Antología de relatos (no comentar: sólo relatos y votos)

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  • PERDÓN POR EL RETRASO
  • Orgullo Imperial
  • Al otro lado de un río de asfalto

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De la edición de meri Relatos del bimestre enero-febrero del 2014 . La condición

El personaje protagonista de la historia debe ser profesor.
Nota innecesaria: «profesor» no se limita a docente de escuela o instituto. Un profesor de tenis, una profesora de piano, un profesor particular de japonés… todos ellos son válidos.

Suazilandia

Esa mañana Lucía se levantó como cada día. Cuando sonó el despertador se maldijo por haberse mantenido despierta hasta tan tarde. Notó una mano cálida en su espalda que le animaba a levantarse de la cama, aunque a ella le daba la impresión de que en realidad la calidez de esa mano la arrastraba hundiéndola aún más entre las sábanas. Se incorporó a regañadientes mientras besaba a Jorge obteniendo a cambio un gruñido por respuesta. Mientras se preparaba las tostadas pensó que su marido seguía siendo el mismo aunque estuvieran los dos en la cincuentena, y se preguntó si ella parecería la misma también. Si ante los ojos de los demás se vería como ella se veía ahora mismo ante el espejo, una niña con ojos grandes, amodorrada y despeinada. La única diferencia residía en todas las arrugas y canas que poblaban su cara y su pelo. Suspiró mientras pensaba que el tiempo cada vez corría más deprisa ante ella, tenía la sensación de que el tren había pasado muy rápido. En realidad, no le había dado casi tiempo a comprender que su hija ya se había ido de casa, y era un hecho que en cualquier momento podría convertirse en abuela. Soltó una risita divertida mientras se obligaba a pensar en otra cosa, por ejemplo, en el día de trabajo aburrido que le esperaba. Así que se lavó la cara para después maquillarse como todas las mañanas.

Cuando llegó al trabajo su jefe le dio el horario con el nombre de los alumnos de ese día. Suspiró al comprobar que tendría que aguantar toda la semana a Susana, que no paraba de hablar durante toda la hora de sus tres hijos, y maldijo el dolor de cabeza que tendría al llegar a casa. Al mismo tiempo reparó que había un nombre nuevo en la lista.

—¿María? ¿Es nueva? Pásasela a Javier que tiene bastante menos alumnos que yo. Estas semanas estoy exhausta. No podré con ninguno más.

—Lo pensé, Lucía, pero sabes que confío mucho más en ti que en Javier. Además es nueva. No quiero que la espante el primer día.

—Está bien, lo haré. Aunque me tengan que recoger con una escoba.

—Esa es mi chica. —Le contestó él con una sonrisa, una de las más falsas que le había visto en meses

Salió refunfuñando porque sabía que ese halago escondía más que respeto y agradecimiento hacia su trabajo una camaradería descarada entre hombres. No quiso pensar más en ello. Al fin y al cabo era su jefe y poco podía hacer ella, por lo que se puso en marcha decidida a enfrentar el día con actitud positiva. Al cuarto de hora se dio cuenta de su error. El primero de la lista era Enrique, un niñato de dieciocho años que le hablaba como si ella fuera su colega y la trataba con una condescendencia que le resultaba casi ofensiva. Cuando empezó su clase ya quería irse a casa, y supo que ese día se le haría eterno.

Después de la práctica de Enrique recogieron a María, la alumna nueva. Cuando subió al coche se encontró con una joven espigada que vestía un vestido blanco límpido como el cielo de verano, lo que hacía resaltar su piel de color caoba. Al mirarla se encontró con unos ojos negros tan profundos que no dejaban reflejar nada, realmente parecía que se tragaran toda la luz que llegaba hasta ellos. Se sorprendió a sí misma mirándola descaradamente sin educación. María le sonrió, y divertida le preguntó:

—Bueno, se nos va a pasar la hora de mi clase y ni siquiera nos habremos presentado. Yo soy María y tú debes ser Lucía, mi profesora de prácticas de la autoescuela.

Salió de su ensimismamiento cuando escuchó la voz metálica de María, era como si sus cuerdas vocales fuesen sierras y un hierro se frotase contra ellas. Pero pese a lo que hubiera podido parecer, su voz le resultaba tan atractiva y envolvente que le dio la impresión de que el coche se había trasformado en una especie de nube tan suave y consistente que hubiera podido incluso tocarla si se lo hubiera propuesto. Lucía solo pudo a duras penas articular algunas palabras de presentación mientras le indicaba que arrancara el coche. Mientras María conducía, ella no se perdonó esa flaqueza. Dejarse sorprender y amilanarse ante una alumna era algo que no podía ni debía permitirse. En ese instante Enrique empezó a hablar.

—Me llamo Kike, pero mis amigos me llaman Canuto, y tú te llamas María como la hierba—hizo una pausa para reírse de su propio chiste—. Tienes una voz horrible pero estás muy buena.

Lucía se sorprendió al escucharle, había olvidado que Enrique estaba allí. Mientras él seguía hablando Lucía le iba indicando a María que girara a la izquierda o que frenara. Estaba acostumbrada a todo tipo de personas. Al ser profesora de autoescuela durante tantos años podía permitirse realizar su trabajo de manera automática, sin que nada le afectara. Pero esta vecomprobó que a él no le había conmocionado como a ella la presencia de María, y por eso seguía parloteando sin parar. A ella en cambio le daba la impresión de que algo había cambiado desde que María había entrado en el coche ¿Serían simples imaginaciones suyas?, se preguntó. Se sentía molesta con ella misma por sentirse tan afectada por su presencia.

Enrique siguió hablando y bromeando ignorando el silencio más que patente de María. En un momento dado, María chasqueó los dedos mientras lo miraba por el espejo retrovisor e inmediatamente después cayó fulminado en el asiento. Lucía asustada frenó en seco desde el asiento del copiloto y se encaramó a su asiento para intentar ayudarle. María se dirigió a ella con esa voz que tanto le perturbaba

—No merece la pena que te preocupes tanto por él. Pero tranquila no le pasará nada, solo dormirá profundamente y despertará justo al terminar la clase. Te lo garantizo.

Lucía se volvió confundida hacia ella tras comprobar que respiraba. Era su alumno y su seguridad era responsabilidad suya. Por eso cuando le preguntó, su tono era de reproche, ya no sentía ningún miedo hacia ella ni le avasallaba su presencia.

—¿Tú has provocado esto?

—Evidentemente —hizo una pausa para mirarla con atención y continuó forzando aún más su peculiar voz—. Era un tío cargante y no me dejaba concentrarme. Debo aprender a conducir. En mi país van a prohibir volar en escoba a menos de ciento cincuenta metros del suelo. Tendré que aprender a conducir un coche. ¡Qué vergüenza! —Lanzó maldiciones en un idioma desconocido para Lucía y siguió protestando—. ¿Sabes? Odio a los políticos de Suazilandia, aunque la verdad querida, los vuestros no son mucho mejores.

Lucía no quería entenderla y menos aún eso de que iba en una escoba.

—No entiendo nada de lo que me estás diciendo ¿Cómo has dormido a Enrique?

—Soy una bruja. ¿Es qué no está claro?

Lucía no pudo evitar reírse en su cara. Se sintió más relajada en cuanto lo hizo —Eso sí que no me lo esperaba. —Ahora ya le era imposible no verla como a una cría.

—Soy una bruja, no sé qué te hace tanta gracia. Ya hace más de quinientos años que ando por el mundo. Aunque sé que no me echarías más de veinticuatro. —Lucía sonrió al comprobar lo presumida que era, al fin y al cabo, resultaba ser tan humana como todos. Ese convencimiento hizo que la viera casi como a una hija que hubiera vuelto para vacaciones de verano. No pudo evitar que le cayera simpática. Y siguiéndole el juego, le contestó:

—Pues más que una jovencita a mí me pareces una cría, con esas rabietas tan infantiles. Enrique al fin y al cabo no es mala persona, es un crío, y no se merece que lo trates así. Aunque te reconozco que a veces a mí también me gustaría matarlo de vez en cuando.

Las dos se sonrieron y fue María la que habló.

—La niña eres tú al quedarte embobada mirando sorprendida a una bruja como yo. Pero no hay caso, es imposible no caer bajo mi influjo —esta vez las dos rieron encantadas al darse cuenta de ser en realidad tan parecidas. —¿Sabes? Os he estado observando antes de decidirme por esta autoescuela. Me caes bien pero a tu jefe no lo trago. —Hizo una pausa y su voz se tornó casi como un chirrido agudo—. No deberías dejarte intimidar así. No lo merecen.

Al mirarla a los ojos sintió como si mirara el mar desde una barca que se moviera al compás de las olas. Era la misma sensación de ser mecida por unos fuertes brazos y de esa forma se fue sumergiendo en un sueño tranquilo hasta que ya no supo donde se encontraba. Cuando despertó estaba tumbada en su cama y su marido dormía plácidamente a su lado. Miró el reloj y eran las dos de la mañana. No sabía cómo había llegado hasta allí, pero más que brujería le parecía que había ejercido sobre ella una fuerte hipnosis. Se tranquilizó pensando lógicamente en todos los acontecimientos del día. Eso era, todo había sido fruto de la hipnosis y simplemente María era una persona con un fuerte carisma, divertida y excéntrica, pero no una bruja inmortal como pretendía.

Cuando volvió al trabajo comprobó en su horario que solo iba a tener como alumna a María durante el tiempo que ella tardara en sacarse el carnet, y al final de mes cobraría lo mismo. Sonrío al pensar qué tipo de hipnosis habría utilizado con su jefe. Le hubiera gustado verlo.

Las semanas siguientes disfrutó con su trabajo tanto como si estuviera de vacaciones, hacía tiempo que no se sentía así. María le contaba muchas cosas de su país y de sus viajes a lo largo del mundo. A Lucía le parecía estar en una película americana conduciendo un cadillac por Texas y teniendo solamente una carretera por horizonte.

Un día como otro cualquiera María se despidió.

—Tengo que irme Lucía. Me ha encantado volver a Galicia porque así he podido conocerte. Al final, sacarme el carnet aquí durante la convención de brujas mereció la pena. Seguramente cuando vuelva tú ya estarás muerta, así que dame un beso muy fuerte.

A Lucía en realidad le encantaba lo directa que era María. Seguramente ella estaría muerta. Sí, le hizo gracia pensar eso, pero no porque María fuese una bruja inmortal, cosa que nunca había creído, sino porque María era joven y tenía toda la vida por delante. Sintió una punzada de envidia al darse cuenta de lo vieja que se sentía. Se despidieron con un fuerte abrazo y salió de su vida como había entrado, de repente. Lucía se sintió como si acabara de perder a una segunda hija


No habrían pasado ni un par de meses, cuando estando con su marido en casa, este le comentó una noticia del periódico que estaba leyendo.

—Escucha esto. Es alucinante. Creía que era una broma pero lo cuenta El País, así que debe ser cierto. Te va a encantar.

Lucía sonrió, a su marido le gustaba entretenerse con noticias curiosas que luego redactaba para un periódico local.

—Escucha. En Suazilandia, —a ella le dio un vuelco el corazón al escuchar ese nombre— han prohibido a las brujas volar a menos de ciento cincuenta metros del suelo. ¿Te lo puedes creer? Por lo visto aún creen en brujas.

Mientras su marido seguía bromeando, ella supo que desde el principio había estado buscando una prueba, una justificación para poder creer y ahora la tenía delante de sus narices. Era igual de estúpido creérselo como no hacerlo. En ese momento eligió creer y todo volvió a cambiar, le parecía que incluso el sol brillaba más. Solamente tenía que convencer a su marido para viajar una temporada a ese remoto país. Sabía que eso ahora le resultaría fácil y sonrió feliz.

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Relato de meri de concurso del bimestre mayo-junio del 2012. La condición:

El relato debe ser sobre un futuro apocalíptico. Se aceptan los tres significados del DRAE de “apocalíptico”.

LA BRISA DEL TIEMPO

Hace ya casi un año que el viento apareció por primera vez. Fue como si una brisa cálida de verano recorriera el planeta lentamente matando a su paso a todos los adultos sin distinción. Solamente sobrevivieron los niños y junto a ellos surgió la única verdad conocida de este nuevo mundo; cuando empiecen la pubertad morirán si el viento les alcanza.

John nunca ha entendido porqué solo mueren los adultos. Cada vez que el viento llega se siente en paz, le invade algo parecido al placer y se abandona a él como todos los demás. La primera vez que lo sintió terminó por el suelo, entre risas, y con una sensación de plenitud en su interior. Cuando volvió en sí se dio cuenta de que su madre estaba muerta, ella y todos los demás adultos. Desde entonces la muerte se ha convertido en una presencia real. Lo único en lo que ahora se puede pensar es en encontrar comida y un lugar seguro para vivir, lo demás no importa. Por eso en el grupo de John se ayudan entre ellos para lograr su objetivo, se necesitan. Eso es lo que Pat les dice y John la cree.

Pat es la jefa del grupo. Tiene 12 años y de los cinco es la más mayor. Organiza todas las tareas y les enseña a acampar y a cazar. Estuvo en los Boy Scouts y de pequeña vivía con sus abuelos en una granja en medio del campo. De hecho, ese es ahora su objetivo, llegar a su antigua casa y trabajar en la granja. Ella les asegura que sus primos aún estarán allí y les proporcionarán cobijo y comida.

A John le gusta Pat, es la más lista y ayuda a todos. A Tony también lo aprecia ya que sabe muchas cosas que les sirven. Les enseña qué plantas pueden comer y cuáles no. Sus padres tenían un huerto, eran vegetarianos. John no entiende muy bien por qué no quiere comer carne cuando cazan algún animal. Sospecha que no estaría tan flaco si comiera algo más que esas hierbas insípidas, pero no le molesta ya que así tocan a más carne por cabeza. El grupo siempre tiene que esperarlo e incluso, algunas veces, lo llevan a caballo. Normalmente lo hace Pat, dice que es responsabilidad del jefe hacerlo. John se enfada por ese tipo de cosas. No es que Tony le caiga mal, no es eso. Lo que pasa es que le molesta que ella le preste tanta atención y a él no. Cuando lo ve así Pat se hace la ofendida, y haciendo grandes aspavientos provoca las carcajadas del resto, entonces John se aleja de ellos enfurruñado y pone a prueba su puntería lanzando piedras. El otro día le acertó a un pájaro y todos le felicitaron como a un héroe. En la ciudad practicaba sin parar con las latas como un simple juego. Ahora su puntería le sirve para cazar y se siente bien al ser de utilidad, es como si hubiera encontrado su lugar en el mundo.

Los perros grandes, si van en manada, pueden ser tan peligrosos como lo eran los lobos aunque realmente nunca se han encontrado con ellos. El verdadero peligro son los otros niños. Pero con la pistola que Jessica consiguió de su padre policía se sienten protegidos, incluso los monstruos de las pesadillas parecen esconderse de ellos. Aún así, dos miembros del grupo murieron hace tres meses en un ataque de otros niños. A John no le gusta recordar eso, ni cómo terminaron matando a varios de los que lo hicieron antes de que pudieran escapar; se vengaron con creces de ellos. La comida y el agua escasean y los medios para conseguirlas son lo de menos.

A veces cazan algún gato o perro, los atraen con promesas de comida y cariño y luego se los comen. John se encarga de despellejarlos, los demás no quieren hacerlo porque les parece asqueroso. Al primero que se comieron fue al perro de Jessica. Desde entonces Jessica lo odia por eso, pero él no cree que su pena fuera real porque se comió muy a gusto su parte cuando le puso el plato delante.

Will les da clases como si aún estuvieran en el colegio ya que Pat dice que es bueno que sigan aprendiendo. Además de ser listo, Will es muy fuerte, y para mayor frustración de John, Pat siempre lo mira como atontada. Cuando puede se pelea con él pero siempre acaba magullado y en el suelo, mientras Willl ríe a carcajadas y Pat sonríe. Lo único bueno de esos momentos para John es que ella le dedica más atención; le da un sermón sobre los perjuicios de empezar una pelea a la vez que le va relatando todas las virtudes de Will.

Por las noches hacen guardia por turnos. Todos duermen juntos para protegerse de los intrusos, y mientras Will y Pat se besan y abrazan, John se tapa como puede con su manta para evitar el frío. Jessica nunca dice nada pero John sabe que también le gusta Will. Cuando Pat no está va corriendo a su lado y hace cualquier cosa que él le pida aunque sea ridícula.

Desde el ataque siempre exploran el terreno antes de adentrarse en él para ver si hay otros niños. Ese día a John le tocaba explorar con Pat cerca de un lago. Estaba contento porque iban juntos, por eso no se percató de que ella cada vez se rezagaba un poco más hasta que la oyó gritar. Se giró asustado y la vio arrodillada, llevándose las manos al estómago y comenzando a llorar. John corrió a su lado y observó con horror que sus manos y piernas estaban manchadas de sangre.

—Pat ¿Qué te pasa? ¿Te han herido?

Ella le miró angustiada.

—No es eso —le dijo entre sollozos—. Voy a morir. Ya no me queda tiempo.

En ese momento le pareció mucho más pequeña de lo que era. Nunca la había visto llorar así. Siempre parecía tenerlo todo bajo control, pero ahora su llanto sonaba desesperado. Era cierto, ya no disponía de tiempo, el próximo viento la mataría. Había entrado en la pubertad y ya tenía la regla. John deseó con fuerza que nunca más volviera a soplar aquel viento en apariencia cálido pero que siempre terminaba dejándole helado y solo en medio de ninguna parte. En ese momento él también empezó a llorar desconsolado, lo último que deseaba es que ella muriera. Pat le cogió entonces de las manos suplicándole que se calmara.

—No se lo digas a Will ni a los demás. No deben saberlo. Será nuestro pequeño secreto ¿Lo entiendes?

Él se sentía feliz por compartir algo con ella, por eso solo pudo asentir con la cabeza y mientras ella se recomponía lavándose en un arroyo. John no podía dejar de mirarse las manos llenas de sangre, tan parecidas ahora a cuando desollaba a algún cachorro.

Desde ese día no ha habido ni rastro del viento. Will ha empezado a decir que debe existir una especie de patrón. Según él, las primeras veces aparecía cada día pero ahora se dilataba más en el tiempo, incluso habían pasado ya varios meses desde la última vez.

Pero pese a todo, el viento volvió a soplar. Llegó cuando Pat y John volvían a estar juntos de exploración. Les envolvió con una cálida sensación que ya conocían bien. Se buscaron abrazándose con fuerza, y en ese instante vino a la memoria de John una imagen de cuando era pequeño. Su madre cantaba mientras le tenía en su regazo, era feliz. Hundió su cabeza en el pelo de Pat mientras le preguntaba con voz queda:

—¿Mamá?..

Notó que el abrazo de ella se relajaba, sus brazos le resbalaban por la espalda como si fueran una dulce caricia. Cuando el viento desapareció, Pat estaba ya inerte en el suelo pero él seguía aferrado a su cuerpo.

Pasaron horas hasta que decidió volver con los demás. Will y el resto no entendieron nada cuando les dijo que Pat había muerto, no querían aceptarlo.

Desde ese momento todo ha cambiado. Will ya no se preocupa por enseñarles. Antes se quejaba pero ahora John echa de menos esa rutina. La poca seguridad que habían conseguido, la han perdido con la muerte de Pat. Will y Jessica pasan todo el día juntos y descuidan incluso explorar y buscar comida. Ellos mismos se han nombrado jefes, y le exigen a John que vaya a buscarles algo para comer mientras ellos se quedan sentados sin hacer nada. Incluso parece que ya ni se acuerdan de la granja. No solamente John sufre esta situación, el que peor lo lleva es Tony, sin el apoyo de Pat está cada día peor de salud.

Una fría mañana, Tony no se ha despertado, de hecho, ya no lo hará nunca más. No ha hecho falta el viento para llevárselo lejos.

Tras la muerte de Tony John solo piensa en abandonarles. Sabe que no le dejarán marchar ya que le necesitan, lo que no sospechan es que él a ellos no. Están cerca de la granja, cree que no le costará encontrarla ya que se lleva el plano de Pat. También necesitará la pistola porque solo y sin un arma seguramente moriría. Puede ser que ellos también lo pasen mal sin la pistola y su puntería, pero no se para a pensarlo ya que lo único que quiere es llegar a la granja como sea. Una noche se marcha sin hacer ruido. Para cuando despierten al amanecer estará muy lejos.

Tras varios días sin apenas descansar ha llegado por fin a la granja. No le parece muy grande. Observa que tiene varias vallas de seguridad bastante efectivas contra intrusos, ya que hay restos de lo que parecen niños y algún que otro perro. Se planta en la puerta principal, grita su nombre y dice que viene de parte de Pat. Espera en silencio pero no obtiene ninguna respuesta. Sabe que no puede rendirse por eso continúa hablando. Habla de Pat y cuenta todo lo que sabe de la granja, dice también que viene solo y que quiere ayudar. Cuando por fin termina tampoco hay respuesta solamente silencio. Está muy cansado así que se sienta en el suelo cogiéndose las rodillas y apoya la cabeza en ellas. Apenas ha dormido desde su huída, no tiene otro sitio a donde ir, solamente puede esperar

Un buen rato después, casi al anochecer, una puerta se abre lentamente y un niño sale de la casa acercándose a él. Se detiene cuando llega a su lado y sin dejar de apuntarle con una escopeta, le dice:

—Parece que de verdad vienes solo. Mi hermano mayor murió con el último viento y desde entonces necesitamos a una persona que pueda sustituirle. ¿Has estado alguna vez en el parto de un cordero?

—Claro. He estado en varios —le miente— ¿Cuántos años tienes? —le pregunta John un tanto ansioso.

—Tengo nueve y mi hermana siete ¿Y tú? —le pregunta el chico también, mientras le abre la puerta bajando la escopeta. Entonces apareciendo de la nada, una niña pálida de ojos grandes corre hacia ellos y se aferra al brazo de su hermano mayor. John sonríe al contestarles:

—Genial. Yo tengo ocho años. Aún nos queda a los tres un montón de tiempo por delante.

Quiere quedarse con ellos y ayudarles. También piensa, contento, que esta noche dormirá por fin en una cama.

Antes de acostarse le suplica a algún Dios, que ni Will ni Jessica lleguen nunca hasta allí. Sabe que no podrá dejarles entrar ya no son de su grupo. Reza para que se los coma algún perro o que se equivoquen de dirección y se pierdan para siempre.

Esa noche tiene un hermoso sueño. Nunca más sopla el viento y Pat y él viven felices años y años en la granja hasta que les alcanza la muerte, que resulta ser una vieja señora arrugada y desdentada.

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Relato de meri del bimestre de marzo-abril del 2013. La condición esta vez la pongo al fina porque desvela la historia.

Más allá del arco iris

Incluso después de que hayan pasado años aún recuerdo con claridad el momento en que nos encontramos por primera vez; mirar sus ojos era como asomarse a unas aguas tranquilas pero a la vez turbias, donde no puedes ver nada más allá de la superficie.

Desde que era un niño el mar siempre estuvo asociado en mi imaginación con todo lo desconocido y mágico que existe en este mundo. A los once años, cansado de pasar hambre y de los golpes de mis padres, huí a bordo de uno de esos barcos que veía tantas veces avanzar hacia un mar azul infinito como promesa de una vida mejor.

Casi no había empezado a acostumbrarme a mi nueva vida como grumete cuando un barco pirata, La Mariana, nos abordó y terminé sin sentido en medio de la batalla. Al abrir los ojos noté como estaba siendo arrastrado por la cubierta. Me llevaban ante su capitán. En su presencia sentí un escalofrío que me heló hasta las entrañas, pero el miedo se esfumó como por arte de magia cuando me sonrió. Su sonrisa era inocente y cálida como la de un niño cuando es amado y está bien alimentado por sus padres. Lo odié por eso, conocía bien esa sonrisa, la había visto demasiadas veces en los demás. Cuando se dio cuenta se sorprendió ligeramente al mismo tiempo que su sonrisa se ensanchaba aún más mientras me dirigía una miraba insondable. Se giró hacia sus compañeros y en tono teatral les dijo:

—Caballeros. Como saben, el señor Cooper nos abandonó hace poco… Bueno, más bien fui yo el que lo lanzó por la borda —se oyeron unas risas ahogadas mientras el capitán tosía con afectación reclamando su atención—. Por lo tanto, nombro a este muchacho mi nuevo ayudante personal. Será mi protegido. Nadie podrá herirlo ni mucho menos matarlo salvo yo mismo.

Al terminar, se dirigió hacia un grupo de piratas manchados con sangre de la batalla y les dijo en un tono mucho menos amistoso:

—Lleváoslo. Que coma algo y que se dé un buen baño antes de que vuelva a verlo.

Me agarraron entre todos y me llevaron en volandas hacia las cocinas. Por el camino, debajo de las carcajadas y las maldiciones, pude oír como uno de ellos murmuraba a otro: «Te apuesto una jarra de cerveza a que no durará ni dos semanas, nadie lo hace». No quise darle importancia a esas palabras porque en ese momento caí en la cuenta de que sin proponérmelo ya era un pirata, me había convertido en un miembro más de la tripulación de la Mariana.

Los días siguientes pasaron muy rápido mientras iba acostumbrándome a mi nueva vida. Yo era el único miembro de la tripulación que podía entrar en el camarote del capitán. Me encargaba de la limpieza del mismo y de servirle las comidas, pero debía cumplir a rajatabla dos condiciones: solo podía entrar cuando me lo pidiera expresamente o cuando él no estuviera dentro. Todo ese misterio despertó mi curiosidad y mi imaginación. Estos dos factores combinados resultan irresistibles para un niño, así que me juré a mi mismo que descubriría su secreto como fuera.

Con el día a día en el barco pude ir entendiendo el porqué de la admiración que despertaba el capitán en los demás. Aparte de ser un gran estratega su valentía era digna de elogio. En medio de una tormenta lo vi subirse sin dudar a lo más alto del palo mayor para salvar una de las velas. Cuando abordábamos un barco él era el primero en saltar a la cubierta. No tenía miedo a morir y era capaz de mostrarse extremadamente cruel con sus prisioneros disfrutando con ello y haciendo participar al resto de piratas en la matanza. Cuando no había nada que hacer, que era la mayor parte del tiempo, se encerraba en su camarote mientras yo me dedicaba a perderme por el barco aprendiendo todo lo que podía sobre barcos. Fui feliz en esa época aunque no me permitieran ir con ellos en los abordajes, decían que aún era muy torpe y pequeño. Para ellos era como su mascota, pero no me importaba porque me trataban con amabilidad y les estaba agradecido por eso. También pude constatar que el capitán se mostraba distante y frío la mayor parte del tiempo, pero me sorprendía que en ocasiones fuera capaz de emborracharse cantando con todos hasta el amanecer y se convirtiera en uno más cuando atacábamos un barco. Conmigo no tenía esos momentos, ni sirviéndole las comidas me dirigía la palabra. Una mañana le pregunté al segundo de a bordo porqué todos le respetaban tanto:

—El capitán vela por todos, él es especial. Si no puedes seguirlo mereces la muerte. Si fallas, todo el resto lo sufre. Él nunca se equivoca, tiene la suerte del diablo. Muchacho… —miró de reojo por si alguien estaba escuchando y continuó en voz baja—. Muchos dicen que ha hecho un pacto con él. Aun así, yo mismo y el resto de la tripulación lo seguiríamos adonde fuese.

Me quedé pensativo y me alejé preguntándome cuánta verdad habría en sus palabras y porqué solamente yo parecía odiarlo.

Recuerdo muy bien el día que estaba limpiando su camarote cuando entró canturreando sin verme. Pensé entonces en no revelarle mi presencia para ver si descubría el misterio. Me agazapé tras un sillón y escuché como se quitaba la chaqueta y la arrojaba sobre la cama. Podía oír sus pasos acercándose, se dejó caer con estrépito en el sofá y dijo:

—Ah, estabas ahí. ¿Qué piensas?

Me quedé helado. Al principio creí que se dirigía a mí pero no era yo su interlocutor. Era imposible que hubiera alguien más en la habitación. Hizo una pausa pero nadie contestó, en cambio el capitán siguió hablando como si estuviera en medio de una conversación.

—Tienes razón, pero no sé cómo se tomará la tripulación que nos acerque… —Se levantó súbitamente para continuar al instante con otra frase— ¿Dices que está detrás del sofá? ¿Por qué no me lo has dicho antes?

Sentí pánico, noté un sudor frío recorriéndome la espalda. Me sobresalté al volver a oír su voz

—Vamos chico, sal de tu escondrijo. Nos has descubierto y no pienso dejarte salir de aquí con vida. Levántate ahora.

Me incorporé mientras el capitán desenvainaba su espada.

—Muchacho, te presento a Jack. Para tu desgracia es lo último que verás —y señaló hacia su izquierda, a algo que solo él podía ver—. Es verdad, Jack. Es una lástima que no nos haya durado más, a mí también me parecía diferente.

En ese momento más que miedo sentí una gran curiosidad. Cuando levantó su espada hacia mí solo pude preguntarle con voz emocionada:

—¿En serio hay aquí un hada? ¿Y tú la puedes ver?

El capitán se paró en seco. Me miró sorprendido para después comenzar a reírse a carcajadas.

—¿Has oído Jack? ¡Te ha llamado hada! …No, no te enfades con él. En realidad es algo muy gracioso.

Enfundó su espada y me puso la mano en el hombro

—¿De qué maldito agujero sales tú? No entiendes nada. Él no es un hada, más bien es un sátiro o un diablo. Si en realidad hubiera aquí un hada, muchacho, Jack le levantaría las faldas y se la beneficiaría encima de la mesa sin contemplaciones.

Volvió a sonreírme con esa cara de no haber roto un plato y que yo odiaba tanto, pero esta vez no me molestó ya que pensé con satisfacción que solo yo había sido capaz de descubrir su secreto. En el camarote había un hada o cómo demonios se llamara.

—Está bien pequeño—prosiguió— Nos caes bien. Le has caído simpático a Jack. Eres el primero que entiende de lo que hablo y además no tiene miedo. Aunque tú nunca me has tenido miedo. ¿Verdad? Eso me gusta, eres valiente al ser capaz de odiarme. Te explicaré un par de cosas —volvió a sentarse en el sofá y su voz se tornó grave—. En realidad Jack siempre ha estado conmigo, desde que era un crío. Me ayuda para ser cada vez más rico y un día los dos nos iremos al reino de Poseidón donde hay un gran tesoro y cientos de doncellas. Me lo ha prometido y él siempre cumple sus promesas. Ahora dime, ¿puedes verlo a mi lado?

Esta vez movió su mano hacia la derecha sin dejar de mirarme fijamente. Intenté de veras ver algo en esa dirección pero no pude ver nada, incluso aunque entrecerrara los ojos. Era imposible, pensé que seguramente no podía porque yo no era especial. Al ver mi abatimiento el capitán me consoló.

—No pasa nada. ¿De veras quieres verlo? —Asentí emocionado— Entonces pequeño, si sigues junto a mí y me ayudas en mi empresa algún día podrás verlo, te lo prometo.

Desde ese día entré y salí sin problemas del camarote del capitán incluso cuando él estaba dentro, el resto de la tripulación se sorprendió de que no me hubiera matado. Algunos intentaron sonsacarme acerca de su secreto pero yo nunca lo traicionaría ahora que sabía la verdad. Con el tiempo sería tan especial como el capitán y podría ver hadas. Si fuese necesario protegería ese secreto con mi vida.

Fue en una noche lluviosa cuando todas las reservas que aún pudiera albergar sobre el capitán se esfumaron. Yo estaba haciendo mi guardia cuando casi me di de bruces con él. Estaba parado en mitad de la cubierta sin impermeable, en mangas de camisa y empapado. La lluvia le caía sin orden por la cara y el pelo. Me estaba esperando. Me miró fijamente y preguntó:

—¿Qué ves en mí cuando me miras?

—Nada —le contesté un poco enfadado por el susto que me había dado— .No puedo ver nada, está turbio. Tus ojos son azules como el agua clara pero no dejan entrever nada, nunca puedo saber lo que piensas en realidad.

Al oír mis palabras su cuerpo pareció relajarse, respiró hondo, bajó la cabeza y me dijo con voz abatida:

—El resto solo ve su propio reflejo en mí, por eso me siguen hasta la muerte si es preciso. En realidad nunca me han mirado, no me conocen. Solo se imaginan lo que quieren ver. No lo entiendo. Ellos no me importan, pero aún así creen de verdad que son imprescindibles para mí.

Hizo una pausa y cuando volvió a hablar ya había vuelto a su carácter afable, levantó la cabeza y volvió a sonreír. Me pareció como si se pusiera una máscara.

—Solo tú sabes cómo soy. Jack también lo cree — miró detrás de mí, se apartó un mechón de pelo de la frente y guiño un ojo a la noche, seguramente ahí estaba Jack. Continuó hablando— Me acaba de decir que algún día te presentará un hada—y me dedicó esa sonrisa inocente e íntima que todos adoraban. En ese momento yo también me sentí especial y supe que nunca podría ni querría escapar de él.

Han pasado los años y sigo en la Mariana, he guardado bien su secreto. Ya no le odio, no tengo ninguna razón para ello. Al contrario, espero algún día llegar a ser como él. He participado en muchas batallas y siempre salimos victoriosos gracias a él y sobre todo a Jack. Ahora mientras espero sus órdenes, me pregunto cuándo seré capaz de verlas. Aún espero que de repente, un día, cientos de hadas me lleven muy lejos al final de este azul infinito, más allá del arco iris y del mar. Ese es el verdadero tesoro que algún día, si continúo con ellos, espero alcanzar.

En ese momento la voz del capitán me saca de mi ensimismamiento y me traslada al presente:

—¡Al abordaje mis piratas!

En la emoción del momento me oigo a mí mismo gritando también:

—¡Acabemos con todos y consigamos un buen botín! ¡A por ellos! ¡Sin piedad!

La condición de ese bimeste:

La historia se desarrollara en un barco.
Al menos un personaje de la historia estará loco.
Nadie dentro de la historia debe saber con certeza que este o estos personajes estén locos.

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Votaciones relatos Lyn:

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  • LA BRISA DEL TIEMPO
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Jenny was a friend of mine

La sala de interrogatorios número cuatro de la principal comisaría de Santa Mónica, en Los Ángeles, era una habitación aséptica y gris, iluminada por un solitario halógeno y cuyo mobiliario se limitaba a una mesa de formica, también gris, y dos sillas plegables que resultaban incómodas a los pocos minutos de uso. El joven que ocupaba una de ellas desde la noche anterior se recolocó con un gesto de dolor. Tenía la cabeza gacha y las manos esposadas sobre la mesa; su reloj marcaba las cinco de la tarde. Levantó la vista cuando escuchó abrirse el cerrojo de la puerta que tenía enfrente. Un hombre de mediana edad y complexión fuerte se acercó a él y tomó asiento en la silla libre. Mantuvo los ojos fijos en él durante un rato, en silencio, hasta que comenzó el interrogatorio:
–Estoy muy cansado y tengo ganas de irme a casa con mi mujer, así que espero que no me lo pongas tan difícil como a mis compañeros.
El joven notó un leve acento mejicano, seguramente adquirido durante la infancia, en aquella voz grave, dura, que acompañaba a la perfección el estado de ánimo que le había transmitido con sus palabras. No tenía intención de decepcionar a su interlocutor, pues él era el primero que quería acabar de una vez por todas con aquella situación y no hacerla más complicada de lo que ya era.
–Empiece por el principio, ¿le parece? –ordenó el agente de policía.
–No sé cuántas veces tengo que repetir lo mismo… Había quedado para ir de copas con unos amigos por la zona del Third Street Promenade. Creo que estuvimos allí unas horas y luego fuimos a dar una vuelta por el paseo marítimo.
–¿Cree? ¿No puede asegurar lo que hizo hace menos de veinticuatro horas?
–No recuerdo los detalles. Bebí mucho.
En ese momento, la única fuente de luz comenzó a perder y ganar intensidad, como si fuera a fundirse en aquel instante. El muchacho se sobresaltó al escuchar el susurro en su oído:
Yo sí sé por qué estás aquí.
El tono del guardia, que no fue consciente de la interrupción, se endureció aún más para disuadir al chico de jugar con él.
–Si quiere puedo contarle lo que sabemos hasta ahora. Espero que usted complete la historia debidamente –dijo, y ante el silencio del presunto criminal, comenzó el relato de los hechos–: Un testigo de lo sucedido, que fue quien nos llamó, por cierto, asegura que vio correr despavoridos a dos jóvenes y que usted, señor Flowers, se encontraba de rodillas en Ocean Avenue junto a una chica, a la que golpeó hasta la muerte. Ya tenemos los resultados de la autopsia: Jennifer Keuning, la víctima, falleció por un traumatismo craneoencefálico severo. ¿Necesita que le refresque aún más la memoria?
–¡Yo no estaba golpeándola! –contestó el chico con rabia–. Intentaba que respirara; se estaba muriendo.
–¿Cuántas veces va a soltar la misma mentira? ¿De verdad espera que creamos que la chica se produjo todos esos golpes ella misma? ¿O está acusando a alguno de sus amigos…? –El agente consultó sus notas antes de continuar–: Andrew Stoermer y Natalie Vanucci, que tras huir de la escena del crimen, se presentaron aquí esta mañana y nos han proporcionado una versión muy distinta de los hechos de la que usted mantiene.
Tantas preguntas e información por parte del policía sacudieron a Flowers, que intentó ordenar los pensamientos en su cabeza y toda la serie de imágenes de esa noche, situaciones y conversaciones inconexas que no le permitían formar una historia coherente para su defensa. Recordó las bebidas por los bares en las cercanías del centro comercial de Third Street y a sus tres amigos bailando con él. También vino a su memoria un beso, o puede que fueran dos, pero la fotografía mental estaba borrosa y era incapaz de distinguir las dueñas de aquellos pares de labios. Luego la lluvia, débil y agradable en aquel fin de semana de finales de junio, escurriéndose por sus caras mientras caminaban por el paseo marítimo; él iba hablando con Natalie, ¿o estaba discutiendo? Lo siguiente que recordaba era la cara ensangrentada de Jennifer, intentando decirle algo mientras se ahogaba, y él agarrándola con fuerza pidiéndole que no lo abandonara, que siguiera luchando. Los ojos del joven se anegaron de lágrimas.
–Le doy una última oportunidad, Flowers. ¿Por qué mató a Jennifer Keuning?
–¡Yo no la maté! –gritó desesperado el chico–. No tengo motivos para ello. ¡Jenny era mi amiga!
–Razón de más para cometer un asesinato. La mayoría de este tipo de crímenes, sean o no premeditados, los cometen personas cercanas a las víctimas. He enchironado a amigos, parejas, padres, madres, hijas, hermanos, tíos, primas y hasta algún nieto ha acabado con la vida de su abuelo. Cuando el móvil no es el robo o un ajuste de cuentas, ¿quién crees que acaba con la vida de los inocentes? Amigos como tú…
El joven se percató de que el guardia había empezado a tutearlo, indicador de que estaba agotando su paciencia. Intentó calmarse para no empeorar más las cosas y analizó fríamente la situación teniendo en cuenta lo que tenían en su contra y lo poco que recordaba de la noche anterior.
–No puedo ni voy a confesar un crimen que no he cometido. Y no tenéis pruebas de lo que intentáis acusarme: sólo un hombre que entre la oscuridad de la noche creyó verme golpeando a Jennifer, cuando realmente sólo trataba de salvarle la vida.
–Hemos encontrado restos de sangre en una farola, así como en el suelo a lo largo de diez metros. ¿Cómo se produjo Jennifer esas heridas?
En ese momento, a Flowers se le hizo un nudo en el estómago al rememorar esos últimos minutos antes de acabar detenido. No pudo evitar que una lágrima se le escapara mientras narraba la última vez que tocó el cuerpo de Jennifer.
–No lo sé… Recuerdo que le pregunté lo mismo mientras la sujetaba con fuerza entre mis brazos; ella ni siquiera podía gritar de dolor. Te juro que jamás le habría hecho nada malo, jamás la habría dejado marchar.
El agente respiró hondo. No podía creer que el muchacho siguiera jugando con ellos, o que no hubiera caído ya en alguna contradicción. Era obvio que no podía existir otro asesino; quizás uno de sus amigos, pero ambos apuntaban a Flowers y no tenía motivos para no creerlos. Miró la camiseta del joven, con el lema Welcome to fabulous Las Vegas parcialmente legible debido a las manchas de sangre.
–Conozco mis derechos –se envalentonó el chico–. Llevo aquí todo el día y no pueden detenerme más tiempo. ¿Me puedo ir ya?
–En eso te equivocas –contestó el guardia–. No necesitamos una confesión. Por mucho que mantengas esa versión de amnesia transitoria por el alcohol, tenemos pruebas más que suficientes para que pases los próximos años entre rejas. De momento, espero que pases una buena noche en el calabozo.
***
Apoyado contra la pared de una fría y maloliente celda, Flowers se dejó caer al suelo con las manos tapando su cara y secando las lágrimas que recorrían su rostro. Miró al techo con angustia mientras sorbía la nariz, y las bombillas del pasillo de los calabozos tintinearon como lo hizo el halógeno de la sala de interrogatorios horas atrás. Frente a él, otra vez aquella sombra oscura que le hablaba cuando no se cuidaba como debía.
Parece mentira que sigas engañándote de esa manera. Ya te dije que terminarías aquí abajo.
–¡Vete! ¡Sal de aquí! –gritó Flowers a la soledad de la celda.
También te avisé sobre ese jueguecito que os traíais los cuatro. ¿Acaso pensabas que acabaría bien?
–Jamás comprendiste el amor que nos teníamos.
Los que no lo entendíais erais vosotros, que no sabíais ni cómo trataros. ¡Mira cómo tu querido Andy y tu amada Natalie te han mandado a pudrirte a esta celda! Y ellos son tan culpables como tú de lo que ha pasado. También Jenny, que era una bomba de relojería. Menos mal que ahí estaba yo para ayudarte, ¿verdad, Brian?
–Tú nunca debiste haber aparecido…
Y sin embargo aquí estoy, y me temo que soy el único que puede ayudarte de ahora en adelante. Así que tú quédate tranquilo y déjame intervenir a mí, tal y como hiciste anoche.
Flowers se tumbó en el suelo en posición fetal, balbuceando y meciéndose como un niño pequeño. Le pesaban los párpados, fruto del cansancio y el desahogo del llanto. Se acordó una vez más de Jenny y de Andy y de Natalie, y luego descansó: era lo único que quería. En cuanto Brian se rindió, la sombra oscura comenzó a reír.

Condición

Condición: El relato debe estar basado en una canción.

La canción en la que se basa es Jenny was a friend of mine, por The Killers:

We took a walk that night, but it wasn’t the same
We had a fight on the promenade out in the rain
She said she loved me, but she had somewhere to go
She couldn’t scream while I held her close
I swore I’d never let her go

Tell me what you want to know
Oh come on, oh come on, oh come on
There ain’t no motive for this crime
Jenny was a friend of mine
So come on, oh come on, oh come on

I know my rights, I’ve been here all day and it’s time
For me to go, so let me know if it’s alright
I just can’t take this, I swear I told you the truth
She couldn’t scream while I held her close
I swore I’d never let her go

Tell me what you want to know
Oh come on, oh come on, oh come on
And then you whisper in my ear
I know what you’re doing here
So come on, oh come on, oh come on
There ain’t no motive for this crime
Jenny was a friend of mine
Oh come on, oh come on, oh come on

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Por un millón de puntos

Los laboratorios Bayer aumentan un 200% el precio del Triglocen

Se trata de la tercera subida de precio en lo que va de año del conocido medicamento contra el cáncer. Con este aumento, se calcula que sólo el 5% de los españoles tendrá acceso al tratamiento.

Leverkusen, 17 de septiembre de 2030. Werner Baumann, presidente de la multinacional Bayer, hizo público mediante un comunicado en la pasada madrugada que el Triglocen, único medicamento contra el cáncer con tasa de curación superior al 90%, tendría una subida del 200% sobre su precio actual. La OMS se ha pronunciado (…)


Roberto guardó el periódico en la mochila y se acercó al mostrador con un nudo en la garganta. La farmacéutica le recibió con una sonrisa tras el cristal blindado, le saludó y le preguntó qué deseaba. Él respondió el saludo mientras le tendía una receta médica por la abertura entre el mármol blanco y el vidrio. La chica miró el papel y perdió la sonrisa.

—Caballero, sabe que a pesar de tener receta debe abonar el pago del Triglocen, ¿verdad?

—Sí, sí —contestó Roberto nervioso, a la vez que pasaba el dorso de su mano por una placa metálica situada en el mostrador.

La farmacéutica consultó en el ordenador la pantalla que acababa de abrirse con los datos financieros de Roberto.

—Le faltan más de cien mil euros.

—Lo sé —leyó la tarjeta que llevaba la joven a la altura del pecho—. Disculpe, Sofía, es muy importante. Mi hijo está enfermo, y hasta ayer la cantidad en la cuenta era suficiente para comprar el Triglocen.

—Veré qué puedo hacer. Su documento de identidad, por favor.

Cuando Roberto le entregó la tarjeta, Sofía notó el temblor en los dedos del hombre. Tras teclear los caracteres, esperó unos segundos y analizó atentamente la pantalla del ordenador.

—Lo siento, sólo puedo aplicarle descuentos por un millón de puntos.

—¡Tengo más de un millón de puntos! —contestó Roberto con esperanza.

—Según el sistema, no alcanza dicha cifra. Perdió puntos las pasadas navidades cuando compró a la competencia un medicamento contra la gripe. Y también veo que fue penalizado hace unos meses por dar de baja su suscripción a la publicidad de GooglEye.

—¡Estaba conduciendo y me saltó un maldito anuncio! ¡Casi me mato!

—Por favor, deje el mostrador libre para que pueda seguir atendiendo a los clientes.

—¡No, no, espere! —suplicó Roberto con un hilo de voz—. Tiene que haber algo que pueda hacer, por favor. Mi Andrés está muy mal. ¡La receta! La receta tiene fecha de hace un año, cuando me la hizo el médico. Entonces tenía un millón de puntos; puede comprobarlo.

Sofía revisó el trozo de papel que le había entregado Roberto: tenía las esquinas dobladas y su color distaba del blanco que debió haber tenido al principio. Tecleó de nuevo y negó con la cabeza tras unos instantes.

—Nada… Bayer es muy estricta con su programa de fidelización de clientes. Me temo que estoy atada de pies y manos.

Él pensó en lo cruel que se había convertido todo el mundo; ella, en toda la verdad que escondía aquella frase hecha. Tras ellos, se escucharon algunos murmullos.

—Mi hijo no tiene mucho tiempo. He conseguido todo este dinero y puedo conseguir más. Prometo pagar cada céntimo que me falta. He reunido los últimos cien euros esta misma mañana. ¡Por Dios, usted sabe que si hubiera venido ayer habría podido pagar el maldito Triglocen!

—¿Puedo ofrecerle Aspirina, Supradyn o Desenfriol? Siempre viene bien tenerlos en casa y todos son de Bayer, por lo que conseguirá puntos y pronto podrá acceder al Triglocen.

Vencido por la impotencia, Roberto se derrumbó sobre el mostrador, con la cabeza entre sus brazos. Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro. En ese momento, un hombre que hacía cola tras él, le increpó:

—¡Lárguese ya, imbécil! Está haciendo perder el tiempo de los que sí vamos a poder curarnos.

Roberto se imaginó por unos instantes dando un puñetazo al tipo y pateando sin descanso su cuerpo inerte tras caer al suelo, pero ya no se sentía con fuerzas ni para responderle. Con la cabeza gacha, recogió la receta y el dinero y abandonó la farmacia.


La UE se reunirá con las farmacéuticas tras el caso Triglocen

Continúan los avances en la política de tratamientos de enfermedades terminales tras el fallecimiento del niño Andrés.

Ginebra, 14 de octubre de 2030. La Unión Europea ha confirmado la próxima reunión con los principales laboratorios farmacéuticos después de la sacudida que ha producido el caso Triglocen en la opinión pública. Las marchas populares en multitud de ciudades europeas en favor de R. L., tras el ataque perpetrado contra las oficinas de Bayer en Sant Joan Despí (Barcelona), han hecho reaccionar a líderes políticos y empresarios para revisar la legislación actual y las políticas comerciales de fidelización de clientes. A pesar de que Werner Baumann, presidente de la farmacéutica Bayer, ha reiterado que no se puede sucumbir ante los ataques terroristas, refiriéndose así al incidente protagonizado por el padre de Andrés, el Consejo Administrativo de los laboratorios ha decidido (…)


Condición

Condición: En el relato debe aparecer una marca comercial (empresa, marca o producto), real o ficticia.

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Voces

Llegué a la cabaña con la respiración entrecortada, producto de una mezcla de nervios y ansiedad. Los nervios eran fruto de los monstruos que me perseguían más allá del bosque; la ansiedad, de las ganas de escapar de ellos y olvidarme durante horas de sus tormentos. Mientras dejaba la mochila y preparaba todo, me vi cortes en los brazos, producidos por algunas de las afiladas ramas de los árboles del bosque. Pero tampoco reparé mucho en ellos, pues ahora era mi momento.
Sentado en el escritorio que había en el centro de la cabaña, empecé a escribir. Hacía mucho tiempo desde la última vez y me noté algo oxidado, pero las ideas que habían fluido meses atrás se agolpaban por salir a manchar la blancura del papel. A cada trazo que daba, más grande se hacía la estancia, haciendo que las paredes desaparecieran en la negrura, como tragadas por el bosque.
Pero la calma no iba a tardar en desaparecer. Un crujido me alertó y me sacó del trance que me poseía; una oración quedó a medias en el folio. Levanté la cabeza y agudicé el oído. Me pareció escuchar unos susurros al otro lado de una de las ventanas. Solté el bolígrafo y me dirigí al origen de aquellos sonidos. La vista no alcanzaba a distinguir mucho a través de la ventana: sólo la espesura del bosque, con aquellos árboles amenazantes.
Volvía a la silla cuando escuché un nuevo susurro al otro lado de la cabaña. Esta vez corrí hacia la puerta y la abrí de un empujón, dispuesto a descubrir aquello que fuera que no me dejaba escribir a gusto. El porche estaba vacío, salvo por la mecedora de madera y la mesita redonda de cristal. Bajé las escaleras y pude ver a lo lejos un punto de luz. Solo que no era uno, sino dos. Y tampoco eran luces, sino unos ojos de un poderoso color rojo, mirándome. También distinguí una extremidad con negras garras puntiagudas que me señalaban. La criatura se encontraba tras uno de los pinos, pero pude ver cómo salía de su escondite y se dirigía a la cabaña mientras yo volvía a entrar y cerraba la puerta.
Pronto le siguieron más criaturas con ojos multicolor: morados, verdes, naranjas y amarillos fijaban su atención en mi refugio del bosque. Los susurros ya eran voces claras; hablaban un idioma que no conocía, pero podía comprender lo que intentaban decir…
“Él no sabe”.
“Él no vale”.
Me senté de nuevo al escritorio e intenté ignorar a las criaturas. «No escuches esas voces y recuerda las palabras de aquel editor», me dije. Me aferré al papel mientras escuchaba sus garras dar golpecitos en los cristales. También pude sentir las ramas de los árboles creciendo y retorciéndose hasta formar figuras fractales. La maraña de ramas entró en la cabaña, pero sin romper las paredes o ventanas. Las criaturas ya no hablaban desde el exterior: sus voces se clavaban directamente en mis pensamientos.
Ya no podía seguir escribiendo. Las palabras de la última frase no tenían ningún sentido y no recordaba qué era aquello que había rondado mi mente meses atrás. Atrapado en el bosque en que me había ido a escudar de las amenazas de la ciudadela, ya no tenía un lugar seguro al que dirigirme. La cuestión era luchar contra los monstruos o contra los ojos de colores.
Realmente, existía una tercera opción, que era la que había escogido siempre: no luchar. Así es como acabé en este bosque.

Condición

Condición: El relato debe ambientarse en un bosque.

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La ciudad eterna

Más allá de los libros de historia, en la frontera con el país de los cuentos se levantaba una ciudad oculta, y aunque variados eran los motivos por los que muchos hombres y mujeres ardían en deseos de conocer su única entrada y despojarla de sus secretos, no todos estaban dispuestos a pagar el alto coste que eso suponía.

En Montmartre, el barrio más bohemio de la ciudad, se levantaba impetuosa una acaudalada finca de tres plantas. En su interior, un joven preadolescente mantenía su mirada absorta en el televisor, donde un puñado de animosos muñecos de trapo pretendían instruir a esos infantes eternos en tempranas lecciones de vida. A su lado, su madre y una amiga aspiraban cocaína sobre la cara de Vladimir Putin, portada de la última edición de la revista Time.

—Pues yo creo que Douglas es muchísimo más guapo que Errol —decía una.

—Si todo lo que te importa es una cara bonita, puede ser; pero nadie toca el piano como Errol —contestaba la otra, tocándose la nariz—. Y reitero el cómo.

—No se trata de lo que me importe, sino del significado de la palabra guapo. Cuando se trata de belleza, el pene no entra en consideración —le rebatía la primera.

—No seas tan categórica, hay penes tan bonitos que merecerían el honor de presidir el salón principal de cualquier casa señorial. Especialmente si es la tuya, con ese jarrón tan horrible…

—Es un Ming.

—¿Quién?

—Que el jarrón es un Ming —insistió.

—Lo que tú digas. Es tan feo que incluso una escultura del flácido pene de tu amado Douglas Fairbanks mejoraría la estancia —se burló.

—La polla de Fairbanks es completamente funcional y más bonita que la de esa mala bestia de Flynn —parecía molesta.

—Pensaba que habías dicho que una polla no podía atesorar belleza alguna —se burló nuevamente, haciendo rabiar a su vieja amiga—. Va, no te enfades, solo estaba bromeando. Vamos, tómate la última —dijo empujando un poco la revista en su dirección.

A escasos metros, el niño se levantó con tranquilidad y cerró el televisor.

—¿Puedo ir a ver qué hace Eddie? —preguntó a su madre con rostro inexpresivo. Las mujeres miraron al mozuelo con un atisbo de duda en su mirada.

—Ve si quieres, pero no le molestes; estará trabajando —dijo su madre asiendo la tarjeta cliente de Harrods con convicción—. Y no tardes mucho en volver, pronto será la hora de tu merienda.

El niño asintió, se sacudió las arrugas de sus pantalones y dejó a las mujeres seguir con su conversación. Tras cruzar el salón con rapidez, subió una estrecha escalera de madera añeja para abrir la trampilla que daba paso al desván. En la oscura habitación, la luz de la calle se filtraba débilmente por los estrechos huecos que las carcomidas tablas de madera dejaban en la pared exterior.

Con la maña de quien ha repetido una misma acción centenares de veces, el muchacho desencajó cuidadosamente un tablón del suelo y se tumbó para observar por el recoveco.

La habitación inferior estaba iluminada por una tenue luz amarillenta, lo que dotaba a la estancia de una cierta calidez. En el centro de la misma, un orondo hombre de mediana edad se sentaba en un sillón de aspecto mullido. El tipo parecía pensativo mientras una de sus rollizas manos hacía repiquetear una pluma metálica sobre la mesa. Enfrente de él, una atractiva mujer de edad parecida a la suya cruzaba las piernas de forma elegante, esperando pacientemente algún tipo de contestación.

—No sabría qué decirle, señora —bufó, rompiendo el silencio—. Ésta es una casa de firmes principios. Tiene que entenderlo, somos gente de moral intachable se excusó.

—Lo sé y es algo que respeto, pero comprenda que ese desliz es parte de mi pasado. Algo que jamás volverá a ocurrir.

—Así que bruja… —suspiró hojeando su currículum vitae.

—Eso es.

—Se refiere a una de esas que van con sombrero de pico, escoba y un gato negro en el bolso.

—Gato no tengo; pero sí, básicamente sería eso.

—¿Y no puede usar su talento de alguna otra forma? Para serle sincero, aquí no le será muy útil.

—No, no puedo. Podía antes, pero ya no. Como sabrá, esta ciudad es solo para renegados.

—Es una forma de verlo —Eddie suspiró—. Ha perdido su magia y aun así eliminó a esos tipos y ahora está en probatoria. Si no es indiscreción, ¿cómo lo hizo?

—Los cociné.

—Entiendo…

—Sin que sirva de excusa, debo añadir que el guiso fue un éxito. Los niños del orfanato lo disfrutaron enormemente —dijo con modestia.

—¿Me está diciendo que cazó, asesinó y cocinó a los tres hermanos para preparar un ágape a unos huerfanitos?

—Eso es exactamente lo que le estoy diciendo —dijo colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja.

—¿He de suponer que no tenía nada en la despensa?

—No debería suponer eso, tenía muchas cosas en la despensa. Patatas, cebollas, hierbas aromáticas varias, arroces y legumbres, además de todo tipo de verduras frescas, pescado y un par de pollos en la nevera; pero me faltaba el ingrediente principal para el plato del día de Food-Network TV y el mercado no abre los domingos.

—Así es cómo decidió matar a tres personajes de cuento y cometer un triple homicidio. —El hombre se reclinó mientras cruzaba sus manos sobre su redondo estómago.

—No.

—¿No? Entonces, ¿cómo?

—No, me refiero a que no fue un triple homicidio, sino un triple asesinato. Un crimen a sangre fría. Ése es el delito por el que me han condenado.

—Cierto. —La mujer parecía satisfecha, nunca le habían gustado los malentendidos.

Eddie se levantó y caminó hasta la ventana con parsimonia, revelando las rotundas nalgas que el batín de seda que vestía por toda ropa no lograba cubrir.

—Entonces, ¿cuál fue esa receta? —terminó preguntando de espaldas a su interlocutora, con la mirada fija en el zeppelín que en esos momentos sobrevolaba la Torre de Londres.

—Asado de cerdo y manzanas rojas con salsa de jengibre.

—Y los niños lo disfrutaron, ¿verdad?

—Así es, señor Eddie. Incluso la pequeña Mirtle quiso repetir —recordó secándose una lágrima de emoción sincera—. Mirtle siempre ha sido de mal comer, ¿sabe? Fue una bendición el verla apurando el tocino hasta el hueso en el día de autos.

—Entonces, esa niña, Mirtle. ¿Comió postre? —inquirió Eddie.

—Comió dos, señor. Una deliciosa crème brûlée con azúcar caramelizado y un fondant au chocolat. Aunque este último me pareció demasiado dulce.

—El chocolate no debe llegar a hervir, al deshidratarse la masa concentra los azúcares e intensifica su sabor —apuntó el orondo ser.

—Pensé en ello, pero ya sabe, solo soy una mujer —sonrió tímidamente mientras se desabrochaba el botón superior de su blusa, dejando al descubierto un generoso escote. —¿Soy yo o hace un poco de calor en esta habitación?

—Es usted —contestó sin titubeos.

La mujer volvió a abrocharse el botón algo avergonzada.

Bien —apuntó el gordinflón mientras volvía a su sillón —. Quizás merezca esa oportunidad. Al fin y al cabo, como usted misma ha dicho, esta ciudad es un lugar de redención. Pero, señora, ¿sabe exactamente qué es lo que hacemos aquí?

—Usted es Eddie Carmax y produce películas para adultos, lo sé muy bien. Mi antiguo marido acostumbraba a comprar sus cintas de contrabando allí en el País de los Cuentos.

—Jodidos piratas interdimensionales… —masculló el pornógrafo mientras se encendía un habano.

—Lo siento…

—Está bien, no puedo culparla. Al fin y al cabo, si fuera alguien decente no estaría aquí. El caso es que tiene usted razón. Soy Eddie Carmax y, por mucho que le pese a ese bastardo de Andrew Blake, esta casa es donde se producen las mejores películas para adultos de toda la historia. Como tal, comprenderá que no puedo contratar a cualquiera.

—Es muy comprensible.

—¿Y piensa hacer algo al respecto?

—¿Hacer el qué?

—Creo que ahora es el momento adecuado para desabrocharse ese botón —sugirió señalándole la blusa.

—Ah, por supuesto… —La mujer sonrió torpemente mientras se levantaba lentamente de la silla. Contorneándose, se acercó a Eddie, ya totalmente recostado en el sofá.

—Ah, casi lo olvido. No le importará que ponga algo de música, ¿verdad? —preguntó mientras escogía un vinilo y lo colocaba en el reproductor.

—No, claro que no…

—Es que sin Honky Tonk Women de los Rolling no logro hacer que la cosa funcione como debería, ¿sabe? Supongo que podría decirse que yo también he perdido parte de mi magia en este lugar…

—Comprendo… Pero no debería apurarse, el talento de levantar cosas sin tocarlas lo conservo. Además, sé hacer masajes tántricos.

—Oh, no se moleste; con esta canción de fondo todo funciona perfectamente. Puedo decir con orgullo que a Mick y Keith les debo la vida —Eddie seguía pensando en voz alta—. Pero siga, siga; si no recuerdo mal estaba poniendo su tacón entre mis muslos.

La mujer clavó el tacón en el sillón, entre los muslos de Eddie, quien se relamía de gusto al son de la guitarra de Richards. Tras acercarse indecentemente, la despampanante hechicera se quitó el zapato con un gracioso golpe de tobillo; éste, por su parte, salió volando hasta casi tocar el techo, desde donde el pequeño espía no perdía detalle de todo lo que sucedía.

Sobre el pantalón del viejo sátiro, el pie de la mujer jugueteaba recorriendo su entrepierna, ahora endurecida bajo el influjo de dos factores: los bamboleantes pechos de la lozana bruja, ahora desnudos, y la voz rasgada de Mick, clamando por degustar las mieles de una chica mala que le habría de recordar por qué la lujuria sienta tan bien un domingo por la mañana.

La melodía se seguía repitiendo en un bucle infinito mientras ambos cuerpos se fundían en uno. Aun así, desde la distancia era fácil distinguir donde empezaba y terminaba cada uno de ellos: torneado, firme y esbelto como el de una diosa griega el uno; rotundo, fláccido y vil en sus formas el otro.

Y con el solo final, llegó el clímax a tres bandas. Amantes y pajillero unieron fuerzas de forma involuntaria para terminar en un grito común, un alarido al placer en tres tonos que logró compenetrarse como la mejor de las filarmónicas en el mejor concierto de sus vidas. El polvo y la paja habían sido épicos, lo que sin duda le reportaría a la bruja un buen contrato en el mundo del porno interdimensional; a Eddie un trofeo más sobre el que alardear y al pre-púber eterno una fantasía vívida a la que agarrarse en sus desvelos.

—Entonces, ¿estoy contratada? —preguntó todavía abrazada a Eddie.

—Puede apostar por ello. Solo queda por decidir quién será su pareja en su debut. ¿Tiene alguna preferencia? ¿Douglas Fairbank o Errol Flynn?

—¿Qué tal el Lobo Feroz? Soy una gran admiradora de su trabajo.

—A eso se le llama empezar fuerte… Por cierto, ¿cómo se llama?

—No tengo nombre, aunque antes solían llamarme Bruja Malvada.

—¿Antes?

—Sí, me refiero a antes de venir a esta ciudad. Antes de que Blancanieves terminara conmigo.

—Ah, esa zorra paliducha.

—Exactamente esa zorra paliducha. Y frígida.

—No vale la pena preocuparse por el pasado ahora. Vivamos el sempiterno presente.

—Gracias, señor Eddie.

—No hay de qué, Bruja Malvada.

—Por favor, llámeme Malvie.

—Tutéeme, Malvie…

—Te pido lo mismo.

En el desván, el muchacho colocó el tablón en su lugar, limpió su mano con un pañuelo de seda que llevaba en el bolsillo y bajó las escaleras. Llevaba ya cinco vidas de eterno pajillero prepúber en ese lugar y ésta había sido una de sus mejores tardes. Sin saber muy bien el motivo, sonrió privadamente y se fue a merendar con su madre.

Condición

El texto será un relato erótico en el que aparezca o resulte importante un cuento o fábula clásica

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Lo que uno es y lo que uno no es

Corro por los pasillos del palacio de mi memoria, hogar antiguo de taumaturgos y demás hombres sabios que pretenden tejer mi destino susurrándome palabras contradictorias con sus voces sordas cargadas de sabiduría ancestral. Órdenes que se perciben como preexistentes en el espacio y el tiempo. Y está en mi discernir cuáles de esas palabras son ciertas y cuales un simple eco fallido del exterior. Porque ellos, los sabios verdaderos, son yo y yo soy ellos.
Quién eres; qué quieres; qué o a quién amas o qué futuro te pertenece por derecho propio son preguntas a cuya respuesta llegarás no por obedecer las consignas que esos verbos lejanos de fuera de tu propio ser claman, petulantes en su equívoco, determinados a definir tu existencia. Porque la definición de tu ser no es condición adquirida por consenso ajeno, sino inherente a tu propia persona en sus diámetros físico y mental; adquirida por el hecho genético legado de tus ancestros y por el hecho ambiental concerniente al mundo de tu infancia, patria intelectual y forjadora primera del carácter de un hombre.
Como tal, tu verdadera identidad, aquella que va más allá de la apariencia superficial de tus ropas y demás objetos decorativos y, como tal, prescindibles, vendrá definida por el conocimiento que de ti mismo obtengas tras una sentida reflexión.
Pero, ¿hasta dónde dejarás que el día a día de tu existencia te arrastre? Los destinos son varios, algunos más probables que otros, pero será en los inverosímiles, en aquellos donde encuentres la negación de los demás donde podrás acentuar tu propia existencia como ser unívoco, ejecutor de tu propio significado bajo las reglas infinitas del libre albedrío.
De esa forma decidí dejar la calma chicha de mi paraíso mental y aceptar que la tranquilidad de una vida simple no se correspondía con mi verdadera naturaleza. Supe que vivir la vida de otra persona es como estar muerto. Así fue como cerré mis párpados al mundo material para abrir los ojos al interior de mi mente y observar detenidamente esas voces mágicas y ciegas que a todos nos dictan consejos contrapuestos como si de una encarnación individual de las tres caras de Hécate se tratara. Y de entre todas ellas decidí desenmascarar a aquellas portadoras de mentiras adquiridas por el inevitable contagio que todos sufrimos al atender a razones foráneas durante largos años de abandono del propio reino mental.
Más tarde abrí los ojos y quise convencer de mi propia naturaleza a aquellos que hablan en voz alta desde lugares lejanos. Yo era, al fin y al cabo, el verdadero monarca, quien por azares de la temprana juventud había decidido perder temporalmente su verdadera posición de forma infortunada.
Y así, tras divagar por el océano de mi memoria, entre voces ajenas farfullando falsedades hallé sentado en un trono de marfil al impostor; infiel usuario de mi nombre y heredad que había decidido morir como él para poder vivir como yo. Y de un zarpazo le arrebaté de entre sus manos la brillante joya, ajada por el trato erróneo que le había dispensado durante años. Así la levanté y la mostré en público, esperando que viajaran al interior de su mente y acallaran a los falsos profetas, dejando solo a los verdaderos, aquellos que proclamaban sin duda que yo estaba en lo cierto. Pero la ignominia de la sinrazón había podrido sus entrañas, contagiando la realidad en sus cabezas. Malditos sean mis vasallos, ciegos y sordos en la mentira. De esa forma ni tan solo el brillo de la evidencia pudo hacerles entender la única verdad auténtica, prefiriendo aferrarse a verdades convenidas, tan fáciles como irreales.
Golpeado, apaleado, vejado en una mazmorra pretenden una humillación a mi ser que nunca sucedió. Porque en el interior de mi cabeza, cuando cierro los párpados y abro los ojos a mi mente, esos sabios taumaturgos me susurran que no es el cadalso lo que me espera mañana, sino la puerta hacia un nuevo horizonte de libertad.
Condición

“El protagonista debe ser un adolescente que padece algún leve/medio trastorno mental (amigos imaginarios, escucha cosas, alucina, etc.). No tiene por qué actuar como un loco ni ser un bicho raro a ojos de los demás”

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Reflexiones amargas de un ser carente de gónadas
Estoy hasta la polla.
Eso sería, probablemente, lo que le diría al barman imaginario que aparece en nuestra mente cuando deseamos autocompadecernos. Lo diría, claro, si no fuera porque el apéndice sexual referenciado es algo que perdí hace ya mucho tiempo, junto al resto de mi biología.
Pero es así, estoy hasta la polla. O, mejor dicho, estoy hasta el hormigueo inconsciente en el espacio euclídeo de lo que antaño fue mi polla. Y pensar en eso, en estar hasta más arriba de algo que solía tener pegado a mi cuerpo hasta que alguien decidió pasarme su boleto de la mala suerte, es algo que todavía me cabrea más. Porque ya se sabe que nada se aprecia totalmente hasta que no se pierde para siempre. Y si algo tiene mi polla es que está totalmente perdida en algún lugar, donde sea que viajen las pollas huérfanas de un cuerpo motriz que las lleve colgando en sus idas y venidas por el mundo de los vivos.
Aun así, lo que más me toca los cojones es no poder disfrutar del placer del mal ajeno. Me enerva pensar que tras ser despedido de su mierda de trabajo, fugarse la puta de su mujer con un enano trapecista, terminar empinando el codo y decidir atropellarme como epílogo de su miserable vida, el antiguamente conocido como perdedor hijoputa renació en vida con el nombre de cabronazo afortunado; solo para hacerse rico escribiendo un manual de autoayuda y terminar casado con una modelo de lencería; rubia, tonta y con dos tetas tan grandes como la biología podría permitir. Y, claro, él además tiene polla.
Probablemente jamás os habréis parado a pensarlo, pero ser un fantasma, una alma en pena, un payaso en un estado de semi invalidez sobrenatural sin ni tan solo acceso a una paguita estatal, es una putada. Porque nada de esto es cómo lo cuentan las películas. Aquí nunca se ha visto un túnel de luz blanca ni ejecutado promesa de redención alguna. En este lugar todo el mundo está esperando con un boleto a lo incierto en su espectral chequera. Toda alma desde el primer puto neandertal hasta el último subnormal muerto hace un segundo por el impacto de un coco en un islote de mierda en el culo del mundo. ¿Imagináis tal grado de hacinamiento? Tranquilos, Arafat tampoco podía. Por lo menos hasta que descubrió que su compañera de litera para el resto de la eternidad respondía por el nombre de Golda.
Porque mientras está vivo, uno cree que tiene todo el tiempo del mundo. ¿Qué importará que los neoliberales hayan privatizado el Cielo y eso nos mantenga a todos en esta sala de espera eterna? Viviendo no tienes ningún motivo por el que molestarte en ver más allá. La vida te exige de cierta arrogancia en tu lucha por la supervivencia, por la permanencia de tu adn. Vives en una carrera entre ti mismo y la sombra de lo que crees que quieres llegar a ser, que no deja de ser lo que los demás quieren que seas.
Pero a diferencia de los vivos, nosotros sabemos que tenemos todo el tiempo del mundo por delante. Tampoco competimos por intentar conseguir algo que tenemos asegurado ni tenemos por qué culpar a nuestro gen egoísta al disculparnos por intentar tener sexo. Nadie espera nada de nosotros. En nuestra existencia innecesaria somos seres totalmente libres.
En esta situación es normal que algunos de nosotros se vuelvan locos y empiecen a aullar, a aparecerse recreando su último instante de vida o a gemir mientras intentan follarse al pequinés de la vecina del séptimo. Tarde o temprano, todos terminamos aprovechando nuestro insomnio permanente para desarrollar algún cliché: que si ahora arrastro unas cadenas, que si voy a aparecerme llevando un candelabro, que si algo huele a podrido en Dinamarca… Por eso de mantener las costumbres, imagino.
Aunque lo que realmente pienso es que lo hacemos por miedo. Por miedo a la inexistencia. A extinguirnos como una gota de agua en el desierto infinito que supone la inmortalidad del alma. Porque sin algo que nos autorreferencie, sin autoconvencernos con un macguffin vital que nos dé una excusa para seguir moviéndonos, ¿podemos decir que existimos?
Y ésa es nuestra maldición: abandonados en un páramo desolado por un padre disfuncional; el inexistente bastardoausente. Así le maldigo por su decisión. ¿Por qué eligió no existir?
Condición

“El protagonista padece insomnio y por ello se ha buscado un hobby que ocupe las largas noches en vela. El relato deberá representar el hobby y contar cómo es una de esas noches”

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Votaciones relatos Isolee:

  • La ciudad eterna
  • Lo que uno es y lo que uno no es
  • Reflexiones amargas de un ser carente de gónadas

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El Piso

Aquello había costado trabajo y dinero, pero empezaba a dar sus frutos. Después de dos semanas de obras, polvo y pladur, Juan había logrado reformar el esqueleto interno de su piso tal y como se le antojaba necesario. Luego vino una semana de pintura en blanco hueso y azul mate, seguida de otra de llenado de electrodomésticos de segunda mano cuidadosamente seleccionados. Hecho eso, Juan invirtió semanas en el estudio sistemático de aquellos catálogos de muebles que habitualmente se estratificaban caóticamente en el pavimento de la entrada del inmueble. La consecuente y metódica ejecución de dicho estudio permitió la compra de las decenas de elementos constituyentes de la decoración del piso: sofás suecos, estanterías flotantes, alfombras pastel, mesas plegables, mesitas de cristal, sillas de nombres impronunciables y plantas verdes del Brasil.

La casa de Juan estaba, al fin, casi perfecta. Le faltaban aún esos detalles imperceptibles que sólo una mente aguda podía percibir. Los libros y su disposición en las estanterías no era la correcta, la forma de las plantas tropicales no era exacta, el olor de la casa aún no era el adecuado y, qué demonios, hasta la distribución y agrupación de las motas de polvo no eran las que uno quisiera. Pero esos detalles y otros, aunque molestos para Juan, podían corregirse con esa metodología precisa y necesaria que él tan bien conocía.

Así pues, como cada tarde al abandonar los altos muros grises del complejo de oficinas, Juan tomaba el bus de las siete y cinco, se bajaba en la parada de siempre a diez manzanas de su casa y, tras comprar la misma merienda de siempre, con su chocolate de siempre y su lata de naranjada de siempre, se encaminaba hasta su única fuente de evasión. Era, esa, la tranquila azotea del inmueble de enfrente del bloque de pisos donde vivía. Desde allí, Juan podía contemplar en el séptimo piso derecha, su reformado y adaptado piso. Con esa perspectiva podía ver su nuevo salón, con los sofás suecos y las estanterías flotantes; pero también su renovada cocina con mesita de cristal o su dormitorio principal con alfombras pastel y pared en azul mate. Desde esa azotea Juan disfrutaba observando su cada vez más perfecto hogar, ese pequeño constructo suyo que tanto trabajo, dinero y pasión le estaba costando.

Y luego, desde esa misma azotea, Juan deslizaba la mirada hacia el sexto derecha, la viviendo justo debajo de la suya. Y allí, y para mayor complacencia, Juan observaba el piso de ella, de María, con sus sofás suecos y estanterías flotantes, y su cocina con mesita de cristal, y su dormitorio azul mate. Y aunque Juan no pudiera desde allí observar esos detalles que tarde o temprano corregiría, como esas motas de polvo o los libros exactos que debían poblar los estantes de María, se enorgullecía él de poder vivir casi con ella, de poder compartir con ella casi la misma casa y de poder disfrutar de unas horas de observación desde aquí, desde la comodidad y distancia de la azotea de enfrente.

Resumen

Condición: relato basado en una temática “voyeur”.

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Gatos en la bañera

A las dos semanas de la misteriosa desaparición de su gato, Arnau Despuig había de sorprenderse al descubrir una criaturita felina de idéntico aspecto, pero de trémula imagen y desenfocada apariencia, en el plato de la ducha. Arnau era uno de esos individuos que, encerrado por el hormigón de su vida solitaria, fruto de los vacíos vínculos sociales modernos, había levantado frágiles escaleras de bambú hacia el desaburrimiento en compañía de su gato llamado, poco originalmente, Gato. Que Gato ocupara buena parte de la esfera vital de Arnau no se debía tanto a sus cualidades innegables como experimentador de posturas para el sueño ni a su fantástica habilidad para pisar teclas del teclado de la computadora y, como algunas veces había sucedido, llegar a formar frases con cierta coherencia. No, lo que convertía la relación con Gato en un esencial vínculo mutualista era sin duda la capacidad del felino por, a ojos de Arnau, absorber todo tipo de características humanas y elevarlas a la categoría de fraternales. En la mirada y sonrisa de Gato, Arnau intuía un buenos días, Arnau, qué tal ha ido la jornada, has visto qué tiempo se ha puesto y yo aquí con estos pelos.

La inesperada desaparición de Gato sumió a Arnau en el más oscuro agujero de su soledad y, sin duda por eso, la repentina y extraña aparición aquel día en su plato de la ducha de una réplica exacta de Gato pasada por el filtro de lo borroso y tembloroso había de despertar en Arnau un combinado sentimiento de alegría y temor. La peculiar versión de Gato actuaba como si realmente fuera el que siempre había sido, pero con nuevas extrañas costumbres. Que Gato redujera su hábitat al plato de la ducha, que no comiera, que le diera por desenfocarse o, todavía peor, por convertir su habitual suave textura de gato a simple electrostática, hizo sospechar a Arnau de que ante sí tenía la proyección obituaria en el plano vital de su felino. Pese a todo ello, Arnau siguió depositando un platito de leche y un platito de comida para gato junto a la pastilla de jabón, por si al fantasma le entraba hambre. Al fin y al cabo, ese fantasma de Gato era Gato, y a un amigo no se le abandona ni se le desprecia por ser fantasma, ectoplasma o tener un día borroso.

Pocos días después de la aparición, otro extraño suceso había de sorprender a Arnau. Una nueva réplica espectral apareció y se instaló en la cuerda de tender la ropa. El funambulista felino de nebulosa representación adoptó similares costumbres a las de Gato Del Plato De La Ducha y, dadas las circunstancias, Arnau dispuso también de un platito de leche y comida para gato cerca del cajón de las pinzas. Que puestos a tener fantasmas, mejor dos que uno, pensó. En cuestión de días, la sorpresa de Arnau fue derivando a alegre aceptación a medida que la aparición de más formas difusas felinas, proyectadas del más allá al más aquí, aparecían en diferentes lugares del apartamento. Que si un Gato en la despensa, que si un Gato encima del televisor, que si un Gato centrifugándose constantemente en el tambor de la lavadora. Poco a poco, el apartamento fue llenándose de Gatos borrosos de imagen tremulosa, así como de platitos de leche y comida para gatos que Arnau disponía alegremente en vísperas de una hipotética entrada en hambre de sus felinos fantasmalmente clónicos. Con la aparición del sexto Gato, el que constantemente resbalaba agarrado de las uñas por la pared de la salita al grito de miau, Arnau, aunque feliz por tanta felina compañía, empezó a plantearse el porqué de tanto Gato venido del limbo. Si bien Arnau nunca fue un especialista en asuntos parapsicológicos, algo le inducía a pensar que debía haber una relación lineal entre el número de muertos y su aparición en fantasmas. A no ser que Gato le hubiera dado por morirse repetidas veces. Dado el carácter caprichoso de Gato, Arnau concluyó que efectivamente, al gato le había dado por morirse unas cuantas veces. Esa deducción implicaba la opción de que Gato Original, por así llamarlo, todavía pudiese estar vivo en alguna de las vidas que le quedaban.

Cuando Arnau llamó a su madre para preguntarle cuántas vidas podía tener un gato, ésta concluyó: “siete, hijo, siete. ¿Cuántas más van a tener?”. Mierda, pensó Arnau. Si a Gato le daba por morirse otra vez más, perdería para siempre la posibilidad de tener a su gato vivo. Necesitaba pensar. Sentado al lado del televisor y acariciando la electrostática textura del espectro de una de las vidas de Gato, Arnau obtuvo la respuesta a su problema: podía trazar un mapa a través de las peculiaridades de sus Gatos muertos fantasmas. Ducha, hilos de tender la ropa, despensa, televisor, centrífuga y caída constante por la pared. O dicho de otra forma: Gato se había matado saltando y ahogándose en la piscina de la vecina miope, ahorcado con el tendedor, muerto de hambre encerrado en una despensa, electrocutado, quizá, por un televisor, confundido con un pulóver y, finalmente, arrojado por algún balcón. “Todo apunta a que Gato está en casa de la vecina miope”, pensó.

Muchos años más tarde, tumbado en la cama de un excesivamente blanco hospital y abriendo las puertas al camino de su defunción, Arnau había de recordar los fantásticos hechos que le catapultaron de su soledad a la inmensa compañía de su gran amigo Gato, sus seis alegres fantasmas y su amada vecina miope.

Sala de partos

“Gatos en la bañera” es el relato que presenté para una de las ediciones del Concurso Bimestral de Relatos del foro de literatura de la web Meristation. En aquella edición del concurso, la temática o condición argumental debía ser la siguiente: “el relato debe contener fantasmas”. Como no sabía muy bien qué escribir sobre ese tema, decidí hacer un poco lo que había venido haciendo un poco toda mi vida: fingir. Fingir, en este caso, que escribía sobre fantasmas, cuando en realidad, lo que hacía era escribir sobre, primero, gatos, y segundo, sobre la superación de la cotidianidad y monotonía a partir de ciertos toques fantásticos. Porque los gatos me gustan. Y porque superar la cotidianidad y la monotonía es una de mis luchas habituales, aunque en mi día a día no disponga de el elemento fantástico y deba, como he dicho antes, fingir que sí está.

Arnau, el personaje humano principal, es algo así como mi proyección. Un tipo que huye de lo gris, de lo urbano, del homigón, sin saber cómo hacerlo muy bien. Un tipo que, en lugar de tomar grandes decisiones que lo alejen de sus miserias, se enfrenta a ellas redibujando su realidad a base de pequeñas pinceladas de algo así como poesía. Arnau, pues, sobrevive a lo terrible con un gato y una imaginación. Vaya, a quién se parecerá. Y como para sobrevivir hay que tirar de gato e imaginación, en el texto, Arnau acaba, pese a todo, con gato y final feliz. ¿Naíf? Sí, por supuesto; pero necesario.

El estilo del texto, de hecho, busca imitar eso mismo: hablar de lo cotidiano, pero usando formas estilísticas intentando ser creativas, ya sea usando palabras inexistentes o forzando la prosa para decorarla de fantasía, como haría Arnau o el autor con su cotidianidad. Si está conseguido o no es algo que no lo sé. Pero yo fingiré que sí.

Nombre del autor

Marcel Font C.

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Mauricio entre cazadores.

¡Viejo loco barbudo! ¡Maldito hijo del cemento, urbanita infatigable y teórico de la cerveza! Tú, que como una arrugada cima te ocultabas entre la niebla de tus gauloises; borracho de las nueve post meridiem; recitante de pies en mesa, grito alto a la parroquia y “digo, exclamo, proclamo”! Tú, Mauricio, te has ido.

Y así, dejas vacía la siempre llena tasca del casco gótico de la ciudad: último reducto de Thelonious Monks, Gillespies, Silvers y Burroughs. Sí, ese sótano donde días antes todavía afirmabas que el anarquismo es el pasado, que ya ha existido -¡ha vivido!- para desaparecer en la historia, último reducto de lo ideal. Y nuestros amigos parroquianos, esos sindicalistas desfasados, poetas de la política, que afirman aquello de “para la realidad, pero sin ella” te criticaban, asegurando que el futuro era el fin del trayecto.

Tú, Mauricio, que nunca pisaste la hierba ni sentiste el techo de mil hojas de encina, que nunca abandonaste las colmenas de cuatro líneas, que tu vida fuera de las tasca eran letras, palabras, parágrafos y panfletos de la A en la O… Tú, te has ido.

Sabías lo que decías aunque fueras un loco peligroso. Escribiste una vez que la realidad es vivida indirectamente por el lenguaje, traductor imperfecto de lo percibido. Que para vivir hay que huir de lo simbólico y que, por ese motivo, la libertad auténtica se encontraba antes -en el tiempo- de la palabra. Contradicción viviente, también escribiste que nuestros cerebros son máquinas peligrosamente poderosas de engranajes lingüísticos. Incluso escribiste: “si el cerebro lo hace todo con la lengua, con la lengua lo haré todo. Si el tiempo es mi memoria, mi palabra será el tiempo”.

Recuerdo cierta borrachera en la que nuestros cuerpos se pegaban en la madera desgastada de las mesas de nuestra tasca y en la que me confesabas entre sorbos tu intención de viajar al momento en que todavía no existía un diccionario para explicarlo todo. Yo me reía pues tu culo no conocía las fronteras de la urbe y sin tus libros eras más inútil que aquellos a los que criticabas. El pasado, aunque ideal en tus sueños, debía ser fatal para tus costumbres.

Y llegó el día en que te fuiste.

Subiste encima de la mesa como acostumbrabas, tumbaste diez botellas de cerveza con tu torpeza de ratón de librerías, reclamaste el silencio entre la turba pretendida contracultural, y proclamaste: “El tiempo es la memoria, la memoria es el lenguaje y yo, gran aborrecedor de la palabra que tanto amo, hablaré-con-palabras para hacer de la memoria un camino en el tiempo. Es hora de viajar a mi anarquismo antropológico, dejar este mundo que me lo ha dado todo para odiarlo, pese al alcohol, el cool jazz y esos jodidos beatniks que seguimos recitando. Formaré-palabras-para-cambiar-la-memoria, introspección pura y explosiva, y en esa Memoria, desapareceré en el tiempo. Es tiempo de dejar el futuro, el presente incluso, y volver a la realidad, lejana ya, del vrais anarquismo. Adiós camaradas, dejaré Altamira como un símbolo de mi viaje.” Y entre risotadas etílicas de nuestros feligreses, te esfumaste como la inversa de una llama de mechero que se enciende. Moriste en el pasado lejano y en esa mesa sólo quedó la silueta todavía definida de nuestras retinas.

¡Jodido loco! ¡Cumpliste tu palabra -o memoria, o tiempo-! Días más tarde conseguí entender tu locura, tu juego de prestidigitación. Te habías ido de verdad y yo ahora escribía a un gran amigo muerto hace siglos, en su pasado ideal. Desearía saber cómo lograste todo eso, cómo hiciste de tus palabras un viaje en el tiempo y poder así, quizá, visitarte en tu nuevo hogar de piedra. Supongo que lo que me falta es tu locura, tu poder, tu lenguaje y tus deseos de acabar con todos ellos. Supongo que, al fin y al cabo, yo sí soy el urbanita.

Mauricio, te has ido, pero has dejado palabras-que-forman-recuerdos y una hiperrealidad inolvidable, pese a serlo. También has dejado el recuerdo que prometiste en tu último discurso de borracho: entre bisontes ocres, ciervos castaños y caballos salvajes, en esa apartada cueva del norte de la península, aparece un círculo, una A y dos cojones bien puestos.

Resumen

Condición: relato con viajes en el tiempo.

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Rickard y Daimiel

La víctima era una mujer de unos treinta años y yacía en el suelo en posición fetal. Alrededor de ella había una mancha oscura en el suelo que emanaba pequeñas partículas oscuras. El inspector Rickard asintió para sí mismo y se agachó junto a ella. Le desabrochó los botones de la blusa y la abrió, revelando sus pechos y el torso. En el esternón presentaba una hendidura parecida a una herida pero, a diferencia de una ordinaria, era negra como la ceniza. Posó su mano sobre ella y cerró los ojos, tratando de contactar con Daimiel.

Al cabo de un rato, de la oscuridad apareció un hombre con una melena hasta el cuello y unos ojos de un azul cristalino, reluciendo como si tuvieran luz propia. Tras acercarse a él, se agachó y colocó su mano en el mismo punto.

—¿Una nueva víctima? —preguntó el hombre de la melena.

Rickard asintió.

—Herida en el tórax, perforada por el mismo artefacto arcano que las otras dos.

—Lo que significa que es obra de nuestro amigo.

—Así es, Daimiel —contestó el inspector—. ¿Lograste sacar algo de las otras víctimas?

El aludido negó con la cabeza.

—Nada relevante, parece como si después de la transición se olvidaran de cómo murieron. Este asesino me es muy familiar, Rick.

—¿Has visto a alguien que actuara así?

—Un espíritu muy antiguo, tendría unos dos mil años de edad.

—Casi ayer mismo —dijo Rickard de forma irónica—. ¿Y qué pasó al final?

—Tras mucho esfuerzo logré atraparlo y enviarlo al Vacío.

—¿Crees que ese espíritu tiene algo que ver?

—No estoy seguro. Pero tampoco importa, tarde o temprano detendremos a este hijo de puta —Daimiel se levantó y su compañero lo imitó—. Por ahora me centraré en la mujer y miraré a ver si puede darnos una pista.

—Me parece bien —convino el inspector—. Yo investigaré a ver si hay alguna conexión entre las víctimas.

—De acuerdo —el espíritu sonrió—. Mañana contactaré contigo a la hora de siempre.

Rickard le levantó el pulgar y su compañero se difuminó entre la oscuridad.

En el mundo astral, a diferencia del físico, todo era como si estuviera hecho por luz. Los objetos tenían un resplandor dorado y eran semitransparentes. Una figura femenina, irradiada por un brillo blanquecino, estaba sentada sobre un sofá “astral”, sollozando y con las manos tapándole la cara. Daimiel se acercó a ella y se sentó a su lado, dándole unas palmaditas en la espalda.

—Tranquila, ya pasó todo —le dijo en un tono tranquilo.

La joven alzó su vista y lo miró, con sus ojos derramando lágrimas.

—¿Quién eres?

—Soy un amigo —contestó el hombre.

Sacudió su bolsillo izquierdo y de él sacó un paquete de tabaco. Lo abrió y tomó un pitillo para ponerlo entre sus labios.

—¿Quieres? —le dijo a la vez que le ofrecía uno. Ella negó con la cabeza y él se encogió de hombros. Acto seguido se sirvió de un mechero para prender el cigarro.

—¿Para qué has venido? —preguntó ella.

El hombre guardó la cajetilla en su bolsillo y luego se volvió hacia la chica.

—Antes de nada tengo que decirte una verdad que te incomodará. ¿Estás preparada?

—No estoy segura… —dijo ella mientras se agarraba el brazo.

Daimiel dio un leve suspiro y la miró con una cara de pesadumbre, pues era una noticia difícil de contar y temía que ella se la tomara a mal. Sin embargo, cuanto antes lo hiciera, antes la liberaría a ella de estar anclada en ese plano astral.

—Lamento decirte que estás muerta —dijo.

La chica dio un grito y se tapó la boca.

—¿Muerta? ¿Cómo…?

—Alguien te asesinó —contestó Daimiel—. Necesito saber quién lo hizo.

Ella todavía estaba en shock. Era normal, la mayor parte de espíritus que descubrían que estaban muertos se quedaban enmudecidos, negándose a creer que habían pasado a mejor vida… o al menos a una no tan mala.

—No… no sé…

—Necesito tu ayuda —insistió él—. Cualquier cosa que recuerdes, por más mínima que sea, me será útil.

Ella vaciló, en silencio pensativo mientras frotaba su mano en su mentón.

—No recuerdo nada…

—Una lástima pues —dijo Daimiel a la vez que se levantaba. Luego se volvió hacia la chica y señaló hacia el zenit—. ¿Ves esa luz de ahí arriba? Debes ir ahí para abandonar este lugar.

Tras esas palabras, dio un largo suspiro y se marchó por la puerta, esperando que Rickard tuviera más suerte.

Se pasó toda la noche escrutando un mapa que estaba pegado al corcho de la pared, con tres fotos pinchadas sobre diversas ubicaciones de la ciudad. Todas las víctimas tenían características similares: eran mujer rubias, nacidas el mismo día y, curiosamente, con años de nacimiento correlativos. Miró el reloj y vio que faltaban un par de minutos para la medianoche: hora de contactar con Daimiel.
Se levantó de su asiento y se dirigió al cuarto de baño, donde el espejo reflejaba su cabello oscuro y su barba poblada; ya se afeitaría después, cuando hubiera solucionado el caso. Posó su mano sobre el espejo y cerró los ojos. En el interior de su mente dijo: «Daimiel, estoy aquí, manifiéstate ante mí».
El espíritu no tardó en acudir a su llamada. Su aspecto no había cambiado ni un ápice, como bien era normal en un espectro.

—¡Aquí me tienes! —dijo Daimiel mientras alzaba sus brazos.

—¿Lograste alguna pista?

Su compañero negó con la cabeza.

—Yo he tenido más suerte —dijo Rickard—. Hay un nexo entre las víctimas.

—Interesante —dijo Daimiel—. ¿Y cuál es?

—Todas son rubias, nacidas el seis de junio, en años consecutivos empezando por el año mil novecientos noventa.

Daimiel se estremeció, como si hubiera advertido algo turbador.

—No puede ser… —musitó para sí mismo.

—¿Qué ocurre, Dai?

—Es el mismo modus operandi del asesino que atrapé hace un siglo pero… ¡Es imposible! ¡Nadie ha escapado del Vacío!

—A lo mejor alguien pretenda desconcertarte, o bien lo imite, como si fuera algún tipo de aprendiz.

—Voy a tener que descender al bajo astral y comprobarlo por mí mismo, lo cual me disgusta.

—¿Y yo qué hago?

—Estate ojo al parche. Si no volviera mañana a la misma hora, contacta con Sebastian.

—¿Sebastian? ¿De verdad quieres que lo visite?

—¡Vamos, no te quejes! Será un poco gruñón, pero tampoco es para tanto.

—¡La última vez me pidió que le fuera a comprar el pan! —protestó Rickard.

Daimiel se encogió de hombros.

—Pues la próxima vez aprovechas y te compras otro para ti —le dijo guiñándole el ojo—. En fin, te dejo tranquilo, que tengo trabajo por hacer.

Y la oscuridad se desvaneció.

El bajo astral era una dimensión muy densa, la oscuridad envolvía la zona y los objetos, a diferencia del tercer nivel, resplandecían de un color violeta oscuro. En ese lugar habitaban los seres más despreciables e inferiores del mundo espiritual, desde asesinos despiadados hasta demonios poderosos. Cuando Daimiel era joven creció en ese lugar, aprovechándose de los más débiles o de los vivos si podía.

El bar de Xelial era un lugar donde acudía la mayoría de malhechores del más allá, donde bebían, se divertían y cometían fechorías. Era el momento de mostrar su verdadero aspecto y entrar en ese antro. Se agarró los brazos y empezó a transformarse, tornando su piel de un color gris oscuro y sus ojos de un color rojo reluciente. De su espalda emergieron dos alas esqueléticas, sin plumas en ellas.

Hacía tiempo que no tomaba esa forma, pero era la única manera que se le ocurría para cazar al asesino.

Al entrar, sus “oídos” se estremecieron al escuchar la música estridente. Escrutó el bar en busca de una persona. Pese a estar a rebosar, lo vio sentado en un rincón. Tras bajar por las escaleras y sortear a los diversos consumidores, por fin se sentó ante él. Tenía un aspecto horrible, de piel descolorida, unas ojeras grandes y sin un pelo asomándose por su cabeza.

—¿Puedo sentarme? —preguntó mientras agarraba una silla por el respaldo.

El ser levantó su vista.

—¡Dichosos mis ojos! ¡Daimiel en persona! ¡Cuánto tiempo, chico!

—Demasiado tiempo, amigo mío—dijo él, sonriendo.

—¿Has decidido volver a instalarte aquí?

Daimiel negó con la cabeza.

—Estoy de paso, todavía tengo obligaciones pendientes de atender. Y hablando de ellas…

—Buscas información, ¿verdad? —preguntó el hombrecito.

Daimiel asintió.

—Busco a Gharus.

—¿Gharus? ¡Sabes perfectamente que lo enviaste al Vacío.

—Sospecho que él puede estar implicado en unos crímenes en el mundo de los vivos —dijo él— ¿Tienes algo de lo que pueda servirme?

—Puede, aunque no te costará barato: veinte huesos.

—¿Veinte huesos? ¡Serás granuja! —se quejó Daimiel mientras rebuscaba entre sus bolsillos. En cuanto los encontró, los arrojó sobre la mesa —¡Toma! ¡Que te aprovechen!

El confidente carraspeó su “garganta” y se acercó a él.

—Dicen —musitó el hombre— que se escapó y fue ayudado por… alguien.

—¿Cómo es posible? Nadie puede salir de ahí a menos que… no, no puede ser.

—Su guarida está en el puerto, allí lo encontrarás.

Súbitamente se levantó de la silla, dejándola caer al suelo, y se marchó corriendo del local, abriéndose paso a empujones.

El agua no era como la del mundo normal, sino que era viscosa y negruzca, como si estuviera pútrida. Por fortuna estaba acostumbrado a ese olor desagradable que desprendía. Se plantó en medio de la calle y, a grito pelado, dijo:

—¡Gharus, sal de tu maldito escondite! ¡Sé que estás aquí!

De las sombras apareció un ser demoníaco, con dos cuernos tan grandes como sus húmeros y con unos ojos que desprendían fuego.

—¡Daimiel! Cuanto tiempo… —dijo el ser con un tono de voz grave e imponente.

—Déjate de estupideces —le contestó Daimiel en tono desagradable—. ¿Qué haces aquí?

—Oh, es que en el Vacío hace mucho frío, ¿sabes? —dijo el demonio—. Así que decidí salir un poco donde la temperatura es más… agradable.

—¿Cómo escapaste?

—Es una larga historia….

—¡Le liberé yo! —dijo una voz que retumbó del cielo.

De repente, un ser luminoso bajó del firmamento, emanando un resplandor cegador. Llevaba un traje de un blanco impoluto y tenía un par de alas plumadas.

—¿Raguel? ¿Qué haces aquí…?

El ángel descendió hasta levitar a pocos centímetros sobre el suelo.

—Vaya, vaya, así que tú eres el famoso Daimiel… Gharus me mantuvo informado sobre ello.

—¿Por qué? ¿Por qué has sacado a Gharus del Vacío?

—Me pareció curioso que un demonio como tú al final decidiera convertirse en agente de la ley —dijo con una voz tranquila pero poderosa—. ¿Qué te hizo actuar de esa manera?

—En el pasado hice demasiadas cosas de las que me avergüenzo —contestó cabizbajo.

—¿Y crees que para redimirte debes apropiarte de mi trabajo?

—¡No me apropio, lo complemento!

—Es loable, pero fútil. Un demonio jamás puede sustituir a un enviado de Dios para aplicar la ley.

—¡Aunque así fuera, no hay ningún motivo para liberar a ese asesino!

—Obsérvate —contestó Raguel señalándolo—. Tus intenciones pueden ser buenas, pero actúas con soberbia. No pretendas llevar a cabo tareas que no te corresponden.

—¡Hago lo que puedo para hacer justicia! —protestó Daimiel entre dientes.

—¿Justicia? ¡Yo soy la Justicia! —dijo el ángel—. Y, dado que te has apropiado de ella, me veo obligado a castigarte.

—¿Castigarme? ¿Después de todo mi trabajo?

Gharus sonrió.

—No creas que aplicando tu ley serás redimido de tus pecados —dijo el arcángel.

—¡No lo pretendo! ¡Sólo quiero compensar los daños causados!

—No te preocupes… tendrás tiempo de pensar en ellos en El Vacío.

—¡NO!

El ángel alzó su vara y, tras golpearla contra el suelo, envió a Daimiel al Vacío.

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Un trueno durante la noche sobresaltó a Kagadin, haciéndole caer de la cama. En cuanto recuperó el sentido maldijo y se puso de rodillas, observando con estupor que esa no era su cama en Mierdalar. Entonces recordó que se había vuelto un muchacho del retrete del repugnante brillante señor Sadeas. Un hedor asqueroso se infiltró en lo más profundo de los conductos de su nariz, casi tocando el cerebro.

«Habrá sido otro pedo de Moash —pensó mientras se pinzaba la nariz y sacudía el aire con su mano—, menudo gustazo se ha dado el cabrón».

Los cocidos de Roca solían producirle esas flatulencias, debía decirle a la próxima que no le diera su ración. Tras dar un suspiro volvió a la cama y se puso bocabajo con su cabeza apretada contra el cojín. Con un poco de suerte no notaría esa peste…

—¡Arriba mierdecillas! —gritó Gas mientras daba palmadas con las manos.

Kagadin se frotó los ojos para deshacerse de las legañas. Después de cinco minutos de yacer en la cama, se levantó y se dirigió hacia el barreño de agua del medio y se lavó la cara. Siguiente paso: descomer la cena de la noche anterior. El muchacho del retrete se fue hacia la única letrina que había en el barracón, a la vez que saludaba a sus compañeros por el camino. Una punzada de terror se le clavó cuando vio que Teft era el último de la cola de entrada. El muy tormentoso se podía tirar sus buenos tres cuartos de hora encerrado en el baño. De alguna forma u otra Kagadin debía desembarazarse de él, o de lo contario no podría cagar hasta la hora del almuerzo. Se forma tranquila, se acercó al hombre y le saludó.

—¡Teft! ¿Cómo estás?

El hombre se volvió y una sonrisa se dibujó entre su barba blanquecina.

—¡Hola muchacho! Aquí haciendo cola para ir al baño, supongo que como todos —dijo entre risitas.

Kagadin lo escrutó con determinación, buscando alguna excusa para sacarlo de ahí. Entonces advirtió de que no llevaba su gema de la suerte en la mano. Le dio unos golpecitos en el hombro y en cuanto se giró, le dijo:

—Hoy no llevas tu gema de la suerte.

—¡Estará bien! No creo que pase nada mientras esté haciendo mis necesidades.

—¿Y si la tormentosa caca no quiere salir? —preguntó Kagadin, adoptando una mueca seria.

—¡Eso no me preocupa! —replicó Teft—. Siempre acaba saliendo, aunque tenga que estar unos minutillos más.

La táctica no estaba funcionando. Era hora de pasar al plan B.

—Por cierto Teft —dijo Kagadin—, he oído a Gas decir algo sobre un chip de esmeralda que ha encontrado debajo de un colchón.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par.

—¡¿Eso ha dicho?!

—Sí, estos oídos lo han escuchado todo —dijo Kagadin mientras se señalaba las orejas.

—¡Por el hedor de Kelek! ¿Puedes guardarme el sitio?

—¡Claro! ¡Para eso estamos! —contestó Kagadin con una sonrisa.

—¡Gracias! —y así, Teft se marchó corriendo de la cola.

No pasaron más de cinco minutos cuando pudo acceder al interior de la letrina. Hacía bastante peste, pero cosas peores había olido cuando era ayudante de proctólogo junto a su padre en Mierdalar. Se sentó, cerró los ojos y empezó a apretar. Apretó más, y más, y más… y, tras un sonoro cuesco que hizo temblar las paredes, un buen tordo descendió de sus entrañas. Tomó el papel que se había estado guardando para la ocasión y se limpió el culo.

Al abrir la puerta se encontró a Roca esperando frente a ella. Al advertir que el comecuernos no portaba ningún papel, Kagadin se lo ofreció.

—Roca, ¿quieres un poco de papel? —preguntó.

—¡Ja! ¡Yo no necesito de eso! Yo cago duro, ¿sabes? —contestó Roca, señalándose hacia sí mismo con el pulgar—. De ahí viene mi nombre. Llanero tarado…

Kagadin se encogió de hombros y siguió su camino.

Con el tiempo, los muchachos del retrete formaron en frente de las letrinas del pelotón de Sadeas. Gas estaba frente a ellas, empuñando una escobilla del váter y dando paseos de un lugar a otro.

—Bien apestosos muchachos, hoy toca otra vez limpiar los retretes. ¡Quiero que hoy los dejéis tan limpios que hasta el mismísimo brillante señor Sadeas cagaría allí!

Los demás saludaron y se pusieron manos a la obra. Kagadin se arremangó y, armado con un mocho, se puso a pasarla por el suelo. Poco después, Lopen se acercó a él, cosa que le irritó, porque el muy tormentoso le había pisado lo fregado.

—Eh, gancho. Necesito tu ayuda.

—¿Qué necesitas, Lopen? —peguntó Kagadin.

—Verás, es que uno no puede arremangarse siendo manco —contestó—. Se lo diría a uno de mis primos, pero es que hoy tienen el día libre.

Kagadin suspiró y dejó reposar la fregona en una de las esquinas de la pared. Tomó la manga del herdaziano y empezó a tirar hacia arriba.

—Lopen, ahora que lo pienso… ¿cómo te lo haces para limpiarte el culo después de cagarte?

El herdaziano soltó una risita al escuchar la pregunta.

—Yo siempre tengo recursos —dijo mientras guiñaba el ojo.

—Espero que no seas como Roca y dejes ahí todo el regalo.

—¡Que va! ¿Para qué crees que estamos los primos? —contestó—. Pues hasta para limpiarse el culo.

La cuarta campanada sonó: ya era la hora del almuerzo. ¡Y vino acompañada por un retortijón! ¿Qué demonios le había puesto Roca en el cocido del día anterior? Sea como fuere, Kagadin se fue pitando hacia la letrina. Maldijo en cuanto llegó y vio la puerta cerrada a cal y canto.

—¡Eh! ¡Abre la puerta! ¡Necesito cagar! —dijo mientras la golpeaba con los puños.

—¡Qué las tormentas se te lleven! —dijo la voz de Teft en su interior—. ¡Ahora cago yo, que esta mañana no he podido!

Desesperado, Kagadin salió al exterior en busca de algún sitio donde defecar. Por un momento pensó en hacerlo en el abismo, pero el viento era frío y se le congelaría el pompis. Escrutó el bosque cercano, donde estaban los aserraderos que fabricaban palos para las fregonas. Y escondido entre la vegetación se encontraba el caldero de Roca. Con disimulo miró hacia un lado y hacia al otro. Nadie a la vista, así que sin más demora se sentó sobre el recipiente y depositó la receta en el interior.

«Espero que esta noche nadie se dé cuenta del ingrediente especial —pensó mientras salía de un salto.»

Quinta campanada, turno de tarde.

Ya aliviado, volvió a los retretes. Esa vez le tocaba el servicio de limpieza de interiores, o lo que sería lo mismo, quitar la mierda de las letrinas. Se armó con una pala y un cubo, y se puso a limpiar.

Se estremeció en cuanto vio a un mojón volar como si fuera una anguila aérea, dando vueltas alrededor de su cabeza. En cuanto se posó sobre su antebrazo, le dio tal manotazo que lo pegó a la pared. Su nariz se arrugó en cuanto vio que su mano quedó impregnada de caca.

—¡Ay! ¡Eso hizo daño!

El hombre, desconcertado, agitó la cabeza hacia todos los lados, buscando el origen de esa voz.

—¿Quién ha hablado? —preguntó con un tono irritado.

—Soy yo —dijo el mojón, levitando como si fuera una hoja arrastrada por el viento.

Kagadin acercó su cabeza hacia él, y advirtió que tenía una forma similar al de una mujer joven.

—¿Qué eres? —preguntó.

—Me llamo Caqui, y soy una mierdaspren.

—¿Mierdaspren? —preguntó Kagadin.

—Sí, una mierdaspren. Me gusta volar por los retretes, ensuciando las paredes y también…

—¡Basta! —interrumpió el hombre—. No sigas por ahí, ya sé lo que eres. ¿Qué haces aquí?

—Te he estado siguiendo desde que te vi limpiar tan bien las letrinas —dijo ella.

—¡Pues entonces aléjate de ellas, que las ensucias!

—¡Yo no las ensucio! —objetó ella, revoloteando por todas las paredes con una sonrisa y alzando sus bracitos, impregnando las paredes—. ¡Yo las decoro!

—¡Para! —gritó Kagadin como loco—. ¡Si no lo haces, Gas me va a regañar!

De repente la puerta se abrió de golpe. Kagadin se sobresaltó al ver que se trataba del sargento. Su ojo sano escrutó el lugar, y no era difícil captar su mueca de desapruebo. El hombre gruñó y sacó a Kagadin agarrándolo por la oreja.

—¿Pero qué es esto, alteza? —preguntó Gas a viva voz—. ¡Se suponía que debías dejarlo limpio, no ensuciarlo todavía más!

Kagadin agachó la cabeza.

—Verá señor, es que como dijo que tenía que ser digno del mismísimo Sadeas pues pensé…

—¡Muy gracioso! —dijo Gas mientras ponía sus manos en jarras—. ¡Pero que muy gracioso! ¿Sabes qué? ¡Hoy te quedas sin cenar!

—Como digáis, señor —dijo Kagadin a la vez que suspiraba de alivio en sus adentros.

La noche cayó, y Kagadin observaba apoyado en un árbol como sus compañeros disfrutaban comiendo de su mierda del cocido de Roca.

—¡Eh, Roca! —preguntó Hobber—. ¿Cómo te lo haces para hacer estos guisos tan buenos?

—Es verdad —dijo Sizgil—, hoy está especialmente rica.

—¡Ja! Es una antigua receta de familia —contestó el comecuernos—. No es bueno que la conozcáis los llaneros delicados como vosotros.

—Venga Roca —dijo Teft—, comparte tu tormentosa receta secreta.

—Está bien —cedió al fin—. Es mierda de chull.

—¿Mierda de chull? —preguntó Teft—. ¿El guiso lo haces con mierda de chull?

—Sí. Creeros si os digo que es lo que hace que la sopa mejore.

—Curioso —intervino Sizgil—. En Azir tomamos infusiones a partir de caca de sabuesos-hacha.

—No está mal —dijo Moash—. Pero esta sopa sabe diferente, tiene un algo que la mejora todavía más.

Kagadin dio un paso al frente y se acercó al caldero, pese a tenerlo prohibido.

—¡Ja! ¿Qué haces aquí? —preguntó Roca—. Gas te ha prohibido cenar.

—Yo conozco el ingrediente secreto —dijo.

—¿Tú? —preguntó Roca—. ¿Una receta de comecuernos, tú?

—No forma parte de vuestra receta —dijo mientras sonreía—. El ingrediente secreto es… una cagada mía.

Moash alzó su mirada hacia el muchacho del retrete.

—¿Una cagada tuya?

Kagadin asintió.

—Este mediodía intenté ir a la letrina, pero ya que estaba ocupada por Teft pues uno tuvo que evacuar donde pudo.

Los demás se miraron los unos a los otros.

—¡Te voy a…! —gritó Moash mientras se levantaba, fregona en mano.

—¡A por él! —se unió Cikatriz en el grupo.

—Pero si os gustaba la mierda de chull, yo pensé que… —dijo Kagadin mientras daba pasos hacia atrás. En cuanto vio que la cosa iba a más, se dirigió pitando hacia los barracones—. ¡Pies para que os quiero!

Roca se puso la mano en la frente, negando por vergüenza ajena. «Para la próxima vez mejor me dedico a fabricar retretes —pensó.»

Kagadin se refugió en el edificio y bloqueó la puerta con un armario cercano.

Una mierda dura como una piedra y maloliente entró por la ventana, rompiendo el cristal en mil pedazos. La puerta golpeaba frenéticamente, haciéndole estremecer. Sin saber cómo, empezó a pronunciar unas palabras:

Cagar antes que aguantar.

Esfuerzo antes que flojear.

Letrina antes que intemperie.

Entonces Kagadin inspiró el olor profundamente y, casi sin darse cuenta, vio cómo su cuerpo resplandecía como si fuera una bombilla.

Caqui, la mierdaspren que lo seguía a todas partes, se posó en su hombro.

—Enhorabuena Kagadin —le dijo—, ahora eres un Cagalero Maloliente.

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La isla de la locura

Auckland, 12 de diciembre de 1925

Querida Elisabeth:

Para cuando recibas esta carta ya estaré muerto. Lamento no haber podido despedirme como debería. A continuación te relataré los hechos que me hicieron caer en desgracia.

Todo empezó en agosto, cuando el Anne partió de Auckland. La expedición consistía en investigar una isla desconocida que descubrió la tripulación del Emma , o mejor dicho, lo que quedaba de él. Según los informes policiales, un marinero llamado Johansen llegó a Sídney en el pasado mes de abril. El hombre portaba consigo el inquietante fetiche de un ser alado cuya cabeza se parecía a la de un calamar.

El capitán Reginald estaba convencido de que allí realizaríamos un gran hallazgo que nos haría ricos a todos. Mi codicia era tan grande como mi insensatez, y por culpa de esa estúpida promesa firmé mi sentencia de muerte.

Las primeras semanas fueron tranquilas, salvo alguna que otra tormenta. Pese a la bravura de las aguas del Océano Pacífico, el timonel era capaz de amansarlas con un mero golpe de timón.

A partir de la tercera empezaron a suceder los infortunios. Henry, un grumete de tan sólo dieciséis años, enloqueció y asesinó al viejo George con un garfio. Entre unos cuantos logramos reducirlo y lo encerramos con llave en su camarote para nuestra seguridad. Los golpes y sus gritos incesantes nos hicieron pasar algunas noches en vela. El pobre se ahorcó al día siguiente.

Algunos comenzamos a sufrir pesadillas y a tener alucinaciones, sentíamos que nos observaban desde las sombras, oíamos susurros de ultratumba e ininteligibles provenientes de ninguna parte y tiritábamos de frío pese a estar en verano. Muchos de nosotros estábamos tan asustados que pedimos al capitán dar media vuelta. Como era de esperar, Reginald se negó en rotundo.

El día en el que llegamos a la isla nos envolvió una niebla tan espesa como un bosque frondoso. La embarcación impactó contra un arrecife y tuvimos que anclar cerca de la playa. No hubo que lamentar ningún daño personal por fortuna.

Tras unas horas andando, nos encontramos con una enorme estructura de piedra consumida por el musgo y los líquenes. Reginald gritó de excitación y aceleró el paso. En cuanto nos acercamos, un bloque de piedra se deslizó como si de una rueda de molino se tratara. En el interior de la hendidura sólo había oscuridad y tinieblas. Algunos de los marineros huyeron atemorizados, perdiéndose en la bruma. Los que quedamos nos adentramos en la apertura, sin saber que nuestra curiosidad sería nuestra perdición. Nada más entrar, un hedor a sangre y muerte se impregnó en nuestras fosas nasales. Nuestras botas chapoteaban a la vez que se adherían en una sustancia viscosa. Al encender nuestros candiles se revelaron unos jeroglíficos de piedra donde estaba tallado un orbe frente a varios astros alineados, como si fuera una procesión de diamantes. En el lado opuesto del grabado había la misma figura que el fetiche de Johansen: el ser con cabeza de sepia y cuerpo de dragón.

De la oscuridad aparecieron centenares de ojos observándonos, y entonces un rugido atronador restalló en nuestros oídos. Era una visión cuyo horror no se puede describir con palabras. La mano de esa criatura cayó como cometa del cielo, aplastando a varios compañeros con Reginald entre ellos. Solté el candil y corrí sin mirar atrás. Por el camino encontré varios cadáveres con señales de violencia. Los ignoré y seguí hasta subir en el barco. Sin vacilar emprendí el viaje de vuelta, escapando de esa isla infernal, abandonando a los rezagados a su suerte. No sabía si ellos habían logrado salvarse o bien perecieron allí, pero en ese momento lo único que me importaba era seguir con vida.

Desde entonces no ha habido noche en la que haya podido dormir en paz. Esa horripilante visión me perseguirá toda la vida, sin darme ni un momento de tregua. Ahora sólo me queda una manera de poner fin a esto. No llores por mí, pues si bien es una tragedia que todo acabe así, prefiero la muerte a caer más allá del límite de la cordura.

A Dios ruego que se apiade de mi alma.

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