desoyendo todas las advertencias. Su acto de buena fe pronto tuvo sus beneficios: descubrió fortuitamente que el monstruito se multiplicaba si se vertía agua sobre él, así que decidió comercializarlo. El negocio no duró mucho, como es lógico, pues el secreto se descubrió más pronto que tarde. Desde ahí la cosa se descontroló porque todos quisieron comprobar por sí mismos la maravillosa reacción que producía el agua. El hecho de que lloviera durante una semana no hizo más que empeorarlo y pronto hubo más de ellos que de humanos; y todos comían y defecaban, así que la situación se volvió insalubre y no hubo más remedio que evacuar la ciudad mientras se elevaba a la categoría de plaga a esos seres. El ejército no tardó en intervenir con intenciones asesinas, pero de poco sirvió cuando uno de esos encantadores invasores cayó al mar. El resto os lo podéis imaginar.

Y en medio del más adorable apocalipsis, ajeno al fuego, el humo y los gritos, Sergio se lamentaba por haberlo perdido todo, pues no podría repetir su récord de ningún modo.


Condición: Que el o la protagonista se caigan en medio de la calle al tropezar con un ser de fantasía (me vale cualquiera, desde un pitufo hasta un unicornio) y la gente se de cuenta como el protagonista en ese momento de que es real, y a ver qué ocurre a partir de ahí…

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Caminante

Mm… Estoy caminando. No sé muy bien por qué lo hago, pero camino. Y es como si me acabara de despertar, aunque es evidente que no es así. Lo más raro de todo es que no me siento extraño, simplemente… Bueno, camino. Y diría que no muy bien, ¿siempre lo he hecho así? Tengo la impresión de que muevo los músculos y uso el equilibrio en modo manual. Ah, no. No es que haya medio olvidado cómo se camina, es que tengo un cuchillo de cocina atravesado en la pantorrilla de la pierna derecha. Supongo que debe de haber seccionado algún músculo, nervio, tendón…

Y sigo caminando durante un buen rato antes de caer en la cuenta de que un cuchillo ubicado así en la pierna debería hacer mucho daño, pero no me duele. En el fondo no me molesta que esté ahí; no veo por qué sacarlo, así que el cuchillo se queda donde está.

Mi mente está espesa. Como si me costara reunir conceptos y juntarlos para convertirlos en pensamientos e ideas complejas. Me cuesta centrarme en algo, salvo en caminar. Miro a mi alrededor y veo edificios bajos, con tejados rojizos; parecen los de una población costera del Mediterráneo. Un buen rato después, decido que probablemente se trate de una población costera del Mediterráneo. Se lo preguntaría a alguien, pero no se ve ni un alma. Tampoco estoy seguro de que recuerde cómo se hace para hablar: tiene pinta de ser algo más complicado que caminar.

Poco después tengo la impresión de que algo se mueve al fondo de la calle, pero cuando intento prestar atención sólo alcanzo a escuchar cómo unos pasos se alejan apresuradamente. Y justo cuando me olvido de eso, seguramente en pocos segundos, escucho un grito de alarma, luego unos sonidos ininteligibles, como si fueran en un idioma inventado, y finalmente un grito mucho peor que el anterior, desgarrador.

Cuando vuelvo a centrarme en mí, me percato de que estoy caminando y acelerando un poco el paso hacia la fuente de ese grito. No hay ningún motivo en especial por el que lo haga. No siento curiosidad ni ningún tipo de necesidad: simplemente mi cuerpo ha reaccionado así.

No tardo en girar la esquina y ver a alguien, que tiene pinta de cadáver, mordiendo con ansia el cuello de un chico que está tumbado en el suelo, totalmente quieto. La sangre rodea la escena con un charco cada vez más amplio. Ni por un segundo me siento mal, y eso que suelo ser bastante aprensivo con la sangre de los demás. Entonces un alarido de terror me saca del lento proceso de atar cabos y mi cuerpo pega un acelerón hacia el origen, que resulta ser una joven de… pues no sabría decir. Pero no es su edad lo que quiero saber, sino cómo es por dentro. Es un pensamiento extraño, ni siquiera sé por qué lo tengo, nunca he sido violento y ésa es una idea de psicópata, pero es… bueno, es lo que hay. Y apunto estoy de agarrarla y descubrir qué es lo siguiente que tengo que hacer, pero la joven reacciona y sale corriendo sin mirar atrás.

Camino tras ella. Todo lo rápido que puedo. Un paso, otro. Pero ella es más ágil. Intento pedirle que se detenga, pero sólo me sale un quejido gutural que no significa nada. Ella vuelve a decir algo incomprensible, aunque por el tono parece que está blasfemando. Entonces gira otra esquina y, tras una serie de chirridos y un golpe, sólo escucho mis pasos. Un paso. Otro paso. Otro…

No sé muy bien por qué estoy caminando, pero camino. Supongo que es lo que tengo que hacer y punto. Y así llego hasta unas murallas e identifico el olor del mar, y con él, me vienen ideas en tropel. Puede que fuera hace mucho, o sólo unas horas, pero estaba de vacaciones allí con Sara, en… en Croacia. Claro, esos muros son de Dubrovnik. Recuerdo pasear por la muralla, disfrutando de las vistas de una antigua ciudad-estado del Mediterráneo. Y me viene a la mente algo que le dije a Sara en broma, y es que esa ciudad amurallada sería perfecta para sobrevivir a un apocalipsis zombi. Y tengo la sensación de que hay otra idea intentando formarse desde el pasado, pero un estruendo me devuelve al presente.

Me giro hacia el sonido, porque no puedo evitar reaccionar a todo sonido que se salga de lo que ahora es normal, y atino a ver a dos hombres con armas de fuego. Estoy seguro de que en otras circunstancias sería capaz de identificar el modelo, pero ahora mismo sólo son armas de fuego. No me han visto, porque están atareados disparando a personas que parecen cadáveres andantes, así que para cuando escuchan mis pasos ya es tarde y agarro a uno por la espalda y le muerdo en el hombro tan fuerte que la ropa no le sirve de mucho. Al poco, los cadáveres se unen a mí, agarrando también al otro hombre. Gritan mucho y no es hasta que llevan un rato en silencio que todos perdemos el interés por ellos.

Volviendo a caminar, pienso que quizá sí soy un psicópata, porque no he sentido nada. Ni antes, ni durante, ni después de hacerlo. Es lo que tenía que hacer y ya está. Eso me hace recordar y comprendo que quizá es por eso que no le guardo rencor al que me convirtió en lo que soy ahora.

En algún momento de mis vacaciones con Sara hubo un brote infeccioso: la gente afectada se volvía taciturna, lenta, pero también enajenada y asesina. Era algo imparable y crecía de forma exponencial. Recuerdo que nos quedamos en la casa de huéspedes que llevaba una simpática mujer, la cual se fue a comprobar cómo estaba su hija y nunca volvió. Y, aunque salteadas, me vienen las imágenes de Sara diciendo que nos estábamos quedando sin comida y que había que salir a buscar; rememoro cuando estábamos de acuerdo en que fuéramos tras las murallas, donde seguro que estaríamos a salvo de toda esta locura; y también me recuerdo a mí mismo, cogiendo los cuchillos más grandes de la cocina para defendernos. Íbamos de camino cuando uno de ellos nos sorprendió. Cogió a Sara, pero no le hizo nada porque lo impedí: le agarré y acabamos los dos por el suelo, evitando que me mordiera, y entonces Sara golpeó a esa cosa con algo contundente y le rompió el cráneo con un gran estallido de sangre que nos salpicó a ambos, a mí en toda la cara. Aquel cadáver no se volvió a mover y nosotros nos apresuramos hacia las murallas. La última imagen que me viene a la mente es la de ella, ayudándome a sentarme porque me encuentro mal y me he caído al suelo. Había preocupación y miedo en su rostro.

Vuelvo a ser consciente del presente y estoy caminando. Intento retener en mi cabeza las imágenes de Sara, pero es como intentar coger el humo con las manos. Por mucho que intento centrarme, la idea se me escapa como si estuviera impregnada en aceite. El automatismo que ahora gobierna mi cuerpo me insta a caminar, a reaccionar a los sonidos y a atacar a toda persona que vea. Así que para cuando me doy cuenta me he unido a un pequeño grupo de cadáveres que está golpeando la barricada construida en un acceso secundario de la ciudad vieja amurallada.

No tardan en acudir hombres armados, que se asoman, disparan y golpean a los cadáveres, pero a mí no me dan. Ni los otros ni yo nos detenemos, y el jaleo parece llamar la atención de más, porque nuestro número aumenta y empezamos a tenerlo más fácil para trepar según se amontonan los cuerpos. Pero aunque tengo el fugaz pensamiento de escalar, no lo hago; no sé cómo se hace para usar mis manos para apoyarme y coordinar el movimiento de brazos y piernas con lo que veo.

Escucho gritos y esta vez entiendo algo. Entre la muchedumbre que se acerca hay un grupo de gente que habla en un idioma que comprendo: no quieren impedir que entremos, quieren apartarnos para poder salir ellos.

Y entonces una brecha. El empuje de la horda que se ha juntado ante la entrada es suficiente para que algunas tablas se rompan, y entonces, uno a uno, mi grupo empieza a adentrarse en lo que hasta hacía poco parecía un refugio inexpugnable. Los primeros en acceder caen a golpes, pero al final uno consigue morder a alguien, que es presa del pánico y deja que otros entren. El ruido no hace más que crecer y crecer. Gritos, golpes, alaridos… No sólo junto de la barricada, sino también en el interior de la ciudad vieja. Cuando consigo entrar y camino hacia las víctimas con agresivas intenciones, veo cómo otro grupo de cadáveres andantes está empujando a las personas hacia nosotros. No tienen ninguna salida; ninguna oportunidad.

Sigo caminando. Estoy en el interior de las murallas. Diría que he visto movimiento en algunas ventanas, pero nada claro, y no hay ningún sonido que requiera mi atención, así que sigo avanzando hasta que escucho un disparo, y entonces me encamino en esa dirección. Parece que hay otro enfrentamiento cerca.

Cuando llego, veo que hay un grupo que se defiende junto a la entrada de un gran edificio, y los cadáveres están ganando. Es irremediable: cada vez que una persona muere, es otro que se suma a nuestras filas.

Me uno a ese caos de cadáveres asesinos y humanos, los cuales se defienden como pueden antes de sucumbir. Mato a un par y continuo a por el siguiente. Y entonces la veo. Sara. Y ella me ve y hace como yo: suelta a la persona que había agarrado y fija su atención en mí. Nos reconocemos, y entonces los recuerdos vuelven inundar mi mente y el humo se solidifica y es fácil agarrarlo y mantener las ideas al alcance. Empezamos a andar uno hacia el otro, yo con mi extraño caminar por culpa del cuchillo con el que ella se defendió; ella renqueando por culpa de un tobillo roto. A nuestro alrededor hay caos, violencia, sangre y muerte, pero es algo ajeno a mí; sólo quiero llegar hasta ella.

Finalmente llegamos a estar uno frente al otro y, a tientas, como si no supiéramos cómo se usan las manos, nos tocamos. Con una infinita torpeza, nuestros dedos se entrelazan y un par de ellos putrefactos caen al suelo y no sé muy bien si son míos o suyos, pero tampoco importa.

Paso a paso, cogidos de la mano, llegamos al puerto. Vemos a muchos huir a nado por mar porque ya no queda ni un solo barco. No hacemos ademán de perseguirlos, en vez de eso nos quedamos quietos y vemos la puesta de sol y cómo el mar y el cielo van cambiando de color.

Puede que mañana volvamos a seguir nuestros nuevos instintos y nos dediquemos a matar a los cientos de supervivientes que debe de haber escondidos en las muchas callejas de la ciudad, pero ahora mismo eso no importa. Estamos juntos.


Condición:

1 El relato ha de estar ambientado en el presente y en un país que no sea España, Estados Unidos o Inglaterra. Escocia, Gales e Irlanda valen. En caso de que el concursante no resida en España (caso de Isolee, fireshot y nomada estelar, por ejemplo), su pais de residencia tampoco sería válido.

La ambientación ha de ser mínimamente relevante en el relato. No basta con decir “estaban en París”. Como mínimo, que se queden en la torre Eiffel al atardecer.

Nada evita que el protagonista sea de una de esas nacionalidades.

2 La narración ha de estar en presente, ya sea en primera o tercera persona.

Puede haber algún flashback en pasado y cosas así, pero la mayor parte del relato tiene que estar en presente. Vosotros me entendeis.

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Desaparecidos

Cuando Johan salió de la reunión su semblante era oscuro. El que era su jefe, al menos hasta el final de la semana, le había dejado las cosas claras: era su última oportunidad de conseguir cerrar un caso. Johan sabía todo lo que eso implicaba: no era sólo quedarse sin trabajo, lo que de por sí traería una serie de consecuencias que acabarían explotándole en la cara; también suponía reconocer que no tenía talento para lo que siempre había querido ser. Johan era detective y también bloguero, y relataba historias de casos cerrados por la agencia donde trabajaba. Hasta la fecha, ninguno de los artículos había sido sobre una investigación propia.

Abandonó el edificio con una sonrisa. Se sentía animado y con esperanzas tras insuflarse a sí mismo una dosis de «todo va a salir bien», para poder sobrellevar los problemas y seguir adelante un día más. Después de todo, tenía entre manos un posible caso de desaparecidos en situaciones misteriosas. Llevaba trabajando en ello desde hacía una semana, y no parecía que el caso hubiera despertado el interés de nadie, así que esperaba poder dar la campanada.

Tenía su primera entrevista esa misma mañana. Como no tenía coche, decidió que iría en autobús, que no tardó en aparecer. Como solía hacer siempre antes de subir a un transporte público, miró su reloj y comprobó que había llegado justo a la hora. Bien, sin los habituales retrasos. El día iba mejorando, se dijo con actitud positiva.

Tuvo que esperar a casi mediodía para poder hablar con el barrendero con el que había quedado. Tras presentarse y cruzar unas palabras cordiales, Johan se puso a indagar:

—¿Le conoce bien?

—¿A Patrick? Qué va, coincidí con él algunas noches. Creo que nadie de la empresa le conocía realmente. Era un poco, ya sabes, un bicho raro. Parecía siempre asustado cuando le hablabas.

—¿Tenía motivos? ¿Alguien le amenazó?

—No. Nadie. Era un poco lunático, eso es todo. A la mayoría no nos sorprendió que dejara de venir de un día para otro. Seguramente no tenía amigos.

—Habla de él en pasado… —señaló con suspicacia.

—La gente como él no desaparece sin motivos. Seguramente habrá ido a un bosque a suicidarse, para no ser molestado… o no molestar.

Del resto de la conversación no extrajo ninguna información relevante, pero aún quedaba mucho día y esa misma tarde tenía una cita con otro testigo, relacionado con otra persona desaparecida. Así que su ánimo no decayó.

Esta vez subió hasta un quinto piso sin ascensor para hablar en el rellano con un universitario que unas semanas atrás se había quedado sin compañero de piso.

—Pues sí, se largó y me dejó tirado. Y sin pagar dos meses —dijo el estudiante, bajando la voz al hablar del alquiler—. Nos dimos las buenas noches y por la mañana ya no estaba.

—Y no tiene ni idea de adónde pudo haber ido, ¿no?

—Si lo supiera ya le habría enviado un par de matones… Eso último es broma, eh —añadió por si las moscas.

—¿Observó en él algún cambio en la conducta antes de que desapareciera?

—No realmente… Es decir, éramos compañeros de piso y sólo hablábamos lo justo, pero llevaba un par de meses como deprimido, ausente. Siempre le tenía que repetir las cosas porque estaba en las nubes.

—Deprimido, comprendo.

—Espere. ¿Está insinuando que…? Oh, mierda, entonces aquello…

—¿A qué se refiere con «aquello»?

—Siempre pensé que se trataba de dinero, de que me había timado, pero lo de la página web… Supongo que quería evitar ponerme en lo peor. Verá, hará cosa de un mes le dejé mi ordenador y luego me dio por curiosear el historial, y entre cosas de la universidad había una página web de suicidas. No le di importancia porque pensé que era en plan broma, para los que les gusta las cosas morbosas, pero… Dios, tiene sentido, ¿no?

Como esas entrevistas tuvo otras tantas en los tres días posteriores. Todos casos aparentemente aislados pero que Johan se empeñaba en relacionar en sus pesquisas. Su jefe le pidió un informe provisional de la investigación y le planteó la teoría de que podía tratarse de alguien que incitaba al suicidio a los más deprimidos, o incluso que se trataba de un asesino que los seleccionaba para darles caza. A su jefe no le convenció ni lo más mínimo y se limitó a recordarle el plazo.

Cuando salió del despacho, Johan intentó administrarse de nuevo una dosis de «todo va a salir bien», pero esta vez tuvo que hacer un gran esfuerzo mental para poder creérselo. Por suerte, tenía el día bien planificado y pronto estuvo demasiado ocupado como para pensar negativamente.

Dedicó la mañana a inspeccionar noticias locales, foros y blogs particulares, para hacer un listado de todo tipo de desaparecidos en los últimos dos meses. En su búsqueda, descubrió más casos con circunstancias similares, pero con algo distinto: muchos reaparecieron, sin más. Valía la pena investigarlo.

Tuvo la suerte de conseguir quedar con uno de esos reaparecidos aquella misma tarde, lo cual le ayudó a recuperar la actitud optimista.

—Lo cierto es que sí, me sentía un poco triste entonces —contestó el chico cuando Johan sacó el tema de las depresiones—. Ese día me sentía un poco perdido, porque apenas era capaz de escribir, y cuando lo hacía, todo era malísimo. ¿Nunca ha tenido la sensación de que, bueno, se le ha terminado el talento que tiene para algo? Para siempre, me refiero.

Johan no contestó, se limitó a formular la siguiente pregunta:

—¿Y esa noche fue cuando usted desapareció?

—Sí, pero no lo recuerdo. No sé dónde estuve esos tres días ni qué estuve haciendo. Sólo sé que después, cuando me encontraron, me sentía extrañamente bien. Como si todo encajara, similar a cuando uno tiene un bonito sueño que, aunque no lo recuerde, le deja impregnadas sus buenas sensaciones para todo el día. Así estoy yo desde entonces.

«Y tanto que era extraño», pensaba Johan volviendo a casa. Y más sorprendentemente extraño le pareció cuando descubrió, en los dos días que siguieron, que había más personas en la misma situación que el escritor. Como la joven del gran historial de amores tóxicos, a la que sus propias amigas describían como alguien que le gustaba sufrir y ser utilizada por chicos guapos para poder protagonizar su propio drama. Aquella joven, sin embargo, volvió de un lugar que no recordaba con una actitud muy distinta, y poco después conoció a un chico del montón pero que era bueno con ella y la hacía feliz.

La gente parecía desaparecer para luego volver cambiando sus sentimientos de pena por otros alegres. Su instinto de detective le decía que no era natural. Teorizó sobre la posibilidad de que estaban siendo secuestrados para ser sometidos a algún tipo de manipulación mental, de la misma forma que antaño se practicaban lobotomías como tratamiento para la depresión. Quizá todo estaba relacionado y no había nadie incitando al suicidio ni un asesino en serie. ¿Y si se trataba de la investigación de un tratamiento y estaban usando a humanos secuestrados para sus experimentos? Alguna droga, una que no siempre funcionaba y terminaba con los sujetos de pruebas en la morgue y sin que se supiera más de ellos, y hacían creer que se habían suicidado en secreto para no tener que dar explicaciones.

En la cabeza de Johan todo encajaba y tenía sentido, pero necesitaba más tiempo para poder indagar y encontrar pistas. Así que no dudó en presentar la historia tal cual a su jefe y pedir una ampliación del plazo:

—Necesito al menos tres semanas más… ¡Dos! ¡Dos semanas será suficiente! En ese tiempo encontraré indicios de los secuestradores. Estoy seguro de que hay una clínica, un laboratorio secreto donde llevan a las víctimas para hurgarles en el cerebro y…

—¿Tres? ¿Dos? —interrumpió el jefe de detectives—. Te los voy a dar, pero en horas. Es lo que te queda de jornada y quiero que las uses para recoger tus cosas y dejar la mesa despejada. Se acabó, Johan. Estás despedido. Se te da bien escribir en el blog, pero escúchate: pareces un loco de la conspiración. Secuestradores que hacen lobotomías sin permiso… Tienes inventiva, lo reconozco; quizá deberías probar como guionista de televisión, porque te falta el talento para ser detective.

Johan salió del despacho sin decir nada más. Se dirigió a su mesa y empezó a meter maquinalmente sus cosas en una caja de cartón. En aquel momento se sentía como un observador y se veía a sí mismo como si fuera otra persona. Habían despedido a alguien por no tener talento en lo que siempre había soñado, pero no podía ser a él.

No había dosis de «todo va a salir bien» que funcionara. Cuando se percató, ya estaba vagando por las calles. Había ido en automático durante lo que podían haber sido horas. No sabía en qué momento había ocurrido, pero recordaba haber llamado por teléfono a su novia para contarle lo sucedido; también lo fría que ella había estado cuando le dijo que tenía mucho en lo que pensar. Johan sabía que, tras fracasar laboralmente, los planes que tenían en mente iban a ser difíciles de conseguir, y ella se lo merecía todo y quizá era mejor si su futuro lo vivía sin él…

Caminaba abatido, con la mirada al suelo, así que no tardó en descubrir las vías. No recordaba que hubiera vías en aquella calle, ya que el tren tenía el paso a nivel mucho más abajo, pero no le dio importancia. Al poco apareció una vieja locomotora a vapor que tiraba de tres vagones de pasajeros con las luces apagadas. El tren se detuvo justo delante de él. Instintivamente, Johan miró su reloj, que marcaba las 0:00. Medianoche.

Antes de que le diera tiempo a pensárselo, ya estaba subiendo. El tren se puso en marcha en cuanto se cerraron las puertas. Descubrió que el interior era mucho más amplio y luminoso de lo que era aparentemente desde el exterior. Le vino a la mente la idea de que seguramente tenía muchos más vagones de los que se veían desde fuera.

—Bienvenido —dijo un hombre a su espalda.

—Hola.

—Estás en el tren de medianoche —dijo, contestando la pregunta que Johan se hacía pero no tenía ánimo siquiera para formularla—. Cada día, en algún lugar, todo el mundo que lo necesita puede subir a él. Y sólo esas personas pueden verlo. Se desplaza como el viento, y eso es lo único que perciben los demás. Su función no es otra que recoger, reunir, a todos aquellos que se han perdido en la vida: los deprimidos, los que viven en las nubes, los que no saben adónde deben ir y cómo encajar. Sin más motivo que el de enseñarles a tener esperanza, a encontrar la motivación o simplemente a pasar un mal trago. Unos tardan más, otros tardan menos… Unos vuelven adonde estaban, otros prueban suerte en otro sitio. A veces, hasta hay intercambio de vidas.

Johan le miró extrañado.

—¿No es esto lo que necesitabas oír? —siguió el misterioso hombre—. ¡Tienes talento! No existe ningún turbio experimento con humanos, pero descubriste más de lo que nadie ha conseguido asociar nunca. —Hizo una pausa y añadió—: Johan, todo va a salir bien.


Condición:

Relato basado en la letra de una canción.

Más detalles

Videoclip "Tren de mitjanit" (Sau) - YouTube

La letra traducida, por si alguien no entiende el polaco:

A menudo me siento atrapado
por mi propia pesadilla
y tengo ganas de gritar.
Cada día en algún lugar
sale el tren de medianoche.

Hay poetas que se han perdido
pintando “graffities” en sus paredes.
Mucha gente que se encuentra sola
cada día en algún lugar
sube al tren de medianoche.

A menudo me siento engañado
cuando me veo en el espejo
no me basta con soñar
necesite deshacerme de este peso
que me ata el corazón.

Hay sirenas que están cantando
la leyenda de un viejo marinero
Mucha gente que se encuentra sola
cada día en algún lugar
sube al tren de medianoche.

Si eres lunático y estás asustado
si vives en las nubes y estás deprimido
si la niebla ya te ha acompañado
cada día en algún lugar
puedes subir al tren de medianoche.

He conocido muchos como tú y yo
es bueno saber que no estamos solos, eso es bueno.
no siempre se está de suerte
no siempre encontrarás el mar detrás del puerto.

Hay Julietas buscando Romeos
hay princesas que buscan dolor.
Si tienes el corazón solitario
cada día en algún lugar
sube al tren de medianoche.

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Votos relatos Tenma:

  • Crónica de un tropiezo anunciado
  • Caminante
  • Desaparecidos

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Un día especial

Condiciones

• El protagonista de la historia tiene que ser algo creado por una segunda entidad (humana o no), pudiendo ser este personaje fa-bricado, imaginado, espiritualizado o cualquier otra idea que se le ocurra el autor. Cualquier concepción habitual del protagonista, como el nacimiento, incumplirá esta norma.
• El protagonista NO debe saber que está creado por ese alguien y que su existencia es “falsa”, quedando a gusto del escritor la reve-lación, en algún punto del relato, de este hecho al personaje.

Obra

Un día especial

Me asomo con mucho cuidado por el agujero que hay en la puerta. Papá está llorando en su butaca favorita, con las manos en la cabeza y aspirando sus mocos sin parar. Seguro que está triste por el tonto de Louis, que siempre está diciéndole cosas feas como “tú no eres mi padre” o “estábamos mucho mejor sin ti”.

Pero no dice la verdad, seguro. Yo no pienso así, y por eso soy su favorita. Papá es la persona más buena de toda Francia… no, de todo el mundo. Antes, Louis y yo, vivíamos en un sitio horrible y que olía mal siempre: a la mañana, a la tarde y a la noche. Era un orfanato, una casa donde van los niños sin padres. Papá no es mi papá de verdad, pero para mí es el de verdad de verdad. No vi nunca a los de verdad de antes, pero Louis sí, porque él es mucho mayor que yo: tiene ya catorce años.

Papá ha dejado de llorar y me está mirando. Después, tras aspirar otra vez sus mocos, sonríe al verme y me hace gestos con la mano para que vaya. No quiero ir, porque parece muy, muy triste, pero también quiero ir, porque a lo mejor se pone contento. Doy un pasito con mi pierna, y otro con la otra, y otro. Miro el suelo mientras agarro mis manos por detrás de la espalda. A papá le gusta que ande así. Me dice siempre que no lo haga, que camine como una chica mayor, pero sonríe cuando ando con las manos atrás y sin mirar a donde voy.

Cuando llego a la butaca, esa de donde me tengo que quitar cuando viene él, me sube y me sienta en sus piernas. No digo nada y miro a todos los lados. El salón está muy sucio, y eso es raro, porque papá es muy limpio y siempre nos obliga a recoger nuestros cuartos antes de comer, antes de cenar y antes de dormir. Sigue sin decir nada, y me empiezo a aburrir, por lo que le pregunto:

—Papá, ¿por qué llorabas?

—Mañana va a ser un día especial. —No entiendo. Si mañana es un día tan especial, ¿por qué estaba tan triste?—. Nos iremos al parque de atracciones. ¿Quieres?

Me olvido de lo que he visto antes y grito:

—¡Sí! —Alzo contenta las manos—. Nos montaremos en el dragoncito y en la de agua, y tam…

—¿Y en la de los mayores? —dice él también contento—. Creo que ya eres suficientemente mayor.

Ya no me gusta tanto la idea del parque.

—¡Sólo tengo siete años! —Le miro asustada—. En la de los pequeños… por favor.

—Pero estás más cerca de los ocho, y eres bastante alta para tu edad. —Resopla—. Mañana me convences. Entonces… ¿vamos?

—¡Sí! —Vuelvo a gritar.

Papá me coge en brazos y me lleva como una novia a mi cuarto. Me deja en la cama y me arropa hasta el cuello. Aprieta fuerte y me convierto en un capullito, como las mariposas. Se lo digo y vuelve a sonreír: ya no está triste. Después de apagarme la luz, se va a dormir a su habitación.

* * *

El coche va muy, muy rápido, más de lo que suele ir papá por la ciudad. ¡Encima vamos con las ventanas abiertas y el viento sopla muy fuerte! Saco un poco la cabeza y grito:

—Uhhhhhh.

Louis hace que no con la cabeza y se enfurruña… pero qué tonto es. Parece que papá me va a reñir, porque siempre dice que eso no se hace.

—¡Hazlo más fuerte! —contesta.

—¡Uhhhhhhh! —grito todo lo que puedo con la cabeza entera fuera.

Papá también está gritando, los dos a la vez. La gente nos mira con la boca abierta; seguro que tienen envidia y celos por no pasárselo tan bien como nosotros. Siguen y siguen mirando raro. Me están poniendo nerviosa, así que vuelvo al asiento y cierro la ventanilla a toda prisa, dándole al botón muy fuerte.

Cuando llegamos al parque ya hay muchas personas y niños. Agarro del brazo de papá y tiro de él, pero pesa bastante y no lo muevo. ¡Ya está mirando otra vez el dinero! Siempre lo hace y siempre lleva mucho. ¡Qué se deje de tonterías… qué cierran el parque!

—Vamos, lentorro… ¡Vamos!

Papá empieza a correr.

—¡Voy primero!

Esta vez no me va a ganar. No, voy a ser la más rápida de toda Francia. Corro muy rápido, casi tanto como él. ¡Pero me estaba engañando! Se ha dado la vuelta y corre hacia atrás. Está todo el rato gritando:

—¡Si no me coges, vas a pagar tú la entrada!

Los niños están señalando a papá y se ríen. Yo también lo hago y dejo de correr. Porque no puedo reírme así y correr igual. Llego al lado de papá, que ya está comprando las entradas. No sé qué voy a hacer: no he traído nada de dinero de la hucha. Así que, cuando llego, le agarro del jersey ese tan feo que lleva y digo:

—Papá, me prestas dinero.

Me mira con los ojos casi cerrados, como si estuviera pensando algo muy, muy difícil.

—Hoy invito yo, pero el próximo día tú pagas las entradas de los dos, ¿vale?

Entramos todos. Louis un poco más tarde, porque no quería venir y no para de protestar. Papá le espera en la puerta del parque, aguantándola para que pase. La gente le empieza a decir que camine ya y veo a Papá que se enfada un poco. Como no quiero que grite en el día especial, vuelvo a por Louis y tiro de él, consiguiendo que entre.

Papá se arrodilla delante de mí y me sujeta la cara. Eso es que me va a decir algo muy importante, así que espero a ver qué me dice.

—Michi, vamos a hacer un trato. —Me llamo Michelle, pero siempre me llama Michi cuando no me riñe—. Me voy a montar contigo en donde quieras y, luego, tú te montas conmigo en una de las mayores.

—¿En cuál de mayores? —Me señala esa que sube tan, tan alto—. ¡Esa no! ¡No es justo!

—Vaya, hoy que me iba a montar contigo en el trenecito. —Abro la boca sorprendida. Papá nunca quiere montarse en esa atracción, porque dice que es muy pequeña y no cabe bien—. Tú eliges.

Miro al suelo, luego a donde está el trenecito, a la atracción de mayores, otra vez al suelo, resopló dos veces seguidas y miró a papá.

—Vale. Pero primero el trenecito.

Sonríe mucho.

—No me estarás engañando… ¿no?

Le digo que no como doscientas veces, quizá más, como un millón. Louis ha dicho que se va él a montarse en la de mayores. Papá le deja irse y yo me pongo más contenta: así estoy sólo yo con él. Se monta a mi lado y la gente se ríe al ver que no cabe… pobre papá. Viene el señor que dice al trenecito que se mueva y parece que va a reñir a papá, pero al final no dice nada.

Nos divertimos mucho, pero que mucho… bueno, quizá papá no tanto, pero yo sí. Después nos montamos en los girasoles, en el dragón, en la noria y en todas las que le pido. Antes de comer, papá me dice que es la hora de cumplir mi promesa. Pongo cara triste y asustada, pero no me mira: sólo tira de mi brazo hacia la atracción esa tan peligrosa.

Cuando me monto en un asiento extraño, una cosa de arriba baja hasta mi tripa. Es amarilla y papá me dice que es para que no salga volando. ¡Ahora tengo mucho más miedo! Así que, mientras el vagón hace “trac, trac, trac” todo el rato al subir, le digo a papá:

—Voy a cerrar los ojos.

—Tú te lo pierdes, pero si así te da menos miedo, hazlo.

Cuando deja de hacer ruidos extraños, el vagón va cada vez más rápido y, de repente, baja a toda velocidad. Luego gira y mi culo no para de apretar el asiento, y luego boca abajo, ¡boca abajo!, otra vez gira, otra vez boca abajo, y más bajadas y más subidas. Llegamos a la estación y el vagón se para. Papá me mira sonriendo y yo… yo alzo las manos y grito:

—¡Otra vez!

* * *

Ha sido el mejor día de mi vida, y papá también se lo ha pasado bien, incluso Louis. Ahora vamos ya a casa, pero mi hermano protesta:

—Por aquí no vamos a casa. —Papá no dice nada y sigue conduciendo. Al rato, Louis protesta otra vez—. ¿A dónde coño vamos?

Papá no le dice que hable bien, ni responde a la pregunta. Miro por el espejo que sirve para ver los coches de atrás y para ver a papá. Parece muy triste, más de lo que estaba ayer a la noche. Tengo miedo. ¿Quizá le he dicho algo y se ha enfadado? Quizá no debí pedirme esas palomitas que sabían tan mal y que tiramos en la primera papelera.

El coche para, y no me gusta donde para: es un hospital. Odio los hospitales. Te pinchan, te desnudan y pasas frío, y la gente se muere. Me quedo en el asiento.

—¡No quiero entrar! —protesto.

Papá no dice nada y me saca tirando del coche. Hoy es el día especial, ¿por qué tengo que ir a un hospital? Me lleva por pasillos blancos y que huelen a médicos. Louis tampoco dice nada, y creo que está tan asustado como yo. ¿Qué está pasando?

Al final, después de andar por muchos sitios y caminar por muchas escaleras, entramos en una sala casi vacía. Sólo mesas y sillas. No parece una habitación de hospital, sino un lugar para comer. Cuando voy a decirle a papá que me quiero ir de ahí, entra un médico con esa bata tan fea. Mira a papá y pregunta:

—¿Listo?

—Sí. —El médico le da dos pastillas—. Me puede dejar sólo un momento.

El doctor se va.

—¡No voy a tomarme eso! Estoy buena, no estoy mala, no es justo.

Papá sonríe, pero es una sonrisa triste, y empieza a llorar.

—No son para ti: son para mí.

Se toma las dos pastillas de golpe y se las traga.

—¿Estás malo, papá?

Veo como no para de llorar y llorar. Me asusto mucho. ¿Qué le pasará?

—Sí. —Se señala la cabeza—. De aquí. —Nos mira a ambos—. No sois mis hijos de verdad.

—Ya lo sé, papá, nos recogis…

—No —me interrumpe—, no sois reales… no existís. Mi mente os creo cuando mi verdadera familia murió hace tres años. Es…

—¡Yo soy real! ¡Existo! ¡Mírame!

—… es un mecanismo de defensa, o eso me dijo el médico, pero está empeorando y no puedo llevar una vida normal. —Baja la vista a mis piernas—. Lo siento, lo…

De repente, sin decir nada, Loius desaparece.

—¿¡A dónde ha ido?! —exclamo más asustada que nunca.

—Lo siento, Michi. —Me agarra de la cara, donde mis ojos ya la han llenado de lagrimitas—. Lo siento mucho, de verdad.

Le aparto el brazo con mi mano.

—¡No! ¡No quiero irme! —Empiezo a hipar—. Quiero jugar contigo, quiero me acuestes, quiero que…

—Michi, siempre te querré y nunca te olvidaré… me da igual lo que digan los médicos: siempre.

—Pero quiero que seas mi papá, montarme otra vez en la atracción de mayores. —Agarro y abrazo con fuerza su cuello, y todas esas lágrimas de los dos se juntan—. Quiero estar contigo siem…

Marte d’Or, planeta de vacaciones

Condiciones

• El relato tiene que estar ambientado en Marte, el planeta rojo. No se aceptarán escritos de viaje a Marte, de la futura conquista al planeta, ni nada parecido. TODO el relato ha de estar situado des-de un principio en Marte.
• Se deja a gusto del escritor la libertad de hacer lo que quiera en dicho planeta siempre y cuando la historia esté ahí.

Obra

Marte d’Or, planeta de vacaciones

Cansancio. Eso es lo que siento tras casi veinte horas de vuelo interplanetario; por no hablar de la espera en la estación de lanzamiento orbital debido a la huelga de pilotos en plena Semana Roja; ni de la desaceleración a trompicones de la barcaza que se hace llamar crucero espacial que era la nave de RyanSpace; ni de esa extraña celebración que he tenido que soportar estoicamente de un ídolo del pasado llamado Rascapica, algún vestigio a los dioses pasados de la mítica colonización del sistema solar.

Pero nada de eso importa ya. Estoy en Marte, de vacaciones, con mi familia, y si fuera otra persona, en otra fami…

—Vamos, inútil, ¿quieres avanzar? —oigo el reproche de mi mujer detrás de mí.

Doy unos pasos hacia adelante y me acerco a una pared del inmenso aeropuerto del planeta rojo. Así es, esa es mi esposa; tan dulce y coqueta que parecía en su momento… Aunque, claro, quizá tengan razón mis compañeros, que sea poco autoritario con ella, que no le pegue con la correa cada jueves a la tarde como dictan las enseñanzas de Obama XIV. Pero creía que eso era lo adecuado, respetar a tu mujer como se hacía en la prehistoria… estaba bastante equivocado y ahora pago las consecuencias.

—Padre —me llama mi hijo menor, de once años, el único que quizá me respeta algo en la familia—. Este traje de compensación de gravedad es bastante pobre en sus componentes.

—Seguro que no, ya verás lo bueno que es cuando te lo pongas. —Sacó el resto de trajes de la maleta—. Lo compré en Eicosthlon: es imposible que algo suyo sea de mala calidad. Recuerda que lo han fabricado aquellos que tomaron las riendas del poder en Iberia tras tantos gobiernos corruptos y tanta…

—Basta ya de tonterías históricas —se queja mi mujer—. Hemos venido a descansar, no a hablar del trabajo que apenas nos da unos tristes vales de categoría cuatro.

Mientras me pongo el traje en silencio, sin querer empezar otra trifulca que sé que voy a perder, se acerca una habitante de la metrópoli capital. Como de costumbre en este mundo, y algo que siempre me ha horrorizado, viene desnuda de cintura para abajo, mostrando sin pudor la cicatriz que selló sus labios vaginales siendo una niña. ¿Cómo alguien puede tener tan poca decencia? No voy yo por ahí enseñando mi mutilación tan alegremente, y eso que es una de las más bellas que se han visto nunca, o eso me decía siempre mi madre.

La mujer nativa, activando el traductor universal de suajili-cantonés, dice con voz profesional y una sonrisa en la cara:

—¡Bienvenidos a Marte, cuna de la civilización colonial! —Acto seguido nos pone una ristra de tomates alrededor del cuello, lo cual hace que se me tuerzan las pocas vertebras que aún seguían en su sitio tras el frenado del crucero—. ¿Les gustaría que llevásemos sus maletas hasta su hotel de alojamiento? Por un simple vale de tipo dos lo haríamos encantados, y si es de tres le obsequiaremos con un masaje completo, niños incluidos —dice guiñando un ojo a mi hija mayor.

—¡Sí! —exclama entusiasmada—. Vamos, padre, págalo ya.

Un vale de tipo tres es demasiado: no puedo gastar a ese ritmo.

—Pero…

—Por amor de Galileo —jura mi mujer—. ¿En serio? Es-ta-mos-de-va-ca-cio-nes. No seas uraniano y paga eso.

Resignado, abro mi cartera y saco un vale de categoría tres. Lo miro un momento y me acuerdo de cuando lo conseguí: fue al dar la razón a mi director con ese tema de si los primates evolucionaron del hombre y no de la mujer; una teoría totalmente absurda, ya que todo el mundo sabe que los monos son los humanos castigados por Galileo cuando intentaron tomar la ciudad santa de Montreal; pero un vale de tipo tres bien lo merecía.

Se lo paso a la mujer, dejando como siempre mi dedo en el lado de emisor y ella en el del receptor. En segundos veo como mi antigua labor desaparece y, en vez de ella, surge el nuevo cometido: “transporte de maletas a la habitación 8429 y masaje completo a cuatro miembros”.

—Bueno, ya está —les digo mientras la nativa se va con el equipaje, acompañada de dos ayudantes realmente grandes. Sonrío intentando convencerles—. Genial, ¿no?

Es mi mujer la primera en abrir la boca:

—Esa es tu tarea: no querrás que encima te demos palmaditas… Vamos, hija, que en esa habitación nos va a tratar alguien como merecemos realmente.

Me dejan con el pequeño, a quien miro y le invito a seguir a las chicas. Ya solo, saco mi consola de control personal del bolsillo y activo el monitor de relación conyugal. Les he traído a Marte, me he gastado tantos vales que me costará otra vida recuperarlos, y, nada más pisar suelo marciano, reciben un masaje completo. Todo eso ha tenido que servir de algo, mi relación tiene que haber mejorado; sin embargo, no es eso lo que muestra el monitor: los índices de respeto siguen bajando, y los de pusilánime aumentan.

¿Qué es lo que tengo que hacer? La solución no es separarme: eso lo sé desde un principio. El haber tenido un hijo superdotado en la matriz de concepción es algo a tener muy en cuenta, ya que el gobierno federal da una buena suma de vales de categorías altas por criar a un portento.
No hay otra opción: activo la interfaz más privada del monitor, pongo el iris en el sensor y, tras ser aceptado, chupo la pantalla del aparato. Una vez la máquina me detecta el ADN correctamente, me libera todo su contenido. Vuelvo a leer, paso por paso, el correo recibido por el desconocido. Sé que no es un alma caritativa, que esto tendrá un precio, y suelen ser altos, pero, si funciona, y el texto me asegura que lo hará, estoy más que dispuesto a pagar lo que sea.

* * *

El día ha empezado bien, ya que no solo he confirmado que mi entrega esta lista, sino que he convencido a la familia para ir al museo de colonización imperial: tiene la mayor colección de todo el Sistema Solar. Mientras mi mujer y mi hija hacen aspavientos, yo miro las vitrinas con dioramas tan detallados que me podría quedar todo el día contemplándolos: la leyenda del envío de máquinas antes de la invención del propulsor nucleonico por civilizaciones largo tiempo extintas; el inicio de la colonización por el conglomerado de empresas privadas, con su envío del primer Tiranosaurios Rex robótico al planeta; el gran derbi televisivo que duró casi cien años entre las arañas replicantes de GoogleSoft y las serpientes cyborg con mitosis creadas por el Emporio Farmacéutico Unido.

Justo en ese momento, en aquel que iban a mostrar los desenlaces de la última batalla entre ambas razas artificiales, veo como mi mujer empieza a tontear con uno de los guardias de seguridad, un nativo con los pantalones sin vestir, como siempre. El vigilante le está susurrando algo a mi esposa en la oreja mientras, con su mano, acaricia su abdomen, subiendo poco a poco hacia el pecho.

Eso ya es demasiado, y lo es más cuando mi mujer enseña el cuerpo escultural del guardia a mi hija y me señala después despectivamente. Puedo soportar que ella me engañe con otros, pero estoy más que harto de que ponga a la adolescente de su parte todo el rato. Sin embargo, el ver esos inmensos músculos y la cara de deleite de mi mujer al mirarme con la intención de disfrutar de un enfrentamiento acaban con la poca voluntad que me quedaba. Le doy un vale de tipo dos a mi hijo y salgo del edificio, sin querer mirar atrás y ver la cara de vergüenza que tendrá el niño al ver a su padre huir así.

Esto último que me ha hecho, en plenas vacaciones, confirma lo que ya creía: es imposible el seguir adelante. Vago por las calles de la metrópoli, perfectamente aireadas tras la última renovación de terratransformación de hace sólo medio siglo. Finalmente, sabiendo ya de memoria la dirección, entro en una tienda de antigüedades. Digo mi nombre al dependiente y este, asintiendo, me devuelve una caja ya preparada. La abro delante de él mismo: una antigua pistola, un arma que debería estar en un museo, pues pocas se conservaran desde aquellas épocas en las que la energía fusionable no era el armamento estándar.

—Una autentica joya —me dice el tendero—. Y sólo por un vale de categoría cinco es tuya.

Trago saliva mientras saco del recoveco secreto de mi cartera el vale ganado con el nacimiento del pequeño. Lo guardaba para una emergencia, y bien lo vale esta. Meto la pistola en el abrigo y voy directo al hotel, sabiendo, con total certeza, que los detectores de armas no podrán reconocer algo tan antiguo.

* * *

El chillido me irrita los tímpanos:

—¡Ayuda! —grita mi mujer—. ¡Socorro! ¡Qué alguien nos ayude!

—Es inútil que grites —digo con una voz cargada de determinación que no parece la mía ni por asomo—. He pagado para que insonoricen la habitación durante toda la noche. Otro vale de tipo tres que desaparece…

—¿Estás loco? ¡Desátanos! ¡¿Cuándo lo has hecho?! —pregunta sorprendida.

Me vuelvo y cargo las balas en la pistola. No le respondo a su pregunta contándole que me gaste el último vale de tipo cuatro en comprar un compuesto para dormir a rinocerontes, unos animales de granja llevados a Marte milenios atrás, y que, gracias a Galileo, pasa totalmente desapercibido en los sensores al ser sólo un somnífero.

Pongo el cañón en la frente de la mujer.

—Estoy más que harto de ti —le susurro enfadado—. Te compro todo lo que quieras, cumplo todos tus deseos… ¿y qué haces tú? ¡Me escupes a la cara! —Le golpeo con la culata en la sien—. ¡Me tratas peor que a un gatorro! —Le vuelvo a golpear y casi cae inconsciente. Agarro la melena y tiro de ella hacia atrás—. ¿Y sabes qué? Voy a acabar con esto aquí y ahora. —Miro a mis dos hijos maniatados: la mayor llorando asustada y el menor, como de costumbre, silencioso y estoico, sin alterarse en absoluto—. Lo que no sé aún es si matarte y fugarme con los niños, o, por el contrario, mataros a todos y largarme solo.

—Por Galileo…

Abro los ojos al máximo y sonrío casi desquiciado.

—¡Ah! ¡Cierto! Qué no sobrevives en ninguna de las opciones… —apunto con el arma a su corazón mientras aspiro y expiro fuertemente—… qué pena…

Quito el seguro al arma y mi mujer se retuerce en el asiento.

—Por favor, haré lo que me pidas; te trataré bien; seré una buena esposa… Por favor, no me mates…

Comienza a sollozar de tal manera que no entiendo ni una palabra de lo que dice. Apunto y disparo el arma dos veces: las balas atraviesan el hueco entre las piernas de mi mujer y se clavan en el suelo con fuerza.

—No tendrás otra oportunidad —le amenazo—. ¿Me has entendido? —Asiente con fervor y le desato de la silla—. Ahora vete a lavarte, que nadie vea que has llorado como una colegiala, y llévate a tu hija al baño también.

Comienzo a desatar al niño, quien, una vez libre, se sienta en la cama. No puedo aguantar más, así que consulto mi monitor: el índice de respeto ha subido un 345%, todo basado, según el aparato, en una tendencia de miedo/culpabilidad.

—¿Cómo va la relación conyugal? —pregunta el muchacho mirándome fijamente.

—Perfecta.

Por primera vez veo dudar a mi hijo, pero, es solo eso, un segundo, pues dice:

—Aguanta entonces hasta que me licencie, que quiero entrar en la universidad de Titán, y piden una familia estable de categoría tres.

Dicho eso, saca su consola personal y virtualiza una película, tumbándose en semiéxtasis mientras mira al techo como si no hubiera pasado nada en la habitación.

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Condición

La finalidad del relato será dar vida a un objeto inanimado (es decir, ni persona ni animal), que actuará como protagonista (absoluto o no, pueden intervenir más personajes o no). El autor podrá plasmar una psicología más humana o buscar rasgos de personalidad acordes con las características o connotaciones del objeto, pero deberá dotarlo de personalidad. Podrá servirse del entorno habitual del objeto o trasladarlo a uno diferente. Para el resto el autor contará con libertad absoluta: tiempo verbal, estilo, género, persona, etc.

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SIN CONSECUENCIAS

—¿Sabes? Eso es lo que más me gusta de ti —dice Beatriz mientras me abraza desde la espalda, con su cabeza apoyada en mi hombro izquierdo—. No se te escapa nada. Siempre sabes exactamente cómo me siento y lo que deseo en cada momento.
—Es que te conozco muy bien —contesto girándome para besarla—. Por dentro y por fuera, hasta tus más íntimos secretos.
—¿Cómo de íntimos? —pregunta con una sonrisa mitad pícara mitad inocente.
—Muy íntimos. Pruébame.
—Está bien. ¿De qué color son mis braguitas hoy? —dice echándose a reír, ligeramente avergonzada por la ocurrencia.
—Moradas, por supuesto —le contesto de inmediato, sin dudar.
—¡¿Pero cómo lo sabes?! —exclama Beatriz asombrada, al borde de un ataque de risa.

Después, ligeramente ruborizada, se sube un poco la camiseta blanca que lleva para comprobar si se le veían por encima del pantalón vaquero. Parece anonadada. Sin poder ocultar una creciente curiosidad, añade sonriendo: —Oye, en serio, ¿cómo lo has podido adivinar? Son nuevas y nunca las he llevado antes, y el pantalón me va ajustado y no se ven nada por fuera
—Es un secreto —le susurro al oído, sabiendo que con ello la voy a hacer rabiar más.
—¡Jo! No seas así… ¡cuéntamelo, por favor! —me implora haciendo un mohín realmente irresistible.
—Te aseguro que no quieres saberlo —contesto de forma misteriosa mirándola directamente a los ojos.

Hay un instante de tensión que rompo de inmediato con mi risa. Beatriz se relaja, pero vuelve rápidamente a la carga, lanzándose esta vez hacia mi costado mientras grita: ―¡Sí que quiero saberlo! ¡O me lo dices ahora mismo o te haré cosquillas hasta que te mees encima!
—¡Vale! ¡Vale! Está bien. Pero no más cosquillas ¿vale? Ya sabes que odio las cosquillas.
—Lo sé, lo sé —contesta sacándome la lengua—. ¿Y bien?
—Es muy sencillo. Ya las he visto muchas veces antes. —Mi respuesta la deja visiblemente descolocada, y la zozobra reflejada en sus ojos aumenta cuando continuo—: Las he visto, te las he quitado, arrancado, roto con tijeras o a la fuerza, colocado en tu boca… Sí, podría decirse que conozco muy bien esas bragas moradas tuyas.

Su sonrisa había ido deshilvanándose poco a poco, pero todavía quería seguir agarrándose a algo, aunque fuera a un clavo ardiendo.

—No tiene gracia ¿sabes? —me dice seria, mirándome fijamente a los ojos, tratando de encontrar un resquicio en aquella mirada oscura, un brillo, ah era una broma, jajajá, no pasa nada, lo siento, ven aquí, todo está bien. Pero no consigue encontrarlo.
—¿Sabes tú lo que de verdad no tiene gracia? ¿Ni pizca de gracia? Que llegado a este momento siempre contestes tan seria “No tiene gracia ¿sabes?” —interrumpo su ensimismamiento imitándola de forma burlona—. Tienes muy poco sentido del humor. No hablemos ya de imaginación…

Beatriz se queda momentáneamente sin habla, demasiado sorprendida como para reaccionar o al menos protestar. Apenas llega a farfullar: —No entiendo…
—Ah, en eso estamos igual, me temo —la interrumpo—. Yo tampoco lo entiendo. No sé cuál es la razón, ni por qué solo yo lo recuerdo, ni si se supone que he de hacer algo en concreto para que todo esto termine de una puñetera y maldita vez.
Aunque los dos seguimos sentados en la parte lateral de su cama, Beatriz había ido retrocediendo su posición, alejándose lentamente de mí y acercándose a su mesilla.
—¿Has visto esa película de Bill Murray, la del día de la marmota que se repite una y otra vez? —prosigo mientras alzo la vista al techo, haciendo como si no me diera cuenta de lo que pretendía—. Pues esta debe de ser la versión reducida en clave hija de puta. Al principio tenía su gracia. Era extraño, por supuesto, increíble incluso, pero estupendo al mismo tiempo. No sabía si me había vuelto loco o qué, pero al terminar el día vuelvo a aparecer aquí, contigo, a las cinco de la tarde, como si nada hubiera pasado. Solo que yo lo recuerdo todo; no solo la vez anterior sino todas las veces que ha ocurrido…
—Cariño, ¿no ves que todo lo que estás diciendo no tiene ningún sentido? ¿Qué te ocurre? ¿Te sientes enfermo? —me pregunta Beatriz intentando parecer menos intranquila de lo que ya está, y sin dejar de alejarse centímetro a centímetro de mí.
—Tú no puedes entender lo que es esto —suspiro amargamente—. Estoy atrapado en este maldito día, reviviéndolo continuamente, y nada de lo que haga tiene importancia. Y créeme cuando te digo que he hecho de todo. No sirve. Al final, siempre volvemos a la primera casilla… Hemos escuchado música, visto decenas de películas, jugado a la consola, tonteado, follado… A veces hemos discutido de todo esto y en otras ocasiones he preferido no contarte nada…
—Tranquilo, vamos a hablar de esto. Tratemos de razonar… —me interrumpe temblando visiblemente.
—¿Es que no me estás escuchando? Ya hemos hablado de esto. Cientos de veces, solo que tú no lo recuerdas ―río cansadamente—. Tampoco es que tuvieras nada importante que decir, solo intentas aproximarte lo suficiente a esa mesilla.
Beatriz se queda repentinamente paralizada por la sorpresa, con los ojos fijos en mí, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Resulta extraño, dado que, a diferencia de ella, yo sí que lo sé.
—Olvídalo, las tengo yo —digo sacando las tijeras del bolsillo trasero de mi pantalón y mostrándoselas mientras el alma se le cae al suelo—. Ya me sorprendiste una vez con ellas, querida. No fue agradable, pero ya aprendí la lección.
—Por favor, por favor… —me suplica lloriqueando Beatriz, con la vista ahora clavada primero en las tijeras y luego en mí.
— Te he arrancado la ropa —continuo con crueldad mirándola fijamente a sus ojos, contemplando el impacto de mis palabras, clavándose una a una como cuchillos, reflejado en su rostro—, violado, apagado cigarrillos en tus pezones y en tu lengua. He hecho que me la chuparas hasta el fondo, hasta que acabas vomitando esos asquerosos macarrones que al parecer has debido de comer hoy.

Beatriz está devastada y no puede contener ya el llanto mientras se tapa la boca temerosa con la mano sin parar de temblar. Apenas alcanzo a escucharla: —No te conozco. No sé quién eres…
—Te he utilizado como retrete, te he follado por el culo hasta rompértelo mientras gritabas sin parar y acababas llenando la cama de sangre. ¿O eso es cuando te meto las tijeras por el coño y te violo con ellas? Ahora mismo no me acuerdo…
—¿Por qué? ¿Por qué me dices estas cosas horribles? —pregunta mientras las lágrimas le caen irrefrenables por las mejillas.
—¿No has dicho que querías saber por qué sabía que llevabas esas bragas? Ahí tienes tu respuesta.
—¿Pero por qué ibas a hacer todo eso? ¡Nosotros nos queremos!
—¿Que por qué iba a hacerlo? Porque puedo, naturalmente. ¿No lo entiendes todavía? No hay consecuencias, ni crimen ni castigo. Da igual lo que te haga, que te pegue, que te viole, que te mate… —continuo—. Tarde o temprano todo vuelve a empezar, aparecemos aquí y me miras con ojos enamorados, sin recordar nada.
—¡Estás loco! ¡Socorro! ¡Te has vuelto loco! ¡Socorro, socorro! —grita llorando, aunque la voz se le quiebra.
—Por más que grites, nadie va a escucharte. O igual alguien sí que lo oye pero sube el volumen del televisor o del equipo de música para hacer como que no. La gente es así… ―comento despreocupadamente mientras jugueteo con las tijeras del pelo en mi mano.
—Pregúntele si lo hizo él solo o si tenía un cómplice.
—¿Qué? ¿De dónde viene esa voz? —sorprendido miro hacia todos los lados.
—¿Qué voz?
—Una voz de hombre, ¡como si estuviera aquí mismo!
—Las cosas no funcionan así. Tenga paciencia. Es lo más cerca que ha estado hasta ahora de confesar todo lo que le hizo a esa pobre chica.

Se me resbalan las tijeras de entre las manos cayendo al suelo.

—Otra voz, ahora de mujer. Pero aquí solo estamos nosotros dos… —La voz me resulta familiar, pero no consigo ubicarla.
—Yo no oigo nada. Por favor, déjame marcharme. ¡No se lo contaré a nadie!
—No vas a ir a ningún sitio. ¿Pero qué truco es este? ¿De dónde salen estas voces?
—No necesitamos ninguna confesión, tenemos pruebas más que suficientes de que fue él quien lo hizo. Y, desde luego, no tengo ningún interés en escuchar todas las terribles atrocidades que le hizo a esa desgraciada chica antes de matarla. Lo único que quiero saber es si estaba solo o si había alguien más con él cuando entró en la casa forzando la cerradura; y, en ese caso, la identidad de la persona o personas que le acompañaban.

La cabeza parece estarme a punto de estallar. Las voces… ¿están en mi interior? ¿Me he vuelto realmente loco? ¿Lo estoy imaginando todo?

—Le permití asistir a la sesión a condición de que se mantuviera callado. Mire en qué estado de confusión se encuentra ahora. Lo ha echado todo a perder…

No entiendo nada. ¿Y dónde está Beatriz? ¿Ha huido mientras yo no estaba atento? El espacio parece encogerse. Siento una opresión insoportable en el pecho.

—A la voz de tres despertarás y te encontrarás muy tranquilo y relajado, feliz de haber sido útil, y dispuesto y deseoso de volver a intentarlo de nuevo mañana.

Las luces oscilan y el suelo tiembla como si hubiera un terremoto. Un sudor frío recorre todo mi cuerpo.

—Uno…

Las paredes se resquebrajan y de ellas empieza a manar sangre oscura y espesa a borbotones. Un alarido inhumano, prolongado, surge de mi garganta.

—Dos…

En la cama yace inerte el cuerpo de una chica joven a la que nunca había visto antes, desnuda y abierta en canal, con las tripas saliéndosele por la abertura y una expresión de puro terror en su rostro.

—Tres.

Abro los ojos.

—¿Sabes? Eso es lo que más me gusta de ti —me dice Beatriz mientras me abraza desde la espalda, con su cabeza apoyada en mi hombro izquierdo.
—¿Que no se me escapa nada y que siempre sé exactamente cómo te sientes y lo que deseas en cada momento? —me adelanto con la mejor de mis sonrisas.



Condición

1.- En el relato debe haber una muerte significativa en el desarrollo de la historia: puede ser natural o accidental, provocada (un homicidio o un asesinato),… Puede ser una muerte presente, pasada o incluso futura (aquí ya jugamos con las habilidades del concursante)

2.- El relato debe articularse en torno a un diálogo: ello no quiere decir que todo el relato haya de ser dialogado, pero sí una parte importante del mismo.

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EL REY Y LA MUERTE

Me fastidia que la gente venga con ideas preconcebidas sobre mí. Luego que se llevan una desilusión o se creen que es una broma… y eso sin contar a los que se sienten estafados. Vaya, que me gustaría que la gente me aceptara tal como soy, y no me empezara con el «¿eso es todo?», «¿ya está?», «pues yo me esperaba que fueras más… no sé, de otra forma» y otros patéticos comentarios por el estilo. Y bueno, lo del aspecto pase. Es molesto, sí, pero vaya… Lo que realmente me fastidia más son esos estúpidos tópicos sobre mi carácter y mi forma de ser. Por ejemplo, lo de que soy cruel. ¡Como si yo pudiera ser cruel! Pero si ese es un atributo exclusivamente… Ah, esto me recuerda una historia que ocurrió hace poco tiempo. Bueno, poco tiempo… Para vosotros los seres humanos, que tenéis unas vidas tan irrisoriamente breves, supongo que será bastante tiempo, pero para mí, que vivo aquí desde siempre, fue hace relativamente poco. Veréis, os contaré la historia de un hombre como vosotros, aunque él no pensaba que fuera realmente como vosotros; era inmensamente rico y, para él, eso ya constituía una gran diferencia. No eran días fáciles aquellos en Irlanda. El hambre azotaba el país, compuesto casi en su mayoría por campesinos, sin más recursos que los que ellos mismos se pudieran procurar, y dependiendo exclusivamente de lo que en sus campos se cultivara. Sí, lo recuerdo bien, fueron días de mucho trabajo. Como suele ocurrir siempre, los primeros en caer fueron los viejos, y después vinieron los niños. Irlanda entera lloraba desconsoladamente. Bueno, casi toda Irlanda. Aquellos que se lo podían permitir acaparaban alimentos y provisiones y, encerrados en sus castillos en vastos terrenos de su propiedad, no pasaban necesidad alguna y, en conjunto, podríamos decir que su vida cotidiana no había sufrido cambio alguno. Y el rey, por supuesto, era uno de estos pocos privilegiados. En honor a la verdad, tengo que advertir que aquel hombre no era en stricto sensu rey de nada ni de nadie, pero aun así se había proclamado a sí mismo rey de la región. Él mismo lo resumía perfectamente con aplastante lógica y apabullante simplicidad a la vez: «Veamos, soy sin duda el hombre más rico de la región —y probablemente uno de los más ricos del país—, tengo un castillo con cientos de hombres a mi servicio que darían su vida por el mero hecho de complacerme, y no he trabajado en toda mi vida. Indudablemente, cumplo todos los requisitos para ser rey».
Algunos hombres —los pobres generalmente, que tienen que consolarse con lo poco que tienen, o los ricos, para mantenerse en su riqueza— dicen que el dinero no da la felicidad, pero sin duda ayuda a comprarla, y el rey lo sabía muy bien. Y, sin embargo, en los últimos tiempos, el rey no era feliz. La bendición se convirtió en maldición y así, en última instancia fruto de la más profunda desesperación, decidió ir a hablar con el cura.
—Padre, tenéis que ayudarme, no puedo aguantar más esta dolorosa situación.
—No se preocupe, majestad. Cuénteme sus pecados y todo le será perdonado.
—¿Qué pecados ni qué narices? Soy el rey, y como tal, no tengo pecados que confesar.
—Por supuesto, majestad. En ningún momento quise decir lo contrario —dijo aceleradamente el párroco sudando a chorros repentinamente—. Ya sabe, la fuerza de la costumbre…
—Ya, ya… Haré la vista gorda por esta vez, pero a partir de ahora medid mejor vuestras palabras si tenéis en alguna estima vuestra vida.
—Por supuesto, señor. Lo que usted diga, señor…
—Majestad —espetó el rey lanzando una mirada asesina al párroco.
—Ma, majestad… —tartamudeó el cura pensando muy bien sus siguientes palabras, sabiendo muy bien que podrían ser las últimas—. ¿Qué es lo que le preocupa, majestad?
—¡¿Que qué es lo que me preocupa?! —saltó el rey indignado—. ¡Bien lo sabéis, cura estúpido! Al principio tenía gracia, pero los años pasan y ya estoy harto. ¡Ya está bien, caramba!
—Ah, os referís a eso, majestad… —contestó el cura no muy seguro—. Pero deberíais estar contento de que el todopoderoso os haya concedido, sin duda por el inmenso amor que os profesa, una vida tan larga…
—¿Una vida larga? ¡Tengo 178 años, y no puedo más!
—Pero os conserváis como si tuvierais 98 —dijo el cura conciliador.
—¡Estupideces! Exijo que habléis ahora mismo con el todopoderoso y le digáis que venga de una vez a llevárseme.
—Pero majestad, la muerte llega a todo el mundo en su momento. Eso es algo que no podemos variar; y además deberíais estar orgulloso y feliz de haber llegado a tan avanzada edad.
—¿Feliz? ¿Orgulloso? —se lamentó el rey con los ojos vidriosos y una expresión de abatimiento y ternura que sorprendió al párroco, pues nunca había visto, ni siquiera sospechado, que tales sentimientos pudieran existir en el monarca—. Vos no lo podéis comprender, pero no hay nada más triste que esto. Es terriblemente doloroso ver a tus hijos morir de viejos mientras tú sigues vivo. Y aún es mucho más doloroso ver fallecer también a tus nietos. —El rey empezó a acalorarse cada vez más y más—. Te empiezas a mosquear cuando les llega la hora a tus bisnietos… ¡Pero lo que no se puede tolerar es que haya tenido que ver morir también a todos mis tataranietos y a los hijos de mis tataranietos! ¡Así que ya puedes ponerte ahora mismo en contacto con la muerte y ordenarle que venga a buscarme!
—Pero majestad, lo que decís es imposible de cumplir. La misma palabra lo dice. Para hablar con la muerte habría, je, je, que estar muerto.
El rey parpadeó, y comentó sorprendido:
—Soberbio. Magnífica idea. No sé cómo es que no se me había ocurrido a mí mismo.

El cura fue el primero en morir. Como la cosa no funcionó, el rey tuvo que echar mano de sus súbditos, pero los resultados fueron de lo más desesperanzadores. El problema residía principalmente en que los súbditos, una vez que se morían y, presumiblemente, hablaban con la muerte, ya no podían volver para explicar qué era lo que les había dicho. El rey empezó a experimentar entonces con técnicas de muerte más lentas, esperanzado de que, por ejemplo, acuchillando lentamente a un siervo en el estómago, llegara un momento en el que viera a la muerte pero tuviera tiempo todavía de contarlo.
Pronto el rey se quedó solo. La mitad de los súbditos, no sabía bien por qué, había abandonado precipitadamente el castillo en las últimas fechas, y la otra mitad había contribuido, más o menos voluntariamente, a ayudar en sus propósitos al rey con, por cierto, nulos resultados. Por fin, desilusionado, el monarca decidió partir él mismo en busca de la muerte. Dejando su fortuna atrás (aunque debidamente guardada en la más inexpugnable de las celdas del castillo) salió al mundo exterior a lomos de uno de los pocos caballos que aún quedaban vivos en el establo. Muy pronto se dio cuenta el rey de que estaba en el buen camino. El hambre y la enfermedad estaban haciendo estragos entre la población. Había tantos cadáveres (o partes de cadáveres) desparramados por el suelo, que el pobre caballo tenía que hacer verdaderos equilibrios para no trastabillarse y caer de bruces. Siguiendo el rastro de muerte, el rey se adentró en el bosque, pero aquí la pista se perdía de nuevo. Después de unas horas, el monarca se empezó a impacientar, temiendo que nunca hallaría su meta. Pero he aquí que, cuando más desesperado estaba, su caballo agotado y hambriento se desmoronó, y el rey se abrió la cabeza de par en par contra una roca, encontrando por fin la esquiva muerte.

El rey abrió los ojos repentinamente y se quedó como embobado mirándome.
—¿Do… dónde estoy? ¿Y quién eres? —balbuceó al final torpemente.
—Oh —dije yo acostumbrado a responder siempre las mismas inútiles preguntas—, esto es una dimensión paralela y, bueno, yo soy eso que llamáis muerte.
—Tú… ¿Tú eres la muerte? —preguntó el rey atragantándose.
—Sí; si quiere le enseño mi carnet… Oh, vaya, olvídelo, no creo que sepa de qué le estoy hablando. Cosas de las dimensiones paralelas…
—La muerte —repitió mecánicamente el monarca.
—Ya ve.
—Pero… —dijo el rey mientras se reincorporaba—. ¡Pero si eres un crío!
—Pues llevo aquí toda la eternidad. ¿Sabe? Antes de que existiera la vida, ya existía yo. Algunos creen que…
—Esto es ridículo —me cortó el monarca sin parecer hacer mucho caso a mis sabios comentarios—. ¿Y la túnica negra? ¿Y la guadaña?
Ven, a esto exactamente me refería al principio. Y no es precisamente un caso aislado, que todo el mundo viene con la misma historia, y al final se les ve como desilusionados de mi aspecto. ¿Pero para que iba yo a querer una guadaña? Si aquí solo hay arena y rocas… y no lo digo por quejarme, que a mí me gusta; todo está deliciosamente muerto. Y luego lo de la túnica. ¡Por favor…! ¡Con el calor que hace aquí y lo que absorbe el negro! Yo no sé a quién se le ocurrió esta ridícula historia, pero vaya, flaco favor me hizo. A lo largo de los tiempos solo recuerdo un caso ¡un caso! de alguien que viniera a mí sin ideas preconcebidas ni tópicos absurdos sobre mi persona (descontando, claro está, a los recién nacidos y a una buena parte de los retrasados mentales). Creo que se llamaba Aidan O´Hazel; minero, 38 años, murió junto con 256 hombres más en un derrumbamiento en Blantyre. Fue un día terrible, podéis creerme: no tuve ni un instante de descanso. E imaginaos lo que son 256 mineros seguidos que, uno tras uno, te vienen con el rollo de que dónde está la túnica y la guadaña, que no esperaban que fuera así y que si estoy realmente seguro de ser la muerte. Así que podéis suponer como me quedé cuando se despertó Aidan O´Hazel. El tío se levantó, bostezó, se restregó un poco los pantalones y miró a su alrededor hasta que se fijó en mí. Y entonces dijo:
—Ah, hola, tú debes de ser la muerte ¿no? Encantado.
¿Veis? ¡Podríais seguir su ejemplo, caramba!

Pero bueno, sigamos con la historia que os iba contando. Tras un largo rato discutiendo, el rey pareció aceptar por fin que yo fuera realmente la muerte. Entonces se puso a reír y a dar saltos de alegría. Bueno, he de reconocer que yo estaba un poco confundido. Hay gente que acepta la muerte en mejor o peor grado, pero empezar a hacer cabriolas (y más un abuelete de tan avanzada edad) era algo realmente insólito. Además, yo no recordaba tener ninguna cita en aquellos momentos, pero bueno, cuando se tranquilizó un poco lo llevé hasta mi despacho para cumplimentar el formulario de rigor.
—A ver: ¿nombre?
—Rufus Pádraig Ruaidhrí O´Snodoaigh.
—¿Edad?
—178.
—Bien, ya está.
—¿Ya? ¿No tiene que poner por algún sitio que soy rey?
—No, aquí no importa eso. Pero no se preocupe, que en el libro seguro que consta lo de su coronación.
—¿Libro? ¿Qué libro?
—Sí, hombre… —le dije pacientemente, como quien explica algo obvio a un niño—. El libro del destino. Ve, aquí viene todo lo que ha sucedido en su vida —añadí mientras sacaba el libro de un cajón del escritorio— desde su nacimiento hasta su muerte. Y sí —dije yo hojeándolo—, aquí viene: autoproclamado rey.
—¿Puedo verlo yo mismo?
—No, lo siento, las reglas son las reglas. —De repente mi vista se detuvo en la parte inferior de la hoja de Rufus Pádraig Ruaidhrí O´Snodoaigh y solté un grito de terror.
—¿Ocurre algo? —preguntó temeroso el rey
—¿Que si ocurre algo? ¡Pero si usted no está muerto! ¿Se puede saber qué hace aquí?
—Yo… —balbuceó el rey pálido como un muerto, pero sin conseguir engañarme.
—Nada, nada. Aquí no le podemos aceptar todavía. Aún no ha llegado el momento, así que, por favor, váyase que aún hay mucha gente esperando.
—Pero si tengo 178 años ¿No cree que ya es mi hora?
—Bueno, no sé, pero oiga: el libro del destino es el libro del destino, y a mí no se me permite cambiar ni una coma…
—¡Pero no tiene sentido! No existe ningún hombre que pase de los 60, y yo los paso y los repaso. ¡Tiene que haber alguna equivocación!
—Está bien. Deje que mire esto un poco —consentí releyendo por encima lo que allí ponía—. Sí, aquí está: Se cae de su caballo y se abre la cabeza con una roca… ¿Es esto no?
—Sí, sí…
—Pues lo siento, pero aquí lo pone bien claro: “Queda inconsciente durante un día”
El rey se echó a llorar y se arrodilló ante mí pidiéndome clemencia.
—Está bien, está bien —le dije conmovido—. Mire, esto es un poco irregular, pero voy a ayudarle.
—¿Entonces estoy muerto? —preguntó el rey incorporándose de un salto.
—No, mire, eso no puede ser. Pero le voy a decir qué tiene que hacer para morir en paz y de acuerdo con lo que aquí viene. Ajá, aquí está: si usted no ha muerto todavía es porque está maldito.
—¡Lo sabía! ¡Mi tercera mujer era una bruja! Ya hice bien en mandarla quemar, ya…
—No, no es eso. Hace más años todavía.
—Pues no sé, no caigo.
—¿Le suena algo el nombre de Eileen?
—¿Mi segunda hija? ¿También era una bruja?
—No, usted está maldito porque la echó del castillo desnuda como si fuera una basura.
—¡Ésta es buena! ¿Y qué iba a hacer? ¡Esa perra estaba preñada de un plebeyo! En aquellos años era todavía demasiado blando, así que mandé decapitar al amante y a ella tan solo la eché de casa. Cualquier buen padre hubiera hecho lo mismo, ¿no cree?
—Oiga, a mí no me meta en sus líos. Yo no juzgo, solo leo lo que pone aquí. Bueno, el caso es que esa rama de su familia ha vivido desde entonces en la más absoluta de las pobrezas y, actualmente, quedan una madre y su hija como únicos descendientes de su familia.
—Ya ¿Y qué tengo que hacer?
—Ni más ni menos que darles toda tu fortuna.
—¿Y entonces me podré morir?
—Sí.
—Está bien. Acabemos con esto rápido. ¿Dónde viven?
—Veamos… Aquí está: en Ballynacally, un pueblecito tres días al nordeste de donde se abrió la cabeza. Le podría teletransportar hasta allí, pero aquí pone que tienes que ir a pie.
—¿Y mi caballo?
—Se ha escapado… —continué leyendo—, y luego se despeña por un barranco y se lo comen los buitres.
—¡Y pensar que pagué quince monedas de plata por él…! ¡Oiga! —exclamó de pronto el rey cayendo en la cuenta—. Pero si mi fortuna es inmensa: ¡Necesitaría hacer miles de viajes para llevársela entera a esas dos descendientes!
—Sí, eso es un problema. Por suerte puedo convertir toda su fortuna en estos tres huevos de ganso —le dije mientras los sacaba de un bolsillo.
—¿Está de broma? —me miró mosqueado el rey mientras los cogía.
—No, no: No se preocupe; parecen tres simples huevos, normales y corrientes, pero son ¡tres huevos mágicos de camuflaje!
—Guau —exclamó el rey no muy convencido.
—En cuanto se los des a tus familiares volverán a transformarse en toda la fortuna que has amasado a lo largo de tu vida. ¡Y solo me llevo el 10% de comisión!
—Está bien. Me parece justo —dijo el rey metiéndose cuidadosamente los tres huevos mágicos en su zurrón—. Esto… ¿Y cuando me pongo en camino?
El monarca se sintió aturdido. Lo primero que vio al abrir los ojos fue una roca ensangrentada partida por la mitad. Se levantó despacio y caminó renqueante a limpiarse la profunda herida en la cabeza en un arroyo cercano. Después, quizás un poco asustado, examinó el contenido del zurrón, suspirando aliviado al ver que no había sido todo un sueño, y ya sin más dilación partió rumbo a Ballynacally.

Nada de interés pasó en esta primera jornada que yo os pueda contar. Tan solo que caminó lo más rápido que pudo, ansioso por acabar cuanto antes su viaje en esta vida. Cuando empezó a oscurecer, se dispuso a buscar un lugar donde pasar la noche, y así halló el hogar de los O´Carraigh, unos humildes campesinos que vivían en una pequeña casa cerca del río Shannon. Llamó a la puerta y les pidió hospitalidad para aquella noche, y aunque los O´Carraigh no tenían apenas para vivir, invitaron al forastero a entrar.
—Acompáñenos a la mesa, señor. Precisamente nos disponíamos a cenar en estos momentos —le dijo el señor O´Carraigh.
—¡Magnífico! —exclamó el rey—. He estado todo el día andando sin parar y vengo con un hambre de lobo.
—No tenemos mucho —añadió sonriendo la esposa—, pero un viajero siempre es bienvenido en nuestra casa.
El monarca se sentó a la mesa y observó la única habitación que componía aquella casa. No le costó mucho, porque lo único que en ella había era la mesa y las sillas donde estaban sentados, un fuego y dos especies de camastros desvencijados cubiertos con trapos y harapos. La mujer terminaba de asar unas patatas enteras, atravesadas por un palo, en el fuego. Dos niños pequeños, de no más de 6 o 7 años, sentados ya en sus sillas, cuchicheaban emocionados por la novedad de una visita. Por fin, la mujer vino a la mesa y sirvió una patata a cada uno de los niños, media para ella, media para su marido y dos para el rey. Como todas las sillas estaban ya ocupadas, el señor O´Carraigh cedió su sitio a su esposa, aunque el monarca no se percató de la verdadera razón de ello y pensó para sí mismo que aquel hombre no tenía muchos modales, comiendo de pie mientras todos los demás estaban sentados. El rey no estaba acostumbrado a comer alimentos tan poco elaborados, pero tenía tanta hambre que le supieron a gloria. Al terminar, sonrió mostrando su cortesía y dijo:
—Estas patatas estaban excelentes. No me importaría nada repetir.
La mujer palideció, pero uno de los pequeños le dijo al rey:
—Si queréis, señor, podéis comeros la mitad que aún queda de la mía.
—Está bien —dijo el rey cogiéndola y pasándola a su plato—. Sin embargo, deberías tomar ejemplo de tu otro hermano y comerte todo lo que te pongan tus padres.
Nada más acabar de cenar, el monarca se levantó y dijo a los O´Carraigh:
—Bueno, ha sido un placer, pero estoy muy cansado y mañana me tengo que levantar temprano, así que me iré a acostar ahora mismo, si no les importa. ¿En cuál de las dos camas puedo dormir?

El rey, contento consigo mismo, se fue por la mañana, consciente del honor que había otorgado a aquella familia pasando la noche en su humilde hogar. El hecho de saber que el viaje pronto llegaría a su fin le animó tanto que, mientras se despedía, le pasó durante un momento por la cabeza la idea de regalarles a los O´Carraigh uno de los tres huevos mágicos que constituían su fortuna, pero pronto se convenció de no hacer nada parecido, recordando que la muerte le había dicho que debía dar todas sus riquezas a esas dos descendientes que aún quedaban del gran apellido O´Snodoaigh.
Al igual que el día anterior, el monarca caminó hacia el nordeste sin pausa ni descanso. Le dolían los pies y le flaqueaban las fuerzas, pero aun así continuó sin aminorar la marcha. Su objetivo era llegar al final de la jornada a Ballynacally, tan impaciente estaba de encontrarse conmigo, mas el hambre, unido a su avanzada edad, acabaron por hacerle desistir. Dolorido, se tumbó jadeante en la fresca hierba. Miró las estrellas sobre su cabeza y pensó que, después de todo, un día más o menos bajo ellas no constituía ninguna diferencia.
—¿Os encontráis bien, señor?
El rey se levantó y vio que quien había dicho estas palabras era una bella joven, bien vestida y de buena familia, pero cuyos ojos denotaban una enorme tristeza, como así atestiguaban los surcos que habían dejado las lágrimas derramadas en su bonito rostro.
—Sí, hija, solo me había tumbado a descansar un momento —sonrió el rey cortésmente.
—Parecéis fatigado y hambriento; si queréis podemos compartir un poco de pan y queso que llevo en mi bolsa. No he probado bocado en todo el día y yo también necesito un descanso.
—Pues ya somos dos en la misma situación. Dios os lo pague, hermosa joven. Me sentiré muy honrado de acompañaros.
Los dos comieron con ganas, sentados bajo las estrellas. El pan estaba ya un poco duro y enmohecido, pero el queso de cabra era delicioso y confirmó al rey la idea que tenía de que aquella chica pertenecía a una buena familia. La observó con calma, y nuevamente le llamó la atención la tristeza de sus ojos. La joven, dándose cuenta de lo que pasaba por la cabeza del rey, le sonrío y habló así:
—Quizás os preguntéis qué hace una chica como yo en el bosque a estas horas de la noche…
—Estás en lo cierto, muchacha, pero si he de serte franco, en lo que estaba pensando es en lo triste que parecéis estar.
—Una cosa es el motivo de la otra. Estoy aquí porque me he visto obligada a huir de casa, y estoy triste porque he tenido que abandonar mi hogar. Dios es testigo de lo mucho que quiero a mis padres, pero no puedo hacer lo que ellos me piden.
—¿Y qué es lo que te piden? —dijo asombrado el monarca.
—Pedir… si fuera pedir… , pero no: me ordenan que me case con un hombre al que ni siquiera conozco.
—¿Y qué tiene de raro eso? —preguntó el rey un tanto extrañado.
—Pero, señor, ni él me conoce ni yo le conozco a él. No puedo casarme con alguien a quien no he visto en mi vida.
—Pero, pequeña —sonrió el rey gentilmente—, no seas tonta, ya conocerás a tu marido el día de la boda. Antes me has dicho que quieres a tu padre. ¿Crees que él sería capaz de casarte con un mal hombre?
—Esa no es la cuestión —contestó la muchacha sin rabia—. La cuestión es que yo quiero casarme con aquel a quien ame.
—¿Así que tenéis un amante?
—¡No! Pero sé que cuando me case será con el hombre a quien yo quiera.
—Casarse por amor: ¡Ésta sí que es buena! . No te das cuenta de que tú eres muy joven y no sabes tantas cosas de la vida como tu padre. ¿Acaso no es suficientemente rico el hombre que ha buscado para ti?
—¿Y qué importancia puede tener eso, señor?
—¿Importancia? ¡Toda! ¿De dónde crees si no que salen los vestidos y las joyas? La gente te mirará con respeto y admiración…
La joven sonrió tiernamente, sin rastro alguno de enfado o amargura:
—Me recordáis a mi padre, señor. Desde mi punto de vista, decís verdaderas barbaridades, pero no se os puede culpar de ello. Veo que no hay malicia en vos al hablar así. Sé que sois personas que creéis actuar de la forma más justa posible y que ambos queréis lo mejor para mí, más confiad en mí: soy muy joven, sí, pero sé lo que quiero y sé lo que puede hacerme feliz.
—Créeme, el tiempo te hará pensar de forma distinta.
—Dios quiera que no, señor. Dios quiera que no.
Cuando se despidieron, y pese a que el rey pensaba que la muchacha hacía mal huyendo de casa y de la voluntad de su padre, no pudo menos que sentir lástima por ella y, durante un instante, pasó por su cabeza la idea de entregarle uno de los huevos mágicos para que nunca pasara necesidad en la difícil vida que había elegido llevar a partir de entonces, pero tuvo que contenerse porque sabía que tenía que entregar toda su fortuna a aquellas que llevaban algo aún de su sangre.

Era ya de madrugada cuando el rey llegó a Killadysert. Consciente de que no podía pedir hospitalidad a tan tardías horas, se dirigió a la plaza del pueblo para pasar la noche. Cuando llegó, y después de buscar un sitio que estuviera bien resguardado, se sentó apoyando su cuerpo contra un muro y se acomodó lo mejor que pudo. Después abrió el zurrón para comprobar que los huevos mágicos seguían ahí. De pronto, un niño de unos siete u ocho años vestido con sucios harapos salió, no se sabe de dónde, y se acercó tímido al rey.
—Señor —suplicó—. Hace tres días que no pruebo bocado…
—Vaya, lo siento mucho. Deberíais comer más a menudo —contestó el rey volviendo a esconder su zurrón.
—Pero señor, si no como es porque no tengo el qué.
—¿No es un poco tarde para que estés rondando por aquí?
—No tengo casa, señor.
—¿Y tus padres no te dan de comer?
—No tengo padres, señor.
—Vaya. ¿Y hay algo que tengas, hijo?
—Sí, tengo hambre.
—Bueno, lo que me cuentas es muy triste, pero mucho me temo que no tengo nada que poder ofrecerte.
—Señor, me bastaría con uno de esos huevos que lleváis en vuestra bolsa. Si me lo dierais, me haríais el niño más feliz del mundo.
—Pero es que estos huevos no son de comer, hijo. Créeme, lo lamento mucho pero no puedo darte nada.
El niño se alejó cabizbajo y desapareció en la oscuridad de la misma misteriosa forma en la que había aparecido. El rey suspiró y, cerrando los ojos, se dispuso a dormir. «Mi última noche en la Tierra», pensó antes de dejarse caer en los suaves brazos de Morfeo.

Cuando el monarca despertó, lo primero que hizo fue toser y escupir la arena que había entrado en su boca. Se levantó y me miró asombrado sin poder ocultar su sorpresa.
—Pero… ¿Qué hago aquí? … ¿O es que acaso ya he muerto? —añadió expectante y esperanzado.
—No —contesté yo observando como cambiaba su rostro ante mis palabras—. No me mereces.
—¿Cómo que no te merezco? —me preguntó el rey entre enfadado y temeroso—. ¡Me dijiste que me tomarías si le daba mis riquezas a los últimos descendientes de la familia en Ballynacally, y yo he viajado sin descanso para cumplir vuestras ordenes! Dadme un poco más de tiempo y veréis como sí que os merezco.
—No entiendes nada, humano. El descanso de la muerte no está a tu alcance.
—¡Pero si he hecho lo que vos dijisteis!
—Yo te dije que dieras tu fortuna a los descendientes de la hija que echaste de tu hogar, para reparar así la crueldad que cometiste con ello.
—¡Y en eso estaba, señor! ¡No me habéis dado suficiente tiempo para hacerlo!
—Echaste a tu hija del castillo cuando tenías 42 años —dije consultando el libro del destino—. Ahora tienes 178 años. Han pasado 136 años desde entonces y aún no has aprendido nada. Escucha bien lo que te voy a decir: Te he dado la posibilidad de enmendar tu error y no la has sabido aprovechar. Por tres veces has tenido la oportunidad de demostrar haber aprendido la lección… pero no has aprendido absolutamente nada. Eres tan ignorante como solo un ser humano puede ser, y tan ciego que no has sido capaz de ver a tu hija cuando la has tenido frente a ti a menos de un palmo de distancia.
—Pero señor… —me imploró el monarca—, debéis estar confundido. Yo no he visto a mi hija por ningún lado. Es más, salvo que también esté maldita como yo, dudo que hubiera podido verla pues debe de tener más de 150 años…
—¡Estúpido! —le escupí al rey, harto ya de su ignorancia—. ¿Ya no recordáis a los O´Carraigh, que os dieron cena y alojamiento a cambio de vuestra ingratitud? ¿Y la joven muchacha que compartió con vos toda su comida y que, necesitando ayuda y comprensión, solo encontró lo contrario? ¿Y qué me decís del niño hambriento que se os acercó con la esperanza de que vuestro corazón fuera más grande que vuestra inteligencia, demostrándole vos que están a la par? Todos ellos eran vuestra hija, aunque no creo que podáis entenderlo, cegados como estáis en vuestra propia crueldad.
El rey avergonzado bajó su mirada al suelo, pero cuando yo creía que se iba a dar por vencido, levantó de nuevo la vista y me miró con furia:
—Es posible que yo no sepa nada, pero vos parecéis saber demasiado. Más dejad que os diga algo: la única razón por la que no les di uno de los huevos mágicos a cada uno de ellos es porque vos me dijisteis que debía dárselos todos a los dos parientes que ordenasteis que buscara. No me podéis culpar por no haberlo hecho entonces. ¿Sabéis? Tengo la impresión de que todo esto os divierte mucho y de que estáis jugando conmigo. Ahora decís que he fallado la prueba y que no he aprendido la lección, pero no puedo dejar de pensar que vos ya sabíais que iba a fallar de antemano. Si toda mi vida está escrita en ese libro del destino que vos tenéis en vuestras manos, en el que, como vos mismo decís, no se puede cambiar ni una sola coma… ¿Cuántas posibilidades tenía pues de pasar vuestra prueba? Si yo soy cruel, vos sois cruelmente cruel.
—Escucha bien esto —le dije yo—: la crueldad es un atributo exclusivo de la raza humana. Ningún otro animal lo tiene. Sois los únicos que hacéis sufrir a vuestros semejantes o matáis por placer, así que no me metas a mí en asuntos que solo os conciernen a ti y a los tuyos. Yo solo cumplo mi trabajo. En mi naturaleza no hay sitio para la crueldad.
—¡Tampoco para la bondad! —gritó el rey abriendo los ojos. Algunos viandantes le miraron con extrañeza, pero ninguno se detuvo. Era día de mercado y nadie quería quedarse rezagado.
El monarca se levantó cansado y maltrecho, y notó cómo las lágrimas inundaban sus ojos. Más que nunca deseó el descanso que se le negaba. Sin embargo, no dejó que la desesperación le embargara. Estaba desorientado, no sabía qué hacer, pero cuando notó el bulto en el zurrón y comprobó que los huevos mágicos seguían allí, ya no tuvo duda alguna. No es que hubiera comprendido gran cosa pero, de alguna forma, sabía que, pese a lo que yo le había dicho, no tenía nada que perder.

Aún no era mediodía cuando el rey alcanzó Ballynacally, y muy pronto se dio cuenta de que el pueblo entero estaba bajo mi dominio. Hombres y mujeres demacrados por el hambre y la pobreza sacando mecánicamente a hombros, o arrastrando, los cadáveres de sus propios familiares. Luego, entre todos, los apilaban en montones y les prendían fuego, esperando inútilmente que eso sirviera para que el contagio de la peste negra no se extendiera aún más. El rey mismo, arrastraba sus pies cansinamente, como un muerto en vida —que prácticamente es lo que era—, observando sin ver. Nada quedaba ya en él que hiciera pensar que era un rey y que hacía solo unos pocos días aún vivía en un castillo. Su pelo estaba revuelto y sucio, y sus ricas ropas hechas jirones y cubiertas de barro y porquería. Lo único que quería era dormir, y no despertar. Preguntó a todo el mundo, sin hacer excesiva diferencia entre vivos y muertos, si alguno sabía dónde se encontraba la casa de los O´Snodoaigh. Finalmente le indicaron una casucha pequeña y semiderruida, y el rey se dirigió a ella.

Entró sin llamar —entre otras cosas porque la puerta yacía podrida y destrozada en el suelo—, y aunque el interior estaba muy oscuro, pudo ver todo lo que se podía ver con un solo golpe de vista. El rey recordó la humilde casa en la que había dormido hacía apenas dos noches y pensó que era muy similar a ésta, siempre que prescindiéramos de la mesa, las sillas, el fuego y las camas. El monarca caminó entre la mezcla de barro y excrementos que formaban el suelo y se acercó hacia donde se encontraban sus dos últimas parientes. «Mis herederas» pensó amargamente, aunque desde el principio ya supo que la madre estaba muerta. La niña estaba arrodillada ante su cadáver, rezando en voz baja, y ni siquiera levantó la vista cuando el rey se arrodilló también junto a ella y acarició su cabello. El aire estaba viciado, y el monarca a duras penas podía respirar sin sentir ganas de vomitar. Durante un instante sintió el irresistible impulso de dejar allí los tres huevos mágicos e irse corriendo, pero continuó arrodillado como estaba y sin decir palabra alguna durante cinco minutos interminables. Entonces la niña giró su cabeza mirando al rey y simplemente dijo:
—Está muerta.
El rey miró también a la pequeña, pues hasta entonces se había negado a hacerlo. Se notaba que había estado llorando mucho, pero ahora estaba extrañamente tranquila, con esa mirada que tienen las personas que han sufrido tanto que ya no pueden sufrir más. Y el rey pensó que era triste que una niña de ocho o nueve años fuera poseedora ya de esa mirada.

—¿Estás segura de que era aquí? —le preguntó el rey mientras excavaba el suelo con ayuda de las manos y su viejo cuchillo.
—Sí —le respondió la niña—. Aquí fue donde enterramos a papá. Solíamos venir mucho y seguro que a mamá le gustaría ser enterrada en el mismo lugar.
Aunque al principio la tierra estaba muy dura, a medida que el agujero se fue haciendo mayor, la tarea se convirtió más y más fácil.
—¿Cómo murió tu padre? —preguntó el rey abatido con la calavera del mismo entre sus manos.
—Fue decapitado por robar una hogaza de pan.
—¿Una hogaza de pan? —repitió el rey mecánicamente.
—Sí —contestó la niña—. Fue por mi culpa. Le dije que tenía mucha hambre y él… —Pero la niña no pudo continuar.
—Tranquila —le dijo el rey—. Ahora los dos descansan en paz.
Tras volver a cubrir con la tierra la tumba, la niña le dio las gracias por haberla ayudado.
—No tienes por qué dármelas, pequeña. Dime: ¿Cómo te llamas?
—Eileen —contestó la niña.
—Bien, Eileen… —dijo el rey sollozando, no sabía bien por qué—. Volvamos a casa.

En la casa no había nada de comer, pero al menos hicieron un fuego agradable con parte de la madera de la puerta y se sentaron los dos frente a él.
—Abuelo —le preguntó la niña, con su pequeña cabeza apoyada sobre las piernas del monarca —¿Por qué muere tanta gente? ¿Es que Dios no nos quiere?
El rey volvió a acariciar el cabello y la frente de la pequeña con cariño, meditando sin encontrar respuesta: —No lo sé, pequeña. No lo sé…
Había sido un día duro, y los dos se sentían muy cansados. El rey dudó un momento, pero finalmente sacó los tres huevos mágicos del zurrón y se los dio a la niña, que los recogió asombrada.
—Esto te pertenece, Eileen. Estos tres huevos son toda mi fortuna.
—Gracias, abuelo —dijo la niña abrazándole—. Nos comeremos ahora uno y dejaremos los otros para mañana y pasado.
El monarca asintió, y ni siquiera le sorprendió un poco que no se hubiera producido la mágica transformación que yo le había dicho que ocurriría, y sin embargo se sintió ridículamente feliz. Después de la frugal cena, los dos se echaron a dormir en el suelo, dándose calor el uno al otro.
—¿Abuelo?
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué? —le dijo el rey notando como se le cerraban los párpados del sueño.
—Por estar aquí —le contestó la niña dándole un beso en la mejilla.
—Buenas noches —sonrió el rey
—Buenas noches —sonrió la niña.

Cuando el rey despertó y vio que se encontraba de nuevo en mi desierto, se levantó de un salto y me encaró.
—¡No, otra vez no! ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Es que no te has divertido ya suficientemente conmigo?
—Tranquilizaos, rey: tengo buenas noticias para vos. Finalmente habéis aprendido la lección y ya puedo llevaros conmigo.
El monarca me escuchó con la boca abierta y, cuando hubo comprendido el verdadero significado de estas palabras, se abalanzo sobre mí agarrándome por el cuello como intentando estrangularme.
—¡Tú, bastardo…! ¡Ahora me teníais que llamar! Esa niña me necesita… —gritó el rey.
—No, no te necesita —le contesté quitándomelo de en medio y arrojándolo al suelo.
El monarca destronado se arrastró sobre la arena: —¿Qué queréis decir? —dijo llorando.
—La niña murió dos horas antes que tú.
—¿Dónde está pues? No la veo…
—No puedes verla. Está muerta.
—Pero yo también estoy muerto… —gimoteó el rey.
—Bueno, aún falta un detalle…
—¿Qué detalle? —me preguntó el rey mirándome desde el suelo.
—Oh, bueno. Se hace rápido. Introduzco la mano en tu pecho, saco tu corazón y, bueno, me lo como. —El rey vomitó sobre la arena, pero yo continué con la explicación sin preocuparme en demasía de su estado—. Entonces es cuando ya se puede considerar que un ser humano ha muerto. No te preocupes, duele un poco pero después ya no sentirás nada: ni dolor, ni pena, ni nada. ¿Estás ya preparado?
El rey se levantó con la mirada ida y una profunda mueca de rabia y desesperación.
—La última vez dijisteis que yo era cruel. Pero dime: ¿Qué culpa tenía la niña para que te la llevaras? ¡En ella sí que no existía la crueldad!
—Tarde o temprano me la tenía que llevar. No veo qué importancia tenga que sea ahora o más tarde. Era su destino.
—¡¿Y quién escribe ese maldito destino?! —exclamó el rey abalanzándose otra vez sobre mí y arrebatándome el libro—. ¿Lo escribes tú o lo escribe Dios? ¡¿Os hace mucha gracia, verdad?!
—¡NO! —le grité, pero el rey ya había abierto el libro.
Lo hojeó asombrado con la boca abierta de par en par, primero despacio, luego más deprisa. Después cayó de sus manos y quedó abierto de par en par sobre la arena, por las páginas centrales, completamente en blanco. El rey empezó a sollozar otra vez y yo le toqué el hombro, indicándole que ya había llegado el momento.



Condición

(1) Restricción de género: se deberá escribir un cuento infantil de estilo tradicional, como, por ejemplo, las historias de Andersen o los hermanos Grimm. Se valorará cierta originalidad en el uso de los estereotipos y cánones clásicos en este tipo de narraciones (intemporalidad, magia, crueldad, heroísmo, sacrificio).

(2) Debe haber dos niveles narrativos: aunque la historia tal y como está contada debe ser comprensible para un niño de unos ocho años, el cuento debe contener también un subtono o mensaje (implícito o no) más profundo y que puede interesar a un adulto.

(3) No se exige esta vez que la historia sea original (aunque será algo a valorar). Se puede escoger, de hecho, una historia ya existente y reescribirla, siempre y cuando se ajuste a (1) y (2).

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Votos relatos Eileen:

  • Palabras
  • Sin consecuencias
  • El rey y la muerte

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Las llamas del tiempo

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Un estruendo rompió el falso silencio del bosque, sirviendo de obertura a la orquesta animal que se desató en respuesta. Entre los graznidos de los pájaros nocturnos y los aullidos de los predadores se deslizaron unos pasos que marcaban el invisible ritmo de la melodía natural. El intérprete se acercó, rifle en mano, a su desaventurada presa. Tras una persecución de tres días por la arboleda había logrado dar caza al portador de la última pieza de su preciada máquina. Se agachó frente al cadáver y buscó meticulosamente entre sus ropajes, con la única ayuda de la luz de la luna, hasta encontrar oculto en el dobladillo de su jubón el diminuto engranaje de oro macizo. Con un apremio inusual en él, el cazador insertó la pieza en un artilugio dorado que colgaba de su cuello, giró con precisión las ruedecillas plateadas para introducir las coordenadas espaciotemporales que había memorizado y pulsó el botón central.

Un destello cegador se clavó en sus retinas. El astro rey había reemplazado a su pálida hermana en el firmamento, los robles habían tornado en pequeñas cabañas de madera y los animales en campesinos. Los recuerdos reprimidos largo tiempo en su memoria manaron en torrente al reconocer las formas ocultas en los paisajes. Su tierra natal, que apenas era capaz de revivir en sus pensamientos, ahora se mostraba ante él en todo su esplendor, rodeando la pequeña aldea donde se había criado. Pronto se dio cuenta de que su presencia, totalmente disonante, era ignorada por los aldeanos que lo rodeaban. Consecuencia del desfase dimensional, recordó mientras se sentaba en un pequeño banco de madera. Se sorprendió cuando sus pies tocaron en el suelo. Había olvidado la última vez que se había sentado en un banco para gnomos. Alentado por la estampa familiar y la larga espera hasta la caída del sol, el cazador se sumergió en sus pensamientos. Recordó a aquel erudito de barba entrecana que cinco años atrás le había hablado de la antigua civilización enana y de cómo habían logrado dominar el tiempo mediante un complicado artilugio mecánico. Había visto en ello la oportunidad de descubrir la verdad sobre lo que había ocurrido aquella noche. Pero para conseguirlo tuvo que vivir una época oscura de saqueos a ruinas antiguas, asaltos y robos a anticuarios, abyectos trabajos a cambio de unas pocas monedas… No encontró ninguna máquina intacta, y la búsqueda de las piezas se prolongó mucho más de lo que le hubiese gustado. Pronto su persona se dio a conocer por todo el continente. A pesar de su raza y estatura era temido por la gente común. Le llamaban Hawkeye porque nunca erraba un tiro, pero él recordaba su verdadero nombre y el pasado unido a él. El mismo pasado que había ido a buscar.

El sol comenzaba a ponerse en el horizonte. Sabía exactamente lo que iba a ocurrir a continuación. Recorriendo un trazado invisible que todavía perduraba en su memoria, se encontró finalmente con el único sitio al que había podido llamar hogar. Allí, un joven Hawkeye, rifle en mano y con su distintiva pañoleta a cuadros atada en la frente, se despedía de un gnomo de mediana edad con rasgos familiares. Los ojos del cazador se humedecieron al reconocer a su padre, al que hacía diez años que no veía. En concreto, desde aquella noche que estaba a punto de comenzar. El joven Hawkeye se marchó al bosque, a la caza de los conejos que volvían a las madrigueras con la caída del sol. El cazador quiso gritar, advertirle de que llevase a su familia lejos de aquel pueblo, pero sabía que sería inútil. No estaba allí para salvarlos, sino para descubrir la verdad. Se consoló observando el interior de su antiguo hogar a través de la ventana de la cocina. Al otro lado del cristal, su madre y su hermana habían comenzado a hacer la cena. Por los ingredientes que se alineaban sobre la encimera pudo deducir que se trataba de un guiso de lentejas. Su lengua salivó al recordar la textura de aquel plato que hacía tantos años que no probaba. Observó todo el proceso de cocción, lamentando que aquella sabrosa cena nunca iba a ser saboreada e intentando memorizar cada etapa de la elaboración para tratar de reproducirlo en el futuro. Pero pronto el crepúsculo tomó posesión del cielo, como preludio de aquella trágica noche. El cazador se alejó de su antiguo hogar, pues no quería ver con sus propios ojos la muerte de su familia. Finalmente, la oscuridad invadió el pueblo. Sólo los pequeños farolillos se resistían ante el vacío de aquella noche sin luna. Hawkeye se fundió en las sombras, alejándose del fuego que tanto temía. Desde aquella noche las llamas lo aterraban, hasta las de aquellos pequeños candiles que brillaban tímidos, ajenos a la tormenta ígnea que se desataría horas después.

Súbitamente, los gritos rasgaron el silencio de la noche. Chillidos gnómicos, gruñidos orcos, bufidos de huargos, silbidos de espadas y crepitar de fuego. Amanecía rojo antes de tiempo, y el hipnótico bailoteo de las llamas sumió a Hawkeye en un estado de euforia y terror paralizante. Como un sueño dentro de otro sueño, el viajero temporal caminaba entre las llamas frías, de otra dimensión, luchando para mantener la cordura, buscando desesperadamente un líder entre tantos orcos iguales. Un distintivo, un estandarte, un responsable de aquella cruel masacre. Finalmente lo encontró. Un orco de raza superior, de casi ocho pies de altura y cuya singular figura y estruendosa voz amedrentaría a cualquier ser racional. Portaba un estandarte de la Tribu de Kru’gh. Hawkeye lo reconoció al instante, pues tras casi una década de investigación sobre los orcos y sus costumbres conocía a la perfección todas las tribus y clanes del continente. Por el mismo motivo sabía que se encontraba ante Khan Ghul’rag, su líder y el responsable de aquella masacre. Al fin había obtenido lo que tanto tiempo había buscado, la identidad del asesino de su familia. La sorpresa inicial dio paso finalmente a la ira, y bajo la turbadora presencia de las llamas, Hawkeye desató toda su rabia y vació el cargador de su rifle sobre el líder orco. Las balas atravesaron el aire que ocupaba su cuerpo, como si disparase a un reflejo sobre la superficie de un estanque. «No», pensó Hawkeye cuando logró calmarse. «No eres tú a quien busco». Se alejó de su némesis mientras éste seguía gritando órdenes a sus esbirros. Sus pasos se dirigieron automáticamente hasta donde su subconsciente quería ir. Su antiguo hogar, que ahora no era más que una pira llameante de madera y tela. Aquella terrible escena que se había encontrado al llegar de la cacería nueve años atrás lo perseguía de forma recurrente en sus pesadillas y era el origen del pánico que profesaba ante las llamas. Ahora la tenía de nuevo frente a frente, pero no sentía miedo. Tampoco se sentía perdido ni impotente. Ahora tenía un objetivo claro, y la determinación por cumplirlo llenaba hasta la última pulgada de su pequeño cuerpo. Con la vista fija en la colosal pira funeraria de su familia, Hawkeye pulsó el botón de retorno.

Se hizo el silencio. Los continuos gritos de auxilio y muerte se acallaron. El crepitar de las llamas cesó. Se encontraba de nuevo en la arboleda, al lado de su última presa. Y aunque sabía que era un silencio falso, que los predadores acechaban detrás de cualquier sombra, el cazador decidió tomarse un respiro. Limpió cuidadosamente su rifle bajo la luz de la luna creciente. Repuso la munición y la pólvora de los bolsillos de su faldriquera. Comió un puñado de bayas acompañadas de agua de manantial. Calculó algunas coordenadas espacio temporales. Y finalmente se levantó, ató firmemente su pañoleta en torno a su frente, escondió su preciada máquina bajo la camisa, colgó el rifle a su espalda y comenzó su larga marcha hacia el oeste. Hacia las tierras de los Kru’gh.

La cacería no había hecho más que comenzar.

Condición

Tiene que haber un viaje en el tiempo.

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Canción XXIII

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«¡Escuchad, gentiles pueblerinos! ¡Escuchad la historia del galán Iván y la bella Eva! Un relato sobre cómo las impías artes de la brujería sólo llevan desgracia sus seguidores. Un cuento repleto de desamores y risas para infantes y mayores. ¡Escuchad! Pues la historia va a comenzar».

«En un reino lejano, allende los mares y las praderas, vivía una hermosa dama de buen nombre Eva. Tenía el cabello rubio como el trigo y piel blanca como la harina. Los hombres caían a sus pies con sólo esbozar una sonrisa. Ella a todos rechazaba, con gracia y discreción. Pero un joven persistía con tesón. De nombre Iván, el galán así se llamaba. Hijo de nobles, adinerado y de barba poblada. Le dedicó poemas a la bella Eva, canciones y cantinelas. Pero ella, siempre discreta, lo tenía a dos velas. “Eres mi amigo” le decía, pero a Iván no le bastaba. A malas artes recurrió para poder conquistarla. A un aquelarre se acercó en una noche muy oscura. Allí, entre calderos y verrugas, la esperaba la más bruja de las brujas. El rufián Iván le pidió ayuda, con dineros la compró. La bruja, muy codiciosa, aceptó. “Si a tu amada quieres conquistar, un filtro te puedo preparar. Necesito de su cabello un pelo, de su caballo su crin, de su bolsillo un pañuelo y de su cuerpo su orín”».

«El truhan Iván pronto maquinó un plan. Se hizo fácilmente con el pelo, la crin y el pañuelo. Pero a la hora del meado empezó a dudar. “¿Cómo puedo conseguir su rubio manjar?” Su mente llena de corrupción pronto ideó la solución. Invitó a la bella Eva a una fiesta en la taberna. Allí se acercó a ella, con dos jarras de fría cerveza. Las posó sobre la mesa, y gritó a pleno pulmón “¡Bebamos en honor del dueño del mesón!” Y la bella Eva bebió. Sin perder ni un momento luego dijo "¡Y bebamos también por su hijo! Y la bella Eva tragó. Pronto levantó su jarra con brío "¡Y bebamos también por su tío! Y la bella Eva pimpló. Tras recorrer toda la familia del dueño de la cantina, la bella Eva terminó su bebida. Y como ley universal de esta tierra, lo que entra por la boca sale entre las piernas. El rufián Iván se apresuró botella en mano a bajar a las letrinas, y allí esperó impaciente a recoger la preciada orina. Pasaron varios traseros, pero ninguno era el de su amada. A cubierto él esperó, bien guardado de las salvas. Finalmente aparecieron sus hermosas posaderas de blanca piel y rubia pelambrera y botella en mano Iván se puso bajo ellas. La cascada comenzó, era hermosa y cantarina, caída desde el cielo, clara y amarilla. El rufián Iván apuntó con su botella y comenzó a recoger la orina. El frasco se llenaba, ¡todo iba de maravilla! Pero, ¡escuchad!, pues Iván iba a recibir su peor bautizo. Un trueno retumbó en la sala y la lluvia se tornó granizo. El rufián Iván tan despistado estaba, pensando en futuros encuentros al lado de su amada, que no vio caer las piedras, marrones y perfectas, que se chafaron y esparcieron al chocar contra su cabeza. Humillado, el patán Iván huyó de la escena. Manchado y maloliente, realmente daba pena. La botella rodó durante su patética huida, y el orín se perdió entre las boñigas de la letrina. Afuera lo esperaba la bella Eva, con cara de malas pulgas y sin pelos en la lengua. "Gañán Iván, ¡cerdo tenías que ser! ¡Maldigo el día en que te pude conocer! La bruja me contó tu plan mezquino y ruin, de intentar robar con malas artes mi corazón y mi orín. Que sepas que nunca te amaré, ni en esta vida ni en la otra. Ahora sal de mi vista y ve a cambiarte de ropa.

«Y aquí acaba la historia de la bella Eva y el rufián Iván, que con malas artes su corazón trató de conquistar. ¡Recordad, gentiles pueblerinos, que el camino recto es el correcto! Huid de las brujas y los hechizos, guardaos de sus trucos y maleficios. Y si os ha gustado la historia, poned un penique en mi gorra».

Condición

Una botella llena de orín tiene que ser el eje de la trama

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Xana

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Cuentan los libros de historia que, en los agitados tiempos de la invasión musulmana, gobernaba en las frías tierras del norte, más allá de los picos cántabros, un adusto pero benévolo rey. Los sarracenos, que regían al sur bajo la bandera de media luna ensangrentada, amenazaban con tomar y saquear sus tierras. Sus fuerzas eran injustamente superiores y, mientras el emir esperaba la llegada de la cálida primavera para iniciar su ataque, el rey y sus consejeros decidían cómo ofrecer a los conquistadores un honroso final.

Pero el honor fácilmente se pierde cuando se trata de supervivencia. Pues no fueron cimitarras, sino un heraldo musulmán el que acompañó el florecimiento de los campos. Su llegada a Pravia fue mal augurada por los adivinos, aunque las noticias que traía resultaron ser la salvación del pueblo astur. El emir de Córdoba, Abderramán I, propuso un armisticio al rey católico a cambio de que cada año, con la caída del último sol de la primavera, le entregase las cien doncellas más bellas del reino. El monarca no tuvo elección. Aunque le pesase en su corazón entregar a la más preciada cosecha de su tierra, era preferible a reinar sobre los cadáveres de sus súbditos. Rápidamente viajaron los emisarios del rey a cada aldea al norte de los picos cántabros. Hubo gritos y lágrimas, pero el pueblo comprendió su nefasto destino y lo aceptó con pesadumbre. Y así, todas las doncellas elegidas llegaron a Pravia antes del solsticio de verano. Todas, salvo una.

Pues sucedió en Illas que los heraldos del rey encontraron a una hermosa doncella de nombre Belinda y quisieron llevarla cautiva. La mujer, temerosa de su destino en manos de los sarracenos, aprovechó su atractivo para engatusar a sus captores con bellas danzas y exquisitas canciones. En un momento de despiste, huyó hacia los bosques que poblaban las orillas del Arlós, perseguida de cerca por la guardia real. Belinda corrió y corrió, y cuando cayó la noche se creyó a salvo y pudo al fin descansar. Viéndose sedienta, siguió el murmullo del agua que acompañaba los cantos de los búhos hasta un pequeño y oculto manantial que brotaba de sólida roca. El líquido refulgía en centelleos pálidos bajo la luz de la luna llena, dotando al lugar de un aspecto sobrecogedor. Allí, mientras saciaba su sed tomando largos tragos de agua, la mujer oyó a lo lejos el ladrido de los sabuesos de la guardia. Belinda trató de huir, pero una extraña fuerza le impedía abandonar aquella fuente. Cada paso que daba para alejarse le costaba más y más. Los pies le pesaban y la sed le crecía. Asustada por aquel embrujo, comenzó a gritar y a llorar. Los guardias pronto la hallaron, pero cuando quisieron acercarse a tomarla, se transformaron ante los atónitos ojos verdes de Belinda en carneros de piel clara. Una voz tronó en su cabeza.

«Ahora eres mi xana. Me perteneces desde el momento en que resbalé por tu garganta, nadie que te desee mal podrá acercarse a ti, aquí estarás a salvo».

La guardia de Illas envió patrullas en busca de sus hombres, pero ninguna regresó. Los agoreros declararon el bosque maldito, y ya nunca más nadie lo penetró por voluntad. Y así pasaron treinta largos años. Belinda, ahora la xana del Arlós, moró en soledad en aquel recóndito lugar con la única compañía de sus carneros y el resto de animales del bosque. Los años no pasaron por su bello rostro, y tan solo en la mirada sensata de sus ojos esmeralda podía apreciarse la mesura de la vejez. Comprendió que estaba atada a la fuente por un extraño hechizo y, aunque trató innumerables veces de alejarse de ella, siempre terminó regresando. Resignada a su cruel destino, aceptó la vida eremita y esperó.

Un fresco día de otoño, cuando los pardos robles comenzaban a entrar en su letargo estacional, un pastor de los montes cántabros se adentró en el bosque maldito huyendo de un peligro mayor. Bandidos bereberes provenientes del lejano Tamazgha habían saqueado Lugonés por la mañana, aprovechando la inestabilidad de la región. Cegado por el miedo, Aurelio corrió con todas sus fuerzas alejándose del poblado. Cuando logró tranquilizarse, descubrió que se encontraba a más de tres leguas de su hogar, justo en los lindes del bosque del que tantas historias había escuchado. Decidió adentrarse en la arboleda temeroso de posibles perseguidores musulmanes. Aurelio nunca había creído aquellos cuentos de viejas, pero aun así una sensación asfixiante lo apresaba a cada metro que se internaba en ella. Al cabo de media hora caminando, decidió poner fin a su huida para así descansar y ocultarse hasta el anochecer. Se sentó, apoyándose en un nudoso roble, y cerró los ojos para tratar de tranquilizarse. Su cabeza ahora solo podía pensar en su querido rebaño, probablemente capturado o ahuyentado por los bandidos. Confiaba en que no hubiesen encontrado el dinero enterrado bajo el manzano que crecía al norte de su humilde cabaña. Entre esos y otros pensamientos, el pastor cayó en un sueño intranquilo fruto de la fatiga. El murmullo del agua lo sacó de su sopor. Aurelio se dio cuenta de que estaba muy sediento, por lo que siguió el rumor en busca de la fuente. El sol estaba ya en la recta final hacia el horizonte. Le costó encontrar el manantial escondido tras la roca. Se aproximó para beber, cuando una voz imperiosa lo detuvo.

—¡Detente, joven! ¡No bebas de esa agua maldita!

Una hermosa joven de ojos esmeralda asomó tras el tronco de un castaño. Lo miraba con la curiosidad de un niño que observa el afanoso trabajo de un insecto. Vestía ropas harapientas que mostraban de forma tímida las curvas de su figura. El pastor, rendido ante la belleza y majestuosidad de aquella mujer, se arrodilló a sus pies.

—Si existen en verdad las damas del río, temo estar ante una de ellas.

—Y no errarás, joven pastor —contestó con solemnidad—. Pues yo soy la xana de esta fuente, tierra y verde arboleda. Pero levanta, pues llevo demasiados años en soledad y deseo más que nada una historia y compañía.

Aurelio se irguió. Observó la ternura de su piel y el rubor de sus mejillas, pero también el gesto duro en sus pómulos y la sensatez en sus ojos. Ella le señaló un saliente en la roca y allí se sentaron durante varias horas, acompañados por el canto de los búhos recién despiertos. Aurelio le relató las grandes gestas del rey Alfonso el Casto en Lisboa, entonó canciones de pastores y contó leyendas populares. Sin embargo, la sed avivó y el hambre se hizo presente. El pastor tuvo que marcharse, no sin antes prometerle que volvería a visitarla otro día.

Y así fue como comenzó la historia del pastor y la xana. Aurelio la visitaba frecuentemente. Le regaló un vestido nuevo para sustituir a sus ropajes, raídos por el paso del tiempo. También le llevaba manjares de más allá del bosque: quesos, carne y miel. Pronto se enamoraron, y abrigados por el follaje de los castaños yacieron bajo la luz de las estrellas. Así pasó un año, y con la caída de las primeras hojas, Aurelio le regaló un anillo de hueso que él mismo había tallado. Engastada en su centro, brillaba una diminuta gema rojiza que el pastor había cambiado en Pravia por dos de sus mejores reses. Y allí, en la fuente del río Arlós, se casaron en secreto, con los animales del bosque como únicos testigos.

Pero la guerra avanzó, y las huestes del emir tomaron Lugonés. Muchos huyeron a los bosques, y los impíos musulmanes, en lugar de darles caza, prendieron fuego a los árboles. La hojarasca, yesca natural, ardió violentamente y pronto todos los bosques desde Lugonés hasta Los Espinos estaban en llamas. Aurelio se había escondido junto a su esposa en la fuente del Arlós. El incendio avanzó, y el fuego estaba a punto de alcanzar su hogar.

—Debes huir, Aurelio —sentenció la xana, mirando lacónicamente como las llamas destruían su reino-, o morirás abrasado.

—No me iré sin ti, Xana. Pues no tiene sentido vivir si tú no estás.

Ella sabía que tenía razón. Jamás se iría de aquel lugar mientras siguiese viva. Echó a correr hacia las llamas más próximas y, antes de que Aurelio pudiese reaccionar, ella se consumió. El pastor se derrumbó. De rodillas, lloró en silencio hasta que su instinto le hizo reaccionar y huir de aquel infierno. El incendio duró tres días y tres noches, hasta que la galerna trajo las primeras lluvias del otoño. Aurelio volvió a su verdadero hogar en cuanto las llamas se extinguieron. Donde antaño crecían frondosos castaños ahora todo era un mar de cenizas y carbón. De la fuente todavía brotaba agua, como la sangre pura del bosque herido de muerte. Aquel día, el pastor permaneció sentado en la roca donde solían charlar, llorando y rezando por su amor perdido. Y así todas las noches, con la caída del sol, Aurelio se acercaba hasta el lugar para hablar con ella, esperando una respuesta que nunca llegaba.

Las xanas son, sin embargo, seres tan sobrenaturales como condenados. Pues aún tras su muerte, su espíritu está ligado a su fuente y nunca puede abandonarla. Y allí estaba ella, todas las noches, para escuchar sus ruegos y acompañar en silencio su tristeza. Allí le susurraba al oído, le acariciaba la piel y le rogaba que volviera cuando él se iba al amanecer. Una noche de invierno, Aurelio se durmió acostado en la piedra, arropado por el murmullo del agua. En sueños, escuchó la voz de la xana.

«Aurelio, sé que mi muerte te ha roto el corazón. Pero has de olvidarme y vivir tu vida. Viéndote así todas las noches sufro por ti. Prefiero que te vayas y saber que eres feliz».

Al despertar, él comprendió que había sido algo más que un sueño, pues a su lado se hallaba el vestido de su esposa, impregnado en el fino olor de su piel, y el preciado anillo de hueso y fuego. Se quedó mirando al infinito durante varias horas, abrazado a la ropa que una vez ella había vestido, sopesando las palabras que le había dicho desde más allá de la vida. Finalmente se levantó y miró a su alrededor una última vez, grabando cada árbol quemado, cada brote verde entre las cenizas, cada rincón de su hogar. Cogió el vestido y el anillo y se marchó.

Aurelio no volvió la noche siguiente. Vivió su vida, tal y como le había dicho la voz de la xana. Trabajó duro en los montes cántabros, ahorró dinero y se marchó lejos al oeste, a Galicia. Huyó de los sarracenos, escondiéndose en una aldea perdida en el Caurel. Construyó una pequeña granja y allí vivió cuarenta largos años llenos de oportunidades, errores, experiencias, alegrías y llantos. Aunque tuvo pretendientes, nunca llegó a formar una familia. Por mucho tiempo mantuvo vivo el recuerdo de su amor perdido, aunque juró no volver a llorar por él. Y cuando la vejez le alcanzó y sintió su muerte próxima, vendió todas sus reses y su granja, repartió el dinero entre sus amigos y marchó de vuelta a Asturias, a aquel bosque al que una vez había huido.

Y allí, en lo más recóndito de la arboleda, en aquella fuente escondida tras la roca, Aurelio bebió un largo trago del agua que manaba y, arrullado por su murmullo, se durmió lentamente hasta que llegó su hora.

Condición

El relato debe basarse en la letra de una canción, canción de la cual se adjuntará un vídeo al finalizar el relato para enterarnos de cuál era y apreciar la convergencia entre las dos obras.

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Votos relatos subrosandro:

  • Las llamas del tiempo
  • Canción XXIII
  • Xana

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Muchos tachones veo yo ahí. ¿Sabes lo que es el típex?

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La verdad de las leyendas

El viento hinchó la vela de la humilde embarcación, insuflándole una nueva vida tras varios días de letargo en los que, debido al pasado temporal, había permanecido atracada. El crujido de las jarcias acompañó al movimiento de la quilla sobre la calmada superficie del mar, que reflejaba el sol recién nacido del amanecer levantino.

Al timón, oteando el horizonte con sus ojos azules, se hallaba el único tripulante del barco. Entrado, de largo, en la treintena, su piel aparecía morena y curtida, señal de las muchas horas expuesto al sol y los vientos marinos. Oscuros eran también sus cabellos, aunque ya con numerosas canas, como si la sal marina comenzase a blanquear su cabeza. No era especialmente alto (no llegaba al metro setenta), pero sí de brazos fuertes y ancho pecho.

Miguel, pues ése era su nombre, lanzó un último vistazo a la orilla que acababa de dejar. Allí, a unos treinta metros de la línea donde morían las pequeñas olas, se alzaba su casa, una sencilla construcción de un solo piso y de color blanco. Más cerca, con sus pies lamidos por el mar, se encontraba su esposa Ana. Con los brazos cruzados sobre el pecho, seguía con la vista las maniobras del barco. Al ver que Miguel miraba en su dirección, levantó la mano derecha en señal de despedida; Miguel correspondió con un gesto similar y volvió a vigilar la proa de la embarcación.

La casa de Ana y Miguel, como varias casas de pescadores más, se encontraba en una calita natural, a un par de kilómetros de la aldea, donde los habitantes de las casas fondeaban durante las noches y durante los días de mala mar. La barca de Miguel, finalmente, llegó a mar abierto y varió ligeramente el rumbo hacia estribor, desapareciendo, a ojos de Ana, tras el saliente rocoso que delimitaba la pequeña bahía.

Bajo las aguas, algo se agitó, impaciente.

En cuanto perdió de vista la cala, Miguel viró aún más a estribor, bordeando la pedregosa costa, hasta que arribó a la siguiente playa de arena. Maniobró para embarrancar suavemente en la orilla y bajó a tierra de un salto, observando con avidez a su alrededor. Al momento, una menuda figura salió de entre unos matorrales cercanos, arrastrando una bolsa por el suelo. Miguel fue a su encuentro, la alzó entre sus brazos y se besaron con pasión.

—Llevo esperándote desde antes del amanecer, empezaba a temer que no vinieras —dijo la mujer, separando sus labios de los del hombre.

—No seas tonta, Esther —sonrió él, para seguidamente volver a besarla—. Nada podría impedirme estar aquí.

—Lo sé, cariño mío —respondió ella, mirándole a los ojos y colocando sus pequeñas manos a ambos lados de la cara de Miguel—. Vámonos.

Él la dejó sobre la arena, se echó la bolsa al hombro y en unas pocas zancadas llegó a la barca. Tiró el bulto sobre el fondo de la misma, junto a las redes de pesca, y acto seguido alzó en volandas a la mujer y, pasándola por encima de la borda, la depositó en cubierta. Un vigoroso empujón para desencallar la embarcación, y en pocos momentos el pequeño velero surcaba de nuevo las calmas aguas mediterráneas.

—Échate al suelo —indicó Miguel—. Es mejor que no te vea nadie.

La mujer obedeció, mientras Miguel observaba las aguas de la zona. Se veían ya varios barcos pesqueros madrugadores, aunque ninguno lo bastante cerca para que pudieran haberla visto a bordo. Optó, precavido, por tomar una ruta que no les acercase a otras embarcaciones.

El pescador miró a la mujer tumbada sobre el fondo de la barca. Llevaba suelta la larga melena negra; sus ojos verdes, profundos, contenían la promesa —como bien sabía Miguel— de deliciosos placeres carnales. Un vestido estampado envolvía el regalo de sus redondeadas formas.

—¿Tu esposa no sospecha nada?

—Esa insufrible mujer… Descuida, cree que he salido a pescar, como cualquier otro día. Imagínate, hasta le he dicho que me esperase junto a la playa… ¡Va a ser una espera muy larga!

Ambos rieron con ganas. Habían pasado ya más de dos años desde que se vieran por primera vez por las calles de la aldea. Hacía pocas semanas que Esther y su familia (su marido y una hija) habían llegado desde un pueblo del interior, con la promesa de que él trabajaría en un barco pesquero. Ella había llamado inmediatamente la atención de Miguel, igual que la de la mitad de los hombres de la población; y a la vez, el notó que la atractiva morena se fijaba en él. Las miradas, las conversaciones aparentemente casuales… se sucedieron durante las siguientes semanas, hasta que, finalmente, consumaron su pasión en la playa, al abrigo de unas rocas, con el mar y las estrellas como únicos testigos.

Los encuentros se repitieron siempre que les fue posible tenerlos: aprovechaban los viajes de Miguel a la lonja para vender el pescado capturado en el día, las ocasiones en las que el marido de Esther permanecía dos o tres días faenando en alta mar, las visitas que Ana hacía a su madre… cualquier ocasión era buena para satisfacer el fuego interno que los consumía.

Con el paso del tiempo, una idea empezó a tomar forma: se fugarían para comenzar una nueva vida juntos, muy lejos de allí. Miguel, tras cuatro años de noviazgo y trece de matrimonio con Ana, estaba profundamente aburrido de ella. Por su parte, a Esther la hastiaba sobremanera la vida de esposa y madre que llevaba. Y tras muchas charlas y discusiones, el plan se había concretado y, finalmente, ejecutado.

—¡Las Baleares nos esperan! —exclamó Miguel, una vez dejaron atrás las zonas donde solían faenar los demás barcos—. Ya puedes levantarte, estamos lejos del resto de pescadores.

La mujer se incorporó hasta ponerse de rodillas, y miró por encima de la borda las cada vez más lejanas embarcaciones y, aún más allá, la costa a la que nunca volvería. Se colocó frente a Miguel y comenzó a desabrocharle el pantalón.

—Ven aquí… —ronroneó, mirándole con ojos lascivos.

Miguel la detuvo el tiempo justo para comprobar el rumbo con la brújula y asegurar el timón, atándolo con un cabo. Después, la dejó hacer.

Bajo las aguas, algo se estremeció: su momento se acercaba. Los peces abandonaron esos parajes, sensibles a las leves vibraciones del fluido.

Esther y Miguel reposaban, abrazados y desnudos, tumbados en el fondo de la barca. El sol calentaba cuerpos aún sudorosos. Se dejaban mecer por el suave vaivén de las olas, mirando el tapiz celeste, apenas surcado por algunos jirones blancos.

De repente, una gran ola embistió la barca, empapando a sus ocupantes; éstos intentaron levantarse en cuanto se recuperaron de la sorpresa. Otro muro de agua golpeó la embarcación y la escoró hasta dejarla tumbada sobre un costado. Únicamente la vela, que se quedó desplegada sobre la superficie, evitó que el casco quedase boca abajo. Esther y Miguel cayeron al mar, y una rápida sucesión de olas rompió sobre ellos y la barca, como enormes puños de agua. Miguel trató de sujetar a la mujer, que empezaba a hundirse, enmarañada con las redes de pesca. Los constantes impactos pasaron factura a la barca, que empezó a desmontarse; el mástil se partió; un trozo de tablón voló hasta impactar en el rostro de Miguel, que quedó aturdido y soltó a su compañera. Las olas continuaron golpeando, inmisericordes, arrastrando a los amantes al fondo del mar, junto con los restos del naufragio. Y entonces, tan de repente como se había embravecido, la superficie quedó en calma, igual que había estado apenas unos minutos antes.

Al cesar el ataque de las olas, algunos fragmentos de madera salieron a flote, mudos testigos de la recién acaecida tragedia. La fortuna había querido que un cabo se enredase con el brazo derecho del desvanecido Miguel, dejándole fuertemente atado a un trozo de mástil. Su cabeza apenas quedaba por encima del agua. El golpe del tablón le había fracturado el pómulo y la mandíbula, además de dejarle una fea brecha, de la que manaba sangre, que iba de la sien a la barbilla. Y así quedó Miguel, más muerto que vivo, al amparo de las aguas del Mediterráneo.

Pasaron casi dos días, durante los cuales el pescador no recobró el conocimiento, hasta que lo recogió un mercante que iba rumbo a Marsella. Una vez a bordo, sólo despertó en contadas ocasiones, delirando y sufriendo terribles dolores. La tripulación le aplicó curas lo mejor que supo pero, por desgracia, el mismo cabo que había salvado su vida había hecho que se gangrenase su brazo derecho, al dejarlo demasiado tiempo sin riego sanguíneo. Cuando arribaron a puerto y lo trasladaron al hospital, tuvieron que amputárselo. Además, en el rostro le quedó una marcada cicatriz.

Pero los golpes y la falta de oxígeno se habían cobrado una víctima más: su memoria. Cuando al fin despertó con cierta lucidez, el pescador no recordaba quién era, o qué le había sucedido. Únicamente supo, gracias a una enfermera que sabía algo de castellano y le escuchó hablar, que era español.

Llegó el día en el que recibió el alta, y Miguel se encontró en la puerta del hospital manco, desfigurado, sin recordar nada de su pasado, y en un país que no era el suyo y en el que no conocía el idioma. Su vida no fue fácil a partir de entonces, malviviendo gracias a los escasos empleos que conseguía y, las más de las veces, a la caridad.

Al poco tiempo de salir del hospital estalló la Guerra Civil en España, y acto seguido, un conflicto aún mayor asoló Europa, y Francia se vio especialmente afectada. La idea de volver a su país quedó, pues, aparcada, y más cuando Miguel finalmente encontró trabajo como pastor en un pueblo cercano a Marsella. Pasaron los años; nunca se casó, aunque sí trabó amistad con una pareja de emigrantes españoles establecidos allí.

Tras varias décadas la democracia llegó a España, circunstancia que los exiliados aprovecharon para planear una visita a su Valencia natal durante las vacaciones, viajando con uno de sus hijos en el coche de éste. Propusieron a Miguel que los acompañase, y éste aceptó: sentía curiosidad por ver el país del que provenía, pero que no recordaba.

Partieron una madrugada de agosto, emocionados ante la perspectiva de regresar a su país, del que tantos años habían faltado. El trayecto transcurrió sin problemas hasta que, cerca de Barcelona, el coche empezó a funcionar mal, aunque la avería les permitió llegar al taller de un pueblo cercano. Mientras el mecánico lo reparaba, decidieron dar un paseo por la playa cercana.

Llegaron a una pequeña cala de fina arena, cubierta por multitud de sombrillas, toallas y sillas. En la orilla, en el lugar donde rompían las olas, vieron una piedra blanca, inusual por contraste que ofrecía con el color oscuro que lucían todas las demás rocas de la zona. Se acercaron a ella.

—¡Qué roca tan curiosa! —comentó Andrés, uno de los amigos de Miguel.

—¿Verdad que sí? —dijo un bañista—. En el pueblo tienen una leyenda sobre esa piedra. Dicen que es la esposa de un pescador que no volvió del mar, y ella se quedó así esperando el regreso de su amor, cubierta por la sal y el coral.

—¿Ah, sí? La verdad es que si la miras bien, sí que tiene cierto parecido con alguien arrodillado frente al mar.

—¿La mujer de un pescador convertida en piedra mientras espera a su amor? —Miguel posó su única mano sobre la superficie de la roca, caldeada por el sol veraniego. Se quedó quieto por unos instantes, como si un recuerdo larga y profundamente enterrado pugnase por aflorar. El momento pasó, y el recuerdo marchó con él. Apartó la mano de la piedra y se dio media vuelta—. ¡Qué estupidez!

Condición

El relato debe basarse en la letra de una canción. Canción de la cual se adjuntará un vídeo al finalizar el relato para enterarnos de cual era y apreciar la convergencia entre las dos obras.
En este caso, la canción que elegí es
Mecano - Naturaleza Muerta (Videoclip.) - YouTube

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Elince tu propia aventura

Eres un joven lince avanzando despacio, al amparo de la alta vegetación. Procurando no alertar a tu desprevenida presa, a la que no pierdes de vista. Escuchas con satisfacción cómo el manto de hierba, tierra y hojarasca apenas emite un leve crujido cuando lo pisas. Cuidadoso a cuidadoso paso, te acercas a poca distancia del conejo, que sigue mordisqueando hierba. Sólo cuando saltas hacia él sospecha algo y se yergue sobre sus patas traseras, pero es demasiado tarde: hundes tus garras retráctiles en su carne, y tu peso e impulso lo aplastan contra el suelo. Clavas unos dientes afilados en su garganta y, en poco tiempo, el animal expira. Te das un festín.

Una vez saciado, notas que tus sensibles bigotes se erizan: el ambiente se está cargando de estática. Observas el cielo encapotado y las copas de los árboles, que murmuran agitadas por el viento. Es el momento de buscar refugio. Tu madriguera habitual no queda lejos de donde te hallas, aunque en una pared rocosa cercana distingues una tentadora oquedad donde podrías cobijarte.

Si quieres refugiarte en la cueva, ve a 3.

Si prefieres ir hasta tu madriguera, ve a 5.


2

Cualquier cosa será mejor que el agua, así que continúas tu huida siguiendo el curso del río, pasando por debajo del sendero elevado. Echas algún rápido vistazo a tu espalda, y compruebas que el ente destructor ya no os sigue, por lo que pasas a un ritmo más tranquilo. Tus pasos te llevan a la cima de una pequeña loma, desde la que divisas el paisaje.

El panorama es desolador: la zona de bosque que fue tu hogar se encuentra envuelta en altas lenguas danzantes, que consumen todo a su paso. Aprecias con alivio que al menos el ser destructor ha quedado contenido por las aguas del río y por el camino, incapaz al parecer de cruzarlos. Pequeñas partículas flotan en el aire, como una nieve sucia. Buscas un sitio donde guareceros y os acomodáis bajo una rama caída sobre unas rocas. El pequeño lince se duerme enseguida, y pronto el cansancio y el sueño te vencen también.

Llueve durante la noche. Al despertar por la mañana, sales de tu refugio y contemplas tu antiguo hogar. Apenas quedan ya algunas pequeñas lenguas, aferradas a árboles dispersos. El terreno, antaño vivo y cubierto de vegetación, no es más que un secarral de tierra oscurecida del que brotan columnas neblinosas, una ruina donde sólo quedan en pie algunos tristes esqueletos de árboles.

El cachorrillo se frota contra tus patas, sacándote de tu ensoñación. Abandonáis la pequeña colina con dos objetivos: encontrar una buena madriguera y explorar tus nuevos territorios de caza.

FIN


3

Decides ponerte a cubierto lo antes posible. Entras en la oscura abertura, y enseguida tus ojos se adaptan a la escasa luz y puedes revisar el lugar. La estancia se estrecha mucho hacia su parte posterior, pero ves que en la parte delantera podrían acomodarse sin problemas otros cinco linces más. Percibes que la hierba crece algo más alta cerca de una de las paredes, lo que tomas como una invitación a utilizarla como lecho.

Te acercas para tumbarte. En ese momento notas que algo que has pisado se mueve, y casi al instante sientes un agudo dolor en tu costado. Miras en todas direcciones, y apenas puedes vislumbrar una forma alargada y sinuosa antes de que esta desaparezca arrastrándose hacia el fondo de la cueva.

Abandonas la gruta, espoleado por el dolor de la picadura. Un agarrotamiento invade tus músculos a los pocos pasos. Tropiezas torpemente y caes al suelo, donde sufres terribles espasmos hasta que llega el alivio de la muerte.

FIN


4

El cachorro sólo te retrasaría, así que comienzas a correr de nuevo, dejándolo junto al cadáver de su madre. El viento de cola te favorece, pero impulsa también la oscura neblina, dificultándote la visión cada vez más; y parece acelerar también el avance del brillante devorador, que te recorta terreno poco a poco.

De pronto, oyes un sonido extraño, como un aullido que nunca acaba. Frenas tu carrera, escudriñando entre la neblina, intentando localizar a la bestia que produce el ruido; pero es inútil: el ambiente velado y tus llorosos ojos no te permiten ver más allá de unos pocos pasos. Decides avanzar agazapado para evitar ser visto. Notas cómo el suelo del bosque cambia bruscamente a otro más duro, a la par que desaparece la vegetación de tu alrededor. Percibes el aullido muy cerca de ti, tanto que hace que te duelan tus sensibles oídos. Confuso, distingues dos puntos luminosos entre la bruma. Lo último que ves es la enorme mole que emite el sonido y las luces, saliendo de la oscuridad y golpeándote de lleno.

FIN


5

El viento arrecia, y las plomizas nubes comienzan a hendir la atmósfera con numerosas descargas luminosas. Una orquesta de truenos pone el acompañamiento musical a la tormenta eléctrica. La sucesión de explosiones sónicas parece marcar el ritmo de tu carrera entre los árboles; esquivas ramas, saltas sobre rocas y troncos caídos, soportas los impactos de las hojas secas que vuelan en todas direcciones. Llegas finalmente al imponente alcornoque que es tu hogar, y te introduces ágilmente por una estrecha abertura medio oculta entre las raíces.

Una vez dentro del familiar hueco puedes por fin relajarte, pese a que continúas escuchando el retumbar de los truenos, amortiguado por la madera del árbol. Acomodándote en el musgo del suelo, procedes a lavarte con tu lengua áspera y te quedas profundamente dormido.

Despiertas sobresaltado. No sabes por qué, pero todos tus instintos te alertan de un peligro inminente. Sales de tu madriguera, y una especie de neblina que flota en el ambiente ataca a tu vista y olfato, haciéndote toser e irritando tus ojos. Levantas la mirada y ves multitud de bocaditos con alas, huyendo en la misma dirección y emitiendo una cacofonía de graznidos, gorjeos y trinos.

Escudriñas entre los árboles, en la dirección de la que vienen los pájaros, y lo que ves te llena de un terror atávico: algo que no has visto nunca, luminoso y con una forma siempre cambiante, oscila entre la vegetación, trepando por los troncos hasta las ramas más altas, consumiendo la maleza y los arbustos. Avanzando hacia ti. Pese a la distancia, sientes el calor que emite.

Ves un cervatillo salir de entre los árboles, con parte del ente brillante adherido al pelaje de su grupa. El animal salta encabritado y enloquecido de dolor, hasta que finalmente cae al suelo. Las lenguas devoradoras se esparcen por todo su cuerpo y saltan a unas zarzas cercanas.

Es todo el acicate que necesitas para huir tú también. Empiezas a correr tan rápido como puedes, intentando alejarte lo más posible de lo que sea que está arrasando el bosque. Afortunadamente, parece que eres más rápido que él. Ocasionalmente miras hacia los lados y ves conejos, tejones, algún corzo… escapando como tú.

Después de correr algún tiempo, empiezas a trotar algo más despacio, acusando el cansancio. Miras hacia atrás y compruebas que has logrado distanciarte del destructor, aunque aún puedes verlo brillar entre los árboles, avanzando sin pausa. Escuchas entonces unos maullidos e, intrigado, te diriges a su origen para investigar.

Descubres una hembra de lince tumbada en el suelo, y un cachorrillo gimoteando a su lado. Comprendes que la madre está muerta; el pequeño lince le lame cariñosamente la cara cuando desiste en sus quejidos. Y entonces recuerdas que el peligro sigue acercándose.

Si decides rescatar al pequeño lince, ve a 7.

Si lo dejas allí, ve a 4.


6

El ser brillante cada vez está más cerca, así que decides superar tu animadversión al agua e intentar usar las piedras para alcanzar la otra orilla. Tomas impulso y saltas a la más cercana y ancha. Brincas otras cuatro veces sobre otras tantas rocas, acercándote a tierra firme de nuevo. Un par de saltos más y lo habrás conseguido. Te agachas y contoneas tus cuartos traseros, como si fueras a cazar esa última plataforma. Vuelas y caes sobre la dura piedra, pero por desgracia está cubierta de un suave verdín que te hace resbalar y caer al río.

Afortunadamente, estás ya cerca de la orilla y puedes apoyarte en el lecho del río, ya que el agua apenas te llega a la barriga. Das un respingo al sentir el frío contacto del líquido, y tras unos saltos estás por fin en terreno seco. El cachorrillo gime y tirita, empapado. Lo dejas en el suelo y te tumbas a su lado, lamiéndolo para secarlo. No pierdes de vista la otra ribera, y compruebas con satisfacción que el ente es incapaz de atravesar la corriente, lo que no le impide consumir toda la vegetación hasta casi la orilla. Aun desde el otro lado del río, el calor que irradia se deja sentir, algo que agradeces al estar mojado. Tras limpiar al ahora dormido cachorro, procedes a lavarte tú. Finalmente, rendido, caes también en un pesado sueño.

El retorno a la conciencia es turbador: abres los ojos y no reconoces el lugar donde te encuentras. Te hallas en un recinto cerrado, delimitado por una especie de entramado de ramas muy finas, a la par que muy resistentes. En otros recintos iguales ves varios conejos, un par de zorros, e incluso un jabalí y un ciervo. En el mismo habitáculo que tú se halla el pequeño lince al que salvaste, con evidentes ganas de jugar. Decides abandonarte al juego y retozar con él.

**

Tras muchos días, los extraños seres que caminan sobre sus patas traseras y que os han estado cuidando este tiempo, os trasladan a un nuevo bosque, donde os liberan. El cachorro y tú corréis hacia el abrigo de la espesura. Una nueva vida os aguarda en vuestro nuevo hogar.

FIN


7

Siguiendo un impulso, levantas al cachorrillo, atrapando con tu boca la piel de su nuca, y te alejas de allí. Por suerte, al ser bastante pequeño no te estorba para mover las patas delanteras al correr, aunque su peso hace que avances un poco más despacio. Ya no ves otros animales acompañándote en tu huida: todos parecen haberte adelantado. La oscura neblina viaja contigo, empujada por el viento.

Escuchas algo proveniente de la bruma, como el ulular interminable de un búho; sólo que nunca has oído a un búho, o a cualquier otro animal del bosque, emitir un grito igual. Entonces lo ves: algo enorme, moviéndose a gran velocidad, a poca distancia frente a ti. Unas potentes luces iluminan su camino, hendiendo la niebla, mientras otra luz aparece y desaparece en su parte superior, al ritmo del estruendoso ruido.

Asustado, sales corriendo en dirección contraria a la que ha tomado el gigantesco animal, avanzando en paralelo a una especie de vereda ancha por la que, de vez en cuando, ves pasar otros seres similares al primero, ruidosos y luminosos. Por tu otro costado, el ente brillante sigue avanzando de matorral en matorral, de árbol en árbol. Sólo puedes ir hacia delante, sin detenerte.

Llegas a un punto donde el terreno desciende, mientras el camino a tu lado parece ascender, sostenido por una suerte de gruesos árboles sin ramas. Y delante de ti, un río: ¡odias el agua! Entre la corriente sobresalen varias piedras, quizás podrías saltar sobre ellas para cruzar al otro lado.

Si prefieres huir por la orilla, ve a 2.

Si intentas cruzar el río, ve a 6.


Condición

Durante el transcurso del relato debe de suceder o estar sucediendo un desastre natural que tenga relevancia argumental

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