5º Concurso bimestral. Hilo de relatos. Comentarios en el otro hilo

Sobre los votos

  1. Cada participante ha de votar obligatoriamente tres categorías (nunca a sus propios relatos). Los lectores también pueden votar. Si no votas, serás descalificado. Las tres categorías son:

6.1. Mejor relato: puntuación: variable (ver punto 7) . Que no será necesariamente el mejor redactado o el más original.

6.2. Mejor redactado: puntuación: 1 punto. No es una cuestión ortográfica o argumental, sino una cuestión de estilo, de manejo del idioma.

6.3. Mayor originalidad: Puntuación: 1 punto.

El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

  1. La variabilidad de los votos a mejor relato depende del número de relatos participantes.

7.2. De 5 a 7 relatos recibidos, se enviarán , 3, 2 ó 1 punto.

  1. Los votos se enviarán a Lyn vía MP el día de 20 de febrero a las 23:59:59 Hay que indicar claramente el título y número de quien se está votando. Evidentemente no se podrá votar a uno mismo en ninguna de las categorías.
  2. Los votos tienen que ir acompañados de comentarios a cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. Los lectores no participantes que voten están exentos de comentar.
  3. El día x se harán públicos los votos, la autoría de los relatos y la clasificación final. A partir del 21 se irán colgando los comentarios a cada relato, para que el autor pueda replicar.

Sobre las condiciones especiales

  1. El ganador de cada concurso fija unas condiciones obligatorias a cumplir para la siguiente edición. Estas condiciones se han de comunicar a Lyn vía mp antes de que empiece la nueva edición.
  2. La condición nunca puede ser dejar libertad absoluta.
  3. ¿Qué pasa si soy descalificado por no haber votado o comentado? Pues que no tienes derecho a voto ni en esta edición ni en la próxima que te presentes. A partir de las siguientes ya podrás participar con normalidad.

Últimas cosas

  1. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.
  2. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.
  3. No es obligatorio, pero sería conveniente realizar la “Sala de partos”. Esto es, los comentarios a nuestro propio relato. Se debe enviar junto a los comentarios y puntuaciones del resto de relatos.

Condición de este bimestre:

El relato debe contar una historia involucrando a dos o más protagonistas que no coincidan en el tiempo.

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ELLA

Su mano quedó impregnada de un menstruo espeso, en su contemplación sintió gran alivio: la perspectiva de un embarazo fuera del matrimonio, fuera incluso de cualquier relación que su familia pudiese considerar aceptable, habría supuesto una vida de perpetuo ostracismo. Soplaba un viento inusitadamente frío en el valle para la época, se vistió y regresó a casa.

Los años van pasando; lo noto en mis huesos, en el quebranto de mi cuerpo, en mi falta de ánimo para afrontar los problemas que nos trae el cotidiano discurrir. El ajetreo de la gran ciudad, tan ansiado en mi juventud, me resulta ahora insoportable, ajeno. Miro por la ventana y veo un hormiguero en constante ebullición, pero ¿qué parte tengo yo en él? Esta vida plenamente automática e impersonal ya no es para mí; necesito paz, silencio, reflexión…

Era detrás de la iglesia del pueblo el lugar de reunión habitual con su amante, aunque ella no lo habría llamado así. En realidad, no sabía muy bien cómo definir aquello. Ambos intercambiaban pocas palabras, alejados de miradas curiosas, a la sombra de la mole de piedra, se cogían de la mano. Y así la arrastraba sin mayores miramientos a la arboleda cercana, donde ella ni consentía ni se resistía, sino que se dejaba hacer en un silencio de jadeos apremiantes.

Las cajas ya están dispuestas, solo falta esperar a que llegue la empresa de mudanzas. Oigo unas fuertes pisadas que se acercan a la puerta. Es un muchacho joven que habla a voces a pesar de tenerme en frente. Luego entran otros dos y, entre todos, bajamos las cajas. El casero llega al mismo tiempo, evitándome más dilaciones indeseables. Le hago entrega de las llaves y pongo rumbo a mi nuevo destino. Tras más de treinta años de esfuerzo y sacrificio en esta ciudad, la abandono con poco botín y ninguna pena.

Ella venía de buena familia, tenía ya quince años, edad de merecer. Bonita y bien educada, constituía el orgullo familiar. Había estudiado en un colegio de monjas, donde no le enseñaron lo que eran los hombres, lección que ella había aprendido por sí misma. Pocos meses antes, cuando volvió al hogar, de nuevo en el valle, llamó la atención de toda la juventud. Sentía las miradas de curiosidad y hasta envidia clavadas en sus graciosas formas de mujer. Y descubrió que le gustaba. Fermín, un pelirrojo alto y delgado, era el más atrevido.

Carreteras rectas hasta donde la vista alcanza. Poco a poco me voy sumergiendo en mi nueva realidad. Tras cuatro horas de coche entro en la plaza del pueblo, que constituye casi su totalidad. Ya atardece, el sol tiñe con una luz rosada el cielo inmenso. A la puerta de la casa me espera el propio alcalde, llaves en mano y muy solícito. Me da algunas indicaciones, aunque estoy algo cansado y quizás no atiendo todo lo que debería a sus doctos consejos. Finalmente, la puerta se cierra y la casa me acoge con un silencio que yo siento como acogedor. No necesito más.

La situación en España era cada vez más inestable. Por todo el valle circulaban noticias de grupos anarquistas o comunistas que organizaban partidas y aterrorizaban a la gente de bien. Otros decían que eso eran cuentos alentados desde el otro bando, y que era de ellos de quien había que guardarse, porque cualquier día la iban a liar. Un día, al salir de misa, vio a Fermín en una esquina, con un gesto la intimaba a seguirlo. Fermín le enseñó una vieja pistola, con la que combatir al fascismo y la injusticia, según dijo. A la vista de semejante instrumento, ella se debatía entre el terror y la fascinación. Y se acercó a él.

Se suponía que a las nueve de la mañana llegaría la furgoneta de la mudanza, pero como de costumbre, se retrasan. Sin más, decido familiarizarme con la vieja casa que es ahora mía. Una desolación de pasillos desiertos y habitaciones vacías me invade. Las escaleras crujen con mi peso, me cuesta abrir las desvencijadas puertas.

La tensión siguió aumentando. La familia tenía miedo y ya no le permitía salir tan a menudo. Los encuentros se fueron espaciando. Fermín se enfurecía. Su rostro de rapaz se había encanallado en muy poco tiempo, sus facciones reflejaban una mezcla de cólera, hambre y bajos instintos. Las pobladas cejas bermejas velaban una mirada ya de por sí turbia y fanática. Gustaba de mostrarle su pistola oxidada, y en su posesión iba enumerando un rosario de nombres que tenía que matar por ser enemigos del pueblo. Con esta ansia de degollina la agarraba del cuello y a empellones se introducían en la arboleda. Mientras la montaba, sentía el metal helado sobre la piel y Fermín le susurraba al oído más nombres.

La plaza la forman varias casas señoriales, una de las cuales es ahora mi hogar, el edificio del ayuntamiento, de reminiscencias románicas y aspecto macizo y, por último, pero no por ello menos importante, dos pequeños negocios, uno al lado del otro. Un pequeño colmado que tiene un poco de todo y un mucho de nada; en un vistazo rápido concluyo que es aquel el lugar de reunión de las mujeres del pueblo, de edad avanzada en su gran mayoría, mientras que el bar, a su lado, lo es del sector masculino.

Nada más entrar en casa encontró a toda su familia con el oído pegado a la radio. Una voz chillona anunciaba la defección de parte del ejército, que ahora se alzaban en armas contra la República y amenazaban a la Península desde África. Todos reventaban de miedo, atrancaron puertas y ventanas, vigilaban la calle, rondaban por los pasillos con las escopetas de caza al hombre y semblante serio. A ella la mandaron a su habitación, más aliviada por su regla que preocupada por el alzamiento, al que no confería demasiada importancia. Esa misma noche hubo un tiroteo.

Pido un café y tostada para desayunar. Los parroquianos me miran remolones mientras como, hasta que uno por fin rompe el hielo y me pregunta a bocajarro si he comprado “el caserío de los Mielgo”, a lo que tengo que responder que sí entre bocado y bocado.

La gente salía de casa para lo imprescindible. Los pocos negocios se convirtieron en los centros de información: una partida de anarquistas o cosa parecida se habían liado a tiros y habían tiroteado al cura, don Julián. Su cuerpo había sido arrastrado fuera de su casa y profanado vilmente. La partida, acto seguido, se había echado al monte aullando como lobos a la luna llena. La Guardia Civil había tomado el pueblo y sus accesos, y se disponía a rastrear la orografía circundante. Fermín, una pelirrojo desgarbado, con cara de loco e hijo de mala madre se consideraba el líder e instigador del crimen.

―¡Pobre familia, lo que tuvo que padecer!
―Pues como todas en aquella época, hombre…
―Como todas no, que aquello fue por demás. Todavía se me pone la piel de gallino cuando me acuerdo.
―Es que de esas cosas no hay que acordarse. Hay que vivir el presente.

Cuando todas estas novedades llegaron a la casa fue como si hubiese caído una bomba. Era ella, sin embargo, la más afectada por la noticia. Fermín, a quien incluso ahora seguía sin saber definir qué clase de relación lo unía, quien le había descubierto qué eran los hombres, qué eran las mujeres y para qué servía cada cual, ese Fermín que la había hecho suya y se lo había hecho jurar mientras la estrangulaba en la espesura, en pleno éxtasis… Mas ese Fermín colérico también, sediento de sangre, que por fin había cumplido sus amenazas, aunque solo fuese en una mínima parte, y ahora estaba padeciendo por aquellas sierras.

No me resulta una conversación demasiado tranquilizadora sobre los antiguos dueños de la casa que ahora poseo. Pago y me voy antes de que me atrape ese torbellino de recuerdos turbios.

Pasaron las semanas. La guerra ya no era una noticia de la radio, había llegado al pueblo, como a todas partes. Los dirigentes militares se habían unido al alzamiento, en consecuencia, toda la región era ahora zona nacional. El ejército llegó un día y se llevó a toda la juventud del pueblo para engrosar sus filas, así como las cabezas de ganado para alimentarlo. De paso, fusilaron a unos cuantos rojos declarados, algunos de ellos parientes de los muchachos de la partida anarquista que, según se decía, había abandonado el valle para unirse con alguna columna republicana.

Tras unos días agotadores me puedo considerar plenamente instalado. Todas las conversaciones con los vecinos están salpicadas, invariablemente, de veladas alusiones a sus dueños anteriores, lo cual me cansa; quiero crear mi propia historia, no seguir la sombra de una anterior. Voy pensando en esto cuando me encuentro al alcalde paseando hacia la iglesia. Le cuento la situación, me dedica una mueca burlona. ¿Y qué esperaba? Fue muy gordo aquello, asegura. Cuéntamelo todo.

El pueblo quedó herido de muerte, una quietud funeral se adueñó de él, solo perturbada por el horrísono estruendo de los obuses en la lejanía, que reverberaba entre las montañas. Se cernían el hambre y el frío sobre la familia. Ella rumiaba sus penas en la soledad de su habitación, donde pasaba la mayor parte del tiempo, puesto que la angustia de su familia intensificaba la suya propia. Estaba ya casi totalmente oscuro cuando oyó que algo chocaba contra la ventana. Esto volvió a repetirse y ella abrió el postigo, recelosa. Sacó lentamente el cuerpo para mirar hacia abajo, entre la penumbra se distinguía a duras penas una figura humana. Reconoció su voz en el acto.

Y entonces fue cuando se la llevó ese canalla. Por supuesto esto lo sabemos hoy, pero en aquel entonces, según me contaba mi padre, fue como si se la hubiera tragado la tierra. Imagínese la angustia de esa familia. Los abuelos, los padres de don Marcial, murieron poco después de aquello y estos aún fueron afortunados. A finales del 38 un militar llamó a la puerta de la que ahora es su casa y se llevaron a don Marcial Mielgo a la capitanía de León. Allí se encontró a su hija encerrada, con una buena panza, desgreñada, ensangrentada y fuera de sí, chillando como una fiera.

A don Marcial se le cayó el alma a los pies, ni que decir tiene, que ya la daba por muerta. Luego lo llevaron ante un coronel. El pobre don Marcial le preguntó cuándo la soltarían. El coronel poco menos que le soltó una carcajada en la cara. Ya que veo que desconoce usted por completo lo ha hecho su hijita.

Cuando Fermín se la llevó, le contó el coronel, ella se unió al comando anarquista, que había permanecido agazapado hasta entonces. Parece ser que asimiló rápidamente los postulados de su ideología. Practicaban el amor libre, como bestias, todos se refocilaban con ella a la vez o por turnos. Cuando el hambre apretaba, la mandaban a alguna casa de vaqueros, bien aislada, donde ella se fingía desamparada y en cuanto le abrían la puerta comenzaba la degollina, en la que ella participaba activamente. Esto incluía a niños y hasta bebés. No dejaron títere con cabeza en toda la serranía. Llegaron a tender emboscadas a la Guardia Civil, y a ella se le imputaba el asesinato de al menos dos de ellos, a los que mató a sangre fría cuando acudían a socorrerla fingiendo ser una madre con su bebé. Finalmente consiguieron rodearlos en una cueva. A fuerza de granadas los fueron aniquilando. Cuando entraron encontraron a su hija besando el cadáver de Fermín, partido en dos.

Pocos días después fue sentenciada a muerte y fusilada. Don Marcial volvió a su casa y se encerró en ella junto a su mujer. Se los encontraron abrazados el uno a otro. Habían tomado cianuro. La casa pasó a ser propiedad del municipio, y ahora es suya.

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Varonía, linaje y legado

Juan era hijo de un ingeniero toledano que emigró a Madrid para participar en el diseño de muchas de las reconstrucciones que precisaba la capital después de la guerra. Recibió la mejor educación que se podía recibir, y tenía toda la atención de sus padres, ya que era el único hijo de los que dio a luz su madre que había vivido más allá de los seis años, y al que siempre le dijeron que fue el único que tenía el fuego suficiente como para salir adelante.

Heredó una fortuna en propiedades adquiridas por su padre fruto de cesiones del terreno por parte del gobierno a lo largo de toda la década de los cuarenta, y para 1959 ya era uno de los empresarios jóvenes más reconocidos de todo Madrid, aunque ya no estaban sus padres para verle en lo alto: un accidente se los arrebató un año antes. Y, aun así, siguió adelante, con el fuego interno que le caracterizaba. Decidió formar una familia y seguir esforzándose en aprovechar su posición económica para que a los suyos nunca les faltase de nada. Con 24 años, en 1962, contrajo nupcias con María Esperanza, una cálida mujer del sur que le idolatraba y le cuidaba en todo momento.

La mayor alegría de Juan llegó en 1965, cuando nació su primer hijo, Matías. El joven era igual que su padre, y desde siempre fue su ojito derecho. Dos años más tarde nació Encarnación, subnormal de nacimiento, en otro golpe de agria fortuna. Encarni a partir de ese momento coparía la atención de su madre, pero todo esto solo fue más fuego para que Juan cada vez acumulase más y más riquezas y se asegurase de que no les iba a faltar de nada. Para 1974, Juan ya era propietario de varias manzanas en el centro de Madrid, y llevaba con él a Matías para examinar las propiedades. Disfrutaba de esos momentos con su hijo, explicándole con emoción que algún día todo eso sería suyo. Juan no veía fuego en los ojos de Matías, pero esperaba ir moldeándolo con el tiempo y convertirlo en un hombre.

Tras cerrar una compra en el Ritz, se quedó una copa más a celebrarlo en el bar de la última planta, de acceso exclusivo para ejecutivos. A su lado se sentó una muchacha doce años más joven que él. Tenía el pelo negro y rizado, caderas voluptuosas y unos preciosos ojos azules. Una charla informal llevó a que acabasen juntando las miradas, ardiente fuego en un lado y bravo océano en el otro. Juan pidió una habitación y allí pasó la noche con Elena. Pasión verdadera, un hombre fuerte, de puro fuego, en una choque contra un océano bravo y poderoso. Con su mujer, Juan había hecho el amor. Sin embargo, Elena y él follaban.

Cambió España pero Juan seguía viéndose con Elena. Con 36 años se sentía como el mayor de los triunfadores disfrutando de una chica de 24. Le compraba regalos y se la llevaba de viajes de negocios. Ella era con la única persona con la que podía dejar a su fuego arder con libertad. María Esperanza no sospechaba nada, ya tenía suficiente cuidando de Encarni y preocupándose para que Matías fuese por el camino adecuado, pero con su marido cada vez menos por casa el joven se le escapaba de las manos.

En 1983, Elena sentía que ya había llegado su momento. Tenía 32 años y se había cansado de esperar. Quería ser la única mujer de su vida, y le había pedido cenar juntos esa noche. Ella pensaba darle un ultimátum: o tu mujer o yo. Juan estaba pasando una de las pocas tardes que había tenido en los últimos meses con María Esperanza y con Encarni, a las que se llevó de compras al centro. Al volver a casa, se encontraron un taburete volcado casi en el pasillo y a Matías colgado de la barra del armario con una corbata. Su padre se lanzó hacia él y lo pudo levantar mientras Matías gemía y soltaba los últimos estertores. Por suerte, llegó a tiempo, y mientras su padre lo levantaba con agonía su madre cortaba la corbata con unas tijeras de costura. Elena esperó en el restaurante hasta última hora pero no apareció nadie.

Al llegar a casa del hospital, Matías le contó entre sollozos que nunca iba a ser el hombre que su padre esperaba, que simplemente no era capaz. El fuego que ardía en Juan pedía salir, pero lo consiguió domar. En lugar de eso, abrazó a su hijo y le prometió que le ayudaría a salir de ese bache y a ser un hombre de verdad.

Juan no supo de Elena hasta que ella apareció en su oficina, ignorando las advertencias de la secretaria que le pedía que no pasase porque el jefe estaba reunido. Con una frialdad que casi apagaba el fuego de Juan, le avasalló con contundencia, diciéndole que desde que no apareció en el restaurante para ella estaba muerto, que le daban igual las tonterías infantiles de su hijo y que si había cometido el error de preferir a su familia lo iba a lamentar, porque juraba por lo más sagrado que le iba a arrebatar lo que más quería. Juan no montó en cólera, sino que se le cerró el ojo izquierdo de un plumazo, a la vez que se llevaba las manos a la cabeza y desfallecía en el suelo.


Esto va dedicado a todas las mujeres bellas de la Tierra, que viven nuestras historias, nuestros momentos, y nuestros lamentos: Alegría de vivir.

Mientras Ray Heredia cantaba su Alegría de vivir en aquel garito de mala muerte, un hombre trajeado, con la corbata suelta, bebía desconsolado en la barra mientras le contaba sus penas al que cometiese el error de sentarse a su lado. Que no era ni la mitad de hombre que su padre, que no sabía llevar una empresa y la iba a acabar llevando a la ruina, que desde que el viejo tuvo un ictus solamente escribe en un cuaderno que guarda con mucho celo que no le enseñaba y que no quería llegar a casa porque no sabía con qué cara le iba a mirar su mujer embarazada por llegar otra noche borracho en vez de estar cuidándola.

El cuadro que se presentaba en la barra motivó a todo el bar para pedir sus copas con presteza para evitar acercarse a la oda al patetismo que profería Matías. Solo una mujer, más mayor que él, se le acercó con dos copas en la mano, invitándole. Se tomó la molestia de escucharle, y asintió con educación a los balbuceos etílicos de Matías. Con voz dulce, le susurró que debían irse a la terraza de su apartamento, que el bar estaba a punto de cerrar. Ella parecía saber en todo momento de qué hilo tirar para que Matías llorase sus penas y se revolcase en su mugre. Cada vez estaba más triste, y ella le espoleaba a que lo soltase todo.

—Yo no tengo fuego, yo solamente estoy quemado —dijo apoyado en el bordillo de la terraza a su confidente—. Soy una decepción.

—Pues atrévete a hacerlo de una vez —dijo ella, con una contundencia que no había usado esa noche, mirando la caída que les rodeaba—. Atrévete de una vez a acabar con todo.

El alcohol y esa frase le pusieron de pie en la repisa, y miró la calle. Se lo estaba planteando, una vez más. Lo que no pudo hacer en casa de sus padres, lo que no se atrevió a hacer con el Supermirafiori al ver a un camión a lo lejos. Pero, sin tiempo a reaccionar, la mujer de pelo negro rizado y ojos azules que le había acompañado esa noche le ayudó a tomar la decisión, empujándole al vacío.


La gente corría por el pasillo del instituto avisando que había una pelea. La imagen era de una brutalidad poco habitual para un instituto. Borja tenía una brecha en la cabeza que iba a necesitar puntos, Pedro estaba en el suelo retorciéndose de dolor y con el hombro fuera, y la peor parte era para Iñaki, que tenía la nariz rota y estaba inconsciente en el suelo. Enfrente, un joven con una mirada que solo tienen los depredadores miraba al tumulto reunido a su alrededor como buscando al siguiente, pero nadie dio un paso.

Juan José, nombre elegido por su madre juntando el nombre de su padre y el de su suegro, que era el que les había dado casa y ayudado tras la muerte de su marido, esperaba el veredicto de la dirección del centro en el pasillo. Sabía que se iba a ir otra vez expulsado, pero le daba igual. Ardía cada vez que alguien insultaba a su familia, y perdía el control. Después de oír muchas palabras de la directora, a la que no escuchó más allá de cuando le dijo que la próxima semana estaba expulsado y que posiblemente los padres de los alumnos iban a presentar cargos contra él. La madre de Juanjo volvió a ponerse a llorar cuando llegó a casa y recibió la noticia de su hijo, sentado con el abuelo gagá y la tía con síndrome de Down en el salón mientras la abuela preparaba la comida.

Juan, que no podía hablar, se pasó la tarde mirando a su nieto, hasta que este se dio por aludido y se lo llevó de la habitación para ver qué quería. Con confusos gestos, indicó cabeceando que mirase en el armario que tenía repleto de sus diarios, cerrado a cal y canto por un candado del que llevaba la llave en el cuello. Juanjo mostró un interés poco recurrente en alguien que vivía entre la ira y la apatía y se pasó la tarde leyendo los cuadernos.

Durante los dos días siguientes se sorprendió con las historias de su abuelo con la amante y, sobre todo, con las historias de su padre, al cual no pudo conocer y del que no se hablaba en casa. Supo de su intento de suicidio y también averiguó que su abuelo, usando los pocos contactos que le quedaban, consiguió que investigasen la noche en la que se suicidó su hijo. El viejo sabía lo que había pasado, pero no podía demostrarlo, y había decidido guardarlo hasta este momento. Juanjo ardió en cólera, con el fuego de la venganza chisporroteando en sus adentros.

Para la absoluta sorpresa de Juanjo, su abuelo indicó con un cabeceo un sobre que estaba en el armario. Tenía el sello de un investigador y una dirección, con un post-it pegado: última dirección conocida de E. Su nieto le dio un beso en la mejilla, cogió su chaqueta y las llaves de la moto y se fue a la calle.

A Elena le había ido bien después de todo. Mientras la familia de Juanjo se pudría en un piso viejo de protección oficial que compartían 5 personas, Elena vivía, por las sombras que intuía Juanjo en las cortinas, con dos chicas más jóvenes y con un hombre en un chalet a las afueras. Consumido por el fuego de su interior, saltó la valla del chalet aprovechando la noche y se acercó a un cuartucho, donde se veía un cortacésped y tres garrafas de gasoil.

Juanjo no titubeó. Roció gasolina por las paredes de la casa con suma discreción, y subió al tejado ayudándose de una hilera de sillas y mesas que tenían fuera para echarla por el tejado. Creó un pequeño caminito de gasoil hacia la salida, rompió la piedra del mechero para que se mantuviese dando fuego mientras tuviese gas y lo lanzó. Una corriente de fuego se reflejaba en los ojos de Juanjo mientras la casa se veía rodeada de fuego. Las ventanas se rompieron y dejaron salir humo y gritos, los cuales se apagaron mucho antes que las llamas. Dejó la casa arder a sus espaldas y subió a su moto, pero el fuego permaneció en sus ojos.

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EL DÍA DE LA REPARACIÓN

El 5 de Febrero, cada siete años, se celebra en Soz una tradición conocida como “El Día de la Reparación”: gente de grandes ciudades y pueblos se reúnen en grandes plazas e instalaciones donde tienen como principal reto el de reparar algo que haya pertenecido previamente a algún familiar fallecido antes de la tradición. ¿El motivo? Se dice que allá por el siglo 7 antes de Nuestro Señor, una mujer llamada Deanu arregló una vasija que previamente se rompió, apareciéndose el espíritu de un antepasado, dándola las gracias por haberle liberado de su encierro, y que siete años después de eso, Deanu arregló el carromato de su familia y el espíritu de otro familiar también le dio las gracias. Así se creó en su honor, el “Día de Deanu” o el “Día de la Reparación”, celebrándose cada siete años en lo que ahora se conoce, milenios después, como Soz.

Emil es un joven que ha estado preparándose para este día: mecánica, electrónica, informática, pintura… todo sea para llegar a reparar lo que le toque reparar, ya que como manda la tradición, son sus padres quienes eligen lo que sus representantes deben reparar, ya no solo por el bien de la familia, sino también por el bien de los vecinos o conocidos, ya que quienes no consiguen reparar el objeto seleccionado por sus familiares deben soportar durante siete años, o el resto de sus vidas, las burlas y la deshonra por no poder reparar lo que les tocaba reparar.

Llega la hora y el ritual se inicia: su padre y su madre entregan a Emil una caja envuelta en un papel marrón atada con un lazo grande y de color esmeralda, para después de sentir golpes en la puerta de casa, marcharse a la plaza del pueblo junto al Vigilante Mayor, una de las personas que se encarga de revisar que no hay trucos o trampas a la hora de reparar lo que haya que reparar, ya que muchas veces, las familias suelen hacer trucos o trampas para evitar las risas o las deshonras que sufren si su hijo o hija no logra repararlo.

Al llegar a la plaza del pueblo, Emil puede ver a varios amigos y compañeros suyos de su escuela, tratando de reparar o pegar las piezas de un puzzle sin resolver, un coche de juguete que no logra moverse o simplemente, pintar un cuadro inacabado de un paisaje que ya no existe debido a que desde hace siglos, donde antes había un bosque ahora hay civilización, entre otras personas que buscando cumplir con la tradición, tratan de reparar cosas o arreglarlas, o terminarlas. Sin poder saludarlos para no molestarlos, Emil es llevado a una silla donde se puede sentar, y el Vigilante Mayor desenvuelve la caja, con el fin de poder abrirla y ver qué objeto es el que Emil traía consigo, descubriendo que era un viejo holoproyector de imágenes que Emil tenía de pequeño y que sus padres se lo regalaron cuando solo tenia unos cuatro años de vida, dieciséis menos de los que tiene ahora.

Tras observar el objeto, el Vigilante Mayor lo escanea y varios drones dejan sobre la mesa las herramientas necesarias para reparar el holoproyector de imágenes, así como algunos recambios de piezas que se puedan necesitar para reparar el aparato, si fuese necesario usarla. Usando un destornillador y con ayuda de sus manos, Emil desarma el holoproyector, viendo que el tiempo ha hecho estragos en el aparato, teniéndolo que limpiar con ayuda de gasas y pinzas con el fin de eliminar las pelusas o restos de óxido que tiene el holoproyector en su interior. Una vez limpio, Emil revisa el aparato, descubriendo, que aparte de tener alguna que otra pieza suelta, hay un archivo oculto en él, una holoproyección cifrada y que necesita una contraseña oral, algo usual en los holoproyectores.

Tras decir los nombres de su hermana Flor, de su padre Fred y de su madre Bonnie, Emil dice un nombre, el de un familiar que hace años que no vé desde que sus padres le dijesen que se había ido de viaje por el mundo:

—Harry.

Al decir ese nombre, aparece la holoimagen de su abuelo viajero Harry, una holoimagen que refleja que algo le pasaba, y no era algo muy bueno, ya que aparece bastante delgado, más de lo que él creía recordarlo o verlo en viejas fotografías que sus padres aún conservan de él.

—Hola, Emil. Si estas viendo esto… bueno, supongo que te habrá tocado algún año de estos reparar este holoproyector que tu padre te regaló y que a mi me parecía una mala idea, o que hayas sido lo bastante listo como para sacar este mensaje. El motivo de dejarte grabado este mensaje es para decirte que no voy a estar el tiempo que me gustaría estar contigo, ya que me voy a perder tus clases, tus deportes favoritos, tus cumpleaños… Puede que tus padres te regalen cosas diciendo que te las he regalado yo, pero prefiero decirte la verdad para cuando seas lo mayor para entenderlo: me estoy muriendo, Emil. Tengo una enfermedad que va matándome, haciendo que ya no pueda verte o estar contigo como si estuviera allí, contigo, sea cuando sea que veas esto. Mientras tengas esta holoimagen al menos estaré contigo, aunque sea como último recuerdo de un abuelo moribundo que le deja a su nieto este mensaje de despedida. Lo cifraré para cuando llegue el momento, puedas abrirlo… y comprenderlo. Te quiero, Emil, siempre lo he hecho y siempre lo haré, sea donde sea donde esté cuando muera.

La holoproyección se cierra y hay un silencio sepulcrar en la plaza, donde todos y todas miran a Emil tras ver y oír semejante declaración del abuelo de Emil. Los ojos de Emil comienzan a notar como se van formando lágrimas al descubrir lo que le verdad le ha pasado a su abuelo, para después, ver como el Vigilante Mayor coge un tampón y en la ficha del objeto, imprime un sello que pone:

“REPARADO”

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El templo

Montana divisó la ruinosa fachada del templo, medio confundida con la ladera de la montaña. Después bajó poco a poco la vista, estudiando con resignación el imponente farallón rocoso por el que habría de escalar: un saliente allí, una grieta más allá… Se ajustó bien las botas, comprobó los mosquetones que llevaba en su bandolera y anudó la rugosa cuerda de cáñamo a su cintura. De un potente golpe, hundió la punta del piolet en un hueco en la piedra.

Tara acabó el cómodo descenso en rápel sobre la roca alfombrada de hierba y musgo. Antes de soltar la suave cuerda del arnés, se asomó al borde del precipicio: una pared casi vertical de casi cien metros hasta el suelo, que antaño era el único modo de llegar al templo. Afortunadamente, al haber viajado en helicóptero hasta la cima de la montaña —que era inaccesible de cualquier otra manera— se había evitado el difícil ascenso, cambiándolo por una mucho más asequible llegada bajando desde la cúspide hasta la entrada del edificio excavado en la roca. La arqueóloga pasó lentamente los dedos por la superficie de las jambas del portón, intentando dilucidar los antaño intrincados grabados, ahora dañados y cubiertos de vegetación. En el suelo halló la cabeza herrumbrosa de un piolet, con el mango de madera carcomida partido cerca del metal; por su aspecto, debía llevar al menos setenta años abandonado allí. Encendió el potente foco led que llevaba ajustado en la frente mediante una correa, y entró por la puerta entreabierta.

El mortecino haz de la lámpara de Montana recorría sin descanso las paredes y el suelo de la sala. En el extremo, un rectángulo de oscuridad anunciaba la presencia del vano de otra puerta. Parecía ser la única salida, así que hacia allí se dirigió, con paso firme pero cauteloso. Justo al traspasar el umbral, sintió cómo la piedra que pisaba se movía ligeramente y escuchó un leve chasquido.

La luz blanca y fría alumbró el cadáver tendido en el suelo a continuación del marco. Tres proyectiles, largos para ser dardos y cortos para ser flechas, asomaban de entre el amasijo de huesos y ropas. Otro más aparecía incrustado en el cráneo, pocos centímetros por encima del hueco del oído. «Una trampa», pensó Tara, agradeciendo egoístamente al pobre desgraciado que la hubiese hecho saltar. Al pasar sobre el muerto, escuchó piezas en movimiento y sintió un impacto en la espalda. Varios proyectiles restallaron al chocar contra la pared. Se apartó con prontitud y, quitándose la mochila, comprobó que dos flechas se habían clavado en ella. La fortuna había querido que, al ponerse de lado sobre el cadáver, el macuto bloquease parte de la andanada. «¡Asombroso! Debe tener algún mecanismo para recargar la trampa una vez se ha disparado. Más me vale ir con mucho cuidado, esta vez me he salvado de milagro».
Siguió avanzando, pisando con cuidado. Empezó a notar un picor en el brazo, y tras frotárselo vio que su mano estaba teñida de rojo: uno de los proyectiles le había hecho una herida en el bíceps. Afortunadamente no era más que un corte superficial, al que aplicó unos puntos de sutura adhesivos.
Tara lamentó el estado actual del lugar. La vegetación, el polvo, la ingente cantidad de telarañas y la erosión de décadas, atestiguada por numerosos trocitos de piedra en el suelo pegado a las paredes, de donde habían ido cayendo, impedían hacerse una idea del aspecto original del templo.

La luz parpadeó de nuevo, anunciando a Montana que el suministro eléctrico se estaba agotando. El arqueólogo sostuvo con una mano la bobina que llevaba colgada en bandolera y con la otra giró numerosas veces su manivela. La lámpara, unida por un cable al aparato, volvió a lucir a toda potencia. Dio gracias porque su sistema de iluminación no había recibido daños cuando tuvo que arrojarse al suelo, por puro instinto, para evitar la trampa de las flechas. La luz le permitía admirar los grabados que llenaban las paredes, ajados e incompletos, sí, pero aún distinguibles pese a la capa vegetal que los cubría en parte. Estudió la historia del lugar y algunos de los ritos que al parecer se realizaban allí en tiempos pretéritos.
Mientras deambulaba por lo que a todas luces debía ser la sala principal del templo, comprobó que todas las salidas llevaban a estancias cerradas, menos dos puertas contiguas que, curiosamente, parecían desembocar en pasillos paralelos. Volvió a recargar la batería de su lámpara y examinó desde el umbral cada uno de los corredores: paredes, suelo y techo. No vio nada sospechoso, con lo que se decantó por la puerta de la izquierda. Apenas había recorrido unos pasos cuando comenzó a escuchar un rumor sordo.

Definitivamente sólo parecía haber una vía para avanzar, un pasillo junto a una puerta donde parecía haber ocurrido un derrumbe tiempo atrás. Cientos de rocas de diversos tamaños taponaban ese acceso, sin dejar siquiera un resquicio por la zona superior. Tara se extrañó, ya que hasta ese punto no había encontrado sitios donde la estructura hubiese fallado. Prosiguió, pues, por el corredor adyacente, cuyas paredes y techo estaban aparentemente intactos. Éste desembocaba en una sala donde, al parecer, también moría el pasillo paralelo en una puerta cegada por cascotes, como la del otro extremo. Justo enfrente, unas escaleras descendían hacia la oscuridad; la mujer reprimió sin éxito un escalofrío cuando pisó el primer escalón.
Faltaban sólo tres peldaños cuando sintió que una piedra se movía bajo su bota izquierda. Trató, sin éxito, de mantenerse en pie, y cayó al frío y duro suelo temiendo haber activado otra trampa. El golpe mortal no llegó, y examinando concluyó que simplemente un trozo de roca se había desprendido bajo su peso.
Finalmente arribó a su destino: una habitación redonda y amplia, surcada por algunos tenues haces de luz que parecían aprisionar las partículas de polvo en constante movimiento. Tara no pudo dejar de maravillarse por cómo habían logrado hacer llegar hasta allí la luz del exterior, habida cuenta de que se encontraban bastante lejos de la superficie de la montaña. En el mismo centro de la sala se levantaba un pedestal negro, tallado de una única pieza de obsidiana. Pero sobre él… nada. El ídolo de Cuatxhel no estaba en su sitio. La mujer golpeó con frustración el altar, y se arrepintió inmediatamente en cuanto escuchó el sonido de un mecanismo activándose.

Montana saltó por encima del hueco y cayó ya en el pasillo que abandonaba la sala redonda. Se volvió para contemplar cómo las diversas trampillas disimuladas en el suelo se iban abriendo y cerrando hasta que finalmente la secuencia terminó; afortunadamente había logrado no caer por ellas. Se dispuso a desandar el camino seguido, sonriendo satisfecho al sentir el peso en su morral de la pequeña figura de oro macizo y piedras preciosas incrustadas.

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Napton on the hill

Napton, 13 de junio de 1876

Querido diario:

Me encuentro exhausto. No obstante, el largo viaje en carromato ha merecido la pena. La villa de verano de Elizabeth es preciosa, y su privilegiada posición en la cima de la colina de Napton otorga unas vistas que quitan el aliento. Elizabeth dice que aquí, alejados del bullicio de la ciudad y rodeados por la naturaleza, la barrera con el mundo de los espíritus se vuelve tenue y frágil, y una mente curiosa puede establecer un vínculo con el Más Allá con facilidad.

Mañana lo comprobaremos; hoy, por unanimidad, hemos decidido retirarnos a nuestras habitaciones y tener un sueño reparador.

R. R.

Tras dos meses en Inglaterra, Marc tiene claro que solo hay tres cosas que no le gustan del país: el clima, la comida y la gente. El cielo está de su color gris característico, a pesar de ser verano; su almuerzo es un sándwich de mantequilla, una ciruela y un pudding de chocolate, alta gastronomía británica, y respecto a la gente… Bueno, tampoco le gustaba la gente en España.

Come su almuerzo en la pequeña break room junto a algunos de sus compañeros de oficina. Con una mano se lleva el sándwich a la boca mientras con la otra pasa una página de un cuaderno pequeño y raído.

—Eh, chico nuevo. ¿Qué es ese libro que estás leyendo siempre?

Marc levanta el libro para que lo vea el compañero que se sienta junto a él en el despacho. El libro es poco más que un cuaderno, con una cubierta sin adornos que ha pasado del negro al gris sucio con el paso de los años.

—Es el diario de un joven adinerado de la época victoriana. Este hombre vivía aquí cerca, en Westminster, y en su diario narra aventuras amorosas y empresariales, sesiones espiritistas, noches de opio y una gran admiración a la reina Victoria. Y, al final, encuentra una piedra mágica y se vuelve loco.

Napton, 14 de junio de 1876

Querido diario:

Escribo estas palabras a horas intempestivas, alumbrado por la tenue llama de una vela. No hemos realizado la séance , pero a pesar de ello los espíritus me han encontrado.

Esta tarde, después de haber disfrutado de un desayuno tardío en los jardines de la villa, salimos a los alrededores para disfrutar del buen tiempo. Me gustaría detenerme a describir cómo los rayos de sol se perfilaban a través de las hojas, o cómo el agua de los arroyos era cristalina y pura, pero mi estado de excitación actual me hace adelantarme a las últimas horas de la tarde, cuando por un despiste me separé de mis amigos y acabé desorientado en medio del bosque. Seguí el canal de Oxford durante un tiempo, y la posición del Sol me indicó que estaba caminando en dirección norte; pero no fui capaz de reconocer ningún punto de referencia que me indicase dónde estaba. Llegué a un claro en el bosque que estaba seguro de no haber visitado nunca y, en una colina, oculta entre maleza y árboles, encontré una pequeña apertura hacia el interior de la tierra.

Soy curioso. Siempre lo he sido, y esta curiosidad que me atormenta me ha causado muchos problemas en la vida. He buscado el contacto con espíritus, paseado a solas por las peores calles de Londres y participado en empresas que es mejor no recordar. No pude resistir la tentación de explorar la cueva.

Después de un estrecho túnel la grieta se ensanchó, dando paso a una cámara en las profundidades de la tierra. Allí dentro, en el centro de la sala, brillaba una piedra con la luz de un millar de estrellas. Cuánto desearía volver al pasado y haber contenido mi maldita curiosidad.

Posé mi mano sobre la roca. En cuanto lo hice, una onda espectral recorrió mi cuerpo y abrió mi mente a un nuevo mundo. ¡Dios mío, qué visiones espectrales vieron mis ojos! ¡Qué colores, qué criaturas, qué monstruos! Mis manos tiemblan y temo que este texto sea ilegible. Han pasado horas desde que salí de la cueva, encontré el camino de vuelta y volví a la villa, donde Elizabeth se lanzó a mis brazos muerta de preocupación. Pero ni siquiera sus caricias pueden tranquilizarme hoy; aún puedo notar a los espíritus desde el rabillo de mi ojo, esperando a que cierre los ojos para volver a transmitirme sus pesadillas.

R. R.

La maleza se abre al paso de Marc como las aguas antes Moisés, si el hebreo golpease el mar Rojo con una pala con más entusiasmo que maña, y el mar acabase sintiendo pena por él y se hiciese a un lado. Las ramas acaban apartándose y un agujero se abre ante Marc. En el interior de la tierra reina la oscuridad, pero le parece ver un ligero resplandor al final del túnel. Deja la pala a un lado, coge su mochila y se arrastra hacia el interior de la tierra.

Mientras se arrastra por el suelo, Marc piensa que Robinson era un aficionado a la espeleología en secreto o un muy mal narrador. La descripción del diario no le preparó para el olor a moho y tierra mojada del agujero, ni le advirtió de la longitud del túnel. Marc se arrastra sobre el vientre lentamente, dejando atrás la luz del sol e iluminado únicamente por un tenue brillo que ni siquiera está seguro de no estar imaginando. Calla las voces que le dicen que no ha sido buena idea haber venido aquí solo y sigue adelante.

El túnel termina, la cueva se ensancha y la roca de Robinson aparece ante él. Una enorme mole negra preside desde el centro exacto de la sala, con pequeñas luces parpadeantes por toda su superficie.

Marc se acerca, y vuelve a tener doce años pasando el verano en casa de la abuela. Pasea por la biblioteca, hojeando la extensa colección de la familia. Encuentra el diario y queda fascinado con él. Lo lee junto a su abuela y juega con ella, pretendiendo ser un aventurero que encuentra un antiguo tesoro.

Marc tiene trece años y es el último verano que vería a su abuela. La anciana le regala el diario que tanto le fascinó, le dice que fue su abuela quien se lo regaló a ella. Marc le promete que algún día encontrará el tesoro, que se lo traerá y que no le importa que esté maldito.

El Marc de veintiséis años cierra los ojos y levanta el brazo.

Londres, 17 de junio de 1876

Dios mío, por favor, protégeme de los diablos. Dios mío, por favor. Los veo subir por mis manos y meterse en mi cuerpo, demasiado pequeños para poder verlos, pero aún así los veo. Las visiones no descansan; en cada minuto de vigilia o sueño bombardean mi mente con escenas pavorosas. No puedo dormir. No puedo estar despierto. Oh Dios mío, por favor, ayúdame.

R. R.

Marc encuentra el conocimiento. Su mente se expande, y un universo se abre ante él. Puede contar cada partícula de polvo en la cueva, saber dónde está cada animal del bosque, ver cada uno de los gérmenes de sus manos. Las matemáticas no tienen secretos para él, y sabe en un instante la fuerza exacta con la que la Luna atrae a sus zapatos.

Su percepción crece y engulle a la Tierra; recuerda el nombre de su compañero de oficina, presencia el amor de unos adolescentes japoneses y comparte el aburrimiento de la reina de Dinamarca en una cena de estado. Ve a unos soldados rusos en la frontera con Ucrania, haciendo revista una vez más; presencia a un enorme carguero arrojando toneladas de basura al mar y siente el terror de un pingüino cuando el trozo de hielo en el que estaba se desprende de la Antártida.

Marc ve.

Dios ha muerto. Ningún Padre nos vigila desde los cielos; lo habitan los demonios, con sus mil ojos vigilando a los mortales. Los veo cuando cierro los ojos, los escucho cuando el efecto del opio se desvanece. El demonio me lleva de la mano hacia el infierno. Oh Dios mío, ayúdame.

En el límite de sus nuevos sentidos, más allá de la Luna, nota cómo los creadores de la roca le observan.

—¿Quiénes sois?

«Somos los Phesq. Sabemos que tienes muchas preguntas, pero descubrirás que ahora sabes la respuesta a la mayoría de ellas. Por favor, escúchanos.

»Somos una de las treinta y dos especies que han alcanzado la vida duradera. La humanidad puede ser la siguiente, y es nuestro trabajo daros la bienvenida y ayudaros a dar los primeros pasos.

»Los obeliscos tienen el objetivo de ayudaros sin dañar el equilibrio de la evolución. Bebe de sus conocimientos, Marc. Comprende el mundo. Ayuda a la humanidad a alcanzar las estrellas».

Las luces del obelisco se apagan lentamente, y a través de su mano nota cómo se empieza a volver frío.

Londres, 21 de julio de 1876

Querido diario:

Hoy Charles ha venido con un doctor a casa. Dice que está preocupado por mí, que estoy enfermo, que paso demasiado tiempo en los fumaderos de opio. Mi Elizabeth hace días que no me dirige la palabra. No lo entienden. No pueden comprender el tormento que sufro cada minuto de lucidez.

R. R.

—No puedo hacerlo. He visto el mundo, pero no me hace falta este poder para saberlo. Mataremos la Tierra antes de poder salir de ella. No puedo evitarlo.

«Inténtalo. Vives un momento de cambio. Si lo haces bien, en unos pocos años, podrás subir aquí y hablaremos cara a cara».

—¿Y si no lo hago bien?

Marc sabe la respuesta. El Phesq tarda unos segundos en responder, y cuando lo hace hay pesar en su voz.

«Y si la humanidad no está a la altura, el Gran Filtro actuará. Consumiréis los recursos de vuestro planeta antes de poder escapar del pozo gravitatorio. Moriréis en agonía en un planeta que os rechaza. Y nosotros buscaremos otra forma de vida que sea adecuada para la vida galáctica».

—Por favor, ayudádnos.

«No podemos. El conocimiento del obelisco es una gran ayuda, pero en última instancia la supervivencia o no de vuestra especie está en la naturaleza del hombre. Es vuestra responsabilidad evolucionar lo suficiente para alcanzar una inteligencia superior. El Gran Filtro debe actuar. Por la seguridad de todos. Pasad esta prueba y el mundo será vuestro».

—¡Ayudádnos! ¿Qué clase de raza sádica puede quedarse mirando, esperando a que muramos?

«Lo siento, Marc».

Londres, 1 de agosto de 1876

Querido diario:

Mis últimas fuerzas se desvanecen. Noto el aliento del demonio en mi nuca, contando los segundos para llevarme a su reino. No esperará mucho más. Elizabeth, siento no haberte tratado como te mereces estos últimos meses. Charles, gracias por intentar salvarme. Madre, lo siento.

Roy Robinson

El obelisco se apaga y se convierte una roca normal y corriente. Marc sabe que en cien años volverá a ser capaz de otorgarle sus conocimientos a otra alma. Si es que queda alguna para entonces.

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Ya está , el día 20 de este mes, límite para enviarme los comentarios. @PacoEscritores

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