4º Concurso bimestral. Hilo de relatos. Comentarios en el otro hilo

Sobre los votos

  1. Cada participante ha de votar obligatoriamente tres categorías (nunca a sus propios relatos). Los lectores también pueden votar. Si no votas, serás descalificado. Las tres categorías son:

6.1. Mejor relato: puntuación: variable (ver punto 7) . Que no será necesariamente el mejor redactado o el más original.

6.2. Mejor redactado: puntuación: 1 punto. No es una cuestión ortográfica o argumental, sino una cuestión de estilo, de manejo del idioma.

6.3. Mayor originalidad: Puntuación: 1 punto.

El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

  1. La variabilidad de los votos a mejor relato depende del número de relatos participantes.

7.2. De 8 a 11 relatos recibidos, se enviarán 4, 3, 2 ó 1 punto.

  1. Los votos se enviarán a Lyn vía MP el día de 28 de febrero a las 23:59:59 Hay que indicar claramente el título y número de quien se está votando. Evidentemente no se podrá votar a uno mismo en ninguna de las categorías.
  2. Los votos tienen que ir acompañados de comentarios a cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. Los lectores no participantes que voten están exentos de comentar.
  3. El día x se harán públicos los votos, la autoría de los relatos y la clasificación final. A partir del 16 se irán colgando los comentarios a cada relato, para que el autor pueda replicar.

Sobre las condiciones especiales

  1. El ganador de cada concurso fija unas condiciones obligatorias a cumplir para la siguiente edición. Estas condiciones se han de comunicar a Lyn vía mp antes de que empiece la nueva edición.
  2. La condición nunca puede ser dejar libertad absoluta.
  3. ¿Qué pasa si soy descalificado por no haber votado o comentado? Pues que no tienes derecho a voto ni en esta edición ni en la próxima que te presentes. A partir de las siguientes ya podrás participar con normalidad.

Últimas cosas

  1. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.
  2. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.
  3. No es obligatorio, pero sería conveniente realizar la “Sala de partos”. Esto es, los comentarios a nuestro propio relato. Se debe enviar junto a los comentarios y puntuaciones del resto de relatos.

Condición de este bimestre:

“Los protagonistas deben ser dos personajes de dos estratos o mundos diferentes e interaccionar entre ellos”.

A Partir de aquí van los relatos:

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  1. LA FORTALEZA

En el pais de Kocu aparecio durante siglos una extraña fortaleza o edificación que se yerge majestuosa en lo alto de la colina Smeu, una de las montañas mas grandes de todo el planetoide. Nadie sabe nada de la misma o de su origen y si bien la curiosidad siempre ha sido gran descubridora de misterios… lo único que han descubierto las gentes de Kocu fue que por muchos daños o destrozos que sufra ese extraño lugar, la edificación se regenera con bastante rapidez y que a veces, se oyen voces o susurros detras de sus paredes, muros, o ventanas de cortinajes negros que impiden que la luz del sol llegue dentro de ese lugar misterioso e intrigante.

Una tarde, un joven llamado Vie decide ir en solitario a la edificación, armado tan solo con una merienda y un pequeño trozo del lugar que su padre y su madre le dieron cuando ellos, como otros tantos, quisieron probar a ver como era ese edificio o lugar por la fuerza, arrancando trozos de dicho lugar y se quedaron con varios, entregándole a él un trozo pequeño. Una vez que ha llegado al lugar, Vie se sienta en un pequeño monolito levantado para ello, mirando el sitio, tan imponente como silencioso.

—Vamos a merendar, antes de que vengan Omu y sus matones.

Vie come un trozo de cacao envuelto en pan de cebada y de repente, comienza a escuchar una voz en su interior:

“¿Merendar?”

El muchacho comienza a esputar parte de su merienda al oir una voz, al parecer femenina, en su cabeza, buscando con la mirada a la persona que le haya hablado. Una vez se le pasa la tos, Vie pregunta al aire:

—¿Hola? ¿Hay alguien?

“¿Alguien?”

De nuevo, esa voz femenina vuelve a oirse en su cabeza, haciendo que Vie busque por los alrededores quien puede ser la chica que le está hablando, sin encontrar persona alguna salvo el propio Vie.

—¿Es alguna clase de broma nueva, Omu?

“¿Broma?”

Vie siente la voz con mayor nitidez, viendo, para su sorpresa, que el trozo que le dieron sus padres, comienza a brillar en una tonalidad rojiza. Hasta ahora, nadie que tuviera trozos del sitio ha visto brillo alguno en ellos, pero claro, nadie como Vie había estado aquí con un trozo del lugar y mucho menos han escuchado voces en su cabeza. El muchacho apoya su mano izquierda en uno de los muros del lugar y de repente, aparece una forma femenina en el muro, de su misma altura y aparentemente, su edad, provocando miedo y asombro a Vie.

“Hola”

Asustado, Vie aparta la mano del muro y la figura desaparece, quedándose el muro tal y como era antes de poner su mano en él. Impresionado todavía, el muchacho vuelve a poner la mano izquierda en el muro y la forma femenina vuelve a aparecer en la pared, fijándose que el trozo de muro que tiene en su mano derecha vuelve a brillar con ese tono rojizo de antes.

“Hola”

—Ho…ho… hola.

“Me llamo Ive, ¿Y tú?”

—Vie.

“Encantada. ¿Qué tiempo hace fuera?”

—Sol, es una tarde preciosa.

“Nosotros no podemos salir”

El muchacho se sorprende al oir esa palabra, “Nosotros”.

—¿Nosotros?

“Mi familia y yo no podemos salir de la fortaleza”

De repente, varias figuras, algunas masculinas y otras femeninas, comienzan a aparecer en el muro, cerca de Ive, para sorpresa de Vie, descubriendo que en esos muros hay vida.

—Pero… pero… habrá una manera, ¿No?

“Hemos probado varias vías, pero el encantamiento es muy poderoso, no podemos salir”

—¿No?

“No. Estamos malditos, encerrados por siempre en la fortaleza, desde hace mucho, mucho tiempo”

—Desde cuando… bueno, desde cuando lleváis así.

“Desde hace unos… 1129 años”

Al oir la cifra, Vie se asusta y aparta la mano de la pared sin darse cuenta.

—Por hula, 1129 años…

“Años”

Al oir la voz de Ive en su cabeza, Vie se acuerda de poner la mano en el muro y la vuelve a poner, volviendo a ver la forma de Ive al muro.

—Pero… eso es mucho, mucho tiempo.

“Sufrimos una maldición, una maldición que nos condenó a estar fuera de la existencia”

—¿Una maldición?

“Fuimos malditos por un pariente, nos vendió”

A Vie se le revuelven las tripas al oir eso, ya que sabe de casos de traiciones por la espalda en su institución, donde unos aprovechan el trabajo de otros, llegándolo a sufrir en su carnes.

—Entonces… ¿Cómo no pedís ayuda?

“Nuestra maldición nos aleja del mundo exterior, pero contigo… es distinto”

Para sorpresa de Vie, un delgado y pequeño brazo de piedra sale del muro donde está Ive, moviéndose a tientas. Guardándo su trozo de piedra en un bolsillo, Vie toca el brazo del muro con su mano, notando una sensación cálida, a pesar de ser un brazo de piedra.

“Vaya… hacia tiempo que no sentía el tacto de alguien”

Una sirena se oye, señal de que la tarde va a dar paso a la noche y por tanto, toca recogerse en casa si no se quiere trabajar hasta el amanecer en los talleres de construcción y rehabilitación de armas antiguas o de la época vartariática, cuando uno de los reyes de Kocu, Vartario III, se defendió del asedio de sus opositores, usando un arma conocida como la “Destructora de Ciudades”, un cañon de hombro capaz de destruir a sus habitantes sin destruir edificio alguno.

—Debo marcharme. Hablaremos otro día.

“Gracias”

Antes de irse, varios familiares de Ive hacen lo mismo que la muchacha, asomando sus brazos con textura de piedra, buscando el contacto de Vie, pero este aparta rápidamente su brazo del muro, yéndose corriendo a su hogar, prometiendo para si mismo que no dirá a nadie lo que sabe de la fortaleza.

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2 El cráneo de un asesino

“Su frente es amplia, con órganos prominentes de idealidad”, pensó el detective Elías cuando le presentaron a su colega marciano, el androide Daniel. Pero, en ese momento, no conocía la naturaleza robótica del compañero que le habían asignado sus superiores del departamento de policía de Nueva Madrid. A diferencia del resto de capitales europeas, que tienen el apodo de “nuevo” o “nueva” en sus nombres porque tuvieron que rehacerlas al lado de ruinas radioactivas, la capital de la República Castellana todavía conserva los edificios, calles y líneas ferroviarias que existían antes del apocalipsis nuclear. No se sabe bien quien decidió lanzar allí una bomba de neutrones, en vez de una destructiva arma termonuclear, pero el caso es que la ciudad conservó sus infraestructuras, aunque llena de cadáveres irradiados. Momias que no se descomponían porque los insectos y bacterias que se los hubiesen comido estaban tan muertos como ellos.

Esa misma mañana, mientras viajaba de Toledo a Nueva Madrid en un tren de vapor construido por la compañía nacional de ferrocarriles, leía un antiguo manual de frenología escrito por George Combe en el siglo XIX. Sus superiores le habían enviado un telegrama requiriendo su presencia en la capital, debido a sus excelentes dotes para interrogar sospechosos y hallar a los culpables. Había habido un terrible asesinato: el asistente del embajador marciano fue hallado muerto en su domicilio, con signos de haber sido atacado con gran violencia, y necesitaban enseguida sus habilidades como detective. Cuando llegó a la sede de la policía, el secretario de estado del ministerio del interior se reunió con él en persona y le trasladó sus instrucciones: debido a la importancia de la víctima se le había asignado como compañero un policía marciano que reportaría directamente al embajador de la Confederación Marciana.

—Entiéndame, Elías, sé que está acostumbrado a trabajar solo, pero es muy importante que sigamos manteniendo las relaciones comerciales con los marcianos. Por suerte, ya no actúan como una potencia colonizadora. Hace cincuenta años hubieran mandado a sus marines espaciales a “limpiar” los bajos fondos con sus armas hipercinéticas y hubieran pagado justos por pecadores.
—Señor, comprendo muy bien las circunstancias de este caso y si me hubieran asignado un compañero terrestre no hubiera protestado. Trabajo mejor solo, sí, pero no me importa que me acompañen policías en mis investigaciones. El problema son los marcianos, con sus aires de superioridad y su tecnología avanzada que no quieren compartir.
—Hablando de tecnología avanzada, hay algo que debe de saber de su nuevo compañero…

En ese momento se abrió la puerta y un marciano de casi dos metros de alto, pelo de color bronce peinado hacía atrás y con porte de estatua griega, avanzó y se presentó él mismo a Elías.

—Soy su compañero, Daniel R . Oliver, encantado de conocerle.
—Elías Valle, detective toledano. Lo mismo digo, por cierto, ¿cuál es su segundo nombre? Lo digo por la inicial R que ha mencionado.

Durante un instante, antes de que el marciano respondiera a la pregunta, se dio cuenta de que había algo en esa persona que le resultaba extraño. Su intuición supernatural, con la que clasificaba a todo el mundo sin equivocación, se encontraba ante un enigma. La frente ancha del marciano sugería unos órganos de idealidad sumamente desarrollados, más allá de lo esperable en un hombre. Sin embargo, el resto de su rostro era impenetrable, como el de una esfinge. ¿Qué secretos ocultaba esa máscara hierática? Por suerte, el recién llegado desveló enseguida su misterio ante el terrestre.

—¡Ah! ¿No se lo han comentado? La R viene de robot. Soy Daniel Robot Oliver.
—¡¿Cómo?!
—No se altere, Elías —intervino el secretario de estado—, los robots marcianos son totalmente seguros. Su comportamiento se haya firmemente regulado por las Tres Leyes de la Robótica.
—Sé cuáles son. De joven leí a Asimov, así que no hace falta que me las enumere. Es que nunca había trabajado con un robot y no puedo leer bien su expresión.
—Androide, más bien —aclaró Daniel—. Estoy construido con tejido humano sobre un endoesqueleto metálico. Si me cortan, sangro. ¿A qué se refería con leer mi expresión?
—El agente Elías es nuestro más reputado frenólogo —aclaró el secretario de estado—. Siempre encuentra a los culpables analizando el aspecto de los criminales.
—¿Frenología? Entiendo que su cultura, primitiva para los estándares marcianos, se tiene que aferrar a antiguas supersticiones mientras avanza hacia el progreso. No puedo juzgarles desde mi posición cultural más avanzada, pero tenemos entre manos un terrible asesinato y hay que resolverlo usando las leyes de la lógica y la deducción.
—Si vas a ser mi compañero, tutéame. Daniel, verás cómo vamos a resolver este caso con la ayuda de mi “superstición” y le contarás a tus superiores que ellos podrán tener naves espaciales y centrales de fusión, pero que nosotros todavía conservamos la sabiduría de nuestros ancestros que sigue siendo útil hoy en día.
—No quería ofenderte, lo haremos a tu modo. Vamos al lugar del crimen, no tenemos tiempo que perder.

Elías y Daniel salieron de la sede central de policía y se dirigieron a un piso de la calle Atocha, donde vivía el asistente. Cuando iban caminando por la acera, un niño delgado con gorra se les acercó y les entregó un folleto publicitario.

—Tengan, el circo ha llegado a la ciudad. ¡Vayan y vean al terrible Kong, el supergorila mutante capturado en el interior de África!
—No tenemos tiempo para distracciones —comentó Daniel, dispuesto a devolver la publicidad al chaval.
—Trae esto, cuando terminemos el caso podremos acercarnos a ver una manifestación cultural de nuestra “primitiva sociedad” —replicó Elías.

El detective leyó las terribles características del simio, representado con cadenas y emitiendo un poderoso rugido. El circo paraba pocas veces por Toledo y quería aprovechar este viaje a Nueva Madrid para hacer algo más que resolver un caso, así que se guardó el folleto en el bolsillo de su chaqueta. Cuando iban a entrar en el bloque de viviendas donde vivía la víctima, observó que un joven los observaba apoyado en un árbol.

—¿Te has fijado, Daniel, en el tipo aquel que nos vigilaba?
—¿El del árbol?
—Sí. Sus ojos saltones, largas patillas, hombros hundidos y tez amarilla, junto con su ropa rala, gorro ladeado y expresión sombría nos indica que estamos ante un chivato de los bajos fondos. Hay que tener cuidado, posiblemente nos siga al salir.
—Tengo memoria fotográfica: lo recuerdo perfectamente. El movimiento de sus pupilas hacia nosotros, su respiración agitada y su imagen termal en el infrarrojo indican que nos estaba esperando. Estimo un 96% de probabilidad de que sea un espía.
—Me alegro que estemos de acuerdo, subamos pues.

La escena que se presentó ante ellos fue dantesca: el cadáver presentaba todos los huesos rotos y los miembros doblados en extraños ángulos. Profundos arañazos recorrían su cuerpo y su rostro estaba horriblemente desfigurado por los golpes. Los muebles estaban destrozados, las paredes presentaban agujeros en el yeso y las cortinas estaban desgarradas. El acolchado de sillas, sofás y las plumas de los cojines estaban esparcidos por todo el suelo del piso. Quien o quienes hubieran hecho todo eso habían demostrado una violencia excesiva y una gran fuerza de destrucción.

—Según mis estimaciones, las ecuaciones de la biomecánica indican unas fuerzas musculares del orden de los kilopondios para producir estos daños —señaló Daniel.
—Entre los matones del hampa siempre hay forzudos. Suelen vigilar las entradas a los antros donde la ginebra se consume a raudales —añadió Elías mientras se agachaba a recoger algo del suelo.
—¿Qué es eso? —preguntó Daniel.
—Parece pelo, de color entre gris y blanco —respondió Elías.
—Pero no humano. Su grosor y resistencia son mayores que los de una persona. Quizás sea de crin de caballo, pero hay más: fíjate en los dedos crispados de la víctima.
—Sí, parece que agarra con fuerza un matojo del mismo tipo de pelo.
—Buenos días, caballeros. Usted ya me conoce, Daniel; soy el embajador marciano, Peter Smith —se presentó un hombre que provenía de otra habitación del piso.
—Elías Valle, detective asignado al caso. ¡Vaya asesinato! ¿Verdad?
—Sí, pero por desgracia no es algo que me haya sorprendido. John Sellers era un buen asistente, aunque aficionado a la bebida y al juego. Desde hace tiempo sospechábamos que estaba vendiendo tecnología marciana, a escondidas, a los bajos fondos.
—¿Deudas impagadas? —preguntó Elías mientras miraba fijamente a los ojos del embajador.
—Sí, posiblemente.
—¿Dónde deberíamos buscar?
—Vayan por Vallecas. El fallecido frecuentaba mucho ese barrio. Daniel, espero su informe esta noche.
—De acuerdo, señor embajador. Buenos días.
—Que tengan un buen día, detectives.

Cuando salieron a la calle, el espía empezó a seguirlos. Elías se dio cuenta de este hecho, pero era algo que esperaba. Mientras esperaban un carruaje, comentó a Daniel sus impresiones.

—El embajador decía la verdad. La forma de su cabeza indica que pertenece al tipo de los discretos y ambiguos, pero sus ojos no mentían —aseguró Elías.
—Tienes una interesante perspicacia. Mira, por ahí viene un carruaje libre, montemos.
—Hace diez años —comenzó a relatar Elías yendo de camino a Vallecas—, mientras me recuperaba de una gripe muy fuerte que me tuvo en cama varias semanas, sentí como si al recuperar mis fuerzas obtuviera algo más. “He levantado el velo que cubría tus ojos para que puedas discernir, en la batalla, a los dioses de los hombres”, le dijo Atenea a Diomedes en la Ilíada. Así me sentía, con una capacidad sobrehumana para clasificar a las personas y encontrar a los malhechores.
—¿Te consideras un telépata?
—Tanto no, pero sí tengo una intuición especial para leer el carácter de las personas.

Cuando llegaron pusieron el pie en Vallecas, enseguida unos malhechores les rodearon apuntándoles con pistolas y los llevaron a la guarida de su jefe, un edificio situado al lado de un descampado, donde se hallaba montada la carpa del circo.
El rufián que dirigía el cotarro estaba hablando con otro hombre vestido con un colorido uniforme rojo, el maestro de ceremonias del circo y también su dueño. Le entregó un fajo de billetes y se fue discretamente por detrás del mafioso, de vuelta a su carpa.

—¡Vaya! ¿Estos son los polizontes que investigan la muerte de la rata marciana? —preguntó, dirigiéndose hacia sus capturados.
—No hay nada que investigar. Tus protuberancias óseas en el cráneo, la elongación de este y la forma de tus huesos superciliares te delatan como el asesino —dijo Elías.
—¡No te había reconocido! Eres el famoso Elías, el frenólogo de Toledo que siempre captura a los criminales. ¡Matadlos, chicos! Hoy ha resuelto su último caso.

En ese momento, Daniel sacó a velocidad sobrehumana un arma aturdidora marciana que barrió enseguida a todos los criminales, mediante la estimulación de las terminaciones nerviosas libres. Estaban todos en el suelo, quejándose e incapaces de usar sus pistolas, debido al dolor que sentían en las extremidades.

—¿Fuiste tú el asesino? —preguntó Daniel al jefe mafioso que chillaba dolorido, encogido en posición fetal.
—Lo es, pero el arma homicida no está aquí —añadió Elías.
—¿Dónde se encuentra?

Elías sacó el folleto del circo de su bolsillo y le mostró al terrible Kong, mientras le indicaba con un gesto que debían ir también al descampado donde estaba el circo. Al final detuvieron a toda la banda de malhechores y al dueño del espectáculo circense, que había permitido que usaran al enorme gorila en el crimen. Gracias a esa ayuda consiguió una rebaja en la cuota que tenía que pagar al mafioso en concepto de “protección”.
Unos días después de resolver el caso, Elías acompañó a Daniel al espaciopuerto de Nueva Barajas, para despedirse de él.

—¿Nos volveremos a ver? —preguntó Elías.
—Posiblemente. Mis superiores están muy interesados en tus habilidades. Sospechan que eres un auténtico telépata.
—En todo caso, si algún día necesitáis que os resuelva un crimen en Marte, podéis llamarme —comentó Elías.
—Cuenta con ello —dijo Daniel, con una chispa de emoción en sus ojos robóticos.

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3 Tú y yo.

—¿Qué pensaste de mí cuando nos vimos por vez primera? Yo solo recuerdo de ese encuentro unos cabellos balanceándose al viento tan dorados como el sol. Nada más. No recordaba tu cara cuando nos vimos una segunda vez.

La mujer calló y miró al hombre con calidez. El hombre suspiró y con voz cansada le contestó a la mujer.

—Yo recordaba tus ojos. Nunca había visto esos ojos sin color, tan negros como la noche. Mi pueblo me dijo que eras una bruja y yo les creí. Por eso cuando te vi sola y perdida en nuestro territorio, tus ojos me parecieron tan hermosos que supe que ninguna bruja hubiera podido tenerlos.

—Y yo hui de ti. Yo sí que creí que eras un demonio. Quizá lo seas porque me encontraste. En una cueva húmeda, estaba hambrienta.

Ella le acarició la cara con su mano, la notó fría. Se acurrucó aún más junto a él. Le susurró al oído.

—Tú traías comida. Devoré lo que me trajiste. Cuando quise darme cuenta estabas tan solo a uno centímetros de mi cara, agachado frente a mí. Entonces te vi. Me mirabas con curiosidad y me sonreíste. Ahí me desarmaste. Recuerdo que reímos juntos. Ya nunca pude olvidar tu rostro.

—Eras tan distinta a todas. Podías cabalgar y cazar. Las mujeres de mi pueblo no lo hacen. Solo los hombres. Debería haberte despreciado y arrastrado a mi aldea, pero no pude. Tus ojos eran tan profundos que solo quería que me miraras a mí. Fui egoísta.

—Sí, lo fuiste, pero me salvaste.

—No, en realidad ese día tú me salvaste a mí.

Ella lo abrazó debajo de las mantas, podía escuchar su corazón latiendo. Quiso seguir hablándole.

—Entonces nos salvamos los dos. ¿Recuerdas cuando abandonaste tu aldea? Sabía lo duro que debió ser y aún así no te rogué que no lo hicieras. Tampoco yo me fui con los míos. Me quedé esperando a que los abandonaras. Yo también fui egoísta.

—Lo fuimos los dos, quizás nunca nos lo perdonen los dioses y tengamos que vagar por siempre, sin poder descansar nunca. Nadie nos aceptara nunca.

Ella frunció el ceño y se separó un poco de él.

—No me importa mientras sea contigo. En la tierra o en la zona de más allá del sol. Lucharé por ti como he luchado hasta ahora. No podrán con nosotros ni ellos ni su odio.

—No lo creas. Nunca te lo conté, pero en mi aldea me arrojaron estiércol a la cara mientras me escupían cuando supieron que estaba contigo. Mi madre no me abrió sus brazos al irme, los levantó al cielo y oró mil veces. Aún escucho sus lamentos cuando cierro los ojos. Estamos malditos.

Ella se incorporó un poco y esta vez fue firme en sus palabras.

—No lo estamos. Tú aún no lo crees, pero somos libres. Ya no tienen poder contra nosotros, ni tu pueblo ni el mío. Dices que estamos malditos. No, es el mundo el que lo está y no nos alcanzarán esta vez. No los necesitamos. Solo un techo de estrellas.

—Yo ya lo la tengo.

Esta vez le sorprendieron sus palabras y ella le preguntó intrigada.

—¿El qué?

—Mi estrella. Está aquí junto a mí.

Él le apretó la mano y ella no puedo más que devolverle el gesto entre lágrimas. Notó la presión en su mano más floja que otras veces, pero no quiso pensar en ello. Mañana seguirían su camino. Le ayudaría a montar en su caballo y se alejarían aún más de todo lo que conocían para estar a salvo. Se abrazaron entre las mantas y ella se durmió mecida por el sonido del corazón en el pecho de su amado.

Cuando despertó sintió frío, pero no era ella quien estaba helada. Su compañero ya no respiraba, había muerto esa noche de la herida recibida en el costado cuando la salvó a ella de la ira de su propia gente. Ella se derrumbó, gritó como nunca había imaginado que pudiera hacer y fue esta vez ella quien los maldijo a todos. Después solo el silencio. No pudo saber cuánto tiempo estuvo en ese estado. Solo supo que despertó incorporándose dolorida por la postura. Él ya no estaba, solo quedaba su piel y su cuerpo rígido. Ya no era suyo así que lo abandonó sin mirar atrás, ahora pertenecía a los dioses. Cogió la brida del caballo con fuerza y se alejó de allí sabiendo su nuevo nombre, Estrella.

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4 Exploración sensorial

(Registrador de la nave de exploración de la Alianza CZV-5859 detectado. Sistema de almacenamiento intacto. Descargando datos…)

(…)

(Datos descargados con éxito. Descodificando…)

(…)

(Descodificado completado. Mostrando cuaderno de bitácora…)

(…)

Día 24 de la misión Endeavour . Me encuentro en el sistema inexplorado SD 104039. He llegado a este lugar tras escapar de una emboscada rebelde, no sin que antes lograsen alcanzar e inutilizar mis impulsores principales. Los cálculos apresurados del salto han jugado en mi contra, pues he salido del hiperespacio en la órbita del planeta SD 104039 b. La influencia gravitacional es demasiado intensa para poder utilizar el generador hiperespacial de nuevo, y sin propulsión no puedo alejarme del planeta. Mi única opción es utilizar los impulsores de maniobra para descender a la superficie y tratar de reparar la propulsión en tierra.

(…)

Día 25 de la misión Endeavour . El aterrizaje ha sido un éxito. El análisis planetario indica una atmósfera con elevados niveles de amoníaco y metano, y una temperatura media de -60 °C durante el día y -100 °C durante la noche. Período de rotación de 22 horas. Medidas de soporte vital indispensables para salir al exterior. He configurado una señal de radio periódica para pedir auxilio a cualquier nave de la Alianza que cruce este sistema. Me dispongo a preparar el material necesario para iniciar las reparaciones de la nave en cuanto amanezca.

(…)

Día 26 de la misión Endeavour . Hoy he salido por primera vez de la nave, equipada con el traje de soporte vital. El terreno, de relieve suave, parece estar cubierto de una capa azulada de organismos fotosintéticos. He recogido una muestra para analizar cuando termine la misión, pero todo indica formas de vida basadas en metano. He dedicado la mayor parte del tiempo a evaluar los daños, que son más graves de lo que pensaba. El impulsor derecho está totalmente inutilizado, pero creo que el izquierdo se puede reparar. Preveo que me llevará una semana de trabajo ponerlo en funcionamiento. He hecho los cálculos de las reservas de provisiones y combustible. Hay suficiente comida para un mes, pero la energía me preocupa. Teniendo en cuenta la que necesitaré para salir del planeta con un solo impulsor, y la que emplearé para saltar al sistema habitado más cercano y pedir auxilio, calculo que me quedan dos semanas de soporte vital. Cualquier imprevisto podría significar pasar el resto de mis días en este solitario planeta.

(…)

Día 27 de la misión Endeavour . He iniciado las reparaciones sin ningún imprevisto. Aprovechando la climatología despejada, he realizado una exploración de los alrededores mientras esperaba a que las baterías del cortador de plasma se recargasen. A tres millas del campamento, rumbo noreste, he encontrado un lago de amoníaco. Me he sorprendido al ver unas criaturas peludas, de tamaño similar al de un gato, pastando en la vegetación azulada y bebiendo del lago. Me he acercado cuidadosamente a observarlas mejor, pero me han detectado y han huido. ¿Será su comportamiento natural o una prueba de la existencia de depredadores en este planeta? Después del encuentro con las criaturas, me he sentido intranquila, como si estuviese siendo observada. Seguramente sean imaginaciones mías, pero en estos momentos lamento no tener ningún arma para defenderme.

(…)

Día 28 de la misión Endeavour . Esta noche he tenido un sueño extraño. Caminaba por este planeta, rumbo norte desde el lago, hasta encontrar una cueva bajo una colina azulada. Tenía una necesidad imperiosa de entrar en aquel lugar, y así lo hacía. No recuerdo lo que vi en su interior, pero sí, y aunque suene extraño, recuerdo que sabía igual que los batidos de fresa que me preparaba mi madre después de la escuela. Pero lo más insólito fue que, al despertarme, noté aquel sabor en mi boca durante unos segundos. ¿Hasta qué punto la mente puede engañarnos así? He continuado las reparaciones sin imprevistos, aunque la sensación de ser observada ha seguido presente. ¿Habrá algún depredador vigilándome? Estoy deseando salir de este planeta y terminar esta misión maldita.

(…)

Día 29 de la misión Endeavour . He vuelto a tener ese sueño. Esta vez la necesidad de entrar en la cueva era todavía más urgente, y en su interior olía a libro antiguo. A una tarde merodeando por la biblioteca de mi padre. Es extraño, pero de nuevo al despertarme pude oler aquel aroma avainillado durante unos segundos, antes de que se disipase y el olor del combustible neutrónico volviese a impregnar el ambiente. Me pregunto si la cueva existirá en realidad. Las reparaciones continúan sin imprevistos, por lo que he decidido que mañana iré a explorar al norte del lago. Llevaré el cortador de plasma para defenderme de lo que sea que me esté observando. Este planeta tiene un aura sobrecogedora. No negaré que estoy algo asustada, pero la curiosidad me puede. Solo espero que todo sean imaginaciones mías. ¿Tendré otro sueño esta noche? Echo de menos a mis padres. Estoy deseando volver a casa.

(…)

Día 30 de la misión Endeavour . He tenido el mismo sueño otra vez, pero dentro de la cueva se oía la lluvia golpeteando los cristales de la ventana del estudio de mi casa. Ese sonido solía acompañarme durante mis apacibles tardes de lectura. Me desperté escuchando el golpeteo sobre mi cabeza. Pensé que estaría lloviendo amoníaco sobre la nave, pero al salir vi en el cielo tan solo un par de nubes. Me armé con el cortador de plasma y me dirigí hacia el lago. No había ninguna criatura en él, y eso me decepcionó e inquietó. Desde allí estuve caminando casi diez millas hacia el norte por una planicie azul que parecía infinita. No había lugar para esconderse, y aun así me sentía observada. La razón me decía que me diese la vuelta, pero una determinación inusual en mí me forzaba a continuar. Como si el propio planeta me impulsase a seguir caminando. Finalmente, divisé la cueva bajo la colina azulada. Era igual que la de mi sueño. Me sentí muy asustada de repente, y la razón, o quizás la cobardía, acabó imponiéndose. Di media vuelta para volver a la nave, pero al poco tiempo el cielo se encapotó y empezaron a caer las primeras gotas. En ese momento caí en la cuenta de lo irresponsable que había sido al alejarme tanto de la nave en un planeta hostil. El traje no aguantaría mucho tiempo expuesto a la lluvia de amoníaco, por lo que la única opción era buscar refugio. Volví a mirar hacia la cueva, y supe que no tenía otra opción.

La cueva estaba pobremente iluminada por un resplandor multicolor. Al avanzar unos metros descubrí su procedencia: la criatura más extraña que había visto nunca. Era amorfa y homogénea, de mi altura, y brillaba con intensidad alternando rápidamente entre todos los colores del espectro. Parecía pacífica, así que me acerqué hasta estar a un par de metros de ella. De repente, me vino un olor afrutado, como a piña, y escuché unas campanas. En cierto modo, entendí que me estaba saludando. Me presenté, y el sabor del batido de fresa volvió a mi boca, a la vez que el olor a libro antiguo invadía el ambiente. Le hablé entonces de la Tierra, de objetos cotidianos y conceptos abstractos, y descubrí que, para cada uno de ellos, la criatura me hacía sentir una sensación diferente. Sidi, como la he bautizado en honor al planeta, es una criatura muy inteligente. Relaciona correctamente conceptos muy complejos entre sí, y es capaz de formular preguntas. Todo ello mediante la comunicación sensorial. Es sencillo comprender lo que quiere decir en todo momento, aunque escrito suene bastante extraño. Desafortunadamente, al cabo de un tiempo cogí confianza y cometí el error de intentar tocarla. Sidi se apartó antes de que mis dedos la alcanzasen, y empecé a notar un frío intenso, aunque el traje seguía indicando una temperatura corporal normal. Al instante, desapareció, como si se hubiese vuelto invisible. Esperé unos minutos por si regresaba, pero al final decidí marcharme. Había dejado de llover, así que pude volver a la nave sin incidentes. El encuentro con Sidi ha sido fascinante. Mañana regresaré a la cueva para intentar contactarla de nuevo.

(…)

Día 31 de la misión Endeavour . Esta noche no he tenido ningún sueño, lo cual me decepcionó. Fui hasta la cueva, adentrándome hasta su parte más profunda, pero estaba completamente desierta, así como el lago de amoníaco. ¿Sidi se habrá marchado? No puedo permitirme perder más tiempo. Tengo que seguir con las reparaciones. Salir de este planeta es mi principal prioridad.

(…)

Día 32 de la misión Endeavour . Las reparaciones siguen su curso, y creo que en un par de días lograré poner en marcha el impulsor izquierdo. Hoy no he soñado nada, y tampoco tengo aquella sensación de estar siendo observada. No puedo dejar de pensar en Sidi, y en todas las sensaciones que me produjo. ¿Por qué la asustaría? Me arrepiento mucho de haber intentado tocarla.

(…)

Día 33 de la misión Endeavour . Esta noche he tenido una pesadilla terrible. Me encontraba en un pasillo estrecho y largo, huyendo de una oscuridad sin forma. El pasillo estaba en penumbra, iluminado por unas antorchas con forma de piña, y se escuchaban campanas tañendo desde todas direcciones. Me levanté muy asustada, sin tener muy claro si la pesadilla había sido provocada por Sidi o inducida por mis recuerdos. Seguí con las reparaciones, pero de nuevo me sentí observada, lo cual me intranquilizó aún más. Me acerqué al lago mientras el cortador de plasma se recargaba. Allí descubrí con horror que estaba completamente seco. Las criaturas peludas yacían violentamente asesinadas en su orilla, sobre charcos de sangre verde. Ni siquiera me atreví a acercarme para recoger el cuerpo de una de ellas. Confieso que volví corriendo a la nave, cogí el cortador de plasma y no me separé de él en ningún momento. Ahora mismo lo tengo sobre mis piernas mientras escribo esta entrada. Estoy muy asustada, y solo quiero terminar de reparar el impulsor y salir de este planeta tan extraño.

(…)

Día 34 de la misión Endeavour . He vuelto a tener la misma pesadilla, pero esta vez, lo que fuese que me estaba persiguiendo estuvo a punto de alcanzarme antes de que lograse despertar. Hoy ha estado lloviendo todo el día, por lo que no he podido salir a terminar las reparaciones. He escuchado ruidos extraños en el exterior. Seguramente fuesen truenos, pero no puedo evitar pensar que se parecían demasiado al tañer de unas campanas. ¿Me estaré volviendo paranoica? Sigo sin tener respuesta por radio.

(…)

Día 35 de la misión Endeavour . Sigue lloviendo. El cortador de plasma ha desaparecido. Me he despertado esta mañana, después de tener la misma pesadilla del pasillo otra vez, y cuando he ido a buscarlo, no lo he encontrado. Estoy segura de que lo dejé encima de la mesilla. La nave está bloqueada desde el exterior, es imposible que Sidi haya entrado dentro para robarlo. ¿Quizás es que ha estado aquí dentro todo este tiempo? Me siento observada ahora mismo. Nunca me había pasado dentro de la nave. Tengo miedo de meterme en la cama y tener más pesadillas, pero debo descansar. La tormenta parece estar amainando, aunque no dejo de escuchar los truenos.

(…)

Día 36 de la misión Endeavour . Tras otra terrible pesadilla, hoy al fin he podido salir. Alrededor de la nave yacían multitud de las criaturas peludas, asesinadas. Sus cuerpos estaban cubiertos por quemaduras de plasma. Al acercarme al impulsor izquierdo, descubrí que estaba totalmente destrozado. El cortador de plasma, partido en dos, yacía a sus pies. Noté una presencia a mi espalda, y supe que era Sidi. Corrí sin mirar atrás hacia la puerta de la nave, entré y la bloqueé. Con los dos impulsores irreparables, no tengo esperanzas de salir del planeta. El tañido de las campanas es atronador, y estoy empezando a tener mucho frío. Noto a Sidi observándome. Ojalá alguien escuche la señal de socorro.

(…)

(Fin del cuaderno de bitácora…)

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  1. ROJO Y BLANCO

Siete de la mañana. Alfred Bauer salta de la cama como un resorte. No hay espacio para perezosas dilaciones: ducha vaporizada, desayuno frugívoro y uniforme, estilizado y elegante, de las SS, sección policial. Escasos minutos bastan para que Alfred llegue a su comisaría, situada al norte de la gran urbe de Karthago, antes de la guerra conocida como Túnez, capital de la provincia Nordafrika.

En la comisaría reina un gran ajetreo silencioso y hasta acompasado. Nada más girar hacia la derecha, Alfred se encuentra de cara con su superior, Äste, veterano de la gloriosa cruzada, fofo, embotado, de ojillos viles.

―¡Eh, Bauer, ya era hora! Joder, si llego a saber que me ibas a hacer esperar siempre, te habría recomendado para el cuerpo de limpieza racial… ―y da una carcajada brutal y llena de flemas que se recocían en su garganta de viejo macerado en alcohol―. Mira, cállate, no digas nada. ¡Jajaja! Se han cargado a un científico en el Centro de Investigación Endgültigesieg de las SS. No tengo a nadie decente a quien enviar, así que irás tú, ¡jajaja! Anda, vete ya y no te revuelques mucho con los judíos, no me vayas a llenar esto de su peste… ¡Lo que me faltaba, jajaja!

―A sus órdenes, mi comandante ―dice Alfred con un rictus impasible ante la salva de insultos. Bien educado en la disciplina del mejor y mayor ejército del mundo, sabía que nada ganaría enfrentándose a ese inepto y, en su lugar, aguardaba el momento en el que vería caer a ese cerdo borracho y sabía que ese momento llegaría…

Por el camino contempla la magnificencia de los rascacielos, plazas, teatros y estadios construidos en honor al Reich inmortal y se emociona al pensar que este mismo espectáculo se repetía desde Londres hasta Ceilán. Se perdía Alfred en vagas ensoñaciones nacionalsocialistas cuando el chófer le avisó de que había llegado a su destino. Por un momento había olvidado qué hacía allí.

El Centro de Investigación Endgültigesieg tenía forma de huevo, futurista, hecho de materiales metálicos, asépticos, tanto por dentro como por fuera. El oberst-gruppenführer Schultz dirigía el complejo y él mismo lleva a Alfred hasta el laboratorio en el que un científico, Otto Müller, había aparecido muerto, degollado. El cuerpo no estaba aún frío, el rojo intenso de la sangre contrastaba con el blanco de su bata de científico, que se iba tiñendo de rosa.

―Lo encontraron hace una hora aproximadamente. No se ha tocado nada desde entonces a excepción, claro está, del sujeto de pruebas.

―¿Cómo es eso del sujeto de pruebas? ¿Había alguien más aquí?

―Esto es un centro de investigación y experimentamos como subhumanos, Herr Bauer. El sujeto ha sido devuelto a su celda.

―Si fue la última persona que lo vio con vida y que estuvo con él en el momento de la muerte, tendré que hablar con él. Espero que no suponga ningún problema.

―Oh, desde luego que no. La hemos aislado para que pueda interrogarla cómodamente. Aunque ya le advierto que de ninguna forma pudo ser ella quien lo mató.

―¿Así que se trata de una hembra? Interesante… ―Miró en derredor y tras una breve reflexión, dijo: ―Bien, iré a interrogarla a ella primero, no quiero darle mucho tiempo para estudiar respuestas convenientes. Si me hace el favor, cierre este laboratorio y coloque una guardia en la puerta.

―Faltaría más, Herr Bauer. Así se hará. Y ahora, acompáñeme, le guiaré hasta el sujeto de pruebas.

Pasillos tras pasillos sin ventanas, como una ratonera, con luz artificial fuerte y fría, corrosiva a los ojos. Puertas magnéticas que se abrían y cerraban sin ruido. Algún científico revisando los resultados de los análisis tras cualquier recodo… No era el ambiente en el que Alfred se sintiese más cómodo, desde luego. Finalmente llegaron al ala de confinamiento de los sujetos de prueba: a derecha e izquierda se abrían habitáculos en los que había de doce a quince subhumanos en posturas diversas, desnudos, códigos de barras en las frentes huesudas. Justo al final se situaba una puerta magnética.

―Ahí tiene al sujeto de pruebas del doctor Müller. Cuando termine, este hombre le guiará de vuelta al laboratorio ―dijo señalando a un guardia que se colocó al lado de la puerta.

Se trataba de una subhumana mulata, negra chocolate, de pelo largo y rizado como solo ellos pueden tenerlo, de unos dieciséis a dieciocho años, cuerpo perfecto en todos sus aspectos. Cuando de repente se gira hacia Bauer, este no puede evitar dar un paso atrás: unos ojos imposibles, esmeraldas puras y profundas que lo escrutan desde lo oscuro de la celda. Mas no durante mucho tiempo posa la mirada en él y rápidamente vaga por el vacío circundante. Sin duda, su rostro (bellísimo, a pesar de su sangre) reflejaba un estado de locura avanzado, posiblemente causado por su hibridismo aberrante de razas inferiores.

Alfred intenta interrogarla. La híbrida hace caso omiso de sus palabras y contonea el cuerpo de manera insinuante, ajena a todo. Tras recostarse en el banco se levanta y, mirando hacia una esquina, entona algo parecido a una canción de cuna, extrañamente melódica y dulce. Nada se podría sacar de ella. Sin ninguna esperanza, Alfred gritó:

―¡EH! ¡Engendro, cómo te atreves a ignorarme! ¿Quieres que desactive el campo de fuerza y te reviente a palos? Te estoy hablando, ven aquí inmediatamente y contesta a mis preguntas.

Algún efecto surte la amenaza, porque esta se vuelve y se coloca frente a él para dedicarle la más bella de las sonrisas, mostrando una dentadura blanquísima y perfecta.

―Alfred, ¿tú has visto el cielo? Yo quiero ver el cielo… ―Y volvió sus ojazos verdes hacia el techo.

―¿Co… cómo sabes que me llamo Alfred? ¿Qué eres…?

―Tú eres Alfred y yo soy 3771BD, en mi frente pone mi nombre y en tu frente pone el tuyo ―y sonríe mientras apunta con el dedo índice ambas frentes.

―Está totalmente ida… ¿A eso se dedican aquí, a crear monstruos?

Alfred sale espantado de la habitación y es llevado ante Schultz de nuevo, que le explicó que en ese momento el sujeto de pruebas estaba bajo la supresión psíquica del yugo y que, por tanto, no podría haber matado a nadie, ni siquiera mover un dedo. Por otra parte, la naturaleza exacta de los experimentos llevados a cabo por Müller con 3771BD era alto secreto, bastante por encima de su rango. Tras inspeccionar minuciosamente el lugar del crimen, Alfred sale del complejo con la convicción de que no sería un caso fácil de resolver.

Come en una cantina cercana. El rancho habitual, saludable pero no muy apetecible. Entre bocado y bocado, Alfred rumia todos los detalles recopilados durante la mañana. Los datos de la puerta magnética indican que no se abrió desde que entrara el sujeto de pruebas. Dos horas. Nadie entra ni sale. Bisturí. ¿Suicidio o asesinato? Subhumana con el yugo cerebral. Imposible moverse. Ojos verdes que refulgen en la sombra. Nadie entra ni sale. Ellos dos. Blanco manchado de rojo. El cuello abierto. Sus formas oscuras y brillantes. Calor. Su pelo. Su olor. Tocarla. ¡Basta! ¿Qué me pasa?

Se levanta de la mesa sudoroso, tembloroso y asustado. El curso de sus pensamientos tomaba involuntariamente caminos perturbadores. Había que cerrar cuanto antes el caso y alejarse de ese asunto. Un culpable y al paredón. Era todo lo que pedía el Reich en estos casos. Otra vez en el maldito centro de investigación. El olor del cuero de esa negra anegando su pituitaria. Nuevo repaso al laboratorio: nada que rascar. El único camino que le queda, ansiado y temido por igual: hablar de nuevo con la única testigo.

Otra vez las celdas a los lados, sus torvas miradas clavadas en él. Basta ya, quiero que acabe esta mierda. Mientras se abre la puerta, el corazón le late con fuerza. Era tan ridículo… Otra vez ella. Otra vez su mirada irreal. Se ahoga en su visión, se extasía en pensamientos vagos y sugerentes, le parece inmensa, sus perfiles de ébano se difuminan contra las sombras.

―Te esperaba. Sabía que volverías. Ven, ven aquí. No te quedes ahí parado.

―¿Qué vas a saber tú? Espero que esta vez estés más dispuesta a contestar a mis preguntas, más… centrada ―Se va acercando hasta colocarse frente a ella, solo separados por el invisible campo de fuerza de la celda―. Tú estabas allí, mestiza. Cuéntame qué pasó.

―Creo que estás sufriendo, Alfred, sufriendo… como yo. Tú y yo somos iguales. Yo te llamé, Alfred, y acudiste.

―Ya veo que no hay remedio… nada voy a poder sacar de ti por las buenas… No me dejas otra opción que hacerlo por las malas.

Entonces la subhumana hace lo imposible. Mientras miraba fijamente a Alfred, levanta los brazos y suavemente va acercando las manos hasta su rostro, cruzando el campo de fuerza. Alfred se queda inmóvil ante ten inesperado contacto. No reacciona inmediatamente. Cierra los ojos y se pierde en el tacto cálido de sus palmas. Un segundo, por un segundo casi se abandona al tremendo placer que esa subhumana le estaba proporcionando, al placer que sanaba todas sus heridas abiertas. Pero Alfred estaba bien entrenado, da un paso atrás y grita. Entran rápidamente varios guardias. Apagan el campo de fuerza y empiezan a golpear a la subhumana 3771BD, que se tiende en el suelo, soportando la granizada de porrazos.

Después de unos minutos, la tormenta escampa. Los guardias y el mismo Alfred, ya más relajados, aunque tremendamente cansados por el esfuerzo, rodean a la subhumana, hecha un ecce homo , toda llena de heridas sangrantes y hematomas, a duras penas respirando. En aquel momento entra Schultz acompañado de otros dos SS.

―Vaya… estas cosas pasan ―dice, rompiendo con sus palabras el tenso silencio que se había formado en torno a la herida―. Bien, ya no podremos sacar nada de esto, quemadlo en el horno.

―Herr Schultz, espere. Deje que sea la división policial la que se encargue de este desecho, yo mismo me desharé de ella.

Herr Schultz arquea la ceja y toda su cara de momia apergaminada se contrae. Era un gesto tan despectivo que con gusto le habría pegado dos tiros ahí mismo. No mejoró la sensación el hecho de que, ya vuelto de espaldas, respondiese:

―Como quiera, Herr Bauer. Si es su gusto, no voy a ser yo el que se lo niegue…

Alfred arrastra el cuerpo de la mulata hasta el interior de un coche solicitado a la comisaría. Nada más arrancar tiene claro qué hacer. No se cuestiona por qué estaba haciendo aquello, pero lo cierto es que sale de la ciudad por la circunvalación del sur, hacia los Montes Azules.

―Ahora vamos a ver el cielo, Alfred.

Alfred parecía no escucharlo, podía verse toda la ciudad, resplandeciente, abajo. Para el coche en el arcén. Ambos salen del coche.

―¿Qué me has hecho?

―Liberarte. Te sientes extraño porque es la primera vez en tu vida que estás haciendo lo que de verdad deseabas.

Alfred ayuda a la maltrecha 3771BD y contemplan el estrellado firmamento de una noche veraniega.

―¿Ahí también, Alfred? Nunca había visto el cielo…

―Así es… ahí también hemos llegado. Nunca serás libre. Lo siento.

Y ambos miraban a la luna llena que reinaba en la noche, y en su pálida cara, con la cadencia de un latido, se iluminaba una enorme esvástica. Rojo sangre contra el blanco de la luna.

3771BD se desprende del enternecido abrazo de Alfred y avanza a duras penas hacia el límite del barranco; a su paso, las piedras se van elevando, ignorando la gravedad.

―¡Espera! ¿Adónde vas? Las piedras… ¿cómo…? Fuiste tú…

―Gracias por liberarme. Ambos nos hemos liberado, usa bien tu libertad. Consérvala, si puedes. Adiós, Alfred.

Y su cuerpo fue tragado por la oscuridad del acantilado. Alfred pudo sentir cómo algo moría dentro de sí junto con ella. No podría decir qué le había hecho, en qué había cambiado, pero miró al cielo y en la luna seguía latiendo la esvástica. Rojo y blanco. Y se sintió morir.

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  1. La decisión que no tomas

El señor Miller se quedó mirando la caja durante largos minutos. En cierta forma le sorprendía no haber tenido antes el arrebato de comprar el Aparato de Dos Tiempos. Llevaba tantos años siendo lo más, que casi estaba pasándose de moda. Fue después de que su secretario le hablara de su experiencia, que le había dado por pedirse uno.

Las instrucciones eran sencillas y el montaje fue rápido. El resultado no era muy diferente a un ordenador, y cuando encendió la pantalla, de un blanco que parecía casi irreal, le inspiró desconcierto y fascinación por partes iguales. Aunque la sociedad lo había asimilado ya, entablar contacto con el universo alternativo suscitaba en todos un ápice de temor, y el señor Miller no fue una excepción, sintiendo que llevaba a cabo un placer culpable.

x x x

Su mujer se había ido de viaje con sus amigas a Ibiza, así que Jack llevaba un par de días un poco aburrido. Había estado ocupando el tiempo a base de picar código para una nueva aplicación que le habían encargado, pero aquel domingo estaba demasiado perezoso. Por eso, cuando recordó que aún no había abierto el Aparato de Dos Tiempos que le había regalado su esposa, se le antojó probarlo. Nunca le había hecho especial ilusión: se lo había regalado porque, bueno, era el regalo de moda y ella no había querido ser menos.

Tras montarlo y encender la pantalla con su blanco penetrante, Jack sintió un escalofrío y temor, pero al mismo tiempo le parecía atrayente, como asomarse desde lo alto de un gran edificio.

x x x

Segundos después. La conexión se estableció entre los dos universos, separados por una divergencia, y ambos Jack Miller se encontraron enfrente de sí mismos pero diferentes.

—Esto… Buenas tardes, Miller —saludó el señor Miller.

—Buenas tardes… Y Jack, por favor.

—¿Cómo? Sí, tutéame, por favor.

—Ah, de acuerdo, Jack. —Hizo una pausa—. Supongo que será más sencillo si te refieres a mí como Miller —propuso.

Ambos parecían igual de torpes en la primera toma de contacto, pero tanto el uno como el otro se dieron cuenta de que eran más diferentes de lo que podían haber esperado.

—Me parece bien, Miller. ¿Y a qué se debe… em… esta visita? —sonrió torpemente, en su cabeza el chiste para romper el hielo había sonado mucho mejor.

—Mi secretario me convenció anoche, “toda una experiencia reveladora” me dijo, así que me lo he comprado y aquí estoy.

—Curioso. Así que es cierto lo que dicen, siempre se da esta casualidad.

—¿Cómo?

—Que siempre se da esta casualidad cósmica. Tu universo y el mío, parecen que están en cierta forma sincronizados —aclaró Jack—, porque justamente hoy mismo, después de mucho tiempo, me he acordado de que me lo regalaron y me ha dado por probarlo…

—… justo en el mismo momento en el que también decidí hacerlo. Sí, también me lo contó mi secretario.

—Así que tienes secretario…

Jack se fijó en el salón que había tras Miller, que parecía más grande que todo su piso; las ropas de su otra versión también eran mucho más caras, incluso tenía un corte de pelo que parecía sacado de un catálogo.

Miller por su parte, se percató de la austeridad de la habitación en la que Jack estaba, y su vestimenta… Tendría que estar muy borracho para aceptar vestirse así. Sin duda, la vida no le debía de haber tratado tan bien como a él. También se percató en el anillo de casado que Jack lucía en el dedo, quizá la vida de casado había tenido algo que ver.

—Sí, tengo secretario. Me ayuda a dirigir la empresa.

—Empresario. ¡Vaya! —exclamó Jack con los ojos como platos.

—Es evidente que nuestras vidas han tomado rumbos muy distintos. Veo que te has casado —añadió Miller.

—Sí… ¿Tú no? Quizá es esa la diferencia…

—Es una de las diferencias, pero no la principal divergencia. Nunca he tenido ni la más remota intención de pasar por una boda.

—Tienes razón. Tenemos que acotarlo más.

Se hicieron preguntas básicas. Resultó que actualmente vivían en ciudades muy cercanas, pero mientras que Jack se había establecido hacía diez años, Miller lo había hecho unos años después. Éste había viajado mucho más por negocios, y había vivido en varios países hasta que tuvo la oportunidad de fundar su propia empresa de tecnología. Jack se había centrado en la parte más artesanal de sus talentos informáticos y la libertad que le daba ser freelance , aunque tuviera una vida más humilde.

—Y ambos decidimos estudiar lo mismo, así que tampoco es eso… —dijo Miller pensativo—. Tiene que ser algo entre que terminamos la carrera y nos metimos en el mundo laboral.

—¡Claro, la fiesta! —exclamó Jack—. ¡Qué tonto soy! Si no te has casado, es que no conociste a Julia. Aceptaste la oferta para ir a Australia, ¿verdad? Por eso no fuiste a la fiesta.

—¿Australia? Claro, lo había olvidado. Aquello no salió bien, estuve sólo una semana antes de irme a Escocia. Y sí estuve en la fiesta, pero me fui al poco rato o perdía el vuelo.

—¡Ahí está la divergencia entre nuestros dos universos!

En ese momento ambos tuvieron la necesidad de dejar la conversación. Miller recibió una llamada ineludible por un tema negocios, en el que había en juego un trato muy importante; y Jack recibió la inesperada visita de un colega de profesión, varios packs de cerveza y la intención de ver el partido juntos. Decidieron posponer la conversación y volver a usar el Aparato de Dos Tiempos en otro momento y ya continuar desde ahí. Ninguno de los dos propuso día y hora, tenían la certeza de que cuando a ambos les fuera bien, volverían a contactar al mismo tiempo.

x x x

Cuando volvieron a estar frente al otro, ambos se sintieron igual de torpes y confusos al inicio de la sesión. Ninguno tenía que pedir disculpas por la tardanza, pero los dos tenían la necesidad de excusarse.

—Estuve liado con un tema de negocios —explicó Miller—. Tres vuelos en cuatro días, pero la adquisición de una nueva filial ya está casi hecha.

—Yo he estado con la petición de un cliente, una pequeña crisis de seguridad que ya está resuelta. —Hizo una pausa—. He estado pensando que deberíamos contar nuestras historias. Tengo mucha curiosidad por cómo podría haber sido mi vida.

—Opino lo mismo. Si no te importa, empezaré yo.

El señor Miller explicó que aceptó la oferta y, como tenía que irse, sólo pudo pasarse un momento a saludar en la fiesta de su amigo. Recordaba, vagamente, que hubo una chica que le presentaron y que le había llamado la atención. Apenas hablaron, pero sintió algo especial cuando se miraron. Durante el vuelo y días posteriores, no pudo evitar tener a la chica en mente, hasta que la fuerza del tiempo acabó convirtiéndola en un recuerdo más, archivado entre otros tantos flechazos y ligues.

Como ya había comentado la vez anterior, la oferta no resultó ser tan buena, pero antes de volverse con las manos vacías, conoció a un colega de profesión que ayudó a entrar en una pequeña empresa de Escocia, donde participó en el diseño de una aplicación de bastante éxito. El trozo de su pastel fue bastante pequeño, pero le sirvió para labrarse una reputación y, de vuelta a su país, su colega le volvió a contactar y le propuso ser socios. Y de ahí una cosa llevó a la otra hasta fundar una pequeña empresa que no hizo más que crecer y acabó convirtiéndole en millonario cuando entraron en bolsa.

—Resumido así parece algo frío, pero ha sido muy divertido llegar hasta donde estoy. No todo ha sido trabajar: he practicado todo tipo de deportes de aventura y he viajado por medio mundo; me perdí una fiesta, pero he estado en las más grandes, exclusivas y surtidas que puedas imaginar, si sabes a lo que me refiero. Y paso de casarme, pero estoy bien servido de atención femenina, y sin todo ese engorro del compromiso.

Le tocó el turno a Jack. Que resultó que no había aceptado la oferta, porque en la videollamada de la entrevista percibió algo que le hizo sospechar. Así que fue a la fiesta con intención de divertirse hasta que se acabara o perdiera el conocimiento, lo que viniera antes. Por eso, pudo hablar con aquella chica que le habían presentado. —Sonrió, al mencionar a la misma que Miller no pudo conocer mejor—. Resultó que era una persona fantástica, conectaron y pasaron toda la noche hablando. Más tarde consiguió trabajo en la ciudad, programando aplicaciones sencillas, y de ahí se hizo freelance. Por supuesto, aquella chica era Julia y ya llevaban ocho años casados.

—Todo parece más sencillo de lo que parece. En realidad ha sido muy emocionante. Y es genial compartir mi vida con Julia. Estamos buscando el primer hijo, por cierto. A veces me gustaría tener un millón de euros o dos, pero lo cierto es que a la felicidad que tengo no se le puede poner precio.

Ambos se sintieron repentinamente incómodos. El silencio se alargó y por unos instantes sus ojos no supieron adónde mirar. Finalmente ambos decidieron apagar el Aparato de Dos Tiempos.

x x x

En la soledad de su salón, Miller no pudo evitar pensar que encontraba su vida un tanto insustancial. En realidad había intentado encontrar el amor, alguien afín con quien casarse, pero nunca había tenido suerte. El dinero y el éxito empresarial a veces le hacían sentir tan vacío…

En el silencio de su despacho, Jack no pudo evitar pensar que en su vida no era tan de color de rosa. Ya no había ilusión en su matrimonio, y el buscar un hijo era un intento de volver a encontrarla. En realidad anhelaba tener gran éxito empresarial, y la libertad…

—Me gustaría tener su vida… —dijeron Miller y Jack al unísono en sus respectivos universos.

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  1. La Salida

Sebastian estaba atento al televisor. Cada día a las cuatro de la tarde empezaba su serial favorito: “Otoño Azul”. La canción de la introducción empezó a sonar y el anciano se estremeció en cuando vio que se había olvidado del plato de pipas. Dio un resoplido desganado y se levantó del sofá. La cocina estaba a una puerta de distancia, pero con sus achaques de la edad, era como si recorriera el Camino de Santiago.

La cocina era austera y pequeña, con su fregadero, su pequeña nevera y su mobiliario. El hombre empezó a rebuscar entre los cajones. ¿A dónde había puesto las condenadas pipas? De repente el timbre sonó y su corazón dio un vuelco del susto. Se dirigió rezongando hacia la entrada. ¿Quién demonios se atrevía a molestarle en la hora del serial?

En cuanto abrió la puerta lo supo:

—Rickard —gruñó entre dientes.

—Sebastian, tenemos un problema —dijo el otro—. ¿Puedo pasar?

El anciano miró de reojo hacia atrás, profiriendo una maldición mentalmente, y luego se volvió hacia el visitante.

—¿Es urgente? —preguntó, rezando para que no lo fuera y así poder enviarlo de vuelta a la calle.

Daimiel ha desaparecido —contestó Rickard.

Sebastian suspiró y le invitó a pasar.

«Otro capítulo perdido», pensó mientras se dirigían hacia el salón. Rickard dejó su gabán en el perchero y tomó una de las sillas, sentándose de tal forma que apoyaba sus brazos sobre el respaldo. Sebastian hizo lo propio y se sentó frente al invitado.

—¿Y eso? —le preguntó Rickard, señalando hacia el televisor.

—¿Y eso qué?

—¿No lo vas a apagar?

Sebastian negó con la cabeza.

—Es mi serial favorito, y además también le gusta a Avon.

—¿Estás seguro? —le inquirió Rickard, alzando la ceja.

—¡Pues claro que lo estoy! —replicó un Sebastian irritado—. ¿Acaso te crees que lo conoces mejor que yo?

—No pretendo contradecirte, pero se me hace raro que a un espíritu guía le guste ver estos seriales tan mundanos.

El anciano se sonrojó y, tras tomar el mando, apagó el aparato.

—¡Ale, ya está! ¿Contento?

Rickard asintió.

Sebastian cerró los ojos y empezó a inspirar y expirar lentamente, tratando de entrar en trance. Rickard permanecía expectante mientras su dedo daba golpecitos sobre el respaldo.

—¡Oh, Avon! —empezó a musitar Sebastian—. Ven a nosotros, pues de tu ayuda requerimos.

Al cabo de unos pocos minutos, el cuerpo de Sebastian empezó a sacudirse. Rickard no se asustó, pues esa era señal de que su espíritu guía había oído la llamada y estaba acudiendo a ella. Entonces, los ojos del anciano se abrieron. Su mirada y la mueca de su rostro eran diferentes respecto a la habitual. Era más calmada y menos expresiva.

Avon había llegado.

—Al fin estás —le dijo Rickard sin dejar de observarlo.

—Hola de nuevo, Rickard —dijo Avon, encarnado en el cuerpo de Sebastian—. ¿Para qué me has llamado?

—Hace tres días que no sé nada de Daimiel y estoy preocupado.

El espíritu adoptó una mueca pensativa mientras se mesaba la barba. Asintió para sí mismo y luego miró a Rickard.

—Me han llegado rumores que dicen que fue encerrado en el Vacío.

Rickard abrió la boca de asombro.

—¿En el Vacío? ¿Por qué?

—Eso lo ignoro —contestó Avon—. Sea como fuere, él está prisionero allí.

—¡Mierda! —exclamó Rickard, sacudiendo la cabeza—. ¡Tengo que sacarlo de ahí!

Avon realizó un gesto de negación.

—Nadie que haya entrado ahí ha conseguido salir jamás.

—¿Seguro? ¿No hay ninguna manera?

El espíritu permaneció pensativo durante unos minutos.

—Quizás haya una manera —dijo.

Rickard se levantó de la silla y se acercó al médium.

—¿Cuál es? ¿Qué debo hacer? —le preguntó mientras le agarraba de la solapa.

—Antes suéltame, agarrarme así es de mala educación —le recriminó el espíritu. Rickard obedeció y le dejó ir—. Gracias. El Vacío es inaccesible desde el mundo de los muertos, pero sin embargo esa dimensión permanece cercana al mundo de los mortales, es decir, vuestro mundo. Existen nexos que están más cercanos al Vacío, así que…

—¿Así que qué? —insistió el inspector.

—Así que se podría abrir una brecha entre este mundo y el Vacío, y sacarlo de ahí.

—Está bien. ¿A dónde debo ir?

—Desde aquí, el punto más cercano es la iglesia de Saint Joseph. Si vas allí y accedes a cualquier superficie reflectante, podrías invocar a Daimiel y comunicarte con él. Una vez hecho, dile que busque la luz.

Rickard asintió.

—Entendido, voy para allá —dijo mientras iba a buscar el abrigo.

—Hasta luego, Rickard. Te deseo la mejor de las suertes.

El hombre le levantó el pulgar y se dirigió hacia la calle.

La iglesia de Saint Joseph no era especialmente grande, al menos en comparación con otras de la ciudad. Estaba localizada en el casco antiguo, oculta entre las estrechas calles que serpenteaban como un laberinto de antigüedad. A juzgar por la ausencia de retablos y pinturas, esa iglesia era de corte protestante. Si quería buscar una superficie reflectante, tendría que indagar detenidamente. No había espejos, y los ventanales que dejaban pasar la luz del sol estaban a una altura inalcanzable.

A medida que iba paseándose por el lugar, el sonido de sus zapatos retumbaba como los andares de un caballo. Disimuladamente, pasó por encima del cordón y subió al altar, un lugar que no era accesible al público. Levantó levemente el mantel que cubría la mesa con la esperanza que fuera reflectante, pero apenas podía ver su figura en ella.

De repente, una voz le interrumpió.

—Perdone, pero no se puede estar ahí —le dijo el sacerdote.

Rickard se disculpó y salió del altar. Una vez junto a él, le enseñó la placa.

—Buenas tardes, padre. Soy el inspector Rickard, policía de Los Inocentes. Necesitaría ayuda para un caso que estoy investigando.

El anciano asintió.

—Estoy aquí para lo que necesite, inspector.

—Verá, sé que esta puede ser una petición un tanto extraña, pero me gustaría saber si usted conoce algún lugar donde haya alguna superficie reflectante.

El rostro del clérigo dibujó una mueca de confusión.

—¿Una superficie reflectante?

—Sí —contestó Rickard—. Algún espejo, ventana o algo que pueda tener al alcance.

El sacerdote se fregó la barbilla mientras pensaba. Al cabo de unos segundos, chasqueó los dedos.

—Podría haber alguna… ¿Una pila baptismal sería suficiente?

¡Claro! Como no había caído en ello. Rickard asintió y el hombre le guio hacia la pila, que estaba en una esquina cubierta por una sombra. Rickard se lo agradeció y esperó a que se alejara, entonces introdujo una mano en el agua y miró al reflejo.

«Si supiera que mi intención es invocar a un demonio, seguramente me habría echado a patadas», pensó.

Entonces lo llamó con la mente.

El Vacío era un lugar oscuro, y frío. Muy frío. Daimiel vagaba entre la negrura, sin tener un rumbo definido. El silencio reinaba el lugar, como si estuviera desierto. La nada lo envolvía, y eso haría enloquecer a cualquier ser mortal. Pero a él no. No todavía. Eso era insignificante en comparación con el dolor que había causado en sus tiempos de maldad.

«¡Dai!», dijo una voz familiar. Tenía dudas si era fruto de su mente, la cual estaba enloqueciendo, o bien una alucinación.

«¡Dai! ¿Me oyes?», insistía esa voz. «¡Soy Rickard!».

Eso le llamó la atención. Alzó su cabeza, como si su interlocutor estuviera arriba.

—¡Estoy aquí! —contestó con un sonoro grito. Su voz retumbó durante unos segundos.

Esperó unos segundos para ver si recibía respuesta.

«¡Dai!», dijo Rickard. Daimiel sonrió, esperanzado por haberse puesto en contacto con él. «¿Me oyes?», eso le sentó como un jarrón de agua fría. Por algún motivo, podía escuchar pero no comunicarse.

«Si me estás escuchando, he hablado con Avon. Sé que estás encerrado en el Vacío y él me ha dicho que busques la luz para salir de ahí».

Bien, eso le serviría. Si quería salir, debía buscar la luz, pero ¿dónde estaba?

Quizás debiera seguir la dirección de la voz. Estudiando bien el origen, estaba en dirección a su derecha. Daimiel empezó a correr como si el tiempo apremiara. Si podía oír a Rickard, eso quería decir que el Vacío tenía alguna conexión con el mundo de los vivos, y si ese era el caso… significaba que tenía una posibilidad de escapar. Seguía en total oscuridad, pero no se detenía. No después de haber oído la llamada de su amigo.

De repente vio un destello a lo lejos, era ínfimo, pero era algo. Algo que no había visto en días.

Rickard advirtió que el agua se agitaba de una manera antinatural, como si fuera sacudida por un terremoto. En ese momento se convenció de que algo pasaba al otro lado, con la esperanza de que Daimiel hubiera oído su llamada. Entonces sintió como alguien le agarraba la mano. La estrechó y empezó a tirar hacia él. Tras unos esfuerzos, Daimiel salió de allí como un delfín saliendo del agua.

El inspector se estremeció al ver el aspecto terrorífico de su compañero: sus alas en huesos, su piel oscura, sus ojos rojos… Por un momento pensó que se trataba de un demonio de los malos, pero luego se tranquilizó al ver que Daimiel le hacía un gesto de calma con la mano.

—Soy yo —dijo el demonio entre jadeos—. No te asustes.

—Estás hecho una mierda —contestó Rickard—. ¿Cómo has acabado ahí?

Daimiel lo miró con su mirada bañada en un resplandor carmesí.

—Fue Raguel —dijo—. Él fue quién me encerró.

—¿Raguel? ¿El Ángel de la justicia?

Daimiel asintió.

—¿Cómo puede un arcángel estar involucrado en esto? —preguntó Rickard.

—No lo sé, pero si realmente está metido en algún asunto turbio, debemos detenerlo.

Rickard le dio la mano y le ayudó a levantarse.

—Estoy de acuerdo. Quizás Avon pueda darnos alguna pista más.

De repente se oyó un grito. Rickard se giró y vio al sacerdote realizando la señal de la cruz con sus dedos. Ambos salieron corriendo a la calle.

—¡Maldita sea! ¿No puedes transformarte en alguien más guapo? —le preguntó Rickard.

Daimiel negó con la cabeza.

—Eso me tomará tiempo —contestó—. Limitémonos a ir al apartamento de Sebastian y luego ya me preocuparé de eso.

Rickard asintió y, tras embarcar en el coche, tomaron rumbo hacia allí.

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  1. Las palabras mágicas

Su Majestad el rey Adolfo IV es un monarca justo, noble y sabio. Te hinchas de orgullo en tu puesto, unos metros detrás del Rey, y sujetas tu lanza con pasión. Puedes ver cómo el pueblo también admira al rey, y se postran ante él mientras le cuentan sus ruegos, preguntas y penurias. Sus vasallos pasan uno a uno, y puedes ver en su real nuca que Su Majestad se esfuerza en ayudarles en todo lo posible.

Pero, entre audiencia y audiencia, Adolfo IV abre un cofre que mantiene en su regazo e intenta leer la tarjeta que hay en su interior. Cada vez que el Rey alza el contenido del cofre, puedes verlo con claridad.

El Sentido de la Vida



El cofre ha sido heredado en la línea real durante cien años, y en su interior se encuentra El Sentido de la Vida, escrito por la sabia mano del sabio árabe Abderramán el Sabio. Únicamente alguien puro de corazón y abierto de mente puede leerlas, y el Rey, a pesar de sus grandes virtudes, nunca ha sido capaz de descifrar el contenido.

Su Majestad suspira y guarda el cofre, mientras el siguiente solicitante pasa al salón del trono. El aldeano se arrodilla y le cuenta al rey su historia, de disputas territoriales con sus vecinos, de ovejas y de lobos.

—Disculpe, buen ciudadano —le interrumpe el Rey—. ¿Podría decirme qué pone aquí?

El Rey, ante la atenta mirada de sus sirvientes, voltea el cofre y le enseña su contenido al plebeyo.

—Avé, Su Majestad, discúlpeme, que la’ letra’ y yo nunca no’ hemo’ entendío, nunca he sabío distinjir un garabato del otro, pero voto a Dios que pa’ mí ese papel está vacío.

Su Majestado el rey Adolfo IV le da las gracias, cierra el cofre y lo acaricia con cariño. Ayuda al pastor como puede y después manda cancelar el resto de solicitantes de la tarde, pues ha tenido una idea.

Es el día siguiente, el número de visitantes al castillo supera los cinco centenares. Uno a uno entra en la sala del trono, y mira El Sentido De La Vida vigilados estrechamente por varios guardias. Los ves entrar e irse decepcionados, sin haber podido distinguir las palabras de Abderramán el sabio. Entran comerciantes y ladrones, niños y ancianos, ricos y pobres. Alguno miente y dice ser capaz de leerlo, pero el Rey es capaz de ver tras sus mentiras. La prueba se alarga durante todo el día, y dos días más, y tres semanas, y cuatro meses.

Al final, es un niño el único capaz de leer las palabras. Es un niño pequeño, y no puede ser más diferente que el Rey: donde este era alto y fuerte, el otro era pequeño y famélico; uno es ilustrado y el otro es ignorante; uno es de la estirpe de Carlomagno y el otro tiene la más vulgar de las sangres.

Lo ves abrir el cofre, y un brillo dorado inconfundible aparece en su mirada. Sus ojos se fijan en el papel, la concentración y el éxtasis aparecen en su rostro, y, sin mediar palabra, mira al monarca y su rostro le dice que ha podido leerlo. El Rey se levanta corriendo de su trono y vuelve el papel hacia sí, pero puedes ver que sigue tan vacío como siempre.

El Sentido de la Vida



—¿Qué has visto? —pregunta el Rey—. Niño, ¿qué hay escrito en la tarjeta?

—No podría decirle, Su Majestad. No sé leer. Pero no ha hecho falta, el mensaje del sabio me ha entrado directamente a mi alma, sin pasar por mis ojos o cerebro. Ahora me siento… más sabio. No nada más, alteza. No he aprendido nada, y ahora, igual que ayer, no sé por qué nos pegamos al suelo. Pero ahora lo comprendo, y puedo ver la naturaleza y entenderla.

—¿Cómo? ¿Cómo lo has hecho? —el rey Adolfo IV se arrodilla ante el niño, y te acercas protector a su lado—. ¿Eres descendiente de sabios? ¿Eres un ángel del cielo?

—No lo soy, alteza. No soy especial. Es a mí entender que usted es mejor que yo en todos los sentidos. Usted es un rey sabio y bueno, que ha llevado este país a la paz y la prosperidad. Trata bien a sus súbditos, es leído y estudioso, sabe leer y tocar instrumentos. Yo no puedo hacer nada de eso. Pero, creo yo, El Sentido de la Vida no coloca los actos de un hombre en una balanza, sino que valora su corazón. Tal vez yo no sea tan importante como usted, pero he intentado, en mi corta vida, ser la mejor versión de mí mismo que puedo ser. Y entiendo yo que eso es algo importante.

Escuchas con atención al Rey, el mayor hombre de su tiempo, arrodillado y hablando con un niño vestido con ropajes enormes heredados de hermanos mayores. Hablan durante horas, y entrada la noche el niño va con su madre al ala de invitados, cogidos de la mano. No estás seguro de quién lleva a quién.

Al día siguiente al niño le fueron otorgadas tierras, un título y riquezas, pero éste las rechaza. Dice que no es su lugar estar entre los nobles y vuelve con su madre al pueblo, con solo un modesto cargamento de monedas de oro. Y, cuando el niño abandona el palacio, Su Majestado el rey Adolfo IV decide ser la mejor persona que puede ser.

Durante años te quedas a su lado, siempre fiel y protector. Le ves ser instruido por los más prestigiosos mentores, inspirado por los mejores artistas y educado por los más grandes filósofos. El Rey crece, y con él crece el reino, y durante años se alcanza una era de prosperidad nunca antes vista. Su Majestad Adolfo IV despide a su último mentor y, con confianza en que es el mejor rey que puede ser, coge una carroza y va a visitar al niño.

Este ha crecido, y ahora es un joven y próspero comerciante. Vive en una casa pequeña pero cuidada en las afueras de la ciudad, su madre cuidada en una casa del campo. Ha utilizado su conocimiento del mundo para ganarse un lugar en la sociedad, y hasta su competencia le quiere y admira. El rey va con él y, juntos, abren el cofre que lleva cerrado años. Por encima de sus hombros puedes ver el interior.

El Sentido de la Vida



—No veo nada —dice el Rey, decepcionado.

—Ahora puedo leerlo —dice el joven, brillo dorado en su mirada—. Pero siento mucho decirle que no puedo pronunciarlo. Estas son palabras que únicamente pueden llegar directamente al alma.

—No lo entiendo. Soy el mejor rey que puedo ser —dice, sin pizca de ego. Sabe que es verdad—. He aprendido, crecido y evolucionado. Ahora sé que hace años no habría podido leer el Sentido, porque no era digno. Si ahora no lo soy, no sé qué más puede hacer un rey.

—Quizás no un rey, pero sí un hombre, alteza. Usted y yo seguimos siendo muy diferentes: usted es un rey, y el mejor que jamás ha habido. Pero yo, a pesar de un estrato mucho menor, puedo decir que he vivido más: he viajado por el mundo, he vivido en casas pobres y ricas, he conocido a mil personas diferentes de cien trasfondos distintos.

—No lo habías hecho siendo un niño.

—No, es cierto, pero llegué a los límites de mi pequeña esfera infantil y conocí todo lo que estaba en mi mano. Creo yo que al Sentido le importa mucho más el corazón que el cerebro, que, irónicamente, únicamente le transmitirá El Sentido de la Vida a aquel que ya conozca con intimidad la Vida y usted, alteza, aunque ha alcanzado los más altos picos de la vida de un rey, aun solo ha vadeado las aguas de la vida del hombre.

Acompañas al rey fuera, una vez más con desilusión en la mirada pero con una fuerte determinación que toma fuerza en su interior. Al día siguiente, Fernando Carlos, antiguamente conocido como Adolfo IV, abandona su castillo al amanecer, únicamente acompañado por un solitario guardia. Le sigues con lealtad, sin uniforme ni lanza, dispuesto a acompañarle en su nueva vida.

Durante años, Fernando Carlos vive por primera vez como alguien que no tenga sangre real en sus venas. Trabaja, usa sus manos y pasa hambre. Vive como músico, como comerciante y como artesano; usa sus muchos conocimientos para tener cien vidas diferentes. Su pueblo no le reconoce sin su corona, y hablan con él, y a través de sus palabras experimenta mil vidas. Fernando se da cuenta de lo poco que conocía, de lo basto que es el mundo y lo muy ignorante que había sido en su palacio, a pesar de sus muchos maestros. Después de una década en la calle, después de haber ganado una vida desde cero, Fernando por fin considera que ha Vivido, y en cierto modo se entristece por su hijo, reinando en la soledad de la nobleza. Piensa que, cuando termine su viaje, irá a hablar con él.

Juntos, ya entrados en años, vais a ver al joven. Ahora es un adulto, retirado del comercio, y dedica su vida a labores más altas, como a leer, aprender, tocar música y escribir ficción. Cuando Fernando entra reconoce en él al rey, y saca de su caja fuerte el cofre con El Sentido de la Vida. El anciano rey emérito lo abre con manos temblorosas y coloca el papel ante sí. En sus ojos, un resplandor dorado ilumina su rostro.

—Puedo verlo.

—¿Lo entiendes ahora?

—Sí. Lo comprendo.

El rey te mira. Da la vuelta al cofre, y la tarjeta con El Sentido de la Vida aparece delante de ti.

El Sentido de la Vida



Te concentras en la tarjeta, pero no puedes distinguir lo que pone porque aún no eres digno.

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  1. Otro lado, otra historia

Era una noche oscura, llena de gases negros que se asemejaban a nubes de tormentas, pero no había rayos puesto que no era una tormenta real. La contaminación gaseosa estaba permanentemente en este lugar, este era el aspecto que tenía siempre. De repente, lluvia ácida comenzó a caer.

Me enviaron a esta zona, sabían que esa persona vendría, dejó un mensaje indicando que el encuentro tendría lugar aquí, en la catedral metálica. Un lugar que evocaba tiempos más lejanos, cuando los llamados habitantes de aquella era vivían en agujeros y salían a adorar a la tecnología en sus templos dedicados a ella. Hechas de placas metálicas y llenas de chimeneas por todas partes.

Llevaba mi capucha negra como siempre, tapando el rostro para protegerme del ambiente. Estuve caminando durante horas por aquel enorme y enigmático lugar, y entonces apareció una figura humanoide.

Llevaba una cazadora negra, para, al igual que yo, camuflarse entre el ambiente oscuro que ennegrecía el lugar. Su cara estaba tapada por un pañuelo, excepto por los ojos azules que se le entreveían. Su cabeza estaba tapada por una especie de sombrero victoriano, y, en cuanto me vio, invocó en su mano el arma mientras me miraba intensamente. Una espada que por un lado estaba dentada como un serrucho, y del otro extremo salían varillas metálicas con motivos decorativos.

Había llegado el momento, de mi mano derecha saqué mágicamente, mi espada negra, rodeada de varillas azules en forma de rombo. A continuación, de la izquierda saqué de la nada una espada ancha de color marrón oscuro, con ambos bordes dentados y de colores dorados.

—¿Dos? —preguntó el desconocido con una voz inidentificable debido al pañuelo que llevaba.

No le respondí, lancé la espada negra directamente contra él, la cual giraba en el aire en su dirección. En ese momento pegó un salto en el aire hacia atrás para esquivarla. La espada volvió con efecto boomerang hacia a mí.

Él empezó a correr hacia a mí por las paredes mientras desaparecía de un lado y aparecía en la de al lado. Hizo esto para confundirme, porque en el momento que menos me esperaba apareció detrás de mí a punto de clavarme su espada, pero afortunadamente pude contrarrestarle con la marrón de mi izquierda en el último segundo.

Comencé a andar por una pared larga de la estructura, y el empezó a seguirme. Le hice creer que me había acorralado, así que, de su mano descubierta lanzó un rayo oscuro. Pero entonces, di un salto hacia atrás, el rayo pasó sin darme, y comencé a caer abajo a toda velocidad con las dos espadas en forma de equis.

Mi objetivo era alcanzarle, pero se defendió usando su espada para repeler el golpe. Sin embargo, el impacto era tal, que la fuerza que recibió hizo que atravesara la plancha de metal sobre la que estaba de pie, y cayera dentro. ¡Maldición! En interiores soy peor peleando.

Desenvainé las dos espadas con tal fuerza, que produje un magnetismo que ralentizó la fuerza gravitatoria que llevaba, aun así, me acabé golpeando en el hombro al caer de lado. No pude frenar la caída del todo.

Pelear con dos armas no era recomendable, la magia perdía eficacia, y era más complicado de maniobrar, pero debía hacerlo, era la única manera de vencerle. De esta manera tenía mucho más poder que con una sola.

Entré por la puerta más cercana para enfrentarme a mi enemigo. No estaba a la vista, la sala estaba encharcada, y apenas entraba luz por los pocos huecos que había. Los laterales estaban formados por varios arcos enormes. Al fondo estaba el altar tecnológico, ahora vacío. Pero en su momento, ahí era donde se ponían los objetos tecnológicos que la gente veneraba.

Detrás del altar, quedaba el enorme hogar, donde quemaban los artículos que se quedaron anticuados. Este hueco conectaba con el resto de chimeneas que expulsaban al aire todos los residuos producto de la quemada que se hacía.

El techo estaba muy alto, para dar sensación de majestuosidad, y apenas había elementos decorativos, la atención sólo debía fijarse en los aparatos ante los que se postraban. La razón de que todo estuviera tan oscuro es, de además de ventanas tan pequeñas, era porque estaban acostumbrados a vivir bajo tierra, y la luz les molestaba.

Pero como el exterior era sagrado para ellos, era lógico que su idolatría se llevara a cabo allí. Estuvieron construyendo estos sitios de adoración durante las noches, y cuando amanecía volvían a sus agujeros a descansar. De repente, una voz me devolvió fuera de mis pensamientos de aquel lugar.

—¿Eres uno de ellos? ¿De la nobleza? —dijo sin mostrarse ante mí, no podía adivinar de donde venía su voz.

Me mantuve callado, esperando que delatara su posición en algún momento y atacarle por sorpresa.

—No, —prosiguió— ellos jamás se mancharían las manos. Tú debes ser alguien que hayan contratado. Trabajas para ellos, como su guardaespaldas, ¿me equivoco? Puede que no seas un noble, pero perteneces a su mismo estamento.

—¿Y qué, si es así? —respondí.

—Qué rápido habéis olvidado a los demás, a los que no tenemos nada.

Tardé en responder después de decirme esto. Entonces recordé que ocurrió con los que, como él, vivían exiliados en el territorio prohibido.

—¿Aún con ese discurso? ¿Después de cientos de años? Vosotros elegisteis ser independientes, tener vuestras propias reglas, aún no sé cómo vuestra escoria sigue viviendo.

—¿Cómo te atreves? Escoria dices. Escucha, ¡yo no elegí esta vida! No puedo seguir viviendo de esta manera.

—¿Y para eso tienes que matar gente de nuestro distrito?

—¡Es la única manera de sobrevivir! —gritó con todas sus fuerzas.

—Pues si quieres sobrevivir, sal de una vez. No me gusta hablar; salgo, me cargo mi oponente, y regreso a casa. Y mucho menos con una basura como los de tu clase.

—Esta catedral será tu tumba.

—Dios, espero que no, lo que me faltaba es morir en un sitio que recuerde a cuando la gente aun usaba la tecnología—dije mientras señalaba con la espada hacia adelante.

—¿Últimas palabras antes de que sigas diciendo blasfemias por esa boca de mierda que tienes?

Aproveché que me dijo eso, se le veía nervioso. Si conseguía enfadarle, perdería la concentración, y sería más sencillo matarle ahí mismo.

—Sí, ya que lo dices, una cosa. ¿Por qué demonios querías un duelo? Te habría sido más sencillo seguir matando y saqueando en lugar de dejarte ver.

—Porque servirá de advertencia, si me cargo al mejor que puedan mandar, abandonarán toda esperanza de poder librarse de mí, y de los demás que vendrán a por ellos. Muy pronto, vuestro territorio, lo recuperaremos.

—Ya, —espeté, antes de que siguiera soltando su discurso— durante décadas exigiendo que pudierais tener vuestras propias reglas, y ahora que sois independientes queréis robarnos. Muy lógico todo, deja que sean nuestras espadas quienes decidan ese cruel destino.

Dejamos de hablar en ese momento, él se mostró ante mí congelando varias zonas del suelo que tuve que esquivar de golpe, y la lucha prosiguió su curso. La batalla tenía pinta de durar lo que no estaba escrito.

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Ya están todos, son ocho, creo XD

Si alguien ve algo que falta que me lo diga

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