Antología de relatos (no comentar: sólo relatos y votos)

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Votaciones relato Fireshot-V

  • Sommelier
  • Implicación Emocional
  • Status Quo

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[Originalmente en la edición de julio-agosto-septiembre de 2014 de Meristation. Condición: “El relato se ha de situar en un avión. Esto no quiere decir que toda la acción tenga que transcurrir en el mismo, sino que se podrán utilizar los recursos más variopintos (tipo recuerdos, sueños, etc) para mostrar escenas fuera del avión.”]

Condenados

Desde el momento en que he visto al niño gordo he deseado que se muera. Y apuesto un cojón a que no es de esos gordos que al menos tienen excusa glandular. No, éste se puso gordo porque, cada vez que quería engullir una mierda grasienta más, convencía a su madre chillando con esa voz de uñas en pizarra. Y se mantiene gordo porque el único ejercicio que hace es con la mano derecha, si es que alcanza. Y morirá gordo porque no está gordo sino que es gordo. Y espero que eso pase pronto. Muérete, niño gordo.

Vamos, Rob, te estás pasando. Pero no, Rob, ¡te estás quedando corto! Con la cantidad de comida que este gordo ha transformado en mierda, habría podido evitarse la muerte por inanición de ocho niños. Niños que habrán pasado su corta vida esclavizados, minando coltán. Y éste pasa su gorda vida rodeado de privilegios que no merece. De vez en cuando lanza un cacahuete hacia los asientos de atrás, hacia el mío, con poco disimulo. Y la puta de su madre no objeta nada porque es débil y una puta. No hay justicia. Mírale. Sonriendo gordamente, a pesar de que mancha sus manos la sangre de ocho niños. Puto niño gordo asesino.

Tal vez más que “niño gordo” debería ser “gordo niño”: es el único entre los pasajeros que aparenta menos de veinte años. Y el único gordo. Hay un cincuentón calvo, un pollopera rubito… Cuento menos de diez cabezas, así que no veo cómo Oceanic Airlines amortiza la linea Albany-Surinam. Será con el precio del Bacardí. Y aun con tanto hueco, la azafata no me deja cambiarme a un asiento alejado del gordo niño gordo. La muy puta. Ojalá se muera.

***

El rubio sale de la cabina con el traje ensangrentado y grita que la tripulación está muerta. Una ola choca contra el costado del avión, haciéndolo temblar y apagando las luces; el pánico vuelve y hay chillidos, de la madre, del niño. Me duele la frente.

Miro por la ventana, pero es absurdo: con la noche encapotada, podríamos estar a cien metros de la costa y aun así no vería nada. La luz del interior vuelve. Entonces, al fin, veo algo en el cristal: el reflejo de mi cara. Y ese sí que es absurdo.

Hola, Rob. Cuánto tiempo. ¿Cómo te trata la vida?

Otra ola choca contra la ventana y me sobresalto. Puedo ver el agua y la espuma. Están subiendo. El calvo dice:

—¡El avión se va a hundir! ¡Hay que abrir la puerta ahora; bajo el agua no podrá abrirse por la presión!

Y un hombre muy negro de barba muy blanca le contesta:

—¡No, no! ¡Mientras el interior se mantenga estanco, el avión flotará!

Y una tercera voz se une al intercambio, y pierdo la cuenta de quién dice qué:

—¿Qué? ¡Los aviones no flotan en el agua!

—Ahora estamos flotando, ¿no? ¿Para qué coño vamos a inundar el interior a propósito?

—¿Dónde están las balsas hinchables?

—A ver, si flota ahora igual es por las alas, que extienden la superficie en… en la superficie.

—Tú piensa que el agua desplaza un peso igual a la masa de su volumen…

—No, en todo caso las alas nos dan más peso, y aun así el avión flota.

—¿Pero la presión también impediría abrir la puerta hacia dentro?

—Estoy casi seguro de que a la larga no flotan. Dame un segundo que lo busque…

El avión vuelve a temblar. Desde fuera llega un burbujeo ronco. Por algún motivo, me viene la imagen de un mar eructándonos hacia dentro. Todos miramos a todas las ventanas: en estos momentos hay más avión sumergido que flotando. El suelo se inclina ligeramente.

El calvo corre a la puerta, forcejea intentando abrirla. El barbudo forcejea con él para evitarlo, caen al suelo del pasillo. Sigue una refriega de la mediana edad bastante lamentable.

Ocho segundos después, noto que la madre me está mirando con un lenguaje corporal muy preciso: quiere que yo restablezca el orden. Me encojo de hombros y trato de expresar “¿por qué yo?”. Pero el gesto que me ha salido expresa más bien “¿qué orden?”.

***

El avión ya está completamente sumergido. No tengo forma de saber su profundidad, ni su velocidad. Lo que tengo claro es que vamos a morir. Otros no están por la labor de aceptarlo.

—¡Abrid la puerta! —dice el rubito—. ¡¿Por qué no abrís la puerta?!

El niño corre por el pasillo, con ojos llorosos, emitiendo un gemido sostenido y gordo.

—Ya es tarde —dice el calvo, jadeando—. Tendríamos que romper una ventana, esperar a que se inunde todo, y luego abrir con la presión igualada.

En el suelo, un bamboleo tan ligero que apenas movería una canica. Tal vez sea el corretear del gordo. La madre observa con la cara desencajada. Fuera sólo veo burbujas.

—Tenemos suerte de que el fuselaje siga intacto —dice el negro barbudo—. Podemos aguantar con este aire.

No entiendo qué me quiere decir mi reflejo: se le da mal el lenguaje corporal. Me laten las sienes.

—¡Pero estamos hundidos! ¿Cuántas atmósferas de presión puede aguantar la estructura?

—No sé… ¿Una?

Claro que estás ansioso, Rob. ¿No sientes la sangre congelada? Es el vigor de la certeza.

—Uuuuuuu —lloriquea el niño gordo, corriendo pasillo arriba y abajo.

Esa certeza es imprescindible para establecer un orden.

—¡No quiero morir! —dice el niño al pasar a mi lado.

Le pongo la zancadilla. No logra interponer las manos entre él y el suelo; detiene la caída con la cara.

—¡Pues vas a morir! —grito, más alto y agudo de lo que creía posible; me levanto—. ¡Vamos a morir todos!

Me palpita el corazón. Me limpio la baba de la barbilla. He conseguido silencio y la atención de la madre, que corre a levantar al niño.

—Lo primero es… aceptarlo —digo—. No pudieron rescatar al Kursk, y ese era un submarino, y esto es un puto avión. Pueden quedarnos minutos, o días… pero de aquí no salimos con vida.

Se nos habrá activado alguna parte del cerebro de cuando éramos gorilas, porque me están escuchando. Si hubiera sabido que para obtener respeto bastaba con pegar a niños, lo habría hecho más a menudo. Sigo:

—Ahora, sólo podemos… hacer ese tiempo lo más llevadero posible.

Y voy a buscar el mueble bar.

***

Es un corro mal formado junto a la puerta, sentados en el suelo, asientos, respaldos. Algo nos hemos relajado, pero sigue en el ambiente ese estómago tenso, ese revolotear de las ideas.

—Esto no es justo… —dice el rubito, mirando al ciervo de la botella.

—Cierto —digo—. O tal vez no sea cierto. Y seas imbécil.

—¿…Qué?

—El alcohol es para calmarnos, pero no nos va a quitar la angustia.

Es el momento. Me pongo en pie:

—Porque cuesta aceptar que cada día… Porque el mundo viene cargado de cosas tan terribles como inevitables. Hoy nos ha tocado a nosotros. Vamos a morir, y eso no podemos cambiarlo. Qué putada, ¿no? La angustia es normal ante injusticias así.

Alguno parece decepcionado de que no haya propuesto una orgía.

—Pero hay algo que podemos cambiar —digo—: la perspectiva. Podemos merecer morir. Podemos convertir esta tragedia en… un acto de justicia divina, en el que el mundo se libra de unos cuantos cabrones. Eliminada la injusticia, aun manteniendo el mismo suceso, se elimina la angustia.

—¿Cómo que… merecer morir? —dice el rubito.

—¿Vamos a matar al niño? —dice el barbudo.

—Dice que tenemos que odiarnos —dice el calvo—. Para que el suceso de morir junto con cinco personas deje de inspirarnos miedo y tristeza. Para transformarlos en indiferencia, o hasta satisfacción.

—¡Sí! —digo—. ¡Exacto!

—Y… ¿cómo?

—Joder —susurra para sí el barbudo—, este hijoputa quiere violar al niño.

—Lo mejor —aclaro— es que seguramente ya merecemos morir. Basta un poco de revisionismo. Confesiones. Contar las peores cosas que hayamos hecho, lo que más nos haría merecedores de castigo. A estas alturas no tendría sentido ocultarnos nada, ni atacarnos por odio, porque esta tumba marina se va a encargar del silencio y la condena. Para todos. Seguro que confesar también sentará liberador.

Me siento y cojo la botellita de Jägermeister.

—Empiezo yo, para romper el hielo…

Miro al ciervo, y el ciervo me mira.

—Abandoné a mi novia al séptimo mes de embarazo. Me había comprometido a casarme. Salí de Seattle. Me fui a la Costa Este.

—Cabronazo —dice la madre.

—Exacto. —Le lanzo la botellita—. Ya que por fin te has decidido a hablar, te toca.

Me mira de reojo, luego mira la botella. Dice:

—Organicé y encabecé una estafa piramidal durante… quince años. Fui testigo de la ruina de docenas de familias, y se habrá ramificado indirectamente hacia el perjuicio de miles. Me embolsaba una media de trescientos mil anuales, netos.

—Bien, bien —digo—, ya te odio, so puta. ¿Quién va ahora?

La madre le pasa la botella al calvo. Al cabo de un trago lento, dice:

—Maltraté a mi hijo después de que muriese su madre. Es lo que le hizo marcharse. Yo… culpaba a su perro por el accidente y, por extensión, a él, pero…

—Ya, espera —interrumpo—. Intentad contar la versión más cruda de los hechos, la que os deje peor. Sin justificar nada. Se trata de odiarnos.

Molesto, le da la botella al niño gordo. La madre le detiene:

—Mi hijo no ha hecho nada malo. ¡Tiene once años!

—Bueno —dice el calvo—, el Holocausto no duró ni diez.

—¿Qué… significa eso?

—Dejémosle el turno —intervengo—. A ver qué se le ocurre.

El niño gordo no es tan tonto, y entiende las circunstancias. Tras un rato, se atreve:

—El año pasado… maté un perro.

—¿Qué? —dice su madre.

—En el bosque tras la fábrica de palillos. Era un perro viejo, estuve empujándole, lo empujé por una cuesta para ver cómo se caía. Se dio contra una piedra.

—Joder —dice el barbudo—, ¡no se matan perros!

—Monstruo —dice el rubio.

—Dios, cómo te odio —digo—. Podría fermentar mi odio y destilarlo en un licor tan intenso que la botella emita un brillo tenue y hacértelo beber, y entonces, tal vez entonces, entenderías mi odio. Bien, siguiente.

El rubio disimula rascándose una costra ensangrentada del traje:

—¿Yo? Es que yo… no he hecho nada malo.

—Vamos, no es momento de remilgos. Tiene poco sentido dejarnos nada en el tintero.

—Ya, pero es que nunca he hecho nada malo. En la vida. Oye, ¿y si no merezco morir?

—Algo se te ocurrirá —dice el barbudo—. Piensa en lo menos bueno que hayas hecho.

El rubito piensa. Bufa.

—De niño, me retaron unos amigos… Entré en una tienda de instrumentos musicales y… oriné en el suelo.

Al desinflarse la expectativa, reímos. Me preocupa que mi idea se tuerza y no funcione tan bien. Si cogemos más afecto que desprecio mutuo… Pero veo que el calvo no ríe. De hecho, mira al rubito fijamente. Le dice con tono fúnebre:

—¿Eres de Maryland? De niño. ¿Vivías en Maryland?

—Sí —el rubio ríe—. Vaya, detectas bien los acentos.

—Vivías en Baltimore, ¿verdad?

—¿Qué? Sí… —ya no ríe—. Pero, ¿cómo lo sab…?

—La tienda en la que measte era mía. Y la meada en la que resbaló mi mujer… no era del perro —inhala y exhala temblorosamente mientras se pone de pie—. No era del perro de mi hijo. Era tuya. Fuiste tú.

Antes de que sumemos dos y dos, el calvo se ha lanzado encima del rubio. Al cuello y a los ojos. Intento separarles, pero éste es todo uñas. No tiene sentido decirle que ya morirán en breves. Mi idea ha funcionado demasiado bien. ¿Tiene sentido separarles?

—¡Me comí a un hombre! —grita el barbudo.

La pelea se detiene en segundos. Le miramos.

—Era un sintecho. Lo drogué. Me lo llevé a casa. Lo maté, despiecé y congelé. Me lo comí a lo largo de dos meses. Quería probarlo. No estaba bueno.

Y entonces, por un momento, el mundo cobra sentido. Odio a todas estas personas. Y, puedo verlo en sus ojos, todas estas personas me odian.

—Me alegro de que vayáis a morir —dice la madre, sonriendo.

Ojalá el mundo supiese que no es una tragedia. Que las cosas malas pasan a personas malas, y nada más, y nadie más. Le devuelvo la sonrisa y la voz se me quiebra:

—Igualmente, hija de puta.

El calvo ha encontrado un extintor. Lo golpea contra una ventana.

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[En la edición de febrero de 2010 de Meristation. Condición: “que se elija uno de los sentidos para llevar el hilo de la narración, en que el elemento sensorial sea predominante y aporte un nivel más al relato.”]

Rey Carmesí

Las herrumbrosas cadenas que lo ataban a la oscuridad son hechas añicos por el Sol. Camina un camino; los horizontes cambian. Y la nueva luz sigue sus pasos. Algunos alquimistas asociarán el momento con el citrinitas, amarillez; otros, con el albedo, blancura; otros, con nada.

Las aves han comenzado su canto mucho antes del amanecer, pero no es hasta ahora que existen con certeza. Enzio sigue a su amo Federico II al interior del bosque. Suyas son las aves de Sicilia y los bosques donde moran, y suyo es el reino y suyo es el imperio. Un solitario estornino negro desgarra el cielo y así las estrellas, las últimas que quedaban vivas, mueren. Y no queda nada sobre las copas de los árboles. Ninguna nube en la que puedan esconderse los ángeles. Nada.

Acude a él, de improviso, el raso cielo de Jerusalén. Dijeron que había retrasado demasiado su promesa de ir en Cruzada, y lo excomulgaron. Luego dijeron que era una osadía ir en Cruzada bajo excomunión, y lo volvieron a excomulgar. Y luego dijeron que perecería en batalla contra infiel, pues él tampoco estaba a la diestra del Señor. Pero Federico no escuchaba a los que decían, decían y decían sin siquiera haber visto Tierra Santa. Federico fue, vio, y fue coronado Rey de los Latinos de Jerusalén sin siquiera haber desenvainado su hoja.

Federico descaperuza el ave que porta Enzio al llegar a un claro. El enorme halcón gerifalte gira la cabeza a todos lados; despereza las alas y se vanagloria de su majestuoso plumaje, blanco, puro, hijo de los hielos del norte, y se jacta de sus pintas negras que crean exacta antítesis. Observa el bosque y las aves, y cuando sus ojos se acostumbran a la luz, Federico se los tapa con otra caperuza. Ésta nueva no cubre toda la cabeza del halcón, sino que sólo obstruye su vista. A una orden de Federico, Enzio ordena al halcón que levante vuelo.

Federico tiene preparados carboncillo, papel de Fabriano y el libro de Aristóteles que Michael Scotus tradujo para él. Federico ya ha demostrado que el griego cometió numerosas equivocaciones escribiendo sobre la naturaleza. Lo que en el pasado se dijo no es cierto ni falso hasta que él no lo ve con sus propios ojos. Toma nota de la reticencia del halcón a volar. No llega a levantarse sobre los árboles, y vuelve a tierra torpemente. Otra indicación de que la hipótesis era correcta: privadas de visión, las aves de presa no pueden hacer nada confiando sólo en sus demás sentidos. Federico decide que habrán de regresar en breve a su corte. Se frota los ojos. Cansados. Él también.

.

—Hoy no dormiré.

Enzio busca las palabras adecuadas para dirigirse a un rey.

—¿Os aflige algún mal, mi señor? ¿Deseáis que hable con el herborista para ayudaros a conciliar el sueño?

Federico mira al joven. En verdad requerirá esfuerzo para amoldarlo a sus necesidades.

—No. Permaneceré despierto hasta pasado el alba. Y tú también.

—Sí, mi señor.

Federico se levanta de su asiento y se frota los ojos.

—Ve a buscarme carboncillo y papel. Saldrás de la corte conmigo.

—Ya nos rodea la noche invernal. Buscaré también un farol y…

—No, no iremos con nada más. Ni con nadie más. Tampoco nos acompañará guardia alguno.

.

Lo arrastran por los brazos dos guardias; sus pies se deslizan por frías losas. Se presenta ante el rey desnudo, raquítico, viejo, mugriento, con manos atadas, con boca amordazada, con ojos vendados. Pero el rey apenas si repara en detalles de tal intrascendencia. Está vivo. Es todo lo que cuenta.

Le quitan los trapos de la cara y, por unos breves momentos, ve. Paredes, columnas y arcos de sillares a los que sólo llega luz de antorchas y candeleros; sosteniendo los candeleros, dos mozos; junto a los mozos, un barril; junto al barril, un rey. Cada vez está más cerca del rey, y en él puede distinguir cabellos rojos entre los que puede distinguir cabellos grises. Y sobre unas gigantescas ojeras y bajo unas apretadas cejas, ojos inundados de enfermedad, de raíces carmesíes, casi escondidos por vergüenza, verdes, como los de una serpiente, y, al fin, negros.

El condenado no sabe qué decir y no dice nada; mira las caras, pero sólo la del rey le devuelve la mirada. Los guardias no se detienen hasta llegar junto al barril. Giacobbe quita la tapa. Sólo en el fondo hay agua; casi inapreciable. Los guardias lo meten en el barril y lo obligan a encogerse. El condenado mira al rey y comprende. Comienza a gritar, pero los gritos se ahogan cuando Giacobbe pone la tapa. En la tapa está el único agujero que rompe la oscuridad del interior; en el agujero entra un embudo de bronce; en el embudo se comienza a verter una gran tinaja de agua. Los guardias se van. Los gritos ahogados se entrecortan. El rey acerca al barril media docena de lentes distintas; cada una de ellas posee su propio soporte de hierro, todas ellas siguen las palabras establecidas por Alhazen y comprobadas por el propio rey. Giacobbe y Enzio bajan la tinaja; está casi vacía; el barril rebosa. Ponen el tapón en el agujero, y en el tapón hay otro agujero, un pasaje donde apenas cabría un ángel, un alfiler. El rey hace un gesto y los dos mozos sostienen dos candeleros encima del barril. El rey acerca la vista.

La luz del candelero tiembla y Enzio tiembla. No levanta el llanto; el único sonido en toda la mazmorra procede del barril, y se apaga poco a poco. Dos arañazos. Burbujas. Un arañazo. El rey no deja de mirar el agujero por el instante más minúsculo durante eternos minutos; parpadea con un ojo y luego con el otro, y mira por dos lentes distintas a la vez, y cambia las lentes y las gira. En cuanto el alma escape por el agujero, la verá. Y estará condensada y bien iluminada, y probablemente sus siervos la verán también y contará con testigos, y entonces no cabrá duda alguna.

Enzio deja de temblar. Abre los ojos y se los seca con una manga. Giacobbe canta tres arrullos en una lengua antigua. Enzio vuelve a temblar. En dos ocasiones se escucha una breve burbuja en el interior del barril. Pero no se ve nada. La mueca exasperada del rey no cambia un ápice durante eternos minutos. Tras eternos minutos, nada.

El rey, al fin, se aparta del barril y de las lentes. Los mozos descansan sus brazos. El rey cierra sus ojos. Es posible que haya ocultado algún pecado mortal en confesión, con lo que el alma habría bajado al fuego eterno, atravesando el suelo. Tal vez se halle en purgatorio. Pero nada conclusivo. Abre los ojos y nota que ve los sillares más borrosos que antes. Más que hace un año y más que hace una hora. El rey coge las lentes, de una en una, y las hace añicos contra las losas del suelo. Grita, y sus gritos llegan hasta el otro extremo de las mazmorras, y de allí vuelve un eneagrama de gritos infantiles; gritos animales, ajenos a las palabras de los hombres, porque ningún hombre ha pronunciado frente a aquellos niños palabra alguna en idioma alguno.

.

Enzio se detiene por un momento y mira el cielo nocturno. Federico se da la vuelta.

—¿Qué sucede, Enzio?

Enzio está boquiabierto. Señala a la Luna sobre el castillo que acaban de dejar.

—Hoy… Mi señor, juro que hoy estaba llena…

Federico mira a la Luna y comprende.

—Ven, Enzio. Nos sentaremos en la hierba y observaremos.

—Pero, mi señor, ¿qué creéis que está sucediendo?

—No creo nada. Te sentarás conmigo. Guardarás silencio conmigo, por horas si es necesario. No dormirás, si es necesario. Y verás con tus propios ojos.

Con el paso de eternos minutos, una oscuridad absoluta termina de engullir la Luna. Es el Sol Negro, y desciende sobre ella con suavidad hasta que los contornos de ambos se funden. Y entonces se hace uno con ella, y las esferas arden de pasión. La Luna ya no es blanca ni es negra; es roja, un rojo oscuro, y luego broncíneo, y luego ambos; es rubedo, y arde en el fuego de un alquimista desconocido y sangra su pureza sobre la noche. El rey se lamenta de que Michael Scotus no haya vivido unos meses más para poder contemplarlo a su lado.

Un Sol se ha alzado en medio de la medianoche, en lo más alto del cielo.

La luna parpadea y vuelve a estar cubierta de negro.

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[Originalmente en febrero de 2014 en Meristation. Condición: “La historia debe estar ambientada en África y haber algún elemento sobrenatural.”]

Attragartta

Era impensable (ahora he perdido esa palabra) que las nubes estuvieran habitadas por las Montañas de la Luna. Pasaron treinta años desde que John H. Speke tocó las fuentes del Nilo, tan cercanas, hasta que un europeo siquiera viese la cordillera. Y estaba justo ahí, siempre había estado aquí, siempre habrá estado aquí, siempre estará…

Tal atribución modernista es falaz: mis manos han sostenido un mapa en el que Hiparco de Nicea ya dibujó tres lagos en el nacimiento del Nilo. He leído a Ptolomeo referir los Selḗnēs Óros, luego llamados Montes Lunæ, luego Ruwenzori. Dos milenios les separan de nuestros falsamente novedosos hallazgos; semejante dislocación parece ahora un augurio. Acercándose el fin, siento más propio, más real, el nombre que los Baganda dieron a aquellos montes: Gambaragara, “mis ojos duelen”.

En cuanto a mi nombre, fue Linwood Lyall por última vez en vuestro 1899. Me movía la misma sed de aventura que a tantos de mis semejantes; me excusaba la antropología. Pasé el otoño en la base de la cordillera estudiando a los Amba, cuyas singularidades obviaré (no fingiré recordarlas, tan pueril e inhumanamente sarcástica como se me antoja ya toda divergencia cultural). Entrado noviembre, noté que uno de los negros tenía la tez ligeramente aclarada, acaso amarillenta, y una protuberancia labial reducida. Consulté con la tribu, descarté una posible enfermedad, y supe que era un hombre reservado cuya madre no había nacido entre ellos.

El negro eludía toda indagación en torno a sus difuntos padres. Al cabo de unos días, insistiéndole sobre el origen de su madre, me indicó que le siguiera.

Se negó a hablar mientras me guiaba montaña arriba. Pasamos la noche al raso, y a la tarde siguiente se detuvo ante un acantilado. El negro señaló una hondonada en otro monte, entre neblina y vegetación. Dio media vuelta y desanduvo el camino (supe luego que, tan pronto regresó al poblado Amba, partió hacia el sur con sus herramientas y su esposa). No sin recelo, decidí seguir su indicación.

Me acuciaba el ocaso, y el hambre y la soledad. La perpetuamente ruidosa selva se mostraba más y más callada; mi respiración me cercaba. Anhelaba indicios de humanidad no ya en pos del descubrimiento, sino para ahogar la idea de ser la única persona.

La hondonada entraba en una grieta rocosa. Mi lámpara iluminó una formación que no podía ser geológica, un relieve que brotaba un palmo desde la pared más vertical y lisa. Era un gran círculo: desde el suelo hasta mi barbilla. En su centro albergaba un bajorrelieve también circular: la dimensión inversa de un plato de cena. La circunferencia de ambos y su concentricidad, perfectas a ojos vistas. Acabé por asimilar que no era talla en el muro, sino una ancha rueda adherida a él con precisión. Sabiendo a los Amba incapaces de labrar piedra en tal escala y exactitud, me precipité en imaginar el apellido Lyall envuelto en gloria, en asumir el descubrimiento de una civilización extinta ―milenaria, acaso prehelénica―.

Y, sin embargo, la madre del negro provenía de allí.

¿Por qué me apoyé en la hendidura central? ¿Por qué intenté mover la rueda, inmensamente pesada como aparentaba? No me urge justificarlo ante un lector cuya opinión desoiré en mi muerte, sino ante las sempiternas pesadillas que me devuelven allí. A ratos, finjo que me llamaban la curiosidad, la aventura, la gloria… Después, la lucidez confiesa que esas palabras no me llamaban; me empujaban: Darwin conjuraría una innúmera progresión de mis ancestros, enfrentados a una misma progresión de pruebas, y cada prueba favoreció a los ancestros que más se aproximaban a esas y otras palabras, y así llegaron hasta mí, esculpido por la eternidad. Deploro pensar que pude haberme marchado; pensar que nunca tuve elección es el reflejo de la misma angustia.

La piedra cedió sin apenas esfuerzo o fricción, porque debía hacerlo. Rodó a un lado y mostró la caverna que cubría, y que invadí sin prudencia. Era un cilindro oscuro cuya única imperfección procedía de lo granuloso de la roca. Ésta crujía con levedad, lejos.

Aunque creía acercarme al origen del sonido, permanecía siempre a la misma distancia; se me antojó la noción de que el túnel estaba siendo excavado en cada instante, a medida que avanzaba agachado por él. La respiración comenzó a hacérseme dificultosa; no por un ambiente enrarecido, sino por la viva impresión de que el aire me estaba siendo succionado de los pulmones. Controlar mis piernas y brazos se hizo arduo, hasta que me acostumbré a que cada miembro tendía a moverse de un modo diametralmente opuesto a mi voluntad. Juro que vi la llama de mi lámpara apagarse y encenderse tres o más veces en el mismo segundo. Sólo entonces noté que el túnel describía una leve inclinación ascendente.

Llegué ante otra rueda que moví con urgencia, por mi mente flaqueante y porque había oído pasos en la oscuridad a mi espalda, por encima del pétreo rumor. Mi cuerpo recobró la calma. Entonces entré en Agartta.

Debo puntualizar que yo asigné ese nombre a la ciudad subterránea, animado por el homónimo reino que soñó Saint-Yves d’Alveydre y que controla el destino del mundo. Nunca supe su denominación original, ni parecieron saberla sus habitantes. De estos, algunos me dieron la bienvenida con familiaridad. Había negros, caucásicos y orientales; la mayoría correspondía a alguna mezcolanza. Vestían harapos o nada, se hallaban en frugales y penumbrosas estancias delimitadas por caliza: habitaciones, nichos, pasajes en los que vanos y escaleras y fosos carecían de función aparente salvo la de infligir laberintos; formas excavadas y redondeadas por herramientas (pero las que creí unas columnas talladas eran formaciones sedimentarias). Algunos techos exigían reptar bajo ellos mientras que otros eran bóvedas de catedral.

Me alivió, y luego alarmó, que algunos de los residentes hablasen inglés, aunque usando dejes y expresiones singulares. Acepté sus ofertas de sustento y descanso. Al despertar, un hombre alto me mostró estancias circulares colmadas de vegetación y humedad; en el centro de cada una, un orbe de tacto suave emanaba calor y un resplandor anaranjado; en el techo, gotas de agua se filtraban confusas en vibraciones que me recordaron a mi lámpara. Quería hacerles tantas preguntas que aún no alcanzaba a ordenarlas. Opté por salir de Agartta para regresar ipso facto con mi equipo fotográfico y enseres.

Salir por el estrecho corredor fue menos trabajoso, perdida la turbación de lo desconocido; me aturdió, sin embargo, percibir la misma pendiente hacia arriba al desandarlo. Al llegar a la hondonada tuve a bien cerrar la rueda, y el sol de mediodía cayó sobre mí amordazado por niebla. Según mi reloj, aún no debía de haber amanecido.

Llegué de vuelta al poblado tras otra jornada entera. Los Amba, pese a mis protestas, insistieron en que mi ausencia no había durado más que escasas horas. El hombre que me había guiado estaba ausente pero regresó un día después: se afligió al verme, y dijo que acababa de dejarme entre las montañas. Fue la última vez que lo vi.

Volví a Agartta, y sus habitantes no me reconocieron. Al cabo de arduos ensayos, terminé por descartar toda explicación posible salvo la verdadera: en Agartta, el tiempo transcurre en sentido inverso al nuestro . Aún transcurre, indudablemente, décadas después de que la visitase por última vez, décadas antes de que recibiese mi primera visita. Seguirá transcurriendo, inevitablemente, hasta su fundación en un futuro que no podemos siquiera considerar… El hombre alto me dijo su edad, y he contado los inviernos en el exterior: hace dos de mis años que él habrá nacido. Y ahora no es nadie, ni un destello en el ojo de su padre, en aquella odiada matriz de piedra.

Lo primero que indagué fue el origen de Agartta. Los habitantes no sabían contestarme. No sabían gran cosa. Inherente a su sociedad era una progresiva decadencia intelectual. Las escasas tablas de arcilla que constituían todo registro estaban incompletas, escritas en lenguas y símbolos que ignoraban. Rotas. Las generaciones, como a capas, iban olvidando los conocimientos de nuestro futuro: los más complejos se habían perdido antes, y quedaba un saber cada vez más primitivo, parejo a su contemporáneo exterior. Logré encontrar a una joven depositaria de mayores conocimientos históricos, transmitidos oralmente a través de (y erosionados por) los siglos. Pregunté sobre la fundación de Agartta, y me habló sobre el fin del tiempo.

Ante mi desconcierto, me instó a imaginar el tiempo con la forma de un planeta: que yo, como los demás residentes de su superficie, sólo era capaz de desplazarme hacia el sur. Sabía que me aproximaba al Polo Sur, y debía figurarme adónde daría el siguiente paso una vez llegase. Es una aporía: no se puede ir al sur del Polo Sur. Su actitud era la de quien fractura un concepto en metáforas para acercarlo al entendimiento de un niño o un subsahariano. Explicó que, así como el pasado es vasto pero finito, llegado un punto de mi futuro la dimensión temporal del universo acaba. Habiéndolo anticipado, sus ancestros (mis descendientes) crearon la ciudad en la que el tiempo va en dirección opuesta, para que la humanidad no muriese nunca.

Señalaría ese coloquio como el comienzo de mi senectud, el tornarse curiosidad en aprensión. En más, escuchar “nunca”, decir “siempre”, adquirieron para mí la insinuación de nuevas facetas que no estaba enteramente dispuesto a ponderar.

Los habitantes, por el contrario, no tenían escrúpulos. No sentían la necesidad de aislarse del mundo antagónico. Cruzaban la rueda y el corredor y la rueda. Cruzaban también otras ruedas que daban a otros valles o montes (intuí, si bien no medí con rigor, que la separación entre distintas salidas difiere si se mide en el exterior o en Agartta). En ocasiones alguien salía, y en ocasiones volvía. Habitantes que me habían parecido semejantes, acaso parientes, eran la misma persona, separada en el tiempo por los corredores. Conversaban entre sí despreocupadamente. Yo supe que la aceptación de un hecho tan aberrante nunca iba a estar a mi alcance; me prometí anotar minuciosamente mis ubicaciones y horarios con tal de evitar todo contacto con identidades pretéritas. A veces un habitante refería una conversación incompleta que yo no recordaba haber iniciado. Me esforzaba por desoír tales huellas de mis sombras.

Un niño se interesó en mi equipo fotográfico, y evidenció conocer los mecanismos mejor que yo. Le decepcionó saber que el resultado de su procesamiento eran imágenes en escala de grises. Cuando objeté que reproducciones polícromas ya existían gracias a ensayos de James C. Maxwell, el niño prometió recordar el nombre; prometió entrar a la rueda, algún día, para enseñarle los colores, para que mis congéneres pudieran disfrutarlos.

Comprendí que no sólo personas atravesaban los corredores, sino, con ellas, fragmentos de conocimientos, de causas que se cruzarían con su propio efecto. Consideré cuántas de nuestras novedades no eran sino reflejos del olvido progresivo en Agartta. Terror inabarcable: mi misma existencia había comenzado sólo porque así lo permitiría la combinación precisa, minúscula, de interacciones entre las personas que me rodeaban en ese momento y yo. Mi nacimiento era al unísono ineludible y sujeto a una prodigiosa improbabilidad que oscilaba ante mis ojos.

Vi lo que eran, todos ellos: células cancerosas en el cuerpo de la humanidad. Crecimientos antinaturales torturando la historia. Pensé en matarlos, matar a Agartta y a su incertidumbre. Sin embargo, no pude convencerme de que la propia ciudad no constituye de algún modo los cimientos de un universo frágil. Intuyo que Agartta es la inhalación de Dios, el reverso de un mismo movimiento en el que exhala nuestro tiempo, aunque yo apenas puedo comprenderlo en la medida que un átomo de oxígeno comprende los vientos cíclicos de los que forma parte.

Así, la humanidad se nutre infinitamente de sí misma. Seguirán saliendo y entrando hasta el final de su tiempo, el comienzo del nuestro (y ambos son uno en circunferencia). ¿Llegaría alguna vez a quedarse vacía Agartta? ¿O permanecerían dentro hasta notar, de nuevo, que se aproximaba el último día, el Polo Norte, y que el exterior era inimaginable e inhabitable? Pero en tal caso, ¿qué harían?

Supe la respuesta el último día de mi estancia y de mi nombre. Perdido entre pasajes oscuros cuyo fin no encontraba, toqué en la pared una rueda que no había visto antes. La crucé, y otro corredor, y otra rueda. Sin embargo, no había salido al exterior.

Vi una sala cúbica, de diez yardas de lado, una penumbra sin origen y, en la pared de enfrente, un espejo: desde el suelo hasta el techo, con la anchura de dos hombres.

Me acerqué para examinar lo que debía de ser un espejo perfecto, pues era indistinguible dónde empezaba en el suelo. Extendí la mano para tocar su superficie. Sin embargo, no había ninguna. Y la mano que mi reflejo había extendido no estaba frente a la mía, sino en el lado opuesto de mi cuerpo. Un cuerpo tan congelado como el suyo.

Callé y miré esos ojos de nadie, y su mueca delató mi punzante comprensión. El momento del último desastre: cuando el espejo entiende que es un hombre… y viceversa.

En ellos vi la molécula de oxígeno. Vi que nadie nunca se ha pertenecido a sí mismo.

Yo soy parte de Agartta, el mismo cáncer, aun habiendo nacido fuera. Acaso también aquellos que nunca la conocieron son la misma infección, por muchas generaciones que los separen. Tú, durmiente de Éfeso, te encierras en la gruta pretendiendo escapar de ti…

Retrocedí sin un sonido, dejé atrás las Montañas de la Luna y a Linwood Lyall, y pasé el resto de mi vida olvidándolos mal. Me siguió el vértigo de una humanidad que es infinita en fracciones y sin descanso.

Alguna ocasión, de niño, me entretuve persiguiendo palabras en un diccionario. Buscaba una, y luego buscaba una de las palabras que la definían, y una de las que definían a aquella. Alcanzado cierto punto en la sucesión, alcanzada una suerte de círculo, dejó de producirme entretenimiento y dio paso a una angustia hueca.

Mi cuerpo se apaga, y no me aflige una falta de fe. Al contrario, lo que temo es que mi alma siga para siempre el mismo camino en el que está perdida mi mente, el de los tiempos que se comen entre sí. Temo volver a vivir la vida, la mía y la de la humanidad, al revés, y de nuevo, sin fin. Dios me perdone: temo que mi alma sea eterna. Un vacío, un punto sin dimensión, sería mi descanso divino. Porque eterna es la línea que forma una circunferencia.

(Hallado en un sobre, junto con dos fotografías casi completamente quemadas, entre los efectos personales de Alexandre Saint-Yves, Marqués de Alveydre.)

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Bueno, que voy:

RELATO 1 - PERDÓN POR EL RETRASO

24 de diciembre. La noche ha caído y fuera de la tienda una espesa niebla cubre el Coso Bajo de la ciudad. Se supone que deberíamos de haber cerrado hace media hora, pero es imposible luchar contra los que apuran hasta el último instante las compras navideñas. Me asomo por encima del mostrador y le echo un vistazo a la tienda. Estoy agotado.

—Ya no queda nadie… —Me asombro al ver que tengo razón—. ¿¡Cerramos!?

—Va, vámonos a nuestra casa, que nos lo hemos ganado —dice el jefe de sucursal.

Por poco no salto por encima del mostrador de la alegría. Me acerco a las puertas automáticas y lanzo un dedo como un cohete hacia el botoncito que las bloquea, pero para mi horror, al pulsarlo, me topo con una señora con un abrigo de visón. Está aporreando la puerta desde fuera. Un perro-patada muerto de frío asoma la cabeza de su bolso de marca.

—¿Estáis abiertos? —pregunta.

—Ehh… —«¿Es que la hora y la puerta cerrada no le han dado una pista?», pienso—. ¿En qué puedo ayudarla, señora? —pregunto en realidad.

—Ya verás, es que ha venido mi sobrino de Soria, y si no le regalo el juego que me ha pedido le da un patatús. ¿Estáis abiertos, verdad? Me dijeron que cerrábais a las once.

Me giro y veo el terror reflejado en los rostros de mis compañeros, que ríete tú de Frodo entrando en una joyería. Mi jefe asiente mientras una lágrima recorre su mejilla y suena el «Clack» de la puerta automática cuando la desbloqueo. La señora entra. Mis compañeros no pierden el tiempo y en un aparte comienzan a hacer una pila de billetes gargantuesca que por desgracia no repercutirá ni un céntimo en nuestros sueldos.

—Quieto, Baldomero, no les ladres a estos chicos, que son muy majos —dice la clienta—. Oye, ¿vosotros sois chinos?

—¿Perdón? —pregunto. Imagino que el cansancio me ha jugado una mala pasada.

—Que si sois chinos. Es que me han dicho que al lado de la pastelería hay unos chinos que venden discos, pero que no les compre, porque los ponen falsos, o algo así. Por eso te pregunto que si sois los de las consolas y las maquinitas esas, o los chinos.

—Ehh… —Alzo un dedo hacia un cartel gigante donde se lee muy claro y en letras rosas el rótulo de la cadena. Logo que se repite como en doscientos lugares diferentes de la tienda. Vuelvo tras el mostrador—. A ver, ¿qué juego era ese que quería su sobrino?

La señora saca un papel arrugado escrito con letra diminuta y me lo enseña. Al contemplar esos garabatos comprendo lo que debió sentir el primer explorador que se topó con un jeroglífico egipcio. Me sorprende que un ser humano haya sido capaz de escribir algo así.

—Perdone, pero no entiendo la letra.

La señora bufa, ofendida, y a la vez que se acerca el papel a las gafas e intenta descifrarlo, suena el teléfono de la tienda. Un compañero lo coge. Por lo que puedo escuchar de refilón, alguien muy cabreado nos reprocha que la consola Wii que acaba de comprar no funciona. Por lo visto la está intentado conectado a un Iphone por la entrada de los auriculares…

—Ya verás, el juego se llama… —El perro comienza a ladrar al teléfono como un poseso—. ¡Quieto, Baldomero! A ver, mi sobrino quiere el nuevo Carlos Dutti. ¿Lo tenéis, verdad?

Pienso. No tenemos ningún juego con nombre de diseñador de moda, pero enseguida caigo. «¡Ahh, me pregunta por el Call of Duty!». Hemos vendido el último hace como media hora —cuando se supone que debíamos de haber cerrado—, así que lo único que se me ocurre es pedirle uno a domicilio. Para eso la mujer tendría que ser socia de la cadena…

—Perdone, señora, ¿tiene tarjeta de socio? —le pregunto.

—No, pero me puedo hacer, ¿verdad? Seguro que no cuesta nada.

Un sudor frío recorre mi frente. Escucho los gemidos agónicos de mis compañeros. El sistema operativo de la cadena ha estado todo el día dando problemas y hacer un socio se ha convertido en un suplicio. Eso si hay suerte y el PC no explota en el proceso, claro.

—Ahh, espera, la chisma esta dices. Me la ha dado mi hermana. —La señora saca de su bolso estampado en leopardo una tarjeta de la cadena—. Oye, ¿y el juego dónde está?

—Lo siento señora. Se nos ha agotado.

—¡Ayy, no me digas eso! ¿Pero cómo no podéis tener discos en una tienda de discos? ¡Ayy, Baldomero, qué disgusto más grande! —Constriñe el bolso contra el pecho y el perrete hace coro a sus quejidos aullando—. Con la ilusión que le hacía al crío el Carlos Dutti…

De pronto pienso que eso de pedirle el juego a domicilio es una soberana tontería: lo quiere para ya, lógicamente. Estoy demasiado cansado, pero otra idea brilla en mi abotargada mente, una posible salida rápida a este embrollo. Miro el reloj: son las ocho menos cuarto. Voy a llegar a la cena de Nochebuena con una hora de retraso, como poco.

—Espere un momento, señora, que igual me queda uno. Tardaré solo un minuto.

—Ay, sí, hijo mío, busca, busca… ¡Que disgusto, que disgusto!

Abro un terminal de consulta de producto y tecleo código del juego. Al iniciar la búsqueda, el ordenador da un error catastrófico y se bloquea. La impresora comienza a temblar y a imprimir el historial del día en bucle hasta que el ordenador se reinicia. Suena el teléfono de la tienda y un compañero lo coge. Por lo visto alguien necesita con urgencia absoluta saber cuánto dinero le daríamos por un Fifa 11 usado. Recordemos que estamos en el 2019.

—¿Está o no, hijo mío? —pregunta la clienta.

—Deme un segundo, que se me ha escacharrado el ordenador…

Mi compañera se aparta y me deja el otro PC. Vuelvo a buscar el juego, y por fin, tras un fallo de búsqueda y que aparezcan dieciséis mensajes Pop-Up de nuestro coordinador avisando de que hay que exponer un pack con la nueva consola Nintendo —algo vital a las ocho de la noche, se ve— y de que nos lleguen como veintitrés correos electrónicos, por fin el terminal me informa de que hay un Call of Duty de segunda mano recién comprado.

Alzo los puños hacia la cámara de seguridad y doy las gracias al panteón olímpico.

—¡Qué suerte! Me queda uno de segunda mano a mitad de precio. Y aún lleva el precinto, fíjese. Ni siquiera nos ha dado tiempo a abrirlo. Está como nuevo.

—¿C-cómo que de segunda mano? —Se echa hacia atrás como una cobra suspicaz—. Y si no funciona, ¿qué le digo a mi sobrino? Ha venido de Soria, de propio. No, no, no…

—Por favor, lléveselo, que está perfecto —le suplico. No. Le ruego.

La mujer coge la caja con el pulgar y el índice como si fuera algo infecto y la agita para comprobar su peso. Me parece que hasta olisquea el juego con recelo.

—Vale, me lo llevo. Pero ponle un seguro por si se rompe. Mmm, no, mejor que sean ocho protecciones de esas, que es un manazas. Y el disco es para regalo, así que quítale todas las pegatinas. Oye, y si no te importa, pásale un paño limpio. Por los dedos, y eso…

Asiento a todo, obediente. En estos momentos le haría el pino si me lo pidiera. Comienzo a envolver el juego al ritmo del hilo musical de la cadena, que tan pronto suena música 16-bits, como te sorprende con Shakira desafinando o te cuela el Despacito. Terrible.

—… y también dos tickets regalo. ¿Lo envolvéis con un lazo y me dais una bolsa, verdad? Hay que ver qué tarde es, Baldomero, y cómo está la vida. Esta gente está trabajando en Nochebuena, que es un día para estar con la familia. Hay que ver cómo son estos chinos…

—¡Pero que no somos…! —Me interrumpo, paro de envolver el juego y levanto la cabeza; la mujer se ha asustado un poco, pero no de mi grito, sino de mis ojeras: sospecho que harían llorar de envidia a Marilyn Manson. Mis compañeros ya han terminado de ordenarlo todo y hacer caja. Llevan un rato esperando a mi lado. Hago acopio de paciencia—. ¿Que si es un día para estar en familia? Verá, señora, es que nosotros tres, a nuestra manera, también lo somos. Feliz nochebuena. —Le cobro y le entrego su Call of Duty.

La clienta no nos da las gracias y se marcha quejándose de nosequé al perro.

Son las ocho. En el Coso Bajo solo se escucha un silencio perezoso y los tacones de la mujer alejándose con su juego. Comienza a nevar. De camino a mi pueblo tengo como una hora y media, así que saco el móvil y aviso a mis padres de que voy a llegar bastante tarde a casa. «Todos los años la misma historia, maldita sea», pienso. Los tres cerramos la tienda, apagamos las luces y, justo antes de bajar la persiana, un cliente nos llama para preguntar si ya ha salido la PlayStation 6. De esto último nos enteramos unos días después, claro. Lo ignoramos y nos vamos cada uno en una dirección. En el Coso Bajo de la ciudad ahora solo se escucha un silencio perezoso, el eco del telefono y mis pasos cansados.

RELATO 2 - Orgullo imperial

Orgullo Imperial

Takeshi intentó prender el último cigarrillo con el último fósforo, pero el viento lo apagó antes de que pudiera ahuecar las manos. El soldado se ahorró un juramento pues pisaba suelo sagrado o, al menos, lo era para él. Al frente, se alineaban media docena de tumbas. Una tenía un rifle de cerrojo arisaka clavado a modo de lápida. Él jamás quemaba los cuerpos, pues el humo podría delatar su posición.

Tras murmurar una oración, enterró el rifle con su dueño y se marchó del cementerio sabedor de que jamás descansaría junto a sus compañeros. También se prometió que aquella isla seguiría siendo japonesa mientras la pisara un soldado del Imperio.

Nada más llegar al campamento comprobó los cepos, las jaulas del río y buscó huellas. Ni rastro de los yankees. Tras comer marchó a montar guardia. Aquella costumbre se había convertido en paranoia el día que encontró a un compañero estrangulado mientras dormía abrazado a su rifle. Hacía tiempo que el único rincón de la jungla a salvo de los americanos se había reducido a un agujero apuntalado con cañas de bambú, su madriguera.

De pronto, Takeshi se vio perdido. ¿Dónde estaba? Últimamente se notaba algo olvidadizo. Tras ubicarse, montó guardia hasta que el cansancio volvió pesados sus párpados. Antes del anochecer volvió a su madriguera, desenterró la portezuela de caña y se tumbó en un lecho de hierba seca. Abrazado a su rifle, se quedó dormido y como todas las noches soñó con las bombas cayendo y partiendo en dos su fragata. ¿Cuánto hacía del naufragio? ¿Tres meses?

Aún escuchaba en sueños las explosiones y el chirrido atroz del metal resquebrajándose.

A la mañana siguiente Takeshi se despertó y se le cayó el mundo encima. Los americanos habían estado allí. Podía notarlo en las ramas quebradas y en los torpes intentos por borrar su rastro. Eran tres, y el más bajito cojeaba del pie izquierdo. Esos perros jamás habían estado tan cerca. Debía cavar otro hoyo de inmediato, internarse más en la jungla, huir…

Takeshi se rascó la cabeza. ¿En qué estaba pensando? ¡Un soldado imperial jamás huía! ¿Y cuándo había perdido su gorra? Miró a su alrededor y vio claro lo que debía hacer. Ya bastaba de seguir escondido en la jungla como un animal. Se acabó. Agarró su fiel arisaka, desenterró la última caja de cartuchos y marchó a la playa con un propósito en mente.

No fue difícil dar con la patrulla. Los americanos eran torpes, ruidosos y maliciosos. —Takeshi se sentía especialmente insultado por la ocasión en la que éstos habían bombardeado la isla con panfletos abarrotados de mentiras—. Desde una posición cómoda, tumbado sobre una roca y con la cara pintada de barro, estudió la patrulla. Eran tres, pero su campamento daba vergüenza ajena. Ni siquiera habían colocado minas saltarinas o alambre de espino en el perímetro. De hecho, Takeshi tuvo que parpadear varias veces para cerciorarse de que los yankees de verdad habían dejado sus rifles al linde de la jungla, cubiertos con una fina lona beige, completamente descuidados. Uno de ellos hasta se daba el lujo de echar una cabezada mientras los otros dos jugaban a las cartas. Takeshi sintió su orgullo herido al ser consciente del tiempo que había perdido huyendo de esos gaijin que ni siquiera se molestaban en montar un campamento en condiciones. Así pues, apoyó el rifle en una hendidura y apuntó a la cabeza. Ajustó la mirilla, acarició el gatillo y disparó.

El rifle emitió un chasquido poco belicoso.

—¡Chikushô! —maldijo. El arisaka no tenía fama de ser muy fiable, pero justo tenía que fallar en ese momento. Takeshi ya estaba pensando en retirarse cuando se acordó de los rifles americanos. Sabía que no tendría otra oportunidad, así que empezó a reptar hacia las armas.

Cinco minutos después estaba tumbado de espaldas contra la arena, encañonado.

—¡No lo soltéis! —El adormilado le apuntaba con el rifle. Los otros dos lo prendían.

—Cómo se revuelve, parece mentira…

—¡Matadme ahora! ¡No os diré nada! ¡Larga vida al emperador! —exclamó Takeshi.

—¿¡Se quiere estar quieto, señor!? ¿Hay más en la isla? ¿Cuántos son?

—¡Los matasteis a todos, perros yankees! ¡Echasteis veneno en las aguas y nos ahogásteis mientras dormíamos! ¡No tenéis honor, ni lo habéis conocido! ¡Solo me rendiré ante un oficial superior del Ejército Imperial!

—Ya entiendo… —El oficial yankee sacó de la riñonera un bulto de tela raído—. Usted es el sargento Takeshi, ¿verdad? ¿Reconoce este objeto?

—¡Mi gorra! ¡Será lo único que conseguirás de mí, perro americano!

—Nadie le ha robado nada, sargento. Mírela bien. ¿Qué ve?

Takeshi inclinó la cabeza. Notó en la prenda algo raro, pero aún no entendía el qué.

—La encontramos tirada junto a los lazos, soldado. Eso nos puso bajo su pista. De esto hará una semana. ¿Aún no lo ve? Su gorra está vieja. Lo mismo que su rifle arisaka.

—Y menos mal… —murmuró el que no tendría cabeza de no haber sido así.

—Pe-pero las órdenes, la isla, mi deber… —A estas alturas Takeshi no luchaba y los dos hombres que lo prendían lo hacían por puro gesto. El soldado japonés comenzó a plantearse el hecho de que aun sin tener ni idea de inglés, lo estaba entendiendo todo.

—Llevamos mucho tiempo buscándole. —El oficial americano se inclinó hacia él—. A usted, y a los hombres de su pelotón, sargento. Suerte que nos ha ido dejando un rastro. Despistes, supongo. O puede que lo hiciera de forma involuntaria. Nada de lo que deba avergonzarse, en cualquier caso. Su labor ha terminado, soldado. De hecho, lo hizo hace mucho tiempo.

Uno de los americanos soltó la mano de Takeshi. Él se revolvió y lo agarró del cuello de la chaqueta. El tirón fue un amago flojo, porque aquella mano, antaño fuerte y diestra, ahora estaba arrugada y ajada. Abrió los ojos y por primera vez fue consciente —quiso serlo, más bien— de que esa patrulla de yankee no tenía nada, y de que él no era más que un viejo consumido tras tres décadas malviviendo en la jungla. Su labor había acabado hace treinta años, el día que Japón claudicó y él se convirtió en un zan-ryü Nippon hei, uno de los soldados imperiales olvidados, un «dejado atrás».

RELATO 3 - Al otro lado de un río de asfalto

Al otro lado de un río de asfalto

La chica caminaba al borde de la carretera cuando el hombre del cadillac apareció en el horizonte. Ella dió por hecho que no era más que otra alucinación fruto del sol inclemente que insistía en apisonarla como un martillo. Aquel yermo muerto no ofrecía nada salvo un calor asfixiante y una carretera sin fin que dividía el desierto en dos como una cicatriz negra. La chica se limpió los ojos escocidos por el sudor y ahí estaba él, a su vera.

Apoyado en la ventanilla del cadillac del 59, el desconocido exhibía un diente de oro engarzado en una sonrisa inquietante. La muchacha se vio reflejada en sus Ray-Ban.

—Hola, ¿te has perdido? Supongo que es una pregunta de mierda, porque solo hay un lugar al que ir. —Señaló hacia atrás con el pulgar—. ¿Quieres que dé media vuelta y te lleve? Tengo sitio de sobra. —Palmeó la carrocería.

—No, gracias. Voy bien sola.

El desconocido metió marcha atrás y aflojó el ritmo hasta igualar su paso.

—¿Estás segura? Sea a dónde sea que creas que vas, te va a costar como cien años llegar. ¿Con cuántos viajeros te has cruzado de momento, eh?

—Ninguno. —La chica se detuvo, lo mismo que el cadillac. Le costaba rehuir aquella mirada tras las gafas de sol—. ¿Qué hace aquí? ¿De dónde viene?

—¿Acaso importa? —El conductor sonrió, mostrando de nuevo aquel diente de oro que brillaba como un diamante en una mano mugrienta.

—¿No tendrá un poco de agua por ahí?

—¿Agua? ¡Me sobra! —rio el extraño. Tras rebuscar bajo el asiento le lanzó un botellín.

El agua estaba fresca, aunque sabía a rayos.

—Gracias. —Al limpiarse, notó los labios agrietados. ¿Cuánto tiempo llevaba en aquél maldito desierto? Señaló al coche con un ademán—. ¿Puedo subir?

—Depende. Cobro peaje —dijo el conductor, y por tercera vez, aquella sonrisa que parecía llegarle hasta las orejas. La chica dio un paso atrás y el extraño levantó las manos del volante—. ¡Tranquila, muchacha! Hablo de pasta, no te equivoques. No soy de esos.

La chica hurgó en los bolsillos. Nada. Rebuscó un poco en la mochila y al final encontró una cartera raída que juraría haber guardado en un cajón hace años. Dentro había algo de dinero y una foto desgastada de ella de niña comiendo un helado con sus padres. Era un recuerdo agridulce, pues al poco de tomarse la fotografía, ambos fallecieron en un accidente.

—Solo tengo esto —dijo la chica con reservas. Le mostró un puñado de billetes arrugados y sudados. También había un par de monedas de cuarto de dólar.

—Llevas de sobra. —La puerta del cadillac se abrió con un clack—. Sube.

El coche rugió, dio media vuelta y enfiló aquella maldita carretera inacabable dejando tras de sí una estela de polvo. La muchacha se soltó el pelo. El viento en la cara, aunque árido, la reconfortó. Hasta ese momento no había sido consciente de lo muchísimo que le dolían las piernas. Se quitó las zapatillas. Tenía los pies llenos de ampollas. Aquella autopista parecía tierra envenenada escupida por el horizonte. ¿Es que acaso no tenía fin?.

—Tranquila, no te queda mucho de viaje —dijo el conductor.

La chica frunció el ceño y miró al extraño de reojo. No parecía muy viejo —quizá treinta y tantos—, pero su melena ceniza sugería lo contrario. En su rostro se dibujaba una sonrisa perenne e inquietante, pero su mirada seguía oculta tras las gafas de sol. La chica sintió un escalofrío por la espalda, pero también algo de alivio. Al fin y al cabo, estaba sentada en un asiento de cuero y tenía a mano agua de sobra. Tampoco estaba tan mal.

—¿Cuándo llegaremos? —preguntó al rato.

—Al anochecer, por supuesto.


Durante el trayecto la pareja apenas intercambió palabra. Atravesaron aquella negrura de asfalto en silencio. En ocasiones el conductor silbaba alguna canción y la muchacha bebía un poco de agua. Pasaron horas, quizá algo más, y así siguió hasta que un punto al frente rompió la monotonía del desierto.

—Al borde de la carretera. —La muchacha achicó los ojos—. Es otro autoestopista.

—Lo sé. —El conductor no aminoró la marcha.

—¿Es que no piensas parar a recogerlo?

—Mira, muchacha, la última vez que llevé a dos a la vez la cosa no acabó bien. Los muy cabrones prometieron pagarme con uno de estos. —Señaló su diente de oro—. Me aseguraron que venían de parte de una conocida mía que echa las cartas. Cabrones. Luego resultó que no tenían ni un pavo y acabaron dándome una paliza. Los llevé hasta el final de la carretera, claro, pero aquello me costó un año en la trena. ¡De locos!

—No sé qué tendrá que ver una cosa con la otra, pero no podemos dejar a ese pobre ahí tirado. Mira, nos ha visto. Nos hace señas. Para, por favor.

—Joder. Está bien, está bien…

El cadillac comenzó a aminorar la marcha. El autoestopista se volvió hacia ellos agitando los brazos y pidiendo ayuda a gritos. Parecía ser un viejo harapiento, un mendigo.

—Vaya, vaya, vaya, ¿pero quién tenemos aquí…? —murmuró el conductor con retintín.

—¿Qué?

—Nada. Hazme el favor de abrir la guantera, chata. Pásame la caja… No, esa no, la otra. La de madera. Gracias. —El conductor agarró el estuche y lo apoyó entre las piernas.

Cuando el cadillac llegó a la altura del autoestopista, este se hizo a un lado como un animal asustado, pero al momento se abalanzó sobre la puerta del copiloto. La chica paladeó el almizcle apestoso que rodeaba al harapiento, mezcla de orines y sudor enquistado.

—¡Piedad! ¡Llevadme! ¡No soporto más este calvario! Las moscas anidan en mi boca y los ojos se me secan al sol. —El hombre no exageraba. Tenía la piel apergaminada, el pelo socarrado y sus labios eran barro cuarteado—. ¡Piedad! Llevo en este yermo desde…

—Cálmate y habla más despacio —le cortó el conductor—. No me importa de dónde carajo vengas, o cuánto tiempo lleves a pinrel. La pregunta es si tienes con qué pagar, o no.

—N-no tengo dinero que ofrecer, tan solo mis manos llenas de llagas y mis pies cubiertos de ampollas. —El viejo miró a ambos con profunda incomprensión, casi locura—. Piedad…

—Aún es pronto, entonces. —Arrancó el motor—. Ya nos veremos.

La muchacha agarró al conductor por el hombro.

—Por dios, ¡déjele subir!

—No. Aún es pronto —declaró tajante, soltando la mano de la chica de un tirón.

—¡Piedad…!

—¿¡Pero pronto para qué!? —preguntó ella—. Si es por dinero, a mí aún me queda algo.

—Guarda esos billetes, muchacha. Cada uno se paga su viaje. Mi cadillac, mis normas.

—Pues si no es por las buenas… —La voz del mendigo ya no sonaba a súplica—. Será por las malas.

Tal cual la chica se volvió hacia el mendigo, sendos orificios de recortada la encañonaron. Olió el metal de la escopeta acariciándole la nariz. Cerró los ojos y empezó a chillar. De pronto le agarraron del pelo con nula galantería y la estamparon contra el salpicadero. Un estallido de pólvora le inundó la garganta. La explosión enmudeció el mundo, dejando paso a un pitido agudo. Al levantar la cabeza, la chica se vio reflejada en el retrovisor del coche. Tenía la cara empapada de sangre y algo sanguinolento le colgaba de la oreja. A su derecha, tirado en la arena como un muñeco roto, yacía el mendigo sobre un charco rojo. Tenía un agujero en la cabeza al que era mejor no mirar directamente. La chica reprimió una arcada, aunque tampoco tendría qué vomitar.

—Ya me conozco a éstos. —El conductor guardó el revólver humeante en la cajita de madera—. Me engañaron una vez, dos incluso, pero ya soy perro viejo. ¿Estás bien, muchacha? Toma, límpiate la cara con este pañuelo. Y tranquila. Ya casi hemos llegado.


A la chica le costó sobreponerse del tándem de ser encañonada y que le volaran la cabeza a un desconocido a un palmo de la cara, pero cuando lo consiguió, se quedó dormida como un tronco. Entre sueños, las palabras del conductor la guiaron hasta el sopor. «Duerme, chiquilla, duerme…». Mecida por el rítmico ronroneo del motor, entreabría un ojo y veía aquel río de asfalto extendiéndose frente a ella, sin fin. En una ocasión creyó distinguir a su izquierda una manada de coyotes persiguiendo vete tú a saber qué; durante otra ensoñación juró ver de nuevo a ese viejo harapiento haciendo señas desde el borde de la autopista. Al tiempo, una mano se aferró a su hombro y la sacudió, pero sin violencia. La chica despertó y se topó con su reflejo en aquellos anteojos. El conductor, cómo no, sonreía.

—El viaje ha terminado. —Señaló un área de servicio desde donde comenzaba una calzada que se adentraba en el desierto. Había luz en el interior, pero no se veía a nadie por los alrededores, a excepción de un mastín negro que dormía en el porche—. No te dejes llevar por las impresiones. En un rato habrás llegado a… Bueno, a donde creas que debes ir.

—Gracias por el viaje —dijo la chica, aliviada. Aún ignoraba el motivo—. El loco de la escopeta. ¿Cómo supiste que iba armado?

—Conozco a los de su calaña. Siempre hacen lo mismo, los muy imbéciles. Intenté que te ahorraras el mal trago, pero como insististe en parar…

—Lo siento. He soñado con él, ¿sabes? Una pesadilla, supongo.

—Sí, claro, una pesadilla —rio—. Estamos en paz, muchacha, ya pagaste tu viaje. —Sacó los dos cuartos de dólar de un bolsillo—. Va, márchate, y no alarguemos más la despedida.

La chica abrió la puerta e hizo ademán de bajarse, pero se quedó a mitad de gesto. El conductor, repantigado y con el brazo apoyado en la ventanilla bajada, miraba al cielo estrellado. ¿Cuándo se había hecho de noche?

—No llegué a decirte mi nombre.

—Se me olvidaría, muchacha. Es lo que tiene la edad. —Sonrió, esta vez sin sorna.

—Al menos dime el tuyo.

—¿Mi nombre? Hace mucho que no lo pronuncio, pero como quieras. —Carraspeó—. Me llamaban Carón, Caronte o simplemente El Barquero, aunque hace tiempo que cambié mi barca por esta preciosidad… —Palmeó la carrocería por última vez, pero esta vez no solo esbozó su mejor sonrisa inquietante, sino que se bajó las gafas un par de centímetros.

En lugar donde debería haber dos ojos, la chica encontró sendos pozos negros. No sintió ningún miedo, sino que sonrió con la certeza de que por fin iba a volver a ver a sus padres.

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De la edición de meri Relatos del bimestre enero-febrero del 2014 . La condición

El personaje protagonista de la historia debe ser profesor.
Nota innecesaria: «profesor» no se limita a docente de escuela o instituto. Un profesor de tenis, una profesora de piano, un profesor particular de japonés… todos ellos son válidos.

Suazilandia

Esa mañana Lucía se levantó como cada día. Cuando sonó el despertador se maldijo por haberse mantenido despierta hasta tan tarde. Notó una mano cálida en su espalda que le animaba a levantarse de la cama, aunque a ella le daba la impresión de que en realidad la calidez de esa mano la arrastraba hundiéndola aún más entre las sábanas. Se incorporó a regañadientes mientras besaba a Jorge obteniendo a cambio un gruñido por respuesta. Mientras se preparaba las tostadas pensó que su marido seguía siendo el mismo aunque estuvieran los dos en la cincuentena, y se preguntó si ella parecería la misma también. Si ante los ojos de los demás se vería como ella se veía ahora mismo ante el espejo, una niña con ojos grandes, amodorrada y despeinada. La única diferencia residía en todas las arrugas y canas que poblaban su cara y su pelo. Suspiró mientras pensaba que el tiempo cada vez corría más deprisa ante ella, tenía la sensación de que el tren había pasado muy rápido. En realidad, no le había dado casi tiempo a comprender que su hija ya se había ido de casa, y era un hecho que en cualquier momento podría convertirse en abuela. Soltó una risita divertida mientras se obligaba a pensar en otra cosa, por ejemplo, en el día de trabajo aburrido que le esperaba. Así que se lavó la cara para después maquillarse como todas las mañanas.

Cuando llegó al trabajo su jefe le dio el horario con el nombre de los alumnos de ese día. Suspiró al comprobar que tendría que aguantar toda la semana a Susana, que no paraba de hablar durante toda la hora de sus tres hijos, y maldijo el dolor de cabeza que tendría al llegar a casa. Al mismo tiempo reparó que había un nombre nuevo en la lista.

—¿María? ¿Es nueva? Pásasela a Javier que tiene bastante menos alumnos que yo. Estas semanas estoy exhausta. No podré con ninguno más.

—Lo pensé, Lucía, pero sabes que confío mucho más en ti que en Javier. Además es nueva. No quiero que la espante el primer día.

—Está bien, lo haré. Aunque me tengan que recoger con una escoba.

—Esa es mi chica. —Le contestó él con una sonrisa, una de las más falsas que le había visto en meses

Salió refunfuñando porque sabía que ese halago escondía más que respeto y agradecimiento hacia su trabajo una camaradería descarada entre hombres. No quiso pensar más en ello. Al fin y al cabo era su jefe y poco podía hacer ella, por lo que se puso en marcha decidida a enfrentar el día con actitud positiva. Al cuarto de hora se dio cuenta de su error. El primero de la lista era Enrique, un niñato de dieciocho años que le hablaba como si ella fuera su colega y la trataba con una condescendencia que le resultaba casi ofensiva. Cuando empezó su clase ya quería irse a casa, y supo que ese día se le haría eterno.

Después de la práctica de Enrique recogieron a María, la alumna nueva. Cuando subió al coche se encontró con una joven espigada que vestía un vestido blanco límpido como el cielo de verano, lo que hacía resaltar su piel de color caoba. Al mirarla se encontró con unos ojos negros tan profundos que no dejaban reflejar nada, realmente parecía que se tragaran toda la luz que llegaba hasta ellos. Se sorprendió a sí misma mirándola descaradamente sin educación. María le sonrió, y divertida le preguntó:

—Bueno, se nos va a pasar la hora de mi clase y ni siquiera nos habremos presentado. Yo soy María y tú debes ser Lucía, mi profesora de prácticas de la autoescuela.

Salió de su ensimismamiento cuando escuchó la voz metálica de María, era como si sus cuerdas vocales fuesen sierras y un hierro se frotase contra ellas. Pero pese a lo que hubiera podido parecer, su voz le resultaba tan atractiva y envolvente que le dio la impresión de que el coche se había trasformado en una especie de nube tan suave y consistente que hubiera podido incluso tocarla si se lo hubiera propuesto. Lucía solo pudo a duras penas articular algunas palabras de presentación mientras le indicaba que arrancara el coche. Mientras María conducía, ella no se perdonó esa flaqueza. Dejarse sorprender y amilanarse ante una alumna era algo que no podía ni debía permitirse. En ese instante Enrique empezó a hablar.

—Me llamo Kike, pero mis amigos me llaman Canuto, y tú te llamas María como la hierba—hizo una pausa para reírse de su propio chiste—. Tienes una voz horrible pero estás muy buena.

Lucía se sorprendió al escucharle, había olvidado que Enrique estaba allí. Mientras él seguía hablando Lucía le iba indicando a María que girara a la izquierda o que frenara. Estaba acostumbrada a todo tipo de personas. Al ser profesora de autoescuela durante tantos años podía permitirse realizar su trabajo de manera automática, sin que nada le afectara. Pero esta vecomprobó que a él no le había conmocionado como a ella la presencia de María, y por eso seguía parloteando sin parar. A ella en cambio le daba la impresión de que algo había cambiado desde que María había entrado en el coche ¿Serían simples imaginaciones suyas?, se preguntó. Se sentía molesta con ella misma por sentirse tan afectada por su presencia.

Enrique siguió hablando y bromeando ignorando el silencio más que patente de María. En un momento dado, María chasqueó los dedos mientras lo miraba por el espejo retrovisor e inmediatamente después cayó fulminado en el asiento. Lucía asustada frenó en seco desde el asiento del copiloto y se encaramó a su asiento para intentar ayudarle. María se dirigió a ella con esa voz que tanto le perturbaba

—No merece la pena que te preocupes tanto por él. Pero tranquila no le pasará nada, solo dormirá profundamente y despertará justo al terminar la clase. Te lo garantizo.

Lucía se volvió confundida hacia ella tras comprobar que respiraba. Era su alumno y su seguridad era responsabilidad suya. Por eso cuando le preguntó, su tono era de reproche, ya no sentía ningún miedo hacia ella ni le avasallaba su presencia.

—¿Tú has provocado esto?

—Evidentemente —hizo una pausa para mirarla con atención y continuó forzando aún más su peculiar voz—. Era un tío cargante y no me dejaba concentrarme. Debo aprender a conducir. En mi país van a prohibir volar en escoba a menos de ciento cincuenta metros del suelo. Tendré que aprender a conducir un coche. ¡Qué vergüenza! —Lanzó maldiciones en un idioma desconocido para Lucía y siguió protestando—. ¿Sabes? Odio a los políticos de Suazilandia, aunque la verdad querida, los vuestros no son mucho mejores.

Lucía no quería entenderla y menos aún eso de que iba en una escoba.

—No entiendo nada de lo que me estás diciendo ¿Cómo has dormido a Enrique?

—Soy una bruja. ¿Es qué no está claro?

Lucía no pudo evitar reírse en su cara. Se sintió más relajada en cuanto lo hizo —Eso sí que no me lo esperaba. —Ahora ya le era imposible no verla como a una cría.

—Soy una bruja, no sé qué te hace tanta gracia. Ya hace más de quinientos años que ando por el mundo. Aunque sé que no me echarías más de veinticuatro. —Lucía sonrió al comprobar lo presumida que era, al fin y al cabo, resultaba ser tan humana como todos. Ese convencimiento hizo que la viera casi como a una hija que hubiera vuelto para vacaciones de verano. No pudo evitar que le cayera simpática. Y siguiéndole el juego, le contestó:

—Pues más que una jovencita a mí me pareces una cría, con esas rabietas tan infantiles. Enrique al fin y al cabo no es mala persona, es un crío, y no se merece que lo trates así. Aunque te reconozco que a veces a mí también me gustaría matarlo de vez en cuando.

Las dos se sonrieron y fue María la que habló.

—La niña eres tú al quedarte embobada mirando sorprendida a una bruja como yo. Pero no hay caso, es imposible no caer bajo mi influjo —esta vez las dos rieron encantadas al darse cuenta de ser en realidad tan parecidas. —¿Sabes? Os he estado observando antes de decidirme por esta autoescuela. Me caes bien pero a tu jefe no lo trago. —Hizo una pausa y su voz se tornó casi como un chirrido agudo—. No deberías dejarte intimidar así. No lo merecen.

Al mirarla a los ojos sintió como si mirara el mar desde una barca que se moviera al compás de las olas. Era la misma sensación de ser mecida por unos fuertes brazos y de esa forma se fue sumergiendo en un sueño tranquilo hasta que ya no supo donde se encontraba. Cuando despertó estaba tumbada en su cama y su marido dormía plácidamente a su lado. Miró el reloj y eran las dos de la mañana. No sabía cómo había llegado hasta allí, pero más que brujería le parecía que había ejercido sobre ella una fuerte hipnosis. Se tranquilizó pensando lógicamente en todos los acontecimientos del día. Eso era, todo había sido fruto de la hipnosis y simplemente María era una persona con un fuerte carisma, divertida y excéntrica, pero no una bruja inmortal como pretendía.

Cuando volvió al trabajo comprobó en su horario que solo iba a tener como alumna a María durante el tiempo que ella tardara en sacarse el carnet, y al final de mes cobraría lo mismo. Sonrío al pensar qué tipo de hipnosis habría utilizado con su jefe. Le hubiera gustado verlo.

Las semanas siguientes disfrutó con su trabajo tanto como si estuviera de vacaciones, hacía tiempo que no se sentía así. María le contaba muchas cosas de su país y de sus viajes a lo largo del mundo. A Lucía le parecía estar en una película americana conduciendo un cadillac por Texas y teniendo solamente una carretera por horizonte.

Un día como otro cualquiera María se despidió.

—Tengo que irme Lucía. Me ha encantado volver a Galicia porque así he podido conocerte. Al final, sacarme el carnet aquí durante la convención de brujas mereció la pena. Seguramente cuando vuelva tú ya estarás muerta, así que dame un beso muy fuerte.

A Lucía en realidad le encantaba lo directa que era María. Seguramente ella estaría muerta. Sí, le hizo gracia pensar eso, pero no porque María fuese una bruja inmortal, cosa que nunca había creído, sino porque María era joven y tenía toda la vida por delante. Sintió una punzada de envidia al darse cuenta de lo vieja que se sentía. Se despidieron con un fuerte abrazo y salió de su vida como había entrado, de repente. Lucía se sintió como si acabara de perder a una segunda hija


No habrían pasado ni un par de meses, cuando estando con su marido en casa, este le comentó una noticia del periódico que estaba leyendo.

—Escucha esto. Es alucinante. Creía que era una broma pero lo cuenta El País, así que debe ser cierto. Te va a encantar.

Lucía sonrió, a su marido le gustaba entretenerse con noticias curiosas que luego redactaba para un periódico local.

—Escucha. En Suazilandia, —a ella le dio un vuelco el corazón al escuchar ese nombre— han prohibido a las brujas volar a menos de ciento cincuenta metros del suelo. ¿Te lo puedes creer? Por lo visto aún creen en brujas.

Mientras su marido seguía bromeando, ella supo que desde el principio había estado buscando una prueba, una justificación para poder creer y ahora la tenía delante de sus narices. Era igual de estúpido creérselo como no hacerlo. En ese momento eligió creer y todo volvió a cambiar, le parecía que incluso el sol brillaba más. Solamente tenía que convencer a su marido para viajar una temporada a ese remoto país. Sabía que eso ahora le resultaría fácil y sonrió feliz.

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Relato de meri de concurso del bimestre mayo-junio del 2012. La condición:

El relato debe ser sobre un futuro apocalíptico. Se aceptan los tres significados del DRAE de “apocalíptico”.

LA BRISA DEL TIEMPO

Hace ya casi un año que el viento apareció por primera vez. Fue como si una brisa cálida de verano recorriera el planeta lentamente matando a su paso a todos los adultos sin distinción. Solamente sobrevivieron los niños y junto a ellos surgió la única verdad conocida de este nuevo mundo; cuando empiecen la pubertad morirán si el viento les alcanza.

John nunca ha entendido porqué solo mueren los adultos. Cada vez que el viento llega se siente en paz, le invade algo parecido al placer y se abandona a él como todos los demás. La primera vez que lo sintió terminó por el suelo, entre risas, y con una sensación de plenitud en su interior. Cuando volvió en sí se dio cuenta de que su madre estaba muerta, ella y todos los demás adultos. Desde entonces la muerte se ha convertido en una presencia real. Lo único en lo que ahora se puede pensar es en encontrar comida y un lugar seguro para vivir, lo demás no importa. Por eso en el grupo de John se ayudan entre ellos para lograr su objetivo, se necesitan. Eso es lo que Pat les dice y John la cree.

Pat es la jefa del grupo. Tiene 12 años y de los cinco es la más mayor. Organiza todas las tareas y les enseña a acampar y a cazar. Estuvo en los Boy Scouts y de pequeña vivía con sus abuelos en una granja en medio del campo. De hecho, ese es ahora su objetivo, llegar a su antigua casa y trabajar en la granja. Ella les asegura que sus primos aún estarán allí y les proporcionarán cobijo y comida.

A John le gusta Pat, es la más lista y ayuda a todos. A Tony también lo aprecia ya que sabe muchas cosas que les sirven. Les enseña qué plantas pueden comer y cuáles no. Sus padres tenían un huerto, eran vegetarianos. John no entiende muy bien por qué no quiere comer carne cuando cazan algún animal. Sospecha que no estaría tan flaco si comiera algo más que esas hierbas insípidas, pero no le molesta ya que así tocan a más carne por cabeza. El grupo siempre tiene que esperarlo e incluso, algunas veces, lo llevan a caballo. Normalmente lo hace Pat, dice que es responsabilidad del jefe hacerlo. John se enfada por ese tipo de cosas. No es que Tony le caiga mal, no es eso. Lo que pasa es que le molesta que ella le preste tanta atención y a él no. Cuando lo ve así Pat se hace la ofendida, y haciendo grandes aspavientos provoca las carcajadas del resto, entonces John se aleja de ellos enfurruñado y pone a prueba su puntería lanzando piedras. El otro día le acertó a un pájaro y todos le felicitaron como a un héroe. En la ciudad practicaba sin parar con las latas como un simple juego. Ahora su puntería le sirve para cazar y se siente bien al ser de utilidad, es como si hubiera encontrado su lugar en el mundo.

Los perros grandes, si van en manada, pueden ser tan peligrosos como lo eran los lobos aunque realmente nunca se han encontrado con ellos. El verdadero peligro son los otros niños. Pero con la pistola que Jessica consiguió de su padre policía se sienten protegidos, incluso los monstruos de las pesadillas parecen esconderse de ellos. Aún así, dos miembros del grupo murieron hace tres meses en un ataque de otros niños. A John no le gusta recordar eso, ni cómo terminaron matando a varios de los que lo hicieron antes de que pudieran escapar; se vengaron con creces de ellos. La comida y el agua escasean y los medios para conseguirlas son lo de menos.

A veces cazan algún gato o perro, los atraen con promesas de comida y cariño y luego se los comen. John se encarga de despellejarlos, los demás no quieren hacerlo porque les parece asqueroso. Al primero que se comieron fue al perro de Jessica. Desde entonces Jessica lo odia por eso, pero él no cree que su pena fuera real porque se comió muy a gusto su parte cuando le puso el plato delante.

Will les da clases como si aún estuvieran en el colegio ya que Pat dice que es bueno que sigan aprendiendo. Además de ser listo, Will es muy fuerte, y para mayor frustración de John, Pat siempre lo mira como atontada. Cuando puede se pelea con él pero siempre acaba magullado y en el suelo, mientras Willl ríe a carcajadas y Pat sonríe. Lo único bueno de esos momentos para John es que ella le dedica más atención; le da un sermón sobre los perjuicios de empezar una pelea a la vez que le va relatando todas las virtudes de Will.

Por las noches hacen guardia por turnos. Todos duermen juntos para protegerse de los intrusos, y mientras Will y Pat se besan y abrazan, John se tapa como puede con su manta para evitar el frío. Jessica nunca dice nada pero John sabe que también le gusta Will. Cuando Pat no está va corriendo a su lado y hace cualquier cosa que él le pida aunque sea ridícula.

Desde el ataque siempre exploran el terreno antes de adentrarse en él para ver si hay otros niños. Ese día a John le tocaba explorar con Pat cerca de un lago. Estaba contento porque iban juntos, por eso no se percató de que ella cada vez se rezagaba un poco más hasta que la oyó gritar. Se giró asustado y la vio arrodillada, llevándose las manos al estómago y comenzando a llorar. John corrió a su lado y observó con horror que sus manos y piernas estaban manchadas de sangre.

—Pat ¿Qué te pasa? ¿Te han herido?

Ella le miró angustiada.

—No es eso —le dijo entre sollozos—. Voy a morir. Ya no me queda tiempo.

En ese momento le pareció mucho más pequeña de lo que era. Nunca la había visto llorar así. Siempre parecía tenerlo todo bajo control, pero ahora su llanto sonaba desesperado. Era cierto, ya no disponía de tiempo, el próximo viento la mataría. Había entrado en la pubertad y ya tenía la regla. John deseó con fuerza que nunca más volviera a soplar aquel viento en apariencia cálido pero que siempre terminaba dejándole helado y solo en medio de ninguna parte. En ese momento él también empezó a llorar desconsolado, lo último que deseaba es que ella muriera. Pat le cogió entonces de las manos suplicándole que se calmara.

—No se lo digas a Will ni a los demás. No deben saberlo. Será nuestro pequeño secreto ¿Lo entiendes?

Él se sentía feliz por compartir algo con ella, por eso solo pudo asentir con la cabeza y mientras ella se recomponía lavándose en un arroyo. John no podía dejar de mirarse las manos llenas de sangre, tan parecidas ahora a cuando desollaba a algún cachorro.

Desde ese día no ha habido ni rastro del viento. Will ha empezado a decir que debe existir una especie de patrón. Según él, las primeras veces aparecía cada día pero ahora se dilataba más en el tiempo, incluso habían pasado ya varios meses desde la última vez.

Pero pese a todo, el viento volvió a soplar. Llegó cuando Pat y John volvían a estar juntos de exploración. Les envolvió con una cálida sensación que ya conocían bien. Se buscaron abrazándose con fuerza, y en ese instante vino a la memoria de John una imagen de cuando era pequeño. Su madre cantaba mientras le tenía en su regazo, era feliz. Hundió su cabeza en el pelo de Pat mientras le preguntaba con voz queda:

—¿Mamá?..

Notó que el abrazo de ella se relajaba, sus brazos le resbalaban por la espalda como si fueran una dulce caricia. Cuando el viento desapareció, Pat estaba ya inerte en el suelo pero él seguía aferrado a su cuerpo.

Pasaron horas hasta que decidió volver con los demás. Will y el resto no entendieron nada cuando les dijo que Pat había muerto, no querían aceptarlo.

Desde ese momento todo ha cambiado. Will ya no se preocupa por enseñarles. Antes se quejaba pero ahora John echa de menos esa rutina. La poca seguridad que habían conseguido, la han perdido con la muerte de Pat. Will y Jessica pasan todo el día juntos y descuidan incluso explorar y buscar comida. Ellos mismos se han nombrado jefes, y le exigen a John que vaya a buscarles algo para comer mientras ellos se quedan sentados sin hacer nada. Incluso parece que ya ni se acuerdan de la granja. No solamente John sufre esta situación, el que peor lo lleva es Tony, sin el apoyo de Pat está cada día peor de salud.

Una fría mañana, Tony no se ha despertado, de hecho, ya no lo hará nunca más. No ha hecho falta el viento para llevárselo lejos.

Tras la muerte de Tony John solo piensa en abandonarles. Sabe que no le dejarán marchar ya que le necesitan, lo que no sospechan es que él a ellos no. Están cerca de la granja, cree que no le costará encontrarla ya que se lleva el plano de Pat. También necesitará la pistola porque solo y sin un arma seguramente moriría. Puede ser que ellos también lo pasen mal sin la pistola y su puntería, pero no se para a pensarlo ya que lo único que quiere es llegar a la granja como sea. Una noche se marcha sin hacer ruido. Para cuando despierten al amanecer estará muy lejos.

Tras varios días sin apenas descansar ha llegado por fin a la granja. No le parece muy grande. Observa que tiene varias vallas de seguridad bastante efectivas contra intrusos, ya que hay restos de lo que parecen niños y algún que otro perro. Se planta en la puerta principal, grita su nombre y dice que viene de parte de Pat. Espera en silencio pero no obtiene ninguna respuesta. Sabe que no puede rendirse por eso continúa hablando. Habla de Pat y cuenta todo lo que sabe de la granja, dice también que viene solo y que quiere ayudar. Cuando por fin termina tampoco hay respuesta solamente silencio. Está muy cansado así que se sienta en el suelo cogiéndose las rodillas y apoya la cabeza en ellas. Apenas ha dormido desde su huída, no tiene otro sitio a donde ir, solamente puede esperar

Un buen rato después, casi al anochecer, una puerta se abre lentamente y un niño sale de la casa acercándose a él. Se detiene cuando llega a su lado y sin dejar de apuntarle con una escopeta, le dice:

—Parece que de verdad vienes solo. Mi hermano mayor murió con el último viento y desde entonces necesitamos a una persona que pueda sustituirle. ¿Has estado alguna vez en el parto de un cordero?

—Claro. He estado en varios —le miente— ¿Cuántos años tienes? —le pregunta John un tanto ansioso.

—Tengo nueve y mi hermana siete ¿Y tú? —le pregunta el chico también, mientras le abre la puerta bajando la escopeta. Entonces apareciendo de la nada, una niña pálida de ojos grandes corre hacia ellos y se aferra al brazo de su hermano mayor. John sonríe al contestarles:

—Genial. Yo tengo ocho años. Aún nos queda a los tres un montón de tiempo por delante.

Quiere quedarse con ellos y ayudarles. También piensa, contento, que esta noche dormirá por fin en una cama.

Antes de acostarse le suplica a algún Dios, que ni Will ni Jessica lleguen nunca hasta allí. Sabe que no podrá dejarles entrar ya no son de su grupo. Reza para que se los coma algún perro o que se equivoquen de dirección y se pierdan para siempre.

Esa noche tiene un hermoso sueño. Nunca más sopla el viento y Pat y él viven felices años y años en la granja hasta que les alcanza la muerte, que resulta ser una vieja señora arrugada y desdentada.

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Relato de meri del bimestre de marzo-abril del 2013. La condición esta vez la pongo al fina porque desvela la historia.

Más allá del arco iris

Incluso después de que hayan pasado años aún recuerdo con claridad el momento en que nos encontramos por primera vez; mirar sus ojos era como asomarse a unas aguas tranquilas pero a la vez turbias, donde no puedes ver nada más allá de la superficie.

Desde que era un niño el mar siempre estuvo asociado en mi imaginación con todo lo desconocido y mágico que existe en este mundo. A los once años, cansado de pasar hambre y de los golpes de mis padres, huí a bordo de uno de esos barcos que veía tantas veces avanzar hacia un mar azul infinito como promesa de una vida mejor.

Casi no había empezado a acostumbrarme a mi nueva vida como grumete cuando un barco pirata, La Mariana, nos abordó y terminé sin sentido en medio de la batalla. Al abrir los ojos noté como estaba siendo arrastrado por la cubierta. Me llevaban ante su capitán. En su presencia sentí un escalofrío que me heló hasta las entrañas, pero el miedo se esfumó como por arte de magia cuando me sonrió. Su sonrisa era inocente y cálida como la de un niño cuando es amado y está bien alimentado por sus padres. Lo odié por eso, conocía bien esa sonrisa, la había visto demasiadas veces en los demás. Cuando se dio cuenta se sorprendió ligeramente al mismo tiempo que su sonrisa se ensanchaba aún más mientras me dirigía una miraba insondable. Se giró hacia sus compañeros y en tono teatral les dijo:

—Caballeros. Como saben, el señor Cooper nos abandonó hace poco… Bueno, más bien fui yo el que lo lanzó por la borda —se oyeron unas risas ahogadas mientras el capitán tosía con afectación reclamando su atención—. Por lo tanto, nombro a este muchacho mi nuevo ayudante personal. Será mi protegido. Nadie podrá herirlo ni mucho menos matarlo salvo yo mismo.

Al terminar, se dirigió hacia un grupo de piratas manchados con sangre de la batalla y les dijo en un tono mucho menos amistoso:

—Lleváoslo. Que coma algo y que se dé un buen baño antes de que vuelva a verlo.

Me agarraron entre todos y me llevaron en volandas hacia las cocinas. Por el camino, debajo de las carcajadas y las maldiciones, pude oír como uno de ellos murmuraba a otro: «Te apuesto una jarra de cerveza a que no durará ni dos semanas, nadie lo hace». No quise darle importancia a esas palabras porque en ese momento caí en la cuenta de que sin proponérmelo ya era un pirata, me había convertido en un miembro más de la tripulación de la Mariana.

Los días siguientes pasaron muy rápido mientras iba acostumbrándome a mi nueva vida. Yo era el único miembro de la tripulación que podía entrar en el camarote del capitán. Me encargaba de la limpieza del mismo y de servirle las comidas, pero debía cumplir a rajatabla dos condiciones: solo podía entrar cuando me lo pidiera expresamente o cuando él no estuviera dentro. Todo ese misterio despertó mi curiosidad y mi imaginación. Estos dos factores combinados resultan irresistibles para un niño, así que me juré a mi mismo que descubriría su secreto como fuera.

Con el día a día en el barco pude ir entendiendo el porqué de la admiración que despertaba el capitán en los demás. Aparte de ser un gran estratega su valentía era digna de elogio. En medio de una tormenta lo vi subirse sin dudar a lo más alto del palo mayor para salvar una de las velas. Cuando abordábamos un barco él era el primero en saltar a la cubierta. No tenía miedo a morir y era capaz de mostrarse extremadamente cruel con sus prisioneros disfrutando con ello y haciendo participar al resto de piratas en la matanza. Cuando no había nada que hacer, que era la mayor parte del tiempo, se encerraba en su camarote mientras yo me dedicaba a perderme por el barco aprendiendo todo lo que podía sobre barcos. Fui feliz en esa época aunque no me permitieran ir con ellos en los abordajes, decían que aún era muy torpe y pequeño. Para ellos era como su mascota, pero no me importaba porque me trataban con amabilidad y les estaba agradecido por eso. También pude constatar que el capitán se mostraba distante y frío la mayor parte del tiempo, pero me sorprendía que en ocasiones fuera capaz de emborracharse cantando con todos hasta el amanecer y se convirtiera en uno más cuando atacábamos un barco. Conmigo no tenía esos momentos, ni sirviéndole las comidas me dirigía la palabra. Una mañana le pregunté al segundo de a bordo porqué todos le respetaban tanto:

—El capitán vela por todos, él es especial. Si no puedes seguirlo mereces la muerte. Si fallas, todo el resto lo sufre. Él nunca se equivoca, tiene la suerte del diablo. Muchacho… —miró de reojo por si alguien estaba escuchando y continuó en voz baja—. Muchos dicen que ha hecho un pacto con él. Aun así, yo mismo y el resto de la tripulación lo seguiríamos adonde fuese.

Me quedé pensativo y me alejé preguntándome cuánta verdad habría en sus palabras y porqué solamente yo parecía odiarlo.

Recuerdo muy bien el día que estaba limpiando su camarote cuando entró canturreando sin verme. Pensé entonces en no revelarle mi presencia para ver si descubría el misterio. Me agazapé tras un sillón y escuché como se quitaba la chaqueta y la arrojaba sobre la cama. Podía oír sus pasos acercándose, se dejó caer con estrépito en el sofá y dijo:

—Ah, estabas ahí. ¿Qué piensas?

Me quedé helado. Al principio creí que se dirigía a mí pero no era yo su interlocutor. Era imposible que hubiera alguien más en la habitación. Hizo una pausa pero nadie contestó, en cambio el capitán siguió hablando como si estuviera en medio de una conversación.

—Tienes razón, pero no sé cómo se tomará la tripulación que nos acerque… —Se levantó súbitamente para continuar al instante con otra frase— ¿Dices que está detrás del sofá? ¿Por qué no me lo has dicho antes?

Sentí pánico, noté un sudor frío recorriéndome la espalda. Me sobresalté al volver a oír su voz

—Vamos chico, sal de tu escondrijo. Nos has descubierto y no pienso dejarte salir de aquí con vida. Levántate ahora.

Me incorporé mientras el capitán desenvainaba su espada.

—Muchacho, te presento a Jack. Para tu desgracia es lo último que verás —y señaló hacia su izquierda, a algo que solo él podía ver—. Es verdad, Jack. Es una lástima que no nos haya durado más, a mí también me parecía diferente.

En ese momento más que miedo sentí una gran curiosidad. Cuando levantó su espada hacia mí solo pude preguntarle con voz emocionada:

—¿En serio hay aquí un hada? ¿Y tú la puedes ver?

El capitán se paró en seco. Me miró sorprendido para después comenzar a reírse a carcajadas.

—¿Has oído Jack? ¡Te ha llamado hada! …No, no te enfades con él. En realidad es algo muy gracioso.

Enfundó su espada y me puso la mano en el hombro

—¿De qué maldito agujero sales tú? No entiendes nada. Él no es un hada, más bien es un sátiro o un diablo. Si en realidad hubiera aquí un hada, muchacho, Jack le levantaría las faldas y se la beneficiaría encima de la mesa sin contemplaciones.

Volvió a sonreírme con esa cara de no haber roto un plato y que yo odiaba tanto, pero esta vez no me molestó ya que pensé con satisfacción que solo yo había sido capaz de descubrir su secreto. En el camarote había un hada o cómo demonios se llamara.

—Está bien pequeño—prosiguió— Nos caes bien. Le has caído simpático a Jack. Eres el primero que entiende de lo que hablo y además no tiene miedo. Aunque tú nunca me has tenido miedo. ¿Verdad? Eso me gusta, eres valiente al ser capaz de odiarme. Te explicaré un par de cosas —volvió a sentarse en el sofá y su voz se tornó grave—. En realidad Jack siempre ha estado conmigo, desde que era un crío. Me ayuda para ser cada vez más rico y un día los dos nos iremos al reino de Poseidón donde hay un gran tesoro y cientos de doncellas. Me lo ha prometido y él siempre cumple sus promesas. Ahora dime, ¿puedes verlo a mi lado?

Esta vez movió su mano hacia la derecha sin dejar de mirarme fijamente. Intenté de veras ver algo en esa dirección pero no pude ver nada, incluso aunque entrecerrara los ojos. Era imposible, pensé que seguramente no podía porque yo no era especial. Al ver mi abatimiento el capitán me consoló.

—No pasa nada. ¿De veras quieres verlo? —Asentí emocionado— Entonces pequeño, si sigues junto a mí y me ayudas en mi empresa algún día podrás verlo, te lo prometo.

Desde ese día entré y salí sin problemas del camarote del capitán incluso cuando él estaba dentro, el resto de la tripulación se sorprendió de que no me hubiera matado. Algunos intentaron sonsacarme acerca de su secreto pero yo nunca lo traicionaría ahora que sabía la verdad. Con el tiempo sería tan especial como el capitán y podría ver hadas. Si fuese necesario protegería ese secreto con mi vida.

Fue en una noche lluviosa cuando todas las reservas que aún pudiera albergar sobre el capitán se esfumaron. Yo estaba haciendo mi guardia cuando casi me di de bruces con él. Estaba parado en mitad de la cubierta sin impermeable, en mangas de camisa y empapado. La lluvia le caía sin orden por la cara y el pelo. Me estaba esperando. Me miró fijamente y preguntó:

—¿Qué ves en mí cuando me miras?

—Nada —le contesté un poco enfadado por el susto que me había dado— .No puedo ver nada, está turbio. Tus ojos son azules como el agua clara pero no dejan entrever nada, nunca puedo saber lo que piensas en realidad.

Al oír mis palabras su cuerpo pareció relajarse, respiró hondo, bajó la cabeza y me dijo con voz abatida:

—El resto solo ve su propio reflejo en mí, por eso me siguen hasta la muerte si es preciso. En realidad nunca me han mirado, no me conocen. Solo se imaginan lo que quieren ver. No lo entiendo. Ellos no me importan, pero aún así creen de verdad que son imprescindibles para mí.

Hizo una pausa y cuando volvió a hablar ya había vuelto a su carácter afable, levantó la cabeza y volvió a sonreír. Me pareció como si se pusiera una máscara.

—Solo tú sabes cómo soy. Jack también lo cree — miró detrás de mí, se apartó un mechón de pelo de la frente y guiño un ojo a la noche, seguramente ahí estaba Jack. Continuó hablando— Me acaba de decir que algún día te presentará un hada—y me dedicó esa sonrisa inocente e íntima que todos adoraban. En ese momento yo también me sentí especial y supe que nunca podría ni querría escapar de él.

Han pasado los años y sigo en la Mariana, he guardado bien su secreto. Ya no le odio, no tengo ninguna razón para ello. Al contrario, espero algún día llegar a ser como él. He participado en muchas batallas y siempre salimos victoriosos gracias a él y sobre todo a Jack. Ahora mientras espero sus órdenes, me pregunto cuándo seré capaz de verlas. Aún espero que de repente, un día, cientos de hadas me lleven muy lejos al final de este azul infinito, más allá del arco iris y del mar. Ese es el verdadero tesoro que algún día, si continúo con ellos, espero alcanzar.

En ese momento la voz del capitán me saca de mi ensimismamiento y me traslada al presente:

—¡Al abordaje mis piratas!

En la emoción del momento me oigo a mí mismo gritando también:

—¡Acabemos con todos y consigamos un buen botín! ¡A por ellos! ¡Sin piedad!

La condición de ese bimeste:

La historia se desarrollara en un barco.
Al menos un personaje de la historia estará loco.
Nadie dentro de la historia debe saber con certeza que este o estos personajes estén locos.

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  • Suazilandia
  • LA BRISA DEL TIEMPO
  • Más allá del arco iris

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Jenny was a friend of mine

La sala de interrogatorios número cuatro de la principal comisaría de Santa Mónica, en Los Ángeles, era una habitación aséptica y gris, iluminada por un solitario halógeno y cuyo mobiliario se limitaba a una mesa de formica, también gris, y dos sillas plegables que resultaban incómodas a los pocos minutos de uso. El joven que ocupaba una de ellas desde la noche anterior se recolocó con un gesto de dolor. Tenía la cabeza gacha y las manos esposadas sobre la mesa; su reloj marcaba las cinco de la tarde. Levantó la vista cuando escuchó abrirse el cerrojo de la puerta que tenía enfrente. Un hombre de mediana edad y complexión fuerte se acercó a él y tomó asiento en la silla libre. Mantuvo los ojos fijos en él durante un rato, en silencio, hasta que comenzó el interrogatorio:
–Estoy muy cansado y tengo ganas de irme a casa con mi mujer, así que espero que no me lo pongas tan difícil como a mis compañeros.
El joven notó un leve acento mejicano, seguramente adquirido durante la infancia, en aquella voz grave, dura, que acompañaba a la perfección el estado de ánimo que le había transmitido con sus palabras. No tenía intención de decepcionar a su interlocutor, pues él era el primero que quería acabar de una vez por todas con aquella situación y no hacerla más complicada de lo que ya era.
–Empiece por el principio, ¿le parece? –ordenó el agente de policía.
–No sé cuántas veces tengo que repetir lo mismo… Había quedado para ir de copas con unos amigos por la zona del Third Street Promenade. Creo que estuvimos allí unas horas y luego fuimos a dar una vuelta por el paseo marítimo.
–¿Cree? ¿No puede asegurar lo que hizo hace menos de veinticuatro horas?
–No recuerdo los detalles. Bebí mucho.
En ese momento, la única fuente de luz comenzó a perder y ganar intensidad, como si fuera a fundirse en aquel instante. El muchacho se sobresaltó al escuchar el susurro en su oído:
Yo sí sé por qué estás aquí.
El tono del guardia, que no fue consciente de la interrupción, se endureció aún más para disuadir al chico de jugar con él.
–Si quiere puedo contarle lo que sabemos hasta ahora. Espero que usted complete la historia debidamente –dijo, y ante el silencio del presunto criminal, comenzó el relato de los hechos–: Un testigo de lo sucedido, que fue quien nos llamó, por cierto, asegura que vio correr despavoridos a dos jóvenes y que usted, señor Flowers, se encontraba de rodillas en Ocean Avenue junto a una chica, a la que golpeó hasta la muerte. Ya tenemos los resultados de la autopsia: Jennifer Keuning, la víctima, falleció por un traumatismo craneoencefálico severo. ¿Necesita que le refresque aún más la memoria?
–¡Yo no estaba golpeándola! –contestó el chico con rabia–. Intentaba que respirara; se estaba muriendo.
–¿Cuántas veces va a soltar la misma mentira? ¿De verdad espera que creamos que la chica se produjo todos esos golpes ella misma? ¿O está acusando a alguno de sus amigos…? –El agente consultó sus notas antes de continuar–: Andrew Stoermer y Natalie Vanucci, que tras huir de la escena del crimen, se presentaron aquí esta mañana y nos han proporcionado una versión muy distinta de los hechos de la que usted mantiene.
Tantas preguntas e información por parte del policía sacudieron a Flowers, que intentó ordenar los pensamientos en su cabeza y toda la serie de imágenes de esa noche, situaciones y conversaciones inconexas que no le permitían formar una historia coherente para su defensa. Recordó las bebidas por los bares en las cercanías del centro comercial de Third Street y a sus tres amigos bailando con él. También vino a su memoria un beso, o puede que fueran dos, pero la fotografía mental estaba borrosa y era incapaz de distinguir las dueñas de aquellos pares de labios. Luego la lluvia, débil y agradable en aquel fin de semana de finales de junio, escurriéndose por sus caras mientras caminaban por el paseo marítimo; él iba hablando con Natalie, ¿o estaba discutiendo? Lo siguiente que recordaba era la cara ensangrentada de Jennifer, intentando decirle algo mientras se ahogaba, y él agarrándola con fuerza pidiéndole que no lo abandonara, que siguiera luchando. Los ojos del joven se anegaron de lágrimas.
–Le doy una última oportunidad, Flowers. ¿Por qué mató a Jennifer Keuning?
–¡Yo no la maté! –gritó desesperado el chico–. No tengo motivos para ello. ¡Jenny era mi amiga!
–Razón de más para cometer un asesinato. La mayoría de este tipo de crímenes, sean o no premeditados, los cometen personas cercanas a las víctimas. He enchironado a amigos, parejas, padres, madres, hijas, hermanos, tíos, primas y hasta algún nieto ha acabado con la vida de su abuelo. Cuando el móvil no es el robo o un ajuste de cuentas, ¿quién crees que acaba con la vida de los inocentes? Amigos como tú…
El joven se percató de que el guardia había empezado a tutearlo, indicador de que estaba agotando su paciencia. Intentó calmarse para no empeorar más las cosas y analizó fríamente la situación teniendo en cuenta lo que tenían en su contra y lo poco que recordaba de la noche anterior.
–No puedo ni voy a confesar un crimen que no he cometido. Y no tenéis pruebas de lo que intentáis acusarme: sólo un hombre que entre la oscuridad de la noche creyó verme golpeando a Jennifer, cuando realmente sólo trataba de salvarle la vida.
–Hemos encontrado restos de sangre en una farola, así como en el suelo a lo largo de diez metros. ¿Cómo se produjo Jennifer esas heridas?
En ese momento, a Flowers se le hizo un nudo en el estómago al rememorar esos últimos minutos antes de acabar detenido. No pudo evitar que una lágrima se le escapara mientras narraba la última vez que tocó el cuerpo de Jennifer.
–No lo sé… Recuerdo que le pregunté lo mismo mientras la sujetaba con fuerza entre mis brazos; ella ni siquiera podía gritar de dolor. Te juro que jamás le habría hecho nada malo, jamás la habría dejado marchar.
El agente respiró hondo. No podía creer que el muchacho siguiera jugando con ellos, o que no hubiera caído ya en alguna contradicción. Era obvio que no podía existir otro asesino; quizás uno de sus amigos, pero ambos apuntaban a Flowers y no tenía motivos para no creerlos. Miró la camiseta del joven, con el lema Welcome to fabulous Las Vegas parcialmente legible debido a las manchas de sangre.
–Conozco mis derechos –se envalentonó el chico–. Llevo aquí todo el día y no pueden detenerme más tiempo. ¿Me puedo ir ya?
–En eso te equivocas –contestó el guardia–. No necesitamos una confesión. Por mucho que mantengas esa versión de amnesia transitoria por el alcohol, tenemos pruebas más que suficientes para que pases los próximos años entre rejas. De momento, espero que pases una buena noche en el calabozo.
***
Apoyado contra la pared de una fría y maloliente celda, Flowers se dejó caer al suelo con las manos tapando su cara y secando las lágrimas que recorrían su rostro. Miró al techo con angustia mientras sorbía la nariz, y las bombillas del pasillo de los calabozos tintinearon como lo hizo el halógeno de la sala de interrogatorios horas atrás. Frente a él, otra vez aquella sombra oscura que le hablaba cuando no se cuidaba como debía.
Parece mentira que sigas engañándote de esa manera. Ya te dije que terminarías aquí abajo.
–¡Vete! ¡Sal de aquí! –gritó Flowers a la soledad de la celda.
También te avisé sobre ese jueguecito que os traíais los cuatro. ¿Acaso pensabas que acabaría bien?
–Jamás comprendiste el amor que nos teníamos.
Los que no lo entendíais erais vosotros, que no sabíais ni cómo trataros. ¡Mira cómo tu querido Andy y tu amada Natalie te han mandado a pudrirte a esta celda! Y ellos son tan culpables como tú de lo que ha pasado. También Jenny, que era una bomba de relojería. Menos mal que ahí estaba yo para ayudarte, ¿verdad, Brian?
–Tú nunca debiste haber aparecido…
Y sin embargo aquí estoy, y me temo que soy el único que puede ayudarte de ahora en adelante. Así que tú quédate tranquilo y déjame intervenir a mí, tal y como hiciste anoche.
Flowers se tumbó en el suelo en posición fetal, balbuceando y meciéndose como un niño pequeño. Le pesaban los párpados, fruto del cansancio y el desahogo del llanto. Se acordó una vez más de Jenny y de Andy y de Natalie, y luego descansó: era lo único que quería. En cuanto Brian se rindió, la sombra oscura comenzó a reír.

Condición

Condición: El relato debe estar basado en una canción.

La canción en la que se basa es Jenny was a friend of mine, por The Killers:

We took a walk that night, but it wasn’t the same
We had a fight on the promenade out in the rain
She said she loved me, but she had somewhere to go
She couldn’t scream while I held her close
I swore I’d never let her go

Tell me what you want to know
Oh come on, oh come on, oh come on
There ain’t no motive for this crime
Jenny was a friend of mine
So come on, oh come on, oh come on

I know my rights, I’ve been here all day and it’s time
For me to go, so let me know if it’s alright
I just can’t take this, I swear I told you the truth
She couldn’t scream while I held her close
I swore I’d never let her go

Tell me what you want to know
Oh come on, oh come on, oh come on
And then you whisper in my ear
I know what you’re doing here
So come on, oh come on, oh come on
There ain’t no motive for this crime
Jenny was a friend of mine
Oh come on, oh come on, oh come on

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Por un millón de puntos

Los laboratorios Bayer aumentan un 200% el precio del Triglocen

Se trata de la tercera subida de precio en lo que va de año del conocido medicamento contra el cáncer. Con este aumento, se calcula que sólo el 5% de los españoles tendrá acceso al tratamiento.

Leverkusen, 17 de septiembre de 2030. Werner Baumann, presidente de la multinacional Bayer, hizo público mediante un comunicado en la pasada madrugada que el Triglocen, único medicamento contra el cáncer con tasa de curación superior al 90%, tendría una subida del 200% sobre su precio actual. La OMS se ha pronunciado (…)


Roberto guardó el periódico en la mochila y se acercó al mostrador con un nudo en la garganta. La farmacéutica le recibió con una sonrisa tras el cristal blindado, le saludó y le preguntó qué deseaba. Él respondió el saludo mientras le tendía una receta médica por la abertura entre el mármol blanco y el vidrio. La chica miró el papel y perdió la sonrisa.

—Caballero, sabe que a pesar de tener receta debe abonar el pago del Triglocen, ¿verdad?

—Sí, sí —contestó Roberto nervioso, a la vez que pasaba el dorso de su mano por una placa metálica situada en el mostrador.

La farmacéutica consultó en el ordenador la pantalla que acababa de abrirse con los datos financieros de Roberto.

—Le faltan más de cien mil euros.

—Lo sé —leyó la tarjeta que llevaba la joven a la altura del pecho—. Disculpe, Sofía, es muy importante. Mi hijo está enfermo, y hasta ayer la cantidad en la cuenta era suficiente para comprar el Triglocen.

—Veré qué puedo hacer. Su documento de identidad, por favor.

Cuando Roberto le entregó la tarjeta, Sofía notó el temblor en los dedos del hombre. Tras teclear los caracteres, esperó unos segundos y analizó atentamente la pantalla del ordenador.

—Lo siento, sólo puedo aplicarle descuentos por un millón de puntos.

—¡Tengo más de un millón de puntos! —contestó Roberto con esperanza.

—Según el sistema, no alcanza dicha cifra. Perdió puntos las pasadas navidades cuando compró a la competencia un medicamento contra la gripe. Y también veo que fue penalizado hace unos meses por dar de baja su suscripción a la publicidad de GooglEye.

—¡Estaba conduciendo y me saltó un maldito anuncio! ¡Casi me mato!

—Por favor, deje el mostrador libre para que pueda seguir atendiendo a los clientes.

—¡No, no, espere! —suplicó Roberto con un hilo de voz—. Tiene que haber algo que pueda hacer, por favor. Mi Andrés está muy mal. ¡La receta! La receta tiene fecha de hace un año, cuando me la hizo el médico. Entonces tenía un millón de puntos; puede comprobarlo.

Sofía revisó el trozo de papel que le había entregado Roberto: tenía las esquinas dobladas y su color distaba del blanco que debió haber tenido al principio. Tecleó de nuevo y negó con la cabeza tras unos instantes.

—Nada… Bayer es muy estricta con su programa de fidelización de clientes. Me temo que estoy atada de pies y manos.

Él pensó en lo cruel que se había convertido todo el mundo; ella, en toda la verdad que escondía aquella frase hecha. Tras ellos, se escucharon algunos murmullos.

—Mi hijo no tiene mucho tiempo. He conseguido todo este dinero y puedo conseguir más. Prometo pagar cada céntimo que me falta. He reunido los últimos cien euros esta misma mañana. ¡Por Dios, usted sabe que si hubiera venido ayer habría podido pagar el maldito Triglocen!

—¿Puedo ofrecerle Aspirina, Supradyn o Desenfriol? Siempre viene bien tenerlos en casa y todos son de Bayer, por lo que conseguirá puntos y pronto podrá acceder al Triglocen.

Vencido por la impotencia, Roberto se derrumbó sobre el mostrador, con la cabeza entre sus brazos. Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro. En ese momento, un hombre que hacía cola tras él, le increpó:

—¡Lárguese ya, imbécil! Está haciendo perder el tiempo de los que sí vamos a poder curarnos.

Roberto se imaginó por unos instantes dando un puñetazo al tipo y pateando sin descanso su cuerpo inerte tras caer al suelo, pero ya no se sentía con fuerzas ni para responderle. Con la cabeza gacha, recogió la receta y el dinero y abandonó la farmacia.


La UE se reunirá con las farmacéuticas tras el caso Triglocen

Continúan los avances en la política de tratamientos de enfermedades terminales tras el fallecimiento del niño Andrés.

Ginebra, 14 de octubre de 2030. La Unión Europea ha confirmado la próxima reunión con los principales laboratorios farmacéuticos después de la sacudida que ha producido el caso Triglocen en la opinión pública. Las marchas populares en multitud de ciudades europeas en favor de R. L., tras el ataque perpetrado contra las oficinas de Bayer en Sant Joan Despí (Barcelona), han hecho reaccionar a líderes políticos y empresarios para revisar la legislación actual y las políticas comerciales de fidelización de clientes. A pesar de que Werner Baumann, presidente de la farmacéutica Bayer, ha reiterado que no se puede sucumbir ante los ataques terroristas, refiriéndose así al incidente protagonizado por el padre de Andrés, el Consejo Administrativo de los laboratorios ha decidido (…)


Condición

Condición: En el relato debe aparecer una marca comercial (empresa, marca o producto), real o ficticia.

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Voces

Llegué a la cabaña con la respiración entrecortada, producto de una mezcla de nervios y ansiedad. Los nervios eran fruto de los monstruos que me perseguían más allá del bosque; la ansiedad, de las ganas de escapar de ellos y olvidarme durante horas de sus tormentos. Mientras dejaba la mochila y preparaba todo, me vi cortes en los brazos, producidos por algunas de las afiladas ramas de los árboles del bosque. Pero tampoco reparé mucho en ellos, pues ahora era mi momento.
Sentado en el escritorio que había en el centro de la cabaña, empecé a escribir. Hacía mucho tiempo desde la última vez y me noté algo oxidado, pero las ideas que habían fluido meses atrás se agolpaban por salir a manchar la blancura del papel. A cada trazo que daba, más grande se hacía la estancia, haciendo que las paredes desaparecieran en la negrura, como tragadas por el bosque.
Pero la calma no iba a tardar en desaparecer. Un crujido me alertó y me sacó del trance que me poseía; una oración quedó a medias en el folio. Levanté la cabeza y agudicé el oído. Me pareció escuchar unos susurros al otro lado de una de las ventanas. Solté el bolígrafo y me dirigí al origen de aquellos sonidos. La vista no alcanzaba a distinguir mucho a través de la ventana: sólo la espesura del bosque, con aquellos árboles amenazantes.
Volvía a la silla cuando escuché un nuevo susurro al otro lado de la cabaña. Esta vez corrí hacia la puerta y la abrí de un empujón, dispuesto a descubrir aquello que fuera que no me dejaba escribir a gusto. El porche estaba vacío, salvo por la mecedora de madera y la mesita redonda de cristal. Bajé las escaleras y pude ver a lo lejos un punto de luz. Solo que no era uno, sino dos. Y tampoco eran luces, sino unos ojos de un poderoso color rojo, mirándome. También distinguí una extremidad con negras garras puntiagudas que me señalaban. La criatura se encontraba tras uno de los pinos, pero pude ver cómo salía de su escondite y se dirigía a la cabaña mientras yo volvía a entrar y cerraba la puerta.
Pronto le siguieron más criaturas con ojos multicolor: morados, verdes, naranjas y amarillos fijaban su atención en mi refugio del bosque. Los susurros ya eran voces claras; hablaban un idioma que no conocía, pero podía comprender lo que intentaban decir…
“Él no sabe”.
“Él no vale”.
Me senté de nuevo al escritorio e intenté ignorar a las criaturas. «No escuches esas voces y recuerda las palabras de aquel editor», me dije. Me aferré al papel mientras escuchaba sus garras dar golpecitos en los cristales. También pude sentir las ramas de los árboles creciendo y retorciéndose hasta formar figuras fractales. La maraña de ramas entró en la cabaña, pero sin romper las paredes o ventanas. Las criaturas ya no hablaban desde el exterior: sus voces se clavaban directamente en mis pensamientos.
Ya no podía seguir escribiendo. Las palabras de la última frase no tenían ningún sentido y no recordaba qué era aquello que había rondado mi mente meses atrás. Atrapado en el bosque en que me había ido a escudar de las amenazas de la ciudadela, ya no tenía un lugar seguro al que dirigirme. La cuestión era luchar contra los monstruos o contra los ojos de colores.
Realmente, existía una tercera opción, que era la que había escogido siempre: no luchar. Así es como acabé en este bosque.

Condición

Condición: El relato debe ambientarse en un bosque.

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