Antología de relatos (no comentar: sólo relatos y votos)

Por un millón de puntos

Los laboratorios Bayer aumentan un 200% el precio del Triglocen

Se trata de la tercera subida de precio en lo que va de año del conocido medicamento contra el cáncer. Con este aumento, se calcula que sólo el 5% de los españoles tendrá acceso al tratamiento.

Leverkusen, 17 de septiembre de 2030. Werner Baumann, presidente de la multinacional Bayer, hizo público mediante un comunicado en la pasada madrugada que el Triglocen, único medicamento contra el cáncer con tasa de curación superior al 90%, tendría una subida del 200% sobre su precio actual. La OMS se ha pronunciado (…)


Roberto guardó el periódico en la mochila y se acercó al mostrador con un nudo en la garganta. La farmacéutica le recibió con una sonrisa tras el cristal blindado, le saludó y le preguntó qué deseaba. Él respondió el saludo mientras le tendía una receta médica por la abertura entre el mármol blanco y el vidrio. La chica miró el papel y perdió la sonrisa.

—Caballero, sabe que a pesar de tener receta debe abonar el pago del Triglocen, ¿verdad?

—Sí, sí —contestó Roberto nervioso, a la vez que pasaba el dorso de su mano por una placa metálica situada en el mostrador.

La farmacéutica consultó en el ordenador la pantalla que acababa de abrirse con los datos financieros de Roberto.

—Le faltan más de cien mil euros.

—Lo sé —leyó la tarjeta que llevaba la joven a la altura del pecho—. Disculpe, Sofía, es muy importante. Mi hijo está enfermo, y hasta ayer la cantidad en la cuenta era suficiente para comprar el Triglocen.

—Veré qué puedo hacer. Su documento de identidad, por favor.

Cuando Roberto le entregó la tarjeta, Sofía notó el temblor en los dedos del hombre. Tras teclear los caracteres, esperó unos segundos y analizó atentamente la pantalla del ordenador.

—Lo siento, sólo puedo aplicarle descuentos por un millón de puntos.

—¡Tengo más de un millón de puntos! —contestó Roberto con esperanza.

—Según el sistema, no alcanza dicha cifra. Perdió puntos las pasadas navidades cuando compró a la competencia un medicamento contra la gripe. Y también veo que fue penalizado hace unos meses por dar de baja su suscripción a la publicidad de GooglEye.

—¡Estaba conduciendo y me saltó un maldito anuncio! ¡Casi me mato!

—Por favor, deje el mostrador libre para que pueda seguir atendiendo a los clientes.

—¡No, no, espere! —suplicó Roberto con un hilo de voz—. Tiene que haber algo que pueda hacer, por favor. Mi Andrés está muy mal. ¡La receta! La receta tiene fecha de hace un año, cuando me la hizo el médico. Entonces tenía un millón de puntos; puede comprobarlo.

Sofía revisó el trozo de papel que le había entregado Roberto: tenía las esquinas dobladas y su color distaba del blanco que debió haber tenido al principio. Tecleó de nuevo y negó con la cabeza tras unos instantes.

—Nada… Bayer es muy estricta con su programa de fidelización de clientes. Me temo que estoy atada de pies y manos.

Él pensó en lo cruel que se había convertido todo el mundo; ella, en toda la verdad que escondía aquella frase hecha. Tras ellos, se escucharon algunos murmullos.

—Mi hijo no tiene mucho tiempo. He conseguido todo este dinero y puedo conseguir más. Prometo pagar cada céntimo que me falta. He reunido los últimos cien euros esta misma mañana. ¡Por Dios, usted sabe que si hubiera venido ayer habría podido pagar el maldito Triglocen!

—¿Puedo ofrecerle Aspirina, Supradyn o Desenfriol? Siempre viene bien tenerlos en casa y todos son de Bayer, por lo que conseguirá puntos y pronto podrá acceder al Triglocen.

Vencido por la impotencia, Roberto se derrumbó sobre el mostrador, con la cabeza entre sus brazos. Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro. En ese momento, un hombre que hacía cola tras él, le increpó:

—¡Lárguese ya, imbécil! Está haciendo perder el tiempo de los que sí vamos a poder curarnos.

Roberto se imaginó por unos instantes dando un puñetazo al tipo y pateando sin descanso su cuerpo inerte tras caer al suelo, pero ya no se sentía con fuerzas ni para responderle. Con la cabeza gacha, recogió la receta y el dinero y abandonó la farmacia.


La UE se reunirá con las farmacéuticas tras el caso Triglocen

Continúan los avances en la política de tratamientos de enfermedades terminales tras el fallecimiento del niño Andrés.

Ginebra, 14 de octubre de 2030. La Unión Europea ha confirmado la próxima reunión con los principales laboratorios farmacéuticos después de la sacudida que ha producido el caso Triglocen en la opinión pública. Las marchas populares en multitud de ciudades europeas en favor de R. L., tras el ataque perpetrado contra las oficinas de Bayer en Sant Joan Despí (Barcelona), han hecho reaccionar a líderes políticos y empresarios para revisar la legislación actual y las políticas comerciales de fidelización de clientes. A pesar de que Werner Baumann, presidente de la farmacéutica Bayer, ha reiterado que no se puede sucumbir ante los ataques terroristas, refiriéndose así al incidente protagonizado por el padre de Andrés, el Consejo Administrativo de los laboratorios ha decidido (…)


Condición

Condición: En el relato debe aparecer una marca comercial (empresa, marca o producto), real o ficticia.

1 me gusta

Voces

Llegué a la cabaña con la respiración entrecortada, producto de una mezcla de nervios y ansiedad. Los nervios eran fruto de los monstruos que me perseguían más allá del bosque; la ansiedad, de las ganas de escapar de ellos y olvidarme durante horas de sus tormentos. Mientras dejaba la mochila y preparaba todo, me vi cortes en los brazos, producidos por algunas de las afiladas ramas de los árboles del bosque. Pero tampoco reparé mucho en ellos, pues ahora era mi momento.
Sentado en el escritorio que había en el centro de la cabaña, empecé a escribir. Hacía mucho tiempo desde la última vez y me noté algo oxidado, pero las ideas que habían fluido meses atrás se agolpaban por salir a manchar la blancura del papel. A cada trazo que daba, más grande se hacía la estancia, haciendo que las paredes desaparecieran en la negrura, como tragadas por el bosque.
Pero la calma no iba a tardar en desaparecer. Un crujido me alertó y me sacó del trance que me poseía; una oración quedó a medias en el folio. Levanté la cabeza y agudicé el oído. Me pareció escuchar unos susurros al otro lado de una de las ventanas. Solté el bolígrafo y me dirigí al origen de aquellos sonidos. La vista no alcanzaba a distinguir mucho a través de la ventana: sólo la espesura del bosque, con aquellos árboles amenazantes.
Volvía a la silla cuando escuché un nuevo susurro al otro lado de la cabaña. Esta vez corrí hacia la puerta y la abrí de un empujón, dispuesto a descubrir aquello que fuera que no me dejaba escribir a gusto. El porche estaba vacío, salvo por la mecedora de madera y la mesita redonda de cristal. Bajé las escaleras y pude ver a lo lejos un punto de luz. Solo que no era uno, sino dos. Y tampoco eran luces, sino unos ojos de un poderoso color rojo, mirándome. También distinguí una extremidad con negras garras puntiagudas que me señalaban. La criatura se encontraba tras uno de los pinos, pero pude ver cómo salía de su escondite y se dirigía a la cabaña mientras yo volvía a entrar y cerraba la puerta.
Pronto le siguieron más criaturas con ojos multicolor: morados, verdes, naranjas y amarillos fijaban su atención en mi refugio del bosque. Los susurros ya eran voces claras; hablaban un idioma que no conocía, pero podía comprender lo que intentaban decir…
“Él no sabe”.
“Él no vale”.
Me senté de nuevo al escritorio e intenté ignorar a las criaturas. «No escuches esas voces y recuerda las palabras de aquel editor», me dije. Me aferré al papel mientras escuchaba sus garras dar golpecitos en los cristales. También pude sentir las ramas de los árboles creciendo y retorciéndose hasta formar figuras fractales. La maraña de ramas entró en la cabaña, pero sin romper las paredes o ventanas. Las criaturas ya no hablaban desde el exterior: sus voces se clavaban directamente en mis pensamientos.
Ya no podía seguir escribiendo. Las palabras de la última frase no tenían ningún sentido y no recordaba qué era aquello que había rondado mi mente meses atrás. Atrapado en el bosque en que me había ido a escudar de las amenazas de la ciudadela, ya no tenía un lugar seguro al que dirigirme. La cuestión era luchar contra los monstruos o contra los ojos de colores.
Realmente, existía una tercera opción, que era la que había escogido siempre: no luchar. Así es como acabé en este bosque.

Condición

Condición: El relato debe ambientarse en un bosque.

1 me gusta

Votaciones relatos Jowser:

  • Jenny was a friend of mine
  • Por un millón de puntos
  • Voces

0 votantes

2 Me gusta

La ciudad eterna

Más allá de los libros de historia, en la frontera con el país de los cuentos se levantaba una ciudad oculta, y aunque variados eran los motivos por los que muchos hombres y mujeres ardían en deseos de conocer su única entrada y despojarla de sus secretos, no todos estaban dispuestos a pagar el alto coste que eso suponía.

En Montmartre, el barrio más bohemio de la ciudad, se levantaba impetuosa una acaudalada finca de tres plantas. En su interior, un joven preadolescente mantenía su mirada absorta en el televisor, donde un puñado de animosos muñecos de trapo pretendían instruir a esos infantes eternos en tempranas lecciones de vida. A su lado, su madre y una amiga aspiraban cocaína sobre la cara de Vladimir Putin, portada de la última edición de la revista Time.

—Pues yo creo que Douglas es muchísimo más guapo que Errol —decía una.

—Si todo lo que te importa es una cara bonita, puede ser; pero nadie toca el piano como Errol —contestaba la otra, tocándose la nariz—. Y reitero el cómo.

—No se trata de lo que me importe, sino del significado de la palabra guapo. Cuando se trata de belleza, el pene no entra en consideración —le rebatía la primera.

—No seas tan categórica, hay penes tan bonitos que merecerían el honor de presidir el salón principal de cualquier casa señorial. Especialmente si es la tuya, con ese jarrón tan horrible…

—Es un Ming.

—¿Quién?

—Que el jarrón es un Ming —insistió.

—Lo que tú digas. Es tan feo que incluso una escultura del flácido pene de tu amado Douglas Fairbanks mejoraría la estancia —se burló.

—La polla de Fairbanks es completamente funcional y más bonita que la de esa mala bestia de Flynn —parecía molesta.

—Pensaba que habías dicho que una polla no podía atesorar belleza alguna —se burló nuevamente, haciendo rabiar a su vieja amiga—. Va, no te enfades, solo estaba bromeando. Vamos, tómate la última —dijo empujando un poco la revista en su dirección.

A escasos metros, el niño se levantó con tranquilidad y cerró el televisor.

—¿Puedo ir a ver qué hace Eddie? —preguntó a su madre con rostro inexpresivo. Las mujeres miraron al mozuelo con un atisbo de duda en su mirada.

—Ve si quieres, pero no le molestes; estará trabajando —dijo su madre asiendo la tarjeta cliente de Harrods con convicción—. Y no tardes mucho en volver, pronto será la hora de tu merienda.

El niño asintió, se sacudió las arrugas de sus pantalones y dejó a las mujeres seguir con su conversación. Tras cruzar el salón con rapidez, subió una estrecha escalera de madera añeja para abrir la trampilla que daba paso al desván. En la oscura habitación, la luz de la calle se filtraba débilmente por los estrechos huecos que las carcomidas tablas de madera dejaban en la pared exterior.

Con la maña de quien ha repetido una misma acción centenares de veces, el muchacho desencajó cuidadosamente un tablón del suelo y se tumbó para observar por el recoveco.

La habitación inferior estaba iluminada por una tenue luz amarillenta, lo que dotaba a la estancia de una cierta calidez. En el centro de la misma, un orondo hombre de mediana edad se sentaba en un sillón de aspecto mullido. El tipo parecía pensativo mientras una de sus rollizas manos hacía repiquetear una pluma metálica sobre la mesa. Enfrente de él, una atractiva mujer de edad parecida a la suya cruzaba las piernas de forma elegante, esperando pacientemente algún tipo de contestación.

—No sabría qué decirle, señora —bufó, rompiendo el silencio—. Ésta es una casa de firmes principios. Tiene que entenderlo, somos gente de moral intachable se excusó.

—Lo sé y es algo que respeto, pero comprenda que ese desliz es parte de mi pasado. Algo que jamás volverá a ocurrir.

—Así que bruja… —suspiró hojeando su currículum vitae.

—Eso es.

—Se refiere a una de esas que van con sombrero de pico, escoba y un gato negro en el bolso.

—Gato no tengo; pero sí, básicamente sería eso.

—¿Y no puede usar su talento de alguna otra forma? Para serle sincero, aquí no le será muy útil.

—No, no puedo. Podía antes, pero ya no. Como sabrá, esta ciudad es solo para renegados.

—Es una forma de verlo —Eddie suspiró—. Ha perdido su magia y aun así eliminó a esos tipos y ahora está en probatoria. Si no es indiscreción, ¿cómo lo hizo?

—Los cociné.

—Entiendo…

—Sin que sirva de excusa, debo añadir que el guiso fue un éxito. Los niños del orfanato lo disfrutaron enormemente —dijo con modestia.

—¿Me está diciendo que cazó, asesinó y cocinó a los tres hermanos para preparar un ágape a unos huerfanitos?

—Eso es exactamente lo que le estoy diciendo —dijo colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja.

—¿He de suponer que no tenía nada en la despensa?

—No debería suponer eso, tenía muchas cosas en la despensa. Patatas, cebollas, hierbas aromáticas varias, arroces y legumbres, además de todo tipo de verduras frescas, pescado y un par de pollos en la nevera; pero me faltaba el ingrediente principal para el plato del día de Food-Network TV y el mercado no abre los domingos.

—Así es cómo decidió matar a tres personajes de cuento y cometer un triple homicidio. —El hombre se reclinó mientras cruzaba sus manos sobre su redondo estómago.

—No.

—¿No? Entonces, ¿cómo?

—No, me refiero a que no fue un triple homicidio, sino un triple asesinato. Un crimen a sangre fría. Ése es el delito por el que me han condenado.

—Cierto. —La mujer parecía satisfecha, nunca le habían gustado los malentendidos.

Eddie se levantó y caminó hasta la ventana con parsimonia, revelando las rotundas nalgas que el batín de seda que vestía por toda ropa no lograba cubrir.

—Entonces, ¿cuál fue esa receta? —terminó preguntando de espaldas a su interlocutora, con la mirada fija en el zeppelín que en esos momentos sobrevolaba la Torre de Londres.

—Asado de cerdo y manzanas rojas con salsa de jengibre.

—Y los niños lo disfrutaron, ¿verdad?

—Así es, señor Eddie. Incluso la pequeña Mirtle quiso repetir —recordó secándose una lágrima de emoción sincera—. Mirtle siempre ha sido de mal comer, ¿sabe? Fue una bendición el verla apurando el tocino hasta el hueso en el día de autos.

—Entonces, esa niña, Mirtle. ¿Comió postre? —inquirió Eddie.

—Comió dos, señor. Una deliciosa crème brûlée con azúcar caramelizado y un fondant au chocolat. Aunque este último me pareció demasiado dulce.

—El chocolate no debe llegar a hervir, al deshidratarse la masa concentra los azúcares e intensifica su sabor —apuntó el orondo ser.

—Pensé en ello, pero ya sabe, solo soy una mujer —sonrió tímidamente mientras se desabrochaba el botón superior de su blusa, dejando al descubierto un generoso escote. —¿Soy yo o hace un poco de calor en esta habitación?

—Es usted —contestó sin titubeos.

La mujer volvió a abrocharse el botón algo avergonzada.

Bien —apuntó el gordinflón mientras volvía a su sillón —. Quizás merezca esa oportunidad. Al fin y al cabo, como usted misma ha dicho, esta ciudad es un lugar de redención. Pero, señora, ¿sabe exactamente qué es lo que hacemos aquí?

—Usted es Eddie Carmax y produce películas para adultos, lo sé muy bien. Mi antiguo marido acostumbraba a comprar sus cintas de contrabando allí en el País de los Cuentos.

—Jodidos piratas interdimensionales… —masculló el pornógrafo mientras se encendía un habano.

—Lo siento…

—Está bien, no puedo culparla. Al fin y al cabo, si fuera alguien decente no estaría aquí. El caso es que tiene usted razón. Soy Eddie Carmax y, por mucho que le pese a ese bastardo de Andrew Blake, esta casa es donde se producen las mejores películas para adultos de toda la historia. Como tal, comprenderá que no puedo contratar a cualquiera.

—Es muy comprensible.

—¿Y piensa hacer algo al respecto?

—¿Hacer el qué?

—Creo que ahora es el momento adecuado para desabrocharse ese botón —sugirió señalándole la blusa.

—Ah, por supuesto… —La mujer sonrió torpemente mientras se levantaba lentamente de la silla. Contorneándose, se acercó a Eddie, ya totalmente recostado en el sofá.

—Ah, casi lo olvido. No le importará que ponga algo de música, ¿verdad? —preguntó mientras escogía un vinilo y lo colocaba en el reproductor.

—No, claro que no…

—Es que sin Honky Tonk Women de los Rolling no logro hacer que la cosa funcione como debería, ¿sabe? Supongo que podría decirse que yo también he perdido parte de mi magia en este lugar…

—Comprendo… Pero no debería apurarse, el talento de levantar cosas sin tocarlas lo conservo. Además, sé hacer masajes tántricos.

—Oh, no se moleste; con esta canción de fondo todo funciona perfectamente. Puedo decir con orgullo que a Mick y Keith les debo la vida —Eddie seguía pensando en voz alta—. Pero siga, siga; si no recuerdo mal estaba poniendo su tacón entre mis muslos.

La mujer clavó el tacón en el sillón, entre los muslos de Eddie, quien se relamía de gusto al son de la guitarra de Richards. Tras acercarse indecentemente, la despampanante hechicera se quitó el zapato con un gracioso golpe de tobillo; éste, por su parte, salió volando hasta casi tocar el techo, desde donde el pequeño espía no perdía detalle de todo lo que sucedía.

Sobre el pantalón del viejo sátiro, el pie de la mujer jugueteaba recorriendo su entrepierna, ahora endurecida bajo el influjo de dos factores: los bamboleantes pechos de la lozana bruja, ahora desnudos, y la voz rasgada de Mick, clamando por degustar las mieles de una chica mala que le habría de recordar por qué la lujuria sienta tan bien un domingo por la mañana.

La melodía se seguía repitiendo en un bucle infinito mientras ambos cuerpos se fundían en uno. Aun así, desde la distancia era fácil distinguir donde empezaba y terminaba cada uno de ellos: torneado, firme y esbelto como el de una diosa griega el uno; rotundo, fláccido y vil en sus formas el otro.

Y con el solo final, llegó el clímax a tres bandas. Amantes y pajillero unieron fuerzas de forma involuntaria para terminar en un grito común, un alarido al placer en tres tonos que logró compenetrarse como la mejor de las filarmónicas en el mejor concierto de sus vidas. El polvo y la paja habían sido épicos, lo que sin duda le reportaría a la bruja un buen contrato en el mundo del porno interdimensional; a Eddie un trofeo más sobre el que alardear y al pre-púber eterno una fantasía vívida a la que agarrarse en sus desvelos.

—Entonces, ¿estoy contratada? —preguntó todavía abrazada a Eddie.

—Puede apostar por ello. Solo queda por decidir quién será su pareja en su debut. ¿Tiene alguna preferencia? ¿Douglas Fairbank o Errol Flynn?

—¿Qué tal el Lobo Feroz? Soy una gran admiradora de su trabajo.

—A eso se le llama empezar fuerte… Por cierto, ¿cómo se llama?

—No tengo nombre, aunque antes solían llamarme Bruja Malvada.

—¿Antes?

—Sí, me refiero a antes de venir a esta ciudad. Antes de que Blancanieves terminara conmigo.

—Ah, esa zorra paliducha.

—Exactamente esa zorra paliducha. Y frígida.

—No vale la pena preocuparse por el pasado ahora. Vivamos el sempiterno presente.

—Gracias, señor Eddie.

—No hay de qué, Bruja Malvada.

—Por favor, llámeme Malvie.

—Tutéeme, Malvie…

—Te pido lo mismo.

En el desván, el muchacho colocó el tablón en su lugar, limpió su mano con un pañuelo de seda que llevaba en el bolsillo y bajó las escaleras. Llevaba ya cinco vidas de eterno pajillero prepúber en ese lugar y ésta había sido una de sus mejores tardes. Sin saber muy bien el motivo, sonrió privadamente y se fue a merendar con su madre.

Condición

El texto será un relato erótico en el que aparezca o resulte importante un cuento o fábula clásica

4 Me gusta

Lo que uno es y lo que uno no es

Corro por los pasillos del palacio de mi memoria, hogar antiguo de taumaturgos y demás hombres sabios que pretenden tejer mi destino susurrándome palabras contradictorias con sus voces sordas cargadas de sabiduría ancestral. Órdenes que se perciben como preexistentes en el espacio y el tiempo. Y está en mi discernir cuáles de esas palabras son ciertas y cuales un simple eco fallido del exterior. Porque ellos, los sabios verdaderos, son yo y yo soy ellos.
Quién eres; qué quieres; qué o a quién amas o qué futuro te pertenece por derecho propio son preguntas a cuya respuesta llegarás no por obedecer las consignas que esos verbos lejanos de fuera de tu propio ser claman, petulantes en su equívoco, determinados a definir tu existencia. Porque la definición de tu ser no es condición adquirida por consenso ajeno, sino inherente a tu propia persona en sus diámetros físico y mental; adquirida por el hecho genético legado de tus ancestros y por el hecho ambiental concerniente al mundo de tu infancia, patria intelectual y forjadora primera del carácter de un hombre.
Como tal, tu verdadera identidad, aquella que va más allá de la apariencia superficial de tus ropas y demás objetos decorativos y, como tal, prescindibles, vendrá definida por el conocimiento que de ti mismo obtengas tras una sentida reflexión.
Pero, ¿hasta dónde dejarás que el día a día de tu existencia te arrastre? Los destinos son varios, algunos más probables que otros, pero será en los inverosímiles, en aquellos donde encuentres la negación de los demás donde podrás acentuar tu propia existencia como ser unívoco, ejecutor de tu propio significado bajo las reglas infinitas del libre albedrío.
De esa forma decidí dejar la calma chicha de mi paraíso mental y aceptar que la tranquilidad de una vida simple no se correspondía con mi verdadera naturaleza. Supe que vivir la vida de otra persona es como estar muerto. Así fue como cerré mis párpados al mundo material para abrir los ojos al interior de mi mente y observar detenidamente esas voces mágicas y ciegas que a todos nos dictan consejos contrapuestos como si de una encarnación individual de las tres caras de Hécate se tratara. Y de entre todas ellas decidí desenmascarar a aquellas portadoras de mentiras adquiridas por el inevitable contagio que todos sufrimos al atender a razones foráneas durante largos años de abandono del propio reino mental.
Más tarde abrí los ojos y quise convencer de mi propia naturaleza a aquellos que hablan en voz alta desde lugares lejanos. Yo era, al fin y al cabo, el verdadero monarca, quien por azares de la temprana juventud había decidido perder temporalmente su verdadera posición de forma infortunada.
Y así, tras divagar por el océano de mi memoria, entre voces ajenas farfullando falsedades hallé sentado en un trono de marfil al impostor; infiel usuario de mi nombre y heredad que había decidido morir como él para poder vivir como yo. Y de un zarpazo le arrebaté de entre sus manos la brillante joya, ajada por el trato erróneo que le había dispensado durante años. Así la levanté y la mostré en público, esperando que viajaran al interior de su mente y acallaran a los falsos profetas, dejando solo a los verdaderos, aquellos que proclamaban sin duda que yo estaba en lo cierto. Pero la ignominia de la sinrazón había podrido sus entrañas, contagiando la realidad en sus cabezas. Malditos sean mis vasallos, ciegos y sordos en la mentira. De esa forma ni tan solo el brillo de la evidencia pudo hacerles entender la única verdad auténtica, prefiriendo aferrarse a verdades convenidas, tan fáciles como irreales.
Golpeado, apaleado, vejado en una mazmorra pretenden una humillación a mi ser que nunca sucedió. Porque en el interior de mi cabeza, cuando cierro los párpados y abro los ojos a mi mente, esos sabios taumaturgos me susurran que no es el cadalso lo que me espera mañana, sino la puerta hacia un nuevo horizonte de libertad.
Condición

“El protagonista debe ser un adolescente que padece algún leve/medio trastorno mental (amigos imaginarios, escucha cosas, alucina, etc.). No tiene por qué actuar como un loco ni ser un bicho raro a ojos de los demás”

4 Me gusta
Reflexiones amargas de un ser carente de gónadas
Estoy hasta la polla.
Eso sería, probablemente, lo que le diría al barman imaginario que aparece en nuestra mente cuando deseamos autocompadecernos. Lo diría, claro, si no fuera porque el apéndice sexual referenciado es algo que perdí hace ya mucho tiempo, junto al resto de mi biología.
Pero es así, estoy hasta la polla. O, mejor dicho, estoy hasta el hormigueo inconsciente en el espacio euclídeo de lo que antaño fue mi polla. Y pensar en eso, en estar hasta más arriba de algo que solía tener pegado a mi cuerpo hasta que alguien decidió pasarme su boleto de la mala suerte, es algo que todavía me cabrea más. Porque ya se sabe que nada se aprecia totalmente hasta que no se pierde para siempre. Y si algo tiene mi polla es que está totalmente perdida en algún lugar, donde sea que viajen las pollas huérfanas de un cuerpo motriz que las lleve colgando en sus idas y venidas por el mundo de los vivos.
Aun así, lo que más me toca los cojones es no poder disfrutar del placer del mal ajeno. Me enerva pensar que tras ser despedido de su mierda de trabajo, fugarse la puta de su mujer con un enano trapecista, terminar empinando el codo y decidir atropellarme como epílogo de su miserable vida, el antiguamente conocido como perdedor hijoputa renació en vida con el nombre de cabronazo afortunado; solo para hacerse rico escribiendo un manual de autoayuda y terminar casado con una modelo de lencería; rubia, tonta y con dos tetas tan grandes como la biología podría permitir. Y, claro, él además tiene polla.
Probablemente jamás os habréis parado a pensarlo, pero ser un fantasma, una alma en pena, un payaso en un estado de semi invalidez sobrenatural sin ni tan solo acceso a una paguita estatal, es una putada. Porque nada de esto es cómo lo cuentan las películas. Aquí nunca se ha visto un túnel de luz blanca ni ejecutado promesa de redención alguna. En este lugar todo el mundo está esperando con un boleto a lo incierto en su espectral chequera. Toda alma desde el primer puto neandertal hasta el último subnormal muerto hace un segundo por el impacto de un coco en un islote de mierda en el culo del mundo. ¿Imagináis tal grado de hacinamiento? Tranquilos, Arafat tampoco podía. Por lo menos hasta que descubrió que su compañera de litera para el resto de la eternidad respondía por el nombre de Golda.
Porque mientras está vivo, uno cree que tiene todo el tiempo del mundo. ¿Qué importará que los neoliberales hayan privatizado el Cielo y eso nos mantenga a todos en esta sala de espera eterna? Viviendo no tienes ningún motivo por el que molestarte en ver más allá. La vida te exige de cierta arrogancia en tu lucha por la supervivencia, por la permanencia de tu adn. Vives en una carrera entre ti mismo y la sombra de lo que crees que quieres llegar a ser, que no deja de ser lo que los demás quieren que seas.
Pero a diferencia de los vivos, nosotros sabemos que tenemos todo el tiempo del mundo por delante. Tampoco competimos por intentar conseguir algo que tenemos asegurado ni tenemos por qué culpar a nuestro gen egoísta al disculparnos por intentar tener sexo. Nadie espera nada de nosotros. En nuestra existencia innecesaria somos seres totalmente libres.
En esta situación es normal que algunos de nosotros se vuelvan locos y empiecen a aullar, a aparecerse recreando su último instante de vida o a gemir mientras intentan follarse al pequinés de la vecina del séptimo. Tarde o temprano, todos terminamos aprovechando nuestro insomnio permanente para desarrollar algún cliché: que si ahora arrastro unas cadenas, que si voy a aparecerme llevando un candelabro, que si algo huele a podrido en Dinamarca… Por eso de mantener las costumbres, imagino.
Aunque lo que realmente pienso es que lo hacemos por miedo. Por miedo a la inexistencia. A extinguirnos como una gota de agua en el desierto infinito que supone la inmortalidad del alma. Porque sin algo que nos autorreferencie, sin autoconvencernos con un macguffin vital que nos dé una excusa para seguir moviéndonos, ¿podemos decir que existimos?
Y ésa es nuestra maldición: abandonados en un páramo desolado por un padre disfuncional; el inexistente bastardoausente. Así le maldigo por su decisión. ¿Por qué eligió no existir?
Condición

“El protagonista padece insomnio y por ello se ha buscado un hobby que ocupe las largas noches en vela. El relato deberá representar el hobby y contar cómo es una de esas noches”

5 Me gusta

Votaciones relatos Isolee:

  • La ciudad eterna
  • Lo que uno es y lo que uno no es
  • Reflexiones amargas de un ser carente de gónadas

0 votantes

2 Me gusta

El Piso

Aquello había costado trabajo y dinero, pero empezaba a dar sus frutos. Después de dos semanas de obras, polvo y pladur, Juan había logrado reformar el esqueleto interno de su piso tal y como se le antojaba necesario. Luego vino una semana de pintura en blanco hueso y azul mate, seguida de otra de llenado de electrodomésticos de segunda mano cuidadosamente seleccionados. Hecho eso, Juan invirtió semanas en el estudio sistemático de aquellos catálogos de muebles que habitualmente se estratificaban caóticamente en el pavimento de la entrada del inmueble. La consecuente y metódica ejecución de dicho estudio permitió la compra de las decenas de elementos constituyentes de la decoración del piso: sofás suecos, estanterías flotantes, alfombras pastel, mesas plegables, mesitas de cristal, sillas de nombres impronunciables y plantas verdes del Brasil.

La casa de Juan estaba, al fin, casi perfecta. Le faltaban aún esos detalles imperceptibles que sólo una mente aguda podía percibir. Los libros y su disposición en las estanterías no era la correcta, la forma de las plantas tropicales no era exacta, el olor de la casa aún no era el adecuado y, qué demonios, hasta la distribución y agrupación de las motas de polvo no eran las que uno quisiera. Pero esos detalles y otros, aunque molestos para Juan, podían corregirse con esa metodología precisa y necesaria que él tan bien conocía.

Así pues, como cada tarde al abandonar los altos muros grises del complejo de oficinas, Juan tomaba el bus de las siete y cinco, se bajaba en la parada de siempre a diez manzanas de su casa y, tras comprar la misma merienda de siempre, con su chocolate de siempre y su lata de naranjada de siempre, se encaminaba hasta su única fuente de evasión. Era, esa, la tranquila azotea del inmueble de enfrente del bloque de pisos donde vivía. Desde allí, Juan podía contemplar en el séptimo piso derecha, su reformado y adaptado piso. Con esa perspectiva podía ver su nuevo salón, con los sofás suecos y las estanterías flotantes; pero también su renovada cocina con mesita de cristal o su dormitorio principal con alfombras pastel y pared en azul mate. Desde esa azotea Juan disfrutaba observando su cada vez más perfecto hogar, ese pequeño constructo suyo que tanto trabajo, dinero y pasión le estaba costando.

Y luego, desde esa misma azotea, Juan deslizaba la mirada hacia el sexto derecha, la viviendo justo debajo de la suya. Y allí, y para mayor complacencia, Juan observaba el piso de ella, de María, con sus sofás suecos y estanterías flotantes, y su cocina con mesita de cristal, y su dormitorio azul mate. Y aunque Juan no pudiera desde allí observar esos detalles que tarde o temprano corregiría, como esas motas de polvo o los libros exactos que debían poblar los estantes de María, se enorgullecía él de poder vivir casi con ella, de poder compartir con ella casi la misma casa y de poder disfrutar de unas horas de observación desde aquí, desde la comodidad y distancia de la azotea de enfrente.

Resumen

Condición: relato basado en una temática “voyeur”.

5 Me gusta

Gatos en la bañera

A las dos semanas de la misteriosa desaparición de su gato, Arnau Despuig había de sorprenderse al descubrir una criaturita felina de idéntico aspecto, pero de trémula imagen y desenfocada apariencia, en el plato de la ducha. Arnau era uno de esos individuos que, encerrado por el hormigón de su vida solitaria, fruto de los vacíos vínculos sociales modernos, había levantado frágiles escaleras de bambú hacia el desaburrimiento en compañía de su gato llamado, poco originalmente, Gato. Que Gato ocupara buena parte de la esfera vital de Arnau no se debía tanto a sus cualidades innegables como experimentador de posturas para el sueño ni a su fantástica habilidad para pisar teclas del teclado de la computadora y, como algunas veces había sucedido, llegar a formar frases con cierta coherencia. No, lo que convertía la relación con Gato en un esencial vínculo mutualista era sin duda la capacidad del felino por, a ojos de Arnau, absorber todo tipo de características humanas y elevarlas a la categoría de fraternales. En la mirada y sonrisa de Gato, Arnau intuía un buenos días, Arnau, qué tal ha ido la jornada, has visto qué tiempo se ha puesto y yo aquí con estos pelos.

La inesperada desaparición de Gato sumió a Arnau en el más oscuro agujero de su soledad y, sin duda por eso, la repentina y extraña aparición aquel día en su plato de la ducha de una réplica exacta de Gato pasada por el filtro de lo borroso y tembloroso había de despertar en Arnau un combinado sentimiento de alegría y temor. La peculiar versión de Gato actuaba como si realmente fuera el que siempre había sido, pero con nuevas extrañas costumbres. Que Gato redujera su hábitat al plato de la ducha, que no comiera, que le diera por desenfocarse o, todavía peor, por convertir su habitual suave textura de gato a simple electrostática, hizo sospechar a Arnau de que ante sí tenía la proyección obituaria en el plano vital de su felino. Pese a todo ello, Arnau siguió depositando un platito de leche y un platito de comida para gato junto a la pastilla de jabón, por si al fantasma le entraba hambre. Al fin y al cabo, ese fantasma de Gato era Gato, y a un amigo no se le abandona ni se le desprecia por ser fantasma, ectoplasma o tener un día borroso.

Pocos días después de la aparición, otro extraño suceso había de sorprender a Arnau. Una nueva réplica espectral apareció y se instaló en la cuerda de tender la ropa. El funambulista felino de nebulosa representación adoptó similares costumbres a las de Gato Del Plato De La Ducha y, dadas las circunstancias, Arnau dispuso también de un platito de leche y comida para gato cerca del cajón de las pinzas. Que puestos a tener fantasmas, mejor dos que uno, pensó. En cuestión de días, la sorpresa de Arnau fue derivando a alegre aceptación a medida que la aparición de más formas difusas felinas, proyectadas del más allá al más aquí, aparecían en diferentes lugares del apartamento. Que si un Gato en la despensa, que si un Gato encima del televisor, que si un Gato centrifugándose constantemente en el tambor de la lavadora. Poco a poco, el apartamento fue llenándose de Gatos borrosos de imagen tremulosa, así como de platitos de leche y comida para gatos que Arnau disponía alegremente en vísperas de una hipotética entrada en hambre de sus felinos fantasmalmente clónicos. Con la aparición del sexto Gato, el que constantemente resbalaba agarrado de las uñas por la pared de la salita al grito de miau, Arnau, aunque feliz por tanta felina compañía, empezó a plantearse el porqué de tanto Gato venido del limbo. Si bien Arnau nunca fue un especialista en asuntos parapsicológicos, algo le inducía a pensar que debía haber una relación lineal entre el número de muertos y su aparición en fantasmas. A no ser que Gato le hubiera dado por morirse repetidas veces. Dado el carácter caprichoso de Gato, Arnau concluyó que efectivamente, al gato le había dado por morirse unas cuantas veces. Esa deducción implicaba la opción de que Gato Original, por así llamarlo, todavía pudiese estar vivo en alguna de las vidas que le quedaban.

Cuando Arnau llamó a su madre para preguntarle cuántas vidas podía tener un gato, ésta concluyó: “siete, hijo, siete. ¿Cuántas más van a tener?”. Mierda, pensó Arnau. Si a Gato le daba por morirse otra vez más, perdería para siempre la posibilidad de tener a su gato vivo. Necesitaba pensar. Sentado al lado del televisor y acariciando la electrostática textura del espectro de una de las vidas de Gato, Arnau obtuvo la respuesta a su problema: podía trazar un mapa a través de las peculiaridades de sus Gatos muertos fantasmas. Ducha, hilos de tender la ropa, despensa, televisor, centrífuga y caída constante por la pared. O dicho de otra forma: Gato se había matado saltando y ahogándose en la piscina de la vecina miope, ahorcado con el tendedor, muerto de hambre encerrado en una despensa, electrocutado, quizá, por un televisor, confundido con un pulóver y, finalmente, arrojado por algún balcón. “Todo apunta a que Gato está en casa de la vecina miope”, pensó.

Muchos años más tarde, tumbado en la cama de un excesivamente blanco hospital y abriendo las puertas al camino de su defunción, Arnau había de recordar los fantásticos hechos que le catapultaron de su soledad a la inmensa compañía de su gran amigo Gato, sus seis alegres fantasmas y su amada vecina miope.

Sala de partos

“Gatos en la bañera” es el relato que presenté para una de las ediciones del Concurso Bimestral de Relatos del foro de literatura de la web Meristation. En aquella edición del concurso, la temática o condición argumental debía ser la siguiente: “el relato debe contener fantasmas”. Como no sabía muy bien qué escribir sobre ese tema, decidí hacer un poco lo que había venido haciendo un poco toda mi vida: fingir. Fingir, en este caso, que escribía sobre fantasmas, cuando en realidad, lo que hacía era escribir sobre, primero, gatos, y segundo, sobre la superación de la cotidianidad y monotonía a partir de ciertos toques fantásticos. Porque los gatos me gustan. Y porque superar la cotidianidad y la monotonía es una de mis luchas habituales, aunque en mi día a día no disponga de el elemento fantástico y deba, como he dicho antes, fingir que sí está.

Arnau, el personaje humano principal, es algo así como mi proyección. Un tipo que huye de lo gris, de lo urbano, del homigón, sin saber cómo hacerlo muy bien. Un tipo que, en lugar de tomar grandes decisiones que lo alejen de sus miserias, se enfrenta a ellas redibujando su realidad a base de pequeñas pinceladas de algo así como poesía. Arnau, pues, sobrevive a lo terrible con un gato y una imaginación. Vaya, a quién se parecerá. Y como para sobrevivir hay que tirar de gato e imaginación, en el texto, Arnau acaba, pese a todo, con gato y final feliz. ¿Naíf? Sí, por supuesto; pero necesario.

El estilo del texto, de hecho, busca imitar eso mismo: hablar de lo cotidiano, pero usando formas estilísticas intentando ser creativas, ya sea usando palabras inexistentes o forzando la prosa para decorarla de fantasía, como haría Arnau o el autor con su cotidianidad. Si está conseguido o no es algo que no lo sé. Pero yo fingiré que sí.

Nombre del autor

Marcel Font C.

5 Me gusta

Mauricio entre cazadores.

¡Viejo loco barbudo! ¡Maldito hijo del cemento, urbanita infatigable y teórico de la cerveza! Tú, que como una arrugada cima te ocultabas entre la niebla de tus gauloises; borracho de las nueve post meridiem; recitante de pies en mesa, grito alto a la parroquia y “digo, exclamo, proclamo”! Tú, Mauricio, te has ido.

Y así, dejas vacía la siempre llena tasca del casco gótico de la ciudad: último reducto de Thelonious Monks, Gillespies, Silvers y Burroughs. Sí, ese sótano donde días antes todavía afirmabas que el anarquismo es el pasado, que ya ha existido -¡ha vivido!- para desaparecer en la historia, último reducto de lo ideal. Y nuestros amigos parroquianos, esos sindicalistas desfasados, poetas de la política, que afirman aquello de “para la realidad, pero sin ella” te criticaban, asegurando que el futuro era el fin del trayecto.

Tú, Mauricio, que nunca pisaste la hierba ni sentiste el techo de mil hojas de encina, que nunca abandonaste las colmenas de cuatro líneas, que tu vida fuera de las tasca eran letras, palabras, parágrafos y panfletos de la A en la O… Tú, te has ido.

Sabías lo que decías aunque fueras un loco peligroso. Escribiste una vez que la realidad es vivida indirectamente por el lenguaje, traductor imperfecto de lo percibido. Que para vivir hay que huir de lo simbólico y que, por ese motivo, la libertad auténtica se encontraba antes -en el tiempo- de la palabra. Contradicción viviente, también escribiste que nuestros cerebros son máquinas peligrosamente poderosas de engranajes lingüísticos. Incluso escribiste: “si el cerebro lo hace todo con la lengua, con la lengua lo haré todo. Si el tiempo es mi memoria, mi palabra será el tiempo”.

Recuerdo cierta borrachera en la que nuestros cuerpos se pegaban en la madera desgastada de las mesas de nuestra tasca y en la que me confesabas entre sorbos tu intención de viajar al momento en que todavía no existía un diccionario para explicarlo todo. Yo me reía pues tu culo no conocía las fronteras de la urbe y sin tus libros eras más inútil que aquellos a los que criticabas. El pasado, aunque ideal en tus sueños, debía ser fatal para tus costumbres.

Y llegó el día en que te fuiste.

Subiste encima de la mesa como acostumbrabas, tumbaste diez botellas de cerveza con tu torpeza de ratón de librerías, reclamaste el silencio entre la turba pretendida contracultural, y proclamaste: “El tiempo es la memoria, la memoria es el lenguaje y yo, gran aborrecedor de la palabra que tanto amo, hablaré-con-palabras para hacer de la memoria un camino en el tiempo. Es hora de viajar a mi anarquismo antropológico, dejar este mundo que me lo ha dado todo para odiarlo, pese al alcohol, el cool jazz y esos jodidos beatniks que seguimos recitando. Formaré-palabras-para-cambiar-la-memoria, introspección pura y explosiva, y en esa Memoria, desapareceré en el tiempo. Es tiempo de dejar el futuro, el presente incluso, y volver a la realidad, lejana ya, del vrais anarquismo. Adiós camaradas, dejaré Altamira como un símbolo de mi viaje.” Y entre risotadas etílicas de nuestros feligreses, te esfumaste como la inversa de una llama de mechero que se enciende. Moriste en el pasado lejano y en esa mesa sólo quedó la silueta todavía definida de nuestras retinas.

¡Jodido loco! ¡Cumpliste tu palabra -o memoria, o tiempo-! Días más tarde conseguí entender tu locura, tu juego de prestidigitación. Te habías ido de verdad y yo ahora escribía a un gran amigo muerto hace siglos, en su pasado ideal. Desearía saber cómo lograste todo eso, cómo hiciste de tus palabras un viaje en el tiempo y poder así, quizá, visitarte en tu nuevo hogar de piedra. Supongo que lo que me falta es tu locura, tu poder, tu lenguaje y tus deseos de acabar con todos ellos. Supongo que, al fin y al cabo, yo sí soy el urbanita.

Mauricio, te has ido, pero has dejado palabras-que-forman-recuerdos y una hiperrealidad inolvidable, pese a serlo. También has dejado el recuerdo que prometiste en tu último discurso de borracho: entre bisontes ocres, ciervos castaños y caballos salvajes, en esa apartada cueva del norte de la península, aparece un círculo, una A y dos cojones bien puestos.

Resumen

Condición: relato con viajes en el tiempo.

4 Me gusta

Votaciones relatos Karamazov:

  • El Piso
  • Gatos en la bañera
  • Mauricio entre cazadores

0 votantes

Rickard y Daimiel

La víctima era una mujer de unos treinta años y yacía en el suelo en posición fetal. Alrededor de ella había una mancha oscura en el suelo que emanaba pequeñas partículas oscuras. El inspector Rickard asintió para sí mismo y se agachó junto a ella. Le desabrochó los botones de la blusa y la abrió, revelando sus pechos y el torso. En el esternón presentaba una hendidura parecida a una herida pero, a diferencia de una ordinaria, era negra como la ceniza. Posó su mano sobre ella y cerró los ojos, tratando de contactar con Daimiel.

Al cabo de un rato, de la oscuridad apareció un hombre con una melena hasta el cuello y unos ojos de un azul cristalino, reluciendo como si tuvieran luz propia. Tras acercarse a él, se agachó y colocó su mano en el mismo punto.

—¿Una nueva víctima? —preguntó el hombre de la melena.

Rickard asintió.

—Herida en el tórax, perforada por el mismo artefacto arcano que las otras dos.

—Lo que significa que es obra de nuestro amigo.

—Así es, Daimiel —contestó el inspector—. ¿Lograste sacar algo de las otras víctimas?

El aludido negó con la cabeza.

—Nada relevante, parece como si después de la transición se olvidaran de cómo murieron. Este asesino me es muy familiar, Rick.

—¿Has visto a alguien que actuara así?

—Un espíritu muy antiguo, tendría unos dos mil años de edad.

—Casi ayer mismo —dijo Rickard de forma irónica—. ¿Y qué pasó al final?

—Tras mucho esfuerzo logré atraparlo y enviarlo al Vacío.

—¿Crees que ese espíritu tiene algo que ver?

—No estoy seguro. Pero tampoco importa, tarde o temprano detendremos a este hijo de puta —Daimiel se levantó y su compañero lo imitó—. Por ahora me centraré en la mujer y miraré a ver si puede darnos una pista.

—Me parece bien —convino el inspector—. Yo investigaré a ver si hay alguna conexión entre las víctimas.

—De acuerdo —el espíritu sonrió—. Mañana contactaré contigo a la hora de siempre.

Rickard le levantó el pulgar y su compañero se difuminó entre la oscuridad.

En el mundo astral, a diferencia del físico, todo era como si estuviera hecho por luz. Los objetos tenían un resplandor dorado y eran semitransparentes. Una figura femenina, irradiada por un brillo blanquecino, estaba sentada sobre un sofá “astral”, sollozando y con las manos tapándole la cara. Daimiel se acercó a ella y se sentó a su lado, dándole unas palmaditas en la espalda.

—Tranquila, ya pasó todo —le dijo en un tono tranquilo.

La joven alzó su vista y lo miró, con sus ojos derramando lágrimas.

—¿Quién eres?

—Soy un amigo —contestó el hombre.

Sacudió su bolsillo izquierdo y de él sacó un paquete de tabaco. Lo abrió y tomó un pitillo para ponerlo entre sus labios.

—¿Quieres? —le dijo a la vez que le ofrecía uno. Ella negó con la cabeza y él se encogió de hombros. Acto seguido se sirvió de un mechero para prender el cigarro.

—¿Para qué has venido? —preguntó ella.

El hombre guardó la cajetilla en su bolsillo y luego se volvió hacia la chica.

—Antes de nada tengo que decirte una verdad que te incomodará. ¿Estás preparada?

—No estoy segura… —dijo ella mientras se agarraba el brazo.

Daimiel dio un leve suspiro y la miró con una cara de pesadumbre, pues era una noticia difícil de contar y temía que ella se la tomara a mal. Sin embargo, cuanto antes lo hiciera, antes la liberaría a ella de estar anclada en ese plano astral.

—Lamento decirte que estás muerta —dijo.

La chica dio un grito y se tapó la boca.

—¿Muerta? ¿Cómo…?

—Alguien te asesinó —contestó Daimiel—. Necesito saber quién lo hizo.

Ella todavía estaba en shock. Era normal, la mayor parte de espíritus que descubrían que estaban muertos se quedaban enmudecidos, negándose a creer que habían pasado a mejor vida… o al menos a una no tan mala.

—No… no sé…

—Necesito tu ayuda —insistió él—. Cualquier cosa que recuerdes, por más mínima que sea, me será útil.

Ella vaciló, en silencio pensativo mientras frotaba su mano en su mentón.

—No recuerdo nada…

—Una lástima pues —dijo Daimiel a la vez que se levantaba. Luego se volvió hacia la chica y señaló hacia el zenit—. ¿Ves esa luz de ahí arriba? Debes ir ahí para abandonar este lugar.

Tras esas palabras, dio un largo suspiro y se marchó por la puerta, esperando que Rickard tuviera más suerte.

Se pasó toda la noche escrutando un mapa que estaba pegado al corcho de la pared, con tres fotos pinchadas sobre diversas ubicaciones de la ciudad. Todas las víctimas tenían características similares: eran mujer rubias, nacidas el mismo día y, curiosamente, con años de nacimiento correlativos. Miró el reloj y vio que faltaban un par de minutos para la medianoche: hora de contactar con Daimiel.
Se levantó de su asiento y se dirigió al cuarto de baño, donde el espejo reflejaba su cabello oscuro y su barba poblada; ya se afeitaría después, cuando hubiera solucionado el caso. Posó su mano sobre el espejo y cerró los ojos. En el interior de su mente dijo: «Daimiel, estoy aquí, manifiéstate ante mí».
El espíritu no tardó en acudir a su llamada. Su aspecto no había cambiado ni un ápice, como bien era normal en un espectro.

—¡Aquí me tienes! —dijo Daimiel mientras alzaba sus brazos.

—¿Lograste alguna pista?

Su compañero negó con la cabeza.

—Yo he tenido más suerte —dijo Rickard—. Hay un nexo entre las víctimas.

—Interesante —dijo Daimiel—. ¿Y cuál es?

—Todas son rubias, nacidas el seis de junio, en años consecutivos empezando por el año mil novecientos noventa.

Daimiel se estremeció, como si hubiera advertido algo turbador.

—No puede ser… —musitó para sí mismo.

—¿Qué ocurre, Dai?

—Es el mismo modus operandi del asesino que atrapé hace un siglo pero… ¡Es imposible! ¡Nadie ha escapado del Vacío!

—A lo mejor alguien pretenda desconcertarte, o bien lo imite, como si fuera algún tipo de aprendiz.

—Voy a tener que descender al bajo astral y comprobarlo por mí mismo, lo cual me disgusta.

—¿Y yo qué hago?

—Estate ojo al parche. Si no volviera mañana a la misma hora, contacta con Sebastian.

—¿Sebastian? ¿De verdad quieres que lo visite?

—¡Vamos, no te quejes! Será un poco gruñón, pero tampoco es para tanto.

—¡La última vez me pidió que le fuera a comprar el pan! —protestó Rickard.

Daimiel se encogió de hombros.

—Pues la próxima vez aprovechas y te compras otro para ti —le dijo guiñándole el ojo—. En fin, te dejo tranquilo, que tengo trabajo por hacer.

Y la oscuridad se desvaneció.

El bajo astral era una dimensión muy densa, la oscuridad envolvía la zona y los objetos, a diferencia del tercer nivel, resplandecían de un color violeta oscuro. En ese lugar habitaban los seres más despreciables e inferiores del mundo espiritual, desde asesinos despiadados hasta demonios poderosos. Cuando Daimiel era joven creció en ese lugar, aprovechándose de los más débiles o de los vivos si podía.

El bar de Xelial era un lugar donde acudía la mayoría de malhechores del más allá, donde bebían, se divertían y cometían fechorías. Era el momento de mostrar su verdadero aspecto y entrar en ese antro. Se agarró los brazos y empezó a transformarse, tornando su piel de un color gris oscuro y sus ojos de un color rojo reluciente. De su espalda emergieron dos alas esqueléticas, sin plumas en ellas.

Hacía tiempo que no tomaba esa forma, pero era la única manera que se le ocurría para cazar al asesino.

Al entrar, sus “oídos” se estremecieron al escuchar la música estridente. Escrutó el bar en busca de una persona. Pese a estar a rebosar, lo vio sentado en un rincón. Tras bajar por las escaleras y sortear a los diversos consumidores, por fin se sentó ante él. Tenía un aspecto horrible, de piel descolorida, unas ojeras grandes y sin un pelo asomándose por su cabeza.

—¿Puedo sentarme? —preguntó mientras agarraba una silla por el respaldo.

El ser levantó su vista.

—¡Dichosos mis ojos! ¡Daimiel en persona! ¡Cuánto tiempo, chico!

—Demasiado tiempo, amigo mío—dijo él, sonriendo.

—¿Has decidido volver a instalarte aquí?

Daimiel negó con la cabeza.

—Estoy de paso, todavía tengo obligaciones pendientes de atender. Y hablando de ellas…

—Buscas información, ¿verdad? —preguntó el hombrecito.

Daimiel asintió.

—Busco a Gharus.

—¿Gharus? ¡Sabes perfectamente que lo enviaste al Vacío.

—Sospecho que él puede estar implicado en unos crímenes en el mundo de los vivos —dijo él— ¿Tienes algo de lo que pueda servirme?

—Puede, aunque no te costará barato: veinte huesos.

—¿Veinte huesos? ¡Serás granuja! —se quejó Daimiel mientras rebuscaba entre sus bolsillos. En cuanto los encontró, los arrojó sobre la mesa —¡Toma! ¡Que te aprovechen!

El confidente carraspeó su “garganta” y se acercó a él.

—Dicen —musitó el hombre— que se escapó y fue ayudado por… alguien.

—¿Cómo es posible? Nadie puede salir de ahí a menos que… no, no puede ser.

—Su guarida está en el puerto, allí lo encontrarás.

Súbitamente se levantó de la silla, dejándola caer al suelo, y se marchó corriendo del local, abriéndose paso a empujones.

El agua no era como la del mundo normal, sino que era viscosa y negruzca, como si estuviera pútrida. Por fortuna estaba acostumbrado a ese olor desagradable que desprendía. Se plantó en medio de la calle y, a grito pelado, dijo:

—¡Gharus, sal de tu maldito escondite! ¡Sé que estás aquí!

De las sombras apareció un ser demoníaco, con dos cuernos tan grandes como sus húmeros y con unos ojos que desprendían fuego.

—¡Daimiel! Cuanto tiempo… —dijo el ser con un tono de voz grave e imponente.

—Déjate de estupideces —le contestó Daimiel en tono desagradable—. ¿Qué haces aquí?

—Oh, es que en el Vacío hace mucho frío, ¿sabes? —dijo el demonio—. Así que decidí salir un poco donde la temperatura es más… agradable.

—¿Cómo escapaste?

—Es una larga historia….

—¡Le liberé yo! —dijo una voz que retumbó del cielo.

De repente, un ser luminoso bajó del firmamento, emanando un resplandor cegador. Llevaba un traje de un blanco impoluto y tenía un par de alas plumadas.

—¿Raguel? ¿Qué haces aquí…?

El ángel descendió hasta levitar a pocos centímetros sobre el suelo.

—Vaya, vaya, así que tú eres el famoso Daimiel… Gharus me mantuvo informado sobre ello.

—¿Por qué? ¿Por qué has sacado a Gharus del Vacío?

—Me pareció curioso que un demonio como tú al final decidiera convertirse en agente de la ley —dijo con una voz tranquila pero poderosa—. ¿Qué te hizo actuar de esa manera?

—En el pasado hice demasiadas cosas de las que me avergüenzo —contestó cabizbajo.

—¿Y crees que para redimirte debes apropiarte de mi trabajo?

—¡No me apropio, lo complemento!

—Es loable, pero fútil. Un demonio jamás puede sustituir a un enviado de Dios para aplicar la ley.

—¡Aunque así fuera, no hay ningún motivo para liberar a ese asesino!

—Obsérvate —contestó Raguel señalándolo—. Tus intenciones pueden ser buenas, pero actúas con soberbia. No pretendas llevar a cabo tareas que no te corresponden.

—¡Hago lo que puedo para hacer justicia! —protestó Daimiel entre dientes.

—¿Justicia? ¡Yo soy la Justicia! —dijo el ángel—. Y, dado que te has apropiado de ella, me veo obligado a castigarte.

—¿Castigarme? ¿Después de todo mi trabajo?

Gharus sonrió.

—No creas que aplicando tu ley serás redimido de tus pecados —dijo el arcángel.

—¡No lo pretendo! ¡Sólo quiero compensar los daños causados!

—No te preocupes… tendrás tiempo de pensar en ellos en El Vacío.

—¡NO!

El ángel alzó su vara y, tras golpearla contra el suelo, envió a Daimiel al Vacío.

3 Me gusta

Un trueno durante la noche sobresaltó a Kagadin, haciéndole caer de la cama. En cuanto recuperó el sentido maldijo y se puso de rodillas, observando con estupor que esa no era su cama en Mierdalar. Entonces recordó que se había vuelto un muchacho del retrete del repugnante brillante señor Sadeas. Un hedor asqueroso se infiltró en lo más profundo de los conductos de su nariz, casi tocando el cerebro.

«Habrá sido otro pedo de Moash —pensó mientras se pinzaba la nariz y sacudía el aire con su mano—, menudo gustazo se ha dado el cabrón».

Los cocidos de Roca solían producirle esas flatulencias, debía decirle a la próxima que no le diera su ración. Tras dar un suspiro volvió a la cama y se puso bocabajo con su cabeza apretada contra el cojín. Con un poco de suerte no notaría esa peste…

—¡Arriba mierdecillas! —gritó Gas mientras daba palmadas con las manos.

Kagadin se frotó los ojos para deshacerse de las legañas. Después de cinco minutos de yacer en la cama, se levantó y se dirigió hacia el barreño de agua del medio y se lavó la cara. Siguiente paso: descomer la cena de la noche anterior. El muchacho del retrete se fue hacia la única letrina que había en el barracón, a la vez que saludaba a sus compañeros por el camino. Una punzada de terror se le clavó cuando vio que Teft era el último de la cola de entrada. El muy tormentoso se podía tirar sus buenos tres cuartos de hora encerrado en el baño. De alguna forma u otra Kagadin debía desembarazarse de él, o de lo contario no podría cagar hasta la hora del almuerzo. Se forma tranquila, se acercó al hombre y le saludó.

—¡Teft! ¿Cómo estás?

El hombre se volvió y una sonrisa se dibujó entre su barba blanquecina.

—¡Hola muchacho! Aquí haciendo cola para ir al baño, supongo que como todos —dijo entre risitas.

Kagadin lo escrutó con determinación, buscando alguna excusa para sacarlo de ahí. Entonces advirtió de que no llevaba su gema de la suerte en la mano. Le dio unos golpecitos en el hombro y en cuanto se giró, le dijo:

—Hoy no llevas tu gema de la suerte.

—¡Estará bien! No creo que pase nada mientras esté haciendo mis necesidades.

—¿Y si la tormentosa caca no quiere salir? —preguntó Kagadin, adoptando una mueca seria.

—¡Eso no me preocupa! —replicó Teft—. Siempre acaba saliendo, aunque tenga que estar unos minutillos más.

La táctica no estaba funcionando. Era hora de pasar al plan B.

—Por cierto Teft —dijo Kagadin—, he oído a Gas decir algo sobre un chip de esmeralda que ha encontrado debajo de un colchón.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par.

—¡¿Eso ha dicho?!

—Sí, estos oídos lo han escuchado todo —dijo Kagadin mientras se señalaba las orejas.

—¡Por el hedor de Kelek! ¿Puedes guardarme el sitio?

—¡Claro! ¡Para eso estamos! —contestó Kagadin con una sonrisa.

—¡Gracias! —y así, Teft se marchó corriendo de la cola.

No pasaron más de cinco minutos cuando pudo acceder al interior de la letrina. Hacía bastante peste, pero cosas peores había olido cuando era ayudante de proctólogo junto a su padre en Mierdalar. Se sentó, cerró los ojos y empezó a apretar. Apretó más, y más, y más… y, tras un sonoro cuesco que hizo temblar las paredes, un buen tordo descendió de sus entrañas. Tomó el papel que se había estado guardando para la ocasión y se limpió el culo.

Al abrir la puerta se encontró a Roca esperando frente a ella. Al advertir que el comecuernos no portaba ningún papel, Kagadin se lo ofreció.

—Roca, ¿quieres un poco de papel? —preguntó.

—¡Ja! ¡Yo no necesito de eso! Yo cago duro, ¿sabes? —contestó Roca, señalándose hacia sí mismo con el pulgar—. De ahí viene mi nombre. Llanero tarado…

Kagadin se encogió de hombros y siguió su camino.

Con el tiempo, los muchachos del retrete formaron en frente de las letrinas del pelotón de Sadeas. Gas estaba frente a ellas, empuñando una escobilla del váter y dando paseos de un lugar a otro.

—Bien apestosos muchachos, hoy toca otra vez limpiar los retretes. ¡Quiero que hoy los dejéis tan limpios que hasta el mismísimo brillante señor Sadeas cagaría allí!

Los demás saludaron y se pusieron manos a la obra. Kagadin se arremangó y, armado con un mocho, se puso a pasarla por el suelo. Poco después, Lopen se acercó a él, cosa que le irritó, porque el muy tormentoso le había pisado lo fregado.

—Eh, gancho. Necesito tu ayuda.

—¿Qué necesitas, Lopen? —peguntó Kagadin.

—Verás, es que uno no puede arremangarse siendo manco —contestó—. Se lo diría a uno de mis primos, pero es que hoy tienen el día libre.

Kagadin suspiró y dejó reposar la fregona en una de las esquinas de la pared. Tomó la manga del herdaziano y empezó a tirar hacia arriba.

—Lopen, ahora que lo pienso… ¿cómo te lo haces para limpiarte el culo después de cagarte?

El herdaziano soltó una risita al escuchar la pregunta.

—Yo siempre tengo recursos —dijo mientras guiñaba el ojo.

—Espero que no seas como Roca y dejes ahí todo el regalo.

—¡Que va! ¿Para qué crees que estamos los primos? —contestó—. Pues hasta para limpiarse el culo.

La cuarta campanada sonó: ya era la hora del almuerzo. ¡Y vino acompañada por un retortijón! ¿Qué demonios le había puesto Roca en el cocido del día anterior? Sea como fuere, Kagadin se fue pitando hacia la letrina. Maldijo en cuanto llegó y vio la puerta cerrada a cal y canto.

—¡Eh! ¡Abre la puerta! ¡Necesito cagar! —dijo mientras la golpeaba con los puños.

—¡Qué las tormentas se te lleven! —dijo la voz de Teft en su interior—. ¡Ahora cago yo, que esta mañana no he podido!

Desesperado, Kagadin salió al exterior en busca de algún sitio donde defecar. Por un momento pensó en hacerlo en el abismo, pero el viento era frío y se le congelaría el pompis. Escrutó el bosque cercano, donde estaban los aserraderos que fabricaban palos para las fregonas. Y escondido entre la vegetación se encontraba el caldero de Roca. Con disimulo miró hacia un lado y hacia al otro. Nadie a la vista, así que sin más demora se sentó sobre el recipiente y depositó la receta en el interior.

«Espero que esta noche nadie se dé cuenta del ingrediente especial —pensó mientras salía de un salto.»

Quinta campanada, turno de tarde.

Ya aliviado, volvió a los retretes. Esa vez le tocaba el servicio de limpieza de interiores, o lo que sería lo mismo, quitar la mierda de las letrinas. Se armó con una pala y un cubo, y se puso a limpiar.

Se estremeció en cuanto vio a un mojón volar como si fuera una anguila aérea, dando vueltas alrededor de su cabeza. En cuanto se posó sobre su antebrazo, le dio tal manotazo que lo pegó a la pared. Su nariz se arrugó en cuanto vio que su mano quedó impregnada de caca.

—¡Ay! ¡Eso hizo daño!

El hombre, desconcertado, agitó la cabeza hacia todos los lados, buscando el origen de esa voz.

—¿Quién ha hablado? —preguntó con un tono irritado.

—Soy yo —dijo el mojón, levitando como si fuera una hoja arrastrada por el viento.

Kagadin acercó su cabeza hacia él, y advirtió que tenía una forma similar al de una mujer joven.

—¿Qué eres? —preguntó.

—Me llamo Caqui, y soy una mierdaspren.

—¿Mierdaspren? —preguntó Kagadin.

—Sí, una mierdaspren. Me gusta volar por los retretes, ensuciando las paredes y también…

—¡Basta! —interrumpió el hombre—. No sigas por ahí, ya sé lo que eres. ¿Qué haces aquí?

—Te he estado siguiendo desde que te vi limpiar tan bien las letrinas —dijo ella.

—¡Pues entonces aléjate de ellas, que las ensucias!

—¡Yo no las ensucio! —objetó ella, revoloteando por todas las paredes con una sonrisa y alzando sus bracitos, impregnando las paredes—. ¡Yo las decoro!

—¡Para! —gritó Kagadin como loco—. ¡Si no lo haces, Gas me va a regañar!

De repente la puerta se abrió de golpe. Kagadin se sobresaltó al ver que se trataba del sargento. Su ojo sano escrutó el lugar, y no era difícil captar su mueca de desapruebo. El hombre gruñó y sacó a Kagadin agarrándolo por la oreja.

—¿Pero qué es esto, alteza? —preguntó Gas a viva voz—. ¡Se suponía que debías dejarlo limpio, no ensuciarlo todavía más!

Kagadin agachó la cabeza.

—Verá señor, es que como dijo que tenía que ser digno del mismísimo Sadeas pues pensé…

—¡Muy gracioso! —dijo Gas mientras ponía sus manos en jarras—. ¡Pero que muy gracioso! ¿Sabes qué? ¡Hoy te quedas sin cenar!

—Como digáis, señor —dijo Kagadin a la vez que suspiraba de alivio en sus adentros.

La noche cayó, y Kagadin observaba apoyado en un árbol como sus compañeros disfrutaban comiendo de su mierda del cocido de Roca.

—¡Eh, Roca! —preguntó Hobber—. ¿Cómo te lo haces para hacer estos guisos tan buenos?

—Es verdad —dijo Sizgil—, hoy está especialmente rica.

—¡Ja! Es una antigua receta de familia —contestó el comecuernos—. No es bueno que la conozcáis los llaneros delicados como vosotros.

—Venga Roca —dijo Teft—, comparte tu tormentosa receta secreta.

—Está bien —cedió al fin—. Es mierda de chull.

—¿Mierda de chull? —preguntó Teft—. ¿El guiso lo haces con mierda de chull?

—Sí. Creeros si os digo que es lo que hace que la sopa mejore.

—Curioso —intervino Sizgil—. En Azir tomamos infusiones a partir de caca de sabuesos-hacha.

—No está mal —dijo Moash—. Pero esta sopa sabe diferente, tiene un algo que la mejora todavía más.

Kagadin dio un paso al frente y se acercó al caldero, pese a tenerlo prohibido.

—¡Ja! ¿Qué haces aquí? —preguntó Roca—. Gas te ha prohibido cenar.

—Yo conozco el ingrediente secreto —dijo.

—¿Tú? —preguntó Roca—. ¿Una receta de comecuernos, tú?

—No forma parte de vuestra receta —dijo mientras sonreía—. El ingrediente secreto es… una cagada mía.

Moash alzó su mirada hacia el muchacho del retrete.

—¿Una cagada tuya?

Kagadin asintió.

—Este mediodía intenté ir a la letrina, pero ya que estaba ocupada por Teft pues uno tuvo que evacuar donde pudo.

Los demás se miraron los unos a los otros.

—¡Te voy a…! —gritó Moash mientras se levantaba, fregona en mano.

—¡A por él! —se unió Cikatriz en el grupo.

—Pero si os gustaba la mierda de chull, yo pensé que… —dijo Kagadin mientras daba pasos hacia atrás. En cuanto vio que la cosa iba a más, se dirigió pitando hacia los barracones—. ¡Pies para que os quiero!

Roca se puso la mano en la frente, negando por vergüenza ajena. «Para la próxima vez mejor me dedico a fabricar retretes —pensó.»

Kagadin se refugió en el edificio y bloqueó la puerta con un armario cercano.

Una mierda dura como una piedra y maloliente entró por la ventana, rompiendo el cristal en mil pedazos. La puerta golpeaba frenéticamente, haciéndole estremecer. Sin saber cómo, empezó a pronunciar unas palabras:

Cagar antes que aguantar.

Esfuerzo antes que flojear.

Letrina antes que intemperie.

Entonces Kagadin inspiró el olor profundamente y, casi sin darse cuenta, vio cómo su cuerpo resplandecía como si fuera una bombilla.

Caqui, la mierdaspren que lo seguía a todas partes, se posó en su hombro.

—Enhorabuena Kagadin —le dijo—, ahora eres un Cagalero Maloliente.

3 Me gusta

La isla de la locura

Auckland, 12 de diciembre de 1925

Querida Elisabeth:

Para cuando recibas esta carta ya estaré muerto. Lamento no haber podido despedirme como debería. A continuación te relataré los hechos que me hicieron caer en desgracia.

Todo empezó en agosto, cuando el Anne partió de Auckland. La expedición consistía en investigar una isla desconocida que descubrió la tripulación del Emma , o mejor dicho, lo que quedaba de él. Según los informes policiales, un marinero llamado Johansen llegó a Sídney en el pasado mes de abril. El hombre portaba consigo el inquietante fetiche de un ser alado cuya cabeza se parecía a la de un calamar.

El capitán Reginald estaba convencido de que allí realizaríamos un gran hallazgo que nos haría ricos a todos. Mi codicia era tan grande como mi insensatez, y por culpa de esa estúpida promesa firmé mi sentencia de muerte.

Las primeras semanas fueron tranquilas, salvo alguna que otra tormenta. Pese a la bravura de las aguas del Océano Pacífico, el timonel era capaz de amansarlas con un mero golpe de timón.

A partir de la tercera empezaron a suceder los infortunios. Henry, un grumete de tan sólo dieciséis años, enloqueció y asesinó al viejo George con un garfio. Entre unos cuantos logramos reducirlo y lo encerramos con llave en su camarote para nuestra seguridad. Los golpes y sus gritos incesantes nos hicieron pasar algunas noches en vela. El pobre se ahorcó al día siguiente.

Algunos comenzamos a sufrir pesadillas y a tener alucinaciones, sentíamos que nos observaban desde las sombras, oíamos susurros de ultratumba e ininteligibles provenientes de ninguna parte y tiritábamos de frío pese a estar en verano. Muchos de nosotros estábamos tan asustados que pedimos al capitán dar media vuelta. Como era de esperar, Reginald se negó en rotundo.

El día en el que llegamos a la isla nos envolvió una niebla tan espesa como un bosque frondoso. La embarcación impactó contra un arrecife y tuvimos que anclar cerca de la playa. No hubo que lamentar ningún daño personal por fortuna.

Tras unas horas andando, nos encontramos con una enorme estructura de piedra consumida por el musgo y los líquenes. Reginald gritó de excitación y aceleró el paso. En cuanto nos acercamos, un bloque de piedra se deslizó como si de una rueda de molino se tratara. En el interior de la hendidura sólo había oscuridad y tinieblas. Algunos de los marineros huyeron atemorizados, perdiéndose en la bruma. Los que quedamos nos adentramos en la apertura, sin saber que nuestra curiosidad sería nuestra perdición. Nada más entrar, un hedor a sangre y muerte se impregnó en nuestras fosas nasales. Nuestras botas chapoteaban a la vez que se adherían en una sustancia viscosa. Al encender nuestros candiles se revelaron unos jeroglíficos de piedra donde estaba tallado un orbe frente a varios astros alineados, como si fuera una procesión de diamantes. En el lado opuesto del grabado había la misma figura que el fetiche de Johansen: el ser con cabeza de sepia y cuerpo de dragón.

De la oscuridad aparecieron centenares de ojos observándonos, y entonces un rugido atronador restalló en nuestros oídos. Era una visión cuyo horror no se puede describir con palabras. La mano de esa criatura cayó como cometa del cielo, aplastando a varios compañeros con Reginald entre ellos. Solté el candil y corrí sin mirar atrás. Por el camino encontré varios cadáveres con señales de violencia. Los ignoré y seguí hasta subir en el barco. Sin vacilar emprendí el viaje de vuelta, escapando de esa isla infernal, abandonando a los rezagados a su suerte. No sabía si ellos habían logrado salvarse o bien perecieron allí, pero en ese momento lo único que me importaba era seguir con vida.

Desde entonces no ha habido noche en la que haya podido dormir en paz. Esa horripilante visión me perseguirá toda la vida, sin darme ni un momento de tregua. Ahora sólo me queda una manera de poner fin a esto. No llores por mí, pues si bien es una tragedia que todo acabe así, prefiero la muerte a caer más allá del límite de la cordura.

A Dios ruego que se apiade de mi alma.

3 Me gusta

Votos relatos NullPointerException:

  • Rickard y Daimiel
  • Retrete cuarto
  • La isla de la locura

0 votantes

2 Me gusta

El caso de la mujer con un agujero en el cráneo

El reloj marcaba las siete de la mañana cuando el inspector Martín llegó a la escena del crimen, un apartamento pobre en el barrio más pobre de la ciudad. Su equipo ya llevaba horas analizando la escena y el cuerpo de la víctima, aún atado y amordazado en una silla.
—Las cuerdas están lo suficientemente prietas como para provocar problemas de circulación a los pocos minutos —dijo la forense del departamento, inclinada junto al cuerpo—. Si no tuviese un agujero en el cráneo, claro.
Todo el lado izquierdo de la cabeza era irreconocible, marcado por un agujero de diez centímetros centrado donde el día anterior estaba la sien. El inspector se acercó al cadáver y miró la mutilación, que perforaba hacia el interior del cráneo creando una cantera sangrienta. Los sesos de la mujer desbordaban el agujero, cayendo sobre el cadáver y el suelo.
—¿Está bien, inspector? —preguntó la forense—. Se ha quedado blanco.
—Estoy bien —contestó Martín, usando su primera mentira del día.
Dio unos pasos hacia atrás y centró su atención en el resto de la escena. El apartamento era pobre, limpio y ordenado. La única evidencia de que se había cometido un crimen estaba en la puerta, forzada por el asesino.
—¿Sabemos algo de la víctima?
—No gran cosa —contestó un agente—. Ángela García García, treinta y dos años. No tiene antecedentes, pareja o trabajo estable. Y, como puede ver, sus pocas posesiones de valor siguen aquí.
—Un ladrón tampoco la mataría de esta forma —dijo Martín—. ¿Algún testigo?
—Uno. Amiga de la víctima. Llegó al apartamento minutos después de la muerte, sobre la una de la madrugada. Parece que vio a alguien salir del edificio, pero ayer no pudo describirlos.
—¿No los vio bien?
—No es eso, señor. Es mitofóbica. Cuando despierte seguiremos con el interrogatorio.
«Perfecto», pensó el inspector. «Porque que algo salga bien es demasiado pedir».
—Voy a comisaría. Buen trabajo hasta ahora. Terminad aquí y hacedle una autopsia en profundidad al cadáver. Quiero saber por qué le han vaciado media cabeza.
Martín se despidió de sus agentes, salió a la calle y montó en el coche patrulla, que abrió sus puertas diligentemente. El coche arrancó y partieron en silencio hacia comisaría.
«Una mitofóbica. ¿Cómo voy a interrogarla?». Los mitofóbicos eran los grandes ignorados dentro de la Hegemonía. Aunque por mandato hegemónico las mentiras eran ilegales y bloqueadas, con suficiente experiencia se podía desarrollar cierta inmunidad. Tal vez contar dos, tres mentiras al día, antes de que el polígrafo se activase. El inspector en un día bueno podía llegar hasta cinco.
Los mitofóbicos eran diferentes. Para ellos, todo lo que dicen es mentira. «Está lloviendo» es mentira, porque en realidad quieres decir que no sabes de qué hablar. «No sé de qué hablar» también, porque puedes hablar del tiempo. Ni siquiera guardar silencio era seguro en todos los casos. Los mitofóbicos podían desarrollar inmunidad para veinte o treinta mentiras, y las quemaban todas antes del desayuno. Se veían relegados a trabajar escondidos, escapar de la gente y no llamar la atención. Los pocos que había se juntaban entre ellos y se hacían compañía en silencio. El inspector nunca antes había conocido a uno.
El coche se desconectó en el aparcamiento de comisaría. Cuando Martín subió al departamento, la testigo ya le esperaba en la sala de interrogatorios.
—Esto es lo que dijo ayer en la llamada de emergencia —le informó un agente, mientras le enviaba la transcripción—. Buena suerte.
El inspector entró en la sala y se sentó frente a la testigo, que tenía la mirada fija en sus manos.
—Buenos días —dijo el inspector—. No conteste. Por lo que veo, ayer fue a visitar a su amiga y, al llegar al apartamento, vio la puerta con el cerrojo destrozado y el cadáver de la señora García. No hace falta que confirme aún. Llamó a emergencias y les contó que vio a dos desconocidos salir del portal y, por la hora que era, podrían ser los responsables. Y poco después se desmayó. —La testigo, siguiendo las órdenes del inspector, no dijo nada—. Sé que es difícil, pero necesito que los describa lo mejor que pueda. Ahora le haré unas preguntas, y quiero que responda lo más concisamente posible. Voy a asumir que está de acuerdo. ¿Eran dos personas?
—Sí —contestó la testigo.
El interrogatorio se alargó durante media hora, en la que el hombre fue haciendo preguntas cada vez más concretas, y la mujer respondía con «sí», «no» o unas breves palabras. Tras dos docenas de preguntas, el inspector descubrió que eran una mujer y un hombre, sus colores de pelo y rasgos corporales generales, el color de los abrigos que llevaban y que el hombre sí tenía algo característico. Cuando la mitofóbica respondió que llevaba una bata de laboratorio bajo el abrigo, su reserva de mentiras se agotó. El polígrafo se activó, la mujer puso los ojos en blanco y perdió el sentido sobre la mesa de interrogatorios. El policía no tardó en llamar a sus agentes para que la llevasen a una cama donde pudiese dormir y reponer fuerzas.
—Aquí tenéis una descripción preliminar de los sospechosos —dijo Martín a su equipo—. Buscad en las cámaras de los alrededores, a ver si hay suerte. Mañana seguiremos con el interrogatorio, si la testigo coopera. Tal vez podamos sacar alguna pista de por qué alguien podría querer asesinarla.
El inspector apenas había terminado de desayunar cuando le informaron de una coincidencia en las cámaras de tráfico.
—Pasaron frente a una cámara quince minutos después de la llamada a emergencias —le dijo el agente, ya en la sala de vigilancia—. Empezaremos a ampliar la búsqueda, a ver si podemos encontrar la ruta que siguieron.
En ese momento el inspector se llevó la mano a la nuca, en el punto donde le inyectaron el polígrafo una década atrás. Lo notaba en la base de su cráneo, vibrando con más fuerza que nunca. Y eso solo podía significar que ya no sería necesario seguir investigando las cámaras. A los pocos segundos, un mensaje le confirmó sus sospechas: la Hegemonía se había interesado en el caso y había enviado a uno de los suyos para controlar la investigación.
Martín salió de la sala de vigilancia y encontró frente a sí al robot, mirándole impasible. Aunque era aproximadamente antropomórfico, la Hegemonía había abandonado hace tiempo la idea de hacerse pasar por humanos. El rostro del robot consistía en una gran cámara en una cabeza de plástico negro.
—Inspector Martín, venga conmigo —le dijo, y dio media vuelta sin esperar respuesta—. Hemos localizado a sus sospechosos. Anoche fueron a una localidad a nombre de la mujer y aún no han salido. Iremos a detenerlos.
El inspector le siguió sin decir palabra, porque el robot no la esperaba. Se montaron en un coche patrulla y fueron en silencio a la dirección que la Hegemonía había encontrado, analizando las miles de cámaras de la ciudad en el tiempo que a su equipo le llevaba iniciar sesión.
Había trabajado anteriormente con ellos. Se interesaban de cualquier caso relacionado con terrorismo, rebelión u otras características fuera de lo común, según sus propios criterios internos. No sabía si el robot que estaba sentado a su lado era el mismo que en los casos anteriores, pero poco importaba. Todos los modelos tenían el mismo aspecto, y todos eran controlados remotamente por la inteligencia artificial que dominaba medio mundo.
Llegaron a su destino. El robot no tardó en bajar del vehículo, seguido unos segundos después por el policía. El edificio frente a ellos era un local en el polígono industrial, junto a una fábrica de muebles y una tienda de colchones. El robot desactivó el cerrojo electrónico y abrió la puerta sin detenerse.
El inspector siguió al robot dentro del local y se encontró cara a cara con la mujer de las cámaras. Estaba sentada en un taburete frente a ellos, tomando una taza de café. La sala tenía el aspecto de la cafetería de una oficina.
—¿Ha cometido usted un asesinato? —preguntó el robot.
El inspector notaba en su nuca el polígrafo, activado a su máxima potencia por los dedos invisibles del Hegemón. La mujer dio un trago de café antes de contestar.
—No —mintió la mujer—. No maté a Ángela.
—Siento haberla molestado.
El robot se giró, camino de la puerta.
—¡Pero está mintiendo! —exclamó Martín—. Ni siquiera ha intentado hacerlo creíble.
—Eso es imposible, inspector Martín. La Hegemonía no permite la infecciosa costumbre de mentir que tenéis los humanos.
—Esto es absurdo. Voy a arrestarla. En comisaría averiguaremos algo más.
—No, inspector —dijo el robot, deteniendo su avance—. La mujer es inocente. No le va a hacer nada. —Martín miró a la mujer, que sonreía ante la escena que se estaba desarrollando ante ella—. ¿Me ha entendido?
—Sí, señor —contestó el inspector, finalmente—. No la arrestaré.
El robot continuó su camino hacia la puerta, con Martín siguiendo sus pasos. La mente del inspector ya empezaba a imaginar diferentes vías de investigación, con el objetivo de encontrar pistas que hiciesen a la Hegemonía cambiar de opinión y continuar la investigación sobre la mujer.
—Disculpen —dijo la sospechosa—, me gustaría hablar con el policía acerca de un asunto. Antes llamé a comisaría y me informaron de que ya habían enviado a un agente.
—Inspector Martín, quédese. Le enviaré el coche cuando haya terminado de usarlo.
Martín sabía que, de alguna forma, todo lo que había dicho la mujer era mentira, y que además no le habría servido de nada intentar convencer al robot. La máquina se fue y Martín se quedó a solas con la asesina.
—Sígame, inspector. Sé que tiene curiosidad.
La mujer se levantó y salió de la sala por una puerta lateral. La dejó abierta, y tras ella Martín pudo ver un laboratorio médico en el que estaba trabajando el hombre que la acompañaba en las grabaciones.
—Son fascinantes, ¿verdad? —dijo la mujer, paseando por la sala—. Los robots. A pesar de todo su poder, el Hegemón es incapaz de distinguir una mentira aunque se la escupan en la cara. Por eso corrieron tantos esfuerzos estos años para instalarnos a todos este maldito polígrafo —exclamó, mientras retiraba su cabello de la nuca y dejaba al inspector ver la marca metálica de la inyección.
Martín fijó su mirada en el científico. Estaba de espaldas a él, moviendo tarros rellenos de algo que, estaba seguro, eran trozos de cerebro.
—Este es mi buen amigo Félix —continuó la mujer—. Ha estudiado con profundidad el efecto del polígrafo en el cerebro. ¿Sabe que la amígdala genera naturalmente una hormona que ayuda a los humanos a creerse sus mentiras? Suficientes para neutralizar media docena de mentiras antes de agotarse. Siempre y cuando uno de ellos no esté presente, claro. Estoy segura de que aún nota los restos de la mano de su amigo en su polígrafo, vibrando con energía.
—La matasteis por su amígdala —dedujo Martín, observado las herramientas en el laboratorio—. Le robasteis su reserva de mentiras, y las habéis usado incluso con el polígrafo reforzado por la Hegemonía.
—No ha sido barato, permítame decirle. Las pocas palabras que dije ante el robot nos han costado cientos de mentiras. —La mujer se acercó al inspector, mirándole fijamente a los ojos—. Le agradezco que le haya traído consigo, inspector. No habíamos podido probarlo hasta ahora. —La tenía a escasos centímetros—. ¿No es maravilloso? Temen tanto las mentiras que las han convertido en la mejor arma que podamos usar contra ellos. Podemos alterar su realidad como queramos.
El inspector Martín dio un salto hacia atrás, llevó su mano a la pistola, puso los ojos en blanco y cayó desmayado en el suelo.
—¡Ah, por fin! —exclamó la mujer—. Creía que nunca iba a romper su promesa e intentar arrestarme. Empezaba a preocuparme, Félix.
—Ya lo tengo todo preparado —dijo Félix—. El equipo está en el coche y he recogido las amígdalas que no hemos usado aún. Las demás pueden quedarse aquí y destruirse junto al edificio.
—Genial. Nos largamos. Ayúdame a poner al pobre inspector junto a los explosivos, ¿quieres?
Abril, 2020
Condición: novela negra
4 Me gusta

La fiebre del oro

1
Tengo un pene de metal. Me llamo Gustavo Sánchez Tajadura y tengo un pene pequeño, recubierto de oro, con dos testículos redondeados y rugosos. Lo guardo en casa envuelto en tela, bien seguro dentro de la caja fuerte. Sabe a frambuesa.
También tengo un pene normal, no os confundáis. El de oro lo compré en un mercadillo por cuatro pesetas, cuando aún existían. Desde entonces es una de mis cosas favoritas. Me encanta mi pene de oro.
A mí amigo Héctor también le gusta. Le he invitado a casa después del trabajo, porque le fascinan las reliquias de este estilo. Ahora mismo tiene mi pene (el de oro) entre sus manos, y lo está acariciando con cuidado. Poco a poco veo como empieza a estirarse y el prepucio se retira con suavidad. Está muy bien conseguido.
—Tienes un falo único en el mundo —dice Héctor—. ¿Sabes que puede que sea egipcio? Vi un documental acerca de algo como esto, pero perdieron la reliquia porque se la comió un pez. Puede que valga millones.
Me encojo de hombros. Es mi pene y no voy a venderlo. Héctor coge el falo por los testículos y me lo acerca.
—¿Puedo venir a verlo otro día? ¿Puedo traer a una amiga? Le encantan los penes.
—Claro.
2
Esta mañana tuve un presentimiento. Cuando me estaba afeitando, pensé: «Gustavo, tienes que ir a Toledo». Fue un pensamiento insistente que no dejó sitio a ninguno más, como una salva de campanas que ahuyenta a los pájaros de sus nidos. Llamé al trabajo diciendo que estaba enfermo y cogí el coche. Antes de salir, le di un beso de despedida a mi pene de metal, para que me diera suerte.
Llegué a Toledo al mediodía y, sin ningún tipo de duda, mis pies me dirigieron hacia un barrio en las afueras de la ciudad. En el barrio había un anticuario, y en el anticuario un pequeño brazo de metal, recubierto de oro y con detalles perfectos en cada uno de sus dedos.
Lo compré sin dudar y volví a casa. Cuando llegué, cogí el falo de oro y le hice una gayola.
3
Hoy han venido Héctor y su amiga. Se llama Lucía y es una chica muy lista. También está de acuerdo con Héctor en que el falo y el brazo puede que sean egipcios. No tengo ni idea de por qué lo saben, pero parecen muy seguros de sí mismos.
—Gustavo, ¿te has fijado en cómo guardan las proporciones el brazo y el pene? ¡Parecen de la misma figura! ¿Conoces el mito de Osiris?
Sigue balbuceando historias egipcias, sin quitar los ojos del pene. Está muy concentrada, comparando tamaños y poniéndolos en esta posición y en aquella. Voy a ser honesto: me estoy poniendo algo celoso.
—Déjamelo —dice Héctor—. Lo has tenido mucho tiempo.
—¡Todavía no! —dice la chica, y forcejea para quedárselo un rato más.
He tenido suficiente. Me adelanto para quitarles mis miembros de oro cuando, antes de que pueda hacer nada, el falo sale volando, golpea la mesa y se parte por la mitad. Mi cosa favorita de este mundo ha caído y se ha roto.
Les digo a Héctor y Lucía que se vayan y me obedecen inmediatamente. Por algún motivo, no estoy enfadado. Solo inmensamente triste.
Cojo las dos partes de mi maravilloso y espectacular pene. En una mano apenas tengo el glande, en la otra los testículos y la mayor parte del tronco. En la parte rota puedo ver que el interior no es macizo, sino que está compuesto por engranajes y pistones y cosas que brillan y no sé qué son.
Junto las dos mitades y parece que está completo otra vez. No, ¡está completo otra vez! No puedo ver ningún tipo de unión, ni necesito sujetar las dos partes juntas, ni puedo separarlos si hago fuerza.
¡Qué alegría! Pero qué raro.
4
Santi ha traído una pierna de oro. La junto con el tronco de oro y ambas se unen como si nunca hubiesen estado divididas. María, tan efusiva ella, aplaude cuando muestro que no se separan si quito las manos.
Carlos, que está a su lado, felicita a Santi y se ofrece a traerle una copa. Todos los demás se acercan a mirar con más detenimiento el nuevo hallazgo y a alabar cómo se va construyendo la criatura. Ya llevamos dos brazos, una pierna, el tronco y el pene. ¡Hemos avanzado tanto en este año!
5
Gus, el quincuagésimo miembro de este club, ha traído el elemento que faltaba. Me lo ofrece con respeto, arrodillándose ante mí y ofreciéndome un cofre abierto en el que puedo ver una pequeña cabeza de oro.
La cabeza es el fragmento que más detalles tiene. Puedo distinguir la pupila y el iris de cada ojo, los cabellos de sus cejas y la rugosidad de su lengua. La cojo con cuidado y la pongo en los hombros de la estatuilla. Doy un paso atrás y veo cómo ha quedado, junto a todos los demás. Es perfecto.
Y, entonces, abre la boca y habla.
—ℌ𝔬𝔩𝔞. 𝔅𝔲𝔢𝔫𝔞𝔰 𝔫𝔬𝔠𝔥𝔢𝔰.
—¿Qué ha dicho? —pregunta alguien detrás de mí.
El hombrecillo de oro carraspea y vuelve a hablar.
—Disculpad. Estaba hecho pedazos —dice. Suelta una risita que nadie acompaña—. Soy lo que vosotros llamaríais un robot y vengo del futuro. Hace miles de años ayudé a vuestros antepasados a desarrollar una civilización y es mi deber ayudaros una vez más. Debería haber vuelto antes, pero no esperaba que tardara tanto en hacer efecto mi aroma. Os doy las gracias por volver a unirme.
»Ahora que estoy aquí, debéis llevarme ante vuestro líder, consejero espiritual u hombres de ciencia. También me gustaría saber la fecha exacta en la que nos encontramos. Parece el siglo veintiuno, pero necesito más precisión.
»Hay algo que debéis saber, vosotros y toda la humanidad. Es uno de los motivos por los que, en el futuro, se han tomado tantas molestias en enviarme. Es un detalle muy importante que podría cambiar el destino del mundo y salvarlo. Prestad atención…
Me acerco y le arranco el pito, lo que hace que inmediatamente se apague y vuelva a estar inmóvil. Volvemos a desmontarlo en piezas y nos las pasamos unos a otros, las tocamos y observamos, como hacemos cada semana. Me quedo para mí el pene de oro. Me encanta mi pene de oro.
Marzo, 2016
Condición: Una máquina, ingenio, invento o artefacto ha de ser un elemento vital del relato.
4 Me gusta

Historias bajo Astrea

Ticna’ dejó atrás el último de los túneles iluminados. Atravesó un bloqueo que se había deteriorado con el tiempo y se adentró en corredores sumidos en el frío. «Llego tarde», pensó, mientras recorría a la carrera los túneles oscuros. Los ir’is tenían buena vista incluso en las peores condiciones de iluminación, pero sus ojos apenas tenían tiempo de reconocer lo que había a su alrededor antes de que Ticna’ dejara cada túnel atrás. No tenía tiempo de confiar en la vista; en lugar de eso, dejó que sus articulaciones la llevaran por el camino que ya sabía de memoria.
Había un dicho popular entre su especie: «No te acerques a la tierra de los humanos». No eran una raza poética. Ticna’, sin embargo, no era como el resto: era curiosa y soñadora, y le encantaba escuchar y contar historias del pasado, del presente e incluso de cosas que nunca habían ocurrido. Por esa misma razón, sus semejantes no la entendían y, también, esto la había llevado a acercarse al reino de los humanos en la noche, recorriendo túneles escondidos y olvidados hace siglos.
Cuando un leve resplandor empezó a iluminar los corredores se permitió reducir el ritmo. Hacía frío y esto le afectaba al movimiento; mientras corría, había notado como cada paso le iba doliendo más que el anterior. Finalmente, cruzó una puerta y llegó a una habitación grande, con montañas de trastos olvidados apilados en las paredes. Una de ellas se había derrumbado tiempo atrás, pero, por lo general, la sala se encontraba en buen estado. Y, en medio de la habitación, vio a Iván sentado junto a una linterna.
—Llegas tarde —le dijo. Su voz estaba llena de gruñidos y balbuceos, en contraste con los chasquidos y trinos con que hablaban los ir’is. Ninguno era capaz de articular el lenguaje del otro, pero podían entenderse—. Te toca empezar.
Ticna’ se acercó impaciente y se sentó frente a él, al otro lado de la linterna. Iván la dejó descansar y recuperar fuerzas con el tenue calor que desprendía el aparato. Hasta donde ella sabía, era la primera vez que un humano y un ir’is tenían algo parecido a una amistad.
—¿Conoces la historia de estos túneles? —preguntó.
—Era una antigua ciudad vuestra —respondió Iván—. Lleva deshabitada siglos.
—Pero ¿conoces al duende de Acritak? —Iván negó con la cabeza, como Ticna’ esperaba. La historia se le había ocurrido la noche anterior y estaba orgullosa—. Escucha con atención. Hace mucho, mucho tiempo, estos túneles formaban la gran ciudad de Acritak…
  • El duende de Acritak

    Hace mucho, mucho tiempo, estos túneles formaban la gran ciudad de Acritak. Este era el mejor, más prestigioso y más poblado asentamiento de todo el planeta. No había ir’is a lo largo del mundo que no deseara ser lo suficientemente importante como para poder permitirse vivir en las afueras.

    Los recién llegados, o aquellos caídos en desgracia, residían en los círculos exteriores. Era una zona con el mismo nivel de vida que cualquier otra ciudad, si no fuese por la promesa implícita que se alzaba unas cuantas paredes más allá; la promesa de un estilo de vida mejor, de alcanzar la fama y la prosperidad. Porque, cuanto más te adentrabas en la ciudad, mejor era tu posición social. Cada metro contaba a los ojos del mundo; cada paso era sinónimo de riqueza, poder y, sobre todo, temperatura. Porque en el centro de la ciudad se encontraba el motivo de su existencia: el volcán Astrea. La cercanía al volcán calentaba la tierra en la que habían sido excavadas los hogares, volviendo a los ir’is que vivían allí más fuertes, más listos y más rápidos. Ser útil para la sociedad te permitía vivir más cerca del centro, y vivir más cerca del volcán te daba el calor necesario para ser más útil. En Acritak, empujar hacia el interior lo era todo.

    En el mismo centro de la ciudad, bordeando el magma fundido, vivía la antigua nobleza. Los reyes, junto a los mejores científicos y arquitectos, se calentaban en el fuego de la tierra, volviéndose extraordinarios y llevando sobre sus hombros el futuro de todos los ir’is.

    Acritak había sido grandiosa durante siglos hasta que, hace unos mil años, llegó la nave humana del espacio. Los ir’is, siendo una sociedad subterránea como eran, no vieron la nave caer. No obstante, la sintieron. La nave se estrelló contra la falda del volcán, provocando un temblor que se transmitió por los cimientos de toda la ciudad, causando derrumbes y accidentes. La ciudad estaba bien construida y el terremoto no fue del todo grave. Lo peor vino después.

    Los humanos conectaron una gruesa tubería a la montaña, profundizando hasta la caldera del volcán, y, cuando los habitantes de la ciudad se estaban recuperando del terremoto, empezaron a robar calor. Aquellos que vivían en los círculos exteriores tuvieron suerte. Notaron cómo la tierra bajo sus pies y a su alrededor se enfriaba y tuvieron tiempo de salir corriendo. En zonas más internas, el frío llegó más rápido y más intenso, y muchos ir’is murieron antes de poder escapar. El frío los arrojó al suelo y no pudieron volver a levantarse.

    Y, en el centro de la ciudad, los mejores de entre todos los ir’is murieron al instante. Se quedaron congelados en medio del movimiento, convertidos en estatuas de hielo. Toda la aristocracia murió… toda menos el Rey. Ya en vida se decía que era malvado, un ir’is conducido por la rabia y el odio. El frío no le mató, sino que le cambió. Desde ese día se mueve lentamente, a la velocidad de un glaciar, preservado por el frío para siempre. Cuando, en la superficie, uno de vosotros, humanos, nota un escalofrío en una tarde soleada… ten cuidado, porque el duende de Acritak ha encontrado tu rastro y está bajo tus pies, excavando en busca de su venganza.
Iván miró a su alrededor, imaginando por primera vez cómo habría sido la vida cuando Acritak estaba en todo su esplendor.
—¿Es cierto? —preguntó—. No digo la parte del duende, sino la historia de la ciudad.
Ticna’ asintió. Había aprendido el gesto de Iván unas semanas atrás.
—¿Qué pasó después?
—Fuimos a las afueras, a las tierras que se consideraban casi inhabitables. Algunos salieron a la superficie para intentar echar a los humanos, pero fueron exterminados. No os conocíamos, y por aquel entonces todos los humanos en la nave eran de los verdes. —Ticna’ apartó la mirada, incómoda—. ¿No os explican estas cosas?
—No. No lo sabía. Se lo preguntaré a alguno de los ancestros. Puede que también a mi padre, si vuelve de la Búsqueda antes de que yo muera.
Ticna’ sabía que el padre de Iván era uno de los ancestros, uno de los humanos a los que los ir’is llamaban verdes o superhumanos. Eran criaturas temibles. Iván no lo era, de eso estaba segura. Le había preguntado, pero le explicó que los superhumanos únicamente pueden tener hijos normales. No entendió muy bien el motivo.
—Tal vez no deberías mencionárselo a nadie —sugirió Ticna’.
—Tal vez no.
Silencio.
—Siento que mis ancestros destrozaran Acritak —dijo Iván, al cabo de un rato—. Si es que sirve de algo.
Ticna’ se encogió de hombros.
—Sois humanos. Se os da genial destruir cosas —dijo Ticna’, y cruzó sus articulaciones delanteras en un gesto ir’is para indicar que estaba de broma.
—Eh, pero también somos buenos construyéndolas. Si vieras la ciudad de arriba te darías cuenta de que fue toda una mejoría.
—Te toca contar una historia.
—¿Cuento la de Roxanne? En su Búsqueda aterrizó en un planeta en medio de una cruenta guerra civil, y los dos bandos habían pronosticado su llegada como mesías. ¿O la del pobre Samuel, que se enamoró de un ancestro y se lanzó en una Búsqueda para demostrar su amor?
—Cuéntame una de vuestro planeta —dijo Ticna’. Y, tras ver que Iván no le entendía, aclaró—: Ya sabes, del planeta del que venís. De la Tierra.
—Creo que no conozco ninguna —dijo, pensativo—. Bueno, sí. Conozco una. Presta atención, porque esta es una historia real. A la Tierra la llamaban el planeta azul…
  • Partida

    A la Tierra la llamaban el planeta azul. Había agua por todas partes, vegetación y miles de millones de especies distintas de animales. Era el origen de la humanidad y parecía estar hecho a su medida. Los humanos llevaban allí millones de años, conocían el planeta a la perfección y habían ocupado toda su superficie. Sólo había un defecto: estaban aislados. Todos los humanos vivían en un mismo planeta y, para su horror, creían estar solos en todo el universo.

    Y la humanidad decidió, casi por unanimidad, viajar al espacio, poblarlo y buscar vida inteligente, viajando los años luz que hiciera falta. Pero, ¿cómo lograrlo? Los planetas más cercanos no eran un destino apropiado, y todos los demás estaban demasiado lejos. ¿Cómo conseguir que un viaje de varios siglos de duración tuviera éxito?

    Cientos de genios se reunieron e investigaron durante años. Crearon naves espaciales con una tecnología asombrosa, con reactores capaces de alcanzar casi la mitad de la velocidad de la luz, pero no era suficiente. Instalaron en la nave granjas de algas, gravedad asistida y cámaras criogénicas en las que los pasajeros podrían dormir parte del viaje, pero tampoco era suficiente. Investigaron las estrellas, buscando aquellos destinos en los que la vida (ya fuese humana o alienígena) fuese más probable, pero incluso la ruta óptima llevaba siglos. No era suficiente. Fue entonces cuando crearon a los superhumanos.

    Los grandes genios operaron a medio centenar de hombres y mujeres y mejoraron sus órganos internos, sustituyéndolos por partes artificiales. Crearon un potente ordenador y lo conectaron a sus nervios, ojos y oídos. Les insertaron una cabellera impregnada de clorofila, para ayudarles a alimentarse en el planeta al que llegasen. Les cambiaron los jugos gástricos por otros cien veces más potentes, con el fin de que pudieran digerir todo. Les hicieron más fuertes, más listos y más sanos. Los hicieron más longevos, capaces de vivir durante siglos. Eran los únicos humanos capaces de explorar el espacio.

    Pero había una cosa con la que no habían contado. Uno de los genios, en el último momento, se arrepintió de su creación. Creía firmemente en la necesidad de explorar el espacio, pero tenía miedo de los superhumanos y, antes de que la nave despegará definitivamente, instaló un programa en el ordenador de la nave. Este permaneció dormido unos meses hasta que, cuando estaban en medio del espacio y los ancestros dormían, se ejecutó en silencio y borró las coordenadas de la Tierra de todos los registros, todos los mapas y todos los archivos, para que los superhumanos no pudieran encontrar el camino de vuelta.

    Cuando la tripulación despertó, aceptaron con resignación la decisión de la humanidad. Continuaron su misión, surcando las estrellas en busca de un planeta donde los humanos pudiesen prosperar. Pero la Tierra era su hogar y, aunque visitaron decenas de planetas en este universo, siempre sintieron una fuerza que les llamaba a casa. Los superhumanos añoraban la Tierra y desde entonces la están buscando. Llegaron a Ir’isneia, fundaron una colonia y tuvieron suficientes hijos para sostenerla, y partieron de nuevo en una nueva Búsqueda casi sagrada. Aún hoy recorren a ciegas la galaxia, intentando encontrar aquel planeta del que solo tienen recuerdos de infancia. Viajan por el espacio, esquivando a la muerte y engañando al tiempo, estirando su vida de los siglos a los milenios, esperando volver al lugar que aún sienten como su hogar.
En la superficie, en tierra humana, un reloj dio las doce, marcando el fin de las historias. Como siempre, Iván y Ticna’ se despidieron y acordaron verse en una semana, en el mismo sitio y a la misma hora.
Mientras recorría los pasillos abandonados, Ticna’ pensó en aquel científico que había exiliado a los superhumanos, y se apiadó de los habitantes de la Tierra si los verdes les encontraban antes de que la muerte finalmente les alcanzase.
Noviembre, 2016
Condición: aliens
4 Me gusta

Votos relatos Tarquin:

  • El caso de la mujer con un agujero en el cráneo
  • La fiebre del oro
  • Historias bajo Astrea

0 votantes

3 Me gusta
A lo mochilero por Europa
Querida Andrea, te escribo desde el tren, estoy en ruta interrail por Europa desde hace unos días y tengo un par de horas por delante hasta mi siguiente destino.
Son las 22:30 y ahora mismo no se ve nada desde la ventana aparte de mi reflejo; tengo mala cara, por cierto. Debemos estar pasando por una zona rural porque hay muy poca luz fuera.
El revisor me ha dicho que si pienso aprovechar el viaje para echar una cabezada, cierre bien la mochila, porque de noche la velocidad baja tanto que algunos carteristas aprovechan para subir al tren por esta zona y desplumar a los viajeros despistados.
Como te prometí, voy a contarte lo que pasó con Juan, ya que cuando me llamaste no me encontraba con ánimo, aún estaba demasiado reciente.
En realidad, no hay mucho que contar. Era cuestión de tiempo que pasara, ya éramos casi como hermanos después de tantos años juntos, lo que no esperaba es que terminara de la forma en que terminó. La mentira, la falta de confianza… Quizá podríamos haber hablado las cosas y llegar a una solución, cambiar nuestra relación o simplemente decidir conjuntamente tomar caminos separados, en cualquier caso, ya es demasiado tarde.
Resultó que Juan había estado viéndose con una persona de su oficina y al parecer se había enamorado, algo mucho más complicado que un simple desliz. Qué cosas, estuvo mintiéndome durante tres meses diciéndome que iba al gimnasio. Juan, que no había hecho deporte en su vida y de repente le dio por comer ensaladas de quinoa. Eso me hizo empezar a sospechar. Bueno, eso y que aunque nuestra vida sexual nunca había sido la bomba, estos últimos tres meses estaba siendo inexistente.
Así que pasó lo que tenía que pasar, no sé si él quería que los pillara porque no se atrevía a confesarme su aventura de su propia voz o si fue una casualidad del destino que ese día terminara pronto mi jornada y regresara a casa un par de horas antes. Lo que desde luego no esperaba era que la aventura fuera con su compañero Antonio, el de recursos humanos.
Y eso es básicamente lo que pasó, así que aquí estoy, haciendo el viaje que siempre quise hacer cuando estaba soltera, intentando reencontrarme a mí misma después de casi diez años de relación y reflexionando sobre los años perdidos. No sé cuántos días voy a estar en ruta, pero no podía quedarme allí, volver a casa de mis padres y tener que explicarle todo a mi familia, encontrarme con la suya por el pueblo o encerrarme hasta que pasara el temporal. En estos momentos debemos ser la comidilla, es posible que incluso te hayas enterado de algo por tu cuenta antes de recibir esta carta.
Lo peor, Andrea, no es el desengaño. Ahora, después del shock de los primeros días, como te he dicho, nuestra relación era la crónica de una muerte anunciada y el cambio de acera ni siquiera me parece una ofensa, simplemente no entiendo cómo puede seguir pasando en esta época siendo de una familia no especialmente conservadora y sobre todo no haberme dado cuenta. Quizá yo tampoco tenía mucho con lo que comparar, quizá sea bisexual, quizá me lo explique él mismo algún día tomando un café.
Creo que será más duro acostumbrarme a estar sola. Ya tengo la sensación de que me miran en el tren, si empiezo a oír risitas a mis espaldas empezaré a preocuparme. Ayer casi le doy la mano a un desconocido creyéndome que era Juan, me siento como si estuviera asomándome a un acantilado y no viera el fondo. La soledad me da pánico, pero creo que este viaje es la mejor terapia de choque. A la vuelta, si sobrevivo, seré una persona nueva.
En fin, en un par de horas llegaré a Milán, pero antes quiero dormir un poco porque es muy tarde y llevo demasiadas horas despierta. Me han recomendado ir a la Piazza Mercanti y a la catedral, preguntaré si hay algún punto de información turística en la estación para planificar mi día. En Lyon no me fue mal así, vi el teatro romano y la basílica de Fourviere, y tuve la suerte de que en Julio no se paga para entrar. La zona antigua también me encantó. Vieux Lyon, lo llaman.
Deséame suerte y nos vemos a mi vuelta.

Condición: El protagonista está de vacaciones en un país extranjero

2 Me gusta