3 Concurso de relatos, VERANO: Hilo de relatos

Aqui están los relatos. El plazo para enviarme la puntuación y la sala de partos será hasta el domingo día 16 de agosto.
Se puntuarán con 3 puntos ,2 puntos y 1 punto a los que consideréis mejores. Se agradecerán los comentarios de todos los relatos además de los que hayáis puntuado.
También sería interesante mandar la sala de partos, es decir, explicar de vuestro propio relato enviado el porqué lo hicistéis, etc.

La condición de esta edición veraniega era que el protagonista estuviera de vacaciones en un país exranjero.

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CHIMICHANGAS

Peter había tenido un apacible vuelo, en parte por las ganas que tenía de estar de vacaciones unos días lejos de Nueva York, así que aceptó la invitación de un viejo amigo de pasar unos días con él en una cabaña que tenía en las afueras de Montreal. Tras pasar los controles de seguridad y recoger la maleta que trajo consigo, Peter sale del aeropuerto de Montreal respirando un aire más puro que el que puede haber en Nueva York, buscando a su amigo con la mirada… sin encontrarlo.

-No es propio de ti llegar tarde, el avión ha llegado puntual.

Pasados cinco minutos, un todoterreno de color verde oxidado llega a detenerse frente a Peter, conducido por su viejo amigo James, aunque a él prefiere que lo llamen “Logan”.

-Siento el retraso, “Petey”, pero me he entretenido por el camino.

Peter coloca la maleta en el maletero y después se sube al asiento de copiloto, abrochándose el cinturón tras sentarse.

-¿algún “Wéndigo”?

James sonríe y comienza a buscar alguna emisora musical en la radio del coche.

-No, una pandilla de críos con una camioneta estropeada. Tuve que ayudarles con el motor, lo tenían gripado.

-Bueno, mejor eso que un “Wéndigo”.

James mueve el coche para salir del aeropuerto de Montreal, permitiendo a Peter ver los enormes territorios que hay por el lugar sin edificar, todo naturaleza.

-Cuando hablabas de Canadá no mentías sobre lo verde y natural que era el país.

-Me gusta venir aquí cuando Nueva York me satura. No soporto esa urbe contaminada y llena de coches, no sé como lo aguantas, “Queens”.

-¿”Queens”?

James sonrie, como si hubiera hurgado en alguna herida.

-Eres de Queens, lo vi en la ficha, aunque recuerdo que alguna vez lo comentaste charlando.

James olfatea a Peter y nota un olor diferente al de otras veces.

-No hueles a flores salvajes del caribe, sino a naftalina. ¿ya no estás con tu pelirroja?

-Nos hemos dado un tiempo. ¿siempre olisqueas así a la gente?

-Solo a los amigos a los que invito a pasar las vacaciones, “Queens”.

Tras una hora y veinte minutos de carretera, El vehículo deja la carretera para recorrer un sendero sin asfaltar que al cabo de unos tres minutos, les lleva a una cabaña que por fuera esta bastante bien conservada, de madera noble y un porche acogedor para sentarse si se prefiere ver el bosque en todo su esplendor.

-Hemos llegado. ¿sientes la naturaleza? Esto es único.

Peter baja del vehículo y confirma lo que James dice: la naturaleza se siente por todos los poros del cuerpo. La sensación de estar en un lugar libre de contaminación, sin rascacielos, es lo que podría necesitar, evitando así la costumbre de “subirse por las paredes” que le hacía ir aceleradamente por Nueva York.

-Logan, ¿tienes comida en el frigorífico? La comida en el avión era de todo menos comes…

Peter no tiene tiempo de terminar su frase al ver una figura conocida y familiar dentro de la cabaña y no, no era James, ya que James estaba detrás de él.

-¡Sorpresa!

Varias cajas de confeti de colores estallan por todos lados poniendo el salón perdido, provocando el enfado de James.

-Wade, maldito hijo de…

-Esa lengua, James, tienes un invitado.

-Lo tengo, pero tú no lo eres. Sal de aquí cagando leches, Wade, no me hagas enfadar.

Wade Wilson, viejo compañero de fatigas de James y socio accidental de Peter en algún que otro chanchullo, se levanta del sofá y se acerca hacia la puerta, donde seguían estando el dueño de la cabaña y Peter.

-Vamos, “pitufo gruñón”, no te me enfades. Además, he traído algo para que no echarais mucho de menos Nueva York. Las he dejado en la mesa esa tan mona de roble que tienes para poner ahí los pies.

-¿que has traído “qué”?

Peter husmea, y a diferencia de James, sabe lo que huele:

-Chimichangas. Has venido aquí, sin avisarnos, forzando la puerta, para traer… ¿chimichangas?

-Una entrega especial para gente especial. Vamos, vamos, que se enfrían.

Un enfadado James y un cauteloso Peter entran al salón de la cabaña donde puede verse una bandeja con decenas de chimichangas preparadas para su degustacion, así como refrescos o cerveza.

-Has traído cerveza, Wade. ¿es tu buena acción del día?

-Bueno, ya sabes lo que se dice: si te vas a colar en la cabaña de alguien, has de hacerlo con clase. Siempre hay que comprar cerveza en lugar de sacar la del frigorífico, queda muy mal.

Peter duda en comer las chimichangas, pero por no hacer un feo, pilla una y la mastica, saboreando los ingredientes. Después de tragarla, hace a Wade la pregunta del millón:

-Dinos la verdad, Wade: ¿por qué nos estabas esperando?

Ante tamaña pregunta, el intruso solo tiene una respuesta… que no les va a gustar:

-La verdad es que si estoy aquí es por que me ofrecieron dinero por matar al pequeño canadiense, pero al estar tú con él, mis jefes se enteraron y me ofrecieron un plús por matarte a tí también. Entiéndelo, son negocios, no es nada personal.

-Entonces, las chimichangas…

Wade sonríe.

-Son muy buenas, me he comido unas cuantas, y él también las ha probado, aunque luego diga por ahí que no come estas cosas… pero bueno, él puede soportar lo que le echen y mas, ¿eh, James?

James está inconsciente en el sofá, con restos de chimichangas cayéndole por la boca, manchando su camiseta blanca y el suelo.

-Ah, ese pequeño canadiense… menudo despertar va a tener cuando se entere que he puesto un poco de laxante para caballos en algunas de las que se ha comido.

Peter, enfadado, trata de golpear en la cara a Wade, pero su brazo se siente pesado, lento, y no llega ni a rozarle la nariz.

-Oh, “Petey”, tranquilo, solo he puesto un anestésico muy potente en varias de las chimichangas menos potentes, esa úlcera hay que cuidarla. Te diré una cosa: por mucho que me pagasen por mataros… saco más dinero entregando a quien me pidió matarte a ti y al gruñón mas insoportable que jamás tendrás como anfitrión. No le digas lo que le ha pasado con algunos puros de su colección privada, ¿eh?

Peter cae al suelo, inconsciente, siendo levantado por Wade y colocado en un sofá, junto al también dormido James. Wade saca su Iphone12 y se pone entre los dos, diciendo:

-¡Chimichangas!

8 HORAS DESPUÉS

-Jean… Jean… no, eso no, delante de Scott no…

James balbucea una serie de palabras hasta que el ruido que se escucha de sus tripas le despierta de golpe, impulsándole repentinamente a buscar el cuarto de baño mas cercano. Por otro lado, Peter está en una hamaca, abrazado a un peluche en forma de muñeco de Monopoly al cual le falta un ojo. Al girarse bruscamente, Peter cae al suelo, golpeándose con la madera.

-Pero que…

Peter trata de concentrarse en cómo narices estaba dormido ahí, y abrazado a ese muñeco horroroso del cual no recuerda cómo ha llegado a sus manos, sin tener nada en la memoria, salvo un sabor horroroso a…

-Chimichangas. Maldito Wade Wilson, si le pillo…

Peter busca la bandeja donde había las chimichangas que trajo Wade, para deshacerse de ellas tirándolas a un triturador de basuras, y al pasar cerca del baño, el olor a podredumbre traspasaba la puerta. Ante el temor a problemas mas serios, Peter hace una pregunta sencilla:

-¿estas bien?

-¡NO ME PREGUNTES ESO!

El grito de su amigo, aderezado por un tremendo golpe en la puerta del baño, demuestran que no le está sentando nada bien la digestión de las chimichangas.

“Así, a la basura”, piensa Peter mientras ve como todas las chimichangas se deshacen en el triturador, del cual recoge el contenedor para así llevarlo a un cubo especializado en residuos orgánicos que hay algo más allá del porche. Al regresar, Peter nota por el olfato que su amigo aún sigue en el baño… y que no encuentra su maleta.

-La maleta. Espero que Wade…

Rápidamente, Peter sube por unas escaleras que dan a la planta de arriba de la cabaña, encontrando un cuarto de baño con ducha, un rincon para botellines de cerveza canadiense a tenor de las etiquetas, y dos habitaciones, siendo una de ellas donde no solo encuentra su maleta abierta, sino que encima encuentra en una cama varias decenas de calzoncillos a cual mas hortera, luciendo casi siempre en la zona central, la hoja de arce característica del país, junto a un post-it que dice así:

Querido Petey: si vas a pasar unos días en Canadá y quieres mojar el churro con una canadiense, olvídate de esos calzoncillitos blancos que te compra tu adorable tía y lleva unos calzoncillos de verdad, calzoncillos 100% canadienses (yo siempre los llevo, nunca fallan). Wade

Al rebuscar en la maleta, Peter suspira aliviado al encontrar, no solo su móvil, sino también su cámara de fotos digital, la cual se había traído para hacer fotos de los paisajes canadienses y quien sabe si vender alguna de las fotos al diario de toda la vida o quedarse alguna para el móvil.

“Menos mal que estáis aquí”, piensa Peter, que mira bien la habitación por si hubiera más notas o detalles de la presencia de Wade, sin encontrarlos, lo cual le hace a Peter respirar mas tranquilamente. Al bajar las escaleras, Peter sigue notando un terrible y nauseabundo hedor en sus fosas nasales, pero esta vez ve a su amigo de pie, con una expresión no muy agradable.

-¿quieres que traiga varios ambientadores de pino?

-Wade, maldito hijo de… le atraparé y le destriparé y me haré pasteles de carne con su cuerpo.

James esta tensó, lo cual es normal después de haber evacuado casi todo lo que le quedaba en los intestinos… y sobrevivir. Ahora mismo no está para sentarse… ni mucho menos.

-Mejor que no veas lo que me ha regalado Wade, de hecho, no me los pienso poner.

-¿poner?

Peter, con cara de resignación, le cuenta la noticia:

-Wade me ha dejado decenas de calzoncillos con la bandera del país y se ha llevado los que traía en la maleta.

James mira a Peter y le dice algo al oído:

-Wade siempre ha tenido mal gusto para todo, yo que tú los aprovecharía para hacerte un traje de esos.

-No, eso no. Ya fui una vez por ahí disfrazado del hombre con bolsa en la cabeza, solo me faltaría ir disfrazado del hombre de la hoja de arce.

James sonrie y dice:

-El Asombroso Arce-Man.

Peter, harto ya de hablar del tema, busca zanjarlo con su amigo:

-No, no lo digas, no sigas con eso.

James, ignorando a Peter, comienza a cantar una canción:

-Arce-Man, Arce-Man, aquí viene el gran Arce-Man. No es canadiense, es de Nueva York, pero eso no importa, no importa no. ¡Mirad! Aquí está Arce-Man.

-Oh, demonios. Malditas chimichangas…

Peter decide salir de la cabaña para ver el cielo estrellado, ya que entre el vuelo y las chimichangas, se había hecho de noche. Una estrella brilla con fuerza en el cielo, lo cual hace que Peter diga un nombre.

-Gwen.

Lágrimas comienzan a brotar al recordar a una chica que para él fue especial, un amor que al final terminó de las peores maneras posibles: asesinada a sangre fría delante de él, nada menos que por el padre del que fuese su mejor amigo. James se acerca a Peter y ve el brillo de sus ojos por sus lágrimas.

-¿tan mal he cantado?

-No, solo era… un recuerdo de alguien que ya no está.

-De esos he tenido muchos, y siempre me pasa lo mismo: miro al cielo, a la luna… y lloro recordando cada perdida. Eso me hace recordar que aunque sea el mejor en lo que haga… jamás podré ser mejor de lo que fui.

Peter nota un rugido en sus tripas y avisa a James:

-Voy al baño de arriba. Maldito Wade…

ESTA HISTORIA TIENE, POR SUPUESTO, UN… FIN .

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A lo mochilero por Europa

Querida Andrea, te escribo desde el tren, estoy en ruta interrail por Europa desde hace unos días y tengo un par de horas por delante hasta mi siguiente destino.

Son las 22:30 y ahora mismo no se ve nada desde la ventana, aparte de mi reflejo, tengo mala cara, por cierto. Debemos estar pasando por una zona rural porque hay muy poca luz fuera.

El revisor me ha dicho que si pienso aprovechar el viaje para echar una cabezada cierre bien la mochila, porque de noche la velocidad baja tanto que algunos carteristas aprovechan para subir al tren por esta zona y desplumar a los viajeros despistados.

Como te prometí, voy a contarte lo que pasó con Juan, ya que cuando me llamaste no me encontraba con ánimo, aún estaba demasiado reciente.

En realidad no hay mucho que contar, era cuestión de tiempo que pasara, ya éramos casi como hermanos después de tantos años juntos, lo que no esperaba es que terminara de la forma en que terminó. La mentira, la falta de confianza… Quizá podríamos haber hablado las cosas y llegar a una solución, cambiar nuestra relación o simplemente decidir conjuntamente tomar caminos separados, en cualquier caso ya es demasiado tarde.

Resultó que Juan había estado viéndose con una persona de su oficina y al parecer se había enamorado, algo mucho más complicado que un simple desliz, qué cosas, estuvo mintiéndome durante tres meses diciéndome que iba al gimnasio, Juan, que no había hecho deporte en su vida y de repente le dio por comer ensaladas de quinoa. Eso me hizo empezar a sospechar, bueno, eso y, que aunque nuestra vida sexual nunca había sido la bomba, estos últimos tres meses estaba siendo inexistente.

Así que pasó lo que tenía que pasar, no sé si él quería que los pillara porque no se atrevía a confesarme su aventura de su propia voz o si fue una casualidad del destino que ese día terminara pronto mi jornada y regresara a casa un par de horas antes. Lo que desde luego no esperaba era que la aventura fuera con su compañero Manolo.

Y eso es básicamente lo que pasó, así que aquí estoy, haciendo el viaje que siempre quise hacer cuando estaba soltera, intentando reencontrarme a mí misma después de casi 10 años de relación y reflexionando sobre los años perdidos. No sé cuántos días voy a estar en ruta pero no podía quedarme allí, volver a casa de mis padres y tener que explicarle todo a mi familia, encontrarme con la suya por el pueblo o encerrarme hasta que pasara el temporal, en estos momentos debemos ser la comidilla, es posible que incluso te hayas enterado de algo por tu cuenta antes de recibir esta carta.

Lo peor, Andrea, no es el desengaño, ahora, después del shock de los primeros días, como te he dicho, nuestra relación era la crónica de una muerte anunciada y el cambio de acera ni siquiera me parece una ofensa, simplemente no entiendo cómo puede seguir pasando en esta época siendo de una familia no especialmente conservadora y sobre todo no haberme dado cuenta, quizá yo tampoco tenía mucho con lo que comparar, quizá sea bisexual, quizá me lo explique él mismo algún día tomando un café.

Creo que será más duro acostumbrarme a estar sola, ya tengo la sensación de que me miran en el tren, si empiezo a oír risitas a mis espaldas empezaré a preocuparme, ayer casi le doy la mano a un desconocido creyéndome que era Juan, me siento como si estuviera asomándome a un acantilado y no viera el fondo, la soledad me da pánico pero creo que este viaje es la mejor terapia de choque, a la vuelta, si sobrevivo, seré una persona nueva.

En fin, en un par de horas llegaré a Milán, pero antes quiero dormir un poco porque es muy tarde y llevo demasiadas horas despierta, me han recomendado ir a la Piazza Mercanti y a la catedral, preguntaré si hay algún punto de información turística en la estación para planificar mi día, en Lyon no me fue mal así, ví el teatro romano y la basílica de Fourviere y tuve la suerte de que en Julio no se paga para entrar, la zona antigua también me encantó, Vieux Lyon, lo llaman.

Deséame suerte y nos vemos a mi vuelta.

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Recuerdos Completos

—Señora García, bienvenida a Recuerdos Completos. ¿Sabe ya qué vacaciones va a elegir?
—Sí. Me gustaría ser una espía internacional que destapa una trama de corrupción, en un destino exótico, y derrotar a un malvado supervillano.
—Perfecto. ¿En qué lugar quiere vivir esa aventura?
—En Almería; todavía no la he visitado.

Allí estaba yo, Ana García López, en la sede andorrana de Recuerdos Completos. Salí de Madrid en autobús, en un viaje organizado por dicha empresa, que ofrecía emocionantes, y baratas, vacaciones mentales. No podía aspirar a más, con mi sueldo mensual de novecientos euros como secretaria. Al ser una tecnología americana que no había sido aprobada por la UE, solo podíamos ir a sedes de microestados, como Andorra o Mónaco, que no estaban limitados por la legislación europea.

Me llevaron a un sillón de cuero, con sujeciones metálicas para brazos y piernas, donde te administraban todos los fármacos que recreaban, mentalmente, tus vacaciones de ensueño. En ese momento, me asusté un poco al recordar las palabras de mi compañera de recursos humanos en Imdra. «No vayas a Recuerdos Completos. Una vecina mía fue allí y le tuvieron que hacer una histerectomía de emergencia. No vale la pena jugar con el cerebro», así lo dijo, con esas palabras literales. Probablemente, mi compañera no supiera mucho de anatomía o, a lo mejor, su vecina tenía los lóbulos cerebrales en otra parte del cuerpo. En todo caso, al sentarme en esa especie de silla de tortura me desmayé y no recuerdo nada más hasta que me desperté chillando.

—¡Hagan algo! ¡Inyéctenle más sedante! —gritó una doctora, al ver que los técnicos sanitarios no podían contralar a la joven que pegaba alaridos y daba hostias a diestro y siniestro.
—¡No podemos! —exclamó un auxiliar de enfermería en prácticas—. Está viviendo una alucinación psicótica emparanoiante.
—¡Una APE! ¡Por Dios! ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Ya le habían inyectado el vial de LSD?
—¡Qué va! Solo le habíamos dado una pastilla de Frenadol y se ha puesto como una loca. Que si se lo llegamos a dar de sobre, con lo malo que está…
—¡El agua! ¡El agua es la clave de todo! —me oí gritar a mí misma mientras trataba de soltarme de los hombres con batas blancas que luchaban por retenerme.

Al final, le solté un guantazo al técnico que tenía al lado y mandé sus gafas al otro lado de la habitación. Aprovechando la confusión, me zafé de ellos y salí corriendo de allí, buscando la salida del edificio. Todos me perseguían por los pasillos: la doctora, los técnicos, una comercial gritando que si no le ponía un diez en la encuesta de satisfacción no cobraría el plus ese mes, un conserje enfadado porque había pisado el suelo recién fregado y algunos más que no recuerdo quienes eran. Por fin, encontré la salida y allí estaba el chico de mis sueños, Jorge, el guardia civil guapísimo y famoso que había participado en la última edición de supervivientes. Estaba esperándome al volante de un descapotable de lujo.

—Ana, tienes que escapar conmigo si no quieres que te laven la mente por lo que sabes.
—¿Y qué es lo que sé? —pregunté cándidamente como la ingenua enamorada que era, con su ídolo de Instagram frente a sus ojos.
—Sube al coche y te lo contaré todo.

Salimos de Andorra la Vieja a toda pastilla, ignorando los radares de velocidad. Al llegar a la garita de control solo frenamos un poco para que Jorge le firmara un autógrafo a una joven compañera suya de fronteras, que le estaba poniendo ojitos, y reanudamos de nuevo la marcha sin perder tiempo.

—Ana, debes saber que el gobernador Villarejo te envió a Imdra para que vigilaras el desarrollo del nuevo software para su proyecto secreto del agua. Eres su espía infiltrada.
—¡Oh, no! ¿Cómo es posible? No recuerdo nada.
—Es tecnología cerebral punta, desarrollada en el Estado Libre Asociado de Almería: chupito de anís y estacazo en la cabeza.
—Por eso me dan ganas de vomitar cada vez que huelo el anís. Ahora todo tiene sentido…

De manera inesperada, había pasado de ser una triste secretaria de una empresa cutre de informática a una espía doble a las órdenes del temible gobernador Villarejo. Parecía que, el que fuera comisario de las cloacas del estado, terminaría sus días en prisión. Pero, sorpresivamente, el chantaje con un video pornográfico protagonizado por Campechano Primero, rey emérito de España, y Chortina Ficken, una joven duquesa alemana, puso en jaque al gobierno español. Para evitar el escándalo a nivel nacional e internacional, no solo le dieron el indulto a Villarejo, sino que, además, le concedieron la provincia de Almería, para que la gobernase a su antojo.

—¿Y qué relación tiene la Guardia Civil con todo esto? —pregunté, todavía en estado de shock por la revelación previa.
—Formo parte de un grupo de élite que está asesorando a la guerrilla unionista almeriense. Queremos que, de manera pacífica y democrática, se alcen en armas contra Villarejo y que lo ajusticien de forma lenta y dolorosa. Vamos, el típico Gadafi style, como lo llamamos los servicios secretos.
—Pero, si trabajo para Villarejo, ¿por qué me ayudas?
—Antes del garrotazo en la cabeza, descubriste un secreto relacionado con la planta embotelladora de agua con gas de Villarejo. Toda su fortuna personal depende de vendérsela a precio de oro a los sedientos almerienses. Por eso, decidiste unirte a la resistencia y contactar conmigo.
—¡Vaya! ¿Y qué hacemos ahora?
—Tenemos que entrar de incógnito en Almería y dirigirnos al epicentro de todo, el peñón de Bernal, donde Villarejo guarda su mayor secreto.

Tras atravesar la República de los Payeses Catalanes y el Reino de Valencia, entramos, desde territorio español, por Murcia para ser exactos, en ese caótico y desértico país conocido como Almería. Cuando esperábamos en la frontera a que los esbirros de Villarejo revisasen los pasaportes de los coches que iban por delante nuestra, ocurrió un suceso extraño que nos benefició. Una mujer enorme, de dos metros de altura y ciento cincuenta kilos de peso, se dobló por el dolor, sujetándose la tripa, intentando contener una flatulencia extrema. A su lado, un soldador estaba trabajando, instalando nuevas rejas en la garita de control con la ayuda de una llama de acetileno. Era la crónica de una explosión anunciada: Un enorme cuesco se abrió paso entre el fino tejido del vestido de la mujer y se inflamó al contacto con el soplete. Tras la enorme deflagración, se hizo el caos y los guardias de frontera se pusieron a extinguir el fuego y ayudar a los quemados. Jorge aprovechó para meter el deportivo por un carril cerrado con conos, dando unos pocos botes al pisarlos, y acelerar a toda velocidad hacia el interior de Almería.

—Empiezo a recordar detalles inconexos de mi trabajo para Villarejo: Estoy dentro de una enorme cueva y, en el centro de esta, hay una enorme rueda con el dibujo de un Indalo —comenté a Jorge.
—Nuestros informes de la resistencia nos indican que se encuentra en el interior del peñón de Bernal, por eso vamos allí. Desde el Neolítico, ha sido el epicentro de energías telúricas. No fue casualidad que rodaran la escena del Templo de Thulsa Doom, en la película de Conan el Bárbaro, en ese paraje. Los guionistas sabían que ese lugar era mágico.

Tras un rato de viaje, acabamos llegando a las cercanías del cerro. Tuvimos que dejar el deportivo a la entrada de un camino y seguir a pie. El sol era abrasador y el polvo reseco de la senda se nos metía en la garganta. Por fin, acabamos llegando a una puerta metálica, puesta directamente sobre una roca, con un letrero que ponía: «Empresa de aguas de Villarejo. Prohibido el paso». Ignorando la advertencia, abrimos la puerta para adentrarnos en el interior de un túnel de hormigón escasamente iluminado. Tras andar unos cientos de metros, abrimos unas puertas antiincendios y accedimos a la enorme gruta que había dentro del peñón.

—¡Quietos ahí! —dijo un hombre vestido de negro y con pistola que lideraba a varios soldados de Villarejo.
—¡Yo te conozco! —exclamé asombrada— ¡Eres el actor que hace de Antonio Recio!
—Gracias, Ana, por acordarte. Antes éramos compañeros en el servicio secreto de Almería, pero luego te uniste a los rebeldes.
—No lo entiendo —intervino Jorge. ¿Por qué Villarejo escogió a un actor para trabajar de espía?
—No es ningún misterio —contestó el aludido—. El gobernador siempre fue un gran fan del actor Michael Ironside y yo me parezco bastante a él. Además, me paga muchísimo más que la productora para la que trabajaba.
—¡El círculo se cierra! —intervino una voz familiar—. Acompáñame, Ana. En tiempos, fuiste mi mejor espía.

Allí estaba Villarejo, que había aparecido de entre la sombras empuñando también una pistola. Mi mente empezaba a dar vueltas sin saber que hacer, pero, si quería resolver este misterio, mi intuición me decía que debía seguirle.

—¡De acuerdo! —grité—. ¡Enséñame la gran rueda!
—Doble de Ironside, encárgate de este guardia civil. Yo hablaré en privado con nuestra desertora.

Tras subir unas larguísimas escaleras de piedra, llegamos a la rueda con el dibujo del Indalo que había visto en mis sueños.

—Los romanos excavaron esta gruta para dominar la fuerza del agua que hay bajo este peñón. Pero la rueda fue construida por una civilización ya extinta. Si se girase del todo, miles de hectómetros cúbicos de agua con gas saldrían a presión por la cúspide de la montaña, inundando Almería entera. Por eso se instaló, para protegernos de ese peligro.
—Sí, pero también es un agua llena de sulfitos y fosfatos que fertilizarían la tierra árida de este país, convirtiéndolo en un vergel. Por eso nunca quisiste abrirla.
—¿Qué hay de malo en ir vendiéndoles esta agua poco a poco y hacerme rico con ello?
—¡Es una crueldad! Embotellas agua con gas, que no quita la sed ni tomándola fría. Es lo único que los almerienses pueden beber contigo.

En ese momento, apareció Jorge con los dos brazos sangrantes de Antonio Recio bajo su axila y con una libreta en su mano.

—Gobernador Villarejo, ¿cómo puede tener un ascensor paternóster sin reja de seguridad? Le voy a denunciar a la inspección de trabajo y se le va a caer el pelo. De momento, su esbirro ya se ha quedado manco y espachurrado en el fondo de la gruta.
—Pe… pe… pero ¿qué dices? —tartamudeó Villarejo.

En ese instante, aproveché su confusión para girar la rueda del Indalo con todas mis fuerzas, hasta que llegó a su tope. Inmediatamente, hubo un gran terremoto que nos tiró al suelo a todos.

—¡No! —gritó Villarejo, antes de salir disparado hacia arriba impulsado por un géiser de agua a presión.
—¡Huyamos! —le dije a Jorge. Este lugar se va a inundar enseguida.

Corrimos por los túneles de la gruta perseguidos por una gran ola espumosa que nos mojaba los pies. Por suerte, vimos una luz al fondo, en un abertura al exterior, ensanchada para que los trabajadores de Villarejo pudieran descansar entre turno y turno.

—Mira —me dijo Jorge—, hay un colchón hinchable. Subámonos a él para no ahogarnos.
—De acuerdo, pero agarrémonos bien: El viaje será movidito.

Salimos disparados a toda velocidad colina abajo, sobre la cresta de la ola que nos impulsaba, siguiendo el cauce de un antiguo río que volvía a llenarse con agua. Acabamos llegando a la playa y desde allí pudimos ver como llovía por toda Almería.

—¡Es fantástico! Hemos derrotado a Villarejo y liberado esta tierra —celebró exultantemente Jorge.
—Sí, pero tengo una duda —comenté preocupada—. ¿Y si todo esto no ha sido nada más que un sueño?
—Entonces, follemos antes de que te despiertes —me dijo Jorge.

Y así, de forma erótico-festiva, acababa esta philipkadiana historia veraniega. Con nuestros cuerpos desnudos tapados por la espuma del mar mientras mi guapo guardia civil me empujaba con su pelvis, como a un cajón que no cierra.

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Grupo Adolescente Trampea Obstáculos

La historia que estoy a punto de contar es 100% real, y espero que alguien pueda aprender algo de ella y evitar los errores que yo cometí.

Mis amigas y yo decidimos aprovechar las vacaciones de primavera para hacer un viaje de carretera por uno de esos países de Europa del Este que las productoras cinematográficas de presupuesto ajustado usan para hacerse pasar por zonas de la América profunda. Eramos un variopinto grupo de simpáticos estereotipos: estaba la animadora de libido desbocado, la chica rebelde que en el fondo es buena persona, la estudiante aplicada con poca experiencia sexual, la chica étnica, y el estereotipo favorito de finales de los 90 y los 2000, la gótica. El objetivo de nuestro viaje era ayudar a Charlotte a superar su ruptura, y de paso, huir del asesino en serie enmascarado que había estado regando el campus universitario de cadáveres.

Nuestra intención era acampar en un antiguo campamento abandonado, que hacia las veces de matadero municipal y hospital psiquiátrico para criminales peligrosos, donde habían ocurrido un gran número de asesinatos, situado al lado del Lago de la Muerte, donde habían ocurrido otro gran número de asesinatos; pero debido a su popularidad, estaba siempre lleno y era imposible encontrar sitio. Así que decidimos acampar en un pequeño claro en un bosque cercano al Lago de la Muerte (No era el mismo Lago de la Muerte que he mencionado antes. Que se llamasen igual era una curiosa coincidencia).

Lexy decidió ir a bañarse sola y desnuda al Lago de la Muerte antes de montar u tienda de campaña, lo que a ninguna nos pareció mala idea. Estabamos terminando de montar el resto de tiendas cuando una figura enmascarada saltó de entre los matorrales blandiendo un machete, agarró del brazo a Charlotte y le arrancó la mano de un tajo. Todas gritamos de terror hasta que el enmascarado se descubrió el rostro entre risotadas.

—Tendríais que ver la cara que habéis puesto.

—¡Pero que puñetas!¡Le has cortado el brazo a Charlotte!

—Joder, era para darle realismo.

Era Chazz, el novio de Lexy (Escrito con dos zetas porque al parecer, llamarse Chaz no era lo suficientemente malo). Su aparición me sentó mal, y no solo por la broma pesada. No habíamos traído móviles, ni mapas, ni le habíamos dicho a nadie adonde íbamos, con el objetivo de estar completamente incomunicadas y aisladas, para que a Charlotte le fuese más fácil olvidar a su novio. Estaba claro que Lexy le había contado a su novio nuestros planes. Mientras le vendabamos la herida a Charlotte decidimos que teníamos que hablar seriamente con ambos.

Tras pasar cuatro horas sin que Lexy volviese, nos empezamos a preocupar ligeramente, pero en ese momento oímos una rama romperse en la maleza que nos sobresaltó. Era ella, que volvía de su baño, pero se la veía algo desmejorada: tenía marcas de arañazos por todo el cuerpo, dos puñales clavados en la espalda y le habían arrancado la cabeza a mordiscos. Antes de que pudiese decirnos nada, cayó al suelo. Latonya se agachó para ver si se encontraba bien.

—Esta muerta— Dijo tras comprobar que no tenía pulso.

Esa frase me produjo un gran desasosiego, aunque todavía no se podía descartar que la muerte de Lexy hubiese sido un accidente. De repente otra figura salió del bosque en la misma dirección que Lexy. Era una mujer de aspecto demacrado y pelo lacio, con la ropa llena de manchas y rotos, que cargaba una enorme bolsa. Antes de que nadie pudiese reaccionar, la mujer sacó un gato de la bolsa, y atravesó el pecho de Latonya con él mientras reía descontroladamente.

—¡No! Soy… soy alérgica a los gatos… — fueron las últimas palabras de Latonya, mientras caía victima de un choque anafiláctico.

La mujer sacó otro gato de su bolsa sin parar de reír y se lo arrojó a Charlotte a la cara. El gato la arañó con ímpetu durante tres horas hasta que solo quedó la calavera en el rostro de mi amiga. Pero para ese entonces, el resto ya habíamos huido, perseguidos por la mujer, que seguía riendo como una desquiciada mientras nos seguía arrojando gatos.

Corrí con todas mis fuerzas, durante dos minutos, hasta que me entró flato.

—A la mierda. Si tengo que hacer ejercicio físico, casi prefiero que me mate una vieja loca… —dije mientras jadeaba intentando recuperar el aliento.

Pero ya no había rastro de la mujer de los gatos. Roberta, Chazz y yo caminamos sin rumbo por el bosque hasta que encontramos una casa en medio de la nada. La puerta estaba abierta, así que entramos para escondernos de nuestra perseguidora. Cuando entramos, Roberta dejó escapar un grito de terror, y cuando me dirigí mi mirada a ella, estaba señalando un par de marcos con la mujer que nos atacó en el bosque.

—!Es la casa de la loca de los gatos! —gritó horrorizada.

Una voz le replicó desde la entrada de la habitación:

—Uy, no. Yo soy su prima Mari Trini,

—Perdone, nos hemos equivocado. ¿La casa de la asesina por donde queda?

—Una vez sales de aquí, giras a la derecha y todo recto.

—Venga, gracias. Y perdone por las molestias.

Una vez llegamos a la casa de la asesina, entramos para buscar un escondite. Roberta y yo nos escondimos en un armario. Por un resquicio del mismo pude ver que Chazz se escondía debajo de una mesa camilla circular. Él me veía a través a mí de un agujero de la vieja falda de tela. Segundos después, la mujer hizo su aparición en la casa, riendo entre dientes. Empezó a caminar lentamente como si supiese que estábamos ahí. Mire a Roberta y le pregunte entre susurros si tenia algo que nos pudiese servir para defendernos.

—Solo un par de machetes, un puñal, una pistola, dos revólveres, una katana y un cuchillo jamonero.

—Genial —Contesté—. Dejame algo.

—Me los he dejado en el coche.

Ahogué mis gruñidos de desesperación, cuando noté que la loca de los gatos se estaba acercando demasiado a la mesa camilla donde estaba Chazz. Desde el resquicio, le sugerí con la mirada que imitase el maullido de un gato para despistarla. Si alguien se pregunta como pude sugerir eso solo con la mirada, que sepa que tengo una mirada muy expresiva. Chazz asintió lentamente y acto seguido hizo la peor imitación de un gato que recuerdo haber escuchado.

—¡Shemuuuu!

La mujer, al escuchar lo que yo únicamente puedo interpretar como el grito de apareo del alce canadiense, retiró las faldas de la mesa camilla de un tirón dejando al descubierto a Chazz, colocado a cuatro patas, que al verse descubierto, comenzó a gatear de una manera un tanto patética. Pero de poco le sirvió, ya que la señora abrió una puerta de la que salió un tigre de Bengala que se abalanzó sobre él.

—¡Eh! —dije saliendo del armario—¡Un tigre no es un gato!

—Pero es un felino.

—Ah, eso sí. Ahí me ha pillado.

El tigre decidió ignorar la conversación mientras devoraba a Chazz, que todavía llevaba el machete en la mano, aunque por algún motivo no lo había usado en ningún momento para defenderse. Una vez la mujer había descubierto nuestro escondite, a Roberta y a mí no nos quedaba más salida que intentar salir de la casa. Pero antes de que pudiésemos hacer nada, la loca homicida arrojó un gato a los pies de Roberta, haciendo que tropezase. La mujer aprovechó el tropiezo para accionar una palanca que abrió una trampilla, de la que cayó un cocodrilo en el colodrillo de Roberta, reventandola como una uva sobre la que cayese un cocodrilo desde una trampilla.

—¡Eh! Que un cocodrilo no es un felino— protesté mientras el cocodrilo comenzaba a perseguir uno de los numerosos gatos que rondaban por la casa, dato que no he mencionado antes porque me parecía que era evidente.

—Ah, pero es que su nombre es Gato.

—Uhm, eso esta muy cogido con pinzas.

Habían muerto todas mis amigas (lo que me hizo replantearme mi círculo de amistades. ¿Solo cuatro amigas? Tenía que socializar más). Estaba sola y en mi momento de mayor vulnerabilidad, así que sentí que era el momento perfecto para encararme con la asesina en busca de respuestas.

—¿Por qué hace esto?— Le espeté.

—¿Por qué?¿Por qué? —rió como una enajenada—. Necesito carne, ¡carne!.. para alimentar a mis gatitos, al cocodrilo y a un par de perros que tengo en el patio. ¿Tú sabes lo cara que es la comida de animales?

—Bueno, tengo una iguana que…

Antes de que pudiese terminar la frase, la señora comenzó a arrojarme gatos de nuevo. Así que decidí escapar de la casa saltando por una ventana cerrada, rompiendo el cristal. Para mi decepción, la única ventana que encontré estaba abierta, haciendo que escapase de la casa sin ningún corte o herida grave.

Estaba corriendo por el bosque cuando recordé las palabras de mi padre en su lecho de muerte: «Hija mía, si alguna vez te enfrentas a un asesino homicida, lo que tienes que hacer es darle una patada en los huevos con todas tus fuerzas y…» Nada, nada, decidí seguir corriendo. Vi una carretera a lo lejos, y me dirigí hacia ella con todas las fuerzas que me quedaban, cuando una bola de fuego pasó a mi lado. La mujer estaba prendiendo fuego a sus gatos antes de arrojarlos. Esquivé como pude los gatos en llamas hasta llegar a la carretera. Ví las luces de un coche y me puse delante para pararlo. Era el coche del sheriff del condado. El conductor desbloqueó los cierres de las puertas traseras y subí al vehículo tan rápido como pude. Dejé escapar un suspiro de alivio.

—Gracias, muchas gracias. No sabe el infierno que he pasado…

El desasosiego volvió a mi cuando el conductor no contestó e hizo un giro repentino para salirse de la carretera. Observé con más detenimiento al conductor y descubrí con horror que el coche estaba siendo conducido por un gato. El coche se dirigía hacia un barranco. Intente abrir las puertas, pero estaban bloqueadas. Intenté romper el cristal de una patada, pero fue en vano y el coche cayó por el precipicio, explotando al impactar contra el suelo conmigo dentro.

Y ese es el giro final de la historia: ¡yo estaba muerta desde el principio… De empezar a contar la historia! Aunque supongo que decirlo ahora es un poco redundante después de contar que la explosión. El caso es que espero que cualquiera que me haya prestado su atención haya aprendido una valiosa lección: No dejes que te asesinen.

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ATLANTA 2021

Todo comenzó con nuestro viaje a los Estados Unidos aquel verano de 2021. Veníamos del 2020, un año nefasto y lleno de catástrofes que casi nos matan, sin saber que el siguiente sería el último de nuestra civilización.

Sí, yo acababa de terminar la carrera (algo deslucida la experiencia, debido a los dos últimos cursos a distancia) y sin duda lo que más deseaba en el mundo era conocer los EE.UU., algo que siempre había querido hacer y decidí no dejarlo para más tarde. Mi novia, que ya trabajaba en el Banco de España y tenía un sueldo elevado me acompañaría en ese viaje que, estaba seguro, marcaría mi vida para siempre. Y vaya si tenía razón; lo daría todo por poder volver atrás, pero ya es tarde y solo me queda en el mundo este diario, con la absurda esperanza de que alguien alguna vez lo lea, sobre el que descargar todo mi tormento.

6 de julio de 2021, martes. Recuerdo perfectamente aquel día, vuelve a mí constantemente. Era una tarde tórrida en Barajas. La mascarilla resultaba casi insoportable con aquellas temperaturas. Sentía el vaho ardiente de mi respiración inundar mis ojos y empañar mis gafas. El control de los pasajeros antes de embarcar era tedioso en extremo y absurdo teniendo en cuenta que el día anterior nos habían realizado el obligatorio test. Pero, a pesar de todo, sobrevivimos a tanto trámite y, cogidos de la mano, entramos en el avión y nos miramos sonriendo, un gesto solo visible en sus ojos que almendraba de forma enternecedora.

A pesar del mes, Atlanta se presentaba a nuestros ojos cubierta de nubes espesas y plomizas, casi amenazantes. Esta visión desde el avión me hizo apretar su mano y ella me lanzó una mirada tranquilizadora con sus ojos color miel. No lo sabía en aquel momento, pero yo ya estaba herido por el rayo de un terror difuso e inconsciente.

En el imponente aeropuerto de Atlanta reinaba una agitación que yo juzgué poco común y que solo pudo aumentar mi aprensión. Cuerpos de élite vigilaban y controlaban el paso de las masas, pabellones llenos de agentes vestidos con EPIs y el ejército patrullando en las entradas. Todo insinuaba un estado prebélico. Nuestra sorpresa era total, no sabíamos que la situación era tan anómala, aunque ya sospechábamos que los medios de comunicación se eran cada vez menos fiables.

De camino al hotel donde nos íbamos a alojar le preguntamos al taxista el porqué de ese estado de excepción que parecía imperar en toda la ciudad. Este, inmigrante paquistaní, solo respondía con evasivas y se le notaba tenso, inmediatamente cambió de tema. Tras abandonar las circunvalaciones nos metimos en el centro de la ciudad, donde proliferaban los equipos de desinfección que recogían cadáveres en un número alarmante.

–Pero… ¿El coronavirus no estaba ya bajo control en este país?
–Hmmm… ¿Eso es lo que les dicen allá en el suyo? Ya me lo imagino.
–Por favor, díganos lo que sepa… ¿Qué está pasando?
–Solo sé una cosa, señor, y es que si yo fuera usted volvería ahora mismo al aeropuerto y me iría sin mirar atrás.
–¡Dios santo, mira, mira eso! Hay por lo menos cincuenta bolsas en la acera… -dijo ella, mirando a través de la ventanilla.

Entonces sentí cómo todas mis esperanzas de futuro se hundían en un sumidero profundo y oscuro. Agarré su mano, más para darme fuerza con su tacto afectuoso que para infundírsela a ella.

Llegamos al lujoso hotel del centro de la ciudad. El día no había mejorado en absoluto y sentía las nubes ominosamente sobre mí, aumentando mi desazón. El hotel parecía estar en ebullición, semejante a un hormiguero atacado por un niño cruel. Tardaron en atendernos en recepción debido al caos imperante. Tampoco los empleados del hotel nos aclararon nada sobre lo que estaba pasando. Mientras éramos conducidos por el pasillo de nuestra planta asistimos a una escena perturbadora: un puñado de policías gigantescos aporreando una puerta y amenazando con entrar por la fuerza en caso de no abrir. El botones ni giró la cara, quizás acostumbrado a estas escenas.

En cuanto quedamos solos en la habitación, empezaron a temblarnos las piernas y nos sentamos en la cama en silencio. Fuera seguían gritando los policías y, a través de la ventana, la ciudad en medio del caos, con fuegos aquí y allá. Casi ni podíamos hablar, las últimas horas se agolpaban en nuestro recuerdo como una sucesión mecánica e inmotivada de locuras a la que uno no puede sustraerse y en la que cada paso nos había llevado más y más profundamente dentro de esta pesadilla.

Los móviles no funcionaban y la televisión solo emitía canales porno y ultrarreligiosos, curiosa combinación. Ante el miedo que nos consumía y que nos imposibilitaba salir de la habitación, comenzamos a revisar cada rincón de la habitación, cual preso que recorre una celda en la que sabe que va a pasar mucho tiempo. Fue gracias a esta inspección que encontramos dentro de una cesta grande de mimbre, decorativa, un montón de periódicos viejos, olvidados, de los últimos meses.

Debo aclarar antes de seguir que, desde que cortaron los cables submarinos de telecomunicaciones que conectaban América y Europa, internet había cambiado mucho y se iba convirtiendo en una red meramente euroasiática. ¿Quién cortó los cables? Supuestamente fueron atentados terroristas. De igual forma, la red de satélites también había sufrido un fuerte deterioro (lo que explicaba el que no hubiese cobertura). Estos dos hechos juntos hacían que solo a través de la prensa y la televisión nos llegase información del nuevo continente y lo que nos decían es que aquí todo iba bien, de hecho, mejor que en Europa, donde el Covid19 seguía causando estragos.

Así pues, poder leer periódicos estadounidenses que abarcaban varios meses suponía una fuente de información valiosísima para dos turistas asustados que habían vivido engañados. Colocamos los periódicos por orden cronológico, nos calmamos todo lo posible y comenzamos a leer el más antiguo, fechado el 29 de octubre del 2020:

«En vísperas de las elecciones presidenciales GILEAD anuncia que su vacuna está lista y promete una efectividad total».

«D. Trump: “Voy a usar todo el poder de América para detener la violencia del supremacismo negro”».

«Los líderes del BLM denuncian la criminalización del movimiento y las numerosas desapariciones de los suyos, que aumentan cada día».

4 de noviembre de 2020:

«TRUMP PRESIDENTE DE NUEVO: “El país entero lo necesita, frenaremos el caos y haremos lo que haga falta para conseguirlo”».

«La vacuna genuinamente americana de GILEAD comienza su distribución ante el avance imparable del virus».

«”La vacuna es para ricos, otro caso más del racismo institucional de este país fundado con mano de obra esclava, el más cruel que se haya visto, porque nos condena a morir. Lucharemos” sentencian los líderes sociales del BLM».

Desde el 2 de febrero eran cada vez más alarmantes. Las palabras del presidente reflejaban su firme voluntad de aislar el país (el corte de internet ya se había producido) como única forma de poder devolver el orden al país. Muchas ciudades ardían por la discordia causada por las revueltas civiles que clamaban contra “la opresión y el racismo institucional”, revueltas que eran sofocadas usando cada vez mayor violencia por parte del ejército. La vacuna de Gilead parecía presentar serios problemas y no faltaban voces que afirmaban que, de hecho, los vacunados morían cuatro veces más que el resto, aunque nada en claro se podía sacar.

Los periódicos de abril en adelante solo informaban de buenas noticias en un tono ñoño y patriótico, absolutamente intervenidos por el poder político hasta producir vergüenza. Ya no había protestas, solo negros felices; el coronavirus estaba más que controlado y el país se preparaba para un plácido periodo de paz y prosperidad en un feliz aislamiento bajo el certero mandato del señor Trump. A partir de este momento supimos que EE.UU. se había convertido en una dictadura de facto en pocos meses gracias a un contexto de crisis e inestabilidad. Lo más increíble de todo era que al otro lado del charco esto ni siquiera se sospechaba, la tan cacareada sociedad de la información había muerto y ni nos había dado el olor de su putrefacción.

Mientras leíamos los periódicos, los ruidos en el pasillo se habían ido calmando hasta desaparecer. Estábamos comentando febrilmente las distintas posibilidades que teníamos para salir cuanto antes de aquel embrollo cuando aporrearon la puerta de forma apremiante. Fui con suma cautela y pregunté quién era y qué quería. Para nuestra sorpresa, se trataba del inquilino de la habitación que intentaban desalojar a nuestra venida, que resultó ser un negro de unos 50 años y pedía refugio en nuestra habitación en tanto que los policías volvían con refuerzos.

El hombre, que se llamaba Jeremiah, se mostraba nervioso, casi fuera de sí, y fue complicado mantener una conversación con un mínimo de coherencia. Entre muchas vacilaciones le sacamos una historia que los periódicos dejaban a medias: para detener la pandemia y las revueltas raciales, Trump se convirtió en un dictador con poderes casi ilimitados por tiempo limitado. Tras el aislamiento informativo del país, anuló el poder del Congreso y se convirtió en un dictador con todas las letras. La vacuna de Gilead, 100% americana, estaba matando a la población (12 millones hasta febrero, cuando dejaron de facilitar datos) y la represión a los negros había llegado al punto de la persecución. Ser negro empezaba a ser delito, eran detenidos y experimentaban en ellos como si de monos se tratase, otros iban a campos de trabajos forzados o eran simplemente ejecutados. Solo se libraban los negros de clase alta que podían pagar por sus vidas como vía de financiación del estado.

Jeremiah huía ahora del estado opresivo y sanguinario en el que se había convertido EE.UU. y nosotros éramos cómplices al darle refugio. Ambos éramos conscientes de esta situación y, sin cruzarnos palabra, cogimos las maletas (y sin ellas habríamos salido pitando igualmente de allí) y nos dirigíamos a la puerta cuando la echaban abajo. Ahora rememoro la escena a cámara lenta, en blanco y negro: el estruendo que nos dejó confusos, algunas detonaciones, humo por todas partes y, a través de él, colosos con traje táctico avanzando hacia nosotros. Yo ni sentía ni podía pensar nada más que obedecer a mi instinto, soltar la maleta y tirarme al suelo. Giré la cabeza y de un vistazo vi cómo ella se desplomaba en el suelo junto a mí, mirándome fijamente. No había oído los disparos. No sabía que estaba muerta a mi lado. No sabía nada.

Tiene gracia, justo ese día EE.UU., como parte de su programa aislacionista, prohibió el turismo y cerró las fronteras. El destino tiene su propio sentido del humor. Jeremiah también murió tiroteado y yo fui recluido en un campo de trabajos forzados, puesto que había visto demasiado.

El coronavirus fue la excusa perfecta para armar la dictadura más opresiva que el mundo haya conocido, gracias al uso de las nuevas tecnologías al servicio del control de la población. Casi la mitad de la población ha caído desde el comienzo de la pandemia, mérito tanto del virus como de las fuerzas del orden. El país vive una paz profunda, sepulcral.

Han pasado cinco años desde aquello. Vivo hacinado con otros miles de negros y rebeldes al régimen, duermo en una gran sala llena de hamacas inmundas y trabajamos durante turnos de doce horas alimentados con galletas y gachas aguadas. Sé que no viviré mucho más, el hambre y la enfermedad me carcomen poco a poco. Se me acaba el tiempo, empieza mi turno, los cadáveres se amontonan y debemos transformarlos en comida para esta gloriosa nación.

Si alguien lee esto, por favor, que lo haga llegar a mi familia para que sepan lo que realmente pasó conmigo, con ella y con tantos millones de personas.

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Conexiones

Sophie aguantó las puyas de sus amigas sin apartar la vista de su copa, medio llena de un líquido que, bajo la iluminación del local, tenía cierto brillo opalescente. El motivo de las bromas eran las miradas que un atractivo joven lanzaba desde la barra al trío de veinteañeras francesas, y más específicamente a Sophie, que destacaba por ser la más alta de las tres y por su rizada melena pelirroja. La chica maldijo en su interior a Margot y Amelie al ver que la dejaban sola cuando el chico finalmente se separó de la barra y se dirigió hacia ella. Se presentó como Bogdan, y por fortuna ambos hablaban el suficiente inglés como para mantener una conversación fluida.

Ella le contó cómo sus amigas y ella habían decidido viajar por Europa ese verano y, tras pasar por varias localidades de Italia y Austria, habían llegado a Praga aquella misma mañana. Él se ofreció cortésmente a enseñar a las chicas la ciudad, como buen praguense que era. La conversación pronto dio paso al coqueteo, y ambos jóvenes no tardaron mucho en empezar a besarse y acariciarse. Bogdan sugirió ir a su casa, que estaba a poca distancia, y Sophie le susurró algo en francés al oído que no entendió, pero que dejaba bien a las claras que le gustaba la idea. Tras abandonar el pub sin siquiera despedirse de sus amigas, al poco la francesa se encontraba cabalgando ya sobre el joven eslavo.

Después del segundo asalto, tumbada con la cabeza apoyada en el pecho de Bogdan, Sophie pensaba que hacía tiempo que no se la follaban así. El sueño y el cansancio se apoderaron de ella y se durmió.

Pierre se levantó de la cama, se vistió y salió de la habitación sin dirigir ni una mirada a la mujer desnuda que había quedado en el lecho. La escalera del final del pasillo lo condujo al bar del club de alterne, donde un hombre le hizo una seña para que se acercara a la mesa.

—¿Qué tal con Lita, Pierre?

—Joder, Mike, menuda fiera. Tenías razón, creo que va a ser una de mis favoritas.

—Ya te adelanto que no la vas a tener siempre disponible. —Sonrió, mostrando un diente de oro—. Tiene locos a varios de mis clientes. ¿Un tiro? —preguntó, haciendo un gesto con la cabeza hacia una bandeja con abundante polvo blanco, alguno dispuesto en finas líneas.

—Gracias, pero no. Me voy ya para casa y sería desaprovecharla. Nos vemos, Mike.

—Puede que la próxima vez que vengas tenga algunas sorpresas más.

—Estaré encantada de probarlas, tus chicas nunca defraudan.

Pierre salió al exterior y encendió un cigarro mientras contemplaba las luces de Nueva York. Le encantaba esa ciudad, y no se arrepentía en absoluto de haberse trasladado allí a trabajar, hacía ya cinco años, desde su Nantes natal. La localidad francesa era un poblacho, comparada con la bulliciosa y cosmopolita Gran Manzana. Se acordó de su hermana y sacó el móvil para llamarla.

«Son las cinco de la madrugada, supongo que ya estará despierta. ¿Qué hora será en Austria? ¿O estaba en República Checa? O… P…R… S… Sophie, marcar».

La pantalla se iluminó, y el móvil, al vibrar, chocó contra una bandeja plateada.

—Hombre, Bogdan, justo me estaba acordando de ti por un comentario que le he hecho a un cliente. ¿Tienes novedades?

—Hola Mike. El cargamento acaba de salir, al final he incluido otra chica a última hora. Pelirroja, ojos verdes… te va a encantar. Anoche me la tiré antes de que le hicieran efecto las drogas y tiene madera.

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Ya están todos. Comentar tabién que el autor del primer relato Chimichagas es Estanislao Esteranko

Ese es su apodo :slight_smile:

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Qué reparto más generoso

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Así me gusta, que estéis atentos a mis errores …aposta…estooo…Ejem…Los pongo para animar la edición… :stuck_out_tongue_closed_eyes:

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Que se vayan con cuidado los escribidores, que tengo una puntería de pájaro para las faltas

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Llevas entrenando años en su uso, no habrá muchos que sepan más de faltas que tú. Bueno, quizás Lyn. B:)

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Eso es verdad, pero siempre puedo decir que tuve una buena maestra :stuck_out_tongue_closed_eyes:

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Suerte que tienes tú. La mía me pegaba con una regla en la mano.

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Por eso yo llevaba guantes :grin:

Parece que tengo un francotirador para las faltas, he leído por encima algunos relatos y ya he cazado algunas

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¡Increible! %]]

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Vamos chicos, a resolver el misterio.

Se molesta uno en justificar los párrafos cuando envía el relato y luego los ve sin justificar. Solicito que se anule todo el concurso.

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Eso es injustificable

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Pues que se me de un punto extra por cada persona que vote. :sisi:

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