2~~CONCURSO DE RELATOS: Hilo de relatos~~ (No se puede comentar)

¡Muy buenas a todos, pacoteros!

Venimos de aquí:

En este hilo iré publicando los relatos presentados, a razón de uno cada día, tal y como expliqué en el hilo de organización, a partir de mañana.

Como aclaro en el título, no se puede comentar aquí, este tema será única y exclusivamente para publicar los relatos, tanto para los que concursan, como para los que se me han enviado fuera de concurso.

Los de fuera de concurso quedarán adecuadamente señalizados para evitar confusiones en las votaciones.

A continuación abriré un hilo para vuestros comentarios o dudas, tanto de concursantes como de no concursantes donde los participantes debéis conservar vuestro anonimato hasta el final, las votaciones del concurso se me enviarán por privado a partir de que publique aquí el último relato y las publicaré cuando las tenga todas también bajo pseudónimo. Sólo al final del concurso, terminadas las votaciones, podréis desvelar vuestra identidad si gustáis.

De momento, vuestro único cometido será leer.

¡Un saludo!


RELATOS PARTICIPANTES

Tïtulo: Relato de un hombre enamorado - Pseudónimo: Holden Caulfield

Título: Abracadabra… y parte macabra - Pseudónimo: Peras

Título: La ilusión de control - Pseudónimo: Elise

Título: La teoría de los seis grados - Pseudónimo: Alt+F4

Título: Carla y yo - Pseudónimo: El Cyrano triste

Título: Rickard y Daimiel - Pseudónimo: El Señor de los Librillos

Título: La ciudad sitiada - Pseudónimo: Señor X

Título: La representación - Pseudónimo: Marramiau

Título: La verdad está ahí fuera - Pseudónimo: Rebufo

Título: Fulgencio - Pseudónimo: Don tancredo

Título: El caso de la mujer con un agujero en el cráneo - Pseudónimo: Bluff Check +5

FUERA DE CONCURSO

Título: Pánico al final del túnel Pseudónimo: Elvis Costello

Título: El reloj de bronce - Pseudónimo: Fulgencio Rosales

Título: Sin consecuencias - Pseudónimo: Doctor Magufo

2 Me gusta

Tïtulo: Relato de un hombre enamorado
Pseudónimo: Holden Caulfield

Buscando algo de carne en el mercado, nuestros ojos se cruzaron. Los suyos, de color avellana, acompañados de una mirada fría, me cautivaron por completo, y me dejaron con ganas de conocer que hay en su interior.

Intentando no parecer un demente, intenté que nuestras miradas se vuelvan a cruzar en los pasillos, en un infantil intento de llamar su atención, tal como ella había llamado la mía. Hasta que lo logré, en la fila para pagar. Su nombre era Jazmín. Nunca me habían gustado los nombres que concuerden con objetos en la vida real, pero debo admitir que a ella le quedaba precioso. Para mi gusto, intercambiamos números, y aceptó mi propuesta de cenar un bife jugoso en mi apartamento.

Escribo esto delante de su misma cabeza, observando esa preciosa mirada perdida, posiblemente cautivada por la belleza de mi hogar. Mientras escribo este relato, un pedazo de su carne se termina de cocinar en mi horno. Estoy seguro de que a ambos nos encantará.

5 Me gusta

Título: Abracadabra… y parte macabra

Pseudónimo: Peras

Era una fiesta de ricachones como otra cualquiera, fuimos invitados a la gala benéfica del candidato a alcalde de la ciudad. Las elecciones estaban cerca, así que el candidato Cándido Caballero ha usado la estrategia de “favorecer” a los huérfanos para acaparar la atención y que se vea lo “buena persona” que puede ser.

La fiesta era una gran ceremonia en un salón enorme, invitados vestidos de grandes galas copaban la sala, con conversaciones la mar de falsas en pos de un amigueo que no se podía creer ni la más inocente de las personas.

Las mesas eran redondas, pequeñas y con manteles de color amarillo oscuro, llenas con platos pequeños con comidas de porción diminuta y con nombres estrafalarios venidos del francés, inglés y latín; sólo un filólogo podría aprender tales términos, y sólo un crío podría llenarse el estómago con tan poca cantidad, pero hey, ¿acaso el sabor exótico no justifica quedarte con el estómago vacío? Evidentemente, no.

Al fondo había un escenario, y, de repente, se apagaron las luces, y en el escenario aparecieron unos focos que con su luz bañaban del centro. Ahí mismo, empezó a aparecer humo, y durante unos segundos que había humo apareció el mago ataviado del típico traje de mago clásico que hay en estos eventos, con capa incluida. Parecía un muchacho de unos 20 años de edad, ojos grandes y marrones y pelo corto y negro.

-Antes de efectuar mi truco-espetó el joven-, necesito mis herramientas; por favor denle un fuerte aplauso a mi ayudante.

Una joven rubia y sexy ataviada como suelen ir las ayudantes de magos. La ayudante llevaba un carrito de hierro con una sábana que tapaba lo que hubiese dentro.

Tanto lujo de fiesta para contratar a un mago amateur que se le ven las costuras al truco antes siquiera de verlo. Nunca entenderé a los ricos.

-Damas y caballeros-continuaba el mago- creo que a la mayoría les gustan los animales, ¿verdad?

Ya estamos, el típico que empieza con el conejo, ¿a su edad no se les ocurre algo más innovador?

-Pues miren que tenemos por aquí.

Acto seguido, se sacó la chistera, pero al hacerlo de la chistera salió una cabeza humana. Admito que quería algo de sorpresa, pero no era exactamente lo que buscaba esa noche. El mago se quedó estupefacto, sin saber que decir y toda la sala entró en pánico.

Cándido: ¡¿Qué le has hecho a mi mujer, Ramírez?!

El señor Caballero fue a acercarse al carrito, pero le detuve.

-¿Adónde cree que va, señor Caballero?

Cándido: ¡Voy a ver que le he hacho ese desagradecido a mi mujer!

-Sólo alguien cualificado puede hacerlo, estamos ante la escena de un crimen.

Cándido: ¿Y usted quién coño se cree qué es para mandarme?

-Oh, disculpe, no me he presentado, soy Ulises Ulbiera, detective privado.

Cándido: Ha dicho… ¿detective?

Ulises: Así es-le enseño mi identificación-, voy a llamar a la policía. Ante todo, siento lo ocurrido, señor Caballero.

Cándido: Si me disculpa, necesito estar a solas.

Ulises: Ni se le ocurra.

Cándido: ¿Cómo dice? ¿Pretende que me quede aquí, enfrente de mi difunta?

Ulises: De hecho-empiezo a levantar la voz- le ruego a todo el mundo que no abandone la sala.

Cándido: ¡¡¿Qué?!!

Ulises: No podemos descartar que alguien en la sala haya sido el asesino.

Cándido: ¡Grr!

Ulises: Cálmese, ahora me ocupo yo.

Refunfuñando se quedó en su asiento. A su lado estaban, sus dos hijas, la mayor, que había caído en las drogas a su izquierda; y la menor que iba convertirse en su futura heredera (a la mayor él la quitó de su testamento). Por último, estaba su mayordomo con ellos, en silencio todo este tiempo.

Me dispuse a examinar tanto el escenario como el salón. El backstage tenía una puerta de emergencia que daba al jardín exterior. Cuando terminé, llego la policía, y el comisario, Diego Díaz. El cadáver estaba descuartizado en trozos, en el carrito y la cabeza dentro de la chistera. Pero había un pie que inexplicablemente estaba envuelto en una bolsa cerrada herméticamente.

Diego: ¿Otra vez usted en un asesinato? ¿Usted los provoca?

Ulises: Es un placer para mí volver a verle.

Diego: Déjese de formalismos, ya hemos resuelto el caso. El asesino es el mago, marcas de haber usado guantes están en el cuello de la víctima, el único que los lleva es el mago, y además debajo del carrito está el resto de su cuerpo descuartizado. Se ve que quería causar una conmoción.

La hija pequeña, Carla, habló.

Carla: ¡No, la asesina es ella, su ayudante! ¿Por qué iba a querer el incriminarse a sí mismo?

Diego: Ahora que lo menciona…

Ayudante: ¡Tú a callar, zorra! Sé que te acostabas con él a escondidas, por eso le defiendes.

Ulises: Señoritas, por favor cálmense. Cuéntenme como eran sus relaciones con el sospechoso y la víctima.

Ayudante: Me llamo Rogelia Rodríguez, y soy la prometida de Ramón Ramírez. He pillado en más de una ocasión a escondidas liándose con esa furcia, he intentado hacer como que no pasaba nada porque la boda estaba muy cerca, pero en este momento de presión no he podido más y he acabado por soltarlo todo. Siempre he ayudado en todo momento, de hecho, todo en el escenario lo preparé ayer por la tarde yo sola.

Carla: ¡Te lo estás inventando! Yo jamás estaría con un pordiosero como ese, es malo para el honor familiar.

Ulises: ¿Qué tiene que decir ante todo esto, señor Ramírez? Ha estado muy callado hasta ahora.

Diego: ¡Claro que está callado! Él es el asesino, ¿por qué perdemos el tiempo? Aunque debo reconocer que su torpeza exponiendo el cuerpo es un poco…

-Creo que tengo una explicación para eso-dijo la hija mayor, Camila Caballero.

Ulises: Adelante, le oímos.

Diego: Aquí todo el mundo hace de policía menos yo, habrase visto.

Camila: ¿No les parece sospechoso que la ayudante acuse a su prometido justo cuando este es el principal sospechoso de asesinato? Es evidente que fue ella la asesina, la marca de guantes pueden ser suyos precisamente por ser cercana a él. Después, puso el cadáver en el carro, para que así al hacer el truco poder incriminarle mientras él hacía su truco.

Diego: La verdad es que eso tiene más sentido.

Rogelia: ¡No, yo no la maté, apenas la conocía! ¡Esas son falsas calumnias!

Apareció súbitamente un oficial que le entregó unos papeles al comisario. Tengo que reconocer que al final la noche se puso mucho más entretenida de lo que esperaba, aunque me remordía un poco la conciencia por disfrutar el momento teniendo en cuenta que una persona había perdido la vida para ello.

Diego: Mmm, ya veo. Hay un problema con su teoría, señorita Caballero-refiriéndose a la hija mayor-.

Camila: ¿Cómo se atreve?

Diego: Verá, el único momento que tuvo Rogelia para poder matar a la señora fue ayer por la noche cuando estuvo preparando el acto de magia, pero según nuestro forense la mujer murió asfixiada esta mañana, y tanto ella como su marido no vinieron hasta esta tarde que empezaba la fiesta benéfica.

Carla: ¡Está bien, lo admito, fui yo!

Ulises: ¿Usted, dice?

Carla: Sí, yo he estado todo este tiempo con mi madre, era la única que podía haberlo hecho. Lo hice para que no quedara nadie más que yo a quién mi padre pueda dejarle la fortuna.

Ulises: Se equivoca, usted no lo hizo.

Mónica: Entonces, fueron el mago y su pareja, ¿verdad?

Ulises: Nada de eso, de hecho, el culpable ha intentado escurrir el bulto de manera desesperada.

Diego: Déjate de rodeos, dinos, ¿quién fue?

Ulises: Fue usted, señor Caballero.

Cándido: ¿¡Cómo se atreve!? ¡¿Por qué iba yo a querer matar a mi propia esposa?!

Ulises: Primero permítame decirle porque su hija no es la asesina, cosa que me sorprende que no haya acudido en su defensa. Bien, lo primero es que las marcas en el cuello de su mujer son grandes, y se requiere una gran fuerza para asfixiar el musculoso y grueso cuello de su mujer, cosa que su hija no tiene.

Además-continué-, usted tuvo una oportunidad de oro al apagarse las luces, cambiar los guantes con los que asesinó a su esposa antes de que el mago se los pusiera mientras se cambiaba de ropa justo antes de salir al escenario y sacar los guantes auténticos por la puerta que da al jardín exterior.

Cándido: Bonita y retorcida imaginación tiene usted, pero se equivoca en algo. Hace dos días que no veo a mi mujer, llegué de un viaje de negocios que inicié antes de ayer por la mañana y regresé hoy poco antes de que la fiesta comenzara. Además, aunque su truco fuera cierto, ¿por qué yo precisamente? Cualquiera pudo haberlo hecho en el tiempo que estuvo el humo del acto de magia en el escenario.

Diego: Ulises, hemos inspeccionado la parte más cercana a la puerta y los guantes que mencionas no están, así que no los tiró por la parte que da al jardín.

Ulises: Entonces eso significa que los lleva encima aún, por eso quiso salir después de ver el cadáver, para deshacerse de las pruebas.

Diego: Entonces no le importará que miremos lo que lleva encima en su ropa, ¿verdad?

Cándido: Claro que no, soy inocente.

La policía examino todo su traje incluso la ropa interior, lo único que encontraron fue cinta aislante y unas tijeras. Pero, ¿cómo encajaban esos objetos en mi teoría, acaso me equivocaba? Entonces tras unos segundos pensando, ya caí en la pieza que me faltaba.

Ulises: Comisario, dígale a todos sus hombres que busquen lo siguiente el jardín.

Diego: ¿Cómo dice?

Está bien.

La cara de Cándido empezó a cambiar, y ponerse más nervioso. Su mayordomo le miraba.

Ulises: Señor Caballero, reconozco que el hecho de que no tuviera los guantes encima ni estuvieran cerca de donde dije que usted los soltó me dejó perplejo y sin pistas, hasta que caí que me faltaba un elemento clave, no ya del caso, sino del truco de magia. Y eso era el conejo de la chistera. Un agente lo ha encontrado en unos matorrales bastante lejos de aquí, por algo los conejos son capaces de correr mucho.

La razón-continué hablando- por la que quería salir antes era para atrapar al conejo con tiempo suficiente para deshacerse de él, ya que el mismo llevaba los guantes de tela con los que asfixió a su mujer; y los llevaba pegados con cinta aislante, la misma que usted tiene. Liberó al conejo para deshacerse temporalmente de las pruebas en el poco tiempo que tenía para cambiar los guantes entre que se apagaban las luces y volvía a su mesa.

Cándido: Hay un error, recuerde que el forense dijo que mi mujer murió sobre esta mañana, y yo no la veía desde hace dos días.

Ulises: Por eso usted conservó en bolsas al vacío las partes del cadáver, para que el óxido del aire no lo pudriera demasiado y así enmascarar la fecha de la muerte de su mujer. Pero como tuvo que sacarlas rápidamente, se le olvidó quitarle una de las bolsas al pie. No sé dónde las escondió, pero los guantes le incriminan claramente, tienen huellas suyas y sangre de la víctima.

Mayordomo: Lo siento señor, no puedo continuar con esto. Aquí las tiene, señor detective, usted ha ganado. El señor Cándido pretendía hacerme a mí su sucesor en el testamento después de ver que la señorita Carla mantenía relaciones ilícitas con su trabajador, así que propuso matar a su esposa e intentar hacer una trampa para que ella se declarara culpable y de esa manera ser yo el único que quedara para el testamento. Pero la señora, a pesar de lo mal que le trataba a mi señor y sus abusos de dinero y poder, no merecía acabar de esa manera. Arrésteme a mí en su lugar, se lo pido.

Diego: No se preocupe, irán los dos juntos a la cárcel, así usted no dejará de ser su mayordomo jamás.

4 Me gusta

FUERA DE CONCURSO

Título: Pánico al final del túnel
Pseudónimo: Elvis Costello

Sabía que no podía dejarlo pasar por más tiempo. La preocupación le estaba empezando a hacer enloquecer. Era algo que no podía posponerse ya más, pero él se sentía atenazado por dentro y temeroso por lo que pudiera pasar. Sí, tenía miedo. Un miedo atroz a fracasar, a volverse a quedar a medias en su intento como la última vez, al insoportable dolor. Y, sobre todo, a llegar a ese punto sin retorno donde ya no hay posible vuelta atrás pero donde tampoco existe un camino hacia delante.

¿Cómo había podido llegar a esa situación? Repasó mentalmente los acontecimientos sucedidos en los últimos días pero no halló ninguna explicación que le convenciera mínimamente. No es que fuera algo nuevo ni repentino. Estaba acostumbrado a hacerlo como si fuera un pistolero profesional, sin pensar siquiera en ello. Simplemente hacía lo que tenía que hacer y cuando tenía que hacerlo. Sin preocupaciones. Sin más. Puede que no siempre hubiera sido fácil. En estas situaciones nunca se puede descartar la presencia de algún imprevisto, de alguna complicación. Pero al final, con esfuerzo y tesón, las cosas le habían terminado saliendo razonablemente bien.

Pero esta vez era distinto. Lo sentía por dentro. Algo le decía que no iba a ser capaz de lograrlo. Incluso llamó por teléfono para decirles que no podía hacerlo, que era imposible, que era algo demasiado gordo para él. Pero ellos insistieron en que tenía que hacerlo, casi divertidos con su evidente miedo, diciéndole que de otra forma acabaría en la cama del hospital o en algún sitio peor. Incluso le dieron consejos, como si él los necesitara. Como si no lo hubiera él hecho antes miles de veces sin problemas ni cargo alguno de conciencia. Joder, es que no podían entender que esta vez era diferente, que nunca antes se había enfrentado a algo tan grande…

Suspiró profundamente. No quería hacerlo, ni tan siquiera intentarlo, pero sabía que en el fondo tenían razón y que posponerlo durante más tiempo sólo aumentaría la agonía final. Ya que tenía que hacerlo, ya que todo esto iba a provocar un dolor inevitable, esperaba al menos que todo acabara rápido. En esos momentos hubiera dado lo que fuera porque cayera con un golpe seco. Pero ¿a quién pretendía engañar? Sabía perfectamente que no iba a ser así. Lo sabía demasiado bien.

Se echó un trago y se puso en posición, esperando el momento adecuado para entrar en acción. Su mente era un hervidero en continuo movimiento que no dejaba de dar vueltas y más vueltas sin detenerse en ningún sitio concreto. Su cuerpo sin embargo estaba rígido y apelmazado, expectante, no dejando entrever ni por un momento su estado ni sus emociones. Sabía que tenía que tranquilizarse. Cerró los ojos e intentó dejar la mente en blanco, convertir el caos interior en calma. Quizás olvidarse, aunque fuera por un momento, de lo que iba a ocurrir. Respiró profundamente y se dejó bañar por la oscuridad y el silencio mientras empezaba a notar como su agarrotado cuerpo se iba relajando poco a poco y su mente entraba en una especie de estado de ensoñación. No es que el miedo hubiera desaparecido por completo. Podía sentirlo todavía, como cuando percibes de refilón una sombra extraña y lejana, pero ahora notaba cómo podía, si no controlarlo, sí al menos dejarlo apartado en un rincón donde no molestara ni interfiriera con sus propósitos.

Abrió los ojos de nuevo y entonces supo que había llegado el momento. Despacio, muy despacio, empezó a moverse poco a poco durante unos segundos interminables. Sí, ya estaba ahí otra vez, pero aún faltaba lo peor. Comenzó a salir de allí, pero entonces, súbitamente, sufrió un ataque de pánico y tuvo que volver sobre sus pasos. Joder, joder, joder, ¡qué mal! ¡Mierda!. Se limpió con la mano el sudor que le bañaba el rostro. Joder, estaba sudando a mares. Tenía la camiseta empapada y pegada al cuerpo. Sin quitársela, la levantó por la parte inferior y la utilizó como si fuera un abanico para darse algo de aire con ella y secarse un poco. Se incorporó y dio un par de vueltas mientras se daba unos pequeños golpes en la tripa para relajarse. Nada. Estaba claro que lo mejor era lanzarse a por todas y que pasara lo que tuviera que pasar. Pero, claro, eso siempre era más fácil decirlo que hacerlo.

Volvió a tomar su posición. Esta vez no podía fallar. Espero el momento adecuado, contó hasta tres, y entonces atacó de frente y con fuerza. Fue como un choque de trenes y sintió como si algo se le rompiera por dentro. El dolor se tornó insoportable, pero él no cejó en su empeño. Sus dientes rechinaban y los ojos parecía que se le fueran a salir de las órbitas en cualquier momento, pero siguió haciendo fuerza y apretando y apretando y apretando… hasta que se oyó primero una especie de crujido y, finalmente, cayó con un estrépito que rompió el tenso silencio reinante.

Joder, no podía creerlo. Se sentía hecho polvo pero satisfecho -casi exultante- al mismo tiempo. Le descendía un hilillo de sangre lentamente, pero eso no era algo de lo que preocuparse ahora mismo. Se incorporó con cuidado para ver si tenía algo roto, aprovechando a su vez para limpiar la herida. No, todo parecía estar bien y en su sitio. Suspiró aliviado y, por primera vez en los últimos cinco días, se permitió sonreír durante un breve lapso de tiempo mientras continuaba jadeando todavía, intentando recuperar el aliento y que su corazón dejara de latir tan rápido. Pasó la palma de la mano por su frente y el pelo pegado a ella, secándose de nuevo como pudo el sudor. Se dio la vuelta y contempló su obra con una extraña mezcla de asco y admiración. Era verdaderamente enorme. Tiró de la cadena y se fue en busca de un cojín. Presentía que lo iba a necesitar durante al menos las próximas horas.

2 Me gusta

Título: La ilusión de control

Pseudónimo: Elise

Empezaba a volverse cotidiano. Había vuelto a aquella habitación de hotel un tanto excesiva en cuyo centro se erguía una impoluta cama, acompañada de un espejo en el techo y un olor aséptico. Como si fuera ya un ritual, Elise entró primero. La siguió aquel nuevo desconocido, de sonrisa pícara y cuerpo definido. Tras cerrar la puerta, lo tiró en la cama y mientras se desnudaban, de su bolso sacó lazos de seda. Era un juego consensuado en el que, con un hábil nudo de espiral, fue atando las extremidades de aquel cualquiera al cabecero de la cama y a las patas delanteras de esta. Por último, una pequeña mordaza. Quedaba así completamente a merced de sus deseos más básicos.

No era una mujer de hacerse esperar: tal como terminó de esgrimir sus dotes de marinería, se subió sobre aquel hombre y empezó un rápido vaivén. La fuerza de sus movimientos era tal, que vio en su, hasta entonces, confiado compañero poner cara de no poder aguantar mucho más. Pero ella no había ido allí para un simple polvo. Con sus uñas le surcó la cintura como si fueran pequeños diamantes. Ver su mueca de dolor hizo que se retorciera sobre aquel tipo, una antesala de la catarsis que tanto deseaba.

Lo mejor está por llegar, se decía a sí misma, así que aceleró el ritmo. Con ambos empapados en sudor, la cara del hombre no dejaba dudas, su momento había llegado. Así que, echándose hacia adelante, cogió con sus manos el cuello de su servil juguete y empezó a asfixiarlo. El por un instante pensó que iba a acabar, pero las manos lo apretaban con más fuerza cada vez, por lo que estaba en un límite del que no podía pasar. Ella seguía cerrando sus manos, mientras veía como aquel desconocido se zarandeaba intentando zafarse.

Sabía que era la hora: empezó a gemir tan fuerte como sus brazos le permitían y las piernas le temblaban. Negarle a aquel hombre el deseo de culminar y la propia existencia, le daban una sensación de poder embriagadora. La experiencia era tan fuerte que estaba al borde de la ausencia, como si un torrente inundara sus pechos bajando ardientemente por su vientre hasta sus piernas. Aquello ya sólo era una sombra, una cascara vacía, pero no le prestaba atención. Se echó sobre su inerte pecho y cerró los ojos…

—Alexander, su experiencia virtual ha terminado. Esperamos vuelva a visitarnos pronto.

Abrió los ojos. Estaba en aquel diván electrónico, empapado bajo la ropa y por fuera. Lentamente se fue incorporando, hasta salir de aquella fantasía y entró en el cuarto de baño a darse una ducha rápida. Después una simple camiseta, unas deportivas y pantalones cortos. Salió del establecimiento sin ser visto gracias a la discreción que ofrecen este tipo de lugares y tomó un dron rumbo a casa. Mientras volvía intentaba borrar de la cabeza pensamientos que le asaltaban. El paro global. La renta básica universal. La ausencia de metas en la vida. Ahora solo quería quedarse con el recuerdo de aquel momento de control que acababa de tener.

Llegó a casa y allí estaban sus dos preciosos hijos, a los que abrazó al entrar. Tras los pequeños, su esposa, a la que quería con locura. La saludó con una media sonrisa y un cariñoso beso. Desde que iba a hacer yoga todos lo veían mucho más feliz.

2 Me gusta

Título: La teoría de los seis grados

Pseudónimo: Alt+F4

Seis amigos viven en un piso compartido. Se pasan todo el día jugando al WoW y viendo películas pirateadas de cualquier clase, ya fueran la peor bazofia en que se podía haber malgastado un carrete de cámara o el mejor blockbuster de la década. Se despiertan a las dos de la tarde cada día y siempre hay alguien dormido en la cama cerca de la central de ordenadores que tienen montada en el salón. Siempre tienen puesta música de fondo y se siente como una jornada de resaca día a día, todos ellos deambulando por la casa con pijamas gastados o simplemente en ropa interior. Viejas sudaderas de antiguos equipos de beisbol que solían ser mejores, zapatillas y algún que otro pantalón se amontonan en los rincones. Tienen un sistema con el que venden el exceso de energía de sus ordenadores a cambio de mantener hosting y portales mineros de Bitcoin y CPU. Roban internet al vecino que tiene un negocio en el establecimiento de abajo y han conseguido prestaciones sociales por minusvalía además de todo lo anterior. Son autosuficientes y nunca salen a la calle a no ser que sea para comprar más comida rápida, cerveza o picoteo, e incluso así sólo se les ve fuera de noche.

Entonces, un día uno de ellos amanece muerto. Simplemente está ahí tirado y no saben por qué, pero es probable que las mesas cubiertas en envoltorios de comida rápida y latas de bebidas energéticas sea una pista. El pánico se apodera de ellos. No quieren decírselo a la policía para que vean la pocilga en que viven y descubran los métodos ilegales con los que mantienen su pequeño antro. Además, hasta donde ellos saben al chaval no le quedaba familia. Es un problema que hay que solucionar lo antes posible, pero deciden encargarse de él solos y llevarse el secreto a la tumba. Nadie tenía por qué saberlo.

Esa misma noche se suben al coche de uno de ellos con el cadáver en el maletero. Es un largo viaje por carreteras comarcales hasta un bosque a las afueras. Lo más lejos que se atreven a conducir con temor de tener la mala suerte de toparse con un control de alcoholemia de esos tan típicos en los fines de semana. Nadie habla. Todo se reduce a entrar a un parque natural en silencio, cuatro de ellos cargando el cuerpo envuelto en mantas mientras un quinto sostiene la linterna del teléfono móvil marcando el camino.

Un silencio espeso y asfixiante es sólo roto por el chasquido de las palas apuñalando la tierra dura del invierno. A pesar del intenso frío están sudando como cerdos, han pasado años desde la última vez que hacen tanto ejercicio. Cavan como si quisieran llegar al mismísimo infierno con sus palas recién compradas aquella misma tarde. Un agujero surge después de varias horas ya que nunca parecía ser lo suficientemente profundo, lo suficientemente seguro. El cuerpo desaparece entre la tierra removida. Piedras y ramas son amontonadas sobre ella. No hay palabras. Nadie dice nada. Los cinco muchachos sólo recogen sus palas y se marchan corriendo como diablos, dejándole allí solo. En la oscuridad.

Pasan días muy largos crackeando todas sus claves y contraseñas para mantener su identidad y pagos asociados funcionando, garantizando que virtualmente aquel chico seguía viviendo en su antro de inmundicia. La inquietud que velaba el ambiente tarda semanas en desaparecer, pero cuando finalmente lo hace el ritmo de levantarse a las dos de la tarde para jugar al WoW durante nueve horas y media mientras ponen una película tras otra en el televisor del salón se renueva. La única diferencia es que ahora hay una habitación cerrada en la que ya nadie entra.

Para ellos, todo esto funciona. Durante un tiempo. Han pasado ya un par de meses y uno de los cinco chicos ve un link propagarse a través de todos los anuncios para los que hacen hosting. Es sólo un banner, un anuncio, pero está en negro. Como si hubiese algún tipo de degradado oscuro cubriendo un fondo parduzco, justo sobre una fina línea blanca en el borde inferior. El chico parpadea. Sabe que no es algo que él haya instalado. Sabe que no es algo que ninguno de sus cuatro amigos suba normalmente. Hace clic.

La ventana del navegador abre un vídeo en directo emitido desde una webcam con calidad de mierda. Hay glitches e interferencias ocasionales. Mucha nieve cubre de vez en cuando la imagen, como si fuera un VHS asqueroso de esos que hace una década dejaron de usarse. Está oscuro. Lo único que se ve es el borde parduzco de un escritorio visible en la mitad inferior de la pantalla iluminado por una luz azulada difusa, probablemente del monitor en el que la webcam se encuentra. Está eso y más allá una débil línea multicolor que se entrevé bajo lo que parece una puerta. El resto de la habitación está inmóvil y oscuro. Una interferencia horizontal recorre de arriba abajo la pantalla.

Uno de los otros cinco chicos se desliza a su lado con la silla de ruedas hasta alcanzar otra bolsa de patatas fritas de la cocina, y el muchacho observa con horror cómo la luz que se ve en la cámara a través del resquicio de la puerta se interrumpe cuando este pasa por su lado. Y entonces, en la habitación que está cerrada, esa habitación que ha permanecido intacta durante meses, algo se mueve.

La grabación se entrecorta, más y más glitches aparecen. El monitor del chico pierde corriente. Uno de sus amigos algo más allá dice que la señal del wifi del vecino se ha cortado y no hay internet. Pero el vídeo. El vídeo continúa. La cámara sobre el monitor se levanta con un temblor y el chico empieza a sudar frío al ver cómo la imagen se acerca renqueante a la puerta. Se levanta de la silla gritando que hay alguien en la casa. Sus amigos le devuelven los gritos entre burlas. No hay internet. La luz se va.

Al cabo de unos tres días los vecinos del bloque llaman a la policía. Un olor nauseabundo sale del cuarto piso, en la vivienda del 4A. Saben que un puñado de adolescentes viven ahí. No saben cuántos son exactamente, nunca dan un ruido y apenas salen, pero están seguros de que algo pasa. Sólo hay silencio. Silencio y un olor insoportable a podrido y descomposición. Un olor que dejaba poco a la imaginación de lo que encontrarán la policía y los bomberos al forzar la puerta del piso.

La peste los golpea casi físicamente cuando fuerzan la entrada. Y detrás de esta un olor a abono, humedad y moho. Llegan al salón. Apenas pueden explicar lo que están viendo. El suelo está cubierto de tierra. Toda la habitación está cubierta de tierra, al menos diez centímetros. Tierra fértil, boscosa, con detritus y hojarasca. Algunas malas hierbas han empezado a crecer, dirigiendo sus trémulas hojas a la escasa luz que se filtra a través de las persianas a medio echar y las cortinas cerradas. Pero eso, oh, eso no es lo peor.

En medio de la estancia, sentados en sus sillas gaming delante de sus monitores, rodeados de cables y torres de ordenador repletas de iluminación RGB, con una película en el televisor y música de fondo, están los cinco chicos muertos. La tenue luz azulada de sus monitores ilumina sus caras. De algunos de los cuerpos ya han empezado a rezumar fluidos, otros están aún hinchados. Conteniendo la náusea, llaman a los de criminalística y acordonan inmediatamente el lugar. Hay una pala en cada una de sus manos. Sospechan que pueden ser el arma del crimen. Todos los cadáveres tienen evidentes muestras de violencia. Poco después se empiezan a tomar fotografías, recoger posibles pruebas y se levantan los cuerpos.

Es entonces, sólo entonces, cuando la webcam que apuntaba al salón desde la puerta abierta de la habitación abandonada se apaga en remoto.

4 Me gusta

Título: Carla y yo

Pseudónimo: El Cyrano triste

En los grandes salones de mi mente podía ver su lánguida figura observarme, apaciblemente, como arrastrada por una bruma que la mecía lejos de mi alcance, cada día un poco más remota. Ella seguía ocupando mis pensamientos en ese breve espacio mental que existe justo antes de caer presa del sueño. Me figuraba que llegaría el momento en que la distancia sería tan grande que su forma solo ocuparía un punto en el firmamento, indescifrable, inalcanzable; aunque en mi corazón siempre sabría qué significaba, probablemente hasta mi último aliento.

Tenía miedo de olvidar su rostro, su tierna expresión cuando yacía apaciblemente a mi lado, adormilada. Cada mañana solía levantarme un poco antes que ella, lo hacía solo para observarla en su dulce dormir, antes de que el fragor del día a día borrara ese gesto sereno de su cara para volver a recuperarlo al caer la noche. Olvidar su rostro perdido en esa lejanía, sin el consuelo de olvidarla totalmente, sabiendo lo que significaba ese punto perdido en el horizonte me aterraba. ¿Cómo lograr la redención sin su mirada fija en la mía, otorgándome su perdón? ¿Cómo dormir el sueño de los justos sin un sinfín de pesadillas reiterándose en lo más profundo de tu subconsciente después de arrebatarte aquello que más has amado?¿Era acaso posible o siquiera justo aspirar al olvido?

Me levanto del sofá, aparto con un pie el montón de botellas vacías y me dirijo al cuarto de baño. El rostro que me devuelve el espejo es el de alguien que apenas conozco, el yo de un futuro que jamás hubiera pensado pudiera ocurrir. A un rostro demacrado, ojos hundidos y labios resquebrajados habría que añadirle una barba descuidada y una incipiente calvicie. Estrés o ansiedad son ya palabras con un significado vacío desde que entraron a formar parte de mi nueva normalidad.

La vida es miseria y yo me jacto de ello, celebrándolo a diario en una orgía sin fin con todo aquello que alguien cabal definiría como hábitos autodestructivos. Porque la autodestrucción es un premio codiciado para los que como yo moran en el crepúsculo entre la vida y la muerte. Vuelvo a mirarme en el espejo; mi reflejo es la constatación de que la vida ha decidido acelerar su paso a mi alrededor y con ello atraer la decadencia hacia mí. Nada por lo que quejarse, merecedor como soy de toda esa desdicha. El premio final por un conjunto de malas decisiones que me han llevado a ese punto, frente a un espejo mugriento preguntándome por qué ella y no yo.

Esa noche bebí de más. No era la primera vez, tampoco la segunda. Debí haberle hecho caso cuando insistió en que cogiéramos un taxi. Hacía poco había descubierto su aventura con un compañero de trabajo. Estaba furioso con ella y decidí ignorar su súplica. Conducir con unas copas de más era algo a lo que estaba acostumbrado. Yo controlaba. O eso creía saber en ese momento. Aunque dejé de creerlo poco después cuando ese camión hizo una maniobra extraña que no supe prever ni evitar llevándonos a un final injusto para ella, aciago para mí. Un dolor agudo en el pecho, el crujir de mis vertebras (¿o eran las suyas?) y el ruido atronador del cuerpo de Carla destrozando el parabrisas en mil pedazos y con ello segando su vida y mi alma. Eso es todo lo que recuerdo. Ese fue el último instante de mi existencia, porque también morí en la carretera aunque mi cuerpo no lo hiciera. Morí justo después de matar a mi amada.

Cierro el puño con rabia. Las lágrimas recorren mis mejillas. Viajar por el amplio mundo, una boda, el nacimiento de nuestro primer hijo, el de nuestro primer nieto… El recuerdo de tantas cosas que querría haber vivido con ella se vuelve difuso. Esos deseos son ya poco más que una sensación amarga, un puñal en la boca del estómago que me hace tragar bilis; un recuerdo constante de la miseria que traje a nuestras vidas.

Vomito en el bidé. Al levantar la cabeza me observo por tercera vez en el espejo. En el fondo de mis ojos veo un punto difuso. Aunque distante y errático todo toma sentido cuando abrazo su significado. La ducha pierde agua en un goteo ensordecedor. Golpeo el espejo con el codo. Una miríada de cristales pequeños reflejan una misma realidad teñida de rojo. Sangre por doquier. Me siento dentro de la bañera con un pedazo de espejo en la mano. Lo agarro firmemente, ese dolor punzante es mi único vínculo con la realidad. Vuelvo a sentir la daga en mis entrañas: viajar por el amplio mundo, una boda, el nacimiento de nuestro primer hijo… Aprieto la mandíbula mientras desgarro mi brazo con el filo del cristal de arriba a abajo. Lo hago con esmero. Noto mi sangre fluir y escaparse, liberando a mi cuerpo carente de alma de su existir en un mundo sin sentido. Suspiro aliviado.

Carla lo siento, escucho salir de mis labios. Perdóname, me parece decir. El goteo de mi sangre por toda respuesta. Silencio. Oscuridad.

2 Me gusta

Título: Rickard y Daimiel

Pseudónimo: El Señor de los Librillos

La víctima era una mujer de unos treinta años y yacía en el suelo en una posición fetal. Alrededor de ella había una mancha oscura en el suelo que emanaba pequeñas partículas oscuras. El inspector Rickard asintió para sí mismo y se agachó junto a ella. Le desabrochó los botones de la blusa y la abrió, revelando sus pechos y el torso. En el esternón presentaba una hendidura parecida a una herida pero, a diferencia de una ordinaria, era negra como la ceniza. Posó su mano sobre ella y cerró los ojos, tratando de contactar con Daimiel.
Al cabo de un rato, entre la oscuridad apareció un hombre con una melena hasta el cuello y unos ojos de un azul cristalino, reluciendo como si tuvieran luz propia. Tras acercarse a él, se agachó y colocó su mano en el mismo punto.
—¿Una nueva víctima? —preguntó el hombre de la melena.
Rickard asintió.
—Herida en el tórax, perforada por el mismo artefacto arcano que las otras dos.
—Lo que significa que es obra de nuestro amigo.
—Así es, Daimiel —contestó el inspector—. ¿Lograste sacar algo de las otras víctimas?
El aludido negó con la cabeza.
—Nada relevante, parece como si después de la transición se olvidaran de cómo murieron. Este asesino me es muy familiar, Rick.
—¿Has visto a alguien que actuara así?
—Un espíritu muy antiguo, tendría unos dos mil años de edad.
—Casi ayer mismo —dijo Rickard de forma irónica—. ¿Y qué pasó al final?
—Tras mucho esfuerzo logré atraparlo y enviarlo al Vacío.
—¿Crees que ese espíritu tiene algo que ver?
—No estoy seguro. Pero tampoco importa, tarde o temprano detendremos a este hijo de puta —Daimiel se levantó y su compañero lo imitó—. Por ahora me centraré en la mujer y miraré a ver si puede darnos una pista.
—Me parece bien —convino el inspector—. Yo investigaré a ver si hay alguna conexión entre las víctimas.
—De acuerdo —el espíritu sonrió—. Mañana contactaré contigo a la hora de siempre.
Rickard le levantó el pulgar y su compañero se difuminó entre la oscuridad.

El mundo astral, a diferencia del físico, todo era como si estuviera hecho por luz. Los objetos tenían un resplandor dorado y eran semitransparentes. Una figura femenina, irradiada por un resplandor blanquecino, estaba sentada sobre un sofá “astral”, sollozando y con las manos tapándole la cara. Daimiel se acercó a ella y se sentó a su lado, para luego darle unas palmaditas en la espalda.
—Tranquila, ya pasó todo —le dijo en un tono tranquilo.
La joven alzó su vista y lo miró, con sus ojos derramando lágrimas.
—¿Quién eres?
—Soy un amigo —contestó el hombre.
Sacudió su bolsillo izquierdo y de él sacó un paquete de tabaco. Lo abrió y tomó un pitillo para ponerlo entre sus labios.
—¿Quieres? —le dijo a la vez que le ofrecía uno. Ella negó con la cabeza y él se encogió de hombros. Acto seguido se sirvió de un mechero para prender el cigarro.
—¿Para qué has venido? —preguntó ella.
El hombre guardó la cajetilla en su bolsillo y luego se volvió hacia la chica.
—Antes de nada tengo que decirte una verdad que te incomodará. ¿Estás preparada?
—No estoy segura… —dijo ella, mientras con su mano derecha agarraba su brazo derecho.
Daimiel dio un leve suspiro y la miró con una cara de pesadumbre, era una noticia difícil de contar y temía que ella se lo tomara a mal. Sin embargo, cuanto antes lo hiciera, antes la liberaría a ella de estar anclada en ese plano astral.
—Lamento decirte que estás muerta —dijo.
La chica dio un grito y se tapó la boca.
—¿Muerta? ¿Cómo…?
—Alguien te asesinó —contestó Daimiel—. Necesito saber quién lo hizo.
Ella todavía estaba en shock. Era normal, la mayor parte de espíritus que advertían de que estaban muertos se quedaban sin palabras, negándose a creer que habían pasado a mejor vida… o al menos a una no tan mala.
—No… no sé…
—Necesito tu ayuda —insistió él—. Cualquier cosa que recuerdes, por más mínima que sea, me será útil.
Ella vaciló, en silencio pensativo mientras frotaba su mano en su mentón.
—No recuerdo nada…
—Una lástima pues —dijo Daimiel a la vez que se levantaba. Luego se volvió hacia la chica y señaló hacia el zenit—. ¿Ves esa luz de ahí arriba? Debes ir ahí para abandonar este lugar.
Tras esas palabras, dio un largo suspiro y se marchó por la puerta, esperando que Rickard tuviera más suerte.

Se pasó toda la noche escrutando el panel en la pared. Un mapa pegado al corcho en la pared, y sobre él tres fotos pinchadas sobre diversas ubicaciones de la ciudad. Todas tenían características similares: eran rubias, nacidas el mismo día y, curiosamente, con años de nacimiento correlativos. Miró el reloj y vio que faltaban un par de minutos para la medianoche. Hora de contactar con Daimiel.
Se levantó de su asiento y se dirigió al cuarto de baño, donde el espejo reflejaba su cabello oscuro y vio su barba poblada; ya se afeitaría después, cuando hubiera solucionado el caso. Posó su mano sobre el espejo y cerró los ojos. En el interior de su mente dijo: «Daimiel, estoy aquí, manifiéstate ante mí».
El espíritu no tardó en acudir a su llamada. Su aspecto no había cambiado ni un ápice, como bien era normal en un espectro.
—¡Aquí me tienes! —dijo Daimiel mientras alzaba sus brazos.
—¿Lograste alguna pista?
Su compañero negó con la cabeza.
—Yo he tenido más suerte —dijo Rickard—. Hay un nexo entre las víctimas.
—Interesante —dijo Daimiel—. ¿Y cuál es?
—Todas son rubias, nacidas el seis de Junio, en años consecutivos empezando por el año mil novecientos noventa.
Daimiel se estremeció, como si hubiera advertido de algo turbador.
—No puede ser… —musitó para sí mismo.
—¿Qué ocurre Dai?
—Es el mismo modus operandi del asesino que atrapé hace un siglo pero… ¡es imposible! ¡Nadie ha escapado del Vacío!
—A lo mejor alguien pretenda desconcertarte, o bien lo imite, como si fuera algún tipo de aprendiz.
—Voy a tener que bajar al bajo astral y comprobarlo por mí mismo, lo cual me disgusta.
—¿Y yo qué hago?
—Estate ojo al parche. Si no volviera mañana a la misma hora, contacta con Sebastian.
—¿Sebastian? ¿De verdad me enviarás a él?
—¡Vamos, no te quejes! Será un poco gruñón, pero tampoco es para tanto.
—¡La última vez me pidió que le fuera a comprar el pan! —protestó Rickard.
Daimiel se encogió de hombros.
—Pues la próxima vez aprovechas y te compras otro para ti —le dijo guiñándole el ojo—. En fin, te dejo tranquilo, que tengo trabajo por hacer.
Y la oscuridad se desvaneció.

El bajo astral era una dimensión muy densa, la oscuridad envolvía la zona y los objetos, a diferencia del tercer nivel, resplandecían de un color violeta oscuro. En ese lugar albergaban los seres más despreciables e inferiores del mundo espiritual, desde asesinos despiadados hasta demonios poderosos. Cuando era joven creció en ese lugar, aprovechándose de los más débiles o de los vivos si podía.
El bar de Xelial era un lugar donde albergaban la mayoría de malhechores del más allá, donde bebían, se divertían y cometían fechorías. Era el momento de mostrar su verdadero aspecto y entrar en ese antro. Se agarró los brazos y su piel se tornó de un color gris oscuro, de sus ojos salía un resplandor rojo y dos alas sin plumas emergieron de su espalda.
Hacía tiempo que no tomaba esa forma, pero con tal de cazar al asesino era la única manera…
Al entrar sus “oídos” se estremecieron al escuchar una música estridente. Escrutó el bar en busca de una persona. Pese a estar a rebosar, lo vio sentado en un rincón. Tras bajar por las escaleras y sortear a los diversos consumidores, por fin se sentó ante él. Tenía un aspecto horrible, de piel descolorida, unas ojeras grandes y sin un pelo asomándose por su cabeza.
—¿Puedo sentarme? —preguntó mientras agarraba una silla por el respaldo.
El ser levantó su vista.
—¡Pero qué ven mis ojos! ¡Daimiel en persona! ¡Cuánto tiempo, chico!
—Demasiado tiempo, amigo mío—dijo él, sonriendo.
—¿Has decidido volver a instalarte aquí?
El negó con la cabeza.
—Estoy de paso, todavía tengo obligaciones pendientes de atender. Y hablando de ellas…
—Buscas información, ¿verdad? —preguntó el hombrecito.
Daimiel asintió.
—Busco a Gharus.
—¿Gharus? ¡Sabes perfectamente que lo enviaste al Vacío.
—Sospecho que él puede estar implicado en unos crímenes en el mundo de los vivos —dijo él— ¿Tienes algo de lo que pueda servirme?
—Sí, y no te costará barato: veinte huesos.
—¿Veinte huesos? ¡Serás granuja! —se quejó Daimiel mientras rebuscaba entre sus bolsillos. En cuanto los encontró, los arrojó sobre la mesa —¡Toma! ¡Que te aprovechen!
El confidente carraspeó su “garganta” y se acercó a él.
—Dicen —musitó el hombre— que se escapó y fue ayudado por… alguien.
—¿Cómo es posible? Nadie puede salir de ahí a menos que… no, no puede ser.
—Su guarida está en el puerto, allí lo encontrarás.
Súbitamente se levantó de la silla, dejándola caer al suelo, y se marchó corriendo del local, abriéndose paso a empujones.

El agua no era como el del mundo normal, sino que era viscoso y negruzco, como si estuviera pútrido. Por fortuna estaba acostumbrado a ese olor desagradable que desprendía. Se plantó en medio de la calle y, a grito pelado, dijo:
—¡Gharus, sal de tu maldito escondite! ¡Sé que estás aquí!
De las sombras apareció un ser demoníaco, con dos cuernos tan grandes como su húmero y con unos ojos que desprendían fuego.
—¡Daimiel! Cuanto tiempo…
—Déjate de estupideces —le dijo en tono desagradable—. ¿Qué haces aquí?
—Oh, es que en el Vacío hace mucho frío, ¿sabes? —dijo el demonio—. Así que decidí salir un poco donde la temperatura es más… agradable.
—¿Cómo escapaste?
—Es una larga historia….
—¡Le liberé yo! —dijo una voz que retumbó del cielo.
De repente, un ser luminoso bajó del firmamento, emanando un resplandor cegador. Llevaba un traje de un blanco impoluto y tenía un par de alas plumadas.
—¿Raguel? ¿Qué haces aquí…?
El ángel descendió hasta levitar a pocos centímetros sobre el suelo.
—Vaya, vaya, así que tú eres el famoso Daimiel… Gharus me mantuvo informado sobre ello.
—¿Por qué? ¿Por qué has sacado a Gharus del Vacío?
—Me pareció curioso que un demonio como tú al final decidiera convertirse en agente de la ley —dijo con una voz tranquila pero poderosa—. ¿Qué te hizo actuar de esa manera?
—En el pasado hice demasiadas cosas de las que me avergüenzo —contestó cabizbajo.
—¿Y crees que para redimirte debes apropiarte de mi trabajo?
—¡No me apropio, lo complemento!
—Es loable, pero fútil. Un demonio jamás puede sustituir a un enviado de Dios para aplicar la ley.
—¡Aunque así fuera, no hay ningún motivo para liberar a ese asesino!
—Obsérvate —contestó Raguel señalándolo—. Tus intenciones pueden ser buenas, pero actúas con soberbia. No pretendas llevar a cabo tareas que no te corresponden.
—¡Hago lo que puedo para hacer justicia! —protestó Daimiel entre dientes.
—¿Justicia? ¡Yo soy la Justicia! —dijo el ángel—. Y, dado que te has apropiado de ella, me veo obligado a castigarte.
—¿Castigarme? ¿Después de todo mi trabajo?
Gharus sonrió.
—No creas que aplicando tu ley serás redimido de tus pecados —dijo el arcángel.
—¡No lo pretendo! ¡Sólo quiero compensar los daños causados!
—No te preocupes… tendrás tiempo de pensar en ellos en El Vacío.
—¡NO!
El ángel alzó su vara y, tras golpearla contra el suelo, envió a Daimiel al Vacío.

2 Me gusta

FUERA DE CONCURSO

Título: El reloj de bronce

Pseudónimo: Fulgencio Rosales

¡Libre! ¡Por fin libre!
Podré ver en la tele lo que me dé la gana, ponerme Internet y bajarme películas guarras…
Podré hacer fiestas salvajes en casa, invitar a los amigotes, liarme con tías, montar orgías…
¡Qué vida! ¡Qué vida!
Mañana mismo pongo un anuncio en el periódico buscando amigos y amigas.
Pero lo primero es lo primero: ¿Qué hago con el cuerpo de mi madre? ¿Y quién me va a hacer la comida?

2 Me gusta

Título: La ciudad sitiada

Pseudónimo: Señor X

La ciudad está sitiada y su población, famélica, presta a la rendición. Reina entre el ejército atacante cierta excitación eléctrica; por fin, después de tantos meses, tan penosos, la ciudad empieza a mostrar una cara más blanda, un cierto aire de derrengada mansedumbre.
Primero vino el estado de sitio, luego vino el hambre de su mano. En pocas semanas la comida escaseaba. La ciudad no estaba preparada: el país llevaba demasiado tiempo sosteniendo la guerra. Por las calles desoladas correteaban sus habitantes, huidizos y esquivos como ratas, buscando algo que llevarse a la boca.
Cuando no quedó comida, se comieron aquello que no llamamos comida: gatos, perros, caballos que ya no servían para el exiguo ejército que defendía la ciudad, también ratas… Pronto no quedaron mascotas en la ciudad sitiada, pero el hambre seguía apretando, tiránica e insaciable.
Entonces cundió el abismo en cada uno de los ciudadanos, algo creció dentro de cada uno de ellos. Se vieron en la más negra desesperación de sorprenderse a sí mismos mordisqueando sus cinturones de cuero o sus zapatos o la madera de los muebles, o… En esa desesperación, decíamos, de tener que elegir entre la muerte del hambre o la muerte quizás más rápida de la guerra, de acercarse al cerco enemigo y ser recibido con una bala misericorde.
Llegó con el hambre el invierno. Un invierno furioso y penetrante como ni los más viejos del lugar recordaban. La gente, absolutamente incapaz de soportar tanta desgracia concatenada, miraba al cielo y se preguntaban qué gran pecado habían cometido para merecer todo aquello. Pero rezaban a un cielo plomizo que escupía torrentes de nieve y un viento polar que atravesaba hasta las paredes y los congelaba desde lo más profundo. Ninguna clemencia, ningún gesto amable habrían de esperar de ese cielo. Si dios existía, no estaba dispuesto a mover un dedo por ellos
El frío era tan gélido que las familias se apiñaban, a modo de pingüinos, contra alguna esquina castañeteando y calentándose las manos con su vaho. Cada uno veía en el rostro del otro las marcas de la guerra, del asedio, del hambre y del frío; todos eran ominosamente conscientes de su destino. Los días se sucedían idénticos, la supervivencia era un lento discurrir entre la inconsciencia vegetal y una conciencia animal, embrutecida. Silencio sepulcral y blanco.
Era Navidad cuando un joven oficial entró en la tienda del general:
– Mi general

– ¿De qué se trata?

– Todos los informes apuntan que la ciudad no está ya en condiciones de resistir un asalto. El ejército no cuenta apenas con munición, la moral no puede ser más baja y la población, muerta de hambre, no opondrá resistencia.

– Por muy quebrantado que esté el enemigo, presentará resistencia llegado el momento para conservar lo poco que le quede de vida. Así que no pienso ordenar un asalto ahora que el invierno está haciendo el trabajo por nosotros. Nuestro ejército está bien asentado y la campaña nos es favorable en todos sus frentes. Cuando acabe el invierno entraremos en la ciudad, que ya será un cementerio. Y ahora, márchese.

– ¡A la orden, mi general!
Era el general hombre serio y malencarado, de inteligencia fría y acerada rectitud. Cuando el oficial se hubo retirado, se asomó a la ventana de la tienda, desde la que se dominaba gran parte del campamento.
La guerra no consiste en matar más que el enemigo, pensaba el general ante la ventana, sino en no morir, en sobrevivir un día más y poder luchar al día siguiente. Me corresponde a mí usar las vidas de estos soldados de la mejor forma. Si tengo que llevarlos directamente al matadero, y con ello conseguir la victoria, lo haré; pero, siempre que pueda evitarlo, optaré por conservar sus vidas lo máximo posible. Un soldado muerto de poco servirá a nuestra nación. El frío acabará con ellos, mas no con nosotros, que estamos a resguardo y bien abastecidos.
Efectivamente, las líneas de suministro eran efectivas y no escaseaban las provisiones para el ejército invasor. Debido a la naturaleza eminentemente posicional del asedio, los soldados podían realizar su labor casi desde el resguardo de la tienda de campaña y, por tanto, el número de bajas por el frío no era significativo. Reinaba, pues, un buen ambiente entre la tropa que, rememorando fatigas pasadas, no veía con malos ojos un asedio prolongado y casi sin riesgo.
Era Navidad, como decíamos, y ya caía la noche. Los soldados acudían a recoger un rancho que se esperaba algo más apetitoso por la fecha. Bullicio, canciones y risas impregnaban un ambiente que podría calificarse como feliz.
Una sombra se arrastra por la tierra de nadie que cercaba la ciudad en torno a las posiciones enemigas. Esta sombra se va acercando, son dos personas, soldados, que portan un simulacro de bandera blanca y elevan los brazos en cuanto se les da el alto.
Cierto revuelo de voces llama la atención en el campamento y, entre ellos, se dirige el joven oficial a ver qué sucede. Inmediatamente ordena que se les detenga y son llevados ante su presencia.
– ¿Por qué han desertado?

– No aguantábamos más, señor, es imposible vivir sin comida, sin agua, muriéndonos de frío. Es un infierno, señor, preferimos morir.

– ¿Sois muchos defendiendo la plaza?

– Pocos, señor, famélicos y más muertos que vivos. Asediáis un cascarón vacío. Pero denos de comer, señor, o mátenos, porque no aguantamos más.

– Son ustedes prisioneros de guerra y como tal serán tratados. ¡Dadles comida y calor!
Celebración nocturna, alcohol, felicidad. La noche acaba y viene otro día. El oficial se levanta quizás con más dificultades que de costumbre. Pero hay poco espacio para la pereza: un soldado desde fuera le indica que debe presentarse ante el general.
Por el camino iba, sin duda, pensando en el motivo de la reunión que gravitaría en torno a los dos prisioneros de la noche anterior. Por lo que a él respectaba, su actitud había sido intachable.
– ¿Señor?

– Oh, oficial, ¿es cierto que tenemos a dos prisioneros desde anoche?

– Así es, mi general, dos desertores.

– Ejecútelos inmediatamente.

– Mi general… son prisioneros, se rindieron…

– Ejecútelos. Pero no gaste munición, ahórquelos. Y, en lo futuro, actúe siempre así con los desertores.

– Pero, señor, de acuerdo con la convención de… nosotros no podemos…

– Esto es la guerra, y en la guerra, hijo, no hay normas ni cuartel. Vivimos la guerra total y esta anula cualquier conmiseración hacia el enemigo. Aquí no se hacen prisioneros, tampoco ellos los hacen; hombre que cogemos, hombre que ejecutamos. Así de simple.

– A la orden, mi general…
Una semana después el campamento recibe el año nuevo con una terrible tormenta y un frío asesino, nadie que no estuviese a resguardo podría sobrevivir.
Soldados arracimados en los improvisados barracones rezaban para que pasara pronto y los de guardia luchaban por mantenerse vivos. En mitad de este infierno blanco, de nuevo, algo cruza la tierra de nadie. Hasta que no están muy cerca no se le da el alto, son varios, cubiertos con sábanas, medio vivos. Son inmediatamente llevados ante el oficial.
– ¿Quiénes son?

– Somos civiles, señor. Escapamos de la muerte por hambre y frío. Solo pedimos vivir o, si no es posible, una muerte rápida. No queremos sufrir más.
Una mirada del oficial bastó para comprender la hondura de la desesperación de esa gente. Era el padre quien había hablado, pero también estaban la mujer y tres hijos de diversas edades. Él conocía bien las órdenes del general, pero estos eran civiles y, por tanto, no se les debería dispensar el mismo trato. Por ello ordenó alimentarlos y darles un lecho por esa noche.
A la mañana siguiente, y como anteriormente pasara, fue convocado ante el general. Por el camino vio el patíbulo, donde colgaban los dos cadáveres congelados desde hacía una semana. Algo se le removió dentro de sí y hubo de bajar la cabeza.
– Creía que mis órdenes habían quedado claras, oficial. Creía que la charla que tuvimos hace unos días había servido de algo, pero veo que no ha sido así.

– Se trata de civiles en este caso, mi general.

– No hay distingos, el enemigo es la nación entera, su ejército y toda su gente. La victoria vendrá con la aniquilación del enemigo, sea cual sea la forma que adopte.

– Con el debido respeto, mi general, pero esta gente no es el enemigo. Son personas reducidas casi a la nada y, si nos dedicamos a exterminar por capricho a la gente, esto dejará de ser una guerra para convertirse en otra cosa de la que no quiero participar.

– Escúcheme bien, joven: son el enemigo, hay que destruirlo, no los vamos a alimentar ni les vamos a dar cobijo. ¡¿Me ha entendido?! ¡Maldita sea, haré que lo ahorquen a usted también si esa gentuza no cuelga en menos de una hora de ese madero! ¡Es usted oficial del glorioso ejército de nuestra nación y no voy a consentir que lo arrastre por el fango con sus melindres! Y no vuelva jamás a insinuar la más mínima rebeldía o insubordinación porque ya sabe cómo tratamos a los desertores. Márchese y recapacite, lo necesita.

– Lo haré, mi general, puede estar seguro de que lo haré…
A la hora, efectivamente, cinco bultos colgaban del madero, bamboleándose con el viento, de diversos tamaños y pronto tan tiesos como los otros dos.
Finales de marzo. Lo crudo de ese inaudito invierno ha pasado. El general decide entrar en la ciudad, seguro de que no encontrará resistencia alguna. Está en lo cierto, su pronóstico se ha cumplido: una paz de cementerio reina entre los escombros de lo que fue una bella ciudad unos meses antes. Nada ni nadie se mueve dentro de ella, no ha quedado nada.
La tropa lo celebra y se emborracha entre las ruinas. Profusión de rameras coronan el jolgorio: se arraciman y se exhiben, luego se distribuyen por entre las osamentas de los edificios y dan placer a la tropa. En su obscenidad hay algo de profanación sacrílega, a veces se escuchan disparos, carcajadas etílicas y pavorosos gritos femeninos.
El general no gusta de este tipo de espectáculos tan poco edificantes, pero sabe que los hombres merecen un desahogo después de tanto tiempo. Echa en falta a ese oficial tan díscolo, quiere hacerle ver lo acertado de su estrategia, instruirlo, hacer de él un elemento valioso para el ejército y apartar esos negros nubarrones que le rodeaban. Pero no está. Lo busca pero solo encuentra cópulas salvajes contra las paredes allá por donde mira.
Pero la diversión en tiempos de guerra nunca dura mucho. Vuelven al campamento para desmontarlo; la campaña sigue, hay que avanzar posiciones. ¿Dónde está el oficial? Pregunta el general. Nadie lo ha visto ni en el campamento ni en la ciudad, mi general .
Qué extraño , piensa el general, ¿será finalmente un traidor, habrá desertado como ya dejó entrever? Más le vale que no o conocerá el verdadero significado de la guerra y de vestir este uniforme . Y entonces mira por la ventana, a lo lejos ve la horca, cebada con un cuerpo solitario, vestido de oficial.
– ¡¡HA DESERTADO, ESE MALDITO HIJO DE PUTA HA DESERTADO!! -Vocifera, rojo de ira, sacando el cuerpo hacia el exterior y apuntando con el dedo.
Los soldados, extrañados, elevan sus miradas hacia el general, siguen la dirección del dedo, hacia el patíbulo. Cuando el general calla se hace un silencio pesado que pronto se rompe con la carcajada aguardentosa de la tropa, tronchada de una risa. Y el viento mecía el cuerpo del joven oficial.
4 Me gusta

Título: La representación

Pseudónimo: Marramiau

Él llegó solo, como iba siendo habitual desde hacía algún tiempo. Una voz dijo que cinco cincuenta. Buscó en sus bolsillos y de ellos extrajo un caos de monedas y billetes arrugados. Pagó, entró y buscó una butaca que cumpliera las delicadas reglas de sus neurosis. Centro, pero no muy centro, sin nadie delante ni nadie detrás. Pocos minutos después, las luces se apagaron y una voz rogó que fueran apagando sus teléfonos, que al espectáculo le quedaba poco para empezar y que guardaran todos silencio, gracias.

–Es usted, ¿verdad? –preguntó la vecina de la butaca de al lado.
–¿Quién?
–El de la escena, el protagonista, es usted.
–Sí, eso creo.
– ¿Y cómo se ve?
– Pues no sé qué decirle. ¿Cómo me ve usted?
– Yo diría que bien. El guion es sólido y usted lo hace muy bien.
– Bueno, él es sólo un actor…
– Cierto, pero le representa a usted, ¿no?
–De alguna manera, sí.
–Pero usted está vivo –dijo ella.
–¿Cómo?
–Que usted está vivo; pero en la obra lo acaban apuñalando. En el siguiente acto aparecerá una figura enmascarada y lo apuñalará. Luego, más tarde, se revelará que ese asesino no tiene rostro, como si se nos quisiera decir que el criminal es una metáfora de alguna cosa. Sepa usted –confesó ella– que es la tercera vez que veo ya la obra. Triste pero magistral. Una pena que acaben con usted de esa forma tan trágica.

Doce pesadas horas después acabó la obra. Larga, monótona, seca, con un final terrible, con sus analogías y alegorías, pero exacta. Él recogió su abrigo, saludó a la vecina de la butaca de al lado y arrastró sus pies hasta el exterior. Fuera, tomó aire, alzó la mano y pidió un taxi.

– ¿Viene otra vez del espectáculo, señor? -preguntó el taxista.
– Así es.
– ¿Y cómo le ha ido la obra hoy?
– Pues como cada día.
– Serán siete con veinte.
– Aquí tiene.
– Hasta mañana, señor.
– Hasta mañana.

Subió las escaleras de su casa mecánicamente, abrió la puerta y tras encontrar una cama enterrada bajo sábanas estratificadas, se dejó caer en ella. Buscó el despertador y lo ajustó como siempre. El espectáculo de mañana empezaba a la misma hora. La representación de su vida, en el mismo lugar. Buena obra, pensó. Triste, pero obra, al fin y al cabo.

2 Me gusta

Título: La verdad está ahí fuera

Pseudónimo: Rebufo

Esperó un momento atento, sin mover un músculo, a ver si escuchaba como ayer los ruidos que procedían del piso de arriba. Nada, no se escuchaba nada en absoluto, suspiró aliviado. Se apoyó en la barandilla del balcón y dejó que el sol se posara en sus brazos y en su cara mientras se entretenía mirando a la calle distraído. Una mujer cruzaba la calle lanzando una maldición al evitar un hoyo en la acera con su carrito de la compra. Marc la miró y aunque sabía que no le escuchaba le dirigió estas palabras:

—“Si nunca te conozco nunca tendré que perderte”.

Torció el gesto al ver que la frase no quedaba bien en ese contexto. Miró al horizonte, por encima de las terrazas de enfrente y se preguntó si sería domingo o lunes. Al principio, saberlo le proporcionaba cierta tranquilidad, ahora ya solo anhelaba el silencio, eso era lo único certero a lo que podría aferrarse. Calculó cuánto tiempo hacía que ya no estaba Sara. ¿Dos meses? o quizás fueran tres, no estaba seguro, tampoco importaba mucho. Lo que hace una semana era primordial a la siguiente seguramente ya no lo fuera. Sara se había convertido en un eco, un eco que se iba mitigando poco a poco.

Marc ya solo esperaba que su recuerdo se alejara de él como lo había hecho su cuerpo, despegándose del suyo sin aspavientos, sin dolor. Aún sentía un vacío en el estómago cuando encontraba algún resto de ella en el piso como esa figurita que compraron juntos en algún viaje o la camiseta verde que apareció detrás del sofá oliendo aún a ella. Marc en esos momentos era meticuloso, no dejaba ni el menor rastro de esos objetos, como si nunca hubieran existido en su mundo y así el eco cada vez estaba más lejos y su silencio lo iba cubriendo todo. Se incorporó un poco, respiró hondo y dijo:

—“Es nostalgia. Es cómo una droga. Impide que veas las cosas de la forma que están”.

Masculló las palabras cómo si realmente se las dirigiera a sí mismo. Al poco escuchó un helicóptero a lo lejos, lo bastante lejos para que siguieran oyéndose los pájaros, aunque fueran palomas. Nunca le habían gustado, más bien las consideraba unas ratas con alas, pero ahora le distraían. Marc tenía sus pautas y cada día justo cuando el sol rozaba la terraza del edificio de enfrente, ponía un trocito de carne en el alfeizar de la ventana y veía cómo se acercaban poniéndose justo al lado, le gustaba observar su cautela, pero las palomas tenían hambre y al final se arriesgaban y comían junto a él. Alguna vez había conseguido coger a alguna. Las sujetaba mientras sentía como latía su corazón acelerado, aunque al poco volvía a soltarlas viendo cómo se alejaban volando.

Volvió a mirar a la mujer del carrito mientras la iba perdiendo de vista. No hacía falta ser muy listo para saber que volvería por la noche solo con cuatro cosas escasas, agotada y frustrada, debía de tener hijos por eso se arriesgaba tanto. En verdad la mujer le recordaba a una de sus palomas del alfeizar cada vez volando más lejos. Mirándola bien no la reconocía del barrio, no debía vivir siquiera en su edificio, mejor para ella. Le dio un poco de lástima verla ahí tan estúpidamente absurda en su afán imposible, pero a la vez con tanta determinación. Pensó un poco sobre qué frase vendría bien ahora y la encontró. Esta vez la voz sonó grave y seria, casi como si estuviera dando un discurso.

—“Os habéis esforzado y ¿para qué? Para nada. Moraleja: No os esforcéis más”.

Rió divertido pensando en que no desentonaba tanto una frase de Homer Simpson en esa situación. Satisfecho entró en casa y puso la tele, nada de telediarios ni programas de actualidad, solo series antiguas donde la normalidad significaba aburrimiento.

Llevaba varias horas viendo una serie y ya había apuntado muchas frases en su libreta. La última era de Meñique, le gustaba especialmente. La recitó en voz baja:

—“El caos no es un foso, es una escalera. Muchos intentan subirla y fracasan”.

Pensó que esta podría recitarla más tarde en alguna ocasión. La repitió varias veces para memorizarla. Le gustaba porque él mismo estaba saliendo de este caos en que se había convertido el mundo, el resto ni siquiera intuían como salir. Solo se quejaban y no hacían más que ver las noticias y regodearse en su miedo y su miseria. Como Sara.

Entonces empezó a escuchar los aplausos, el tiempo había pasado muy rápido hoy. Se levantó y se dirigió al balcón inspirando hondo y diciendo:

—"No creas nada de lo que oigas y ni la mitad de lo que veas” —después siguió hablando para sí mismo— Cuánta razón tenías Tony Soprano, lo recordaré.

Salió al balcón y ya estaban todos ahí como cada tarde a la ocho. Se puso a aplaudir como el que más. No le gustaba nada, detestaba todo el paripé de los agradecimientos vacíos de emoción sincera y totalmente dirigidos por los que mandaban, pero lo soportaba y lo acataba cada tarde por la información. Decidió hace tiempo que no saldría más, era demasiado peligroso, de hecho, la compra siempre la hacía Sara. Hasta que todo se puso más difícil. Al principio se aplaudía a los sanitarios, ahora ya nadie sabía el porqué, simplemente se hacía, seguramente para aferrarse a una normalidad inexistente y a una esperanza de mejora que hacía meses ya se había esfumado. Pero ahí seguían todos, puntuales como un reloj, y eso a Marc le venía muy bien. Había estado recopilando datos de todos sus vecinos. La mujer de arriba seguramente ayer por la noche se marchó. Alguna vez le había hablado de una casa en las montañas. Esperaba que pudiera pasar los controles, le caía bien.

En su edificio aún había bastante gente, los de al lado, por ejemplo. Una pareja anodina de mediana edad. No parecían muy robustos, seguramente eran veganos ya que incluso en el balcón almacenaban verduras, hasta vio una botella de butano. El hombre se giró para saludar a Marc y este le devolvió el saludo diciéndole:

—"¿Soy una buena persona haciendo cosas malas…o una mala persona haciendo cosas buenas?”

El hombre hizo un gesto con la mano explicándole que no le escuchaba. Marc continuó, sonriéndole:

—“Lo hice por mí. Me gustaba. Era bueno haciéndolo y de verdad… me sentía vivo”

El hombre le sonrió también asintiendo, disimulando como si le hubiera escuchado. Después siguió aplaudiendo, seguramente satisfecho por su acción amable con el vecino solitario.

Cuando todo terminó volvió otra vez el silencio. Marc abrió la nevera como cada noche después de los aplausos dispuesto a cenar y cogió un trozo de carne que él mismo había envuelto en plástico transparente. Se dio cuenta que ya no quedaba casi. Miró en el congelador y observó que estaba vacío de carne congelada. Fue hacia el armario y comprobó que tampoco quedaba apenas desinfectante y lejía. Eso era un problema. Las verduras se terminaron hace tiempo. Aún así no quiso preocuparse demasiado. Cogió uno de los trozos de carne que le quedaban y lo puso en la sartén, no mucho, ya que siempre le había gustado la carne poco hecha, así le gustaba también a Sara. Otra vez ese vacío en la boca del estómago. Se sentó a la mesa y metiéndose un buen trozo de carne en la boca pensó en una frase que alguien le había dicho hace mucho; “La muerte no hace desaparecer a un ser querido. Hasta que todos los recuerdos y objetos que teníamos de él no desaparecen este permanece con nosotros”. Mientras masticaba, los ruidos en la casa de al lado le hicieron recordar que aún no estaba solo, pronto lo estaría.

Necesitaba suministros, Sara ya no daba para más y los vecinos de al lado tenían butano, frutas y verduras frescas. Carne no, eran veganos, claro, pero ya la pondrían ellos mismos, como la puso Sara. Seguro que tenían lejía en cantidades. Además, tendría dos congeladores para guardar toda la carne. El suyo y el de los nuevos vecinos. Otra ventaja es que ahora sí que habría silencio del todo. No le preocupaba el futuro, podía subir al piso de arriba que estaba vacío y escuchar a los que vivían al lado de su vecina. Aprender sus costumbres y cuando los necesitara pues simplemente matarlos como había hecho con Sara y haría mañana con sus vecinos. Eso sí, con mascarilla y limpiándose las manos muy bien después.

Cuando terminó de cenar recogió su plato y mientras lo fregaba iba tarareando una canción.

Resistiré, para seguir viviendo
Soportaré los golpes y jamás me rendiré
Y aunque los sueños se me rompan en pedazos
Resistiré, resistiré

2 Me gusta

Título: Fulgencio

Pseudónimo: Don tancredo

Y allí estaba Fulgencio, vistiendo su mejor sonrisa y un traje nuevo. Es cierto que la sonrisa quedaba eclipsada por la lividez de su piel, pese al trabajo de maquillaje que había realizado el equipo de tanatoestética; y que la mueca resultaba algo fuera de lugar en un cadáver, pero era entendible en alguien a quien la muerte había sorprendido en pleno acto sexual.

Pero la expresión de su cara era lo último que preocupaba a Fulgencio. Etéreo, invisible al ojo humano, contemplaba lo que hasta unas horas antes había sido su envoltura humana. Pensó en lo bien que le quedaba el traje —o, al menos, todo lo bien que le podía quedar estando metido dentro de un ataúd—, y en la lástima de no haberlo podido estrenar en una mejor ocasión que su funeral, ya que lo había comprado apenas dos semanas atrás. Pero, sobre todo, pensaba en la rabia de no saber quién había acabado con su vida

Abandonó la pequeña sala y entró al salón del tanatorio. Familiares y amigos se reunían en pequeños grupos, algunos charlando animadamente y otros visiblemente apesadumbrados. Fulgencio vio a su hijo Carlitos, solitario, sentado en el extremo de un sofá. Se acercó a él, se arrodilló y se le encogió el corazón al verle con los ojos enrojecidos por el llanto. Instintivamente alargó el brazo para acariciarle la cabeza; sus dedos inmateriales no hicieron efecto en el cabello del niño, pero cuando las yemas de sus dedos penetraron accidentalmente en su piel, algo ocurrió.

Un fogonazo, y después Fulgencio vio, como en un ensueño, la habitación de su hijo a través de los ojos del pequeño, que estaba sentado sobre su cama jugando con unos cochecitos. Escuchaba a su mujer hablar fuera, supuso que por teléfono ya que en las pausas no oía a nadie más. Unos minutos después, la mujer entró al cuarto y se sentó también en la cama. Con palabras calmadas, suaves, le explicó que su padre acababa de morir. El niño enterró la cabeza en el regazo de su madre y empezó a llorar.

El fantasma no pudo soportarlo más y, reuniendo fuerzas, alejó su mano del niño, y su conciencia volvió a encontrarse en el tanatorio. Nadie parecía haber sentido nada fuera de lo normal, ni siquiera Carlitos. La cabeza le daba vueltas a Fulgencio, por la experiencia y por las posibilidades que ésta le abría: si de alguna manera, al contactar con alguien podía revivir recuerdos de esa persona, quizás pudiese averiguar quién había sido su asesino. Fue hacia Irene, su cuñada, ya que había sido la última que le vio con vida. No pasó por alto el hecho de que parecía mantenerse lo más alejada posible de su hermana, la esposa de Fulgencio. Posó la mano a través de los rizos pelirrojos de la mujer, y se repitió el destello.

Fue perturbador verse a sí mismo, vivo —cuando momentos antes había estado contemplando su cadáver—, a través de los ojos de su cuñada. Fulgencio se encontraba sobre ella, haciéndole el amor. Se oyeron de pronto tres detonaciones, y vio su cuerpo derrumbarse, obstaculizando todo su campo de visión. La mujer se empezó a mover, nerviosa, intentando quitarse el peso muerto de encima, y se puso aún más nerviosa al comprobar que sus manos se empezaban a teñir de escarlata. Cuando por fin pudo apartar a Fulgencio, vio lo que parecían tres heridas de bala en su espalda, por las que manaba abundante sangre. Saltó fuera de la cama sin parar de gritar.

Fulgencio aguantó hasta que contempló la llegada de la policía, pero estaba claro que no sacaría ninguna información de los recuerdos de Irene, más allá de saber cómo había sido asesinado. Maldijo la ironía de que fuese precisamente su propio cuerpo el que impidió que la mujer viese quién le había disparado por la espalda, y abandonó la memoria de su cuñada para retornar a su propia mente.

Meditó, confuso. Esperaba haber obtenido algo de los recuerdos de Irene, y ahora no sabía por dónde seguir. Recorrió con la vista la sala, y finalmente decidió visitar la memoria de Elisa, su mujer. Supuso que ya sabría que la engañaba con su hermana, al haber sido asesinado estando con ella.

Nuevo fogonazo, y vio la puerta de una cafetería. Una mano de mujer empujó la puerta, y nada más entrar vio al marido de Irene en una de las mesitas. Al verla, levantó la mano para llamar la atención de Elisa. Tras saludarse, pedir un café y esperar a que se lo dejaran en la mesa, su esposa fue directa al grano y le contó al hombre que sabía que Fulgencio e Irene tenían un affair . Ante su incredulidad, le explicó cómo había aprovechado que Fulgencio dormía para desbloquear su móvil con la huella dactilar, y cómo había encontrado conversaciones y fotos subidas de tono, amén de ver que se habían citado en numerosas ocasiones. Visiblemente enfadado, dejó un billete sobre la mesa y salió del local.

Fulgencio, a su vez, salió de la cabeza de su mujer. Estaba a la vez sorprendido por el hecho de que hubiera averiguado lo suyo con Irene, enfadado porque hubiese espiado su móvil, y esperanzado porque la conversación le había dado el siguiente paso a dar en su investigación: su cuñado había pasado a ser sospechoso. Lo buscó, y vio que justo en ese momento estaba entrando al servicio; decidió explorarle en cuanto saliera.

Entonces, una voz que le hubiese helado la sangre si aún tuviese venas sonó a su espalda:

—FULGENCIO, VENGO A BUSCARTE. DISCULPA EL RETRASO, PERO TUVE UNOS PROBLEMAS FAMILIARES QUE RESOLVER. PODEMOS IRNOS.

Fulgencio no tuvo tiempo de protestar, sólo de girarse y ver dos agujeros negros, en cuyo fondo titilaban dos luces que parecían llevar allí desde tiempos inmemoriales.

2 Me gusta

FUERA DE CONCURSO

Título: Sin consecuencias

Pseudónimo: Doctor Magufo

—¿Sabes? Eso es lo que más me gusta de ti —dice Beatriz mientras me abraza desde la espalda, con su cabeza apoyada en mi hombro izquierdo—. No se te escapa nada. Siempre sabes exactamente cómo me siento y lo que deseo en cada momento.
—Es que te conozco muy bien —contesto girándome para besarla—. Por dentro y por fuera, hasta tus más íntimos secretos.
—¿Cómo de íntimos? —pregunta con una sonrisa mitad pícara mitad inocente.
—Muy íntimos. Pruébame.
—Está bien. ¿De qué color son mis braguitas hoy? —dice echándose a reír, ligeramente avergonzada por la ocurrencia.
—Moradas, por supuesto —le contesto de inmediato, sin dudar.
—¡¿Pero cómo lo sabes?! —exclama Beatriz asombrada, al borde de un ataque de risa. Después, ligeramente ruborizada, se sube un poco la camiseta blanca que lleva para comprobar si se le veían por encima del pantalón vaquero. Parece anonadada.
—Oye, en serio, ¿cómo lo has podido adivinar? Son nuevas y nunca las he llevado antes, y el pantalón me va ajustado y no se ven nada por fuera —añade sonriendo, pero sin poder ocultar una creciente curiosidad.
—Es un secreto —le susurro al oído, sabiendo que con ello la voy a hacer rabiar más.
—¡Jo! No seas así… ¡cuéntamelo, por favor! —me implora haciendo un mohín realmente irresistible.
—Te aseguro que no quieres saberlo —contesto de forma misteriosa mirándola directamente a los ojos.
Hay un instante de tensión que rompo de inmediato con mi risa. Beatriz se relaja pero vuelve rápidamente a la carga, lanzándose esta vez hacia mi costado mientras grita: ―¡Sí que quiero saberlo! ¡O me lo dices ahora mismo o te haré cosquillas hasta que te mees encima!
—¡Vale! ¡Vale! Está bien. Pero no más cosquillas ¿vale? Ya sabes que odio las cosquillas.
—Lo sé, lo sé —contesta sacándome la lengua—. ¿Y bien?
—Es muy sencillo. Ya las he visto muchas veces antes —mi respuesta la deja visiblemente descolocada, y la zozobra reflejada en sus ojos aumenta cuando continuo—. Las he visto, te las he quitado, arrancado, roto con tijeras o a la fuerza, colocado en tu boca… Sí, podría decirse que conozco muy bien esas bragas moradas tuyas.
Su sonrisa había ido deshilvanándose poco a poco, pero todavía quería seguir agarrándose a algo, aunque fuera a un clavo ardiendo.
—No tiene gracia ¿sabes? —me dice seria, mirándome fijamente a los ojos, tratando de encontrar un resquicio en aquella mirada oscura, un brillo, ah era una broma, jajajá, no pasa nada, lo siento, ven aquí, todo está bien. Pero no consigue encontrarlo.
—¿Sabes tú lo que de verdad no tiene gracia? ¿Ni pizca de gracia? Que llegado a este momento siempre contestes tan seria “No tiene gracia ¿sabes?” —interrumpo su ensimismamiento imitándola de forma burlona—. Tienes muy poco sentido del humor. No hablemos ya de imaginación…
Beatriz se queda momentáneamente sin habla, demasiado sorprendida como para reaccionar o al menos protestar. Apenas llega a farfullar: —No entiendo…
—Ah, en eso estamos igual, me temo —la interrumpo—. Yo tampoco lo entiendo. No sé cuál es la razón, ni por qué solo yo lo recuerdo, ni si se supone que he de hacer algo en concreto para que todo esto termine de una puñetera y maldita vez.
Aunque los dos seguimos sentados en la parte lateral de su cama, Beatriz había ido retrocediendo su posición, alejándose lentamente de mí y acercándose a su mesilla.
—¿Has visto esa película de Bill Murray, la del día de la marmota que se repite una y otra vez? —prosigo mientras alzo la vista al techo, haciendo como si no me diera cuenta de lo que pretendía— Pues esta debe de ser la versión reducida en clave hija de puta. Al principio tenía su gracia. Era extraño, por supuesto, increíble incluso, pero estupendo al mismo tiempo. No sabía si me había vuelto loco o qué, pero al terminar el día vuelvo a aparecer aquí, contigo, a las cinco de la tarde, como si nada hubiera pasado. Solo que yo lo recuerdo todo; no solo la vez anterior sino todas las veces que ha ocurrido…
—Cariño, ¿no ves que todo lo que estás diciendo no tiene ningún sentido? ¿Qué te ocurre? ¿Te sientes enfermo? —me pregunta Beatriz intentando parecer menos intranquila de lo que ya está, y sin dejar de alejarse centímetro a centímetro de mí.
—Tú no puedes entender lo que es esto —suspiro amargamente—. Estoy atrapado en este maldito día, reviviéndolo continuamente, y nada de lo que haga tiene importancia. Y créeme cuando te digo que he hecho de todo. No sirve. Al final, siempre volvemos a la primera casilla… Hemos escuchado música, visto decenas de películas, jugado a la consola, tonteado, follado… A veces hemos discutido de todo esto y en otras ocasiones he preferido no contarte nada…
—Tranquilo, vamos a hablar de esto. Tratemos de razonar… —me interrumpe temblando visiblemente.
—¿Es que no me estás escuchando? YA hemos hablado de esto. Cientos de veces, solo que tú no lo recuerdas ―río cansadamente—. Tampoco es que tuvieras nada importante que decir, solo intentas aproximarte lo suficiente a esa mesilla.
Beatriz se queda repentinamente paralizada por la sorpresa, con los ojos fijos en mí, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Resulta extraño, dado que, a diferencia de ella, yo sí que lo sé.
—Olvídalo, las tengo yo —digo sacando las tijeras del bolsillo trasero de mi pantalón y mostrándoselas mientras el alma se le cae al suelo—. Ya me sorprendiste una vez con ellas, querida. No fue agradable, pero ya aprendí la lección.
—Por favor, por favor… —me suplica lloriqueando Beatriz, con la vista ahora clavada primero en las tijeras y luego en mí.
— Te he arrancado la ropa —continuo con crueldad mirándola fijamente a sus ojos, contemplando el impacto de mis palabras, clavándose una a una como cuchillos, reflejado en su rostro—, violado, apagado cigarrillos en tus pezones y en tu lengua. He hecho que me la chuparas hasta el fondo, hasta que acabas vomitando esos asquerosos macarrones que al parecer has debido de comer hoy.
Beatriz está devastada y no puede contener ya el llanto mientras se tapa la boca temerosa con la mano sin parar de temblar. Apenas alcanzo a escucharla: —No te conozco. No sé quién eres…
—Te he utilizado como retrete, te he follado por el culo hasta rompértelo mientras gritabas sin parar y acababas llenando la cama de sangre. ¿O eso es cuando te meto las tijeras por el coño y te violo con ellas? Ahora mismo no me acuerdo…
—¿Por qué? ¿Por qué me dices estas cosas horribles? —pregunta mientras las lágrimas le caen irrefrenables por las mejillas.
—¿No has dicho que querías saber por qué sabía que llevabas esas bragas? Ahí tienes tu respuesta.
—¿Pero por qué ibas a hacer todo eso? ¡Nosotros nos queremos!
—¿Que por qué iba a hacerlo? Porque puedo, naturalmente. ¿No lo entiendes todavía? No hay consecuencias, ni crimen ni castigo. Da igual lo que te haga, que te pegue, que te viole, que te mate… —continuo— Tarde o temprano todo vuelve a empezar, aparecemos aquí y me miras con ojos enamorados, sin recordar nada.
—¡Estás loco! ¡Socorro! ¡Te has vuelto loco! ¡Socorro, socorro! —grita llorando, aunque la voz se le quiebra.
—Por más que grites, nadie va a escucharte. O igual alguien sí que lo oye pero sube el volumen del televisor o del equipo de música para hacer como que no. La gente es así… ―comento despreocupadamente mientras jugueteo con las tijeras del pelo en mi mano.
—Pregúntele si lo hizo él solo o si tenía un cómplice.
—¿Qué? ¿De dónde viene esa voz? —sorprendido miro hacia todos los lados.
—¿Qué voz?
—Una voz de hombre, ¡como si estuviera aquí mismo!
—Las cosas no funcionan así. Tenga paciencia. Es lo más cerca que ha estado hasta ahora de confesar todo lo que le hizo a esa pobre chica.
Se me resbalan las tijeras de entre las manos cayendo al suelo.
—Otra voz, ahora de mujer. Pero aquí solo estamos nosotros dos… —la voz me resulta familiar, pero no consigo ubicarla.
—Yo no oigo nada. Por favor, déjame marcharme. ¡No se lo contaré a nadie!
—No vas a ir a ningún sitio. ¿Pero qué truco es este? ¿De dónde salen estas voces?
—No necesitamos ninguna confesión, tenemos pruebas más que suficientes de que fue él quien lo hizo. Y, desde luego, no tengo ningún interés en escuchar todas las terribles atrocidades que le hizo a esa desgraciada chica antes de matarla. Lo único que quiero saber es si estaba solo o si había alguien más con él cuando entró en la casa forzando la cerradura; y, en ese caso, la identidad de la persona o personas que le acompañaban.
La cabeza parece estarme a punto de estallar. Las voces… ¿están en mi interior? ¿Me he vuelto realmente loco? ¿Lo estoy imaginando todo?
—Le permití asistir a la sesión a condición de que se mantuviera callado. Mire en qué estado de confusión se encuentra ahora. Lo ha echado todo a perder…
No entiendo nada. ¿Y dónde está Beatriz? ¿Ha huido mientras yo no estaba atento? El espacio parece encogerse. Siento una opresión insoportable en el pecho.
—A la voz de tres despertarás y te encontrarás muy tranquilo y relajado, feliz de haber sido útil, y dispuesto y deseoso de volver a intentarlo de nuevo mañana.
Las luces oscilan y el suelo tiembla como si hubiera un terremoto. Un sudor frío recorre todo mi cuerpo.
—Uno…
Las paredes se resquebrajan y de ellas empieza a manar sangre oscura y espesa a borbotones. Un alarido inhumano, prolongado, surge de mi garganta.
—Dos…
En la cama yace inerte el cuerpo de una chica joven a la que nunca había visto antes, desnuda y abierta en canal, con las tripas saliéndosele por la abertura y una expresión de puro terror en su rostro.
—Tres.
Abro los ojos.
—¿Sabes? Eso es lo que más me gusta de ti —me dice Beatriz mientras me abraza desde la espalda, con su cabeza apoyada en mi hombro izquierdo.
—¿Que no se me escapa nada y que siempre sé exactamente cómo te sientes y lo que deseas en cada momento? —me adelanto con la mejor de mis sonrisas.

2 Me gusta

Título: El caso de la mujer con un agujero en el cráneo

Pseudónimo: Bluff Check +5

El reloj marcaba las siete de la mañana cuando el inspector Martín llegó a la escena del crimen, un apartamento pobre en el barrio más pobre de la ciudad. Su equipo ya llevaba horas analizando la escena y el cuerpo de la víctima, aún atado y amordazado en una silla.

—Las cuerdas están lo suficientemente prietas para provocar problemas de circulación a los pocos minutos —dijo la forense del departamento, inclinada junto al cuerpo—. Si no tuviese un agujero en el cráneo, claro.

Todo el lado izquierdo de la cabeza era irreconocible, marcado por un agujero de diez centímetros centrado donde el día anterior estaba la sien. El inspector se acercó al cadáver y miró la mutilación, que perforaba hacia el interior del cráneo creando una cantera sangrienta. Los sesos de la mujer estaban esparcidos en el agujero, el cadáver y el suelo.

—¿Está bien, inspector? —preguntó la forense—. Se ha quedado blanco.

—Estoy bien —contestó Martín, y usó su primera mentira del día.

Dio unos pasos hacia atrás y centró su atención en el resto de la escena. El apartamento era pobre, limpio y ordenado. La única evidencia de que se había cometido un crimen estaba en la puerta, forzada por el asesino.

—¿Sabemos algo de la víctima?

—No gran cosa —contestó un agente—. Ángela García García, treinta y dos años. No tiene antecedentes, lazos conocidos con el crimen, pareja o trabajo estable. Y como puede ver, sus pocas posesiones de valor siguen aquí.

—Un ladrón tampoco la mataría de esta forma —dijo Martín—. ¿Algún testigo?

—Uno. Amiga de la víctima. Llegó al apartamento minutos después de la muerte, sobre la una de la madrugada. Parece que vio a alguien salir del edificio, pero ayer no pudo describirlos.

—¿No los vio bien?

—No es eso, señor. Es mitofóbica. Cuando despierte seguiremos con el interrogatorio.

«Perfecto», pensó el inspector. «Porque que algo salga bien es demasiado pedir».

—Voy a comisaría. Buen trabajo hasta ahora. Terminad aquí y hacedle una autopsia en profundidad al cadáver. Quiero saber por qué le han vaciado media cabeza.

Martín se despidió de sus agentes, salió a la calle y montó en el coche patrulla, que abrió sus puertas diligentemente. El coche arrancó y partieron en silencio hacia comisaría.

«Una mitofóbica. ¿Cómo voy a interrogarla?». Los mitofóbicos eran los grandes ignorados dentro de la Hegemonía. Aunque por mandato hegemónico las mentiras eran ilegales y bloqueadas, con suficiente experiencia se podía desarrollar cierta inmunidad. Tal vez contar dos, tres mentiras al día, antes de que el polígrafo se activase. El inspector en un día bueno podía llegar hasta cinco.

Los mitofóbicos eran diferentes. Para ellos, todo lo que dicen es mentira. “Está lloviendo” es mentira, porque en realidad quieres decir que no sabes de qué hablar. “No sé de qué hablar” también, porque puedes hablar del tiempo. Ni siquiera guardar silencio era seguro en todos los casos. Los mitofóbicos podían desarrollar inmunidad para veinte o treinta mentiras, y las quemaban todas antes del desayuno. Se veían relegados a trabajar escondidos, escapar de la gente y no llamar la atención. Los pocos que había se juntaban entre ellos, huyendo del resto de la sociedad. El inspector nunca antes había conocido a uno.

El coche se desconectó en el aparcamiento de comisaría. Cuando Martín subió al departamento, la testigo ya le esperaba en la sala de interrogatorios.

—Esto es lo que dijo ayer en la llamada de emergencia —le informó un agente, mientras le enviaba la transcripción—. Buena suerte.

El inspector entró en la sala y se sentó frente a la testigo, que tenía la mirada fija en sus manos.

—Buenos días —dijo el inspector—. No conteste. Por lo que veo, ayer fue a visitar a su amiga y, al llegar al apartamento, vio la puerta con el cerrojo destrozado y el cadáver de la señora García. No hace falta que confirme aún. Llamó a emergencias y les contó que vio a dos desconocidos salir del portal y, por la hora que era, podrían ser los responsables. Y poco después se desmayó. —La testigo, siguiendo las órdenes del inspector, no dijo nada—. Sé que es difícil, pero necesito que los describa lo mejor que pueda. Ahora le haré unas preguntas, y responda lo más concisamente posible. Voy a asumir que está de acuerdo. ¿Eran dos personas?

—Sí —contestó la testigo.

El interrogatorio se alargó durante media hora, en la que el hombre fue haciendo preguntas cada vez más concretas, y la mujer respondía con “sí”, “no” o breves palabras. Tras dos docenas de preguntas, el inspector descubrió que eran una mujer y un hombre, sus colores de pelo y rasgos corporales generales, el color de los abrigos que llevaban y que el hombre sí tenía algo característico. Cuando la mitofóbica respondió que llevaba una bata de laboratorio bajo el abrigo, su reserva de mentiras se agotó. El polígrafo se activó, la mujer puso los ojos en blanco y perdió el sentido sobre la mesa de interrogatorios. El policía no tardó en llamar a sus agentes para que la llevasen a una cama donde pudiese dormir y reponer fuerzas.

—Aquí tenéis una descripción preliminar de los sospechosos —dijo Martín a su equipo—. Buscad en las cámaras de los alrededores, a ver si hay suerte. Mañana seguiremos con el interrogatorio, si la testigo coopera. Tal vez podamos sacar alguna pista de por qué alguien podría querer asesinarla.

El inspector apenas había terminado de desayunar cuando le informaron de una coincidencia en las cámaras de tráfico.

—Pasaron frente a una cámara quince minutos después de la llamada a emergencias —le dijo el agente, ya en la sala de vigilancia—. Empezaremos a ampliar la búsqueda, a ver si podemos encontrar la ruta que siguieron.

En ese momento el inspector se llevó la mano a la nuca, en el punto donde le inyectaron el polígrafo una década atrás. Lo notaba en la base de su cráneo, vibrando con más fuerza que nunca. Y eso solo podía que ya no sería necesario seguir investigando las cámaras. A los pocos segundos, un mensaje le confirmó sus sospechas: la Hegemonía se había interesado en el caso y había enviado a uno de los suyos para controlar la investigación.

Martín salió de la sala de vigilancia y encontró frente a sí al robot, mirándole impasible. Aunque era aproximadamente antropomórfico, la Hegemonía había abandonado hace tiempo la idea de hacerse pasar por humanos. El rostro del robot consistía en una gran cámara en una cabeza de plástico negro.

—Inspector Martín, venga conmigo —le dijo, y dio media vuelta sin esperar respuesta—. Hemos localizado la residencia de sus sospechosos. Anoche fueron a una localidad a nombre de la mujer y aún no han salido. Iremos a detenerlos.

El inspector le siguió sin decir palabra, porque el robot no la esperaba. Se montaron en un coche patrulla y fueron en silencio a la dirección que la Hegemonía habían encontrado, analizando las miles de cámaras de la ciudad en el tiempo que a su equipo le llevaba iniciar sesión.

Había trabajado anteriormente con ellos. Se interesaban de cualquier caso relacionado con terrorismo, rebelión o cualquiera característica fuera de lo común, según sus propios criterios internos. No sabía si el robot que estaba sentado a su lado era el mismo que en los casos anteriores, pero poco importaba. Todos los modelos tenían el mismo aspecto, y todos eran controlados remotamente por la inteligencia artificial que dominaba medio mundo.

Llegaron a su destino. El robot no tardó en bajar del vehículo, seguido unos segundos después por el policía. El edificio frente a ellos era un local en el polígono industrial, junto a una fábrica de muebles y una tienda de colchones. La puerta tenía un cerrojo electrónico, que el robot no tardó en desactivar.

El inspector siguió al robot dentro del local y se encontró cara a cara con la mujer de las cámaras. Estaba sentada en un taburete frente a ellos, tomando una taza de café. La sala tenía el aspecto de la cafetería de una oficina.

—¿Ha cometido usted un asesinato? —preguntó el robot.

El inspector notaba en su nuca el polígrafo, activado a su máxima potencia por los dedos invisibles del Hegemón. La mujer dio un trago de café antes de contestar.

—No —mintió la mujer—. No maté a Ángela.

—Siento haberla molestado.

El robot se giró, camino de la puerta.

—¡Pero está mintiendo! —exclamó Martín—. Ni siquiera ha intentado hacerlo creíble.

—Eso es imposible, inspector Martín. La Hegemonía no permite la infecciosa costumbre de mentir que tenéis los humanos.

—Esto es absurdo. Voy a arrestarla. En comisaría averiguaremos algo más.

—No, inspector —dijo el robot, deteniendo su avance—. La mujer es inocente. No le va a hacer nada. —Martín miró a la mujer, que sonreía ante la escena que se estaba desarrollando ante ella—. ¿Me ha entendido?

—Sí, señor —contestó el inspector, finalmente—. No la arrestaré.

El robot continuó su camino hacia la puerta, con Martín siguiendo sus pasos, mientras pensaba cómo poder encontrar pistas que hiciesen a la Hegemonía cambiar de opinión y continuar la investigación sobre la mujer.

—Disculpen —dijo la sospechosa—, me gustaría hablar con el policía acerca de un asunto. Antes llamé a comisaría y me informaron de que ya habían enviado a un agente.

—Inspector Martín, quédese. Le enviaré el coche cuando haya terminado de usarlo.

Martín sabía que, de alguna forma, todo lo que había dicho la mujer era mentira, y que además no le habría servido de nada intentar convencer al robot. La máquina se fue y Martín se quedó a solas con la asesina.

—Sígame, inspector. Sé que tiene curiosidad.

La mujer se levantó y salió de la sala por una puerta lateral. La dejó abierta, y tras ella Martín pudo ver un laboratorio médico en el que estaba trabajando el hombre que la acompañaba en las grabaciones.

—Son fascinantes, ¿verdad? —dijo la mujer, paseando por la sala—. Los robots. A pesar de todo su poder, la IA es incapaz de distinguir una mentira aunque se la escupan en la cara. Por eso corrieron tantos esfuerzos estos años para instalarnos a todos este maldito polígrafo —exclamó, mientras retiraba su cabello de la nuca y dejaba al inspector ver la marca metálica de la inyección.

Martín fijó su mirada en el científico. Estaba de espaldas a él, moviendo tarros rellenos de algo que, estaba seguro, eran trozos de cerebro.

—Este es mi buen amigo Félix —continuó la mujer—. Ha estudiado con profundidad el efecto del polígrafo en el cerebro. ¿Sabe que la amígdala genera naturalmente una hormona que ayuda a los humanos a creerse sus mentiras? Suficientes para neutralizar media docena de mentiras antes de agotarse. Siempre y cuando uno de ellos no esté presente, claro. Estoy segura de que aún nota los restos de la mano de su amigo en su polígrafo, vibrando con energía.

—La matasteis por su amígdala —dedujo Martín, observado las herramientas en el laboratorio—. Le robasteis su reserva de mentiras, y las habéis usado incluso con el polígrafo reforzado por la Hegemonía.

—No ha sido barato, permítame decirle. Las pocas palabras que dije ante el robot nos han costado cientos de mentiras. —La mujer se acercó al inspector, mirándole fijamente a los ojos—. Le agradezco que le haya traído consigo, inspector. No habríamos podido probarlo hasta ahora. —La tenía a escasos centímetros—. ¿No es maravilloso? Temen tanto las mentiras que las han convertido en la mejor arma que podamos usar contra ellos. Podemos alterar su realidad como queramos.

El inspector Martín dio un salto hacia atrás, llevó su mano a la pistola, puso los ojos en blanco y cayó desmayado en el suelo.

—¡Ah, por fin! —exclamó la mujer—. Creía que nunca iba a romper su promesa. Empezaba a preocuparme, Félix.

—Ya lo tengo todo preparado —dijo Félix—. El equipo está en el coche y he recogido las amígdalas que no hemos usado aún. Las demás pueden quedarse aquí y destruirse junto al edificio.

—Genial. Nos largamos. Ayúdame a poner al pobre inspector junto a los explosivos, ¿quieres?

3 Me gusta

Y con esto damos por terminada la publicación de relatos, muchas gracias a todos por participar, no las tenía todas conmigo cuando me puse a organizar el concurso porque ya se habían intentando organizar algunos, al parecer sin éxito, pues no se llegaron a publicar relatos en dichos temas, pero me he llevado una grata sorpresa, tanto por la cantidad como por la calidad de los relatos, así que de nuevo muchas gracias chicos, habéis hecho grande el concurso :grin:.

Tenéis una semana a partir de mañana para enviarme las votaciones y comentarios, tal y como expliqué en los otros dos hilos, es decir, hasta el domingo que viene día 19, estos sí los publicaré todos juntos. Recordad que podéis votar y comentar aunque no seáis participantes también bajo pseudónimo y si lo sois es obligatorio si no queréis ser descalificados.

Ahora si @Bayonetta puede cerrar este hilo, para que quede solo con los relatos, se lo agradecería, y ya seguimos comentando en el otro.

9 Me gusta